Londres, capital de Israel

Nicolás Gonzálvez Gallego

Otra vez el Reino Unido; otra vez Londres; siempre Europa. El pasado sábado, lo que se anunciaba como una serie de incidentes (¿caídas de cornisas? ¿ráfagas de viento?) acabó, ya pasada la madrugada, siendo lo que parecía, esto es, dos ataques terroristas. El objetivo, compartido con el salvaje atentado de Manchester y con la oleada de ataques de París, fue el ocio europeo.

Los islamistas aprovecharon una noche en la que el tiempo invitaba a pasear por la ribera del Támesis y a disfrutar de unas cervezas con la final de la Champions, para atacarnos donde más nos duele, en el ocio, un símbolo de sociedades avanzadas y felizmente despreocupadas. Para nosotros, un momento de libertad y esparcimiento para celebrar que estamos vivos; para los barbudos, un ataque a las esencias morales y una llamada al vicio y la depravación más absolutos. Nos estamos acostumbrando peligrosamente a acostarnos o levantarnos con imágenes de atentados pero, por algún motivo, las del Puente de Londres y los locales del Borough Market, me han llamado especialmente la atención, por el caos, por el desconcierto y por la simplicidad con la que se generaron. Y puede que no sea el único al que le ha ocurrido.

«Enough is enough», declaró Theresa May horas después de los ataques. La primera ministra reconoció que «hemos sido demasiado tolerantes con el extremismo», algo que en politiqués, el dialecto que habla esta gente, supone casi una declaración de guerra en estos tiempos que corren. Bien está si de verdad se ha dado cuenta de que hay que hacer algo más, si no se trata de unas declaraciones para recuperar parte de la ventaja sobre los laboristas para las elecciones que se celebran hoy jueves y cuyo objetivo era reforzar la posición del Gobierno británico en la negociación del Brexit. Un proceso que deja en el aire qué ocurrirá con la seguridad y protección de los europeos. Sí que es tangible, en cambio, lo estúpido del referéndum de Cameron, dando alas a los nostálgicos abuelos con gingivitis que acudieron en masa y de forma entusiasta a las urnas, para abandonar la UE.

Pero siguiendo con el último atentado en Londres, y como siempre que hay un ataque terrorista, me asomé a las redes sociales. Es de esas cosas desagradables pero que no puedes dejar de mirar; los que hayan visto alguna vez Emergencias bizarras saben de lo que hablo, seguro. Entre el detritus habitual con tuits del corte de «no pongan las palabras Islam y terrorismo en la misma frase, porque el terrorismo no tiene religión» me encontré con un vídeo del año 2015 que reproducía algo muy similar a lo ocurrido en London Bridge.

La secuencia, de menos de un minuto y medio, es la que sigue: una camioneta arrolla a unos peatones; tras estrellarse, el conductor baja del vehículo y la emprende a machetazos con las víctimas hasta que es reducido por las fuerzas de seguridad. Sin duda, la expresión máxima del amor que nosotros, estúpidos occidentales, no sabemos interpretar. Como decía, la escena nos es familiar ya en Europa; sin embargo, esta grabación pertenece a una cámara de seguridad en una calle de Jerusalén. Allí, por desgracia, llevan bastantes más años que nosotros sufriendo estos atentados low cost que, precisamente, por lo poco sofisticado de su preparación, ya que no requieren más que un coche, un cuchillo y unos cuantos potitos online de odio a Occidente, siembran especialmente el caos allá donde se producen.

Israel ha sido siempre el lugar donde los yihadistas han ensayado y enseñado al mundo todas sus artes terroristas; el lugar donde la resistencia, la defensa de las libertades y la lucha contra el islamismo radical son una obligación y una convicción, y no una opción. Allí entendieron hace tiempo que la libertad se conquista, pero también se pelea cada día y, lamentablemente, no con peluches ni cantando Don´t look back in anger, por bonito y necesario para los vecinos que pueda ser.

Por eso, la defensa de nuestra sociedad y de nuestras democracias liberales ante el terror islamista no puede entenderse sin la defensa del Estado de Israel. Así como, por mucho que se vote lo contrario, el Reino Unido siempre será Europa, la civilización judeocristiana abarca también a Israel y a los judíos que se encuentran por todo el mundo. Sin olvidar, pese a ciertos silencios interesados, a las comunidades cristianas que, como los coptos, sufren también masacres a manos de los islamistas de forma continuada.

La causa de Israel siempre ha sido la nuestra. Desde hace décadas sufrimos como Israel ataques terroristas de corte islámico, a pesar de lo que piense gente como Miguel Ángel Revilla, quien sin empacho alguno, fija el origen de los atentados yihadistas en la foto de las Azores. Será que la sal de las anchoas, en exceso, tiene estos efectos en el intelecto. Pero todo eso da igual, porque por mucho que nos pongamos de perfil (cuando no directamente en contra) en votaciones y campañas de la ONU, o se financien desde las Administraciones bochornos cursos universitarios antisemitas, la realidad es tozuda.

Ahora, hasta la forma de matar europeos se parece a la manera en que matan a los israelíes. A lo mejor era lo que nos faltaba para darnos cuenta de que libramos la misma guerra, de que el enemigo es común y que, como en Israel, también lo tenemos en nuestra casa. Cada atentado nos recuerda que nuestra libertad es la suya; que nuestras cervezas en un pub de Londres son las mismas que las de una discoteca en Tel Aviv; y que, al menos por unos momentos, la capital de Israel puede ser Londres y que la de Francia, Alemania o España puede ser Jerusalén.

Fuente: LaopiniondeMurcia.es

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