Parasha Beshalaj: Desde el Mar Rojo a Aushwitz
2014-5775

Jorge Slachevsky Czuckerman

El jueves recién pasado se cumplieron 70 años desde que las tropas rusas abrieron las puertas del Campo de Concentración de Auschwitz-Birkenau. Más de cien sobrevivivientes y numerosas autoridades se reunieron en un acto donde recordaron el exterminio de más de un millón cien mil personas, la mayoría judíos.

El presidente francés, François Hollande, recordó con su presencia dicha masacre y posteriormente asistió a un homenaje en el Memorial de la Shoah de París donde les recordó a los judíos franceses que Francia era su “patria”. Anunció que su Gobierno presentará próximamente un plan global de lucha contra el racismo y el antisemitismo.

En otras partes del mundo también se recordó a las víctimas del régimen nazi. El presidente Obama destacó la necesidad de condenar y luchar contra el "creciente" antisemitismo. Putin, en el Museo Judío y Centro de la Tolerancia de Moscú, declaró que  "Un crimen como el Holocausto no debe repetirse”. El papa Francisco publicó un mensaje en Twitter donde señala que "Auschwitz es un grito de dolor que, en ese gran sufrimiento, está pidiendo un futuro de respeto, de paz y de encuentro entre los pueblos”.

Llama la atención la fortaleza que manifestaron los cien sobrevivientes que recorrieron las dependencias del Campo de Concentración. Hace muchos años me toco compartir en numerosas reuniones sociales con una señora que había sobrevivido. Pareciera ser que el sufrimiento había generado un aura especial de serenidad que se manifestaba en todos los momentos en que pude disfrutar de su compañía.

Ese mismo día una comentarista, en un canal de televisión de nuestro país, se referiría textualmente al “Pan de la Vergüenza”, concepto típicamente judío, que afirma que produce una cierta angustia cuando uno se aprovecha de los beneficios de algo sin haberse esforzado por conseguirlo. Lo que me llamó la atención es que dijo que ese concepto pertenecía a una religión pero se cuidó de no especificar a cual pertenecía.

Una vez más, nuestras enseñanzas pueden ser utilizadas por los demás, pero se considera políticamente incorrecto referirse a quienes son sus gestores.

Distinto es el caso de las autoridades de los más diversos países que recordaron abiertamente y sin temor a los judíos asesinados en la Segunda Guerra Mundial y que manifestaron, de alguna manera, su apoyo al derecho de nuestro pueblo a vivir en paz y tranquilidad en el seno de las naciones que los han acogido desde hace tantos años. Palabras que se contraponen a dicha columnista, que encuentra políticamente correcto resaltar las enseñanzas que nuestro pueblo atesora desde hace milenios.

En esta semana leemos, en la parasha Beshalaj, que el Pueblo Hebreo, ancestro de aquel que experimentó los horrores de la Alemania Nazi y los actos antisemitas ocurridos en Paris, logra finalmente liberarse de la esclavitud que les había impuesto el Faraón en Egipto.

Hay una similitud entre los siete mil sobrevivientes que fueron liberados de los horrores de Auschwitz-Birkenau y aquellos que tuvieron la oportunidad de atravesar el Mar Rojo en la búsqueda de la libertad. Ambos grupos siguieron su vida después que un poder exterior había intentado destruir sus fundamentos ideológicos, que para los antiguos se reflejaban las enseñanzas de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob; y que para los modernos se encontraban recopilados por Moisés en las páginas de la Torah, pero que no lo habían logrado a pesar del esfuerzo desplegado.

Todo el bagaje espiritual acumulado durante milenios permanece incólume en la conciencia de todos los judíos, lo que se reconocen como tal y los que se han olvidado de sus enseñanzas. Los no judíos también han recogido estas enseñanzas, por lo menos en aquellos países que adhieren a la confesión abrahamica. Las han integrado a sus culturas. Han intentado vivir de acuerdo a sus postulados y en general lo logran, a pesar de unos pocos episodios aislados en que dejan escapar sus instintos básicos sin ningún freno que los controle.

Una opinión muy personal, fruto de compartir en extenso con mi familia no judía por más de 20 años, me señala que aparte de las creencias básicas, como la figura de Cristo y los postulados de la Iglesia Católica, no existen grandes diferencias entre la mayoría laica judía y su entorno gentil que respalde el antisemitismo emergente.

Si, a pesar de lo expresado en el último párrafo, el antisemitismo afecta a aquellos que en su vida diaria no se diferencian en nada de aquellos que lo rodean, debe haber algún factor más sutil que gatille dicha actitud.

No se puede negar el efecto inconsciente que produjo en las mentes gentiles la prédica durante dos milenios de los sacerdotes católicos que denostaban a nuestro pueblo en las prédicas dominicales.

Pero, dejando de lado dicha acción, debe haber una diferencia profunda, no visible a simple vista, que dispare ese resentimiento que aflora hasta en aquellos países que se jactan por su laicismo y su alto nivel cultural.

Durante toda el Libro del Éxodo hemos leído del relato de como los hebreos estaban esclavizados por el pueblo egipcio. Llegamos a la Parasha Beshalaj y nos enteramos que Moisés condujo a su pueblo por un camino largo para evitar que aquellos que quisiesen devolverse lo hicieran con facilidad. Varias pruebas desafiaron las convicciones de aquellos que habían salido de Egipto. Durante unos días les faltó el agua. Cuando la encontraron era amarga y hubo la necesidad de la intervención divina para que se hiciese bebestible. Faltó la comida y Hashem los proveyó de codornices para saciar su hambre. Fueron atacados por Amalek y, sin ninguna experiencia guerrera previa, los derrotaron en la batalla.

A pesar de todos estos acontecimientos la trama central de la Parasha radica en la atravesada del Mar Rojo.

Hashem condujo al Pueblo Hebreo hasta una zona en la cual se verían encerrados entre el ejército del Faraón y el Mar Rojo. Todos sabemos que la intervención divina abrió un canal seco por el cual pudo transitar Moisés y su gente y que se cerró cuando el ejército los estaba persiguiendo, ahogándolo y permitiendo que el Pueblo Hebreo lograra su verdadera liberación.

El hecho de que Hashem hiciera que el Pueblo retrocediera sus pasos y se encontrara en una encerrona que hacía temer por su vida hace pensar a los comentaristas de la Torah que el incidente del Mar Rojo tiene una connotación simbólica que escapa a la interpretación puramente religiosa de lo sucedido.

Es un mensaje para cada uno de aquellos que nos gusta reflexionar acerca de la historia de nuestro pueblo.

Desde entonces nos ha tocado vivir la mayor parte de nuestra historia en el Exilio rodeados de pueblos gentiles que a pesar de que pudiesen no aceptar nuestras costumbres no han permitido compartir con ellos. Hubiese bastado una voluntad aunada para destruirnos totalmente como le ocurrió a los Cátaros o a los Templarios.

Durante toda esa época nos vimos forzados a cruzar, en cada generación, nuestro Mar Rojo personal para poder liberarnos de la esclavitud de culturas foráneas que intentaban obligarnos a renegar de las nuestras para aceptar la que nos querían imponer.

En la actualidad hemos querido abandonar nuestras convicciones más profundas para integrarnos casi totalmente a nuestro entorno. Por fuera somos cada vez más gentiles y escondemos nuestras creencias en lo más profundo de nuestro ser para poder asimilarnos sin problemas a los demás.

Creíamos que, haciéndonos cada vez más laicos, no existiría más el antisemitismo. Durante medio siglo así ocurrió. Pero ahora, inexplicablemente, han renacido los ataques contra judíos que exteriormente en nada se diferencian de sus vecinos gentiles.

¿La causa? La diferencia interior que aflora a pesar de la similitud exterior. Por esto, debemos atravesar nuevamente el Mar Rojo para volver a nuestras raíces, exaltar esas diferencias,  y demostrarle al mundo que podamos reconstruir la Tierra Prometida aún en el seno de otras sociedades y que podemos compartir en paz con aquellos que profesan otras creencias sin claudicar de las nuestras.

Desde el Mar Rojo hasta Auschwitz se ha tejido una red ininterrumpida que debemos tener presente en nuestra memoria para mantener vivo el legado que nuestros ancestros atesoraron con tanta energía

                                                         

                                                                                          Veseata Dishmaya

 

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Parasha Bo: La luna nueva y la muerte de un fiscal
2014-5775

 Jorge Slachevsky Czuckerm

La muerte de Alberto Nisman, el fiscal argentino que estaba investigando el atentado a la Amia, proceso aún no esclarecido a pesar de los 20 años que han transcurrido desde que cobró la vida de tantos judíos, nos vuelve a introducir en un torbellino del cual no hemos podido zafarnos desde los asesinatos que ocurrieron en Francia.

Tampoco podemos obviar las noticias acerca de los actos antisemitas que afectan a la Comunidad Judía francesa y nos hemos enterado que ha aumentado el número de aquellos que, asustados con tantos episodios negativos, han decidido emigrar a Israel.

Pareciera que el tiempo retrocedió al pasado y estamos viviendo en Europa un clima similar al que prevaleció en Alemania y Austria antes de la Segunda Guerra Mundial que dio origen al Holocausto que truncó la vida de millones de judíos.

Una nueva situación que se originó en el Medio Oriente, la aparición de Isis en los territorios de Siria e Irak, trasladó sus efectos a Europa y la muerte de Alberto Nisman hace que la Globalización, que extiende sus tentáculos a todos los rincones de la Tierra, ha hecho que se haya acercado el conflicto a nuestras fronteras, haciendo que en el país vecino se apague artificialmente una vida para evitar que puedan verse afectados los vínculos comerciales, específicamente los del petróleo, entre Irán y Argentina.

El tiempo debería tender al futuro pero no olvida el pasado que ya transcurrió. Sucesos como el de de Charlie Hebdo y el de Alberto Nisman nos recuerdan que el pasado aún se encuentra presente a pesar del intento de borrar sus recuerdos de nuestra memoria.

No es una simple coincidencia que en el texto de la parasha de esta semana, aparte de relatarnos las consecuencias desastrosas que sufrieron los egipcios debido a las tres últimas plagas, se nos señale que corresponde al propio Pueblo Hebreo determinar el comienzo de cada nuevo mes, coincidente con el momento que se inicia la Luna Nueva, como una señal inequívoca de que a lo menos al principio de cada mes debemos detenernos a reflexionar acerca de lo que es lo verdaderamente importante en nuestra vida.

En la Parasha de esta semana, además se nos entrega el Mandamiento de recordar, festivamente y en familia, año tras año, que la Liberación de Egipto fue un acto crucial que no solamente libró al pueblo de la opresión del Faraón, sino que los liberó del trabajo rutinario que los hacía preocuparse de la subsistencia física dejando en el olvido todas las enseñanzas espirituales que les habían trasmitido los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob.

Convencidos, en nuestra época, que el bienestar material debe conducir nuestros anhelos y aspiraciones, nos hemos dedicado a acrecentar la cantidad y calidad de bienes que aparentan darnos una mayor felicidad y una sensación de logro que a veces nos gusta ostentar frente a nuestras familias, amigos y colegas.

Mientras lo hacemos hemos dejado libres las hordas de los fanáticos religiosos que no hacen otra cosa que, a través de los actos brutales que hemos presenciado en las últimas semanas, enfrentarnos a una realidad que no queremos visualizar. Estamos tan esclavizados a nuestros deseos como nuestros ancestros lo estuvieron a la esclavitud física.

Debemos detenernos y reflexionar acerca del camino por el cual estamos transitando tan desprovistos de espiritualidad. La Torah nos enseña en la parasha Bo que debemos hacerlo, por lo menos una vez al mes, con la Luna Nueva, y una vez al año, con Pesaj. Si no, acontecimientos como los recientemente ocurridos retrocederán el tiempo a una época que creíamos que ya había pasado, los del antisemitismo previo a la Segunda Guerra Mundial, con sus secuelas de destrucción que no podremos parar debido a que no habremos aprendido a hacerlo a tiempo con las enseñanzas simbólicas que nos entrega la parasha Bo.

Veseata Dishmaya

 

 

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Parasha Vaera: Francia y la Libertad
2014-5775

Jorge Slachevsky Czuckerman

El miércoles pasado, la religión abandonó una vez más el campo de lo anecdótico para transformarse en una realidad dolorosa e impactante para el mundo occidental. Los horrendos asesinatos de 12 personas que daban vida a las satíricas viñetas de la revista Charlie Hebdo puso en vitrina una visión que los franceses, con su laicismo intransigente, habían desterrado hacia los confines más profundos de la consciencia de sus ciudadanos: el hecho que, aparentemente según éste columnista, el intento de confinar el sentimiento religioso y de ridiculizarlo, puede dar origen a extremismos cuyas consecuencias pueden impactarnos como lo hicieron lo sucedido en Francia.

El último viernes, otro sujeto, vinculado ideológicamente a los asesinos de la revista, tomó de rehenes a los clientes de un supermercado kosher, judíos y musulmanes, ya que ambos conviven pacíficamente en el mismo barrio y, antes de ser abatido por la policía, asesinó a 4 rehenes judíos.

El domingo, en las calles de Francia, una cincuentena de líderes mundiales, tomados por los brazos, entre ellos el Primer Ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, y el Presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, junto a millones de personas marcharon por las calles en repudio de los asesinatos y manifestando su apoyo a la libertad, especialmente de expresión, que había sido vulnerada por los asesinatos cometidos.

En la parasha de esta semana, Vaera, miles de años atrás Moisés también luchó por la libertad. Se enfrentó sin armas y sólo con su voluntad y creencias,  al Faraón que había esclavizado al Pueblo Hebreo por el sólo hecho de profesar una fe diferente, adorar a un D-s único, diferente a los que conformaban el panteón egipcio.

Este miércoles, los 4 judíos asesinados, que eran ciudadanos franceses al igual que lo era su asesino, fueron enterrados en Jerusalén, en señal que es posible quitarle la vida a un judío por su convicción religiosa, pero que no es posible matar el mensaje que el gran Profeta del Éxodo mantenía vivo en la mente de aquellos que fueron asesinados..

Esta semana leemos en la Parasha Vaera acerca de siete de las diez plagas que un D-s, el cual ya no se manifiesta como Elohim o el Shaddai, sino como YHVH, como lo definimos someramente en nuestra columna de la semana pasada, infligió sobre el pueblo egipcio para convencer al Faraón de que debía liberar al Pueblo que tenía esclavizado contra su voluntad.

Siete de diez plagas que parecieran superfluas. YHVH podría haber convencido espiritualmente, y esto está dentro de sus facultades, que liberara a al Pueblo Hebreo sin la necesidad de tanta fanfarria que tanto daño ocasionó a los egipcios. Pero, si lo hubiese hecho, quizás la liberación que D-s había encomendado a Moisés conseguir no habría servido de modelo a una humanidad cuyos representantes, unidos, marchan por las calles de Paris en favor de la libertad que fue vulnerada la pasada semana al igual que lo hizo el Faraón miles de años atrás.

 

Veseata Dishmaya

 

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Parasha Shemot: Moisés y YHVH
2014-5775

 Jorge Slachevsky Czuckerm

La Parasha Shemot da inicio al Éxodo, el segundo tomo de la Torah. La semana pasada terminamos la lectura del Génesis que se inicia con la Creación de todo lo existente y que termina con la muerte de José.

            Ambos acontecimientos marcan dos hitos relevantes que afectan la vida de todo nuestro pueblo.

            En cuanto a la Creación, para los efectos del comentario de esta Parasha, no tiene una mayor importancia si el mundo fue creado por D-s como indica la Torah o sí ocurrió el “Big Bang” que dio origen a todo el Universo. Lo que se intenta destacar es que, sea cual sea el origen, estamos todos insertos en un sistema que se rige por un conjunto de leyes naturales que nos gobiernan y que ha sido la tarea de todos desentrañar sus secretos para un mejor beneficio de la humanidad.

            En cuanto a la muerte de José, tampoco tiene mucha importancia si los acontecimientos descritos con los distintos personajes, especialmente los de los Profetas, realmente ocurrieron tal como están descritos. Lo que debemos rescatar es que, al igual que la Creación que fue avanzando paulatinamente a través del tiempo, la conciencia espiritual del hombre fue evolucionando a través de  los hitos que marcaron simbólicamente los Profetas en la Torah.

            Con el Éxodo se inicia una segunda parte de nuestra identidad. Ya sabemos que el mundo está allí para nuestro beneficio y que la sociedad se sustenta en una base espiritual que, a pesar de ser conocida, no necesita ser implementada para disfrutar de los recursos disponibles. Ahora debemos tomar conciencia que no basta el aprovechamiento de esos recursos naturales para tener una buena vida sino que debemos encarnar las enseñanzas de nuestro Profetas para lograr dicha plenitud.

Para encaminarnos por ese camino, la Parasha de esta semana, Shemot, se encarga de mostrarnos una nueva dimensión de D-s, YHVY, distinto de aquel que creó el universo, Elohim, y una nueva dimensión del hombre, Moisés, distinto a los Profetas que lo antecedieron.

Al inicio de la Parasha Shemot han transcurrido 210 años desde la muerte de José y la vida de los hebreos ha llegado a un punto insostenible. Los pocos que se establecieron en Egipto se habían multiplicado para convertirse en un pueblo numeroso que amenazaba la estabilidad del país. El Faraón temía que se convirtieran en aliados de alguna potencia extranjera que los intentara invadir. Al analizar esta afirmación con detención podemos comprobar que el pueblo, a pesar de la esclavitud a que había estado sometido, había logrado mantener su identidad y no se había mezclado con el pueblo egipcio. Pero, por otra parte,  la influencia de los Profetas había disminuido y el pueblo se sentía cada vez más influenciado por las costumbres de su entorno.

Moisés, nacido hebreo, puesto en una barca por su madre, obligada por el edicto del Faraón, es recogido por una integrante de la cultura reinante, la hija del gobernante, y es criado totalmente apartado de sus orígenes y logra asimilarse totalmente a dicha sociedad. Simboliza el caso de millones de judíos que, viéndose enfrentados a una cultura foránea, deciden integrarse a ella borrando todos los vestigios históricos de sus ancestros.

La Torah nos relata cómo los egipcios habían esclavizado al Pueblo Hebreo obligándolos a trabajar duramente en la construcción de sus ciudades. Eran afligidos por los capataces que los obligaban a mantener las cuotas de producción y que los castigaban cuando no las cumplían.

Moisés, totalmente ajeno a estos problemas, paseando por las construcciones, observa como un capataz castigaba brutalmente a un hebreo e interviene para terminar con el sufrimiento del esclavo. Las palabras degeneran y Moisés mata al egipcio. El Faraón se entera. Moisés abandona el palacio y se exilia en Midián para evitar la muerte por el crimen que cometió. Se casa con la hija de Itro y deja de lado su verdadera identidad, la judía, y la de su infancia y juventud, la egipcia, para convertirse en pastor de las ovejas en el pueblo que lo acogió en su exilio.

Un día cualquiera, apacentando el rebaño, observa una zarza ardiente que no se consumía. Extrañado se acerca a ella y escucha un mensaje divino que le solicita que vuelva a su pueblo y que se convierta en el líder que los libere de Egipto. Moisés encuentra que no es la persona indicada para acometer esa delicada misión e intenta convencer a la Voz que designe a otro que pueda realizarla mejor. Finalmente accede a los requerimientos divinos y le solicita a D-s que le revele su nombre.

Para la tradición cristiana, compartida por muchos judíos, D-s le señaló a Moisés que su nombre era “Yo Soy el que Soy”. Este nombre, traducido de esa manera, parecería que describiera a Elohim, el nombre del D-s del Génesis, un nombre que describiría a un D-s que había creado al mundo natural dotándolo de reglas inflexibles para mantener la estabilidad dentro de un sistema inamovible. Este nombre definiría un rasgo de carácter divino que tendería a mantener el orden a toda costa independiente de cualquiera consideración. Este nombre habría dado origen a sucesos como la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, el Diluvio Universal, La Torre de Babel y la destrucción de Sodoma y Gomorra. Todos acontecimientos en que predominaba el atributo divino de la Justicia, simbolizado por el nombre divino de Elohim, que no incluía la Misericordia en sus determinaciones.

Para la tradición hebrea este nombre se traduciría por “Yo Seré el que Seré”, que al introducir el factor tiempo  reemplazaría el antiguo nombre de Elohim por uno nuevo, el de YHVH, que abre la posibilidad de que en el futuro las acciones humanas serán juzgadas por el tributo de la Misericordia que atenúa, aunque no siempre, la rigidez del mundo natural reflejado en el atributo divino de la Justicia.

Moisés, un nuevo profeta, será el encargado de Redimir a su Pueblo del olvido y de retomar las enseñanzas de Abraham, Isaac y Jacob. Comprende que la influencia personal de esos Profetas no fue suficiente para mantener su recuerdo vigente durante el exilio del Pueblo y que será necesario normalizar esas enseñanzas para que no se vuelvan a olvidar.

Estas se compilaron en la Torah. En la próxima Parasha leeremos acerca de su entrega. A partir de ese momento la figura de Moisés disminuirá para entregarle todo el protagonismo al texto de la Torah donde figura un D-s que combina en Si mismo los atributos de la Justicia y la Misericordia y de un Profeta ejemplar, Moisés, que nos trasmite las enseñanzas que han mantenido la identidad del Pueblo de Israel hasta nuestros días.

Veseata Dishmaya

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Parasha Vaieji: Rubén, el gran perdedor
2014-5775

Jorge Slachevsky Czuckerman

Rubén fue el primogénito de nuestro patriarca Jacob. Por tal motivo debería haber sido el sucesor de su padre ya que, para la tradición hebrea, tal condición venía aparejada de ciertos beneficios y obligaciones que lo diferenciaban de sus demás hermanos.

En la parasha de esta semana, Vaieji, Jacob se encuentra en su lecho de muerte y reúne a parte de su familia, aquellos que constituirían en el futuro a  las doce tribus de Israel, para trasmitirles un mensaje de suma importancia. En esa ocasión correspondía haberle conferido las regalías del primogénito a Rubén, pero no ocurrió así debido a que Jacob  no percibió en su hijo mayor las cualidades que lo habrían hecho merecedor de tal distinción. Lo mismo había ocurrido con su abuelo Abraham que desplazó por tal motivo a Ismael en favor de Isaac y de su padre que postergó a Esaú en beneficio de Jacob.

Once hermanos acompañados de Menashé y Efraim, hijos de José, se congregaron alrededor de Jacob para escuchar de sus labios las profecías de los acontecimientos futuros.  No figura Dina, su única hija, que muy a pesar de las lectoras femeninas de la Torah, no tiene ningún protagonismo en esta parte del relato.

El hecho de que aparezcan Menashé y Efraín en esa ocasión como parte de los fundadores de las doce tribus y el hecho de que a Rubén no se le otorgaran las regalías del primogénito nos trasmite un mensaje de vital importancia. Hace que el relato abandone el ámbito de lo anecdótico y se convierta en un pilar fundamental de nuestra identidad.

Antes de ese episodio la Torah estaba llena de conflictos entre hermanos. Caín y Abel, Ismael e Isaac, Jacob y Esaú, José y sus hermanos, nos muestran como la rivalidad conduce a la separación entre aquellos que comparten la misma sangre.

Rubén, primogénito de Jacob, no estaba ajeno a las pasiones que habían mostrado sus familiares. Era hijo de Lea, la poco querida esposa de su padre, con la cual se había casado cuando fue engañado en el palio nupcial por su suegro Labán. Sentía celos, al igual que el resto de sus hermanos, cuando su padre mostraba signos de preferencia por José, hijo de Raquel, su bien amada segunda esposa.

 

Fue partícipe del complot por deshacerse de José pero evito que sus hermanos lo asesinaran  cuando sugirió que lo dejaran en una cisterna seca para que fueran los escorpiones, y no la mano de los hermanos, que terminaran con su vida. Acto que le salvó la vida ya que decidieron venderlo a una caravana de ismaelitas que lo trasladaron a Egipto donde, después de numerosas tribulaciones, logró convertirse en la mano derecha del Faraón.

Una vez que Raquel murió Jacob trasladó sus pertenencias a la carpa de su concubina Bilha en vez de hacerlo a la de su primera esposa. Eso enfureció a Rubén quien sintió que con ese acto estaba ofendiendo a su madre Lea y como venganza violó a la sierva de su padre demostrando un rasgo de carácter violento que tendía a la desunión, incapaz de dominar sus impulsos y de respetar la dignidad de su padre.

Debido a esta situación Jacob le quitó las regalías de la primogenitura a Rubén trasmitiéndole el siguiente mensaje en su lecho de muerte:

“Rubén, tú eres mi primogénito, mi fortaleza y el principio de mi vigor, prominente en dignidad y prominente en poder. Incontrolable como el agua, no tendrás preeminencia, porque subiste a la cama de tu padre, y la profanaste: él subió a mi lecho”.

            Una de las regalías era la “doble porción” de la herencia que le debía entregar al primogénito como compensación de las responsabilidades que le correspondían como colaborador de su padre en la formación del resto de sus hijos. Esta le fue negada a Rubén y entregada a José al convertir a sus hijos en los antecesores de dos de las doce tribus de Israel.

            Ninguno de los otros hermanos era más merecedor que José para recibir dicha regalía. No era debido a que había prosperado en Egipto y que por su protección la familia se había trasladado a Egipto evitando ser aniquilada por la hambruna reinante.

            Más bien se le otorgo debido a que había sido capaz de criar en el exilio a sus dos hijos, Menashé y Efraín, dentro de las enseñanzas que había recibido de su padre haciendo que hayan sido los primeros mencionados en la Torah que no habían tenido rencillas, demostrando que sus rasgos de carácter no albergaba  la ira que tanto daño había producido en la historia de su familia.

            El demostrar que la fraternidad entre los hermanos constituye una posibilidad en vez de una excepción constituye un ejemplo digno de ser replicado por las doce tribus de Israel. Estas  necesitaban el ejemplo de Menashé y Efraim de que era posible convivir armoniosamente sin recurrir al conflicto para resolver las desavenencias.

            A diferencia de ellos, Rubén había demostrado públicamente que no contaba con los atributos necesarios para propender a la armonía entre sus semejantes con lo cual fue castigado por su padre haciéndolo perder los beneficios de la primogenitura convirtiéndolo en el “gran perdedor” de los hechos relatados en la parasha.

            Las enseñanzas que nos trasmite la parasha Vaieji resultan, después de su análisis, evidente. La armonía entre los seres humanos se consigue luego de una transformación, largamente internalizada, de los rasgos negativos que conducen a la desunión entre las personas. La parasha nos conduce por ese camino y los libros restantes de la Torah no hacen más que profundizar ese mensaje.

Veseata Dishmaya

 

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Parasha Vaigash: El inicio de nuestra identidad
2014-5775

 Jorge Slachevsky Czuckerman

En las últimas columnas hemos intentado identificar cuáles son los rasgos de carácter que caracterizaban a nuestros Patriarcas y a José que los hicieron acreedores a que, miles de años después, aún los estudiemos y tratemos de emularlos en aquellas características que nos son tan deseables.

            En los comentarios previos al Libro del Génesis intentamos, estimulados por la catarsis que representaban Rosh Hashana y Yom Kippur, de buscar en nosotros mismos aquellos rasgos de carácter negativos que nos habían impulsado a actuar de una manera incorrecta y de hacernos el firme propósito de enmendarlos con el fin de no volverlos a repetir en el futuro.

            Llegamos a la lectura de la parasha Vaigash expectantes con el desenlace de lo que va a ocurrir con los hermanos de José debido a que, con la tensión que estamos acostumbrados en las películas de corte policial, el relato de la parasha nos había informado que se había escondido una copa valiosa en las alforjas de Benjamín, y el encargado de la casa del Virrey tenía orden de salir a su encuentro, registrarlos y traerlos de vuelta al descubrirse el supuesto robo.

            Por otro lado, sabemos que Yehuda, el tercer hijo de nuestro Patriarca Jacob con su primera esposa Leah, en el episodio de la venta de su hermano José como esclavo a la caravana de ismaelitas, no sintió ningún remordimiento, y menos el deseo de perdón y de redención tras la traición que ayudó a cometer contra su hermano José. Esto significaba que actuaba, a pesar de haber recibido de sus ancestros un bagaje moral lleno de enseñanzas positivas, como un idólatra que no era capaz de reflexionar acerca de sus acciones, evaluarlas y enmendar su rumbo, proceso que sería posteriormente normado para ser practicado por sus descendientes en las Grandes Fiestas.

            Llevado Benjamín y sus hermanos frente a José se produjo el desenlace del gran momento dramático que permea el relato de la Parasha Vaigash. José decretó que Benjamín, único hermano con el que compartía a su madre Raquel, gran amor de su padre Jacob, se debía quedar como siervo en Egipto mientras que los demás hermanos podían partir de regreso a Canaán.

            Algo ocurrió con Jehuda en ese momento. Reaccionó distinto a como lo hizo cuando se produjo la venta de José, momento en que no sintió remordimiento alguno frente al deleznable acto. Esta vez levantó su voz y declamó que ese veredicto iba a producir la muerte de su padre que no iba a ser capaz de resistir, por segunda vez la muerte de otro hijo de su amada Raquel. En un acto de generosidad solicitó la liberación de su hermano y pidió que fuese el mismo quien fuera encarcelado por el robo por el cual se acusaba a Benjamín. Quizás sin saberlo había finalizado el proceso del arrepentimiento por lo que había sucedido tantos años atrás. Teniendo que enfrentarse a la misma situación, la encarcelación de un hermano, reaccionó distinto y ofreció asumir el castigo en vez de que fuese Benjamín el que lo sufriera y que su padre se viera enfrentado a tan terribles noticias.

            José reaccionó emocionado frente al desenlace del complot que había orquestado. Se dio cuenta del arrepentimiento sincero de su hermano. Hizo vaciar el salón de las audiencias de todos los observadores. Se identificó como el hermano perdido y mandó a buscar a su padre para reunirse con él.

            A pesar de que Canaán estaba sólo a seis días de marcha de Egipto, José jamás  había mandado a ningún emisario para comunicarle a su padre que él aún seguía vivo. No había hecho ningún intento por consolarlo y permitirle vivir en paz y tranquilidad.

Necesitaba convencerse que el tiempo no había transcurrido en vano. Estaba esperando que las virtudes que sus ancestros habían intentado inculcar a sus hermanos, fundadores de las doce tribus que iban a conformar el Pueblo de Israel, se manifestaran en hechos concretos que lo convencieran que no constituían intenciones vacías de contenido.

            Esta capacidad demostrada por Yehuda de modificar su conducta en forma positiva, cuando por segunda vez se ve enfrentado situaciones similares, es el gran legado que le trasmitió a su Pueblo y es lo que, hasta el día de hoy, nos caracteriza como judíos. Su nuevo proceder lo hizo merecedor de que de su simiente naciera, muchos siglos después, nuestro gran rey David, líder político innegable de nuestra nación.

A pesar de que no está públicamente reconocida esta transformación de Yehuda, a quien no se le dedica ninguna parasha en su honor, su nombre, Judá, se levanta como paladín de nuestra identidad, ya que el nombre con que comparte sus raíces, judío, por el cual somos reconocidos, identifica a aquellos hombres y mujeres que somos capaces de darnos cuenta que es posible transgredir siempre que posteriormente transitemos por el camino del arrepentimiento y la corrección de nuestra conducta.

A nosotros, judíos comunes y corrientes, llenos de contradicciones y transgresiones, nos queda el ejemplo de Yehuda y enfrentaremos el próximo año Rosh Hashana y Yom Kippur con la esperanza de que cada vez que nos veamos enfrentados a antiguas situaciones que exijan nuevas respuestas tendremos la capacidad de revolverlas de una manera más acorde con nuestra identidad

Veseata Dishmaya

 

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Parasha Miketz: Vacuna contra el extremismo
2014-5775

Jorge Slachevsky Czuckerman

El martes de esta semana fueron asesinados 148 personas, la mayoría niños, en un colegio de Pakistán por un grupo extremista de corte religioso.

Ese mismo nos enteramos por la prensa que habían detenido en España a una chilena que había sido enrolada a combatir en las filas del Yihad para el Estado Islámico.

Es indudable que el problema religioso está más presente que nunca y Occidente va perdiendo la lucha que, tras haberla iniciado a principio del Renacimiento, permitió que el hombre se despojara de la opresión de una religión implacable y abrazara la bandera de la secularización.

Con tal proceso parecía que el mundo occidental se había liberado de excesos  como la Inquisición, la quema de brujas de Salem y la excomunión del gran filósofo Baruch Spinoza en el año1656.

Con la globalización de las comunicaciones nos enteramos diariamente que el retroceso del fanatismo es una ilusión que no se condice con la realidad.

Grupos religiosos extremistas están empeñados en imponer por la fuerza sus puntos de vista y luchan contra todo lo que, a sus ojos, representa la modernización. No dudan en asesinar a un número cada vez mayor de inocentes y de inmolarse a sí mismos por imponer su visión religiosa al resto de la sociedad.

En otro ámbito de cosas, en el caso de la salud pública, la extrema higiene y la pureza biológica de los alimentos consumidos, ha conducido al incremento de los casos de las alergias debido a que la asepsia nos ha despojado de los anticuerpos necesarios para combatirlos.

Eso mismo ocurre con la religión. Vivimos nuestra vida en una especie de asepsia espiritual que nos ha vuelto vulnerable a la infestación de aquellos virus de corte dogmático que nos causan daño.

Hay una proliferación de líderes religiosos, basados en sueños redentores de la humanidad, tratando de imponer sus visiones a numerosos occidentales que, ante el vacío producido por esa asepsia espiritual, buscan canalizar sus inquietudes a través del único canal que creen que los representan, el extremismo religioso.

Por eso propugnamos en nuestras columnas que debemos llenar ese vacío espiritual con una sana reflexión religiosa con el fin de que nuestros jóvenes no se vean afectados por los sueños sin fundamentos de los discursos extremistas.

En un mundo en que prima la razón resulta incomprensible que se produzcan hechos lamentables originados en los sueños tal como ocurría en la Antiguedad y que son relatados en las páginas de la Torah

En la  parasha de esta semana, Miketz, continúa el relato de la historia de José, el gran soñador por excelencia, quien sufrió todo tipo de vejámenes, entre ellos su venta a una caravana de ismaelitas y el encarcelamiento en Egipto, por mantenerse fiel a sus mensajes internos descartando las consecuencias prácticas de sus ensoñaciones.

Los líderes religiosos actuales que proclaman el asesinato de inocentes se creen los sucesores espirituales de José olvidándose que, justamente la parasha Miketz, nos intenta trasmitir que los sueños pueden ser peligrosos y que solamente personas de la talla de José, tras una reflexión profunda, pueden canalizar esos sueños en la vía correcta.

La parasha Miketz, utilizando el lenguaje bíblico, nos enseña que dichos sueños, correctamente rectificados por la razón, puede enseñarnos a prepararnos a enfrentarnos a las amenazas futuras que nos puedan afectar, como sucedió con la sequia en Egipto cuya hambruna pudo ser prevista de los sueños del Faraón interpretados por José.

Un correcto estudio de la parasha de esta semana nos entrega las herramientas necesarias para no dejarnos llevar por los sueños de aquellos visionarios sin fundamento que tanto daño producen en la humanidad.

Veseata Dishmaya

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Parasha Vaieschev: Soberbia y modestia
2014-5775

 Jorge Slachevsky Czuckerman

Que dirían ustedes si fuesen parte de una familia numerosa, 12 hermanos, y el menor de ellos les cuenta, de improviso, que tuvo un sueño en el que 11 gavillas de trigo le hacían una reverencia a otra que se mantenía erguida y que a continuación, no contento con contarles el sueño, se los interpretaba para que no quedara ninguna duda que el mismo era la gavilla erguida que mientras que las que se doblegaban ante el eran todos sus hermanos mayores.

Seguramente en una familia normal le hubiesen dado un coscacho al soñador y cada uno hubiese seguido con sus asuntos olvidándose rápidamente del sueño que les había contado.

En un segundo sueño, aparece el padre y la madre, el sol y la luna y todos se doblegaban ante él.

Nuevamente la reacción hubiese sido la misma con la única diferencia que ya les habría entrado la idea que el hermano estaba ligeramente perturbado.

Su bisabuelo Abraham había alejado a su hijo Ismael para impedir que éste, más preocupado de burlarse de su hermano que de su desarrollo espiritual,  contaminara a su hijo Isaac. Su padre, Jacob, había usurpado ilegítimamente los derechos de la primogenitura y había conseguido a través del engaño convertirse en uno de los patriarcas del futuro pueblo judío.

En la parasha de esta semana, Vaieschev, esos sueños despertaron la inquietud de los hermanos que, aumentada por la envidia que le tenían porque era el preferido de su padre, llegaron a la conclusión que debían  darle muerte echándolo en un pozo lleno de alacranes porque representaba un peligro latente para la familia y solo lo rescataron de allí cuando uno de ellos, Judá, les sugirió que era mejor que lo vendieran a una caravana de ismaelitas que pasaba por allí.

Ya Jacob había tenido dos sueños importantes en las dos parasha anteriores. En el primero, saliendo de su tierra hacia el exilio, visualizó una escalera que llegaba hacia el cielo por la cual ascendía y descendían ángeles. En  el segundo, volviendo muchos años después del exilio, luchó durante toda la noche con el ángel de su hermano Esaú y al vencerlo adquiere un nuevo nombre, el de Israel. No queda claro en la parasha si efectivamente luchó contra el ángel o si lo soñó pero nos quedamos con esta última interpretación que está más acorde con la forma de pensar religiosa del siglo XXI.

Quizás los sueños de Jacob, trasmitidos a sus hijos alrededor de una fogata, los había convencido de la gran misión que tenían por delante: Ser cada uno de ellos el precursor de cada una de las doce tribus que conformarían el gran pueblo judío que D-s había prometido a su bisabuelo Abraham. Por su parte los sueños de José amenazaban su misión. Quizás intentaba con sus sueños convencer a Jacob de que debía desplazarlos, tal como Abraham e Isaac habían hecho con uno de sus hijos, y dejar solamente a José como único heredero de las enseñanzas de sus ancestros y única simiente del futuro Pueblo de Israel.

Al final los sueños de José eran premonitorios de lo que ocurriría en el futuro. Llegaría el tiempo en que José se convertiría, después de muchas penurias, en la mano derecha del Faraón de Egipto y sus hermanos efectivamente se doblegarían ante el rango que había adquirido.

Lo importante, al fin de cuentas, no era que finalmente que todos sus hermanos se tenían que doblegar ante él, sino que se convirtió en el instrumento a través del cual la familia no sucumbiría a la hambruna en su tierra natal sino que tendría la oportunidad de establecerse en una de las zonas más ricas de Egipto.

Esta parasha, a diferencia de las anteriores, no solo nos relata la historia que continúa después de la de los tres patriarcas que conformaron nuestra identidad judía, sino que nos enseña que la modestia de la vida común y corriente que cada uno de nosotros podamos desarrollar, a pesar de todos los defectos que podamos tener, especialmente el de la soberbia que causó la venta de José por parte de sus hermanos, resulta importante en la constitución del pueblo judío como una unidad cohesionada que tiene la misión de trasmitir, al futuro, los ideales que alguna vez se originaron en los sueños que tuvieron nuestros grandes Patriarcas relatados en las páginas de la Torah..

 

Veseata Dishmaya

 

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Parasha Vaishlach: Destrucción y Colaboración
2014-5775

Jorge Slachevsky Czuckerman

La vida se despliega frente a cada persona como una lucha permanente entre el instinto de destrucción y el espíritu de colaboración. Así lo fue para nuestros ancestros en los albores de nuestra existencia y se mantiene presente, aunque solapada, en la civilización altamente desarrollada del presente.

El primero le entregaba al hombre primitivo las herramientas para desarrollar con éxito las dos actividades primordiales que le ocupaban gran parte de su energía: cazar para alimentarse y procrear para perpetuar la especie. En ambos casos el instinto de destrucción, reforzado por la selección natural que favorecía a los más aptos, le permitía tener éxito al perseguir y darles muerte a las presas y le aseguraba las mejores hembras para perpetuar su simiente.

Por su parte, el espíritu de colaboración, que fue desarrollándose paulatinamente a lo largo de la evolución humana, constituyó un elemento decisivo en la sobrevivencia debido a que les exigió a los individuos que se integraran  socialmente  para superar las condiciones adversas.

El primero no necesitaba del adoctrinamiento para que las personas se dieran cuenta de sus ventajas. Aquel cuyo instinto de destrucción estaba más desarrollado obtenía las mejores presas y hembras lo que lo hacía ventajoso a simple vista.

El desarrollo de la colaboración no resultaba tan evidente. Tanto ayer como hoy pareciera ser que aquel que atropella a sus semejantes logra obtener los mejores resultados a corto plazo. Se debían desarrollar nuevos valores que estimularan la cooperación. Se debía aprender desde la infancia que es mejor postergar el instinto destructivo para permitir que aflorara el espíritu de colaboración.

En todas las sociedades emergió primero el instinto de destrucción antes que lo hiciera el espíritu de colaboración. Para que éste último pudiera radicarse, a falta de una capacidad de abstracción que recién estaba emergiendo, se hizo necesario el advenimiento de la religión como proceso educativo que, mediante ejemplos concretos, permitiera la introducción del espíritu de colaboración dentro del medio social.

El relato de la parasha de ésta semana, Vaishlach, continua la historia de Esaú y Jacob quienes, siendo mellizos en su apariencia física y absolutamente contrapuestos en su esencia, servían de modelo para que los líderes religiosos le enseñaran al pueblo que tanto el instinto de destrucción, representado por Esaú, está permanentemente luchando con el espíritu de colaboración, simbolizado por Jacob, para lograr un equilibrio que solo logró éste ultimo cuando fue capaz, después de luchar con un ángel durante toda una noche, de asimilar e integrar en sí mismo los  atributos contradictorios manifestados por los dos hermanos por separado.

El mundo moderno ha desechado las enseñanzas religiosas como un método efectivo para trasmitir las ventajas de la colaboración social. Pareciera que el tiempo va a enterrar definitivamente lo que pareciera ser un mito que no se sustentaría por sí solo y los pensadores seculares lo han difundido extensamente.  Nietzsche afirmaba que que “dios había muerto” porque el superhombre, aquel que la ciencia y la tecnología habían llevado al pináculo de su desarrollo, sólo necesitaba adquirir las herramientas que le permitan superarse en el aspecto terrenal ya que no necesitaba de las enseñanzas sobrenaturales para superarse en el aspecto espiritual.

Este planteamiento es absolutamente contradictorio. Por una parte satisface las demandas de aquellos que exigen una mayor libertad de conciencia. Por otra ha producido un vacío espiritual en muchos integrantes de la sociedad. Para los laicos esto no traería ninguna consecuencia práctica porque en todas las sociedades modernas podemos encontrar  un poder legislativo dispuesto a normar la convivencia, un poder ejecutivo que las implanta y un aparato judicial que castiga a los infractores. Nuestro país ve la implementación de un frenesí de proyectos que buscan encauzar el comportamiento humano en la senda de la buena colaboración social.

La naturaleza tiene horror del vacío y busca la forma de rellenarlo. Hemos visto que los fundamentalistas religiosos han ocupado ese vacío y utilizan, en muchas ocasiones, la violencia para implantar sus propios puntos de vista acerca de lo que los Libros Sagrados intentan trasmitir. Se puede apreciar que aquellos que han abandonado el estudio de esos textos han quedado en la más absoluta de las indefensiones para luchar contra sus  agresiones.

El relato de las vicisitudes que debe enfrenar Jacob para hacer prevalecer su espíritu de colaboración en contra del instinto de destrucción de Esaú nos recuerda que la vida es una eterna batalla entre el egoísmo y el altruismo y que debemos tomar en consideración sus enseñanzas para lograr que prevalezca ésta última.

Si no le damos importancia a las enseñanzas de la Torah deberemos buscar en otra parte, que no sea el castigo impuesto por la legislatura, poco efectivo porque en la época victoriana no logró imponer la armonía social a pesar que castigaba con la muerte a más de 200 infracciones, algún argumento que refuerce nuestra base espiritual porque si no le dejaremos, como ocurre en la actualidad, el camino libre a la intolerancia religiosa que destruye con su virulencia aquella convivencia que intenta proteger

                                                                                     Veseata Dishmaya

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Parasha Vaietze: Un judío no nace, se hace
2014-5775

 Jorge Slachevsky Czuckerman

Toda persona que nace de una madre judía es judía. La parasha Vaietze nos enseña que solo es judío, a pesar de que aún no se definía así a nuestros ancestros, aquel que lucha consigo mismo por convertirse en tal.

Jacob, su protagonista, es considerado el padre de nuestro pueblo porque, a pesar de que tomaba decisiones equivocadas durante el día, era capaz de interpretar las visiones que lo abrumaban durante la noche para enmendar su rumbo para mejor.

El día, que nos brinda la vida con su luz creativa, enceguece con su resplandor aquellos mensajes que, si fuesen escuchados, mejorarían nuestra existencia. Quizás nuestro Profeta Isaac perdió en su edad madura el sentido de la vista para que no lo distrajera durante el día de su verdadera misión. Puede ser que la grandeza de Jacob radica en que comprendió que no era necesario ser ciego para percibir lo que la luz física nos impide observar.

Al igual que la gran mayoría del mundo vivimos de día desarrollando nuestras labores habituales. Aún aquellos que aman la noche, los que deben trabajar durante ella o los eternos fiesteros que no dejan dormir a los demás, desarrollan su actividad iluminados por la luz artificial que transforma la noche en día. Las Vegas, con sus luces interminables, atraen a aquellos que las necesitan para escapar de la noche que los agobia con su eterna incertidumbre.

Hasta que fue obligado a abandonar su casa, Jacob fue un típico exponente de aquellos que viven de día y depende de sus sentidos para que lo guíen en sus acciones. Fue de día cuando engañó a su hermano ofreciéndole un plato de lenteja a cambio de la primogenitura. También fue de día cuando engaño a su padre para arrebatarle las bendiciones destinadas al mayor. De día partió hacia el exilio asustado por las amenazas de su hermano Esaú.

Fue en la noche, cansado de su larga caminata, cuando tuvo un sueño que lo marcaría por el resto de su vida:

“Soñó, y he aquí que una escalera estaba apoyada en tierra y su punta llegaba hasta los cielos; y he aquí que ángeles de D-s ascendían y descendían por ella. Y he aquí que el Eterno estaba parado sobre él; y dijo: “Yo soy el Eterno, D-s de tu padre Abraham y D-s de Isaac; la tierra sobre la que yaces a ti te la daré, y a tu descendencia. Tu descendencia será como el polvo de la tierra e irrumpirás con fuerza hacia el oeste, hacia el este, hacia el norte y hacia el sur; en ti se bendecirán todas las familias de la tierra, y en tu descendencia. Y he aquí que Yo estoy contigo; te protegeré en todo camino en el que andes y haré que regreses a esta tierra, pues no te abandonaré hasta que haga lo que hablé con ti”

Cuando Jacob despertó comprendió que D-s le había hecho una promesa y que para que ésta se cumpliera debía sellarla con un compromiso de su parte:

“Si D-s está conmigo, me protege en éste camino que ando y me da pan para comer y ropa para vestir; y yo vuelvo en paz a casa de mi padre; y el Eterno es D-s para mí, entonces ésta piedra que erigí en pilar será Casa de D-s”

Lo que pareciera que quería decir es que la tarea del hombre consiste en cambiar su esencia, que en el caso de Jacob utilizaba el engaño para lograr sus objetivos, de la misma manera que puede transformar un pilar de piedra en la Casa de D-s. En otras palabras, mediante la reflexión generada durante la noche era posible modificar las acciones realizadas durante el día.

La promesa recibida y su compromiso marcan el futuro de Jacob. Innumerables peripecias debió soportar durante su exilio en Jaran. Situaciones que hubiesen hecho que cualquier otro hubiese se hubiese asimilado a su nueva vida y olvidado de las enseñanzas que había recibido de Abraham e Isaac.

Fiel a su compromiso decide retornar a la tierra que lo vio nacer. Sabe que numerosos desafíos lo esperan y, basado en la visión que tuvo al inicio de su exilio, confía que D-s lo protegerá tal como se lo había prometido tantos años atrás.

D-s somete a Jacob a una prueba para comprobar si éste se mantenía fiel al compromiso que había asumido. Es así que en la próxima parasha nos enteramos de dicha prueba:

“Jacob se quedó solo, y un hombre luchó con él hasta que despuntó el alba. Pero al ver que no podía con él, golpeó el encaje de su muslo, y se dislocó el encaje del muslo de Jacob al luchar con él. El hombre dijo: Déjame ir pues ya ha despuntado el alba. Pero él dijo: No te dejaré ir, a menos que me hayas bendecido. Él le dijo: ¿Cuál es tu nombre? El dijo: Jacob. El hombre dijo: Ya no se dirá que tu nombre es Jacob, sino Israel, pues has luchado con el ángel de D-s y con los hombres, y has prevalecido. Preguntó Jacob y dijo: Por favor declara tu nombre. El dijo: ¿Por qué preguntas mi nombre? Y lo bendijo allí”.

Al igual que Jacob, el pueblo judío ha debido soportar incontables desgracias infligidas por aquellos que creían que, asesinando a los judíos, podrían destruir las ideas que Abraham, Isaac y Jacob le trasmitieron a su pueblo.

Hemos prevalecido gracias a que el protagonista de la parasha de esta semana, Jacob, nos enseño con su ejemplo que no importa cuántas veces una persona sea derrotada por los vaivenes de la vida podrá levantarse nuevamente en la búsqueda constante  de sus ideales de superación. Y que, en el caso que su vida sea cercenada, como ocurrió durante los progroms en Rusia y el Holocausto de la barbarie nazi, otros se levantaran en su reemplazo y continuaran con las enseñanzas que la Torah nos intenta trasmitir.

Jacob nos enseña que, a pesar de que un judío nace como tal de una madre judía, debe ser consecuentes con sus visiones superiores de la vida y luchar, si es que fuese posible, por que su nombre sea cambiado del de Jacob al de Israel.

Veseata Dishmaya

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Parasha Toldot: Intolerancia y Extremismo
2014-5775

Jorge Slachevsky Czuckerman

La violencia en el Medio Oriente, consecuencia de la intolerancia religiosa, nos ha impactado con su secuela de horrores que crean un velo entre la realidad y nuestra conciencia que nubla nuestra capacidad de aquilatar lo que está sucediendo.

Durante esta semana dos extremistas islámicos irrumpieron en una sinagoga de Jerusalén y asesinaron a cinco rabinos que estaban rezando durante el servicio matutino.

Esta misma semana, un quinto rehén occidental y 20 soldados sirios fueron decapitados por los yihadistas de Isis y su ejecución fue difundida por Internet.

También la televisión por cable mostró una entrevista a un Imán musulmán, nacido y criado en Gran Bretaña, que hacía una apología a la violencia y a la intolerancia cuando declaraba que, de acuerdo a la Sharia, código moral y ley religiosa del Islam, era correcto que las relaciones sexuales prematrimoniales fuesen castigadas con 100 latigazos y que el adulterio lo fuera con la lapidación. El Imán, que seguramente representa a una minoría del mundo musulmán, mantenía una actitud imperturbable frente al rostro horrorizado de su entrevistador.

Frente a esta concentración de actos y pensamientos, cargados a la intolerancia y extremismo, no quedaría más remedio que considerar la posibilidad que la visión laica de la realidad podría constituir la mejor solución contra tanta violencia.

Desde el Renacimiento la sociedad ha renegado sistemáticamente de las concepciones religiosas en su afán de evitar la intolerancia y el extremismo. Hasta hace poco parecía que el laicismo había triunfado en su afán de convertir la religión en una fábula que no tuviera ninguna injerencia en la vida cotidiana.

Por otra parte nos encontramos que en todos los rincones de Europa, el continente en que el laicismo presenta sus mayores fortalezas, los extremistas religiosos, al igual que el Imán de la entrevista citada, logran convertir a algunos jóvenes desilusionados con la realidad que los embarga para que se sumen a las filas del Isis y participen activamente en las decapitaciones como las recientemente ocurridas.

La gran mayoría del mundo musulmán, al igual que lo que ocurre con demás las religiones, no comparte los planteamientos de los extremistas y propugnan por una mayor tolerancia hacia el mundo que los rodea. Consideran que el concepto de lucha, que aparece descrito en extenso en los Libros Sagrados, no debe ser entendido como la aniquilación de aquellos que no profesen su misma fe sino que contra los impulsos internos que afectan la sana convivencia de la sociedad.

En eso no se diferenciarían del laicismo que propugna que cada persona se perfeccione a sí mismo y logre desarrollar las virtudes más nobles a que la condición humana pueda aspirar. La diferencia con las religiones consiste que consideran que dichas virtudes no deben ser inculcadas instaurando la imagen de un dios, encargado de establecer las normas morales que deben regir las relaciones sociales, sino que estas deben generarse en un código ético y moral originado en el consenso democrático de la sociedad.

Nos queda como desafío descubrir en las páginas de los Libros Sagrados aquellos mensajes que pueden llenar el vacío espiritual dejado por los avances del laicismo. No con el propósito de volver a los excesos de las religiones en el pasado, sino para impedir que esos vacíos sea rellanados por lo extremistas que los aprovechan para inculcar a sus seguidores sus propias visiones de la realidad.

En nuestra columna anterior describimos la figura del profeta Isaac quien representa para nosotros la fuerza interior que debemos desarrollar para encarnar las virtudes de nuestro profeta Abraham.

En la parasha de esta semana, Toldot, esta fuerza se exterioriza en la figura de sus hijos, Esaú y Jacob, quienes tomaron distintos caminos en el difícil proceso de la superación personal. La tradición considera que uno fracasó en su intento mientras que el otro se convirtió en el referente que debe emular toda persona que intente perfeccionarse a sí mismo.

El primero considera que la lucha debe darse en el seno de la sociedad, atacando aquellas manifestaciones humanas que atentan contra la sana convivencia e intentando modificar la conducta de aquellos que la practican. El mundo contemporáneo, sucesor de los pensamientos de Esaú, ha institucionalizado el “derecho positivo” en base a este pensamiento y ha creado un aparato judicial que castiga las infracciones para erradicar los malos comportamientos de la sociedad.

El segundo, Jacob, simboliza la lucha contra los impulsos destructores que radican en lo más profundo del ser humano. Para tal efecto el relato de su vida nos describe los múltiples desafíos que debió superar para convertirse en Israel, aquel que combatió consigo mismo y venció constituyéndose en un ejemplo digno de ser imitado.

Los extremistas religiosos mezclan la imagen de Esaú y Jacob en su intento de modificar a la sociedad. Estudian los Libros Sagrados, al igual que Jacob, con el fin de descubrir la inspiración que les permitan superar los instintos negativos que lo alejan de los dictados de su propia conciencia. Pero, al igual que Esaú, creen que el camino para lograrlo no es a través de su propio perfeccionamiento espiritual sino que mediante la aniquilación de aquellos que no practican las virtudes que ellos pretenden encarnar.

La mayoría de los religiosos moderados buscan en sus Libros Sagrados el ejemplo de sus propios profetas que los guíen en su perfeccionamiento como individuos. Para los que profesamos las religiones derivadas de las enseñanzas del profeta Abraham creemos que los relatos de las peripecias de Esaú y Jacob nos ayudan a avanzar en nuestro cometido.

Mientras tanto el mundo verá como los extremistas intentan instaurar su visión de la realidad. El triunfo de la sociedad como conjunto dependerá del combate contra la intolerancia y el extremismo y no de la imposición de visiones de la realidad que no son compartidas por la mayoría de la población.

Veseata Dishmaya

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Parasha Jaie Sarah: La transición de Isaac
2014-5775

 Jorge Slachevsky Czuckerman

En la  parasha de la semana pasada, Vaiera, afirmábamos que  D-s creó el universo con el fin de instaurar una sociedad justa, una que pudiera acoger en su seno la virtud divina de la Benevolencia. Abraham creía que la mejor manera de emular a D-s era replicando esa virtud mediante la práctica de la hospitalidad. La parasha se inicia cuando nuestro Patriarca, reponiéndose de su circuncisión, corre para agasajar a tres viajeros que, cansados por el largo viaje, pasaban por el frente de su tienda. Estaba siempre dispuesto a considerar las aflicciones de los demás como suyas propias y hacer todo lo posible por remediarlas.

La parasha continúa relatando lo sucedido con Lot, que pudo escapar de la destrucción de Sodoma y Gomorra, y las pruebas que Abraham tuvo que sortear con respecto a la Expulsión de Ismael y la Atadura de Isaac. En todos estos relatos se nos muestra como Abraham puede, dependiendo de la circunstancias, fluctuar entre los atributos divinos de amor hacia el prójimo y la aplicación de la justicia más certera, ajustando su accionar a los sucesos que deba enfrentar.

Su redescubrimiento del D-s único, su lucha contra la idolatría, su amor hacia la humanidad y su concepción innata de la justicia transformaron a Abraham en un referente obligado. Inspiró con su ejemplo  la conducta moral de incontables generaciones que lo sucedieron hasta nuestros días.

En la parasha de esta semana, Jaie Sara, nos adentramos en la historia de Isaac, considerado el segundo de los grandes patriarcas.

Después del episodio de la Akeida el relato no nos informa nada acerca de  lo que ocurrió con Isaac hasta que en ésta parasha, después de la muerte de Sara y su entierro en la Cueva de Majpela, Abraham encomienda a su sirviente principal que le consiga una esposa a su hijo en su tierra natal. Todos conocemos como Eleazar conoce a Rebeca en el pozo y se da cuenta que ella era la indicada cuando le ofrece darle de beber a sus camellos.

Isaac solamente reaparece como protagonista en el siguiente versículo de la parasha Jaie Sara:

“E Isaac llegaba de haber ido a Beer-Lajai-Roi, pues habitaba en la región del sur. Isaac había salido para orar en el campo a la hora de la tarde; y alzó sus ojos y miró, y he aquí que venían camellos. Rebeca alzó sus ojos vio a Isaac, y se inclinó sobre el camello. Y dijo al siervo: ¿Quién es ese varón que camina en el campo hacia nosotros? El siervo dijo: “El es mi señor”. Entonces ella tomó el velo y se cubrió. Y el siervo relato a Isaac todas las cosas que había hecho. Isaac la llevó a la tienda de su madre Sara; tomó a Rebeca y ella se convirtió en su esposa, y él la amó; así se consoló Isaac tras la muerte de su madre”.
Hasta allí llega todo lo que nos informa la parasha sobre Isaac. En la próxima, Toldot, se nos informa que Rebeca era esteril y que Isaac rogó al Eterno que le brindara hijos y debido a tal petición nacieron Jacob y Esaú que ocupan parte importante del relato de la nueva parasha.

¿Dónde aparece lo que hace que Isaac sea considerado uno de los tres patriarcas fundamentales de nuestras creencias y tradiciones?

Quizás podría estar en el hecho de que Isaac representa un punto de inflexión del relato bíblico.  Abraham “conversaba” con D-s mientras que Isaac le “rezaba” a D-s. El primero dependía más de la influencia divina mientras que el segundo se inclina más por la humana.

A pesar de que esta diferencia pudiese aparecer como banal,  representa un inicio del cambio entre el “derecho natural” que practicaba Abraham hacia el “derecho positivo”, normativo, que esboza Isaac y que tendrá su culminación en el Éxodo cuando todo el Pueblo de Israel, liderado por Moisés, recibiría las Tablas de la Ley que incluían, explícitamente, los 633 preceptos que deberían cumplir de allí en adelante todos los judíos y que hasta el día de hoy practican, dentro de sus posibilidades, los religiosos.

La estatura moral de Abraham permitía que la sociedad que era regida por él, básicamente su familia y servidores, condujera su vida en común basada en las normas morales que eran difundidas y sancionadas por el líder que contaba con la aceptación de toda su comunidad. Este es el fundamento del derecho natural que permitía que Abraham lo aplicara después de haber superado con éxito todas las pruebas a las que fue sometido. Su gente aceptaba sus indicaciones y fallos debido a que creían, por los rasgos de carácter que demostró durante ellas, que podía dirimir correctamente los conflictos que los afectara.

Isaac, por su parte, no contaba con los atributos de su padre Abraham. Figuras como está última son excepcionales, solo Moisés lo iguala o sobrepasa en su capacidad de aquilatar la complejidad humana.

Isaac representa, como dijimos, la transformación del derecho natural en positivo. Mientras Abraham discutía con D-s acerca de las grandes verdades que afectaban al ser humano, Isaac se refugiaba en Beer-Lajai-Roi para investigar el germen de las normas, que podrían ser aplicadas por cualquier persona común y corriente, sin necesidad de tener la estatura de Abraham,  que posteriormente fijarían las condiciones que deberían regular la convivencia en toda sociedad civilizada.

Este traspaso del derecho natural, inspirado por el ejemplo de la divinidad, al derecho positivo, basado en la práctica de la razón humana, nos ha conducido a un mundo moderno en el cual la deidad ha perdido toda su influencia en el manejo de la sociedad. Ha quedado descartado de las decisiones prácticas humanas y no estamos muy seguros acerca de la conveniencia de que esto haya sucedido hasta ese extremo.

El filósofo alemán, de origen surcoreano, Byung-Chul Han en su libro “La Sociedad del Silencio” recientemente publicado, afirma que el tiempo actual adolece de exceso de positividad.

            Esa positividad, iniciada simbólicamente por Isaac, en las cuales las normas dependen solamente de la razón humana para su implementación, ha conducido a un mundo que se ha dado por llamar la “época neuronal”,  en el cual las enfermedades del comportamiento actuales como “la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad, el trastorno límite de personalidad o el síndrome de desgaste ocupacional”  han llevado al hombre a lo que Byung-Chul Han ha denominado “infarto del alma”  que les ha otorgado  a los extremistas religiosos la justificación para los actos terroristas que respaldan sus creencias.

            Si la religión bien entendida, libre de las aberraciones del pasado, pudiese ayudar a evitar o sanar las  “enfermedades neuronales” que afectan a la sociedad se podría lograr una convivencia más fraternal de toda la humanidad.

Veseata Dishmaya

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Parasha Vaiera: Ismael e Isaac, un alejamiento milenario

2014-5775

Jorge Slachevsky Czuckerman

Abraham, el protagonista central de la parasha de esta semana, Vaeira, se ve enfrentado a dos pruebas decisivas, la Expulsión de Ismael y la Atadura de Isaac, en las cuales descubrimos una faceta de nuestro Patriarca que hasta entonces nos había sido ocultada: la capacidad de transformar el instinto destructivo en una herramienta beneficiosa para la sociedad. Hasta el día de hoy sus descendientes no han podido aprender de sus enseñanzas y perdura la agresión permanente entre ellos.

En la Torah se nos relata las consecuencias por no haber puesto límite al instinto negativo. En la primera de ellas,  el mundo conocido fue destruido por el Diluvio. En la segunda, dos ciudades bíblicas, Sodoma y Gomorra, fueron destruidas por el fuego. Su relato nos recuerda la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, donde las bombas atómicas, ésta vez fabricadas por el hombre, causaron la muerte de más de cien mil civiles inocentes. Estas últimas ciudades son un testimonio fiel que a pesar de los miles de años transcurridos desde los sucesos bíblicos hasta la Segunda Guerra Mundial nada ha cambiado en la esencia de las personas.

Si éstas transformaran para el bien sus instintos destructivos quizás podríamos vivir en un mundo, el estado mesiánico, un poco más amable y no tendríamos la necesidad de sentirnos mejor declamando a quien quiera escucharnos nuestras buenas intenciones, las que pasan rápidamente al olvido, una vez que las confrontamos con la dura realidad.

Los Libros Sagrados de las distintas religiones se encargan de fortalecer nuestros propósitos altruistas y de señalarnos los castigos a que somos merecedores si nos olvidamos de ellos.

Al principio de la parasha Vaeira Abraham se encuentra convaleciente por haberse recién circuncidado y está descansando, en un día especialmente caluroso, frente a la entrada de su carpa.

Aparecen tres viajeros y Abraham se olvida de sus dolores y se apresura a agasajarlos mostrándonos, con tal acto, una hospitalidad extrema que, si fuera replicada constantemente por todas las personas, modificaría rápidamente las relaciones humanas y nos conducirían a una sociedad más fraternal.

Rápidamente el agasajo adquiere ribetes más impactantes. Uno de los viajeros, en realidad un ángel enviado por D-s en una tarea específica, le comunica que se van a destruir las ciudades de Sodoma y Gomorra debido a que sus habitantes demuestran tal grado de crueldad hacía sus visitantes que los hace merecedores de la destrucción total de sus ciudades.

La hospitalidad, característica principal de Abraham, lo obliga a interceder por la suerte de los habitantes de Sodoma y le solicita a D-s que no destruya la ciudad si en su seno encuentra una cierta cantidad de hombres justos que, una vez bien encaminados, podrían ser capaces de cambiar el comportamiento de sus semejantes.

La ciudad es destruida a pesar de los ruegos de Abraham y todos sabemos que solo se salvaron Lot y sus hijas de la destrucción ocasionada por el fuego.

Esta destrucción se hubiese podido evitar si sus habitantes se hubiesen arrepentido de sus errores y hubiesen tenido la intención de enmendar su rumbo.

Las religiones han descubierto que la mejor manera de evitar la repetición de las conductas erróneas es haciendo que sus fieles se arrepientan de haberlos cometido. Cada una incorpora en sus prácticas un ritual particular encargado de generar un sentimiento proclive al arrepentimiento. Es así que los católicos tienen la confesión individual delante del sacerdote. Este les da la absolución siempre que la persona esté efectivamente arrepentida de haberlos cometido. En el judaísmo el arrepentimiento es personal. Culmina en la época de la Grandes Fiestas durante las cuales experimentamos un proceso interno que nos conduce a la liberación de la culpa que nos embargó durante el año anterior.

Lo importante no es el ritual mismo sino que la toma de consciencia que hay actuaciones que nos hubiera gustado que no se hubiesen producido y que no queremos que se repitan en el futuro.

Para los judíos el proceso formal de la redención comienza el día de Rosh Hashana. El ritual está lleno de simbolismos que intentan conducirnos al pináculo emocional que culmina en Yom Kippur cuando rogamos a D-s que nos absuelva de nuestras transgresiones y nos inscriba en el Libro de la Vida para el próximo año.

El problema es que al otro día olvidamos rápidamente toda la emoción experimentada, volvemos a nuestro cauce habitual de vida y encasillamos todas las buenas intenciones en aquel armario mental que hemos ido llenando desde niños.

El ritual de Rosh Hashana, conocedor de ésta dura realidad, incorpora en su lectura las dos pruebas culmines a que fue sometido Abraham en la parasha Vaeira: La Expulsión de Ismael y la Akeida o Atadura de Isaac.

Ambas pruebas son relatadas en un momento importante de nuestro proceso espiritual y llama la atención el motivo por el cual fue necesario que, por un lado Abraham fuera sometido a ellas, y, por el otro, la relación que tienen con nuestro arrepentimiento en ese momento.

La explicación escapa a nuestro nivel. Pareciera que cuando Abraham ejerce su hospitalidad con los viajeros al principio de la Parasha y luego cuando aboga por la suerte de los habitantes de Sodoma está canalizando aquellos rasgos de carácter positivos que son innatos a él: la creencia de que D-s creó el universo con el fin de crear una sociedad que pudiera acoger en su seno a la virtud divina más destacable que es la Benevolencia.

Abraham, al preocuparse por el bienestar de sus semejantes no hace más que actuar en concordancia con sus sentimientos más profundos en ese aspecto.

Nosotros, por nuestra parte, en el recogimiento de los servicios de las Grandes Fiestas, somos capaces de hacer surgir desde lo más profundo de nuestra consciencia esos sentimientos nobles y prometer que éstos serán los encargados de conducir nuestra vida a partir de ese momento.

Por más meritoria que hayan sido nuestras intenciones nada garantiza que los instintos destructores no vayan a posesionarse en nosotros y evitarnos cumplir los buenos propósitos que hemos manifestado en los momentos de profunda emoción.

En Rosh Hashana el ritual nos recuerda el relato de la Expulsión de Ismael y la Atadura de Isaac con la esperanza de que la odisea de Abraham nos haga tomar consciencia de que los desafíos que se nos presentaran no son fáciles de sobrellevar y que debemos tener la fortaleza necesaria para sobreponernos a las situaciones que intentaran doblegarnos con sus exigencias.

Es por eso que finalizada las Grandes Fiestas iniciamos nuevamente, año tras año, la lectura de la Torah. Todo el relato de la Creación y lo que sucede con posterioridad, no tienen otra finalidad que de reforzar nuestra conciencia y voluntad para que aprendamos a canalizar positivamente las fuerzas que nos impiden cumplir con nuestras buenas intenciones. Abraham lo logró y su relato nos inspira a tratar de hacerlo.
       

Veseata Dishmaya

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Parasha Lej Leja: Lo universal y lo particular
2014-5775

 

La distinción entre lo universal y lo particular es un tema recurrente en la parasha Lej Lejá. La semana pasada pudimos darnos cuenta que el énfasis que puso Noé en lo particular le permitió sobrevivir al Diluvio junto a su familia pero, por no haber rogado a D-s para que evitara un castigo tan severo, le impidió salvar al resto de la humanidad.

En  Lej Lejá, por su parte, tenemos el relato de Abraham quien se introdujo en lo particular, en sí mismo, para descubrir el concepto del D-s único y que fue capaz de luchar contra el politeísmo reinante, para trasmitir su mensaje a lo universal con tanto éxito que tres de las religiones más importantes de Occidente se fundamentan en sus enseñanzas como punto de partida de sus creencias.

Noé fue el único hombre justo de su generación. Por tal motivo fue designado por D-s para salvarse y, a pesar de que no fue capaz de convencer a nadie de que bastaba cumplir con los siete preceptos morales básicos que el practicaba para salvarse de la destrucción, sus sencillas normas sirvieron, de allí en adelante, para servir de definición de lo que la justicia representaba para cualquiera que no deseara adentrarse en los rincones más profundos de la moralidad universal.

Abraham representa a la justicia como regulador universal de la convivencia humana y como fundamento de una moral que se preocupa de lo universal fundamentada en los principios que se derivan de lo particular.

Después de milenios, en los cuales las sucesivas generaciones han profundizado las verdades individuales y han luchado por imponerlas a lo universal, el desafío que se nos presenta, como ciudadanos del siglo XXI, no es menor.

Hemos encarnado los preceptos básicos definidos por Noé en nuestras consciencias y nos sentimos orgullosos por que intentamos conducirnos de acuerdo a sus enseñanzas.

Por su parte, la necesidad de sobrevivir dentro de un mundo que, por exigirnos competir despiadadamente para otorgarnos una parcela de sus bondades, nos obliga a comportarnos de una manera distinta a lo que desearían los dictados de nuestra consciencia.

Los que intentan ser consecuentes con sus ideales, fieles a sus principios, se encuentran en desventaja frente a aquellos que, con su sagacidad más desarrollada, descubren las fisuras más imperceptibles de la naturaleza humana para lograr una ventaja comparativa que utilizan en su beneficio.

Abraham, con su moral inquebrantable, representa el ejemplo de que es posible prosperar, aunque parezca una ilusión inalcanzable, dentro de un medio que nos agrede cada vez que intentamos emularlo.

Quizás, cuando alguna vez, en una época mesiánica, lo universal se vea permeado por las verdades particulares asentadas en la consciencia de cada cual, podamos transitar por la vida sin el temor de que la sociedad nos agreda tal como ocurría en la época anterior al Diluvio Universal. Quizá, también, podamos relajarnos y bajar la guardia para vivir una vida feliz tal como alguna vez lo hicieron Adán y Eva en el Paraíso Terrenal.

Veseata Dishmaya

 

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Parasha Noé: Cooperación o competencia despiadada

2014-5775

Jorge Slachevsky Czuckerman

Todos conocemos los temas relevantes de la parasha de esta semana Noé. La historia del Arca y la Torre de Babel deben ser las historias más conocidas después de la desobediencia de Adán y Eva, quienes se dejaron seducir por la serpiente y comieron de la fruta del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal

A todos nos gustaría volver al Paraíso Terrenal en el cual la vida parecía sencilla y los hombres, en este caso Adán y Eva, caminaban a través de un jardín maravilloso sin tener una preocupación mayor que disfrutar de las bondades que la naturaleza les ofrecía. Desde entonces los hombres han añorado, en sus momentos de ensoñación, por el retorno de la mítica Época Dorada, descrita en los textos de los griegos clásicos, en la cual la cooperación primaba sobre la competencia y la vida se desarrollaba en perfecta armonía.

Adán y Eva perdieron, en su afán de adentrase en los misterios del bien y del mal, la capacidad de dejarse llevar, al igual que los animales, por el devenir de la vida sin preocuparse por la consecuencia de sus acciones. Su descendencia, condenada a “ganarse el pan con el sudor de su frente”, estableció una feroz competencia por los escasos recursos de la naturaleza y aquellos menos favorecidos debieron resignarse  a los embates de los más poderosos.

Desde entonces la historia de la humanidad registra la pugna entre aquellos cuya capacidad y voluntad está enfocada a apropiarse de la mayor cantidad de recursos disponibles y aquellos otros que propugnan que frente a la competencia despiadada no queda otro recurso que aplicar la justicia como único mecanismo capaz de moderar los excesos.

La parasha de esta semana, Noé, se adentra desde su primer versículo en la ventaja introducir  la justicia como herramienta reguladora del devenir humano:

“Esta son las generaciones de Noé: Noé era un varón justo, íntegro en su generación, con D-s marchó Noé”.

Pocas palabras que trasmiten un enorme mensaje.

Los estudiosos de la Torah parten haciendo un análisis de la palabra “generación” que aparece en plural en la primera frase. Literalmente ese término significa “aquello que se genera” y lo ocupamos usualmente para describir la descendencia de una persona. Menos conocido es la segunda acepción del término que se refiere a los actos que la persona genera y que sirve de modelo a quienes lo rodean. De acuerdo al comentarista Ibn Ezra la Torah, al colocar esta frase antes de la segunda, en la que señala que Noé era un varón justo, está abriendo todo un capítulo en que intenta trasmitir el mensaje central de la Torah: de que la justicia es el atributo esencial de D-s y que su implementación en la humanidad es el único camino a través del cual se podría, aunque sea parcialmente, emular el Paraíso, lugar en el cual la cooperación predominaba sobre la competencia.

D-s vio la corrupción de la sociedad en la época antediluviana  y se percató que Noé era el único hombre justo que sobresalía por sus virtudes sobre toda su generación. Decidió que esa sociedad debía desaparecer y decretó un gran diluvio, una gran inundación, que aniquilaría toda la vida sobre la faz de la tierra.

Como no quería que desaparecieran todos los hombre que El mismo había creado, sino que murieran aquellos que habían traicionado Sus designios, decidió salvar a Noé que era aparentemente el único justo en su generación, para que con su familia inmediata diera origen a una nueva sociedad que tuviera como objetivo implementar la justicia sobre la faz de la tierra.

Para tal efecto instruyó a Noé para que confeccionara un Arca donde pudiera protegerse con su familia durante el Diluvio en compañía de una pareja de animales de cada especie para repoblar la tierra.

Noé trabajó durante 120 años en la construcción del Arca. Durante todo ese tiempo la gente pasaba por donde estaba trabajando y extrañamente, durante todo esos años, no intento convencer a nadie, menos a toda la población, que enmendara su comportamiento y condujera su vida de acuerdo al atributo que lo definía en su accionar.

El Diluvio inundó la tierra y solo se salvaron aquellos que se habían embarcado en el Arca. Si Noé hubiese logrado enderezar el rumbo, por lo menos, de unos pocos de su generación, hubiese convencido a D-s de que aquellos pocos podían servir de modelo a todos los demás y no se hubiese producido la gran inundación.

Pareciera que el mismísimo D-s se dio cuenta de que así había pasado y prometió que nunca más iba a destruir el mundo por los errores de los hombres. Como testimonio creó el Arco Iris para recordarnos que, tal como sus colores conforman un abanico placentero a nuestra vista, la justicia puede amalgamar a los distintos seres humanos en un conjunto capacitado para resolver sus diferencias en un clima de armonía.

So Noé hubiese luchado por esos principios hubiera pasado a la historia como el gran redentor de la humanidad. Su justicia entendida en forma parcial, enfocada a su propia aplicación excluyendo a sus semejantes, destruyó a todos aquellos que no tuvieron la oportunidad de redimirse de sus errores.

Comprendió tarde que había cometido un gran error y volvió a dejarse llevar por su propio egoísmo. Plantó una viña y se embriagó con su fruto para olvidarse de que alguna vez había tenido la oportunidad de salvar a todos los hombres. 

Si lo hubiese hecho hubiese quedado su hazaña escrita para toda la humanidad y no hubiese quedado solo como un paréntesis que une literariamente el episodio de la caída de Adán y Eva y el surgimiento de Abraham como paladín de la Justicia que el mismo Noé practicaba pero que no divulgaba.

                                                                                                           Veseata Dishmaya

 

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Parasha Bereshit: Un “principio” reconfortante
2014-5775

 

Al inicio de este Shabat habremos dejado atrás la celebración de Sucot. Durante milenios los judíos hemos abandonado nuestras viviendas habituales de manera de tomar conciencia, aunque solo sea por siete días, de la fragilidad de la vida humana que no nos garantiza que en el futuro podamos seguir gozando de las bondades que hemos disfrutado durante el último año. Por otra parte representa nuestra confianza que, a pesar que esa posibilidad podría llegar a ocurrir, contamos con la protección divina que nos permitirá sobrellevar esas dificultades.

En Israel el paisaje se llena de esas construcciones temporales que deleitan la vista de los transeúntes que circulan por sus calles. La monotonía de las viviendas habituales se rompe con las improvisaciones de los constructores aficionados que aplican al máximo su ingenio en el cumplimiento del precepto divino de festejar Sucot.

Esas construcciones temporales nos recuerdan a las Nubes de Gloria que protegían al Pueblo de Israel durante su deambular por el desierto. Esas nubes representaban una etapa especial en la vida del Pueblo. En ella fueron olvidando paulatinamente los flagelos de la esclavitud experimentada en Egipto y se fueron preparando para ingresar a la Tierra Prometida. Allí finalmente gozarían de la libertad que le permitiría conducir su vida de acuerdo a su propia voluntad.

Durante las últimas Grandes Fiestas tuvimos la oportunidad de analizar nuestras actuaciones del año anterior, identificar las transgresiones que cometimos, arrepentirnos de haberlas hecho y de solicitar el perdón que nos pudiese liberar de la culpa que nos ha mantenido cautivos de las acciones del pasado.

Tanto ayer como hoy esa voluntad, libre de ataduras que la restringiera,  representaba una espada de doble filo que atentaba tanto contra los desafíos externos como contra la propia integridad de aquel que la blandía.

Es por eso que para cautelar la libertad adquirida, ya sea por el ingreso a la Tierra Prometida en la época bíblica como por la liberación de nuestras culpas en Yom Kippur, debemos tomar conciencia de aquellas causas que nos impulsaron a actuar en forma incorrecta para no volver a repetirlas.

El último día de Sucot, Simjat Torah, durante el cual bailamos con los pergaminos de la Torah para reafirmar públicamente nuestra adhesión a sus enseñanzas,  termina el período del perdón y se inicia el de la reflexión.

Para recordarnos el inicio de ese proceso el Primer Libro de la Torah, Bereshit o Génesis, nos recuerda en su primer versículo que tal como la Creación del Mundo tuvo su inicio, ya sea que creamos en el relato bíblico relatado en sus páginas o el Big Bang descrito por los científicos, debemos reiniciar nuestro proceso de reflexión con el fin de impulsar nuestra voluntad por una senda más acorde con nuestras buenas intenciones.

La descripción bíblica de la Creación difiere totalmente de la científica y ha sido tema de discusión permanente entre los adictos a la religión y aquellos otros cuya cosmovisión los hace oponerse a un relato tan lleno de simbolismos y de alegorías debido a que  se encuentra exento de rigurosidad  científica.

Sea cual fuere la creencia del lector es innegable que la lectura de la Torah presenta al estudioso del siglo XXI una contradicción irresoluble entre su conocimiento científico, motor del progreso material de la humanidad y respaldo de sus convicciones más arraigadas, y su deseo de enmendar sus actos con el fin de otorgarle un sentido positivo a su existencia propendiendo a la unidad de la raza humana basada en un tratamiento más ecuánime hacia sus semejantes.

Algunos van a afirmar que no necesitan de esas enseñanzas debido a que recibieron de sus padres y maestros una sólida formación moral. No estamos en contra de ese planteamiento pero debemos tomar en consideración que la vida no es estática y presenta un dinamismo que obliga a la persona a elaborar nuevas respuestas partiendo de la nada.

Otros creemos que cada año debemos reiniciar nuestras vidas y que en los relatos del Libro de Bereshit podremos encontrar las enseñanzas que nos permita encauzarnos en dicha dirección.

Sigue…

Veseata Dishmaya

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Sukot: La felicidad y la unidad pueden derrotar juntos a la adversidad

2014-5775

Jorge Slachevsky Czuckerman

En el hemisferio norte, lugar donde se desarrollaron los acontecimientos bíblicos, Sucot transcurre durante el otoño. No es una casualidad que así sea debido a que se pretende que la celebración no sea una excusa  para capear las altas temperaturas del verano. Tampoco puede ser en invierno ya que el frio agobiaría la permanencia en la Suca. Más bien debe ser en una época en que el hombre tome conciencia de que su vida esta afecta a los vaivenes de la naturaleza y que, dependiendo del año, puede verse afectado, sin que los participantes lo puedan anticipar, de una grata temperatura o de las incomodidades que le presenta el frio.

En cambio, nosotros que habitamos en el hemisferio sur, celebramos Sucot  en la primavera y hemos sido beneficiados este año con los primeros días calurosos que se han encargado de levantarnos el ánimo. 

Vivamos en el norte o en el sur la Torah nos trasmite que debemos sentir alegría durante los siete días de Sucot, sin importar el clima que debamos soportar, para señalarnos que nuestra esencia espiritual debe primar sobre nuestra dimensión física. Precepto que para nosotros resulta menos azaroso que para nuestros vecinos del norte pero que nos señala que nuestro bienestar no debe ser un motivo para alejarnos de las enseñanzas que la Torah.

Hemos dejado atrás las Grandes Fiestas. Cada judío, medianamente observante, ha observado de alguna manera su liturgia. Algunos, casi asimilados, se recuerdan más intensamente para esa fecha de sus padres y asisten al Templo solamente durante el servicio de Izcor para recitar las oraciones donde le piden a D-s que recuerde el alma de su familiar fallecido.

Nos podemos olvidar de D-s en nuestras vidas pero no de aquellos que nos otorgaron la vida. En nuestra adultez los visitamos con frecuencia mientras están vivos y en nuestro recuerdo cuando ya nos han abandonado. En Yom Kippur nos embarga la emoción al recitar la liturgia de recordación y salimos de la sinagoga reconfortados por haber compartido espiritualmente con ellos.

Otros, más observantes, han experimentado el proceso completo de Teshuva entre Rosh Hashana y Yom Kippur. Saldrán, al final de este último día, reconfortados con la esperanza de que D-s haya recogido su arrepentimiento sincero y los haya inscrito en el Libro de la Vida para el nuevo año que recién comienza.

Aspiramos que D-s nos perdone de la misma forma que lo hizo con el Pueblo de Israel luego que, tras haber caído en la idolatría y adorado el Becerro de Oro, tuvo la oportunidad de ser redimido con el perdón. Nosotros también caímos el año pasado en numerosas ocasiones. Nos dejamos llevar por nuestros impulsos, cuyos efectos asemejan a la idolatría, que nos hicieron experimentar situaciones ajenas a nuestra voluntad. La culpa que nos embargó por dicho motivo afloró con mayor fuerza durante los “días terribles” entre Rosh Hashana y Yom Kippur. En ese período sentimos la necesidad de arrepentirnos y solicitar el perdón que nos permitiera seguir  adelante con nuestras vidas.

D-s mostró su perdón en la Torah de una manera concreta que nosotros desearíamos experimentar de alguna manera. Durante el deambular del pueblo por el desierto, similar de alguna manera a nuestra propia travesía por la vida, protegió al Pueblo de Israel con Su Nube de Gloria con el fin de que los acontecimientos físicos no evitaran los altos designios que había augurado para el Pueblo que había rescatado de la esclavitud en Egipto.

Nosotros también creemos que hemos sido liberados de la esclavitud de nuestros impulsos durante las Grandes Fiestas. Al final de ellas desearíamos tener  una señal concreta que nos asegure que nuestros ruegos han sido escuchados. Necesitaríamos de un signo visible que nos hiciera sentir que contamos con la protección divina. Como la divinidad no nos lo manda recurrimos a la lectura de la Torah para tratar de descubrir algún signo revelador de Su voluntad y creemos encontrar en la Parasha Emor lo que debemos hacer para asegurar nuestro futuro:

  “Pero en el decimoquinto día del séptimo mes, cuando almacenen la cosecha de la tierra, celebrarán la festividad del Eterno durante un período de siete días; el primer día es día de cese, y el octavo día es día de cese. En el primer día tomarán para ustedes el fruto de un árbol de esplendor, ramas de palmeras datileras, ramas de árbol de mirto y sauces del arroyo; y se regocijarán delante del Eterno, su D-s, durante un período de siete días. Lo celebrarán como festividad para el Eterno, un período de siete días al año; en un estatuto perpetuo para sus generaciones, en el séptimo mes lo celebrarán. Habitarán en chozas durante un período de siete días, todo nativo de Israel habitará en chozas. A fin de que sus generaciones sepan que en chozas Yo hice habitar a los Hijos de Israel cuando los saqué de la tierra de Mitzráim. Yo soy el Eterno, su D-s”

Nuestra tradición creyó encontrar durante milenios en estos mandamientos las respuestas a sus inquietudes. Nuestra generación también, después de la merecida comida festiva con que se da término al ayuno, se dedica febrilmente a construir con alegría las chozas temporales que son, de acuerdo al comentario de Rashi, una alusión metafórica a las “Nubes de Gloria” que protegían al Pueblo de Israel de los peligros que los amenazaban.

El mensaje está claro. Si esas nubes protegieron a nuestros ancestros debemos buscar la manera que se nos produzca la sensación que podamos obtener ese mismo efecto. La solidez de nuestras viviendas se asimila más a nuestra vida física y se aleja de la espiritualidad que está representada en la Torah por la Nube de Gloria. Pareciera ser, por lo tanto, que debiéramos abandonar, aunque sea por un tiempo, nuestras viviendas sólidas para trasladarnos a las chozas descritas en la parasha si es que aspiramos a contar con la protección divina.

Así lo hacemos alegremente hasta el día de hoy y parece que estuviéramos en lo correcto porque a pesar de las vicisitudes nuestro Pueblo ha podido sobrevivir a las agresiones de los pueblos que lo circundan.

La lectura del versículo de la  Parasha Emor nos señala otra enseñanza cuya connotación es evidente para nuestros comentaristas y que debemos considerar para que su mensaje se haga eco en nuestras conciencias.

La Parasha nos señala que debemos tomar cuatro especies de la tierra; el fruto de un árbol de esplendor, ramas de palmeras datileras, ramas de árbol de mirto y sauces del arroyo; y debemos unirlos en un ramo, similar al que porta la novia durante la celebración de su matrimonio, para simbolizar que no solo debemos solicitar cada uno de nosotros la protección divina frente a los acontecimientos, sino que debemos ampliar  nuestras cavilaciones para integrar a la totalidad de nuestro Pueblo, y por extensión a toda la humanidad, en una unidad férrea que nos asegure una vida llena de todos los beneficios que esta nos puede ofrecer.

La confianza en D-s y en nuestros semejantes nos permitirá enfrentar con éxito los desafíos del nuevo año y nuestra permanencia alegre en nuestras chozas temporales nos enseña que podemos superar todos aquellos que la providencia nos presente.

Veseata Dishmaya



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Yom Kippur: Cuando la emoción prima sobre la razón
2014-5775

                                                                  Jorge Slachevsky Czuckerman

      Rosh Hashana 5775 ya quedó en el pasado. Falta poco para celebrar Yom Kippur. Entre estas dos fiestas hay un lapso de tiempo que, según nuestra tradición, corresponden a diez “días terribles” debido a que debemos reflexionar acerca de aquellas transgresiones que nos separaron de nuestros semejantes y de aquellas otras que nos aislaron de D-s. Esto implica un dolor emocional que no estamos dispuestos a soportar durante el resto del año y que debemos enfrentar en estos días

            No basta que hagamos un análisis racional de los errores cometidos y nos quedemos tranquilos, esperando que llegue Yom Kippur y que D-s perdone nuestros pecados, para que tengamos la posibilidad de empezar un nuevo año libre de la culpa que nos afecta.

            Debemos acudir a nuestras raíces emocionales para que nos ayuden a experimentar nuevamente las experiencias vividas y que podamos, aunque sea en nuestra mente, revivirlas para poder someterlas al juicio de nuestra consciencia.

Los días entre Rosh Hashana y Yom Kippur constituyen una ventana frente a la cual el pasado, el presente y el futuro desfilan frente a nosotros para mostrarnos que nuestras limitaciones pueden ser superadas, siempre que le demos un sentido más trascendental a nuestra vida sujeta a los vaivenes de la contingencia.

            En mi caso, mi vida laboral, como la de tantos otros, está sujeta a un ciclo mensual estricto que tiene su mayor demanda en la última semana de cada mes. Este año las Grandes Fiestas prácticamente coinciden con dicha semana dejándome poco tiempo para la reflexión íntima. La razón predomina durante esos días sobre la emoción y, como ocurre habitualmente, la desaloja sin consideración. En otras palabras, el presente opaca el pasado y evita considerar el futuro y uno no se da cuenta de esa situación hasta que se presenta Yom Kippur y algo nos hace abordarlo tal como nuestra fe y tradición nos señala que debemos hacerlo.

            Extrañamente, uno tras otro, tres acontecimientos se encargaron casi simultáneamente de hacerme abandonar lo cotidiano para abordar las otras dimensiones temporales tan necesarias para llegar a Yom Kippur con la disposición emocional que la fiesta merece.

            Todo partió el domingo y se desenvolvieron sin tregua hasta el miércoles muy temprano en la mañana cuando termino de escribir mi columna semanal para Anajnu.

            El domingo se celebraba el cumpleaños de mi consuegro Luis y como es habitual llegamos a su parcela en Guayacán para compartir dicho acontecimiento. En la puerta, y esperando que le abrieran, había un señor que se había bajado de su auto para tocar el timbre. Nada me llamó la atención de su apariencia excepto que no era ninguno de los participantes habituales de los cumpleaños de Luis. Entramos, nos estacionamos, abrazamos al festejado y me señala al desconocido indicándome que se trataba de un amigo, Peter, que yo había dejado de ver, y de comunicarme, desde que se fue a los Estados Unidos hace 40 años. El reconocernos y abrazarnos constituyó el inicio de una catarsis emocional que duró todo el día y que me transportó al pasado haciéndome que me recordara de cosas que permanecían ocultas a mí.

            El lunes recibimos con mi señora una llamada por teléfono que representó un golpe emocional superior al del día anterior. Mi suegro, que vive a 500 km de distancia en la ciudad de Los Ángeles, había sufrido una descompensación de su salud y, según el médico, había experimentado una insuficiencia renal que resultaba grave considerando sus 93 años de edad. Por suerte que solo fue una falsa alarma ya que lo llevaron a la clínica, pero el susto  que experimentamos nos había trasladado hacia un futuro, inevitable, en el cual no podríamos haber seguido gozando con su presencia.

            El martes recibí el llamado de una sobrina comunicándome que mi tía Magda, única hermana de mi mamá había fallecido. Por tercera vez las emociones revolotearon sobre mi vida y los recuerdos me llevaron a un pasado más remoto, en el cual gozaba de la compañía y protección de mis familiares mayores,  con los cuales proyectaba un futuro promisorio en el cual no tenía cabida la posibilidad de que ellos alguna vez desapareciera de nuestra vida.

            Estos hechos, algunos felices y otros dolorosos, permitieron que me enfocara en la reflexión y me preparara para recibir Yom Kippur con un estado emocional más acorde con la ocasión. Me señalaron con fuerza que la racionalidad que guía mi vida durante el resto del año debía dejar paso a una dimensión emocional, durante los días que separan ambas Grandes Fiestas, para crear un ambiente propicio para liberarse del efecto de las transgresiones del año pasado que nos agobian con su recuerdo.

            Este vaivén entre razón y emoción ha sido la tónica constante que ha caracterizado la vida judía a lo largo de la historia. No es lo que ocurre, por ejemplo, con el catolicismo, cuyo Papa anterior, Juan Pablo II, predicaba que sólo mediante el Amor a Cristo se lograba la liberación de la opresión, que la condición humana, sometida a los vaivenes de la cotidianidad, alejaba al hombre de la divinidad. El Islam, por su parte, abandona también el imperio de la razón y propugna el de la emoción que impele a la sumisión, causante de los horrores que un grupo muy  reducido de musulmanes infringen sobre  sus semejantes, basados en la prohibición de interpretar las palabras de su Libro Sagrado, El Corán, sin considerar los cambios que ha experimentado el mundo desde la revelación de sus enseñanzas.

            El judaísmo se enfrenta a Yom Kippur con sus sinagogas abarrotadas de fieles en la que, alguno de ellos, inspirados por una emoción que los desborda, intentan lograr, aunque sea por un día, la unión espiritual con su D-s que abandonan por el resto del año.

            El judaísmo no puede sobrevivir basado en que la emoción permee la consciencia de sus adherentes solamente por una vez en el año. Tampoco puede hacerlo con las masas de jóvenes que se dejan abandonar por ella para abrazar fervientemente el cumplimiento de las Mitzvot como única manifestación religiosa. El judaísmo perdurará, como lo ha hecho durante milenios, solamente cuando la razón se entremezcle con la emoción en las proporciones correctas y aparezcan  nuevamente grandes pensadores, como Rashi y Maimónides que todavía nos guían desde el pasado, que puedan interpretar la Torah de una manera más acorde con los tiempos que se avecinan.       

Para lograrlo debemos abordar los desafíos que se nos presenten con una base conceptual sólida que, acompañada de la emoción que aflora durante estos días tan especiales, nos permita aspirar a un destino floreciente para nosotros mismos, para nuestra comunidad y para toda la humanidad.           

            Veseata Dishmaya

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Parasha Haazinu: Convertir la virtud en un hábito permanente
2014-5775

                                                                  Jorge Slachevsky Czuckerman

            Un nuevo Rosh Hashana irrumpe en nuestras vidas. Esta columna aparecerá en Anajnu cuando la mayoría de los judíos estemos celebrando un Nuevo Año y deseándonos felicidad y buenos augurios para este período que recién comienza. Pareciera ser que no es una coincidencia que la parasha de esta semana, Haazinu, se inicie en forma poética para señalarnos que desde siempre la Torah nos ha deseado buenos deseos para esta ocasión:

“Oigan, oh cielos, y hablaré; y que la Tierra escuche las expresiones de mi boca”.
“Goteará como lluvia mi lección, fluirá como rocío mi enunciado; como vientos tempestuosos sobre la vegetación y como gotas de lluvia sobre la hierba”

No todo es felicidad en Rosh Hashana. Nuestra celebración da inicio a un período de diez días difíciles que culminan con Yom Kippur, la fecha más importante del calendario judío. Durante esos días debemos dejar de lado las celebraciones festivas y someter nuestras acciones al juicio de nuestra conciencia. Solos y concentrados en nuestro interior, teniendo a Hashem como único testigo de nuestra reflexión, debemos recapacitar e intentar arrepentirnos sinceramente por nuestras acciones incorrectas y prometer que no las volveremos a repetir el próximo año.

            Si nuestro arrepentimiento es sincero podremos rezar, con sincera devoción, para que nuestras transgresiones sean perdonadas y se nos otorgue una nueva oportunidad para enmendar nuestro error.

            Debemos incorporar a nuestras vidas las lecciones que la Torah nos ha enseñado lo largo del año. Reiniciaremos su lectura con la intención de que los relatos de Adán, Eva y nuestros profetas nos enseñen a evitar sus errores y emular sus aciertos para convertir la virtud en un hábito permanente en nuestras vidas. Debemos reforzar la fe experimentada durante las Grandes Fiestas con el ejercicio de la razón que refuerce nuestra intuición.

La parasha Haazinu se encarga de dejarnos entrever que una vez que hemos abandonado la senda de la virtud debemos retornar a ella a través del ejercicio de la razón:

“Pues un pueblo privado de consejo es, y en ellos no hay discernimiento.
Si hubiesen sido sabios hubieran esclarecido esto, hubieran discernido hasta el final”

Maimónides también se hace eco de las ventajas de la reflexión cuando afirma lo siguiente:

“D-s le dio a la gente la capacidad de entender y estudiar. Una característica universal de toda la humanidad es que entre más se persigue el camino de la sabiduría y de la justicia, mayor será el deseo por el bien. Los sabios explican: “Si el individuo viene a purificarse, será ayudado”, queriendo decir que recibe ayuda del cielo”.

También se apresura en señalarnos:

“D-s actúa en forma perfecta porque D-s todo lo hace con justicia, en forma completa y precisa, sin que precise ser modificado”

De todo lo dicho podemos sacar importantes lecciones que nos enseñan que debemos arrepentirnos, que debemos estudiar para evitar cometer los mismos errores y que debemos intentar emular la justicia divina.

             Solo al reflexionar sobre la consecuencia de nuestras acciones podremos tomar consciencia que la forma en que actuamos está influenciada por las convicciones que hemos ido construyendo a lo largo de nuestras vidas. Nuestros pensamientos acerca de las circunstancias que nos afectan se han fosilizado alrededor de ciertas ideas que nos generan respuestas automáticas a los acontecimientos.

El arrepentimiento nos permite traspasar esas barreras. Nos permite descubrir la Justicia, con mayúsculas, la cual será la encargada de juzgar a la justicia, con minúsculas, que con su juicio avaló la validez de nuestras acciones que nos hicieron arrepentirnos y solicitar el perdón.

            Pareciera que este noble propósito debería quedar archivado en el casillero donde se guardan las fábulas que nos enseñaron cuando niños. Pareciera ser que debiéramos dedicar nuestros esfuerzos a vivir una vida que nos permita disfrutar de los bienes que el mercado nos ofrece y cuyo consumo permite el desarrollo de la sociedad. Pareciera ser que los deseos de superación espiritual debieran quedar constreñidos al periodo comprendidos entre las Grandes Fiestas para dejarnos libres el resto del tiempo para dedicarnos a nuestras actividades remuneradas.

            Esto sería cierto y posiblemente aconsejable si es que la globalización no hubiese llegado a todos los rincones de la tierra y hubiese convencido a aquellos cuyas convicciones dominan sin tapujos a sus conciencias de que podían afectar a aquellos que pensaran distintos a ellos. Los fallecidos en el World Trade Center fueron testigos de la acción que cometieron aquellos que no compartían sus ideales hedonistas.

            No hay rincón en la tierra que no se encuentre al alcance de la destrucción de parte de los fundamentalistas. Para combatirlos no basta la proliferación y uso de armas de guerra que utiliza la sociedad enceguecida por sus propias convicciones cada vez que se siente amenazada.

            Solamente poniendo a juicio nuestras propias convicciones nos permitirá entender aquellas que animan a los que están empeñados en destruir lo que no concuerda con las suyas propias. Si ellos también hicieran lo mismo podríamos realmente pensar en la posibilidad de una paz duradera para toda la humanidad.

            Anhelo que nos que nos hace desear que se hagan realidad las palabras de la parasha Haazinu:

“Goteará como lluvia mi lección, fluirá como rocío mi enunciado; como vientos tempestuosos sobre la vegetación y como gotas de lluvia sobre la hierba”

 

Veseata Dishmaya

 

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Parasha Nitzavim: Una apología a nuestra condición de semitas

2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

Una vez más el pueblo judío está expuesto al flagelo del antisemitismo. Nuevamente se recurre a justificaciones para convertir la aversión a los judíos, que fingía ser políticamente incorrecta en los finales del siglo XX, a un anti-sionismo que suena menos agresivo pero que afecta dolorosamente a quienes estamos obligados a escucharlos.

El antisemitismo tiene, entre muchas, tres facetas que me gustaría comentar. Una de ellas, que momentáneamente me beneficia pero que no hubiera ocurrido así durante el Holocausto, es que mi lengua mordaz desanima a mis interlocutores a comentar directamente el tema en mi presencia.

Eso no quita que esos sentimientos enconados no se encuentren listos a descargarse en cuanto se les presente una oportunidad de manifestarse. No me interesa cambiar ese pensamiento y no discuto con ellos. Nada que se ha trasmitido durante tantas generaciones puede ser modificado con una simple conversación.

El aspecto más contemporáneo tiene que ver con el ejército de Israel. Eso sí que les molesta. Durante milenios cualquier imbécil, bajo la única condición de no ser judío, podía descargar todas sus frustraciones en nuestro pueblo sin que pudiésemos tener el derecho de defendernos. Ahora no. Hamas secuestró y asesinó a tres jóvenes judíos y la felicidad que alegró la vida de sus captores fue efímera ya que su tranquilidad se vio afectada por la represalia israelí.

Lo que a mí me preocupa y sobre lo cual escribo no es acerca de lo que he expuesto que define mi manera de pensar. Es algo que va más allá. Es la pregunta de por qué debemos mantenernos como judíos y exponernos a toda clase de agresiones sí, excepto en la época nazi, es tan fácil renegar a nuestra condición de semitas para contar con la aprobación general.

Lo que define a un antisemita, o por proyección a cualquiera persona que se deja llevar por sus prejuicios irracionales, es su incapacidad para someter a juicio sus propias convicciones. Por otra parte, un semita, específicamente si es  judío, fiel a la ideología que lo define como tal, se caracteriza porque intenta liberarse de las ideas preconcebidas que lo esclavizan, de la misma manera que Moisés liberó al Pueblo de Israel de la opresión del Faraón.

El camino para lograrlo es arduo y solo unos pocos lo han logrado. Eso no quita de que los demás intentemos hacerlo y para eso debemos liberarnos de nuestras convicciones más arraigadas, superar las aprehensiones que nos inmovilizan y templar nuestro carácter con una disciplina que nos facilite las dos anteriores.

Más fácil resulta dejarnos llevar por las comodidades de una vida que se nos presenta llena de estímulos placenteros. Soy el primero que disfruta de todas las ventajas que una vida acomodada nos puede brindar pero hay una vocecita en mi interior, quizás trasmitida por incontables generaciones de mis ancestros judíos, que me impele a no dejarme llevar solamente por las ventajas que el consumo indiscriminado me puede ofrecer.

Pareciera que al hacerlo estuviera haciéndome eco del siguiente versículo de la parasha de esta semana, Nitzavim, que nos insta, en un lenguaje bíblico, a elegir la vida sobre la muerte:

“Mira: He puesto hoy delante de ti la vida y lo bueno, y la muerte y lo malo….He puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Deberás escoger la vida, para que vivas tú y tu descendencia….”

Cuando este párrafo se refiere a elegir la vida sobre la muerte no está haciendo una apología al instinto de sobrevivencia. Elegir la vida implica expandir nuestros horizontes de manera de poder abarcar todas las facetas que una existencia plena nos puede ofrecer. En lenguaje bíblico significa exponernos a deambular por el desierto mental evitando constreñirlo por las barreras artificiales que conforman nuestras convicciones más enraizadas. Abrirnos a las nuevas experiencias que se nos presentan cuando nos liberamos de nuestras ataduras y no someternos a las exigencias de la muerte simbólica que nos limita dentro del universo conocido.

El antisemita no elige libremente su curso de vida, constriñe su pensamiento y actúa de acuerdo a una fe equivocada que lo conduce por caminos que lo alejan de la razón reflexiva.

El judío, haciéndose eco de las palabras de la parasha de esta semana,  elige libremente su curso de acción y considera que su fe, inspirada en los textos de la Torah, solo le servirá para conducir su vida siempre que se encuentre refrendada por la razón que la libera de las  imposiciones irracionales.

Elegir la razón abandonando la fe, como pregonan los laicos que nos inundan con sus atractivos razonamientos, conduce a una desnaturalización de la condición humana, ya que impone exigencias excesivas a aquellos que no cuentan con la inteligencia suficiente como para lidiar con la problemática que  la fe trasmitida desde la infancia efectivamente puede solucionar.

Elegir la fe abandonando la razón conduce a los flagelos del antisemitismo, decapitación de los rehenes del ISIS y otras tantas atrocidades que podemos observar en los medios de comunicación.

Es por eso que la parasha Nitzavim nos impulsa a refrendar constantemente la fe con la razón, y viceversa, para actuar correctamente en todo momento y quizás ese es el motivo por el cual el destino nos desparramó entre todos los pueblos con el fin de que trasmitiéramos ese mensaje a todo aquel que nos  quisiera escuchar.    

Veseata Dishmaya

 

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Parasha Ki Tetze: Después del juicio, la guerra

2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

Está bien teorizar que uno debería ser de una determinada manera, intentando mejorar aquellos aspectos que nos perjudican, juzgarnos si lo estamos haciendo mal, arrepentirnos si es necesario y prometernos cambiar.

Otra cosa es decidirse a luchar para aquello que realmente nos importa tome el papel que le corresponde. Decidirnos que nuestros principios son realmente importantes y no esperar a que nos encontremos en la antesala de la muerte para intentar ser consecuentes con ellos.

Así concordaríamos con el ciclo anual de la Torah que, al finalizar tras el intento fallido de Moisés de ingresar a la Tierra Prometida, renace con el relato de la historia de la Creación, de Adán y Eva que no solo representa el inicio de la humanidad sino que nos entrega la posibilidad de enmendar el rumbo de nuestras propias vidas.

Para eso vamos madurando año tras año teniendo la celebración de las Grandes Fiestas como recordatorio de nuestra misión. No estamos de acuerdo con aquellos que dicen que madurar consiste en abandonar los ideales para enfrentarse a la realidad y descubrir en las pequeñas satisfacciones las fuerzas para seguir luchando sin flaquear.

Esto bien lo sabe la mercadotécnica que nos ofrece distractores que nos promete una vida más feliz mostrándonos la ventaja de comprar los productos que nos intentan vender.

Si bajamos nuestro consumo, como está ocurriendo en Chile en estos momentos, el gobierno se asusta y trata de convencernos que la felicidad global depende de que la economía mantenga su ritmo de crecimiento y para eso debemos invertir y consumir más para que el castillo de naipe no se derrumbe.

Visión negativa de la realidad que hace que uno se pregunte si vale la pena trabajar tanto para tener más o vivir mejor teniendo menos. Me recuerda el chiste de aquel que grita que el mundo se pare porque se quiere bajar.

La alternativa, como ya lo dijimos, es librar una guerra activa por mantenerse fiel a sus principios y me parece que la parasha de esta semana, Ki Tetze, que se traduce algo así como “cuando vamos a la guerra”, no los está intentando de decir.

Ki Tetze viene a continuación a Shoftin, jueces, en que se nos impele a juzgarnos a nosotros mismos. Esta semana se nos solicita entrar a la guerra contra aquello que nos distrae de manera que el juicio que hagamos el próximo año nos deje con menos temas por los cuales arrepentirnos.

Como la Torah no es un tratado de autoayuda recurre a un relato aparentemente inocuo para deslizarnos que la guerra no es efectivamente contra un enemigo externo, que solo aparece ocasionalmente en nuestras vidas, sino contra un enemigo interno al cual debemos doblegar en cada minuto de nuestra existencia.

Este enemigo no es otro que nuestro instinto biológico que busca nuestra satisfacción inmediata impidiéndonos reflexionar acerca de los principios que deberían regir nuestra existencia.

En la parasha Ki Tetze, a pesar de describir una guerra en la cual se derrama la sangre que tiñe los campos de batalla, nos habla de la consideración que hay que tener con la cautiva atractiva que ha podido caer en nuestro poder. Divertido resulta pensar que vamos a tener la fortuna, en el fragor de la lucha, de conseguir esa bella mujer para olvidarnos de los horrores de la guerra.

La Torah exige que el guerrero postergue su deseo y espere un tiempo prudente para acceder a ella. La guerra contra el enemigo externo adquiere entonces ribetes espirituales y se concentra en una guerra contra el instinto, exacerbado por la batalla, para obligarnos a postergar nuestro deseo impulsado por la necesidad de ser consecuentes con nuestros principios más nobles.

Ahora, irónicamente, debo de dejar de escribir para ir a trabajar para tener más dinero para poder escribir. Al hacerlo estoy haciendo exactamente lo contrario a que lo que nos solicita la parasha: Darle demasiado tiempo al combate externo y dejándole demasiado poco al interno. Consumir con premura se asemeja a la violación de la cautiva en el campo de batalla. Combatir al instinto implica postergar la satisfacción inmediata siempre que hayamos trabajado y ganado lo suficiente para conseguirla.

Quizás el próximo año me convenza que no me importa que envejezca el auto, el televisor o el celular y tenga más tiempo para dedicarme a lo que realmente intento hacer.

Veseata Dishmaya

 

 

Parasha Shoftim: El manantial contaminado

2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

Lo complejo de la naturaleza humana hace que en numerosas ocasiones las personas actúen en contra de su voluntad o los dictados de su consciencia.

Podemos entender mejor este fenómeno si nos referimos a un caso que se ha estado ventilando en los noticiarios extranjeros durante los últimos días. Recién fue enterrado Michael Brown en Fergunson, Estados Unidos. Este joven  afroamericano fue asesinado por un policía blanco quien le disparó en seis ocasiones sin que se hubiese producido algún incidente mayor que hubiese gatillado ese proceder.

Les toca a los jueces, shoftin en hebreo, establecer los hechos y condenar o absolver al policía por la muerte ocasionada. Por su parte la población de Fergunson ya lo juzgó. Noche tras noche se han producido disturbios producidos por los acalorados vecinos que ya, en el fondo de su corazón, han dictado sentencia en contra del proceder del policía.

Lo complicado de la esencia humana hace que cada día se produzcan una gran cantidad de asesinatos a lo largo del mundo y solo muy pocos son capaces de encender la efervescencia tal como lo hizo la muerte del joven que estamos relatando.

El policía blanco disparó contra su voluntad consciente. Si es condenado por su asesinato se debería a que fue juzgado por los hechos acaecidos y no por el trasfondo de su proceder. Distinta es la opinión de los manifestantes. Según ellos lo que se debería juzgar es la actitud de la población blanca que, cuando se siente amenazada por un negro, no responde de acuerdo al discurso igualitario que emite en los momentos de tranquilidad, sino que se deja llevar por  los estereotipos racistas inconscientes que lo impulsa a actuar violentamente sin considerar las consecuencias.

Problema mayúsculo que tiene el juez que estará a cargo del caso. ¿Qué es lo que deberá juzgar? Si solo considera la pérdida de una vida humana inocente deberá aplicar el máximo castigo que autoriza la ley. Si juzga a la población blanca, contaminado por los mensajes racistas subliminales, deberá absolver al policía y serán otros, aquellos que se preocupan de los derechos internos de los ciudadanos, los encargados de limpiar el manantial contaminado que ocasionó la desgracia.

En la parasha de esta semana, Shoftin, jueces está definida claramente la primera visión:

Jueces y oficiales nombrarás para ti en todas tus ciudades que el Eterno tu D-s te otorgue, para tus tribus, para que juzguen al pueblo con justicia recta. No inclinarás el juicio; no mostrarás favoritismo y no aceptarás soborno, ya que el soborno ciega los ojos de los sabios y tergiversa las palabras justas. Justicia, justicia has de procurar, a fin de que vivas y tomes posesión de la tierra que el Eterno tu D-s te entrega”

La cercanía de la lectura de la parasha, cuarenta días, a las Grandes Fiestas, cuando nuestras acciones serán juzgadas en las cortes celestiales, nos indica que debemos preocuparnos también de la segunda visión. Debemos preguntarnos de que sí el manantial que nutre nuestra consciencia ha sido o no contaminado por la influencia negativa externa, y si es así, tomar las medidas para devolverlo a su pureza original.

Esta proposición deja de ser retórica e ingenua cuando observamos que el mundo gentil, no todos pero muchos de ellos, han utilizado la excusa de los legítimos bombardeos a Gaza para que, al igual que el policía blanco de Fergunson, disparar sus municiones antisemitas, que tenían guardadas desde los finales de la Segunda Guerra Mundial, contra las poblaciones judías inocentes en varios países del continente europeo.

Son  muy pocos los que tratan de liberar su consciencia individual de los flagelos del antisemitismo, racismo o cualquiera otra forma de agresión a lo que les resulta diferente.

Los que intentan hacerlo deben adentrarse en un tema que durante milenios fue preocupación de la filosofía y las religiones y que hoy el mundo, enfrentado a la globalización de la indiferencia, ha decidido retirar de la arena del debate.

Debemos volcar nuestra atención en la ética y no sólo en los tribunales. Disciplina humana que controla los impulsos destructivos para lograr una convivencia social alejada del castigo represivo que nunca ha logrado sus objetivos. Parece ser un soñador el que se recuerda de la humilde ética en momentos de tanta efervescencia pero seguramente ella, no los decretos ni las leyes, lograran acabar con el flagelo de la desigualdad que, aparentemente, fue lo que gatilló el asesinato.

La filosofía clásica se preocupaba de las virtudes que debe cultivar un individuo para evitar, voluntariamente, las conductas perniciosas. Según  Aristóteles las  virtudes conducen al perfeccionamiento y a la felicidad del hombre. Es tarea individual de cada hombre desarrollarlas de manera de constituir un elemento que contribuya a la coherencia social y no a su desintegración.

La religión, por su parte, persigue el mismo objetivo pero, consciente de la dificultad que conlleva la adquisición de las virtudes, especialmente si lo que se intenta es que la consciencia doblegue a los impulsos intuitivos, utiliza un camino pedagógico para desarrollar las virtudes de una manera aparentemente más efectiva.

Una de ellas es la parasha Shoftin que es la primera que leemos en el mes de Elul. Tiempo de arrepentimiento en preparación de las Grandes Fiestas de Rosh Hashana y Yom Kippur.

Para poder arrepentirnos debemos someternos a juicio. Debemos, tal como podemos deducir de la parasha, nominar a jueces internos que juzguen nuestro comportamiento y carácter y a oficiales internos que nos impongan los cambios que necesitemos para corregir nuestras faltas.

Esta labor es extraordinariamente difícil. La religión nos ayuda en esa tarea. Nos señala la ventaja que representa apegarnos a la divinidad y alejarnos de la idolatría.

La divinidad constituye un ideal que simbolizamos como la Verdad, con mayúscula, que todos intuimos pero que no podemos acceder a ella. Ningún juez puede juzgar las fallas del pueblo bajo esos estándares tan inalcanzables. Es por eso que las exigencias de algunos representantes de las religiones, al autoimponerse el rol de jueces de ese comportamiento idealizado, alejan a los fieles de sus filas al fijar estándares que no se condicen con la condición humana.

La idolatría consiste en adorar la verdad, con minúscula, derivada de los intereses particulares de cada individuo que, en el fondo, se venera a sí mismo y considera que sus convicciones personales reflejan fielmente la Verdad que gobierna el universo. Ante dicha ideología queda autorizado cualquier pensamiento y actuación sin que intervenga la restricción de la ética.

Entre el apego a la divinidad y la idolatría queda un enorme espacio que debe ser llenado por la condición humana. El progreso en el campo del conocimiento y de las virtudes establece parámetros de conducta que van variando de acuerdo a las épocas y las circunstancias. El consenso de hombres virtuosos congregados democráticamente establece la verdad a las cuales deben apegarse los integrantes de la sociedad.

La parasha Shoftin nos encomienda a nombrar jueces que hagan cumplir las regulaciones del contrato social. Las circunstancias han demostrado, a lo largo de toda la historia, que no basta la eficiencia de un aparato judicial para controlar que cada uno de los habitantes se apegue a las normas establecidas. Para hacerlo la humanidad tuvo que desarrollar la ética ya descrita que obliga a cada persona a autoimponerse los límites que no está dado transgredir. La Torah nos señala que la idolatría, examinada bajo una óptica laica, es un cáncer social que destruye la convivencia entre los seres humanos y nos esboza, aunque sutilmente, la necesidad de establecer un sistema judicial interno que nos señale cuando estamos actuando en contra de los dictados de la conciencia colectiva de la sociedad.

 Todos los países, como es lógico y deseable, tienen jueces que imponen la justicia frente a casos delictivos que afecten a sus ciudadanos de la manera descrita en la parasha Shoftin. Pocos tienen una educación cívica que impida que la consciencia se vea afectada por mensajes directos o subliminales que impiden que el juicio interno pueda actuar sin interferencias. Esperamos que, aproximándose Rosh Hashana y Yom Kippur, podamos además juzgar nuestros actos de manera de actuar correctamente en aquellos casos que no están penalizados por la ley pero que afectan la convivencia entre las personas y los pueblos.

Veseata Dishmaya

 

 

Parasha Ree: ¿Tiene cola la Coca Cola?

2104-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman 

En una reunión familiar mi hermana contó que una paciente le preguntó porque la Coca Cola se llamaba así a pesar de que no tenía cola. No sé si ocurrió tal como ella lo contó o si es una anécdota que todos conocen y que yo no había escuchado antes. Lo que sí sé es que es una pregunta que no parece muy alejada de la forma de pensar judía, que rumia una y otra vez las ideas que le aparecen a la mente, y que nos hace ver la realidad de una manera distinta a los gentiles que, a pesar que la mayoría quiere lo mismo que nosotros, la convivencia armoniosa entre todos, desecha esos pensamientos porque los encuentra tan poco productivos como buscarle la cola a esa famosa gaseosa.           

Todos estamos afectos a la paradoja, si es que se puede definir así, de elegir entre lo que desean nuestros deseos y lo que dicta nuestra conciencia acerca de lo que debemos hacer. Para hacerlo más entendible debemos decir que todos de alguna manera nos parecemos a los políticos profesionales. Todo el tiempo deben elegir entre lo que es más conveniente para el pueblo que lo eligió, lo que implica una dimensión altruista de sus funciones, versus la conveniencia de garantizar su bienestar económico personal, que conlleva un egoísmo poco ético pero de difícil negación.

La parasha de esta semana, Ree, pareciera que fue la responsable de que, milenios después, algunos judíos le demos una y otra vez vuelta a lo mismo intentando encontrarle la “cola” a la problemática de turno que ocupa nuestra atención. Para evitarlo recurro habitualmente a mi señora, católica, la cual siempre se vanagloria por su rapidez mental que le permite resolver cualquier situación sin considerar cualquier otra segunda lectura que la haga perder tiempo. Manera de pensar que pareciera ser más práctica que la mía. No por algo las ideas de Aristóteles primaron sobre las de Platón en la Antigüedad.

Dos concepciones de la realidad que conviven en armonía en el seno de nuestro hogar.

La situación aflictiva que aqueja a Israel, con su secuela de destrucción y muerte, es la consecuencia del enfrentamiento entre tres concepciones de la realidad que no toman en cuenta a las otras al momento de actuar. Las dos primeras, la judía y la musulmana, se enfrentan en el terreno militar olvidando que justamente es el trasfondo de su pensamiento él que está en conflicto y no las consecuencias de sus acciones, por más lamentables que estas sean. La tercera, el occidente inmerso en la influencia cristiana, no entiende la diferencia fundamental entre los contendientes. En su afán por intervenir en el conflicto, occidente se olvida que mucho de lo que allí ocurre es una consecuencia directa de su menosprecio por la cultura musulmana desde la época de las Cruzadas y de la persecución sistemática de la Iglesia Católica al pensamiento judío en el continente europeo

La concepción de la realidad judía está definida, aunque los laicos estén en desacuerdo, con la forma en que la Torah le solicita a sus seguidores que definan el mundo. Parte importante de ese pensamiento esta descrita en la parasha Ree que no impone una visión exclusiva sino que obliga al creyente a elegir conscientemente entre aquello que le dicta su arrebatamiento momentáneo y aquello que le trasmita, aunque sea de una manera más tenue, su consciencia. Debe mirar, “Ree”, su entorno pero para actuar debe antes escuchar, “Shema”, los dictados que la Torah le intenta trasmitir. Seguramente las dos otras concepciones están basados en los mismos principios y no me corresponde a mí indicarles donde deben buscarlos.

Judíos, musulmanes y cristianos se enfrentan ideológicamente en el Medio Oriente. Algunos lo hacen militarmente. La paz solo se lograra cuando las pasiones momentáneas se transformen en razones duraderas y para mí esto solo se puede lograr después de que los individuos analicemos profundamente los dictados de nuestra consciencia antes de opinar emocionalmente acerca de los acontecimientos que nos afectan.

Aunque parezca un chiste sin sentido, discutir acerca de que si la Coca Cola tiene cola o no podría ser un buen ejercicio intelectual que nos permita entrenarnos para considerar temas más profundos que merezcan nuestra atención. Por lo menos en mi reunión familiar nos sirvió para adentrarnos en otras cavilaciones que nos nutrieron tanto como la comida que estábamos disfrutando.

 

Veseata Dishmaya

 

 

Parasha Ekev: Conectándonos con nuestras raíces

2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

Esta semana se suicidó el actor Robbin Williams. Tras su muerte los noticiarios dejaron, quizás por muy pocos minutos, las imágenes de los llantos de los inocentes que sufren en Israel, Gaza, Irak, Ucrania y las zonas africanas infectadas por el Ebola; para concentrase en la vida de aquel que nos maravilló con su actuación en tantas películas que pudimos ver y otras tantas cuya muerte anticipada nos impidió disfrutar.

Cuantos habrían querido llegar a la cúspide de la montaña que Robbin Williams ascendió durante su vida. Nadie habría querido descender al abismo de la desesperanza  que le arrebató la vida.

No era judío pero se describía a sí mismo como un “judío honorario”. Quizás si lo hubiese sido en realidad habría podido encontrar en nuestras tradiciones el sustento espiritual que lo hubiese alejado de las angustias y adicciones que lo condujeron a la muerte.

Vivir en una montaña rusa que sube y baja constantemente puede conducirnos a decisiones momentáneas que nos llevan, a veces, a momentos tan irremediables como los vividos en las últimas horas de nuestro recordado actor.

Eso lo sabe la sabiduría ancestral que nos trata de trasmitir nuestra tradición judía. Nos enseña a vivir sin desenfado los momentos felices y auspiciosos que la vida nos depara pero, al mismo tiempo, nos entrega las herramientas para poder resistir con templanza aquellos otros que nos abruman con su oscuridad.

La semana pasada decíamos que “debe haber un estrato subyacente a la razón que haga que las personas y las naciones conduzcan sus acciones tomando en cuenta los intereses colectivos dejando de lado los particulares de cada uno”.

Durante sus actuaciones Robbin Williams hacía eso a la perfección. Llevaba a su audiencia hacia un mundo en que las fronteras entre los seres humanos se diluían y dejaban de lado sus problemas individuales. Eso que hacía con tanta perfección  en el escenario lo traicionaba en sus momentos de intimidad. Quizás al no encontrar un “otro” al cual entregarse en cuerpo y alma lo hacía recurrir a las adicciones para no enfrentarse a un “sí mismo” que lo agobiaba con sus interrogantes.

El judaísmo nos señala que en los momentos de angustia debemos conectarnos a la fuerza vital interior que nos permita superar esos malos momentos. La semana pasada escribíamos que  “algunos llaman D-s a esta fuerza vital que impulsa el perfeccionamiento de los seres humanos. Para conocerlo tenemos que zambullirnos en las páginas de la Torah. Su presencia nos entrega el consuelo que necesitamos cuando nos vemos agobiados por los acontecimientos que bombardean nuestras retinas”.

En la parasha de esta semana, Ekev, la Torah nos entrega el camino que nuestras generaciones anteriores utilizaron para transitar por la vida conectados a esa fuerza vital que los sustentaban en los momentos de desgracia. Según nuestro Libro Sagrado el cumplimiento de las Mitzvot, los Mandamientos que Moisés nos trasmitió que debemos cumplir, nos asegura que la transitoriedad de los acontecimientos negativos nos conducirá a momentos en los cuales se nos materializan nuestros más grandes anhelos.

El mundo moderno convirtió esos anhelos en una búsqueda de satisfacciones sensoriales que nos alejan de la fuerza vital que sustentó a nuestros ancestros.

Ya no se nos puede pedir que creamos que el cumplimiento de las Mitzvot nos asegura una vida más llena de satisfacciones. La tecnología nos envuelve con su aureola deslumbrante y no queda otra que entregarnos a sus fantasías si queremos seguir manteniéndonos vigentes en una sociedad que nos exige zambullirnos en sus juguetes.

Pero en la intimidad de nuestras conciencias debemos buscar el camino para no dejarnos agobiar por los momentos en que el desaliento nos enfrenta a una realidad que no brinda sentido a nuestra existencia.

Robbin Williams no pudo superar esa crisis. A los demás no nos queda más que entristecernos por su muerte. Debemos aprender lo que nos dejó como legado. Que el éxito, la fama y el dinero nos sustentan solo en nuestra vida pública que acepta que, cuan acores, nos vistamos con los ropajes que  nos permitan vivir nuestras fantasías. Pero que, en nuestra vida privada debemos buscar aquellas herramientas que reemplacen a las Mitzvot que nos permitan conectarnos con la fuerza vital que nos sustente en nuestros “bajones”.

Veseata Dishmaya

 

 

Parasha Vaetjanan: Una convivencia más armoniosa

2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

Hace pocos días estaba viendo en la televisión un concierto de música clásica. Veía y escuchaba al mismo tiempo. Que maravilloso resulta, en la comodidad de nuestro hogar, poder disfrutar de la imagen y el audio que nos presenta un conjunto de músicos que interpreta, acompasadamente, una partitura tan armoniosa para el deleite de nuestros sentidos.

 

De vez en cuando, cuando me recordaba de lo que ocurre en el mundo, cambiaba el canal para observar en directo las calamidades que suceden en el Medio Oriente. No podía abstraerme de las noticias. Pareciera ser que es una enfermedad que consume al mundo moderno. Pasaba de esa manera, instantáneamente, del deleite sensorial a una intromisión en la intimidad desgarrante de las víctimas inocentes. Cambiando el canal me enteraba de los últimos acontecimientos de la guerra en Ucrania, Siria, Irak, Libia y otros países en conflicto.  Añoraba, en esos momentos, el Mundial de Futbol que hace poco había terminado donde la agresión ancestral entre los seres humanos se canalizaba en una actividad menos cruenta.

 

            Entonces, al alcance de la mano, todos tenemos la oportunidad de alternar instantáneamente entre el deleite musical, la conmemoración del inicio de la Primera Guerra Mundial y el conflicto entre Israel y Hamas. Al escribir me pregunto: ¿Estará preparada la mente humana para enfrentarse a tantos estímulos simultáneos sin sufrir ningún tipo de consecuencia psicológica?

 

            Volviendo al concierto llama la atención todos los minutos que las cámaras enfocan al director de la orquesta. ¿Será necesario que esté presente el conductor si en la partitura aparece indicado lo que se debe tocar y cada uno de los músicos es un virtuoso en su respectivo instrumento? Por otro lado, ¿deberá el árbitro del futbol correr al lado de la pelota a pesar de que cada jugador conoce perfectamente las reglas del juego?

 

Podemos deducir que, para que exista armonía entre las personas que conforman la orquesta o el equipo, no basta que cada uno sepa lo que debe hacer. El conocimiento, al cual nos referimos en nuestra columna de la semana pasada, necesita de algo más. Algo que no está escrito en ninguna partitura ni en los  reglamentos deportivos. Algo que aporta el director o el árbitro quienes con la sabiduría adquirida por su capacidad de ver el bosque al mismo tiempo que los árboles aportan su visión de conjunto a sus dirigidos.

 

            Los judíos somos los paladines de la búsqueda de ese ingrediente adicional. Moisés nos enseñó a hacerlo en la Torah. Creemos fervientemente que no podemos dejar la convivencia humana exclusivamente al arbitrío de la razón de cada uno de sus integrantes

 

            Debe haber un estrato subyacente a la razón que haga que las personas y las naciones conduzcan sus acciones tomando en cuenta los intereses colectivos dejando de lado los particulares de cada uno.

 

            Algunos llaman a D-s a esta fuerza vital que impulsa el perfeccionamiento de los seres humanos. Para conocerlo tenemos que zambullirnos en las páginas de la Torah. Su presencia nos entrega el consuelo que necesitamos cuando nos vemos agobiados por los acontecimientos que bombardean nuestras retinas.

 

El año pasado comentábamos que el Shabat durante el cual se lee la parasha de esta semana, Vaetjanán, se conoce con el nombre del “Shabat del Consuelo” debido a que aún mantenemos fresca en nuestra memoria la conmemoración de Tischa Beav. Oportunidad  doliente de nuestro calendario ya que, según la tradición, ocurrieron ese mismo día, a lo largo de la historia, una serie de desgracias que afectaron al pueblo judío. Recordamos, entre otros, la destrucción del Primero y Segundo Templo, la expulsión de los judíos de España y la Noche de los Cristales Rotos en Alemania. Todos acontecimientos extremos que parecen que conformaran nuestra identidad. Los demás pueblos celebran las hazañas militares y conmemoran las derrotas. Nosotros, por nuestra parte, recordáramos aquellos hechos que nos demuestran que nuestra identificación con nuestras raíces es tan poderosa que ningún acontecimiento externo nos puede destruir.

 

En esa noche se hace una vigilia en la cual todo conduce a un momento de recogimiento, ritualmente encaminado a mostrarnos que todo lo humano es frágil y que siempre estamos expuestos, intempestivamente, a ser objetos de las desgracias que pueden afectar nuestra vida.

 

Moisés a veces también se sentía afectado por la desgracia. En la parasha Vaetjanán, implora a Hashem que le permita atravesar el Jordán. Recibe el rechazo de su petición y, como nos ocurre a todos nosotros, lo embarga la angustia. Como compensación busca el consuelo en el altruismo. Deja de lado el egoísmo que lo había hecho enfocarse, momentáneamente, en sus  intereses personales y decide retomar su papel de emancipador. Armado de valor le repite nuevamente  al pueblo los postulados de la fe recibidos en el Sinaí, los Diez Mandamientos, y la obligación de mantener la adhesión permanente a Hashem, el Shema, como fundamentos sólidos que le permitirían al pueblo recobrar y posteriormente prosperar en la Tierra Prometida.

 

Al hacerlo olvida su angustia, recibe el consuelo, y nos deja una tremenda lección: Cuando las fuerzas de lo desconocido amenazan con destruirnos, como ocurrió con los sucesos recordados en Tishá Beav, o el conflicto bélico que afecta a Israel en estos momentos, debemos buscar la manera de conjurar la angustia y de lograr el consuelo que nos mantenga sin claudicar en nuestra misión. Para eso debemos llenarnos de optimismo y recordarle a los demás que, aunque el presente o el pasado nos agobien, debemos buscar la fuerza en la visión de la trascendencia entregada en el Sinaí que, con su efecto, opaca las vicisitudes del presente y nos conduce con su esperanza a un futuro mejor.

 

Hace dos años comentábamos que la Torah nos dice que debemos buscar el sentido de las cosas. Estudiar porque estas se desarrollan tal como lo hacen. Luchar por ganar el premio Nobel si nuestros talentos y dedicación nos permiten hacerlo. No quedarnos satisfechos con los logros conseguidos. Perseverar tras del ideal imposible, tan bien expresado en la famosa canción de la obra musical “El Quijote de la Mancha”.

 

. Quizás las Mitzvot que la Torah nos exige cumplir en el siglo XXI sean distintas a las de 3.500 años atrás. Puede ser que aquellos que nos exigen cumplir al pie de la letra los preceptos dictados en la parasha de esta semana estén equivocados. Posiblemente debamos buscar nuevas interpretaciones a viejas exigencias. Antes lo hicieron los estudiosos compiladores del Talmud. Por algún motivo esa vertiente de sabiduría se cerró y se perdió la fortaleza espiritual que nutrió a nuestros ancestros. Podemos disfrutar de los bienes de consumo que adormecen momentáneamente nuestras ansias de trascendencia. Sin olvidar, eso sí, que la parasha Vaetjanán nos impulsa, callada pero insistentemente, a la búsqueda de la Tierra Prometida, siempre anhelada, pero solo atisbada, al igual como le sucedió a Moisés.

 

Quizás en su texto podremos encontrar ese substrato que subyace a la razón desencadena, definida como la divinidad por aquellos que estudiamos la Torah, que nos permita recordar que solo a través de la armonía la convivencia humana se hace mucho más tolerable.

 

 

Veseata Dishmaya

 

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Parasha Debarim: Me siento orgulloso de ser judío

2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

Otra semana ha pasado y continúa afectándonos la guerra que se libra entre Israel y Hamas. La prensa ha desencadenado su propia guerra mediática pero a medida que pasan los días se ha podido detectar que, a pesar de que aún muestran mayoritariamente la desolación, han empezado a dejar sutilmente sus argumentos iníciales y muestran una perspectiva más amplia de lo que está sucediendo. En sus relatos nuestros contrincantes han empezado a dejar de ser el pueblo palestino en general y se ha enfatizado que se trata de un grupo minoritario que utiliza a los civiles inocentes en la consecución de sus objetivos. Han empezado a abandonar las amonestaciones paternalistas y han entendido que la mayoría de aquellos que se oponen a Israel está compuesta de hombres, mujeres y niños bien intencionados que, al igual que todos nosotros, lo único que quieren es vivir en paz y prosperar en un clima en que la diferencia entre las naciones se resuelva a través del dialogo y no a través del uso de misiles. Eso parece que lo entendió la Autoridad Palestina tras años de lucha armada  y todos esperamos que Hamas se adhiera lo antes posible a ese deseo compartido de ambos pueblos.

Muchos son los desafíos que presentan estas buenas intenciones. Los israelíes, ya sean de la coalición gobernante o la oposición, están férreamente apoyando a su ejército en su empeño por destruir los miles de misiles almacenados y los túneles dispuestos para la infiltración hacia el interior de la Tierra de Israel.

La paz duradera llegara a la región una vez que se dejen de lado las pasiones que la historia reciente ha liberado y puedan ser reemplazadas por un dialogo en el que prime la comprensión hacia lo que el otro está pensando y sintiendo.

Para que tal cosa ocurra debemos comprender que la Verdad Absoluta no pertenece a ninguno de los dos bandos y que debemos considerar la verdad relativa que impulsa a la acción a nuestros opositores y que ellos tienen que comprender la nuestra.

Eso solamente se logrará cuando el conocimiento y comprensión de los argumentos del otro ocupen un lugar tan destacado como los nuestros en la articulación de nuestras convicciones

Premonitoriamente habíamos replicado en nuestra columna del año pasado una frase que había aparecido publicada en la prensa internacional.

 “El hombre tiene necesidad de conocimiento”.

Esta reflexión no la había formulado el Rector de la Universidad de Chile. Tampoco el Ministro de Educación. La había hecho una persona que ocupa uno de los  cargos más importante del mundo. Que antes de ser elegido se caracterizaba por ser una persona sencilla que le gustaba circular en el transporte público, seguir las peripecias de su equipo de futbol y comer parrilladas con sus amigos. Nos estábamos refiriendo al Papa Francisco, el mismo que compuso su Encíclica Lumen Fidei a “cuatro manos” con su predecesor Benedicto. En su Encíclica afirmaba que la fe necesariamente debería ser sustentada por el conocimiento

“El hombre tiene necesidad de conocimiento, tiene necesidad de verdad, porque sin ella no puede subsistir, no va adelante. La fe, sin verdad, no salva, no da seguridad a nuestros pasos. Se queda en una bella fábula, proyección de nuestros deseos de felicidad, algo que nos sa­tisface únicamente en la medida en que quera­mos hacernos una ilusión. O bien se reduce a un sentimiento hermoso, que consuela y entusias­ma, pero dependiendo de los cambios en nuestro estado de ánimo o de la situación de los tiempos, e incapaz de dar continuidad al camino de la vida

Este párrafo, bellamente redactado, nos señala que debemos abocarnos a la búsqueda de la verdad que subyace, como ya lo dijimos, a la opinión que tenemos sobre los sucesos que nos está afectando. Al hacerlo no nos dejaremos conducir por los sentimientos que nos producen los acontecimientos transitorios, por más dolorosos que estos se nos presenten, sino por una reflexión que considere que nuestra vida tiene una finalidad y sentido que va más allá de un transcurrir lo más placentero posible

Nuestros ancestros, enfrentados a la destrucción en el pasado, no claudicaron en la búsqueda de ese sentido que le da al judío su característica tan especial. Son numerosos los casos en que no abandonaron esta convicción y murieron antes de abandonarla. La Inquisición se creó con la finalidad de detectar a aquellos judíos que aparentaban ser cristianos en su actividad pública mientras que en la privada mantenían su fe incólume. Fe que no se conservaba viva por una fabula emocional que la mantenía vigente sino que por uno conocimiento en expansión que podía ser estudiado en las páginas del Talmud.

Esta necesidad de expandir el conocimiento ya a parece reflejado en la parasha de esta semana, Debarim, cuando afirma que:

 “Dispongan para ustedes varones sabios, razonadores y conocidos por sus tribus, y yo los nombraré líderes de ustedes.”

Estos líderes, aparte de resolver las disputan inherentes a la vida en comunidad, deberían encargarse de que el conocimiento acumulado sirviera para enfrentar con éxito  los desafíos mayores que al pueblo le tocaba enfrentar.

Según nuestra tradición Moisés y el Pueblo de Israel recibieron en el Sinaí esas enseñanzas tan necesarias que, aparte de haber  quedado plasmadas en la Torah escrita, vienen acompañadas del conocimiento necesario para descubrir su significado que se conoce como la Torah oral.

Con el pecado del Becerro de Oro el pueblo perdió la capacidad de comprender el misterioso mensaje que se escondía bajo la palabra escrita y este quedo disponible para aquellos que pudiesen, mediante el conocimiento, acceder a lo que lo evidente quería trasmitir.

Durante incontables generaciones nuestros sabios se dedicaron a esa labor. Indagaron el sentido apropiado de la Torah para que pudiese ser aprovechado de acuerdo a las circunstancias que cada época presentaba para sus protagonistas.

Los judíos laicos hemos perdido la capacidad de adaptar las bellas palabras de la Torah a la realidad cotidiana que nos toca vivir. El mundo presenta nuevos desafíos. La violencia en Israel nos ha escandalizado con su crudeza. Pero, a pesar de todo, pareciera que fuese necesario recobrar el sentido a la vida que Moisés intentaba inculcar al Pueblo de Israel y Mahoma al Pueblo Musulmán.

Encontraremos en las páginas de la Torah la verdad fundamental que puede entregar conducir nuestras vidas. Seguramente los palestinos podrán encontrar en el Koran las suyas propias. La Encíclica del Papa, aunque su referencia a la doctrina católica resulta ajena a nuestras creencias, nos recuerda que el judaísmo  no es solo un bello sentimiento que nos embarga, especialmente durante las fiestas que disfrutamos de él, sino que es un código de vida que nos puede conducir en los momentos de desconcierto, siempre que apliquemos el conocimiento para desentrañar sus enseñanzas y nos permita llegar a una paz definitiva.

Me siento orgulloso de ser judío. Seguramente, si las circunstancias de vida hubiesen sido distintas, me habría sentido orgulloso de haber sido palestino.

A la opinión pública podríamos trasmitirle que no bastan las amonestaciones mediáticas contra Israel para evitar la violencia en el Medio Oriente. Solamente utilizando el conocimiento, tanto el laico como el de los Libros Sagrados, de aquellos que participan en el conflicto se podrán superar las pasiones que tanta destrucción y muerte ha traído a dos pueblos que se merecen vivir en paz.

Veseata Dishmaya

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Parasha Masei: Días de Aflicción

2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

            Durante estos últimos días los misiles y los efectos que producen sobre las víctimas inocentes han concentrado nuestra atención. Un misil, lanzado aparentemente por los separatistas ucranianos, ha derribado un avión comercial donde perdieron la vida 298 pasajeros inocentes que ni siquiera estaban enterados que sobrevolaban una zona de guerra. Los palestinos han lanzado más  de 2.000 misiles desde la Franja de Gaza donde han muerto dos civiles israelíes, también inocentes; que ha interrumpido algunos de los vuelos comerciales que arriban habitualmente al aeropuerto de Ben Gurion y han obligado a una parte importante de la población israelí a pasar varias horas al día encerrados en los refugios. A partir del 8 de Julio Israel ha repelido la agresión palestina, primero con un ataque aéreo y posteriormente con una invasión terrestre que, aparte de de cobrar la vida de numerosos combatientes de ambos bandos, ha cercenado la vida de centenares de civiles, entre ellos mujeres y niños, que seguramente no eligieron verse afectados por un conflicto de tal magnitud.

            Los sucesos descritos nos angustian. Nos asusta desconocer lo que va a pasar en Medio Oriente y la consecuencia que va a producir esa escalada de la violencia. Respaldamos enérgicamente la acción militar israelí pero hacemos votos que los esfuerzos diplomáticos logren resultados y que un alto al fuego concertado pueda fin a la espiral de violencia de la región.

            Los que no pertenecemos a la clase política ni a la cúpula militar de ambos bandos no podemos opinar en extenso sobre la forma en que este conflicto podría superarse. Otros se movilizan para lograr que la opinión pública influencie a los estados para que se pongan fin a las hostilidades. Para otros, menos activos, pareciera que no nos quedara más que rezar para que nuestras buenas intenciones asciendan hacia lo alto y generen palabras de esperanza que desciendan sobre los campos de batalla.

            En esta semana nos hubiese tocado comentar en extenso la parasha Masei pero la situación nos afecta demasiado y no nos permite concentrarnos en una espiritualidad que se ha visto tan abandonada por los combatientes.

            Someramente podemos decir que el título de la parasha Masei, viajes, se inicia con un recuento de cada uno de los 42 lugares en los cuales nuestros ancestros bíblicos establecieron su campamento durante su deambular por el desierto. Pareciera una pérdida de tiempo enumerarlos ya que no se describe cada lugar en extenso y no podemos sacar ninguna enseñanza del hecho de que se establecieron específicamente en cada uno de ellos.

            Nuestros comentaristas han deducido que la enseñanza que debemos extraer de esta enumeración es que cada una de esas etapas representa un recordatorio que la vida de las personas y las naciones no es una progresión lineal, que transcurre sin interrupción desde su inicio hacia un futuro incierto, sino que es la sumatoria de etapas que se van sucediendo una a otras. Cada una relacionada con la anterior pero que, a veces, hay que dejar de lado las convicciones arraigadas que establecieron la tónica en el pasado con el fin de iniciar una nueva etapa, libre de la carga emocional que tanto afecta, que dificulta la armonía a la cual todos aspiramos.

            La parasha Masei siempre coincide con una etapa particular del año que conmemoramos que se conoce con el nombre de los “Días de Aflicción”. Etapa de duelo que se inicia el 17 de Tamuz, que cae este año el 14 de Julio, y que se extiende hasta el 9 de Av,  5 de Agosto, en que recordamos una seguidilla de acontecimientos, entre ellos la destrucción de los dos Templos de Jerusalén,  que han afectado dolorosamente la historia de nuestro pueblo.

            Esperamos que antes que terminen los “Días de Aflicción”, que nuestra tradición rememora, se ponga fin a los “Días de Aflicción” que está afectando a dos pueblos, en una tierra tan querida para ambos, en la cual cada uno de ellos debería garantizar el derecho a la felicidad y al desarrollo del otro sin verse sujeto a verse agredido por las diferencias que los separan.

Veseata Dishmaya

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Parasha Matot: El poder de la promesa
2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

Terminó el Mundial de Futbol y la burbuja que se crea cada cuatro años alrededor de una pelota inanimada desaparece y nos obliga a buscarnos otras narrativas que sustenten nuestra existencia. Eso debido a que nuestra vida no es otra cosa que un continuo enfrentamiento contra los desafíos y colocamos en hechos externos, apasionados y entretenidos, como lo es el  campeonato mundial  que acaba de finalizar, la esperanza de que algún día, quizás, nosotros podamos ser aquellos que salgamos ganadores en un partido que normalmente sentimos que no podemos ni siquiera empatar.

Mientras tanto israelíes y palestinos viven en el Medio Oriente un partido que lleva demasiados años, con su secuela de destrucción y muerte, que nos gustaría que se pudiera terminar, al igual que en el futbol, con el pitazo final de un árbitro omnipotente cuyas decisiones determinaran el resultado final sin oposición.

En la vida humana, al igual que en el futbol, el resultado depende de una preparación adecuada que nos permita enfrentarnos con éxito a los desafíos acompañado de una pizca de buena suerte que, a la larga, determinara el rumbo que tomaran los acontecimientos.

Como esa buena suerte pareciera que se alejara de nuestra voluntad intentamos trasladar el presente, en el cual las cosas son y no pueden ser modificadas, hacia el futuro donde pareciera que la realidad se hiciera más  maleable a nuestro esfuerzo. Eso lo logramos mediante el lenguaje que reemplaza aquello que tanto nos afecta con la ilusión que aquello que no podemos solucionar ahora podrá ser resuelto con éxito dentro de un futuro indeterminado.

La herramienta que permite que los hombres y las sociedades se ilusionen con un mundo mejor no es otra que la promesa.

Todos acuden a ella. Políticos y vendedores nos trasladan con sus promesas hacia un futuro que solo existe en sus mentes y nosotros, que muchas veces nos sentimos perdedores en el enfrentamiento cotidiano, nos entregamos a una ilusión que solo se ha creado en la mente creativa de aquel que nos las está ofreciendo.

Pareciera que el mundo no existe y está conformado por promesas. Vota por los políticos derechistas, o izquierdistas, y todos los problemas de la sociedad estarán resueltos. Consume tal o cual producto e ingresaras al mundo de la felicidad instantánea. Si la promesa no se cumple no te preocupes. Aparecerá una nueva, más atractiva que la anterior, que nos hará olvidar que alguna vez estuvimos ilusionados en una que no se cumplió.

No creer en las promesas es el verdadero flagelo de la sociedad actual. Más allá de los problemas coyunturales sufrimos la consecuencia de la desvalorización de la palabra que ha perdido su prestigio y credibilidad.

La Torah no está ajena a ésta controversia. Milenios antes, la parasha Matot, plantea el peligro de la falta de coherencia entre la palabra y la acción. Insta, en su primer versículo, a cumplir la palabra empeñada:

“Moisés habló a los jefes de las tribus de los Hijos de Israel, diciendo: esta es la palabra que el Eterno ha ordenado: Si un hombre hace un voto al Eterno o emite un juramento para imponer una prohibición sobre su persona, no profanará su palabra: conforme a todo lo que sale de su boca debe hacer”

Tal como está planteado, este compromiso pareciera referirse solamente a  los votos establecidos con D-s y de abstenerse de realizar ciertas actividades. A primera vista se podría inferir que excluye las promesas hechas en relación al prójimo. Esto estaría correcto si la Torah fuese un libro estático que no pudiera ser adaptado a las exigencias que impone cada época. Pero, como todos sabemos, en realidad constituye un libro dinámico que permite que cada una de las nuevas generaciones lo utilice como base para normar la convivencia social entre sus integrantes.

            La Torah, en la parasha Matot, nos exige abstenernos de expresar promesas que no podamos o no tengamos la intención de cumplir. Nos exige ser cautelosos y no dejarnos llevar por el lenguaje con el fin de no crear falsas expectativas.

            Si las emitimos debemos cumplirlas. Al no poder hacerlo la parasha nos describe la manera de dejarlas sin efecto. Esta no es otra que revertir el proceso. Debemos remontarnos a la idea que le dio origen y revisar si eran correctas las  intenciones que nos hicieron expresar nuestra promesa. Si nos damos cuenta de la discordancia entre nuestra intención y nuestro discurso la Torah nos permite someternos al juicio de tres personas que podrían absolvernos de nuestra promesa.

            Difícil y doloroso resulta ese proceso que nos enseña que es preferible abstenernos de hacer promesas en vano. Si algún motivo las expresamos es dable poner todas nuestras energías en cumplirlas. El castigo social es normalmente inflexible en aplicar sanciones a aquellos que no cumplan con aquello que prometieron, ya sean políticos o no.

La  sociedad confía en que las personas van a respetar las promesas que emitieron en forma libre y soberana. No solo las grandes. Como la de Hashem a Abraham, donde al patriarca se le ofreció la Tierra Prometida para que proliferara su descendencia. Sino también las otras. Aquellas que emitimos diariamente casi sin darnos cuenta. ¿Cómo sería nuestra vida si no confiáramos en que se van a cumplir las pequeñas promesas? Por ejemplo que el taxista nos va a pasar a buscar en la madrugada para llevarnos al aeropuerto. Podemos dormir tranquilos porque confiamos en que va a cumplir su palabra y no vamos a perder el avión.

La parasha Matot recalca que toda promesa debe cumplirse, siempre, no a veces, independiente del hecho que después pueda aparecer una opción más favorable. En el caso del taxista del ejemplo, puede que a última hora alguien lo llame y le ofrezca más dinero por llevarlo a otro destino. Al aceptar no solo está rompiendo su promesa sino que ésta atentando contra el contrato, tácito pero no por eso menos vinculante, que permite el correcto funcionamiento de la sociedad.

La parasha Matot nos presenta una promesa que se ha constituido en el arquetipo de todas las promesas. Nos relata que las tribus de Rubén y Gad poseían grandes rebaños de ganado. Acudieron donde Moisés y le solicitaron que los dejara establecerse al este del Jordán donde las tierras de pastoreo eran muy fértiles. Moisés rechazó la propuesta debido a que tenía miedo a que las otras tribus se desanimaran, al igual que lo habían hecho sus padres tras el informe de los espías, y no estuvieran dispuestos a atravesar el río para conquistar la Tierra Prometida. Una promesa zanjó la situación. Las tribus de Rubén y Gad se comprometieron a dejar a sus familias y ganado en la tierra requerida mientras que los hombres en edad de combatir acompañarían a las otras tribus en su conquista de Canaán. Una vez cumplida la misión los guerreros tendrían la autorización para volver donde sus familias. Pensamiento y acción, presente y futuro, todos férreamente cohesionados mediante una promesa que la Torah, tal como se indicó en el versículo citado, obligaba a cumplir a aquel que la había enunciado.

En un momento en que la narrativa religiosa ha perdido toda su creabilidad necesitamos pequeñas promesas que nos sustenten en nuestro diario vivir. La posibilidad de ganar el Mundial de Futbol fue, hasta hace poco tiempo, una de ellas. La esperanza de que luego se produzca una tregua en el conflicto del Medio Oriente nos ilusiona favorablemente. Compramos un boleto del Loto que, aparentemente, trasladará al presente todas las promesas del futuro. Esperamos que nuestros hijos y nietos se vean liberados de las constantes exigencias que nos abruman pero pareciera que eso no se pudiera cumplir.

Mientras tanto nos aferramos a las promesas que los medios de comunicación nos ofrecen.

¿Puedo prometerle que la columna de la próxima semana será más didáctica y entretenida?

Sí. Lo prometo.

Veseata Dishmaya

 

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Parasha Pinjas: ¿Ambivalencia moral?

2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

Caín mató a su hermano Abel iniciando el ciclo de los asesinatos en la Torah. Pinjas, quien le dio su nombre a la parasha de esta semana, les quito la vida a Zimri y a Kozbi. Hamas asesinó a tres inocentes adolescentes judíos continuando con la ola de violencia que parece no terminar. La paz, tan deseada por las distintas religiones, está amenazada una vez más en Israel por las interpretaciones que hacen los hombres de sus enseñanzas. La ambivalencia moral que afecta a algunos de sus habitantes hace caso omiso de sus convicciones más profundas y los obliga a actuar en contra de sus creencias más arraigadas.

Vivimos tiempos modernos que nos abruma con su tecnología que todo lo absorbe. Una de ellas, Skype, me obligó en el día de ayer a concentrarme en lo que estaba trasmitiendo otra de ellas, la televisión, acerca de lo que estaba sucediendo en el mundo.

Estaba trabajando tranquilamente en mi escritorio cuando me di cuenta que una de mis nietas estaba conectada a Skype y quería comunicarse conmigo. La alegría me invadió pero esa sensación me duró poco tiempo. Me llamaba desde Israel para contarme que estaban bien y que no les había pasado nada. Me sobresalté al instante. ¿Qué había pasado? Mis nietas que, supuestamente debían estar disfrutando de un campamento durante sus vacaciones, habían vuelto a su casa porque habían sonado las sirenas de alarma avisando que los palestinos habían lanzado misiles sobre Israel. No era una amenaza sin fundamento. Llegando a casa descendieron a los refugios y me enteré, con preocupación, que uno de ellos había caído a pocas cuadras de distancia. Una vez que me convencí que estaban bien empecé la rutina que practico cada vez que la violencia retorna a la Tierra de Israel. Me cuesta quedarme frente a mi escritorio y me levanto a cada rato para prender la televisión para enterarme de las últimas noticias. Cada pocos minutos muestran el ataque de los misiles palestinos en distintos lugares del país entremezclado con imágenes de la aplastante humillación de Brasil en el Mundial de Futbol.

La violencia sublimada pierde su fuerza en el partido de futbol. La violencia desgarradora adquiere relevancia en las imágenes de la guerra. Ya son tantos los lugares en que el conflicto prima sobre la moderación, entre ellos Ucrania, Irán e Irak, que uno tiene que estar involucrado emocionalmente con alguna de las partes para sentirse afectado por lo que está sucediendo. Las películas policiales nos muestran en cada minuto hasta dónde puede llegar ese rasgo de carácter violento demostrado por Caín y nos hemos insensibilizado a menos que nos afecte directamente.

Confiamos que los líderes israelíes tomen las mejores decisiones que permitan resolver el conflicto que nuevamente ha rebrotado en la tierra de nuestros ancestros.

Uno de los líderes más grande que hemos tenido, que añoramos en tiempos de crisis, fue Moisés. En la parasha Pinjas nos enteramos que faltaba poco para su muerte. Cuando eso ocurrió no solo perdió el Pueblo de Israel a un gran profeta sino que se vio enfrentado a grandes desafíos sin tener a un sucesor digno que pudiese ocupar su lugar.

A Pinjas, el personaje que le da su nombre a la parasha de esta semana, se le negó el liderazgo a pesar de haber demostrado, al matar a Zimri y a Kozbi, que estaba imbuido de un sentido de justicia tan arraigado que no dudó en actuar en los momentos en que presenció la inmoralidad que podía afectar la sobrevivencia espiritual de su pueblo.

Pinjas, lleno de convicción, decidió actuar de acuerdo a su conciencia y cometió un crimen en defensa de su doctrina. D-s, extrañamente, no repudió su crimen sino que lo premió. Es así que al principio de la parasha podemos leer:

            “El Eterno habló a Moisés, para decir: Pinjas hijo de Eleazar, hijo de Aarón el Kohen ha vuelto atrás Mi cólera de sobre los Hijos de Israel al vengar Mi celo en medio de ellos, y no consumí a los Hijos de Israel en Mi celo. Por lo tanto, declara: He aquí que Yo le otorgo Mi alianza de paz. Y será para él y sus descendencia después de él alianza de sacerdocio perpetuo, a cambio que se enceló por su D-s e hizo expiación por los Hijos de Israel”

Extrañamente D-s le otorgó a Pinjas su “alianza de paz” cuando lo que el Pueblo de Israel necesitaba era un líder que lo dirigiera militarmente en la conquista de la tierra. Prefirió a Josué que no había hecho, hasta entones, ningún acto heroico que mostrara su capacidad para conducir al pueblo en la misión que tenía por delante.

            Para poder entender el fundamento  de su elección debemos remontarnos a la parasha Jucat para enterarnos como D-s privilegia el uso de la palabra sobre la agresión. A Moisés se le había solicitado que le hablara a la piedra para que saliera el agua y que no la golpease con su vara. Todos sabemos que hace caso omiso de la indicación y la golpea en vez de hablarle. A Moisés se le aplica un castigo que parece desproporcionado en relación a la falta cometida. Se le impide guiar a su pueblo en el ingreso y posterior conquista de la Tierra Prometida. Nos parece excesiva esta prohibición a un hombre que había expuesto todo por lograr la liberación de su pueblo de la esclavitud de Egipto y que había logrado que D-s revelará los mandamientos morales que aún permanecen vigentes en gran parte de la humanidad.

La parasha Jucat nos trasmitió hace algunas semanas el principio fundamental que debe regular las relaciones entre los seres humanos. Ese no es otro que el que todos sabemos y que pocos practicamos: que el lenguaje conciliador debe reemplazar el uso de la vara impositiva. El intelecto debe primar sobre los instintos. Tuvieron que pasar 40 años en el desierto para que finalmente el Pueblo de Israel pudiese entender esa enseñanza y aspirar a la Tierra Prometida. Pareciera que los años transcurridos desde entonces han hecho que el pueblo olvide esa verdad fundamental.

Josué sí que lo entendió y se preparó durante los años que le toco deambular por el desierto para poder aplicar la fuerza militar cuando fuese necesario y el lenguaje conciliador una vez que se hubiese logrado el fin de las hostilidades.

En estos momentos, al igual que todo el pueblo judío, estamos preocupados por el desenlace de lo que está ocurriendo en Israel y esperamos sinceramente que la inteligencia provea a nuestros líderes y a nuestros soldados de la capacidad de enfrentar a nuestros opositores con decisión pero, al mismo tiempo, aspiramos que cuenten con la sabiduría de Josué para encontrar la palabra conciliadora que genere la paz permanente una vez que las acciones militares hayan cesado. Repudiamos la ambivalencia moral que permite que conviva en una misma persona la búsqueda de la paz en lo más profundo de su consciencia y el uso de la violencia a flor de piel para lograr sus objetivos.

Veseata Dishmaya

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Parasha Balak: La historia tiende a repetirse

2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman


En esta semana fueron encontrados asesinados los tres jóvenes israelíes que habían sido secuestrados hace una quincena. Una tragedia terrible que enluta a todo nuestro pueblo. En la diáspora no tenemos manera de exteriorizar nuestro duelo. Mis nietas que viven en Israel si pudieron hacerlo. Fueron al funeral de esos tres jóvenes y quedaron impactadas por los momentos de recogimiento que pudieron compartir. Tres niñas que acompañaron los restos de aquellos tres adolescentes que, al subir el auto que manejaban sus captores, no se imaginaron que estaban ingresando a la antesala de la tumba que iban a compartir en la tierra que los vio nacer.

Parece que estuviésemos reviviendo la historia que nos relata la parasha de esta semana, Balak. Misma tierra con distintos protagonistas que parecieran anticipar los desvelos de sus descendientes, especialmente los tres estudiantes asesinados que, sin saberlo, iban a formar parte de una historia de odio que se ha repetido una y otra vez y que nos recuerda que si queremos mantenernos adheridos a nuestra esencia judía, aquella que no siempre logramos comprender, estaremos expuestos a recibir las agresiones de aquellos que no va a compartir nuestros ideales.

Si, intentamos adherirnos a un ideal. Compartimos las bondades que nos ofrece el mundo material pero tenemos muy presente que hay algo superior que, de alguna manera, afecta nuestro destino. Ese mismo que alguna vez puso al Pueblo de Israel frente a los moabitas quienes, asustados por las noticias de las batallas que habían ganado los israelitas en la parasha anterior, se dieron cuenta que podían ser derrotados, no a causa de la superioridad militar de sus oponentes, sino por la fe que profesaban en un D-s que los podría ayudar a conquistar la tierra que les había sido ofrecida a su patriarca Abraham.

Balak decidió que debía destruir esa fe que amalgamaba a los hebreos. Parecida a la fe que, aunque sin la connotación religiosa que inspira esta columna, pero fe al fin, mantuvo luchando durante 120 minutos a nuestra selección frente a un rival que nos asustaba tanto como los hebreos a los moabitas. Pareciera ser que durante los penales, después de haber dejado todo en la cancha, solamente faltó la ayuda divina que nos permitiera cambiar la suerte que, al último momento, acompañó a los brasileños.

Milenios antes Balak comprendió que no solo bastaba luchar férreamente para conseguir la derrota de su rival. Recurrió a un recurso al que actualmente la selección no podría recurrir. Utilizó a un famoso hechicero, Bilam, con el fin de que maldijera a su oponente en un vano intento de destruir la cohesión que los amalgamaba.

Nuestros oponentes nos temen por la fuerza que la fe en un objetivo de vida superior nos entrega. Pueden masacrarnos como ocurrió con el holocausto o con los progroms en Europa Oriental. Pueden denigrarnos como fue el caso del juicio que se realizó en Francia contra  Dreiffus. Pero, mientras la fe se mantenga indestructible entre nosotros, no lograran destruir esa fuerza espiritual que nos anima a continuar adelante. Al no lograrlo buscaran recurrir al terror en su vano intento de amilanarnos.

Frente a tales desdichas no nos queda más que ilusionarnos de que la historia no se volverá a repetir a pesar del asesinato de nuestros tres jóvenes. Esa misma esperanza que manifestamos cuando repetimos durante los servicios religiosos las bendiciones que salieron de la boca de Bilam cuando intentó maldecir a los israelitas:

“¡Que tan buenas son tus tiendas Jacob, tus residencias, Israel!

Como arroyos se extienden, como huertos junto al río, como áloes que el Eterno ha plantado, como cedros junto al agua.

Fluirá agua de sus pozos, y su semilla estará en aguas abundantes; su rey será exaltado más que Agag, y su reinado será enaltecido”.

Descripción de un lugar y tiempo hermoso que deberían consolarnos en estos momentos en que nuestros corazones se ven tan afligidos por la suerte que corrieron nuestros jóvenes y que esperamos que no se vuelva a repetir.

Veseata Dishmaya

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Parasha Jukat: Contradicción y paradoja

2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

A todos nos gustaría ser consecuentes entre lo que pensamos, decimos y hacemos. Los avatares de la vida nos impiden hacerlo. Eso nos genera contradicciones que nos angustian. Recurrimos a las paradojas para superarlas. De la misma forma los kabbalistas buscan su propia  superación en los relatos del Zohar y los budistas evitan el sufrimiento con el abandono de los deseos y los apegos.

Los que estamos alejados del misticismo y la meditación podemos encontrar en la Torah las herramientas que nos ayuden a superar nuestras contradicciones y vivir una vida más plena.

Treinta ocho años había vagado el Pueblo de Israel por el desierto al inicio de la parasha de esta semana, Jukat. La vida durante todos esos años era similar al Paraíso Terrenal pero sin las bellezas que todos nos imaginamos. No había vegetación no mucho menos grandes lagunas ni cauces fluviales que permitieran hacer vagar la imaginación. La vida estaba centrada en lo sobrenatural. El alimento, el agua y la protección física estaban divinamente asegurados. Debe haber sido aburrida sin tener mucho que hacer. No había necesidad de fortalecer la fe porque la presencia divina se manifestaba en forma permanente y los grandes milagros estaban aún presentes en las mentes de aquellos que lo presenciaron.

Estaban próximos a ingresar a la Tierra Prometida. Había territorios que conquistar. Habría que trabajar arduamente por el sustento para poder subsistir. Miriam muere durante el transcurso de esta parasha y simultáneamente se seca el pozo de agua que acompañaba al Pueblo de Israel cada vez que instalaba el campamento.

La sequía, consecuencia de una falta de lluvia enorme, había obligado a sus ancestros a buscar refugio en Egipto. Alimento no faltaba en ese lugar gracias a que José había interpretado correctamente el sueño del Faraón relativa a las vacas gordas y las flacas. Había juntado granos durante la época de bonanza para asegurar el abastecimiento durante la escasez. Posteriormente habían vivido casi durante 400 años en un lugar donde las inundaciones periódicas del Nilo hacían innecesario preocuparse de las lluvias para la subsistencia.

Liberados de la opresión del Faraón habían ingresado al desierto donde el aprovisionamiento sobrenatural del agua estaba asegurado por la influencia de Miriam. Tras la muerte de ésta el Pueblo tomo consciencia, quizás por primera vez, que el agua es un elemento que no siempre estaba a su disposición. Se desespera y queja amargamente con Moisés.

Este golpea una piedra que D-s le señala y brota nuevamente el agua. El Pueblo se apacigua y pareciera que el episodio no tendría una mayor repercusión. Pero, extrañamente, el relato nos informa que por haber cometido ese acto se castiga a Moisés impidiéndole el ingreso a la Tierra Prometida.

El cambio se debe a una sola circunstancia, aparentemente inofensiva pero de gran importancia que afecto al Pueblo hasta nuestros días.

La divinidad le estaba señalando a Moisés, con el episodio de la piedra, de que la vida sobrenatural, en que la subsistencia estaba asegurada, había llegado a su fin. Ya no podría más, ni Moisés ni ningún otro profeta posterior, recurrir a acciones milagrosas para lograr que la naturaleza entregara sus frutos. Ahora tendrían que trabajar arduamente para lograrlo y solo podrían tener fe en que la divinidad iba a estar a su lado para que esa aventura tuviera éxito.

De allí en adelante la palabra adquiriría una importancia fundamental en el intento de conseguir la protección divina. Solamente invocándola existía la posibilidad de conseguirla en un país que dependía de la lluvia para el sustento.

Ya nunca más D-s señalaría el lugar donde se debía golpear para obtener agua. Sería el hombre que debía ubicar ese lugar y rezar para que D-s interviniera para que brotara el vital elemento.

Diferencia fundamental que Moisés no entendió y que le valió el castigo que ya todos conocemos. Nuestro Profeta no entendió que una contradicción vital había afectado su vida. Lo que en una ocasión había sido válido, golpear la piedra para que saliera agua, ya no surtiría el efecto deseado. Salió efectivamente agua, pero Moisés recibió un castigo inentendible por haber cometido dicha acción. Solamente mediante una  paradoja podemos superar esa contradicción y por ese motivo la parasha Jucat se inicia con la Paradoja de la Vaca Bermeja.

            En nuestra columna del año pasado ya habíamos esbozado el tema de la contradicción y la paradoja. Decíamos que pareciera ser que la vida no fuera más que una seguidilla de contradicciones que no hacen más que confundirnos. En general no las podemos evitar. Solo podemos intentar resolverlas para no fracasar en esa aventura extraordinaria que llamamos vivir. Buscamos la manera de conciliar nuestras buenas intenciones con nuestras actuaciones pero no siempre lo logramos. Muchas veces nos dejamos llevar por los instintos que nos conducen en una dirección distinta a la que teníamos planificado.

            Cuando nuestra razón se ve enfrentada a nuestros instintos nos encontramos  frente a una contradicción vita que nos atormenta. Desde tiempos inmemoriales se han utilizado a las paradojas como una forma de poder aprender a superar esas contradicciones que nos afligen.

            Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española la paradoja es una “figura del pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción”.

            En Wikimedia encontramos el siguiente texto que resulta muy clarificador para muestro análisis:

“La paradoja es un poderoso estímulo para la reflexión. A menudo los filósofos se sirven de las paradojas para revelar la complejidad de la realidad. La paradoja también permite demostrar las limitaciones de las herramientas de la mente humana. Así, la identificación de paradojas basadas en conceptos que a simple vista parecen simples y razonables ha impulsado importantes avances en la ciencia, la filosofía y las matemáticas”.

            La Torah no está ajena al uso de las paradojas. No es difícil leer el enunciado de la Paradoja de la Vaca Bermeja. Lo complicado es entender su significado. Tan incomprensible es para para nosotros que ni siquiera el mismo Rey Salomón, el más grande de todos los grandes lo  pudo dilucidar:

            “El Eterno habló a Moisés y a Aarón para decir: Este es el decreto de la Torah que el Eterno ha ordenado, diciendo: Habla a los hijos de Israel, y que tomen para ti una vaca bermeja completa, en la que no haya defecto, sobre la cual nunca se impuso yugo. La entregaran a Eleazar el Kohen y él la sacará a las afueras del campamento, y alguien la degollará en su presencia”

El relato prosigue señalándonos que la vaca debía ser quemada y sus cenizas mezcladas con agua para purificar a todo aquel que haya estado en contacto con algún cadáver. Continúa indicándonos de que todos aquellos que habían participado en el sacrificio, quemado y mezclado de las cenizas se transformaban en impuros y deben purificarse antes de poder retornar al campamento. La paradoja nos confunde porque no podemos entender cómo es posible que aquello que purifica a quien la utilice  transforme en impuro a quien la produce.

La Paradoja de la Vaca Bermeja, así como todas las otras similares de la Torah, permiten que la mente, al darse cuenta que existe una contradicción evidente en su enunciación, la intente analizar y, al no lograrlo, tome conciencia de que la Torah también tiene sus propias contradicciones cuya explicación merece un análisis más aplicado.

Una de las contradicciones más conocidas se  refiere al incidente en que Moisés golpea la piedra para que salga agua. En una parasha anterior, Bejaaloteja, podemos leer la primera parte de la famosa contradicción que afectó a nuestro profeta:

“El Eterno dijo a Moisés: Pasa delante del pueblo y toma contigo a algunos ancianos de Israel; toma en tu mano la vara con la que golpeaste el río y ve. Yo estaré delante de ti, allí, sobre la roca, En Joreb; golpearás la roca y de ella saldrá agua para que el pueblo beba”

Pareciera ser que este versículo no hiciera más que señalarle a Moisés la manera correcta de obtener agua para su pueblo. Nada nos señala que es el prólogo de un castigo inaudito que D-s impondría posteriormente a Moisés.

Cuando en otra ocasión, en Kadesh, se secó el manantial que proveía de agua el Pueblo confrontó a Moisés quejándose que hubiese sido mejor morir por la mano de la divinidad que debido a la sed. Moisés y Aarón se acercaron a la Tienda de la Cita, se postraron ante el Eterno quien les manifestó lo siguiente:

“Toma tu vara y reúne a la asamblea, tú y tu hermano Aarón, y hablen a la roca antes la vista de ellos, y ella dará sus aguas; sacarás agua para ellos de la roca y darás de beber a la asamblea y a sus bestias”

Moisés, quizás recordando las instrucciones recibidas en la Parasha Bejaaloteja, golpea con su vara la piedra en vez de hablarle. Salió agua a borbotones pero D-s quedó tan molesto con Moisés y Aarón que no tardó en enunciar el castigo al cual los sometería:

 “Porque ustedes no hicieron que se confiara en Mí, para santificarme a la vista de los Hijos de Israel, por ello ustedes no llevarán a esta congregación a la tierra que Yo les he entregado”

Moisés había vuelto a utilizar la vara en vez de la palabra.

La vara representaba el símbolo visible que todos los acontecimientos que les ocurrían dependían del poder sobrenatural de D-s. Esta había sido utilizada para lograr que el pueblo, sometido a cientos de años de esclavitud, visualizara en ella la existencia de un poder superior que establecía los preceptos, guiaba sus pasos, definía su destino y los protegía durante todo el proceso.

Antes de ingresar a la Tierra Prometida el Pueblo debía tomar consciencia que la vara ya no sería más efectiva y debía ser reemplazada por la palabra. Puente de unión entre el hombre y sus semejantes. Palabra que se transformaba en la oración con la que el hombre ha intentado desde entonces comunicarse con la divinidad.

Allí está el mensaje del incidente de la piedra de la parasha Jucat. Moisés ya no estaba autorizado a utilizar la vara para conseguir la ayuda sobrenatural. La madurez del pueblo exigía que sólo se utilizara la palabra para solicitar la ayuda divina. Moisés no lo entendió y por usar la vara recibió el castigo que todos conocemos.

La Paradoja de la Vaca Bermeja nos permite comprender la contradicción que afecta a todos los seres humanos. Nos enseña que a pesar de todos los beneficios que nos entrega el uso de la vara, la tecnología en nuestros tiempos, nunca vamos a quedar satisfechos con lo logrado. Necesitamos del apoyo de la palabra para conseguir lo que realmente anhelamos: la paz y la armonía con los demás seres humanos que nos otorga el verdadero bienestar que sobrepasa a lo material.

Veseata Dishmaya

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Parasha Koraj: Primera crisis ideológica de la Torah
2014-5774
Jorge Slachevsky Czuckerman

          

Tres adolescentes judíos fueron secuestrados el último jueves por terroristas palestinos cerca de Hebrón. Esta acción fue una consecuencia del conflicto que afecta a dos pueblos, el israelí y el palestino, que no han podido superar las diferencias que los enemistan desde hace tanto tiempo. En un intento de conciliación, antes de conocerse dicha noticia, el Papa Francisco había invitado al Vaticano a los presidentes de Israel, Simón Peres, y de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abás, a una reunión especial. No los había llamado a resolver el conflicto del Medio Oriente. Solo pretendía que compartieran un momento de reflexión alrededor de la oración. Quizás, el hecho de estar  juntos serviría para que ambos dirigentes, en presencia de una autoridad moral tan importante, pudiesen comprender que era posible convivir pacíficamente sin tratar de imponer al otro su propio punto de vista. Los secuestradores, haciendo caso omiso de dicho intento, buscaban anular las buenas intenciones manifestadas en la reunión de la Santa Sede.

Casi 3000 años han pasado desde los sucesos relatados en la parasha de esta semana, Koraj. Pareciera ser que los conflictos relatados aún no han podido ser resueltos. Ha cambiado la época y los protagonistas pero las tensiones entre las personas y pueblos permanecen vigentes. Pareciera que el tiempo ha transcurrido en vano y el hombre no ha logrado resolver su más ansiado anhelo: vivir en paz y, replicando al salmista, transformar las armas de destrucción en arados que estimulen la convivencia pacífica. Ha logrado avances gigantescos en el área de las ciencias y su aplicación práctica, la tecnología, pero su corazón aún se deleita con los conflictos interpersonales y no tiene intención de superarlos a pesar del tiempo transcurrido.

 El conflicto árabe israelí rebrotó a pesar de esa auspiciosa reunión en el Vaticano. Unos pocos exaltados, con una fortuna inesperada, vieron a tres adolescentes judíos pidiéndoles subirse a su auto. Deben haber creído que D-s estaba de su parte ya que les ofrecía esa oportunidad tan increíble. No conocimos a los secuestradores pero si vimos en la prensa como unos estudiantes de una universidad palestina celebraban la hazaña regalando dulces triunfales a sus compañeros de estudio.

En la parasha de esta semana, Koraj, podemos leer acerca de otro conflicto, el suscitado entre Moisés y Koraj, que nos señalan hasta donde pueden llegar las consecuencias de no tomar en consideración las visiones que otras personas tienen de la realidad. Una lucha  intestina que solo conduce a la destrucción de uno de sus participantes.

Cada uno de nosotros recibimos al nacer el regalo del Libre Albedrío y eso hace que podamos tomar nuestras propias decisiones aconsejados solamente por nuestro propio intelecto. Regalo maravilloso que nos permite desenvolvernos libremente en el mundo natural pero que, influenciado por nuestro instinto de supervivencia, no viene acompañado de un sentimiento de empatía por el prójimo que nos haga comprender que ellos también aspiran a su propia superación.

El instinto de supervivencia esta genéticamente impreso en nuestra esencia en el momento de la concepción. El deseo por una convivencia pacífica es adquirido. Es el resultado de milenios en que el hombre ha comprobado que la supervivencia solo se logra compartiendo los ideales que permitan aglutinar la voluntad individual de cada uno de sus integrantes. Paradoja que nos aprisiona en un círculo que se mantiene vigente desde la época bíblica hasta nuestros días. Para sobrevivir necesitamos del instinto positivo que la naturaleza nos ha dotado pero, al mismo tiempo, estamos obligados a reducir su influencia negativa para lograrlo.

El instinto de supervivencia nos impulsa al progreso. Ese instinto está alojado en alguna parte de nuestra mente, protegido del mundo exterior por un cuerpo físico que lo alberga. Nuestro intelecto solo puede acceder al mundo exterior a través de los sentidos y, mediante un proceso de análisis y deducción, interpreta los estímulos recibidos y procede a actuar de una manera que le brinde los máximos beneficios. Todo esté proceso está inserto en nuestro disco duro y a través de nuestro desarrollo personal no hacemos más que perfeccionarlo para hacerlo más eficiente.

Este proceso conduce al conflicto ya que, tal como lo hemos expresado, ese mecanismo es egoísta por definición y entra en colisión con todos aquellos que están intentando alcanzar el mismo objetivo.

El altruismo, por su parte,  no es innato. No está listo para aflorar en el momento en que más lo necesitemos. No lo encontramos presente en lo más profundo de nuestra esencia. Debemos cultivarlo con esfuerzo. Numerosas formas de hacerlo se han originado a lo largo de la historia y han tenido bastante éxito en lograrlo. Basta imaginarnos la vida cotidiana en la época de las cavernas para darnos cuenta que el avance ha sido gigantesco, aunque insuficiente. A pesar de eso el conflicto entre Moisés y Koraj aún nos persigue y su consecuencia se traduce en conductas indeseables como el secuestro de los tres adolescentes judíos.

El altruismo, también aislado del mundo exterior por la capa craneana, debe buscar a través de los sentidos las señales externas que lo nutran y le permitan desarrollarse. Observa y escucha su entorno y casi siempre percibe el egoísmo más violento. No está genéticamente programado para aprovechar los estímulos positivos que pueda descubrir detrás de las agresiones para crecer y desarrollarse en plenitud. Ese ámbito está ocupado por el instinto de supervivencia que se afana por lograr su objetivo sin importar su consecuencia.

Para nosotros, los judíos, desde tiempos casi inmemoriales, hemos encontrado la manera de reforzar nuestro altruismo para tratar que el mundo natural sea un ambiente más fecundo donde vivir y prosperar en armonía. Esas enseñanzas se encuentran en las páginas de la Torah pero no están a la vista de todo el mundo que pueda contra argumentar y destruir su mensaje formador. La mente humana debe acceder en forma paulatina a sus enseñanzas de manera de poder reducir la influencia del instinto y reforzar la consciencia.

La parasha Koraj ocurre en un momento muy particular del desarrollo del pueblo judío. Sucede después de haber estado sometido a la esclavitud en Egipto y haber logrado su liberación conducidos por Moisés. Había asistido, en el Sinaí, a uno de los momentos culmines de la espiritualidad universal. La Revelación divina les había señalado el camino por el cual debía  transitar para desarrollar el altruismo sin abandonar el Libre Albedrío.

Todo parecía señalar que el Pueblo transitaría hacia un futuro libre de la influencia desarticuladora del instinto primigenio. La realidad rápidamente se encargó de frustrar las enseñanzas del Sinaí. La desconfianza hizo presa de sus mentes y solicitaron que 12 espías visitaran la Tierra Prometida y trajeran su visión de lo que ocurría allí. Tal como pudimos constatar en la parasha anterior, el informe fue negativo y la desesperanza consumió al campamento. Se hizo necesario hacerlos deambular 40 años por el desierto para perfeccionar su espíritu y prepararlos para la conquista y asentamiento de la Tierra Prometida.

Para prepararlos y enseñarnos a nosotros que el altruismo debe superar al instinto de supervivencia la parasha nos relata el conflicto entre Moisés y Koraj. El primero es el símbolo por excelencia de la persona humilde que logró desarrollar su altruismo. Koraj, a su vez, es el símbolo del egoísmo que solo busca beneficios para sí mismo y para aquellos que lo acompañan en su aventura.

Este conflicto aún no está superado a pesar del tiempo transcurrido. No se ha perdido la ilusión de que los tiempos pueden haber cambiado. En la prensa apareció una entrevista a los padres de una de los muchachos secuestrados. En ella manifestaban su confianza en que con el apoyo de la oración, de los esfuerzos de las fuerzas de seguridad del Estado de Israel y con la solidaridad de todos los sectores de la sociedad civil su hijo volvería a casa sano y salvo.

Si así fuese sería una señal inequívoca que el conflicto ancestral entre Moisés y Koraj se podría haberse superado aunque fuese en forma momentánea.

Hacemos votos por que así ocurra y que esas tres familias puedan volver a reunirse con sus hijos  y que los pueblos que conforman ambos bandos en conflicto puedan superar sus diferencias tal como aspira el Papa Francisco.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Koraj: Paz, conflicto y liderazgo
2013-5773

Jorge Slachevsky Czuckerman

Mientras que la paz es un ideal al cual aspiramos y que pocas veces alcanzamos, el conflicto permanece siempre presente en nuestras vidas. Un liderazgo bien encaminado permitiría superarlo y lograr esa paz tan anhelada. La Torah recoge  estas experiencias, las vuelca en la parasha Koraj y con este comentario intentamos poner un granito de arena que permita aclarar ese tipo de rivalidades.

En nuestra columna de la semana pasada comentábamos la historia de los espías, en cuyo desenlace se le impuso al Pueblo de Israel la obligación, consecuencia de una desconfianza muy humana, de deambular durante cuarenta años por el desierto. A pesar de que el conflicto fue superado, quedaron secuelas que fueron aprovechados por un pequeño grupo para cuestionar el liderazgo de Moisés y Aarón. La parasha Koraj narra con lujo de detalle la sublevación  y la forma en que fue encarado el conflicto. Estemos o no de acuerdo con su desenlace, la narración presenta un cúmulo de interrogantes que han sido aprovechados por los comentaristas, desde la época del Talmud hasta la actualidad, para extraer valiosas enseñanzas acerca del tema en cuestión.

La parasha Koraj tiene la particularidad, a diferencia de sus predecesoras, que se involucra en la política contingente. A pesar de que ninguno de estos dos últimos términos están explicitados en la Torah, resulta de gran interés estudiar como los conceptos de paz, conflicto y liderazgo se entrelazan en esta parasha, de una manera muy particular, que resultan plenamente vigentes en el estudio de cualquier fenómeno político que involucre a esas variables.

Koraj no estaba de acuerdo con el liderazgo relevante de Moisés y Aarón. Algunos comentaristas afirman que su desavenencia estaba impregnada por la envidia. Otros señalan que la posición privilegiada que Koraj ostentaba dentro de la tribu de Levi, cuya importancia se manifestaba en los servicios que su familia desempeñaba en la Tienda de la Cita, le permitía invocar su rango para postular al liderazgo del Pueblo de Israel.  Basaba su presunción en el hecho de que todos habían participado en la entrega de la Torah en el Sinai, y que ese hecho por sí solo, los había convertido en santos, igualmente capacitados para ejercer las funciones principales de la comunidad.  Después de las palabras iniciales de la parasha, en donde se identifican a los protagonistas de la revuelta contra Moisés, se puede corroborar lo expresado hasta ahora:

“Se congregaron contra Moisés y Aarón, y les dijeron: ¡Demasiado es para ustedes! Pues en la asamblea entera todos son santos, y el Eterno está entre ellos; ¿y por que ustedes se exaltan por encima de la congregación del Eterno?”

Koraj afirmaba que al ser todos santos no se justificaba el enorme prestigio y poder de Moisés y Aarón y que sus funciones podían recaer, ¿rotativamente?, en alguno de los otros que estaban igualmente capacitados para desempeñarlas, entre los que se contaba él mismo.

¿Tenía razón Koraj? Moisés era el líder, hasta entonces indiscutido, que había liberado al pueblo de la opresión de Egipto. Lo respaldaba la ayuda divina que infligió graves plagas a los egipcios y que destruyó a su ejercito en el Mar Rojo. Debido a su gestión, el pueblo recibió la Torah en el Sinai, y D-s manifestó Su presencia frente a todos para resaltar el liderazgo de Moisés.

Pero, como ocurre con cualquier liderazgo que persista en el tiempo, hay pequeñas, o quizás grandes, desavenencias que van minando el prestigio del líder y que otorgan argumentos a sus detractores para intentar despojarlo de tal posición.

Koraj, quien aglutina a los sublevados, se creía capacitado para dirigir a su pueblo y deseaba ocupar tal distinción. Sus más cercanos complotadores, Datan y Aviram, ambos de la tribu de Rubén, hijo mayor de Jacob, consideraban que el liderazgo les correspondía a los miembros de su tribu, independiente de que habían perdido tal derecho cuando Rubén durmió, según la Torah, con Bilah, la concubina de su padre. Esta falta le hizo perder a Rubén los derechos inherentes a la primogenitura que les hubiera permitido, a sus descendientes, reclamar el sacerdocio que, ilegítimamente según ellos, le fue entregado a Aarón. Los otros rebelados, doscientos cincuenta hombres de relevancia, se adhirieron a Koraj debido a la pérdida de poder que habían sufrido, poco tiempo atrás, cuando la práctica de los servicios religiosos dejó de ser responsabilidad de los primogénitos y fue traspasada a Aarón. 

El segundo punto a considerar es el momento en que se produjo la sublevación. En la parasha anterior estudiamos la situación de los espías. Había quedado latente la impresión de que el castigo aplicado, el de deambular cuarenta años por el desierto, no solo había sido la consecuencia del informe negativo de diez de los espías, sino que también se le podía adjudicar parte de la severidad del castigo a Moisés por no haber manejado correctamente la situación. En fin, no solo se necesitaba que los amotinados tuvieran motivos para hacerlo sino que el desafiado hubiese cometido faltas que cuestionaran su autoridad.

Frente al conflicto Moisés intenta convencer a Koraj de que debía contentarse con su posición destacada dentro de la comunidad y no aspirar a una categoría superior que no le correspondía:

“¿Es poco para ustedes que el D-s de Israel los haya distinguido de la asamblea de Israel a fin de acercarlos a El para desempeñar el servicio del Tabernáculo del Eterno y estar parados delante de la asamblea para ministrar ante ellos? El te ha acercado, así como todos tus hermanos, los hijos de Leví, junto conmigo, ¿y también han de pedir el sacerdocio?

ConDatan y Aviram utiliza otra estrategia: mandó a llamarlos para conversar con ellos. No solo no fueron a su encuentro sino que le mandaron un mensaje en el que trataron de descalificar todo lo obtenido bajo el liderazgo de Moisés:

“No subiremos. ¿Acaso es poco que nos hayas hecho subir de una tierra que mana leche y miel para hacernos morir en el desierto, como para también enseñorearte completamente sobre nosotros?”

La desconfianza se había filtrado entre los amotinados. Se había roto el diálogo y Moisés no podía seguir discutiendo al nivel que su alta investidura le exigía. Su liderazgo se había visto amenazado por la rebelión y  la paz se veía amenazada. Carecía de la astucia política que le hubiera permitido salir airoso de la situación. Recurrió al Eterno para que su ayuda permitiese zanjar el asunto.

Moisés citó a los sublevados y a Aarón para que a la mañana siguiente se congregaran frente a la entrada de la Tienda de la Cita. Cada uno debía portar su incensario con el sahumerio encendido. Una vez reunidos se les manifestó el Eterno y les pidió a Moisés, Aarón y a todo el resto de la asamblea que se distanciaran de los amotinados. Una vez que estuvieron aislados, intervino D-s, hizo que se abriera la tierra y todos los seguidores de Koraj fueron engullidos por ella. Es una solución que permitió concluir el conflicto, restituir la paz y mantener inquebrantable el liderazgo. Pero, ¿Fue una situación políticamente correcta?

Desde siempre la historia ha confiado en el poder de las palabras para impedir el trágico desenlace de la parasha Koraj. Todavía hay algunos, y baste leer lo que está ocurriendo en Siria, cuyo gobernante anhelaría con toda su alma que D-s abriera la tierra y se engullera a sus enemigos. Como no es posible que tal cosa ocurra en la actualidad, hace todo lo posible para que su artillería cumpla la función que D-s no puede, o no quiere, volver a ejercer.

Faltaría el diálogo. Tanto en el ayer como en el hoy. Piedra maestra de la paz que la democracia está empeñada en mantener. Nuestros vecinos, los gentiles, buscan la paz en los textos del Nuevo Testamento, cuyas palabras, invocando el amor pregonado por Jesús, su líder natural, facilitaría el diálogo que conduciría a la tan anhelada armonía. Los judíos, por nuestra parte, contamos con los Midrash y el Talmud, en los cuales el aprendizaje del “arte de la discusión” permitiría nivelar las diferencias que separan a cada judío de sus hermanos. Pero esto solo en teoría, ya que nuestra naturaleza humana, cristiana o judía, no aprende de las experiencias de la historia y sigue cometiendo los mismos errores que atentan, siglo tras siglo, contra la paz.

Nosotros, simples buscadores de los valores trascendentales, Verdad la llaman algunos, debemos practicar el arte del dialogo. No debemos hacerlo con el afán deportivo de ganar puntos para nuestra postura. No debemos doblegarnos frente al egoísmo para plantear nuestras peticiones como lo hizo Koraj. Debemos aprender a dialogar como Hillel y Shammai, grandes de su época, que frente a la controversia defendieron apasionadamente sus argumentos, quizás en forma demasiado ferviente, pero que nunca perdieron de vista el Bien Superior, foco donde se centran las luces de la menorah.

 Luz, Verdad, Bien Superior, que permite que el hombre aislado se constituya en comunidad, que forme parte legítimamente del minyan, que pueda plantear sus opiniones, ser escuchado y respetado como un ser único, singular. Cuya forma de ser exige ser integrada y no excluida, cuya postura no sea descalificada por los demás y menos ser tragado, real o simbólicamente, por la tierra como le ocurrió a Koraj y sus seguidores por haber planteado sus discrepancias, hayan nacido o no del egoísmo.

¡Viva la diferencia que da sabor a la vida!

Veseata Dishmaya

Parasha Koraj: Coexistencia pacífica entre judíos laicos y religiosos
2012-5572

Jorge Slachevsky Czuckerman

En la última edición de Anajnu pudimos leer un artículo que trataba de la posibilidad de llegar a una “coexistencia pacífica” entre sionistas y religiosos. Tema sensible que afecta al judaísmo contemporáneo y pareciera que el conflicto estuviera más lejos de solucionarse que el palestino-israelí, a pesar de sus incontables víctimas, ya que este último ha logrado que los interlocutores se hayan sentado a dialogar en la misma mesa, a pesar de sus resultados infructuosos, mientras que los primeros no tienen intenciones de ni siquiera de juntarse a conversar acerca del tema.

Aquellos que vivimos en la diáspora nos vemos enfrentados con algunos de los mismos desafíos de aquellos que residen en Israel. A pesar de que nuestra diferencia no compone un problema político que amerite ser tratado en el Knesset, constituye una dificultad que aparta las comunidades entre sí y, lo que es más importante, separa a los integrantes de una misma familia que no pueden comprender, menos ponerse de acuerdo, en las diferencias que los separan.

Para intentar introducirse al tema resulta interesante comparar la situación entre sionistas y religiosos, o entre laicos y ortodoxos, con un partido de futbol. En este último hay una intención inicial de disputar el encuentro y de someterse a cuatro reglas básicas: Meter goles, evitar que los otros lo hagan, atenerse a las reglas y no agredir a sus contrincantes.

Meter goles pareciera ser la preocupación principal que debería afectar al equipo. Para lograrlo es necesaria la elección de los jugadores, la contratación de un entrenador competente y de establecer la estrategia que se va a utilizar. Ningún equipo saldría a la cancha sin haber antes considerado cuidadosamente todas las variables que afectaran el juego. De la misma manera, los religiosos dedican sus esfuerzos a estudiar y a cumplir los fundamentos que los sustentan. La mayoría de los laicos, por su parte, no se dan el tiempo y la energía necesarios para analizar las suyas propias en profundidad. Diferencia fundamental que desequilibra las opciones frente a un debate.

Evitar que le hagan goles debería ser la estrategia secundaria de cualquier equipo, pero no la principal. Para evitarlo el entrenador estudia el comportamiento de su rival y la manera como este enfrenta todas las situaciones. Manteniendo nuestra analogía podemos señalar que muchos laicos critican la estrategia de los religiosos, tal como se demuestra en el artículo que inspiró la presente columna, sin detenerse a tratar de entender los motivos que los impulsan a hacerlo. La postura de los religiosos es aún más tajante. No se detienen a pensar que sus planeamientos son excluyentes y no toman en consideración la opinión de los laicos. Quizás si ambos  grupos enfrentaran sus diferencias podrían encontrar más puntos de coincidencias que de divergencias en sus posturas.

En la columna citada, el autor señala que, durante siglos, los religiosos judíos han dado preeminencia a la Torah sobre cualquiera de las otras ideologías seculares. Destaca, el texto de la “Plataforma Jaredí para el entendimiento con el Estado de Israel”, redactado en el año 1997, del cual se desprende que el Estado debería preocuparse fundamentalmente de la seguridad física y del desarrollo económico del país, dejándoles a los religiosos la responsabilidad de inducir la visión y el contenido a las necesidades materiales y espirituales de la población.

Este último punto tiene relación con el tercer aspecto que regula los encuentros de futbol: atenerse a las reglas. En ese deporte las reglas las establece la Fifa quien, por procedimientos democráticos, fija las normas que han de regular la actividad. En la ortodoxia judía las normas son fijadas por los rabinos, cuya interpretación de la Torah no deja espacio a la discusión. Consideran que la subsistencia milenaria del pueblo judío depende de su capacidad de interpretar y trasmitir la voluntad divina mientras que aquellos pueblos que se han dejado seducir por las ideas transitorias han pasado al olvido. Los conservadores y reformistas, sectores más en contacto con la realidad contingente, interpretan el texto de la Torah de acuerdo a las tendencias ideológicas reinantes en cada tiempo y lugar. Esa situación ha conducido a dos corrientes mutuamente excluyentes que debilitan nuestra imagen frente al medio gentil.

La parasha de esta semana rechaza categóricamente la posibilidad del disenso. Koraj, personaje que le da su nombre a la parasha, era un sobrino de Moisés que pertenecía a la familia que estaba encargada del transporte del Arca. Alto honor que no dejaba satisfecho a Koraj. Creía que su parentesco tan cercano le daba derecho a un papel más relevante en los sacrificios en el Tabernáculo. Quizás aspiraba a que lo nombraran Sumo Sacerdote en reemplazo de Aarón, hermano de Moisés.

Aprovechándose de una cierta inquietud popular derivada del incidente de las codornices, relatada en la parasha Behaaloteja, y el de los espías, relatada en Shlaj, consiguió el apoyo un grupo de hombres notables, de la tribu de Rubén, y planteó su postura frente a Moisés:

“¡Demasiado es para ustedes! Pues en la asamblea entera todos son santos  y el Eterno está entre ellos; ¿y por que ustedes se exaltan por encima de la congregación del Eterno?”

Este texto fundamentaría la posición de los conservadores y reformistas que no consideran que alguien pueda arrogarse  la representatividad de la palabra divina revelada en el Sinaí. Por su parte, los religiosos se basan en la suerte que corrió Koraj para respaldar el derecho de los rabinos de entregar la única interpretación verdadera de la Torah.

Koraj se rebeló contra la designación de Aarón para ejercer el cargo de Sumo Sacerdote. Adujó que su participación en el incidente del Becerro de Oro lo inhabilitaba para ejercer dicha función. Consideraba que tal puesto le correspondía a él por ser el pariente más cercano de Moisés. El Midrash opina que, a pesar de que fuera D-s mismo quien había avalado la designación de Aarón, la divinidad no hizo más que respaldar la voluntad de su profeta quien le había insinuado el nombre de su hermano para tal alta investidura.

            La Torah es categórica en rechazar la rebelión de Koraj:

“Moisés dijo a Koraj: Tú y toda tu asamblea, preséntense mañana delante del Eterno; tú y ellos y Aarón. Que cada hombre tome su incensario, y pongan sahumerio en ellos y acérquenlo delante del Eterno, cada hombre con su incensario –doscientos cincuenta incensarios-; y tú y Aarón, cada hombre con su incensario”.

Moisés pretendía resolver la disputa de esta manera. Intentaba que desistieran de su petición recordándoles lo que había sucedido con los hijos de Aarón, Nadav y Avihu, quienes murieron por servir a D-s de una manera indebida.  Koraj y sus 250 compañeros no se dejaron amedrentar y llevaron sus incensarios frente al Tabernáculo y perdieron la vida debido a su atrevimiento. Aarón, por su parte, acercó su sahumerio delante del Eterno y salió indemne. De esta manera la Torah demostró que el sacerdocio correspondía solamente a Aarón y a su descendencia y que los que pretendían lo contrario serían consumidos por la ira divina.

En el año 70 el Segundo Templo fue destruido por las huestes romanas y toda la institución del sacerdocio debió ser remplazada por las sinagogas tal como las conocemos hoy en día. El servicio pasó a estar a cargo de los rabinos que se encargarían desde entonces de interpretar la Torah. Este conocimiento se ha trasmitido de generación en generación y ha sido plasmado en el Talmud y los cientos de libros escritos por nuestros sabios renombrados.  Los rabinos estudian durante años para interiorizarse en estas enseñanzas y sus interpretaciones, ciertas o erradas, constituyen reglas de conducta que deben ser acatados por todos aquellos que se adhieren a sus postulados.

Hoy en día existen facciones del judaísmo que comparten el postulado de Koraj que somos, en palabras bíblicas, todos santos y que tenemos el derecho de interpretar libremente la Torah sin que nos veamos, por tal motivo, sujetos a la prueba del incienso o al rechazo de algunos de los rabinos contemporáneos. Abocamos para tal efecto la cuarta regla que enunciamos para el futbol: no vernos sometidos a agresiones. Ya seamos religiosos o laicos, creemos tener el derecho de manifestar nuestras opiniones sin que nos veamos agredidos por aquellos que no concuerdan con nosotros.

Difícil tema el de la coexistencia pacífica entre sionistas y ortodoxos, entre laicos y religiosos. Me alegro de que Anajnu haya publicado un artículo la semana pasada sobre ese tema que, felizmente, coincide con la lectura de la parasha Koraj que ilumina a ambas facciones en disputa acerca de la interpretación de la Torah.

Veseata Dishmaya

 

 

 

Parasha Shelaj: El incidente de los espías  y los chistes antisemitas
2013-5773
Jorge Slachevsky Czuckerman

Han pasado más de diez días del incidente del chiste antisemita en la televisión y aún impregna mis pensamientos cuando trato de escribir esta columna. Pareciera que el relato de los espías y el chiste tuviesen una conexión secreta que me siento tentado a descifrar.

Un humorista. Un medio de comunicación negligente. Un chiste antisemita. Todos mezclados convirtieron la semana anterior que parecía normal, casi aburrida, en una en la que predominó la indignación y el desconcierto. Con casi  dos días feriados la semana se pronosticaba tranquila, tal como cualquier colmena de abejas en un paisaje bucólico. De esas naturales, las que cuelgan de un árbol, no las industrializadas que afean el panorama. De repente algo sucedió, alguien golpeó el panal y desencadenó el caos.

En el sosiego habitual nos parecemos a las abejas. Nos gusta amar, trabajar y pasear por las calles de las ciudades pensando que nos rodean personas gentiles, ocupadas, al igual que nosotros, en sus labores habituales y productivas. De repente, algo sucedió, un humorista lanzó un chiste antisemita y la tranquilidad se perdió.

El efecto del caos depende del cristal con que se mire. Como yo venía llegando de vacaciones tomé el chiste como uno más, horrible, detestable, pero solo como una manifestación más del antisemitismo latente. No lo dimensioné tal como lo hicieron otros, destacados dirigentes de nuestra comunidad, que trajeron a la palestra de la opinión pública la gravedad de lo ocurrido.

La dimensión del problema es compleja ya que, aparte de lo que realmente sucedió, despertó recuerdos que intentamos vanamente guardar en lo más profundo de nuestra conciencia. Eso es lo que hace que el efecto del chiste perdure muchos días después de haberlo escuchado.

Alabamos la actitud y coraje de nuestros dirigentes y de algunos rostros de la televisión. Abogamos, eso sí, porque aquello que defendemos con tanto ahínco esté permanentemente presente en nuestra vida y no solo en los momentos de excepción.

Para la mayoría de la población judía las enseñanzas que nos trasmite la Torah constituyen una carga difícil de soportar. Es totalmente comprensible que tras el Holocausto, y siglos de persecuciones, hayamos querido tener unas merecidas  vacaciones espirituales y nos hayamos dedicado a disfrutar de las bondades de nuestro país. Casi podríamos afirmar que Chile, desde los finales de la Segunda Guerra Mundial, se ha convertido en el paraíso que siempre intentamos recuperar y en el que D-s nos ha colmado de milagros que nos facilitan la vida.

Para los hebreos, recién liberados de la esclavitud de Egipto, el desierto también se les asemejaba al paraíso. Nuestros ancestros bíblicos, tras siglos de trabajo forzado, estaban insertos en un mundo en el que no tenían que preocuparse del sustento. El maná caía del cielo, el agua brotaba de las piedras y la protección de la Nube de Gloria envolvía al pueblo en todo momento.

A diferencia de nosotros, que no queremos que ningún humorista venga a alterar la vida llena de comodidades en que nos encontramos, pareciera ser que los hebreos no estaban tan felices con su situación.

La primera señal de tal descontento la encontramos en la parasha de la semana pasada, Behaaloteja, donde la intranquilidad se introduce al campamento y el pueblo empieza a exigir carne, ya que el maná, comida física dotada de una gran connotación espiritual, ya no los satisfacía. Recordemos que frente a tal exigencia D-s decide complacerlos y envía una cantidad tan grande  de codornices que su consumo les produjo repugnancia.

La segunda señal de descontento, relatado en extenso en la parasha Shlaj, tiene que ver con la “falta de fe”, falta gravísima del Pueblo de Israel contra la divinidad que, tras escuchar el reporte negativo de los espías, se había revolucionado y propuesto la elección  de un nuevo líder que los condujera de vuelta a Egipto. Suponían que ninguna promesa divina compensaría la muerte que iban a sufrir a manos de los gigantes que ocupaban la Tierra Prometida. D-s se enfadó y manifestó su intención de destruir a todo el pueblo rebelde y de crear uno nuevo formado solamente por los descendientes de Moisés. Este último intercedió ante su pueblo y evito la destrucción, sin poder evitar el castigo divino que los obligó a deambular cuarenta años por el desierto hasta que murió toda la generación transgresora.

Lo que D-s había asumido como falta de fe no era más que el descontento, al igual que en el caso de la carne, de un pueblo que, habiendo recibido el reporte de que las ciudades estaban fuertemente fortificadas y custodiadas por gigantes, no querían seguir dependiendo de los milagros divinos para sobrevivir. Aducían, y con bastante razón, de que la victoria no podría ser conseguida por los medios naturales y que iban a necesitar de la misma protección divina que los había mantenido sometidos, al igual que un hijo pequeño respecto a su padre, hasta ese momento en el desierto.

Cuando el hijo crece debe abandonar la tutela de su padre. Es la ley natural de la vida. Asimismo le ocurría al Pueblo de Israel que manifestaba su descontento de no poder librar sus propias batallas y de mostrar su propia cuantía frente a un D-s que se presentaba como un Padre sobreprotector. Para hacerlo tenían que dimensionar los desafíos a los cuales se tenían que enfrentar y, de acuerdo a los informes de los espías, esto no podía suceder en la Tierra Prometida.

Es por eso que el pueblo necesito continuar deambulando por el desierto por cuarenta años más. Poco a poco los grandes milagros fueron quedando en lo más profundo de la memoria y se fueron rebelando, poco a poco, contra aquella autoridad que les había dado todo en la vida pero que al mismo tiempo les impedía crecer. Una vez llegado a esta etapa estuvieron listos para enfrentar los desafíos por su cuenta. Ya no necesitaron más a Moisés y por eso éste no los acompañó en el ingreso de la Tierra Prometida. Eso sí, como todos sabemos y agradecemos, su sabiduría quedó plasmada en la Torah para iluminar a incontables generaciones.

 

El descontento mostrado, tanto en el caso de la carne como en el de los espías, fue el inicio de la personalidad del pueblo judío. Permitió que la presencia judía se hiciera permanente en el mundo a pesar de los incontables desastres que los han afectado a lo largo de su historia. Los diez espías rebeldes, a pesar de haber sido condenados a muerte por el mismo D-s que los sacó de Egipto, constituyen un hito que señala la transformación de un pueblo dependiente a uno que funda sus decisiones en el Libre Albedrío. Al hacerlo se libera de los milagros, tutela impositiva divina, pero guarda en las páginas de la Torah aquellos fundamentos espirituales que permiten que el Libre Albedrío actué de acuerdo a las normas de justicia que implantó D-s bajo el nombre de Elohim.

Poco a poco los judíos fueron conquistando las fronteras de su propia individualidad hasta llegar al siglo pasado, donde los horrores del Holocausto convencieron a la mayoría de los sobrevivientes que las enseñanzas de la Torah no eran más que fabulas de niños. De allí a creer que su propia conciencia bastaba para regular sus vidas necesitó menos de una generación para ser implantada.

Este columnista cree, al igual que algunos de  los lectores de Anajnu, que los avances científicos han llevado al hombre al progreso más extraordinario que ni siquiera Julio Verne con su vasta imaginación pudo vislumbrar. Pero, por otro lado, el pertenecer a grupos privilegiados de la población, entre los cuales somos una minoría, no nos debería evitar luchar en pos de que desaparezcan las iniquidades sociales que las páginas de la Torah querían evitar.

Es así que, separados por miles de años, los espías cuya intención era la de  acercar el mundo espiritual al material, se ven místicamente conectados con el humorista del chiste antisemita quien, con una intención totalmente diferente y perversa, nos dio la oportunidad de acercar el mundo material al espiritual.
Veseata Dishmaya

 

Parasha Shelaj: El mensaje negativo de los espías
2012-5772
Jorge Slachevsky Czuckerman

La parasha de esta semana relata la famosa historia de los espías. Parasha entretenida, fácil de leer, donde es dable encontrar el mensaje motivador. En ella, frente a la incertidumbre que producía la entrada a la Tierra Prometida, Hashem ordena a Moisés que elija un hombre notable de cada tribu; los instruya para que se dirijan a ella, observen todo y vuelvan a trasmitir sus impresiones a la asamblea. El pueblo  esperaba con ansias noticias acerca de la tierra que desconocían.

En el desierto, D-s proveía del maná que les satisfacía el hambre y del agua que les quitaba la sed. A pesar de eso, de vez en cuando el pueblo se quejaba de la monotonía del régimen al que estaban sometidos. La parasha anterior nos relata como el pueblo se quejó por la falta de carne y que D-s les envió una nube de codornices al campamento. Se hartaron de ellas y algunos llegaron a morir de tantas que consumieron.

El futuro, en cambio, les presentaba un desafío que les costaba mucho asumir. A pesar de la promesa divina se preguntaban si iban a disponer de la comida y del agua que sus familias necesitaban. Les preocupaba no estar informados del poder que tenían los habitantes de esas tierras. En su deambular por el desierto no habían tenido la oportunidad de desarrollar la motivación, la confianza en sí mismos, que les permitiera enfrentar con éxito las dificultades que se les avecinaban. Confiaban demasiado en un D-s que los había sacado de Egipto, que había destruido al ejército del Faraón en el Mar Rojo, pero que aún no les había dado la posibilidad de probarse a sí mismos en una empresa de tal envergadura.

La parasha Shelaj enfatiza una enseñanza que aún se mantiene vigente a pesar de su antiguedad: Debemos “confiar” en nuestra capacidad para superar los obstáculos que nos acechan. Esta “confianza” se logra en el seno de la familia. Vamos a contar la historia de dos de ellas. En ambas se da un ambiente en el que predomina el amor y la entrega de los recursos, emocionales y materiales, que permiten garantizar el futuro con tranquilidad. Una de ellas considera que la desconfianza se supera mediante el amor. La otra considera que el amor es insuficiente. Piensan que además del amor, la confianza es el producto de un carácter sólido, que solo se adquiere a través del  cumplimiento de las mitzvot.

Aurelio y Schmuel son dos niños que, juntos a sus respectivos hermanos, llenan de alegría y esperanza la vida de aquellos que formamos parte de sus familias. Ambos tienen cuatro años. El primero es católico, un sobrino nieto por parte de mi señora. El segundo es judío, religioso, nieto biológico mío  y afectivo de mi conyuge.

Los juntamos todos los jueves. Mi señora sale al mediodía a buscar al Aurelio al jardín infantil. Yo salgo hacia el Arrayán, al Colegio Maimónides, donde estudia Schmuel. Ambos se juntan en la casa. A cada uno se le prepara un almuerzo distinto. El Aurelio come salchichas normales. Cuidamos que no contengan cerdo, ya que en mi casa se respetan algunas, aunque no todas, las reglas de la kashrut. El Schmuel no come las mismas salchichas. Las suyas las tengo que ir a comprar a un supermercado, lejos de mí casa, donde venden aquellas que están supervisadas por un rabino ortodoxo. El Aurelio come inmediatamente que llega a la casa, tiene hambre y exige con energía su comida. El Schmuel también tiene hambre, pero ya sabe que debe esperar. El es el único que está autorizado, ninguno de nosotros puede, para encender el horno eléctrico que compramos especialmente para su uso y que fue pasado ritualmente por la mikve antes de que se usara por primera vez.

El Aurelio no usa tzitzit ni kipá. El Schmuel sí, a pesar de que a cada rato está última se le cae y solo, sin que nadie se lo diga, la recoge y se la vuelve a poner.
 
Después de almuerzo descansan un rato viendo televisión. Aurelio está autorizado a ver cualquier programa,  El Schmuel no. Su amigo se apropia del control remoto. Cambia los canales a su gusto. Schmuel firmemente le dice: No me dejan ver ese programa. El Aurelio le hace caso y busca hasta que encuentra alguno que sea aprobado por el Schmuel. Acuérdense que tienen solo 4 años. No se olvida de su enseñanza judía ni siquiera cuando el amigo le ofrece distracciones más entretenidas. Ya tiene su carácter judío formado y sabe enfrentar las situaciones que son no aptas para su aprendizaje.

¿Serán estas las únicas diferencias entre los dos niños? Hay otras. La Sandri, mama de Aurelio, esposa de un profesional destacadísimo en su actividad, exitosa intérprete universitaria, afirma seriamente que prefiere que su hijo sea simpático a inteligente. Su padre, lo educa para ser una buena persona y profesional, pero su corazón de padre está en el tenis, deporte del cual Aurelio toma clases tres veces a la semana con bastante éxito. Schmuel no es tan simpático ni tan bueno para el tenis. Se le incentiva la búsqueda del conocimiento y el apego irrestricto a sus creencias. Tanto es así que para su primer corte de pelo, el cual se hace ritualmente a los tres años, ocasión en que se invita a compartir el evento a toda la familia y a los amigos, se le regala un alfabeto hebreo cuyas letras están recubiertas con miel. En un determinado momento, crucial por su simbolismo, todos se reúnen alrededor del niño y se le da permiso para comer la golosina. Mientras que lo hace, todos corean el nombre de las letras a medida que el niño se las va comiendo, ¡Alef!, ¡Bet!, ¡Guimel!,  y así sucesivamente hasta completar las 22 de nuestro alfabeto.
 
Sin participar en ese tipo de ceremonias, los padres del Aurelio buscan traspasar a su hijo sus creencias religiosas, convencidos que le servirán de guía para conducirse por el camino correcto en su vida. Por su parte, los padres de Schmuel, judíos, quieren un poco más. Quieren mantenerse fieles a los preceptos y conductas ancestrales, trasmitidas por medio de las letras de la Torah, las mismas que Schmuel pudo disfrutar golosamente en su primer corte de pelo.

Las enseñanzas que la familia y la comunidad intentan trasmitir al niño, en esta y en otras ceremonias, no tendrían ningún valor si el que las recibe no adquiere también la “confianza”, la autoestima, que no tenía el Pueblo de Israel que salió de Egipto. Ya lo demostró con el incidente del Becerro de Oro y cuando vuelve a dudar de la promesa de Hashem respecto a las bondades de la Tierra Prometida.

Para fortalecer la “confianza” de los descendientes del Pueblo de Israel, que deambuló 40 años por el desierto, la parasha Shelaj nos entrega su mensaje fortalecedor a partir del primer versículo:

“El Eterno habló a Moisés para decir: Envía por ti hombres para que exploren la tierra de Kenan que Yo entrego a los Hijos de Israel. A un hombre por cada tribu de sus ancestros enviarán, todos líderes entre ellos”

Más adelante nos enteramos del motivo de tal misión:

“Observen la tierra que tal es, y al pueblo que habita en ella, si es fuerte o débil, poco o numeroso, y como es la tierra en la que habita: si buena o mala, y como son las ciudades dentro de las que habita”

Al volver, trayendo con ellos un racimo de uvas, tan grande que tenían que acarrearlo entre dos hombres, reunieron a toda la asamblea y diez de ellos relataron así lo observado en su viaje:

“Llegamos a la tierra a la cual nos enviaste, y ciertamente es una tierra que mana leche y miel; y este es su fruto. Sin embargo, el pueblo que habita en la tierra es vigoroso, y las ciudades son fortificadas e inmensas, y también vimos allí a la progenie del gigante”

“No podemos subir a ese pueblo, pues es más poderoso que nosotros”

“La tierra que atravesamos para explorarla es una tierra que devora a sus habitantes y todo el pueblo que vimos dentro de ella eran hombres descomunales”.

Uno solo de los espías, Caleb,  alzo su voz para trasmitir su mensaje con la “confianza” que le daba la certeza de que los enemigos podían ser derrotados:

¡Ciertamente hemos de subir y tomarla en posesión, pues sin duda podemos hacerlo!

La asamblea, no escuchó las palabras que irradiaban “confianza” de Caleb, más bien prefirieron escuchar la voz “pesimista” de la mayoría de los enviados, y se rebelaron contra Moisés y Aarón, exigiéndoles el regreso a Egipto. En esta parte de la narración leemos la respuesta de  Hashem:

¿Hasta cuando me provocará la ira este pueblo? ¿Y hasta cuando no creerán en Mí, con todos los signos que Yo he hecho en su seno?  Lo abatiré con plagas y lo desterraré.

Frente a esta amenaza Moisés, con toda la confianza puesta en su capacidad de liderazgo, le contesta:

“Si das muerte a esta nación como un solo hombre, dirán los pueblos que han oído de Tu fama, diciendo: Debido a la falta de capacidad del Eterno de llevar a esta nación a la tierra que El les había jurado, El los degolló en el desierto”

Moisés continúa con sus argumentos, hasta que convenció al Eterno que tenía que echar píe atrás sus amenazas:

“He perdonado conforme a tu palabra”

De estos textos citados podemos deducir una enseñanza bien importante. Debemos actuar con confianza, pero, si las circunstancias lo ameritan, o si escuchamos argumentos sólidos en contrario, como los que Moisés profirió a Hashem, debemos retrotraer nuestros pasos y dirigir nuestras acciones hacia rumbos que se perfilen como más auspiciosos. Lo contrario sería confundir la confianza con la arrogancia que, como sabemos, hace tanto daño a las relaciones y que, en el caso del Aurelio y el Schmuel saben llevar con tanta sabiduría, a pesar de sus cortos años.

Finalmente no queda más que plantear una pregunta: ¿Es lícito aplicar un castigo por la actitud de nuestro semejante que nos contrarió? Hashem sí lo hizo:

“En este desierto caerán los cadáveres de ustedes y todos sus contados en cualquier cómputo, de veinte años en adelante, quienes ustedes hicieron que se quejaran contra Mí, que no entrarán en la tierra acerca de la cual alcé Mi mano para hacerla en ella, excepto Caleb hijo de Yefuné y Yeyoshúa hijo de Nun. Pero sus hijos pequeños, de quienes ustedes dijeron que será cautivos, Yo los haré entrar y conocerá la tierra que ustedes han despreciado”.

¿Se estará refiriendo al Aurelio y al Schmuel?

Veseata Dishmaya

 

 

Parasha Behaaloteja:
La luz que ilumina nuestro camino
2014-5774
Jorge Slachevsky Czuckerman

¿A quién no le gustaría vivir rodeado de milagros? Jugamos al Kino o al Loto esperando un acto milagroso que nos transporte de la realidad a la ilusión en un solo acto de suerte. Como no podemos depender de esos juegos de azar para modificar nuestra propia realidad acostumbramos criticar la manera como los demás enfrentan la suya o nos quejamos, a veces amargamente, por la que nos tocó vivir.

En el primer caso cometemos una transgresión que se conoce como Lashon Hara y su castigo bíblico es la tazria, afección cutánea de origen espiritual, que ya hemos descrito en las parashyot anteriores.

La segunda, la queja injustificada, es tratada en la parasha de esta semana, Bejaaloteja. El pueblo se encuentra aburrido de comer maná, alimento provisto por la divinidad en el desierto, y se queja amargamente. Pareciera ser que esta queja no es más que el reflejo de  una situación más compleja que la parasha nos intenta trasmitir.

Una y otra vez la Torah nos relata de como el hombre intenta alejarse del estado espiritual que forma parte integral de su esencia. Un hombre que se olvida que está compuesto por la mezcla del polvo de la tierra y del soplo divino. Que siempre que intenta renegar de su espiritualidad es castigado por dicha falta. Sabemos que Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso por ese motivo. Comieron del fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal intentando exaltar su naturaleza física en desmedro de la espiritual. Los liberados por Moisés construyeron el Becerro de Oro en un vano intento de exaltar su apego a lo material. Posteriormente tuvieron que deambular por 40 años por el desierto debido a que los espías se quejaron de que iban a tener que enfrentarse a grandes desafíos en la Tierra Prometida.  

En la parasha Bejaaloteja el Pueblo se queja una vez más y clama por carne. La divinidad no los castiga y los provee de codornices que sacian su apetito. En un vano intento por  motivar un acercamiento a lo espiritual en vez de castigar el apego a lo material acude a la luz, símbolo por excelencia de una trascendencia superior, y le señala a Moisés que debe solicitarle a Aarón que prenda diariamente la luz de la menorah.

Nosotros también debemos prender diariamente nuestra menorah interior. Buscar nuestro propio camino que nos conduzca a nuestra propia Tierra Prometida. Debemos olvidarnos que esta no pasa calumniando a nuestros semejantes o quejándonos de aquello que nos molesta. La Torah nos enseña que dicho camino es fructífero cuando nos guiamos por la luz y no nos desviamos por los espejismos que nos intentan seducirnos. Luz que nos conduce por el camino de la sabiduría que siempre estará disponible para nosotros siempre que sepamos buscarla.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Behaaloteja:
¿Vacaciones espirituales o realidad cotidiana?
2013-5773
Jorge Slachevsky Czuckerman

            ¿Te has tomado algunos días de vacaciones de invierno en la playa? Yo acabo de hacerlo. Estuvimos nueve días en Concón con  mi señora. Lo pasamos estupendo. Recorrimos caletas y balnearios que no habíamos visitado desde hace años, compartimos con amigos que decidieron jubilarse en la playa, caminamos y comimos harto, tomamos un poco más que en Santiago y disfrutamos al máximo de todos los detalles que la maravillosa naturaleza del litoral chileno nos pudo ofrecer.

            La vuelta a la capital no nos tomó más de dos horas. Tiempo corto pero lo suficientemente largo como para poder volver abruptamente a la realidad.

            En la parasha de esta semana, Behaaloteja, el relato también nos conduce de la ilusión a la realidad. La primera está simbolizada por el maná, alimento provisto gratuitamente por D-s durante los días de la semana. La segunda por las codornices que el pueblo recibió después de haber exigido carne verdadera a la cual se le pudiera hincar el diente.

            Concón y Sinaí se parecen al mostrarnos aspectos diferentes de la realidad. Una nos proporciona los placeres que ya describimos. La otra una espiritualidad que nos aleja de nuestra experiencia cotidiana. Sentimiento que solo permitimos que afloren en los momentos culmines de nuestra vida: nacimientos, Bar Mitzva, matrimonios, funerales y Yorzait de nuestros seres queridos. Todos momentos de claridad espiritual que nos esforzamos en hacer desaparecer, rápidamente, antes que se nos haga permanente, la presencia de la futilidad de nuestras vidas en nuestras conciencias.

            Moisés representa, tanto para la generación del desierto como para la nuestra, la victoria de la trascendencia sobre la mezquindad. Del ser sobre el hacer. De los momentos excepcionales sobre los normales.

            Un año ha transcurrido en la Torah desde el Éxodo de Egipto. Vacaciones espirituales llenos de acontecimientos extraordinarios. Definidos como milagros pero que no son más que el atisbo de un mundo desconocido que penetra en la realidad habitual. Tan desconcertante como el rayo que ilumina la noche tormentosa. Relámpago espiritual que les permitió presenciar la Revelación en el Sinaí, alimentarse con el Maná, beber el agua del Manantial de Miriam y protegerse con las Nubes de Gloria.

            Había llegado el  momento de atravesar el desierto antes de entrar a la Tierra Prometida. Viaje no tan  largo que no debería durar más de una semana para los estándares de la época bíblica. Duró, como todos sabemos, cuarenta años durante los cuales las vivencias de los protagonistas se fueron apagado levemente  por el tiempo.

 Las vacaciones espirituales que vivieron tras la esclavitud en Egipto tenían que dar paso a otra realidad. Los milagros divinos tendrían que dar paso al esfuerzo humano. Cada cual aportaría, de acuerdo a sus propios talentos, a la construcción de la sociedad que se quería implantar en la Tierra Prometida.

Desde la salida de Egipto el sustento había estaba asegurado. No había necesidad de trabajar para comer. El maná caía del cielo y parecía que no había que hacer nada para lograrlo. Pero, en el desierto, ocurrió algo que hizo que el pueblo acudiera a Moisés rechazando el maná y exigiendo que se les proporcionara carne: ¡Estaban aburridos de comer tantos alimentos espirituales! Es así que podemos leer en la parasha:

“Y la chusma agregada que estaba en su interior sintió ansias y, de nuevo, también los Hijos de Israel lloraron junto con ellos; y dijeron: ¡Quien nos diera a comer carne! Recordamos el pescado que solíamos comer gratis en Mitzráim; los pepinos, las sandias, el puerro, las cebollas y los ajos. Pero ahora nuestra alma está seca y no hay nada, salvo el maná que esta ante nuestros ojos”

Moisés era un gran profeta. Su conexión con la divinidad era tan grande que no le molestaba que el maná constituyera un alimento espiritual que, aunque sus nutrientes permitieran la sobrevivencia física, no satisfacían la necesidad de regocijarse frente a la diversidad de imágenes, aromas y texturas que los alimentos naturales proporcionan a los sentidos.

Las necesidades espirituales de Moisés eran distintas a la de los Hijos de Israel. El profeta se quejó amargamente frente a esta aparente traición que sentía. Solicitó a Hashem que le de muerte. D-s, mentor y consuelo espiritual de Moisés, advirtió la necesidad que tenía el pueblo de satisfacer sus necesidades físicas y envió sobre el campamento una nube de codornices. El pueblo comió tanta carne durante un mes hasta que, tal como lo afirma la parasha:

 “…les salga por sus narices y se vuelva repulsivo para ustedes, como consecuencia de que ustedes han despreciado al Eterno que está en el interior de ustedes y han llorado delante de Él, diciendo: ¿Para qué hemos salido de Mitzráim?”

Interesante versículo que nos aclara dos cosas. La primera es la necesidad que tenemos cada uno de descubrir la parte espiritual que radica en nuestro interior. La segunda nos impulsa a tomar consciencia que la fisicaleidad, aunque grata y deseable, puede esclavizarnos al igual que al Pueblo de Israel en Egipto y debemos liberarnos de las cadenas que nos impone.

Cada cual enfrenta su parte espiritual de acuerdo a su propia personalidad, intereses y medio ambiente dentro del cual le tocó vivir No hablaremos de la confrontación entre religiosos y ateos ya que su acceso recurrente a los mismos argumentos ha vuelto aburrida su discusión. Más bien analizaremos los conceptos de necesidad e inspiración que afectan la forma en que cada uno enfrenta su parte espiritual.

Aquellos que abandonaron Egipto para adentrase a un mundo desconocido estaban movidos por la necesidad. La situación en su lugar de origen se había hecho intolerable e intentaban recobrar la libertad de la que disponían cuando, guiados por Jacob, e inspirados por Abraham e Isaac, habían ingresado a un nuevo país donde, bajo la protección de José, se les había permitido instalarse en una zona privilegiada.
 
Lo que movía al pueblo era la necesidad de recobrar la libertad perdida.

Moisés, por su parte, nacido hebreo pero criado en la corte egipcia, lo movía la inspiración de conectarse con su centro espiritual y el de conducir a su pueblo a la Tierra Prometida. En esta última, lugar donde manaba en abundancia la leche y la miel, tendrían la oportunidad de conectarse con la divinidad y de elevar el mundo que los rodeaba al nivel que nuestro profeta ambicionaba.

La necesidad no se origina en la inspiración. La primera es la consecuencia de la exigencia que nos impone nuestra fisicaleidad. La segunda ocurre cuando nos dejamos llevar por el deseo de un crecimiento espiritual que, en momentos especiales y significativos, nos embarga cuando pareciera ser que la divinidad nos está mostrando el camino correcto.

Moisés intentó, tras la Revelación del Sinaí, continuar guiando a un pueblo cuya inspiración debería mantenerse incólume frente a las necesidades físicas. No tomo en consideración que el tránsito de lo extraordinario a lo cotidiano, como ya lo expresamos anteriormente, va reduciendo el grado de inspiración de aquellos que no se sienten particularmente llamados a vivir motivados por su interior espiritual.

Los insistentes reclamos que podemos leer en la parasha Bahaaloteja no eran más que una forma de alejarse de la experiencia religiosa que les imponía Moisés. Los reclamos son una manera de  rechazar la inspiración espiritual que nos impone nuestra propia naturaleza. El poder expresar a viva voz nuestra disconformidad con lo que el líder nos está señalando aquieta nuestra conciencia. Es una manera efectiva de acallar esa vocecita de nuestro interior que intenta conducirnos en una dirección diametralmente opuesta a la que el mundo natural nos conduce.

Cada cual debe resolver su propia proporción entre necesidad e inspiración de acuerdo a su conciencia. Para eso nuestra sociedad está conformada por infinidad de instituciones que recogen nuestras inquietudes y que nos permiten incorporarnos de acuerdo a nuestros propios intereses. Allí está el secreto de la liberación de Egipto y nuestro viaje a la Tierra Prometida. Buscar la libertad que nos permita desarrollarnos como personas individuales dotados de Libre Albedrío. La parasha Behaaloteja, con su inicio de un deambular por el desierto, nos entrega la posibilidad de detenernos, cuan vacaciones espirituales, para confrontar nuestras propias necesidades e inspiraciones y elegir libremente la opción que más nos acomode.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Bejaaloteja:
La inspiración de la menorah
2012-5772

Jorge Slachevsky Czuckerman

 

            A veces hay ciertas coincidencias notables en la vida. El viernes de la semana pasada fui a rememorar los yorzait de mi mamá a la sinagoga de la Comunidad Israelita de Santiago. Todos tenemos que reconocer que es un templo magnifico. Deslumbra con su diseño y los detalles de su ornamentación. Terminado el servicio, emocionado, pues el rabino recordó a mi mama durante el kadish, salimos al salón de acceso a disfrutar del kidush. Mientras estábamos allí tome conciencia, quizás por primera vez, que la fuente que se encontraba en el patio de la derecha era, en realidad, una menorah en la cual se había reemplazado la luz del aceite por siete columnas de agua, cuyo efecto se asemeja, de una manera impactante, al fuego que irradiaba el candelabro en nuestro destruido Templo Sagrado. Al salir, por la izquierda, encontramos el gran patio central donde, otra gran menorah, esta vez de metal bruñido, reflejaba la escasa luminosidad nocturna, intentando hacernos creer que su potencia se asimilaba al fuego ancestral que las legiones romanas apagaron tras la destrucción del Templo. La sinagoga, custodiada por ambas menorah, cumple, al igual que en nuestro Templo en su oportunidad, la función aglutinadora de una parte importante de la comunidad.

            Al salir de la sinagoga me olvidé rápidamente de las reflexiones que me habían surgido durante el kidush. No relacioné las dos menorah con la parasha Behaalotejá que tenía que comentar para Anajnu. No fue hasta la mañana del sábado, cuando volví a leer el texto de la parasha, que me di cuenta que lo vivido la noche anterior, en la que rememoré la presencia de la luz física que mi madre irradiaba, estaba conectada, mucho más allá de lo que yo creía, con la luz espiritual de la Torah cuya menorah constituía su vehiculo material.

            Durante la víspera del Shabat, cuando la oscuridad envuelve los patios exteriores, en los instantes en que la iluminación tenue destaca la luz que irradian las dos Menorah, aparece reflejada en ellas el simbolismo de la luz espiritual que separa, inexorablemente, la vida de la muerte, la trascendencia del Shabat de la contingencia semanal, el hacer del ser. En ese momento, inspirados por el Kabalat Shabat compartido, se nos recuerda que debemos encender la luz de nuestro corazón a la realidad suprema que la menorah nos señala.

Asimismo, de acuerdo a la parasha Behaalotejá, pareciera que la Torah nos quisiera enfocar en esa misma trascendencia, condición vital del ser humano, cuando encomienda a Aarón disponer de las seis lámparas exteriores de la menorah de modo que sus luces se proyecten hacia el brazo central: 

            “El Eterno habló a Moisés, para decir: “Habla a Aarón y dile: Cuando enciendan las candelas hacia la parte frontal del Candelabro deberán alumbrar las siete candelas”.

Para entender este versículo debemos considerar que la Torah tiene un fondo más complejo que las que nos otorga la simple lectura de sus textos. Aparte de contener narraciones, leyes y detalles históricos que nos entretienen o nos aburren, nos atraen o nos rechazan, nos enseñan o nos obligan; todas juntas conforman la vestimenta de la Luz que contiene la Torah. Debemos descubrir, tras un estudio minucioso de sus parashyot, el mensaje que su texto busca trasmitir, el que esta escondido tras sus letras. El Zohar, libro por excelencia de los Kabbalistas, nos enseña que D-s creó todo el universo usando como materia prima la misma Luz con que nos ilumina, en forma material,  la menorah descrita en la parasha Behaalotejá.

A diferencia de un candelabro común, en el que se intenta que la luz se propague a la mayor cantidad de espacio posible, en la menorah se pretende que la luz se enfoque en el centro del candelabro, obviando de alguna manera la importancia del espacio circundante. Algo novedoso nos quiere trasmitir el versículo cuando focaliza la luz en el centro prescindiendo de la periferia.

Centro y periferia, interesante dupla que se debate entre el derecho de los individuos de manifestar su “singularidad”, descrito en extenso en mi última columna, y el derecho de la sociedad de evitar que las “singularidades” actúen como una fuerza centrífuga que destruya irremediablemente el sistema establecido.

La Torah no está ajena a esta contradicción de la cultura humana. Ya en la parasha Bamidbar pudimos leer la descripción de cómo se organizaba  el campamento en su deambular por el desierto. La posición de cada tribu estaba fijada en la Torah de acuerdo a un orden estricto. Todas rodeaban, y protegían, al Tabernáculo que se encontraba en su centro. Todas las miradas se enfocaban a ese punto central. Posición que guarnecía todo aquello que se consideraba sagrado. Todo lo eterno, inalterable, no sujeto a discusión. Baste recordar lo que les sucedió a los hijos de Aarón cuando intentaron transgredir las normas impuestas por Hashem. Las tribus, por su parte, representaban la periferia, lo efímero, lo transitorio. Todo lo humano, lleno de diferencias y contradicciones. Todas las “singularidades” que se reflejaban en la cotidianidad habitual y que conducían a altercados que solo eran minimizadas por la presencia  del Tabernáculo, garante de la armonía en el centro.

Tensión en la periferia que se enfocaba en un centro inalterable que limitaba las asperezas. ¿No es esta la función de la religión? Situación simbolizada en la menorah: Cada uno de los brazos del Candelabro mantiene su “singularidad” en la conjunción común. La forma que toma la llama individual se diferencia de todas las demás. Pero, inevitablemente, todas juntas, se enfocan hacía un centro indivisible.  Simbolizan el hecho, aun discutido en nuestro querido Chile, que se pueden tolerar las diferencias individuales siempre que se reconozca y respete el bien común. Ese Bien, tan cuidado, antes en el campamento bíblico, ahora en las ciudades y campos republicanos, no es más que la Luz emitida por la menorah retratada tan bellamente en la parasha Behaalotejá. Luz diferente a la que brilla en los hogares. Luz que aglutina en su “centro” a todo el campamento, a toda la comunidad y a toda la nación.

Veseata Dishmaya

 

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Parasha Naso: Adaptación o transgresión
2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

La parasha Naso nos habla en un lenguaje simbólico de un fenómeno que afecta en nuestros momentos a la sociedad: la proliferación de los extremismos que, en su intento por transgredir las normas tradicionalmente aceptadas, entran en conflicto con aquellos que intentan adaptarse a ellas pensando que ese es el mejor camino para mantener la convivencia social.

Para aquellos que definen sus ideas o acciones de acuerdo a lo que les dicta su intelecto, la doctrina del “justo medio” no los satisface en lo más mínimo y buscan en los “extremos” la solución a sus inquietudes. En algunos casos, los más moderados, intentan modificar su entorno ajustándose a los procedimientos establecidos, intentando cambiar las leyes y normas de convivencia, mientras que los más exaltados, recurren a la violencia, con su secuela de terror y muerte para lograr su objetivo cuyos resultados observamos diariamente en los noticieros de la televisión.

Podríamos decir que el “justo medio” atraería a quienes han decidido vivir su vida en una forma profana, acercándose a lo sagrado de acuerdo a las normas establecidas, mientras que los que abogan por los “extremos” buscarían un atajo para lograr sus ideales.

La vida cotidiana se encontraría pues en el ámbito de lo profano mientras que los ideales se ubicarían en el de lo sagrado, una nebulosa que por alejarse de lo habitual sería de difícil acceso y que para acceder a ella se necesitaría transgredir con lo establecido.

Lo sagrado, entonces, sería un ámbito separado de lo profano, que fascinaría y a su vez horrorizaría al hombre. Habría una fuerza que le impulsaría a buscarlo, a transgredir lo convencional. Por un lado buscaría infructuosamente encontrar el misterio que se esconde tras el velo que lo rodea. Por otro tendría consciencia del peligro que representa. La historia de la muerte violenta de Nadab y Aviyu, los hijos de Aarón son un reflejo bíblico de sus peligros. Le asusta el conocimiento al cual podría acceder y de conocer la “Verdad” que podría alterar su vida habitual. Le angustia la intensidad de lo que podría descubrir y sus posibles consecuencias pero le atrae su misterio ensoñador.

La parasha Naso se introduce en esta problemática pero se aleja de los argumentos conceptuales para introducirse en el alegórico para trasmitirnos su mensaje. Lo hace a través del relato de la sotah, la mujer casada acusada de adulterio, que transgrede las normas sociales en su afán de alejarse de los límites impuestos por los impulsos físicos, y la del nazir, que transgrede el comportamiento habitual en su búsqueda de un mayor acercamiento a una realidad espiritual que le resulta esquiva.

Maimónides intentó conceptualizar estos impulsos. Para hacerlo se introdujo en la diferencia entre el hakham y el hasid. El primero, el sabio, circula por el camino del medio trabajando sobre sus impulsos para evitar que estos lo deriven hacia los extremos. El segundo, el piadoso, busca justamente en los extremos el camino para acercarse a lo sagrado.

En la parasha anterior, Bamidbar, observábamos como la estructura social del Pueblo de Israel estaba amoldada a una disposición social que definía la posición de cada uno dentro de la comunidad. Se nacía Kohen, Levi o Israel y así se mantenía, al igual de las castas hindúes, a lo largo de toda la vida del individuo. Las fronteras entre los distintos estamentos no se podían traspasar y estaban definidas por la herencia. Resulta extraño que una persona podía ser Kohen o Levi y seguir siéndolo sin que nadie discutiera si sus atributos espirituales lo hacían merecedor de tan alta investidura. El que nacía Israel, por su parte, no le quedaba más que acomodarse a la corriente que lo arrastraba. No podía manifestar su mayor espiritualidad de otra manera que convirtiéndose en nazir, un estado que lo hacía elevarse al nivel de un Kohen por un tiempo determinado.

Nos queda preguntarnos si los ortodoxos actuales, con sus vestimentas tan especiales  y sus costumbres tan arraigadas son fundamentalistas, apegados a los extremos, como lo tildan los laicos que tanto los critican, o convencionales que se ajustan al “justo medio” de acuerdo a la clasificación señalada por Maimónides.

Al hablar con ellos se aprecia que la motivación que los conduce es la de “cumplir” con los estatutos señalados en la Torah y no la de transgredir sus indicaciones acercándose a los extremos. Eso los haría que su existencia estaría basada en “adaptarse” a lo que sus sabios del pasado les señalaron, ya sean  en las páginas del Talmud o las de tantos otros libros que recogen la exegesis sobre la Torah. La trasgresión y los extremos estarían alejados de sus acciones por lo que la aproximación a lo sagrado que busca el nazir no serían aceptadas.

            El nazir contemporáneo nos rodea en la actualidad y su comportamiento nos afecta con su búsqueda de lo sagrado. No importa que sea laico o religioso su búsqueda nos afecta en nuestro diario vivir y sus consecuencias, a la larga, incorporaran a la sociedad los cambios que ésta debe efectuar si quiere mantenerse en la senda del progreso y las reivindicaciones sociales. Hacemos votos que esta mezcla de nazir con Israel, hakham con hasid, adaptado con transgresor, profano con sagrado permita el advenimiento de una sociedad más justa. La Torah, con sus enseñanzas, intenta desde  hace milenios, trasmitirnos esa manera de vivir y depende de nosotros que ésta realidad se haga efectiva en nuestros tiempos.

 

Veseata Dishmaya

 

 

Parasha Naso: Algunas leyes inexplicables de la Torah
2013-5773

Jorge Slachevsky Czuckerman

            La parasha Naso marca el inicio de una nueva etapa de un viaje que se origina en el Sinaí y que conducirá, finalmente, a la Tierra Prometida.   

            En parashyot anteriores se describió en extenso la construcción del Tabernáculo. También fueron designados los encargados de cumplir las labores sacerdotales y se fijaron las restricciones que estos deberían asumir para mantener un grado de santidad acorde con su alta investidura. La parasha Naso se inicia con el censo de aquellos que estarán encargados del transporte de los distintos elementos que componen el Tabernáculo y fija, con lujo de detalles, a quienes les corresponde transportar cada uno de ellos.

            El relato continúa con la implementación de cinco leyes que, aparentemente, no guardan una relación consistente entre ellas y que ha hecho que los comentaristas se hayan dedicado, durante siglos, a desentrañar las enseñanzas que se puedan deducir de ellas. Vamos a describirlas someramente para que el lector saque sus propias conclusiones.

            La primera ley trata de la exclusión del campamento de aquellos que nos son considerados aptos para convivir con los demás:

            “El Eterno habló a Moisés, para decir: Ordena a los Hijos de Israel que envíen fuera del campamento a todo individuo aquejado de tzaráat, a todo el que tenga una emisión y a todo el que haya sido contaminado por un cadáver”.

            Lo interesante de recalcar es el motivo, expuesto a continuación, de por qué D-s exige esta expulsión:

“para que no contaminen sus campamentos donde Yo resido en el interior de ellos”

La segunda ley se refiere a la compensación económica que debe cancelar aquel que haya ocasionado un perjuicio material o financiero a otra persona:

“El Eterno habló a Moisés, para decir: Habla a los Hijos de Israel: Un hombre o una mujer que cometa cualquiera de todos los pecados del ser humano al cometer un delito contra el Eterno, y tal persona se haga culpable, deberán confesar su pecado que hayan cometido, y deberá restituir su deuda en su monto principal, añadiéndole su quinta parte”.

La  tercera  ley describe cuando una mujer puede ser denunciada por su marido cuando este sospecha de una supuesta infidelidad:

“El Eterno habló a Moisés, para decir: Habla a los Hijos de Israel  y  diles: Cualquier hombre cuya esposa se haya descarriado y haya cometido deslealtad contra él, habiendo podido un hombre yacer con ella en relación carnal -pero fue ignorado de la vista de su marido- y ella se recluyó en secreto y pudo haberse mancillado, no habiendo testigo de ella, y ella no fue atrapada”.

Más adelante señalara el curso de acción que debe tomar el marido cuando, según él, se hayan dado las condiciones anteriores:

“Ese hombre llevará a su esposa al kohen….Este la hará acercarse y la hará pararse frente al Eterno. El kohen tomará agua sagrada en un recipiente de barro, y del polvo que haya en el suelo del Tabernáculo el tomará y lo pondrá en el agua. El kohen hará que la mujer se pare delante del Eterno y descubrirá la cabeza de la mujer…..la hará jurar…..si no te has descarriado…quedaras libre de esta agua….pero si te has descarriado…..esta agua entrará en tus entrañas para hinchar el vientre y desplomar el muslo…”

Bastaba que el marido tuviese una sospecha para que se le aplicara a la mujer  la odisea anterior:

“Si sobre un hombre pasa un espíritu de celos y haya celado a su esposa, y hace que la mujer se pare delante del Eterno, entonces el kohen le aplicará a ella toda esta ley”.

Y la conclusión final de esta ley es aún más desconcertante:

“Y el hombre quedará libre de iniquidad, y la mujer cargará con su iniquidad”

La cuarta ley habla del nazir, nazareo, que decide voluntariamente excluirse momentáneamente de algunas conductas habituales de la comunidad:

“El Eterno hablo a Moisés, para decir: Habla a los Hijos de Israel y diles: Cuando un hombre o una mujer se aparte pronunciando un voto de nazareo a fin de abstenerse para el Eterno; de vino y vino añejo se abstendrá…..Todos los días de su voto de abstinencia la navaja no pasará por su cabeza…..Todos los días de su abstención para el Eterno no se llegará a una persona muerta….Todos los días de su abstinencia consagrado es para el Eterno”

La quinta ley habla de la Bendición Sacerdotal que, todavía hoy en día, los kohen irradian sobre la comunidad:

“El Eterno habló a Moisés para decir: Habla a Aarón y sus hijos, para decir: Así bendecirán a los Hijos de Israel, diciéndoles: El Eterno te bendecirá y te protegerá; el Eterno hará que Su semblante se ilumine hacia ti y te agraciará; el Eterno alzará Su semblante hacia ti y establecerá paz para ti.

Después de haber establecido estas cinco leyes el relato continúa describiendo las ofrendas que los líderes de las tribus, las cabezas de las casas paternas, ofrecieron para el traslado del Tabernáculo:

“Ellos trajeron sus ofrendas delante del Eterno: seis carretas cubiertas y doce toros….y las acercaron delante del Tabernáculo. El Eterno dijo a Moisés: Tómalos de ellos, y que sean para desempeñar el Servicio de la  Tienda de la Cita; los entregarás a los levitas, a cada hombre según su trabajo”

A continuación la Parasha describe las ofrendas, distintas a la anterior, que traerá el líder de cada tribu para la inauguración del altar. Estas están descritas exhaustivamente:

“El que ofreció su ofrenda en el primer día fue Najshón hijo de  Aminadab, de la tribu de Yehudá. Y su ofrenda fue: una jofaina de plata cuyo peso era de ciento treinta ciclos, una escudilla de plata se setenta siclos, según el ciclo sagrado, ambas llenas de sémola revuelta en aceite, para la oblación; un cucharon de diez siclos de oro, lleno de sahumerio; un novillo, un carnero y un cordero de un año para ofrenda de ascensión; un macho cabrío para ofrenda de pecado, y para el sacrificio de la ofrenda de paz, dos bovinos, cinco carneros, cinco chivos y cinco corderos de un año”          .

La parasha sigue enumerando de la misma manera las ofrendas de los líderes de las once tribus restantes. Lo increíble es que las ofrendas son idénticas entre sí y la parasha no trepida en copiarla once veces.

Si quisiésemos referirnos a las distintas interpretaciones que le dan los comentaristas a todo lo que hemos resumido en esta columna tendríamos para escribir un libro. Imagínense que su pura enumeración nos ha tomado el largo de una columna normal de las que escribo cada semana. Queda como tarea que cada cual saque su propia conclusión acerca  de algunas leyes inexplicables de la Torah. Estas dejan el campo abierto para que los extremistas puedan someter a la mujer fundamentando su acción en las palabras textuales de la parasha.

Las enseñanzas de esta, y otras parashyot, hay que extraerlas de una exégesis cuidadosa del texto. No debemos leerlo en forma literal, tan ofensiva para el género femenino, sino que debemos intentar comprender lo que realmente el texto nos quiere trasmitir. Quizás podamos sacar una enseñanza cuya profundidad trascienda la interpretación de los literalistas que la ocupan para esconder sus propias inhibiciones. Si así fuese queda abierto el tema para la columna del próximo año.

Veseata Dishmaya

 

 

 

 

 

 

 

Parasha Bejukotai: El final del Levítico

2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

 

Vivimos en el siglo XXI y la parasha Bejukotai plantea premios y castigos  que parecieran remontarse al ya olvidado XIX. A pesar de que hay muchos miles de judíos que han retornado a un tipo de religión tradicional, lleno de Mitzvot que regulan cada uno de los aspectos de la vida cotidiana, hay muchos otros, como este columnista, que les gustaría considerarse religiosos a pesar de no cumplir con los preceptos señalados en la Torah.

No sólo de Mitzvot trata la Torah. En las últimas columnas hemos comentado alguno de sus temas que nos enseñarían a convertirnos en mejores personas. Hemos hablado de la santidad. De aquel estado especial que logramos cuando hemos superado nuestras propias limitaciones. También describimos la Cuenta del Omer que nos muestra el camino para lograrlo. Señalamos las ventajas de descansar un día a la semana y de abstenernos de trabajar la tierra cada siete años. El hacerlo nos enseñaría a liberarnos del yugo de la naturaleza y a conquistar nuestra propia libertad. Todas enseñanzas que paulatinamente nos permitirían alcanzar una madurez espiritual que, en el fondo, a todos, hasta los más escépticos, nos gustaría lograr.

Leemos con atención como se van desenvolviendo los acontecimientos y enseñanzas durante la lectura de la Torah. Intentamos asimilarlos con nuestra vida. Intentamos sacar lecciones provechosas de ella. No existe una escuela universitaria donde nos enseñen a vivir la vida y desarrollar nuestra consciencia como lo hace la Torah. Los medios de comunicación no nos ayudan mucho en nuestro intento. Nos muestran con insistencia las aristas más negativas de la sociedad. Lo único que conseguirían es hacernos creer que la vida no tendría sentido y que lo único que nos quedaría por hacer es intentar sacarle el mayor provecho, consumir sin limitaciones, mientras se pueda.

La Torah, por su parte, intenta entregarnos directrices para vivirla de una manera más provechosa. No lo hace de una manera inocua. Después de señalarnos el camino, el cual exige mucho estudio para descubrirlo e implementarlo, pareciera que pierde la confianza en que el lector pueda recorrerlo con éxito. Recurre a un método arcaico, el premio y el castigo, como si fuésemos niños, para obligarnos a cumplir sus preceptos.

No creemos que las amenazas nos ayuden a cumplir con nuestro objetivo. Ya previamente, en el Libro que estamos terminando, se nos delineó el camino a la Tierra Prometida a la cual deberíamos aspirar. Esta simbolizaría la concreción de todos nuestros anhelos espirituales. Durante el desarrollo de los dos últimos libros de la Torah intentaremos acceder a ella.

Tampoco creemos que sometiéndonos a las imposiciones que nos señala la Torah podremos lograrlo. Tampoco creemos que abandonando todos esos preceptos, tal como lo hicieron los cristianos, lo lograremos. Estamos viviendo una etapa difícil de la historia de nuestro pueblo. Las Mitzvot, cuyo cumplimiento mantuvo unido al Pueblo durante su exilio milenario, parecieran obsoletas frente al impulso avasallador del progreso que nos encandilaría con sus ofrecimientos.

Por su parte, el progreso nos vuelve a esclavizar con lazos más amables que los de las Mitzvot. Sus imposiciones nos hacen recordar la época cuando nuestros ancestros se instalaron en Egipto. Al principio les ofrecieron puras ventajas materiales para luego verse sometidos a la opresión más severa. Solamente el anhelo de la Tierra Prometida, en la cual se verían libres del yugo opresor, los mantuvo fieles a sus convicciones.

Debemos buscar en las páginas de la Torah el mensaje que nos liberaría de la esclavitud de nuestros tiempos, la tecnología, que aunque imprescindible para la vida moderna, nos volvió a introducir a un Egipto siempre presente que nos deslumbra con sus brillantes atracciones.

No nos podemos liberar de su opresión leyendo la parasha Bejukotai. Sus amenazas, aunque hayan resultado ciertas a lo largo de la historia judía, no puede constituir la base de sustentación de un destino mejor desprovisto de las cadenas, consumismo, del mundo que nos toca vivir.

Quizás leyendo y comentando los dos últimos libros de la Torah encontremos nuestro camino sin vernos obligados a hacerlo por las amenazas descritas en la parasha Bejukotai.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Bejukotai

2012-5772

Jorge Slachevsky Czuckerman

 

Esta semana nos toca comentar la parasha Bejukotai, la cual nos resulta especialmente interesante por diversos motivos. El primero, por la tremenda importancia que tienen algunos de los decretos que aparecen en ella, tanto que en cada servicio los repetimos con especial devoción y eso ha ocurrido durante siglos con incontables generaciones. El segundo porque esta parasha, aparte de ilustrar valores y formas alternativas de vida, describe ciertos rasgos particulares que nos definen como judíos.

En esa parasha podemos leer:

 “Si siguiereis Mis decretos y observareis Mis preceptos y los realizareis,  entonces Yo proveeré vuestras lluvias en su tiempo, la tierra dará su cosecha y el árbol del campo dará sus frutos. Vuestra trilla durará hasta la vendimia, y la vendimia durará hasta el sembrado; comeréis vuestro pan hasta la saciedad y habitaréis seguros en vuestra tierra. Yo procuraré paz en la tierra, y os acostaréis sin que nada os asuste; haré que las bestias salvajes se alejen de la tierra y la espada no cruzará vuestra tierra”.

Si viajamos a un lugar en donde se manifiestan hambrunas habituales, como la India, lleno de animales salvajes que ocasionalmente depredan a los seres humanos, el párrafo anterior no es solo un trozo literario o religioso que es leído  en los momentos de recogimiento. Es una realidad diaria y constante de la existencia. Creer en un D-s que puede regular ese tipo de cosas y que las modifica, siempre que sus seres creados cumplan con sus preceptos, es algo serio que los afecta más que a aquellas otras personas que no han pasado nunca peligros reales o hambre en su vida. A estos últimos puede que les cambien las condiciones. ¿Han leído en la prensa que la polinización de los granos y frutos, fuente de nuestra alimentación, esta amenazada por una mortandad inexplicable de las abejas? Si eso persiste puede estar amenazada la subsistencia física de muchos de los habitantes de los países desarrollados.

En la parasha también se lee:

“Mas si no Me escuchareis y no realizareis todos estos preceptos, si consideráis aborrecibles Mis decretos y si vuestro ser rechaza Mis ordenanzas, y no realizáis todos Mis preceptos y anuláis así Mi pacto, entonces haré lo mismo con vosotros; pondré sobre vosotros pánico, lesiones inflamadas y fiebre ardiente que hace que los ojos anhelen y las almas sufran; sembraréis vuestra semilla en vano, pues vuestros enemigos la comerán. Dirigiré Mi atención en vuestra contra, seréis abatidos delante de los enemigos; los que os odian os someterán; huiréis sin que nadie os persiga”.

No podemos saber si lo de las abejas obedece a este segundo párrafo. Es poco probable. Yo no lo creo así pero es un tema entretenido para discutir en los momentos de ocio.

Pero pareciera que el texto no estaba equivocado cuando afirma algo que nos suena conocido:

“Y a vosotros os dispersaré entre las naciones, desenvainaré la espada tras vosotros; vuestra tierra quedará desolada y vuestras ciudades en ruinas”.

Eso ocurrió con el pueblo judío después de la destrucción del Segundo Templo. Este vaticinio se convirtió en realidad. Si continuamos leyendo aparece lo siguiente:

“….el crujido de una hoja los perseguirá, huirán como se huye de la espada, y caerán, pero sin que nadie los persiga”.

Nuestros ancestros tomaron muy a pecho estas palabras y, como realmente existían progromes y deportaciones, la frase “el crujido de una hoja los perseguirá” adquirió una tremenda fuerza frente a las amenazas que experimentaban.

Hubiese bastado con aceptar la religión predominante y así se hubiese terminado el miedo a los ruidos extraños que afectaban a la comunidad. Otros pueblos se convirtieron en masa por temor a la espada. La asimilación siempre fue un recurso disponible excepto en el Alemania nazi.

Aceptar los decretos establecidos en esta, y otras parashyot, significa en la práctica aceptar un yugo que esclaviza a nuestro pueblo. Sus exigencias son mucho mayores que las del faraón egipcio, quien obligaba mediante el látigo a trabajar en sus obras monumentales. Así lo entendieron los cristianos, quienes abandonaron todos los preceptos obligatorios y establecieron un nuevo pacto, basado solamente en la fe en Cristo, único camino que garantiza, según sus creyentes, la redención a sus seguidores.

Entonces, ¿a que se debe la persistencia en mantener los decretos divinos a pesar de los peligros? La respuesta es múltiple. Una que me gusta es que realmente nos creemos el cuento de ser el pueblo elegido. Esto, aparte de un sentimiento de arrogancia que nos puede convertir en personas poco tolerantes, nos obliga a ser participes activos en la “reparación” del mundo.  “Tikkun Olam”.

En otra columna nos detendremos a comentar acerca de esta misión que nos han, o nos hemos, impuesto. Ahora basta decir que si intentamos corregir el mundo debemos adquirir un grado de “pureza” tal que nos permita hacerlo con propiedad. Todas las parashyot del libro Vayikrá, Levítico, que hemos comentado en las columnas anteriores están dirigidas a tal fin. Estas culminan en la parasha Bejukotai que nos insta a cumplir todas ellas con verdadera devoción.

El problema se suscita en el hecho que D-s nos otorgó el Libre Albedrío para desarrollarnos como personas. Con esa facultad nos dio la opción de participar en la Creación y de cumplir el “Tikkum Olam”, concepto que nos describe extensamente la Kabbalah. ¿Cómo podríamos hacerlo si cumpliéramos las Mitzvot en forma mecánica? Si así fuese no nos distinguiríamos de los demás animales que son conducidos por sus instintos. A ellos les falta la conciencia que les impulse a buscar conductas alternativas.

Esta parasha, entonces, nos presenta un desafió que está implícito en su texto. No solo debemos cumplir las Mitzvot. Eso no nos distinguiría de los fabricantes de ladrillos del antiguo Egipto. Para “cumplir” en propiedad debemos estudiar, investigar, para conducirnos de acuerdo al acto libertario que Moisés nos impulsó en el Éxodo.

Basados en esta premisa, nuestros ancestros desarrollaron un método destinado a investigar, en forma racional, los preceptos establecidos en la Torah. Este dio origen al Talmud. Compendio interminable de comentarios acerca de la forma en la que deben comportarse los judíos para cumplir con los preceptos divinos.  Este método también fue aplicado por nuestros grandes pensadores, Marx, Freud, Einstein y otros tantos premios Nóbel judíos, quienes adquirieron su notoriedad con sus estudios acerca de la sociedad laica y los avances científicos que desarrollaron. Estos, inconscientemente, aplicaron la forma de pensar judía, independiente del hecho de que algunos de ellos hayan renegado de su condición de miembros activos de nuestro pueblo.

Olvidarnos de lo establecido en esta parasha significa, en la práctica, descartar el gran regalo que se nos otorgó con el Libre Albedrío. Nos creemos libres porque recordamos Pesaj. Sí, efectivamente salimos de la opresión de Egipto. Sí, realmente se nos impuso una serie de preceptos que estamos impelidos a cumplir. Frente a ellos desarrollamos nuestro intelecto para discutir, y encontrarle, un sentido a esas imposiciones. Desarrollamos un espíritu crítico que nos caracteriza, y nos distingue, como pueblo.

Ahora las imposiciones son distintas. No son impulsadas por el texto de la Torah. Se generan en los medios de comunicación y las redes sociales. Estas crean imperativos difíciles de rechazar. Hoy, al igual que ayer, estamos sometidos a exigencias ajenas a nuestra conciencia que aceptamos sumisamente. De la parasha Bejukotai podemos aprender, y debemos hacerlo, que el desarrollo del espacio crítico, característica voluntaria humana,  inevitablemente nos conducirá a la plena aplicación de nuestro Libre Albedrío, regalo divino para la humanidad. El hacerlo depende, exclusivamente, de cada uno de nosotros. El costo es alto, también lo es para nuestro pueblo, pero vale la pena intentarlo.

 

Veseata Dishmaya

 

 

Parasha Behar: ¿Quien rige nuestro destino?
2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

La Cuenta del Omer, con su progresión de 49 días desde la ofrenda de cebada durante Pesaj hasta la de trigo durante Shabuot, representa la evolución de aquella persona que, después de haber sido liberado de la opresión física, está preparado para iniciar un proceso interior que lo hará abandonar la tiranía de sus instintos para reemplazarlos por los dictados de su consciencia.

            Cebada y trigo son productos de la tierra. Siglos le costó a la humanidad aprender a cultivarlos. En el proceso el hombre nómade, cuya  principal sustento se derivaba de la caza, pastoreo y recolección, se había asentado en los campos y había extraído de la faena agrícola su sustento habitual.

            Después de la liberación de Egipto, donde la regularidad de las inundaciones del Nilo garantizaba cosechas abundantes, el Pueblo de Israel perdió la confianza en la divinidad. Próximo a recibir la Revelación del Sinaí, asustados por la falta de su profeta Moisés, construyeron un Becerro de Oro al cual ofrecieron sus plegarias. No confiaron en un D-s invisible y se asustaron frente a un futuro poco prometedor.

            Aún no se habían enterado que el Maná caería del cielo y reemplazaría el alimento que no podían plantar y cosechar en el desierto. Tendrían que deambular durante 40 años, nómades al igual que sus ancestros, para poder asentarse en la Tierra Prometida y obtener su sustento con el esfuerzo de su trabajo. Ya D-s le había señalado a Adán y Eva que eso iba a ocurrir y los esclavos recién liberados se sentían indefensos enfrentados a un terreno tan estéril.

            Se encontraban lejos de la tierra que los esperaba para entregarle sus frutos. Estaban ensimismados por la presencia de una divinidad que les entregaba las directrices para su liberación espiritual. Tierra y espíritu, componentes que mezclados habían permitido a D-s formar al hombre en su imagen y semejanza, aún se encontraban separados en el mensaje de la Torah.

            Había que unirlos y darle confianza a ese hombre escéptico que su sustento estaba garantizado en el futuro. La parasha de esta semana, Behar, en la montaña, nos recuerda que debemos tener fe en D-s. Este nos sustentará, al igual que hizo con nuestros ancestros, cuando nos flaqueen las fuerzas para lograr la madurez espiritual durante los 49 días de la Cuenta del Omer. Período en el que nos preparamos para recibir la Torah en Shabuot.

La parasha Behar nos señala que la tierra debe descansar cada siete años. Número místico que une las seis dimensiones que delimitan el mundo físico con el séptimo que representa lo espiritual. En seis días D-s creó todo lo conocido y en el séptimo descansó. Siete son las sefirot inferiores sobre las cuales debemos trabajar para lograr nuestra madurez espiritual. Siete veces siete tenemos que contar para llegar a Shabuot.

Ya nos habíamos enterado que en el séptimo día de cada semana debemos abstenernos de cualquier trabajo que nos relacione con el mundo natural. En esta parasha se nos comunica que en el séptimo año debemos dejar descansar la tierra y que cualquiera podrá aprovechar de los frutos que broten espontáneamente de ella.

En ambas ocasiones el imperativo lo constituye el descanso que debemos respetar. Algunos podrán buscar causas naturales para dicha exigencia. El descanso humano permite recuperar las fuerzas para continuar ejerciendo nuestro esfuerzo en forma más eficiente. El descanso en la tierra permite la regeneración de los nutrientes para lograr cosechas más abundantes. Estos argumentos resultan convincentes y por sí solos justificarían que ambos descansos fueran respetados por el hombre.

Pero no debemos olvidarnos que la Torah trata acerca de la madurez espiritual del hombre. Los 49 días de la Cuenta del Omar están destinados a lograr una eventual santidad. ¿Cómo es posible que el hecho del descanso nos permita esa evolución espiritual?

Todo tiene que ver con la manera que cada hombre le otorga sentido a su vida. Aquellos que se enfocan en el mundo natural tomarán el descanso como una forma de recuperar las energías desgastadas por la acción productiva. Para aquellos que se alimentan del número siete, lo espiritual, aprovecharan el descanso para afirmar que su destino puede liberarse de los avatares de la naturaleza.

Noé es un personaje bíblico que inspiró una película que se exhibe en estos momentos. Su historia es por todos conocidos. D-s se aburrió de la vida licenciosa y alejada de lo espiritual y decidió borrar con una inundación todo el vestigio de vida sobre la faz de la tierra. Solo le permitió sobrevivir a Noé, su familia inmediata y a dos representantes de cada una de las especies animales para que repoblaran la tierra. Así ocurrió y solo sobrevivieron los que se refugiaron en la Arca que D-s mandó a construir a Noé.

En un pasaje que cuesta entender, ya que a pesar de que D-s sabe todo lo que va a pasar y las emociones que va a sentir, se arrepiente de la inundación y promete a Noé que nunca más va a destruir a la humanidad completa por no haber cumplido con sus designios.

En otras palabras, la humanidad nunca más sería destruida por sus desaciertos y el hombre tendría que alejarse de los instintos animales, siempre que así lo deseara, pasando por los 49 días del Omer para lograr su madurez espiritual.

Los demás podrían continuar su vida libremente de acuerdo a sus propias convicciones. No se verán amenazados por la destrucción a manos de un D-s que no apruebe su comportamiento.

Abraham se negó a aceptar la esclavitud que le imponía el mundo natural. Logró que D-s se comprometiera a retornar a la condición que existía antes del diluvio. D-s volvería a participar activamente en el destino de cada hombre que se adhiriera libremente a sus preceptos. Cada uno tendría la posibilidad de alterar su destino y no quedaría a la deriva frente a las inclemencias del mundo natural.

Este último avanza implacablemente desgastando al hombre. Muere sin poder modificar su destino. Así ocurre por las leyes impuestas por la divinidad que prometió no intervenir activamente en los destinos de la humanidad. Pero, para los descendientes de Abraham, existe la ilusión que su destino se puede liberar de las leyes de la naturaleza. Para intentar que eso ocurra acepta la imposición de descansar de la actividad física el séptimo día de cada semana y de abstenerse de trabajar la tierra cada siete años.

El mundo natural, por su parte, no puede parar. No tiene descanso. Está impulsado por las leyes que lo impelen a continuar eternamente por el rumbo que tiene predeterminado. El hombre, en cambio, confía en que sus acciones pueden cambiar el rumbo de los acontecimientos. Establece el descanso que el mundo le niega. Con esto afirma su Libre Albedrío, interviene sobre su destino y se niega a que sus instintos lo conduzcan a una esclavitud espiritual que no está dispuesto a tolerar.

Veseata Dishmaya

            

Parasha Behar: Entre la ley y la conciencia moral
2013-5773

Jorge Slachevsky Czuckerman

Esta semana hemos visto como la secta de Colliguay sacrificó a un niño recién nacido como parte de un rito satánico. Por otra parte el mundo político se vio remecido por la renuncia de un precandidato presidencial debido al perjuicio que habían sufrido los clientes de una multitienda de la cual había sido su gerente.

Ambos hechos han mantenido expectante a la opinión pública. Aunque parezcan que no tienen nada que ver el uno con el otro representan, guardando las proporciones, caras distintas de la misma moneda. La parasha de esta semana, Behar, de alguna manera nos entrega herramientas para poder entender lo que esta ocurriendo con estos dos acontecimientos.

Behar significa “en la montaña”. De una de ellas se cayó al vacío el precandidato en cuestión y de otra, personas de buen nivel social, económico y educacional se hundieron en las aberraciones más profundas, inspiradas por el ansia incontrolada de encontrar sentido a una vida tan vacía como el abismo de su asesinato ritual.

La sociedad tiene la obligación de protegerse a sí misma. Para hacerlo los estados crean leyes que penalizan las acciones perjudiciales. Por otra parte, la religión y la ética crean barreras que no deben ser traspasadas por los individuos. Se podría decir que la sociedad se protege con todo el aparato judicial mientras que la comunidad intenta protegerse a través de las barreras autoimpuestas.

En esta semana se han sancionado a dos comunidades que han desafiado las leyes de la sociedad. En la primera la sociedad actuó retirando al involucrado de la vida pública. En la segunda la justicia tomará las medidas penales que estime pertinente. Así, íntimamente ligadas, la moral y la ley conforman la misma moneda de dos caras que se adecuan a los hechos de acuerdo a las circunstancias.

La mayoría de nosotros nunca va a perjudicar a medio millón de personas. Tampoco aumentaremos unilateralmente la comisión cobrada por las tarjetas de crédito ni asesinaremos a un niño por motivos difíciles de comprender. Pero la mayoría de nosotros cometeremos pequeños actos que, aunque no conforman delitos por la justicia, son considerados extraordinariamente dañinos por la parasha Behar. Castigamos a aquellos que destruyen la vida o las finanzas pero nos quedamos observando pasivamente a quienes utilizan el lenguaje para destruir psíquicamente a sus semejantes.

En vez de confrontar al infractor hacemos recaer la responsabilidad en el agredido. Afirmamos que el daño se debe a su ingenuidad y que en él recae la culpa por no defenderse. Esto puede parecer trivial pero el bulling en el colegio afecta la vida cotidiana de aquellos escolares que se sienten intimidados por los provocadores.

La parasha Behar se inicia con un texto que nos puede brindar ciertas luces respecto a los límites que se deben respetar en nuestra vida personal:

“El Eterno habló a Moisés en el monte Sinaí, para decir: Habla a los hijos de Israel, y diles: Cuando entren a la tierra que Yo les entrego, la tierra guardará un Shabat de cese por el Eterno. Durante seis años sembrarás tu campo y durante seis años podarás tu viña, y recogerás su cosecha. Pero en el séptimo año habrá un cese total para la tierra, un Shabat para el Eterno; no sembrarás tu campo ni podarás tu viña”.

Este texto nos señala que no siempre podemos hacer lo que queramos con las cosas que nos rodean. Están allí para nuestro provecho pero debemos limitar lo que hacemos con ellas. A veces está permitido hacerlas y a veces no. A veces podemos cultivar un campo y en otras debemos abstenernos. En relación a las personas debemos aprovechar estas enseñanzas. Debemos cultivar las virtudes positivas y abstenernos de perjudicar a los demás en forma intencional.

Lo interesante que podemos deducir es que, a pesar de que tenemos que colocar límites, debemos tener confianza en que esta acción nos traerá un resultado que será beneficioso para nosotros y para todo el resto de la sociedad.

¿Dónde podemos ver en el texto que debemos tener confianza?

Para los comentaristas ese texto refleja la mayor demostración de que la Torah fue escrita por D-s y no inventada por los hombres. Para una sociedad cuyo sustento dependía totalmente de la agricultura era absolutamente impensado que alguien, al nivel humano, en su sano juicio, les solicitara a sus semejantes de abstenerse de sembrar y cosechar por un año. Había que tener una extraordinaria confianza en un D-s que les proveyera de ese alimento y los alejara de la hambruna.

Si avanzamos en el tiempo nos encontramos con el hombre del siglo XXI que ha alejado a D-s de su vida cotidiana. Eso no quita que los límites impuestos por la Torah no nos sirvan de inspiración para cuidar nuestras agresiones verbales y tener confianza en que estamos en lo correcto al defender a la sociedad.

El lenguaje religioso desde siempre ha separado la realidad en dos facetas que todos conocemos: el profano y el sagrado. Ambas tienen una correlación en el lenguaje secular que encuentro interesante analizar.

Lo profano podría ser todo aquello que un individuo puede hacer libremente sin exponer a la sociedad a su destrucción. En nuestra parasha esta faceta está simbolizada en el cultivo sin restricciones por seis años. Lo sagrado, por su parte, sería lo que el individuo no puede hacer, con el fin de proteger a la sociedad, como abstenerse de plantar y cosechar durante el año sabático.

A lo largo de la historia las distintas civilizaciones han establecido cuales de las acciones rutinarias debían ser consideradas profanas o sagradas. Como ejemplo podemos decir que todas las sociedades han considerado sagrado tanto  a la madre como a la patria.

El sacrificio infantil, como el de la secta de Colliguay, era considerado como un acto profano, aunque rodeado de un aura sagrada, en las sociedades primitivas. Les estaba permitido hacerlo en su intento por satisfacer a la divinidad para que protegiera a la sociedad. El hacerlo no convertía a la víctima en sagrada. Hoy en día el sacrificio humano se ha trasladado al ámbito de lo sagrado ya que por ningún motivo los individuos pueden transgredir ese límite impuesto por la sociedad.

Siguiendo el mismo argumento, desde que se instauro en nuestro país la sociedad de consumo se consideraba un acto profano el poder engañar a los consumidores. Hoy día, poco a poco, como lo demuestra la renuncia a la candidatura del personaje de esta semana, el estafar al débil se ha visto considerado simbólicamente como perteneciente al ámbito de lo sagrado. Ya no se le permite al individuo o la sociedad transgredir impunemente ese límite impuesto por la sociedad. Eso, según la definición semántica del concepto, convierte en sagrado el derecho del consumidor. Algo que no se puede tocar sin sufrir las consecuencias.

El mal que nos inquieta nos rodea como lo demuestran los acontecimientos de esta semana. La parasha Behar ayuda a contrarrestar sus efectos. Intento mantener mi confianza en un D-s que, habiendo definido lo sagrado en el ámbito religioso, nos inspira a proteger la sociedad secular de aquellos que quieren destruirla en la búsqueda de su satisfacción personal.

Veseata Dishmaya

 

 

Parasha Emor: En la senda de la madurez espiritual
2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

 

Ha pasado un año desde mi último comentario de la parasha Emor. En ella  clamaba por un logro casi imposible, la utópica igualdad de oportunidades, en la que afirmaba que, además de la implementación de leyes impositivas y programas educacionales que la favorezcan, necesitaríamos trabajar sobre la esencia de los individuos de manera de lograr la verdadera madurez espiritual, no necesariamente la religiosa, que conduzca a una verdadera fraternidad que tenga su origen en la consciencia individual del hombre y no en el miedo al castigo.

Es un problema complicado. Es más fácil debatir acerca de la manera de obligar a los demás a adoptar una determinada conducta en vez de reflexionar de cómo puedo yo modificar la mía propia para servir de ejemplo en el área en que quiero motivar a los demás.

Vamos a dejar momentáneamente a los políticos la ardua tarea de dictar leyes a favor de la igualdad y el aparato del estado la de implementarla. En estos días los noticiarios están llenos de explicaciones acerca de las bondades de las reformas propuestas y de las opiniones contrarias resaltando sus eventuales efectos negativos.

            La Torah no está ajena al flagelo de buscar sanciones a las transgresiones obviando, a veces, la preocupación por la madurez espiritual de sus lectores. Tenemos que traspasar la barrera más superficial para introducirnos en el verdadero mensaje que la parasha nos quiere comunicar.

            Miles de eximios comentaristas se han dedicado a esta ardua tarea y resulta casi ridículo intentar hacerlo pero, como me siento impelido a buscar mi madurez espiritual a través de estas columnas, me veo obligado a intentarlo.

            Hace poco celebramos Pesaj. En el Seder recordábamos la liberación de la esclavitud en Egipto. También en la semana pasada afirmábamos que no bastaba ser libre. Esta última condición es efímera como lo han comprobado tantos pueblos a lo largo de la historia. Hay que intentar elevarse a un nivel más elevado, definido como santo en la parasha Mishpatim o como un nivel de conciencia superior en el ámbito laico, pero no se nos señaló el camino que debemos recorrer para lograrlo.

            En la celebración de Pesaj las ofrendas en el Templo consistían en cebada mientras que en Shabuot, la próxima conmemoración de la entrega de la Torah, consistían en trigo. Detalle aparentemente menor pero que nos está señalando que durante la primera celebración aún no nos habíamos elevado sobre nuestra condición de esclavos, representado por la cebada, en ese entonces alimento destinado a ser consumido por los animales, que están sujetos a los dictámenes de sus instintos. Estos, en el caso específico del hombre lo conducen hacia  una competencia despiadada de los recursos disponibles sin misericordia por el bienestar de los demás. También nos señala que al llegar a Shabuot  ese mismo hombre se ha elevado, conseguido la “santidad” en lenguaje religioso, por lo que está en condiciones de ofrendar el trigo, alimento humano por excelencia, en señal de que ha superado la esclavitud que le imponían los instintos  y que puede elegir  actuar de manera fraterna frente a su prójimo. 

            Sabemos que entre la celebración de Pesaj y la celebración de Shabuot transcurren 49 días. La Parasha Emor nos exige contar los días del Omer,  ofrenda de cebada que se llevaba al Templo, y de hacerlo público diariamente durante los servicios religiosos.

            Allí, y no en otra parte, está escondida la clave para que aquellos que  saben puedan encontrar el camino hacia su propio perfeccionamiento espiritual. Ni siquiera me encuentro en el umbral de dicha evolución y menos se la puedo trasmitírselo a mis lectores.

            49 días no es un número aleatorio. Son siete veces siete y para comprender un poco de lo que eso significa tenemos que tratar de entender el concepto de las manifestaciones divinas llamadas Sefirot por los kabbalistas.

            La Torah nos dice que el mundo fue creado en siete días, aunque en el último D-s descansó y no hizo ningún trabajo efectivo. La ciencia ha rebatido dicha afirmación así que debemos enfocarnos solamente en el aspecto simbólico y místico que representa dicho número.

            Para la Kabbalah cada uno de esos días simboliza una de las 7 sefirot inferiores. Las 3 sefirot superiores representan un ámbito inalcanzable para la mente humana donde D-s creó intelectualmente el Universo. Lo mismo ocurre con la construcción de una casa. Las sefirot superiores representarían el trabajo del arquitecto mientras que las siete inferiores las del constructor que lleva a cabo los proyectos diseñados por el creador. Si el arquitecto no le comunica al constructor las consideraciones que tomo en cuenta para diseñar su proyecto es imposible que este último éste enterado de lo que pensaba el primero. En forma similar no podemos acceder a las intenciones y pensamientos que tenía la divinidad antes de la Creación. Lo mismo sucede dentro de nuestro propio pensamiento. Las ideas y los impulsos nos llegan de improviso y solo podemos implementarlos o rechazarlos. No podemos entender o impulsar esa chispa creadora. Podemos meditar e intentar introducirnos en nuestra “red neuronal por defecto”, ¿o quizás deberíamos decir nuestro inconsciente?, pero no existe ningún camino regular que nos permita hacerlo.

            Por lo tanto no nos queda más que trabajar sobre las 7 “manifestaciones” inferiores de nuestras ideas o impulsos con el fin de modificar nuestra conducta. Trabajar sobre las 7 sefirot inferiores en el lenguaje kabbalístico.

            Así, de acuerdo a la Torah, en cada uno de los 49 días de la Cuenta del Omer iremos reflexionando sobre cada una de las manifestaciones divinas, o de nuestro inconsciente, en relación con cada una de las otras 7 incluyéndose a ella misma, de manera de que cada uno de estos análisis representen un escalón que nos vayan permitiendo ascender por la escala de nuestro propio perfeccionamiento. Así, supuestamente, nos veremos preparados en el día de Shabuot, condición utópica pero no por eso menos deseable, para recibir la Torah.

            Si esto ocurriera así estaríamos en condiciones de modificar íntimamente nuestra conducta y dejar de lado nuestros intereses egoístas y reemplazarlos por otros más altruistas que promulgarían la aparición de la fraternidad sobre la faz de la tierra.

            Solo la Torah y los libros sagrados de las otras religiones nos señalan el camino para esta transformación. Algunos, unos pocos, llamados Tzaddik por nuestras tradiciones, lo han logrado. Eso no quita que para los demás seres humanos se nos presenten los 49 días del Omer para seguir intentando conquistar la madurez espiritual en beneficio de nosotros mismos y de nuestro prójimo. Así podríamos hacer efectivo el precepto divino de “Ama a tu prójimo como a ti mismo” y conseguir la tan anhelada “santidad”.

Veseata Dishmaya

 

        

Parasha Emor: El respeto mutuo y la fraternidad
2013-5773

Jorge Slachevsky Czuckerman

                La Revolución Francesa de 1789 dejó en el subconsciente colectivo de la humanidad los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad. Aunque esta tríada de valores fueron recién adoptados en 1848 por la Segunda República Francesa,  quedó en el ideario popular como el lema que impulsó el derrocamiento de la monarquía absoluta en Francia.

                Se podría decir que en los 200 años posteriores a la Revolución Francesa la humanidad luchó, y con un resultado muy positivo, por la libertad. Son muy pocos los regímenes totalitarios que quedan en el mundo y hay una tendencia generalizada por combatir esa situación e implementar la democracia en todos los rincones de la tierra. La lucha, mayoritariamente, se da en esta época por la igualdad. La democracia ha implementado el derecho de cada cual de conducir su vida de acuerdo a sus propios ideales. Esa situación ha conducido a que en la mayoría de los países se hayan dictado leyes antidiscriminatorias que respetan los derechos de la minoría. El conflicto está concentrado en resolver el problema derivado de la desigualdad económica. No se habrá conseguido la igualdad mientras las minorías dominen todos los procesos productivos y dejen a una mayoría sumida en la lucha por la subsistencia mínima. Posiblemente tomará uno o dos siglos hasta que la sociedad resuelva satisfactoriamente este problema y la igualdad  transforme su discurso hipotético en una realidad verdadera.

                Una vez que se haya resuelto la desigualdad se podrá hincar el diente en el tercer concepto de la triada expuesta: la fraternidad. Allí nos encontramos que su difusión se encuentra actualmente radicada solo en algunos grupos, muy minoritarios, que luchan porque este ideal tome su sitial de honor entre las preocupaciones de la sociedad actual.

                La fraternidad basa su fundamento en la sutileza del comportamiento humano. Mientras no se hayan desgastado las asperezas, producidas por la falta de libertad e igualdad, no se podrá aspirar a elevar su ideal al nivel de lucha fundamental de la sociedad. El Quijote es el baluarte de tal actitud, que alguna vez predominará, siempre que la naturaleza humana pueda ser doblegada por la razón de unos pocos que luchan por ella.

                Todo este largo preámbulo sirve de introducción a la celebración de Lag Baomer. Fiesta que se celebra este sábado coincidiendo con la lectura de la parasha Emor. Esta festividad corresponde al día 33 de los 49 que transcurren entre Pesaj y Shabuot. Está íntimamente ligado con la libertad y fraternidad mucho antes que los revolucionarios franceses lo incorporaran en su lema transformador de la sociedad.

            Fue en primer día de la Cuenta del Omer, posterior a la celebración de Pesaj, cuando los 24.000 discípulos del Rabi Akiva empezaron a morir producto de una plaga misteriosa. No es la primera vez que una afección espiritual causaba un efecto físico que afectaba la salud de aquellos que la practicaban. Ya en la parasha Tazría describíamos el efecto de la afección cutánea que sufrían aquellos que practicaban la calumnia contra sus semejantes. Fue durante la Cuenta del Omer que los discípulos del Rabi Akiva empezaron a morir debido a la falta de fraternidad que practicaban entre ellos. El Talmud (Yevamot 62b) no ocupa ese término sino que nos habla de la falta de  honor y respeto de los unos hacia los otro que produjo la mortandad entre los estudiosos de la Torah. El estudio estéril que no viene acompañado por la preocupación por los semejantes conduce, todavía, a la muerte, aunque ya no sea en el ámbito físico sino en el espiritual.

            El tiempo transcurrido entre Pesaj y Shabuot se conocen como los días del Omer. La Torah nos entrega la Mitzvot de recordar, durante los servicios religiosos, la cantidad de días que han transcurrido desde el primero de ellos para así, paulatinamente, tomar consciencia, día a día, de la transformación que debemos realizar para hacernos merecedores, aunque sea simbólicamente, de la entrega de la Torah en Shabuot.

            En Pesaj recordamos la liberación de la esclavitud de Egipto. Corresponde a la libertad física, primer ideal de los revolucionarios franceses. El antiguo pueblo de Israel, tanto como los  que destruyeron la Bastilla en 1789, actuaron por una emoción que los conducía a actuar nacida por el deseo de corregir una injusticia. La razón, aunque se mostrara en forma incipiente, no tenía mucho que aportar en la formación de ese concepto de libertad.

            En Shabuot, 49 días después de Pesaj de acuerdo con la Torah, el pueblo de Israel debía estar preparado para recibir la Torah, la verdadera libertad. Aquella nacida de la razón esclarecida que establecía los limites a la libertad individual para poder construir la libertad colectiva. Una que garantizara una sociedad que se pudiese construir bajo los fundamentos de la igualdad y la fraternidad que dieran su sustento a un colectivo viable.

            El Talmud, al relatarnos la historia de los discípulos del Rabi Akiva, nos quiere enseñar que solamente seremos capaces de recibir la Torah, símbolo de la victoria de nuestra porción espiritual sobre la animal, cuando hayamos conquistado la fraternidad entre los seres humanos. Ese es el motivo que impulso al Talmud a relatarla en los días de la cuenta del Omer. En Internet encontramos un ensayo de la comentarista Judith Berinstein que relata, en forma magistral, las virtudes que deberían haber adoptado los discípulos y que nosotros deberíamos replicar en nuestras vidas para poder acceder a Shabuot en plenitud:

“Rabi Akiva efectivamente deseaba que sus estudiantes se pensaran a sí mismos como pares más que como individuos. Para él, esta actitud era primordial para adquirir el conocimiento de la Torah. Sólo podía lograrse su verdadero aprendizaje a través del respetuoso debate e intercambio de ideas, a través del mutuo y permanente desafío de refinar los propios argumentos y medirlos con los del prójimo en pos de arribar a conclusiones verdaderas; abogaba por una discusión profunda en el sentido más elevado del término, una en la cual ambos integrantes del par resultaban ganadores: el que tenía razón, por tenerla; el que no la tenía, por verse enriquecido con el lúcido aporte del compañero, por adquirir un conocimiento del que hasta entonces carecía”.

La Parasha de esta semana, Emor, ocupa otro lenguaje para instarnos a comportarnos de una manera similar con nuestros semejantes. Utiliza la descripción de las obligaciones que tenía que cumplir el Kohen para simbolizar que a cada uno de los integrantes de la sociedad le corresponde ejercer una conducta responsable en su interacción con los demás. Solo de esta manera, la sociedad puede intentar adquirir la fraternidad que, aunque aparezca como un concepto nacido hace apenas dos siglos aparece, tras una exegesis no muy elaborada, como una consecuencia de las enseñanzas descritas en la parasha Emor, en la cuenta del Omer y en la muerte de los discípulos del Rabi Akiva. Como se puede apreciar no hay nada nuevo bajo el sol. Los revolucionarios franceses no hicieron más que llevar a la práctica ideas que flotaban milenariamente en la consciencia humana. En Lag Baomer, día en que termino la mortandad, se nos presenta la oportunidad de celebrar, ilusionados, al igual que el Quijote, que la idea de un mundo mejor esta a la vuelta de la esquina y no solo en la profundidad de nuestra consciencia.

 

Veseata Dishmaya

 

 

Parasha Kedoshim: La santidad  al servicio de la sociedad
2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

 

El paso del tiempo en la práctica religiosa judía es implacable. Nada lo puede detener. Ya pasó la celebración de Pesaj. El calendario sigue y la vida cotidiana continua intentando hacernos olvidar que lo que más nos importa es lo que nos congregó en esa oportunidad y no lo que hacemos diariamente para ganarnos la vida. ¡Cuánto perjuicio nos causaron Adán y Eva que nos obligaron a ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente!

En el último Seder de Pesaj estaba tratando de explicarle a un conocido lo que significaba para mí la Torah. Me escuchaba con una atención que yo no merecía. Una voz potente me ayuda a que eso ocurra así. Obviamente no era religioso, ya que si lo hubiese sido no hubiese intentado siquiera escucharme. Tampoco era agnóstico, ya que me hubiera interrumpido planteándome su  postura laica acerca del tema. Pareciera que ambos grupos se creen dueños de la Verdad y, en verdad, resulta francamente aburrido hablar con ellos de ese tema. Manifiestan un cierto aire de superioridad con respecto a aquellos que manifestamos dudas respecto a nuestras creencias. Pero tal como nos ocurre a aquellos que intentamos estudiar la Torah, sin encontramos respaldados por alguna de esas dos corrientes, no nos queda otro remedio que hacernos eco de un trozo del Zohar, nuestro gran libro kabbalista, que nos señala:

“Aquel cuyo anhelo es de ocuparse de la Torá, pero no encuentra a nadie para enseñarle, y por amor de la Torá, habla de ella, y tartamudea sobre ella tartamudeando, sin saber mejor cómo. Cada palabra sube y el Santo, bendito sea, está contento por esta palabra y la acepta y la planta alrededor de la corriente, Bina. Estas palabras se convierten en grandes árboles, esto es, grandes luces, que son llamados “los sauces junto a las corrientes” como está escrito, “su amor te apasione para siempre”.

Estuvimos reunidos en el Seder recordando y comentando palabras de Torah. Tal como dice el párrafo anterior no encontramos nadie para enseñarnos pero la buena intención de sus participantes compensó con creces la falta de perfeccionamiento en el tema. Seguramente D-s aceptó nuestras palabras y la satisfacción obtenida pareciera ser la señal que así fue.

Cada grupo de parientes y amigos estuvo congregado alrededor de su propia mesa festiva. Cada grupo familiar parecía estar separado del otro. Pero espiritualmente no ocurría así. Cada uno celebraba uno en su intimidad enviando a lo alto palabras de Torah. Todas juntas se congregaron alrededor de un ideal que finalmente nos convirtió, aunque momentáneamente,  en un solo Pueblo.

El hecho de acordarnos que estuvimos “congregados” nos inspira para adentrarnos en la parasha de esta semana, Kedoshim, santos, que se inicia con el siguiente versículo:

El Eterno hablo a Moisés para decir: Habla a toda la asamblea de los Hijos de Israel y le dirás: Santos serán porque Santo soy Yo, el Eterno, su D-s”

De allí en adelante la parasha continúa enumerando una infinidad de prohibiciones que parecieran ser el requisito fundamental para que una persona adquiriera la santidad. Entre ellas, hace hincapié en señalar que las relaciones sexuales impropias son mal vistas a los ojos de D-s. Eso ha traído como consecuencia que los representantes de las religiones se hayan sentido autorizados para  inmiscuirse con lo que sucede en el interior de los dormitorios de sus fieles. Al no percatarse de que los tiempos han cambiado esa prohibición ha alejado a muchas personas de la religión. La marea a favor de la libertad sexual ha hecho que dicha restricción resulte un obstáculo para que las personas se conecten efectivamente con su espiritualidad. Una persona de criterio amplio debe obviarlas como tantos otras enseñanzas de la Torah que han pasado al terreno de lo anecdótico.

Lo que si resulta pertinente es el concepto de santo. Por santo no debemos imaginarnos a aquellas personas que se alejan del mundo para meditar acerca del sentido de la vida y abandonan todos los placeres mundanos en su intento.

La religión judía está a favor de que aprovechemos nuestro breve paso por la tierra para satisfacernos con todos los gustos que nuestro cuerpo material nos puede entregar. Disfrutar de la comida, el sexo y todo lo demás que la naturaleza nos entrega está bien visto por nuestra religión. Esta considera que rechazar nuestra faceta sensorial constituye un desprecio a la divinidad.

Lo que sí nos está diciendo al llamarnos a la santidad es que debemos gozar de esos placeres con moderación de manera que estos no nos hagan olvidar que además del cuerpo contamos con un componente espiritual que debe ser tomado seriamente en consideración. Esa faceta, y no otra, es la que convierte a nuestra sociedad en un ambiente más justo para vivir. Eso no se puede lograr si cada uno de nosotros nos encauzamos en satisfacer nuestras propias necesidades dejando de lado la consideración por las de nuestro prójimo.

Por eso que es que en esta parasha aparece la famosa frase, tan publicitada y tan poco practicada:

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”

En eso consiste la santidad y eso es lo que convierte a la parasha Kedoshim en el centro de la Torah de acuerdo a algunos comentaristas. Consiste en elevar nuestra conciencia a lo alto, tal como lo plantea el trozo que citamos del Zohar, de manera de gozar de lo que la Tierra nos ofrece sin dejar de lado la consideración a nuestro prójimo. Este, tal como se puede deducir de la Torah, tiene el mismo derecho divino a gozar al igual de nosotros de los productos de nuestro entorno y de nuestra vida en sociedad. Una vez que lo logremos convertiremos nuestro entorno en una sociedad santa tal como platea la Torah y podremos dirigir nuestra mirada sin restricciones a nuestro alrededor.

Veseata Dishmaya

 

 

 

 

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Pesaj: Una emoción pasajera
2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

 

Estamos celebrando Pesaj. Durante toda la semana haremos un paréntesis en nuestra rutina habitual y trataremos, porque así se nos pide, de imaginarnos que somos nosotros mismos los que estamos abandonando Egipto en la búsqueda de la tan ansiada libertad.

La pregunta que nos hacemos es la siguiente:

¿La celebración de Pesaj trata de nuestros ancestros o de nosotros mismos?

Si se trata de aquellos que participaron hace miles de años en el Éxodo hacemos bien en recordarnos de su odisea y trasmitírselas a los niños que nos acompañan en el Seder.

Si se trata de nosotros mismos no deberíamos quedarnos solamente en el ambiente emocional que el ritual y la comida tan llena de simbolismo nos genera. 

Es por eso que, a veces, el despertar del día siguiente viene mezclado de muchas satisfacciones y de otras tantas interrogantes.

Satisfacción por haber compartido con nuestros seres queridos y amigos. Una vez más el ritual ha surtido efecto. La intimidad que se creó entre los asistentes superó con creces el aburrimiento que a veces nos producía. Salimos embargados de emociones positivas que nos remontaron a los periodos más felices de nuestra niñez. Recordamos a quienes nos acompañaron y que ahora se encuentran ausentes.

Interrogantes porque afloró el tema de la esclavitud cuya manifestación hemos logrado esconder durante todo el año.

Escondida porque estamos inmersos en una época en que la libertad física se considera tan natural y se da tan por sentado, excepto casos aislados, que se considera poco productivo preocuparnos de ella.

Pareciera ser, entonces, que celebraríamos Pesaj solamente para recordar un relato que aparece en la Torah y que liberó a nuestros ancestros de la opresión del faraón.

Al sentirnos libres solo participaríamos en él por los beneficios emocionales que el ritual compartido nos entrega.

Nos olvidamos que una vez obtenida la libertad física se debe conquistar la libertad interior. Mucho más difícil de lograr en una época tan llena de distractores que intentan alejarnos de nosotros mismos.

Libertad interior de la que ya hablamos, justo hace una semana, en nuestro comentario de la parasha Ajarei Mot. En él afirmábamos que las marcas que dejan nuestros errores sobre la piel pueden ser removidas con facilidad. Distinto es lo que ocurre con las grietas psicológicas que son más difíciles de remover. Recuerdos negativos que van minando nuestra fuerza vital. Que nos esclavizan a comportamientos que impiden recibir el mensaje que nos intenta  trasmitir nuestra conciencia.

Pareciera que el Seder nos estuviera diciendo: ¿Despierta!, ¡Libera a tu conciencia de aquella esclavitud que la oprime!

Sentimos que es más fácil ocultar nuestras cadenas que revelarlas. Por  ahora debemos quedarnos con las gratas sensaciones que nos dejó el Seder. Dejar de lado, aunque sea por un momento, la razón y dejarnos embargar por las emociones que nos conquistaron en ese bello momento.

Veseata Dishmay

 

Parasha Ajarei Mot: Avizorando Yom Kippur
2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

Ajarei Mot es una parasha tan llena de conceptos que nos cuesta trabajo rescatar sus enseñanzas. Acabamos de comentar 2 parashyot, Taria y Metzora, donde las transgresiones que cometemos contra nuestros semejantes son visualizadas a flor de piel, ya sea de la humana, de las vestimentas o las casas. Ambas parashyot relatan, con lujo de detalles, esos signos visibles y nos señalan los rituales que debemos practicar para expiarlas y poder continuar con nuestras vidas en forma normal.

Existen otro tipo de síntomas que no podemos apreciar tan a simple vista. En forma privada nos afectan más que los que describimos en las parashyot anteriores. Se caracterizan por esconderse en los estratos más profundos de nuestra conciencia. Muchas veces debemos recurrir a los especialistas en enfermedades de la psique para que nos ayuden a buscar la causa que nos obliga a actuar de esa manera. Debemos estar dispuestos a someternos a largas terapias para detectarlas y solucionarlas.

Profundizar en estos temas nos incomoda y no siempre estamos dispuestos a acudir a un terapeuta para que nos ayude. Desde tiempos remotos nuestros ancestros han acudido a las páginas de la Torah en la búsqueda de la solución que les permitiera resolver esos conflictos. Nosotros nos hemos olvidado que también podemos recurrir a esas enseñanzas para que nos ayuden. Pareciera que el texto entiende que querer sintonizar con nuestros ideales afecta a una parte de nosotros, muy arraigada, primitiva pero no menos necesaria, que conocemos con el nombre de instinto de sobrevivencia. Este genera un espíritu competitivo que, si lo dejáramos libre, arrasaría con todos los obstáculos sin que nos importara en lo más mínimo el destino de nuestros semejantes.

            Consciente de esa situación la parasha Ajarei Mot enuncia un concepto que pretende solucionar uno de los más grandes flagelos que afecta a la sociedad. Bastaría practicar la máxima bíblica que todos conocemos pero que raramente practicamos: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Levítico 19, 18).

            Para amar a nuestro semejante debemos olvidarnos de su corteza, donde constantemente estamos apreciando los estrago que la tzaarat produce en ella y que nos impulsan a enfocarnos en las superficialidades que alegremente difundimos practicando el Lashon Hara.

            La parasha Ajarei Mot, a continuación de las dos anteriores, nos impulsa a dejar de lado esta liviandad superficial y nos inspira a ingresar a nosotros mismos mediante un ritual lleno de simbolismo que nos ofrece ayudarnos en nuestra tarea.

Todo lo que hemos leído en la Torah hasta este momento es solo un preámbulo que nos conduce hasta el día de Yom Kippur. Antaño el Kohen Gadol se introducía en el Santo Sanctorum para solicitar la expiación de las transgresiones en lo más profundo de la espiritualidad del santuario. Hoy en día, en las sinagogas, el ritual desarrollado nos permite conectarnos con lo más profundo de nuestra conciencia y hacernos sentir que las consecuencias que la afecta han sido perdonadas produciéndonos un bienestar espiritual que nos permite retomar, incólumes, a nuestra vida normal.

¿Cómo es posible alcanzar ese estado tan deseable?

Supongamos que nos encontramos en una situación altamente improbable pero, como estamos acostumbrados a ver películas en la televisión que cumplen esta condición, podemos imaginárnosla sin ningún problema. Pensemos que somos judíos que no tenemos ninguna educación religiosa y que estamos leyendo la Torah por primera vez y que no tenemos ningún antecedente previo de ella. Hemos terminado de leer la parasha Metzora y estamos a punto de empezar Ajarei Mot. Nos hemos enterado, después de leer el Libro del Éxodo y parte del Levítico, que nuestros ancestros fueron esclavos en Egipto. Que por intervención de Moisés, ayudado por fuerzas extra naturales que ocasionaron las diez plagas y que ahogo al ejército egipcio en el Mar Rojo, fueron liberados de la opresión. Que recibieron los Diez Mandamientos en el Sinaí y que construyeron, dejándose llevar por la idolatría, el Becerro de Oro. Que erigieron un Santuario portátil para acoger a la Shejina y que un grupo de ellos, los kohen, fueron destinados a ejercer el servicio divino dentro de ese recinto.

            De repente, sin previo aviso, este recuento de hechos bíblicos, en el cual el lector es un simple espectador, cambia el tono del relato y empieza a hablar de una afección cutánea que está directamente relacionada con una transgresión espiritual, aparentemente consecuencia del Lashon Hara, el acto de propagar calumnias de nuestros semejantes. El relato deja de ser impersonal y nos conduce a una situación que se nos presenta en forma cotidiana en nuestras vidas. Nos convertimos en protagonistas y nos damos cuenta que a pesar de que se nos cuentan los rituales que practicaba el kohen para rehabilitarnos de nuestra afección cutánea, continúa, sin que podamos resolverlo, la afección a un nivel más profundo confundiéndose y confundiendo los dictados de nuestra conciencia .

La parasha Ajarei Mot trata acerca de la expiación de aquel aspecto más profundo de las transgresiones. En un día especial del año, en una fecha especialmente señalada en la parasha, el Kohen Gadol ingresaba al Santo Sanctorum para solicitar el perdón de las transgresiones efectuadas por el Pueblo. Este ingreso no podía ser en cualquier día del año y para hacerlo se debían cumplir todos los requerimientos requeridos por la divinidad. Su incumplimiento acarrearía la muerte inmediata tal como ocurrió con los hijos de Aarón, Nadav y Avihú, quienes fueron consumidos por el fuego divino cuando, por un exceso de entusiasmo, ingresaron en forma indebida a lo más sagrado del Santuario.

En la parte más sagrada del ritual el Kohen Gadol, bañado y vestido de forma adecuada, ingresaba al Santo Sanctorum e invocaba a la divinidad el perdón a las transgresiones luego de cumplir el siguiente ritual:

“Deberá tomar una paleta llena de brasas ardientes de encima del Altar que está delante del Eterno, y su puñado de tres dedos llenos de especias de incienso, finalmente molido, y llevarlos al interior del Velo. Colocará el incienso sobre el fuego delante del Eterno, de tal manera que la nube de incienso cubra la Cubierta que está sobre las Tablas del Testimonio, para que no muera”

Seguramente, tras este ritual, el Kohen Gadol había logrado, en la intimidad del Santo Sanctorum, el perdón de todas las iniquidades que había efectuado el Pueblo. El Pueblo estaba redimido y bastaba el testimonio de su líder espiritual para que cada uno se sintiera perdonado.

Pero no bastaba el ritual efectuado para lograr el resultado solicitado. La naturaleza humana necesita de rituales más integrales para encarnarlos y poder realmente liberar su conciencia de las secuelas que le ha dejado las iniquidades cometidas.

Es por eso que a la entrada de la Tienda de la Cita, frente a todo el pueblo que lo podía observar, se desarrollaba, antes que el Sumo Sacerdote ingresara al Santo Sanctorum un ritual muy potente que le señalaba a cada uno de los participantes que sus particulares transgresiones iban a ser totalmente perdonadas.

Este no es otro que el del chivo expiatorio. Tan visible y comprensible que ha despertado la imaginación de todos aquellos, como el de nuestro judío que recién se está iniciando en la lectura de la Torah, que confían que el día de Yom Kippur cada judío, como ha sucedido por milenios, va a poder ingresar a su propio Santo Sanctorum interior. Puede aspirar a que sanen las heridas producidas en su conciencia por las transgresiones cometidas. Los rituales que se efectúan en la sinagoga en Yom Kippur producen el convencimiento, al interior de la conciencia de cada uno de los que participan en la ceremonia, de que estén listos para enfrentar un nuevo año habiéndose desembarazado de la pesada carga que antes no lograba aligerar.

Faltan seis meses para que podamos participar y regocijarnos con Yom Kippur. Pareciera que la Torah encuentra tan importante lo que ocurre ese día que nos permite avizorar, aunque sea por sólo un instante, en esta semana, el perdón al cual podremos aspirar en ese día tan notable.

Veseata Dishmaya.

 

 

Parasha Ajarei Mot: La expiación del egoísmo
2013-5773

Jorge Slachevsky Czuckerman

Margaret Thatcher, la célebre estadista británica, fue enterrada con honores esta semana. Representaba, de acuerdo a alguno cánones judaicos, la antítesis de la religión. Esto se debe a que, según ciertos comentaristas, hizo respetable el concepto del egoísmo y descartó de la conciencia ciudadana la solidaridad social. No significa que hasta el momento en que asumió el poder el egoísmo no constituyera uno de los vicios cardinales del actuar público. Estaba siempre presente pero se mantenía como algo reprochable que pertenecía al ámbito de lo privado. Con su gobierno se dio carta de ciudadanía oficial al darwinismo social que, a pesar de no citarse con ese nombre, justificaba la preeminencia abierta de los más privilegiados sobre los más desposeídos. Con ella se terminaron muchos de los beneficios sociales que habían conseguido los necesitados. Murió a una edad avanzada, habiendo consolidado gran parte de lo que se había propuesto.

Nadav y Avihu,  hijos del Sumo Sacerdote Aarón, representaban la esencia de la religión. Toda su ideología se basaba en la cohesión social y la lucha contra el egoísmo. Cometieron el error de adherirse demasiado al D-s que pretendían adorar. No se dieron cuenta no se podía traspasar la barrera entre lo profano y lo sagrado sin que el afectado expusiera su vida por su atrevimiento. El mensaje que nos trasmite su inmolación es difícil de entender. Lo que sí sabemos es que en el inicio de la parasha de esta semana, Ajareit Mot, se nos recuerda la suerte que corrieron por su osadía y previene a Aarón para que no entre más que en el momento propicio al Santuario para establecer contacto con la divinidad:

“El Eterno habló a Moisés después de la muerte de los dos hijos de Aarón, cuando se acercaron delante del Eterno y murieron. El Eterno dijo a Moisés: Habla a tu hermano Aarón: que no venga en todo momento al Santuario, al interior del Velo, frente a la Cubierta que está sobre el Arca, para que no muera; pues con una nube Yo me aparezco sobre la Cubierta”

De este versículo se desprende que el ingreso no permitido al Santo Sanctórum era castigado con la muerte de aquel que intentaba transgredir las normas de la ocasión.  Estaba autorizado el ingreso del Sumo Sacerdote un día específico del año, durante el transcurso del servicio de Yom Kippur. En la época bíblica, al igual que en nuestros días, esta ocasión tenía que ver con el perdón a nuestras transgresiones, ya a sea a nivel individual como colectivo. Estas últimas, de alguna manera, son una consecuencia directa del egoísmo. Si todos los seres humanos cumpliéramos el precepto “Ama a tu prójimo como a ti mismo” no habría necesidad de instituir un día calendario especial para arrepentirnos de las acciones cometidas contra nuestros semejantes.

En el día de Yom Kippur el Sumo Sacerdote expiaba los pecados cometidos por todo el pueblo. Un ejemplo de un pecado colectivo sería el Becerro de Oro.  Otro constituiría las transgresiones a la conducta moral. En la época bíblica se hacía mucho hincapié en que el pueblo no adaptara las conductas licenciosas de los pueblos que los rodeaban. En nuestra época la conducta sexual se ha trasladado del ámbito público al privado y ha perdido la connotación negativa que tenía en la antigüedad. Eso no significa que no existan transgresiones que afecten al bien social y que se haga necesario que una vez al año, en el día de Yom Kippur, se haga necesario practicar un ritual que nos facilite arrepentirnos de los actos cometidos. El egoísmo vigente, menos vistoso que la idolatría y la inmoralidad sexual de antaño, representa un flagelo importante que debemos combatir. La Parasha Ajarei Mot establece rituales que debemos cumplir, ya no en su forma, el de los machos cabríos, sino que en su fondo, el arrepentimiento sincero, para intentar, en el año que sigue a la celebración de Yom Kippur, actuar de una manera que nos conduzca a una mayor preocupación por nuestros semejantes y a una mayor integración social.

No sabemos quiénes son los que tienen la razón. Algunos alabaron a Margaret Thatcher por  haber introducido a Gran Bretaña por el sendero del progreso económico. Otros la criticaron por  no haber considerado el costo social que esto implicaba. Ajareit Mot establece un ceremonial obsoleto, el del chivo expiatorio abandonado en el desierto, para acercar ambas posiciones. Ya no podemos revitalizar la integración social a través de sacrificios simbólicos. Pero sí su lectura nos recuerda que la preocupación social debe mantenerse en el centro de nuestra atención y que debemos perseverar en el intento de conseguir la tan ansiada redención. Quién sabe. Quizás el próximo año lo logremos. Nuestra tradición mantiene la fe puesta en que así será.

Veseata Dishmaya

 

 

 

 

 


 

Parasha Metzora: Un ritual de purificación
2014-5774

 Jorge Slachevsky Czuckerman

 

Normalmente las parashyot Tazria y Metzora se leen en la misma semana. Constituyen una sola unidad temática. En otras ocasiones, debido a las peculiaridades del calendario Hebreo, corresponde leerlas y comentarlas por separado. Así ocurre este año que se alarga en una forma que resulta misteriosa para los legos.

El segundo capítulo de la parasha Tazria está dedicado a relatar los efectos de una afección cutánea que afecta de aquellos que han cometido alguna transgresión de orden espiritual. Los comentaristas han explicado con lujo de detalles que esa falta afecta a quienes emiten calumnias acerca de terceras personas. La parasha nos informa que aquel que sospeche que está afectado deberá acercarse al kohen quien verificará si dicha afección constituye tzaarat y éste tomara las medidas necesarias para alejar esa persona del campamento y verificar que se cumpla con los otros requisitos establecidos en la parasha.

Al inicio de la parasha de ésta semana se relata que el afectado con tzaraat, el metzora, podría estar sanado y se especifica el ritual que debe cumplirse para someterlo a la purificación:

El Eterno habló a Moisés para decir: Esta será la ley del metzora el día de su purificación: será llevado al kohen. El kohen saldrá a las afueras del campamento; el kohen mirará, y he aquí que la afección del tzaarat ha sanado del metzora. El kohen ordenará, y para el que se purificará se tomaran dos pájaros vivos, puros, y madera de cedro, lana carmesí e hisopo. El kohen ordenará, y se degollará uno de los pájaros en un recipiente de barro sobre agua de manantial. En cuanto al pájaro vivo, lo tomará, así como la madera de cedro, la lana carmesí y el hisopo, y los mojará junto con el pájaro vivo en la sangre degollado sobre agua de manantial. Deberá rociar siete veces sobre el que se purificará de la tzaraat; lo purificará y enviará libre el pájaro vivo sobre campo abierto.

Importante ritual. Intenso simbolismo que ha desvelado a incontables sabios que han intentado encontrarle una explicación a cada uno los elementos descritos. Quizás el que nos entrega una mayor comprensión de la situación es el que tiene que ver con los dos pájaros que participan en el ritual.

El pájaro que pierde la vida representa el Lashon Hara que ocasionó la afección en primer lugar. La parasha nos enseña con su sacrificio que debemos refrenarnos de emitir comentarios maliciosos de los demás. Pero, tal como lo dice el texto, en el ritual participa un segundo pájaro que es liberado después de ser bañado con la sangre del primero. Esto quiere decir que no todo lo que se habla es negativo. Por una parte debemos abstenernos de emitir calumnias y debemos tener cuidado con lo que hablamos. Pero por otra parte esa restricción no nos libera de la obligación de compartir con nuestros semejantes nuestros pensamientos más valorados. Esta es la única manera que les permite acceder al crecimiento espiritual al cual estamos abocados.

Este tipo de lenguaje no solo es permitido sino que se considera una obligación emitirlo. El lenguaje es la herramienta a través de la cual D-s creó el mundo que habitamos. Nosotros, a través del lenguaje, participamos en la creación. Solo a los seres humanos se le dio la oportunidad de modificar su entorno a través del lenguaje. Este último permite comunicarse con los demás y motivarlos a compartir las tareas que permiten que el mundo continúe su desarrollo.

No solo se construye el mundo a través de esta acción compartida. Los  individuos  construyen su personalidad a través del lenguaje. Los hijos escuchan a sus padres. Los aprendices a sus maestros. Los buscadores de la verdad a los sabios. Todos intentando continuar la creación combinando la naturaleza, que nos ofrece el entorno y sus frutos, y la acción de nuestros antecesores, que nos trasmitieron sus conocimientos a través del buen lenguaje.

El extraño que el Lashon Hara solo aparece efímeramente en la convivencia ordinaria y en los medios de comunicación. Ningún elemento de trasmisión de conocimientos y experiencias serias ocupa ese mecanismo para perpetuar sus ideas. No lo encontramos en la literatura consolidada ni en las películas que se han convertido en clásicas por derecho propio.

Parece que el hecho de sacrificar el pájaro mal intencionado y liberar al que tiene buenas intenciones ha ayudado al progreso de la humanidad. Nosotros debemos, aunque nos cueste y haga que la convivencia social sea más aburrida, mantenernos en la senda que nos señala las parashyot que estamos comentando y liberar, cuan pájaro agradecido, a nuestro espíritu para que, emulando a Juan Sebastián Gaviota, accedamos a la inmensidad que nuestro destino nos tiene destinado.

Veseata Dishmaya

 

 

Parasha Tazría: Afección espiritual que nos domina
2014-5774
 Jorge Slachevsky Czuckerman

 

Después de la entrega de los Mandamientos en el Sinaí se produjo un cambio de giro en la Torah. El Pueblo de Israel había logrado su liberación física y había recibido los estatutos que debían regular su convivencia. Como la memoria humana es frágil, lo que había sido demostrado con el incidente del Becerro de Oro, se había hecho necesario construir un elemento físico portátil, el Santuario, que sirviera de recordatorio de las bondades que podía impartir la divinidad a aquellos que siguieran fielmente sus estatutos.

La parasha Shemini nos insinúa que no bastaba la construcción de un Santuario material que cobijara a la divinidad. Debíamos construir, además, un santuario interior que nos recordase la importancia de adherirnos a esos designios superiores.

El santuario anterior no existió entonces ni nunca podrá existir. Es una figura literaria que algunas corrientes espirituales y religiosas utilizan para graficar un deseo que ronda en nuestro interior y que necesitamos hacer aflorar de alguna manera.

Nuestra vida racional y espiritual se forma de la confrontación de numerosas fuerzas que constantemente estimulan nuestra vida interior. Deseos, emociones, aspiraciones, frustraciones, complejos, recuerdos y muchísimos más se combinan cada vez que intentamos tomar una determinación respecto a algún pensamiento o conducta que intentamos dilucidar.

La parasha Shemini nos impele a separar dentro de esta nebulosa de estímulos aquellos que son sagrados de los profanos y los que son puros de los impuros. En su segunda parte la parasha nos señala que es conveniente que para que los pensamientos puros predominen necesitamos ayudarlos consumiendo aquellos alimentos que refuerzan nuestra pureza y descartemos los que la debilitan.

Para entender mejor la separación entre lo sagrado y lo profano, e intentar comprender su mecánica, resulta interesante traer a colación un concepto elaborado por Freud.

Sigmund Freud, gran estudioso de la psiquis humana y desarrollador del psicoanálisis, en su  famoso texto la “Interpretación de los Sueños”, se refiere a un concepto descubierto por él, basado en el fenómeno que actúa en el mundo natural de forma similar a que lo hace en el ámbito psíquico, que denomina  “condensación” y que lo define como la conjunción de “varias cadenas de ideas reducidas a un único punto donde todas ellas se entrecruzan”.

La Torah, al solicitarnos que separemos lo sagrado de lo profano nos está solicitando que separemos lo trascendente de lo contingente y que “condensemos” todas las ideas que tenemos acerca de lo Eterno y lo Inmutable y lo encapsulemos dentro de una construcción virtual a la cual podamos acceder cada vez que queramos remontarnos a nuestros valores más anhelados.

Obviamente que esta construcción, absolutamente inexistente pero dotada de atributos que hacen aflorar nuestras más altas cualidades, debe tener un nombre que permita identificarla cada vez que sea necesario. Este no es otro que el de “santuario interior”, figura literaria que tal como ya dijimos nos permite visualizarla con mayor facilidad. Su construcción ocupará una gran parte de la Torah y ella se inicia con su parto en la parasha de esta semana, Tazria.

La parasha se inicia, inexplicablemente, señalándonos que aquella mujer que acababa de dar a luz debía refrenarse de las relaciones maritales porque se consideraba impura dentro de un lapso determinado de tiempo.

Podríamos elucubrar, sin ningún fundamento racional, que lo que la parasha nos está señalando es que debemos dar a luz un ámbito dentro del cual anidemos lo sagrado que ya nos habíamos encargamos de separar en la parasha anterior y que ahora debemos “condensar” de acuerdo a los conceptos desarrollados por Freud.

El hecho de que la parturienta debía someterse a un proceso de purificación se debía a que toda separación, madre e hijo, sagrado y profano, trae aparejado ciertos conflictos espirituales que deben ser confrontados. La madre, feliz de haber entregado al mundo una nueva vida siente un vacio que en ciertos casos produce una angustia post-parto. El seguidor de la Torah, al condensar las ideas sublimes, puede experimentar una angustia similar al de la madre al tener que dejar de lado algunas ideas profanas que tanto le agradaban y le otorgaban bienestar. En ambos caso la purificación conduce al equilibrio que permite una mayor tranquilidad.

Todo el resto de la parasha Tazria relata de una afección cutánea que experimentaban algunas personas que, aparentemente, habían estado en contacto con la calumnia. Ya en nuestro comentario del año pasado, que podemos leer en Anajnu, describimos sus consecuencias y la forma de revertirlas.

Bajo los conceptos elaborados en la presente columna podemos definir que la Tazria consistiría en una enfermedad espiritual, producto de emitir o recibir calumnias, que afectaría la capacidad de nuestro santuario exterior para cumplir la alta misión que le hemos encomendado. Su efecto negativo reduce nuestra capacidad de concentrarnos en lo que realmente nos interesa, condensar nuestras fuerzas positivas alrededor de lo sagrado, y exalta lo profano en desmedro de lo trascendente.

Así, al confundir lo sagrado con lo profano, la calumnia está actuando contra el imperativo de separar ambas dimensiones y nos reducen las herramientas que disponemos para perseguir en forma efectiva nuestros altos ideales. El hecho de conocer los efectos negativos de la calumnia y de abstenernos de practicarla refuerzan el santuario interior que nos hemos encargado de construir.

        Veseata Dishmaya

 

Parasha Tazría: La calumnia, atentado contra la vida
2013-5773

 Jorge Slachevsky Czuckerman

En la columna de la semana pasada comentamos que durante el Seder de Pesaj nuestro cuerpo se convertía en un Tabernáculo viviente. Hoy día vamos a concentrarnos en la última parte de esa afirmación. El judaísmo recalca la importancia de la vida y rechaza la calumnia que atenta contra ella.

El regalo de la vida es tan importante que siempre deberíamos tomar consciencia de que gozamos del privilegio especial de contar con ella. La antítesis de este sentimiento es el aburrimiento, entendido como el vacío que produce la falta de sentido de la vida, que nos obliga a enfrascarnos en largas horas de trabajo de alta exigencia para luego, en los momentos de ocio, entretenernos comprando cuanta novedad ha aparecido en el mercado.

No podemos negar que la lectura de la parasha de esta semana, Tazría, nos parece aburrida a primera vista. Pareciera adolecer de la misma falta de sentido que afecta al mundo en que nos toca vivir. Trata extensamente de dos temas: la purificación a que debe someterse la mujer luego del parto y de la manera de tratar la afección cutánea que se conoce con el nombre de tazría. Intentaremos entender como estos fenómenos, tal como se presentan combinados en la parasha, podrían entregarnos una enseñanza que beneficie al judío laico del siglo XXI.

Con el parto se da inicio a una nueva vida. En nuestra época suena anacrónico analizar los rituales de purificación a los que debía someterse una mujer después de dar a luz que aparecen en la parasha. Leerlos nos permite rescatar que su inclusión le da mayor fuerza al concepto de tazría cuyos efectos espirituales, aunque ya no los físicos, siguen perjudicando la vida de los que sufren sus consecuencias.

La parasha describe de la siguiente manera la tazría y los efectos que producía en los afectados:

“El Eterno habló a Moisés y a Aarón, para decir: Si una persona tuviese en la piel de su carne una mancha clara, una mancha blanquecina o una mancha brillante, y se convirtiese en afección de tzaráat en la piel de su carne, deberá ser traída a Aarón el kohén o a uno de sus hijos, los kohanim. El kohén deberá observar la afección en la piel de la carne, y si el pelo en la afección cutánea se ha vuelto blanco y el aspecto de la afección cutánea es más hondo que la piel de su carne, afección de tzaráat es; el kohén lo mirará y lo declarará impuro”.

Deducimos de este párrafo que la afección descrita no tenía su origen en una enfermedad física sino que en una espiritual, ya que era el kohén quien debía diagnosticarla y declarar si era pura o impura. Afirman nuestros sabios que los médicos, aunque fuesen expertos en las afecciones cutáneas, no tenían la facultad de declarar la pureza o impureza de una mancha. Podían solamente asesorar al kohén cuando este no estuviera totalmente seguro de que si se trataba de una afección física o espiritual.

Era muy importante determinar si las afecciones se debían a una falla espiritual. El hecho de que aparecieran en una zona visible del cuerpo le indicaba a la familia y a la comunidad que algo estaba fallando en el comportamiento del afectado y que éste tenía que tomar medidas para corregirlo.

Según los estudiosos esta afección se debía al mal uso del lenguaje. Deducían su conclusión del primer versículo de la parasha Bereshit donde se relata  que el mundo fue creado por D-s a través del lenguaje:

            “En el principio del crear de D-s los cielos y la tierra, cuando la tierra era confusión y vacío, con oscuridad sobre la superficie del abismo y el aliento de D-s planeaba sobre la superficie de las aguas, entonces D-s dijo: haya luz, y hubo luz. D-s vio que la luz era buena y D-s separó entre la luz y la oscuridad. D-s llamó a la luz Día, y a la oscuridad llamó Noche; y hubo anochecer y hubo mañana, día uno”.

La parasha continúa  relatando como D-s fue creando, con la palabra, todo lo que existe sobre la tierra para culminar, en el sexto día, con la creación del hombre. Al hacerlo le confirió la oportunidad de tener un lugar preferente en la Creación cuando le dio la facultad de nombrar a todo lo creado:

“El Eterno D-s había formado de la tierra a todo animal del campo y a toda ave de los cielos, y los trajo al hombre para ver como los llamaría. Y a todo ser viviente al que el hombre daba un nombre, ese fue su nombre”

El lenguaje que utiliza el hombre para nombrar todo lo que D-s había creado queda sujeto al libre albedrío de cada persona. Lo puede utilizar para motivar, ensalzar y elevar a aquel que lo está escuchando. En ese momento compartirá con D-s los momentos de la Creación y justificará su misión sobre la tierra. También lo puede utilizar para vilipendiar, destruir y calumniar al otro. En ese momento rechazará a D-s porque destruirá la realidad que debía ayudar a crear.

Dicen que la tzaría era un regalo divino y no una maldición. Permitía al que la aquejaba hacerse una introspección mientras permanecía alejado de la comunidad. Debía darse cuenta que a través de la calumnia traía la muerte al mundo en vez de la vida. Muerte debido a que el lenguaje mal utilizado mata la fuerza vital que constituye la energía creadora que da origen y sustenta la vida. Fuerza vital que permite al hombre luchar contra los embates de la vida desde el momento de la concepción. La calumnia, producto de la presión social que ejerce el agresor verbal, impulsa al afectado a enfocarse sobre sus debilidades y a descuidar sus fortalezas. Si este proceso continúa a lo largo del tiempo va reduciendo paulatinamente la fuerza vital que conduce inevitablemente a la muerte espiritual.

            Queda claro que la calumnia ejerce una influencia devastadora sobre el individuo, la familia y la sociedad. Debemos intentar luchas con todas nuestras fuerzas contra ese flagelo. Numerosas personas se ven afectadas por la agresión de aquellos que intentan reafirmar su autoestima denigrando a los demás.

Pareciera ser que la responsabilidad ya no recae en el agresor sino que en el agredido. Ya no es al primero que se le exige que se aísle de la comunidad mientras reflexiona sobre el daño que causa con su maledicencia. Es al segundo que se le exige que tenga la fortaleza de espíritu para resistir los embates de su agresor. Cambio de enfoque que deja vulnerable a parte de la población a los efectos de un lenguaje mal intencionado.

            La parasha Tazría, con su descripción del fenómeno, coloca al flagelo de la calumnia en su justa dimensión. Castiga al infractor para que recapacite en sus actos. Simultáneamente entrega al  afectado las herramientas para reafirmar su autoestima. Parece ser que sus enseñanzas no son tan aburridas como aparecían frente a una primera lectura. Pueden entregar las pistas que la sociedad necesita para mejorar la convivencia entre sus integrantes Veseata Dishmaya

 

 

 

Parasha Shemini: Sagrado y profano, puro e impuro
Jorge Slachevsky Czuckerman


Según la narración simbólica de la Tora, D-s creó el mundo en siete días y después descansó. Durante todo el desarrollo de la Torah no nos habíamos preocupado, hasta ahora, de averiguar si el día octavo tenía alguna importancia en el relato divino. Al inicio de la parasha de esta semana, Shemini, se nos entrega una señal que lo sagrado, representado por el número ocho, tiene una importancia fundamental que complementa el orden natural, profano, que había sido puesto a disposición del ser humano desde el final de los siete días de la Creación.

Es así que al inicio de la parasha Shemini podemos leer:
“Y sucedió, en el octavo día, que Moisés llamó a Aarón y a sus hijos, y a los ancianos de Israel……”

A continuación abandona la explicación de por el día octavo encabeza el relato de la parasha y enumera los distintos sacrificios que tanto Aarón como sus hijos debían realizar ese día en el Santuario. El pueblo estaba expectante, esperando afuera del recinto, para poder comprobar si efectivamente habían sido aceptados por la divinidad. La Torah nos presenta el desenlace en los siguientes versículos:

“Aarón alzó su mano hacia el pueblo y los bendijo, habiendo descendido de realizar el servicio de la ofrenda de pecado, de la ofrenda de ascensión y de las ofrendas de paz. Moisés y Aarón entraron a la Tienda de la Cita, luego salieron y bendijeron al pueblo, y la gloria del Eterno se manifestó a todo el pueblo.

“Un fuego surgió de delante del Eterno y consumió sobre el Altar la ofrenda de ascensión y todos los sebos; todo el pueblo lo vio y cantaron loores, y cayeron sobre sus rostros”

Hasta allí resulta fácil entender el sentido que quiere trasmitirnos la Torah. La vida depende de Hashem. Hay ciertas actuaciones humanas que resultan contrarias a las expectativas que tiene D-s respecto a la humanidad. Entre ellas se encuentran, por haber sido expuestas con tanta vehemencia en el relato divino, el pecado de Adán y Eva y el del Becerro de Oro. El Pueblo de Israel necesitaba una señal que Hashem estaba complacido con los sacrificios ofrecidos y que esos pecados habían sido redimidos. La señal fue potente y clara. Surgió un fuego que consumió las ofrendas y el Pueblo percibió que sus transgresiones habían sido perdonadas. De allí en adelante sería posible, en cualquier día, que los individuos redimieran sus propias transgresiones llevando sus ofrendas hasta el Templo. Por su parte, el Sumo Sacerdote tendría la oportunidad de solicitar la redención del pueblo como un todo en el día de Yom Kippur.

El Santuario constituía, después de su consagración, un recinto sagrado donde se asentaba la presencia divina. Todo lo que lo rodeaba, a pesar de haber sido creado por la misma divinidad, pertenecía al orden natural, que se conocía como lo profano. Lugar donde no se manifestaba tan abiertamente la presencia de la Shejina. No ocurría lo mismo con el hombre, ya que al haber sido creado con polvo de la tierra y chispa divina, contenía, y aún contiene, en sí algo del Santuario, lo sagrado, que se encuentra rodeado por una parte del mundo natural, lo profano.

Además de ambas dimensiones se le otorgó al hombre un poder que no estaba disponible ni a los ángeles que habitaban el mundo sobrenatural ni a los demás animales que lo hacían sobre la tierra. Este no era otro que el Libre Albedrío que le permitía elegir vivir toda su existencia dentro del mundo profano, abandonando toda su faceta sagrada, sin que aparentemente sufriera ninguna consecuencia por dicha elección.

Esto constituiría una contradicción que nos afecta hasta el presente ya que, de acuerdo a la Torah, el ser humano no tendría ninguna razón de haber sido creado si éste enfoca su vida solamente en el aprovechamiento del mundo material para su uso personal. El destino final del hombre, meta que debía cumplir a partir del día octavo de la Creación, está firmemente señalado en la Parasha Shemini:

“…A fin de diferenciar entre lo sagrado y lo profano, así como entre lo puro y lo impuro”

Claramente se nos señala cual es nuestra misión en la vida. Aprender a diferenciar entre lo sagrado y lo profano y darle la importancia que se merece la primera de esas distinciones. Su aprendizaje dio origen a las religiones tal como las conocemos hoy en día. La que se produce entre lo puro y lo impuro dio origen a las reglas de la kashrut, la lista de los alimentos kosher que podemos consumir, que tanto desvela a aquellos que intentan cumplir los preceptos que aparecen en la segunda parte de nuestra parasha.

La Torah es explicita en señalar que dentro del Santuario se debían practicar los rituales de acuerdo a los designios divinos, transformando momentáneamente lo profano del mundo natural en sagrado, mientras que cualquiera transgresión a esas instrucciones exponía al castigo divino a quien la practicaba.

Así fue lo que ocurrió con dos de los hijos de Aarón, Nadav y Aviyu. Murieron por ofrecer sin autorización sacrificios considerados profanos. Los hermanos eran hombres sabios y rectos destinados a suceder algún día a Moisés y a Aarón. Extasiados frente a la divinidad no controlaron su afán de acercársele más íntimamente. Ya había ocurrido durante la Revelación del Sinaí cuando no acataron la instrucción de bajar la vista frente a la divinidad. No fueron castigados en ese momento, ya que D-s no quería reducir la solemnidad de la ocasión con una señal tan elocuente. Fueron sancionados cuando ofrecieron un sacrificio profano en el Santuario. La consecuencia de su transgresión quedó escrita en forma indeleble para toda la eternidad: lo sagrado no debe ser contaminado por lo profano y quien la realiza está sujeto al castigo.

En el interior del Santuario radicaba lo sagrado. Lo mismo ocurre en el ser humano. En su interior se encuentra su dimensión divina que aflora solamente cuando la persona permite que así ocurra. Para que pueda hacerlo no sólo debe ser capaz de distinguir entre lo sagrado y lo profano sino que entre lo puro y lo impuro.

Si profanamos el Santuario éste pierde su condición de sagrado. Nadav y Aviyu murieron por hacerlo. Nosotros podemos, al igual que Aarón proporcionar la pureza a nuestro santuario interior o, al igual que sus hijos, colmar de impureza dicho santuario. D-s nos dio la oportunidad de elegir. Toda la segunda parte de la parasha Shemini está destinada a enumerar la lista de alimentos puros que podemos consumir y los impuros que debemos evitar para asegurar nuestra santidad interior.

No estoy señalando que la comida ingerida pueda ayudar a un judío a expresar su faceta sagrada o a enterrarla bajo una capa de sedimentos inertes. Nuestros ancestros tenían que practicar las reglas que aparecen en la parasha Shemini con la esperanza de que al estar emulando a Aarón, y no a sus hijos Nadav y Aviyu, contarían con el favor de la divinidad. El mundo moderno, a diferencia de las tradiciones ancestrales, nos insta a abandonar las reglas de las kashrut por encontrarlas innecesarias para un desarrollo integral.

Yo no mantengo la mayoría de las reglas de la kashrut. No creo que pudiese hacerlo aún si las circunstancias así me lo exigieran. Mis hijas y mis nietos las mantienen y creen fervientemente que están haciendo lo correcto.

A esta altura de la civilización es posible que no se justifique buscar lo puro y rechazar lo impuro a través de nuestras acciones dietéticas. Lo que si estoy seguro que debemos aprender a diferenciar entre lo sagrado y lo profano para lograr una vida más consecuente con nuestra conciencia. Debemos traducir nuestras buenas intenciones en buenas realizaciones y a su manera la Torah nos enseñaba a hacerlo con las herramientas que anteriormente contaba la humanidad.

El progreso nos ha traído nuevos instrumentos que quizás algún día nos ayuden a separar lo esencial de lo aparente. Mientras tal cosa ocurra nos obnubilamos con entretenciones digitales que parecieran llenar nuestra vida. Pareciera que su uso ha acaparado el fervor religioso que antes manifestaban nuestros ancestros ¿Lograran estas entregarnos el mensaje simbólico que nos trasmite la parasha de esta semana?

Veseata Dishmaya
Parasha Shemini: El Seder de Pesaj y el Tabernáculo
Jorge Slachevsky Czuckerman

El martes pasado culminó la celebración del Seder de Pesaj. En el Viernes Santo el Papa Francisco recalcó el papel que cumplió Aarón en los oficios sagrados del antiguo Israel y que los sacerdotes católicos debían emular. La parasha de esta semana, Shemini, nos relata la consagración del Tabernáculo y la iniciación de Aarón y sus hijos en las funciones sacerdotales. Distintos escenarios y un trasfondo común que mantiene su vigencia a pesar de los milenios.

Al igual que todos los años, el Seder de Pesaj nos ofrece la oportunidad de reencontrarnos con una de las tradiciones más arraigadas de la identidad judía. El Seder no solo constituye un relato inspirador de la gesta que dio origen al Éxodo de Egipto. Alrededor de la mesa festiva nos congregamos para convertirnos en protagonistas de tal magno acontecimiento. No fueron los otros que desafiaron al Faraón para conseguir la tan ansiada libertad. Somos nosotros mismos los que rememoramos tal hazaña para tomar conciencia de lo que significa la libertad para nuestro pueblo. Los pasos del Seder, cuan eslabones de una cadena que nos liga a nuestros ancestros, nos hacen tomar consciencia de que estamos sujetos a conductas que debemos descartar para liberarnos de todo lo que nos limita.

Estamos esclavizados por la superficialidad y una vida sin sentido. Todo lo contrario a lo que una vida singular nos exige. Trabajar intensamente para lograr el bienestar material no constituye un fin en sí mismo. Es necesario hacerlo pero debemos recordarnos que debe venir acompañado de un propósito que le dé sentido a nuestra vida. Para lograrlo debemos liberarnos de nuestra naturaleza animal que nos aprisiona con sus exigencias de satisfacción inmediata.

Cada cual debe salir del Seder con el firme propósito de convertirse en artífice de su propia libertad. La liberación física lograda por Moisés debe completarse con su contraparte espiritual. No fue suficiente la Revelación en el Sinaí para asegurar esta última, El pueblo hebreo tuvo que deambular durante 40 años por el desierto para conseguirla.

Nosotros no tenemos que aislarnos en el desierto para lograr tal objetivo. La condición humana no nos exige hacerlo. El Seder de Pesaj nos ayuda a fortalecer nuestra voluntad. Para lograrlo debemos profundizar nuestra comprensión de todos los aspectos de nuestra existencia. Solo así podremos tomar decisiones conscientes que nos alejen de los imperativos biológicos. Con voluntad y comprensión podremos acceder a la sabiduría para lograrlo.

La parasha Shemini refuerza nuestra comprensión enseñándonos a elegir entre lo correcto y lo incorrecto. La Torah, basándose en el leguaje disponible para su época, utiliza los conceptos del bien y del mal, puro e impuro, santo y profano. Términos que pueden afectar la sensibilidad de aquellos lectores laicos a los cuales pretendo acceder y a los cuales solicito que los traduzcan a un lenguaje más contemporáneo. Descubrirán que muchas palabras de uso cotidiano, que aparecen tan evolucionadas para los oídos actuales, trasmiten el mismo mensaje que la Torah nos quiere comunicar. Allí, y sólo allí, se encuentra la vigencia de nuestro Libro Sagrado y la validez de sus comentarios.

En el inicio de la parasha Shemini se relata la consagración del Tabernáculo y la investidura sacerdotal de Aarón y sus cuatro hijos. Ya antes, al final de la parasha Tzav, tuvimos la ocasión de leer el relato de la preparación que tuvieron que cumplir para hacerse merecedores de tal alta distinción:

“No deberán salir de la Tienda de la Cita durante un período de siete días, hasta que se completen sus día de inauguración, pues durante un período de siete días ustedes serán investidos. Tal como lo hizo en este día, así el Eterno ha ordenado hacer para hacer expiación para ustedes. A la entrada de la Tienda de la Cita morarán día y noche durante un período de siete días, y preservarán el Eterno para que no mueran, ya que así se me ha ordenado”

Lo primero que salta a la vista en el párrafo anterior es la denominación que se le da al Tabernáculo: Tienda de la Cita. Su nombre refleja su condición de punto de encuentro entre los ámbitos físicos y espirituales del pueblo hebreo. Para lograr ese objetivo se prohibieron a partir de su inauguración los altares privados y se constituyó en el único lugar donde se tendrían que ofrecer los sacrificios.

El Tabernáculo cumplió esa función durante todo el peregrinar por el desierto y hasta el momento en que fue consagrado el Primer Templo de Jerusalén. Centro visible de la devoción israelita que se mantuvo vigente hasta su destrucción por parte del invasor babilónico. Posteriormente, reconstruido, mantuvo el foco unificador del pueblo hasta su destrucción definitiva en manos de las legiones romanas.

Con la desaparición del Segundo Templo y la dispersión del pueblo judío se deberían haber destruido los cimientos espirituales del pueblo judío de antaño. Sin esa base, tal como lo presagiaban erróneamente los romanos, ese pueblo belicoso debería desaparecer ya que no contarían con el punto de encuentro del Templo que reafirmaría en la dimensión física a un D-s invisible.
En sus cálculos los romanos no habían tomado en cuenta los dos puntos de encuentro que iban a mantener, por casi dos milenios, unido al pueblo judío: La Torah y las leyes dietéticas.

El fenómeno de la Torah no se centra en sus enseñanzas ni en sus mandamientos a pesar de que así lo queramos creer. Tampoco en un D-s creador del cual pueda depender el futuro de la humanidad. El valor de la Torah no es otro que el que tenía el Tabernáculo en su oportunidad. Cumple su objetivo al unir, juntar, religare, a su alrededor a un grupo de personas que reconoce en ella el fundamento de su vida espiritual. Gente que es capaz de sobreponerse a sus diferencias individuales en su anhelo de constituir un grupo homogéneo que pueda encontrar en la cohesión, y no en la divergencia, el sentido a su vida.

Al reemplazo del símbolo espiritual del Tabernáculo por la Torah le falta la contraparte material. Esta la proveía toda la actividad física alrededor de los sacrificios. Todo ser humano debía y debe complementar sus ideas con la acción. En la segunda parte de la parasha Shemini encontramos el germen de la solución a este problema. La Torah se anticipo varios siglos al dilema que iba a encontrar la generación de la dispersión. Intentando hacer una distinción entre los alimentos puros y los impuros, de manera de tratar de inculcar en la conducta las nociones de correcto e incorrecto, llegaron a convertir al propio cuerpo humano en un Tabernáculo en el cual cada feligrés, a través del “sacrificio” de abstenerse de ciertos alimentos, cumpliría los deberes sacerdotales que inicialmente estaban destinados a ser efectuados por Aarón y sus hijos.

Es así que en la semana en que nos encontramos tuvimos la oportunidad de asistir al Seder de Pesaj y leer acerca de la consagración del Tabernáculo y los alimentos prohibidos por la parasha Shemini. El Seder, con su recuento de la liberación de Egipto, núcleo fundamental de la Torah, representa el ámbito espiritual del Tabernáculo recreado por cada uno de nosotros. La comida festiva, con sus rituales alimentarios, representa la parte física del Tabernáculo, recordatorio que no constituimos seres angelicales que prescinden de la parte física, sino que somos seres humanos que debemos cuidar nuestra parte material para aspirar a la integridad espiritual.

Veseata Dishmaya

 

 

 

Parasha Vaikra: Un relato teñido de rojo
2014-5774
Jorge Slachevsky Czuckerman

Una vez que se terminó la construcción del Santuario y la consagración del Sumo Sacerdote reinaba la expectación. ¿Habría D-s perdonado las ofensas que le había ocasionado el Pueblo con la construcción del Becerro de Oro?

No podían estar seguro de que eso hubiese ocurrido pero había una buena posibilidad de que así fuese si se cumplían las tres condiciones básicas que D-s exigía a su Pueblo: Estudio y cumplimiento de los Mandamientos de la Torah, Servicio Divino en el Templo y buenas acciones hacia el prójimo.

De estas la parasha Vaikra se extiende largamente en la descripción de los sacrificios, especialmente de animales, que constituían el servicio divino que se debía realizar diariamente en el Templo. Llama la atención la gran profusión de sangre que estos implicaban. Afortunadamente desde la destrucción del Segundo Templo estos dejaron de practicarse. Fueron reemplazados por los servicios religiosos actuales en los cuales los rezos ocupan el papel central que antes ocupaban los sacrificios.
Por lo tanto resulta importante comprender los fundamentos simbólicos que justificaban que la sangre ocupara un papel tan trascendental en esos servicios.

Por medio de la sangre derramada en el Altar el Pueblo intentaba crear una aproximación a la divinidad. La posibilidad de que así ocurriese estaba sutilmente señalada en el primer párrafo de la parasha:
“Él llamó a Moisés; y el Eterno le habló desde la Tienda de la Cita, para decir: Habla a los Hijos de Israel y diles: Cuando una persona de ustedes traiga una ofrenda al Eterno de animales, de bovinos o de ovinos ofrecerá su ofrenda……El apoyará su mano sobre la ofrenda de ascensión y le será aceptada para expiar por él……..Degollará la cría de la res delante del Eterno, y los hijos de Aarón, traerán la sangre, y arrojarán la sangre alrededor, en el Altar que está a la entrada de la Tienda de la Cita”.

Lo primero que llama la atención a los comentaristas es el término “llamó” que aparece al principio del versículo. Según Rashi ese término denotaba una expresión de cariño. Extrapolando este cariño demostrado a Moisés hacia el Pueblo se podía deducir que D-s estaba dispuesto a perdonar las transgresiones de aquellos que le ofrecieran una ofrenda a la divinidad.

Lo segundo es una particularidad del texto que no podemos apreciar en su lectura en castellano. La palabra Vaikra está escrita con una aleph al  final más chica que todas las demás letras. Tras largas deliberaciones los comentaristas llegaron a la conclusión de que esto se debía a que D-s consideraba de manera especial las profecías que Le trasmitía a nuestro profeta. Las consideraban más relevantes que aquellas que les trasmitía a los profetas de las otras naciones que practicaban la idolatría. Creían que esta mayor atención, al igual que lo expuesto en el párrafo anterior, reafirmaba la voluntad divina de expiar las transgresiones de aquellos que ofrecían los sacrificios en el Templo.

Esta anomalía en la escritura también nos señala que dicha profecía le estaba siendo trasmitida a una persona modesta como nuestro profeta Moisés. Con esto le estaba trasmitiendo a quien presentaba la ofrenda de que ésta le sería aceptada sólo si su corazón estaba repleto de humildad, reconocía la falta cometida y manifestaba su deseo de no repetirla.

Después nos señala que “los hijos de Aarón, traerán la sangre, y arrojarán la sangre alrededor, en el Altar que está a la entrada de la Tienda de la Cita”. La sangre constituye el vehículo a través del cual los nutrientes son conducidos a cada uno de los rincones del cuerpo permitiendo que se manifieste la vida en todo su esplendor. Como D-s es, a nivel espiritual la sustancia incorpórea que permea todos los rincones de su Creación, resulta comprensible que los antiguos hebreos intentaran la proximidad con la divinidad ofreciéndole la sangre de los sacrificios como expiación de las transgresiones cometidas.

Así se transformaba ese sacrificio en una ofrenda física que conectaba a través de una complicada concepción mística a dos dimensiones espirituales: La de la conciencia de la persona que anhelaba la expiación y la divina que podía acceder a dicha petición. Al constituir cada uno de nosotros una entidad compuesta por una parte física y otra espiritual no bastaba que nuestra conciencia mantuviera en privado su intención de no trasgredir. Necesita de una manifestación física que manifestara esa voluntad en el mundo material. Simbólicamente la sangre derramada constituiría la propia del transgresor pero, como tal situación desencadenaría en la desaparición física se hizo necesaria que se reemplazara por un animal que cumpliera tal misión.

Pareciera que derramar la sangre de un animal no pudiese cumplir con lo solicitado ya que su sangre no mantendría ninguna relación simbiótica con el transgresor. No es tan así. Para poder ofrecer la ofrenda el transgresor tiene que haber criado o comprado el objeto del sacrificio. En ambos casos había la necesidad de que la persona ocupara su energía vital, trasmitida por la circulación de la sangre a través de su organismo, en cuidar a su ganado para que este se creciera o en dedicarse a una actividad lucrativa que le permitiese adquirir el animal que otro había cuidado con su propia energía vital. En ambos casos la sangre del oferente y la del animal sacrificado se confundían ya que la sangre del primero permitía simbólicamente que la del animal ofrecido llegara a su plenitud.

Después de la destrucción del Segundo Templo se perdió la oportunidad de ofrecer sacrificios de animales como expiación por nuestras transgresiones. El agresor, tal como en la antigüedad, se ve en la necesidad de transformar en hechos concretos la emoción negativa que le produce la culpa. Al igual que antaño acude a su energía vital para aquietar su conciencia. Actualmente dispone del rezo en reemplazo del servicio divino que se desarrollaba en el Templo. Tiene que hacerse un tiempo de las labores habituales para destinar su energía vital al recogimiento que pueda conectarlo con la divinidad.

Así la sangre ofrecida de antaño es reemplazada actualmente por el rezo que nos ofrece una intimidad con D-s que esta sutilmente delineada en las primeras palabras de la parasha Vaikra.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Vaikra: Transgresión y Expiación
2013-5773
Jorge Slachevsky Czuckerman

En este Shabat se inicia la lectura del Levítico, libro tercero de la Torah. Atrás quedaron dos de ellos, el Génesis y el Éxodo, que nos condujeron desde la Creación del Mundo hasta la construcción del Tabernáculo. La Parasha de esta semana, Vayikra, relata los sacrificios que debían realizar los hebreos para expiar sus transgresiones.

Estas últimas han existido siempre y los textos de la Torah han intentado buscar el motivo por el cual se generan las virtudes más excelsas y las atrocidades más innobles de la condición humana. Todo en nombre del  D-s cuyos atributos, por mantenerse ocultos a nuestro entendimiento, parecieran acomodarse a la percepción de cada cual. Al hacerlo brindan justificación a ciertas conductas que no son siempre comprendidas por aquellos que no se adscriben a ellas.

Una de esas prácticas, que nos parecen aberrantes a los lectores del siglo XXI, es la de los sacrificios de animales. No solo por los hechos sangrientos relatados, sino que resulta difícil asimilar que se puedan redimir las transgresiones sin la existencia del arrepentimiento previo. Debemos comentar que tal requisito no está expresado abiertamente en la parasha.

En el párrafo inicial de la Parasha Vaikra podemos leer acerca de la ofrenda y su expiación:

“El llamó a Moisés; y el Eterno le habló desde la Tienda de la Cita, para decir: Habla a los Hijos de Israel y diles: Cuando una persona de ustedes traiga una ofrenda al Eterno de animales, de bovinos o de ovinos ofrecerán su ofrenda. Si su ofrenda es ofrenda de ascensión de bovinos, deberá ofrecer un macho sin defecto; a la entrada de la Tienda de la Cita la ofrecerá, voluntariamente, delante del Eterno. El apoyará su mano sobre la cabeza de la ofrenda de ascensión y le será aceptada para expiar por él”.

Algunos comentaristas afirman que en él párrafo anterior estaría señalado, en forma implícita, que D-s aceptaría las ofrendas siempre y cuando las personas estuviesen arrepentidas de sus transgresiones y que tuviesen la intención de no repetirlas.

Deducen dicha afirmación de la forma en que está escrita la palabra vaikra, llamó:

¡La última letra, la aleph, es más pequeñita que lo normal!

Aquellos que leemos la traducción en castellano no podemos darnos cuenta de esa particularidad. Pero, una vez que hemos sido advertidos de dicha situación, podemos observar cómo está escrita en hebreo y nos damos cuenta que eso es efectivo. Les recomendamos hacerlo. Produce una extraña sensación el darse cuenta que hay unos códigos ocultos a los cuales podemos acceder si alguien nos informa de ellos.

Ahora que hemos visualizamos esa anomalía nos corresponde averiguar su significado y eso es bastante complicado si no sabemos hebreo. Igual creemos que debemos intentarlo con la ayuda de los comentaristas.

Si la palabra vaikra, “llamar”, estuviese escrita con la letra aleph de tamaño normal no habría ninguna dificultad en encontrarle sentido al mensaje.

Al estar escrita con la aleph de tamaño pequeño tendemos a leer otra palabra en idioma hebreo, vaikor, “casualidad”, que incorporada a la frase la hace perder todo el significado que ésta nos intenta trasmitir.

Hay que recalcar que tanto la palabra “vaikra” como “vaikor” se usan en distintas partes de la Torah para referirse al fenómeno de la profecía. 

La primera la utiliza la Torah cuando D-s quiere trasmitirle un mensaje especial a Moisés. No solo le “habla” sino que lo “llama”, lo que denota el gran afecto con la divinidad se comunica con él.

La segunda la ocupa D-s cuando trasmite un mensaje “casual” a alguna  persona de menor rango. Tal situación ocurrió en el caso de Bilaam, el profeta pagano, cuya comunicación se origina siempre en la necesidad de trasmitir un recado importante y no en el afecto originado por la relación.

De acuerdo a la atención que se le ponga al texto podemos leer “vaikra” o “vaikor”. La primera simboliza a Moisés, el arrepentimiento. La segunda a Bilaam,  la obstinación.

Moisés representa a la conciencia, asiento de la presencia divina, Shejina. Origen del arrepentimiento y de la expiación efectiva. El sacrificio inspirado en Moisés constituye un acto reflexivo. Viene acompañado de la firme voluntad de no repetir la transgresión. La expiación sería efectiva, aceptada por D-s.

Bilaam representa al cuerpo, dominado por los impulsos biológicos que tienden a la sobrevivencia, a toda costa, aunque tenga que transgredir los valores que sustentan a la sociedad. El sacrificio bajo la influencia de Bilaam es casual, no reflexionado, señala la falta de arrepentimiento y no tendría  ningún  valor  porque
D-s no aceptaría nuestra expiación bajo esas condiciones.

Aún realizamos sacrificios para redimir nuestras culpas. Hace casi 2000 años que él Segundo Templo fue destruido y ya no llevamos animales para ser sacrificados. El objeto del sacrificio ha desaparecido pero la motivación de la inmolación permanece vigente. Cuando se acerca Rosh Hashana y Yom Kippur nos recordamos de las transgresiones que hemos cometido contra D-s, nuestros semejantes y nosotros mismos. Volvemos a repetir los sacrificios pero enfocados en otra dirección. Ahora los llamamos tefila, teshuva y tzedaka. Ya no son los animales los que se convierten en ofrendas para expiar las infracciones que hemos cometido. Ahora será la propia conciencia, origen de la transgresión y de la expiación, quien se ofrece a sí misma como la más valiosa de las ofrendas para conseguir la redención anhelada.

La redención es la clave del fenómeno religioso que ofrendaba a los animales de antaño y a la conciencia moderna al altar de los sacrificios. La redención es una consecuencia de la dualidad que estamos constituidos los seres humanos. Moisés y Bilaam, materia y espíritu, alma animal y divina, esclavizados por la naturaleza y  liberados por el Libre Albedrío.

Solo al darnos cuenta que todas estas facetas pueden ser compatibilizadas en una sola podremos convertirnos en el ser humano que nuestra religión pretende para nosotros. Al darnos una válvula de escape, el sacrificio animal de antaño y la tefila, teshuva y tzedaka de la actualidad, nos libera de la culpa acumulada que nos va contaminando la conciencia y que la hace perder la posibilidad de conjugar en una sola persona todas las cualidades, tanto del reino animal como del espiritual, en su beneficio y el de toda la comunidad.

Veseata Dishmaya

Parasha Mishpatin: Honestidad y Ética

2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

Como seres humanos estamos sujetos a enormes contradicciones. Intentamos ser consecuentes con nosotros mismos pero las circunstancias nos conducen, cuan marionetas, por senderos que no pretendíamos transitar. Hasta la parasha de esta semana, Mishpatin, el Libro del Éxodo había centrado su atención en lo deleznable que constituía la esclavitud en Egipto y de cómo D-s los había liberado de ella. Dando un vuelco en la narrativa, tras el extraordinario momento de la entrega de los Diez Mandamientos, la Torah enumera las Mishpatim, leyes destinadas a regular la convivencia social entre aquellos que presenciaron la Revelación. Supuestamente éstos deberían haber quedado tan impresionados que no hubiesen necesitado instrucciones para conducirse correctamente en sociedad. Entre las primeras recalca aquellas que regulan la institución de la esclavitud que el Éxodo había aborrecido. Nos señala como hacerla más benévola pero de ninguna manera prohíbe de raíz ese flagelo social.

Imaginemos un Seder de Pesaj durante la época bíblica. Toda una celebración festiva destinada a recordar la liberación de la esclavitud de Egipto. Entre las clases más pudientes era habitual que la mesa fuese servida por esclavos. Seres humanos que tras unos malos negocios habían llegado a convertirse en servidores de aquellos a los cuales les debían dinero. Contradicción entre un rasgo de carácter deseable, la honestidad para vivir de acuerdo a sus convicciones y la ética, socialmente aceptada, que permitía disfrutar de la institución de la esclavitud contradiciendo el espíritu del Seder.

La parasha de esta semana nos entrega leyes que regulan las relaciones civiles. Deja de lado aquella ingenuidad infantil que la Torah había mantenido hasta ese momento. Una en el cual la sociedad podía ser reformada si los individuos corregían aquellos rasgos de carácter que atentaban contra la convivencia en comunidad.

Establece una correlación entre las leyes civiles, prácticamente idénticas en toda sociedad civilizada, y las impuestas por la divinidad, similares a las anteriores, pero que busca reprimir los exabruptos individuales bajo la concepción de un ideal que trasciende a los antojos personales.

Para evitarlos la religión pone su énfasis en la corrección de los rasgos de carácter y no en el castigo que sufrirían aquellos que se dejaran llevar por sus acciones negativas. Obviamente que señala los castigos, algunos de ellos tan terribles que afectan la sensibilidad moderna, ya que está consciente de las debilidades humanas, pero sabe que el desarrollo humano es paulatino y que debe refrenar primero las conductas nocivas con el castigo antes que la evolución espiritual los convierta en innecesarios.

La política del castigo se contrapone al divino del Libre Albedrío. El primero se enfoca en una ética cuya transgresión debe ser castigada por las leyes si se trata de una ofensa grave o por el rechazo social si es leve. Sus normas no están destinadas a corregir los defectos del carácter sino que a refrenar las conductas indeseables por miedo al castigo. Solamente el Libre Albedrío, a través de la aceptación o rechazo voluntario de las normas impuestas por la Torah libera al hombre, a la larga, de las imposiciones de un carácter que lo domina con sus exigencias. El castigo de la ética, por su parte, sólo refrena aquellas manifestaciones quedando potencialmente activas para aparecer en los momentos más inesperados.

La Torah, especialmente en la formulación de sus Diez Mandamientos, nos señala como conducirnos en sociedad basados en las normas impuestas por nuestra conciencia y no por la conveniencia de sacar el máximo provecho de las circunstancias que nos afectan. Para tal efecto exalta la virtud de la “honestidad”, entendida como la fortaleza espiritual de mantenerse fiel a las propias convicciones, que conduce en definitiva al ser humano hacia la Tierra Prometida.  En el intertanto adhiere a los dictados de la “ética” que mantiene la unidad social mientras que nuestro desarrollo nos impulse a mantenernos fieles a los dictados de nuestras propias convicciones.

Honestidad exaltada por las religiones. Ética aclamada por la civilización heredera de la Grecia idealizada. La primera trata de corregir las conductas que afectan al individuo. La segunda a las que aquejan a la sociedad. Ámbitos que contantemente se contradicen tal como ocurría en el Seder de Pesaj de antaño. Aunque debemos anestesiar ciertos dictados de nuestra consciencia, única manera que nos permite desenvolvernos exitosamente, no es menos cierto que debemos recurrir, en ciertos momentos, a las enseñanzas de la Torah. Estas nos recuerdan el verdadero sentido de nuestra vida. Corregir los defectos en nuestro carácter para convertirnos en seres más honestos con nosotros mismos. Así colaboraremos efectivamente con la sociedad como un todo. Esperanzados de que las imposiciones de la ética se logren por el ejercicio del Libre Albedrío y no por los castigos que habitualmente la coartan.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Mishpatin: Un comentario más extenso

2013-5773

Jorge Slachevsky Czuckerman

En la parasha Itro podemos leer que todo el pueblo reunido en el Sinaí “vio” los Diez Mandamientos. La Tora usa la palabra “ver” en vez de “escuchar” debido a que aquellos que sabían “ver”, como Moisés, pudieron captar en esa visión las 613 Mitzvot mientras que los demás escucharon exclusivamente las 10 que todos conocemos.

Casi al final de la parasha Itro Moisés se acercó a la niebla espesa donde estaba D-s y escuchó las instrucciones respecto a que el pueblo no debería hacer imágenes y que debería construir un altar de tierra para degollar las ofrendas.

Al inicio de la parasha Mishpatim D-s continúa instruyendo a Moisés. Ambas parashyot relatan aspectos diferentes del mismo monólogo divino.

La primera trata fundamentalmente de la relación de D-s con el hombre. La segunda de la relación del hombre con su semejante. Mientras que la primera podría constituir un texto de teología relativo al ámbito espiritual el segundo constituye un código legal que pretende regular la convivencia humana.

En la parasha Mishpatim aparece, entre muchas otras, las normas que regulan la pertenencia de esclavos. Constituye una forma de recordar al pueblo de Israel que, aunque fueron esclavos en Egipto y liberados de tal servidumbre, la libertad es un proceso permanente. Cada hombre, mujer y niño está sometido a algún tipo de esclavitud y parte de su misión terrenal es liberarse de ella para poder  desarrollar al máximo su potencial.

También encontramos la célebre frase “ojo por ojo, diente por diente”. Concepto que cuando se saca del contexto de la Tora aparece como una venganza despiadada pero que en realidad constituye el fundamento de una concepción legal que prima, aunque sublimizado, en todo el sistema judicial del hemisferio occidental y gran parte del oriental.

Numerosas Mitzvot tienen su origen en esta parasha que, por tal motivo,  merece un estudio y un comentario más extenso.

 

Veseata Dishmaya

Parasha Itro: El arte de juzgar con corrección

2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

En la parasha Beshalaj pudimos leer acerca del milagro de la separación de las aguas del Mar Rojo. Agobiados por una esclavitud inaguantable, ayudados por D-s que oprimió a los egipcios con las diez plagas, lograron abandonar el yugo del Faraón para finalmente ser alcanzado por éste que, arrepentido por haberlos dejado salir, los acorraló entre su ejército y el Mar Rojo para devolverlos a la esclavitud.

Debido al clamor de Moisés D-s y la valentía de Nashon el mar se abrió y permitió el paso del Pueblo de Israel. Cuando los egipcios intentaron perseguirlos se volvió a cerrar y destruyó a todo el ejército eliminando así la amenaza que pendía sobre ellos.

En toda ocasión la Torah se encarga de recordarnos la importancia del Éxodo de Egipto. Dijimos en nuestra columna de la semana pasada que este paso milagroso representa, para cada uno de nosotros, la transición entre la esclavitud que nos impone el ámbito material y la liberación que representa conducirnos de acuerdo a los dictados de nuestra conciencia.

Hasta ese momento había sido el Pueblo de Israel, guiado por Moisés, inspirado por D-s, el gran protagonista de la historia bíblica. De repente, al inicio de la parasha aparece Itro, personaje que se había mantenido al margen del relato. Desconocido hasta ese momento, da nombre a la porción de esta semana para señalarnos, con su presencia, de que no basta exaltar transitoriamente nuestras convicciones, como ocurre cada año entre Rosh Hashana y Yom Kippur, sino que debemos actuar proactivamente en la consecución de nuestros ideales.

La figura de Itro se nos presenta para señalarnos que si un buscador de la Verdad como lo era el suegro de Moisés, un sacerdote pagano entre su pueblo, logró ver el mensaje implícito en el milagro sucedido en el Mar Rojo, y aceptar ese testimonio como una señal poderosa, más razón tenemos nosotros, judíos por nacimiento o por conversión, para darnos cuenta que la única vida verdadera es aquella que nuestros ancestros iniciaron con el paso del mar hacia la búsqueda de la Tierra Prometida.

Aquellos que presenciaron la apertura del mar olvidaron rápidamente, al igual que nosotros, que para conseguir la libertad debemos hacer un esfuerzo adicional para superar las restricciones que atentan contra nuestro potencial. Tiene que suceder un evento extraordinario, como la apertura del mar para el Pueblo Hebreo, o el arrepentimiento durante las Grandes Fiestas, para derribar la barrera que nos separa de la Tierra Prometida

Pero no basta un relato histórico o una emoción desbordada para materializar nuestros buenos propósitos. Cualquier acontecimiento inesperado nos puede devolver a la esclavitud de las costumbres arraigadas.

Nosotros no tenemos la buena fortuna que, cuando los ánimos empiezan a decaer, la presencia divina se haga presente en lo alto de una montaña y nos recuerde los distintos Mandamientos que nos ayuden a mantenernos fieles a las convicciones que dieron origen a nuestra vocación.

Desvalidos, sin herramientas que nos permitan conducirnos de acuerdo a nuestros buenos propósitos, necesitamos de una ayuda externa que nos indique que esta misión que nos hemos encomendado es posible de realizar.

Para tal propósito la cultura humana creo la religión. Conjunto de doctrinas y normas de comportamiento que van variando de acuerdo a las particularidades especificas de cada pueblo. Estas, recopiladas en sus Libros Sagrados, sirven de recordatorio que la visión del destino colectivo es más importante que la individual que solo conduce al caos social.

Algunos tienen que tomar la responsabilidad de recordar al pueblo de estas grandes recopilaciones de la conciencia colectiva. Seres humanos que a veces se distinguen por su extraordinaria entrega, como Moisés, o por su aceptación del mensaje recibido, como es el caso de Itro, su yerno, quien activamente entendió la misión de su famoso suegro.

Todos nos olvidamos rápidamente de nuestros buenos propósitos. Inclusive Itro quien, tras un año de pertenencia al Pueblo de Israel, abandonó el campamento para transitar por senderos que la historia olvidó. Para que no nos perdamos en destinos desconocidos es necesario recurrir al relato de aquellas enseñanzas y mandamientos que quedaron grabados en el alma de aquellos que, según nuestras tradiciones, son las mismas que continúan viviendo en cada uno de nosotros.

Al pie de la montaña recibimos el mensaje. No fue comprendido por más que unos pocos. Siglos después fueron grabados con tinta negra sobre papiro blanco en la Torah que aún podemos leer cada semana. Comentados innumerables veces en miles de escritos que están recopilados en el Talmud y en los Midrash que despiertan nuestra imaginación.

Todos intentamos  encarnar el mismo mensaje. La Tierra Prometida, el estado ideal que deseamos alcanzar, está al alcance de nuestra mano. Basta escudriñar nuestra conciencia. Comparar nuestra conducta con el ideal trasmitido por nuestro espíritu. Desechar lo incorrecto y enmendar nuestro rumbo. Someternos a la purificación que representan las Grandes Fiestas y proponernos no repetirlas en el futuro. Tarea imposible de lograr sin una ayuda externa. Como no podemos recurrir, al igual que el Pueblo Hebreo, a la divinidad que nos ayude, ya que ha decidido liberarnos de la imposición de Su presencia, debemos recurrir a nuestro intelecto para que escudriñe en las páginas de la Torah las ideas directrices que fueron estampadas en la parasha Itro.

Cada uno de nosotros debe manifestar en sí mismo  los ideales que le señala su conciencia. Así lo hizo Itro cuando aconsejó a Moisés que nombrara jueces que pudiesen juzgar a aquellos integrantes del Pueblo de Israel que habían olvidado las enseñanzas recibidas al pie de la montaña.

Quizás el alcanzar la Tierra Prometida tenga algo que ver con el nombramiento de jueces relatados en la parasha. Un buen juez permite una mejor convivencia que un buen líder. No se nos pide a cada uno de nosotros convertirnos en líderes de nuestro pueblo pero si podemos convertirnos en buenos jueces, ayudados por aquellos Mandamientos que estemos dispuestos a aceptar, para que juzguemos con corrección nuestras actuaciones e intentemos enmendar nuestro rumbo por el bien de la humanidad.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Itro. Una visión con proyección de futuro

2013-5773

Jorge Slachevsky Czuckerman

Utilizamos nuestra imaginación para complementa los vacíos de la Tora y aclarar las dudas que su lectura nos produce. Nos lleva a territorios desconocidos donde la razón no puede ingresar. A medida que pasa el tiempo nos vamos dando cuenta de que algunas de nuestras “imaginaciones” pertenecen al reino de la fantasía, otras tantas al de la realidad, tildamos a las primeras de “sueños” y nos enfocamos en el reino del “hacer” que nos suena como más provechoso..

Los sueños quedan relegados a la noche cuando nos olvidamos del hacer y nos dedicamos al descanso reparador. Dicen que todos soñamos a pesar de que algunos no podemos recordarnos de ellos cuando despertamos. Durante la vigilia descartamos esos mensajes y dedicamos nuestras horas a actividades que la sociedad ha instaurado como correctas y útiles para el desarrollo humano.

Esas visiones fantasiosas permanecen en nuestro patio trasero esperando el momento de aparecer. Se acumulan en recuerdos a los cuales no nos atrevemos a ingresar y que alguna desazón produce en nuestra vida consciente.

Para enfrentarla debemos conjurarlas de alguna manera. Uno de esos caminos es el cine. En él se nos presenta películas como la “Guerra de las Galaxias” que nos permiten, cuan guerreros Jedí, provistos de nuestras espadas luminosas,  vencer, las fuerzas de la oscuridad que acechan nuestros momentos de lucidez. No es una casualidad que dichos momentos transcurran en la penumbra de las salas de cine donde, al final de la proyección, la luz nos vuelve a trasladar al ámbito de la realidad tras unos pocos segundos de desconcierto.

El problema es que la vida continúa y no podemos vivir dentro del cine viendo como una proyección externa se hace cargo de nuestra zona oscura que no podemos visualizar. Quiero dejar en claro que cuando utilizo el concepto oscuro no me refiero a que sea  pernicioso sino que a algo al cual debemos iluminar para poder observar.

Allí la Torah, o cualquier Libro Sagrado de las otras religiones, se encarga de proveernos de la luz, con minúscula, que nos  permite acceder a esa zona ignota. Da origen a la Luz, con mayúscula, que hace que el relato, ridiculizado por la farándula televisiva, tenga validez para millones de personas a través de los siglos.

En la Parasha de esta semana la Luz irrumpe en el acontecimiento descrito de mayor implicancia para toda la humanidad. Esa Luz, reconocida como el D-s de la Tora que nos sacó de Egipto, se hace evidente para millones de personas que pudieron presenciar, reunidos en el Sinaí, como esa presencia se proyectaba, cuan imagen sobre un telón tecnicolor, aunando las visiones individuales en un proceso colectivo que dio origen a una concepción de la realidad que se mantiene vigente hasta nuestros días.

El recurso literario que nos permite trasladar nuestras propias imágenes inconscientes al terreno de la Luz que todo lo aclara es la elipsis.  Al introducirnos a la narración de los hechos, o fantasías, que ocurrieron hace tantos milenios y cuya aceptación ha sido validado por la exégesis de quienes nos antecedieron, nos encontramos con “silencios” esparcidos por la trama que nos permite, reflejando lo grandioso de la Tora, intercalar nuestras propias incógnitas construyendo un solo texto combinado que ilumina todo aquello que nos angustia con su oscuridad.

Resumiendo, la Tora es una trama incompleta cuyos vacios vamos rellenando con nuestra experiencia. Como ésta evoluciona con el tiempo y la edad hace que la Tora se transforme siempre y nos permite encontrar ángulos novedosos que nos permiten seguir en la búsqueda de nuestro horizonte personal.

Algunos consideran que la parasha Itro es la más importante de la Tora. En ella encontramos los Diez Mandamientos. Piedra basal de toda nuestra identidad judía. Los cuatro primeros se refieren a la relación del hombre con D-s. Los últimos seis definen las normas que permiten garantizar la viabilidad de una mínima trama social que pueda mantenerse a lo largo del tiempo.

Si leemos detenidamente la Parasha quedamos con la sensación de que  D-s  trasmitió al pueblo presente solamente los Diez Mandamientos y que las 603 Mitzvot restantes podrían haberse originado en la imaginación de Moisés, similar a la que describimos al principio de la columna, o la de algunos exégetas que encontraron pertinente aumentar las exigencias impuestas por D-s al pueblo hebreo en el Sinaí.

Lo expuesto en el párrafo anterior da pie a que se tilde inmediatamente de hereje a aquel que ose afirmar que no todas las Mitzvot fueron trasmitidas en el Sinaí junto con las diez enumeradas.

Los exegetas afirman que se trasmitió la totalidad de las 613 Mitzvot que debemos cumplir basados en un pequeño verso de la Parasha:

 “Todo el pueblo veía los sonidos y las llamaradas, el sonido del corno y la montaña humeando; el pueblo vio y tembló, y se paró a lo lejos”

Este texto pareciera contradecir lo escrito junto antes que D-s enumerara los Diez Mandamientos:

“D-s hablo todos estos enunciados, al pueblo y les dijo, para decir”

¿Y qué fue lo dijo después de esta frase? Los Diez Mandamientos. ¡No incluye en su discurso las otras 603 Mitzvot!

Pero debemos recordarnos que todo el pueblo “veía” los sonidos. Allí está lo entretenido que permite afirmar que a pesar de que el pueblo “escuchó” solo Diez Mandamientos en realidad “vio” la totalidad de las 613 Mitzvot en ese momento. Los seres humanos no tenemos la visión de Moisés. Fue necesario que este último fuese encomendado por D-s para trasladar a las páginas de la Torah todos aquellos preceptos que el pueblo no podía escuchar.

Mi nieto diría “que chori”.

Lo que queremos decir es que cuando la Tora afirma que un hecho sucedió, como el de la entrega de los Diez Mandamientos o del Arca de Noé ridiculizada por los animadores de la televisión, estamos refiriéndonos a una comunicación que se produce entre el texto y la parte subconsciente de nuestra razón, aquella que le permite al hombre, cuando le da permiso a la imaginación, a tomar el control de ciertos momentos “especiales” de su vida, especialmente cuando el ánimo lo lleva a intentar descubrir lo “sagrado” que habita dentro de su ser, que en lenguaje común habla de un acercamiento a lo “religioso”.

Estamos acostumbrados a tratar de comprender todo lo que tiene que ver con la religión escuchando a nuestra razón o a los falsos profetas modernos que, desde su púlpito, se arrogan el derecho de trasmitirnos “su” propia verdad en desmedro de la nuestra. Verdad que debemos descubrir usando nuestra “vista” interior y no los “oídos” ya que estos captan las apariencias que nos engañan con su resplandor y no lo que verdaderamente intentamos descubrir.

En este proceso la parasha, y muy especialmente la de esta semana, con su relato milenario, marcan el sendero que debemos transitar y con su “elipsis” incorpora nuestra “imaginación” para descubrir la Verdad que la Tora nos quiso trasmitir en el Sinaí.

Admiro a ese nieto de cinco años que, a pesar de que sabe que sus “imaginaciones” no conforman la realidad, se da cuenta que no debe anestesiarlas, aunque no conoce el término, para descubrir el mundo que esta velado a nuestros oídos pero no a nuestra visión.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Beshalaj: La verdadera liberación espiritual

2014-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

En la parasha Beshalaj el Pueblo de Israel es finalmente liberado de la esclavitud de Egipto. Durante su huida, D-s los hizo evitar las tierras de los Filisteos. Aún no estaban preparados para combatirlos. Tuvieron que hacer un rodeo. Se encontraban acampando frente al Mar Rojo cuando los alcanzó el Faraón. La situación era desesperada. No tenían escapatoria. Se vieron acorralados entre el mar y el ejército egipcio. El miedo recorría el campamento. Se acercaron a Moisés y lo increparon amargamente:

            “¿Es por falta de tumbas en Mitzráim que nos tomaste para morir en el desierto? Que nos has hecho al sacarnos de Mitzráim? ¿No fue esto lo que te hablamos en Mitzráim, diciendo: Déjanos y serviremos a los mitzrim? Pues mejor es para nosotros servir a los mitzrim que morir en el desierto”.

            Párrafo lleno de interrogantes. Moisés los conmina a tener confianza en D-s y poner su destino en sus manos. Difícil acceder a su petición debido a que en Egipto no solo habían estado sometidos a la esclavitud física. También su espíritu había estado sometido a la voluntad de sus opresores. Se habían acostumbrado a la tranquilidad que les ofrecía una vida difícil pero sin mayores sobresaltos. Aún no se había definido el Síndrome de Estocolmo pero en la práctica adherían a sus postulados. No lo sabían pero el Éxodo los había liberado de la esclavitud física pero los mantenía sumidos en la psicológica.

            Muchos siglos después Espartaco logró liberar a los esclavos de la opresión del Imperio Romano. También, al igual que el Pueblo Hebreo, lograron escapar de sus captores pero, a diferencia de ellos, fueron finalmente derrotados porque no lograron desarrollar la fortaleza espiritual que los mantuviera libres en los momentos de mayor peligro.

            Hacía falta algo más que Moisés tenía y que Espartaco no. La confianza que entrega el saber que hay fuerzas espirituales que pueden despertar fuerzas físicas inmovilizadas por las leyes naturales. Lo que en idioma religioso se denomina como milagro. Tener la confianza en que aquello que nuestra convicción nos muestra como ajeno a lo normal puede ser superado si buscamos un camino alternativo para lograrlo.

            Convencido de lo planteado Moisés tranquiliza al Pueblo:

            “No teman; manténgase quietos y verán la salvación que el Eterno hará hoy por ustedes. Pues así como ustedes han visto a los mitzrim, no volverán a verlos jamás. El Eterno peleará por ustedes, y ustedes permanecerán en silencio”

            Moisés le estaba hablando a un Pueblo que aún no había conseguido su liberación psicológica. Lo que en verdad les estaba diciendo es que sí antes estaban sometidos a la voluntad de los egipcios ahora tenían que ponerse en las manos de la divinidad para que les solucionara el problema. Quizás el hacerlo los salvaría en lo físico pero los dejaría espiritualmente esclavizados como antes. D-s decidió buscar el camino que les permitiera aplicar su Libre Albedrío por su cuenta:

            “El Eterno dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a Mí? Habla a los Hijos de Israel y que partan. Y tú, alza tu vara y extiende tu mano sobre el mar y divídelo; y los Hijos de Israel entraran en medio del mar, en lo seco”

            La verdadera liberación espiritual, la que nos libera de los miedos psicológicos, es la que a cada uno de nosotros le corresponde conseguir en cada generación. Se logra cuando clamamos por el milagro, la apertura del mar de la parasha, que nos permita encontrar la forma de superar nuestras limitaciones para poder desarrollar libremente todas nuestras potencialidades. Esas son difíciles de lograr. Sentimos que esas son deseables pero que son atemorizantes. Preferimos la facilidad de lo acostumbrado antes de exponernos a las dificultades de lo desconocido. El Síndrome de Estocolmo funciona en cada uno de nosotros y nos hace aceptar una vida relajada pero sin mayores desafíos.

Nuestra conciencia nos señala que hay algo más que el simple trascurrir mecánico de la vida. Pero el miedo nos domina. Nos sentimos que nos encontramos acorralados entre el Mar Rojo y los ejércitos del Faraón. Las fuerzas nos flaquean y necesitamos buscar en lo más profundo de nuestro manantial las fuerzas espirituales que nos permitan seguir adelante. Debemos emular a Nashon, un personaje que no aparece en el relato bíblico, pero que el Midrash se lo señalado como el principal protagonista de la salvación del pueblo hebreo.

Según el Midrash el Mar no se abrió tal como está resumido en la Torah. Efectivamente Moisés acato la orden divina y extendió su mano sobre el mar para que éste se abriera. No ocurrió lo previsto. Las fuerzas espirituales estaban desplegadas para que el milagro sucediera pero estás no podían ocurrir sin la intervención humana. Mientras que no hubiera un valiente cuya convicción lo impulsara a ingresar al mar mientras este no se abriera el milagro no podía ocurrir. Nashon ingresó al mar y este no se abrió. Tuvo que seguir haciéndolo y tener la confianza que así iba a ocurrir hasta que prácticamente el agua le llegaba hasta las narices. No claudicó y en el último momento el mar se abrió dejando un pasillo que le serviría al pueblo para evitar su destrucción.

Todos sabemos el desenlace de la historia. El Pueblo se salvó y cuando las tropas del Faraón ingresaron al pasillo el mar se cerró y  se ahogaron.

La enseñanza de esta historia es simple. Todos tenemos la intención de liberarnos de aquellas fuerzas negativas que nos abruman e impiden nuestro desarrollo. Nos dejamos dominar por relaciones poco sanas, nos abrumados por adicciones que nos paralizan o nos angustiamos por errores cometidos en el pasado. Intentamos hacerlo pero nos falta la fuerza para lograrlo.

Rosh Hashana y Yom Kippur representan el Éxodo anual que nos libera momentáneamente de esa esclavitud que nos agobia. Nos sentimos liberados físicamente  de la opresión y nuestro espíritu se encuentra dispuesto a enfrentar con éxito los desafíos que nuestro destino nos depara.

El problema radica que hemos escapado de nuestras aflicciones pero no las hemos destruido. Permanecen insertas en nuestra conciencia pronta a aparecer en el momento en que nos veamos enfrentados a los problemas que nos agobian.

Para destruirlas debemos emular a Nashon y al resto del Pueblo Hebreo. Cuando el miedo nos oprima y nos sintamos acorralados debemos buscar en nuestro interior la fuerza espiritual que nos entregue la energía física para enfrentar el problema y destruirlo. Allí habremos aplicado nuestro Libre Albedrío y nos veremos verdaderamente liberados al igual que lo sintió el Pueblo de Israel después que fue destruido el ejército del Faraón.

Tremenda lección que nos entrega la parasha Beshalaj.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Beshalaj: Del miedo personal a la confianza colectiva

2013-5773

Jorge Slachevsky Czuckerman

La vida del hombre primitivo estaba dominada por el miedo. A diferencia de los animales, cuyo intelecto les permite desenvolverse correctamente en el día a día, los seres humanos, dotados de una razón más potente pero a su vez más veleidosa, perdieron, desde que simbólicamente comieron del Árbol del Bien y del Mal, esa ingenuidad primitiva de la que gozan los animales. Adquirieron el conocimiento. Este nos solo les permitió progresar hacia una dimensión desconocida hasta entonces, sino que introdujo el miedo a lo que depara el futuro, disquisición fútil que empaña el presente y los obliga a desgastarse en pensamientos alarmistas acerca de lo que el destino les podría deparar.

Moisés liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto. De la física porque la sicológica, el miedo al futuro, los acompañó permanentemente, de una manera tan vívida que ni siquiera los milagros que les tocaría presenciar contrarrestarían su efecto negativo. Difícil decisión tuvieron que tomar aquellos que vieron las diez plagas como una señal divina y aceptaron acompañar a su líder hacia la incertidumbre. La Tora nos habla de esos 600.000 hombres y sus familias que aceptaron el desafío. Hasta la semana pasada creíamos que todos los hebreos habían abandonado Egipto acompañando a Moisés. Estupor nos causó enterarnos que el Midrash señala que sólo el 20% de ellos lo hicieron. Los demás se quedaron y la historia se olvidó de relatarnos lo que pasó con ellos.

Los que efectivamente sí salieron ocupan las páginas de la Tora y de esta columna. Habían salido de Egipto, eso lo sabemos, pero no habían cumplido con lo solicitado. No fueron a un lugar aislado a adorar a D-s sino que aprovecharon la ocasión para retornar a la tierra que D-s le había prometido al patriarca Abraham.

Algo tiene de particular pertenecer a los hebreos antiguos o a los judíos modernos. Parece que no sería ni más ni menos que permanecer aferrados a la creencia de que los acontecimientos negativos, ya sean los 210 años en Egipto, la Inquisición española o el Holocausto nazi no podrían derrotar a un pueblo mientras éste se mantuviese fiel a un ideal. La historia ha demostrado, a pesar de los millones de muertos a lo largo del tiempo, que ésta suposición ha mantenido vivo al pueblo judío. El miedo puede destruir a una persona a nivel individual pero no a una nación que decida mantenerse espiritualmente unida.

Para los protagonistas de la Parasha Beshalaj el recuerdo de Abraham, Isaac, Jacob y José no permaneció en el olvido durante el exilio. En el momento de abandonar las tierras que lo oprimieron no dudaron en llevar con ellos los restos mortales de José, promesa pendiente por más de dos siglos, al lugar sagrado que lo vio nacer.

Transitar desde Egipto a la Tierra de Canaán tomaba cinco días para los estándares de esa época. ¿Habríamos estado leyendo acerca de lo que ocurrió con el pueblo hebreo si la transición entre la esclavitud y la libertad hubiese sido así de rápida? Seguramente que no. Se necesitaba un proceso que realmente convirtiese a los esclavos en hombres libres para que aceptaran sin restricción las normas morales y de convivencia que D-s les tenía reservada. El milagro de la separación de las aguas del Mar Rojo fue el primer paso que condujo a la liberación espiritual del Pueblo de Israel.

Podemos imaginarnos lo que ocurrió en la mente del Faraón cuando vio que los israelitas abandonaban Egipto. No olvidemos que el miedo lo impulso a autorizar el festival en honor al D-s Hebreo. Las diez plagas, cada una más perjudicial que la otra, afectaron su discernimiento e hicieron que aprobara una medida que no habría aceptado en su sano juicio. Recobrada la lucidez, un segundo miedo afectó al soberano. ¿Cómo se seguirían construyendo las obras monumentales sin la participación de esa abundante obra de mano? Finalmente sucumbió al miedo de perder el respeto de sus súbditos que, creyéndolo divino, no aceptarían que su Faraón hubiese sido amilanado por los esclavos hebreos y haya dejado partir un recurso tan importante para el imperio.

El miedo no es algo que leamos solo en forma anecdótica en textos como el de la Parasha Beshalaj. Nuestro país no está alejado de él. Hace pocos días, en la Araucanía, una familia sufrió la pérdida de dos de sus miembros debido a que unos pocos exaltados, de la etnia mapuche, que de ninguna manera representa la totalidad de ese pueblo, creyó que la única manera de conseguir la reivindicación que aspiran para su pueblo, pasaba por repetir, esta vez por sus manos, las diez plagas que D-s infringió  a los egipcios. ¿El resultado? El fuego mal utilizado a propósito truncó la vida de un matrimonio de agricultores que no constituían una amenaza para los afectados. Para los demás habitantes de la zona el miedo se hizo presente en la vida cotidiana, afectando a todos los actores que participan en la tragedia que empezó mucho antes que ellos nacieran.

El Faraón bíblico, enfrentándose audazmente a sus miedos, respondió a la evasión de los hebreos. Reunió al ejército, aprovisionó a los pocos carros de guerra y caballos que habían sobrevivido al efecto de las plagas y salió presuroso en su persecución. De repente le parecía que la victoria estaba al alcance de su mano. Los escapados estaban acorralados entre sus huestes y el mar. Pronto los cautivos estarían de vuelta y todo se habría convertido en un recuerdo, desagradable y doloroso, pero recuerdo al fin.

Los israelitas se aterraron al presenciar la proximidad de los egipcios. De nuevo se les aparece el miedo que les aconsejaban volver pacíficamente a la esclavitud. Ellos no sabían acerca del Síndrome de Estocolmo. Nosotros sí. Este nos dice que frente a la incertidumbre que nos paraliza elegimos la esclavitud que, aunque nos haya oprimido y abusado, resulta preferible a lo desconocido, porque lo habitual, con todos sus flagelos, nos aleja de la incertidumbre que nadie sabe a dónde nos puede conducir. El pueblo, atemorizado, acude a Moisés y lo recrimina agriamente por la situación:

“¿Es por falta de tumbas en Mitzráim que nos tomaste para morir en el desierto? ¿Qué nos has hecho al sacarnos de Mitzráim? ¿No fue esto lo que te hablamos en Mitzráim diciendo: Déjanos y serviremos a los mitzrim? Pues mejor es para nosotros servir a los mitzrim que morir en el desierto”.

Palabras que reflejan el ánimo de los israelitas. La esclavitud había hecho olvidar el concepto de unidad que los patriarcas preconizaban. No constituían un pueblo homogéneo y si hubiesen tomado el camino corto no hubieran tenido la fuerza y la determinación para recobrar la Tierra Prometida. Para lograrlo necesitaban que se produjera un fenómeno sobrenatural, un milagro que fuese tan evidente que no quedase duda de que la divinidad, tan recordada desde la época de sus ancestros, podía mostrar con hechos concretos que los Hijos de Israel constituía Su Pueblo Elegido y que iba a manifestar Su poder para protegerlos cada vez que estimara necesario.

Ese milagro fundamental fue la “división de las aguas” que permitió que el Pueblo de Israel atravesara seguro el Mar Rojo y que las huestes del Faraón perdieran la vida en su intento por alcanzarlos. Leemos en los momentos previos al milagro en la Parasha de esta semana:

“El Eterno dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a Mí? Habla a los Hijos de Israel y que partan. Y tú, alza tu vara y extiende tu mano sobre el mar y divídelo; y los hijos de Israel  entraran en medio del mar, en lo seco”

La Tora nos relata a continuación que Moisés extendió su mano y el Eterno hizo que el mar se desplazara  y dejara un pasillo seco a través del cual podían pasar con seguridad los israelitas. La parasha no nos brinda más detalles pero el Midrash sí. Nacido este último de la imaginación de ciertos exégetas de la Tora que dieron vida a la figura de un personaje vital conocido como Nashom.

Nashom no era más que uno más de los seguidores de Moisés. Vio que, a pesar de que el Líder extendía su brazo, las aguas no se dividían. Comprendió algo que desde entonces ha definido la relación entre los milagros y el género humano.  D-s puede hacer milagros y de hecho los ha hecho desde siempre. La división de las aguas es uno de ellos. Pero los milagros, que se generan en el ámbito de lo espiritual, no se plasman mientras no se produzca una acción humana que, al actuar como un canal que pueda conectar ambas realidades, permita trasmitir la energía desde lo divino hacia lo material.

Al darse cuenta de esa ley fundamental Nashom tuvo que poner a prueba su fe. No le quedaba otra alternativa que meterse al agua. Nuestro héroe lo hizo. Primero le llegó a las rodillas y no se producía el milagro que todos estaban esperando. Siguió avanzando y el agua lo tapaba cada vez más y seguía sin obtener el resultado esperado. Finalmente, cuando estaba a punto de ahogarse, con el agua hasta la nariz, se produjo el milagro anunciado. Los israelitas siguieron a Nashon, atravesaron el mar sin problemas y todos sabemos lo que pasó. Los egipcios trataron de pasar por lo seco y las aguas se cerraron. Todos perecieron y la esclavitud en Egipto quedó en el pasado.

Al mar entró un conjunto abigarrado de individuos a los cuales lo unía el recuerdo de los relatos de los profetas. As salir constituían un pueblo homogéneo en ciernes. Poco perfeccionado y de bajo nivel espiritual pero dispuesto, aunque no siempre, a confiar en un D-s que los había sacado de Egipto, había destruido a las huestes del Faraón en el Mar Rojo y que les conduciría a recibir su Tora en el Sinaí.

Al salir del mar celebraron cantando. Todos juntos, al unísono, en una sola canción. Ya no eran individuos aislados ligados por la confianza que les inspiraba un líder carismático. Anteriormente solo Nashon se había atrevido a enfrentar sus temores y los demás lo habían seguido  como un rebaño de ovejas tras su pastor. Ahora constituían el cimiento de una incipiente nación. Habían presenciado y sobrepasado lo imposible. Habían reafirmado su fe en un D-s unificador que disipaba con sus milagros el miedo a lo desconocido.

La música se caracteriza por integrar cada nota con las demás para lograr un trozo armónico que nos sobrepasa con su belleza. Por eso cantaron llenos de júbilo. La fe, de manera similar, conecta los episodios aislados de las personas con todos los similares de los demás. Al hacerlo trasmite la confianza que ´permite derrotar al miedo que acompaña al hombre desde la época que habitaba en las cavernas.

Esa es la enseñanza que nos brinda la división de las aguas relatadas en la Parasha Beshalaj. La fe, la confianza en nosotros mismos y en nuestros semejantes nos permiten enfrentar con éxito todos los desafíos que la vida nos presente y para hacerlo debemos “tirarnos a la piscina”, como se dice en buen chileno, para descubrir como todos nuestros anhelos se convierten en  realidad.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Bo: Un anhelo para el Año Nuevo

2013-5774

 

Jorge Slachevsky Czuckerman

Nuestros sabios nos dicen que nuestros ancestros, esclavizados en Egipto habían llegado al nivel N° 49 de impureza espiritual, conocido en el idioma hebreo con la palabra tumah que, a su vez, está relacionada etimológicamente con el término timtum, “bloqueo espiritual”. Este último enceguece al hombre de las buenas intenciones que le dicta su conciencia y le impulsa a actuar guiado solamente por los instintos más precarios. Si hubiese descendido al N° 50 hubiese estado tan asimilado a su condición animal que ninguna redención hubiese podido sacarlo de esa situación. Todos conocemos como el hombre llega a ese nivel. No hace mucho hemos presenciado en la televisión como ese mismo hombre, tan educado y civilizado en condiciones normales, retorna al comportamiento de sus más antiguos ancestros cuando las inclemencias naturales, como  el huracán Katrina en Nueva Orleans o el terremoto del 27 de Febrero en Concepción, libera los instintos que tanto tiempo le costó a la humanidad contener bajo el yugo de la razón esclarecedora.

Todo el acontecimiento del Éxodo estuvo destinado a romper los lazos que ataban al Pueblo al mundo natural y lo mantenían aferrado al tumah.

De alguna manera nosotros mismos estamos expuestos al tumah. Los mismos medios de comunicación masiva, mediante la aplicación de todas las técnicas de la mercadotécnica, utiliza todas las herramientas posibles para sumir al hombre en un estado de inconsciencia espiritual que lo impulse al consumismo en una búsqueda aparente de un progreso cada vez mayor.

El recuerdo del Éxodo de Egipto nos evita caer en la inconsciencia de los errores sin consecuencia. Es posible que la liberación relatada solo haya existido en la imaginación de aquellos que escribieron la parasha de esta semana, Bo. Pero su intención no fue llenarnos la cabeza con fábulas para entretenernos, sino que una mucho más elevada, destinada a enseñarnos lecciones espirituales que se han mantenido vigentes durante milenios: que cada vez que hemos permitido que nuestros errores nos conduzcan por el camino equivocado, como los saqueos en los episodios enumerados y otros más pequeños que nosotros cometemos, debemos buscar la fórmula para emular el Éxodo de Egipto y liberarnos de las influencias negativas que afectan nuestro desarrollo como seres humanos, cuyo destino debiera ser una conducta guiada por el Libre Albedrío y no por el instinto animal.

Hacemos votos que en esta semana que despedimos con algarabía el Año Viejo que nos abandonó y hemos recibido esperanzadamente el Año Nuevo que recién comienza podamos hacer efectivos los deseos más profundos, llenos de mensajes espirituales y de buena fortuna materiales, que manifestamos cuando abrazamos a nuestros parientes y amigos más queridos.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Bo: La religión acompañada de la amistad

2012-5773

 

Jorge Slachevsky Czuckerman

Mi amigo Roberto me dijo anoche, por centésima vez, que yo le debería poner un poco de sexo a mi columna para hacerla más atractiva. Por su parte mi señora me dice que estas me salen buenas cuando las escribo desde la guata y no del cerebro. Al primero no le voy a hacer caso, a mi esposa sí, y en esta ocasión voy a partir escribiendo desde los sentimientos y no de la razón. Lo que me permite hacerlo es que nadie me puede decir que la religión no es una mezcla entre ambas, al igual que la amistad.

Anoche fuimos a cenar con Roberto y su señora. A ambos los conozco desde la Universidad. Quizás, y sólo D-s lo sabe, lo que nos hizo hacernos amigos fue que ambos éramos judíos y que estábamos empezando juntos una carrera en la Universidad Católica. El hecho de haber estudiado en un centro confesional no fue la mecha que encendió nuestra amistad. Nunca sentí algún problema por ser un judío en un ambiente católico, Ojalá que ese oasis aún permanezca así. Lo más anecdótico fueron las clases de religión durante el primer año. Para un certamen, no teniendo idea del Sermón de la Montaña, y siendo andinista frustrado, hice un intento de relación entre ambos conceptos. Tan mal no debe haberme ido porque el sacerdote no me hizo repetir la prueba. Jamás me habría imaginado, cuarenta años después, que iba a estar escribiendo acerca de religión y que, encantado, algún día escribiré mis impresiones acerca de dicho Sermón.

La señora de Roberto, María Estela, argentina, es sobrina de la segunda señora de mi papá. En un viaje que hizo a Chile se la presenté a mi amigo, junto al cual ha estado durante cuarenta y dos años. Recién casados se fueron a vivir a Australia donde desarrollaron su vida, más o menos como se espera que cada uno, si D-s así lo quiere, tiene destinado que así lo haga. Una vez al año, como en esta ocasión, vienen a Chile a visitar a la mamá de Roberto y aprovechamos de juntarnos y compartir grandes momentos.

No me recuerdo que en la universidad habláramos mucho de religión. Ambos pertenecemos a aquella generación que nacimos después del Holocausto. La mayoría de nuestros padres de esa época tenían sentimientos encontrados y no les trasmitieron una enseñanza judía consistente a sus hijos. Parecía que había cosas más importantes de que preocuparse y gastaron sus energías en perseguir esos ideales.

Lo entretenido, y eso es lo que hace que este preámbulo haya sido tan largo, es lo que le pasó cuando estuvieron hace unos pocos días en Israel. Específicamente en Jerusalén. Algo le faltaba mientras caminaba entre sus calles. Cuando descubrió lo que era buscó una tienda y lo compró. La usó hasta el momento en que tomó el avión que lo conduciría a Inglaterra. ¡Era una kipá! Tan extraño es para él usar una que cuando fueron a comer a un restaurante, no kosher, el encargado se acercó y se deshacía en explicaciones del porqué su establecimiento no tenía comida adecuada para religiosos

Eso me recordó que en el primer viaje que hice a Israel, hace muchísimos años, mi mamá me pidió que le comprara un Libro de Rezos, ni siquiera yo sabía que se llamaba Sidur, en el cual estuvieran en fonética, aparte del hebreo, todos los rezos. Ignorante, no se me ocurrió una idea mejor que entrar a una librería en Mea Shearim a pedirlo. Todavía me acuerdo como trataba de explicarle al dependiente de que mi mamá no leía hebreo pero que tenía ganas de seguir el servicio. Su cara de espanto me convenció rápidamente que tenía que salir de allí y llegué sin el Sidur a Chile. Mi mamá quedo convencida que me había olvidado de su encargo. No sé si alguna vez me lo perdonó.

Allí estábamos. Roberto el judío de alma y convicción, cero observancia, sintiendo la necesidad de usar, aunque sea por unos pocos días una kipá. A su lado me encuentro yo, que aunque escribo semanalmente de la parasha, no siento la necesidad de usarla más allá del tiempo que estoy en la sinagoga, bien escaso entre paréntesis.

¿Podrá subsistir un judaísmo que se manifiesta sólo por la emoción incontrolable, espontanea y esporádica? Yo creo que no. Nuestra religión, basa su fundamento en el estudio de la Tora y la trasmisión de sus enseñanzas a las nuevas generaciones. Así lo venimos haciendo por milenios y, como decía un autor por allí, lo que nos definió como nación durante tantos años no fue un pedazo de tierra sino que nuestra adherencia a una idea que mantuvo incólume nuestra identidad.

Parte de ella tiene su origen en la parasha de esta semana, Bo, “ven”. En ella se relatan las tres últimas plagas, las langostas, la oscuridad y la muerte de los primogénitos. Su texto nos informa de los preparativos que tuvieron que realizar los israelitas antes de su partida. Nos habla del cordero pascual, del pan ázimo y de las hierbas amargas. Todavía faltan tres meses para la celebración oficial de Pesaj, ocasión en la cual rememoramos todos los acontecimientos que dieron pie a la liberación de la esclavitud de Egipto. En esa fecha aprovechamos de educar a nuestros hijos de lo ocurrido en tan magna ocasión. Educar en forma constante nos convirtió en un pueblo culto, orgulloso y conocedor de su historia. Esos vestigios afloran, en forma ocasional, cuando la emoción del momento nos insta a volver a nuestras raíces.

Yo creo, fervientemente, que tanto el judaísmo de aquellos que mantienen vivo sus fundamentos y de aquellos otros que lo hacen solo a través de las emociones, solo puede perdurar a través del estudio. Por eso escribo, para poder estudiar, semana a semana la Tora, y mantener, a mi manera, viva esa tradición que nos ha hecho perdurar durante tanto tiempo.

El otro camino para estudiar es el ortodoxo. Loable quienes se adhieren a ese camino. Arduo. El cumplimiento de las Mitzvot hace que el recuerdo del Éxodo de Egipto abandone las páginas de la Tora para encarnarse en una práctica ritualística, constante, día tras día. Dicen, por allí, que ejercer acciones, Mitzvot, que nos conduzcan hacia la espiritualidad es mucho más efectivo que reflexionar acerca de ella en un lugar aislado, como es el caso de Buda que meditó arriba de un árbol.

Si por algún motivo no queremos practicar las Mitzvot, entre ellas las reglas de la kashrut, la alimentación regulada, nos encontramos acéfalos en nuestra práctica judía y debemos encontrar un camino para adherirnos efectivamente al hecho que no queremos abandonar, el sentimiento que nos gusta ser judíos y que no queremos dejar de serlo. Tanto Roberto como Gunther, otro gran amigo, sienten que sus nietos abandonaron el judaísmo y, aunque no pueden hacer nada al respecto, sienten como una comezón que algo les falta en su vida: No haber sido capaces de trasmitir el legado que recibieron de sus abuelos. La tradición ininterrumpida de celebrar Pesaj, cuyas instrucciones aparecen en la parasha Bo, que tanto enorgullecieron a nuestros abuelos, no será mantenida por la mayoría de los bisnietos de aquellos que lucharon hasta con sus vidas por mantenerla.

¿Qué podemos hacer? Una de las alternativas es no hacer nada y esperar.  Eso ha ocurrido varias veces en nuestra historia. En una de ellas, tras el exilio en Babilonia, 42.000 judíos retornaron a Jerusalén y recuperaron sus raíces. Podría ser que ocurra algo parecido con nuestros nietos y ellos sientan la necesidad de retomar su identidad. Mientras tanto, ante la incertidumbre de ese resultado, creo que tenemos que estudiar, en cada lugar, en cada comunidad, de manera de formar una masa crítica que atraiga a todos aquellos judíos, ortodoxos, conservadores y reformistas, que no quieren llegar a la edad madura preguntándose de que por que sus nietos no abrazaron el sentimiento judío, similar a la amistad, que tanto les gustaba y atraía.

 

Veseata Dishmaya

 

Parasha Vaera: Acerca de dinosaurios y ranas

2013-5774

 

Jorge Slachevsky Czuckerman

 

Hoy día tengo ganas de escribir acerca de los dinosaurios. Imagínense lo que hubiera sido convivir con ellos. Animales que se extinguieron en su forma original nos habrían aterrado con su presencia. Tan grandes que las ranas que inundaron la Tierra de Egipto les hubiesen parecido tan insignificantes como lo son las pulgas para nosotros. Segunda de las diez plagas que D-s infringió sobre los egipcios y que marcaron una progresión de calamidades que finalmente lograron la liberación de la esclavitud.

La mayoría de los dinosaurios eran criaturas enormes apegadas a la tierra. Descubrieron que los recursos naturales, abundantes, podían ser explotados para su propio beneficio y dedicaron su tiempo a disponer de ellos, acumularlos, para hacer crecer sus enormes cuerpos tratando de demostrarle a los demás que contentarse con la moderación no bastaba para conseguir la felicidad. Los dinosaurios actuales no necesitan engordar sus cuerpos. Les basta con que lo hagan sus billeteras. Tal como nos hubieran aterrado los dinosaurios ancestrales ahora lo hacen los reinantes utilizando el poder del dinero. El hombre común desea liberarse de esa opresión y a lo largo de los siglos ha buscado, a veces sangrientamente, el camino para lograrlo. Pacíficamente la última elección presidencial nos ha mostrado que ese mensaje aún se mantiene vigente.

Nuestra Torah no se mantiene alejada de esa condicionante humana. Busca la redención y deberíamos enfocarnos en la evolución de los dinosaurios para darnos cuenta que la búsqueda de lo trascendente hizo, tomando la forma de una linda historia infantil, a la transformación de esas pesadas máquinas de destrucción masiva, aferradas a lo material, en gráciles aves que inundan nuestras campos y jardines, encargadas de informarnos, con su bello canto que nos alegran desde lo alto, que el acercamiento a lo más elevado es una experiencia tan fascinante que dedican toda su vida a contarnos lo maravillosos que puede ser esa experiencia.

Los kabbalistas hacen un paralelo entre las diez plagas que asolaron a los egipcios y las sefirot. Esta frase que parece tan inocua me ha perseguido durante años. Las sefirot podrían considerarse un camino descendente por medio del cual la sabiduría divina se derrama hacia nosotros, los mortales. Por otro lado, y esto es básicamente una elucubración mía, es la formula mediante la cual cada uno de nosotros puede ir abandonando su afición por lo mundano para acercarse a lo trascendente.

La plaga de las ranas se podría asimilar a la segunda de las sefirot en orden descendente, Yesod. Correspondería al poder espiritual que conecta los mundos superiores con los inferiores, el cielo con la tierra. Nuestros sabios nos dicen que la palabra rana en hebreo, tzfarde'a, es una combinación de dos otras: tzipor (ave) y de'a (conocimiento) lo que haría que una rana sería un pájaro en proceso de adquirir conocimiento, un dinosaurio que está por convertirse en pájaro, un esclavo en la búsqueda de su liberación, un ser humano en la búsqueda de lo trascendente.

A pesar de que han transcurrido miles de años cada uno continúa siendo un esclavo de sus errores. Como hemos venido insistiendo, en todas las últimas parashyot, no basta con arrepentirse de ellos en Rosh Hashana y Yom Kippur. Tampoco bastan las buenas intenciones de no volverlas a cometer. Debemos conocer y desterrar aquellas conductas que nos impulsan a repetirlas. Necesitamos un manual para hacerlo. Simbólico ya que el conocimiento directo ya lo tenemos pero permanece latente mientras no lo incorporemos a la conciencia.

Los cuatro libros restantes de la Torah constituye ese manual. Si lo recorremos con dedicación tendremos la esperanza, sí así ocurre algún día, de encontrarnos en la antesala de la Tierra Prometida. Para eso debemos guiarnos por nuestro Moisés interno y desechar el Faraón que convive con nosotros. Debemos emular a los pájaro que, tras un largo proceso de evolución, dejaron atrás su forma similar a los dinosaurios, en su afán de subir a lo alto, al igual que Juan Salvador Gaviota, para cantar su canto al mundo para señalar la maravilla que representa el acercamiento a lo trascendente y no tener que pedir tanto por el perdón en las próximas Grandes Fiestas.

 

Veseata Dishmaya

 

Parasha Vaera: De Moisés al Avraham de Scholem Ash

2012-5773

Jorge Slachevsky Czuckerman

            Todos conocemos el tema de la Parasha Vaera. Trata de las primeras siete plagas que D-s infringió sobre los egipcios para liberar al Pueblo de Israel de la esclavitud. Todos, también, sabemos que el artífice de tal acontecimiento fue Moisés quien, cuando  presenció la zarza que ardía sin consumirse, logró tener un contacto trascendental con la divinidad.

            ¿Era Moisés un ser excepcional? ¿Era un hijo encarnado de D-s que había nacido con una misión predeterminada por la divinidad?  Más bien fue una persona ordinaria que, sometido a situaciones extraordinarias, logró superar sus propias limitaciones para realizar actos heroicos cuyos relatos siguen emocionando a toda la humanidad.

            En la parasha Vaera D-s vuelve a manifestársele  a Moisés:

            “Entonces D-s habló a Moisés, y le dijo: Yo soy el Eterno, Yo me revelé a Abraham, a Isaac y a Jacob con mi nombre “D-s Omnipotente”, pero con mi nombre, “el Eterno” no me di a conocer a ellos”

Cuando estaba revisando el material para escribir esta columna me recordé de un cuento de Scholem Ash. Se trata de  “El Pecador” que me hizo preguntarme si es efectivo que los judíos necesitamos de un intermediario para que nos trasmita los mensajes divinos o si es posible que accedamos a ellos en forma individual.

            “El Pecador”  trata en forma magistral esa interrogante.

            Su personaje principal, Reb Avrohom, no tenía la estatura espiritual de Moisés. Tampoco le toco presenciar portentosos milagros que lo hicieran convertirse en un  líder de su comunidad. Eso sí, creía firmemente en la capacidad del judío piadoso de ponerse en contacto con la divinidad sin la necesidad de contar con alguien que lo represente.

            En un discurso, bellamente narrado, Reb Avrohom expone su punto de vista acerca de esa conexión espiritual y, de paso, hace una crítica social a los ricos de su pueblo que, por su situación financiera, se creían más cercanos a la divinidad:

            “Ustedes insisten en que un hombre de carne y hueso como yo se convierta en su abogado frente a D-s, bendito sea El. Escuchen una parábola: ¿A qué se podría parecer eso? ¿Sería a la luz del sol o a la de una pequeña lámpara? Ustedes pueden regocijarse a la luz del sol tanto como quieran y nadie puede quitarles tal placer. El más pobre y humilde se sentirá revivir con ella mientras sus ojos resistían su resplandor. Aunque un hombre este sentado, D-s no lo permita, en un calabozo con la ventana clausurada, un pequeño rayo buscara su camino a través de las rendijas y el prisionero se regocijará con su luminosidad. Pero con la luz de una lámpara no ocurre lo mismo. Un hombre rico compra varias lámparas e ilumina toda su casa, mientras tanto un hombre pobre se sienta en la oscuridad. D-s, bendito sea El, es la gran luz que brilla para todo el mundo, reviviendo y refrescando toda Su obra. Todo el mundo está lleno de su misericordia y su compasión inunda a sus criaturas. Créanme, ustedes no necesitan de un abogado que los represente; D-s es vuestro padre y ustedes son sus hijos queridos. ¿Cómo sería posible que un niño necesitara  de un abogado frente a su padre?”

Este trozo nos muestra a un judío piadoso cuyos estudios, realizados a la luz de la lámpara nocturna, lo han llevado a la conclusión de que cualquiera persona que se esfuerce lo suficiente podrá encontrar, observando la belleza del mundo que le rodea, la presencia divina en tales fenómenos y sentirse conectado con ella:

            “En su infancia Avrohom solía descansar en el prado cercano a donde los caballos, con la cabeza gacha, arrancaban las briznas de pasto para comer. La vista se extendía hasta muy lejos. Tanto que parecía que llegaba  hasta el infinito. Encima, el amplio cielo cobijaba a las nubes que solo se preocupaban de lo suyo. La verde y jugosa tierra parecía que miraba hacia lo alto y decía: Mira, cielo, como alegremente trato de cumplir el mandamiento que D-s me encomendó: Llenar el mundo de pasto verde. Y parecía que el cielo le contestaba: Mira, tierra, como trato de cumplir el mandato divino: ¡extenderme ancho y lejano! Los pocos árboles desparramados por la pradera parecían dar testimonio a tal compromiso. El pequeño Avrohom se regocijaba con la Creación de D-s que se desplegaba  ante sus ojos”.

Podemos ver que el Avrohom infantil se relacionaba con D-s a través de los fenómenos de la naturaleza. El cielo y la tierra establecían para él un pacto de amistad. Los seres humanos no eran más que unos visitantes que  no tenían otra misión que descubrir al D-s que los deslumbraba con su magnificencia. Lo mismo ocurre en el Libro del Génesis cuando D-s se les reveló a los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob bajo el nombre de “Elohim”.

            Elohim es, pues, el aspecto de D-s que está conectado con la naturaleza y la Creación. Señala una relación muy particular que tiene D-s con el hombre. Conocido bajo el nombre del “D-s Omnipotente” tiene el poder para crear el mundo de la nada y para modificar las leyes naturales a su arbitrio. Bajo ese nombre se describe en el Génesis la relación de la divinidad con los Patriarcas y de aquellos que le precedieron bajo reglas estrictas que debían ser obedecidas: No comas del Árbol del Bien y del Mal porque si lo haces serás expulsado del Paraíso, No cometas aberraciones porque serás tragado por las aguas del Diluvio, no intentes ser como D-s porque la Torre de Babel que construirás será destruida. Así el árbol, el agua y la torre constituyen realidades físicas que refuerzan el mensaje de la divinidad para que pueda ser comprendido por el hombre.

Avraham, el de Sholem Ash, conocedor solo de Elohim,  debe, en el relato, enfrentarse a un Rebbe que se relacionaba con D-s bajo un aspecto desconocido para nuestro personaje. Este no es otro que YHVH, mal traducido como “El Eterno”, faceta sagrada de un D-s que se mostró por primera vez a Moisés en la parasha Shemot. El Rebbe, obligado a mostrar su sabiduría frente a al campesino que lo desafía, lanza el siguiente mensaje para darle su merecido a su interlocutor:

“Cuando el alma de un hombre se encuentra en un nivel inferior, envuelto, D-s nos perdone, por impurezas, y la chispa divina desea elevarse a otro nivel, y no lo puede hacer sola, necesita que la ayuden. Es una Mitzva hacerlo, y esta Mitzva le incumbe especialmente al sacerdote. Este debe acercar el corazón del judío a la Tora para que éste pueda elevar su alma. ¿Quién es el sacerdote? El de mayor rectitud de su generación, ya que desde que el Templo fue destruido el más santo pasó a ser el sacerdote. Ese es el mandamiento de arriba….”

A lo cual Avraham contestó:

“¿Tu quieres ser aquel que eleve las almas?  ¿Haz, bendícenos y presérvanos, comprado al Todopoderoso solo para ti mismo? ¿Tú piensas que un judío puede acercarse más a D-s a través tuyo? La gracia de D-s está en todas partes, donde nos demos vueltas a mirar, cada vez que movemos un brazo sentimos a   D-s. Cada cual debe buscarlo en su propio corazón porque ese es el lugar donde puso su Presencia Divina a descansar. En cualquier parte y en cualquier momento el judío puede acercarse a D-s……”

El Rebbe escuchó y sentenció a Avrahom: “Tú has pecado”.

De allí en adelante se le llamó “pecador” y fue expulsado de todas partes. Los Jasídicos observaban todo lo que hacía y lo perseguían todo el tiempo. Llegaron al extremo de impedirle rezar en la Casa de Estudio.

El Rebbe había olvidado lo que expresamos al principio de la columna. Que Moisés, el liberador de la esclavitud de Egipto, era un hombre ordinario sometido a desafíos extraordinarios. Que cualquiera puede lograr la libertad al descubrir en   D-s la faceta que todos intentamos conocer: la facultad de sobreponernos a la naturaleza, no importa que venga en la forma de autos lujosos, computadores ultra livianos o celulares que funcionan en forma instantánea.

Moisés conoció aquella faceta de D-s, YHVY, que nos libera de la opresión de la naturaleza y la tecnología y nos eleva hacia lo trascendente. Eso no significa que la naturaleza no nos sea grata. Debemos tomar de ella lo que necesitamos para nuestra existencia física pero no debemos caer en la idolatría de adorar sus manifestaciones.

Debemos emular la modestia de Moisés y no la soberbia del Rebbe quien cometió el verdadero “pecado” que le da nombre al cuento de Sholem Ash: castigar a Avraham por su osadía de no haber reconocido la supuesta sabiduría de una autoridad que se arrogaba derechos usurpados a todos los seres humanos.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Shemot: Exilio y Redención

2013-5774

 

Jorge Slachevsky Czuckerman

 

Esta semana empezamos la lectura del segundo libro de la Torah. Me hubiese gustado seguir estudiando el primero. El que conocemos como Génesis o Bereshit en hebreo. Tiene tantas historias llenas de vericuetos. Cada uno de ellas nos conduce a profundas reflexiones que no podemos profundizar debido a que, una vez que las descubrimos, ya es demasiado tarde. El tiempo nos apremia, debemos mandar nuestra nueva columna y la próxima semana encontraremos nuevas aristas que acapararán nuestra atención y nos harán olvidar la anterior. Tratar de unirlas es casi imposible por más que intentemos hacerlo. Atenerse a una historia monolítica se convierte en una odisea mayor que nos mantiene esperanzados que podamos lograrlo en el futuro.

El mensaje de Bereshit, pareciera ser, no es otro que nuestra vida relatada en un lenguaje bíblico para que podamos entenderla mejor. Intenta señalarnos que cada uno de nosotros tuvimos que vivir la experiencia de abandonar el Paraíso, representado por el ambiente protector del regazo materno, para introducirnos al exilio de la incertidumbre que nos presenta la visión masculina de la realidad.

Durante nuestra primera infancia nos encargamos de aprender el nombre de todo lo que nos rodeaba. Adán hizo lo mismo en el Paraíso. D-s le dio la facultad de nombrar cada una de las cosas que había creado. Esto significa que aunque están presentes en nuestra retina solo las conoceremos una vez que la hayamos contextualizado en nuestra conciencia. Lo hacemos automáticamente sin reflexionar. Nuestros padres nos enseñaron y seguimos lo aprendido cuan si fueran palabras divinas que se graban a fuego dentro de nuestro corazón. Sin saberlo se nos prohibió comer del “Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal” ya que debíamos conducirnos por las normas que nos intentaban trasmitir. No estábamos autorizados para confrontarlas y someterlas al juicio de nuestra razón.

Así transcurría esta primera etapa de nuestra vida. Todo lo que aprendíamos era blanco o negro. El gris, aquel color de la niebla que nubla nuestra visual, todavía no aparecía en nuestra realidad. Quizás no es una coincidencia de que en el mundo actual, tan lleno de progresos extraordinarios en lo material, pero tan alejado de la vida espiritual, nos envuelva físicamente en un smog que tiñe nuestra existencia de ese color tan poco definido.

Inexorablemente comimos, cuando nuestra madurez así nos exigió, de la fruta prohibida y nos vimos obligados a introducirnos en un mundo en que todas nuestras convicciones se mesclaron en el caldero de la incertidumbre. Pudimos dejamos atrás la convicción monolítica trasmitida por nuestros padres y nos empezó a rondar el fantasma de la duda.

Empezamos a buscar límites que nos rayaran, como se dice en Chile, la cancha. Nuestra imaginación desbordaba las antiguas fronteras del Paraíso de la inconsciencia y nos enfrentaba a un mundo desconocido que nos atemorizaba. Buscábamos la seguridad y empezamos a construir una barrera que nos protegiera de tanta desolación. Abandonamos la seguridad de Bereshit, donde las palabras sabias de nuestros patriarcas Abraham, Isaac y Jacob guiaba nuestros pasos. Empezamos a vivir la órbita de José quien, al igual que nosotros,  abandonó la tierra natal, tras ser expulsado por sus hermanos, para insertarse en un mundo nuevo, el de Egipto, donde tuvo que poner a prueba todas sus convicciones aprendidas de su familia y confrontar sus sueños, si sus sueños, con la realidad de un mundo más inmisericorde que lo conocido hasta ese entonces.

José sufrió y triunfó. De adulto se reunificó con su familia y esta vez es él quien los introduce, cuando se encontraban desvalidos, en una tierra que les bridaría la seguridad del sustento físico y espiritual sin mayores aprehensiones en un mundo que se había derrumbado debido a la sequia.

Sus descendientes se dejaron conquistar por las bondades de Egipto y prosperaron. De un clan familiar reducido se convirtieron en un grupo étnico extenso que amenazó la seguridad del imperio. El sistema los esclavizó, los alejó de sus enseñanzas ancestrales, y los obligó a trabajar arduamente para hacerlos olvidar de las pretensiones de mantener viva las tradiciones de Abraham, Isaac y Jacob.

De nuevo la historia bíblica establece un paralelo con nuestra vida personal. Una vez que abrimos los ojos en nuestra infancia tardía, nos dimos el trabajo de abandonar todas las convicciones que nos trasmitieron nuestros padres, abandonamos el Paraíso que nos ofrecían y colonizamos un nuevo territorio donde el éxito parecía ser la constante que movilizaba nuestros afanes. Cada uno de nosotros encarna la historia de José que constituyó la antesala del exilio que se repite en cada generación.

Parecía ser que este nuevo camino se iba a ver libre de dificultades. Poco a poco fuimos construyendo nuestra realidad utilizando para esto los ladrillos de adobe que la parasha de esta semana, Shemot, nos grafica con tanta exactitud. Durante ese proceso fuimos sometidos a la esclavitud de la incertidumbre que nos agobiaba. Pudimos aprender que las conductas adecuadas hacia nuestros semejantes nos mostraban su fruto con creces. También aprendimos que las conductas negativas tenían la mala costumbre de acumularse en nuestras bodegas mentales. Poco a poca estas últimas iban creciendo y atormentándonos. Nos encerraban dentro de fronteras que nos impedían salir de ellas. Insensibilizaban nuestra percepción y se transformaban en una nube gris que nos impedían recordar las enseñanzas de nuestros padres.

Así llegamos al exilio donde fuimos presa de las circunstancias y abandonamos nuestra esencia. Vanamente intentamos limpiarnos de esas barreras y entre Rosh Hashana y Yom Kippur nos arrepentimos de ellas e intentamos salirnos del exilio pero rápidamente volvimos a insertarnos en él. El Egipto, con su esclavitud permanente, se nos presentó y nos impidió volver a la Tierra Prometida que tanto añorábamos durante las Grandes Fiestas.

No es ninguna coincidencia que Egipto en hebreo se diga Mitzráim que traducimos al castellano como frontera o límite. Estas son las mismas fronteras que hemos construido en nuestro interior y que nos conducen al mismo exilio que agobió a nuestros ancestros. Tanta depresión en medio del éxito nos recuerda que hay algo más que el simple transcurrir económico. Nos hace falta una luz que nos guie en nuestro transitar. Que nos extraiga de los límites que nos impone el ciclo del error, arrepentimiento y perdón y nos conduzca por aquel más nutritivo del exilio, liberación y redención.

Moisés será el encargado de enseñarnos el camino. Su historia llena de obstáculos nos servirá de modelo para lograrlo. Nelson Mandela, recientemente fallecido, es el testimonio fiel que el exilio, por muy largo que sea se puede abandonar. Hace falta mucha convicción de nuestra parte para lograrlo. Largos cuatro libros de la Torah nos irán conduciendo por ese camino. Tanto los hebreos de antaño como los sudafricanos del presenta nos señalan como la opresión se puede superar. El perdón divino de Yom Kippur y el humano de Mandinga hacia sus opresores blancos nos señalan que el exilio se puede abandonar. Está en cada uno de nosotros lograrlo para dejar de lado el Egipto opresor e ingresar a la Tierra Prometida tan anhelada desde nuestra infancia. El resto de la Torah nos mostrará como hacerlo.

Veseata Dishmaya

 

 

Parasha Shemot: El inicio del fin del exilio en Egipto

2012-5773

Jorge Slachevsky Czuckerman

 

Acabamos de celebrar el Año Nuevo 2013. En todos los hogares las familias se han reunido para desearse buenas intenciones para el año que recién comienza. Buena comida, ambiente festivo, alegría y baile es la tónica general. Muchos que han debido “exiliarse” de sus ciudades de origen, buscando mejores horizontes en la capital, retornan, aunque sea por pocos días a los lugares que abandonaron en su juventud con el fin de compartir, para los que tienen esa suerte, con sus padres y hermanos y rememorar una infancia llena de momentos significativos.

En la parasha de esta semana, Shemot, Moisés retorna al lugar que lo vio nacer. Allí, los descendientes de nuestros patriarcas, exiliados en Egipto, se encuentran imposibilitados de volver a la tierra de sus ancestros. El exilio, a diferencia de nuestros compatriotas trasladados a Santiago, es permanente. Están obligados a trabajar extenuantes jornadas bajo el régimen de la esclavitud más denigrante. No pueden hacer otra cosa que recordar las enseñanzas de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob sin tener ningún respiro que los traslade, aunque sea momentáneamente, a la tierra donde, según sus tradiciones, manaba la leche y la miel.

Exilio obligado que agobiaba al Pueblo de Israel. Para remediar tal situación la Torah recurre a Moisés. Todos sabemos la historia. El Faraón, temeroso de un pueblo que había proliferado en exceso, cuyo número constituía una amenaza para el imperio, había decidido tomar medidas para remediar tal situación. Por un lado los sometió a la esclavitud y los obligó a trabajar en la construcción de las ciudades de Pitom y Ramsés. Por otro lado, atemorizado, aplica una medida extrema. Ordena que todos los hijos hombres del Pueblo de Israel sean sacrificados al nacer.

Exilio adverso bajo el cual nació Moisés. Si las matronas hubiesen cumplido el edicto faraónico no estaríamos comentando su historia y sus proezas. Lo primero que nos dice la Torah es que Moisés era hermoso. Esa belleza hizo que decidieran cuidarlo por tres meses de manera que tuviese alguna oportunidad de resistir su travesía por el Nilo, desenlace trágico que aguardaba a los recién nacidos que estaban destinados a fallecer en las aguas del río sagrado de los egipcios.

Pero el destino tenía destinado otra cosa para este niño. La hija del Faraón  se estaba bañando en las orillas del Nilo cuando diviso una barquita entre los juncos que cobijaba a un niño hebreo. Se compadeció de él, quizás su hermosura influyó en su decisión, lo adoptó y buscó una nodriza que se hiciera cargo de su alimentación. Involuntariamente fue exiliado de su pueblo de origen, se crió en el palacio real lejos de la influencia de sus ancestros. Vestía y hablaba como un egipcio. Se parecía a aquellos que, en nuestra época, han abandonado sus costumbres y tradiciones en busca de una aceptación que aspiran merecer.

En su adultez Moisés despertó a su identidad hebrea. Puede ser que los religiosos tengan razón cuando afirman que la Neshama, el alma, del judío permanece intacta a pesar de que la razón reniegue de ella y aflora, saltándose una o dos generaciones, en algún descendiente que va a encarnar en sí las creencias de sus antepasados.

En Moisés afloró la Neshama cuando presenció que un capataz egipcio maltrataba a un esclavo hebreo. No pudo resistir la injusticia que le tocó presenciar. Fuera de sí le da muerte y entierra su cuerpo intentando ocultar su crimen. Se da cuenta que no lo ha logrado cuando, al otro día, interviene en una discusión entre dos esclavos y uno de ellos le enrostra que está enterado que mató al egipcio y lo desafía que haga lo mismo con él. Se da cuenta que su agresión no había pasado desapercibida. El Faraón, enterado del crimen, decide castigar a Moisés y este deja Egipto rumbo al exilio, para evitar la justicia que podía condenarlo a muerte por su exabrupto.

Abandona Egipto y llega a Madián. Las hijas de un sacerdote de la localidad estaban en un pozo dándole de beber a las ovejas de su padre. De nuevo Moisés tiene la oportunidad de observar una injusticia. Unos pastores las estaban echando de allí para darle de beber a sus propias ovejas. Moisés sale en defensa de las niñas y obliga a huir a los pastores. El padre de ellas, al enterarse del incidente, agradecido, invita a Moisés a radicarse entre ellos. Una vez más nuestro profeta adopta las costumbres de un pueblo que le da asilo y se asimila  totalmente a sus costumbres.

Transcurre así en forma apacible toda la etapa adulta de Moisés. Se olvida tanto de su vida principesca como de la fe de sus ancestros. Se había convertido en un medianita y estaba contento con la vida, apacible, de un pastor. Nada en su vida cotidiana le presagiaba que su vida iba a estar teñida de un acto heroico que lo convertiría en el más grande de los profeta cuya misión, documentada en las páginas de la Torah, estaba destinado a liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto y llevarlo a la tierra que D-s le había prometido al patriarca Abraham.

Un día, ya de edad madura, tiene un encuentro con la divinidad. Esta se  manifiesta a través de una zarza ardiente que no se consumía y que le insta a retornar a Egipto, enfrentarse al Faraón y solicitarle que deje que su pueblo partir a tierras foráneas para participar en una celebración en honor a su D-s.

Una vez frente al Faraón lo único que consigue es que las condiciones de trabajo se hagan más duras para los israelitas. Si antes se les proveía de la paja necesaria para fabricar los adobes ahora debían conseguirla ellos mismos sin que por eso se les redujera la cuota diaria de fabricación. Debemos esperar la lectura de la próxima parasha para que D-s castigue al Faraón y su pueblo con las conocidas 10 plagas para ver coronado, en principio, la misión que la divinidad y la historia tenía destinada para Moisés.

Lo que nos enseña esta parasha es que Moisés era un hombre común y corriente que se vio enfrentado a una misión extraordinaria. Durante su vida debió, sin que se diera cuenta, afrontar distintos desafíos que, poco a poco, lo fueron conduciendo a un destino que no podía anticipar. Debe abandonar los lujos del palacio del Faraón para dirigirse a un destino incierto en el desierto. También, por segunda vez, debe dejar una vida apacible como un simple pastor para ir a enfrentar a un Faraón que tenía el poder para aniquilarlo sin ninguna contemplación.

Uno de los fundamentos de nuestra religión, según Maimónides, es que D-s se comunica a través de la profecía con el hombre. Moisés, al escuchar el mensaje divino saliendo de la zarza ardiente nos demuestra que, a lo largo de su vida, había adquirido ese don. Este solo recae sobre aquella persona que ha logrado acceder a la sabiduría, cualidad adquirida que le permite superar las inclinaciones naturales de los instintos. Recordemos que sus impulsos lo habían conducido a asesinar al capataz que maltrataba al esclavo. Tuvo que exiliarse y templar su carácter en innumerables jornada de pastoreo para refrenar esos impulsos negativos.

La Torah, a lo largo de los cuatro libros que narran las peripecias de Moisés y del pueblo que liberó de Egipto, nos enseña como modificar nuestros rasgos de carácter, Middot, de manera de hacer nuestra vida más fructífera. Nos enseña a emular a Moisés, no para convertirnos en profetas, sino que para  transformarnos en seres humanos dignos de aspirar a una época mesiánica ideal, en la cual  las armas se transformaran  en arados y los lobos dejaran de perseguir a las ovejas. Digna aspiración para un año 2013 que acaba de comenzar.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Vaieji: El despertar de nuestras Middot

2013-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

Al final de nuestra columna de la semana afirmamos lo siguiente:

 

 “Así culmina este drama de pecado, arrepentimiento y perdón que cada uno de nosotros intenta iniciar en Rosh Hashana y Yom Kippur. Si tenemos éxito nos permite enfrentarnos a cada nueva situación sin cargar con las culpas del pasado. Esas mismas que nos impiden avanzar en la consecución de nuestro destino como seres humanos conscientes de nuestra esencia espiritual”

En la columna de esta semana, Vaieji, nuestro Patriarca Jacob está a punto de morir. Congrega a su alrededor a sus hijos y a dos de sus nietos, Efraim y Menashé, para trasmitirles lo que iba a ocurrir en el futuro. Pero, en vez de hacerlo, los bendice. Pareciera ser que en ese momento perdió su clarividencia y por algún motivo eso lo asustó. Posiblemente pensó que algunos de ellos podían tener un rasgo de carácter negativo que pudiese afectar su destino. Cada uno de ellos estaba destinado a conformar una de las doce tribus que darían origen al Pueblo de Israel. Le asustó que alguno de ellos no estuviera a la altura de lo que el destino le tenía augurado. Ya antes Ismael y Esaú no habían respondido a las expectativas de sus padres y tuvieron que abandonar el pacto que D-s había establecido con Abraham. En el caso de Jacob eso podía constituir un desastre mayor. La época de los Patriarcas, en la que cada uno de ellos representaba una figura espiritual de renombre, estaba por terminar y sería reemplazada por la de individuos, de estatura corriente como la de nosotros, que deberían intentar, a la medida de lo posible, emular las condiciones de estas figuras tan memorables. Si alguna de las tribus fracasaba pondría en peligro el designio del futuro pueblo judío.

En los dos párrafos anteriores se conjuga parte de nuestra identidad como  judíos.

El primer párrafo nos describe como individuos que intentamos corregir nuestras conductas erradas. El proceso de pecado, arrepentimiento y perdón no es garantía de que no las repitamos en el futuro. Nuestros instintos nos conducen por el camino inadecuado y cuando nos damos cuenta de ello ya es demasiado tarde para remediar el daño ocasionado. Nos damos cuenta que algo nos falta. No basta arrepentirnos sinceramente. Debemos trabajar incansablemente para evitar que eso vuelva a ocurrir y los relatos de la Torah, especialmente los de la parasha Vaieji, podrían ayudarnos a cumplir nuestras buenas intenciones.

En el segundo somos parte de una de las tribus que recibieron las bendiciones de Jacob. Cada una de ellos, en la figura de su originador, recibió bendiciones y  reprimendas que estaban destinadas a reforzar o reducir, según sea el caso, los rasgos de carácter que los pudiesen alejar de las enseñanzas recibidas de sus ancestros Abraham, Isaac y Jacob. Al leer las bendiciones impartidas podremos reconocer en alguna de ellas nuestras falencias para intentar corregirlas. Así, milenios antes de Freud, nuestra Torah nos estrega la clave para vivir una vida mucho más productiva y placentera.

En ambos casos el individuo toma en algún momento la responsabilidad de su futuro. Para lograrlo debe trabajar identificando el área en que sus rasgos de carácter afectan sus intenciones y aplicar su voluntad para corregirlas. La vida moderna, con su aceptación plena de todas las variaciones humanas nos ha liberado de las exigencias, a veces tan difíciles de cumplir, que la Torah y los Libros Sagrados de las otras religiones nos han impuesto. La libertad individual es totalmente deseable pero no nos debemos olvidar que cada uno de nosotros, seamos judíos o no, pertenecemos a un pueblo que, cualquiera que este sea, debe restringir algunas de las libertades personales en beneficio del conjunto.

Para hacerlo no podemos descartar las antiguas enseñanzas a pesar de estar enunciadas en un lenguaje que vulnera nuestra sensibilidad contemporánea. El lenguaje ha evolucionado tal como lo ha hecho la naturaleza humana. El vestigio de los males que la Torah quería erradicar permanece latente. Su efecto pudimos comprobarlo con el comportamiento de la población, aparentemente civilizada, tras el huracán Katrina en Nueva Orleans o tras el terremoto del 27 de febrero que desembocó en saqueos en Concepción.

No debemos, ni podemos, volver a las restricciones bíblicas que nuestros Profetas idearon para nosotros. Pero tampoco podemos olvidarnos de ellas. Debemos cultivar, con las herramientas que nos entrega la psicología moderna, los rasgos positivos deseables y reducir los negativos de manera de hacer que el proceso de pecado, arrepentimiento y perdón iniciado en Rosh Hashana y Yom Kippur vaya disminuyendo año tras año. Si lo logramos, habremos avanzado en pos de lograr la sociedad mesiánica cuyo origen se encuentra en nosotros mismos y no en la intervención, siempre esquiva, aunque deseable, de la divinidad.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Vaieji: El término de una etapa, triste pero esperanzadora

2012-5773

Jorge Slachevsky Czuckerman

Escribo esta columna con un cierto dejo de pena. La parasha Vaieji es la última del Libro del Génesis, Bereshit. Por decimo año consecutivo me ha tocado disertar en algún lugar acerca de ellas. Uno de ellos fue la Kehila Beit Jaim cuyo recuerdo, aunque ya no nos juntamos, me hace añorar las reuniones en que discutíamos acaloradamente de judaísmo. Otro es el Instituto de Kabbalah donde me invitaban, ocasionalmente, a comentar la parasha de la semana. O ahora, cuando escribo semanalmente para Anajnu y tengo la ocasión, una o dos veces al año, de trasmitir su mensaje en el Kabalat Shabat de la Comunidad Ruaj Ami.

Tengo pena porque no he logrado aún aprehender los mensajes que cada parasha nos quiere trasmitir. Me siento en un viaje, como los que hacemos en tren, en el cual vemos pasar aceleradamente el paisaje delante de nuestra ventana. Tratamos de grabarlo en nuestra retina, impedir que se desvanezca, pero la sucesión de cuadros hace que solo podamos retener pequeñísimos fragmentos que intentamos desesperadamente de recordar. Esta sensación me recuerda un viaje en tren que realizamos con mi señora entre Montecarlo y Niza. Parábamos por escasos minutos en unas encantadoras estaciones que nos permitían vislumbrar la maravilla de los pueblitos que, a la orilla del Mediterráneo, han logrado crear mundos mágicos que nos daban ganas de conocer. Rápidamente partíamos a otro y, aparte de las fotos, nos quedábamos de la sensación que formaban parte de un sueño que nunca ocurrió.

Quizás el momento robado a cada estación, o el mensaje usurpado a cada parasha, no sea más que un proceso en el cual intentamos mejorar alguna faceta de nosotros mismos, utilizando el ejemplo de los personajes del Génesis para reconocer en sus historias nuestras propias falencias que intentamos remediar.

En la parasha Vaieji el patriarca Jacob retoma el protagonismo que cedió a José durante las  tres última parashyot. Quizás el mensaje que nos quiere trasmitir es que, por mas que intentemos emular a José, quien logró conciliar en sí mismo tanto la faceta material como la espiritual, no podremos conocer la Verdad, inalcanzable para los humanos comunes y corrientes, que se encuentra sólo en las palabras de nuestros patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob, quienes nos trasmitieron aquella identidad tan especial que nos identifica como judíos.

De Abraham nació Isaac y de este Jacob. También nacieron Ismael y Esaú que establecieron corrientes diferentes al pueblo hebreo. Ismael dio origen al gran pueblo musulmán, que trasmitió la palabra de D-s a millones de personas. Esaú al mundo científico, que al privilegiar la materia sobre el espíritu, la investigación sobre la revelación, ha traído un progreso imposible de predecir en la época descrita en el Libro del Génesis.

Los descendientes de Ismael retienen incólume el mensaje espiritual que nuestro patriarca Abraham trasmitió tanto a los judíos como a los árabes,  descendientes directos de sus hijos Isaac e Ismael. La diferencia entre ambos pueblos, entre otras, radica en que los árabes heredaron una faceta del rasgo de carácter de Abraham que los conduce a la impetuosidad. Aspecto que los ha llevado a que el mensaje de Abraham, colmado de bondad y hospitalidad, conduzca a la Jihad, a la Guerra Santa, donde en ocasiones se ha hecho necesario reprimir, aunque sea por la fuerza, a todo aquel que no comulgue con su particular visión del mensaje del patriarca Abraham y de su profeta Mahoma.

Los descendientes de Isaac también mantenemos incólume el mensaje de Abraham, pero, a diferencia de los árabes, donde prima la impetuosidad, prima la obstinación. Rasgo de carácter que, por un lado permite conducir nuestra vida aferrados a los ideales y a los valores que tanto nos agradan pero que, por el otro, nos mantiene enceguecidos frente al aporte espiritual que los cristianos, musulmanes y otras religiones puedan aportar a la humanidad.

Los descendientes de Esaú, por su parte, olvidan la dualidad esencial del ser humano que, a pesar de estar constituidos por los mismos elementos químicos que forman la tierra, están insuflados por el espíritu divino que marca la diferencia. Esaú, en su aspecto terrenal, dominaba los secretos de la caza. Con ella satisfacía los apetitos mundanos de su padre Isaac y le permitía contar con su aprobación y sus bendiciones. Sus descendientes, cazadores virtuales, pero no menos efectivos, al estar insertos en un mundo que exalta el consumismo y la globalización, desarrollan una ambición desmesurada enfocada solamente en la  faceta material de Esaú. Al hacerlo descartan su condición espiritual, único atributo que hace que el hombre se diferencie de los demás animales superiores.

En su lecho de muerte, Jacob congrega a sus hijos, y a los dos nietos de José, para trasmitirles una información que la divinidad le había revelado a través de la profecía, atributo esencial de los patriarcas, de los pormenores que rodearía la aparición del Mesías, entre ellos la fecha de tal acontecimiento, que remediaría todos los males que Adán y Eva habían infligido a la humanidad al comer del fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal.

Pero, extrañamente, frente a sus descendientes, la Shejina, la presencia divina, abandona a Jacob y éste no puede recordar la profecía que intentaba trasmitir. Instantáneamente se da cuenta del motivo de tal abandono. Tenía frente a sí a los futuros fundadores de la nación hebrea que daría lugar al judaísmo al cual nosotros adherimos. Pero estos, doce, habían heredado no sólo los rasgos de carácter positivos que todos sus ancestros desde Adán y Eva le habían trasmitido, sino que eran depositarios de los rasgos de carácter negativos de Abraham e Isaac y de todos los demás que les habían precedido. Eso hace que el relato del Génesis no sea un camino fácil, tapizado de pétalos de rosas, sino que un sendero arduo, repleto de dificultades que impiden el advenimiento de la época mesiánica.

Es esa visión, el darse cuenta de las imperfecciones que cada una de las tribus iba a heredar, la que hace que Jacob pierda su capacidad de profetizar, olvide su visión de la llegada del Mesías y entregue en cambio un mensaje, repleto de bendiciones y reprimendas. Las primeras destinadas a enfatizar los rasgos positivos heredados de nuestros tres profetas, mientras que las últimas destinadas a corregir aquellos rasgos de carácter, middot, que de alguna manera impiden  la llegada del estado ideal simbolizado por el Mesías.

Así transcurre la vida hasta nuestros días. Nacemos repletos de instintos que afloran para asegurar nuestra supervivencia física. Posteriormente la formación de nuestros padres, maestros y pares nos van conduciendo, sin descanso, por la senda del comportamiento racional y bien intencionado para convertirnos, en lo posible,  en artífices merecedores de lograr el advenimiento del Mesías en nuestra generación.

Esas son las enseñanzas que el Génesis, que finaliza con la parasha Vaieji, nos intenta enseñar. Conocimiento demasiado amplio que transcurre frente a nosotros como los paisajes que visualizamos a través de las ventanas del tren que describíamos. Que nos entristece porque no pudimos captar su esencia. Que nos deja con la sensación que, el próximo año, si D-s quiere,  al profundizar en las enseñanzas de cada parashyot, podremos entender, un poquito más, lo que durante tantos milenios ésas palabras han intentando trasmitir a la humanidad.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Vaigash: Un reencuentro luminoso

2013-5774

 

Jorge Slachevsky Czuckerman

Los fuegos artificiales, que tanto alegran el Año Nuevo, fueron inventados por los chinos. Su explosión, llena de luminosidad, separa un año del otro y nos permite enfrentar el futuro con la esperanza que tanta emoción nos  presagia un futuro mejor.

Pareciera ser que el hecho de ver explotar luces en el cielo también nos permitiría descubrir las imágenes espirituales que han permanecido escondidas tanto tiempo en nuestra conciencia.

La explosión en la literatura no fue inventada por ese pueblo oriental. Su efecto, cuando el mensaje es potente y bien articulado, nos produce el mismo resultado que los fuegos artificiales: despertar a realidades que hemos olvidado debido a la urgencia que nos presenta la cotidianidad.

Así ocurre con la parasha de esta semana, Vaigash, donde la historia de la reunificación de José con sus hermanos se asemeja a una explosión dramática que nos impacta. Nos hace tomar conciencia que, luego de haber ascendido a los pináculos de la espiritualidad de Rosh Hashana y Yom Kippur, nos hemos olvidado, tras el paso del tiempo, de la emoción que nos produjo y estamos expuestos a descender a los abismos más profundos, tal como le ocurrió al Pueblo Hebreo durante su cautiverio en Egipto.

El desenlace de la odisea de José y de sus hermanos nos señala que nuestro destino es más valioso que una vida llena de placeres sensoriales y que debemos tener la esperanza puesta en  una existencia más espiritual.

Durante 22 años, desde su venta a unos mercaderes transeúntes, hasta su ascenso a ser la mano derecha del Faraón, José mantuvo su esperanza en D-s que sus sueños juveniles acerca de las espigas y las estrellas podrían hacerse realidad.

El clímax estalla en la parasha Vaigash. Los hermanos, de pie en el palacio frente al alto dignatario, que finalmente resultó ser su hermano perdido, pudieron comprobar cómo el sueño de José se había hecho realidad. De simple pastor de ovejas pasó a tener una posición de privilegio. La profecía se había cumplido. Finalmente sus hermanos se doblegaban ante él como lo había presagiado.

Esto no fue fruto de la casualidad. Fue una consecuencia de pensar en todo momento, especialmente bajo las circunstancias más adversas, de que había una fuerza divina que, aunque se manifestara solamente en susurros durante sus dificultades, algún día se iba a manifestar en forma explosiva e iba a realizar sus sueños juveniles.

En la parasha Miketz pudimos comprobar cómo los sueños del Faraón, correctamente interpretados por José se habían hecho realidad. Tras siete años de abundancia, durante los cuales se repletaron los graneros reales, llegó la sequía. Toda la tierra padecía de hambre y Jacob mandó a sus hijos, excepto Benjamín, a comprar alimentos a Egipto. Los hermanos se presentaron frente a José. No lo reconocieron. Este sí y los acusó de ser espías. Los encarceló durante tres días durante los cuales tuvieron tiempo de preguntarse por el motivo de sus infortunios. Nuevamente frente al Faraón, creyendo que este no les entendía, dieron rienda suelta a sus lamentos:

“De cierto culpable somos por nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba y no le escuchamos. Por eso ha venido a nosotros esta desgracia”

Tenían razón con sus palabras. Lo que les estaba sucediendo era una consecuencia de lo que le habían hecho a José. Este quería hacerlos revivir lo sucedido tantos años atrás cuando sus hermanos llegaron donde su padre haciéndole creer que unas bestias salvajes lo habían matado. Dejó  a Simón como rehén y manda de vuelta a sus hermanos en búsqueda de Benjamín. Nuevamente deben tratar de explicarle a Jacob el motivo por el cual faltaba uno de sus hijos.

Esta vez era distinto. La primera vez habían llegado convencidos que habían actuado correctamente y tuvieron que pasar 22 años para que tomaran conciencia de que habían actuado mal. En esta segunda ocasión, aunque no se lo confesaron ante su padre, ya habían admitido su error y sin saberlo habían iniciado su proceso de arrepentimiento.

Como la sequía continuaba se ven obligados a volver donde José. Esta vez acompañados por Benjamín. José hace plantar una copa de plata entre sus pertenencias la cual es encontrada por los guardias reales. El castigo no se deja esperar. Los hermanos pueden volver a su tierra pero Benjamín debe quedarse atrás como esclavo.

Jehuda reclama:

¿Qué podemos decir a mi señor? ¿Qué podemos hablar o como hemos de justificarnos? D-s ha hallado el pecado de tus siervos; he aquí que nosotros somos sirvientes de mi señor, y también aquél en cuyo poder se halló la copa”

Este párrafo necesita una explicación. Tanto José como sus hermanos sabían que Benjamín no había robado la copa. Cuando afirma que “D-s ha hallado el pecado de tus siervos” no se estaba refiriendo a la acusación sino a un pecado que había sucedido muchos años atrás: La venta de José por parte de sus hermanos. Así, en un lenguaje oscuro, podemos darnos cuenta que confesaron su acción y cumplieron con la segunda etapa del proceso de arrepentimiento.

Jehuda considera que no puede volver a su tierra sin su hermano Benjamín. Tiene miedo de que una noticia así perjudique la salud de su padre:

Y ahora, si yo llego ante tu siervo, mi padre, sin que el joven esté con nosotros, como el alma de él está ligada a su alma, sucederá que cuando él vea que no está el joven morirá. Y tus siervos habrán hecho descender la vejez de tu siervo, nuestro padre, con pesar a la tumba. Pues tu siervo garantizó al joven ante mi padre diciendo: Si yo no te lo traigo de vuelta, habré pecado contra mi padre para siempre. Y ahora, que tu siervo se quede en lugar del joven como esclavo de mi señor y que el joven ascienda con sus hermanos. Pues, ¿Cómo he de subir ante mi padre si el joven no está conmigo? No sea que vea yo el mal que le sobrevendrá a mi padre”

Jehuda que había vendido a José como esclavo no tiene problemas, esta vez, en convertirse él mismo en esclavo para evitar el sufrimiento de su padre. Tomó consciencia de su antiguo pecado y mostro su arrepentimiento haciendo lo que cada uno de nosotros debe hacer una vez que vuelve a enfrentarse a la situación que originó el error: modificar su conducta y actuar de una manera más consciente y responsable de sus consecuencias.

Una vez que José percibió el genuino arrepentimiento de sus hermanos explotó en entusiasmo. Se identificó, los llenó de obsequios, los mandó a buscar a su padre y los asentó en las tierras más ricas de Egipto.

Así culmina este drama de pecado, arrepentimiento y perdón que cada uno de nosotros intenta iniciar en Rosh Hashana y Yom Kippur. Si tenemos éxito nos permite enfrentarnos a cada nueva situación sin cargar con las culpas del pasado. Esas mismas que nos impiden avanzar en la consecución de nuestro destino como seres humanos conscientes de nuestra esencia espiritual

Veseata Dishmaya

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Parasha Vaigash: Arrepentimiento y perdón

2012-5773

 

Jorge Slachevsky Czuckerman

¿Cómo vivir en forma ingenua y sobrevivir al intento? Las religiones resolvieron este acertijo hace milenios. Su fundamento ideológico y sus relatos esclarecedores facilitan que una persona pueda actuar como depredador en su vida laboral y como una oveja inocente en su vida espiritual. Todos tenemos a Esaú, el cazador, y a Jacob, el pensador, dentro de nosotros mismos. La diferencia radica en la proporción en que dejamos aflorar dichas facetas tan contradictorias. Resolverlo es fundamental ya que, como dijo el novelista y dramaturgo francés del siglo XIX, Honore de Balzac, “La gente que actúa se inclina ante el fatalismo y la gente que piensa tiende a creer en la Providencia”. Confiar en esta última aleja la desesperanza cuando tienden a conquistarnos las dificultades propias de la vida. Eso le ocurrió a José, quien en sus años de servidumbre y esclavitud mantuvo su confianza en un D-s que lo convertiría en aquella persona que sus sueños le habían profetizado

Las religiones manejan de manera bien efectiva el arrepentimiento y el perdón. Estas conductas logran restablecer el equilibrio cuando Esaú predomina y solicitamos la ayuda de Jacob. Nuestra condición humana conduce a que cometamos actos de los cuales nos arrepentimos. Cuando nos vemos cara a cara con el afectado necesitamos un conjuro que nos aleje de los efectos nocivos de la culpa. Este no es otro que el perdón, luz refulgente al final del túnel oscuro que solos no podemos avizorar.

En la parasha de esta semana, Vaigash, José y sus hermanos se ven enfrentados a este drama tan cotidiano.  Estos últimos se encuentran en la corte del virrey de Egipto sin imaginarse, siquiera, quien se encuentra frente a ellos. Ese no es otro que José, el mismo que, muchos años atrás habían vendido a una caravana debido a que en sus  sueños se había atribuido una posición de dominio que no podían tolerar.

José necesita perdonar a sus hermanos por el daño que estos le habían ocasionado. En su extenso cautiverio había superado la arrogancia inicial que lo condujo por el camino del sufrimiento y la esclavitud. En sus sueños juveniles José se había atribuido el mérito que le podía permitir que el mundo, algún día, se doblegara a sus pies. Eso finalmente ocurriría, pero sólo después de darse cuenta, en su madurez, que el derecho a tal privilegio dependía de la voluntad divina y, al comprenderlo  la vida, lentamente, le empieza a sonreír, premiándolo con el mayor de los regalos, darle la oportunidad de recobrar la armonía familiar a través del perdón.

La lectura de la parasha Vaigash permite introducirse en el complejo mundo del arrepentimiento y perdón. Proceso siempre complejo, que termina, para algunos en el sillón del siquiatra o sicólogo quienes, aplicando las leyes de la ciencia, pueden producir la tan ansiada sanación. Otros, acuden a los sacerdotes para confesar sus transgresiones y solicitar el perdón divino. Nosotros, los judíos, encontramos en esta parasha los pasos, descritos hace milenios, que nos permite, al igual que los hermanos de José, conseguir el tan ansiado perdón cuando ese es precedido por el arrepentimiento sincero que aligera nuestro corazón.

Veseata Dishmaya

 

Parasha  Miketz  y  Januca: Dos historias entrelazadas, un solo mensaje

2013-5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

Esta semana nos toca reflexionar acerca de dos historias bien conocidas por el Pueblo Judío. La primera es la de José que logró convertirse en la mano derecha del faraón al interpretar correctamente sus sueños. La segunda es la de los Macabeos que se sublevaron contra el dominio griego para defender sus convicciones.

Ambas son fáciles de narrar. Cualquier niño se ve atraído con el ritmo atractivo del relato que lo conduce hacia un desenlace feliz.

Ambos relatos comparten dos mensajes. El primero nos señala que el judío, cualquiera sea la época y las circunstancias en que le toque vivir, debe conducir su vida de acuerdo a un ideal supremo sin importar las penurias que deba soportar. El segundo es la esperanza de que su esfuerzo se verá finalmente recompensado.

Nosotros, milenios después, nos vemos enfrentados al mismo dilema. Sabemos lo que debemos hacer. Cualquier persona inteligente lo sabe y ha sopesado la consecuencia de sus acciones. Pero, para algunos, la satisfacción inmediata de su voluntad oscurece las buenas intenciones de su conciencia. Es más cómodo adaptarse a lo que manda la mayoría. Para otros, la consecución de sus ideales se transforma en el motivo de su vida y dejan de lado sus comodidades para lograrlo. José se expuso a ser vendido como esclavo y a pasar 12 años en la cárcel por no claudicar. Los Macabeos expusieron su vida para evitar la profanación del Templo.

Constituye un milagro que José haya recuperado su libertad y se haya convertido en la mano derecha del faraón. También lo es la victoria militar de los Macabeos y que el aceite haya durado 8 días.

Nosotros sacamos una gran lección de estas historias. La consecución de nuestros ideales, aunque pequeños, nos pueden traer algunos sinsabores durante el camino, pero la recompensa, y esa es nuestra esperanza, nos traerá satisfacciones que compensaran las penurias que podamos haber sufrido.

Veseata Dishmaya

 

Parasha  Miketz  y  Januca: El peligro de la  asimilación en el Israel antiguo

2012-5773

Jorge Slachevsky Czuckerman

La lectura de la parasha Miketz y la celebración de Jánuca prácticamente coinciden todos los años en la misma semana. No es una coincidencia fortuita. Ambos sucesos comparten un mensaje común que merece ser analizado en base a los antecedentes aportados por cada uno de ellos.

Lo fundamental que se nos quiere trasmitir es que el Israel colectivo constituye un ser humano único llamado Adán, cuya existencia, lejos de estar garantizada, está siempre cuestionada por los peligros de la asimilación. Adán, aparte de ser el primer ser humano cuya creación aparece descrita en el Génesis, constituye una construcción abstracta cuya existencia depende de la adhesión de todos los judíos que, en cada generación, integran el Klal Israel.

La continuidad de este conglomerado depende, por una parte, del lazo común que constituye el D-s único que les da su sustento espiritual y, por el otro, de la creencia de que en las páginas de la Torah se encuentra un mensaje, de inspiración divina, que define la identidad de un colectivo que con su unidad supera la conciencia individual de sus integrantes.

El peligro de la asimilación y la pérdida de los valores compartidos están siempre presentes en los acontecimientos religiosos de los judíos. Tanto la parasha Miketz, como la celebración de Jánuca, exaltan la importancia de mantenerse fieles a la identidad que podemos, como pueblo, extraer de las páginas de la Torah.

La parasha Miketz narra la historia de José en Egipto. Inmerso en un medio adverso, alejado del colectivo descrito que le permitiría reafirmar su esencia espiritual, logra mantenerse incólume frente a los estímulos que intentaban asimilarlo a las costumbres imperantes. Jánuca, por otra parte, narra la historia de un grupo de hebreos, los Macabeos, que lucharon contra un enemigo poderoso, la dominación helénica, que amenazaba destruir esa misma identidad espiritual que tanto le había costado mantener a José.

En la historia de José encontramos a nuestro personaje recluido en una cárcel de Egipto. Llegó a tal situación debido a dos situaciones que, a pesar de contradecirse entre sí, conforman una secuencia que se inicia con la confrontación entre José y sus hermanos. Estos últimos, al considerar que el  sueño de José relativo a las espigas de trigo atentaba contra la unidad del pueblo hebreo, del cual profetizaban su futura existencia, intentaron asesinarlo para posteriormente arrepentirse y venderlo a una caravana de comerciantes que pasaba por el lugar. Años después, en la parasha Miketz encontramos un José distinto, más evolucionado. Recuerda las enseñanzas de su padre Jacob y prefiere rechazar los avances sexuales de la esposa de Potifar antes de asimilarse y vulnerar los principios que había adquirido durante su niñez.

El símbolo central de Jánuca es la luz. En la epopeya de los Macabeos la luz adquiere ribetes milagrosos. El aceite que usualmente hubiese alcanzado para mantener el candelabro del Templo encendido por un día alcanzó, inexplicablemente, para ocho. El ámbito espiritual, componente principal de la unidad del pueblo judío, simbolizado por la luz visible, intervino en el ámbito material para que el aceite, producto material derivado de la tierra, ardiera por un lapso de tiempo mayor que lo establecido por las leyes naturales.

Los seres humanos, conformados por materia al igual que el aceite, encuentran que la luz que puede irradiar su configuración espiritual se ve confinada por las restricciones que le impone esa misma materia. Para superarla buscan elevar su espiritualidad sobre los límites del determinismo físico que la restringe. No pueden depender de la divinidad para tal superación, ya que desde que  Adán y Eva comieron del fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal la responsabilidad de expandir esos límites le corresponde al ser humano y no a un D-s omnipresente.

La herramienta que se utiliza para tal efecto la constituye el Libre Albedrío, atributo exclusivamente humano, que ha conducido a la expansión del conocimiento por dos caminos que han sido excluyentes a pesar de que deberían haber sido complementarios: La racionalidad helénica y la espiritualidad de la Torah. La primera llevó al progreso infinito de la ciencia y de la tecnología. La segunda constituyó la base del judaísmo, cristianismo e islamismo cuya influencia resulta de pleno relevante para una parte importante de la humanidad. La peregrinación al Santuario de lo Vásquez de la semana pasada, con la participación de 800.000 participantes, demuestra la vigencia de una religiosidad que se niega a desaparecer a pesar de aquellos que publicitan su desaparición.

Hemos descrito, en forma muy somera, dos eventos que ocupan nuestra atención esta semana. Aunque están orientados a mostrarnos los peligros de la asimilación en el mundo antiguo nos debe inspirar para buscar, en lo más profundo de nuestro corazón, los motivos que nos conducen a asimilarnos y perder nuestra identidad judaica.

Ser judíos militantes con participación completa en la sociedad circundante es nuestra opción. Descartar nuestra identidad para lograrlo sería renegar de los esfuerzos que realizaron José y los Macabeos por intentar mantener la suya. Otros grupos minoritarios han logrado mantenerla en un medio que recién ahora empieza a compartir sus planteamientos. La sociedad posmoderna se ve conformada por distintos estamentos que luchan por mantener su identidad racial, religiosa, cultural, de género, preferencia sexual o de cualquier otra índole que aparezca en el futuro, sin que por eso el colectivo nacional se vea amenazado por estas opciones diferentes. Cometeríamos un gran error si, como judíos, nos diluyéramos, sin marcar nuestra presencia, en la masa de una sociedad que está intentando integrar a su idiosincrasia las particularidades específicas de cada grupo que la integra.

Es por eso que el mensaje que la parasha Miketz y Januca nos trasmiten debe ser reiterado año tras año. La integración debe ser lo más amplia posible sin renunciar al fondo valórico y a nuestras costumbres, cuyo matiz es ligeramente distinto al de nuestros amigos gentiles, por el que  tanto José como los Macabeos estuvieron dispuestos a entregar su libertad y su vida para que perduraran hasta nuestros días

 

Veseata Dishmaya

 

Parasha Vaieshev: Los sueños de José

2012-5773

Jorge Slachevsky Czuckerman

 Los sueños constituyen una dimensión humana que puede conducirnos hacia las cumbres más elevadas o a los abismos más sombríos. Todos soñamos. La mayoría se recuerda vívidamente de sus sueños y algunos, entre los que me cuento yo, soñamos sin que en los momentos de vigilia podamos recordarnos de ellos. El problema radica en que la interpretación de los sueños puede hacer perder el sentido de realidad a aquellos cuyas imágenes oníricas se les presentan en una forma tan convincente

Mi nieto Schmuel, cuando tenía cuatro años, me conversaba, en su idioma infantil, de la forma como lo afectaban sus “imaginaciones”. Hacia una descripción muy acertada de su intento de conciliar la información que el mundo real le trasmitía con aquella que su mente, aún no suficientemente desarrollada, le proyectaba. El mundo de la propaganda mediática, sustento vital de una sociedad consumista, intenta en forma muy similar, con éxito, confundirnos al mezclar la realidad inclemente con una ilusión de poder magnánimo capaz, cuan varita mágica, de solucionar cualquier dificultad que se nos presenta con el simple uso de nuestra tarjeta de crédito. Así soñar tiende una connotación económica que nos conduce a la esclavitud financiera. Esperamos, infructuosamente, la aparición de un Moisés moderno que nos libere de tal opresión.

En la parasha de esta semana, Vaieshev, los sueños de José, el hijo más querido de nuestro patriarca Jacob, sufre los estragos de la esclavitud física en las cárceles egipcias debido a los sueños de su adolescencia. Indirectamente es el responsable de la esclavitud de las doce tribus descendientes de Jacob, las mismas que formaron el pueblo hebreo, cuando interpreta correctamente, en su adultez, el sueño del faraón que le permitió convertirse en la mano derecha del gobernante y facilitar el asentamiento de su familia en las tierras de Egipto.

Las consecuencia de los sueños de José se inician cuando le relata a sus hermanos, quienes ya estaban celosos debido a las atenciones que su padre le brindaba a su preferido, un sueño en el cual veía como las fanegas de trigo de un sembradío se doblegaban ante una sola que permanecía erguida. Su interpretación, premonitoria de un futuro que se cumpliría tiempo después en Egipto, consistía en que sus hermanos se prosternaban ante él, miembro menor de la familia que no tenía ningún merito para recibir tan honor. En un segundo sueño, interpretado y explicitado sin tapujos, José se ve a sí mismo recibiendo los honores, no solo de sus hermanos, sino de sus padres, el sol y la luna que se agregaban a tal homenaje.

La consecuencia de la arrogancia de José frente a sus hermanos es  conocida por todos:

“Allí viene ese señor de los sueños. Y ahora, vengan, matémosle y echémosle en uno de los pozos y diremos: Un animal feroz lo devoró. Veremos entonces que será de sus sueños”

El relato continua cuando los hermanos lo echan a un pozo lleno de serpientes y escorpiones para que estos le den muerte. No ocurre tal cosa porque decidieron retirarlo de allí para vendérselo a una caravana de comerciantes que pasaba por los campos de pastoreo.

¿Por qué, siendo José un hombre dotado de una inteligencia esclarecida que le permitió guiar, en su adultez, su vida de una manera tan provechosa para sí mismo, su familia y su nación de adopción, cae en un desatino tan grande que obliga, psicológicamente, a sus hermanos a tomar una medida tan drástica que afecta en forma tan vital su integridad y su destino?

La respuesta está en la diferencia entre un sueño y una profecía. Los hermanos tomaban los sueños de José como lo que parecían que eran, sueños, consecuencias del deseo inconsciente de su hermano menor de tomar el liderazgo de su familia, intención que sutilmente estaba respaldada por su padre Isaac. José, por su parte, consideraba que tales sueños constituían mensajes divinos que le estaban comunicando algo que ocurriría en el futuro, es decir profecías que él estaba obligado a trasmitir, independiente del escarnio al cual se vería afectado.

El problema que aparentemente no tenía José, es de cómo saber, tal como les ocurría a sus hermanos, cuando un sueño es una profecía o corresponde a los desvaríos de una mente inconsciente. Numerosos desastres le han ocurrido a la humanidad por seguir los sueños de falsos iluminados que confunden los sueños con las profecías. Basta leer el libro premonitorio de Hitler, Mein Kampf, para darse cuenta a los horrores que puede llevar una mente que no ha sometido sus sueños al escrutinio de razón.

Todos estamos de acuerdo que las ideas deben ser sometidas al tamiz de la lógica para comprobar su veracidad. Más difícil es someter los sueños a un detenido examen antes de considerar que corresponde a un mensaje que puede alterar nuestra vida. Debido a la dificultad que presenta esa comprobación, la mayoría de las personas decide a una tierna edad, tal como lo hizo mi nieto Schmuel, descartar esos mensajes y depositarlos en el baúl de los recuerdos sin una mayor detención.

Lo que sí no se puede negar que algunos de estos sueños han transformado a la humanidad. No solo los que aparecen en la Torah y en los demás libros sagrados, sino que muchos sueños seculares, como el relatado por Martin Luther King en su famoso discurso, en el cual sueña con una sociedad norteamericana más igualitaria, donde las distintas razas, independientes de su color de piel, vivirían sin discriminación en un ambiente de aceptación y tolerancia.

Sin sueños no se puede avanzar en el progreso moral de la humanidad. Las religiones han intentado durante milenios de encauzar esos sueños para expandir los horizontes valóricos que le dan su fundamento a nuestra espiritualidad. La parasha Vaieshev, en su relato de los sueños de José, nos sirven de recordatorio que no basta el progreso material en una sociedad que se precie de desarrollada. El pragmatismo exacerbado debe ser complementado con un romanticismo moderador que ha tenido, y tendrá, su origen en los sueños de unos pocos visionarios que han dejado, y dejaran, su huella en la historia de la sociedad.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Vaishlach: El arco iris de nuestras decisiones

Jorge Slachevsky Czuckerman

La naturaleza nos maravilla con el despliegue de colores que nos presenta a nuestros sentidos. Una de las primeras cosas que les enseñamos a nuestros niños es a distinguirlos y a conocer sus nombres. Nuestra vida interior, aquella visión que se nos despliega frente a nuestra conciencia, no nos presenta tantos colores, sino que nos muestra sólo el gris. No porque el ejercicio de nuestra razón sea una actividad que nos conduzca hacia la depresión, sino porque las distintas alternativas que se nos presentan no están tan bien delineadas como en el mundo exterior y no disponemos de los parámetros que nos permitan elegir claramente entre una opción y otra.

Si los colores de nuestra conciencia estuviesen bien definidos no tendríamos necesidad de arrepentirnos de nuestras transgresiones y tendríamos el camino claro para no volver a repetirlas de nuevo. Somos seres complejos y, tal como ya lo hemos explicado, los motivos que conducen nuestra vida se confunden mostrándosenos como una nebulosa  gris que nos impiden navegar correctamente tal como lo desearíamos.

Necesitamos una guía que nos conduzca por el camino correcto. Al estar dotados de Libre Albedrío no podemos aferrarnos a un mapa trazado por alguna persona ajena a nosotros mismos. Solo podemos estudiar las historias de aquellos que nos precedieron e intentar sacar de sus relatos una conclusión que nos ayude a conducirnos con éxito dentro de las incertidumbres de la vida cotidiana.

Jacob y Esaú, personajes de nuestra parasha, constituyen dos ejemplos de cómo una determinada situación puede enfocarse de dos maneras distintas. No son soluciones independientes entre sí. La Torah, al enfatizar que ambos son mellizos, nos quiere señalar que ambos pertenecen a esa nebulosa que confunde a nuestra razón y que al estudiar las distintas maneras que ellos utilizaron para enfrentar sus problemas nos entregan algunas pautas para resolver los nuestros.

El éxito material enceguece nuestra visión interior. Al lograrlo encontramos que todo aquello que se interpone a nuestra afición al poder queda  en segundo plano.

Eso pareciera ser lo que le ocurrió a nuestro patriarca Jacob. Bajo los estándares bíblicos se había convertido en un hombre rico tras su estadía con Laban. Lo acompañaba una familia poderosa, sirvientes y numerosos animales que demostraban el éxito que había logrado. Esaú captó a simple vista su fortuna y estaba complacido. Jacob, veintidós años antes, le había usurpado su primogenitura a cambio de un escuálido plato de lentejas. Antes de eso había engañado a su padre Isaac y había obtenido sin merecerlas las bendiciones que estaban destinadas a él. Aparentemente Jacob había abandonado sus pretensiones espirituales y se había convertido en una copia perfecta de su hermano.

Esaú, durante todos los años que Jacob había estado ausente, había trabajado duro por conseguir el poder y la fama que había aspirado cuando era un simple cazador. Cuatrocientos hombres lo acompañaban cuando fue en la búsqueda de su hermano Jacob. Contingente amplio que habían reconocido en él un líder natural capaz de convertirlos en un gran pueblo.

Roma fue uno de sus descendientes. Eficiente en el manejo de los recursos humanos y materiales constituyó un pueblo que fue capaz de llevar su ambición de poder y gloria a un nivel jamás vuelto a alcanzar en la historia humana. Los nazis, miles de años después, siendo los modernos sucesores de Esaú, lo intentaron por un tiempo con éxito que no duró más que unas decenas de años. Demostraron que el éxito material es efímero cuando no viene acompañado de una concepción de vida que convierta esos éxitos pasajeros en recuerdos imperecederos.

Distinto es el caso de Grecia, poderosa por un tiempo, quien nos legó sus conceptos de democracia que aún intentamos replicar en nuestras organizaciones republicanas. Roma, conquistadora de casi todo el mundo antiguo, nos legó los modelos de organización social y política que continúan siendo los fundamentos de nuestra justicia. La Alemania nazista, por su parte, sujeta a las mismas ambiciones nos dejó el recuerdo de atrocidades enormes pero sin una herencia positiva que podamos recordar.

Esaú ve en Jacob el éxito desprovisto de sustento espiritual. Jacob se pregunta si acaso su hermano tiene la razón. Sí es verdad que en el camino al éxito ha dejado de lado la herencia espiritual que le trasmitieron su padre Isaac y su abuelo Abraham. Percibe que su éxito material es efímero y se da cuenta que debe enfrentarse a sí mismo para descubrir aquel trasfondo espiritual que lo podría hacer un digno merecedor de tales bendiciones

Para estar seguro de tal condición debe someterse a una prueba concluyente. Lucha toda la noche con el ángel que intenta que sobresalga su aspecto mundano en desmedro del espiritual. Jacob gana el encuentro y demuestra su adhesión a su yo interior capaz de remontarse a aquellas alturas a que lo material no lo puede conducir.

Nace así, nuevamente, el hombre prístino que intenta conjugar la dualidad, constituido por el polvo de la tierra y el espíritu divino, que se había mantenido escondido de la visión interior de nuestro patriarca. Victorioso adquiere el nombre de Israel pero está obligado a conquistarlo persistentemente en cada momento de su vida

Este es el legado de Jacob en cada uno de sus descendientes. Intentar, sin desfallecer, la conquista cada día del nombre de Israel, fiel conjugación en una sola unidad de los atributos tanto de Jacob como los de Esaú.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Vaishlach: La metamorfosis de Jacob

Jorge Slachevsky Czuckerman

La naturaleza, en su eterna sabiduría, ha decretado que en la condición humana se hayan diferenciado dos géneros diferentes: el hombre y la mujer. Eso no solo ha permitido que la función sexual se haya especializado en dos sexos complementarios, con lo cual aparte de la procreación se logran combinaciones diferentes de talentos, sino que ha permitido la generación de sociedades nucleares, las familias, en las cuales, aparte de los beneficios prácticos mutuos, ha permitido que en las decisiones racionales contribuyan dos visiones diferentes de la realidad que, al combinarse, han sido fundamentales en la sobrevivencia y desarrollo de la especie.

Entre muchas características humanas, rasgos de carácter, encontramos que las visiones de la realidad se ven teñidas por el pragmatismo o por el romanticismo. Normalmente en las parejas un miembro adscribe a una de ellas mientras que el otro presenta la contraria. A nivel de sociedad también ocurre lo mismo y en las tres parashyot que tratan acerca del último de los grandes patriarcas, Jacob, el tema del pragmatismo de Esaú, el cazador, se ve constantemente confrontado con el romanticismo de Jacob, el habitante de la tienda, el que anhela dedicar su vida al estudio y la contemplación.

En la parasha Vaishlach finalmente se produce una metamorfosis notable. Jacob, el romántico, adquiere, tras la lucha con el ángel la doble condición de Esaú y de Jacob y, al hacerlo, adquiere un nuevo nombre, Israel, que lo convierte en el padre de de las doce tribus que conformaron en la antigüedad, y en el presente, un pueblo que se debate entre el pragmatismo que le permite afrontar con éxito los desafíos de la naturaleza y un romanticismo que le permite una conexión permanente con la divinidad, sustentadora del aspecto espiritual del ser humano.

En esa parasha Jacob se acerca junto a su familia, servidumbre y ganado a donde habita Esaú. Veinte años han pasado desde que tuvo que abandonar por miedo a su hermano las tierras donde nació y se crió. Muchas cosas han sucedido en el intertanto. Salió solo y sin posesiones tras haber recibido, con engaño, las bendiciones destinadas a Esaú. Vuelve con una familia numerosa, acompañado con sirvientes y múltiples posesiones.

Lo primero que hace Jacob es mandar un emisario a Esaú para informarle de su intención de retornar a la patria que lo vio nacer:

“Jacob envió emisarios delante de él a su hermano Esaú, a la tierra de Seir, el campo de Edom. Y les encomendó, diciendo: Así dirán a mi señor, a Esaú: Así dijo tu siervo Jacob: He habitado con Laban y me he demorado hasta ahora. He adquirido toros, asnos y ovejas, siervos y siervas; y lo envío para anunciar a mi señor, a fin de hallar gracia a tus ojos”

Los mensajeros volvieron con noticias alarmantes. Los veinte años transcurridos no habían apaciguado el ánimo vengativo de Esaú. Venía a su encuentro en la compañía de cuatrocientos hombres. Lo único que querían era vengar el honor de su líder que había sido engañado por Jacob. Este último temió mucho por lo que le podía pasarle a él y a su familia y se angustió. Tomó precauciones estratégicas. Dividió a su familia, sirvientes y posesiones en dos campamentos separados entre sí. Si D-s no quisiera, Esaú destruía uno de ellos el otro tenía posibilidad de sobrevivir. A continuación le pidió ayuda a la divinidad:

“Líbrame, por favor, de manos de mi hermano, de manos de Esaú, pues yo le temo; no sea que venga y me ataque, a la madre junto con sus hijos”

Finalmente intentó ganar su apreció con un regalo importante. Separó de sus rebaños una cantidad apreciable de cabras, machos cabríos, ovejas y otros animales y mandó a sus servidores que hicieran tres hatos distintos, separados entre sí por un espacio importante. Se suponía que a medida que Esaú fuese pasando por cada uno de ellos apaciguara su belicosidad atraído por el soborno que le era ofrecido. A su vez, Jacob lo estaría esperando alejado convenientemente del último presente.

En la madrugada apareció Esaú con sus hombres. Jacob corrió hasta su presencia, se postró siete veces antes de llegar donde su hermano, lo abrazó, lo beso y ambos lloraron. Este no quería aceptar los regalos pero, después de mucho insistir, los tomó. Esaú invitó a Jacob que marcharan juntos pero acepto las disculpas de su hermano por no poder hacerlo. Esaú tomó su camino de vuelta hacia Seir mientras que Jacob se dirigió hacia Sucot. Cada uno se dirigió en una dirección distinta y esa separación trajo consecuencias que han resultado catastróficas para nuestro pueblo.

El Talmud afirma que Esaú está personificado en todos los pueblos que han sido enemigos de los descendientes de Jacob. Los dos más representativos son Roma, imperio que con su destrucción de Jerusalén y del Segundo Templo condujo al exilio a los sobrevivientes de las matanzas romanas; y la Alemania nazi, que con su holocausto aniquiló a la mayoría de la judería que residía en los países europeos.

Distinto es el caso de Jacob. Padre reconocido de un pueblo que ha logrado mantener su identidad espiritual a pesar del exilio y las persecuciones. Esto no hubiese sido posible si sus descendientes se hubiesen mantenido como habitantes de las tiendas, románticos, dejando de lado el pragmatismo que identificaba a Esaú. Había sido necesario el engaño para recibir la bendición de su padre, destinada a alguien que pudiese valerse del pragmatismo para labrarse una posición en la vida. Tuvo que arrancar, por miedo a su hermano. Trabajar arduamente con Laban para conseguir dos esposas con las cuales formar una familia numerosa y posesiones para mantenerla.

Jacob estuvo sometido a numerosas peripecias hasta que logró adquirir el pragmatismo que su padre Isaac había destinado para su hermano Esaú. Logró robustecer su romanticismo cuando camino al exilio, tuvo la visión de la escalera por la cual subían y bajaban ángeles hacia y desde el cielo. Logró culminarlo cuando a la vuelta, en la noche antes que se encontrara con Esaú, luchó con el ángel para que éste le concediera el nombre de Israel.

Lo cierto que en el siglo XXI hemos olvidado que los judíos formamos parte de una nación que favorece la mezcla armónica entre ambos rasgos de carácter. Nos hemos polarizado. Algunos, los religiosos, tienden hacia el romanticismo a ultranza. Otros, los laicos, tienden hacia el pragmatismo exacerbado preocupados solamente del progreso material. Pareciera ser que la metamorfosis que se produzco en nuestro patriarca Jacob, que le permitió combinar ambos aspectos, pasó a la historia. Hagamos fuerza por que en un futuro cercano ambos rasgos puedan combinarse, por el bien del futuro de la judadeidad y del resto de la humanidad.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Vaietze: Una escalera hacia nuestra conciencia

2013-5774

 

Jorge Slachevsky Czuckerman

 

Cada uno de los Patriarcas bíblicos corresponde a un estereotipo que de una u otra forma se ve reflejado en nuestra personalidad.

Abraham representa al hombre iluminado. Aquel que es capaz de escudriñar los secretos más recónditos de la esencia humana. Apto para develar sus misterios en un lenguaje accesible a nuestra comprensión. Sus descubrimientos, aunque sublimes, se mantienen en un nivel que nos maravillan con su belleza pero que nos angustian al no poder aprehenderlos en toda su magnitud. Nos recuerda al físico notable que percibe que algún fenómeno de la naturaleza tiene una explicación coherente y busca la causa que origina tal estado. Puede que sus deducciones expandan las fronteras del conocimiento pero, a nivel personal, sus visiones lo aíslan de sus semejantes que no lo pueden comprender. Abraham pudo superar ese abismo enfocándose en el atributo divino de la bondad que se traducía en una exquisita hospitalidad hacia el extranjero.

Isaac representa la transición. Un puente entre la visión esclarecedora de su padre Abraham y los problemas mundanos de sus hijos Jacob y Esau. Su periplo se inicia con el episodio de la Akeida, la famosa Atadura de Isaac, en el cual su vida física estuvo amenazada por Abraham quien, al no poder fusionar la instrucción divina con sus propias intenciones, estuvo a punto de sacrificar a su hijo. Finaliza enfrentado al engaño de Jacob quien, al hacerse pasar por su hermano Esaú, arrebata la bendición que estaba destinada al primogénito desencadenando una confusión que aún, miles de años después, desesperan a todos aquellos que intentan develar sus misterios.

Jacob representa la espiritualidad. Una forma nueva, no la de Abraham quien introdujo una nueva conciencia religiosa ni la de Isaac que la consolidó, sino que una que debe renacer continuamente tras la confrontación con los aspectos más negativos de la personalidad humana.

Jacob y Esaú eran mellizos. Por compartir el mismo útero eran los depositarios del potencial espiritual de sus progenitores Isaac y Rebeca. Tras el nacimiento ambos hermanos tomaron caminos distintos. Jacob se dedicó al estudio de las verdades eternas mientras que Esaú se abocó al conocimiento de las leyes naturales que gobernaban al mundo. Fue en la actividad de la caza, donde la percepción acertada de los fenómenos físicos resulta vital para lograr el objetivo, donde desarrolló su talento y fue en el cuidado de sus padres, proveyéndolos de carne fresca para su sustento, que le permitió desplegar su espiritualidad haciendo suyo el mandamiento que lo impulsaba a honrar a su padre y a su madre.

Tras el episodio de las lentejas y la usurpación de la bendición, ambos relatados en la parasha Toldot, llegamos esta semana con la parasha Vaietze a la narración del exilio de Jacob quien, amenazado de muerte por su hermano Esaú, abandona su tierra natal en la búsqueda de un nuevo destino que, sin intentarlo, lo conduciría por un sendero espiritual que lo haría merecedor a ser considerado el padre del pueblo judío y de tomar con propiedad el nombre de Israel.

Jacob parte al exilio y en la primera noche se prepara para acampar rodeándose de piedras para evitar el ataque de las bestias feroces. Durante el sueño tiene una visión que va a definir el desarrollo futuro de su espiritualidad. Se le  aparece vívida la imagen de una escalera que une la tierra con el cielo por medio de la cual los ángeles suben y bajan produciendo una comunicación continua entre ambas dimensiones.

Su mente aproblemada no estaba preparada para vivir esa experiencia. No se encontraba meditando esforzadamente como Abraham ni mantenía un constante diálogo con la divinidad como Isaac. Su visión fue inesperada. Sin intentarlo se encuentra repentinamente con la imagen divina.

Esa imagen es específica, detallada. Se le aparece intempestivamente definiendo como iba a ser la relación entre D-s y el hombre en el futuro. Cada cual tendría que enfrentar las dificultades de la vida dependiendo de su propio esfuerzo y sin contar con la ayuda permanente de la intervención divina. Estas aparecerían solo en poquísimas ocasiones. Serían recordadas en las gestas heroicas y servirían de inspiración y consuelo en millones de situaciones angustiosas en las cuales se clamaría por el favor divino que no se haría presente cuando los hombres la necesitaran. Basté recordar el abandono que hizo D-s de las víctimas inocentes del Holocausto que perecieron recitando las palabras tradicionales del Shema y que no tuvieron respuesta a sus lamentos.

Jacob, atribulado por las contrariedades, nos representa a cada uno de nosotros. Hombres y mujeres que estamos sujetos a los conflictos inevitables que nos presenta la vida y que solo podemos aspirar a tener una visión que nos permita comprender el camino, la escalera descrita en la parasha Vaietze, que nos permita superar nuestras flaquezas al mostrarnos que existe otras alternativas, ocultas a la realidad cotidiana, a la cuales no hemos podido acceder debido a que nuestros sentidos las encubren.

Siguiendo con el análisis, que hemos intentado dar cuerpo desde la celebración de Rosh Hashana y Yom Kippur, podemos decir que el relato de Jacob de la parasha Vaietze nos permite retomar nuestra intención constructiva cuando, al igual que Jacob, nos vemos enfrentados a las circustancias cotianas que nos hace transgredir a pesar de la advertencia de nuestra conciencia. El relato de Jacob nos entrega  la esperanza de que es posible visualizar ese camino alternativo que, con una comprensión más clara, nos haga modificar nuestra senda habitual para conducir es forma más efectiva nuestros pasos.

Si fuese así no tendríamos tantos puntos de los cuales arrepentirnos en las próximas Grandes Fiestas.

 

Veseata Dishmaya

 

Parasha Vaietze: Jacob revive en el siglo XXI

2014-5773

 

Jorge Slachevsky Czuckerman

 

Misiles están cayendo sobre Israel mientras estoy escribiendo esta columna. No sé cuál de todos los  temas que esto involucra es el más importante. Podría ser la desesperación de los civiles cuyas vidas y hogares están amenazados. O quizás debamos discutir de la situación de los soldados, algunos parientes míos,  que pueden ser movilizados por el ejército, alejados de sus familias y de sus trabajos, con la posibilidad de ser heridos o muertos en defensa de su patria. O deberíamos comentar la dificultad que enfrenta el gobierno, encargado de tomar decisiones difíciles de la cual depende la tranquilidad y la vida de tantas personas. Muchos tratan en la prensa esos temas en extenso. Hay que leer a algunos y comentar sus impresiones con nuestros seres queridos y amigos. Así se disminuye, aunque sea por un momento, la angustia que nos embarga a todos por lo que está sucediendo en Israel.

Entonces, ¿corresponde estar escribiendo acerca de cosas “ingenuas”, nada menos que de religión, cuando Israel está amenazado por los misiles palestinos?  Yo creo que sí. Porque queramos o no lo que está sucediendo en Israel es causa directa de que los israelíes adhieren a una religión, sistema de vida, conjunto de valores o tradición diferente a la que profesan los que disparan los cohetes. Si ya es difícil mantener la armonía entre un hombre y una mujer hay que imaginarse lo que cuesta hacerlo entre conglomerados que juntan varios millones de personas cada uno.

Para saber qué es lo que nos separa tenemos que conocer que es lo que nos une. Yo estoy intentando conocer los fundamentos de nuestras convicciones. Siempre me pregunto acerca de que si hubiese nacido en el seno de una familia cristiana estaría tratando de develar los misterios de Cristo. Es posible. Una fuerza interior nos conduce hacia destinos insondables y la mía es por el camino de la religión judía de entre todas las otras. De allí mi interés por escribir acerca de las parashyot intentando comprender más nuestra forma de ser.

No sabemos el motivo por el cual Israel y los judíos nos hemos visto sometidos a pruebas tan difíciles a lo largo de nuestra historia. Lo que si estoy seguro es que si no fuésemos judíos no estaríamos amenazados por los misiles palestinos. Por otra parte, somos judíos porque nuestros ancestros, aunque la mayoría de los contemporáneos no lo hagan, se adscribíeron fielmente a las páginas de la Torah. Casi siempre bastó, excepto durante el Holocausto, renegar de esas creencias para convertirse en miembros aceptados de la sociedad. Así es que si estamos sometidos a esos problemas es porque todos, de una u otra manera, no deseamos abandonar las prácticas de nuestros antepasados.

Para mí, y hablo solamente por mí, todavía la Torah es la fuente de nuestra identidad. Por algún motivo que escapa a mi intelecto quiero mantener tal dependencia. Lo que debemos hacer, como desde milenios se ha estado haciendo, es extraer de su texto enseñanzas que, por un lado nos permita mantenernos unidos a esas creencias de las cuales no queremos renegar y, por otro, buscar en ese mismo texto ejemplos que nos permita entender mejor lo que está pasando a nuestro alrededor.

En la Torah encontramos la historia de los patriarcas que, con un poquito de imaginación y de estudio, nos puede ayudar en esa tarea. Esta semana, coincidentemente, nos toca comentar la parasha Vaietze en la que se relata las vicisitudes de Jacob quien, en forma muy similar a nuestra propia vida y la del moderno Estado de Israel, comete aciertos y errores que van trazando un camino incierto hacia un futuro cuyo desenlace que aún, milenios después, no podemos anticipar.

¿Porque la historia de Jacob se empalma con la realidad de los misiles palestinos? Su epopeya es diferente a la de Abraham, cuya grandeza radica en el  descubrimiento de un D-s único y cuya vida refleja una bondad y hospitalidad exquisita que hemos comentado en columnas anteriores. También se diferencia de Isaac, patriarca que  nos legó la fuerza y perseverancia, quien demostró que podía ser capaz de mantener el legado de su padre a pesar de no contar con los talentos innovadores de su progenitor. Jacob, más alejado de Abraham que el propio Isaac, nos muestra como un hombre sufrido, sujeto a desafíos mayores a los que su capacidad puede resolver, logra sobreponerse a dichos embates para convertir esos mismos fracasos en éxitos. Proeza que lo hizo merecedor de convertirse en el padre que dio origen a las 12 tribus de Israel, cuna de nuestro ideario hasta el día de hoy. Es por eso que Jacob nos entrega la sabiduría necesaria para sobreponernos a los embates de los misiles y de seguir adelante en la búsqueda de un destino cada vez mejor para nuestro pueblo.

No sabemos el desenlace de la amenaza a la que estamos enfrentados. No nos queda más que esperar, mientras otros luchan, de que nuestros conflictos se resuelvan, tal como la lucha de Jacob contra el ángel resolvió sus contradicciones y lo transformó en Israel, para lograr un destino mejor para ambos pueblos que están sufriendo tantas desventuras en estos instantes.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Toldot: Elegir correctamente define nuestro futuro

 2013 – 5774

 Jorge Slachevsky Czuckerman

 Cada semana entregamos un artículo para Anajnu. Eso siempre que no se dé un conjunto de  circunstancias adversas que puedan atentar contra la columna. Ya el hecho que esta semana tenga tres días hábiles y cuatro de descanso constituye un impedimento contra la cristalización de las ideas en forma adecuada. Si a eso le sumamos que coincide con el fin de mes, con el agravante que este período exige una mayor concentración para cumplir las metas pre establecidas, transforman estos días en un desastre intelectual y emocional mayúsculo.

La idea de la columna está allí. Eso ya es un avance porque a veces ni siquiera eso existe. El problema radica en que las ideas se agolpan y cuesta mucho darle forma por escrito.

Como no tengo el tiempo para meditar que necesito y ya, el día martes, el editor de Anajnu, David, me llamó para que le entregue la columna debo esbozar someramente la idea que ronda por mi cabeza y prometer que el próximo año la desarrollaré en forma más extensa.

Coqueteo con la dialéctica. Si uno piensa en los personajes que intervienen en la parasha de esta semana, Isaac, Rivka, Jacob y Esaú, no queda más que percibir de que los dos primeros, por su parte, y los dos segundos, por la suya, están enfrentados a un par de enfrentamientos dialécticos cuya síntesis final solo se puede dar en lo más profundo de la mente de aquel que intenta obtener las respuestas a sus inquietudes en las páginas de la Torah.

 ¿Ven que no es fácil desenrollar la madeja que intento dilucidar?

 ¿Por qué es necesario hacerlo?

 Para darle un sentido a la Torah y a la serie de rituales que nos gusta practicar como judíos.

Si fracasamos en el intento nuestra religión se transformara en una actividad supersticiosa que será rechazada por una parte importante de nuestra comunidad. No debe extrañarnos que aquellos vayan a pasar rápidamente a engrosar las filas de los judíos invisibles cuyos hijos, inevitablemente, en menos de una generación, se asimilaran y olvidaran todas las ricas enseñanzas que nuestra tradición ha construido para nosotros y nuestra simiente espiritual.

El fundamento que sustenta mis pensamientos es sencillo. En Rosh Hashana se nos lee la Akeida y, al otro día, lo sucedido con Ismael, para enfrentarnos a la contradicción dialéctica a la cual nuestra religión nos  intenta introducir y nos solicita resolver.

Parte con el “cuasi” sacrificio de Isaac para señalarnos que si queremos realmente ser redimidos de las transgresiones cometidas el año anterior debemos estar dispuestos a sacrificar nuestra convicción más resguardada: El hecho de que cometimos esos errores no debido a que sucumbimos a un momento de flaqueza espontanea; sino a que, en cierta parte de nuestra identidad, hay una fuerza, cada cual podrá llamarla como quiera, que nos impulsa a cometer transgresiones.

Algunos, los defensores acérrimos  de la Teoría de la Evolución de Darwin, lo llamaran el instinto animal que aflora cuando las circunstancias nos devuelven a nuestra condición ancestral. Otros, más controvertidos, ya que adhieren a doctrinas que no pueden ver y cuyas consecuencias no pueden conceptualizar, lo definirán como el “mal” sin apellidos que afecta a cada cual. Otros, más desbocados, le adjudicaran un nombre. Dirán que Satanás se posicionó de ellos y que no hay fuerza humana capaz de resistir a sus embates cuando éste está decido a apoderarse de sus víctimas.

Otros, entre los cuales me cuento yo, estaremos llanos a descubrir en los dos relatos de Rosh Hashana una confrontación dialéctica que nos llama a modificar nuestra conducta en el año venidero. Posterior a esos relatos transcurre una semana y nos sentimos esperanzados, felices, que nos hayamos podido sacudir de las culpas y creemos fervientemente que D-s perdonó nuestras iniquidades y hacemos votos fervientes de no volverlas a repetir.

Pero la naturaleza humana es persistente. No pasa mucho antes que las buenas intenciones queden en el olvido y volvamos a repetir los mismos actos que nos afectaron el año pasado. La Torah lo sabe y nosotros sabemos que lo sabe. Por eso recurrimos a ella para intentar que nos apoye de alguna manera, sin que sea evidente para nuestra conciencia racional, que lo estamos haciendo.

Alegremente llegamos, tras algunas parashyot que nos presentan la confrontación dialéctica entre Abraham, férreo defensor de la bondad incondicional, e Isaac, quien busca utiliza el poder o la fuerza para intentar lograr los objetivos de su padre.

Isaac, menos optimista que Abraham, sabe acerca de la naturaleza humana y comprende que no bastan las buenas intenciones para que el comportamiento del ser humano se conduzca por el verdadero sendero que pretende transitar.

Es por eso que la parasha Toldot nos presenta la confrontación, dialéctica como ya lo adivinaron, entre Jacob y Esaú.

Al interiorizarnos de su diferencia, que a simple vista aparecen tan alejadas de nosotros, nos percatamos que en realidad corresponden a las dos facetas que pugnan por conducir nuestro propio destino. Al leer su confrontación podemos, en forma subconsciente, encontrar las herramientas para tratar de superar nuestras flaquezas que nos impiden conducirnos como nos hemos propuestos en Yom Kippur.

El conocimiento de la confrontación entre Jacob y Esaú nos permite conocernos mejor como para no tener que llegar a la pelea fratricida, que en Israel parece no tener solución, entre Isaac e Ismael, que tanto nos perjudica en nuestra tranquilidad emocional

Veseata Dishmaya

  

Parasha Toldot: Entre la autosuficiencia y la dependencia divina

2012 – 5773

Jorge Slachevsky Czuckerman

 

Algunos asimilan la odiosidad entre antisemitas y judíos a la pugna entre Esaú y Jacob. Algunas diferencias notables, muy publicitadas, entre los mismos judíos también se pueden atribuir a dichos hermanos, tan diferentes entre sí, tan presentes en nuestro carácter nacional. 

Los descendientes de Esaú, que se caracterizan por su autosuficiencia frente a los fenómenos naturales, están convencidos de que la mayoría de los problemas pueden ser resueltos por la ciencia, todopoderosa creación humana, siempre dispuesta a entregarnos su respuesta frente a las interrogantes que nos agobian y de engullirnos con su falta de sensibilidad. Para ellos el reino de D-s no se encuentra arriba en los cielos y solamente el esfuerzo humano podrá redimir al hombre de su condición biológica que tiende a  confundirlo con los animales superiores.

 Los sucesores de Jacob, creyentes de una Creador omnipresente y omnipotente, más cercano a la condición humana en sus argumentos, buscan replicar, dentro de nuestras capacidades, aquellos atributos divinos que puedan ejercer una ascendencia positiva sobre la divinidad. Estos no son otros que los rasgos de carácter que todos, en mayor o menor intensidad, disponemos y que debemos estimular o refrenar para hacer realidad nuestra semejanza con D-s. Consideran que el progreso, a pesar de ser un fin loable, poco valor tiene si no eleva el ámbito material a su esencia espiritual. Para eso es necesario cambiar al hombre para que este ejerza la influencia vital que la creación divina tiene reservada para él.

El estudio de la vida de los patriarcas nos permite identificar y resaltar en nuestra personalidad sus rasgos positivos, reconocer y reducir los negativos, intentando convertirnos en mejores personas y, si es posible, hacer extensivo dicho mejoramiento a la sociedad.

La Torah, más que un libro de historia o de trasmisión de valores es un manual de autoayuda, bastante similar a los que ahora se venden con tanta profusión, destinado a entregar recetas de cómo trabajar nuestros rasgos de carácter para que sean un puntal y no un estorbo de nuestro desempeño social.

            Los patriarcas y las matriarcas eran gigantes espirituales que con su ejemplo, sus contradicciones y sus errores nos muestran lo que se puede hacer para transformar nuestros comportamientos errados en fuerzas positivas orientadas a la superación de nuestra condición humana.

            Rebeca tuvo mellizos después de 20 años de matrimonio. Esaú y Jacob. La tradición, tan rica en rasgos folklóricos, nos trasmite que mientras aún estaban en el vientre materno Esaú intentaba escaparse cuando pasaban frente a un santuario idólatra. Jacob intentaba lo mismo cuando pasaba por un templo monoteísta. Ya desde entonces se notaba la diferencia entre los mellizos. Esaú fue el primogénito, pero no por mucho, ya que Jacob nació con su mano aferrada al talón de su hermano, quizás como un augurio de que sus vidas no solo iban a estar estrechamente entrelazadas antes de nacer sino que mantendrían su tormentosa relación para toda la eternidad.

            Cuando Esaú creció se convirtió en un cazador. No es casualidad que lo haya hecho. No existe otra actividad humana que dependa tanto del instinto innato para tener éxito en su práctica. Era el trabajo perfecto para aquel que opinaba que el éxito solo depende de lo que podamos conseguir durante nuestro paso por la tierra. Tanta confianza tenía en sus fortalezas que poca dedicación le otorgaba a sus debilidades. Un cazador como Esaú contaba con todas los talentos que lo convertían en un depredador formidable. Sabía buscar con dedicación los puntos débiles de su presa y esperar pacientemente el momento en el cual tenía que atacar para encontrarla desprevenida. Lo mismo hacía con la palabra. Vigilaba atentamente el proceder de su interlocutor. Esperaba hasta que cometiera un error, por más nimio que este fuera para atacar solapadamente teniendo, en la sorpresa, todas las de ganar. A pesar de eso atendía diligentemente a su padre Isaac. Con ello logró un sitio de relevancia dentro del ámbito espiritual, ya que al cumplir el Primer Mandamiento podía descuidar los otros sin que resultara percibido.

            Por su lado, cuando Jacob creció se convirtió en un incansable buscador de la verdad, aquella que se esconde de los ojos de todo aquel que no sepa o no quiera ver. Algún simbolismo debe tener el hecho que Isaac, su padre, perdió la visión en su vejez. Quizás esa misma falencia le permitía ver todo lo que nosotros no podemos mientras que le ocultaba lo que es evidente para todos los que cuentan con una visión normal. Es quizás por eso que no pudo darse cuenta que aquel que le estaba llevando el plato de comida era Jacob y no Esaú. Esa falta de visión, acompañada del engaño que tanto Jacob como Rebeca perpetraron, hizo que el hijo menor de Isaac recibiera las bendiciones que inicialmente estaban destinadas al primogénito.

            La verdad, que no es más que la sabiduría en su máxima expresión, es el tercer rasgo de carácter que sustenta el carácter judío. La semana pasada aprovechamos de comentar como Abraham y Sarah proveían la bondad, manifestada en la hospitalidad, en esta trilogía espiritual. Isaac y Rebeca nos trasmitieron la importancia de la fuerza en la consecución de los ideales. Rasgo no menor que hizo que nuestra matriarca ayudara a desplazar a Esaú de su papel predominante que le otorgaba la primogenitura. La recibió Jacob, hijo pusilánime de Isaac quien carecía, extrañamente, de la fuerza que solo pudo obtener por su propio esfuerzo. Lo logró tras abandonar su tierra natal por miedo a la venganza de su hermano mayor. Tuvo que recibir los vejámenes de su suegro, quien le cambió su novia en el altar nupcial y lo hizo trabajar durante años para conseguir a la que realmente llenaba su corazón. Con su constancia logró ocupar su lugar en nuestra historia tras luchar, toda una noche, con un ángel que desafío su entereza. Se demostró a sí mismo y a todos los que lo sucedieron, que la sabiduría, al ser duramente conquistada permitía, pacientemente, desarrollar un rasgo de carácter que inicialmente no poseía, la fuerza, para ocupar un papel relevante en la historia bíblica de la humanidad.

            Estos tres pilares, bondad, fuerza y verdad, constituyen, en mayor o menor grado, la herencia que Abraham, Isaac y Jacob nos trasmitieron hasta nuestros días. ¿Lograremos vivir de acuerdo a los estándares que ellos nos legaron? Cada generación duda de su capacidad de hacerlo. Los desafíos que se presentan en la actualidad son enormes. Hasta ahora hemos podido superar de alguna manera los conflictos de Esaú y Jacob que, a pesar que estaban destinadas a complementarse, no pudieron lograrlo durante su existencia. El símbolo de la mano de Jacob aferrada al talón de Esaú llama a la unidad de nuestro pueblo y esperamos que los conflictos suscitados en Israel por la desavenencia entre religiosos y laicos, israelíes y palestinos, ricos y pobres, Jacob  y Esaú, logre finalmente llegar a buen término, ya que nuestro carácter, queramos o no reconocerlo, está formado por la unión armónica entre ambas facetas, que aunque en el relato bíblico tanto como ahora, no pudo resolverse, constituye la única manera que Israel, el país, merezca el nombre que Jacob, el hombre, conquisto tan arduamente para él.

Dos hermanos. Tres pilares. Dos pueblos. Si pudiesen complementarse darían paso al estado mesiánico, sin intervención divina, ya que D-s, al otorgarnos el Libre Albedrío, dejó en las manos humanas y no en las divinas la realización de tal ideal.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Jaie Sarah: La Exaltación del Género Femenino

2013 – 5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

En la parasha de la semana pasada describimos como la Akeida, la Atadura de Isaac, representaba la prueba máxima a la fue sometido nuestro profeta Abraham. También hicimos un paralelo con nuestra vida personal. Señalamos que al recordar la Akeida en cada Rosh Hashana tenemos la oportunidad de sacrificar el recuerdo negativo de nuestras transgresiones y reemplazarlo por  el arrepentimiento que, al liberarnos de nuestras angustias, nos permiten enfrentar un año con la esperanza de modificar nuestro rumbo y evitar aquellos actos que puedan contravenir lo dictaminado por nuestra conciencia.

Pareciera que este sacrificio no es gratuito. En el caso de la Akeida, Rashi afirma que el relato de la muerte de Sarah, con el que se inicia la parasha Jaie Sarah, fue una consecuencia directa de aquel acontecimiento:

“El relato de la muerte de Sara fue yuxtapuesto al relato que narra la Atadura de Isaac para enseñar que a consecuencia de la noticia que ella recibió con respecto a la Atadura de Isaac, de que su hijo había sido destinado a ser degollado y que casí lo fue, su alma la abandonó y murió”

Otro comentarista completa lo expuesto por Rashi:

“El mensajero que vino para anunciar a Sara lo ocurrido en Monte Moriá había comenzado a relatarle lo ocurrido, explicando que su hijo había sido destinado al altar. Al oír eso Sara, su mente se trastornó y expiró súbitamente, sin que el mensajero hubiera tenido tiempo de aclararle que el sacrificio finalmente no tuvo lugar. Sin embargo, también es posible que incluso habiéndose enterado de que Isaac finalmente no fue sacrificado, el solo hecho de que casi perdía la vida fue la noticia que provocó su muerte”.

La parasha Jaie Sarah dedica sólo unas pocas palabras a la muerte de Sarah. Ninguna a su vida. A pesar de eso el nombre de la parasha, La Vida de Sarah, debe su nombre a nuestra Matriarca. No para resaltar su muerte sino que para exaltar el aporte extraordinario que su existencia significó tanto para su marido, Abraham, como para el pueblo judío que desciende de ella. Los comentaristas, a través de la exégesis de la parasha, han podido deducir de su texto la influencia que su vida representó para los sucesos futuros que fueron luego relatados a lo largo de la Torah.

Abraham quedó desbastado después de la muerte de Sarah. Eso no aparece en ninguna parte del texto pero las acciones que tomó inmediatamente dan fe de ello. En realidad tuvo una visión que lo hizo darse cuenta, si lo había hecho antes no lo había dejado entrever, de lo fundamental que había sido su mujer en su evolución espiritual.

Cuando, en la parasha anterior, Abraham escucha la palabra de D-s, encomendándole que tome a su hijo y lo lleve al monte Moriá para ofrecerlo en sacrificio, no hay ninguna referencia que haya consultado la opinión de Sarah en relación a lo que iba a hacer. Si lo hubiese hecho no habría ocurrido el desenlace fatal de su esposa cuando se enteró de lo que había sucedido. Abraham debe haberse sentido mal por no haberla puesto sobre aviso.

Abraham no podía demostrar su arrepentimiento frente a como se desarrollaron los acontecimientos. Debemos recordarnos que cuando cometemos inequidades se nos da la oportunidad de arrepentirnos y como consecuencia nuestras transgresiones pueden ser borradas de los registros divinos. Lo mismo es válido cuando realizamos una acción positiva ya que, siempre que consideremos como tal el sacrificio de un hijo solicitado por D-s, son borradas de los registros si nos arrepentimos de haberlas realizado.

Al no haber podido mostrar su arrepentimiento se debieron  presentar los hechos de tal manera que permitieran deducir lo que Abraham sentía sin que su trasfondo emocional fuese muy evidente.

Es así que Abraham dedicó un gran esfuerzo en convencer a Efron el hitita para que le transfiera la propiedad de la Cueva de Machpela. Tuvo que llegar a un acuerdo en forma engañosa debido a que no estaba permitido venderle una propiedad a un extranjero.

Era muy importante para Abraham enterrar a Sarah en la Cueva de Machpela. El la había descubierto cuando buscaba a una cabra y descubrió, como lo cuenta la tradición, que allí estaban enterrados Adán y Eva. Eso hacía que ese lugar tuviera una connotación espiritual muy importante porque representaba el lugar en que la conexión entre el mundo físico y el espiritual resultaba de mayor intensidad. Abraham reconoció, a través de su intención de enterrar a su mujer en ese lugar a su mujer, la colaboración estrecha que le había brindado su compañera en la búsqueda y enseñanza de la Verdad de un D-s único, creador y sustentador de todo lo existente. Además, reconoció el aporte extraordinario de Sarah en manifestar el atributo divino del Amor que exteriorizaba a través de la exquisita hospitalidad que brindaba a sus visitantes.

Otro acontecimiento que demuestra el aprecio de Abraham por Sarah lo constituye la preocupación de buscarle una esposa a su hijo Isaac. No tenemos mayor información de cómo Sarah apareció en la vida de Abraham. La Torah no nos da mayores detalles y los comentaristas no han podido deducir la información de los textos bíblicos. Pero la Torah nos entrega, en la parasha Jaie Sarah, el relato de la preocupación que demostró al encargarle a su sirviente Eleazar que fuese a su tierra natal a conseguir una mujer para su hijo.

Toda la dedicación que pone Eleazar en la búsqueda de la mujer adecuada para Isaac nos muestra el nivel espiritual que tenía Sarah. Ella sirvió de parámetro para que el sirviente tuviese bien definidos las virtudes que debía buscar. Cuando Eleazar encontró a Rebeca y vio como ésta se preocupó de su sed y la de sus camellos supo, inmediatamente, que había encontrado a la digna reemplazante de Sarah como la nueva Matriarca del futuro pueblo judío.

La vida de Sarah fue intensa junto a su marido Abraham. La Torah no le reconoce sus méritos durante su vida pero puso especial énfasis en destacarlos después de su muerte a través de las acciones del Patriarca y su fiel sirviente Eleazar. Todo trasunta la importancia que tenía Sarah para su esposo, su pueblo y todas las generaciones que la sucedieron hasta el día de hoy.

La parasha Vaie Sarah nos enseña que el trabajo espiritual constituye un trabajo que debe realizarse junto a la compañera que aceptó compartir nuestros desvelos al igual que Sarah lo hizo con Abraham.

 

Veseata Dishmaya

 

 

Parasha Jaie Sarah: Los rasgos de carácter de las matriarcas

2012 - 5773

Jorge Slachevsky Czuckerman

La parasha Jaie Sarah nos relata la historia de dos de las tres Matriarcas que sentaron la base de nuestro carácter judío: Sarah y Rebeca. La Torah nos coloca como desafío encontrar esa influencia en sus páginas. Numerosas generaciones lo han intentado y pareciera ser que cada una tiene que encontrarle su propio significado a aquellas mujeres tan importantes en nuestra historia bíblica. En la Torah, antes de Sarah, solo Eva, entre todas las mujeres, había tenido un protagonismo importante, desafortunado, ya que se deja llevar por la tentación y curiosidad cuando le hace caso a las palabras maliciosas de la serpiente. Actuación que, aunque condujo a que fuese expulsada del Paraíso con su pareja Adán, en nada reduce la relevancia que el Midrash otorga a Eva ya que, en su calidad de madre primigenia de la humanidad, se hizo merecedora, por sus meritos, de ser enterrada en la Cueva de Majpelá, sitio de gran importancia donde también fue enterrada Sarah. 

El inicio de la parasha nos introduce abruptamente en la vida de Sarah. No lo hace  en el momento de su plenitud, sino que en el  momento de su desenlace, cuando nos informa de su muerte a los 127 años de edad. Según ciertos comentaristas, la vida de una persona no se define por el momento de su nacimiento, cuando la alegría irrumpe con algarabía en el seno de su familia, sino en el de la muerte, cuando el desconsuelo entrega el momento propicio para recordar sus logros. Es por eso que la parasha Jaie Sarah, la Vida de Sarah, nos informa de los desvelos de Abraham por enterrarla en la Cueva de Majpelá, con el fin de destacar su vida y no su muerte.

La parasha anterior, Vaiera, finaliza con el relato de la Akeida. Al leer la Torah podemos darnos cuenta que la muerte de Sarah viene inmediatamente a continuación de la Akeida. No podemos saber a qué se debe esa cronología pero si sabemos que nada está colocado al azar dentro de sus páginas. De allí deducimos que tiene que haber una ligazón importante entre ambos acontecimientos. Esto se debería a que Sarah, informada de lo que estaba ocurriendo en la Akeida y, quizás creyendo que el sacrificio había sido consumado, se siente tan acongojada que muere al no poder soportar la idea que su hijo Isaac haya sido sacrificado por su padre Abraham.

Según el Midrash no fue casual la elección de la Cueva de Majpelá como lugar de sepultura de su esposa Sarah. La conocía desde aquel momento en que la cabra que estaba destinada a servir de alimento a los tres ángeles, los mismos que desencadenaron la risa interior de Sara en la parasha anterior, se escapó y condujo accidentalmente a Abraham a aquella cueva donde habían sido enterrados Adán y Eva.

Al morir Sarah Abraham consideró que la Cueva de Majpelá era el lugar indicado para enterrarla. De allí deducimos los grandes méritos que había tenido Sarah durante su vida, tantos  que la hacían digna ocupante póstuma de un lugar de tal vital importancia en el relato de la Creación.

La cueva estaba enclavada en los terrenos de Efron el hitita. Como vecino éste último respetaba grandemente a Abraham pero no podía traspasarle el terreno. Las leyes de su país no permitían vender una sepultura a los extranjeros. Esa venta habría equivalía a concederle a Abraham el título de ciudadano, lo cual no estaba permitido.

A cambio, y en señal de respeto, le ofrecieron cederle un espacio donde enterrar a Sarah. Abraham no aceptó debido a que consideraba que si la sepultaba en un lugar que no pertenecía a la familia sería lo mismo que abandonarla. Insistió que no se la vendiera, que se la regalara, y que obviamente sería retribuida su generosidad con un regalo en dinero. Efron, aprovechándose de la necesidad de Abraham, le solicitó incluir en la transacción los terrenos agrícolas aledaños y le cobró una suma exorbitante a lo cual nuestro patriarca accedió.

Tras la desaparición de Sarah era necesario que Isaac tomase una mujer que guardara la santidad del hogar. Abraham mandó a buscar una esposa a su tierra natal, preocupado de que Isaac se entusiasmara con alguna mujer de la comarca, que a pesar de ser tan politeístas como las de su lugar de origen, no contaban con los rasgos de carácter que garantizaran el crecimiento espiritual que el tanto anhelaba para su descendencia.

La semana pasada comentamos el rasgo de carácter primordial que Abraham compartía con Sarah. Este no era otro que la bondad, que se manifestaba con una exquisita hospitalidad. Nadie dudaba que estuviera fundada en el amor, primer rasgo de carácter que sustenta, junto con la fuerza y la verdad, el testamento espiritual que nos dejaron los patriarcas y matriarcas de la antigüedad.

El rasgo de carácter que le correspondía a Isaac era la fuerza. No la tenía cuando acompañó a su padre a la Akeida. Esta experiencia lo impactó tan profundamente que necesita aislarse por un tiempo para reencontrarse consigo mismo. Por eso es que no se le menciona durante los preparativos del funeral de su madre. Isaac no acompaña a Abraham en esos momentos tan importantes. ¿Dónde estaba? Nadie lo sabe. Sólo es posible elucubrar. Parece que se fue a meditar a Be'er L'Chai Ro'i, lugar de donde provenía cuando conoció a Rebeca.

Be'er L'Chai Ro'i, aparte de representar un lugar físico, personifica la fuerza vital que tanto necesitaba Isaac para superar el trauma de la Akeida. Acudió a tal lugar debido a que fue donde se le apareció un ángel a Hagar, cuando exhausta, con Ismael en sus brazos, a punto de morir por falta de agua, le muestra un manantial donde saciar su sed y le informa que su descendencia será numerosa. Esa misma fuerza que recibió Ismael era la que necesitaba Isaac para reponerse de su experiencia traumática.

Rebeca era la mujer que estaba destinada a aportar a Isaac con parte de la fuerza que éste necesitaba para lograr su destino espiritual. Abraham no fue el que consiguió que Rebeca accediera a casarse con Isaac. Fue su fiel sirviente que lo hizo por él. Para tal efecto lo mandó, cargado de obsequios a su pueblo natal, haciéndole jurar que buscaría  la candidata adecuada para acompañar a Isaac en la misión que D-s le tenía encomendada.

Esa fuerza se manifiesta en la parasha siguiente cuando Rebeca, al darse cuenta que su primogénito Esaú no tenía el rasgo de carácter que se necesitaba para continuar en la búsqueda de la verdad, confabula con su segundo hijo, Jacob, con el fin de que éste se haga acreedor de la primogenitura a cambio de un sabroso plato de lentejas.

Esta parasha nos aclara que sin los rasgos esenciales de carácter aportados por las dos primeras matriarcas no hubiese sido posible que los patriarcas hubieran adquirido la relevancia espiritual que todos conocemos.

 

Veseata Dishmaya

 

Parasha Vaiera: La atadura de Isaac

2013 – 5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

Llegamos a cada Rosh Hashana “atados” por los sucesos negativos que nos afectaron el año anterior. Antes de que podamos solicitar el perdón en el día de Yom Kippur debemos “desatarnos” de esas influencias que nos impiden ser registrados en el Libro de la Vida del próximo año. Abraham, en el relato de la Akeida que aparece en la parasha Vaiera, nos enseña cómo podemos liberarnos de aquellas “ataduras” que nos impiden desarrollar nuestras buenas intenciones en plenitud. Para poder hacerlo debemos someternos a un impacto emocional que nos permita dejar en el pasado esas influencias negativas. Todos los años tenemos la oportunidad de recordar el relato de la Akeida intentando que su vivencia produzca un efecto transformador durante la esperada celebración de Rosh Hashana.

Isaac es el hijo que les nació a Abraham y a Sara en su vejez. Con su concubina, Hagar, nuestro Patriarca ya había tenido a su hijo Ismael quien tendría la misión de conducir a sus descendientes, el gran pueblo árabe,  por un camino de la fe, que a pesar de ciertos conceptos que lo diferencian del nuestro, han logrado mantener en lo medular las enseñanzas de Abraham

La parasha Vaiera relata varios episodios muy conocidos antes de centrarse en al momento cúlmine de la vida de Abraham: La Akeida Isaac, la Atadura de Isaac, donde nuestro Patriarca se ve enfrentado a la decima prueba que en definitiva lo convierte en el coloso espiritual que, tras superar con éxito los obstáculos que dicha experiencia le presentaba, pudo consolidar un concepto religioso basado en el conocimiento de un D-s único, creador y sustentador de todo lo existente.

Es casi imposible descifrar a plenitud el mensaje que nos trasmite la Akeida. Menos incorporarlo a una columna de este tipo. Lo único que podemos hacer es trasmitir que la Akeida representa unos de los pilares que sustentan toda nuestra construcción espiritual y tratar, modestamente, de pensar junto a nuestros lectores, de cómo las distintas aristas de su relato influyen, sin que nos percatemos, en nuestras creencias.

El relato de la Akeida se inicia con el siguiente versículo:

“Y sucedió que después de estos sucesos, D-s puso a prueba a Abraham, y le dijo: ¡Abraham! Y él dijo: Heme aquí. El dijo: Por favor toma a tu único hijo –al único, al que amas, a Isaac- y vete a la tierra de Moriá, y súbelo allí en ofrenda de ascensión sobre una de las montañas que Yo te diré”

 Todos conocemos el desenlace de la historia. Abraham madrugó, ensilló su asno, se hizo acompañar por Isaac y dos de sus pajes y se dirigió a la tierra de Moriá. Al llegar subió al monte que D-s le señaló y construyó un altar para el sacrificio. Sobre él ató a su hijo y cuando estaba a punto de sacrificarlo se le apareció un ángel que evitó que lo consumara. Aliviado Abraham alzó los ojos y vio, oportunamente, un carnero atrapado entre los arbustos e inmediatamente lo brindó como ofrenda de ascensión.

Casi al final del episodio podemos leer:

Abraham llamó el nombre de ese lugar “Adonai-Yiré” que hoy se dice: En el monte el Eterno será visto”

Entre ambos versículos se desarrolla la parte más importante de la vida de Abraham. De acuerdo a ciertos comentaristas se entrelazan en su texto el símbolo de la vida, la muerte y la resurrección que permitieron transformar a nuestro Patriarca en la figura emblemática que aún inspira a miles de millones de creyentes a lo largo del mundo.

Hasta el momento de la Akeida Abraham había tenido una vida ejemplar y las parashyot Lej Leja y Vaiera nos relatan sucesos en que participó en los cuales dio una amplia muestra de su estatura espiritual. Si la Torah hubiese llegado solo hasta allí su descubrimiento de que existía un D-s único creador y mantenedor del universo, dotado del atributo excelso del amor inagotable, hubiesen bastado para garantizarle su merecido puesto de honor.

Si así hubiese ocurrido todo el potencial de la grandeza espiritual de Abraham hubiese quedado escondido de la conciencia de nuestro patriarca y no hubiese podido ser trasmitida a todos aquellos que lo sucedieron.

Por eso D-s decide someter a Abraham a la más sublime de las pruebas. Exigirle que sacrificara a su hijo Isaac, depositario de todas las promesas que le había hecho de que el pueblo que iba a nacer a partir de su simiente se iba a multiplicar, perdurar a través del tiempo y convertir en el vehículo a través del cual se iba a trasmitir al mundo la devoción a D-s que su Profeta había mantenido a lo largo de su vida.

A pesar de la prueba de la Akeida no da origen a la vida biológica y espiritual de Abraham no es menos cierto que su desarrollo permite que devele al exterior aquellas facetas de su vida que se encontraban dormidas en lo más profundo de su esencia y que no se hubiesen manifestado sin el concurso de la prueba a que fue sometido.

Asimismo nos ocurre a cada uno de nosotros. La posibilidad de arrepentirnos de las transgresiones a nuestras convicciones se encuentra siempre presente sin que nos demos la oportunidad de hacerlas aflorar. Es necesario que dispongamos de un día especial en el año, Rosh Hashana, un día de reflexión que nos permita el arrepentimiento vivificante.

 Debemos ser capaces de someternos a una prueba, al igual que Abraham, que nos permita descubrir si somos capaces de recuperar esas convicciones más intimas con el fin de acceder a una nueva vida, similar a la anterior, pero libre del tormento de nuestros recuerdos más angustiantes. 

D-s no se nos presenta abiertamente. No nos solicita que construyamos un altar y que participemos en una prueba que dé cuenta de nuestra voluntad de cambiar nuestras acciones equivocadas. No se nos solicita que estamos dispuestos a sacrificar a nuestro hijo con el fin de hacer nacer de nuestro interior la nueva vida a la que aspira nuestra conciencia.

A cambio de eso el ritual de Rosh Hashana nos permite participar simbólicamente en la Akeida de Isaac con el convencimiento de que su ejemplo nos sirva de inspiración para sacrificar aquellos recuerdos que nos atormentan y renacer, después de una muerte y resurrección figurada, a una nueva vida liberada del lastre que nos evita vivirla acuerdo a nuestras convicciones más arraigadas.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Vaiera: La contradicción vital de Abraham

2012 - 5773

Jorge Slachevsky Czuckerman

Abraham quería mirar y ser mirado. Quizás por eso instalaba su carpa en la encrucijada de los caminos. Siempre a la vista de todos los caminantes ya que mantenía, durante el día, recogidos los paramentos verticales que le permitían observar y ser observado. Quizás era una necesidad no olvidada de una época cuando Teraj, su padre, lo dejaba al cuidado de su abasto de ídolos, sitio propicio para aclarar sus ideas respecto a la divinidad con aquellos que venían a comprar su mercadería.

Ya no necesitaba romper ídolos para manifestar su adhesión al único   D-s, creador de todo lo visible. Había deducido su existencia divina y había sido recompensado con el mensaje que lo convertiría en el gran profeta que todos conocemos, Lej Lejá, anda para ti.

¿Anda para ti o anda para todos? Una carpa cerrada y alejada del bullicio humano hubiese convertido su odisea de abandonar la tierra paterna en un acto egoísta y sin sentido. Una abierta le daba la oportunidad de compartir con los caminantes las bendiciones a que se había hecho acreedor por adscribirse al Pacto con D-s. Tal actitud es una consecuencia de su “bondad”,  característica que conlleva a la paz interior a aquel que abre sus cortinas, físicas o espirituales, a todo aquel que se vea necesitado de la comprensión de las leyes fundamentales de la vida humana.

La bondad de Abraham se manifestaba en su hospitalidad. En ninguna parte esa virtud es más evidente que al principio de la parasha de esta semana, Vaiera, cuando nuestro profeta, convaleciente de su circuncisión, se siente impulsado a compartir las bendiciones recibidas con los demás, sin importar quienes sean, en vez de atesorarlas para sí y su familia.

Tres de esos desconocidos se pararon fuera de su carpa. Con lujo de detalles la Torah nos describe los desvelos de Abraham en su intento por agasajarlos. Luego averiguaríamos que no eran hombres mortales en busca de sombra y alimento. Eran  ángeles que traían mensajes llenos de significado para nuestro protagonista. Uno tras otro fueron develando su contenido. El primero le informó que Sara iba a dar a luz antes del año. El segundo le explicó las intenciones divinas de destruir Sodoma y Gomorra. El tercero se encargó de curar las heridas de la circuncisión que este se había realizado tres días atrás.

 

El primero de ellos involucra a Sara, la mujer del gran patriarca de la Torah. El ángel le pregunta a Abraham donde se encuentra su mujer. Contesta  que en alguna parte de la tienda. Sin preocuparse por llamarla le informa a su esposo que tendrá un hijo antes de un año. Sara, quien escuchaba detrás de unas cortinas, se rió para sus adentros. Su risa se debía a que tanto ella como su marido eran ancianos y no podía creer que tal cosa fuese a suceder. Frente a esta reacción el Eterno le dijo a Abraham:

“¿Por qué Sara se ha reído, diciendo: ¿De verdad daré a luz, si ya he envejecido? ¿Acaso hay algo inalcanzable para el Eterno? En el plazo fijado volveré a ti, en esta misma época y Sara tendrá un hijo”.

            El segundo tiene que ver con Sodoma. Los ángeles le informan a Abraham de la inminente destrucción de esa ciudad debido a las inequidades que estos cometían.

            Sodoma representa la antítesis de la postura de Abraham. No comulgaban con la idea de que cada hombre era, de alguna manera, responsable del destino de su semejante. Desincentivaban los actos de hospitalidad. Castigaban a aquellos que se comportaran en forma bondadosa con los extranjeros. Su actitud estaba totalmente reñida con el motivo por el cual D-s había creado al hombre.

            La hospitalidad de Abraham se contrapone a la conducta de Sodoma. Vida y muerte separada por solo unos pocos kilómetros. Abraham fue recompensado con el nacimiento de su hijo Isaac. Sodoma fue castigada con la muerte de todos sus habitantes. Solo sobrevivieron su sobrino Lot y sus hijas.

 Dos caras de la misma moneda que se repiten en el caso de la expulsión de Ismael y en el sacrificio, más bien atadura, de Isaac. Ambos episodios relatados en la misma parasha y que nos sugieren un hilo conductor difícil de explicar.

Los descendientes de Ismael y de Isaac seguimos discutiendo. A veces destruyéndonos. Pareciera ser un cuento de nunca acabar que ha durado durante milenios.

Todo nació en la parasha Vaiera. Aparte de informarnos de la nobleza de espíritu de Abraham, que lo convirtió en el gran profeta que todos conocemos, nos señala sus grandes contradicciones. Nos relata cómo debió expulsar a su primer hijo del seno de su familia y del sacrificio frustrado del segundo, todo por un bien superior que lo impulsaba a actuar de esa manera. También nos cuenta de sus debilidades. Miente descaradamente cuando hace pasar a su esposa por su hermana frente al rey Abimelej de Guerar.

Este tipo de contradicciones no sólo afectan a Abraham. Simbolizan los conflictos a los que estamos sometidos por estar creados por una mescla  del polvo de la tierra con una chispa de divinidad. A medio camino entre los animales superiores, con los cuales compartimos nuestros genes, y los ángeles, a los cuales disputamos el Libre Albedrío que Adán y Eva conquistaron para nosotros.

Nuestro Libre Albedrio nos conduce a la superación pero nos enfrenta a nuestra propia contradicción vital. La Torah, con sus ejemplos, nos ayuda a superarla. Nos insta a emular a nuestros grandes profetas, quienes, recurriendo al manantial de sabiduría que su divinidad les proveía, pudieron  sortear con éxito las pruebas a las que fueron sometidos.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Lej Lejá: La Misión de Abraham

2013 - 5774

Jorge Slachevsky Czuckerman

Noé fue un hombre justo de su generación. Por eso D-s lo premió permitiéndole salvarse del Diluvio Universal. La Torah, en el primer versículo de la última parasha señala explícitamente su estrecha cercanía con D-s:

“Noé era un varón justo, integro en su generación, con D-s marchó Noé”.

Esta última frase nos permite introducirnos en la parasha de esta semana, Lech Lecha, ya que su protagonista principal, Abraham, constituye otro varón justo que, a diferencia de Noé, no se encontraba satisfecho con el nivel de espiritualidad que había logrado alcanzar. Para conseguirlo, decide aceptar el designio divino de abandonar su entorno para buscar un nuevo destino junto a aquellos que habían decidido acompañarlo:

“El Eterno dijo a Abram: Vete por ti de tu tierra y de tu lugar de nacimiento, y de la casa de tu padre, a la tierra que Yo te mostraré. Y te convertiré en una gran nación y te bendeciré; y engrandeceré tu nombre y serás bendición”

Solo Noé y su familia se salvaron del Diluvio. Todos los demás seres humanos perecieron. Abraham, diez generaciones después, salió de su tierra con aquellos a los cuales había logrado trasmitir su mensaje y paulatinamente sus descendientes se convirtieron en una gran nación.

Al primero la Torah lo define con la frase “Con D-s marchó Noé”. Al segundo con “Abraham marchaba delante de D-s”

Rashi y los comentaristas posteriores deducen amplias reflexiones de estas definiciones.

La frase “con D-s marchó Noé” señala que éste necesitaba de la compañía o asistencia de D-s para poder realizar su misión. Por eso es que Noé siguió las órdenes divinas al pie de la letra, construyó el Arca solicitada, y no intento convencer al pueblo para que evitara la destrucción enmendando su comportamiento incorrecto.

Por su parte la frase “Abraham marchaba delante de D-s” señala una situación totalmente distinta. Refleja su voluntad de perfeccionar su rectitud por sus propios medios  y de conducir a sus seguidores por el camino de la verdad que había ido paulatinamente descubriendo. Esto no significa que descartara la influencia divina en su vida. Lo que en realidad rechazó fue el conocimiento intuitivo que lo podía conducir por el  camino fácil de la idolatría. Prefirió el más arduo de la indagación racional que lo fue convenciendo, tras un análisis exhaustivo, de que todo lo que acontecía en la naturaleza tenía su origen en un solo D-s que le daba su sustento y que su función en la tierra era tratar de emularlo.

La diferencia entre ambas posturas es fundamental. Noé parecía creer en que la Creación física constituía un proceso terminado y que la Creación espiritual precedió a ella. No se sentía participe de esta última y su conexión con D-s la visualizaba como una sumisión a la voluntad divina. Tanto admiraba a D-s que no se sentía capacitado para intervenir, a la medida de sus fuerzas, en el mundo espiritual y de intentar modificar los designios divinos que afectaban al mundo material. Por eso se convirtió en un socio pasivo que acompañaba a D-s y cumplía rigurosamente con la parte del convenio que le correspondía.

Abraham, por su parte, marchaba delante de D-s. Comprendía que la rectitud no es un regalo divino al cual los hombres podían acceder sin verse expuesto a la corrupción por parte de las leyes naturales que comandaban el mundo terrenal. Se percató que la entropía, aunque no conocía ese fenómeno por ese nombre, destruía las buenas intenciones que los hombres insuflaban en sus acciones y que era necesario incrementar constantemente la energía creadora primigenia para que mantuviera los niveles originales. El Diluvio y la Torre de Babel habían sido ejemplos de cómo las fuerzas disociadoras pretendieron restituir el caos existente antes de la Creación.

Después del Diluvio la rectitud quedó normada en base al cumplimiento de las siete reglas noajidas. Estas nos señalan que todo hombre virtuoso no debe matar, robar, adorar falsos dioses, ser inmoral en el terreno de lo sexual, comer carne arrancada de un ser vivo, maldecir a D-s y que debe establecer tribunales de justicia.

Nuestra tradición nos señala que cualquier no judío que cumpla con estos mandamientos básicos, siempre que tenga la convicción que estos se originan en un imperativo de la divinidad, tiene derecho a ser considerado un justo de su generación y tener acceso al premio que otorga D-s a quienes hayan accedido a esa condición.

Abraham consideraba que estas reglas eran insuficientes para garantizar que la rectitud no decayera a  través del tiempo.

Por eso no solo descubrió que había solo un D-s que había creado y mantenía el universo sino que sentía que era necesario adscribirse a un código mucho más estricto que el impuesto por Noé. Dedicó largas horas, aplicando una lógica extraordinaria, a la búsqueda de una forma de regular la relación del hombre con D-s y sus semejantes. Tenía que hacerlo ya que no contaba con el apoyo de la Torah que, tal como la conocemos hoy, aún no existía. Pasarían siglos antes que D-s se la entregara a Moisés en el Sinaí. Pero sus conceptos éticos y sus enseñanzas podían ser captados, aunque no codificados, por cualquier persona sensible que pusiera todo su esfuerzo por descubrir esos mandamientos y viviera su vida de acuerdo a sus enseñanzas.

En la parasha de esta semana Abraham procede a cumplir el mandato divino del Lech Lecha, vete por ti, el cual le señalaba que no solo debía abandonar la casa de sus padres, su cultura, sino que debía abandonar las convicciones preconcebidas que había recibido de su entorno para convertirse en un hombre justo digno de ser bendecido y engrandecidotal como D-s le había presagiado.

 No estaban dadas las condiciones para establecer una teología racional que pudiese ser comprendida por aquellos que lo seguían. Aún debían pasar muchos acontecimientos, que iban a estar relatados en las páginas de la Torah, antes de que sus pensamientos intuitivos fueran trasmitidos al Pueblo en base a Mandamientos concretos en el Sinaí. Por lo tanto, si quería llegar a la conciencia de sus seguidores tendría que influir sobre su fibra emocional y no sobre la racional. Para eso decidió emular uno de los atributos más importantes de D-s: El amor.

Por amor decidió crear D-s el universo ya que al ser omnipotente nada le faltaba excepto el ser humano que pudiera ser receptor de su amor. Abraham decidió que la única manera de que él se podía convertir en un socio activo en la Creación era entregandolo a sus semejantes de tal manera que él se convirtiera en un receptáculo abierto a recibir ese amor divino que D-s estaba siempre dispuesto a entregar.

Miles de libros se han escrito desde entonces destinados a descifrar los misterios de la Torah y sus Mandamientos. El hombre justo de nuestra parasha, Abraham, nos demuestra que una vez que hayamos agotado todas las disquisiciones racionales y nos embargue la angustia porque no podemos desentrañar sus enseñanzas, aún nos queda transitar por el camino que recorrió nuestro Patriarca: El del amor incondicional por el prójimo.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Lej Lejá: La Creación desde un punto de vista espiritual

2012 - 5773

En Chile hemos alcanzado un nivel de prosperidad que hubiese sido inimaginable hace 20 años. Hemos aprendido a utilizar para nuestro beneficio las leyes naturales y estás no han recompensado permitiendo que clases sociales enteras tengan acceso a bienes de consumo infinitamente mayores a los que tenían sus padres. Sus hijos, a su vez, tienen la posibilidad de acceder a la educación superior, lo cual implica no solo el conocimiento de ciertas artes económicamente provechosas sino que además les entrega un nivel cultural acorde con el nuevo estatus.

Esto pareciera significar que la religión quedaría relegada a un segundo plano. Nietzsche se anticipó a su época cuando afirmó que D-s había muerto. Si fuese así tendríamos la libertad de hacer ahora lo que nos plazca, sujeto solamente al cumplimiento de las leyes de la nación que, al ser más permisivas que las restricciones religiosas, nos otorgan a los chilenos una aparente felicidad atestada de centros comerciales que nos deslumbran con sus efímeras satisfacciones.

En cierta manera estamos sujetos a la problemática del alquimista de antaño. Ya el problema no consiste en la transformación del plomo en oro. Eso lo ha logrado con creces la ciencia y la tecnología brindándonos las oportunidades que ya destacamos. Todo se puede transformar en oro y con eso se encandilan las mentes por más bien intencionadas que sean. Lo que pretendía el alquimista, y los que se atreven a continuar su trabajo, era intervenir las energías espirituales que sustentan a los hombres, momentáneamente olvidadas, pero no descartadas en su totalidad.

La antítesis de la perfección tecnológica está simbolizada por Sodoma y Gomorra. No pretendemos comparar nuestra civilización con esas ciudades pero siempre es bueno recordar que la naturaleza humana se afana en perseguir objetivos que la consciencia no se atrevería a respaldar en un momento de sana reflexión.

El Génesis relata tanto la Creación física como la espiritual. La primera llama la atención de todo el mundo con la descripción de los fenómenos naturales que D-s fue creando a partir de la nada. La segunda ocupa todo el resto de la Torah. Después de haber relatado el episodio de Adán y Eva con la serpiente, la rivalidad entre Caín y Abel, el Diluvio y la Torre de Babel nos encontramos en la parasha Lej Lejá con la asombrosa historia de Abraham, el coloso espiritual que todos conocemos desde niños.

La Creación física se ajusta a leyes naturales que el hombre intenta aplicar a su vida cotidiana. Aparentemente D-s no interviene en ese proceso luego de haberlo creado. Los avances científicos de los dos últimos siglos han demostrado la capacidad del hombre para doblegar, hasta cierto punto, la naturaleza para ocuparla en su servicio.

La Creación espiritual se inicia con el título de la parasha de esta semana, Lech Lecha, anda para ti. Su protagonista,  Abraham, se convirtió en el primero de una reducida lista de grandes profetas que crearían la base espiritual que aún sustenta a las religiones monoteístas del hemisferio occidental.

Abraham, nacido Abram, se crió en un mundo politeísta en el cual se creía en la existencia de una multitud de dioses. Cada uno de ellos tenía a su cargo un fenómeno natural como el viento, la lluvia, las inundaciones y las erupciones volcánicas, por nombrar algunos, que estaban sujetos a los caprichos de un dios veleidoso que los manejaba a su arbitrio. Los hombres, principales afectados de tales fenómenos, intentaban regular el comportamiento de los dioses ofreciéndoles ofrendas a los ídolos que los representaban para conseguir su favor. Al igual que hoy, existían tiendas especializadas donde se podían comprar todos los ídolos que se necesitaban.

El padre de Abram, Teraj, era dueño de una de esas tiendas. En numerosas ocasiones, cuenta el Midrash, dejaba a su hijo a cargo del negocio. Abram no comprendía como unas figuras de barro podían constituir el vehículo a través del cual los simples mortales apaciguaban a un dios que no tenía otra cosa que hacer que mortificar a quienes no le rendían pleitesía.

A tanto llegaba su inquietud que un día rompió todos los ídolos de barro y colocó en las manos del más grande el hacha que había utilizado. Cuando llegó Teraj le preguntó por lo que había pasado. Abram le contó que el ídolo grande había roto a todos los demás. Como, quiso saber su padre, es posible que un ídolo, que no es más que un trozo de barro moldeado por un artesano, pueda haber causado tamaña destrucción. Tienes toda la razón, contestó Abram, es efectivo que un ídolo de barro no puede hacerlo, así que tendrás que dejar de atribuir poderes sobrenaturales a objetos que no pueden ejercer ni siquiera su influencia en la pequeña tienda que ambos atendemos. 

Su espíritu inquisitivo no se quedó en ese simple descubrimiento. Dedujo que en realidad no podía existir una infinidad de dioses, cada uno encargado de regular una porción de los fenómenos de la naturaleza, sino que tenía que existir un solo D-s que hubiese creado todo lo que existía y que lo mantenía mediante su influencia constante.

Habiendo hecho Abram el descubrimiento intelectual de un solo D-s fue recompensado con la presencia de ese mismo D-s que le trasmitió el mensaje que le da el título a nuestra parasha: Lej Lejá, anda para ti.

Abram debió abandonar todo el sistema de valores que había moldeado hasta ese momento su personalidad y embarcarse en un viaje hacia lo desconocido que le permitió, aparte de instalarse en una tierra donde su pueblo pudo crecer y prosperar, desarrollar una faceta espiritual que los judíos nos hemos dedicado a mantener vigente hasta nuestros días.

Lo que rápidamente Abram descubrió fue que el universo se sustentaba en la energía espiritual que emanaba de D-s. La misma que actualmente intentamos comprender para tener una vida más completa, alejada de la adoración de ídolos, aunque sean tecnológicos y fabricados en el Lejano Oriente. La que nos insta a retomar ciertos principios esenciales que la Torah le atribuye a Abraham, nombre con que D-s recompensó a Abram por sus desvelos, para lograr una mejor comprensión de como las energías divinas se despliegan por toda la creación física.

El canal a través del cual se manifiesta la energía espiritual en el mundo es la “bracha” o bendición. Estamos acostumbrados a ocupar el concepto de bendición como una petición a la divinidad para que nos otorgue su protección frente a los acontecimientos que no podemos manejar. Esta utilización implicaría que estaríamos afectos a los arbitrios de un D-s al cual tenemos que solicitar su benevolencia para no vernos afectados por situaciones que afecten nuestro bienestar.        

Otra interpretación, más acorde con los tiempos que vivimos, encuentra el origen de la palabra hebrea “bracha”, bendición, en  “breicha” que significa manantial. Este concepto nos conduce al origen de una forma especial de energía que, bajo la forma del agua que sustenta la vida, fluye por los ríos de nuestra geografía para garantizarnos nuestra sobrevivencia biológica.

Para poder utilizar en nuestro provecho la energía creativa, tal como ocurre con el agua descrita, necesitamos acceder al manantial espiritual que subyace oculto en lo más profundo de nuestra consciencia. Para develarlo no bastan las capacidades intelectivas adquiridas en nuestras escuelas. Debemos recurrir a las enseñanzas que están tan bien descritas en la Torah y que se complementan con el estudio del Talmud y del Midrash.

Por lo tanto la bendición no es más que un conducto que nos permite actualizar nuestro potencial y conducirnos a la verdadera felicidad, alejada de las satisfacciones materiales que una sociedad de consumo implacable nos incita a buscar. Este es el legado que nos dejó Abraham y que intentamos trasmitir en este comentario.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Noé: Paladín de la obediencia ciega

Jorge Slachevsky Czuckerman

Tengo un problema y es uno grande. Todo lo que conozco acerca de Noé y casi todo lo que he podido averiguar lo coloqué en mi columna del año pasado. Ahora no se me ocurre nada más que decir. Tampoco han ocurrido cosas relevantes en la última semana, excepto el cierre del Penal Cordillera, y eso nos lleva a un tema político que no estoy preparado para analizar. Tampoco me gustaría hacerlo. Considero que la política es un tema muy serio como para tratarlo superficialmente en esta columna. Ese convencimiento no me conmueve lo suficiente para embarcarme en una aventura que apasiona a la mayoría de mis amigos. A pesar de todo la política y la religión comparten su interés por mejorar el tejido social de la comunidad y eso podría motivarme a estudiar su relación en alguna oportunidad.

Abraham y Moisés constituyen dos de los más importantes referentes religiosos de la cultura occidental. No sé, ni me importa, si existieron o solo representan un símbolo de las buenas virtudes que debemos replicar. Cualquiera que sea el caso influenciaron a la civilización occidental de tal manera que está puede darle la espalda a sus enseñanzas con el convencimiento de que tarde o temprano enmendará su rumbo y se sustentará en ellas para su avance espiritual.

Por su parte, otro referente, Noé, quien le otorga su nombre a la parasha de esta semana, no ha tenido la trascendencia de los anteriores debido a que su actitud egoísta se consideró desde siempre reñida con los principios religiosos. Obedeció la orden divina y construyó el Arca que se le solicitaba y se salvó con su familia y una diversidad de animales. Todos los demás seres humanos se ahogaron. Tuvo 120 años para convencerlos de lo que iba a pasar y no logró que nadie más lo acompañara en el Arca.

Abraham y Moisés actuaron de otra manera. Abraham intentó salvar al pueblo de Sodoma. Discutió con D-s hasta que estuvo dispuesto a salvar a todos sus habitantes si se encontraban un mínimo de 10 hombres justos entre ellos. Moisés subió a discutir el designio divino tras el incidente del Becerro de Oro y logro convencer a D-s que no destruyera a su Pueblo.

Noé no lo hizo. Recibió una orden y la cumplió. No intento utilizar su Libre Albedrío, el mismo que D-s le había otorgado como su mayor tesoro, para intentar modificar la voluntad divina. No trabajó, al igual que Abraham y Moisés para modificar su entorno de manera de que todos pudiesen progresar en conjunto para lograr la superación colectiva.

Sobrevivió al Diluvio. Nos preguntamos que consiguió con su esfuerzo ya que todos los demás no lo lograron. El no estaba tan seguro de que haya hecho lo correcto. Una vez que descendió del Arca plantó una viña y cuando fermentaron sus frutos se embriagó. Es lo único que puede hacer alguien que no hizo todo lo que pudo cuando las circunstancias le exigían hacer más que obedecer las órdenes.

No sé. Al final parece que esta columna se acerca más al arte de la política de lo que me hubiese podido imaginar.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Bereshit: El inicio de un nuevo ciclo de vida

 Jorge Slachevsky Czuckerman

Una semana más ha finalizado en nuestras vidas. No cualquiera semana sino que una que es muy especial. Atrás quedaron Rosh Hashana, Yom Kippur y Sucot. También la conmemoración del Golpe del 73, la celebración de las Fiestas Patrias y el recuerdo de los  40 años del fallecimiento de Pablo Neruda. Ya archivamos el reinado de la cueca chora, el terremoto y los anticuchos. Solo mantendrán  la connotación que se merecen en nuestras prioridades. Lo único cierto es que dentro de 100 años, cuando todos estemos muertos, nuestros descendientes consideraran que los trágicos acontecimientos que nos desvelaron por los últimos 40 años no hicieron más que convertirse en tristes recuerdos como tantos otros que alguna vez afectaron a nuestro país. Por otro lado, es muy probable que en ese entonces, en miles de librerías a lo largo del mundo, se sigan vendiendo los eternos versos de nuestro poeta que presumiblemente nunca perderán su sitial en el pensamiento universal.

A pesar de todo no podemos sustraernos a la sensación de que algo terminó y que algo está por iniciarse en nuestra vida. Se nota que parte un nuevo ciclo anual. Las emociones a flor de piel han dado paso a un aletargamiento sensorial que nos cuesta describir. Nos parece que, a fin de cuentas, lo trascendental de la obra de Neruda nos hace anhelar una vida que pueda sobreponerse a los vaivenes de la transitoriedad.

            Esta época marca también el término de la lectura de la Torah. Moisés muere y el Pueblo de Israel está por ingresar a la Tierra Prometida. Ha terminado el deambular por el desierto y los espera la vida cotidiana en su nueva realidad. El trabajo duro por la subsistencia reemplazara a las Nubes de Gloria, el Maná y el Manantial de Miriam. El Pueblo se encuentra en su pináculo de su desarrollo espiritual y debe manifestar esa condición en sus avatares de la vida cotidiana. Para evitar el abandono de las enseñanzas de Moisés el Pueblo dispone de la Torah en cuyas páginas es posible redescubrir constantemente el verdadero sentido de la vida.

            A nosotros nos ocurre algo parecido. En Rosh Hashana iniciamos nuestro proceso de retorno, teshuva, a lo trascendente y en los días subsiguientes nos arrepentimos de las transgresiones cometidas y aspiramos al perdón el día de Yom Kippur. Culminamos en Sucot donde manifestamos en nuestros albergues temporarios  nuestra debilidad frente a las tentaciones  que nos rodean por doquier.

            También, al igual que nuestros ancestros, iniciamos en esta semana la lectura de la Torah para que no nos olvidemos que existe un mundo que va más allá de nuestra experiencia sensorial y que la forma en que podemos acceder a él, ya sea religiosa o secularmente, depende del esfuerzo que pongamos en transitar por dicho camino.

            En el primer versículo de la parasha Bereshit podemos leer:

“En el principio creó D-s el cielo y la tierra, cuando la tierra era confusión y vacío, con obscuridad sobre la superficie del abismo y el aliento de D-s planeaba sobre la superficie de las aguas, entonces D-s dijo: Haya luz, y hubo luz. D-s vio que la luz era buena, y D-s separó entre la luz y la obscuridad. D-s llamó a la luz Día, y a la obscuridad llamó Noche; y hubo anochecer y hubo mañana, día uno”.

Lo primero que nos llama la atención en este versículo es la palabra “principio”. Para todos nosotros implica el inicio de algo que antes no existía. Durante siglos reflejó la idea de que D-s creo el mundo “ex nihilo”, o sea a partir de la nada. Eso nos lleva al alejamiento de la figura divina ya que, al haber precedido a todo lo creado, se encuentra rodeado de una aureola de omnipotencia que nos impide la posibilidad de comprenderlo e intentar emularlo. Por otro lado, si el mundo estaba creado, y solo fue perfeccionado por la influencia divina, nos queda la posibilidad de replicar parte de su sabiduría con los consiguientes resultados provechosos para la humanidad.

La primera versión no cuenta con muchos adeptos en la actualidad. Durante los últimos siglos las pruebas y teorías científicas han refutado la posibilidad de que el mundo se haya creado tal como está descrito en la parasha Bereshit. Ahora están en boga teorías como la del Big Bang. Todos creemos en ella con el mismo fervor que nuestros ancestros creían en la creación divina. Su formulación otorga municiones a los escépticos para deshacer toda la estructura conceptual de la Torah. Nos convencen con sus argumentos y alejan la posibilidad de que accedamos a niveles más abstractos que nos permitan una mayor comprensión de las inquietudes que nos embargan.

Para conocer los orígenes del concepto “principio” tenemos que remontarnos en el tiempo y situarnos en la Tierra de Israel unos pocos siglos después de la destrucción del Segundo Templo. A pesar del exilio impuesto por los gobernantes romanos aún quedaban judíos viviendo en la Tierra de Israel. Permanecían fieles a su creencia y a su tradición pero había un factor que afectaba su comprensión de la Torah. Un nuevo idioma había reemplazado al tradicional. La gente común se comunicaba en arameo y había olvidado el hebreo de sus ancestros. Fieles a sus ideales se resistían a la idea de traducir la Torah al nuevo idioma. Surgieron aquellos estudiosos que interpretaban la Torah en arameo para que los asistentes la pudiesen entender. Sus comentarios fueron posteriormente puestos por escrito  y desde entonces se les conocen como  “targunes” o interpretaciones.

De ellas la más conocida es el Targun de Onkelos quien fuese responsable de interpretar la palabra “Bereshit” y traducirla por “principio” dándole al término toda la connotación que ya hemos explicado.

Una más desconocida es el Targun de Jerusalén que traduce “Bereshit” por sabiduría. Con esta interpretación el primer párrafo quedaría formulado de una manera totalmente distinta: “Con sabiduría creó D-s el cielo y la tierra”.

Es muy probable que los teólogos contemporáneos, enfrentados a la presión incontenible del avance científico, se hayan recordado de esta traducción del Targun de Jerusalén y que la hayan reflotado para contrapesar los avances seculares que denostaban a la Torah. Una interpretación que anteriormente hubiese hecho que su autor fuese posiblemente excomulgado tal como le sucedió a nuestro gran filósofo Spinoza.

Como ya lo dijimos, la palabra “principio” nos aleja de la divinidad. Por su parte el concepto de “sabiduría” nos acerca a ella. Todo el resto de la Parasha Bereshit nos va entregando claves para que podamos refrendar nuestros pensamientos y opiniones contra las enseñanzas que sus páginas nos entregan. De esta manera nos permiten incrementar nuestra sabiduría para convertirnos, así, en mejores hombres y mujeres compenetrados de todo lo  que la Torah nos puede ofrecer.

 

Veseata Dishmaya

 

Sukot: La construcción de un nuevo año

Jorge Slachevsky Czuckerman

Constantemente nos equivocamos. A algunas de esas fallas las conocemos con el nombre de pecado. Me gustó una interpretación talmúdica que los considera que son como ladrillos que, al juntarse los unos con los otros, van conformando una muralla impenetrable que nos aísla de los designios superiores que deberían conducir nuestras vidas.

En Rosh Hashana pudimos escuchar el sonido del shofar. Este intenta resquebrajar esa misma muralla que hemos construido a lo largo del año. No sólo es capaz de derribar las murallas simbólicas formadas por nuestras transgresiones. Josué lo utilizó para derribar físicamente las que protegían a la ciudad de Jericó permitiendo el triunfo israelita.

Habiendo derribado nuestra muralla disponemos de varios días para sopesar nuestra conducta. Llegamos a Yom Kippur, expectantes, afligidos por el ayuno, solicitando el perdón por nuestros pecados y que seamos inscritos en el Libro de la Vida para el año que viene.

Después del ayuno viene la celebración. Como todos los años nos juntamos en mi casa con varios de los amigos de siempre para compensar juntos el rigor del ayuno. Faltó la Eva y se sintió su falta. Comimos rico y lo pasamos bien.

En la mañana siguiente, al escribir esta columna, me pregunto: ¿Nos habrán sido perdonados nuestros pecados? Pasó Yom Kippur y aún no lo sabemos. Pero, inmediatamente, se nos presenta Sucot y de alguna manera, aprovechamos esta antigua celebración agrícola para “recordarle” a D-s que ya una vez perdonó al Pueblo de Israel y que sería muy provechoso que lo hiciese de nuevo y perdonase nuestros pecados.

La muralla derribada nos protegía de alguna manera de las inclemencias morales que nos azotan cotidianamente. Ahora nos encontramos indefensos y anhelamos la protección divina que nos permita enfrentar con éxito el nuevo año. La buscamos con la alegría que surge de la convicción de que nuestros pecados fueron obviados y que solamente tenemos que aplicarnos diligentemente en la construcción de una nueva realidad distinta a la anterior.

Necesitamos nuevos ladrillos. No para aislarnos del mundo sino para construir un pedestal que nos permita pararnos más alto para descubrir, en la inmensidad de la Creación, la aceptación divina a nuestras súplicas.

            En esta época del año estamos terminando la lectura de la Torah. En nuestro Libro Sagrado el Pueblo de Israel está próximo a ingresar a la Tierra Prometida. Moisés morirá sin culminar su misión. Desaparecerá el Maná que les servía de alimento y el Manantial de Miriam que los proveía de agua. Ahora tendrían que extraer de la tierra su sustento, aspirar a que las lluvias no los abandonasen y, si todo salía bien, terminar celebrando alegremente los frutos del trabajo agotador.

Esta celebración se efectuaba en la Suca. Construcción provisoria que los acogía durante una semana. Parecida a nuestras ramadas dieciocheras. Debía dejar pasar los rayos de sol durante el día y el de las estrellas durante la noche. El agricultor agradecido abandonaba, por un tiempo, las comodidades del hogar para trasladarse a vivir a este albergue improvisado. Símil de las Nubes de Gloria que los habían protegido de los elementos en el Desierto y que ahora, instalados en la Tierra Prometida, les permitía celebrar en la Suca la protección que la divinidad les había deparado a través de las buenas cosechas.

Las Nubes de Gloria y la Suca convergen con Rosh Hashana y Yom Kippur en la celebración de Sucot. Como siempre nuestra dimensión física se entrelaza con la espiritual para recordarnos que ambas, cada cual en su justa medida, conforman aquello que nos define como seres humanos.

            Las Nubes de Gloria jugaron un papel fundamental a partir del Éxodo de Egipto. Representaban la protección espiritual que el pueblo necesitaba para poder transitar confiados por el Desierto donde los peligros acechaban constantemente. Simbolizaban una relación especial que se había establecido entre D-s y su Pueblo y desaparecieron cuando estos últimos quebraron el Pacto adorando al Becerro de Oro. Cuando el Pueblo decidió recobrar el favor divino y comenzó la construcción del Tabernáculo, es decir mostraron a través de sus acciones que se habían arrepentidos de la transgresión que habían cometido contra D-s, fueron perdonados y la señal visible fueron las Nubes de Gloria que los acompañaron hasta la frontera de la Tierra Prometida.

            En Sucot celebramos el retorno de las Nubes de Gloria que ocurrió tras el perdón divino del primer Yom Kippur. Celebramos el restablecimiento de las relaciones que se habían deteriorado entre D-s y Su Pueblo.

En nuestro Yom Kippur solicitamos el perdón divino pero no estamos seguros que nos haya sido otorgado. Para poder construir alegremente nuestro futuro debemos demostrar con un acto concreto nuestro arrepentimiento y nuestra férrea voluntad de no transgredir nuevamente. Debemos emular a nuestros ancestros que convencieron a D-s de sus buenas intenciones construyendo el Tabernáculo. Nosotros no tenemos la energía espiritual que nos permita desarrollar esa actividad tan sagrada. Tenemos que contentarnos con algo mucho más modesto. Sólo nos queda intentar emular lo efímero de las Nubes de Gloria replicándolas con los materiales que tenemos a mano y construir la Suca esperando festivamente que D-s nos haya perdonado e inscrito en el Libro de la Vida.

Por mientras la Suca representa la fe y la esperanza que nos permite luchar por alcanzar este año, D-s mediante, el ingreso a nuestra propia y personal Tierra Prometida.

Veseata Dishmaya

 

Yom Kippur: Reflexiones acerca de la luz

Jorge Slachevsky Czuckerman

Cada uno se puede hacer su propia idea de la divinidad. El judaísmo nos prohíbe hacerle una imagen ni atribuirle características que lo reduzcan a nuestra dimensión humana. Es por eso que cada uno de nosotros debe acudir a sus fibras más profundas para poder establecer una conexión con un D-s que no nos es dable describir. La aproximación kabbalística lo asocia con la Luz y a pesar de que, pensándolo bien, en lo profundo esta asociación no nos dice nada, nos permite entender mejor el concepto de Teshuva que está íntimamente ligado a la celebración de Yom Kippur que se nos avecina.

Teshuva se puede traducir como arrepentimiento o retorno. La primera acepción no necesita explicación. Todos, desde niños, nos hemos enfrentado a su significado que comparten, manteniendo la diferencia de los matices, todas las religiones y corrientes morales. La segunda nos atañe especialmente a los judíos y nos hace reflexionar acerca de lo que significa y la imagen de la luz nos puede ayudar en nuestro examen.

La luz ilumina todo con su presencia. Cuando está presente nos envuelve, nos protege y nos aleja de los temores arcaicos de la oscuridad. Pero, por otro lado no la podemos ver más que en circunstancias muy particulares, como cuando se cuela por una rendija en una pieza o caverna oscura.

Un milagro ocurre cuando esa luz, la misma que no podemos ver, atraviesa un prisma. De repente aparece una infinidad de colores que se encontraban presentes en la luz. Pongámonos de acuerdo para seguir nuestro análisis. ¿Los colores estaban o no insertos en la luz que no podemos ver?

Si, estaban pero no los podíamos ver. Lo mismo ocurre con nuestra espiritualidad y la divinidad. Me gusta la idea de asociar nuestra espiritualidad con cada uno de los colores que podemos ver y a la divinidad con la luz que no podemos ver pero que nos envuelve con su presencia.

Si imaginamos que cada uno de nosotros representa un color nos es fácil de entender los conceptos de arrepentimiento y retorno.

Podemos imaginarnos que la luz invisible representa la armonía dentro de la cual cada uno de los colores representa el altruismo que mantiene cohesionado al conjunto. También es fácil imaginarnos que cada uno de los colores, cuando ha perdido, por causa del efecto del prisma, la cohesión con sus semejantes hace que se despierten sus apetitos por destacar.

Quizás, como en un cuento hermoso, los colores inmersos en la luz no pelean entre sí ya que, al ser invisible la luz, no permite que cada uno de ellos perciba su propia particularidad reflejada en un espejo. Pero, una vez que atraviesan el prisma, aparecen a la vista y pueden observarse a sí mismos. Allí empiezan los problemas. El rojo se cree más bonito que el azul. El amarillo se siente más importante que el gris.

Esta diversidad y egoísmo que se produce tanto en los colores como en los seres humanos conducen a numerosas transgresiones entre ellos. Por defender su vanidad cometen actos reñidos con la cohesión que mantenían dentro de la luz.

¿Qué significa teshuva? Retornar al estado original en que no eran las diferencias que marcaban nuestra esencia sino que la adhesión a la causa común en que estábamos insertos.

¿Qué importancia tiene que a ese efecto vigorizante lo llamemos D-s o Luz? En Yom Kippur intentamos retornar a ese estado prístino anterior a que las circunstancias nos condujeran por caminos que realmente no queríamos transitar. El arrepentimiento nos limpia de aquellas escaras que nos impiden, aunque sea por 24 horas una vez al año, retornar a lo que realmente somos. Ojalá que este año lo logremos y mantengamos vigente su recuerdo.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Haazinu: Reflexiones acerca de Rosh Hashana

 

Si hace doscientos años todos nuestros ancestros judíos hubiesen renegado de su judaísmo no se habría producido el Holocausto y seis millones de seres humanos no hubiesen perdido la vida.

         ¿Podemos olvidarnos de aquello que hizo que nuestro pueblo se aferrara hace tanto tiempo a su identidad y que, sin saberlo, facilitó que nuestros opresores desencadenasen su odio irracional hacia nosotros?

        Nuevamente Rosh Hashana y Yom Kipur nos permiten conectarnos con esa esencia que tanto trabajo nos ha costado mantener durante milenios.

        Es nuestra intención mantener encendida esa llama que nos ha alumbrado desde la época de nuestros Grandes Patriarcas.

Jorge Slachevsky Czuckerman

 

Estas Grandes Fiestas tienen mucho que ver con el “control” y la “catarsis”.

Este año las Fiestas se nos presentan rodeadas de imágenes que nos impactan a través de los medios de comunicación. Estamos prontos a conmemorar los 40 años de aquel 11 de Septiembre que tantos recuerdos nos traen a todos los chilenos y al mismo tiempo vemos las imágenes desbastadoras de lo que está ocurriendo en Siria.

Estos acontecimientos nos proyectan hacia momentos de gran dolor que afectaron, o afectan, a sectores vulnerables de la población que se vieron, o ven, involucrados en agresiones que escaparon, o escapan, a su control.

Una vez que ocurren quedan indeleblemente grabados en nuestra memoria y no queda otro camino que recurrir a la “catarsis” para intentar sanar las heridas que dejaron las atrocidades cometidas.

Cuando hablamos de control no nos estamos refiriendo de aquel que aplican ciertos sectores para imponer su ideología al resto de la población.

Nos referimos al control que ejerce nuestra propia consciencia sobre nuestros actos y que, claudicando ocasionalmente a nuestra naturaleza animal, nos lleva a cometer acciones que atentan contra nuestras buenas intenciones.

Estas fuerzas negativas se van acumulando en el tiempo y, tal como el vapor de la olla de presión escapa para evitar una explosión, los seres humanos necesitamos un escape cuando las fuerzas interiores amenazan nuestra salud psíquica y la de nuestros semejantes.

Uno de esos escapes son los carnavales.

Los venecianos lo celebran una vez al año y parte de su atractivo son las bellas máscaras que ocultan la identidad de los celebrantes. En Río de Janeiro también se celebra el carnaval y sus participantes, al revés de los europeos, hacen que la falta de ropa deje totalmente de lado la imaginación frente a la exuberancia contagiosa de la samba.

Los judíos no tenemos carnavales que nos permitan perder el control en forma controlada una vez al año. No debe ser un motivo de preocupación porque tenemos la oportunidad de celebrar Rosh Hashana y Yom Kipur. En estas fiestas no ocultamos nuestro rostro ni develamos nuestro cuerpo. Descubrimos nuestra alma frente a la divinidad y solicitamos el perdón frente a la falta de control que experimentamos durante el año anterior.

Caminos distintos que, de acuerdo a la idiosincrasia conduce a un mismo fin. No se me ocurre mejor forma de graficarlo que la imagen de un niño que se encuentra sólo frente a los pasteles en una pastelería. El carnaval sería la oportunidad que tendría el niño de entregarse momentáneamente a sus impulsos y de comer tanto de ellos que no querría volver hacerlo hasta el próximo carnaval. El control personal se lograría permitiendo que el exceso conduzca a la moderación.

 Yom Kipur funciona de otra manera. A riesgo de parecer irrespetuoso con nuestras convicciones su conmemoración conduce al mismo fin. Evitar que los excesos vayan escalando hasta que se pierda irremediablemente el control y otorgar una oportunidad periódica, al igual que los carnavales, de expiarlos antes que nos perjudiquen a nosotros mismos y a la sociedad.

Aunque no parezca  tan obvio los dos métodos descritos no son utilizados por aquellos que están acostumbrados a dejar desbordar sus emociones.

En su columna del domingo pasado un comentarista del diario El Mercurio trató, en forma indirecta, este tema y me dio la pauta para escribir mi propia columna.

Textualmente afirma: “Jaime Guzmán ejecutó acciones destinadas a salvar de la tortura o de la muerte a determinadas personas; pero al mismo tiempo legitimó al régimen que torturaba o asesinaba” ¿Cómo evaluar esas acciones de Guzmán?

Más adelante presenta su corolario, atingente a nuestra columna: “Esta moralidad de contable –un acto bueno por aquí, uno malo por allá, de manera que hay que compensar unos con otros hasta alcanzar la suma final- no es, sin embargo, propio de las sociedades democráticas.

Continua diciendo que: “Si la responsabilidad dependiera de la trayectoria moral, siempre habría que suspender el juicio moral. Ese juicio solo sería posible cuando el sujeto estuviera inerte”.

Los judíos nos enfrentamos al juicio moral frente a la divinidad una vez al año. No necesitamos que se nos juzgue necesariamente cuando estamos muertos. Así evitamos los desbordes irracionales. No es un acto personal alejado de la comunidad, como es el caso de los católicos quienes, encerrado en un habitáculo cerrado, se confiesan frente al sacerdote. Tampoco es un acto de expiación colectivo como el de los evangélicos quienes, públicamente y con señales externas de fervor, expían sus culpas frente a su comunidad. Para los judíos el arrepentimiento es un acto colectivo en el cual cada persona es responsable, en la intimidad de su consciencia, de pedir perdón en forma individual por sus pecados y de prometer no cometerlos en el año que viene. De que esta constricción se haga de todo corazón depende de que seamos inscritos en el Libro de la Vida. Aunque parezca banal creo que esta ceremonia nos ha convertido en un pueblo que, aunque podamos cometer algunos actos erróneos como personas, no acumulamos la presión que nos impulsa a actuar masivamente en forma incorrecta.

Quizás en Yom Kipur, tal como dicen las corrientes místicas, morimos a nuestra vida llena de transgresiones para renacer a una nueva provistos de las oportunidades para rehacer nuestro camino. La parasha que nos toca comentar esta semana, Haazinu, nos relata los momentos previos a la muerte de nuestro patriarca Moisés. Quizás es una señal que es necesaria una muerte simbólica para ingresar a la Tierra Prometida y que nosotros, los judíos, tenemos que pasar por la regeneración que representa los días comprendidos entre Rosh Hashana y Yom Kippur para emular simbólicamente a Moisés y proyectar sus enseñanzas morales hacia la posteridad.

En el Shabat antes de Rosh Hashana podemos leer en la parasha Haazinu:

 “El Eterno habló a Moisés en la plenitud de ese día, diciendo: Asciende a esta montaña de Abarim, el Monte Nebo, que está en la tierra de Moab, la cual está frente a Jericó, y contempla la tierra de Cannan que yo entrego a los Hijos de Israel como posesión. Y muere en la montaña a la que tu asciendes….Pues de lejos verás la Tierra, pero de allí no entrarás, a la tierra que yo entrego a los Hijos de Israel”

D-s le impidió entrar a Moisés a la Tierra Prometida debido a que perdió el control en aquel recordado incidente en que golpeó a la piedra, en vez de hablarle, para que brotara agua tal como le había encomendado la Divinidad.

Por su parte, a nosotros no está dado enmendar nuestra falta de control en los días que transcurren entre Rosh Hashana y Yom Kipur y aspirar el perdón por nuestras transgresiones.

¿Por qué Hashem acepta nuestra catarsis y rechaza la de nuestro Patriarca?

Moisés, a través de su trayectoria se convirtió en un gigante moral que serviría de modelo eterno para todas las generaciones futuras y que con el castigo recibido nos enseña que, por muy excelso que haya sido nuestro comportamiento, debemos arrepentirnos oportunamente de nuestras transgresiones para que estas no se conviertan en una carga difícil de sobrellevar.

La enseñanza de la muerte de Moisés nos trasmite una enseñanza básica que el comentarista del Mercurio no tomó en cuenta. No es necesario que transcurra una vida entera para que seamos juzgados por nuestros actos. Debemos enfrentarnos periódicamente a ese juicio y enmendar nuestra conducta. Las Grandes Fiestas que se avecinan son la oportunidad para hacerlo. Esperemos que su celebración nos traiga las ventajas espirituales que tanto esperamos y aleje las calamidades que tanto nos han perjudicado.

Veseata Dishmaya


Parasha Nitzavin:
El arte de elegir

Jorge Slachevsky Czuckerman

En la última década cientos de judíos chilenos han elegido la ortodoxia. Han decidido hacer teshuva. Nos recordamos de eso debido a que faltan pocos días para Rosh Hashana. ¡Qué rápido pasó este año! Ellos no nacieron religiosos. Eligieron serlo y eso es un fenómeno que está íntimamente relacionado con la Fiesta que estamos a punto de celebrar.

Durante ese mismo tiempo cientos de judíos eligieron abandonar la religión de sus ancestros. No es que eligieron otra. Simplemente abrazaron las filas del laicismo. Consideran que las exigencias de la vida moderna no se condicen con las enseñanzas de la Torah y eligieron las bondades que el mercado despliega ante sus ojos.

Aunque no comparto ninguna de las dos posturas extremas no me cuesta trabajo entenderlas. Lo que me cuesta entender es la posición intermedia. La de aprovechar, por un lado, las conveniencias de una vida alejada de las exigencias espirituales y, por el otro, acudir a ellas cuando las circunstancias no nos favorecen tanto y nos vemos impulsados a aferramos a nuestras creencias como último recurso.

¿Habrá alguna otra postura intermedia? Una que nos permita, simultáneamente, gozar de las ventajas que nos encandilan y por el otro aferrarnos a las sabias enseñanzas de nuestros ancestros que nos refuerzan nuestras convicciones en el día a día.

Numerosas sinagogas conservadoras y reformistas están a la búsqueda de esta postura intermedia. Muchas lo logran. Personalmente he visitado varias buscando la solución a ese enigma. Todas estarán llenas de feligreses en estas Grandes Fiestas. Algunos intentarán recuperar su judaísmo que abandonaron a lo largo del año y los rabinos aspirarán, muchas veces infructuosamente, que el sentimiento que envuelve durante estos días a su concurrencia se mantenga lo suficiente como para que dure una parte del año que se avecina.

Por una razón que no logro entender no quiero la piedad instantánea. No voy a asistir a la sinagoga para las Grandes Fiestas. Esto desconcierta a mi rabino. Ya me citó para conversar acerca de esa postura tan peregrina y voy a tener que decirle que no estoy motivado a pesar de que la comunidad está llena de genta amable y cariñosa, que la hazanit y su marido organista me transportan con su música y que el sermón, si es que podemos llamarlo así, me estimulan en aquellas ocasiones que el rabino se preocupa de hacer bien su tarea.

Emoción, música y mensaje. Mescla que utilizan algunas  sinagogas en su intento de mantenerse en la cresta de la ola. Ingredientes que, a veces, encienden la pasión religiosa  pero que no persisten ni siquiera hasta la madrugada del día siguiente.

Para que perdure tiene que haber algo más. Los ortodoxos lo tienen pero sus exigencias de vestimenta, comportamiento y devoción a sus doctrinas hacen que la esencia se diluya en demostraciones exteriores de piedad que no convencen a la mayoría.

¿Cómo rescatar la esencia de sus planteamientos aligerando la carga de sus exigencias?

Estudio, reflexión y discusión. Constituye una trilogía difícil de digerir pero que ha mantenido la frescura de nuestro judaísmo a lo largo de los milenios.

Estudiar lo que pensaban los sabios que nos antecedieron y que lo dejaron estampados en innumerables volúmenes que podemos consultar. Reflexionar para rescatar de esas enseñanzas aquellos elementos valiosos que podamos utilizar para entender mejor los desafíos transitorios a que estamos expuestos. Discutir para no convertirnos en unos idólatras que adoremos aquellas verdades que recién estamos descubriendo.

Eso trataré de hacer en las próximas Grandes Fiestas. Elegiré tal opción y rechazaré la contemplación pasiva de una devoción que no me convence. Trataré de buscar, una vez más, la compañía de otros judíos que compartan mi ansia por descubrir el “motivo” que nos impulsa a declararnos y mantenernos como tales y aspirar a que nuestro judaísmo persista. Su mensaje ha hecho eterno a nuestro Pueblo y es nuestra responsabilidad compartida que se mantenga así. Mientras tanto me mantendré en mi cruzada personal tratando de lograrlo.

Veseata Dishmaya

 

Parasha Ki Tavo: Entre la alegría y la aprehensión

Jorge Slachevsky Czuckerman

Todos queremos vivir nuestra vida con alegría. Hacemos planes y somos felices si se nos dan las cosas tal como las tenemos proyectadas. La mayoría de las veces no ocurre lo que quisiéramos y debemos ir adaptando nuestros planes para acomodarlos a como se van desarrollando las cosas. Al no tener, en la mayoría de las veces, injerencia sobre el resultado, nos puede abrumar la aprehensión y podemos vernos tentados a buscar en lo sobrenatural la causa de nuestras alegrías o infortunios y de conjurar esas influencias de manera que nos beneficien positivamente.

            Durante el desarrollo de la humanidad hemos pasado, como civilización, por tres etapas absolutamente distintas. Al inicio, nuestra sobrevivencia dependía de la caza y la recolección. Posteriormente se desarrolló la sociedad agraria donde el producto de la tierra, sabiamente aprovechado por el hombre, nos otorgaba el sustento. En la actualidad la mayoría nos hemos disociados de las labores de la tierra y nos dedicamos a actividades que, al recompensarnos con dinero, nos permiten acceder al alimento que otros producen.

            Cada una de estas etapas ha venido acompañada de una concepción religiosa que le ha permitido al hombre acomodarse mejor a las circunstancias que lo rodean. No sería ningún misterio el motivo por el cual la religión, para muchos, resulta algo de corte anecdótico para los tiempos que estamos viviendo.

            El problema radica de como estamos, como especie, acostumbrados a correlacionar nuestro destino con la influencia de una fuerza superior que abogue por nosotros. Nos sentimos huérfanos cuando el mundo que nos rodea descarta de plano esa influencia y no la reemplaza por alguna otra que nos conforte. El consumo, el afán por el lujo y la ostentación constituyen placebos que adormecen nuestra conciencia y la alejan de las angustias que tanto afectaron a nuestros ancestros. Algunos no nos quedamos tranquilos con sus promesas e intentamos buscar en las letras de nuestro Texto Sagrado la inspiración para nuestros desvelos.

            La parasha de esta semana, Ki Tavo, nos traslada a una época en que aparentemente contábamos con un apoyo más sutil y el consuelo parecía más sencillo. Se inicia con el agradecimiento que debía ofrecerse a la divinidad por haber sido generosa en los productos de la tierra y finaliza con una larga lista de “maldiciones” que afectarían a quienes no fuesen fieles a los designios divinos. Transita desde la alegría hacia la aprehensión por un camino lleno de mensajes y enseñanzas que todas las generaciones han debido desentrañar.

            La alegría constituía la emoción que embargaba al granjero que había visto coronado todo su esfuerzo con una cosecha exitosa. No bastaba que se acercara al Templo y entregara su ofrenda en forma silenciosa. En ese momento debía emitir una declaración destinada, extrañamente, a enfocar su atención en una historia caracterizada por su adhesión al destino común de su Pueblo y no solo a la satisfacción de las necesidades mundanas:

            “Alzaras la voz y dirás delante del Eterno tu D-s: Un aramí era la perdición de mi ancestro, quien descendió a Mitzráim, habitando allí pocos en número, y allí se convirtió en un gran pueblo, poderoso y numeroso. En Mitzráim nos hicieron mal y nos afligieron, e impusieron sobre nosotros una servidumbre dura. Entonces clamamos al Eterno, el D-s de nuestros ancestros, y el Eterno escucho nuestra voz y vio nuestra aflicción, nuestra pena y nuestra opresión. El Eterno nos sacó de Mitzráim con mano poderosa y con brazo extendido, con gran pavor y con signos y prodigios. Y nos trajo a este lugar y nos entregó una tierra, una tierra que mana leche y miel. Y ahora, he aquí que he aportado lo primero de los frutos del suelo que Tú me has entregado, oh Eterno”

Este versículo le hacía tomar consciencia al oferente que la alegría experimentada por la buena cosecha era pasajera. Le recordaba que pertenecía a un Pueblo cuya historia estaba repleta de los momentos de aprehensión que tuvieron que sufrir sus ancestros. Pero, al mismo tiempo, le señalaba que esos malos momentos pudieron ser superados y que los beneficios que estaba recibiendo eran una consecuencia del proceso histórico que a su Pueblo le había tocado vivir.

Al salir del Templo se le presentaba una nueva realidad. El esfuerzo desplegado había sido recompensado. Pero, al mismo tiempo,  no había ninguna garantía que la cosecha del próximo año fuese tan buena como la anterior. La sequia y las heladas podrían comprometerla. Nuevamente empezaría un ciclo donde la alegría, paulatinamente, daría paso a la aprehensión. Necesitaría mantenerse incólume frente a los embates de los demonios internos que intentarían reducir su fuerza productiva.

            Para combatir esa amenaza, y no dejarse sucumbir por la aprehensión,  necesitaba reglas claras a las cuales adherirse para poder mantener su integridad emocional. Debía recurrir a la Torah para encontrarlas. Esas las encontraba en la parasha de esta semana, Ki Tavo. Eran 98, un número excesivo, que aparecían en la forma de reprimendas que señalaban las maldiciones que lo afectarían si su comportamiento no se ajustaba a las exigencias de la Torah.

            El mensaje era claro. Si obedecía las Mitzvot podría anticipar una buena cosecha. Si no lo hacía se haría acreedor a las 98 maldiciones que transformarían su vida terrenal en un infierno causado por su propia desobediencia.

            Quizás ese ancestro nuestro no estuviera tan convencido que cada desobediencia suya produciría una reacción que lo beneficiara o perjudicara directamente. Quizás respetaría las Mitzvot debido a que era la única acción positiva que podía ejercer para intentar conjurar las condiciones negativas que no podría modificar.

            La enumeración de las reprimendas repulsa la razón de cualquiera que examine con atención las páginas de la parasha Ki Tavo. Por otro lado, al igual que antaño, estamos expuestos a situaciones que no podemos controlar. Las enfermedades, los accidentes y la muerte rondan a nuestro alrededor y ninguna explicación racional nos otorga el consuelo que necesitamos cuando estas se nos presentan a nuestro alrededor.

            Frente a las circunstancias adversas quizás es bueno reflexionar acerca de las creencias que movilizaron a nuestros ancestros. No para creer literalmente en ellas sino para confiar que si nuestro comportamiento es adecuado quizás, y solo quizás, la adversidad se podría alejar de nosotros y el próximo año nos podría brindar una buena cosecha que nos atiborre de alegría.

            Si no, ¿Cuál sería el sentido de celebrar las fiestas de Rosh Hashana y Yom Kippur que se nos avecinan?

Veseata Dishmaya

 

Parasha Ki Tetze: Alemanes y Japoneses

Jorge Slachevsky Czuckerman

¿Qué podrían tener en común estos dos pueblos que merezcan que los mencionemos en el título de esta columna?

Los alemanes se caracterizan por su extraordinaria cultura. Todas las manifestaciones de las artes y del intelecto han florecido en cualquiera de las  esquinas de sus bellas ciudades. Sin embargo, fueron capaces de crear los “Campos de Exterminio” donde se masacraron a comunidades enteras que no se ajustaban a sus ideales de una raza superior. Los japoneses, estereotipos de la cortesía llevada a su más alta expresión, fueron los creadores de las “Marchas de la Muerte” de triste renombre en los países que invadieron durante la Segunda Guerra Mundial.

Encontrarles a estos dos pueblos un denominador común que los lleve, en determinado momento de su historia, a cometer las barbaridades que hemos señalado sería antojadizo de mi parte. Lo que si podemos señalar es que, en algunas situaciones de fervor inusitado, las restricciones morales pueden relajarse y dar paso a una agresión descontrolada que no puede ser contenida por las barreras habituales.

Quizás podríamos decir que el hecho de no poder contenerse frente a circunstancias excepcionales tenga una razón más profunda que vale la pena analizar.

Sería interesante recurrir a la Torah y a sus comentaristas para adentrarnos en la explicación del problema. En la parasha de esta semana, Ki Tetze, podemos leer:

“Un amoní o un moabí no entrará en la congregación del Eterno; incluso su décima generación no entrará en la congregación del Eterno, hasta la eternidad; debido al hecho de que no se anticiparon a ustedes con pan y agua en el camino, cuando ustedes salieron de Mitzráim, y debido a que alquiló contra ti a Bilam, hijo de Peor, Aram Naharáim, para maldecirte”. 

Creo que estamos de acuerdo que el versículo anterior no puede ser interpretado en forma literal. Un castigo tan extremo por un acto de insensibilidad, por muy grande que éste sea, resulta incomprensible en el siglo XXI. Quizás en los albores del judaísmo podrían haber tenido alguna aplicación práctica que no alcanzamos a entender. Algunas matanzas descritas en la Torah tampoco se pueden entender. Los tiempos pasan y  la Torah no mantendría su lozanía si no fuésemos capaces de extraer enseñanzas que, aunque parezca increíble, nos permitirían examinar el comportamiento incomprensible de algunos hebreos bíblicos, alemanes y  japoneses.       

Los amonitas y los  moabitas descienden de Lot. Debemos recordarnos que esta figura bíblica sobrevivió a la destrucción de  Sodoma porque había actuado, al contrario de sus descendientes, brindando hospitalidad a los ángeles que se encontraban en la búsqueda de diez hombres justos que justificaran la benevolencia divina. La pregunta que asalta a los comentaristas, y que sirve de base a este análisis, es porque sus descendientes negaron sin consideración el pan y el agua a los forasteros que pasaban por sus tierras.

Los amonitas y los  moabitas no heredaron el rasgo de carácter hospitalario de su ancestro debido a que éste no constituía un rasgo genuino de Lot. Su actuación fue la respuesta a un hábito que se había arraigado tras haber observado durante muchos años la actuación de Abraham. La Torah considera a este patriarca como el hombre más hospitalario que jamás haya existido. Baste recordar que, en los momentos en que se estaba reponiéndose del Brit Mila, vio pasar delante de su tienda a unos viajeros fatigados y corrió a brindarles su hospitalidad. Lot presenció innumerables gestos de este tipo y aprendió a copiar su proceder aplicándolo en sus relaciones en Sodoma.

Cualquier hábito permite replicar el comportamiento observado con un mínimo gasto de energía mental. Es muy conveniente en situaciones normales cuando nuestra atención debe centrarse en resolver los problemas contingentes con la mayor rapidez posible. No es de mucha ayuda cuando nos vemos enfrentados a situaciones fuera de lo habitual.

Distinto es lo que nos pasa a los judíos. Contamos con las enseñanzas de la Torah que nos inclinan a cuestionarnos acerca de las aristas negativas de nuestra personalidad y buscar la válvula de escape que impida que estas lleguen a explotar.

En la semana pasada pudimos analizar, en la parasha Shoftin, acerca de la necesidad de nombrar jueces que impartieran justicia en todos los centros donde se aglutinara la población. Estos tendrían la función, mediante la aplicación de la justicia, de controlar aquellos comportamientos negativos que atentaran contra la armonía de la comunidad.

Ciertos comportamientos atentan contra la convivencia sin que representen una amenaza a la paz social. Igual deben ser contenidos porque su proliferación podría conducir a consecuencias colectivas difíciles de controlar.

Tanto las conductas individuales como colectivas están entrelazadas en la Torah. No es un tratado académico de psicología en los cuales los temas relacionados con el comportamiento se traten en forma directa. Si así lo fuese dudamos que sirviera para conseguir algún resultado. Utiliza un método indirecto para entregarnos sus enseñanzas. Una ellas la encontramos en el primer versículo de la parasha Ki Tetze:

“Cuando salgas a la guerra contra tus enemigos, y el Eterno tu D-s los entrega en tus manos, y captures a su pueblo como cautivos; si entre sus cautivos ves a una mujer de hermoso aspecto y la ansías, podrás tomarla como esposa. La llevarás al interior de tu casa, y ella se rasurará la cabeza y dejará crecer sus uñas. Ella se quitará su vestido de cautiverio y permanecerá en tu casa; y llorará a su padre y su madre durante un mes. Y después vendrás a ella y la poseerás, y se convertirá en tu esposa”.

Este versículo nos enseña mucho. Durante el fragor de la batalla las pasiones están encendidas. La situación bélica obliga a romper todas las restricciones que el hábito había impuesto sobre los combatientes. Pero, a pesar de eso, la parasha nos hace ver que debemos sobreponernos a las circunstancias y convocar a nuestro juez interno que nos señale el camino a seguir. La Torah no considera aceptable la violación. Establece normas que debe cumplir el combatiente de manera de restringirle, por una parte, la pasión incontrolada que lo conduciría a la violación, pero, por otra, comprende la debilidad humana y presenta una válvula de escape que transforma un hecho ineludible en una conducta aceptable.

Al avecinarse Yom Kippur debemos interpretar el versículo anterior como un llamado a convocar al juez interno para que juzgue los actos negativos que cometimos en el fragor de la batalla de la cotidianidad habitual.

Con eso evitaremos actuar, como Lot, en forma mecánica sometidos a la esclavitud del hábito, herramienta muy conveniente en momentos de paz y tranquilidad pero que no nos sustenta en períodos excepcionales como los que tuvieron que soportar los alemanes y los japoneses.

Los judíos tenemos la oportunidad, una vez al año, de dejar de lado el habito y someternos al juicio de nuestra conciencia. Eso nos impide acumular energías negativas que afloren cuando la multitud intenta conducirnos a conductas reprochables.

Esto, queridos amigos, ha sido la contención que nos ha convertido en un pueblo que no se deja engañar por los excesos sociales y, aunque a veces lo  ha hecho a nivel individual, muy escasamente lo ha hecho a nivel colectivo. Esperemos que la Torah siga conduciendo nuestros actos y nos evite los desbordes que aquejan a la sociedad.

Veseata Dishmaya



Parasha Ree: ¿Profesar una fe o ser creyente?

Jorge Slachevsky Czuckerman

 

En la semana pasada un grupo de personas, al final de una manifestación a favor del aborto, irrumpieron en la Catedral y produjeron desordenes y destrozos sin ninguna contemplación por el recinto o por los fieles que se encontraban en su interior.

En su columna de los días domingo, un comentarista habitual del diario El Mercurio se inspiró en ese incidente para establecer una excelente distinción  entre aquellos que “profesan una fe” y los que son “creyentes” sin darse cuenta de ello.

A simple vista parecieran que ambos son más de lo mismo. Basta seguir leyendo la columna para darse cuenta que un creyente es alguien que tiene fe pero que, cuando pretende expresar sus convicciones, se olvida de los derechos de los demás en su afán narcisista de imponer los suyos propios.

Una autentica persona con fe sería, entonces, alguien que  tiene una forma definida de concebir su propia existencia pero que, a pesar de tener puntos de vista consistentes, es capaz de tolerar los embates de la duda y de entender, aunque no los comparta, los planeamientos de los demás. Los creyentes, por su parte, serían aquellos que consideran sagradas sus propias convicciones, religiosas o ideológicas,  y basan en esa creencia su derecho a cometer cualquier acto vandálico sin importarles la consecuencia.

El peligro que presenta “profesar una fe” radica en que los límites sutiles que impiden que aflore el “creyente” pueden ser desbordados con facilidad. Una persona va, a lo largo de su vida, construyendo una serie de convicciones que le sirven de fundamento para conducirse por el mundo. Estas ideas usualmente permanecen vigilantes en lo más profundo de su ser y la mayor parte del tiempo se mantienen allí en forma inconsciente. Sus efectos son, por decirlo de alguna  manera, inofensivos y la mayor parte de las veces el sujeto no es capaz de darse cuenta que ellos conducen su vida en forma automática.

En ciertas ocasiones, producto de las redes sociales, las interpersonales, no las virtuales, se da que en medio de una manifestación se exacerben y afloren esas convicciones de manera descontrolada con los efectos que pudimos percibir en la Catedral.

Para nosotros, los judíos, la Torah nos ha servido como un ente regulador que nos evita dejarnos llevar por el impulso destructivo de la masa. Estamos seguros que esa influencia positiva no estuvo presente entre los manifestantes que dañaron la Catedral. A ninguno se le habría ocurrido hacerlo si hubiesen estado solos. Estando juntos se produjo una interacción negativa que desbordó las restricciones de cada uno de los participantes.

La parasha de esta semana, Ree, mira, nos permite seguir profundizando acerca del conflicto que estamos analizando. Por un lado somos individuos. Ocupamos un espacio definido y hacemos uso de un tiempo limitado. En ambas instancias contamos con el Libre Albedrío que nos permite tomar las decisiones que más nos acomoden. Por el otro, constituimos un apéndice de la sociedad. Esta nos conforma y nos va estableciendo límites que evitan los excesos que perjudican la integridad del colectivo social. Este premia el altruismo y sanciona el egoísmo como método de trabajo.

La parasha Ree enfatiza la importancia del Pueblo de Israel sobre cada uno de sus integrantes en forma particular:

Mira, Yo pongo hoy delante de ustedes la maldición y la bendición. La bendición: si escuchan los mandamientos del Eterno su D-s que yo les ordeno hoy. Y la maldición: si no escuchan los mandamientos del Eterno su D-s y se desvían del camino que Yo les ordeno hoy, para andar tras dioses ajenos que ustedes no han conocido”

La cantidad de conceptos que ameritan ser examinados en este versículo da para varias columnas. En esta ocasión analizaremos el término “ustedes” ya que el “tú” fue sobrepasado por las circunstancias de esta semana. Dejaremos para otra oportunidad los términos “mira”, “hoy”, “maldición”, “bendición” e “idolatría” que llenarían páginas completas con su explicación.

El “ustedes” deja en claro el carácter social del judaísmo. El primer hombre creado, Adán, conlleva en sí la potencialidad de toda la humanidad que desciende de su simiente. Tanto es así que en hebreo el término Adán designa  tanto al hombre creado como a la humanidad que lo alberga.

El individuo Adán es un concepto físico cuya integridad depende de las leyes de la naturaleza. Cuando este cumple su ciclo muere y se descompone en los elementos que le dieron forma. El colectivo Adán no tiene presencia física o integridad. Un montón de seres humanos congregados no son más que eso: un montón de seres humanos. Lo que los convierte en algo más es algo etéreo que escapa al ámbito de lo físico. No hay instrumentos que puedan medir los lazos que los unen. Pero, aunque imperceptibles, nadie podría negar de la fortaleza de esos ligamentos que unen a ese montón transformándolo en un ente social que logra perdurar a lo largo del tiempo.

Son numerosos los entes sociales que han surgido a lo largo de la historia. La mayoría de ellos, a pesar de que despiertan nuestra admiración, se han disuelto y sus descendientes han constituido nuevos organismos sociales que no han logrado mantener vivo el legado de sus ancestros.

Por nuestra parte los judíos hemos persistido los milenios a pesar del exilio y las persecuciones. No lo hemos hecho porque individualmente seamos mejores que los demás. Lo hemos hecho porque colectivamente intentamos no dejarnos llevar por nuestros impulsos y eso si que lo hemos conseguido.

Nuestra fuerza está en nuestra adhesión a algo. Algo que nos une estemos en China o en la Isla de Pascua, Estados Unidos o Argentina. Seamos del siglo XXI o del XIII. Es la idea de que hay una energía que nos une. No es física o tangible. Ni siquiera creo, a veces, que sea de índole espiritual. Es el hecho de que, cualquiera que sea el lugar donde viva o la época que lo haga hay ese algo que nos une. Es como una persona en Arica viera al mismo tiempo el sol que una de Punta Arenas y que ambos se sintieran unidos e identificados por esa observación.

Nuestro sol, ese algo, sería la Torah. No lo que nos enseña porque estoy seguro que muchos padres, que ni siquiera conocían la Torah le han enseñado a sus hijos los mismos valores y la misma pertenencia a sus raíces que nosotros practicamos. Es la voluntad que ponemos cada uno de los judíos en reconocer que ese “es” el lazo que nos une. Que nos intenta elevar como personas y que nos impide sumergirnos en los abismos a los cuales acceden las masas que destruyen catedrales o sinagogas y que quemaron libros en la Edad Media

Nuestra Torah nos impide hacerlo y D-s sabe que su presencia hubiese impedido que sucediera lo que sucedió en Santiago de Chile.

Para evitarlo se necesita que haya hombres y mujeres que profesen su fe, cualquiera que esa sea, y que estén dispuestos a compartir con aquellos que disienten con ellos. Que sean capaces de enfrentar a los creyentes, religiosos o no, que al elevar sus convicciones a un dogma indestructible lo transforman en  idolatría, un culto a la valoración de sus propios ideales en desmedro del de los demás.

¿Qué tiene que ver todo esto con la parasha Ree? Te dejo la tarea de averiguarlo.

Veseata Dishmaya


Parasha Ekev: Intuición e Intelecto

Jorge Slachevsky Czuckerman

 

La humilde manzana juega un rol importante en el anecdotario popular.  Aparte de la máxima de que una manzana al día nos mantiene saludables, encontramos numerosas ocasiones en que esa fruta, de consumo cotidiano, nos aclara ciertas ideas que no podemos aprehender en forma intelectual.

Cuenta la leyenda que Isaac Newton estaba reposando debajo de un manzano cuando uno de sus frutos cayó y le sirvió de inspiración para formular la Ley de Gravedad. No es que ésta no existiera antes, cualquier niño aprende a temprana edad que no puede dejar en el aire un vaso de leche, pero tomaron siglos para que esta tomara la forma de un concepto universal que todos pudiésemos entender.

La leyenda también dice que la manzana fue la culpable de que Adán y Eva fueran expulsados del Paraíso. Aunque todos sabemos que dicho fruto no es el producto del “Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal”, resulta que su imagen permite aprehender mejor su mensaje que las profundas intelectualizaciones que han develado a los teólogos de todos los tiempos.
Entonces, se ha utilizado un símbolo visible para unir y entender esos mundos tan dispares como son el de la percepción humana y el de la realidad de la naturaleza, con Newton, y el de la materia y el espíritu, con Adán y Eva.

La manzana permite, con su ejemplo, convertir ideas intuitivas en conceptualizaciones concretas que podemos compartir con nuestros semejantes.
La religiosidad, según mi opinión, flota intuitivamente en el mundo de las ideas. Se ubica en lo más profundo de nuestra conciencia. Busca alguna forma de materializar su ansia de reconocimiento. Cada uno debe encontrar aquel símbolo que le facilite traspasar dicha idea a su vida cotidiana.

Dicho en otras palabras, nuestra percepción de la realidad depende de aquellas ideas que flotan sin control en nuestro subconsciente. Debemos aprender a reconocerlas para encauzarlas de una manera que refleje más consistentemente lo que ocurre a nuestro alrededor.
La Torah y especialmente la parasha de esta semana, Ekev, procura convertirse en ese vehículo que sirva de puente entre nuestra concepción de la realidad y el mundo natural que nos alberga. De esta manera podremos conducirnos de una manera que nos independice de los impulsos intuitivos que gobiernan nuestras vidas.

Utiliza un recurso que aún no logro entender. Las Mitzvot. Estas hacen que los ortodoxos y los laicos se critiquen entre sí. Los primeros porque la cumplen y excluyen a todos los que no lo hacen. Los segundos porque no desean que ellas los diferencien del resto de la sociedad.
No puedo afirmar que haya que practicar las Mitzvot para ser un buen judío. Tampoco pretendo pontificar acerca de los beneficios que nos pueden brindar su cumplimiento y de los perjuicios que nos puedan ocurrir en caso contrario.

Lo que si postulo es que debemos hacer un análisis serio de la observancia de las Mitzvot. No con la exclusión que hacen los ortodoxos hacia aquellos que no la practican, ni menos con la mofa con que los laicos critican a los que sí lo hacen.
Hace falta que encontremos un símbolo, como la manzana de Newton o la de Adán y Eva, que nos permita aprehender el motivo por el cual seguimos adhiriendo, aunque sea por tradición, a un Libro Sagrado que nos obliga a cumplir las Mitzvot que nos resultan tan difícil de comprender.

¿Por qué persistir en ser judío cuando existe, más cercana a nosotros, la figura de un ”ser humano ético” que nos acomoda mejor?
Supuestamente las Mitzvot nos ayudarían a lograr tal ideal.
La parasha de la semana pasada, Vaejtanan, nos impone la obligación de cumplirlas:
“Guardarás el mandamiento, los estatutos y las leyes que yo les ordeno hoy para hacerlas”
La parasha Ekev nos señala sus beneficios:
“Y como consecuencia de que escuchen estos mandamientos, los guarden y los lleven a cabo, el Eterno tu D-s guardará para ti el pacto y la bondad que El juró a tus ancestros. El te amará, te bendecirá y te multiplicará, y bendecirá el fruto de tu vientre y el fruto de tu tierra; tu grano, tu vino y tu aceite, la progenie de tus reses y los hatos de tus ovinos, sobre la tierra que El juró a tus ancestros entregarte a ti”.

Más adelante, conociendo las debilidades humanas, advierte de las consecuencias que pueden derivarse de dichos beneficios:
 “Cuídate, no sea que olvides al Eterno tu D-s al no guardar sus mandamientos y Sus estatutos que yo te encomiendo en este día. No sea que comes y te sacies, y construyas buenas casas y te asientes, y tus reses y tus ovinos se incrementen, y la plata y el oro aumenten para ti, y todo lo que poseas se incremente; y entonces se ensoberbezca tu corazón y olvides al Eterno tu D-s que te saco de la tierra de Mitzráim, de casa de esclavos”

El hecho de que estas palabras tengan una cierta relación con lo que pasado con nuestro pueblo en aquellos lugares donde ha manado “la leche y la miel” es absolutamente circunstancial.
Más adelante nos informa de las exigencias que impone la divinidad:

“Y ahora, Israel, ¿Qué es lo que el Eterno tu D-s pide de ti? Solo que temas al Eterno tu D-s, andar en todos Sus caminos y amarle, y servir al Eterno tu D-s con todo tu corazón y toda tu alma, guardar los mandamientos del Eterno y Sus estatutos que yo te ordeno hoy para tu propio bien”.

Para luego culminar con las consecuencias de su incumplimiento:

 “Guárdense  mucho,  no sea que su corazón sea inducido y  se  desvíen  y sirvan  a  dioses extraños, y se postren ante ellos. Pues entonces la ira del Eterno se  encenderá  contra ustedes, y El retendrá los cielos y no habrá lluvia, y el suelo no rendirá su producto; y prontamente perecerán de la buena tierra que el Eterno les entrega”

Una amenaza que pareciese haberse materializado a lo largo de la historia.

Aunque nuestra mente racional lo descarte, el misterio insondable de las Mitzvot rondará en cada ocasión en que nos toque leer o comentar la parasha Ekev. En cada una de ellas quedaremos frustrados al no poder profundizar más en los fundamentos que la sustentan.

Quizás el ejemplo de la humilde manzana nos permita comprender que a veces lo desconocido nos afecta más allá de lo que abiertamente queremos reconocer.

Veseata Dishmaya

 

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