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Abraham Ibn Ezra, el judío de Tudela que inventó el cero
Poeta, lingüista, matemático, erudito y exegeta bíblico, Abraham el
Sefardí fue una de las grandes figuras del pensamiento medieval
hispánico.
El año pasado, Córdoba y buena parte del mundo de la cultura celebraba
el aniversario de la muerte del médico y filósofo judío Maimónides en
1204. Es un paso hacia la recuperación histórica de grandes figuras del
pensamiento judío hispánico. El mismo Maimónides tenía una figura
admirada en la España de los judíos sefardíes: Abenezra de Tudela,
matemático, filósofo, poeta y probablemente el inventor del cero. “Te
animo a que leas y ocupes tu inteligencia solamente en los comentarios y
escritos de Abraham Ibn Ezra”, escribiría el cordobés en una carta a su
hijo.
Abraham
ibn Ezra (1089-1167) nació en Tudela, cuna de otros hebreos ilustres
como el viajero y cronista Benjamín de Tudela o el poeta Yehudá (Judá)
ha-Leví. La comunidad judía florecía en el clima tolerante de los reinos
de taifas. Ibn Ezra, hombre de inquietudes enciclopédicas, se dedicó
sobre todo a la poesía (religiosa a veces, profana y humorística otras)
hasta que dejó la ciudad ya mayor.
No fue hasta los 52 años, ya en el exilio, que se volcó en la
investigación intelectual, convertido en un auténtico erudito errante.
Al parecer abandonó Tudela poco antes de ser conquistada por Alfonso el
Batallador porque su hijo Isaac se había convertido al Islam y quería
evitar que su otro hijo fuera asimilado por la religión mahometana.
Frutos en Europa
Estando en Roma escribió un comentario sobre el Libro de Job, un tratado
de lingüística hebrea y tradujo al hebreo las gramáticas de Yehudá
Hayyuj. Abordó el Libro de Daniel con una exégesis bíblica.
En la ciudad de Lucca desarrolló sus teorías sobre los números y
escribió un manual sobre el uso del astrolabio, el instrumento que desde
el 150 aC se venía usando para encontrar estrellas.
Su obra El Libro del número, en su estilo didáctico y claro habitual,
presenta en el s.XII a los judíos un esquema de los números indios
adaptados por los musulmanes, tarea de divulgación que entre los
cristianos hacían esas fechas Adelardo de Bath o Juan de Sevilla. Para
escribir decimales, se le ocurrió utilizar un circulito donde otros
dejaban espacios, con lo cual probablemente fue el inventor del dibujo
del cero.
Visitó las comunidades judías de Francia transmitiendo sus
descubrimientos. En Inglaterra tradujo al hebreo las tablas astronómicas
de Al-Juarizmi (el astrónomo y matemático persa del que viene la palabra
“guarismos”). Al parecer murió de vuelta a España, en Calahorra, en el
año 1167.
La influencia de los astros
En una época en la que todos creían en la influencia de los astros, el
astrónomo judío pensaba que a cada uno de los Diez Mandamientos le
correspondía un planeta rector: así, Venus influía en el adulterio.
La idea casaba muy bien con la visión medieval jerárquica y
clasificadora, fuera entre judíos, cristianos o musulmanes. Abenezrá
creía, sin embargo, que los astros influían, no determinaban y que
cumpliendo la voluntad de la Ley de Dios y sometiéndose a Él se podía
cambiar la mala influencia de los astros.
Por esos años escribiría el también enciclopédico beato mallorquín Ramón
Llull: “comete pecado quien tiene más miedo de Cáncer o Géminis que de
Di-s”.
Un mirada racional a la Biblia
El sabio de Tudela, conocido en el extranjero como “Ibn Ezra ha-sefaradí”,
es decir, el español, defendía una lectura de la Biblia fiel al texto
pero con atencicón a los símbolos y metáforas, aplicando una mirada
racional y sistemática.
“Te daré una regla para la Torá, tanto para la Biblia como para la Misná
(la ley oral), para todos sus tratados y para todas sus leyes: si se
encuentra en ellas algo que contradiga el juicio razonado correctamente,
o si un texto contradice a otro o la propia tradición, entonces debemos
tratar de corregirlo según nuestra capacidad”, escribirá. Las Biblias
hebreas medievales en esta tradición suelen acompañar el texto sagrado
con anotaciones, comentarios y fábulas explicativas en los márgenes.
Aunque se apegaba al texto, consideraba que en algunos casos había que
apartarse del sentido literal. Fue uno de los precursores en afirmar que
la ciencia no tenía por qué estar en contradicción con los textos
sagrados.
En los últimos años, trabajos como los de M. Gómez Aranda (Ibn Ezra,
Maimónides, Zacuto, Sefarad científica, Ediciones Nivela, Madrid, 2003)
están ayudando a recuperar y divulgar la importancia de los pensadores y
científicos sefardíes.
Fuente:
ForumLibertas.com

Sinagoga Ibn Ezra en El Cairo, Egipto |