Parasha Nitzavim: La esclavitud de las palabras
2014-5775

Jorge Slachevsky Czuckerman

Una vez más falta poco para las Grandes Fiestas. El último año ha pasado rápido. Los representantes de las sinagogas están trabajando arduamente para que todo salga de acuerdo a sus expectativas. Ya hemos empezado a organizar la comida con que cortaremos el ayuno. Ya luego tendremos que meditar, lo que quizás deberíamos haber hecho todos los días, acerca de aquello que hicimos bien y de lo que hicimos mal. Ver a quien hemos herido con nuestras palabras y pedirle perdón por nuestras ofensas. Luego tendremos una semana, entre Rosh Hashana y Yom Kippur, para meditar más profundamente y suplicar para que se nos perdonen nuestras transgresiones.

El problema más grande es que esas buenas intenciones se van generar en nuestra consciencia mientras que nuestras ofensas lo hacen en nuestro corazón. Este último, considerado figurativamente como el lugar donde se genera el amor, es también el causante de que emitamos juicios que ofenden a quienes nos rodean. Por lo tanto, si lográramos en el día a día contener dichos impulsos, no necesitaríamos una semana especial para arrepentirnos de ellos.

Esos juicios que ofenden se materializan en las palabras que emitimos. Así que, si pudiésemos cautelar lo que decimos, una misión casi imposible, no necesitaríamos arrepentirnos después.

Tengo una nieta, sobrina en realidad pero nieta por afecto, de cuatro años de edad, que tiene la capacidad de trasmitir en palabras aquello que los que la queremos nos gusta escuchar. Todo el mundo queda embelesado con lo que dice. Ya tendrá la oportunidad, cuando crezca, de ocupar dicho don para el bien o para sacar provecho, que sería un uso malicioso de la palabra, de su capacidad de influir en las personas.

Ese talento es innato. La respuesta que obtiene al practicarlo no hace más que incrementarlo. Es tarea de sus padres, que no dudo que lo harán, de enseñarle que no debe usarlo para obtener un beneficio de su capacidad.

La parasha de esta semana, Nitzavim, nos señala que no debemos dejarnos llevar por los impulsos negativos:

“La paz estará conmigo, pues marcharé según las apariencias de mi corazón, a fin de añadir la embriaguez a la sed. El Eterno no consentirá en perdonarle, si no que entonces despedirá humo la ira del Eterno y Su celo contra ese hombre, y hará caer sobre él toda la maldición que está escrita en este Libro, y el Eterno borrará su nombre de debajo del cielo”.

Primero que todo nos dice que “La paz estará conmigo”. Todos sabemos que cuando se nos presenta el impulso, que normalmente nos agobia, debemos deshacernos de él lo antes posible. Usualmente lo hacemos emitiendo una frase que ofende a quien la escucha. Si somos lo suficientemente hábiles en el manejo del lenguaje dicha frase parecerá inocua pero, en realidad, cumplirá la tarea de liberarnos de ese sentimiento que nos molestaba y habremos conseguido nuestra “paz” al hacerlo. En ese momento nos importa bien poco la desazón que siente el que la escucha y pensamos que ya tendremos la oportunidad de arrepentirnos cuando lleguen las Grandes Fiestas.

Cuando dice “las apariencias de mi corazón” está diciendo algo bien importante. Cuando es el corazón el que habla, y no nuestra consciencia, significa que no nos hemos detenido a reflexionar acerca de lo que estamos diciendo. Estamos opinando acerca de las “apariencias” de las cosas y no acerca de su “esencia”, lo que puede ser perjudicial cuando no hemos verificado la exactitud de lo que estamos afirmando.

En el lenguaje bíblico, la frase “a fin de añadir la embriaguez” tiene la misma connotación que en el lenguaje habitual, ya que implica que al hacerlo es como si se actuara bajo los efectos del alcohol, sustancia que limita nuestra capacidad de razonar correctamente.

Dicha embriaguez se añade a la “sed”. La sed es un mensaje que nos envía nuestro organismo para señalarnos que debemos consumir agua para no deshidratarnos. Frente a la sed física no debemos partir apresuradamente a tomar cualquier líquido, sino que debemos analizar que no vaya a ser alguno que nos perjudique, que nos “embriague”. Lo mismo ocurre, figurativamente, con los impulsos de nuestro corazón. Debemos reflexionar antes de actuar para no tener que arrepentirnos después

El arrepentimiento llena nuestros pensamientos en Yom Kippur. Esperamos que al hacerlo se nos perdonen nuestras transgresiones. Respecto a eso el versículo nos dice “El Eterno no consentirá en perdonarle” lo que no significa que no seremos perdonados por D-s por el sólo hecho de arrepentirnos, sino que Este lo hará sólo cuando le hayamos pedido perdón a quien hemos ofendido y, sólo en ese momento, D-s nos perdonará y nos inscribirá en el “Libro de la Vida” para el próximo año siempre que nuestras intenciones hayan sido sinceras.

“Si no que entonces despedirá humo la ira del Eterno”. Esta frase no tiene sentido si la tomamos en forma literal. D-s es una entidad incorpórea que por su misma esencia no puede tener manifestaciones físicas. Pero si podemos tenerlas nosotros. Cuando nos enojamos, producto de hacernos cómplices de los designios de nuestro corazón, las palpitaciones aumentan, haciendo que aumente nuestro calor corporal. Cuando algo se calienta en la naturaleza emite humo, lo que nos hace tomar consciencia de que algo extraño está sucediendo. Asimismo, la frase “despedirá humo la ira del Eterno”, nos está señalando que nuestras acciones inconscientes tendrán una consecuencia negativa si nos dejamos llevar por ellas y nos está previniendo para que no las hagamos.

“Hará caer sobre él toda la maldición”. En un mundo ideal no sería necesario que se nos amenazara con el castigo si no cumplimos los designios de nuestra consciencia. Pero el Paraíso Terrenal no existe y no basta que repitamos, año a año, el ejercicio espiritual de arrepentirnos de nuestras transgresiones.

Mientras no ingresemos simbólicamente a la Tierra Prometida, lugar mítico donde brota la leche y la miel, donde no habrá necesidad de arrepentirnos y ser perdonados, donde dejaremos de ser esclavos de las palabras emitidas sin la debida reflexión, debemos introducir el miedo a las maldiciones, reales o no, a nuestro corazón para que estas refrenen esos impulsos tan perjudiciales para la buena convivencia.

Mientras tanto deberemos esperar pacientemente la celebración de Rosh Hashana y Yom Kippur hasta el momento en que el ser humano pueda ingresar a esa Tierra Prometida que tan esquiva se ha vuelto a lo largo de la historia.

Veseata Dishmaya

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Parasha Ki Tavo: Entre la alegría y la aprehensión

2014-5775
 Jorge Slachevsky Czuckerman

Todos queremos vivir nuestra vida con alegría. Hacemos planes y somos felices si se nos dan las cosas tal como las tenemos proyectadas. La mayoría de las veces no ocurre lo que quisiéramos y debemos ir adaptando nuestros planes para acomodarlos a como se van desarrollando las cosas. Al no tener, en la mayoría de las veces, injerencia sobre el resultado, nos puede abrumar la aprehensión y podemos vernos tentados a buscar en lo sobrenatural la causa de nuestras alegrías o infortunios y de conjurar esas influencias de manera que nos beneficien positivamente.

            Durante el desarrollo de la humanidad hemos pasado, como civilización, por tres etapas absolutamente distintas. Al inicio, nuestra sobrevivencia dependía de la caza y la recolección. Posteriormente se desarrolló la sociedad agraria donde el producto de la tierra, sabiamente aprovechado por el hombre, nos otorgaba el sustento. En la actualidad la mayoría nos hemos disociados de las labores de la tierra y nos dedicamos a actividades que, al recompensarnos con dinero, nos permiten acceder al alimento que otros producen.

            Cada una de estas etapas ha venido acompañada de una concepción religiosa que le ha permitido al hombre acomodarse mejor a las circunstancias que lo rodean. No sería ningún misterio el motivo por el cual la religión, para muchos, resulta algo de corte anecdótico para los tiempos que estamos viviendo.

            El problema radica de como estamos, como especie, acostumbrados a correlacionar nuestro destino con la influencia de una fuerza superior que abogue por nosotros. Nos sentimos huérfanos cuando el mundo que nos rodea descarta de plano esa influencia y no la reemplaza por alguna otra que nos conforte. El consumo, el afán por el lujo y la ostentación constituyen placebos que adormecen nuestra conciencia y la alejan de las angustias que tanto afectaron a nuestros ancestros. Algunos no nos quedamos tranquilos con sus promesas e intentamos buscar en las letras de nuestro Texto Sagrado la inspiración para nuestros desvelos.

            La parasha de esta semana, Ki Tavo, nos traslada a una época en que aparentemente contábamos con un apoyo más sutil y el consuelo parecía más sencillo. Se inicia con el agradecimiento que debía ofrecerse a la divinidad por haber sido generosa en los productos de la tierra y finaliza con una larga lista de “maldiciones” que afectarían a quienes no fuesen fieles a los designios divinos. Transita desde la alegría hacia la aprehensión por un camino lleno de mensajes y enseñanzas que todas las generaciones han debido desentrañar.

            La alegría constituía la emoción que embargaba al granjero que había visto coronado todo su esfuerzo con una cosecha exitosa. No bastaba que se acercara al Templo y entregara su ofrenda en forma silenciosa. En ese momento debía emitir una declaración destinada, extrañamente, a enfocar su atención en una historia caracterizada por su adhesión al destino común de su Pueblo y no solo a la satisfacción de las necesidades mundanas:

            “Alzaras la voz y dirás delante del Eterno tu D-s: Un aramí era la perdición de mi ancestro, quien descendió a Mitzráim, habitando allí pocos en número, y allí se convirtió en un gran pueblo, poderoso y numeroso. En Mitzráim nos hicieron mal y nos afligieron, e impusieron sobre nosotros una servidumbre dura. Entonces clamamos al Eterno, el D-s de nuestros ancestros, y el Eterno escucho nuestra voz y vio nuestra aflicción, nuestra pena y nuestra opresión. El Eterno nos sacó de Mitzráim con mano poderosa y con brazo extendido, con gran pavor y con signos y prodigios. Y nos trajo a este lugar y nos entregó una tierra, una tierra que mana leche y miel. Y ahora, he aquí que he aportado lo primero de los frutos del suelo que Tú me has entregado, oh Eterno”

            Este versículo le hacía tomar consciencia al oferente que la alegría experimentada por la buena cosecha era pasajera. Le recordaba que pertenecía a un Pueblo cuya historia estaba repleta de los momentos de aprehensión que tuvieron que sufrir sus ancestros. Pero, al mismo tiempo, le señalaba que esos malos momentos pudieron ser superados y que los beneficios que estaba recibiendo eran una consecuencia del proceso histórico que a su Pueblo le había tocado vivir.

            Al salir del Templo se le presentaba una nueva realidad. El esfuerzo desplegado había sido recompensado. Pero, al mismo tiempo,  no había ninguna garantía que la cosecha del próximo año fuese tan buena como la anterior. La sequia y las heladas podrían comprometerla. Nuevamente empezaría un ciclo donde la alegría, paulatinamente, daría paso a la aprehensión. Necesitaría mantenerse incólume frente a los embates de los demonios internos que intentarían reducir su fuerza productiva.

            Para combatir esa amenaza, y no dejarse sucumbir por la aprehensión,  necesitaba reglas claras a las cuales adherirse para poder mantener su integridad emocional. Debía recurrir a la Torah para encontrarlas. Esas las encontraba en la parasha de esta semana, Ki Tavo. Eran 98, un número excesivo, que aparecían en la forma de reprimendas que señalaban las maldiciones que lo afectarían si su comportamiento no se ajustaba a las exigencias de la Torah.

            El mensaje era claro. Si obedecía las Mitzvot podría anticipar una buena cosecha. Si no lo hacía se haría acreedor a las 98 maldiciones que transformarían su vida terrenal en un infierno causado por su propia desobediencia.

            Quizás ese ancestro nuestro no estuviera tan convencido que cada desobediencia suya produciría una reacción que lo beneficiara o perjudicara directamente. Quizás respetaría las Mitzvot debido a que era la única acción positiva que podía ejercer para intentar conjurar las condiciones negativas que no podría modificar.

            La enumeración de las reprimendas repulsa la razón de cualquiera que examine con atención las páginas de la parasha Ki Tavo. Por otro lado, al igual que antaño, estamos expuestos a situaciones que no podemos controlar. Las enfermedades, los accidentes y la muerte rondan a nuestro alrededor y ninguna explicación racional nos otorga el consuelo que necesitamos cuando estas se nos presentan a nuestro alrededor.

            Frente a las circunstancias adversas quizás es bueno reflexionar acerca de las creencias que movilizaron a nuestros ancestros. No para creer literalmente en ellas sino para confiar que si nuestro comportamiento es adecuado quizás, y solo quizás, la adversidad se podría alejar de nosotros y el próximo año nos podría brindar una buena cosecha que nos atiborre de alegría.

            Si no, ¿Cuál sería el sentido de celebrar las fiestas de Rosh Hashana y Yom Kippur que se nos avecinan?

Veseata Dishmaya

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Parasha Ki Tetze: Después del juicio, la guerra
2014-5775

Jorge Slachevsky Czuckerman

Está bien teorizar que uno debería ser de una determinada manera, intentando mejorar aquellos aspectos que nos perjudican, juzgarnos si lo estamos haciendo mal, arrepentirnos si es necesario y prometernos cambiar.

Otra cosa es decidirse a luchar para aquello que realmente nos importa tome el papel que le corresponde. Decidirnos que nuestros principios son realmente importantes y no esperar a que nos encontremos en la antesala de la muerte para intentar ser consecuentes con ellos.

Así concordaríamos con el ciclo anual de la Torah que, al finalizar tras el intento fallido de Moisés de ingresar a la Tierra Prometida, renace con el relato de la historia de la Creación, de Adán y Eva que no solo representa el inicio de la humanidad sino que nos entrega la posibilidad de enmendar el rumbo de nuestras propias vidas.

Para eso vamos madurando año tras año teniendo la celebración de las Grandes Fiestas como recordatorio de nuestra misión. No estamos de acuerdo con aquellos que dicen que madurar consiste en abandonar los ideales para enfrentarse a la realidad y descubrir en las pequeñas satisfacciones las fuerzas para seguir luchando sin flaquear.

Esto bien lo sabe la mercadotécnica que nos ofrece distractores que nos promete una vida más feliz mostrándonos la ventaja de comprar los productos que nos intentan vender.

Si bajamos nuestro consumo, como está ocurriendo en Chile en estos momentos, el gobierno se asusta y trata de convencernos que la felicidad global depende de que la economía mantenga su ritmo de crecimiento y para eso debemos invertir y consumir más para que el castillo de naipe no se derrumbe.

Visión negativa de la realidad que hace que uno se pregunte si vale la pena trabajar tanto para tener más o vivir mejor teniendo menos. Me recuerda el chiste de aquel que grita que el mundo se pare porque se quiere bajar.

La alternativa, como ya lo dijimos, es librar una guerra activa por mantenerse fiel a sus principios y me parece que la parasha de esta semana, Ki Tetze, que se traduce algo así como “cuando vamos a la guerra”, nos los está intentando de decir.

Ki Tetze viene a continuación a Shoftin, jueces, en que se nos impele a juzgarnos a nosotros mismos. Esta semana se nos solicita entrar a la guerra contra aquello que nos distrae de manera que el juicio que hagamos el próximo año nos deje con menos temas por los cuales arrepentirnos.

Como la Torah no es un tratado de autoayuda recurre a un relato aparentemente inocuo para deslizarnos que la guerra no es efectivamente contra un enemigo externo, que solo aparece ocasionalmente en nuestras vidas, sino contra un enemigo interno al cual debemos doblegar en cada minuto de nuestra existencia.

Este enemigo no es otro que nuestro instinto biológico que busca nuestra satisfacción inmediata impidiéndonos reflexionar acerca de los principios que deberían regir nuestra existencia.

En la parasha Ki Tetze, a pesar de describir una guerra en la cual se derrama la sangre que tiñe los campos de batalla, nos habla de la consideración que hay que tener con la cautiva atractiva que ha podido caer en nuestro poder. Divertido resulta pensar que vamos a tener la fortuna, en el fragor de la lucha, de conseguir esa bella mujer para olvidarnos de los horrores de la guerra.

La Torah exige que el guerrero postergue su deseo y espere un tiempo prudente para acceder a ella. La guerra contra el enemigo externo adquiere entonces ribetes espirituales y se concentra en una guerra contra el instinto, exacerbado por la batalla, para obligarnos a postergar nuestro deseo impulsado por la necesidad de ser consecuentes con nuestros principios más nobles.

Ahora, irónicamente, debo de dejar de escribir para ir a trabajar para tener más dinero para poder escribir. Al hacerlo estoy haciendo exactamente lo contrario a que lo que nos solicita la parasha: Darle demasiado tiempo al combate externo y dejándole demasiado poco al interno. Consumir con premura se asemeja a la violación de la cautiva en el campo de batalla. Combatir al instinto implica postergar la satisfacción inmediata siempre que hayamos trabajado y ganado lo suficiente para conseguirla.

Quizás el próximo año me convenza que no me importa que envejezca el auto, el televisor o el celular y tenga más tiempo para dedicarme a lo que realmente intento hacer.

Veseata Dishmaya

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Parasha Schoftin: Jueces de ayer y de hoy

2014-5775
 Jorge Slachevsky Czuckerman

Parece increíble que la Torah nos dé solo un par de semanas para meditar acerca de las profundas enseñanzas que nos presentó la parasha de la semana pasada, Ree, Mira, y la actual, Shoftin, Jueces.

            El nombre de ambas parashyot ya nos está señalando el abismo que las separa. El nombre Ree implica que tenemos que enfocar nuestra mirada, no para protegernos de los peligros que nos puedan acechar, sino que para observar en nuestro interior aquellas conductas que nos impidan actuar de acuerdo con nuestra conciencia. Por su parte el nombre Shoftin nos está señalando que, si dicho comportamiento no se ajusta a las convenciones legales, seremos juzgados por un tribunal que nos obligará a hacerlo por la fuerza.

            Ree, análisis profundo y voluntario, tiene sus pasos bien delimitados y los describíamos en la parasha anterior. Sus etapas incluía meditar acerca de las consecuencias de nuestras acciones, disciplinarnos para templar nuestra voluntad, evitar la influencia de los falsos profetas y finalmente, pero no menos importante, darnos el tiempo para celebrar los triunfos conseguidos.

            Shoftin, Jueces, por su parte, nos habla de los juicios mediante el cual nuestros semejantes nos castigarán si hemos errado y nos obligarán a transitar por el camino del bien si nuestro Libre Albedrío nos ha conducido equivocadamente.

            Ya hace un par de milenios, Aristóteles, quien seguramente no había tenido la oportunidad de leer la Torah, separaba la actividad humana al respecto entre “prudencia” y “política”. La primera encargada del arte de “distinguir entre lo correcto y lo incorrecto”, tema de la parasha de la semana pasada, Ree, y la segunda de “lo particular, lo práctico que tiene por objeto lo humano, lo que se puede deliberar”, tema de esta, Shoftin.

            Decíamos que un par de  semanas al año no son suficientes para aquilatar y separar ambos temas que, aunque están indisolublemente unidos, constituyen universos apartes que en la actualidad solo se tocan tangencialmente, siendo la religión y la política sus expresiones más evidentes.

            Antiguamente estos temas estaban más íntimamente relacionados. Nuestros sabios disponían tanto del análisis del lenguaje hebreo como el estudio del Talmud y del Zohar para comprender las distintas enseñanzas que las parashyot de la Torah nos intentaban entregar

            El idioma hebreo que, desafortunadamente es muy poco conocido entre los judíos de la diáspora, entre los cuales me cuento, tiene una característica especial que lo diferencia del castellano. Basta estudiarlo, como diría Habermas, para que nos entregue una estructura de pensamiento que nos permita ir estableciendo la correspondencia entre términos que, por compartir  una misma raíz, nos permite analizarla y deducir valiosa información acerca de lo que dicha raíz nos pretende trasmitir. En castellano, por ejemplo, en similitud del hebreo, encontramos unos pocos  términos como “camino” y “carruaje” que comparten la misma raíz, “ca”, que nos permite adquirir conocimientos prácticos acerca de su relación cotidiana. El hebreo, a diferencia de nuestro idioma natal, está repleto de esas raíces que establecen relaciones que nos permite derivar enseñanzas de la Torah.

            El Talmud, colección de libros que, al igual que el idioma, pero a un nivel más profundo, nos permitiría estudiar cada tópico incluido en la Torah, tomando en cuenta las diversas interpretaciones dadas por los sabios que las analizaron. Ellos encontraron en sus palabras una inspiración que les permitió salir airosos de las situaciones a que se vieron afectados. La sobrevivencia de nuestro pueblo, tras cientos de años de expulsiones y destrucciones, nos da cuenta de la efectividad que tuvo dicha forma de pensar.

            El Zohar, otra colección amplia de libros, de una profundidad mayor que las dos instancias anteriores, nos podría conducir a una interpretación más profunda y velada de la Torah. Nos llevaría tras un largo estudio a comprender el sentido profundo de lo que la divinidad, o que los redactores que la escribieron, intentaron trasmitir en los relatos de nuestros Libros Sagrados.

            Entonces, encontramos que las dos parashyot, Ree y Shoftin, nos entregan sus enseñanzas en dos niveles. Una para los eruditos, que tras decenios de estudiar los vericuetos del lenguaje hebreo, el Talmud y el Zohar dominan cada una, y preferentemente todas esas disciplinas, para deducir sus implicancias. Otra, para aquellos que sólo nos damos un par de semanas al año para intentar desentrañar sus enseñanzas y que obviamente no podemos aprehenderlas  en tan poco tiempo.

            Durante siglos los primeros, “que sabían”, eran conductores de los segundos, los que “no sabían”, en su calidad de sacerdotes, jueces y oficiales. En la actualidad los que “no sabemos” renegamos de los conocimientos de los que “si saben”. Entre ellos los jueces, que en la actualidad han perdido su capacidad de guiar nuestro conducta, ya que sus fallos, basados en la letra y no en el espíritu de la ley, no son un ejemplo que influencie el comportamiento de las personas, sino que sólo se encargan de establecer condenas para aquellos que han delinquido. Por tal motivo no logran inculcar en la población la idea de que el comportamiento correcto es un bien deseable por sí mismo, sino que intentan disuadir la transgresión solo mediante  el castigo pecuniario o carcelario.

            La búsqueda de la solución a dicho dilema llena las discusiones las redes sociales. Esperamos sinceramente que se resuelva en la sociedad civil tal como la Torah nos enseñó a hacerlo durante tantos siglos. Quizás las enseñanzas del comportamiento de los jueces y el acatamiento de sus fallos descritas en la parasha Schoftin podrían ayudar en tal sentido.

Veseata Dishmaya

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Parasha Ree: Fundamentos judaicos
2014-5775

Jorge Slachevsky Czuckerman

Si, al igual que Robinson Crusoe, quedáramos abandonados solos en una isla desierta o, quizás más modernamente, en una nave espacial, y pudiésemos elegir solo una parasha que guiara nuestras reflexiones, tendríamos que elegir la de esta semana, Ree, Mira.

            Son cuatro, por lo menos, los temas que trata y haremos un intento de describirlos someramente.

            Al inicio de la parasha podemos leer:

            “Mira, yo pongo delante de ustedes la bendición y la maldición…..Y sucederá que cuando el Eterno tu D-s te lleve a la tierra a la cual tú te diriges allá para tomarla en posesión pondrás a los de la bendición en el Monte Guerizim y los de la maldición en el Monte Ebal”

            Para los hombres y mujeres del siglo XXI las palabras bendición, y especialmente maldición, tienen una reminiscencia que nos produce escozor. Creemos que somos seres dotados de Libre Albedrío lo que significaría que ninguna entidad superior, especialmente si pertenece al ámbito de lo que no podemos captar por nuestros sentidos, no tendría posibilidad alguna de influir en nuestra vida a través de bendiciones o maldiciones, ya que creemos que la consecuencia de nuestros actos es totalmente fortuita y no dependiente de una voluntad superior.

            Nadie, a menos que sea profundamente religioso, podría objetar lo expresado. Pero, actuar de acuerdo a esa convicción, nos ha conducido a vivir en un mundo en el que fuerzas mucho más inmediatas, la corrupción, la delincuencia, la drogadicción adolescente, la violencia en los estadios, etc. nos ha llevado a que nuestro siglo se caracterice por la degradación de nuestra calidad de vida en un mundo que nos abruma cada vez más.

            Por eso es que desearíamos volver a vivir una existencia un poquito más bucólica, y basta ver el aparato propagandístico en los medios de comunicación, para darnos cuenta que los anhelos del mundo conduce hacia esa dirección.

            La religión, teniendo desde la antigüedad los medios que disponía a su alcance, los Libros Sagrados, intentaron preocuparse de la convivencia humana, lo que actualmente está en entredicho, y para eso tuvieron que expresar su mensaje mediante un lenguaje alegórico que condujera a la reflexión, ya que el directo sólo conduce a no ser escuchado debido a su habitualidad.

            Bendición y maldición, entonces, son dos maneras de enfrentar cada situación que se nos presenta en nuestra vida. Siempre estaremos frente a esa dicotomía. En nuestras relaciones comerciales, ¿nos preocuparemos de conseguir un precio justo por nuestros productos o servicios? ¿o estrujaremos a nuestro eventual “contrincante” hasta que este nos entregue hasta su último suspiro? El que no crea que esta situación sea así lo hace porque no le ha tocado ir a comprar remedios a una farmacia, cuyos precios son muchísimos más caros que los de Estados Unidos, tratar de discutir con los seguros, AFP o Isapres. Que decir lo que observamos en las esquinas en las que, cuando aparece los primeros atisbos de la luz roja, los automovilistas aceleran sin ninguna consideración de la vida de los peatones, con el fin de ganar unos segundos en su trayecto.

            Seguramente en los albores de la civilización los seres humanos funcionaban de acuerdo a la ley del garrote y la sociedad instauró normas para evitar que el más fuerte se aprovechara del más débil.

            Entonces la primera enseñanza que debemos meditar en nuestra soledad, con la esperanza de ser rescatado de ella, es que debemos comportarnos como si los actos de bien tuvieran realmente un premio, la bendición, y que los actos negativos tuvieran su castigo, la maldición.

            La maldición, término tan degradado, parece que realmente existiera, ya que al cometer actos reñidos contra la convivencia armónica, mínimos bajo el entender popular, nos ha conducido a vivir encerrados entre rejas, llenos de alarmas, y sentir miedo del “portonazo” cada vez que estamos por entrar a nuestras casas.

            Actuar correctamente nos produce realmente beneficios, que en lenguaje bíblico se conoce con el nombre de bendición. Transgredir nos conduce a la maldición y sus efectos nos golpea diariamente, si no a nosotros a nuestros congéneres y lo podemos observar diariamente  en la televisión.

            Como podemos leer al inicio de esta parasha es por lo que debemos “mirar” a nuestro alrededor y en los momentos de soledad, en aquella isla real para Robinson Crusoe pero simbólica para nosotros, recapacitar acerca de las consecuencias de nuestras acciones.

            La segunda meditación que podemos extraer de la parasha Ree es que debemos hacer algo para probarnos a nosotros mismos que estamos dirigiéndonos en la dirección correcta. Todos los días no estamos enfrentados a matar a alguien o a quitarle la esposa o esposo a nuestro vecino así que los Diez Mandamientos aparecen como una lista a la cual no le debemos prestar mayor atención. Pero, como ya dijimos, eso mismo hace que transgredamos en pequeñas cosas que afectan la vida en comunidad, que nos rebotan y nos perjudican en la nuestra.

            La parasha nos señala que debemos practicar el hecho de poder elegir entre lo correcto y lo incorrecto. No lo hace poniéndonos desafíos inmensos cada día frente a nosotros para que nos entrenemos en elegir lo mejor. Lo hace mediante restricciones dietéticas, esto puedes comer, esto no, que nos entrena en cada momento del día en que hay situaciones en que debemos dejar de lado nuestras “apetencias del alma”, como lo expresa la Torah, y elegir aquellas que son más beneficiosas para nosotros mismos y para la Comunidad.

            No nos estamos refiriendo a la restricción a comer carne de cerdo o de mariscos que salen descritos en esta parasha. Nos pide que realmente nos enfrentemos diariamente a aquellos aspectos negativos que nos perjudican como tomar en exceso, llegar tarde a nuestras citas o retrasar nuestros pagos y elijamos conscientemente abstenernos de ellos tal como los religiosos eligen diariamente no consumir alimentos prohibidos. Este ejercicio diario nos entrenará y nos entregará la fuerza de voluntad necesaria para enfrentar, cuando ocurra, los desafíos mayores que inevitablemente siempre nos tocará enfrentar en nuestras vidas.

            La tercera meditación tiene que ver con las influencias negativas que ejercen aquellos que intentan desviarnos de nuestro camino. La parasha nos prohíbe seguir a aquellos falsos profetas y predicadores, ¿quizás políticos?, que nos desvían de las intenciones que intentamos cumplir y que nos muestran, a veces con milagros, que aquello que objetamos puede ser ejecutado si dejamos de lado nuestros valores más preciados.

            La cuarta es la más agradable. Si hemos tenido éxito en todas las anteriores tenemos que festejar. La parasha nos insta a celebrar adecuadamente Pesaj, Shabuot y Sucot. Todas tienen su fecha y sus rituales. Nos gusta disfrutarlas en compañía de nuestros familiares y amigos y así debemos seguir haciéndolo.

            Pero también hay momentos de celebración personales, a los cuales integramos a nuestros seres significativos, en las cuales festejamos los logros que hemos conseguido ya que la vida no consiste solo en restringir, lo que es importante, sino en disfrutar los logros alcanzados.

            Entonces, la parasha nos está enseñando que debemos meditar en nuestras acciones, practicar para evitar que las malas nos distraigan de nuestras buenas intenciones, evitar los consejos inadecuados y finalmente, tomando en consideración esas enseñanzas, que disfrutemos ampliamente de la vida ya que solo disponemos de una sola para hacerlo.

Veseata Dishmaya

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Parasha Ekev: El engaño como forma de vida

2014-5775
 Jorge Slachevsky Czuckerman

El nombre de la parasha de esta semana, Ekev, se traduce al español como “talón”

El “talón” es la parte del cuerpo que está más alejado de la cabeza. Normalmente no le damos mayor importancia porque consideramos que la “razón” es la que nos hace humanos y normalmente nos olvidamos que es justamente el “talón” el que nos proporciona el soporte que permite que la “razón” funcione.

En la parasha de la semana pasada, Vaejtanan, Moisés le suplica a D-s que le permita el ingreso a la Tierra Prometida junto a su pueblo. La divinidad se lo niega, no porque la cabeza le haya fallado, ya que había cumplido con la misión que le había sido encomendada, liberar a los israelitas de la esclavitud en Egipto y haberlos guiado durante los cuarenta años que deambularon por el desierto, sino porque había cometido una transgresión menor, golpear la piedra en vez de hablarle, con lo cual se había hecho merecedor a un castigo tan terrible como el de no poder ver cristalizado los afanes que lo habían movilizado durante tantos años.

Esta situación nos enseña que son los pequeños detalles los que, en definitiva, destruyen largos años de labor. Nos esforzamos por seguir los designios de nuestra consciencia pero, en un santiamén, cometemos un error garrafal, que quizás en ese momento pasa desapercibido, pero las consecuencias son tan grandes que nos impiden desarrollar nuestras vidas como la teníamos planeada.

Estamos llenos de noticias acerca de los hechos de violencia que nos afectan. Recién supimos de un acto de salvajismo en el cual un par de delincuentes rociaron con bencina a un cajero para robarle el dinero. Por un pequeño botín una persona va a sufrir por el resto de la vida las consecuencias de dicha agresión. También supimos de un “portonazo”, el robo del vehículo de aquel que está esperando que se abra el portón automático para ingresar a su estacionamiento, en la cual tiraron violentamente al suelo a una señora embarazada de ocho meses para sustraerle su auto.

Ninguno de estos actos tiene ninguna justificación, pero es dado preguntarse si la sociedad no se está preocupando de los pequeños detalles, el “talón” que hace que los designios de la “cabeza” queden truncados por una acción menor, como le ocurrió a Moisés.

Los dueños de supermercados se quejan amargamente debido a las mermas que le produce el “robo hormiga” y exigen a la justicia que castigue con mayor severidad a aquellos que sean descubiertos robando mercadería.

Esta es una petición juiciosa que se olvida de un pequeño detalle que les trae consecuencias que los afectan a corto plazo. Son los propios empresarios los que, antes que se abran las puertas de sus negocios, toman decisiones que hacen que sus peticiones pierdan validez.  

Con mi señora, al igual que el resto de la población, acudimos más de una vez por semana a los supermercados a efectuar nuestras compras. Nos atraen las ofertas y las aprovechamos. Usualmente hay un letrero atractivo que destaca algún producto en especial señalando que puede llevar dos por un precio determinado pero, oh sorpresa, basta pasar por caja para que no se respete el precio, debido que, por ejemplo, la oferta era para papel higiénico de 50 mts. de largo, que ya no estaba en los anaqueles, y no el de 30 mts. que se encontraba en grandes cantidades para tentar a los clientes.

Engañosa ganancia del supermercado que invalida su propia exigencia de una mayor honradez. El “talón”, una vez más anula las exigencias de la “cabeza”

La Torah propugna a través de sus enseñanzas que las acciones individuales efectuadas correctamente van en beneficio de toda la sociedad.

En idioma bíblico nos relata, en la parasha Ekev, de que si nos atenemos a las normas sociales vamos a obtener grandes beneficios. Nos dice que “….bendecirá el fruto de tu vientre y el fruto de tu tierra: tu grano, tu vino y tu aceite, la progenie de tus reses y los hatos de tus ovinos…”. Por otro lado nos dice, también en lenguaje bíblico, que si no actúan correctamente “El retendrá los cielos y no habrá lluvia, y el suelo no rendirá su producto; y prontamente perecerá de la buena tierra que el Eterno nos entrega”

En el fondo nos está diciendo que somos responsables de las consecuencias que nuestras acciones puedan generar.

Si como sociedad, seguimos con la ilusión que el engaño, a un nivel aparentemente menor, nos va a traer beneficios de poca monta, no podremos cambiar el flagelo de la delincuencia, que nos está afectando a mayor escala, porque de alguna manera estaremos validando su accionar. Debemos aprender la lección de la parasha Ekev. Si actuamos correctamente seremos recompensados, aunque el beneficio no sea tan evidente. Si no, seremos castigados y, desgraciadamente, sus efectos se notaran a breve plazo como lo podemos observar diariamente en los noticieros.

 

Veseata Dishmaya

 

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Parasha Vaeejanan: El desaliento y la esperanza
2014-5775

Jorge Slachevsky Czuckerman

Moisés fue un gran profeta porque veía lo que los demás no vemos. Cada ser humano nace con el potencial para lograrlo, unos más y otros menos, de acuerdo a sus talentos, pero es responsabilidad de cada uno hacer el esfuerzo para avanzar lo más posible en ese camino. Para mí, y me expongo a ser criticado por esta afirmación, los judíos tenemos una vocación innata para buscar aquello que se oculta a nuestros sentidos mientras que otros, entre los que se encuentran algunos de los no judíos que conozco, sumamente capaces en las demás áreas del diario vivir, no parecen interesarse por descubrir lo que aparentemente esta velado.

Aquellos que lo intentamos nos afligimos porque ese conocimiento se nos escapa de la mano. Intentamos aprehenderlo y sentimos que es una labor infructuosa. El ánimo decae y tenemos que recurrir a una guía externa que nos ayude en nuestro desvelo. Nos gustaría ser religiosos activos y poder rezar para que se prenda esa chispa divina que, en otras ocasiones, acude a nosotros sin que la llamemos.

Moisés imploró al principio de la parasha Vaejtanan. Aquel que había hecho lo indecible por liberar a su pueblo de la esclavitud, que lo había guiado durante cuarenta años en su deambular en el desierto, se encuentra finalmente en el umbral de la Tierra Prometida y no le queda más que implorar a la divinidad, Vaetjanan, para que le permita ingresar a ella junto a su Pueblo.

D-s rechaza su plegaria. Solo le permite ver esa Tierra, desconocida para él, desde la cumbre de una montaña. Moisés, que había descubierto tantos secretos de la naturaleza humana, que había podido adentrarse en su consciencia para trasmitir sus enseñanzas, sólo puede mirar desde el exterior la culminación de sus esfuerzos.

Miles de pensadores han intentado escudriñar la naturaleza humana. Miles más lo intentaran en el futuro. Pero parecieran que no lo lograran. Una y otra vez, a pesar de los esfuerzos de los profetas como Moisés por lograrlo, la realidad, que se ha dejado doblegar por el ser humano por un tiempo, retoma las riendas del destino y hace que todos nuestros esfuerzos parezcan vanos.

En nuestro país nos creíamos incólumes a la corrupción. Para que necesitábamos adéntranos en aquellos temas espirituales si la fortuna nos sonreía. El crecimiento, que estaba envuelto en la burbuja que nos entregaba la confianza en nosotros mismos y en el sistema, se destruyó cuando la perdimos. La corrupción venció y ya en todas partes encontramos el desaliento que nos embarga.

Los judíos acabamos de conmemorar Tischa Beav. En esa ocasión se nos recuerda todas las grandes tribulaciones que han afectado a nuestros ancestros. ¡Tantos acontecimientos! La destrucción del Primer y Segundo Templo, la expulsión de los judíos de España y la Noche de los Cristales Rotos en Alemania entre otros.

El año pasado comentábamos que el Shabat durante el cual se lee la parasha de esta semana, Vaejtanán, se conoce con el nombre del “Shabat del Consuelo” debido a que aún mantenemos fresca en nuestra memoria esa conmemoración y debemos recabar fuerzas para sobreponernos a sus recuerdos.

Al inicio de la Parasha Vaejtanan Moisés implora. Nosotros también imploramos para que los sucesos que nos afectan dejen de hacerlo. La parasha nos cuenta que Moisés fallece pero que su odisea no termina allí. No pudo entrar a la Tierra Prometida pero sus enseñanzas perduraron hasta nuestros días. Nos recuerdan que a pesar de las aflicciones transitorias que nos afligen siempre hay alternativas que nos permiten superarlas.

Pero para que eso ocurra debemos, tanto nosotros como nuestros gobernantes, dejar esa prepotencia, esa peregrina idea, tan chilena, que todo lo anterior fue nefasto y que todos los problemas que nos aquejan se solucionaran con nuestra conducción.

Debemos emular a Moisés que, afligido porque no podrá completar su misión, deja de lado sus propias preocupaciones y vuelve a trasmitir las enseñanzas básicas que conformaron su identidad a un pueblo que, a pesar de las desgracias, mantiene incólume su identidad hasta nuestros días.

Su legado, la humildad, que construye puentes desde el pasado hacia el futuro, podrá sustentarnos en estos momentos en que el horizonte se ve tan sombrío.

 

Veseata Dishmaya

 

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Parasha Debarim: Iniciamos un nuevo Libro de la Torah

2014-5775
 Jorge Slachevsky Czuckerman

Por años algunos, como individuos, iniciamos esta semana la lectura del último Libro de La Torah. Por milenios, muchos, como integrantes del pueblo judío, iniciarán nuevamente dicha lectura.

Una vez más hemos tenido una semana en que la violencia en los estadios y el robo de vehículos han llenado los noticieros. Esta vez acompañado de un hecho nuevo, el asalto a los clientes de un restaurante del barrio alto, que nos recuerda las películas de cowboy, en que los forajidos asaltaban las diligencias despojando de sus pertenencias a los viajeros.  

En ambos casos el trasfondo de lo que despierta nuestra atención es la eterna problemática de cómo mantener el “orden social” sin socavar los “derechos” de los individuos que conforman la sociedad.

Durante milenios las disciplinas que intentaron regular ese comportamiento fueron la religión y la política y, a pesar del tiempo transcurrido, la problemática de hoy sigue siendo la de antaño y pareciera ser que no tuviera solución.

La parasha de esta semana, Debarim, inicia su relato enumerando algunos de los lugares en que el Pueblo de Israel acampó durante su largo deambular por el desierto. Relato árido que hace pensar que, como ocurre en los demás Libros de la Torah, hay trozos que no hacen más que preguntarnos porque tenemos que leer tantas cosas sin fundamento.

Quizás eso es lo que les ocurrió a los comentaristas de antaño. Encontraron, entre otras cosas, que la forma que estaba estructurado el texto se diferenciaba de los Libros anteriores de la Torah. Parecía ser que estuviera escrito por otra persona. Esta explicación no resultaba aceptable para todos aquellos que afirmaban que la Torah fue escrita por Moisés de acuerdo a lo que le dictaba la divinidad. Una segunda explicación, y que les resultaba más creíble, es que estos escritos fueron la recopilación de los pensamientos de Moisés respecto a las enseñanzas que había recibido de D-s. Este último los había aprobado y con dicha autorización se habían incorporado a la Torah.

Esta última interpretación tiene una importancia fundamental en el pensamiento judío traspasado a las otras religiones occidentales. D-s dictó las normas  que establecen los preceptos bajo los cuales se estableció el “orden social”, pero sería responsabilidad de cada uno interiorizarlos y aplicarlos de acuerdo a la circunstancia particular del momento que le toca vivir.

La lista de alguno de los lugares donde acampó el Pueblo de Israel es larga y tediosa. La historia del becerro de oro, el de las codornices, el de los espías, entre otros, ocurrieron en dichos lugares. Nos recuerdan que, frente a acontecimientos de la contingencia, debemos actuar de una manera distinta a como lo hicieron sus protagonistas. Debemos dejar de lado los impulsos instintivos y dejarnos guiar por la razón.

En la época bíblica, en que los descubrimientos científicos no habían desentrañado los secretos de la realidad, los únicos acontecimientos que eran absolutamente observables y que ocurrían con una asombrosa regularidad, eran los movimientos del sol que hacía que el día sucediera a la noche y que la primavera lo hiciera al invierno.

Los estudiosos de esa época, buscando llevar a la conducta social lo observado con el sol, intentaron replicar dicho orden dentro de la sociedad y, no teniendo una mejor manera de hacerlo, dedujeron que tal como el sol era el responsable de la precisión de los fenómenos naturales, así debía existir una entidad espiritual que rigiese la sociedad sin los altibajos de los impulsos transitorios.

Estos valores están resumidos, aunque en forma subyacente, en la primera parte de la parasha. Nos recuerda que D-s dictaminaba las normas y el pueblo debía conducir su conducta de acuerdo a Sus designios.

Lo interesante es lo que ocurre a continuación. Sin motivo aparentemente particular podemos leer:

“Dispongan para ustedes varones sabios, razonadores y conocidos por sus tribus y yo los nombraré líderes de ustedes”

De este versículo podemos deducir que, por un lado, no basta que la Torah nos señale que hay normas de conducta, por las cuales debemos guiar nuestro comportamiento, que permitan que se mantenga el orden social. Debemos interiorizar esas enseñanzas y para eso debemos desarrollar nuestra razón para adquirir la mayor sabiduría posible.

Por otro lado, no basta que los individuos se perfeccionen para lograr el orden social. Deben elegir líderes que están preparados para interpretar los acontecimientos contingentes, como la violencia que nos está dominando, y a través de su liderazgo logren conducir al resto por el camino correcto.

De ambas concepciones podemos deducir que la religión puede aportar su granito de arena para desarrollar la consciencia social de los individuos y la política, a través del correcto uso de la razón, establecer los parámetros que garanticen la integración de los individuos sin vulnerar sus derechos esenciales.

Para que la convivencia social sea viable no puede dejar de lado la superación de los individuos. La política, que ha hecho extraordinarios avances para lograr que la armonía impere en la sociedad, ha desterrado la enseñanza moral que impulsaban las religiones. Lo ha hecho debido a los excesos de los dirigentes religiosos de antaño y la conducta incorrecta de algunos de sus integrantes. También debido a que la descripción de los fenómenos sobrenaturales impedía el libre desarrollo de la razón.

Al hacerlo destapó la caja de Pandora. Los frenos que impulsaba la religión quedaron obsoletos para alegría de los liberales que veían sustentadas sus creencias. La justicia, brazo activo de la política, reemplazó a la imposición religiosa en el mantenimiento social. Pero las fuerzas que no se conducen por la razón descubrieron las falencias de las leyes. Debido a la inoperancia de estas, permitieron que algunos cometieran desmanes perjudicando la tranquilidad del resto de la población.

Nuevamente se necesitan líderes “sabios, razonadores y conocidos por sus tribus” que a través de su sapiencia y su liderazgo logren imponer la paz social

Mientras tal cosa ocurra debemos rescatar las enseñanzas que nuestros Libros Sagrados nos intentaron trasmitir. La mente humana, capacitada para desarrollar al máximo la razón, debe encontrar en esos textos la inspiración para superarse a sí misma. Tendrá, eso sí, que dejar de lado todos aquellos aspectos que quedaron obsoletos por el paso del tiempo. Pero, por su parte, deberá rescatar los valores esenciales que les permitieron a nuestros ancestros sobrepasar los problemas que los agobiaban.

De esta manera una sana convivencia entre religión y política, una en que ambas disciplinas se respeten, comprendan y complementen sin sobrepasar los límites de la otra nos permitirán, una vez más, superar la violencia que nos rodea.

Veseata Dishmaya

 

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Parasha Matot: La religión como fenómeno docente
2014-5775

Jorge Slachevsky Czuckerman

El único aspecto simpático que tienen los desórdenes populares, que se producen tras las legítimas marchas en que la ciudadanía manifiesta su descontento con el gobierno, es ver en la televisión que los perros callejeros se excitan con el agua que lanzan nuestros vilipendiados “guanacos” y participan activamente junto a aquellos que producen desmanes.

En un aspecto nos parecemos a dichos perros. Somos racionales, se supone que nuestra conducta debería estar siempre guiada por nuestro intelecto, pero basta que algún mínimo acontecimiento nos distraiga para que nos olvidemos rápidamente de toda nuestra cultura y retrocedamos a los albores de nuestra civilización, donde la ley del más fuerte primaba sobre el dialogo, lo que aún sigue ocurriendo en nuestras atestadas cárceles.

Frente a esta conducta no queda más que privilegiar el uso de la “palabra” sobre el “garrote” y una de las más grandes herramientas que ha tenido la sociedad para imponerla ha sido la “religión”.

Desprestigiada por la elite intelectual, que se solaza en recalcar los aspectos sobrenaturales de sus doctrinas y la corrupción de sus autoridades, la religión ha desaparecido de la conducta humana produciendo un vacío difícil de llenar. Más aún cuando habitualmente observamos las matanzas que se producen, en países foráneos, cuando algunos dirigentes religiosos se dejan llevar por sus instintos elementales para impulsar a sus seguidores a cometer actos monstruosos.

Este sábado un grupo de jóvenes pasó frente a mi edificio y por el solo hecho de mostrar esa veta primitiva rompieron el espejo panorámico que se encontraba a la salida del portón vehicular. También, este fin de semana, pudimos observar como un grupo de barristas, seguidores de un equipo de futbol, ingresaban corriendo al campo de juego para dirigirse a las aposentadurías de los rivales para trenzarse a golpes con ellos. Ambas conductas tienen su origen en los mismos instintos que impulsan a los perros a dejarse llevar por los chorros de agua.

También en esta semana nuestra Mandataria nos señaló, guardando las proporciones con los casos ya señalados, en otras palabras más elaboradas, que su gobierno se había dejado llevar por su entusiasmo, ¿igual que los barristas?, y había exacerbado las expectativas de las ciudadanía ofreciendo reformas que iban a redundar en beneficio de los más desposeídos dándose cuenta, recién, que el aparato burocrático no estaba preparado para dicho desafío y que los dineros no iban a alcanzar para dicho propósito.

Los ciudadanos comunes y corrientes nos podemos permitir algunos exabruptos, al dejarnos llevar por nuestro entusiasmo, pero nuestros dirigentes deben tener la clarividencia para calcular los efectos negativos de las reformas que están proponiendo.

La educación secular nos enseña a modificar nuestro entorno para satisfacer nuestras necesidades. Es deficitaria para calcular los efectos negativos que dichas acciones van a producir. Basta observar las consecuencias que el cambio climático, está produciendo, originado por el efecto invernadero.

Nuestros Libros Sagrados, utilizando el lenguaje que podía ser entendido por las masas incultas de la época en que fueron escritos, comprendieron a cabalidad el efecto del entusiasmo desbordante y crearon la figura del profeta quien tenía la capacidad de anticiparse al efecto de los acontecimientos para advertir al pueblo de sus consecuencias.

En la parasha de esta semana, Matot, podemos ver como la Torah intenta conducir los instintos humanos por el camino de la rectitud y de cómo los profetas podrían ayudarnos a superar nuestros problemas.

En ella podemos leer:

“Esta es la palabra que el Eterno ha ordenado”.

Los comentaristas han buscado el significado de cada una de las expresiones de la Torah para rescatar aquellas enseñanzas que pueden expandir los efectos de nuestra limitada percepción de lo que nos está ocurriendo.

En el ámbito secular siempre me ha gustado recurrir a un pensamiento de Isaac Newton quien, aparte de haber sido uno de los pilares de nuestro conocimiento científico, escribió numerosos libros y artículos donde indagaba la manera de introducirse en la realidad oculta a nuestro intelecto y que graficó con el siguiente pensamiento:

“No sé cómo puedo ser visto por el mundo, pero en mi opinión, me he comportado como un niño que juega al borde del mar, y que se divierte buscando de cuando en cuando una piedra más pulida y una concha más bonita de lo normal, mientras que el gran océano de la verdad se exponía ante mí completamente desconocido”

Aquel o aquella que accede al privilegio de la conducción política no se puede permitir jugar con los guijarros que se encuentran a la orilla del mar sin intentar desentrañar los misterios que se esconden en las profundidades del océano.

En los comentarios a la frase citada de la parasha Matot nos enteramos textualmente:

“Hay dos niveles de percepción profética, y cada uno de ellos es introducido mediante una expresión particular. El nivel más bajo, introducido por la expresión “así habló el Eterno” implica una percepción profética aproximada del comunicado divino. En cambio, la expresión “esta es  la palabra”, implica que esa, y no otra, es la palabra divina; en otras palabras, indica una percepción diáfana y directa del comunicado divino.

En nuestro lenguaje profano no existe una fórmula que le permita a los recipiendarios de la información darse cuenta de que si la persona, que está trasmitiendo el mensaje, ha intentado medir las consecuencias de lo que está proponiendo o sí este es un mensaje retórico cuya única intención es conseguir la aprobación emocional de aquellos que lo están escuchando.

A continuación del comentario podemos leer:

“De los demás profetas se dice figurativamente que percibieron la palabra de D-s a través de un “cristal difuso” mientras que de Moisés se dice que la percibió a través de un “cristal transparente”.

La primera expresión, “cristal difuso”, se refiere a una manera de percibir el mundo observando la manera como los acontecimientos son el resultado directo de las leyes naturales que actúan sobre ellos. Esta percepción no es “esencial” ni “total” ya que no percibe las consecuencias a largo plazo que se pueden producir debido a que no está condicionada para percibir dichos efectos.

La segunda, “cristal transparente”, amplía la visión natural hacia los confines de lo desconocido de manera de intuir cual es, en lenguaje religioso,  “la estructura esencial del universo”, en que la visión del “profeta” no solo se reduce a la interpretación de los acontecimientos sino que tiende a la comprensión de la esencia de la realidad última. Moisés es el ejemplo paradigmático de dicha clarividencia estampadas en los relatos de la Torah.

Entonces, todo se reduce a la manera de como el líder percibe la realidad y de cómo sus seguidores se amoldan a sus enseñanzas.

La parasha Matot nos señala un camino para que las personas comunes y corrientes puedan cumplir con aquellas conductas que la Torah enuncia a lo largo de todas sus enseñanzas.

Exige que cada cual cumpla las promesas que voluntariamente haya emitido. Consideraba tan importante esta exigencia que aquel que se veía en la imposibilidad de cumplirlas debía acudir a un grupo de expertos en el tema que eran los únicos autorizados para rescindir la promesa efectuada. Este mecanismo garantizaba que las promesas tuvieran un grado de legitimidad y que la confianza en la estructura social se mantuviera incólume frente a los acontecimientos transitorios.

Tanto nuestros gobernantes como los ciudadanos tienen sus propias tareas que cumplir. Los primeros deben aquilatar las consecuencias de sus promesas ya que su incumplimiento conduce a la pérdida de confianza que socaba los fundamentos de la gobernabilidad. Las personas individuales, por su parte, no están sometidas a dicha exigencia tan extrema, pero deben ser cuidadosos de cumplirlas y, si por algún motivo no pueden hacerlo, deben buscar algún mecanismo, quizás similar al estampado de la Torah, que evite los efectos perniciosos que las promesas incumplidas puedan ocasionar.

Veseata Dishmaya

 

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Parasha Pinjas: Determinación y Moderación
2014-5775

 Jorge Slachevsky Czuckerman

Todos estamos felices. Por primera vez en la historia nuestra selección de futbol ganó un trofeo importante, la Copa América. La determinación de nuestros futbolistas los condujo al triunfo que tanto nos alegró. La moderación fue derrotada. El jolgorio duró toda la noche y hasta el momento no se escucha otro tema de conversación que no sea los pormenores de la  hazaña que realizaron nuestros deportistas.

Es digno de analizar el motivo por el cual este triunfo logró galvanizar, en una sola unidad, a toda una nación que usualmente está dividida por el otro deporte nacional que acapara nuestra atención, la descalificación de nuestros congéneres. Esta maledicencia que practicamos con tanto fervor, el Lashon Hara descrito en la Torah, que hace que seamos tan parcos con nuestras felicitaciones y tan generosos con nuestras críticas.

El triunfo deportivo logró que cada uno de los individuos dejara de lado sus inquietudes personales y se constituyera en la sociedad a la cual todos aspiramos. Atrás quedaron, aunque fuera por ese momento, los problemas políticos y la delincuencia que nos afectan. La antigua Roma ya había descubierto que los juegos lograban este objetivo y lo exacerbaron al máximo. Los combates de gladiadores, en el cual dos o más combatientes luchaban hasta la muerte, fue el clímax de dicha distracción y sus excesos llevaron a que el Cristianismo, con su énfasis puesto en la convivencia pacífica, impusiera una unión cívica basada en el concepto que lo trascendente era superior a lo contingente.

Con el advenimiento de la nueva religión empezó una nueva etapa en la convivencia humana. Había partido de una idea sencilla, heredada del judaísmo, que afirmaba que si todas las personas practicasen la máxima que “no hagas a otros lo que no quisiera que te hicieran a ti”, no se necesitaría de ninguna otra imposición para que el mundo se transformara en el Paraíso Terrenal del cual habían sido expulsados Adán y Eva.

Estas ideas primigenias fueron sobrepasadas por los instintos individuales que obligaron a la jerarquía eclesiástica a crear un canon de conductas y sus correspondientes medidas represivas que garantizaran su cumplimiento. Aparecieron un conjunto de normas y dogmas que fueron paulatinamente esclavizando a las personas a medida que  les impedía el goce del mayor de los atributos humanos, el Libre Albedrío.

Rápidamente se confundieron dos estamentos que siempre debían haber estar separados en toda sociedad. El primero de ellos es el que establecía las normas de conducta que debían regir las conductas de los individuos, la religión, tan desprestigiada actualmente, y el segundo que establecía la conducción política, igualmente desacreditada, que garantizaba la convivencia pacífica de la sociedad.

En la parasha de esta semana nos encontramos con dos personajes que definían los fundamentos de ambas instancias.

Pinjas representa el triunfo de la verdad sobre la paz y por sus convicciones se le recompensó con el sacerdocio. Recordemos que al final de la parasha de la semana pasada los israelitas habían llegado a las planicies donde habitaban los moabitas. Como el lugar era un oasis muy fértil, muy distinto al desierto árido donde habían deambulado durante 40 años, se relajaron y fue en ese momento que los moabitas y los midianitas decidieron que la mejor manera de derrotar a los israelitas era, siguiendo los consejos del hechicero Bilaam, incitarlos a mantener relaciones sexuales indebidas con las mujeres moabitas. Suponían que, al ser el dios de los israelitas un dios moral, iban a perder el apoyo divino al cometer dichos actos.

Zimri, un varón israelita, tuvo relaciones sexuales con una princesa moabita frente a todo el pueblo de Israel. Pinjas, un nieto de Aarón, que no había sido nombrado Kohen debido a que había nacido antes que se ungiera a Aarón y algunos de sus hijos al sacerdocio, basado en el celo que tenía al precepto divino de que el Pueblo de Israel no debía mantener relaciones indebidas, asesina a ambos infractores y por esa acción, mantener la “verdad” bajo todas las circunstancias, fue recompensado, como ya dijimos, otorgándole a él y a sus descendientes la investidura sacerdotal.

Josué, sucesor de Moisés, representa al administrador que sacrifica la verdad en aras de la paz, y por sus desvelos fue recompensado convirtiéndolo en el líder que condujo a la conquista de la Tierra Prometida.

Fue uno de los doce espías que fueron enviados a la Tierra Prometida para investigar las bondades que ofrecía la Tierra. Recordemos que diez de ellos trajeron informes desalentadores. Por haberlos escuchado el Pueblo de Israel fue condenado a deambular por el desierto durante cuarenta años. Josué, junto con Caleb, se negaron a difundir mensajes desalentadores y por ese motivo el primero fue premiado al ser nombrado sucesor de Moisés.

Josué contaba con  la determinación y la moderación para tener éxito en la misión que le fue encomendada. Por su parte, Pinjas tenía la determinación pero la faltaba la moderación. Su exceso de celo introdujo la controversia dentro del pueblo. Después de su efímero protagonismo pasó rápidamente al anonimato mientras que Josué, quien logró aunar las voluntades en pos de un destino común, llenó la historia con sus hazañas que son conocidas por  todos.

Volviendo a la actualidad de nuestro país, podemos descubrir que los Pinjas actuales, con su celo exagerado por aplicar la verdad, nos han conducido al reinado de la controversia inconducente. Por ahora nos hemos olvidado de los ejemplo de los Josué quien, con su moderación y conducta reflexiva, respaldada por su amplia experiencia, son capaces de  lograr que un pueblo, dividido por sus legitimas convicciones, aúne sus esfuerzo por lograr la mítica Tierra Prometida que todos anhelamos. Una tierra donde se logre derrotar el flagelo de la desigualdad y la falta de oportunidades de los más desposeídos. Una tierra donde los Pinjas, con su celo, puedan establecer los ideales a los cuales debemos aspirar, y donde los Josué, con su moderación, logren alcanzar pacíficamente esos objetivos.

Mientras eso ocurra tenemos las gestas deportivas que nos hacen soñar que tales logros pueden ser replicados en todas las facetas de nuestra sociedad.     

Veseata Dishmaya

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Parasha Balak: El éxito corrompe
2014-5775

Jorge Slachevsky Czuckerman

Una vez más la parasha de esta semana, Balak,  nos relata una historia que está teñida por lo sobrenatural. Pareciera ser que está destinada a ser leída por mentes simples que lo único que podrían sacar en limpio es que la influencia divina sería fundamental en nuestro quehacer humano. Lo que podríamos hacer frente a esa inmensidad, que sentimos que nos agobia, sería cumplir fielmente los preceptos que están contenidos en la Torah. No nos quedaría más que mantener encendida la ilusión que esa magnificencia divina sería la única fuerza capaz de protegernos frente a todos los contratiempos que nos pudieran amenazar.

Si eso fuese todo lo que sintiéramos, al finalizar la lectura de la parasha, tendríamos que estar de acuerdo con que la religión no sería más que una fantasía que obstaculizaría que nuestra razón pudiese desarrollar todas sus capacidades.

Por otro lado, si buscáramos el verdadero mensaje que los relatos religiosos intentan trasmitir, descubriríamos importantes enseñanzas que podrían apoyar a nuestra razón cuando esta se viera enfrentada a los problemas que la pudiesen sobrepasar.

Al final de la parasha anterior, nos encontramos que el Pueblo de Israel había derrotado a varios pueblos que se encontraban en su camino a la Tierra Prometida. En la parasha de esta semana, Balak, rey de Moab, establece una alianza con sus eternos enemigos, los midianitas, para evitar que los israelitas  los derrotara.

Al respecto Rashi nos señala:

 ¿Qué indujo a Moab a tomar consejo de Midian? Lo siguiente: cuando los de Moab vieron que Israel vencía a sus enemigos de un modo sobrenatural, se dijeron: “El líder de estos creció en Midian”. Preguntemos entonces a los de Midian cuál es su característica principal. Los de Midian le dijeron: “Su poder sólo reside en su boca”. Entonces los de Moab dijeron: “Siendo así, nosotros también iremos contra ellos con la ayuda de un hombre cuyo poder reside en su boca”

Para los antiguos el poder de la boca residía en la capacidad de bendecir o maldecir. Este poder no lo podía utilizar cualquier persona. Tenía que ser un profeta quien lo hiciera.

Todo profeta era una persona excepcional. Había desarrollado la capacidad de prever los acontecimientos futuros. En el lenguaje bíblico era aquel a quien D-s le comunicaba los acontecimientos que van a ocurrir y le otorgaba la facultad de trasmitírselos a los demás, mediante su “boca”, para que estos recapacitaran y actuaran correctamente para evitar que los hechos sucedieran. En un lenguaje más moderno, consistiría en la facultad que tienen los intelectos más desarrollados para analizar aquellos acontecimientos amenazantes y elevarse sobre las ideas preconcebidas para encontrar la solución a los problemas.

En lo que podrían coincidir la concepción religiosa y la laica es que para conseguir tal capacidad es necesario elevarse a otro nivel de consciencia. Uno en el cual puedan obviarse las interferencias, los  “ruidos”, que confunden a los seres menos preparados. Personas que buscan líderes que los conduzcan en momentos de confusión.

El problema radica que algunos de esos líderes desvirtúan su misión y utilizan su don para su beneficio personal. Eso debido a que, tal como está enunciado en el título de esta parasha, el éxito corrompe.

En el relato Balak buscó a un profeta que pudiese maldecir al Pueblo de Israel. Este era Bilam. Un persona que había logrado un alto nivel de espiritualidad (o de consciencia) que implicaba un acercamiento profundo a D-s (o a su propio entendimiento) que le permitía comprender a cabalidad lo que ocurría en el plano material.

Bilam había logrado dominar sus impulsos negativos. Pero algo ocurrió cuando adquirió la capacidad profética, se corrompió y empezó a utilizar sus dones para maldecir en vez de bendecir. Esto significa que en vez de estimular los  talentos positivos de los individuos, bendiciones, engrandecía sus defectos, maldiciones, para obtener beneficios personales.

En la parasha Bilam no puede maldecir al Pueblo de Israel debido que al observarlo solo descubre características positivas que lo obligan a bendecirlo.

El relato es un recordatorio para aquellos que tienen que conducir nuestro destino en el sentido que deben hacerle caso a los mensajes positivos de su consciencia y no se deben dejar corromper por todo aquello que los benefician.

Veseata Dishmaya

 

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Parasha Jukat: La fantasía vencida por la ideología
2014-5775
 Jorge Slachevsky Czuckerman

Dice un dicho popular que a quien madruga D-s ayuda. Eso no me ocurrió la semana pasada cuando terminé de escribir mi columna y la mandé a Anajnu. Ocurre que me había quedado dormido el martes bien temprano. No alcancé a ver las noticias. El miércoles tampoco las vi cuando me desperté a las seis para terminar mi comentario y poder mandarlo antes que cerraran la edición del semanario. Es importante no causar la ira del Web Master. Allí fue cuando me puse a ver las noticias en televisión y recién entonces me enteré que el futbolista Arturo Vidal había chocado la noche anterior cuando conducía bajo la influencia del alcohol y en un santiamén había dejado obsoleto todo lo que yo había escrito.
           
            Lo que ocurrió fue que la fantasía había sido vencida por la ideología. Me explico. Todo mi comentario se basaba en la ilusión de que el futbol se podía transformar, en situaciones culmines como la Copa América, en un elemento aglutinador de la sociedad que cumplía fielmente con el concepto de “religare”, unir, que por el simple hecho de congregar sanamente a toda la sociedad se constituía de alguna manera en un fenómeno religioso.

            Como ya dijimos, el futbolista irresponsablemente choco su Ferrari nuevo cuando conducía bajo los efectos del alcohol. Después de su excelente desempeño en el partido contra México habían tenido la tarde libre. Aprovechó ese tiempo compartiendo en un casino cercano a la capital y había bebido sin tomar en cuenta los peligros que implicaban manejar en esas condiciones.

            Al chocar se rompió el embrujo unificador que el futbol había producido en la sociedad. Inmediatamente las opiniones empezaron a divergir. Si darse cuenta la fantasía que había unido fue vencida por otro fenómeno que desunía, la ideología. Esto debido a que cuando las personas se vieron enfrentadas a ese acontecimiento inesperado, que introducía la paradoja y la contradicción en una fantasía que no las incluía, se vieron forzados  a abandonar abruptamente la emoción positiva que las movilizaba para reemplazarla por la ideología que regularmente los sustentaba.

Según el diccionario la ideología es el conjunto de ideas que caracterizan el pensamiento de una persona, una colectividad o una época. Normalmente son rígidas y no permiten que sean discutidas. Funcionan como un entramado que permite que la realidad pueda ser enfrentada, ya no como un caos, sino como una sucesión de eventos que adquieren sentido por su concordancia con la ideología del sujeto.

Es esa noción de ideología que la sociedad utilizó para enfrentar el caso de Vidal. Rápidamente quedó de lado la consideración que el choque podría haber producido consecuencias fatales. Como no ocurrió así se consideró que lo conveniente era olvidarse rápidamente del asunto para que el jugador pudiese seguir participando en la selección.

 

El relato de la parasha de esta semana, Jukat, describe la paradoja  de la Vaca Bermeja que trata, de alguna manera, hace miles de años, una situación en la que la contradicción, al igual que con el futbolista, hace que la mente humana se vea enfrentada a una situación que se le hace muy difícil manejar.

La paradoja de la Vaca Bermeja hacía que, al mismo tiempo, aquellos que eran puros, los kohanim que la sacrificaban y la quemaban para recoger sus cenizas, quedaban impuros por haber participado en ese rito mientras que, aquellos que eran impuros por haber estado en contacto con un cadáver, se purificaban al ser rociados por las cenizas diluidas en agua. Había una contradicción en el efecto que producía las cenizas de acuerdo a la condición de aquellos que la manipulaban.

            Esta contradicción es un preámbulo del relato que sigue a continuación en el relato de la parasha. Miriam muere. En ese mismo momento se secó el pozo de agua que había acompañado al Pueblo de Israel en todo su deambular por el desierto. El pueblo se quejó ante Moisés y este recurrió a la divinidad. Está ultima le señaló que debe tomar su bastón y hablarle a la piedra para que brotara agua de ella.

            Moisés no le hizo caso al mensaje divino y “golpeó”, dos veces, la piedra para qué brotara agua de ella. Antes, en otras situaciones, Moisés había tenido que “golpear” con su bastón para que se produjera el milagro. En esta ocasión tenía que “hablarle” para lograr el mismo efecto. Como “golpeó” en vez de  “hablar” fue castigado con la prohibición de ingresar a la Tierra Prometida.

            El motivo que produjo ese castigo tiene algo que ver con la diferenciación que hemos establecido entre fantasía e ideología. Hasta ese momento, tras el Éxodo de Egipto, el Pueblo había vivido en un estado en que, aunque real, había mantenido las consciencias de sus integrantes en un estado psicológico similar al de la fantasía. Las Nubes de Gloria los protegía, el maná los alimentaba y el agua brotaba automáticamente del manantial de Miriam.

            Pero esta situación no podía mantenerse en la Tierra Prometida. Allí habría que luchar por la conquista de la tierra. Habría que labrarla y cosechar físicamente sus frutos. Todas las actividades humanas dependerían del esfuerzo humano y la divinidad se mantendría al margen haciendo que la responsabilidad fuese exclusivamente de los hombres y mujeres que la trabajaban.

            Esta es la lección que D-s quería enseñar a Moisés en el incidente de la piedra. El agua podría haber seguido brotando después de la muerte de Miriam si D-s lo hubiese querido. Pero decidió que esa era la ocasión para comunicarle, en un lenguaje simbólico, a Moisés de que de allí en adelante el Eterno recurriría al auxilio de los mortales en contadas ocasiones, después de que estos hubiesen solicitado su ayuda mediante el rezo, quedando la manipulación de los fenómenos físicos como exclusiva responsabilidad de los seres humanos.

            Desde entonces la ideología ha sustentado los grandes progresos que han beneficiado a la humanidad. La fantasía quedó relegada a un segundo plano. Ha llegado el momento en que esa fantasía debe tomar una participación activa en los acontecimientos. Eso debido a que la confianza en las virtudes emancipadoras de la economía se ha derrumbado, los líderes que nos deberían gobernar en forma altruista han perdido su credibilidad y que aquellos a quienes debiéramos admirar por sus talentos, como Vidal, nos hace recurrir a disquisiciones racionales para justificarlos en sus desmanes.

            Un pensamiento ingenuo como el que hemos expresado no beneficia materialmente a la sociedad. Pero ese progreso, si no está sustentado en una pizca de fantasía, que nos impulse a obrar en forma correcta, destruye todos los logros alcanzados hasta ese momento, tal como le ocurrió a Moisés al que le fue negado su ingreso a la Tierra Prometida que tanto luchó por alcanzar.

Veseata Dishmaya

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Parasha Koraj: ¿El futbol como fenómeno religioso?‎
2014-5775

Jorge Slachevsky Czuckerman

Si somos latinoamericanos, especialmente chilenos, estaremos fascinados porque se está jugando la Copa América en nuestro país. El futbol domina las conversaciones. Los días que juega Chile se paraliza el país. El aire se llena de olor de asado. Todos, hasta los menos futboleros, alegamos el jueves pasado contra nuestra selección que, según mi humilde entender, jugó en forma bastante modesta contra Ecuador. Para nada valió que contáramos con un conjunto de jugadores excelentes que participan en los mejores equipos del exterior. Distinta fue la cosa el lunes, cuando nos tocó enfrentar a  México.  De una manera emocionante, especialmente al final del partido, nuestros jugadores le pusieron toda la garra, mojaron la camiseta como se dice en el ambiente futbolístico, e hicieron que medio Chile durmiera satisfecho olvidándose de los problemas que tanto nos afectan.

¿Es el futbol un fenómeno religioso? Obviamente que no tomándolo bajo los estándares conocidos. Pero, llevándolo al terreno de la ficción literaria, aprovechándonos que el editor de Anajnu jamás tijeretea los artículos que publica, podríamos decir que sí lo es debido a que encauza positivamente las pulsiones que a veces nos dominan. Las conducen por caminos inofensivos que las diluyen positivamente. Para algunos, los menos, pero los más impulsivos, los conduce por los caminos de los desmanes. Eso no es culpa del futbol sino que de los tiempos modernos, ¿o quizás postmodernos?, que estamos viviendo en que la libertad individual es mal entendida, tal como ocurre en las manifestaciones políticas, y se confunde con el libertinaje.

Esa reflexión nos conduce hacia el personaje de la parasha de esta semana, Koraj. Si viviera en estos momentos quizás prendería bengalas en los estadios y quemaría quioscos en las manifestaciones políticas.

En la parasha, Koraj es sobrino de Moisés y Aarón. Estaba molesto porque la dirección política del Pueblo de Israel estaba en la mano de Moisés y la religiosa en la de Aarón. Consideraba que este último no la merecía por su participación en el incidente del Becerro de Oro.

Se hubiese resignado si lo hubiesen nombrado líder del clan de Kehat, de la tribu de Levi, quien había tenido cuatro hijos: Amram, Itzhar, Jebron y Uziel”. Moisés y Aarón eran hijos de Amram. Si se hubiese mantenido la precedencia genealógica, el liderazgo del clan de Kehat le hubiese correspondido al hijo de Itzhar, Koraj. Por mandato divino Moisés no lo nombró, colocando en ese cargo al hijo de Uziel, el menor de los hermanos, despertando la ira de Koraj.

¿Quién tenía la razón, Moisés o Koraj? La decisión de nuestro Patriarca  desencadenó una confrontación que transformo finalmente el fenómeno religioso en uno político.

Todo debido a que Moisés actuó de acuerdo a las instrucciones divinas que le exigía nombrar a Uziel como líder del clan Kehat. No discutió con D-s, tal como lo hizo después del incidente del Becerro de Oro o por la respuesta al reporte de los espías, ambas ocasiones en que su intervención impidió que D-s concretara la amenaza de destruir al Pueblo de Israel.

En el caso de Koraj, Moisés al acatar los designios divinos en vez de discutirlos, tomó una decisión política que desencadenó un desenlace fatal para todos los participantes de  la rebelión.

            Koraj había logrado reunir a un grupo de 250 hombres que lo acompañaron a confrontar a Moisés. De acuerdo con los comentarios de nuestros sabios, ya que no aparece relatado en la parasha, querían convencerlo de que había tomado una decisión equivocada al elegir a Aarón como Sumo Sacerdote. Si podían demostrar que eso era así significaría que también lo estaba al haber elegido al hijo de Uziel como líder del clan de Kehat y existía la posibilidad que revirtiera el nombramiento.

Creyeron que si Moisés no podía resolver un simple acertijo tampoco estaría capacitado para definir asuntos importantes como quién debía ser Sumo Sacerdote o líder del clan de Kehat. Decidieron plantearle una pregunta ingeniosa que estaba relacionada con el Talit. Acordémonos que el precepto de usar talit cuyos tzitsit debían incluir un hilo de color azul turquesa estaba detallado al final de la parasha anterior, Shelaj.

Los amotinados le hicieron la siguiente pregunta: ¿Si el talit completo estuviese teñido del color azul turquesa sería necesario, de todas maneras, que los hilos estuviesen anudados en los tzitzit?

La pregunta del talit escondía otra que hubiese resultado auspiciosa para las intenciones de Koraj.  Estos le habían planteado que si todo el pueblo era santo, tal como lo había insinuado D-s en el Sinaí, cualquiera podía ocupar el puesto de Sumo Sacerdote y si Moisés se había equivocado al imponer a su hermano en esa posición también se había equivocado al nombrar a Uziel.

Moisés no entró en una disquisición filosófica con Koraj y sus seguidores. No se abrió al dialogo. No escuchó que posiblemente Koraj tenía una postura válida que debía ser considerada y discutida.

En vez de eso decide invocar la intervención divina. Aprovechándose de que la divinidad había castigado con la muerte a los hijos de Aarón, los cuales habían llevado un incienso prohibido al altar en el Santuario, les pidió a los rebeldes que a su vez portaran incienso frente a la divinidad. Si Esta consideraba que estaban correctos en sus planteamientos, no serían consumidos por el fuego y, en caso contrario, morirían por haber desafiado las normas establecidas por Moisés.

El desenlace es conocido. Los amotinados llevaron incienso y fueron destruidos. Desde entonces, hasta la destrucción del Segundo Templo, no se volvió a discutir la manera como se organizaba el sacerdocio dentro del Pueblo de Israel.

Los rabinos ortodoxos actuales aprovechan, a su vez, los comentarios que elaboran acerca de la parasha Koraj, para reafirmar su preeminencia ideológica sobre el resto de la Comunidad y reafirmar el casi mandato divino que hace que su interpretación de la palabra divina sea la Ley.

Volviendo al hecho de que si el futbol podría, jocosamente, constituirse en un fenómeno religioso. No nos olvidemos que religión proviene del término religare que significa unir una cosa a otra. Eso significaría, en relación a la religión, que lo que busca es la unión del ser humano con la divinidad. Pero, con una acepción más cercana al siglo XXI, implicaría unir a los hombres para lograr un orden social que pudiese satisfacer a todos por igual. Si esto se hubiese dado en los tiempos bíblicos incluiría a Moisés y a Koraj que hubiesen podido buscar, a través del diálogo, un punto de convergencia que hubiera solucionado sus problemas.

Cuesta unir las voluntades de las grandes masas. Es por eso que, simbólicamente, el futbol se podría considerar como un fenómeno religioso ya que une las voluntades y los hace olvidarse de sus agendas personales.

Tal como lo hizo Nelson Mandela, que logró la reunificación social de Sudáfrica, integrando magistralmente a blancos y negros en un partido de futbol americano que, aunque no fue el factor decisivo, contribuyó a lograr  la paz social en ese país.

Si existiera la posibilidad de reducir los ánimos caldeados por los sucesos políticos podríamos considerar al futbol, aunque solo sea durante la Copa América, como un fenómeno religioso.

Veseata Dishmaya

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Parasha Shelaj: El talit nos recuerda el episodio de los espías ‎
2014-5775

 Jorge Slachevsky Czuckerman

Comentábamos la semana pasada que D-s había castigado a Miriam porque ésta le había hecho un comentario a Moisés que, de acuerdo a lo que nos cuenta el Midrash, pareciera que correspondía a un reproche justificado.

En la parasha de esta semana, Shelaj, nos encontramos con una demanda injustificada del Pueblo a Moisés y éste, en vez de reaccionar negativamente como en el caso anterior, consulta a D-s respecto  a la petición y contando con el beneplácito divino, decide aceptar lo que se le había solicitando.

El Pueblo, que había presenciado los milagros acaecidos durante el Éxodo y había estado presente en la Revelación del Sinaí, había luego desconfiado de la promesa divina de que en la Tierra Prometida “brotaba la leche y la miel” y había solicitado a Moisés que mandara a un grupo de exploradores para que comprobase si era verdad lo que D-s les había ofrecido.

No sabemos realmente porque Moisés accedió a la demanda y tampoco  porque lo hizo D-s que, sabiendo lo que iba a pasar, no hizo nada por detenerlo.

Si lo hubiese hecho el Pueblo habría ingresado a la Tierra Prometida a regañadientes y no habría tenido la convicción que necesitaba para conquistarla. Quizás era necesario que transcurriera todo el proceso que relata la parasha: que fuesen los espías a investigar, que trajeran informes desalentadores, que el pueblo clamara por volver a Egipto, que D-s decidiera exterminarlos, que Moisés solicitara el perdón divino y que finalmente reemplazara la destrucción por la obligación de deambular por el desierto por 40 años. Todos episodios magistralmente narrados en el relato que nos deja una enseñanza vigente hasta nuestros días.

Una vez que leemos el relato de las peripecias que sufrió el Pueblo durante los 40 años que deambuló por el desierto nos enteramos que la decisión de Moisés fue la correcta. El Pueblo de Israel se encontró en la antesala de la Tierra Prometida con la convicción férrea de que estaba haciendo lo correcto y con la fuerza necesaria para conquistarla y prosperar en ella.

La convicción que desarrolló la generación del desierto, cuya enseñanza debemos absorber, nos mantiene esperanzados que todos los desafíos que nos presenta la vida pueden enfrentarse con éxito si tenemos la misma convicción que el Pueblo de Israel adquirió durante su deambular.

Todas las enseñanzas que están relacionadas con un comportamiento que debemos practicar se olvidan con mucha facilidad. La Torah, consciente de esta situación y tomando en cuenta la importancia que tuvo el incidente de los espías, consideró necesario que tuviéramos a nuestro alcance un elemento físico que nos recordara sus enseñanzas. Es así que, a continuación del relato de los espías, la parasha nos conmina a usar un ropaje especial para que constantemente tengamos frente a nuestros ojos un recortadatorio que nos ayude en nuestros afanes:

El Eterno dijo a Moisés, para decir: “Habla a los Hijos de Israel y diles que se hagan para ellos pezoladas en las esquinas de sus vestimentas, por sus generaciones. Y en la pezolada de cada esquina pondrán un hilo de azul turquesa. Constituirán pezoladas para ustedes, a fin de que las vean y recuerden todos los Mandamientos del eterno y los cumplan”

Tengo que reconocer que no conocía el término “pezolada” así que tuve que buscarlo en el diccionario. Significa “porción de hilos sueltos sin tejer que están en los principios y fines de las piezas de paño”, es decir lo que los judíos conocemos como tzittzit.

En la liturgia del Shabat y algunas festividades importantes los judíos usamos un talit, una especie de chal, sobre nuestras vestimentas que tiene las “pezoladas” en cada una de sus esquinas.

Eso lo hacemos porque de alguna manera los seres humanos no solo nos vestimos para protegernos de las inclemencias del tiempo o del material con que trabajamos, como el pintor que se coloca un mameluco para no mancharse, el soldador para no quemarse o el jardinero para no clavarse las espinas de la rosas; sino que al hacerlo podemos reforzar nuestra convicción que estamos efectuando una labor significativa que nos satisface.

Con mayor razón debemos hacerlo cuando intentamos conectarnos a nuestra dimensión espiritual. El talit, con sus tzitzit nos recuerda que,  tal como el Pueblo de Israel debió adquirir una convicción especial en su deambular por el desierto para conquistar la Tierra Prometida, nosotros debemos adquirirla para conquistar nuestra propia Tierra Prometida siempre que recurramos a nuestro manantial interior que nos provea de la fuerza necesaria para persistir en nuestro empeño.

Tal como el talit es un signo exterior, que se coloca sobre nuestra ropa, necesitamos de un signo interior, más cercano a nuestro cuerpo que nos recuerde que la búsqueda de dichas convicciones no se da en el mundo contingente  sino que en lo más profundo de nuestras conciencias. Por eso que los tzitsit también se utilizan adosados a una camiseta delgada que va bajo la ropa. Esa no la ve nadie más que aquel que la ocupa simbolizando que la búsqueda de las convicciones es un proceso interno que solo puede ser desarrollado en lo más profundo del ser de cada uno de los integrantes del pueblo de Israel.

Esperamos que en el futuro, tanto los hombres que usan tradicionalmente el talit, como las mujeres que no lo hacen, por lo menos por ahora, puedan comprender que una sociedad solo tiene la posibilidad de prosperar cuando cuentan con una idea que pueda desarrollar, con lideres aptos que tengan la capacidad de aglutinar las voluntades y un pueblo que voluntariamente acceda a ser conducido porque las otras  dos condiciones concuerdan con sus convicciones.

 ¿Ocurrirá así en nuestro país?

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Veseata Dishmaya

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Parasha Behaaloteja: La decisión de Miriam
2014-5775

Jorge Slachevsky Czuckerman

La parasha Behaaloteja está llena de episodios y cada cual amerita un comentario por sí mismo. El último de ellos involucra directamente a Miriam, Moisés y en menor grado a Aarón, todos hermanos entre sí.

Nuestros sabios encontraron que estos párrafos, tan cortos en su desarrollo pero tan amplios en su interpretación, incluye algunas insinuaciones que escapan a la lectura literal de un simple lector.

Estas quedaron registradas en los Midrash, relatos que aunque nacieron en la imaginación de sus autores, nos entregan de tal manera su contenido que tendemos a aceptarlos. Llenan los vacíos que aparecen en la Torah, complementándola de tal manera que el Midrash se nos hace convincente, aunque no necesariamente creíble.

Quizás algunos líderes políticos de nuestro país necesitarían leer la parasha Bejaaloteja y su correspondiente Midrash, para aprender cómo funcionaban los pensamientos de nuestros sabios, que cuando se veían enfrentados a una  situación cuya solución conducía a la confusión, se dedicaban a estudiarla con detención para que sus explicaciones no parecieran una simple improvisación.

Uno de esos casos es cuando D-s le señala a Moisés que debe elegir un consejo de 70 ancianos que lo ayudara en la dirección del Pueblo. Tarea política que no los convertía automáticamente en profetas por haber sido elegidos para dicho cargo.

¿Por qué D-s le pidió a Moisés que eligiera a 70 ancianos? ¿Es que acaso no sabía matemáticas ya que si elegía 6 consejeros de cada una de las 12 tribus debía elegir a 72 y no a 70? ¿No bastaba que ya, por naturaleza, los judíos siempre tendemos a encontrar un tema de discusión donde no lo hay para que la Torah, además, nos plantee un problema que pareciera que no tenía solución?

 

Moisés finalmente eligió a 6 ancianos de cada Tribu. No podía hacer otra cosa ya que si no aquellas dos que hubiesen aportado 5 se habrían sentido pasadas a llevar.

Entonces, aunque sea momentáneamente, el consejo de ancianos tenía 72 miembros. ¿Cómo se eliminaban los dos restantes? ¿Por sorteo? Es allí donde aparecen dos de ellos, Eldad y Meidad, que generosamente deciden apartarse para no causar mayores conflictos. Como no había embajadas, como ocurre en el mundo moderno, donde mandar a los políticos cuya presencia en el país resulta algo incomoda, D-s le otorgo a esos dos ancianos el poder de la profecía para que constituyeran una especie de think tank de la actualidad, otro lugar donde se recluyen los políticos sin cartera a deliberar acerca de los temas contingentes.

Más adelante la parasha nos informa de una situación acaecida entre Moisés, Miriam y Aarón:

“Miriam habló, y Aarón también, de Moisés con respecto a la mujer cushit que él había tomado, pues él había tomado una mujer cushit. Ellos dijeron. ¿Acaso exclusivamente con Moisés habló el Eterno? ¿Acaso no habló Él también con nosotros? Y el Eterno oyó. Y el varón Moisés era sumamente humilde, más que todos los hombres que están sobre la faz de la tierra”

El versículo no nos informa el motivo por el cual los hermanos hablaron con Moisés acerca de la mujer cushit. Se supone que ésta era Ziporah a pesar que ella no había nacido en la zona de Cush. El Midrash aprovecha el momento en que Eldad y Meidad visitaron a Moisés para informarnos que el motivo de dicha conversación era que Miriam se había enterado que Moisés había dejado de cohabitar con su esposa.

Eldad y Meidad trasmitieron a Moisés una profecía que lo tiene que haber afectado profundamente. Nuestro profeta, el que hablaba directamente con D-s, que había liberado a su Pueblo de Egipto, el que les había traído las Tablas de la Ley y que les había permitido recibir la Revelación en el Sinaí, tuvo que escuchar en la boca de dos profetas menores que él iba a morir en el desierto y que Josué iba a ser el encargado de dirigir el ingreso de su Pueblo a la Tierra Prometida.

Pareciera ser que el Midrash tuviera visos de machista debido a que aprovecha esta ocasión para denostar al género femenino.

Ziporah, la esposa de Moisés, aprovecha este momento de tanta expectación para dejar escapar los pensamientos que rondaban por su cabeza, estimulados por otras profecías que, en realidad, no tenían mayor relevancia en ese momento específico:

¡Ay de las mujeres de de esos hombres si ellos están sujetos a las profecías, pues se separaran de sus esposas de la misma forma que mi esposo se separó de mí!”

Miriam la escucha y decide que no era correcto que Moisés hubiese dejado de cohabitar con su esposa. Averigua que no lo hacía desde la revelación del Sinaí porque parecía ser que Moisés consideraba que su misión como profeta, de índole tan espiritual, no podía ser afectada por un hecho que aparecía como tan banal en comparación con  la Revelación recibida.

            Miriam acude donde Aarón para solicitarle que la acompañe para hacer desistir a Moisés de mantener la separación con su esposa. Su argumento era que tanto ella como su hermano también eran profetas y eso no les impedía desarrollar una vida normal y mantener relaciones sexuales con sus conyuges.

            Le dijeron a Moisés que a pesar de que su misión consistía en enseñar a su Pueblo el cumplimiento de la máxima,  “trata a tu prójimo como te gustaría que éste te tratara a ti”, estaba justamente vulnerándola cuando no se preocupaba de las consecuencias que su decisión podría traer a su esposa  que la tenían tan atribulada.

            El Midrash nos informa que D-s habló con Miriam y Aarón y les dijo que, aunque ellos eran profetas y podían seguir manteniendo sus relaciones maritales a pesar de ello, Moisés era un profeta excepcional cuya dimensión espiritual le imponía que se abstuviera de tener contacto físico con su esposa por lo que su decisión contaba con toda su aprobación.

            D-s le explicó a Miriam y a Aarón que nunca deberían haber asumido de que Moisés intentaba producir un trastorno a su esposa y que si lo hacía era por una necesidad superior.

A pesar de que Miriam no le contó a nadie sus aprehensiones y acudió donde Moisés a planteárselas, igual la Torah considera que es culpable de maledicencia, transgresión que es castigada con la pena de tzaarát, una afección cutánea que afecta a la persona que haya hablado negativamente de otra y que la obliga a abandonar el campamento hasta que sea purificada por el kohen y se le permita volver.

Cada uno de nosotros tiene una misión que cumplir durante su vida en la tierra. Para realizarla D-s, o la naturaleza, nos ha provisto de algún talento que nos permite desarrollar esa misión. No es necesario que sean grandes realizaciones, como la de convertirse en un líder de su comunidad, en científico, deportista o artista destacado. Pero a pesar de eso cada uno de nosotros tiene que seguir el sendero por lo cual lo hacen transitar sus  talentos. Quizás el talento de Ziporah consistía en  apoyar totalmente a Moisés en la misión que D-s le había encomendado y le producía mucha angustia que Moisés la rechazara y no le permitiera hacerlo.

La maledicencia es un obstáculo que nos impide desarrollar nuestros talentos debido a que nos hace desear tener aquellos que nos han sido negados y rechazar aquellos que nos han sido dados. De alguna manera rechazarlos y dejarnos someter a los designios de los demás nos produce angustia al igual que se le producía a Ziporah por la desatención de Moisés.

Cada frase de la Torah nos puede trasmitir un mensaje que nos haga darnos cuenta de cuál es nuestra misión en la vida aunque no sea tan elevada, ni tal espiritual, como la de los grandes personajes que las distintas parashyot nos trasmiten. Pero, de alguna manera, nuestra misión está frente a nuestros ojos y debemos hacer lo que tenemos que hacer sin que los demás puedan impedirnos hacerlo en su afán de desarrollar sus propias agendas.

Veseata Dishmaya

 

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Parasha Naso: Recuperando la sensibilidad
2014-5775

 Jorge Slachevsky Czuckerman

¡Estoy horrorizado! Esta semana pude ver una pincelada de un reportaje en la televisión acerca de la cacería furtiva de rinocerontes en África. Los cazadores obtienen un suculento precio por sus cuernos que son considerados afrodisiacos en ciertos lugares de Asia. Cientos de animales son sacrificados y su cuerpo queda abandonado después que los depredadores humanos logran su botín.

Lo que tenía de espeluznante este video, tomado desde un helicóptero minutos después que se habían retirado los cazadores, ¿O estarían allí todavía?, era que le habían aserrado el cuerno al rinoceronte mientras aún estaba vivo. Aún se retorcía con su hocico cercenado.

Podemos, aunque nos cueste, entender el motivo que impulsa a los cazadores a matar a un noble animal. El beneficio económico impulsa tal actividad. Lo que cuesta entender es la crueldad desplegada. No tuvieron la más mínima decencia de primero rematar al animal antes de hacerlo sufrir innecesariamente. También cuesta mucho entender la actitud del periodista y el camarógrafo que, impulsados por el reportaje escabroso, están motivando a que los cazadores repitan su triste proceder. También los espectadores somos unos cómplices pasivos. La morbosidad de los televidentes alimenta toda la cadena de acontecimientos que se inició en algún lugar no identificado de África.

Más cerca de nuestros hogares podemos observar en los noticiarios de televisión como destinan preciosos minutos para describir los actos delictuales que le suceden a nuestros compatriotas sin el más mínimo respeto por las víctimas.

Más lejos, pudimos observar por You Tube como Isis asesinaba, en vivo y en directo, cortándoles el cuello frente a las cámaras, a sus rehenes de origen extranjero.

Un teólogo católico, no recuerdo su nombre, que vivió en las postrimerías del Imperio Romano, relata en sus escritos como no pudo abstraerse del embrujo que producía el derramamiento de sangre durante las peleas de gladiadores. Aunque se arrepintió de haberlo experimentado, a pesar de su alta integridad espiritual, no pudo más que sentirse atraído por la violencia mientras esta transcurría.

Todos estos hechos nos señalan que la observación de hechos violentos no solo es reprobable debido al perjuicio espiritual que nos produce sino que, y posiblemente más grave, eleva el umbral de nuestra sensibilidad y nos hace perder cierta parte de nuestra condición humana que nos aleja del resto de los animales superiores.

Uno de mis yernos, rabino ortodoxo, no les permite, por las causas que describimos, que mis nietos observen hechos violentos en la calle y menos en la televisión. Le preocupa que los niños pierdan esa sensibilidad que les permita calibrar adecuadamente los sentimientos frente a la desgracia ajena.

Los escritos religiosos, de los judíos y de las otras denominaciones, intentan mantener el umbral de sensibilidad  a un nivel adecuado, de manera que sus adeptos no participen en la escalada de los hechos de violencia que afecta a la humanidad.

            La parasha de esta semana, Naso, trata con un hecho específico de violencia, que afecta a la mujer cuyo marido sospecha que le ha sido infiel y posiblemente inspirado en ese hecho, continua con la figura del Nazareno, persona que hace votos que restringen su conducta para no verse afectado por la violencia que lo rodea.

            En cuanto a la sospechosa, La parasha no trata específicamente de la mujer al que se ha comprobado que es adúltera. En ese caso, si un testigo declaraba que la había visto teniendo relaciones sexuales con otro hombre, se imponía automáticamente al esposo la prohibición de tener relaciones maritales con su mujer. Si dos testigos declaraban que la mujer había sido infiel se la castigaba con la muerte por lapidación.

            La parasha trata del caso en que el esposo sospecha que su mujer ha tenido relaciones con otro hombre debido a que ella ha tenido conductas inapropiadas, como juntarse con él a solas, que hace que éste recurra al kohen para que este someta a su mujer a ciertas pruebas, descritas en detalle en la parasha, para que confirme o descarte la acusación.

            La mujer se presentaba frente al kohen y éste la hacía beber un brebaje que hacía que si la mujer era culpable se le empezara a hinchar el vientre y muriera en medio de grandes dolores. Si era inocente no sufría ninguna consecuencia y volvía tranquilamente al seno de su hogar.

            Seguramente para las afectadas tenía que ser una experiencia horripilante que hace que, para los lectores modernos, relatos así se nos hagan tan repugnantes como el video del rinoceronte descrito. No se le puede pedir a ese lector que apruebe los métodos descritos y eso hace que se produzcan las deserciones religiosas que hemos presenciado en los últimos siglos.

            El nazareno, relato que sigue inmediatamente a continuación del anterior, es aquel que habiéndose enterado de alguna infidelidad, o algún otro acto que considere reprochable, y sintiéndose que el mismo puede verse impelido a cometerlo, hace votos de no consumir vino y algunas otras promesas, con el fin de no verse tentado a cometer algún acto que no cometería en su sano juicio.

            Quizás podríamos establecer una relación entre la mujer adúltera culpable que no ha sido descubierta y el periodista anónimo que filmó la escena del rinoceronte sufriente.  Ninguno de ellos se siente culpable de haber traicionado la confianza del marido, en el primer caso, y la de los telespectadores, en el segundo. Ninguno recibe una sanción moral por sus actuaciones.

            El espectador, por su parte, no siente la necesidad, al igual que el nazareno, de anticiparse a la consecuencia y cambiar el canal cuando se le presentan hechos repudiables. El problema, que al no hacerlo, eleva su umbral de sensibilidad que lo hace aprobar, por omisión, hechos cada vez más violentos que a larga perjudican su capacidad de compartir pacíficamente con sus semejantes. El relato del nazareno es un testimonio que lo que tiene que hacer cualquiera que presencie actos de violencia es alejarse de ellos para no validar el proceder de los culpables.

            Siempre podemos encontrar en la Torah alguna enseñanza que nos permita recuperar nuestro umbral de sensibilidad, a pesar de que en su forma literal no nos sintamos comprometidos con ella.

Veseata Dishmaya

 

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Parasha Bamidbar: Torah y constitución política
2014-5775
Jorge Slachevsky Czuckerman

Esta columna seguramente va a aparecer en Anajnu mientras que la Presidenta lea su mensaje ante el Congreso Nacional el próximo día 21 de Mayo.

Uno de los puntos que seguramente va a tratar es acerca del cambio de nuestra Constitución. Nosotros,  los judíos tenemos nuestra propia constitución, la Torah, que en forma de un relato de lo acaecido a nuestro pueblo hace 3300 años, va entregando las normas morales que han guiado nuestra conducta desde entonces. Aunque la mayoría de los judíos viven sin tomar consciencia de como la Torah ha influencia sus vidas, sus enseñanzas están grabadas con fuego, no solo sobre las páginas de nuestro Libro Sagrado, sino que en el trasfondo de la consciencia de cada uno de los integrantes de nuestro Pueblo.

Nuestra sociedad gentil, por su parte, va cambiando la Constitución a medida que van quedando obsoletas las ideas que constituyen los fundamentos de nuestra nación y justamente, aunque deseables y necesarios, esos cambios periódicos hacen que la Constitución, que debería ser respetada por la mayoría, no forme parte del acerbo ético y cultural íntimo de cada uno de los ciudadanos.

Quizás no sólo sería necesario cambiar la forma y el fondo de la Constitución que nos rige actualmente, sino que se debería buscar la manera que sus planteamientos rigieran la conducta ética personal que ha sido tan escandalosamente vulnerados en los últimos tiempos.

Para nosotros los judíos, las leyes impuestas por la Torah no solo tienen la finalidad de regular la convivencia social sino que fija fechas especiales a lo largo del año para festejarlas de manera de entender mejor el motivo porque nos adherimos a ellas.

Este próximo domingo por la noche iniciamos una de ellas, la celebración de Shavuot. Esta fiesta conmemora la entrega de la Torah en el monte Sinaí. En todas las sinagogas se sacan los rollos de la Torah de su casillero y todos los hombres bailan alrededor del salón abrazándola con fervor y con mucha alegría. Nuestros sentidos nos trasmiten el significado del acontecimiento y la emoción experimentada se traduce en sustento para nuestro intelecto.

La parasha de esta semana, Bamidbar, se lee siempre antes de Shabuot. Los rabinos se encargan de que esto siempre ocurra así a pesar de que nuestro calendario lunar, siempre desordenando la regularidad del gregoriano, obliga que en ciertos años leamos más de una parashyot en las semanas previas para que ésta situación ocurra de acuerdo a lo planeado.

Esta preocupación debería señalarnos que en la lectura de la parasha Bamidbar podríamos encontrar grandes enseñanzas o acontecimientos épicos que elevaran nuestro espíritu  hasta los niveles más sublimes. Pero, a pesar de lo que pudiese pensarse, no ocurre así.

La parasha Bamidbar se inicia con el recuento de nuestro Pueblo. Larga descripción de cuantos formaban cada tribu, relato tan monótono como la extensión del desierto que entrega su nombre a la parasha. Continúa con la descripción de como deberían ubicarse las distintas tribus alrededor del Santuario. También aburrido ya que hubiese bastado una somera descripción sin la necesidad de destinar la mayor parte del texto a su relato.

No sabemos porque nuestra tradición coloca eternamente unidos a la parasha Bamidbar con la celebración de Shabuot. Quizás lo que nos intenta recordar es el hecho de que, previamente enunciado en el Libro del Génesis, D-s formó al hombre mediante la mezcla del polvo de la tierra con el espíritu divino.

Durante esta semana la cuenta de los integrantes del Pueblo y la disposición del campamento constituye, aplicando un poquito de ficción literaria, el cuerpo que forma parte de todo nuestro edificio conceptual. Por su parte, la celebración festiva de Shabuot, con su acento en la entrega de nuestro acerbo moral, constituya el espíritu que replica aquel que D-s nos otorgó al principio de la Creación. Ambos, materia y espíritu, constituyen nuestra esencia y nos han permitido sobrevivir a las amenazas físicas o ideológicas que nos han intentado destruir.

Quizás lo que le falte a la discusión acerca de la nueva Constitución en nuestro país es la consideración que nuestra Torah, con la sabiduría que le entrega la inspiración divina y la permanencia que le otorgan los cientos de años de su redacción, entrega a los judíos como Pueblo.

 Este es un momento propicio en que los judíos, al estudiar la parasha Bamidbar y celebrar Shabuot, tomemos en consideración que toda la conducta humana debe estar regida por la conjunción de lo material y lo espiritual, que es lo que nos convierte en seres humanos.

Quizás podríamos tratar de trasmitir nuestras propias experiencias al mundo gentil respecto a que los cambios en nuestros fundamentos, léase Constitución, no consiste solo en la implementación de frías regulaciones impersonales, que toma en cuenta las obligaciones y derechos que deben regir nuestra convivencia, sino que además debe considerar la manera de resaltar  aquellos aspectos  que hacen que la vida sea algo que valga la pena vivir.

                                                                                                
Veseata Dishmaya

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Parasha Behar: Un descanso frente a la inequidad
2014-5775
 Jorge Slachevsky Czuckerman

En las parashyot anteriores habíamos estado leyendo de todas las restricciones que deberíamos cumplir si quisiéramos vivir una vida de acuerdo a los Mandamientos de la Torah. De alguna manera pareciera que la liberación experimentada en Egipto se vería truncada por un conjunto de normas que nos volverían a transformar en esclavos. En esta ocasión las palabras reemplazarían a los guardias que nos exigían altas cuotas de producción.

La mayoría de los laicos tienen el derecho a pensar que dichas imposiciones son anacrónicas. Adhieren a los postulados que rigen desde el Renacimiento que liberó al hombre de la esclavitud religiosa que impedía su pleno desarrollo como seres humanos.

Por otra parte en nuestro país nos hemos visto sometidos a un “programa de gobierno” cuya génesis fue aprobado por una mayoría importante de la población que, al poco andar de las elecciones presidenciales sintió, como ha sido reflejado en las encuestas, que “algo” estaba pasando ya que dicho programa se había constituido en el discurso impositivo de un grupo, pequeño pero muy bien organizado, que se había apropiado de ellas dejando de lado las expectativas mayoritarias de la población.

Frente a esto la Mandataria solicitó un plazo de 72 horas para reflexionar acerca de la situación y, tomándose el tiempo necesario para estudiar todas las aristas que se le presentaban, tener la oportunidad de elegir nuevamente sus asesores. De esa manera intentaba recuperar la confianza de la ciudadanía en un programa que no era necesario descartar, porque no había perdido su esencia básica, sino que había que desvincular de él a una minoría que lo había desvirtuado imponiendo sus opiniones en cuanto a la forma de implementarlos.

La mayoría fue escuchada y se produjeron cambios en el gabinete que esperamos que tengan todo el éxito que la ciudadanía se merece.

Nosotros debemos detenernos y reflexionar tal como lo hizo la Presidenta. Necesitamos analizar acerca de que si estamos satisfechos de la manera que estamos enfrentando nuestra vida. No podemos esclavizarnos en nuestras obligaciones olvidándonos que debemos, ocasionalmente, enmendar nuestro rumbo ya que el que seguíamos, que en alguna vez fue el adecuado, podría  no estar satisfaciendo nuestras expectativas.

La parasha de esta semana, Behar, nos habla de la liberación de la esclavitud después de un período de 6 años de servicio. ¿Nos estará señalando que debemos liberar a los esclavos que sustentan el sistema económico vigente? El hecho de que estos no existen en nuestro país no transforma las palabras de la parasha en letra muerta que no nos afecta. Debemos, al igual que todos los estudiosos que nos precedieron, buscar en la contingencia lo que no es correcto para aplicar sus enseñanzas a las nuevas situaciones que se nos presentan.

Lo nuevo es la definición de esclavo que debe ser revisado con detención.

Anteriormente se consideraba que esclavo era aquel que estaba sometido a las arbitrariedades de un amo que lo hacía trabajar extenuantes horas recibiendo a cambio la alimentación y abrigo mínimo que le permitiera cumplir con su obligación.

Actualmente el esclavo, aunque no se defina socialmente como tal, es aquel que la Sociedad de Consumo ha convertido en consumidor, nuevo sinónimo de esclavo, quien debe laborar largas horas para conseguir el dinero, necesario para pagar los créditos,  que le hacen mantener un nivel de vida que no necesita, pero al cual adhiere, estimulado por los mensajes de la publicidad en los medios de comunicación y redes sociales.

El remedio a dicha aflicción lo podemos leer en la parasha Behar:

 “Consagraran el quincuagésimo año y proclamarán emancipación en la tierra para todos sus habitantes; será el año del Jubileo para ustedes, cada hombre retornará a su patrimonio y cada hombre retornará a su familia”.

Aparte del significado del diccionario que “consagrar” significa “hacer sagrado a alguien o algo” los comentaristas de Rashi hacen extensivo su uso y nos señalan que “se refiere a la actitud de separar y distinguir algo o alguien del trato común y conferirle un status especial”.

Por su parte el “emancipar” significa “toda acción que permite a una persona o a un grupo de personas acceder a un estado de autonomía por cese de la sujeción a alguna autoridad” y en el derecho romano la “emancipación” era “el acto de la liberación de un esclavo que no era considerado como persona sino como objeto”

La modernidad nos oprime al convencernos que la vida no es más que la respuesta efectiva a los acontecimientos transitorios que nos afectan. Esa actitud nos esclaviza a una vorágine de actividad que sustenta a la sociedad tal como está concebida en la actualidad.

Debemos, entonces, de acuerdo a la parasha Behar, consagrar un tiempo, separarlo del habitual, con el fin de emanciparnos de las ataduras materiales que nos esclavizan.

Dicho progreso material nos encandila con sus triquiñuelas. A quien no le gustaría tener un auto cuyo confort sobrepasa todo lo imaginable o con un celular que pone al mundo entero al alcance de la mano.

El progreso material en el Antiguo Egipto consistía en magníficos templos que asombraban a sus habitantes y los hacía creer que en ellos residía la felicidad que sustentaba a todo el aparato social.

Esos templos estuvieron durante milenios enterrados bajo la arena. Solo fueren mostrados a la luz pública por los arqueólogos que no se dieron cuenta que, al hacerlo, nos mostraron que las realizaciones materiales de antaño no eran más que esqueletos inertes de las civilizaciones que les dieron su razón de ser.

De esa misma época es la Torah que permanece viva entre aquellos que seguimos sus enseñanzas. No es la construcción de magnas estructuras las que sustentan nuestra humanidad sino la capacidad de sus habitantes de “consagrar” y “emancipar” para tomar el rumbo correcto cuando las ambiciones humanas lo han desvirtuado.

Veseata Dishmaya

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Parasha Emor: El ejemplo bíblico de los Kohen
2014-5775
Jorge Slachevsky Czuckerman

Como todos sabemos el Pueblo de Israel no era una sociedad homogénea e igualitaria. Estaba conformada por tres grupos, los kohen, los levi y los Israel que tenían distinto estatus, obligaciones y derechos de acuerdo a su origen familiar.

El grupo más selecto estaba conformado por los kohen, quienes eran los descendientes varones directos de Aarón, hermano de Moisés. Eran los sacerdotes que estaban a cargo de los sacrificios. Primero desarrollaron su labor en el Santuario durante los 40 años que el Pueblo deambuló por el desierto hasta el momento de la construcción del Primer Templo. Cuando los romanos destruyeron el Segundo Templo en el año 70 dejaron de cumplir la función ceremonial que habían estado ejercido y la lógica nos dice que deberían haber desaparecido como cualquier otro grupo que ha perdido su razón de ser.

Lo extraño, y una de las tantas extrañezas que conforman nuestra identidad judía, es que, faltando poco para cumplirse dos milenios de ese trágico acontecimiento, aún podemos identificar a los descendientes de esos kohen cuando recorremos nuestros cementerios y observamos, tallado sobre algunas de las lápidas un símbolo,  las dos manos extendidas, que nos señalan que aquel que está enterrado allí era un kohen que en vida había compartido su existencia con nosotros. Los kohen ya no tienen una labor sacerdotal pero en las comunidades ortodoxas mantienen una reminiscencia de su antiguo esplendor. Son llamados en primer lugar para el servicio de la lectura de la Torah y son los encargados de bendecir al Pueblo durante alguno de los servicios religiosos extendiendo, al igual que los grabados en las lápidas, sus manos para trasmitir las bendiciones al resto de la Comunidad.

En esta semana nos toca comentar la parasha Emor. En ella, con una meticulosidad sólo destinada a estudiantes de derecho, se detallan hasta los más mínimos detalles las normas que debían cumplir los kohen para mantener la pureza y perfección que se les exigía para poder cumplir con sus altas labores.

La descripción de las rigurosas normas que debían cumplir son leídas durante los Días del Omer que son aquellos 49 que transcurren entre las festividades de Pesaj, que celebra  la liberación física de la esclavitud en Egipto, y Shabuot, donde celebramos el inicio de nuestra liberación espiritual, proceso que cada judío debe tomar como una cruzada personal si quiere realmente cumplir con el perfeccionamiento que la Torah nos pretende inculcar.

Nuestros ancestros estaban esclavizados en Egipto. Toda la odisea del Éxodo, desde las plagas hasta la apertura del Mar Rojo, no le había exigido al Pueblo de Israel que tuviera una espiritualidad más evolucionada que la del pueblo egipcio que lo rodeaba. Los hebreos esclavizados eran monoteístas, ya que el recuerdo de los Patriarcas se mantenía vigente entre ellos, pero no contaban con un bagaje espiritual acorde con el beneficio que la divinidad les había otorgado.

Se podría pensar que cualquiera que hubiese sido testigo de esos  milagros guardaría en su retina, y para siempre, la memoria de esos acontecimientos y buscaría por todos sus medios hacerse acreedor de dichos beneficios dedicando su vida a recordar y mantener la espiritualidad que había experimentado durante su liberación.

Pero nos fue así ya que la Torah nos cuenta que bastó que su líder Moisés los abandonara durante 40 días para que se olvidaran de todo lo experimentado y construyeran el Becerro de Oro. Símbolo material que nos señala que los acontecimientos que nos impactan emocionalmente, pero que no son refrendados por la razón, son transitorios y duran solo hasta el momento en que son reemplazados por otros fenómenos que ocupan su lugar

Es por eso que la religión ha ocupado un papel importante en nuestro devenir. Transformó los acontecimientos emocionales transitorios en enseñanzas perdurables que pudieron ser  trasmitidos a las generaciones posteriores. Esta función la hizo ocupar un papel central en el acontecer de las sociedades y solo hace unos pocos años que perdió la influencia que ejercían en la población. Muchos años van a tener que pasar hasta que aparezca una nueva forma de espiritualidad, posiblemente alejada de las influencias religiosas formales, en la cual se perfeccionen los mecanismos internos de los individuos para que se vean impelidos a alejarse de las conductas nocivas que perjudican a la sociedad.

Nuestros ancestros, comprendiendo que este comportamiento era imposible de conseguir, implantaron  reglas que impidieran que se repitiera el caos que se describe en el incidente del Becerro de Oro.

Como el nivel educacional de la población era bastante deficiente los líderes religiosos se vieron en la necesidad de exigir normas estrictas a un grupo que estaba mejor preparado, los kohen, para que estos sirvieran de ejemplo visible al resto de la comunidad de que el cumplimiento de las normas era el único camino viable que aseguraba el éxito de la vida en común.

Las personas comunes y corrientes, a su vez, tendrían normas propias que cumplir y cuando las transgredían debían acceder al Santuario y posteriormente al Templo para ofrecer un sacrificio como señal de expiación de las faltas cometidas.

Cada uno de nosotros debe considerar que dichas normas no constituyen una imposición anacrónica. Nadie en su sano juicio propendería que se volvieran a instaurar. Lo que si nos sirve su lectura es para incentivarnos a reflexionar acerca del papel que nos toca cumplir dentro de la sociedad en que estamos inmersos y tratar de cumplir, por motus propio, con las normas de conducta que nos fue encomendada en el Sinaí y que, a pesar de los milenios transcurridos, no han perdido su vigencia.

En la segunda parte la parasha Omer nos describe las fiestas que debemos cumplir para recordarnos que debemos mantener vigente esos principios.

Mucha gente cree que debe adquirir beneficios materiales y prebendas sociales y políticas sin importar las consecuencias de sus actos. Estamos viviendo las consecuencias de dicho proceder y en las noticias se suceden los relatos de tragedias que suceden por consecuencia  de dicha falta de proceder.

No sabemos lo que sucederá en el futuro. La Parasha Emor pareciera tomar en consideración dicha situación y, utilizando la única manera que tenía el relato bíblico para graficar a una masa inculta la gravedad de sus ofensas, nos relata como el Pueblo lapidó hasta la muerte a aquel que blasfemó contra la divinidad.

En la actualidad tenemos una mejor manera de castigar a aquel que trasgrede las normas establecidas. Lo que nos está enseñando la parasha Emor es que ya sea que la sociedad como un todo castigue a los infractores que vulneran la sana convivencia social, o sea la consciencia individual que rija la conducta de sus ciudadanos, no debemos olvidarnos que debemos dejar de lado nuestras ambiciones personales, al igual que se pretendía que lo hicieran los kohen en la parasha Emor, para servir de ejemplo para toda la Comunidad.

Veseata Dishmaya

 

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Parasha Metzora: Una continuación de la anterior
2014-5775
 Jorge Slachevsky Czuckerman

Esta semana nos toca comentar la parasha Metzora. Es la primera vez que lo hacemos porque habitualmente la parasha de la semana pasada, Tazria, y la de la presente se leen y comentan juntas ya que constituyen entre las dos una sola unidad temática. Parece que es un vicio desde siempre de los burócratas acomodar las situaciones para que se ajusten a sus necesidades. El hecho que el calendario lunar, por el cual nos regimos religiosamente los judíos, tenga una distinta cantidad de semanas por año, hace que algunas lecturas se contraigan o se estiren como chicle para acomodarse a las necesidades prácticas.          

Metzora era el nombre con que se designaba a la persona afectada con Traráat. Esta última era una afección cutánea que le aparecía a aquellas personas que habían transgredido ciertos comportamientos éticos considerados en la Torah como reprochables. Desgraciadamente esos, la maledicencia, la prepotencia y la arrogancia, constituyen en estos momentos transgresiones menores que no son castigados ni siquiera por las convenciones sociales que le pudiesen poner freno a esas conductas tan perjudiciales.

                Antiguamente, aunque solo fuese en las páginas de la Torah, se consideraba que las transgresiones a la conducta que se pudiese considerar en el ámbito de lo espiritual, constituían un tema de vital importancia que escapaba de la consciencia individual para adentrarse en el terreno de lo social.

            Antes de preocuparnos de la libertad espiritual debemos liberarnos de la esclavitud física. Hace pocos días celebramos Pesaj donde se recuerda durante ocho días la liberación de la opresión de Egipto. Toda la comunidad asiste en familia  a las comidas llenas de simbolismo en que las generaciones más viejas le trasmite a las nuevas los acontecimientos del Éxodo y donde la alegría reina en recuerdo de tal feliz ocasión.

            En unos días más celebraremos Shabuot donde rememoramos la entrega de la Torah en el Sinaí. Esta vez nos alegraremos de la libertad espiritual que nos trajo las enseñanzas de la divinidad que aún podemos leer en las páginas de nuestro Libro Sagrado.

            Para acceder a esta liberación espiritual debemos prepararnos. Los antiguos israelitas lo hicieron purificándose durante 49 días en el desierto para llegar preparados a la cita en el Sinaí. Como nosotros no podemos hacerlo, la mayoría por lo menos, la sabiduría antigua instituyo la Cuenta del Omer que hace que cada día, en los servicios religiosos en las sinagogas, se vaya contabilizando los días que pasan entre Pesaj y Shabuot para enfatizar el hecho que debemos prepararnos espiritualmente para recibir en forma adecuada las enseñanzas que nos fueron entregadas en el Sinaí.

            El hecho de que la maledicencia, la prepotencia y la arrogancia constituyan transgresiones que nos impidan alcanzar esa liberación espiritual es lo que hace que dos parashyot, Tazria y Metzora estén dedicadas a exponer sus efectos negativos.

            Nuestro folklore también se ha dedicado a enfatizar que dichas transgresiones constituyen faltas graves que deben ser erradicadas de nuestra conducta. Nuestra tradición nos cuenta que el Segundo Templo de Jerusalén fue destruido debido a que los discípulos de Rabí Akiva, los cuales dedicaban su tiempo a estudiar hasta las minucias más pequeñas de las Escrituras, no fueron capaz de olvidar su ego y se dedicaron a desprestigiar a sus colegas insertando en su medio la maledicencia, la arrogancia y la prepotencia que introdujeron la falta de armonía dentro de su sociedad.

            La consecuencia de dicho comportamiento fue que 24.000 discípulos del Rabí Akiva murieron por la plaga que los destruyó a causa de su falta de solidaridad y fraternidad. Esa mortalidad solo terminó el día N° 33 del Omer que aún se recuerda con el nombre de Lag Baomer.

            En la parasha de esta semana leemos de los actos ritualísticos que debía realizar el metzora para poder volver a convivir con sus semejantes en el seno del campamento. Una vez que la persona, en la soledad del exterior del campamento, había tomado consciencia de que se encontraba alejado de sus seres queridos debido a la disensión que habían ocasionado sus palabras mal intencionadas, se daba cuenta de la transgresión espiritual que había cometido, y se arrepentía sinceramente, la afección desaparecía y estaba en condiciones de volver al campamento. Pero, la parasha nos enseña que no bastaba con la desaparición del tzaráat. Era necesaria la presencia de un kohén quien diera fe de que la afección había desparecido y le permitiera al transgresor participar en los sacrificios con los que quedaba autorizado a volver al campamento y a retornar sus actividades habituales.

            La parasha continúa señalándonos que no sólo la piel del transgresor se veía afectado por la tzaráat sino que su propia casa podía verse afectada por las manchas que denunciaban la conducta incorrecta de su ocupante. Largos párrafos de la parasha están destinados a describir cuales manchas se consideraban tzaráat y cuales debían ser las medidas que debía tomar el kohén frente a dicha situación.

El país en que vivimos es nuestra casa extendida. Quizás el hecho de que nuestra tierra se haya teñido con las cenizas de los incendios, con el lodo de los aluviones o con el material piroplástico de las erupciones no tenga nada que ver con la maledicencia, la prepotencia y la arrogancia con que han actuado ciertos sectores que han desprestigiado a aquellos que no comparten sus ideas. En el mundo real no ocurren esas cosas, considerarlo así entraría en el terreno de las supersticiones, pero en el mundo de los cuentos, tan de boga en las seriales de televisión que comentábamos la semana pasada, son una señal simbólica de que tenemos que cuidar nuestro comportamiento para que la tzaráat, afección física que solo existía en la Torah, no afecte nuestra convivencia espiritual.

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