La disciplina del Talmud

Edvard Zeind Palafox

Es muy fácil amilanar a un iletrado, pues confunde el lenguaje con el pensamiento. Los políticos, acostumbrados no a usar el lenguaje, sino a ser usados por éste, pocas veces piensan y pocas veces acuerdan entre ellos. En toda negociación siempre hay un problema, a saber: la conjunción de las representaciones, que siempre son diferentes en cada persona.

El diálogo sirve para afinar las representaciones, para lograr fugaces consensos lingüísticos, y no para armonizar sentimientos, como lo hace el vulgo. Todo dialogante honesto echa mano de un como “élan” bergsoniano, consistente en poner sobre la mesa, además de sus palabras, las representaciones que signa con sus palabras. Pocas personas se atreven a sacar a la luz sus representaciones, pues en ellas cualquiera puede leer nuestros verdaderos orígenes mentales.

El puro uso del lenguaje, así, ha llevado a judíos, musulmanes y cristianos a la “predicación analógica”, y a los jurisconsultos a la “interpretación analógica”. Si un judío quiere explicar las enseñanzas de Moisés a un cristiano, siendo Moisés para el judío máxima figura, a buen seguro imaginará, al hacerlo, una voz que secunda a la Divinidad; para el cristiano, en cambio, la voz de Moisés no será segunda, sino cuarta o tercera en importancia después de la voz de Jesucristo.

Representación es lo que hay entre el objeto y la palabra que usamos para señalarlo. Cuando las representaciones de dos hombres no son conciliables devienen cuatro posturas mentales típicas del individuo moderno, iletrado, y son: el escepticismo, el ateísmo, el deísmo y el politeísmo. La incredulidad, la negación, la imaginación y la multiplicación de entidades antes alejan a los pueblos que los juntan, pues nada se puede construir sobre la Nada ni con fantasmas. Ateos, deístas, etcétera, son presas fáciles de cualquier ideología.

¿Qué es ideología? Es una idea hecha dogma. Dogmático es quien tiene más respuestas que preguntas. Platón, que creía que había ideas primigenias, celestes, no demarcó con minucia la diferencia entre género y especie, lo que lo convirtió en un ideólogo, en un hombre dogmático armado de una respuesta, la gran Idea, para todas las preguntas (Sócrates también fue ideólogo, pues estibó su Ser sobre la Nada).

Retomando un pensamiento de Wittgenstein contenido en sus “Observaciones” recordemos que no hay que confundir lo gramatical con lo psicológico. El rojo, el verde, el amarillo, en fin, los colores, son “hechos” mentales gramaticales, mientras que los matices, los semitonos, el azul cielo, el verde agua, son “hechos” mentales psicológicos.

La Idea platónica nació, por ejemplo, de un “hecho” gramatical, es decir, de una representación nítida, clara, perspicua, “ideológica”, causal, “hecho” que dio pie al nacimiento de muchos agoreros. Grandes favores deben los cabalistas a los platónicos, neoplatónicos y pitagóricos. Pero el pueblo judío, sobre todo después de Scholem, mucho se cuida de caer en las trampas de la ideología recordando que el “Levítico” lo conmina para que no sea agorero ni intérprete de sueños.

El “Talmud” parece irracional, diluyente, o que da saltos jamesianos, porque no se rige por lo gramatical, sino por lo psicológico. El “Talmud”, con el diálogo, con la pregunta constante, perenne, matiza los misteriosos versículos de la “Torá”, los humana y los sublima. Ejemplifiquemos con unas líneas del “Éxodo” (33: 13) que dicen: “Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos”.

Una lectura gramatical o literaria haría del versículo cosa ininteligible. Pero Maimónides, en su “Guía de los perplejos”, da sentido humano a la palabra “camino”, que dice significa “atributos”. ¿Cuáles o cómo son los atributos divinos? ¿Pueden clasificarse como se clasifican los colores? No, por cierto. Los atributos divinos necesitan de la analogía para ser someramente sentidos. La semejanza, que viciosa para en metáfora y que virtuosa para en comparación crítica, es analogía. Milton comparó el escudo de Satán con la Luna, parangón que hizo decir al gran Johnson, ya ideologizado, con la mente poblada de representaciones nítidas, inadecuadas para meditar lo divino, que el autor del “Paraíso perdido” nos lleva con su arte hasta el mundo de la tecnología, del telescopio.

Los faltos de fe, los que no toleran la falta de imágenes, de gramática, de ideología, acaban en el escepticismo y demás vertientes. La tradición talmúdica, sabedora de tales reacciones humanas, procura educar las cabezas para que puedan aprehender en lo particular lo general o en el rostro del otro el rostro de lo divino. Levinas, hablando de la otredad, cita en su libro “Humanismo del otro hombre” el “Talmud de Babilonia” (“Tratado de Aboth” 6a), que dice: “¿Si no respondo de mí, quién responderá por mí? Pero si sólo respondo de mí, ¿aún soy yo?”.

Levinas, lector agudo del “Talmud”, en su obra “L´au-delà du verset” escribió: “The great power of Talmudic casuistry is to be the special discipline which seeks in the particular the precise moment in which the general principle runs the risk of becoming its own opposite, which watches over the general from the basis of the particular. This preserves us from ideology. Ideology is the generosity and clarity of a principle which did not take into account the inversion stalking this generous principle when it is applied or, to come back to image mentioned a moment ago: The Talmud is the struggle with the Angel”. San Agustín, en el libro VII de sus “Confesiones”, da gracias a Dios por haberlo hecho leer antes a Platón que a la Biblia, que lo dejó avisado de las ideologías paganas (“altanería”, “orgullo”, dice).

En palabras más sencillas, pobres, humanas, Levinas quiere decirnos que el talmudista nos muestra cómo pensar en el color rojo, por ejemplo, sin usar la palabra “rojo” y sin usar, por ende, toda la gramática de los colores que rodea a dicha palabra, gramática hecha de signos como “ardor”, “calor”, “amor”, “sangre”, “pasión”, etc. El rojo, así, tras largas meditaciones talmúdicas se aleja de cualquier ideología o lenguaje, y rompe sus cadenas sintácticas, y expandiendo sus matices con libertad suma queda solo, en puridad. Y tal pureza es uno de los infinitos atributos divinos.

Fuente: Diariojudio.mx
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