La historia de un secreto del holocausto que viaja en siete cajas

Natalia Junquera

Dory Sontheimer, el pasado jueves en Madrid. / CARLOS ROSILLO


En los últimos años de su vida, Rosa olvidó el castellano. Solo hablaba en alemán y a veces gritaba sobresaltada, en su casa de Barcelona: “¡Viene la Gestapo!”. Su hija, Dory Sontheimer, trataba de calmarla pensando que eran desvaríos de la enfermedad. Cuando el 7 de octubre de 2002, tras enterrar a Rosa, Sontheimer volvió a la vivienda para hacer limpieza, se encontró, en el altillo del armario de la que había sido su habitación, siete cajas numeradas con la herencia que sus padres le habían dejado: un doloroso secreto en forma de cartas, fotos y documentos que explicaban cómo 30 miembros de la familia, entre ellos, sus abuelos maternos, habían muerto en el holocausto. Tras escribir un libro, Las siete cajas (Editorial Circe) con todo ese material, ha dedicado los últimos meses a buscar a parientes de aquellas víctimas. Una labor casi detectivesca que la ha llevado por una decena de países. 

Rosa se llamaba en realidad Rosl. Sus padres la habían enviado de Friburgo (Alemania) a Barcelona en 1933, cuando el acoso a los judíos —Hitler era canciller desde ese enero— empezaba a ser evidente. En Barcelona conoció a Kurt, otro joven alemán al que su familia había mandado a España por idénticos motivos. En 1936 se casaron por lo civil. Y en agosto de 1939, por la Iglesia. Kurt y Rosl cambiaron de nombre (Conrado y Rosa) y religión para tratar de pasar desapercibidos en la España franquista. “Franco había sido aliado de Hitler. Huían del fascismo, pero aquí se encontraron una dictadura similar”, relata Sontheimer, de 69 años, que fue educada en el catolicismo y enviada a un colegio de monjas.

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Una de las cajas que Sontheimer encontró en el altillo.

 “Mis padres dejaron aquellas cajas numeradas y dentro, los documentos ordenados cronológicamente. Detrás de cada foto, mi padre había escrito el lugar, la fecha y los nombres de mis familiares. Él escribía a máquina y acompañaba cada carta recibida con una copia de su contestación. Querían que yo conociera su historia, que resolviese ese puzle humano. Pero no lo hicieron en vida por miedo”, explica Sontheimer, farmacéutica de formación. Sus hijos le regalaron en 2006 su primer curso de narrativa para animarla a escribir el libro. 

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Lina Levi y Eduard Heilbruner, abuelos maternos de Dory Sontheimer.

Durante el día, pasaba horas y horas leyendo el horror del que sus padres la habían protegido siempre. Y por las noches, soñaba con lo que había leído. Pasaban por su mente — “como en una película”— las dramáticas escenas que relataban aquellas cartas y documentos; Su abuelo paterno, Max, que había sido cónsul alemán en Cuba, metiendo su vida entera en una maleta, como muestra el listado oficial de las pertenencias con las que tuvo que abandonar su casa en Nuremberg con su mujer, Rosa, el 1 de abril de 1939: “4 cubiertos, 1 cepillo pequeño, 4 pantalones, 3 camisas, 2 anillos de boda...”; Su abuela materna, Lina, trasladada al campo de Gurs el 27 de octubre de 1940 — “Enviar urgente ropa caliente, zapatillas, víveres...”, pide en un telegrama— y el 30 de agosto de 1942 al campo de Les Milles: “Mi querido Kurt, como no sé si dentro de unas horas o días nos trasladarán, deseo felicitarte por tu cumpleaños (...) Nunca pensé que a nuestra edad tendríamos que vivir esto y como la esperanza es lo último que se pierde, espero que podamos ser rescatados en el último momento. Por favor, no os preocupéis más”.

Lina nunca llegó a conocer a su yerno. Murió con su marido, Eduard, en las cámaras de gas de Auschwitz. “Mi abuela tenía entonces la edad que yo tengo ahora”, explica Sontheimer, emocionándose.

Cuando terminó de leer, quiso saber más. Devoró libros de historia y se puso a buscar a parientes de esa familia rota por el holocausto. “En los últimos meses, he viajado a Tel Aviv, a Buenos Aires, a Praga, a Boston, a Montreal, a Nueva York... y ahora voy a Londres. Gracias a esas siete cajas, mi familia ha crecido en 25 personas. Los reencuentros han sido muy emotivos”, explica.

Quiso pisar también los escenarios del horror. Visitó Auschwitz — “conté los pasos que había desde el andén de la estación hasta las cámaras de gas: 1.350”— y después los grandes museos sobre el holocausto, donde localizó entre miles los nombres de sus familiares. “Impresiona mucho. Siempre hay alguien al lado llorando y piensas: ‘¡Cuántas familias destrozadas! ”.

Fuente: El País
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