Afrontando nuestros éxodos

 Rabino Gustavo Surazski

 


A inicios de los años '90 me desempeñé como capellán judío en la cárcel de Devoto, la penitenciaría más importante de la Ciudad de Buenos Aires.

Era por entonces muy joven, y estaba dando mis primeros pasos en el Seminario Rabínico. Sin embargo, atesoro esa experiencia de casi tres años como una de las más profundas lecciones que me ha dado mi carrera de rabino.

Entre los internos del penal, solía visitar a un hombre de gran porte de apellido Vaisman. Se trataba de una persona diabética de algo más de 60 años. Llevaba casi 10 años preso - y aun así - había logrado encontrar su espacio en aquel oscuro lugar. Los agentes penitenciarios lo conocían, y lo llamaban por el nombre. Solía trabajar en la cantina del penal. Y los presos - por su parte - lo respetaban, a pesar de su condición judía. Era un hombre alegre, inteligente y con mucha «calle», como solemos decir en Buenos Aires.

Vaisman salió finalmente en libertad al cabo de 10 años. Estuve con él ese día esperándolo en la calle. A su salida, nos sentamos a tomar un café en el bar de la esquina de la cárcel y noté una mueca de preocupación en su rostro. Algo desentonaba. No era el gesto que esperaba ver en un hombre que había pasado 10 años de su vida detrás de esos muros.

Vaisman sobrevivió tres semanas fuera de la cárcel. Un infarto fulminante lo sorprendió un domingo de mañana.

Recordé a Vaisman esta semana cuando repasé la historia del Éxodo de Egipto. Vaisman ya estaba acostumbrado a esa realidad gris. Afuera no lo esperaba ni familia, ni pareja, ni trabajo. Allí adentro, atrás de esas rejas, Vaisman había logrado ser alguien. ¿Cómo llenar ese vacío que se generó al cruzar la puerta de Devoto con contenido y entusiasmo renovado?

Posiblemente ésta haya sido la mayor grandeza de Moisés. Todos sabemos que Moisés no logró traer a aquella generación a la Tierra Prometida. Sin embargo consiguió algo no menos importante: logró que dicha generación no regresara a la esclavitud. Y la razón de su logro, es que supo llenar el vacío que se generó al cruzar la frontera egipcia. Supo brindarles a ese grupo de esclavos una nueva razón para vivir, llenando sus vidas con la Torá que recibiera de manos de Dios en el Monte Sinaí.

Resulta interesante que el relato del Éxodo de Egipto, reseñado en la Hagadá de Pesaj, comienza con la historia de Yaakov. De acuerdo a la gran mayoría de los comentaristas, a él se refiere la Torá cuando dice «Aramí Oved Avi» (Un arameo errante era mi padre) (Devarim; 26-5).

¿Por qué empezar justamente con él?

Tal vez para contrastar la realidad de Yaakov con la de la generación del desierto.

Yaakov afrontó los «éxodos» de su vida en la más absoluta de las soledades. Lo hizo sólo cuando salió de casa de su padre y cruzó el río Jordán. Y también cuando escapó de la casa de su su suegro Laván.

Posiblemente su pelea con el ángel sea el ejemplo más acabado de aquella soledad existencial que Yaakov supo afrontar:

«Y quedó Yaakov a solas» (Bereshit; 32-25), dice la Torá como prólogo a su lucha.

No es que Yaakov no haya tenido familia o seres queridos a su lado; los tenía. Ocurre que, a menudo, ciertas crisis en la vida se afrontan en soledad. Yaakov, a diferencia de la generación del desierto, no tuvo ningún Moisés que le sirva de brújula.

Todos tenemos algún «éxodo» en nuestras vidas. En la enorme mayoría de los casos, más de uno. Cambiar de país, sin duda es un éxodo. Pero también lo puede ser cerrar un negocio a mitad de la vida; o renunciar a un trabajo ingrato después de años de dedicación; o salir de prisión, como Vaisman; o divorciarse.

Divorciarse - y lo digo por haber atravesado esa amarga experiencia hace algunos meses - se parece bastante al Éxodo de Egipto, con la salvedad de que aquí no se sale con «grandes bienes» ni se dispone de un profeta que camine delante nuestro. Pero en todo los demás, ambas experiencias son equiparables. Y posiblemente, todo «éxodo» es equiparable al Éxodo de nuestros antepasados.

Al inicio, el deseo de salir y - al mismo tiempo - el deseo de quedarse. Luego, el pasado que nos va pisando los talones. Y el mar que brama por delante y nadie sabe cuando se abrirá. Y el vacío que debe llenarse con nuevo contenido.

Ésa fue la auténtica grandeza de Moisés, que desde entonces guía con su impronta a cualquier que afronte algún éxodo en su vida y está en búsqueda de una brújula.

Es Moisés quien impulsa a llenar ese vacío con esperanza y contenidos renovados, y - lo más importante - quien enseña que a Egipto no se debe regresar nunca más.

 

Fuente: Israelenlinea

 
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