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A 18 años del atentado a la Embajada de Israel en Buenos Aires: “Siento la necesidad de saber quiénes fueron los responsables”
por Mariano Gorbatt
``Siempre me
preguntan que hacía en ese momento, me preguntan
que sentí, me preguntan en qué pensé cuando
estaba en la delgada línea entre la vida y la
muerte. ¿A qué se dedicaba en la Embajadade Israel?
En ese
elegante, coqueto y tradicional barrio de Buenos
Aires, estaba emplazada la Embajada de Israel en
Argentina, lo que era una hermosa mansión.
El día del
atentado, día soleado, agradable, que como
escribí alguna vez prometía otro destino, llegué
como todos los días, muy apurada, luego de haber
dejado a mis hijos en la Escuela Tel Aviv de La
Paternal, donde hicieron sus estudios primarios. Mucho me costó hacer memoria del momento en que llegué, pero cuando lo logré, descubrí que cuando bajé del taxi que tomaba diariamente desde Corrientes y Libertad hasta Arroyo y Suipacha, me llamó la atención que no hubieran agentes en la calle, ni tampoco, en la cabina de la Policía que cuidaba la Embajada. Entré por la puerta del Consulado, ya que se estaban haciendo reparaciones en el edificio, y la gente de seguridad de la Embajada me abrió como normalmente lo hacía. Los saludé, me hicieron bromas, referentes al color de mi piel, ya que venía hacía poco de vacaciones, y subí al cuarto piso, donde desempeñábamos nuestra tarea. Un rato antes de la fatídica hora, llevé un material para revisar con una de mis compañeras, con la que estábamos preparando un proyecto, y nos quedamos trabajando en su oficina. En un momento escuchamos un estruendo y fogonazos que tenían que ver con la explosión de los artefactos eléctricos, y una nube de humo negro invadió todo el lugar. Al mismo tiempo, las paredes internas del piso se desmoronaban, y pedazos de mampostería caían del techo en nuestras cabezas y nuestros cuerpos. Y escuchamos gritos, muchos gritos. Llantos. Y en seguida sirenas de ambulancias. En la oscuridad absoluta, ensordecidos, tratamos de ayudarnos los unos a los otros, y comenzamos a ver venir gente de otros pisos buscando salidas. Cuando miramos por la escalerilla, vimos que estaba todo derrumbado; el panorama era aterrador. ¿Heridos? ¿Muertos? En ese momento éramos testigos de un evento realmente trágico, y no entendíamos muy bien de que se trataba.
Pudimos subir
a los techos y luego salimos por una escalera de
emergencia del edificio contiguo por la calle
Suipacha. En mi caso, las secuelas físicas fueron mínimas en relación a otras personas, que aún hoy siguen lidiando con sus heridas, algunas de ellas muy graves. Tuve golpes, sordera por unos días y heridas cortantes en mis brazos, producidas por los vidrios.
Todo eso lo
superé, pero el temblor en todo el cuerpo me
duró varios meses, y el trauma psicológico aún
me acosa, especialmente ante cada situación
límite de la vida. Pero no hubo tiempo de
elaborar este drama, ya que a los dos años,
ocurrió un desastre aún mayor: AMIA. Fuente: www.aurora-israel.co.il
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