Cuando manda la mafia

Alberto Mazor

ALBERTO NISMAN - AMIA

El Estado de derecho reclama el cumplimiento de las normas para todos y un espacio de dilucidación de conflictos que funcione de verdad. Cuando eso no ocurre nadie está seguro.

Si no me creen, vean lo que sucedió con el fiscal Nisman en Argentina, quien horas previas a su deposición ante el Congreso de su país donde dijo que probaría la conexión del Gobierno de Cristina Kirchner con Irán en el caso AMIA, fue encontrado muerto en su departamento. El mensaje es claro: en Argentina manda la mafia.

Y aunque originalmente el nombre de mafia significa «morte al franchesi Italia anhela», hoy su connotación con el crimen y la ilegalidad parece haberse convertido en un cáncer que amenaza a varios estados de América Latina.

Su fuerza y poder se desarrollan directamente proporcionales a la debilidad, sujeción e incapacidad del Estado de construir instituciones sólidas que respalden a la ciudadanía en los casos de conflicto.

Poderes políticos surgidos desde las propias entrañas de la mafia cooptaron al Estado volviendo la democracia una mera expresión de deseos sin fuerza, fundamento ni razón.

El fin de la Unión Soviética significó la irrupción mafiosa más grande en las ex repúblicas que pusieron incluso en peligro la seguridad mundial por su acceso a armas de destrucción masiva.

Desde hace demasiadas décadas, en varios países de América Latina jueces, fiscales, policías o militares se transformaron en sirvientes de un poder que mueve miles de millones de dólares y que cuando no se cumplen sus designios no dudan en acabar con sus oponentes.

La imagen de una Argentina débil y sometida a los poderes paralelos surge claramente con la muerte del fiscal Nisman y atemoriza con razón a sus colegas que intervengan en casos donde el Gobierno surja como cómplice, autor o encubridor.

No es el único caso en la región y no será el último mientras no se haga el gran esfuerzo de recuperar el Estado para los ciudadanos.

En este momento el Gobierno en muchos países fue capturado por las mafias o por poderes criminales que lo usan como arma, garrote o amenaza contra sus opositores.

La vieja expresión autoritaria que decía: «a los amigos, todo; a los tibios, amenazas; a los que se oponen, ley o plomo» está dejando inerme a un Estado de derecho sólo de fachada.

Cuando recuperen la democracia, la auténtica, la fortalecida en el Estado de derecho que se aplica por igual a todos y que tiene en el Gobierno su representación real, podrán evitar los altos costos que sociedades entregadas a grupos fácticos corporativos tuvieron y tienen que pagar a lo largo del tiempo.

Si los gobiernos no se sienten seguros con las instituciones democráticas y no se someten a ellas, el riesgo de perder el control politico y económico los convierte en estados fallidos en donde sólo la violencia explica con su gravedad el notable deterioro de la sociedad toda.

Pobre Argentina,  lugar en el que nací, me eduqué y amo; un país como varios de América Latina que tienen todo para ser ricos y prósperos y se empeñan en destruirse cotidianamente porque abandonaron la justicia y a sus instituciones e hicieron de la impunidad un arte.

Fuente: Israelenlinea
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