La espectacularización de la barbarie

Emilio Cafassi


El viernes de esta semana amanecimos acribillados por noticias a repetición que daban cuenta de una sucesión de atentados terroristas excéntricos a su imperio geográfico cotidiano. La noche previa, nos acostamos adormecidos e inermes por el silencio mediático y político con el que otras manifestaciones recurrentes de la barbarie de idéntico signo y magnitud nos acunan mediante silencio mediático, acostumbramiento y varios cuentos de hadas. Los cables daban cuenta precisamente de ametrallamientos de turistas en la playa tunecina de Susa, luego en una mezquita chiíta de Kuwait en momentos de oración. También en Siria, donde dos coches bomba explotaron y mataron a militares del régimen de Bachar al Asad y más cerca nuestro, geográfica y culturalmente, en la ciudad francesa de Lyon, a casi seis meses de la masacre en el semanario Charlie Hebdo, fue hallado decapitado un hombre, con inscripciones en árabe en la cabeza. Según los medios franceses, la acción criminal fue reivindicada por el ISIS, cosa que también lo fue la de Kuwait a través de Twitter. Ya cerca del mediodía se conoció otro ataque, esta vez en Somalia, con cerca de 50 víctimas. Todos ellos, con excepción del caso sirio –donde no obstante los militares perecieron víctimas de una emboscada y no en combate- encuentran común denominador en el terrorismo individual con víctimas civiles, inocentes e indefensas. Todos ellos llevan la firma tácita o explícita del jihadismo. Unos días antes, el mismo ISIS envió un video a los medios con producción prácticamente cinematográfica en los que exhibe ejecuciones con espeluznante sofisticación sádica y la más ingeniosa perversidad. Se está por cumplir el primer aniversario del califato instaurado en Siria e Irak. Su estilo de terrorismo –de estado al interior de su califato e individual allende sus fronteras- no sólo produce y persigue víctimas sino también espectacularidad.

El genio de Walter Benjamin concibió por primera vez en los años 30 el concepto de “estetización de la política”. De todos los filósofos de la sofisticada Escuela de Frankfurt, fue el que más acento puso en la influencia de la tecnología en la cultura de masas, la alienación y la dominación, en un contexto político signado por el pesimismo de la crisis capitalista, el ascenso del nazismo, la consolidación del estalinismo y las tensiones internacionales que antecedieron a la segunda guerra mundial. Su conclusión se resume en que las formas de producir experiencia de masas se encuentran íntimamente relacionadas con las tecnologías de difusión y reproducción masiva, que organizan la sociedad hasta el propio goce de la auto-aniquilación. De este modo, para los proyectos políticos teocráticos y los regímenes ajenos a las conquistas humanitarias de la modernidad, los atentados terroristas exteriores, las prácticas de exterminio masivo al interior de sus territorios, son además de experiencias asesinas, actos de propaganda, organización y disciplinamiento que reclaman tecnologías y medios para su despliegue.

Michel Foucault subrayó en su ya clásico libro “Vigilar y castigar” que en la Edad Media, el ritual político y modelo de demostración penal era el suplicio como acto público. El propio condenado paseaba el castigo físicamente en su propio cuerpo, de forma tal que se constituía en un espectáculo punitivo. La tortura era el modo de producción sistemática del sufrimiento cuyas huellas eran exhibidas. Es sobre todo en el siglo XIX cuando el castigo se convierte en la parte oculta del proceso penal o de las prácticas de violencias extrajurídicas como las guerras, fascismos varios o terrorismos de estado. Sus torturas, ejecuciones, desapariciones y violaciones diversas, son negadas y encubiertas. El terror se ejerció -y se ejerce aún en algunos regímenes occidentales- de un modo sórdido y tácito, publicitando el disciplinamiento y la exhibición del poder, pero ocultando sus modos. Inversamente, las prácticas del ISIS, apelan a la visibilización plena de sus procedimientos cuyo carácter no sólo recurre a la monstruosidad material sino también simbólica a través de degüellos, crucifixiones y toda clase de horripilaciones públicas cada vez más cruentas y sofisticadas.

Sin embargo, el contexto cultural, comunicacional y tecnológico resulta convergente en la espectacularización global de la violencia, en nada incompatible con la estetización de Benjamin. Tuve esa impresión en el año 91 en ocasión de la llamada “Segunda guerra del golfo” que en verdad fue la primera de EEUU contra Irak. La difusión televisiva de la operación “Tormenta del desierto” liderada por el presidente Bush padre, semejaba un show de luces y fuegos artificiales al mejor estilo de los festejos de año nuevo, ocultando la destrucción, el horror y miserias de tales ataques. Me encontraba entonces en un hotel de Río de Janeiro en el que una buena cantidad de huéspedes exclamaban y celebraban frente a la TV del lobby cada explosión y destello como una gracia del productor. Los medios por un lado estimulaban el morbo del público para capturar audiencia mientras los protagonistas hegemónicos editaban cuidadosamente su relato escópico, la historia visual de los vencedores en tiempo cuasi real.

Pero tecnologías más recientes mediatizan el monopolio exclusivo de la narrativa. Conocemos por ejemplo algunos detalles sobre las torturas y humillaciones en la cárcel de Abu Graib porque el sadismo de los invasores los llevó a inmortalizar en imágenes sus aberraciones y a difundirlas, aún en círculos acotados luego superados. O la permanente violación de los derechos humanos por parte de las fuerzas policiales estadounidenses, particularmente sobre poblaciones étnica o económicamente sumergidas, gracias a la captura de las imágenes que otros ciudadanos realizan con sus celulares. La indignación ética y política por un lado, y el estímulo al morbo de los medios de comunicación, por otro, contribuyen a darle difusión masiva exponiendo las contradicciones entre los ideales del modelo político liberal moderno y su realidad de violencia, discriminación e impunidad.

Pero si bien, como sostenía, la espectacularización guionada del relato político es global, en las sociedades occidentales se preserva culposamente de la mirada pública la contracara fáctica de su violencia y sadismo. El capitalismo occidental vive en la permanente negación y ocultamiento. Niega la explotación, la desigualdad, la compulsión y el autoritarismo. El ISIS, como expresión política orgánica del proyecto de construcción de un califato no niega nada ni exhibe contradicciones, sino que por el contrario, exalta su coherencia. Hasta la propia denominación remite al reconocimiento positivo de valores y prácticas ancestrales.

Mahoma fundó en el Siglo VII no sólo una religión monoteísta sino toda una civilización al reunir bajo un Estado a todos los árabes en el Islam. Fue profeta y gobernante a la vez. Y para el siglo XV el sultán otomano Selim I asumió el título religioso de califa, haciendo del imperio el califato suní. Los valores del actual, son exactamente los de aquel de seis siglos atrás, sólo que tecnológicamente actualizados para el combate contra todos los “infieles y apóstatas” (incluyendo a los chiítas) y la disputa mediática.

Por eso no deben sorprender las producciones audiovisuales de su espeluznante crueldad y hasta las superproducciones hollywoodenses con las que ha difundido ejecuciones últimamente. La inversión productiva y la imaginación al servicio del terror resultan una suerte de devolución superadora en la esfera de la realidad de las más monstruosas ficciones que la industria cultural hegemónica ha producido. Entretanto, miles de mujeres son esclavizadas diariamente y sometidas o vendidas en mercados, decenas de miles desde niñas a adultas son sometidas a ablación genital, cada presunto homosexual es arrojado al vacío desde torres como entretenimiento público, mientras otros miles de hombres resultan asesinados y expuestos a la mirada popular. Las miserias, negaciones y cinismo del mundo occidental, ocultos bajo la alfombra mediática del bienestar general, se exhuman en el mundo árabe y adquieren toda su fisonomía bestialmente desembozada. La modernización aún inconclusa, contradictoria y tardía del mundo occidental, no sólo se ha hecho a costa del resto sino que pretende desentenderse de la crisis humanitaria que sus excrecencias multiplican. Tres millones de iraquíes han emigrado y se espera que lleguen a 10 hacia fin de año. En el mundo son 60 millones los desplazados por conflictos armados y persecuciones.

En buena parte de las izquierdas y progresismos se convive entre la perplejidad y una cierta indulgencia ante tanta aberración quizás por el hecho de que el ISIS se enfrenta al agresor histórico y sus aliados. Pero esto constituye un oportunismo inaceptable. El nivel de atraso, deshumanización y violencia extrema, requiere no sólo de pronunciamiento enérgico e intervención, sino también preparación para la indispensable solidaridad y refugio a los afectados.

La primavera árabe no floreció. Debemos entonces dar cobijo y resguardo a aquellos desamparados en esa aterradora noche invernal.

Fuente: Larepublica
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