Fútbol con historia en Berlín

María-Paz López

El remodelado Estadio Olímpico de Berlín despliega su espectacular y pacífica infraestructura deportiva PATRICK LUX / ‎AFP
(captura de pantalla de La Vanguardia)‎


El estadio donde se jugará la final de la Champions ilustra el convulso pasado de la capital de Alemania | El Olympiastadion albergó los Juegos de 1936, con Jesse Owens triunfante ante Hitler | Berlín optó por aceptar el tenebroso origen de su estadio y reutilizarlo para bien.

El estadio berlinés que el próximo sábado albergará la final de la Liga de Campeones condensa como pocos otros lugares la convulsa historia contemporánea de Alemania, e ilustra muy bien cómo el país ha logrado reelaborar ese pasado ominoso. El Barça y el Juventus saltarán a un terreno de juego que ha sido testigo de acontecimientos deportivos gloriosos, pero que sirvió también para ensalzar una ideología totalitaria.

Construido por el régimen nazi para albergar los Juegos Olímpicos de 1936 –los últimos antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial–, el Olympiastadion (Estadio Olímpico) sobrevivió a los bombardeos aliados. Después, sus sucesivos gestores valoraron sus bondades como infraestructura y su belleza arquitectónica en detrimento de sus connotaciones iniciales y decidieron no consignarlo al almacén de la historia.

Gracias a esa visión, se conserva y se utiliza en el verdor del bosque de Grunewald, en el distrito de Charlottenburg-Wilmersdorf, un magnífico estadio, que fue rehabilitado y modernizado para acoger algunos partidos del Mundial de fútbol del 2006. A su interior se asomarán el sábado millones de telespectadores de todo el mundo para ver al FC Barcelona y al Juventus pe­lear por el título de campeón europeo. Habrá ahí casi 20.000 seguidores del Barça y otros tantos del Juventus, en un campo con capacidad para unos 74.450 espectadores sentados.
En la cita, verán fútbol y verán historia. Werner March, el arquitecto que diseñó el Estadio Olímpico entre 1934 y 1936, concibió un coliseo armonioso, que los mandatarios nazis explotaron con habilidad para sus fines. En su antigua tribuna de honor (la actual tribuna es posterior), Adolf Hitler inauguró los Juegos del 36 y siguió las competiciones.

Fueron los Juegos del nazismo, la propaganda y la tensión racial, y los primeros del deporte como espectáculo de masas. Por primera vez, unos Juegos Olímpicos tuvieron cobertura radiofónica mundial. En Berlín, se transmitieron también por televisión. Por iniciativa alemana, se creó la costumbre de trasladar en relevos la antorcha desde Olimpia en Grecia hasta la sede de los Juegos. Tres mil corredores lo hicieron ese verano de 1936 para llevar el fuego olímpico a Berlín.
Su gran estrella fue el atleta afroamericano Jesse Owens (Oakville, 1913-Tucson, 1980), que ganó en este estadio cuatro medallas de oro: 100 metros lisos, 200 metros, salto de longitud y relevos 4×100. El triunfo de un atleta negro incomodó al régimen nazi, que había promulgado las leyes raciales el año anterior y había impedido competir en los Juegos a los deportistas alemanes judíos. De hecho, hubo un intento de boicot internacional por esos motivos, pero no prosperó.

Nazis en el Estadio de Berlín

Imagen de la antorcha olímpica llegando al Estadio Olímpico de Berlín, rodeada de hombres uniformados y esvásticas, el 1 de agosto de 1936 Getty Images / Getty (captura de pantalla de La Vanguardia)
También en los Juegos de 1936, la cineasta Leni Riefenstahl rodó el documental Olimpiada, una obra maestra actualmente propiedad del Comité Olímpico Internacional (COI), para el que ella misma concibió nuevos útiles de rodaje para el deporte, como instalar cámaras en rieles para seguir el movimiento de los atletas. Las actuales transmisiones televisivas de deportes son deudoras del talento y la intuición de Riefenstahl, cuya obra es tan aclamada como controvertida pues, aunque excelsa, en su estética muchos críticos cinematográficos detectan una ideología nazi.

Aunque tras la guerra el estadio tuvo diversos usos, su gran rehabilitación como recinto deportivo fue acometida entre el 2000 y el 2004 por el estudio de arquitectura de Von Gerkan, Marg y Asociados. Así remozado, en la final del Mundial del 2006 el estadio brilló ante una audiencia planetaria con su espectacular cubierta volada. Fue una culminación.

En realidad, el Olympiastadion podría tomarse como paradigma de una ciudad que ha sabido reinventarse después de una contienda que la dejó arrasada, y después de 28 años dividida debido a la guerra fría. Porque desde la caída del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, la que se convertiría de nuevo en capital de Alemania ha experimentado una renovación espectacular.

En estos veinte años, Berlín ha alcanzado su actual cetro de metrópoli internacional, the place to be (el lugar en el que estar), como decía –así, en inglés– el anterior alcalde, el socialdemócrata Klaus Wowereit. Este burgomaestre, bajo cuyo liderazgo se produjo el despegue cosmopolita de Berlín, es también autor de una frase que hizo fortuna: en el 2004 calificó su ciudad natal, que gobernó durante trece años, de arm, aber sexy (pobre, pero sexy).
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Hoy, la ciudad es el tercer destino turístico europeo por detrás de Londres y París. Su ingrata historia reciente se ha convertido en una baza turística; los vestigios del horrible pasado nazi como capital del III Reich y los de la partición de la ciudad entre la Alemania occidental y la extinta pro-soviética República Democrática Alemana (RDA) son rastreados por los turistas. En el 2014, Berlín recibió 11,9 millones de visitantes, que realizaron 28,7 millones de pernoctaciones.
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La antigua cicatriz del Muro dejó huecos que han sido aprovechados, como el Mauerpark (parque del Muro), una zona ajardinada lineal en Prenzlauer Berg, antiguo barrio del Este. Y la proyección de Berlín al recuperar la capitalidad tras la reunificación de Alemania en octubre de 1990 fomentó proyectos sobre memoria histórica y pasado nazi, como el Monumento al Holocausto o el Museo Judío. En espacios nuevos surgieron el Velódromo o la Ludwig Erhard Haus, con su curiosa forma de armadillo.
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La historia de los edificios permanece en ellos, pero los berlineses optaron por asumir el tenebroso origen de su bello estadio para reconvertirlo en una luminosa infraestructura deportiva. Desde hace muchos años alberga acontecimientos felices, como esta nueva final de la Champions.

Fuente: La Vanguardia
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