La doble estrella de Uri Rosenzweig

Por Augusto Catoia Fonseca


El jinete nació en Perú y fue criado en Chile desde los tres años. En 2013 rechazó una oferta para nacionalizarse israelí. “Me apasiona el espíritu del chileno, dice el premiado jinete, pero matiza: “Siempre me he sentido judío”.

En la cancha de equitación, el jinete siente las emociones de su caballo como si fueran uno solo. Pero sin el amor convicto a una bandera, esa experiencia incomparable cojea como un equino herido. Uri Rosenzweig se demoró un poco en llegar a esa idea, pero cuando lo hizo, se convenció de que es chileno. Siempre supo que es judío, pero hace dos años concluyó que no es israelí y rechazó la oferta de optar por la bandera blanca y azul. A ella le faltaba el rojo, el color de la chaqueta que suele usar en el lomo del caballo.

Uri cabalga desde los ocho años. Fue campeón nacional de equitación en 2008 y actualmente es parte de un grupo de cinco chilenos (entre ellos Samuel Parot, el nacional de mayor experiencia olímpica) que compite a lo largo de Europa desde 2013. Con 30 años, ha ganado seis grandes premios de equitación en el Viejo Continente. Entre ellos el certamen de Valencia (2013), Vimeiro (Portugal, 2014) y las dos veces que subió a lo más alto del podio en Jerez de la Frontera, incluyendo este año, con un segundo lugar en esa pista andaluza.

Rosenzweig nació en Perú, el país de su padre, y vivió desde los tres años en Chile, el de su madre. Iba al Estadio Israelita cuando vivía en en Santiago y estudió en el Instituto Hebreo desde prekinder a segundo básico (se fue a un colegio de deportistas, por haber comenzado a cabalgar). Por cierto, vive la religión judía desde su nacimiento.

“Me gusta que el Talmud enseñe que lo más importante es mejorar cada día y dejar una huella positiva en el mundo, y que mi credo vea a Dios como un ser misericordioso”, cuenta. Y agrega: “No soy un religioso fanático, pero no me acuerdo de una carrera que haya cabalgado sin rezar antes. De hecho, fui a mi sinagoga en Santiago las dos últimas veces que volví al país. E intento hacer kosher (seguir las leyes alimenticias de la religión) no comiendo cerdo, mariscos ni mezclando carne con leche, pero es muy difícil hacerlo en España y en Europa”.

Uri nunca tuvo una relación cercana con Perú; en cambio, su identificación religiosa lo ha llevado a Israel cinco o seis veces. “Jerusalén es una ciudad maravillosa. Y lo mejor que tiene es que allá viven cristianos, judíos y musulmanes que podrían matarse a palos, pero que conviven en paz. Allá recé tres veces en el Muro de los Lamentos, y es mágico… Cuando lo tocas, es helado. Y Tel Aviv (en la costa mediterránea) parece Miami. Es un país lindo, me iría a vivir allá”, cuenta.

Plantea que palestinos e israelíes deben vivir en armonía, como lo hacen en esas zonas. Eso es lo único en que piensa, pues dice: “Es necesario saber del tema del conflicto con profundidad, y no estoy informado lo suficientemente para emitir juicios sobre cuál de los dos pueblos tiene la razón”.

Dada esa cercanía con el país de Medio Oriente, Uri cree que la Federación Ecuestre de Israel lo ubicó por medio de registros de Bar Mitzvah y el contacto con la comunidad judía chilena, pues recibió en julio de 2013 una invitación para competir por Chile en las 19ª Olimpíadas Judías de ese año. En su disciplina, terminó en quinto lugar.

Según él, la invitación fue una indirecta a su nacionalización israelí. “Creo que los tiros iban a que me sintiera más ligado a Israel. Ahí ya se hablaba de si me interesaba o no saltar por ese país”, cuenta. Poco después de esa competencia, lo invitaron a optar por la bandera con la estrella de David.

Pensó mucho en esa propuesta. Como descendiente de alemanes que sobrevivieron al Holocausto y huyeron a Chile con las manos vacías, las penurias vividas por su pueblo pesaron en su mente: “No quiero ser el típico judío mártir, pero todos saben lo mal que lo han pasado. Incluso hoy es difícil ser judío en Europa. Y competir por Israel era una gran oportunidad para darle moral a mi pueblo”.

Su incertidumbre duró hasta que ganó en noviembre de 2013 su primer Gran Premio de Equitación, en Valencia. En el escalón más alto del podio, el jinete escuchó el himno nacional de Chile por primera vez en Europa y se convenció de abrazar la bandera del país donde creció.

“Cuando te imaginas ese momento, escuchando una canción que no es la tuya, tu labor pierde todo el sentido. Podría viajar para representar a un país del cual recibiría más apoyo, más dinero y con el cual sacaría mejores resultados, pero se me pasaría el amor dentro de la pista”, piensa.

“Fui criado en Chile y me apasiona el espíritu del chileno. Me encanta ese caballerosidad que tenemos, que nos lleva a darle una mano a alguien sin importar cuán ocupados estemos, y aunque digamos que no…”, reflexiona.

Para definirse como chileno, también logró distinguir su identidad judía de su nacionalidad y ahora vive ambas. “El judaísmo es una visión de mundo, un estilo de vida. Y ser israelí es tener una nacionalidad como cualquier otra, la cual va más allá de un credo. Hay muchos cristianos israelíes, por ejemplo. Yo siempre he sido judío, pero nunca me he considerado israelí”, explica.

El otro orgullo

Cuando resuena el himno de Israel también siente orgullo por sus raíces. “A veces me planteo que podría haber ganado una competencia y hecho sonar esa canción en países europeos donde se discriminan a los judíos”, dice al respecto. Reconoce que nunca fue víctima de antisemitismo ni presenció a nadie siendo ofendido por tal motivo, pero confiesa: “Siento nervios cuando tengo que ir a Francia, por ejemplo”.

Pero esas ideas pasan rápidamente, porque sobre todo se considera un embajador nacional en el deporte. Uri afirma que subsiste solamente por fondos de la empresa juguetera de su padre, además de la compra y venta de caballos, por lo que ve la difusión de la equitación en Chile como su gran misión personal. Tal propósito lo ha llevado incluso a competir en pleno YomKipur, día sagrado del judaísmo, en el cual los fieles oran continuamente y se abstienen de cualquier forma de trabajo. Eso sí, no dejó de rezar antes de subirse al caballo.

Hoy Rosenzweig vive como si viera la bandera chilena con una blanca estrella de David. Y en sus podios, quizás imagina el cielo azulado de Chile con estrellas de ese símbolo brillando sobre su cabeza.

Fuente: Latercera
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