A propósito de las plagas de Egipto

Ocurrió algo muy interesante entre Moshé, Aharón y el faraón. Moshé y Aharón ejecutaban las plagas y los magos lograban imitarlo. Si Aharón golpeaba las aguas y las convertía en sangre, los magos del faraón hacían lo mismo. Si Aharón golpeaba el río con su vara y subían las ranas sobre Egipto, los magos del faraón también lo hacían. Seguramente, el faraón y sus brujos creían que estaban poniendo en ridículo a Moshé, a Aharón y al mismísimo Dios de Israel.

Pero después de la plagas de los piojos, la historia comienza a dar un giro sin retorno: los brujos del faraón viendo que la plaga de los piojos se volvía incontenible proclaman ante el faraón (Shemot 8, 15) Etzvá Elo-him Hi (Esto es el dedo de Dios).
¿Qué es lo que está ocurriendo aquí?
.Los magos egipcios entienden que ellos pueden imitar las plagas, pero no pueden erradicarlas. Ellos pudieron imitar la plaga de la sangre y la plaga de las ranas. Pero erradicar la plaga ya era otra cuestión: sólo Dios podía hacer eso. El poder de Dios tenía esa peculiaridad inimitable. Los brujos egipcios logran comprender en la tercera plaga algo que al faraón le demandaría otras siete: el auténtico poder no se expresa trayendo la peste, sino erradicándola.

En el mundo de las relaciones internacionales ocurre algo similar. Hacer la guerra siempre ha sido un acto de coraje. Pero el auténtico coraje se expresa cuando toda esa energía que se deposita en la batalla, se vuelca hacia el lado de la paz.
Así como el poder de Dios se demostró cuando erradicó las plagas y no cuando las trajo, así también el auténtico poder de los gobiernos terrenales se aprecia cuando están dispuestos a erradicar la guerra y no a hacerla.

Se cuenta que, estando de viaje, Rabí Najum de Chernobytz decidió pernoctar en una posada. El dueño de la posada, un judío muy simple, viendo a Rabí Najum rezando le preguntó que estaba haciendo. Rabí Najum interrumpió su rezo y le dijo que estaba rezando implorando a Dios para que llegue el mashiaj y lleve a todos los iehudim a Eretz Israel. Anonadado, el hombre subió las escaleras, despertó a su mujer y le dijo: “¡Querida! Hay un judío abajo que está rezando para que llegue el mashiaj y podamos ir todos a Eretz Israel-”. La mujer se fregó los ojos y le dijo: “¿Y qué va a ser de nuestra granja, nuestras vacas y nuestros caballos?”. Perturbado, el hombre volvió a bajar, interrumpió nuevamente a Rabí Najum y le dijo: “Pero Rabí... ¿Qué va a ser de nuestra granja, de nuestras vacas y de nuestros caballos?”.

“Dime”, le dijo Rabí Najum. “Cuando vienen los cosacos y saquean todo lo que tienes... ¿eres feliz? ¿Es eso lo que te gusta? ¿Quieres que tu vida sea siempre igual? Cuando llegue el mashiaj, vamos a ir todos a Eretz Israel... ¿Entiendes? ¡Chau cosacos! ¡Se acabó!”.
De nuevo el hombre quedó impresionado. Subió desesperado a su mujer y le contó la respuesta de Rabí Najum. “Querida... Llega el mashiaj ... ¡Chau cosacos! ¡Se acabó!”.

La mujer miró a su marido y le dijo: “Baja a ver a ese tal Rabí Najum y dile que rece para que el mashiaj se lleve a los cosacos a Eretz Israel y nos deje aquí con nuestra granja, nuestras vacas y nuestros caballos”.
Eso se llama tener horizontes cortos. El verdadero problema de Moshé no era el faraón. Su problema era la obstinación de Israel. Por eso era necesario que Moshé y Aharón vayan juntos, tal como dijo alguna vez Rabí Shmuel Mohliver: Uno para sacar a Israel de Egipto; el otro para sacar a Egipto de Israel.

Fuente: Aurora

 
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