Entre
la izquierda y la derecha, los valores

Marcos
Aguinis
Para LA
NACION
Desde hace poco más de dos
siglos se tiende a otorgar una connotación política opuesta a la
izquierda y a la derecha. Se sabe que proviene de la casual
distribución de asientos en los días agitados de la Revolución
Francesa. A la izquierda estaban los jacobinos, que eran los más
revoltosos, exigentes, idealistas y decididos a imponer cambios
radicales al viejo régimen. Con el devenir del tiempo, esta
distinción pasó por un arco de variaciones que, en algunos momentos,
parecía extrema, en otros insignificante y también confusa o
invertida.
Ortega y Gasset, en 1937,
escribió con eléctrica insolencia: "Ser de izquierda es, como ser de
derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir
para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de hemiplejia
moral. Además, la persistencia de estos calificativos contribuye a
falsificar más aún la realidad del presente, como lo demuestra el
hecho de que hoy las derechas prometen revoluciones y las izquierdas
proponen tiranías". Fue escrito durante la Guerra Civil española y
sigue manteniendo actualidad.
Asombra que haya coincidencia
entre una fuerza positiva, como desde el comienzo ha tratado de
presentarse la izquierda, con el vocablo siniestro. Lo siniestro
estremece y asusta. Freud ha desentrañado su voltereta psíquica,
porque significa el regreso de lo que se pretende mantener
reprimido. Pero el esclarecimiento de sus investigaciones no le ha
quitado el parecido que mantiene con lo diabólico e inquietante. La
izquierda, junto con sus cualidades y misterios, manifiesta algo
molesto. Allí residen valores que sacuden conciencia e inconsciente,
valores que tienden a eludirse o deformarse, pese a sus cualidades.
La izquierda seduce por su rebeldía, transgresión y disonancia. Por
eso, engancha a los jóvenes y también a quienes no son jóvenes, pero
tienen un espíritu vital y sensible.
Tal vez los primeros líderes
de los maravillosos valores que forman el núcleo de la izquierda
fueron los profetas de Israel. Formaron un conjunto de
personalidades enhebradas por una conducta limpia y una prédica
altruista. Brotaban casi por arte de magia en los momentos
difíciles. Con voz encendida y un coraje sin límites, cuestionaban
los poderes de su tiempo, sean reyes, sacerdotes o familias de
alcurnia. Denunciaban las injusticias, los abusos, la insolidaridad,
la hipocresía y la falta de clemencia. El pueblo de Israel no era
mejor ni peor que los demás pueblos, pero tuvo el privilegio de
generar estos individuos elocuentes y temerarios, cuya acción dejó
una marca de enorme trascendencia universal. Con ellos -afirmó
Alfredo Palacios, inolvidable primer diputado socialista de la
Argentina-, empezó la justicia social.
En la Biblia sobresalen sus
mandatos y ejemplos en favor de la libertad, la justicia y la
fraternidad de los seres humanos. También el respeto que se debe a
los animales y a la naturaleza toda.
Por cierto que hubo
manifestaciones de ese tenor en China, India y otros lugares del
planeta. Luego aparecieron concepciones utópicas que pretendían
mantener vivo el antiguo mensaje, aunque a menudo se teñían de
fanatismos catastróficos. En el siglo XVII floreció un avance
acelerado de la ciencia; se empezaron a limitar los poderes del
monarca y creció la producción de riqueza. La revolución gloriosa en
Gran Bretaña y luego la Revolución Francesa marcaron hitos.
Pero, aunque se los tienda a
identificar, condujeron a distintos puertos. La inglesa careció de
epopeya, guillotina y fanfarria, pero fue consolidando una
democracia cada vez más sólida, junto a un creciente respeto por los
derechos individuales; la Revolución Francesa causó más ruido y
seducción, pero enredó los caminos de la democracia e inspiró, a
través de variados eslabones, totalitarismos de derecha e izquierda.
Mientras en Gran Bretaña no se produjeron nuevos golpes de Estado ni
vacilación del sistema legal, en Francia alternaron varias
repúblicas con reinos e imperios.
Es interesante observar que el
totalitarismo de derecha mantiene fuertes analogías con su aparente
contrario, el de izquierda. Igual que la izquierda, el fascismo
pretendió ser revolucionario, crear el "hombre nuevo" y, además,
descendía del socialismo, al extremo de usar esa palabra en su
propia denominación (nacionalsocialismo en Alemania). ¿Cómo es
posible identificar el totalitarismo de izquierda con el de derecha?
¿Acaso la izquierda, desde sus valores originales, no abomina la
tiranía? Sí, la abomina de la boca para fuera, pero no ha dejado de
imponerla cuando se torna radical. Sobran evidencias.
Nos hemos acostumbrado a
denostar el fascismo, el nazismo y variadas dictaduras de derecha.
Pero hay resistencia en denostar modalidades, llamadas socialistas o
de izquierda, que se imponen el rótulo de progresistas, pero
traicionan los valores de los profetas. En nombre de la abstracción
colectivista, imponen el despotismo.
¿Repasamos los valores
originarios de la izquierda?
Los conocemos. El más elevado
es el de la libertad. La libertad, desde hace milenios, significa el
respeto por los derechos de cada ser humano, que incluyen la
libertad de pensar y expresarse, decidir, viajar y hacer a hacer
cuanto se le antoje mientras no perjudique los iguales derechos del
prójimo.
La libertad también significa
cuestionamiento de los dogmas, ideologías o presuntas verdades
oficiales. Incluye, desde luego, la pluralidad de enfoques y
criterios, que se enriquecen mediante el intercambio. Comprende la
libertad de expresión por todos los medios a que el hombre tiene
acceso; abarca, desde luego, la creatividad artística y científica.
La creatividad mantiene un correlato poderoso con la libertad de
prensa, que no debe ser censurada en forma directa o indirecta,
porque esa censura constituye un agravio tan espantoso como cuando
un rey asesinaba a un profeta porque éste lo había cuestionado.
Un valor axial de la izquierda
originaria es su respaldo al progreso; de ahí que use el vocablo
"progresista", pero en los hechos suele apuntalar el atraso y el
rencor estéril. Por fin, su cualidad más vigorosa es el anhelo por
conseguir la desaparición de la pobreza mediante la igualdad de
oportunidades, la transparencia competitiva y el reconocimiento del
mérito. En otras palabras, la consigna del socialismo es que "dé
cada uno según su capacidad y reciba cada uno según su producto".
Una asombrosa fórmula liberal.
Estos valores originales de la
izquierda se oponen a los principios de la derecha, manifestados en
sus expresiones totalitarias: ausencia de libertad y cercenamiento
de los derechos individuales, persecución de la disidencia, censura
de prensa, asfixia de la creatividad, abominación del pluralismo,
intolerancia, manipulación de los pobres a quienes se desea mantener
en su miseria. ¡Asombroso! Es lo que hace el totalitarismo de
izquierda.
La síntesis maniqueísta
pretende hacernos creer que la izquierda se asocia con el progreso y
el bien, mientras que la derecha, con el atraso y el mal. Una es
querible; la otra, espantosa. Sin embargo, las evidencias muestran
que la izquierda ha traicionado sus valores originales. Desde
Khruschev se cuestiona el estalinismo, es cierto. Pero el
estalinismo no fue sólo el producto de un hombre, sino de un sistema
que no podía funcionar de otra manera, como lo demostró el mismo
Khruschev al reprimir el levantamiento de Hungría y aplastar la
Primavera de Praga. ¿Qué valores tenía una izquierda que abarcaba un
tercio de la humanidad, si se incluían China y demás países de la
órbita soviética? Se la consideraba vanguardia de la humanidad y
esperanza de los pueblos; productora del gran arte con su represor y
mediocre "realismo socialista"; antorcha de la ciencia con
idealizaciones sustentadas en la miopía ideológica. Durante décadas,
la "verdadera" izquierda, la más exitosa, que se mofaba de la
socialdemocracia "reformista".
La socialdemocracia o
izquierda moderada, en cambio, se esmeró por mantener los valores de
origen, incluido su respeto por las instituciones de la democracia.
Pero en América latina se ha mantenido en Cuba la versión
estalinista, sin rubor y con los rasgos teratológicos que comparte
con Corea del Norte. Desde Cuba se irradiaron durante medio siglo
los atributos violentos, opresivos, delirantes y mesiánicos. En
todos los rubros sobresale su carácter ultraconservador, generoso en
unificar para abajo. Algunos países de nuestro vacilante
subcontinente parecieran querer seguir su modelo antidemocrático,
que traiciona -igual que el estalinismo- los valores originales de
justicia, libertad y fraternidad, cercena el vuelo de las personas y
hiere de muerte la pluralidad de ideas. Es la izquierda que restaura
el Ancien Régime con nueva etiqueta. Porque... ¿en qué se
diferencian estas izquierdas totalitarias de Luis XIV, Stalin o
Hitler? No es casualidad que Georges Sorel haya admirado
simultáneamente a Lenin y Mussolini. O que Mussolini haya prohibido
las críticas a Stalin y que Stalin se haya regocijado con la
judeofobia de Hitler.
A propósito, tampoco debemos
olvidar que la izquierda originaria fue la que más luchó contra el
antisemitismo en el siglo XIX y comienzos del XX. Pero después se
tornó antisemita, con el recurso de otras palabras y nuevas excusas.
También se ha convertido en cómplice de regímenes ultrareaccionarios,
donde se oprime a la mujer, se fusila a los homosexuales y las
decisiones son tomadas, en última instancia, por un ayatollah.
Seguro que Marx debe sufrir convulsiones en su tumba.
La
palabra "revolución" ha sido cooptada por la izquierda. Pero no
siempre los revolucionarios fueron de izquierda. Recordemos que hubo
una "revolución conservadora" en Europa, después de la Primera
Guerra Mundial. Ya dijimos que revolucionarios se consideraron el
fascismo y el nazismo. Después del pacto Hitler-Stalin, surgió la
corriente "bolche-nazi", que no tuvo dificultades en encontrar bases
teóricas sólidas, aunque le faltó tiempo para consolidarse. En
síntesis, los totalitarismos de las dos orillas coinciden en su odio
a la democracia y comparten un carácter falsamente puritano. Aman y
exaltan la violencia y usan la palabra "muerte" en sus consignas
(calaveras las SS y "socialismo o muerte" con Fidel y Hugo Chávez).
Coinciden en su tendencia al pensamiento único, que lleva al partido
único y el líder único. Fanáticos de izquierda o de derecha tienen
en común la mentalidad catastrófica, y los emborracha la
omnipotencia voluntarista. A esta izquierda traicionera de sus
propios valores originales adscribe, actualmente, el populismo, con
claros ingredientes fascistas.
Esto no coincide con los
valores originales de la izquierda que cualquier bien nacido no
dejaría de aplaudir. No se la puede seguir llamando izquierda, sino
falsa izquierda o pseudoprogresismo. No tiene profetas de la paz, la
armonía y el crecimiento, sino del avasallamiento, la corrupción y
el ahogo. No cuestiona a los déspotas cuando se calzan la corona que
dice "socialismo" o "izquierda". No es una corona respetable, es una
corona falsa como la del rey Momo en carnaval. Sólo que esta
izquierda conduce a un carnaval trágico.
Fuente: La Nación |