Funeral Matilde Pessa y Jacobo Stoulman ‎

Vanessa Goecke - CPJ - Meretz Chile


Hoy asistí a un funeral. Es el funeral de los padres de mi amiga Jenny Stoulman Pessa y sus hermanas Sara y Alejandra.

Esta mañana, cuando se lo conté a mi hija, incidentalmente, a propósito de coordinar su llegada hoy a casa (yo podría demorarme), Rivka me preguntó, ¿por qué ambos padres? --ningún detalle se escapa a la atenta escucha de los niños-- fue un gran desafío explicar a mi hija, de diez años, que en nuestro país hay personas desaparecidas. Y que hay otras personas que llevan años esperando noticias de ellos.

Cuando le conté que ellos fueron secuestrados y hechos desaparecer hace muchos años, cuando las hijas estaban en el colegio, ella me preguntó --naturalmente-- ¿quién las cuidó entonces? Yo le contesté: su abuelita. Hubiera deseado decirle que toda una comunidad las apoyó, pero no fue así. Incluso en nuestra enmarañada comunidad el miedo, y sobre todo el prejuicio pudo más en ese momento, aún cuando no eran personas que tuviesen militancia conocida. Un gran manto de silencio y especulaciones cubrió sus destinos por largos años.

Me preguntó mi hija entonces, cómo los habían encontrado. Le expliqué que aparecieron restos óseos de ellos, porque murieron hace muchos años. Y ella quiso saber cómo podían este seguros de que eran de ellos. Le dije que por pruebas de ADN. "Ahhhh esa de la saliva y el pelo" (Los niños y niñas saben más de lo que creemos).

Después de reflexionar un momento, me dijo: "¿El gobierno tiene una lista de todas las personas? Es difícil saber, son tantas personas"  Yo le expliqué que hubo "sólo" un poco más de mil "desaparecidos" en esos años, por lo que la lista es más pequeña que todo el país. Y que algunos habían sido ya encontrados. "¿Vivos?" me preguntó. "No" le respondí. "Y aún faltan muchos"  Y le conté que nosotras tenemos más amigos  que buscan a sus familiares todavía. Ella me miró y me dijo con gesto solidario: "Qué pena".

¡Ay hija! ¡Si fuera sólo pena!. A tu edad está perfectamente bien sentir empatía con ellas, las tres adolescentes que de improviso perdieron a sus padres. Preguntarse quién las cuidó e imaginar la tristeza de no encontrar a quienes se quiere.

Pero nosotros los adultos tenemos mucho más que pensar: qué violencia, qué injusticia, qué impunidad. Y ni siquiera puedo prometerte que estas son cosas que nunca volverán a ocurrir en este país.

¡Hay tanto por hacer aún y tantas mezquindades que lo obstaculizan!.

No faltará quien esté pensando, por qué compartir esto con nuestros hijos e hijas. En principio podría decir que yo siempre he contestado con la verdad a mi hija, cuando me hace preguntas. Pero es más que eso, en este caso. Es indispensable estimular la empatía, la comprensión de la historia y la voluntad de justicia en ellos. Decirles claramente que ninguna diferencia justifica semejantes actos de inhumanidad. Porque eso son. No es un castigo a ningún tipo de culpa. No es una acción legitima del poder estatal. Nada justifica hacer desaparecer personas.

Claro que omito para ella, por ahora, ciertos detalles. La tortura por ejemplo.  Porque estas muertes no ocurrieron "simplemente". Los padres de mi amiga fueron secuestrados en el aeropuerto de Ezeiza en Argentina. Traídos clandestinamente a Chile. Llevados al cuartel secreto de Simón Bolívar. Y allí los torturaron brutalmente ¿Cuánto tiempo? ¿Quiénes? ¿Con qué fin? y los asesinaron. Nadie salió vivo de ese lugar, para poder contestar estas preguntas. Salvo los propios torturadores y asesinos.

Tampoco le he hablado de los intentos por ocultar la verdad. De que los cuerpos fueron enterrados, desenterrados, explotados, y vueltos a esconder. Ni de la complicidad del Estado en velar la justicia, protegiendo a los culpables, que eran funcionarios del Estado además. De las múltiples formas de denegar justicia o reducirla a un mínimo a través de "chivos expiatorios", que no incomodan: un pequeño grupo de culpables (que lo son, sin duda) pero  que parecen cumplir penas por muchos otros, impunes, intocables,  aún acomodados en el poder militar, económico, político y social. Y resguardados por el secreto de archivos velados por el propio Estado.

Si ella necesita más explicaciones, más tarde las tendrá. Pero mientras tanto, insisto, ¡queda tanto por hacer!. Ahora. No en diez, veinte ni cincuenta años más. Y está en nuestras manos y en nuestras voces. Debemos exigir realmente verdad y justicia, en este y en todos los casos... Y educar a nuestros hijos en una cultura de respeto, justicia y solidaridad.

 Comparta este articulo con sus contactos:
      
 
 
Ir a página principal