El silencio y la violencia: una pareja exitosa

Rabino Marcelo Polacoff

No es tan difícil hablar de diálogo. Es más, retratar sus bonanzas es casi como un ejercicio cotidiano para quienes estamos inmersos en lo interreligioso desde hace tantos años, desde el mismísimo tuétano. 

Por eso, tendemos a pasar de largo aquellos artículos o reflexiones que acarician lo dialogal como práctica, ya que sabemos de antemano qué es lo que se nos va a relatar. Pero no los salteamos por indiferentes, en absoluto. Lo hacemos en virtud de lo obvio, o tal vez por ese poder de anticipación que esta bendita experiencia nos brinda.

Siendo así, encuentro más desafiante plantearnos el fenómeno desde una perspectiva diferente, ya no haciendo hincapié en lo necesario del diálogo, sino buscando captar cómo justamente su ausencia es directamente proporcional al impiadoso despliegue de lo violento. Vale decir -y me animo a formularlo casi a manera de ley natural- que a medida que se exaspera el silencio, las ínfulas de lo delictuoso van cobrando mayor cantidad de víctimas.

Es hora de evidencias, y las mismas serán aportadas gracias a un texto divino: la Torá.

El primer genocida

Se cargó a un cuarto de la humanidad, literalmente, y este atroz (y primer) genocidio está precedido tan sólo por el silencio. 

Abran el texto bíblico en el cuarto capítulo del Génesis. Busquen el octavo versículo y léanlo en voz alta. En hebreo es clarísimo, pero muchas traducciones no son fieles al original, y más en este caso, ya que una traducción precisa parecería mal hecha. Bien leído, dice así: “Y le dijo Caín a Abel su hermano...y cuando estaban en el campo se levantó Caín hacia Abel y lo mató”. Los puntos suspensivos probablemente sean lo más importante del versículo. Lo que no está escrito, que es precisamente aquello que dijo Caín antes de asesinarlo. 

¿Qué dijo? No lo sabemos. La Torá, tal vez a propósito, nos dice que no dijo nada. Y entonces, lo que sí intuimos es que ante la matanza no hay palabras. Ni antes ni después. Nada hay que explique cabalmente, y menos aún que justifique, todo asesinato. 

Ese silencio, esa falta de comunicación entre los hermanos es la que conduce al golpe. Lo que no se dice, lo que no encuentra lugar ni eco en las palabras -por más fuertes que sean- se convierte en acto, y en el acto, mata.

Lo que también está a las claras después de este relato fundante es que -en última instancia-, todo homicidio es un fratricidio.

¿Y Adán y Eva? Se me aparecen tan responsables de la masacre como el propio Caín. Este último desde los hechos, y aquellos desde la ausencia, desde la omisión.

Otra lección no menos primordial. Ya que no alcanza con el verdugo para llevar a cabo la sentencia. Casi siempre se precisa de otro u otros que la apañen. Porque para que el mal se apersone, alcanza con que la “buena gente” no haga nada.

Una molesta y precisa ecuación, aplicable incluso a la más horrorosa maquinaria de destrucción que ideara el ser humano: la del nazismo.

Ya lo decía el rabino Abraham Joshua Heschel, el mismo que marchaba con el pastor Martin Luther King y del que el Papa Juan XXIII se consideraba discípulo: “La neutralidad es una ilusión. Al cabo de sus días el hombre siempre emerge como un sacerdote o como un pirata”. 

El sepulcral silencio entre Caín y Abel es la primera garantía que certifica con holgura la penosa ecuación que diera origen a estas notas: el silencio es la puerta de la violencia.

Vayamos por la segunda de las evidencias.

Genocida por omisión

“La paloma volvió a él al atardecer, y he aquí que traía una rama de olivo en el pico. Así entendió Noé que las aguas habían disminuido sobre la tierra. Esperó aún otros siete días y envió la paloma, la cual no volvió más a él”. (Génesis 8:11-12).

Lo digo sin tapujos: me disgusta profundamente el símbolo de la paloma con la ramita de olivo como símbolo de la paz. Y Noé tiene la culpa. 

Este personaje bíblico, paradójico por cierto, da origen a un segundo proyecto de humanidad. Es que el primero no había resultado muy alentador que digamos. Las 10 generaciones que separaban a Adán de Noé, comenzando por Caín, no hicieron más que llenar la tierra de violencia y corrupción. El escenario para su destrucción ya estaba montado. Si Dios no decidía el diluvio, seguramente los seres “in-humanos” lo habrían traído igual. Y quizá no hubiera quedado nadie vivo para recomenzar la historia.

Lo cierto es que Noé es elegido por ser “justo e íntegro en su generación”. Los sabios talmúdicos, siempre atentos a cualquier resquicio hermenéutico del texto, se preguntan si el hecho de que sea especificado que era justo e íntegro “en su generación” implica un piropo elocuente o una crítica sutil. No es una pregunta menor. Porque se puede sostener que ser justo e íntegro entre una banda de forajidos es tarea fácil para una persona promedio, y que por ende, puesto Noé en una sociedad relativamente normal, no se habría destacado en absoluto. Aunque también es dable pensar que si pudo permanecer así de justo y de íntegro en medio de un ambiente de tanto terror, era porque sus cualidades morales excedían las del común de los mortales.

Tiendo a apoyar la primera moción. Y aporto las pruebas.

En primera instancia, Noé es prácticamente mudo. En todo el texto bíblico tan sólo pronuncia unas pocas palabras dedicadas a sus tres hijos, demasiado tiempo después del diluvio. Fíjense: se le anuncia que todo el planeta va a ser destruido y que sólo se salvará su familia, y él....en silencio. No le avisa a nadie. No intenta modificar la conducta de nadie. No busca soluciones alternativas para nadie. Pareciera como si no le interesara nadie, más allá de su esposa, sus tres hijos y sus tres nueras. Noé calla, y otorga.

¡Qué diferencia con Abraham, que va a estar dispuesto a pelearse con el mismísimo Dios para rescatar a los justos que podrían estar habitando Sodoma y Gomorra!

El segundo genocidio de la humanidad se produce, en gran parte, a merced del silencio cómplice del egoísta dueño de un solo arca.

Segunda evidencia. ¿Saben qué hizo Noé al salir del arca? Plantó una viña y se emborrachó, quedando desnudo a la vista de su familia. Triste imagen para el hombre que había sido designado para salvar el mundo. Tan triste como honesta. Demasiada carga para soportar. O un remordimiento enorme por no haber intentado otra cosa. El lenguaje de la Torá es magistral: evidentemente quedó desnudo. Carente de humanidad, despojado de la responsabilidad por los otros. Vacío de compromiso. Pasivo.

Vayamos ahora por la paloma. 

Fue la prueba cabal que tuvo Noé de que las aguas habían bajado. Y de allí en más, con su ramita de olivo, el ícono prácticamente universal de la paz. ¿Qué paz?, me pregunto.

Si más allá de lo sucedido o de lo no sucedido antes del diluvio gracias a la inacción de Noé, es precisamente cuando bajan las aguas que quedan al descubierto la mayoría de los desastres. Aparecen las epidemias, la podredumbre, las pestes, la desolación más amarga. 

Pobre raza humana. Hemos elegido mal una y otra vez. Y creo que hemos errado hasta en el símbolo. Porque la paz de la paloma de Noé es la de un arca muy chiquita, con lugar para muy pocos. La misma paz que todavía creen tener quienes viven en islas de armonía, rodeados de la ignominia más penosa, sin darse cuenta de que más tarde o más temprano las mismas aguas turbias nos sumergirán a todos.

Si queremos paz, pues entonces no nos sentemos a mirar por la ventana cómo van cayendo las primeras gotas, ni tampoco esperemos tranquilos que bajen las aguas si ya ha llovido demasiado. 

A la paz no se la mira ni se la espera. La paz se persigue. Se construye. Se amasa y hasta se lucha por ella.

La paz es enemiga de la pasividad. La paz no se proclama. Se ejerce. Se contagia, y también se defiende. 

Y casi nunca está sola. Porque si la paz es Paz con mayúscula, suele estar acompañada por la libertad, la justicia y la verdad. Tal vez sea por eso que la palabra shalom provenga de una raíz hebrea que significa “integridad, completud”. Porque la paz que es parcial, tampoco es paz.

Noé no lo entendió. La paloma, afirma la Biblia, nunca más volvió a él.

La escucha como antídoto para el desastre

Conozco muy bien el refrán que dice “ver para creer”. Pero no coincido con él.

Tiendo a priorizar más la escucha que la visión. Y no es por casualidad, sino más bien, por origen.

Es claro que vivimos en una cultura visual. En términos del genial politólogo y ensayista italiano, Giovanni Sartori, pasamos a formar parte de una nueva categoría en la cadena de la evolución humana, la del “homo videns”. Aunque esto, en realidad, no es nada nuevo. 

Proviene de la antiquísima cultura griega, de la que tanto abrevamos. Tal vez lo novedoso esté en la tecnología que ha multiplicado hasta el infinito la capacidad de lo visible. Nuestros pobres ojos no dan abasto como para procesar semejante cantidad de estímulos visuales a los que somos pasiva e inexorablemente sometidos.

Sin embargo, tamaña mirada no es una mirada gratuita. La estética por sí sola tiene sus costos. Ya desde épocas del Partenón y la Ilíada se asociaba el ver con el conocer. Tan hondo era ese parentesco que la semántica rotundamente lo revela: palabras tales como “reflexión”, “enfoque”, “visión”, “evidencia” o “perspectiva” se suman a tantas otras que demuestran que el sentido de la vista era el sentido preferido del conocimiento.

Y nos quedamos solamente con ello. Una lástima, porque conocer es virtuoso de por sí. Pero suponer que por ver se comprende es un pensamiento de poca monta. Y en estas épocas de mostrar y de mostrarse, el tan pregonado “conócete a ti mismo” ha exacerbado tanto el sentido de la vista, que pareciera haber contribuido a cerrar en una mirada ególatra aquello que en un principio estaba más destinado hacia la apreciación de la belleza que se hallaba disponible en el exterior.

Pensémoslo como recurso metafórico de nuestros días. La imagen no discute, decreta. Y es al mismo tiempo, juicio y sentencia. La pantalla, la de la televisión por antonomasia, simplemente no tiene interlocutores. En tanto que la asimilación de una palabra requiere del conocimiento de un lenguaje y de una lengua, la imagen -por su parte- se procesa automáticamente: se ve, y con eso es suficiente.

El arte de la visión no requiere de un otro. Es, en cierta forma, autosustentable.

Por eso, sin abandonar la vista, prefiero la escucha. O mejor, “escuchar para creer”.

Es que el núcleo de la fe judía, la expresión más cabal de nuestro credo, y a la vez la frase por excelencia con la que los piadosos dejan este mundo, es la que reza: “Shemá Israel...”, “Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es único”.

Más allá de la declaración del monoteísmo que encierra este texto del Deuteronomio (6:4), la clave que despliega su sentido se concentra en el verbo “escuchar”.

Entramos aquí en otro plano. En otra dimensión. Porque es lo auditivo lo que caracteriza al pueblo hebreo, un pueblo que no puede ver a Dios, pero sí puede escucharlo.

Escuchar es prestar atención a lo que se oye. Es dar de mi atención al otro, otro con minúscula u Otro con mayúscula. Porque para que la escucha sea cabal y comprensiva se precisa de un otro que se exprese.

Escuchar, por ende, es hacerse presente en la existencia de un tercero, es acercarse e involucrarse en un diálogo que requiere al menos dos.

En la escucha se personifica un mandato, se vislumbra una demanda ética: hay alguien más a tu lado que necesita tu distinción. Porque a diferencia de la visión, que es masiva por definición, la escucha debe ser en esencia selectiva. Y aunque el mensaje sea compartido, escuchar se conjuga en singular.
“Ozen” es “oído” en hebreo, y de igual raíz es “izún” que significa “equilibrio”. Este varias veces milenario par dialéctico de la lengua hebrea ha sido corroborado no hace mucho por la ciencia médica, que ha descubierto que en el oído interno yace gran parte del sentido del equilibrio.

¿No es acaso maravilloso saber que en última instancia todo nuestro equilibrio depende de nuestra capacidad de escucha?
¿No es acaso evidente que el silencio -o la sordera recíproca- desequilibran al ser humano tornándolo en violento?

Por eso, hay que tener sumo cuidado con los silencios. Porque aunque a primera vista no se note, son muchas las víctimas de sus embrujos.

Fuente: Coloquio

 
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