La peste negra (Siglo 14 EC)

David Mandel

El 3 de febrero del año de Nuestro Señor 1349, un día aciago que nunca olvidaré, me desperté a las cinco de la madrugada con las mejillas húmedas de lágrimas. Vagamente recordé haber soñado que yo me encontraba fuera de la casa, llorando y gritando el nombre de mi mujer y de mis hijos sin recibir respuesta. Me persigné y rece silenciosamente a Jesús rogándole que no se cumpliese ese malhadado presentimiento.

Beate, mi esposa, estaba parada junto al fogón preparando el desayuno. Gerdrut, nuestra hija mayor, que estaba por cumplir quince años, la estaba ayudando. Noté que la muchacha llevaba en los cabellos una guirnalda de flores. ¡Que linda era! Su belleza y su dulzura me habían ayudado a convencer al padre de Johan para que redujese el monto de la dote que me exigía para permitir que mi hija se case con su hijo. Ver a Gerdrut ayudar a Beate me hizo recordar que debía colocar, ese mismo día o el día siguiente, el aviso del matrimonio en la puerta de la iglesia para que cualquier persona que supiese de alguna razón por la cual mi hija no podía casarse con Johan, informase de esto al obispo de la ciudad.

Al otro lado de la habitación, en el camastro que compartían, estaban todavía durmiendo los mellizos Albrecht y Dirske, de trece años. Echada en una cuna al lado, despierta y sonriendo al verme, estaba nuestra pequeña Margarethe de tres años.

Me puse los zapatos para no pisar con los pies descalzos la paja húmeda que cubría el piso de tierra. Saqué la tabla que tapaba la ventana para dejar que entre la luz del día. Mientras lo hacía, me juré a mí mismo, al igual que lo juraba cada mañana, que, si alguna vez tendría suficiente dinero, haría poner vidrio en la ventana.

Salí afuera para orinar en la calle. Regresé y desperté a los mellizos. El día anterior me habían avisado que durante la mañana llegaría un barco procedente de Basilea. Mi puesto de jefe del puerto de Estrasburgo me exigía estar presente en la carga y descarga de cada embarcación. Mis dos hijos, aprendices de estibadores desde hacía un año, tenían igual obligación.

Una vez terminado el desayuno fuimos al puerto. Nuestra casa estaba muy cerca del río Rin, y sólo nos demoró unos minutos llegar al muelle donde atracaban las naves. A la distancia ya se divisaba la nave de Basilea cuya mercadería debíamos descargar.

La nave atracó al lado del muelle y nos acercamos para subir a ella. Los marineros nos gritaron que no nos acerquemos.

— ¿Qué ocurre?—les pregunté.

— ¡Es la peste!—me contestaron. —Tres tripulantes han muerto durante el viaje.

—Denos los cuerpos para darles sepultura cristiana—les dije.

Bajaron los cuerpos, y ordené colocarlos en una carreta. El capitán del barco también bajó diciendo que era su deber ir con nosotros al cementerio. Vi que mis hijos estaban a cierta distancia tirándoles piedras a unas ratas que habían bajado del barco por las sogas y estaban corriendo por el muelle. Les dije que yo debía ir al cementerio y que ellos podían regresar a la casa.

— ¡Padre, acabamos de atrapar a una de las ratas! La vamos a llevar a la casa para ver como lucha con los gatos—me gritaron.

Después de que enterramos a los tres marineros, el capitán se despidió de mí.

—Le agradezco lo que ha hecho por esos desafortunados. Ahora debo regresar al barco. Zarpamos esta tarde.

—Capitán, quiero que me dé usted más información acerca de la peste. Lo invito a tomar algo conmigo en la taberna—le dije.

El capitán aceptó. Nos sentamos en una mesa cercana a la puerta y pedimos dos botellas de cerveza. El capitán bebió un vaso y comenzó su relato.

—Hace algunas semanas muchas personas en Basilea enfermaron. Les aparecieron tumores, de un tamaño entre huevo y manzana, en el cuello y en los sobacos. Supuraban pus, Los tumores se les propagaron por todo el cuerpo, y la piel se les cubrió de manchas negras. Los enfermos tenían una fiebre muy alta, dificultad para respirar y vomitaban sangre. La mayoría de ellos murieron dos o tres días después de la aparición del tumor. Calculo que, hasta ahora, la mitad, por lo menos, de la población de Basilea ha muerto de esa espantosa enfermedad.

— ¿Saben que es lo que causó la peste? ¿Fue tal vez una maldición divina por haber pecado?—le pregunté.

—Circularon rumores de que los judíos habían envenenado los pozos de agua. Detuvimos a los judíos más prominentes de la ciudad y los interrogamos. Negaron haber envenenado los pozos, así que decidimos torturarlos. Les aplastamos la mano con el "aplasta pulgares" y les arrancamos las uñas. Debido a que continuaban negando su culpabilidad, los pusimos en el "potro", una cama de madera con cadenas sujetas a las extremidades del cuerpo que se giran con una manivela hasta romper los huesos o arrancar los brazos o las piernas. Siguieron negando, hasta que finalmente confesaron su crimen cuando pusimos a uno de ellos adentro de la "doncella de hierro", una estructura de metal cuya puerta frontal, al cerrarla, hace que filosas púas penetren en el cuerpo. Al ver la sangre que fluía por los resquicios de la estructura y escuchar los terribles gritos del interrogado, los otros judíos confesaron llorando que habían envenenado los pozos por orden de sus rabinos.

— ¡Por supuesto que esos malhechores fueron castigados!—exclamé.

— ¡No sólo ellos sino también todos los judíos de Basilea, hombres y mujeres! Separamos a los niños de sus padres y los bautizamos. A los otros judíos, cerca de seiscientos, los llevamos a una estructura de madera que habíamos construido en una isla en el río Rin, y los encerramos adentro. Prendimos fuego al edificio y quemamos vivos a los judíos.

— Lo merecían — comenté indignado.

— Se hace tarde y debo zarpar. Gracias por la cerveza—me dijo el capitán y se despidió de mí.

Nunca más lo volví a ver. Semanas después me dijeron que había muerto de la peste.

Antes de regresar a mi casa entré a la iglesia y recé a Dios pidiéndole que Estrasburgo no fuese afectada por la peste. Dios no me concedió mi petición. Tres días más tarde, para mi horror, los mellizos me enseñaron unos tumores que les habían aparecido en los sobacos. El siguiente día les pasó lo mismo a mi esposa Beate y a mis hijas Gerdrut y Margarethe. La enfermedad les avanzó tal como lo había descrito el capitán. Los tumores se les propagaron por todo el cuerpo. No podían respirar y vomitaban sangre. Antes del fin de semana mi querida esposa y mis adorados hijos e hijas murieron. Por algún motivo que sólo Dios sabe yo no me enfermé.

Dos días después murieron Johan, el prometido de Gerdrut, y sus padres. ¡Dios quiera que Johan y mi hija se encuentren en el cielo y tengan allí la felicidad que no han podido tener aquí en la tierra!

Un grupo de sobrevivientes fuimos a hablar con el obispo para pedirle que castigue a los judíos que, sin duda, habían envenenado los pozos de Estrasburgo, al igual que lo que habían hecho en Basilea y en muchas otras ciudades.

—Hijos míos, los judíos no han envenenado los pozos. El Papa Clemente VI ha emitido una bula papal diciendo que ellos no son responsables. Lo mismo ha dicho el Emperador Carlos IV, el Rey Pedro IV de Aragón y los soberanos de otras naciones.  Los judíos son inocentes de ese cargo.

— ¡Eso no es verdad! ¡Los judíos son culpables!—exclamé. ¡Ellos han envenenado nuestros pozos!

— ¡Mueran los judíos!—gritaron mis acompañantes.

El Consejo de la ciudad quiso proteger a los judíos. Tuvimos que amenazar a los miembros del Consejo con culparlos también a ellos por el envenenamiento de los pozos. El Consejo fue disuelto, y un nuevo Consejo, presidido por mí, votó unánimemente a favor de castigar a los judíos. El obispo aceptó nuestra decisión.

Ese mismo día, el 14 de febrero de 1349, día de San Valentín, arrestamos a todos los judíos de Estrasburgo. Eran cerca de dos mil. Los llevamos al cementerio de la ciudad y los hicimos subir a una plataforma de madera que habíamos preparado. Me paré frente a ellos y les dirigí la palabra.

— ¡Judíos de Estrasburgo! Ustedes han cometido un crimen abominable. Han envenenado los pozos de la ciudad y causado la muerte de miles de personas. Ustedes pagarán por su crimen. Pero, con nuestro espíritu cristiano, perdonaremos a los que se conviertan. ¡Que dé un paso adelante el que acepte la conversión!

Ningún judío se movió. Ordené a mi gente que prendan fuego a la plataforma de madera. Todos los judíos murieron.

En toda Europa los judíos fueron acusados de envenenar los pozos. En numerosas ciudades se realizaron masacres de judíos similares a las que hubo en Basilea y en Estrasburgo. En algunos lugares se limitaron a expulsar a los judíos.

A pesar de que ya no quedaban judíos en Estrasburgo que envenenasen los pozos, la gente continuó enfermándose y muriendo. ¿Tal vez era cierto lo que dijo el Papa, que los judíos eran inocentes de ese crimen?

En el curso de las siguientes semanas notamos que gente de algunas profesiones estaban más propensas a ser afectadas por la peste que otros. Era más peligroso ser comerciante de paños, por ejemplo, que herrero. Llegamos a la conclusión de que la picadura de las pulgas que se escondían en los tejidos tenía algo que ver con la peste. De inmediato di orden de quemar la ropa de los infectados y prohibí la entrada de cargamentos de tejidos a la ciudad. A los viajeros que llegaban a Estrasburgo les obligamos a quitarse las ropas que traían puestas y cambiarlas por otras que nosotros les dábamos.

Respecto a los judíos, ahora sé que es cierto que no envenenaron los pozos. Fueron las ratas y las pulgas las que causaron la peste, pero eso no hace diferencia. No me arrepiento de haberlos quemado vivos. Después de todo, los judíos son culpables de la muerte de Nuestro Señor.

Fuente: Mienfoque

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