Entrevista a Mauricio Avayú: "Ser pintor es tener una capacidad de observación y una lógica distinta para mirar el mundo"

Por Michelle Hafemann

Mauricio Avayú cuenta que cuando presentó parte de la obra sobre la Torá en la que trabaja, específicamente los murales Génesis y XXXX, nunca esperó la cantidad de gente que había y menos la reacción de ésta ante su obra. Lo que tenía que ser una actividad de minutos, que precedía a la presentación del Orfeón de Carabineros en el encendido de la primera vela de Jánuca en la Comunidad Sefaradí, se extendió por sobre los esperado y dejó al artista sorprendido. ”Habían muchísimas personas y nadie se quería ir”. Este es quizás un anticipo de lo que va a ser la reacción del público cuando, en unos tres años más, Avayú (casado, 46 años, diseñador industrial y padre de cuatro hijos) presente al mundo el mural “Torá”, una obra monumental de 50 metros de alto por 2 de largo, dispuesta en un círculo –de manera que el visitante se pare al centro y gire para recorrerla-,  que será la primera obra de arte en representar el libro base del judaísmo y de las religiones más numerosas del mundo.  

Mauricio trabaja una técnica de origen renacentista muy exigente y con pocos exponentes en Chile. “Se llama Óleo a la Veladura”, explica, “y a diferencia de la técnica francesa que partió después, aquí los pigmentos son aguados, son velos. No es como la técnica de los impresionistas, que es gruesa, con espátula, es tosca. La gente del renacimiento tenía muchos dibujos porque el óleo no cubre la pintura, siempre está presente. Se trabaja capa sobre capa, por ejemplo si quieres un color saturado, tienes que dar muchas capas. Lo bonito es que queda con una limpieza y una transparencia  maravillosa. Y se ocupa un lápiz mina más bien duro, para que también se pueda trabajar en capas. En esta técnica además se achura, no se degrada con el dedo, entonces queda más limpio, se alcanzan a ver los poros de la tela”.

¿Cómo llegaste a esta técnica?

-Yo soy diseñador industrial, tuve cinco años de clases de pintura y dibujo en la escuela. Después quise llegar más lejos y conocí a Hernán Valdovinos, un pintor chileno que aprendió esta técnica en Italia, Florencia. En Chile quienes trabajan esta técnica, básicamente, son Hernán, Carmen Aldunate y yo. En esta técnica la pintura no va a salvar la obra, porque si no tienes un buen dibujo, no vas a tener una buena obra, a diferencia de lo que pasa en las técnicas expresionistas.

Entonces es una técnica muy perfeccionista.

-Terrible. La gracia es que permite hacer obras monumentales con detalles mínimos. Eso no te lo permite una técnica común y corriente con pincel. Se trabajan las telas sobre un elemento rígido, en mi caso una melamina, y cuando está la obra lista la fijas en los bastidores.

¿Cuántos años estudiaste con Hernán Valdovinos?

-Como nueve años. Fui discípulo de él hasta que llegó un momento en que ya tenía la sensación de que no aprendía nada y noté que era el minuto de volar solo. Eso fue hace tres años, cuando partí profesionalmente.

Es decir que durante un tiempo te dedicaste al Diseño Industrial.

-Sí, tuve una fábrica de muebles, después construí también, importé ropa de Colombia, hice muchas cosas, pero hoy me doy cuenta de que siempre fue desde la perspectiva del pintor. Por ejemplo, cuando construí yo le di un tono distinto a cada casa, y se vendieron muy bien. Cuando vendí ropa yo escogí un modelo de un pantalón especial y fue el que nunca se vendió, porque me fijé en un brillo de una piedrita y fue un cacho, invendible. A veces siendo pintor de naturaleza y jugar a otro oficio, te puede resultar a favor o en contra.

Tú sientes que eras pintor de naturaleza y hace tres años te conectaste con eso, entonces.

-Sí, porque lo que pasa es que ser pintor es tener una capacidad de observación y una lógica distinta para mirar el mundo. Y por eso que es tan difícil cuando uno, en países como el nuestro, decide dedicarse a otra cosa y da bote en lo que hace. Porque lógica de mirar las cosas es totalmente distinta.

O sea que no se pude negar la esencia de ser pintor.

-No. Así como la gente que no es pintor de esencia y estudia arte, va a salir con un título pero no necesariamente va a ser artista.

¿Y en qué minuto te diste cuenta tú de que no podías seguir negando tu esencia de pintor?

-Yo creo que para muchos, por cobardía, es mejor hacer otras cosas y no dedicarse a uno lo que siente que tiene que hacer. Pero llega un minuto en que no se puede seguir negando eso. Por ejemplo, yo tuve en un momento un local en Providencia y resulta que la persona que atendía no lo hacía bien, y entonces yo atendía también y lo hacía bien. Pero no podía dedicar todo mi tiempo a la tienda porque también tenía que inyectarle tiempo al arte. Y muchos de los cuadros, los primeros que hice, eran pequeños y los hacía detrás del mesón, mientras atendía. Y esos cuadros que yo hacía finalmente los vendía todos, y llegó un minuto en que me iba mejor en eso que en el local. Por descarte hice muchas cosas en mi vida y en todas me fue relativamente bien. Pero me di cuenta de que eso era lo que tenía que hacer.

Cualquier persona puede dibujar impecable, con formación y técnica todos pueden aprender a dibujar, lo difícil y lo que marca la diferencia de un artista es transmitir emociones. Y a mí me ha tocado muchas veces gente llorando frente a una de mis obras.

¿Y qué sensación te da eso a ti?

-Es lo que le da el sentido.

Ahí dices “Esta obra funcionó”.

-Exacto. Para eso se hizo. Me tocó un abogado famoso, que no sabía quién era y después supe, que lloraba en frente de una de mis obras, que era del Arcángel Gabriel. Y después él me contó que se le había muerto un nieto en el 27/F y que se llamaba Gabriel. Entonces de alguna forma la obra sirvió para que él se conectara con los sentimientos que tenía. A raíz de eso es que decidí pintar la Torá, porque pensé que qué historia más hermosa y más transversal que la de la Torá.

¿Siempre pintaste, desde antes de la universidad?

-Sí, a los 12 años –que vivía en Ecuador- hice unos dibujos bíblicos que publicaron en el anuario. Lo que pasa es que tú puedes tener mucho talento, pero cuando llegas donde un maestro de verdad, como Hernán Valdovinos, que te encamina y te corrige, ahí es cuando te enfrentas seriamente a esto. Además, cuando estudias, los primeros cinco años son de dibujo. Hasta que no dibujes como los dioses, no vas a poder tocar un pincel. Y yo en la segunda clase llegué con un dibujo que me había quedado haciendo en la noche anterior y Hernán me dijo “Tú tienes que haber sido pintor en otra vida y tienes que partir pintando ya”. Pero él me dijo que cuando me enseñara lo que me tenía que enseñar, mi pintura iba a agarrar otra altura. Yo ya tenía el estilo y el talento, pero él me pulió.

¿Desde siempre el tema religioso está presente en tu obra?

-En un principio partí con mitología, porque lo que pasa es que mis obras tienen un factor común, del que me di cuenta después, y es que siempre tienen una historia detrás, no son de carácter decorativo. Una vez una persona me dijo que era primera vez que un cuadro le hablaba, u otra que me compró un cuadro porque le daba paz. Muchas veces es la historia que hay detrás con lo que la gente se engancha. Y eso hace que la obra sea heredable.

Y eso que pasa con las obras de arte, ¿depende de la habilidad de las personas para interpretar el arte o del artista?

-Cuando uno pinta honestamente, sin estar pendiente del aspecto comercial de la obra, logra comunicarse con el público de la obra. Yo tengo una teoría, que no es mía en realidad, que es que uno tiene dos hemisferios en el cerebro, el izquierdo y el derecho, y el izquierdo hace que uno piense en ponerle o sacarle elementos a una obra para poder venderla mejor. Y cuando uno se entrega a ese hemisferio, finalmente la obra está contaminada. Cuando uno trabaja con el hemisferio derecho y se deja llevar y deja que la obra fluya, obviamente esa obra es una obra honesta. Por ejemplo, yo no pinto caballos porque están de moda y le gustan a la gente. Los pinto porque los caballos han sido para muchas civilizaciones el símbolo de la conexión espiritual. Entonces tal vez el caballo que yo voy a pintar no es el caballo que la gente quiere ver. Pero es mi responsabilidad que este “dejarse llevar” sea lo más profesional posible. En mi formación, yo estuve mese tirando líneas recta, sólo eso, y luego cuando terminamos yo dije “Por fin vamos a pintar” y no, ahí empezamos a dibujar curvas.

Es como la formación de “Karate Kid”.

-Tal cual y yo hice muchos años karate, entonces tenía claro lo que era ponerse bajo la enseñanza de un maestro. Y yo veía como compañeros se iban, no resistían.

Cuéntanos de la obra Torá, en la que estás trabajando actualmente. 

-En los años que he trabajado profesionalmente en la pintura me ha pasado que en mis exposiciones, si a alguien le gustaba una obra y tenía el poder adquisitivo, la compraba y se la llevaba. Pero el problema es que esa persona se lo lleva a su casa, lo cuelga y nadie más lo vio. Y los posibles mensajes o la luz que hay ahí nadie más los ve. Entonces pensé qué podía hacer para hacer una obra y conservarla, pero que al mismo tiempo me permita vivir del arte. Entonces se me ocurrió que podían haber patrocinadores, pero que éste se pudiera llevar la obra también. Es decir, tengo que pintar el mural dos veces. Eso permite que yo conserve un mural y así cada vez que se exponga, las personas se van a emocionar igual. Así más gente puede compartirlo.

¿Y cuánto estudiaste para trabajar en esta obra?

-Decidí ponerme a aprender, ir al origen. Mi señora me dijo “Tú estás loco, no cachas nada de Torá”. Y yo pensé, si me toma más tiempo, me lo toma. Y eso es un desafío, porque cuando uno está inspirado quiere agarrar la tela y ponerse a pintar, pero necesitas tener la base, la información de lo que vas a pintar ahí. Es un tema demasiado profundo, cada uno pinta de acuerdo a sus capacidades pero en el fondo yo no quería cometer errores de fondo. La parte estética es mía, porque la Torá no tiene imágenes, de hecho hay muchos judíos que piensan que las imágenes están prohibidas. Y yo lo consulté, incluso con rabinos de Jabad Lubavitch, y supe que las imágenes no están prohibidas, sino las figuras en tres dimensiones.

¿Qué partes de la Torá van a estar reflejadas en tu obra?

-Para Jánuca presenté Bereshit, el Génesis. El mural se divide en los cincos libros de la Torá, y cada una cuenta con ocho partes. Eso suma 40, que es un número cabalístico. Cada parte mide 2 metros de alto por 1.25 de ancho y esa  proporción es la misma del Arca de la Alianza. La idea de las partes es que el mural se pueda exponer en un círculo, tal como cuando se junta el principio de la Torá con el fin. Esto va a tener ocho metros de radio y cuando tú gires en 360° vas a tener la Torá, completa. Ese es el proyecto final.

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