Jan Karski, mensajero y memoria del ‎Holocausto

Rafael Narbona

Rafael Narbona, escritor y crítico literario


En 1942, Jan Karski, enlace del Estado polaco en el exilio, se entrevistó con dos líderes de la Resistencia judía: Ignacy Schwarzbart, abogado y antiguo parlamentario, y Szmul Zygielbojm, uno de los principales dirigentes de la Unión General de los Obreros judíos. Los dos se quejaron amargamente de la indiferencia de los aliados, que hasta la fecha no habían adoptado ninguna iniciativa para frenar la política de exterminio del Reich alemán contra los judíos europeos: “¿Por qué el mundo permite que muramos todos? ¿No hemos contribuido a la cultura, a la civilización? ¿No hemos trabajado, combatido y sangrado?”. Ambos le informaron que al menos un millón de judíos ya habían sido fusilados por los Einsatzgruppen, “grupos de trabajo” o escuadrones móviles compuestos por voluntarios de las SS y la policía. Karski visitó clandestinamente el gueto de Varsovia y la experiencia le causó una profunda conmoción: hambre, miseria, rostros demacrados. Los cadáveres yacían desnudos en las calles, pues nadie podía pagar las tasas de enterramiento y hasta el más pequeño trozo de tela era vital en un clima de escasez extrema. De vez en cuando, los soldados alemanes disparaban a los transeúntes por simple diversión. Los niños, con el vientre horriblemente hinchado, y los bracitos y las piernas desnutridos, jugaban en la calle. “Juegan antes de morir –comentó el guía de Karski-. En realidad no juegan. Sólo hacen como si jugasen”.

Karski realizó varios sobornos para visitar el campo de Izbica, donde familias enteras esperaban la deportación en trenes de ganado. Sin alimentos ni agua, gemían desesperadas, implorando al menos un techo para protegerse de la intemperie. Los guardias les contenían a culatazos, burlándose de su desesperación. Los que se atreven a negar el Holocausto, señalan que en Izbica no había cámaras de gas. Es cierto, pues no se trataba de un campo de exterminio, sino de un rudimentario campo de transición. Karski, que se disfrazó de guardia ucraniano para visitar el recinto, lo confundió con Belzec, donde se asesinó a medio millón de deportados con monóxido de carbono. Detenido por la Gestapo, Karski fue brutalmente torturado, sin delatar a sus compañeros. Intentó suicidarse por miedo a no soportar nuevos interrogatorios. Se abrió las venas, pero le descubrieron mientras se desangraba y le trasladaron a un hospital, del que se fugó con la ayuda de la Resistencia.

La noche del 17 de diciembre de 1942, Edward Raczyński, ministro de Asuntos Exteriores del Estado polaco en el exilio, habló en la BBC, empleando los informes de Karski para comunicar al mundo que la Alemania nazi perpetraba un genocidio en los países ocupados. Su alocución pasó desapercibida. Karski no se resignó a que la matanza prosiguiera y viajó a Londres para entrevistarse con Anthony Eden, ministro de Asuntos Exteriores británico. Eden le escuchó, impresionado por el aspecto de Karski, con el rostro desfigurado por la tortura. En cambio, Churchill inventó absurdos pretextos para evitar el encuentro. El presidente Franklin D. Roosevelt le escuchó en la Casa Blanca, sin prestar mucha atención a su testimonio, desviando la conversación hacia cuestiones triviales. Al evocar sus infructuosas gestiones, Karski no pudo reprimir su indignación: “La humanidad ha cometido un segundo pecado original: por obediencia o por negligencia, por ignorancia autoimpuesta o por insensibilidad, por egoísmo o por hipocresía, incluso por frío cálculo. Ese pecado atormentará a la humanidad hasta el fin del mundo. Ese pecado me atormenta. Y quiero que así sea”.

Karski se casó con Pola Nirenska, una actriz judía que había perdido a toda su familia en un Lager nazi. Incapaz de soportar los recuerdos, Pola se suicidó en 1992, arrojándose al vacío desde un undécimo piso. Karski murió ocho años más tarde. Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Georgetown, nunca aireó su pasado en presencia de sus alumnos. Había publicado Historia de un Estado clandestino en 1944, con la intención de despertar la conciencia del mundo. El libro se vendió relativamente bien, pero no produjo el efecto esperado. El papel de Karski como primer mensajero del Holocausto cayó en el olvido, pero en 1978 el director de cine Claude Lanzmann le entrevistó para Shoah, el documental de casi diez horas de duración que se considera el mejor trabajo de investigación audiovisual sobre el Holocausto. Su estilo poético y digresivo, con sus largos silencios y sus planos panorámicos, captura con la precisión de un bisturí el sufrimiento de los supervivientes y la infamia de los verdugos. Karski aparece en la cinta, relatando su experiencia. Varias veces interrumpe su testimonio, desbordado por las emociones. Shoah se estrenó en 1985, obteniendo un reconocimiento unánime. Los alumnos de Karski descubrieron entonces que su amable y erudito profesor era un héroe. Cuando apareció en el aula, se pusieron en pie y le dedicaron una larga ovación.

Justo entre las Naciones desde 1982, Karski era católico, pero nunca albergó prejuicios antisemitas. Entre otras cosas, porque María, madre de Jesús, era judía y le parecía absurdo odiar al pueblo elegido por Dios para engendrar a su Hijo. Su solidaridad y simpatía hacia los judíos se convirtió en compromiso radical, cuando Paul, un niño judío de unos cuatro años, le agarró la mano en el gueto de Varsovia. Sus ojos afiebrados y su extrema delgadez sacudieron con fuerza su conciencia. Sus acompañantes tuvieron que empujarle para abandonar el gueto. Nunca pudo olvidar a ese niño, que probablemente murió asesinado: “En ese momento –confesó años después- dejé de ser un soldado y me convertí en un hombre”. Desgraciadamente, el sufrimiento de los inocentes continúa. En la guerra de Siria, ya han muerto más de 200.000 personas. Casi 10.000 eran niños, de los cuales 2.000 –quizás algo más- no habían cumplido diez años. Es indudable que Karski les pediría a los gobiernos de hoy en día una actitud más beligerante a favor de los niños atrapados por cruentas e inacabables guerras. Nuestra humanidad está incompleta hasta que reparamos en el dolor de los inocentes y asumimos que nos concierne como algo inmediato e inaplazable.

 Fuente: ElImparcial.es
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