Paleo-judaísmo chileno: "El bautizo del marrano"

Patricio Iglesias

De pie ante la tumba hizo una marcial reverencia. Traía su sombrero de gala, lo que no dejó de llamar la atención del lugarteniente que lo acompañaba. No era una falta de respeto, muy por el contrario, secretamente Bernardo, estaba rindiendo honores, al hombre que le había dado su apellido y con ello fijado su destino. No se quitaba el sombrero, porque era él de los pocos que sabía, que su querido tío Juan, era judío. Y los judíos conservan sus cabezas cubiertas en la oración.

Le había dado un apellido, que no era el suyo. Un extraño apellido para quien habría de ser llamado “Libertador” y “Padre de la Patria ”. O´higgins, Bernardo O¨higgins. Su tío Juan Albano, lo había bautizado así, porque ese era el apellido de su padre.

Extraña ironía del destino, el que hubiese sido un judío, no sólo quien haya bautizado al futuro “Padre de la Patria ”. Sino, que insistido, en que llevase un apellido tan extraño a la lengua española y tan conflictivo a su progenitor.

Del hombre que yacía en esa tumba, recibió un cúmulo de enseñanzas y cariño como de nadie, a lo largo de su azarosa vida. El había sido en su niñez, el padre, su verdadero padre. Juan Albano, siempre estuvo a su lado, desde cuando su memoria lograba recordar. Ahora sabía, que había nacido en Chillán, pero para él, la vida comenzaba aquí, en San Agustín de Talca.

Su primer recuerdo de infancia, era el de ir caminando una mañana de intenso calor junto a su hermano Casimiro, para que ambos fuesen bautizados. ¡Cómo quiso a Casimiro en su infancia! Cómo lo seguía queriendo. Para él, era su hermano y así lo llamaba, no importaba que él fuese Director General de la naciente república y Casimiro, Presidente del Senado.

Pero Casimiro, recién nacido, no era su hermano. Juan Albano, no era su tío, ni Bartolina de la Cruz , quien sostenía en sus brazos al recién nacido, su madre. En realidad, no les unía ningún parentesco, ni político, ni sanguíneo. El pequeño Bernardo, había sido objeto de los caprichos del destino, tejido en los vaivenes de la amistad y la pasión.

Ya de adulto, Bernardo, quiso indagar sobre el hombre que lo llevó, infante de cinco años, a ser bautizado en el Sagrario de la Ciudad de San Agustín de Talca.

Lo hizo, llevándolo como hijo de Ambrosio O´higgins… ¿Cómo logró conseguir de su padre aceptara tal acción, a la sazón Intendente de Concepción y a punto de ser nombrado Brigadier,? De hecho, él ya había sido bautizado en Chillán, como todo buen cristiano, por sus abuelos, como… Bernardo Riquelme. Ese sería el otro nombre que le habrían de dar, el “Huacho Riquelme”.

Le hubiese gustado tanto preguntarle, cómo logró convencer al testarudo y ambicioso Ambrosio O´higgins, para que cediese su nombre.

Le iba su carrera en ello. Pero de alguna manera, lo logró. Y la intención era clara, habría de dejar en claro que el “huacho Riquelme”, era hijo de su querido amigo Ambrosio O´higgins. Tanto así, que a la madre, ni se la mencionó en la Fe de bautismo…

Ahora, todo era diferente. Juan Martínez de Rosas, que llevaba el juicio por filiación en Concepción, para poder acceder a la herencia, basaba su alegato justamente es esa acta bautismal. ¡Pero que juez se atrevería a dictar sentencia contra el Director General de la Nación!

Incluso, Martínez de Rosas, ahora decía saber de su existencia por aquellos años en Talca. Solía vanagloriarse, que una vez, camino a Concepción, Juan Albano le habría presentado como un hijo ilegítimo de su entonces jefe.

¡Mentiras! El tío Juan, era el mejor amigo de sus amigos. Su padre confiaba en él más que en nadie. Le tenía escondido, muy escondido, porque arriesgaba su carrera y era ambicioso como el que más. Jamás, su tío le habría revelado un secreto tal, que pudiese perjudicarle, menos a un político astuto como Martínez de Rosas.

Mientras más recordaba, más valorizaba la importancia de la acción de Juan Albano Pereyra. Se podría decir, que buena parte de lo que él era, se lo debía a la acción decidida de ese viejo judío, que partió a Concepción y convenció a su amigo de toda la vida, que debía darle su nombre al infante. Si, a ese niño, que dos años atrás, él mismo había mandado a dejar, con el jefe de Dragones de la Frontera , para que fuese criado en su fundo de Lircay.

¡Que tipazo había sido el tío Juan! Casimiro, que en realidad lo conoció menos que él, pues tenía siete años cuando murió, igual le contaba de sus aventuras. Como todo judío, en las colonias de la península, fue perseguido una y mil veces. Nacido en Brasil, hizo fortuna en Buenos Aires, Santiago y Lima. Lo encarcelaron en La Plata para quitársele. Arrancó a Chile, y esta tierra le dio cobijo, en la medida que de lo posible. De hecho, una hermana de su segunda esposa, hubo de casarse “por poder”, para que pudiese tramitar su permanencia como chileno en Madrid. Viajero, mujeriego, buenísimo para hacer dinero en el comercio y un amigo del alma.

No era de extrañarse, que su padre, ambicioso como era, se hubiese prendado de este ser en Valparaíso. Más aún, cuando había logrado conseguir a duras penas que la corona le diese una destinación a la Capitanía General de Chile.

En su viaje a este extremo del mundo, un amigo en Buenos Aires, Domingo Vasavillazo, le dijo que el hombre que tenía que localizar en Chile, era un judío de nombre Juan Albano Pereyra, para quien le dio una carta.

Fue el mejor favor que pudo haber recibido, porque el tío Juan, no sólo le prestó dinero cada vez que lo necesitó, sino que fue el hombre en quien más confianza tuvo en esta colonia y posiblemente, su único amigo.

Su padre, no pudo negar lo que un día el tío Juan le pidió. Que reconociese a su hijo.

Además, aprovecharía la oportunidad para bautizar su retoño, Casimiro. Lo que no dejaba de ser una gracia, para un hombre de ¡62 años de edad! Bueno…, compinches tenían que ser. Su padre, tenía 57, cuando pasó ¡sólo dos noches en Chillán! Y, no le importó…. ¡que la hija del dueño de casa fuese…40 años menor!

Pero no fue sólo el bautizo, lo que cambió su vida. Fue la conciencia alimentada por Juan Albano en su padre, de la existencia de este hijo. Don Ambrosio, -¿será necesario acotarlo?- tuvo hijos sembrados a lo largo de todo el país, pero sólo se preocupó de la educación de éste.

La idea inicial de mandarlo a Talca, era para que lo fundiesen en el campo. Y de paso, quitarselo de encima a la Familia Riquelme , que a estas alturas, ya había logrado casar a “Isabelita”. Convertida ahora en respetable Señora Rodríguez Rojas. Después de todo, la metidita de pata, había sido de buen porte.

Bernardo miró por última vez la tumba de su tío. Recordaba, cuando de tarde en tarde, prendían un par de velas al anochecer y entonaban canciones en hebreo. No sin razón, Casimiro terminó de cura. Alguna vez, un hermano de su logia en Londres, lo había invitado a un Shabat judío. Al escuchar nuevamente los himnos, recordaba como su corazón se hinchaba de gozo, por la memoria de querido tío Juan, a quien tanto debía.

Recogió una pequeña piedra y la depositó sobre la lápida. Dio media vuelta y partió seguido por los curiosos ojos de su lugarteniente.

 Comparta este articulo con sus contactos:
      
 
 
Ir a página principal