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Especial: El Aborto para el judaísmo Ante la actual discusión en el Congreso Nacional, sobre la Ley de Aborto Terapéutico, Anajnu, quiere aportar a este importante tema con la posición judía, desde diversas tendencias, sobre este controversial tema.
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El Aborto por rabino Adrián J. Herbs, decano Seminario Rabínico Latinoamericano
Antes de
entrar al aborto desde el punto de vista judío, tenemos
que saber dos conceptos de la Ley y de la Filosofía
judía. Hay que entender cómo funcionan para después ver
cómo arribamos al tema.
Fuente:
RadioJai
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El Aborto por Rab Eliezer Shem Tob
Veamos qué
dice el judaísmo al respecto. Hay varias opiniones halájicas al respecto. He aquí dos de ellas: 1. Agresión contra el cuerpo de la mujer; 2. Asesinato Hay quienes entienden que el embrión es un “órgano” de la madre y por lo tanto la prohibición de interrumpir el embarazo es por el daño que implica a la madre, como si fuera amputarle un dedo. La Torá prohíbe hacer daño innecesario al cuerpo humano, inclusive con el consentimiento de su “inquilino”. Uno no es dueño de su propio cuerpo; es nada más que su custodio. Esto implica que aunque el embrión no tenga una personalidad y derechos independientes, sería prohibido abortar por atentar contra un “órgano” de la madre. Hay quienes entienden el aborto como una clase de asesinato. Una vez que tiene lugar la concepción, y especialmente luego que se anida en el útero, es natural que nazca un ser humano. A diferencia de destruir el semen que no producirá ningún ser humano hasta no fertilizar el óvulo (y aun así está prohibido emitir semen en vano), el cigoto, si no se le hace nada para destruirlo, se transformará solo en embrión, luego en feto y eventualmente nacerá un ser humano independiente. Interrumpir el embarazo implica cortar el proceso natural de la formación de un ser humano. No se castiga como si fuera un asesinato de un ser nacido, debido al hecho que no se puede saber con certeza si ese embrión hubiese nacido con vida y si hubiese sido un ser viable. Sería una especie de asesinato no punible. Hay quienes dicen que cada etapa del embarazo es diferente. Hasta cierta etapa es considerado como “agua”, luego como un órgano de la madre o como un ser independiente.
Los
distintos criterios y etapas, más los motivos para
considerar realizarlo, determinarán la decisión de
permitir o no el aborto. Todas las autoridades halájicas están de acuerdo con que estaría permitido y hasta obligatorio realizar un aborto cuando llevar el embarazo a término implicaría un peligro para la salud de la madre. Lo que se discute es la fundamentación por la cual es tan claro que habría que abortar. Hay quienes dicen que es porque no se arriesga una vida existente (la madre) por una vida potencial (la del feto). Hay quienes dicen que la fundamentación es la ley de “Rodef” (perseguidor). Rodef se refiere a una persona que persigue a otra para matar o violarla. El que presencia esto está obligado a impedirlo, inclusive si la única manera de lograrlo es por medio de herir o hasta matarlo al perseguidor. (Estamos hablando siempre y cuando el delito no se realizó todavía y lo mata para evitar que se realice. No está permitido tomar la ley en manos propias luego de haberse realizado el delito.) Según este razonamiento, se permite abortar no por tratarse de una vida inferior vs. una vida superior, sino por ser el feto un “Rodef”, “persiguiendo la vida de la madre para matarla”. Es importante notar que la ley de Rodef se aplica aún cuando el Rodef es inocente y pone en peligro la vida de un tercero por fuerza mayor. ¿Qué pasa en el caso de violación, incesto o de haberse enterado que el feto tiene una anormalidad que hará que su vida sea inviable? Depende.
Hay quienes
lo prohíben, independientemente de la etapa de la
gestación en que se encuentre. “No somos D-os como para
decidir si una vida determinada merece vivirse o no,”
dicen. Hay, no obstante, opiniones rabínicas que dicen
que hasta cierta etapa de la gestación, estaría
permitido eliminar el feto por ser nada más que “agua” o
un órgano de la madre y por ende descartable en el caso
de que llevarlo a término crearía mayor daño (físico o
mental) a la mujer que lo que causaría eliminarlo. El Rabino, conjuntamente con la mujer y por lo menos dos médicos especialistas en el tema específico. En el caso que surja la idea de realizar un aborto por la razón que sea, es menester consultar con un rabino experto en estos temas para asegurarse de que se esté tomando la decisión correcta. El rabino tomará en cuenta la posición de la mujer como también la(s) de los médicos especialistas para analizar la situación y dar su fallo.
No hacer
daño al cuerpo es una prohibición Divina. Uno no es
dueño de su cuerpo, y ni hablar de la vida de un
tercero. Para poder saber qué es lo que el Dueño del
cuerpo y de la vida considera correcto, se consulta con
un experto en Halajá Fuera de las situaciones límite en las que hay que elegir entre una vida y otra, demás está decir que el judaísmo ve en el nacimiento de cada niño una enorme e induplicable bendición. No sólo tenemos la responsabilidad de preocuparnos por la propagación de niños judíos; el judío tiene la obligación de apoyar una conducta social general que respeta la vida al máximo y que fomenta la natalidad. En caso que la mujer no esté en condiciones de criar a su hijo, hay familias dispuestas a adoptarlo y proveerle de un hogar lleno de amor. Habrá quienes argumentarán que tener muchos hijos pone en riesgo los recursos del mundo. Son teorías que el judaísmo no acepta. Además: ¿Quién sabe si el hijo cuyo nacimiento se quiere evitar no será el que encontrará la solución para resolver el hambre mundial? Sólo hay que pensar en Steve Jobs, abandonado por su padre y quien nunca completó su educación terciaria, para ver cómo una sola persona, en condiciones no privilegiadas, puede cambiar al mundo entero. Ni hablar, salvando las distancias, de individuos como Avraham, Moisés y el Rebe de Lubavitch, todos nacidos en situaciones de peligro cuando la lógica humana indicaría que sería mejor no tener (más) hijos. ¿Dónde estaríamos todos hoy si sus padres hubiesen seguido la lógica “políticamente correcta” de su época? Fuente: Jabad.org.uy
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Anticoncepción y Aborto En nuestro mundo, siempre en transición, el hombre contemporáneo se ha visto obligado a ajustar sus esquemas en forma por demás vertiginosa. Así, la cultura judía que se ha mantenido en su porción esencial incólume a lo largo de los años, enfrenta retos cada vez mayores. Sin embargo, en muchos casos, el judaísmo tradicional sorpresivamente da respuestas a dilemas actuales. Temas tan controvertidos y candentes en los tiempos modernos, como el de la anticoncepción y el aborto, son ya contemplados siglos atrás por la Halajá o ley judía. La celebración judía de la vida humana se resume en el mandato bíblico que indica "Creced y multiplicaos" (Génesis 1:28). Dentro del judaísmo, un hogar sin hijos es un sitio sin bendiciones, porque la realización de cualquier ser humano se encuentra en su vida familiar, la que implica una alegría pero también una gran responsabilidad. Para la ley judía, cada pareja tiene la solemne obligación de traer al mundo por lo menos dos hijos. De acuerdo con las enseñanzas de los antiguos sabios hebreos hay ciertas diferencias en cuanto al cumplimiento de este precepto: la escuela de Shamai indica que la ley se refiere a dos varones y la escuela de Hillel afirma que se trata de un varón y una mujer. Anticoncepción. La primera legislación al respecto aparece en los pasajes del Talmud (compendio de leyes orales) en donde se permite el uso de métodos anticonceptivos en tres casos: cuando se trata de mujeres menores de edad, embarazadas o lactantes, con el objeto de prevenir cualquier posible daño a su vida o a la criatura que resultara de la concepción en tales circunstancias. Más adelante, los antiguos sabios mencionaron la existencia de una poción de las raíces que producía esterilidad temporal o permanente si era ingerida en dosis mayores. La poción mencionada no tenía las características de los contraceptivos actuales. Se utilizaba en casos específicos, o sea no se producía masivamente, ni era considerada como un agente confiable. Con el paso de los siglos, ni los rabinos ni los científicos lograron conocer más sobre la poción esterilizadora, pero con base en este texto y algunas otras fuentes legales, las autoridades ortodoxas favorecieron el uso de anticonceptivos orales más que cualquier otro, porque no implica una interferencia directa con el acto sexual. Este tipo. de concepción constituye, a todas luces, uno de los más notables antecedentes de los descubrimientos modernos en esta materia. Las autoridades halájicas judías han interpretado estos textos y subsecuentes discusiones de comentaristas bíblicos a lo largo de los siglos. El consenso general en los últimos 200 años ha sido el de permitir el uso de anticonceptivos sólo en situaciones urgentes, por razones médicas. El judaísmo considera la anticoncepción como una cuestión cardinal que requiere del manejo individual de cada caso, con el apoyo de una opinión médica competente y de consideraciones rabínicas. Hoy en día, la mayoría de las autoridades religiosas judías continúan permitiendo el uso de métodos anticonceptivos -aun cuando no se haya establecido una familia- en los casos en que el embarazo puede ser un peligro para la madre o si se sabe con certeza que el bebé se podría ver afectado por una enfermedad congénita seria o por alguna anormalidad. En determinadas circunstancias, el rabino da su autorización basándose no sólo en razonamientos médicos, sino también en consideraciones ligadas a las necesidades psicológicas de la madre. Esta actitud no tiene como objetivo el favorecer las relaciones extramaritales ni el limitar el tamaño de la familia por razones sociales, demográficas o por conveniencia económica, sino que pretende una mayor compenetración en cada caso en particular, con el objeto de que la familia constituya n núcleo sano mental y físicamente. Aborto. Hay distintos enfoques en relación con el tema, pero todos ellos se derivan de las fuentes básicas como la Biblia y el Talmud. La más directa afirmación se encuentra en la Mishná (código de leyes orales): Si una mujer está teniendo un parto difícil y su vida está en peligro, la salud de la madre toma precedencia a la del feto. En el caso de que el alumbramiento ya haya comenzado, la vida del bebé no puede tomarse por la de la madre. Los judíos de la época bíblica, al igual que muchos otros pueblos del Cercano Oriente como los sumerios y los hititas, imponían una pena monetaria en el caso de un aborto. La Halajá lo prohibía pero no lo consideraba como un asesinato que exigía la pena capital. Alrededor de esta idea se ha desarrollado un cuerpo completo de literatura rabínica. En su totalidad, el punto de vista tradicional judío en relación al aborto ha sido el de que, la terminación artificial de un embarazo, sólo se permite si implica un peligro para la vida de la madre. En un número limitado de casos, se permite el aborto en base a consideraciones personales, a saber, problemas psicológicos o económicos. En años recientes, la cuestión del aborto se ha vuelto permisible cuando existen fetos malformados como consecuencia de alguna enfermedad de la madre -por ejemplo rubeola-o en el caso de que ésta hubiese ingerido alguna droga. Así, las autoridades rabínicas -tanto ortodoxas como conservadoras como reformistas- no permiten el aborto indiscriminado, y éste no es una práctica común entre los judíos. Para el judaísmo, un aborto representa la devaluación de la vida, ya que el hombre y la mujer, al tomar una decisión que compete al Juez Supremo, trascienden su rol como humanos e interfieren en el designio divino.
Fuente:
Jinuj.net
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Paradojas sionistas ante el aborto por Félix Bornstein Eli Schussheim es un médico singular, un cirujano curtido en dos guerras que hoy, quizás por el paso de los años y como contrapunto a su porte convencional, te mira con los ojos exaltados de un viejo profeta del Tanaj, el Libro de los judíos. Algunas personas se infiltran entre sus contemporáneos como si fueran absorbidas desde el tiempo más remoto por una ventosa. Ésa parece ser la condición de Eli, la de un emigrado que sale de las ruinas del Primer Templo, se acicala un poquito alisándose las arrugas del traje y comparece en el Madrid del siglo XXI para hablarnos de lo que a él le interesa, que –no es ninguna casualidad- forma parte del abecedario moral de ayer y de hoy. Schussheim es un judío bonaerense que con el título profesional en la maleta (se graduó en 1963) hizo lo mismo que tantos otros muchachos de su generación. Eli abandonó la Diáspora y entregó su suerte a Israel. Jerusalén (1965), la Guerra de los Seis Días (1967), la campaña del Yom Kippur (1973), y luego su destino como médico del Parlamento israelí –la Knesset- fueron las etapas sucesivas de un médico visionario y aventurero entrado ya en una edad madura que, habiendo vivido tan rápido, quizás exigía una pausa, algún tipo de alto en el camino. Pero no fue el caso, Schussheim le pegó otro acelerón a su carrera de doctor, aunque desde entonces empezó a enfilar las curvas de su futuro de otra manera. En 1977 la Knesset despenalizó la práctica del aborto en determinados supuestos, entre los que se incluía la edad de la mujer (la ley, por ejemplo, amparaba a las mujeres menores de 16 años y mayores de 40 que deseaban interrumpir su embarazo). Israel es un país que se caracteriza por sus contradicciones, y en el asunto del aborto no iba a ser menos. 1977 fue el año de la primera derrota electoral del Mapai, el partido principal del socialismo israelí, la columna de los pioneros laicos (o ateos) y progresistas bajo cuyo dominio político (1948-1977) el aborto estuvo en el Código Penal de Israel. Los socialistas heredaron, en su puritanismo de presidiarios y rehenes de un síndrome de Estocolmo sexual vigente en la Europa de la posguerra, la vieja legislación del Mandato Británico en Palestina. Puede que sea una coincidencia, una jugada de dados (excepto en las primeras elecciones, ningún gobierno israelí ha disfrutado de mayoría absoluta en la cámara), pero lo cierto es que la despenalización del aborto fue casi simultánea al triunfo del partido Herut y de su coalición del Likud, el motor de la gran derecha israelí. El Likud no es oficialmente una formación religiosa, pero su electorado es eminentemente conservador y en él predomina una visión religiosa sobre la naturaleza del judaísmo y del Estado. Pese a ello y al crecimiento de la religión en los últimos años, hoy se practican unos 20.000 abortos al año en Israel. Con la oposición manifiesta del gran rabinato. No acaban aquí las contradicciones. La despenalización del aborto es una política legislativa poco funcional con los problemas demográficos de los judíos de Israel. La demografía es una cuestión vital para la supervivencia de un Estado creado y mantenido sobre los cimientos de una mayoría judía que, pese a su protección por todas las instituciones públicas, empezando por la llamada Ley del Retorno, está cada vez más en entredicho. Las familias árabes de Israel ganan por goleada: la tasa de natalidad de las mujeres árabo-israelíes es de 4,8 y la de las judeo-israelíes es del 2,6. La baza demográfica es el alfil o quizás la reina de una partida de ajedrez que enfrenta a los jugadores a largo plazo, un combate no predeterminado por las agujas del reloj, una partida sin tiempos reglamentarios. El aborto es desconocido en el mundo islámico, pero es una realidad en Israel. Sin embargo, en esta colisión de valores entre la democracia y el pluralismo, por un lado, y las necesidades de su demografía, por otro, los judíos israelíes han demostrado algo que no les gusta a sus críticos incondicionales. Israel antepone la existencia y la realidad de sus contradicciones internas (delimitadas por la experiencia histórica de los judíos, por los requerimientos de la seguridad nacional de Israel y sobre todo por su decisión de ser una comunidad libre) a la pérdida de su carácter de sociedad abierta. Vuelvo a Eli Schussheim. Este médico intenta conciliar la demografía y la religión dentro del sionismo. Su empeño le ha llevado a la presidencia de EFRAT, una organización con 50 años de existencia en Israel y ramificaciones en toda la Diáspora, incluida la de los judíos españoles. EFRAT es una entidad privada que se financia exclusivamente de forma privada. Es una más de las centenares de organizaciones sectoriales y temáticas que aglutinan a todos los judíos del mundo y constituyen el pegamento de su fraternidad. Pero, a los efectos que aquí nos ocupan, este rasgo del carácter judío no tiene importancia. Lo que sí la tiene, a mi juicio, es su potencial “exportable” en un asunto tan conflictivo y delicado como el aborto, y lo tiene – dentro de las fronteras de la razón razonante- para un amplio espectro de individuos que pueden contemplar el aborto desde ángulos muy alejados. Schussheim y EFRAT, a diferencia de los grupos pro-vida cristianos, no pretenden modificar las leyes que permiten el aborto ni realizar movilizaciones en la calle para pedir su derogación. Tampoco han optado por las discusiones que se inician y terminan en el mismo punto. Schussheim, en la reunión que convocó a muchos amigos de Israel en un hotel madrileño a comienzos de esta semana, sostuvo que “el aborto no es un problema ideológico”. EFRAT es un grupo “pro-elección” que reconoce sin restricciones la libertad que las leyes ofrecen a las mujeres para abortar. Aunque EFRAT intenta convencerlas y animarlas a que no lo hagan, al menos si lo han decidido por su situación económica o psicológica en ese momento. ¿Cómo lo hace, qué métodos utiliza? Su logística no es complicada, pero sí tenaz. EFRAT inserta anuncios en los periódicos de Israel mostrando su ayuda a las mujeres que puedan interesarse por ella. EFRAT pone, sin truculencias graficas, su idea de que no debe perderse una futura vida sin atender las consecuencias de una decisión que, tomada en una situación muy difícil, puede volverse luego contra la conciencia y la personalidad de la mujer que decide abortar, suscitando el interrogante hipotético e imaginario de si, contemplada “desde” un futuro leído en el presente pero no indefectiblemente consumado, “ha sido” o no una resolución irreversible y acertada. EFRAT presta además asistencia económica a las mujeres en el embarazo y durante los doce meses siguientes al nacimiento del hijo en principio no deseado. Y durante los años de infancia y adolescencia del niño, su madre recibirá el apoyo y la compañía no sólo de asistentes sociales, sino de antiguas abortistas potenciales que cambiaron de opinión. Schussheim afirma que su organización ha procurado en su dilatada historia el nacimiento de unos 40.000 bebés no deseados, de los que más de 3.800 corresponden al año 2009. La ayuda económica de los judíos españoles se habría traducido en este último año en el alumbramiento de 40 chiquillos en Israel. Yo acudí a la convocatoria de EFRAT exclusivamente como un testigo curioso. Nunca he tenido, afortunadamente, que dar mi opinión sobre la cuestión del aborto, ni he estado cercano a este problema en mi entorno próximo. Considero que en este dilema la última palabra la tienen las mujeres afectadas y que la ley, asistida por la medicina y por la ciencia, debe proteger su decisión libre y fundada de abortar en situaciones de conflicto de valores que no tienen dos puertas de salida, que exigen la salvación de uno de los valores enjuiciados –la salud de la madre- a costa del otro. No creo que haya muchas mujeres a las que les guste abortar. Su decisión de hacerlo es todavía un crimen en muchos países, y cuando no es así suelen recibir la condena y el reproche moral de muchos. Abundan en este campo los hombres, especialmente los que tienen creencias religiosas. Schussheim es un hombre muy religioso. Apenas sé nada de él, salvo la intervención de poco más de una hora a la que asistí hace unos días. Por mi parte, sólo puedo decir que, según tengo entendido, todos los rabinos aprecian las manifestaciones de la vida natural en cualquiera de sus fases y que algunos condenan moralmente a las mujeres que abortan. Todos no, ni mucho menos. A diferencia de lo que ocurre en el catolicismo, en el que hay una doctrina moral que se apoya en una estructura centralizada y jerárquica que tiene en su cúspide al Sumo Pontífice y al Código Canónico, el mundo de la religión judía se basa en el pluralismo y en el casuismo de la vida concreta de todos los días. Los rabinos dictaminan según el caso específico y a veces el aborto está justificado. La Halajá (la ley religiosa de los judíos) no tiene carácter normativo y admite muchas tendencias y opiniones diversas. La Halajá no es la llave que cierra un sistema completo y abstracto. Dios no cierra la vida de nadie. El verbo hebreo halj, que da fundamento a la ley, significa “ir” o “andar”, y hay muchas formas de caminar. Eso ya es bastante revelador. Mucho más lo es un asunto en el que ningún judío está en desacuerdo. La vida humana no empieza con la “concepción”, el individuo sólo alcanza su personalidad cuando su existencia es independiente de la madre que lo ha procreado. La vida humana –la neshamá, el alma vital o “limpia”- empieza con el nacimiento del individuo (con la aparición de la persona), no con la concepción y la formación del embrión en el seno materno.
Fuente:
cuartopoder.es
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