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Afganistán, Al Qaeda y los talibanes por Ruben Kaplan
El Mullah Omar, además de ser amigo de Osama Bin Laden, al extremo de declarar en un reportaje concedido al primer periodista que logró entrevistarlo en 2001, el paquistaní Rahimullah Yousifzei: “A lo largo de mi vida he visto cómo se destruyó la mitad de Afganistán; estoy listo a ver la otra mitad destruida antes que entregar a Osama Bin Laden”, tiene como cuarta esposa a la hija mayor de Bin Laden. Las Autoridades de EE.UU. vienen sosteniendo que el líder de Al-Qaeda, está en Pakistán desde que las fuerzas de EE.UU. perdieron, inexplicablemente, al hombre más buscado del mundo en las montañas de Tora Bora, en la frontera afgano-pakistaní, en diciembre de 2001. El secretario de Defensa estadounidense, Robert Gates, admitió la semana pasada que su país carecía de una buena inteligencia sobre Bin Laden desde hace años. Se presume que desde que comenzó la intervención internacional de 2001 en Afganistán, el Mullah Omar ha estado ocultándose en localizaciones desconocidas en las regiones Pashtún de Afganistán y de Pakistán. El gobierno de Estados Unidos está ofreciendo una recompensa de hasta $10 millones por información que conduzca a su captura. La fisonomía del Mullah Omar, quien actualmente, rondaría los cincuenta años, es casi desconocida no obstante su gran popularidad en Afganistán, debido a su negativa de ser fotografiado o filmado. Vecinos de aldeas, lo describen como robusto, de barba tupida y con un turbante negro cubriendo su cabeza. Aunque el rasgo distintivo es el de una cicatriz que obtura un ojo perdido en la “Jihad” contra las tropas rusas. A pesar que las tropas estadounidenses y los más de 150.000 efectivos militares y paramilitares pakistaníes combaten a los integristas en Afganistán y las zonas fronterizas con Pakistán, el éxito les sigue siendo esquivo. Los talibanes, usufructúan el conocimiento de la topografía de esa región accidentada, para llevar a cabo ataques regulares a las fuerzas internacionales en Afganistán y causar inestabilidad en esa guerra que los EE.UU. consideran prioritaria, en virtud que el Talibán avanzó en abril de este año a menos de 100 Km de Islamabad, la capital de Pakistán, después de haber tomado el control de Buner, en el valle de Swat, al noroeste de este país convulsionado, que posee armas nucleares. Pakistán, ante la inminencia de la invasión norteamericana a Afganistán en octubre del 2001, se vio obligada a realizar una alianza estratégica con Washington en la denominada “guerra contra el terrorismo”. En un discurso ante la nación, antes del comienzo de las acciones bélicas, el general Pervez Musharraf, quien llegara al poder en 1999 a través de un golpe de Estado, dijo textualmente que la Alianza que iba a establecer con Estados Unidos era “el mal menor”. En esa misma alocución, Musharraf explicaba que si Pakistán no ayudaba a los norteamericanos a derrocar al Talibán y a capturar a Bin Laden y a sus seguidores de Al Qaeda refugiados en Afganistán, el Pentágono pediría colaboración a la India, inclinando a favor de su vecino, la balanza del equilibrio de poder regional. Según opinión de la mayoría de expertos, Pakistán está sindicado como el país con más posibilidades de transferencia de tecnología nuclear a los terroristas. El año pasado, el 35% de los analistas, pensaba que Pakistán era quien tenía más chance de constituirse en la próxima sede de Al Qaeda, ahora más de la mitad comparte ese temor.
Pretendiendo desconocer esos datos, y la poca
simpatía que despierta su país entre los musulmanes,
el jefe del Estado Mayor Conjunto de EE.UU., el
almirante Michael Mullen, en su breve estadía en
Islamabad, agradeció los esfuerzos de Pakistán para
erradicar el terrorismo, pero dijo más realista y
menos diplomático: “Sin embargo, tenemos mucho para
hacer”. “Nosotros vemos que existe aún la intención
de matar a tantos estadounidenses, como lo hicieron
antes”. Fuente: RKPRESS |