La fiesta del agua: un gozo poco conocido de Sucot

Irving Gatell

El tema propio de la fiesta de Sucot es bastante bien conocido entre judíos e incluso entre quienes gustan de los temas judaicos: la Torá ordena que, a partir del día 15 del mes de Tishrei, los judíos vivamos durante una semana en una Sucá, una pequeña cabaña portátil, desarmable y desde cuyo interior pueda verse el cielo y las estrellas, para recordar que el pueblo de Israel vivió en este tipo de viviendas provisionales mientras peregrinó en el desierto, después de su salida de Egipto.
Pero las fiestas que involucran a toda una sociedad nunca son festejos estáticos. Evolucionan, crecen, se vuelven más sofisticados con el tiempo.

Demostrarlo es fácil: hoy día no celebramos Sucot como se hacía en Israel hace 2 mil años, sino adaptado a nuestra realidad urbana y moderna. Los elementos esenciales y los significados principales se conservan, pero las formas y los detalles periféricos siempre evolucionan.

Hay un aspecto poco conocido de Sucot, que en los últimos años ha sido recuperado por muchos grupos ultraortodoxos y poco a poco empieza a tener auge.

Se trata de algo que podríamos llamar la Fiesta del Agua, y se remonta a una antigua práctica judía que se celebraba durante los días intermedios de Sucot, y la sede era el Templo de Jerusalén. Esto nos explica por qué se dejó de celebrar: con la destrucción del Templo, los componentes característicos de la Fiesta del Agua quedaron afectados, y su celebración se volvió complicada, en algunos casos imposible.

La festividad surge de la creencia de que todo lo que se relaciona con el inicio del Año Nuevo (Rosh Hashaná) tiene que ver con el Juicio que hace D-os a toda su Creación.
Dice la tradición judía que en Yom Kipur (diez días después de Rosh Hashaná) los judíos somos juzgados, y D-os determina cuál será nuestra suerte para el año que empieza. Pero esa misma tradición también dice que durante los días de Sucot D-os juzga el agua. Esto, en lo inmediato, se refiere a que D-os determina cómo serán las lluvias en el año que comienza (una idea muy importante para una cultura agrícola ubicada en una zona mayoritariamente desértica).

En las épocas del Segundo Templo (años 539 AEC a 70 EC) a este festejo se le llamaba NISUJ HAMAYIM, es decir, “libación del agua”, o para ser más preciso Ceremonia de Libación del Agua. Según las fuentes talmúdicas, se tomaba agua del Pozo de Siloam y se llevaba hasta el Templo en una peregrinación llena de gozo y expresiones festivas. Una vez en el Templo, el agua era derramada (libada) en medio de música, danzas y plegarias para que las lluvias fueran propicias durante todo el año.

Durante estos días intermedios de Sucot, cada noche se hacía todo un espectáculo en el atrio del Templo, y los textos judíos de la época nos dicen que cada vez asistían miles de personas.

A esos festejos se les llamaba SIMJAT BEIT HASHOEIVA, o “el regocijo en la casa de la extracción del agua”. Los Levitas ponían en acción toda su orquesta: arpas, liras, címbalos y trompetas, y con ella acompañaban las danzas y los cantos de la gente.
Según nos narra el Talmud, los hombres más piadosos y respetados de la comunidad y de la Casta Sacerdotal hacían bailes con teas encendidas, y la descripción parece indicar que se trataban de números de malabarismo.

En otras palabras, se trataba de un espectáculo circense en el mejor de los sentidos, y el clima de júbilo era tal, que la Mishná nos dice en el tratado Sucá: “Aquel que no vio el regocijo de Simjat Beit Hashoeiva, nunca ha visto el verdadero regocijo en su vida”.
La celebración era atendida por miles de personas, la mayoría de ellos peregrinos que viajaban a Jerusalén en estas épocas especiales.

Esto nos lleva a reflexionar sobre un tema que no suele mencionarse sobre la Festividad de Sucot: es una festividad de regocijo.

Para comprenderlo, basta con entender que se trata de todo un ciclo de fiestas que comienza desde Rosh Hashaná, y que termina hasta Simjat Torá (el regocijo de la Torá).

La idea es que sólo así está completa la Creación: comienza con el inicio del Universo, el mundo y la vida (Rosh Hashaná), sigue con el ser humano como ser moral, consciente y comprometido con lo que es bueno (Yom Kipur), y cierra con la recepción de la Torá en Sinaí (que sucedió inmediatamente después de Sucot).

Eso es un mundo completo.
Simjat Torá es comparado con una boda, el momento en el que dos personas que se aman (que representan al pueblo de Israel y a la Torá) por fin se unen. Luego entonces, la semana previa, es decir, la Festividad de Sucot, es el regocijo que se va acumulando, va creciendo, se va haciendo más profundo conforme se acerca el gran día en que los esposos han de unirse.

Por ello, incluso surgió una festividad “menor” llamada Shemini Atzeret, que es el día inmediato posterior a Sucot, y previo a Simjat Torá. La idea sigue siendo el gozo: nuestros sabios dijeron que Shemini Atzeret es similar a una fiesta que dura siete días (Sucot), y que al final, cuando los convidados ya se están yendo, el dueño de la casa y anfitrión de la fiesta le dice a sus personas más queridas que por favor se queden un octavo día más, porque hay algo muy especial para ellos (porque son los más especiales).

Gozo sobre gozo.
Es la dicha de ver una creación que está siendo completada, la dicha de confiar que en Yom Kipur D-os nos ha sellado para un año dichoso y próspero, y que todo eso cerrará con broche de oro cuando dancemos, con la Torá entre los brazos, en Simjat Torá.

¿Qué idea concreta representa Sucot dentro de todo este esquema de regocijo?
Principalmente, la de la hospitalidad y la fertilidad. La ordenanza divina (mitzvá) es que construyamos una Sucá para recibir allí a nuestros invitados. Es una festividad en la que se nos recuerda que nuestro gozo no está completo si no lo compartimos, porque el ser humano es gregario y social por naturaleza.

La tradición judía relaciona la hospitalidad con la fertilidad, a partir del relato del Génesis en el que Abraham recibió a tres visitantes desconocidos, pero que fueron el medio por el cual D-os le anunció que al año siguiente Sara daría a luz un hijo.
Nuevamente, seguimos viendo detalles e ideas que redondean el concepto de una Creación completa: D-os crea al ser humano, pero luego el ser humano tiene que crearse a sí mismo por medio de la procreación.

En resumen, esta es la situación: estamos en Sucot, todavía en una vivienda provisional, esperando el momento culminante de la Creación, que es la entrega de la Torá (Simjat Torá). Mientras, el regocijo va creciendo. A la par que recibimos huéspedes en nuestra Sucá y con ello pedimos a D-os que garantice la procreación y la perpetuidad del ser humano, nos regocijamos con la bendición de las lluvias, y lo expresamos bailando y cantando.

Porque, a fin de cuentas, vivir es un regocijo. No es sencillo. A ratos es muy complicado. Algunas cosas duelen.

Pero mientras exista un soplo de vida, el ser humano puede seguir encontrando razones para regocijarse y agradecerle al Creador su don más sublime y sagrado: la vida misma.

Fuente: Enlace Judío

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