Israel: una aventura del espíritu, identidad y desarrollo

Vicente Echerri


La más antigua de las naciones

es también la más joven.

J.L. Borges

En ningún otro lugar del mundo el encuentro entre pasado y presente, entre tradición y modernidad, resulta tan obvio como en Israel, donde los monumentos históricos –sitios venerables para los tres grandes monoteísmos y pilares de nuestra cultura occidental– coexisten con la pujanza de un país vitrina del desarrollo y de la democracia, a la cabeza de toda la región en ambas cosas, a pesar de ser territorialmente pequeño y de haber sido agredido desde el primer día de su independencia en mayo de 1948.

Para los occidentales y cristianos, Israel constituye, desde niños, una evocación de las raíces: cuna de la religión y de los valores que, por vía del cristianismo, llegan de la herencia judía. Allí están los sitios donde los peregrinos han acudido por casi dos milenios buscando las huellas de Jesús y los muchos templos que han edificado a través de los siglos para perpetuar esas huellas. Ese Israel resulta fácil de identificar como un retrato de familia.

Para lo que el viajero está menos preparado –aunque tenga noticias de ello– es para encontrarse con el dinamismo típico de una sociedad desarrollada: la solidez y eficacia de su infraestructura, la modernidad de su vida urbana, el buen funcionamiento de sus servicios públicos, la seriedad de sus instituciones… Una nación que se destaca por sus actuales adelantos y se proyecta hacia el futuro, al tiempo que se afinca profundamente en la riqueza de un pasado que lo es también de buena parte de la humanidad.

El moderno Israel es la concreción de un sueño milenario, la esperanza de un pueblo disperso y errante que persistió en la recuperación de su patria ancestral y que ve realizado finalmente ese sueño a raíz de la mayor tragedia de su historia: el Holocausto, la política de exterminio masivo con que el régimen nazi se propuso eliminar a los judíos de Europa y que costó seis millones de muertos.

YAD VASHEM O PROHIBIDO OLVIDAR

El actual Estado judío se edificó con la conciencia de no olvidar esa tragedia y de no consentir en que se repitiera. Para consagrar esa memoria se levantó en Jerusalén el Yad Vashem, o Museo del Holocausto, en realidad un complejo de instalaciones que ocupan un espacio de poco más de 18 hectáreas en la cuesta occidental del monte Herzl en las afueras de Jerusalén.

El edificio principal, el nuevo Museo de la Historia del Holocausto, gran parte del cual se adentra en la tierra, sigue un sendero de 180 metros de largo, con salas de exhibición, a derecha e izquierda, que muestran el desarrollo de la persecución a las comunidades judías de Europa con objetos originales, posesiones de algunas de las víctimas: retratos, relojes, billeteras, cartas, libros… además de fotos murales de las comunidades mismas, de los campos de exterminios, de los ferrocarriles de carga donde transportaban a los prisioneros. En pantallas se proyectan testimonios de sobrevivientes mientras apropiados montajes de audio le imprimen carácter al entorno.

La sala circular, también llamada Sala de los Nombres, guarda en sus paredes hojas de testimonios, breves biografías de 2.2 millones de las 6 millones de personas que perecieron en el Holocausto. El cielorraso de esta sala es una bóveda de 10 metros de altura donde se exhiben 600 retratos de víctimas así como fragmentos de hojas de testimonios.

En este lugar –que produce una gran congoja, pero del cual también emana una gran fuerza– puede empezar a entenderse la razón de ser del Israel moderno, su decisión de preservar la memoria del horror y, al mismo tiempo, la voluntad de edificar un hogar judío próspero y fuerte. El Holocausto es la savia que alimenta esta voluntad.

GUSH ETZIÓN O LA CONCRECIÓN DE UN SUEÑO

Gush Etzión es una comunidad judía de casi mil hectáreas que se encuentra a 10 minutos al sur de Jerusalén y en medio de los territorios palestinos. Ha sido propiedad de judíos desde antes de fundarse el Estado de Israel cuando un grupo de colonos le compró el terreno a sus antiguos dueños; pero, durante la guerra de independencia, la llamada Legión Árabe asaltó el lugar y aniquiló a sus defensores, y a más de 200 residentes, incluidos mujeres y niños.

Durante 19 años, algunos de los colonos que habían sido evacuados antes de la matanza, o de los más de 300 que fueron llevados prisioneros a Jordania y liberados un año después, miraban de lejos aquel pedazo de tierra que habían puesto tanto empeño en hacer productivo y que la vida silvestre había reclamado después que ellos se fueran. A la distancia, podían ver un viejo roble que representó durante mucho tiempo sus esperanzas de volver y que hoy, casi medio siglo después de la guerra de los Seis Días que les hizo recobrar el lugar, sigue siendo el símbolo de ese sueño.

En la actualidad Gush Etzión es el hogar de más de 70,000 habitantes repartidos en 22 asentamientos (dos de los cuales son municipalidades independientes) que no son remisos en brindarles empleo y servicios sociales y de salud a sus vecinos palestinos, pese a que algunos de sus pobladores han sido objeto de ataques terroristas en tiempos recientes. Gush Etzión es un ejemplo del Israel actual, de los resultados del trabajo constante e inteligente y del empeño de crear una sociedad de convivencia pacífica con el otro.

LOS INGREDIENTES DE LA MODERNIDAD

Si en Jerusalén Occidental sorprende el contraste de la ciudad contemporánea –por sus edificios y el ritmo de su tránsito y la dinámica sus habitantes– con la vieja Jerusalén de los noticieros y las postales; en Tel Aviv, que creciera como una hija suburbana de la milenaria Jafa, no hay nada que recuerde los tipicismos del Oriente Medio. Ver el perfil –el skyline– de Tel Aviv junto al Mediterráneo recuerda más bien a Miami Beach y en ella se vive con confort semejante.

Este milagro es mucho mayor que el de las ciudades artificiales de las monarquías árabes del golfo Pérsico (que coexisten con costumbres bárbaras y regímenes despóticos), porque Israel no tiene petróleo y su prosperidad es el resultado de la inteligencia y el trabajo que ha hecho florecer el desierto y también de su apego a los hábitos de la democracia.

Con un sistema parlamentario eficiente y polémico, donde se gobierna como resultado de precarios acuerdos partidarios (en el otro extremo de las tiránicas unanimidades que caracterizan a los regímenes de la región), uno encuentra no solo que Israel tiene derecho a existir –de hecho existe, sin que nadie tenga que concedérselo–, sino que su existencia merece celebrarse como una proeza: concreción de la fe de un pueblo en su destino y ejemplo de valores universales dignos de propagarse y de ser imitados.

 Fuente: Elnuevoherald 
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