La responsabilidad individual y sus imperativos
morales

El autor de
"Contra el fanatismo" denuncia el olvido al que
las modernas ciencias sociales han condenado el
problema del bien y el mal. Frente a los que
culpan de todo al sistema y se refugian en un
pluralismo acrítico, el novelista reivindica la
responsabilidad individual y la capacidad de
imaginar al otro como imperativo moral. Estos
argumentos sirvieron de base al discurso que el
escritor israelí leyó durante la recepción del
Premio Goethe. Considera que la literatura tiene
poderes sociales curativos. Esta honda reflexión
cobra actualidad en la medida que Oz, junto a
otros intelectuales, aportan un pensamiento
avanzado y de coexistencia sobre el problema
israelí-palestino.
por Amos Oz
Los libros que nos hacen imaginar al
otro son un antídoto contra el fanatismo y el odio. Así como es
enormemente difícil definir la verdad, pero muy fácil detectar una
mentira, a veces puede resultar difícil definir el bien, pero el mal
desprende un olor inconfundible; cualquier niño sabe lo que es el
dolor. Por consiguiente, cada vez que causamos dolor a otra persona
de manera deliberada, sabemos lo que estamos haciendo. Estamos
haciendo el mal. Sin embargo, los tiempos modernos han cambiado todo
eso. Han difuminado la clara distinción que hacía la humanidad desde
su más tierna infancia, desde el Edén.
En algún momento del siglo XIX, no
mucho después de que muriera Goethe, entró en la cultura occidental
una nueva forma de pensamiento que dejaba de lado el mal, que
incluso negaba su existencia. Aquella innovación intelectual se
llamaba Ciencia Social. Para los nuevos practicantes de la
psicología, la sociología, la antropología y la economía, seguros de
sí mismos, exquisitamente racionales, optimistas y totalmente
científicos, el mal no tenía importancia. En realidad, tampoco la
tenía el bien. Todavía hoy, algunos especialistas en ciencias
sociales, sencillamente, no hablan del bien ni del mal. Para ellos,
todas las razones y acciones humanas son consecuencia de las
circunstancias, que muchas veces se escapan a nuestro control.
“Los demonios”, decía Freud,
“no existen, del mismo modo que no existen los dioses; no son más
que productos de la actividad psíquica del hombre”. Estamos
dominados por nuestro entorno social. Desde hace unos 100 años nos
dicen que sólo nos mueve el interés económico, que somos meros
productos de nuestras culturas étnicas, que no somos más que
marionetas de nuestros propios subconscientes.
En otras palabras, las ciencias
sociales modernas fueron el primer intento serio de eliminar el bien
y el mal del escenario humano. Por primera vez en su larga historia,
ambos quedaron abolidos por la idea de que las circunstancias son
siempre las responsables de las decisiones humanas, las acciones
humanas y, sobre todo, el sufrimiento humano. La culpa es de la
sociedad. La culpa es de una niñez difícil. La culpa es de la
política. El colonialismo. El imperialismo. El sionismo. La
globalización. Así comenzó el gran campeonato mundial del victimismo.
Por primera vez desde el Libro de Job, el diablo se había quedado
sin trabajo. Ya no podía jugar como antaño con las mentes humanas.
Satán estaba descartado. Estábamos en la era moderna. Pues bien, los
tiempos pueden estar cambiando de nuevo. Es posible que se
despidiera a Satán, pero él no se quedó parado. El siglo XX fue el
peor escenario de maldad sanguinaria que ha visto la historia. Las
ciencias sociales fueron incapaces de predecir, afrontar o incluso
comprender ese mal moderno y tecnologizado. El mal del siglo XX se
disfrazó, muchas veces, de una intención de reformar el mundo, de
idealismo, de la necesidad de reeducar a las masas o “abrirles los
ojos”. Para algunos, el totalitarismo fue la redención laica, a
costa de millones de vidas.
Hoy, después de haber sobrevivido al mal del poder totalitario,
tenemos profundo respeto por las culturas. Por las diversidades. Por
el pluralismo. Conozco a algunas personas dispuestas a matar a
cualquiera que no sea pluralista. El posmodernismo volvió a dar
trabajo a Satán, pero, en esta ocasión, su trabajo raya en lo
hortera: un hermético puñado de “fuerzas oscuras” es el responsable
de todo, la pobreza y la discriminación, la guerra y el
calentamiento global, el 11 de septiembre y el tsunami. La gente
normal siempre es inocente. Las minorías nunca tienen la culpa. Las
víctimas son, por definición, moralmente puras. ¿Se han dado cuenta
de que, hoy día, el demonio no parece nunca invadir a una persona
concreta? Ya no existen los Faustos. Lo moderno es decir que el mal
es un conglomerado. Los sistemas son malos. Los gobiernos son malos.
Instituciones despersonalizadas dirigen el mundo en su propio y
siniestro beneficio. Satán ya no está en el detalle. Los hombres y
mujeres, como individuos, no pueden ser “malos” en el viejo sentido
del Libro de Job, o Macbeth, o Yago, o Fausto. Usted y yo siempre
somos buenas personas. El diablo es siempre el sistema. Esto es, en
mi opinión, una horterada ética.
Goethe no era orientalista ni multiculturalista. No era el exotismo
extremo e imaginario del Este lo que le tentaba, sino la sólida
sustancia y la novedad que las culturas orientales, la poesía y el
arte orientales, pueden otorgar a las verdades y los sentimientos
universales de los seres humanos. El bien es universal, y Dios
también:
“Dios posee Oriente,
Dios gobierna Occidente,
Norte y Sur por igual, cada tierra
reposa en su mano bondadosa”.
Más importante aún, el amor es universal, vale lo mismo para
Gretchen que para Zuleika. Por eso un poeta alemán puede escribir un
poema de amor para una mujer persa imaginaria. O para una mujer
persa real. Y puede ser sincero. Y lo más conmovedor de todo es que
el dolor también es universal.
Goethe no recurre a Oriente para demostrar nada. Se toma muy en
serio a los seres humanos, a todos los seres humanos. Tanto en
Oriente como en Occidente, los hombres buenos lloran.
En el mundo hay buenas personas. En el mundo hay malas personas. No
siempre es posible rechazar el mal con encantamientos,
demostraciones, análisis social o psicoanálisis. En ocasiones, como
último recurso, hay que hacerle frente por la fuerza. A mi juicio,
el mal supremo en el mundo no es la guerra, en sí, sino la
agresividad. La agresividad es “la madre de todas las guerras”. Y, a
veces, es necesario repeler la agresión por la fuerza de las armas
para que pueda reinar la paz.
Volvamos a Goethe. El Fausto de Goethe nos recuerda de forma
indeleble que el diablo no es impersonal, sino personal. Que el
diablo pone a prueba a cada individuo, y cada uno puede aprobar o
suspender. Que el mal es tentador y seductor. Que la agresividad
puede abrirse un hueco en cada uno. El bien y el mal individuales no
son privativos de ninguna religión. No tienen por qué ser términos
religiosos. La decisión de causar daño o no causarlo, de hacerle
frente o hacer la vista ciega, de contribuir activamente a curar el
dolor, como un médico rural entregado a su trabajo, o conformarse
con organizar manifestaciones airadas y firmar peticiones generales,
es una elección con la que nos encontramos varias veces al día. Como
es natural, a veces podemos equivocarnos. Ahora bien, incluso cuando
tomamos una decisión equivocada, sabemos lo que estamos haciendo.
Sabemos cuál es la diferencia entre el bien y el mal, entre causar
dolor y curarlo, entre Goethe and Goebbels. Entre Heine y Heydrich.
Entre Weimar y Buchenwald. Entre la responsabilidad individual y el
mal gusto colectivo.
Crecí en la Jerusalén de los años cuarenta como un niño muy
nacionalista, incluso chauvinista, y prometí no poner nunca el pie
en suelo alemán e incluso no comprar nunca un producto alemán. Lo
único a lo que no me sentí capaz de renunciar fue a los libros
alemanes. Si hacía boicot a los libros, me decía a mí mismo, me
parecería un poco a “ellos”. Al principio, me limitaba a leer la
literatura alemana de preguerra y a los autores que se habían
opuesto al nazismo. Más tarde, en los años sesenta, empecé a leer en
hebreo las obras de la generación de novelistas y poetas alemanes de
posguerra. En especial, las obras de los autores del Grupo 47. Me
permitían imaginarme en su lugar. Mejor dicho: me seducían para que
me imaginase en su lugar, durante los años oscuros, en los años
anteriores y en los posteriores. Después de leer a esos autores y a
otros, ya no pude limitarme a seguir odiando todo lo alemán del
pasado, el presente y el futuro.
En mi opinión, imaginar al otro es un potente antídoto contra el
fanatismo y el odio. Creo que los libros que nos hacen imaginar al
otro pueden hacernos más inmunes contra las estratagemas del mal, el
Mefisto del corazón. Así fue como Günter Grass y Heinrich Böll,
Ingeborg Bachmann y Uwe Johnson y, en particular, mi querido amigo
Siegfried Lenz, me abrieron la puerta a Alemania. Ellos, junto con
una serie de amigos alemanes muy queridos, me obligaron a romper mis
tabúes y abrir la mente y, al final, el corazón. Volvieron a
mostrarme los poderes curativos de la literatura.
Imaginar al otro no es una mera herramienta estética. Es además, a
mi juicio, un imperativo moral fundamental. Y, sobre todo, imaginar
al otro es un placer humano profundo y muy sutil.
*Amos Oz (Jerusalén, 4 de mayo de 1939), nacido Amos Klausner, es
un escritor, novelista y periodista israelí, considerado como uno de
los más importantes escritores contemporáneos en hebreo. Premio
Israel de Literatura (1988); Premio Goethe de Literatura (2005) por
su libro autobiográfico Una historia de amor y oscuridad; y
candidato varios años consecutivos al Premio Nobel de Literatura.
Fue uno de los fundadores del movimiento pacifista israelí Shalom
Ajshav. Es profesor de Literatura en la Universidad Ben-Gurión de
Beer Sheba, en el Néguev y miembro de la Academia Europea de
Ciencias y Artes. En 2007 recibió el Premio Príncipe de Asturias de
las Letras. Vive en un Kibutz.
Fuente: El Arca Digital / Fuerza
Latina