Jerusalén: crónica de una pasión

Kevin Ary Levin

En el año pasado fuimos testigos de un recrudecimiento de las tensiones alrededor de la ciudad de Jerusalén, lugar de gran relevancia para las grandes religiones y culturas que habitan el Medio Oriente. Frente a esto, puede ser una buena oportunidad hacer un repaso histórico (sin lugar a dudas, limitado) de los hitos y causas que le concedieron a Jerusalén el significado que ostenta hoy. Lejos de ser una cronología de lo que sucedió con la ciudad, las siguientes líneas intentan presentar un resumen del peso simbólico que esta ciudad tuvo para los diferentes pueblos, religiones y culturas con los que se vinculó.

Construida originalmente por habitantes canaanitas, que le dieron el nombre Salem (homónimo de una deidad), la ciudad pasó a manos judías durante el reinado de David, quien la hizo capital del Reino de Israel (s. X AEC) mientras que su hijo, Shlomó, construyó el Templo de Jerusalén sobre el Monte Moriá (también llamado Monte del Templo), al cual se le atribuyó el significado de ser el escenario del casi-sacrificio de Isaac relatado en la Torá. Tres veces al año, Jerusalén se convertía en centro de peregrinación para todos los habitantes del reino, que se congregaban para ser parte de los ritos. Esto tendría lugar hasta la destrucción del Templo (junto al resto de la ciudad) por los babilonios en el año 586 AEC. “Si me olvidare de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza” reza el Salmo 137, atribuido a un autor de la época, demostrando el peso simbólico que tenía la ciudad ya entonces para los exiliados.
 
Setenta años después, Koresh, emperador persa, permitió a los judíos regresar a la Tierra de Israel luego de haber subyugado a los babilonios, volviendo Jerusalén a ser capital y centro religioso (año -516). Mientras que sucesivas conquistas cambiaron el título de propiedad de Jerusalén, la ciudad volvería a manos judías con la Rebelión Macabea contra las profanaciones del templo (-152). Esto no duraría mucho, culminando con la captura romana de la ciudad y de la región unos 90 años después. El célebre Herodes data de este período: su testimonio más memorable es el llamado Muro de los Lamentos (Muro Occidental según su nombre hebreo), construido como un muro externo del Segundo Templo. El período romano de la ciudad, por más prolífico en construcción que haya sido, no fue pacífico, debido a numerosas rebeliones judías contra sus opresores itálicos. La última de ellas, la Rebelión de Bar Kojba, llevó a que la ciudad fuera rebautizada Aelia Capitolina y que se prohibiera la entrada de los judíos a la misma durante siglos. El exilio romano llevó a una reformulación del judaísmo, donde se reemplazó, por ejemplo, a los sacrificios en el Templo por las plegarias en sinagogas, como conocemos hoy en día. En esa reconfiguración, Jerusalén fue sostenida como símbolo, instaurándose plegarias sobre la ciudad e imponiéndose la dirección a Jerusalén en las sinagogas de todo el mundo.

El cristianismo, el islam y después…
Antes de este exilio, la ciudad vio el nacimiento de una nueva secta judía, luego devenida en religión: el cristianismo. El Nuevo Testamento relata el importante rol que ocupa Jerusalén en diferentes episodios de la vida de Jesús, incluyendo sus prédicas, la Última Cena, su crucifixión y el Santo Sepulcro. Los primeros cristianos, que eran judíos, también estuvieron sujetos a la prohibición de entrar a Jerusalén, aunque eso cambió a medida que el Imperio Romano modificó su postura hacia el cristianismo en el siglo IV durante el reinado de Constantino. Aproximadamente desde esta época se construyeron en la ciudad numerosas iglesias/monumentos que conmemoran diferentes episodios de la vida de Jesús y constituyen hasta hoy lugares de peregrinación para cristianos de todo el mundo y de todas las corrientes de la fe cristiana. Con la conversión del Imperio Romano al cristianismo, esta se convirtió en la nueva “dueña” de Jerusalén (380 EC).

En el siglo VII, las fuerzas de una nueva religión nacida en el Oriente, el Islam, llegaron a la ciudad lideradas por el Califa Omar. Si bien contradiré cierta historiografía judía, lo cierto es que Jerusalén había jugado un rol en la teología islámica original de Mahoma quien, inspirado por el judaísmo para la formulación del islam, había también incorporado a esta ciudad como dirección de las plegarias de sus seguidores (principio que cambiaría luego de que los judíos de Medina rechazaran su religión). El libro que nos legó Mahoma, el Corán, afirma que Mahoma ascendió al cielo “desde la mezquita más lejana” (Mesjid Al Aksa). Aquel lugar tan ambiguamente designado fue identificado, luego de la conquista de la ciudad, como el Monte del Templo (que por aquel entonces era un basural), fundamentando así la construcción de dos edificios importantes para el islam: el Domo de la Roca y la mezquita Al Aksa, construidos después de la muerte de Omar.

Un primer antecedente de guerra explícitamente religiosa por Jerusalén se encuentra en las Cruzadas, guerra iniciada en el 1099 por la Europa católica deseosa de recuperar la Tierra Santa de los conquistadores islámicos y recuperar una soberanía perdida cuatro siglos y medio atrás, tarea en la que fracasó frente a Saladino. Luego de 170 años de enfrentamientos, la ciudad permaneció bajo control islámico. En este momento, los cristianos se conforman con una idea más bien espiritual de Jerusalén, renunciando a su reconquista.

Irónicamente, la necesidad de defender la ciudad y la experiencia de ver el anhelo cristiano por la misma elevó a Jerusalén a los ojos islámicos, pasando a ocupar el status de tercera ciudad más sagrada para el Islam, siguiendo a La Meca y Medina. Entre los judíos, Jerusalén sería más bien un fuerte elemento simbólico mientras se anhelaba un retorno divinamente ordenado a una Jerusalén reconstruida (esto es, hasta el surgimiento del nacionalismo judío secular en el siglo XIX): cada tanto, un contingente de judíos de inspiraciones mesiánicas se mudaba a la ciudad y comenzaba una vida de santidad y ascetismo. Las pobres condiciones de vida y el hacinamiento dentro de las murallas de la antigua ciudad llevaron a la fundación de nuevos barrios ubicados fuera de los muros a partir de 1860.

La historia más reciente de la ciudad “eterna”
Ya en el siglo XX, frente a nuevas tensiones y dos levantamientos árabes en la década de 1920 contra el ishuv  judío y la política británica en la región, la ONU recientemente creada recomendó en 1947 un régimen internacional especial para la ciudad sagrada en el contexto del Plan de Partición. Sin embargo, la retirada británica fue simultánea a la Declaración de Independencia de Israel y el comienzo de la guerra, durante la cual Israel conquistó el sector occidental de la ciudad (enteramente compuesto de barrios nuevos ubicados fuera de las murallas antiguas) y Jordania anexó la parte oriental, incluyendo la Ciudad Vieja. Ambas partes destruyeron a partir de esta situación cementerios y sitios sagrados para el islam y el judaísmo, respectivamente, que habían quedado en el lado equivocado de la línea de armisticio, y los judíos vieron vedado su acceso al Muro. Esta situación duró hasta 1967: en la Guerra de los Seis Días, Israel reconquistó Jerusalén Este junto a Cisjordania, volviendo a controlar los sitios sagrados de las tres religiones. Restaurando el acceso judío al Muro de los Lamentos, Israel derribó tres días después de la conquista uno de los cinco barrios de la Ciudad Vieja (el hoy extinto barrio marroquí o magrebí) para construir una explanada que diera espacio a los feligreses judíos que asistieran al Muro, mientras que dejó las dos instalaciones islámicas a manos de un waqf, o fondo islámico. En una medida condenada internacionalmente, Israel anexó la parte oriental de la ciudad, unificándola y sancionándola legalmente en 1980 como la “capital completa y unida de Israel”. Los residentes árabes de su sección oriental recibieron residencia en la ciudad pero no ciudadanía israelí. Desde entonces, la ciudad es escenario de un plan de judeización por parte de las autoridades israelíes, que ha visto la construcción de barrios judíos nuevos en la zona en disputa.

Nada sobre Jerusalén es accidental. Incluso escribir su historia puede ser catalogado como propaganda, teniendo en cuenta que siempre estará influenciado en mayor o menor medida por alguna de las narrativas divergentes alrededor de la ciudad. En estas violentamente resumidas líneas, tenemos un pantallazo sobre la historia de una ciudad que ha despertado deseo, pasión y violencia durante sus largos siglos. En esta ciudad capturada y recapturada al menos 44 veces en su larga historia, muchos creyeron y creen actuar en nombre de Dios, sosteniendo un control sobre la ciudad que sería para siempre. Por su parte, la ciudad, única en esta historia en ganarse el apodo de “eterna”, seguramente se reiría de ellos si pudiera.

Fuente: Nuevasión
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