La interrupción de lo cotidiano por el terror

Susy Baron

Después de la explosión de una bomba camuflada dentro de un basurero en la estación del metro Los Militares el día lunes 8 de septiembre, que dejó un saldo de catorce personas heridas de diversas consideraciones, pero afortunadamente ninguna fallecida, me pregunto:  ¿por qué estamos todos tan conmocionados? ¿Qué nos hace creer que actos de terror como este no pudieran ocurrir en nuestro querido Chile? Si pasa casi todos los días en diferentes lugares del mundo, por qué no debiéramos tenerlos acá si estamos insertos en un mundo globalizado?

La lista de países donde han explosionado bombas dejando a su paso miles y miles de víctimas y heridos con secuelas de por vida son muchos, entonces, ¿de qué nos extrañamos? 

Si mi vecina tiene cáncer, ¿qué me hace creer que no pudiera enfermar de lo mismo? Ciertamente no estoy inmune al cáncer ni tampoco estoy inmune a sufrir un atentado terrorista. Este pareciera ser el mundo en el que me toca vivir, en el que vive mi familia, mis amigos, mis compatriotas y los seres nobles y respetuosos de la vida humana, que nada tienen que ver con las aspiraciones de gente mal nacida que está dispuesta a todo por lograr sus objetivos, sin importar si en el camino matan o dejan inválidos a civiles inocentes.

En la diáspora los judíos lo hemos vivenciado con angustia durante las intifadas, cuando nuestros hermanos israelíes sufrieron en carne propia la explosión de bombas en restaurantes, buses, supermercados, malls... y cuando a Israel no le quedó más opción que construir un muro. Hoy los cobardes ataques vienen en forma de cohetes y túneles desde el exterior.

Es cierto que la violencia en el mundo se da en forma cíclica y que a través de la historia ha habido conflictos y guerras terribles con millones y millones de muertos, sin embargo, la guerra actual contra el  terrorismo es diferente y mucho más difícil de vencer. El concepto antiguo de la guerra en el cual un ejército se enfrentaba a otro existe salvo excepciones.  Hoy el enfrentamiento está marcado por los valores que inspiran al mundo occidental y grupos radicales islámicos que no trepidan en matar, decapitar y en el mejor de los casos torturar a quien no comulgue con su ideología, que es convertirnos a todos al Islam y recuperar el Califato.

¿Qué hace que tantas personas, mujeres  y hombres, abracen la religión musulmana y se sientan atraídos por estos movimientos radicales? Según los entendidos es a causa de la marginación, la falta de educación y de un proyecto de vida. Así proliferaron ramas yihadistas, salafistas y talibanes dentro del fundamentalismo islámico como Al Qaeda, Isis, Boko Haram, Al Shabaab, Hezbollah y otros. 

Sería hoy ingenuo creer que estos grupos que operan en países muy lejanos a Chile como Afganistán, Bali, India, Irak, Siria, España, Londres, Nueva York…, donde hubo y siguen habiendo sangrientos atentados terroristas, no sean una amenaza en nuestra América del Sur, basta informarse lo que hace Hezbollah en Venezuela donde adoctrina a tribus indígenas al Islam, o cuando hace veinte años atrás explotó un coche bomba, con un resultado de ochenta y cinco personas muertas, entre ellas mi recordada amiga Susy Kreiman (z’l).  Y para peor, los culpables nunca fueron capturados, sencillamente porque no hubo voluntad para encontrarlos.

Puede que aquí los grupos subversivos tengan otras ideologías, pero ven e imitan con el mismo objetivo, sembrar el terror entre personas como usted y yo. Y eso es terrorismo, sea en Nueva York, Madrid, Tel Aviv, la Araucanía o Santiago. No existe terrorismo bueno ni malo, ni justificación posible, quienes atentan contra civiles indefensos son criminales.

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