Tras la pista de los verdugos de Hitler

Anna Abella

Josef Mengele, el 'ángel de la muerte' de Auschwitz, y Aribert Heim, el Doctor Muerte, se les escabulleron, pero su tenacidad y su sentido de la justicia, su "determinación y valentía", les llevaron a seguir la pista, localizar, acosar, detener y llevar ante los tribunales a criminales nazis como Adolf Eichmann, el artífice de la 'solución final'; Klaus Barbie, el 'carnicero de Lyon'; Ilse Koch, la 'perra de Buchenwald', o el capitán de las SS Erich Priebke. Con la excepción de Simon Wiesenthal (el detective con seis millones de clientes, le llamó 'The New York Times' en alusión a los muertos en el Holocausto), son casi desconocidos los nombres del pequeño grupo de hombres y mujeres que dedicaron sus vidas a atrapar a criminales de guerra del régimen de Hitler para "impedir que el mundo olvidara sus crímenes". De rescatarlos, y de documentar profundamente cada caso, se encarga 'Cazadores de nazis' (Turner), de Andrew Nagorski (Edimburgo, 1947), escritor y periodista durante más de tres décadas de 'Newsweek', recurriendo a archivos y entrevistas personales. 

La guerra fría

Los fiscales de los juicios de Nuremberg (Benjamin Ferencz), Dachau (William Denson) y Auschwitz (Fritz Bauer), los agentes del Mossad que secuestraron a Eichmann en su refugio de Argentina (Isser Harel) y quienes contribuyeron a hallar sus huellas, quienes desde una oficina de Estados Unidos impidieron que los nazis siguieran viviendo impunes en su país (Elizabeth Holtzman o Eli Rosenbaum), quienes investigaron por su cuenta en cruzadas personales (como Wiesenthal, Tuvia Friedman o Beate y Serge Klarsfeld)... Todos "siguieron luchando incluso cuando el resto del mundo, incluidos los gobiernos que representaban a los vencedores, ya habían perdido todo el interés en el destino de los criminales de guerra nazis", destaca Nagorski. Porque tras la segunda guerra mundial y esos primeros procesos a los altos cargos nazis, muchos de los cuales acabaron en la horca y otros con penas de cadena perpetua, Estados Unidos y la URSS, embarcados en la guerra fría, prefirieron beneficiarse de los conocimientos de los nazis sobre su nuevo enemigo antes que perseguirlos.

Ello permitió que muchos nazis siguieran con sus vidas en Europa, a menudo sin ni siquiera cambiarse el nombre, o se exiliaran a Estados Unidos y Latinoamérica camuflados entre los millones de europeos que intentaban levantar cabeza tras la guerra. Para Nagorski, la captura en 1960, juicio y ahorcamiento de Eichmann "marcó el principio de la conciencia, cada vez más extendida, de que los criminales nazis se habían ido de rositas y reavivó el interés general por sus crímenes".

Venganza o justicia

No elude el autor el hecho de que los cazadores de nazis a menudo "se enfrentaron unos con otros y se lanzaron recriminaciones, se mostraron celosos de los éxitos ajenos y se comportaron como verdaderos rivales, aunque persiguieran más o menos las mismas metas". También aborda el tema de la venganza, "que movió a algunos en un principio, especialmente quienes habían pasado por los campos" (como Friedman, quien "fantaseaba con el día en el que los judíos se la devolvieran a los nazis, ojo por ojo"), aunque pronto se volcaron en insistir que se les procesara. El propio Wiesenthal tituló sus memorias 'Justicia, no venganza'. "No solo pretendían castigar a los culpables sino que jugaban un papel crítico para establecer un relato veraz que pudiera pasar a la historia", porque, y cita a Harry Truman, el objetivo de los juicios debía ser "educar al mundo" y "que fuera imposible que, con el paso del tiempo, alguien dijera: 'Oh, eso nunca sucedió, no es más que propaganda, un montón de mentiras'".

Arrepentimiento y responsabilidad

Los ejemplos del libro prueban que la mayoría de nazis "nunca se arrepintieron" ni se responsabilizaron de sus crímenes y siempre mantuvieron la excusa de que solo "seguían órdenes", cuando en realidad, como individuos, siempre tuvieron elección. Resalta Nagorski cómo el esfuerzo de los sabuesos ayudó además a profundizar en el debate sobre la naturaleza y la "banalidad del mal", que articuló la filósofa Hannah Arendt durante el juicio a Eichmann. Según el autor, el alto mando de las SS "cometió unos actos monstruosos en nombre de un sistema monstruoso pero resumirlo todo en que era un demonio hace que los demás parezcan ángeles a su lado y no explica la facilidad con la que los regímenes tiránicos encuentran a ciudadanos normales dispuestos a comportarse como criminales".

Para Nagorski, en los casos de los últimos años de viejos nazis llevados a juicio, como los de John Demjanuk o Erich Priebke, la vejez "no absuelve de la culpa" y sus delitos no deben prescribir, aunque por su avanzada edad no lleguen a pisar la cárcel. "¿Por qué perseguir en sus últimos días al anciano guardia de un campo de concentración? ¿Por qué no dejar que los responsables fueran desapareciendo poco a poco y en silencio?", se pregunta. "Para demostrar que los espantosos crímenes de la segunda guerra mundial y del Holocausto ni pueden ni deben olvidarse, y que aquellos que los instigaron o cometieron -o los que se sientan tentados de hacer lo propio en el futuro- nunca deberían sentirse a salvo de la ley".

Fuente: Elperiodico.es

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