Del Azno y del Malo hay que espantar, no del Seheludo

(refrán sefaradi)

He dudado bastante a la hora poner título a este trabajito y dejar señalada de alguna forma la intencionalidad de su contenido respecto de la tan traída y llevada posición de privilegio de los judíos en la escala intelectual y artística o de las artes. He dudado entre el refrán sefaradí que lo encabeza y un chiste de los llamados “de judíos”, que dice así:

“Un judío, joven poco ducho en la briega amatoria, toma lecciones de un amigo, que le marca la pauta a seguir en su primera cita:

-A la mujer judía- le dice –le interesan tres temas de conversación: la comida, la familia y la filosofía. Si le comentas sobre tus platos favoritos darás en el clavo, porque ella se creerá valorada. Si le hablas sobre la familia, supondrá que eres un hombre de honor y si le dices sobre alguna cuestión filosófica, te supondrá aún más inteligente de lo que puedas ser. Esta regla es infalible.

En la cita, el joven recuerda las amistosas recomendaciones:

-¿Te gusta el pescado?- le dice a la dama.
-No- contesta ella.
-¿Tienes hermanos?- insiste con el plan.
-No.
-Pero si tuvieras hermanos, ¿crees que les gustaría el pescado?”.

Ambos encabezamientos hubiesen venido bien, pero el refrán es como más directo, más sefardí. Porque de lo que se trata es de hurgar entre la infinidad de opiniones que se vierten a diario sobre la idiosincrasia del judío como espécimen del grupo humano que parece caminar en esta vida en paralelo al resto de los seres, e intentar sacar algunas refrescantes conclusiones.

Digamos que estamos hablando de gente que, aun con unos orígenes puramente religiosos, eternamente expulsados de sus asentamientos en Israel e infinidad de países y lugares, siempre expandiéndose, siempre encogiéndose, desarrollando y donando cultura, dejando huellas imperecederas, todavía se angustia preguntándose: ¿Qué es ser judío? Digamos que estamos hablando de gente cuya supervivencia no tiene parangón, es un milagro. Hablamos de gente que, dispersa, perseguida, acosada, ha sabido mantener su peculiar modo de vida como ideal y permanente medio para estar cerca de D´´ s. Conformando un pequeño pueblo en número y siempre erigiendo su especial relación con el Supremo, ha mantenido su cultura y su religión por encima de los usos y costumbres de las mayorías, sin, como decía León Tolstoy, “permitirse a sí mismo ser manejado por todas las posesiones terrenas que sus opresores y perseguidores constantemente le ofrecieron a fin de que cambiara su fe y que renegara de su propia religión judía”.

Pero no sólo ha permanecido esta gente vigilante a fin de mantener intactos sus valores al socaire de ataques e influencias externas, sino que ha sido capaz de aportar a la civilización occidental un nuevo modo de pensar y de sentir, una nueva forma de comprender el mundo. Sus principios éticos, su moral, su sentido social, constituyen el baremo de la sociedad actual para traficar por la vida. ¿Qué secreto es el que guardan los judíos para ser invencibles? Se agolpan en la mesa de cualquier estudioso las respuestas a tan incontestable pregunta. Necesariamente ha de ser así, puesto que una respuesta simple es lo que corresponde a una pregunta simple. Y seguirá siendo simple mientras se busque la redondez, la línea que cierre el círculo, precisamente el mismo círculo que rompió el pueblo judío cuando decidió buscar una nueva forma de pensar y de sentir. No puede existir una fórmula, por irrepetible, que otro pueblo pudiera usar con tal de obtener iguales resultados. Fue un Pacto, no el destino, ni suerte alguna. ”Tú eres mío”. (Isaías 43).

Tampoco soslayemos el conocimiento de que el judío, en su peregrinar, ha ido aprendiendo de la confrontación con otras culturas y civilizaciones, porque el judaísmo no está congelado. Después de tantos avatares, existe una realidad que sobrepasa a los receptáculos medidos o calibrados para contener las vivencias de lo judío. La vida judía es diversa y se adapta a las huellas de los que precedieron. Ser judío actualmente, entiendo yo, es sentirse como parte de esa huella, afirmándose en su rebeldía a definiciones dogmáticas. En virtud de tal diversidad, el pueblo judío también es diverso. Y ello es así porque este pueblo integra a un buen número de judíos que tienen perfectamente asumido su condición y a otro número importante de judíos que no se reconocen como tales o que el tema les trae al pairo. Uno viven plenamente, con o sin su religiosidad y los otros no. Curiosamente, de los que más se habla, los socialmente más sobresalientes, son los judíos pasotas. También son los que sirven de referencia a la hora de componer encuestas, fabricar un “lobby” o emitir opiniones generalistas. Eso he leído.

A estas alturas, entre un Estado Judío, Israel, con problemas -¿cuál no los tiene?- pero en progreso, y una Diáspora con Comunidades prósperas y boyantes, existe un sinnúmero de elementos que no entran en las encuestas porque aún andan a la búsqueda de sus raíces escondidas, que no perdidas, pero que en algún momento determinado sintieron presente la profunda otra mitad de su yo, como si despertaran de un estado comatoso. Esta auto-identificación no es cosa de nada, no es una afirmación huera, sino el descubrimiento de que en alguna ocasión ellos también fueron parte de la huella y pretenden incorporarse a la tropa para andar juntos el resto del camino.

 

Fuente: Masada BneiAnussim