Yom Ha’atzmaut:
A Israel en sus 66 Años

Rabino Roberto Feldmann

“Avir Arim Tzalul Kayáin” “Un aire de montaña, diáfano como el vino”. Así, la Violeta Parra de Israel, Naomi Shemer, le canta a Jerusalén, la Ciudad de Paz, que nunca vive paz, salvo en Shabbat, y quizás. “Diáfano como el vino”, “Tzalul kayáin”: una extraña metáfora, pero tan descriptiva para quién ha vivido en Jerusalén, o la ha visitado, recorrido. Es diáfana y embriagadora al mismo tiempo. Diáfano su azul y los corazones de sus Tzaddikim, de sus niños. Y los sueños de sus locos. No hay locos como los de Yerushalaim, medio profetas, medio mendigos, en su bailecito de Purim y Mashíaj, entre el aroma de Quzbara y café con jenjibre.

“Aire de montaña, diáfano como el vino”: Es tan precisa la metáfora paradojal,  porque la intensa mística de Yerushalaim y sus aromas embriagan al unísono. La embriaguez insinuante de sus portales se mezcla con el susurro de sus piedras, cipreses y pájaros migratorios.  Vino que no se toma sin bendecir, sangre desde hace tres mil años, de esperanza de generaciones y generaciones, tanto peso como las rocas ciclópeas del Kótel al atardecer.

“Aire de montaña, diáfano como el vino”, del miedo de las madres por sus niños de Yerushalaim, niños que juegan entre los gatos, con sus sandalias entre los escalones de piedra, rulos rubios y morenos, sus kipot a medio caerse, la pichanga en una plazuela de mil seiscientos años, apenas. Sus voces son tan diáfanas en las callejuelas de piedra, entran y salen de sus puertas florecidas de Mezuzot. Y Yerushalaim es metáfora de Israel entero. 

Conocí un abuelo judío que amaba con toda su alma a su mujer, Hamama, -“Paloma” en judeo-yemenita-. Fueron juntos desde Sharab, al sur del Yémen, hasta Adén caminando, y de allí en alas de águilas hasta Yerushalaim. Vivieron juntos por más de sesenta años. Ella murió y cuando lo vineron a acompañar en su duelo, no decía palabra alguna. Al tercer día dijo dos palabras con su acento de cafetal remoto, “Hamama áfa...” “La Paloma voló...” Esa es Yerushalaim, trágica, poética, brutal y sublime, lágrima y piedra dura. Hamama áfa...

¿Qué es “Im eshkajej Yerushalaim, tishkaj yeminí”? Qué es “¿Si te olvidara Yerushalaim, que se me atrofie mi mano y mi lengua se pegue a mi paladar?” En este Día de Yom Ha’atzmaut, de aniversario de la Independencia de nuestro Estado de Israel, , estremécete hasta los tuétanos y entiende que Tizón es tu cuna, tu casa, tu ciudad, tu derecho, tu destino meatá vead olám, desde antes y hasta siempre, es tus ojos, judío, judía, es tu semblanza y es tu deber, tu tarea pendiente de la asignatura de la paz, reprobada durante tres mil años por todos, aunque esté llena de santos diversos, meshuggaím, mujeres silenciosas, y niños, y tesoros, bazares y santuarios y gatos y palomas que volaron.

Yerushalaim, Ir David, la Ciudad del Rey David, cuyos salmos de paz rezamos cada día y cada Shabbat. Miles de años, y el centro de nuestro mundo. Y digan lo que digan, es la capital de Yehudá, de Judea, es la Ciudad Santa del Templo de Israel, es la ciudad judía. Otros tienen Roma, Mecca o Medina, Benares, Lhasa, Cuzco o Stonehenge. Sólo los judíos pertenecemos solamente a Yerushalaim, a Sion. A ninguna otra. Y no hubo, ni hay, ni habrá otra ciudad, otro lugar, otro manantial de vida y aire de montaña, diáfano como su vino, y tan telúricamente hondo de sentimientos, para vivirla y compartirla y cuidarla y abrirla.

Olvidar nuestra pertenencia a nuestra matria es el pecado del cual vienen tantos de nuestros otros pecados: Nuestro estar perplejos, nuestra cultura light, nuestro egoísmo y nuestra orfandad apenas disimulada. Olvidar a nuestras hermanas y hermanos que viven y mueren en Israel hoy, olvidar a Yerushalaim es el principio del naufragio de todo nuestro sentido y nuestra identidad. 

Yerushalaim es el axis mundi, el eje del mundo. De allí surgió la Torá y la Palabra de D’s. Lo que pueda yo enseñar, está resumido en la infinitud de su eje entre el Cielo y la Tierra. Y la terrenal, la Yerushalaim shel mata, se hunde hasta lo más profundo de la tierra, el tiempo, las rocas, las tumbas de nuestros abuelos y abuelas. Capas y capas de sinagogas de cada época. Todo es verdad. Grutas, pasadizos y lugares superpuestos, tierra y junto al Muro, una angosta excavación hacía abajo, que llega tan hondo como la vista es capaz de ver, hasta allá profundo llega nuestra historia, más antigua, más real, más verdadera que todos los pensamientos. Recién cuando miras hacía tan abajo, que es hacía tan arriba, te das cuenta cuánto te falta para ser el ser humano judío que eres.

Porque Yerushalaim es verdad, viene de abajo y se empina hasta la otra verdad, la de la Yerushalaim shel mala, la Jerusalén Celestial. Desde sus cimientos paleolíticos hasta la punta más alta de la torre, desde donde las aves suben a la ronda azul, ella es nuestra historia y verdad, desde siempre y hasta el final de los días.

Cada uno de nosotros, nuestra vida, es sólo un par de pasos que vienen de Yerushalaim y se dirigen hacia Yerushalaim. Y en ella habita la nobleza de los que escriben, enseñan, componen la poesía de nuestro pueblo, antigua y contemporánea, allí están hoy nuestros trabajadores sencillos, y nuestros grandes académicos, nuestros maestros en  la Universidad Hebrea, y las escuelas de Torá, mi seminario rabínico y tantos otros, y estos profesores viajan en bus, igual que todos; como sus soldados jóvenes, sus preciosos muchachos y muchachas.

En Yerushalaim están todas las Mezuzot, y todas las bodas y todas las bendiciones y novias con henna en las manos, todas las Janukiot, y todas las puertas de todas las casas judías del mundo, y llenas de sentido, y hay Torá, y hay devoción y amor por eso inefable que se respira en la embriaguez de su pureza. Ni sabes quién es ese hombre, esa mujer que va caminando. Es un sabio y un filántropo, es una Tzaddeket una mujer justa y buena que cura a los heridos de las bombas, es una joven policía de fronteras, heroína, que detuvo una; es un dueño de una librería silenciosa llena de tesoros. Cada uno es una historia de tres mil años que se enraíza en Yerushalaim, habiéndose perfumado en mil exóticos lugares de la diáspora.

Nos hemos olvidado de Yerushalaim. Y en ello se nos perdió la nobleza del espíritu. Nos sentimos modernos y cómodos y teniendo la razón en nuestra insípida lejanía, nuestra arrogante indiferencia, nuestro malentendido universalismo. Son otros los judíos que cuidan su espíritu y la palabra temeraria y potente de sus profetas. Otros los que la renuevan, la viven, la aman, y se aman en Yerushalaim.

Y al creer inocente ese olvido, algo de lo más hondo de nuestra alma se va debilitando lentamente. Y de allí viene tanto de nuestro estar perdidos en el vértigo moderno. No lo cura la terapia. No lo cura la plata. No lo cura llenarse de hijos. Sin hogar, no puedes cuidar a tus hijos e hijas. Sin sentir y asumir nuestra raíz verdadera, el mundo judío realiza parodias de judaísmo, calcos, simulacros, sucedáneos. Y nuestros viajes filosóficos de una o más encarnaciones por Occidente y Oriente, nuestros apegos con las ideas de la historia, terminan finalmente sin aliento.

Por eso se llama Hatikvá, La Esperanza, el himno de Israel.

Cuatro líneas, precisas, ciclópeas, enormes, lo resumen todo:

Kol Od Balevav Penimá Nefesh Yehudi Homiá

Mientras aún en lo profundo del corazón palpite el alma judía

Ulefatei Mizraj Kadimá, Ayin Letzion Tzofia

Y hacía el oriente, adelante, el ojo vea expectante a Tizón

 

Od Lo Avdá Tikvateinu, Hatikvá Bat Shnot Alpaím

Aún no se ha perdido nuestra esperanza, La Esperanza de Dos Mil Años

 

Lihiot Am Jofshi Beartzeiu, Eretz Tizón Virushalayim.

De ser un Pueblo Libre en Nuestra Tierra, La Tierra de Sion y Yerushalaim. 

 

La Hatikvá empieza diciendo “Mientras aún en lo más adentro del corazón, vibre un alma judía...”

 

No empieza con cielos azulados o con un adelante batallones; ni con halagos ni con arengas. Parte con el fundamento último: Mientras todavía, muy adentro del corazón, esté encendida el alma judía, la tuya, la mía, la nuestra, aún todo es posible. La Hatikvá plantea un “mientras todavía”, un “a condición de”: Establece lo necesario para que aún vivamos, expresa el fondo último que anima nuestra vida: el deseo de vivir, y de vivir como judíos. Manifiesta un potencial, una pregunta; y a través de eso, lo más íntimo, lo más profundo: el deseo irreductible de vivir. El mismo del Ghetto de Varsovia, el que hace que hoy los judíos queramos vivir a pesar de todo el odio y el terrorismo, la parcialidad mediática y el “neo”-antisemitismo.

En el Ghetto, la llama era salvar o la vida, o la dignidad. El alma judía vibraba llena. Había música y hasta teatro y hasta literatura y toda el alma judía imaginable en las peores condiciones. Hoy la llama no es salvar la vida o el honor en la lucha del pueblo judío. Hoy la llama es salvar nuestro alma de apagarse. Y ese alma judía palpitando, ese Nefesh Yehudi Homiá, es el milagro: aún existe. Aún está viva hoy, esta noche. Por eso estás aquí leyendo esto en el fondo. 

¿Te das cuenta? Aquí está, y te trajo aquí, te lleva de la mano a través de tu herencia milenaria, te la interpreta en el piano de tu alma. Esa llama. Esa brasa. Aquí está. Vive aquí mismo, esta noche. Ahora es el tiempo en que todavía fulgura, y por ello aún estamos todos a salvo.

Ese fundamento último, íntimo, de muy adentro del corazón, no es poesía, no es una metáfora. Es el realismo judío más intenso: Mientras palpite el alma judía aún hay esperanza de que podamos rehacernos de la muerte o la pasividad, de la desesperación o la apatía. Como lo hemos hecho siempre. Re-encender el fuego vivo que nos despabile de nuestra amnesia y falta de fe, nuestra miseria epocal.

Ben Gurión decía: “Quién niegue los milagros en Israel, no es realista”. Y vaya que fue realista Ben Gurión, y vaya que lo fue a punta de milagros. Y vaya que es real Israel, por eso mismo. Y vaya que es maravilloso, exitoso aún tras sesenta años de hostilidad impuesta por su entorno, que hasta hoy no ha aceptado en serio nuestra existencia en la tierra que nos vio nacer y hace sesenta años, renacer.

Tarde o temprano, un judío regresa a la sinagoga, junto a su pueblo humano. Y en ella, regresa a Yerushalaim. Y no por claudicar de sus ideas y viajes, sino con ellos. Y no por librepensador inconsecuente, sino con libertad total. No por inercia o rebañismo. Regresa porque aunque no lo sepa identificar, Yerushalaim dentro suyo le cita, le canta con tres mil años, lo hace más vasto y maduro, le susurra una verdad de amor y granados en flor de un tonelaje que cura toda “insoportable levedad del ser”.

Yerushalaim es generaciones, es el Tzror Hajayim, el lazo de nuestra historia. Y claro que podemos vivir aquí en Chile. Por supuesto. Sólo que debemos ser concientes de que hay un cordón umbilical entre nosotros e Israel, hecho de amor, Torá, sangre y alegría, lleno de enseñanzas que aunque las ignores aún, son tu derecho. Lleno de sabiduría y belleza, que aunque no la practiques aún, es tu hogar. Lleno de luz, y sol, y brisa, que aunque la olvidaste, te pertenece, porque tú eres su heredero, su heredera.

Y mientras, tu pertenencia a la comunidad de Israel, a tu sinagoga, tu grupo WIZO, tu movimiento juvenil sionista, son tu Yerushalaim. Son tan plumíferas nuestras resistencias orgullosas. Son tan precarias nuestras excusas. Y van contra ti mismo y contra lo que ennoblece y enriquece tu universalismo y tu individualidad.

Gozar tu sinagoga un sábado en la mañana, de las actividades de los jóvenes un sábado en la tarde, de Kabbalat Shabbat un viernes en la noche, un jueves de estudio, un lunes de organizar e inventar y crear, es cuidar a Yerushalaim y todo lo que significa. ¿Por qué tan vanidosos de creernos más allá de ella? ¿Por qué tomarnos en serio nuestra indiferencia? Nos parecemos demasiado a los adolescentes, que a menudo se pierden de tanto, por su conciencia eclipsada de un atolondrado orgullo.

Reaprender el Alef-Bet, tus primeras letras aquí, y estimular profundamente tu propio camino espiritual, conjugar aquí lo tuyo menor con lo Tuyo mayor, es reparar esa ruptura abismal que nos pervade, atomiza, y deprime. Y si lo entendemos, no esperaremos que un alguien nos convoque, sino que nos acercamos, proponemos, nos sorprendemos y unimos, nos alegramos en la mística de nuestra comunidad humana única. Por ti, por tus hijos e hijas, por mí, por todos. Por lo luminoso que habita adentro, la embajada de lo sagrado en nosotros.

 

 
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