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CONTENIDOS EDICIÓN 261

Editorial
Año 4 - Nº 261

La abdicación del rey Juan Carlos ha sido una muerte anunciada de un sistema que apenas resiste las exigencias y precisiones de la modernidad. Con un apoyo de sólo 42%, queda demostrado que la monarquía española tiene los días contados al no poder escapar al debate público sobre los alcances de la corrupción y el lujo desenfrenado que le ha afectado.

Otrora, leal custodio de la democracia y de la superación de los oscuros tiempos del franquismo, la corona española fue siempre un faro esclarecedor de las culpas de su propia historia: la solicitud de perdón a los judíos provino de una iniciativa monárquica, en el país que exhibe los más altos índices de antisemitismo europeo.

No han sido menores las señales enviadas para la “reconstrucción de la vida sefaradí” en la península, señales que se han traducido en la recuperación de espacios de interés arqueológico, rutas turísticas de vital relevancia, manuscritos rescatados del olvido, y una no menor escala de homenajes traducida en monumentos y placas conmemorativas de remembranza,  sobre la ya perdida, presencia territorial judía.

Todo junto a una comunidad judía floreciente, pese al entorno  centenariamente hostil. Usar kipá en España es algo imposible, al decir de muchos testimonios, pese a que en las calles de Europa abundan burkas y prolifera el shador. Es curioso como el antisemitismo cotidiano se vuelca, una vez más, contra quienes representan hoy, aquello que fue el momento más alto de las ciencias, las artes y la sociedad española en sus siglos de oro. Pero aquellos, fueron otros tiempos petrificados, hoy, en monumentos y conmemoraciones y hasta en confusas ofertas de pasaportes reparatorios de una historia de difícil digestión.

Nunca hubo más judíos que volvieran a España que en tiempos de la Guerra Civil (1936-1939) aunque aquellos lo hacían como voluntarios internacionales para luchar contra el fascismo en momentos en que pocas personas se percataban que en España se combatía la primera batalla de la Segunda Guerra Mundial. No luchaban contra la monarquía, aunque sí lo hacían a favor de la República.

Pudiera parecer impensable una monarquía como custodia de la democracia, pero así fue, de allí el llamativo prestigio del Rey durante la compleja y prolongada transición. Pero, inclusive hoy, aquello se cuestiona sin ambigüedades. La crisis europea, el desempleo, las acentuadas contradicciones sociales, la abrumadora inmigración, terminan por hacer estallar las tensiones antimonárquicas que se venían gestando desde el momento en que se creía que la corona española estaba “por sobre el bien y el mal”.

Interesante destacar que la filosofía judía, desde los Profetas hasta el presente ha sido francamente antimonárquica desde el momento en que los precursores se oponían a la instauración de una monarquía en el antiguo REINO de Israel, aún cuando cedieron a las exigencias del momento, se preocuparon de instaurar una enormidad de restricciones y de denunciar los errores  a lo largo de toda la existencia de esa monarquía. El ideal de sociedad mosaica era un Estado de agricultores gobernados según la ética del bien común, la solidaridad y el auxilio a sus sectores más débiles, simbolizados en la figura metafórica de “las viudas y los huérfanos”.

La delicada salud del Rey ha hecho que se le vea débil y asustadizo, un perfil muy distinto al de la transición, cuando se enfrentó a las fuerzas golpistas y unificó a la izquierda y a los independentistas. En definitiva, los índices de valoración a la figura del rey, que siempre se situaron en torno a un 70%, bajaron estrepitosamente, sobre todo en los sectores más jóvenes y de izquierda.

Felipe de Borbón enfrenta hoy el gran desafío, no de asumir como monarca sino, de apenas durar en el trono. Curiosamente, los españoles piden una mayor democracia y menos corrupción para salir de la crisis, pero sin abandonar los prejuicios antisemitas y la ya varias veces centenaria leyenda negra.

 


 
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