La heroica lucha de los kurdos contra el ISIS

Michael Totten


En la provincia siria de Hasaka, donde convergen las fronteras turca e iraquí, los guerrilleros de las Unidades de Protección Popular (YPG, por sus siglas en kurdo) han hecho huir al Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIS, por sus siglas en inglés) y recuperado dos localidades de las inmediaciones de la durante tanto tiempo sitiada ciudad de Kobani, en la frontera turco-siria.
Mientras, los peshmergas iraquíes han forzado al ISIS a abandonar Sinyar, cerca de Mosul, la segunda ciudad del país y escenario de horribles matanzas contra la minoría yazidí el año pasado. Cinco mil civiles fueron asesinados, miles de mujeres fueron convertidas en esclavas sexuales y decenas de miles de personas fueron obligadas a huir a las montañas sin agua ni alimentos.

Para Washington, Sinyar fue la penúltima gota -y el principio de la guerra entre el Kurdistán iraquí y el ISIS-; la última cayó pocas semanas después, cuando una columna del ISIS fue directa a Irbil, capital del Kurdistán iraquí, a bordo de Humvees norteamericanos robados al Ejército iraquí en Mosul.

El kurdo es el único pueblo de la región cuyo espíritu de combate supera al del ISIS; y, a diferencia de lo que sucede con el ISIS, casi todos sus combatientes son reclutados domésticamente. Los kurdos no han hecho llamamientos mundiales al respecto. No irrumpen en las redes sociales en busca de jóvenes extranjeros insatisfechos. Con sólo un puñado de excepciones, nadie de fuera de la región se ha presentado voluntario a luchar con ellos. Reciben poco apoyo de Occidente y ninguno de los vecinos.

Es alucinante que con tan poco apoyo sean capaces de mantener un muro de contención de cientos de kilómetros contra un enemigo tan tremendo, pero lo cierto es que los kurdos llevan decenios teniendo mejores fuerzas de combate que los Estados árabes. Poco después de la primera Guerra del Golfo, los chiíes y los kurdos iraquíes protagonizaron levantamientos simultáneos contra el Gobierno de Bagdad, y consiguieron arrebatar la mayor parte de Irak a Sadam Husein. Éste se las apañó para machacar a los chiíes y reconquistar las zonas que habían tomado, pero su Ejército -el cuarto mayor del mundo en aquel entonces- no pudo con los kurdos en el norte. En el Kurdistán, las mujeres y los niños abandonaron a pie las ciudades y se refugiaron en las montañas, mientras los hombres se mantuvieron firmes y se deshicieron del régimen una década antes de que éste cayera en el resto del país.

Combatir contra los kurdos es un poco como hacerlo contra los drusos libaneses o contra los israelíes. Es como tratar de invadir y ocupar Texas. Sólo los líderes del ISIS están tan ebrios de beligerancia ideológica como para pensar que pueden vencer a quienes derrotaron a la maquinaria militar de Sadam Husein mientras todos los demás que lo intentaron fueron masacrados.

Ahora bien, el ISIS está aprendiendo, y sus comandantes están demandando un alto el fuego a los peshmergas. Sin embargo, los kurdos están aún menos inclinados que los americanos a negociar con quienes el jefe de Policía de Kirkuk denomina “serpientes ciegas”. Nos separan del ISIS dos continentes y un océano, pero reparemos en que una persona en buena forma puede caminar desde Mosul hasta la región autónoma kurda en menos de un día, y esa frontera es tan potencialmente porosa como la mexicano-estadounidense.

El Gobierno central y el de la región del Kurdistán andan planeando arrebatarle Mosul al ISIS este mismo año, pero Bagdad detesta brindar demasiada ayuda a los kurdos en el entretanto. El Kurdistán es aún, al menos técnicamente, parte de Irak, y sus funcionarios tienen que demandar al Gobierno central dinero y armas. Bagdad a veces dice sí, a regañadientes, y otras no. Todo el mundo sabe que los kurdos quieren su propio Estado, y el Gobierno central no quiere que se fortalezcan tanto como para que manden a tomar viento al resto de Irak, con sus malditas consecuencias.

Así pues, los kurdos necesitan ayuda del exterior, pero no están recibiendo mucha. Bayan Tahmán, representante del Gobierno Regional del Kurdistán ante EEUU, dice que la mayoría de los cargamentos de armas prometidos por los americanos aún no les han llegado.

Washington teme tanto soliviantar a Bagdad y a Ankara, ambas hostiles a la independencia kurda, que sigue dispuesto a hacerse el loco con sus únicos aliados genuinos y competentes en esa parte del Medio Oriente. Los kurdos son, de lejos, el pueblo más proamericano de la zona, más incluso que los israelíes, y la única razón por la que no son aún lo suficientemente poderosos como para obtener el reconocimiento internacional es que aún no han alcanzado una completa independencia. Tantos años después, siguen siendo el mayor pueblo sin Estado del mundo y siguen siendo tratados como ciudadanos de segunda en beneficio de Turquía, que ha sido ominosamente poco útil en el Medio Oriente durante más de una década, y de Irak, que es de facto un Estado cliente de Irán.

Puede que llegue el día en que Estados Unidos se aclara con su política de alianzas. Mientras, los kurdos están haciendo el trabajo duro prácticamente solos, sin recibir demasiado reconocimiento ni, menos aún, agradecimiento.

 Versión original (inglés): World Affairs Journal
Versión en español: elmed.io 

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