Visiones de paz

Mario Satz

Leemos en el Bahir o Libro de la claridad de la Kábala provenzal del siglo XII, que la paz es un acuerdo entre el agua y el fuego, un equilibrio entre lo que humedece y fecunda y lo que arde y aspira. Pero la paz o shalom es también aquel estado que se alcanza cuando se está completo, shalem. Esa integridad que es la paz nos recuerda que mientras experimentamos la falta, la carencia, nuestro ánimo está desasosegado. Así, pues, que desear a la paz es buscar en cierto modo la plenitud, el sentimiento de que nuestro presente contiene ya todo lo anhelado en emoción, pensamiento y acto. La famosa leyenda hebrea relativa a los treinta y seis justos o lámed-vavnik que sostienen el mundo y preservan el valor de su paz por encima de sus tendencias auto destructivas, nace de que en shalom o paz coexisten los vocablos lo y shem, el primero señalador, por su cifra, de lo que pertenece al Creador, sus guardianes o representantes, y el segundo, shem, que alude a uno de los nombres de Dios. A sabiendas o no, aquel que trabaje por la paz del mundo se aproxima a uno de esos treinta y seis justos.

Entre los griegos la paz o eirene, también tiene una connotación social, ya que el verbo eire, presente en esa palabra, alude a una asamblea, al lugar de reunión. De donde el fin último de la paz no es tanto el contentamiento individual cuanto la relación óptima inter pares, la argamasa de lo social antes que el derecho individual. Es cierto, sin duda, que si el individuo no está en paz consigo mismo difícilmente podrá estarlo con los demás, verdad indudable aunque limitada. Provisorios o no, los tratados de paz que se firman entre los pueblos conciernen a la dimensión social de la experiencia humana. Tal vez porque es la más difícil de realizar y la que más veces es nombrada, precisamente en las asambleas y los hemiciclos donde se desarrolla la vida política de nuestra especie. Entre los chinos, en cambio, an o la paz procede del pictograma nu, una mujer que se halla bajo techo, cosa que hace sentirse al hombre tranquilo, como si sólo ella pudiese servirle de eje y retorno, apoyo y reposo.

Pareciera que el alma china-tan bien reflejada en su escritura ideogramática-, quiere abundar en lo femenino de las cosas que merecen la pena, pues también en la idea de lo bueno o hao hallamos a la mujer junto al signo para niño, zi . Será bueno, entonces, y por lo demás pacífico, todo aquello que haga crecer las cosas y los seres, que les permita desarrollarse sin grandes contratiempos y con un mínimo de protección en sus hogares natales. En el otro extremo constatamos que lo malo es sin duda el exilio forzado, el desprecio de clase o religioso, que tal y como vemos se ceba ahora en los miles de refugiados sirios, en las gentes de Irak perseguidas por los yahadistas y obligadas a dejar atrás sus hogares.

En cuanto a que el estado bélico es aquel en que el fuego vence al agua, nos lo muestran los disparos, las bombas, los misiles y su devastadora huella. En su época, el Siglo de las Luces, Kant describió lo que a su juicio era o debería ser la paz perpetua, pero fue más un buen deseo que una realidad efectiva, ya que al parecer la guerra nos acompañará como especie hasta el fin de los tiempos. Apagada allá y encendida aquí, cruenta, errática, despiadada, por completo indiferente al sufrimiento y las quejas de quienes la padecen. Negar su carácter cíclico e irracional es simplemente postergar nuestra comprensión de ella. La guerra, entonces, es una invitada despreciable a la que es difícil sino imposible cerrarle la puerta.

Fuente: Porisrael
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