El mejor atajo que descubrí para vivir mejor

Diego Edelberg, Guía Espiritual Com. Ruaj Amí

Estas semanas estamos nuevamente leyendo el cuarto libro de la Torah conocido en hebreo como BaMidbar, literalmente “En el desierto”. Uno imaginaría que la historia del pueblo de Israel bajo la dirección de Dios debería ser bastante simple: Dios libera a los esclavos de Egipto, les da la Torah que es una especie de manual de vida (la cual incluye una narrativa de origen, prescripciones de comportamientos éticos y rituales) y al otro día los pone en la Tierra Prometida. Pero como todos sabemos no es esto lo que sucede. Una vez entregada la Torah el pueblo debe deambular por un desierto, por un lugar que supuestamente es todo el tiempo igual, durante cuarenta años. ¿Para qué necesita el pueblo atravesar el desierto? ¿Qué está enseñándonos la Torah con este deambular?


La maldición de los atajos

Hemos perdido la capacidad de habitar en el desierto. Pasamos la mayor parte de nuestra vida encerrados en casas, departamentos, oficinas, comunidades, edificios de todo tipo, autos, aviones, aeropuertos, supermercados, shopping malles y gimnasios. Estamos muy poco tiempo al aire libre. Mientras nuestros antepasados salían a buscar un refugio para protegerse del mundo, nosotros debemos hacer un esfuerzo para ir a la plaza un rato y experimentar un poco del mundo natural. Y no solo estamos encerrados en lugares físicos sino emocionales puesto que no tenemos que hacernos problemas para ir a ver a alguien: hoy tenemos Skype, whatsapp, email o amigos en Facebook. Ya no hay desiertos físicos ni emocionales que atravesar. Ya nadie cae de sorpresa en lo de un amigo y cada vez son menos los que llaman por teléfono para preguntar cómo andamos o desearnos feliz cumpleaños. Todo tiene hoy un atajo tecnológico. Un shortcut. Un mensajito.

La idea que hay para toda experiencia humana un atajo tecnológico, una forma de moverse fácilmente por lo incómodo que puede llegar a ser el tener que experimentar el desafío de llegar al otro lado físico y emocional del desierto es una idea muy moderna. Cuando analizamos ciertas situaciones en la vida y decimos hoy que nos va a llevar tiempo lograrlas, la primera pregunta que surge es “¿no hay una solución más rápida? ¿no hay algún atajo que podamos hacer? ¿No hay una sola gran idea que resuelva todos los problemas?” Estamos desacostumbrados a la idea que tenemos que experimentar lo que es atravesar el desierto, lo que es deambular durante años y años de esfuerzo para llegar a la Tierra Prometida que fantaseamos o imaginamos como la respuesta a todos nuestros problemas.

En la Mishna (la primera compilación de la tradición oral rabínica), se nos enseña que no se puede usar la sinagoga como un atajo. Una manera de entender esto es literal. Pero lo que están diciendo los rabinos es que la sinagoga o la comunidad -entendida como una “Casa de Encuentro/Estudio/Rezo e incontables experiencias más”- es un lugar en dónde el desafío del crecimiento espiritual que todo ser humano debe atravesar no puede suceder como si fuera un atajo, una solución rápida en la que solamente pasando un ratito por ahí uno va a encontrar todas las respuestas espirituales que está buscando.

La ficción de la espiritualidad instantánea

Estamos siendo alimentados continuamente por ficticios “atajos espirituales”. Creemos que cada libro nuevo que sale va a cambiar nuestra vida, que cada nueva charla Ted (¡que son espectaculares!) o cada nuevo gurú del momento nos va transformar para siempre en un solo encuentro. Sin embargo, esta idea que tiene que pasarnos una transformación radical y espiritual en forma inmediata y tiene que suceder ahora mismo no solo es una idea infantil sino que es reduccionista frente a la multiplicidad y complejidad de la vida. Es una idea falsa para la naturaleza intuitiva de la experiencia humana. Además es lo opuesto a lo que enseña el judaísmo. Justamente, la razón por la cual los israelitas deambularon por el desierto es porque ningún cambio profundo, ninguna sabiduría que es importante, puede lograrse en un instante o de un día para el otro. Uno no puede transformar un ser humano para siempre con un solo rezo, una drasha (interpretación o sermón), una oración, un estudio o una idea. Se necesita tiempo, esfuerzo, trabajo, paciencia, amor y buena voluntad.

Pero no nos gustan estas ideas porque en otras áreas de nuestra vida las cosas son instantáneas. Si uno quiere comida y tiene las necesidades básicas satisfechas uno la consigue al instante abriendo el refrigerador. Si uno tiene sed uno calma su sed al instante y si uno tiene frío uno prende la estufa y listo. Si uno quiere leer un libro hoy hace click y al instante puede estar leyéndolo desde su teléfono. Así asumimos el error de pensar que los seres humanos deberíamos funcionar del mismo modo que el mundo artificial (el mundo de los artefactos y aparatos tecnológicos). Es decir, deberíamos poder girar el switch o apretar un botón y convertirnos instantáneamente en sabios, en personas que tienen todas las respuestas al conflicto de medio-oriente, a cómo combatir el terrorismo, a las políticas de estado, al futuro del judaísmo o hacia dónde debería ir nuestra comunidad. Pero como sabemos de los años en el desierto, estamos siempre a mitad de camino. Siempre queda un largo recorrido por delante.

Esta es la razón por la cual sin importar cuán exaltado es cada personaje de la Biblia, al final todos se equivocan en algo y fallan. Ninguno es perfecto porque nadie realmente lo consigue en forma total. Creer que uno puede hacerlo todo no solo es arrogante sino que tampoco es una idea judía. Los rabinos enseñan que “no te es comandado terminar la tarea pero tampoco puedes deshacerte de tu responsabilidad”. Este es el motivo por el cual al terminar el último libro de la Tora seguimos en el desierto. No hay atajos. Es más, no hay nada en el judaísmo que pueda transformarnos en un instante sino que requiere tiempo y ese es el motivo por el cual leemos la Tora una y otra vez. Ya la leímos millones de veces pero lo que nos produce cada vez que volvemos a leerla no es circular sino un espiral ascendente. Lo que nos va pasando es que va creciendo cada vez más desde adentro de nuestras almas.

El desierto es el atajo de la felicidad

Los judíos no creemos en los secretos que tiene un solo gurú ni un solo Rebe. El secreto de la vida en el judaísmo es la vida misma al ser vivida. Para eso se requiere un esfuerzo de todos los días. De estar metido en la cocina y no sentando cómodamente mirando y opinando desde afuera. Se precisa atención diaria. Una lucha constante y lamento decirlo, requiere “equivocarse todos los días” yendo de derrota en derrota con optimismo. Ese es el motivo por el cual la generación del desierto tenía que atravesar el desierto. No solo por ellos mismos sino por nosotros, para que podamos entender que el modelo de la sabiduría judía es que estamos todos deambulando por un desierto con líderes humanos temporarios que no son Dios y no están 100% seguros de lo que hacen llevándonos a una Tierra que nunca llegaremos y que incluso el líder mismo ni siquiera puede entrar.       

El Rabino Jonathan Sacks tiene una hermosa metáfora para explicar esto. Nos enseña que una estrella es lo que utilizamos para navegar y orientarnos, pero no esperamos llegar a la estrella en sí misma. Lo mismo ocurre con el Mesías y la era mesiánica. La idea de este supuesto lugar perfecto al que llegaremos algún día, de la iluminación absoluta que conseguiremos si hacemos esto o lo otro y que nos conduciremos en forma perfecta si actuamos y pensamos de tal manera es lo que utilizamos para navegar por el desierto e inspirarnos diariamente. Pero sabemos y entendemos que ninguno de nosotros llegará en forma total. Lo hacemos por algo más grande que nosotros mismos. Por nuestros hijos, nietos, por las generaciones que nos antecedieron y las que nos seguirán e incluso lo hacemos por amor a la vida misma que nos es regalada en bendición.

Pero no hay atajos, soluciones fáciles, salidas rápidas, estudios breves, propósitos únicos, personas que tienen todas las respuestas ni ideas absolutas que salvaran todo. Solo hay desafíos. Solo hay éxitos breves y temporarios. Solo la certeza que mañana vamos a tener que intentarlo otra vez. Lo más importante es que uno puede leer todo esto y verlo como una forma pesimista de ver el mundo. Pero yo no lo veo así. De hecho es justamente la conciencia de esta idea la que me da la felicidad y la alegría de cada instante. Si lo pensamos, Adam y Eva están en el paraíso perfecto del jardín del Edén por cinco minutos nada más. ¿Y qué es lo que hacen? Lo único que no debían hacer, comer del árbol prohibido. ¿Por qué lo hacen? Por esta misma idea. Porque un lugar o estado perfecto no es lo que necesitamos ni lo que realmente queremos ni tampoco lo que Dios pretende. Las primeras tablas de la Ley las escribe Dios y se rompen. Las segundas las escribe Moshé y son las que sobreviven. La mano del hombre imperfecta que media entre el cielo y la tierra es lo que Dios quiere. Este mundo no está creado para lo perfecto sino para lo roto que debe ser de a poco curado. Y eso es lo bello, noble y preciado.

Si miramos hacia atrás, los momentos más felices de nuestras vidas fueron cuando estábamos intentando lograr algo o cuando conseguimos algo con mucho esfuerzo. El consuelo del desierto es en realidad el atajo para el secreto de la felicidad, la satisfacción, el haber logrado algo pequeño en la escala de las galaxias que así y todo nos da la alegría y entusiasmo. Déjenme reescribir el Talmud: ni siquiera la sinagoga puede ser un atajo. No hay nada que sea un atajo y eso es algo bueno. Solo tenemos el largo, difícil, doloroso y maravilloso deambular por el desierto. Y la buena noticia es que ninguno de nosotros está fuera de este desierto. Quien está al lado nuestro en la vida está deambulando exactamente igual que nosotros. No está ni más ni menos adelante. Estamos todos exactamente en el mismo lugar dentro de este desierto. Lo mejor que podemos hacer entonces es seguir deambulando juntos. ¡Buen viaje!

Fuente: Judíos y judaísmo

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