La Historicidad de las Escrituras Sagradas del Judaísmo
Por Irving Gatell

En los últimos años, Israel Finkelstein ha llamado poderosamente la atención en el medio de la arqueología en Israel. Sus descubrimientos han sido relevantes en muchos sentidos, pero sus opiniones son las que han captado la atención de propios y extraños. Afirma, sin tapujos, que la realidad histórica es radicalmente diferente a lo que el Tanaj dice. En resumidas cuentas, que el texto bíblico es inexacto e incluso falso.

¿Cuánto hay de razonable en este tipo de afirmaciones? O, desde el otro extremo, ¿cuánto hay de cierto en nuestros libros sagrados?

Durante siglos, la perspectiva tradicional siempre fue que el texto bíblico simplemente narraba las cosas tal y como habían sido. Sin embargo, con el auge de la investigación arqueológica moderna, las perspectivas tradicionales empezaron a ser cuestionadas y una nueva forma de ver las cosas se consolidó. Es un fenómeno que afectó igualmente al Judaísmo y al Cristianismo.

De las modernas investigaciones arqueológicas se han podido establecer ciertos hechos históricos que, aparentemente (y más adelante analizaré por qué digo que “aparentemente”), contradicen la narrativa bíblica. Por ejemplo:

a) El camello apenas fue domesticado como animal de carga hacia el año 1000 AEC. Por lo tanto, los relatos del Génesis donde aparecen israelitas en sus camellos (los que llevan a Yosef a Egipto) no pueden ser ciertos, porque se remontan a casi mil años antes de la domesticación de dicho animal.

b) No existió un proceso migratorio de hebreos desde Egipto hacia Canaán que podamos identificar como el Éxodo. En realidad, fueron varios y extensos los procesos de migración protagonizados por grupos semitas, en un lapso de dos a tres siglos.

c) Aunque a estas alturas quedan pocas dudas sobre la existencia de un rey israelita llamado David, es muy improbable que haya sido gobernante de una poderosa potencia militar. En realidad, el Reino de Judá fue, desde sus orígenes, pequeño y limitado, y quien llegó a alcanzar un poderío considerable -aunque siempre mediano y por lo menos un siglo después de David- fue el Reino de Samaria.

¿Qué significa todo esto? ¿Se trata de una diatriba simple donde sólo hay que decidir si los relatos bíblicos son correctos o no, o se trata de algo más complejo que eso?

 

Hay un hecho fácil de entender que basta para demostrar que estamos ante un asunto complejo: los autores de los textos bíblicos no fueron historiadores educados en nuestras universidades modernas, ni bajo nuestros criterios técnicos. Simplemente por esa razón, es por demás obvio que lo más absurdo es pretender que esos libros satisfagan nuestra perspectiva crítica-histórica.

Luego tenemos otra realidad: cualquier documento que haya en cualquier lugar del mundo tiene un contexto histórico propio, y es obvio que la gente contemporánea -especialmente su autor y sus destinatarios- están imbuidos en dicho contexto. Pero un lector ajeno al contexto está en otra condición, y reconstruir la información no le va a resultar posible nada más por leer el documento.

En este sentido, es sorprendente la lucidez con la que el Judaísmo entiende la naturaleza del texto bíblico. Por ejemplo, el Talmud dice sin tapujos que se le debe hacer caso a los sabios de nuestra generación, no a los del pasado; en esa misma línea, el Judaísmo enseña explícitamente que primero hay que estudiar Mishná, antes que la Torá directamente. Y en una línea de ideas bastante afín, también se dice que la Torá estuvo a punto de perderse dos veces en la Historia, pero que se preservó gracias a Ezra el escriba y a Onkelos.

Detrás de todas estas expresiones, subyace una idea fundamental: nuestro Texto Sagrado es un texto antiguo, y nosotros ya estamos muy lejos de su contexto original. Por lo tanto, es imposible que la simple lectura directa del texto sea suficiente para entenderlo. Necesitamos, obligadamente, un punto de contacto que sea tan largo como la Historia misma. Y ese punto de contacto es, primeramente, el Talmud; luego, los sabios de las generaciones pasadas; finalmente, los sabios de nuestra propia generación.

Esa es la genialidad del concepto de Torá Oral. Más allá de la definición religiosa, la definición historicista es que la Torá Escrita es un contenido congelado en el tiempo y, por lo tanto, que refleja una realidad que se quedó en el pasado. La Torá Oral es, simplemente, el modo en que ese contenido se ha mantenido vigente generación tras generación.

Pero ahondemos un poco más en ese problema que significa el cambio de contexto. Supongamos que nuestra civilización se va a hacer gárgaras y se colapsa, exactamente igual que todas las civilizaciones anteriores. Supongamos que sobreviven grupos humanos aislados que tienen que empezar desde cero en casi todos los sentidos. Algo así como una nueva Edad Media, sin computadoras, sin electricidad, sin internet, sin La Nube, sin wifi, sin celulares.

Dentro de dos mil años, la gente va a ser completamente diferente a nosotros. Sus paradigmas van a ser otros. Su modo de entender la Historia va a ser distinto. Ni qué decir de su información sobre los acontecimientos humanos. Ellos van a saber tanto de nosotros como nosotros de los etruscos. Algunas estatuas, algunas pinturas, algunos documentos. Nada más.

Imaginemos ahora que, en una expedición arqueológica, alguien recupera algún documento que habla sobre la balanza comercial entre un desconocido reino antiguo llamado Holanda y el último de los grandes imperios, los Estados Unidos. Y que el documento habla del comercio de tulipanes.

Es muy probable que el documento se refiera a los grandes beneficios obtenidos por Holanda en esa práctica comercial. Si es una nota periodística, es incluso factible que allí se hable de Holanda como toda una potencia en la materia (cosa que sería exacta; no se podría acusar al autor de mentir).

Pero imaginemos esa lectura fuera de contexto: un arqueólogo dentro de dos mil años podría quedarse con la impresión de que, repentinamente, se ha recuperado evidencia de la existencia de una nación que fue tan poderosa como los Estados Unidos. Otro gran imperio. Si además llegase a recuperar documentos que hablasen de las flotas comerciales holandesas de los siglos XVII y XVIII, la idea estaría “comprobada”: hubo un Imperio enorme llamado Holanda y en el siglo XXI competía con los Estados Unidos e incluso les tomaba ventaja en ciertos tratos comerciales.

Seguro no faltará un arqueólogo escéptico y objetivo que, en ese momento, señale que no necesariamente se trató de un gran imperio, equivalente en tamaño a los Estados Unidos. Pero lo cierto es que una información limitada a la balanza del comercio de tulipanes y a las referencias históricas sobre el poderío comercial de la flota holandesa de los siglos XVII y XVIII, podría generar una idea exagerada sobre el tamaño de Holanda.

Muy probablemente, cuando otra generación de arqueólogos -digamos que unos 500 años después- descubra que Holanda fue un diminuto país cuya economía no era ni la vigésima parte de la estadounidense (y no hablemos del territorio), haya un escándalo académico por las implicaciones lógicas e inmediatas: medio milenio engañados, creyéndose una mentira sobre Holanda.

Pero no. No estaban creyendo mentiras. Simplemente, no tenían datos referenciales que para nosotros son muy normales, pero que en 2 mil años no lo serán.

A nosotros nos pueden decir que Holanda es una potencia comercial, y que le saca ventaja a los Estados Unidos en el tráfico de tulipanes. Y nadie se confunde con eso: como tenemos toda la información contextual, entendemos perfectamente el lugar de cada dato, y NO ENCONTRAMOS NINGUNA CONTRADICCIÓN entre la información y el hecho de que Holanda sea un diminuto país en comparación con los Estados Unidos.

Pero quiten toda la información contextual, y lo que tenemos podría convertirse en un escándalo académico en las universidades del año 8274 del Calendario Hebreo, o 4514 del Calendario Gregoriano.

Sería algo parecido a que de repente un grupo de arqueólogos llegara a decirnos que los antiguos Babilonios no fueron, en realidad, un Imperio tan grande. Que, más bien, fueron un reino modesto.

O que Israel Finkelstein venga y nos diga que el antiguo Reino de Judá fue más bien un país pequeño, y que todas las expresiones bíblicas de grandeza sólo fueron un delirio chauvinista.

 

No, queridos lectores. Sólo es la simple pérdida de la información contextual. Por mucho que leer el Tanaj sea algo normal para todos nosotros, lo cierto es que estamos a miles de años de distancia, y es obvio -lógico, obligado, inevitable, necesario, ineludible- que no podemos reconstruir TODA la información con la simple lectura.

Finkelstein ha propuesto que hay dos ideas bíblicas que son simplemente falsas: el Reino de David como un reino poderoso, y el Éxodo en todas sus características históricas. Según sus conclusiones, el Reino de David a lo mucho fue pequeño y modesto, y no hubo una migración de semitas desde Egipto hacia Canaán identificable como “el éxodo”.

Empecemos con el primer tema: efectivamente, el relato bíblico parece decirnos que David fue el gobernante de un reino que, en su momento, no tuvo enemigo posible.

¿Se contradice esta idea tradicional con las evidencias arqueológicas modernas?

No. En realidad no. Nos ponen frente a una simple lectura a la que le falta mucha información contextual (algo similar a lo que propuse imaginándome a arqueólogos del futuro debatiendo sobre el tamaño de Holanda).

La narrativa bíblica y la evidencia arqueológica coinciden en que el reinado de David (personaje ya aceptado como histórico por la mayoría de los arqueólogos, dada la evidencia sólida de que existió un “linaje de David”) debió darse hacia el siglo X AEC.

Se trata de un momento interesante en el antiguo Oriente Medio en el que las grandes potencias -hititas, asirios y egipcios- colapsaron.

Los asirios habían logrado su máxima expansión imperial hacia el siglo XVIII AEC, cuando fueron derrotados por los babilonios. Entre los siglos XVI y XIV AEC, lograron recomponer su poderío, pero los constantes conflictos con los Hititas -al occidente- y los arameos -al norte-, provocaron que Asiria quedara contenida en sus fronteras naturales hasta el siglo IX AEC.

Los babilonios antiguos fueron más modestos en sus alcances: después de derrotar a los asirios, mantuvieron una importante hegemonía pero sólo hasta el siglo XVI AEC, cuando fueron derrotados y saqueados por los Hititas.

Por su parte, Egipto alcanzó el mejor desarrollo de lo que se conoce como Imperio Nuevo hacia el siglo XIII AEC. A partir de ese momento, entró en una fase de decadencia que culminó en el siglo XI AEC con el inicio de lo que los especialistas llaman el “tercer período intermedio”, mismo que se extendió hasta el siglo VII AEC. Se trata de una etapa en la que el poder egipcio estuvo notablemente mermado.

Los Hititas vivieron su mejor momento entre los siglos XV y XIII AEC, pero su rivalidad con Asiria los arruinó. Urgidos por reconstruir su economía dañada por ciertas derrotas ante los asirios, invadieron Chipre y eso los llevó a entrar en conflicto con los Aqueos. La situación generó un colapso del comercio marítimo, y eso provocó que muchos grupos originarios de las Islas Griegas se vieran obligados a emigrar hacia las cosas orientales del Mediterráneo. Estos grupos -conocidos como Los Pueblos del Mar- desestabilizaron la zona debido a la incapacidad de Egipto para controlarlos, y además de provocar el colapso definitivo de los Hititas, llegaron incluso a meter en problemas a los asirios. El “pueblo del mar” más referido por la Biblia son los filisteos.

Toda esta inestabilidad provocó un reacomodo generalizado, y apenas en el siglo IX AEC fue cuando los asirios estuvieron en condiciones de reiniciar su expansión imperial y reposicionarse como la potencia dominante en la zona.

Es en ese contexto histórico que hay que entender la narrativa de los libros I y II de Samuel y I Crónicas, donde se nos presenta a un David invencible. Por supuesto, sería un disparate absoluto pretender que el texto bíblico hiciera un análisis a fondo de las causas por las cuales se habían colapsado los reinos Hitita, Asirio, Egipcio y Babilónico de ese momento, ya que no estamos hablando de un tratado de Historia elaborado por un arqueólogo moderno, sino de las crónicas reales elaboradas en una pequeña nación.

Y en ese sentido, el relato bíblico es sorprendentemente coherente y exacto con lo que sabemos de Historia: el hecho de que Egipto, Asiria, Babilonia y Hatusa no se mencionen prácticamente en relación a David, evidencia que es la etapa en la que esos grandes reinos estaban colapsados. En cambio, los frecuentes problemas de Israel vienen a causa de los Filisteos, grupo que -como ya se dijo- fue parte de las invasiones de los Pueblos del Mar, y que generaron una gran inestabilidad política en la zona durante mucho tiempo, PRECISAMENTE EN ESE TIEMPO.

En todo caso, la acusación contra el autor del texto bíblico tendría que ser por sus omisiones (me refiero a las nulas menciones al poderío egipcio, asirio, babilónico o hitita en la época de David), pero algo semejante sería más bien una necedad. En realidad, dichas omisiones deben verse como un detalle de precisión en la narrativa bíblica (si entendemos la época, lugar y circunstancias en las que se dio esa narrativa): no se mencionan porque en ese preciso momento estaban colapsadas.

Por eso, el poderío de David se debe entender como un poderío reducido a un territorio más bien pequeño, en una etapa en la que ante la carencia de grandes potencias imperiales, los reinos pequeños florecieron y chocaron entre sí.

Cierto: el autor bíblico describe al de David como un poderío militar enorme, una descripción tan correcta como hoy podemos decir que Holanda tiene un poder comercial enorme, sin necesidad de que sea del tamaño de los Estados Unidos.

Allí es donde falla el juicio -no los descubrimientos- de Israel Finkelstein: reducir todo a una diatriba donde sólo hay que decir si el texto bíblico está bien o mal es perder de vista que dichos textos recopilan eventos y perspectivas propias de un lugar muy concreto en un momento muy concreto.

 

Descalificarlo sólo porque no coincide con nuestra perspectiva histórica -más amplia y mejor documentada- es tan sensato como decir “no puedes considerar a Holanda como una potencia comercial porque no tiene el tamaño de los Estados Unidos”. Y, sin embargo, Holanda es una potencia comercial.

Llevando las comparaciones al extremo, es como jugar soccer en un equipo de Segunda División, llegar a casa diciendo “qué buen partido tuvimos hoy…”, y que alguien te diga “imposible, porque no son de Primera División”.

Hacia el siglo VI AEC, el autor de I y II Samuel y I Crónicas recopiló los escritos elaborados durante los 500 años previos, y nos contó de un reino israelita invencible. Es seguro que este autor debió tener una percepción equivocada de estas implicaciones, porque este autor conoció por lo menos a dos grandes potencias imperiales: babilonios y persas. Por lo tanto, para él la frase “nadie podía hacer frente a David” debió significar que ni asirios ni hititas hubieran podido luchar contra el gran rey de Israel.

Eso, visto de manera simplona y rápida, es un error. Pero cuando escarbamos en el asunto con criterios historicistas neutrales y ecuánimes, llegamos al punto donde se confeccionó el relato original -en tiempos de David-, una época en la que los israelitas no tenían la mínima preocupación por los asirios, los babilonios, los hititas o los egipcios, que llevaban siglos colapsados y resolviendo problemas más importantes que organizar una campaña contra la lejana Judea.

A ese autor original, la frase “no hay quien le haga frente a David” significaba que filisteos, amorreos, jebuseos, edomitas y otros similares no tenían modo de derrotar a Israel. Y eso es, históricamente, correcto al cien por ciento.

Este es apenas un ejemplo de los problemas propios de la investigación histórica. No sólo se trata de aclarar la relación entre eventos verdaderamente históricos y la narrativa antigua (es decir, entre lo que realmente pudo ser el Reino de David -por ejemplo- y lo que la Biblia dice sobre dicho Reino). Se trata de intentar entender la lógica bajo la cual los autores de esos textos antiguos escribieron lo que escribieron.

En la nota de la próxima semana vamos a seguir con el tema del Éxodo. Y luego, abordaremos otro tema que se deriva de lo que acabamos de plantear en el párrafo anterior: Finkelstein sostiene que el siglo VIII AEC es crucial en la historia del pueblo de Israel, porque es el momento en el que se consolida la ideología que quedó plasmada en la Biblia, y cuyos objetivos fueron claramente unificadores. En esa lógica, afirma que es el rey Josías quien comenzó con un proyecto que implicó la creación de una “narrativa oficial” para reescribir la Historia de Israel, de tal modo que el nuevo relato justificase la idea de un “gran Israel”.

Naturalmente, Finkelstein tiene muchas y buenas razones para decir eso. Pero ¿significa -como él lo da a entender- que la ideología bíblica es sólo un intento político de manipulación para imponer una versión oficial del origen de una nación?

 

Suena a teoría del complot, y eso ya es peyorativo por sí mismo.

No. No se trata de eso. Ya analizaremos en qué sentido las ideas de Finkelstein son correctas y en qué sentido se les interpreta mal

 

 
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