Tradición: ¿cambio o continuidad? Respuesta al judaísmo Ortodoxo
(Cuarta parte y final)

Diego Edelberg


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Por un lado existe la creencia ferviente en la continuidad inalterada de la tradición y las Escrituras judías-una creencia claramente expresada en la formulación rabínica, “Todo lo que un estudiante está destinado a enseñar ya ha sido revelado a Moisés en el Sinaí”. (Talmud Ierushalmi Pea 2:6). De alguna manera lo que esta formulación nos está enseñando es que uno no arriba a las conclusiones de “la nada” sino que apoyándose en los escritos uno entiende algo y reconoce la fuente que lo inspiró. Y si esa comprensión que obtenemos es tan maravillosa y reveladora para nuestra propia vida entonces se nos impone la humildad de reconocer que debe pertenecerle a la tradición y no a nuestra efímera existencia.
Pero por otro lado los desafíos planteados por un mundo que cambia constantemente obligaron y obligan a adaptar las prácticas judías a las nuevas realidades sociales, culturales, políticas, religiosas e incluso geográficas con el fin de sobrevivir. Esto introdujo un constante proceso de innovación y cambio.

La conciencia de esta tensión entre continuidad y cambio ha estado siempre implícita en el judaísmo. De hecho la aceptación de esta tensión constituye el núcleo de una famosa leyenda contada por los propios rabinos. Los primeros Rabinos nos cuentan una historia que narra cómo a Moisés se le concedió el privilegio de visitar de incógnito -cientos de años después de su muerte- una clase en una yeshiva donde se estudiaba la Tora que él mismo había recibido de Dios en el Monte Sinaí. La clase la estaba dando Rabbi Akiva, el sabio judío más prominente del siglo II. Mientras Moisés escucha con emoción la discusión de la Tora, oye que Rabbi Akiva atribuye un tema particularmente difícil de responder como parte de una ley “dada a Moisés en el Sinaí”. Moisés se da cuenta que ni siquiera puede reconocer esta ley que está siendo discutida cuando la ley supuestamente había sido entregada a Moisés mismo. (Fuente: Menajot 29b).

Que los Rabinos hayan escrito una historia así y la hayan preservado solo puede enseñarnos una cosa: ellos sabían muy bien que el sistema legal sobre el que se construye todo el judaísmo ha sido reinterpretado de forma continua e incluso de manera innovadora para reflejar las realidades cambiantes del mundo en el que vivimos. Lo apasionante es que al mismo tiempo la ley se sigue entendiendo como revelada en su totalidad a Moisés en el Monte Sinaí sin necesidad de explicación o justificación. De hecho, la innovación y reinterpretación necesarias para hacer frente a las nuevas realidades nunca podría haber sido etiquetada como tal ya que eso hubiera roto los enlaces con la revelación divina en el Sinaí.

Las lecciones que los judíos tuvimos que aprender después de la destrucción del Primer Templo y la dispersión de nuestro pueblo por todo el Medio Oriente y el resto del mundo nos acompañaron a lo largo de toda la historia judía. Y estos desafíos se encuentran en el corazón de lo que el judaísmo es hasta el día de hoy.

¿Debemos hacer hincapié en la identidad étnica judía o en la distribución geográfica judía? ¿Debemos decir que somos realmente una religión o somos una forma de vida? ¿Debemos establecer esta “forma de vida” dondequiera que residamos del modo que el profeta Jeremías nos aconsejó o debemos restringirla a un solo punto geográfico siendo este lugar la tierra de Israel? ¿Cuánto de lo que somos es judaísmo “puro” sin interacción del mundo circundante? ¿Existe realmente algo así en la actualidad como “Judaísmo Verdadero“ que no haya sido afectado por la interacción con otras culturas? ¿Existe un judaísmo hoy que no posea nada de la interacción milenaria con otros pueblos a lo largo de todo el mundo? ¿Acaso no es el judaísmo el producto de tradiciones, valores y practicas consolidadas a partir de la interacción con otras culturas, tradiciones e idiomas?¿Qué vamos absorbiendo de cada lugar al que llegamos? y en forma inversa ¿qué absorbe de nosotros el lugar al que llegamos y la gente que allí vive? ¿Cuánto de lo que pensamos y hacemos es producto de la asimilación de las culturas a las que históricamente fuimos llegando? Sin un gobierno común, sin un lenguaje en común y sin una tierra en común durante toda la experiencia milenaria judía, ¿tenemos los judíos una historia o múltiples historias? O para decirlo de otro modo, ¿hay algo en común entre un judío que vivía bajo la dominación del Rey David en Jerusalem y un judío viviendo hoy en la comunidad judía de Hong Kong por ejemplo? Los judíos viviendo en el siglo XXI en Argentina, ¿tienen algo en común con el Rey Saúl, David, Salomón y todos esos nombres que leemos de la Biblia? ¿Existe una cultura judía inalterada o por el contrario existen culturas judías afectadas por la historia?

En otras palabras, ¿realmente no ha cambiado nada en el judaísmo?

 

 

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Para finalizar volvamos una vez más a los dos argumentos errados que presentamos al principio. Espero que hayamos podido entender que (a) el judaísmo ha cambiado en repetidas ocasiones y (b) el judaísmo Ortodoxo y los judíos Ortodoxos no necesariamente practican el mismo judaísmo que Moisés o Maimonides practicaban ni lo que ellos mismos llamaban “tradición judía”.

Lo que algunos judíos Ortodoxos creen y hacen (aunque paradójicamente el judaísmo Ortodoxo no requiere eso de ellos) es pretender que nada ha sido alterado, que el ser humano sigue siendo el mismo de siempre y que todo ha sido siempre igual. Incluso algunos imaginan que las preguntas del hombre moderno siguen siendo las mismas que del hombre antiguo o medieval. Podemos hacer esto ya que del mismo modo que podemos fantasear o imaginar nuestra muerte o nuestra inexistencia en el mundo podemos también imaginar que los judíos hace mil años se hacían exactamente las mismas preguntas que hoy y tenían los mismos desafíos. Definitivamente la realidad sigue superando a la ficción. Pero tenemos la posibilidad y capacidad de ponernos ese chip en la cabeza y como los locos creer lo que queramos creer. No es fácil cambiar ni abrazar la incertidumbre.

Es cierto que si cambiamos toda la tradición de la noche a la mañana -del modo que los primeros Reformistas lo hicieron- vamos a evaporarnos muy rápidamente. Pero por otro lado, si no aceptamos el cambio corremos el riesgo de momificarnos y terminar vistiéndonos como lo hacían los judíos de una pequeña parte de nuestra milenaria historia en la fría Rusia, aún cuando vivamos bajo los 35 grados de un caluroso verano en Jerusalem. (¿Tal vez en Jerusalem deberíamos adoptar una tradición más antigua o “verdadera” que la de los judíos que vivieron en Rusia y vestirnos como lo hacían los judíos Medievales en España con túnicas, turbantes y prendas de lino más cómodas para enfrentar otras condiciones climáticas?).

El judaísmo del año 2012, en cualquiera de las denominaciones, es diferente al judaísmo de los siglos pasados. Eso es así porque el tiempo cambia la historia y la historia inevitablemente cambia al judaísmo también, más allá que esto nos guste o no.

Como pueden observar, en todo este aspecto soy provocativo para algunos cuando definitivamente creo que el Pueblo Judío no es solamente el “pueblo elegido” sino que es “el pueblo que elige”. Y con esto quiero decir que este es un pueblo que, más allá que Dios lo designó como algo especial en la Tora, ha decidido asignarse a sí mismo el rol de ser una luz para la naciones y elegir siempre la vida, la continuidad, la ética, los valores, la moral, la justicia, el trabajo, la responsabilidad, el compromiso, la continuidad de su historia y la necesidad de generar cambios con el objetivo no solo de sobrevivir sino prosperar en la misión de esforzarse para cada día hacer del mundo un lugar mejor aproximándolo a la era mesiánica.

En tanto a través de nuestra propia libertad responsable somos un pueblo que elige continuar incluso si debemos cambiar y adaptarnos para seguir adelante.

 Fuente: Judíosyjudaísmo 
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