Entrevista a Isaías Sharon
"Quería dedicarme a algo que me hiciera sentido y que a la vez hiciera que a otros
les fuera mejor en temas que para ellos son importantes"

Por Michelle Hafemann

Foto: Sitio web Isaías Sharon.


Fue el telonero de Jordan Belfort, el Lobo de Wall Street, inspirador de la película de mismo nombre dirigida por Martin Scorsese. Es columnista estable de América Economía, La Nación, Radio Agricultura y El Mostrador, entre otros medios de comunicación nacionales. Isaías Sharon, -sicólogo de la Universidad de Santiago, poseedor de varios diplomas de postgrado (que se pueden revisar en el amplio currículum publicado en su sitio web, www.isaiassharon.com, donde también se accede a sus columnas y calendario de conferencias)- es Máster Coach Internacional, casado y padre de un hijo.

A los 27 años (ahora tiene 30), Isaías creó la empresa “Smart Coach”, la que cuenta actualmente con franquicias en Perú y Colombia, y está próxima a abrir en Miami, Estados Unidos. Cuenta que la creó durante el período en que estuvo en tratamiento de quimioterapia por un cáncer linfático en Fase 4 que le diagnosticaron en el año 2012, momento en el que se da cuenta de que quiere dedicar su vida a algo que ayude a otros a mejorar su vida.  

¿Cuánto tiempo estuviste en tratamiento por el cáncer?

-Como siete meses, estuve con quimios quincenales. Me lo encontraron en el mes de julio o agosto, no recuerdo bien, del año 2012, y era una cuestión que se arrastraba hace mucho rato. Yo había viajado a Brasil y cuando volví estaba resfriado. Pasó el resfrío y me quedó una tos, bien fea y fuerte, de esas que te duele la espalda cuando toses. Fui al broncopulmonar, me dieron primero un tratamiento para ver si era alergia, después intentaron con otra cosa. Me bajó, pero nunca se me fue. Y me hicieron millones de exámenes, todo lo necesario para saber de qué se trataba y darme el mejor tratamiento. En eso pasaron ocho meses sin diagnóstico. Hasta que la doctora que me atendía me dijo que lo mejor era hacer una cirugía de tórax y tomar una biopsia del pulmón directamente. Era carísimo, me acuerdo. Llegué hasta la Santa María donde un médico que me recomendaron, que era seco, el jefe del área en la clínica, y pregunté y tenía hora para enero. Y yo le dije que no podía esperar, ya llevaba ocho meses haciéndome exámenes. Me iba yendo y me llama la recepcionista para avisarme que una persona había cancelado una hora para el día siguiente, yo miré para arriba y dije “Gracias”. Al otro día llegué con cuatro bolsas llena de exámenes, de ocho meses de exámenes, y me acuerdo que me mira el doctor y me dice bien serio “¿Eres homosexual?”, y yo pensé me lo dirá por la camisa o por la chaqueta (bromea). Me explica que es porque tengo las defensas bajas, pero ya me habían hecho pruebas de VIH. Yo iba a entrar a un trabajo nuevo una semana después, y le dije al médico “Mira, yo sé que tienes una agenda muy ocupada, pero yo el lunes entro a un trabajo nuevo y necesito que me hagas esto ahora ya”. El tipo se muere de risa y me dice que primera vez que alguien le decía que tenía que operarse rápido para ir a la oficina. Entonces yo le pregunto cuáles eran los posibles diagnósticos, y entre las alternativas estaba el cáncer linfático.

Me quedé ese día en la clínica, al otro día me operaron y estuve cuatro días en recuperación con una manguera en las costillas y una bomba de vacío, que es una cuestión que mete ruido todo el día, es como vivir en una pecera. Cuando salí de la operación el tipo me dio el diagnóstico y a esas alturas ya se había venido mi hermano de Puerto Montt, estaba toda mi familia, y ya se sabía que era un linfoma, pero no se sabía qué tipo de linfoma. Entonces le dije bueno, necesito saber si tiene tratamiento y si tiene cura, y el médico me dijo que en muchos casos. “Entonces me quedo tranquilo”, le dije. Y el resto se vino súper rápido.

De hecho fue casi el mismo tiempo el que te demoraste en conseguir un diagnóstico que te tomó el tratamiento del cáncer.

-Sí, una vez que me dan el diagnóstico y me hacen la derivación, me atendí muy rápido en el Centro de Cáncer de la Universidad Católica. Me reuní con el oncólogo, a esas alturas yo ya había entrado a la pega, muy dopado, con los dolores más fuertes que he sentido en mi vida, terrible. Yo seguía con tos y cada movimiento era una estocada. Yo me levantaba a las cuatro de la mañana a tomar unas pastillas de morfina, para poder levantarme a las siete para arreglarme y salir.

¿Y no pensaste en postergar el cambio de pega?

-No.

¿En tu trabajo nuevo sabían el diagnóstico que tenías?

-Sabían que estaba en eso, pero no sabían cuáles iban a ser las implicancias, en términos de si me iba a tener que ir y cuánto tiempo. Y yo tenía la ilusión de que como tenía quimios cada quince días, hacérmelas los viernes y quedar planchado el fin de semana, para volver el lunes como pudiera. Y hacerlo llevadero. Eso le planteé al oncólogo en la primera sesión y él me dijo que para partir me iba a dar cuatro meses de licencia,  y yo le dije que no, que estaba loco, que yo iba a tomar las quimios los viernes e iba a volver los lunes a la pega. El tipo me dice “Isaías, ¿cuántas veces has tenido tú un tratamiento de quimioterapia en tu vida?”. Nunca, le dije yo, y él me dijo que no sabía de lo que estaba hablando y que no teníamos idea de cómo mi cuerpo iba a reaccionar a esto. “Esto no es para negociarlo”, me dijo, “lo que te estoy diciendo es lo que vamos a hacer y la otra opción es que no te trates”. Pero yo estaba ahí para mejorarme.

Este era un cáncer que estaba en fase 4, ya había llegado al pulmón, había una pelotota de siete centímetros al lado de corazón, de hecho yo tengo todavía los escáners y parecían un árbol de Navidad.

Entonces empezaste las quimios y renunciaste a la otra pega.

-Me fui con licencia, y mi jefe por supuesto me quería colgar. El tipo me había hecho una oferta inigualable y le duré menos que un Candy, no le agregué valor en nada, fui un cacho no más. Yo me sentía muy culpable.

Pero tú y ellos entendían que era algo que estaba fuera de toda planificación.

-No estaba dentro de mis planes.

Tú eres sicólogo de profesión. Hasta entonces, ¿en  qué área te habías estado desempeñando?

-Principalmente en consultorías para empresas, en temas de gestión y mejoramiento de procesos, políticas de recursos humanos. Estuve también en el gobierno anterior de Michelle Bachelet en un equipo asesor del Ministerio de Educación. Pero mayoritariamente eran consultorías y antes de eso estuve en una empresa de minería como Gerente de Capacitación y después me fui a abrir el área de Coaching de Ernst & Young.

¿Ya habías empezado a trabajar como coach, entonces?

-Había empezado mis estudios en el área de coaching, me había certificado, y era un tema que me gustaba, pero no me dedicaba full a eso. La consultoría era mi pega.  Tampoco había pasado mucho tiempo en cada trabajo, si recibía una buena oferta me iba, muy en la lógica del desarrollo de carrera. Ahora lo miro y no me hace ningún sentido. Lo encuentro una tontera, pero entiendo a la gente que está enfocada en eso. Pero a mí hoy día no me mueve un pelo.

Yo me fui con licencia pero no me puse inmediatamente a trabajar en el tema. Estaba como león enjaulad porque estaba sin hacer nada, a mí eso me estresa. Ahora, la primera quimio me la dieron hospitalizado, y quedé planchado. En el momento no me di cuenta, pero tengo fotos que me sacaron en esos días y era un bulto en un sofá, y caminar de la pieza al baño era agotador. No me dediqué inmediatamente a eso. Mi primera intención fue trabajar desde la casa para cumplir en la pega, y no lo hice nunca. Yo no había parado nunca y decidí parar y darle una vuelta. Y ahí en un momento de ocio, se me ocurre el nombre “Smart Coach”, porque en algún momento quería  dedicarme a algo que me hiciera sentido y a la vez hiciera que a otros les fuera mejor en temas que para ellos son importantes. Pero eso sin fechas, sin ánimo de armar la empresa, estuve semana jugando con los colores del logo y las fuentes de letras.

Para los mortales como yo, ¿puedes explicar en qué consiste el coaching?

-Primero, hoy día, como la cuestión está de moda y se vende, cualquier cosa es coaching. O sea, si yo soy peluquero, hago coaching estético; si soy guía turístico, soy coaching urbano. O sea, cualquier cosa. Y eso genera una distorsión brutal, porque al final no se sabe qué es. Entonces, ¿qué es esto del coaching? Primero, el coaching es una metodología de acompañamiento y de facilitación. Es decir, si te están diciendo qué es lo que tienes que hacer, eso no es coaching. Si te están aconsejando, tampoco. Si es una capacitación, no es coaching. Porque coaching es facilitar un proceso, no decirte cómo tiene que ser tu proceso. Segundo, en el coaching el experto eres tú, porque vamos a trabajar con tus habilidades, tus deseos, con tus proyectos, contigo, y nadie te conoce mejor que tú, incluso aunque uno esté tan confundido que no sabe lo que quiere. En el foro más íntimo, el que mejor sabe eres tú. Entonces, lo que uno hace es que, por medio de preguntas que tienen cierta estructura y una técnica, ir facilitando una experiencia que te permita a ti develar temas que te resulten significativos y que te ayuden a calibrar tu desempeño. Entonces, lo que antes yo hacía así, me doy cuenta de que si lo hago asá me acerco más a lo que yo quiero. Y lo que ayer no sabía que quería, ahora lo tengo claro y no sólo eso, sino que ahora voy a saber qué indicadores me van a  decir si lo estoy logrando o no. Todo ese proceso de acompañamiento es coaching. El proceso es como el pololeo, es mitad y mitad, pero el resultado es todo tuyo, porque por ejemplo al finalizar cada sesión tú te defines a ti mismo para seguir avanzando en tu proceso. Si tú no lo haces, es tú tarea. Si lo logras antes, es mérito tuyo.

Entonces la mejor forma de diferenciar entre lo que es coaching y lo que no, es quién hace las preguntas, quién tiene las respuestas y quién tiene la experiencia.

¿Y a quién le sirve el coaching? ¿Altos ejecutivos, artistas, quién?

-A ver, lo mejor es decir en qué no te va a servir. Si es un problema médico, no te va a servir. Si es un tema que tiene que ver con estructura de personalidad o trastorno, vas a terapia. Coaching no es terapia. Sí ayuda para todo el resto. Yo recuerdo una persona que llegó por un tema ejecutivo y el tema no era ese, el tema era que era madre soltera y su hijo tenía 18 años, y no se comunicaban. Esa persona lo que hizo fue desarrollar estrategias para generar confianza y llegó el segundo día de clases feliz, y con unas ojeras hasta el ombligo, y dijo “Mil disculpas, anoche nos quedamos hasta las cinco de la mañana conversando con mi hijo y fue una maravilla”. Entonces, a qué tipo de gente le sirve, a toda la gente que tiene las ganas de lograr algo y a lo mejor no sabe cómo hacerlo y a lo mejor necesita un acompañamiento para lograrlo. Lamentablemente tiene una barrera importante de precio, si uno quiere hacerlo con profesionales de peso.

Es caro.

-Sí, es caro, y eso es una limitante. Y en virtud de eso por ejemplo, en “Smart Coach” nos enganchamos con un proyecto que se llama “Escuela Social del Retail” y que es un proyecto que está orientado a la inserción laboral, pero que dentro de eso nosotros incorporamos un módulo de coaching de vida y que llega a gente de escasos recursos. Es un proyecto de una consultora que se llama Acento con la “World Youth Foundation”, de EE.UU.,  en alianza con SENCE y con Wallmart. No es tanto como uno quisiera ni tan individualizado, pero ha sido muy bonito llevar una herramienta para seres humanos, independiente de cuánto ganan. Y ver que de repente cabros que no tienen idea qué van a hacer con su vida, vienen de situaciones vulnerables o de escasez en todo ámbito y ver lo que pasa ahí, eso ha sido muy bonito. Por lo menos para mí, como dueño de la empresa, es un proyecto que quiero harto, porque creo que llevamos algo que funciona independiente de si puedes o no pagarlo. Y además llevarlos a hacerse preguntas que en realidad no tienen tiempo para hacer, porque están ocupados en ver cómo llevan la comida a su casa.

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