Identidad judía: una visión pluralista
por Cr. Isaac Markus

Que alguien pueda pertenecer a un grupo de seres humanos requeriría contar teóricamente con al menos uno de dos elementos: sentirse parte de ese grupo y cumplir con los requisitos exigidos para su admisión. Para que alguien adquiera la condición de judío, se han planteado diversas interpretaciones. Para los judíos ortodoxos, el requisito es ser hijo de madre judía o haber sido objeto de un proceso de conversión religiosa. Para los judíos reformistas o reconstruccionistas, el requisito es ser hijo de padre judío o de madre judía, indistintamente. Para los judíos humanistas, en cambio, no existe tal requisito, es suficiente con sentirse judío, aunque esto suele estar ligado generalmente a alguna historia familiar que alimenta el sentido de pertenencia.

Otro aspecto tiene que ver con el análisis de lo que implica ese sentimiento de pertenencia. Para algunos, sentirse judíos es estar identificado con una religión. Es algo plenamente válido para ellos, pero... ¿qué sucede con los que no se sienten creyentes pero se sienten identificados por haber tenido una historia, tradiciones, hábitos o pautas culturales compartidas? ¿Qué sucede con los que se sienten identificados pero el Holocausto les ha hecho dudar de la existencia de un ser superior? ¿Qué sucede con aquellos cuya razón y honestidad intelectual les impide aceptar dogmas religiosos de los que no existen pruebas fehacientes? ¿No tienen derecho a sentirse judíos por el mero hecho de no identificarse con la religión?

Aun siendo una minoría, tanto en Israel como en la diáspora, los judíos ortodoxos se presentan como la única forma legal para avalar la condición judía y su única garantía de continuidad. La fuerte adhesión dogmática de sus integrantes la hace más probable. Sin embargo, el deseo de continuidad, aun cuando es compartido por los judíos seculares, no es tan relevante como para obligarlos a asumir pensamientos o formas religiosas en las que no creen. Otros principios pueden adquirir prioridad aun cuando arriesguen esa continuidad: la libertad de pensamiento, privilegiar la razón frente al dogma. También aceptar que, en definitiva, si dicha continuidad no es viable porque nuestros descendientes hacen uso de su derecho a ejercer su libre elección ideológica, es más lo que los seres humanos tenemos en común que lo que nos diferencia.

Pero también los judíos ortodoxos se enfrentan en ocasiones a la realidad de que sus hijos optan por matrimonios mixtos, con la consecuente disminución de las posibilidades de continuidad judía. ¿Cuál debería ser su conducta en esos casos? Desconozco si existe alguna norma o interpretación talmúdica que haga que sus sentimientos hacia sus nietos sean de inferior calidad cuando son hijos de esos matrimonios mixtos respecto a los que no lo son, pero si efectivamente existiera, no sería necesario analizar sus fundamentos para plantear un radical rechazo a la misma.

Una visión pluralista del judaísmo, que admita las discrepancias sin generar exclusiones, sería notablemente más positiva en un mundo moderno en el que la libertad ha pasado a ser un valor fundamental. Parece razonable aceptar que la condición de judío (que no es específicamente una característica nacional sino que es una mezcla abierta e imprecisa de elementos religiosos, culturales, tradicionales, y solo en parte nacionales) sea lo más abierta o tolerante posible. Mantener lo antiguo es importante porque las raíces pueden proporcionar una savia enriquecedora, pero también es importante aceptar los cambios, porque hacerlo es adherir a la tesis de que el ser humano está en una búsqueda permanente de perfeccionamiento, y que los hallazgos que provee esa búsqueda pueden ser incorporados positivamente a su pensamiento y a su conducta.

Fuente: Mensuarioidentidad

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