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Misterios de Auschwitz
por Primo Levi
El
miércoles próximo se cumplen 65 años de la
liberación del campo de exterminio de Auschwitz.
Las reflexiones imborrables de Primo Levi
plantean por qué los hombres pueden “querer no
saber”, por qué los que iban a la muerte no se
rebelaban, por qué los que se sublevan son los
que menos sufren y por qué, “aunque comprender
es imposible, conocer es necesario”.
Esconder del pueblo alemán el enorme aparato de
los campos de concentración no era posible, y
además (desde el punto de vista de los nazis),
no era deseable. Crear y mantener en el país una
atmósfera de indefinido terror formaba parte de
los fines del nazismo: era bueno que el pueblo
supiese que oponerse a Hitler era extremadamente
peligroso. Efectivamente, cientos de miles de
alemanes fueron encerrados en los
Lager
desde los comienzos del nazismo: comunistas,
socialdemócratas, liberales, judíos,
protestantes, católicos, el país entero lo
sabía, y sabía que en los Lager se sufría y se
moría.
No obstante, es cierto que la gran masa de
alemanes ignoró siempre los detalles más atroces
de lo que más tarde ocurrió en los Lager: el
exterminio metódico e industrializado en escala
de millones, las cámaras de gas tóxico, los
hornos crematorios, el abyecto uso de los
cadáveres, todo esto no debía saberse y, de
hecho, pocos lo supieron antes de terminada la
guerra.
Para mantener el secreto, entre otras medidas de
precaución, en el lenguaje oficial sólo se
usaban eufemismos cautos y cínicos: no se
escribía “exterminación” sino “solución final”,
no “deportación” sino “traslado”, no “matanza
con gas” sino “tratamiento especial”, etcétera.
No sin razón, Hitler temía que estas horrorosas
noticias, una vez divulgadas, comprometieran la
fe ciega que le tributaba el país, como así la
moral de las tropas de combate; además, los
aliados se habrían enterado y las habrían
utilizado como instrumento de propaganda: cosa
que, por otra parte, ocurrió, si bien a causa de
la enormidad de los horrores de los Lager,
descriptos repetidamente por la radio de los
aliados, no ganaron el crédito de la gente.
El resumen más convincente de la situación de
entonces en Alemania la he hallado en el libro
Der SS Staat (El Estado de la SS), de Eugen
Kogon, ex prisionero en Buchenwald y luego
profesor de Ciencias Políticas en la Universidad
de Munich: “¿Qué sabían los alemanes acerca de
los campos de concentración? A más del hecho
concreto de su existencia, casi nada. Sin
embargo, no había un alemán que no supiese de la
existencia de los campos. Pocos eran los
alemanes que no tenían un pariente o un conocido
en un campo, o que al menos no supiesen que tal
o cual persona allí había sido enviada.
Todos los alemanes eran testigos de la
multiforme barbarie antisemita: millones de
ellos habían presenciado, con indiferencia o con
curiosidad, con desdén o quizá con maligna
alegría, el incendio de las sinagogas o la
humillación de los judíos y judías obligados a
arrodillarse en el fango de la calle. Muchos
hombres de negocios tenían relaciones de
proveedores con la SS de los Lager, muchos
industriales solicitaban mano de obra de
trabajadores-esclavos a la SS, y muchos
empleados estaban al corriente.
FUENTE: PÁGINA 12
No eran pocos los trabajadores que desarrollaban
su actividad cerca de los campos de
concentración o incluso dentro de los mismos.
Profesores universitarios colaboraban con los
centros de investigación médica”. Pese a las
varias posibilidades de informarse, la mayor
parte de los alemanes no sabía porque no quería
saber, o más: porque quería no saber.
Es cierto que el terrorismo de Estado es un arma
muy fuerte a la que es muy difícil resistir,
pero también es cierto que el pueblo alemán,
globalmente, ni siquiera intentó resistir. En la
Alemania de Hitler se había difundido una
singular forma de urbanidad: quien sabía no
hablaba, quien no sabía no preguntaba, quien
preguntaba no obtenía respuesta. De esta manera,
el ciudadano alemán típico conquistaba y
defendía su ignorancia, que le parecía
suficiente justificación de su adhesión al
nazismo: cerrando la boca, los ojos y las orejas
se construía la ilusión de no estar al corriente
de nada, y por consiguiente de no ser cómplice
de todo lo que ocurría ante su puerta.
Saber, y hacer saber, era un modo (quizá tampoco
tan peligroso) de tomar distancia con respecto
al nazismo; pienso que el pueblo alemán,
globalmente, no ha usado de ello, y de esta
deliberada omisión lo considero plenamente
culpable.
Perros adiestrados
En algunos Lager hubo efectivamente
insurrecciones: en Treblinka, en Sobibor y
también en Birkenau, uno de los campos
dependientes de Auschwitz. No tuvieron gran peso
numérico: como la parecida insurrección del
ghetto de Varsovia, fueron más bien ejemplos de
extraordinaria fuerza moral. En todos los casos
fueron planeadas y dirigidas por prisioneros de
alguna manera privilegiados, por lo tanto en
condiciones físicas y espirituales mejores que
las de los prisioneros comunes. Esto no debe
sorprender: sólo a primera vista puede parecer
paradójico que se subleve quien menos sufre.
También fuera de los Lager, las luchas raramente
son lideradas por el subproletariado. Los
“harapientos” no se rebelan.
En los campos para prisioneros políticos, o en
donde éstos prevalecían, la experiencia
conspiradora de éstos demostró ser preciosa, y a
menudo se llegó, más que a rebeliones abiertas,
a actividades de defensa bastante eficientes.
Según el Lager y según las épocas, se logró por
ejemplo chantajear o corromper a la SS, frenando
así sus poderes indiscriminados; se logró
sabotear el trabajo para las industrias de
guerra alemanas; se logró organizar evasiones;
se logró comunicar por radio con los aliados,
dándoles noticias acerca de las horribles
condiciones de los campos; se logró mejorar el
tratamiento de los enfermos, sustituyendo a los
médicos de las SS con médicos prisioneros; se
logró “condicionar” las selecciones, mandando a
la muerte a espías o traidores y salvando a
prisioneros cuya supervivencia tenía, por algún
motivo, particular importancia; se logró
preparar, incluso militarmente, una resistencia
en caso de que, al acercarse el frente, los
nazis decidieran (como de hecho a menudo lo
hicieron) liquidar totalmente los Lager.
En los campos en los que los judíos eran
mayoría, como los de la zona de Auschwitz, una
defensa activa o pasiva era particularmente
difícil. Aquí los prisioneros, en general,
carecían de casi toda experiencia organizativa o
militar; provenían de todos los países de
Europa, hablaban lenguas diferentes, y por ello
no se entendían entre sí: sobre todo, tenían más
hambre, estaban más débiles y cansados que los
demás, porque sus condiciones de vida eran más
duras y porque tenían frecuentemente tras de sí
un largo historial de hambre, persecuciones y
humillaciones en los ghe-ttos.
Por ende, la duración de su estancia en el Lager
era trágicamente breve, constituían en
definitiva una población fluctuante,
continuamente disminuida por la muerte y
renovada por las incesantes llegadas de nuevos
cargamentos. Es comprensible que en un tejido
humano tan deteriorado e inestable no prendiese
fácilmente el germen de la rebelión.
Podríamos preguntarnos por qué no se rebelaban
los prisioneros no bien bajaban del tren, que
esperaban horas (¡a veces días!) antes de entrar
a las cámaras de gas. Además de todo lo que he
dicho, debo agregar que los alemanes habían
perfeccionado, en esta empresa de muerte
colectiva, una estrategia diabólicamente astuta
y versátil. En la mayor parte de los casos, los
recién llegados no sabían qué se les tenía
preparado: se los recibía con fría eficiencia
pero sin brutalidad, se los invitaba a
desnudarse “para la ducha”, a veces se les
entregaba una toalla y jabón, y se les prometía
un café para después del baño.
Las cámaras de gas, en efecto, estaban
camufladas como salas de duchas, con tuberías,
grifos, vestuarios, perchas, bancos, etcétera.
Cuando, por el contrario, un prisionero daba la
menor muestra de saber o sospechar su destino
inminente, las SS y sus colaboradores actuaban
por sorpresa, intervenían con extremada
brutalidad, gritando, amenazando, pateando,
disparando y azuzando –contra esa gente perpleja
y de-sesperada, marinada por cinco o diez días
de viajes en vagones sellados– a sus perros
adiestrados para despedazar hombres.
Siendo así las cosas, parece absurda y ofensiva
la afirmación a veces formulada según la cual
los judíos no se rebelaron por cobardía. Nadie
se rebelaba. Baste recordar que las cámaras de
gas de Ausch-witz fueron puestas a prueba con un
grupo de trescientos prisioneros de guerra
rusos, jóvenes, con entrenamiento militar,
preparados políticamente y sin el freno que
representan mujeres y niños; tampoco ellos se
rebelaron.
Frente al olvido
Cada uno de nosotros, los sobrevivientes, se
comporta de manera distinta, pero se distinguen
dos grandes categorías. Pertenecen a la primera
categoría los que rehúsan regresar, o incluso
hablar del tema; los que querrían olvidar pero
no pueden, y viven atormentados por pesadillas;
los que, al contrario, han olvidado, han
extirpado todo y han vuelto a vivir a partir de
cero.
He notado que, en general, todos estos
individuos fueron a parar al Lager “por
desgracia”, es decir sin un compromiso político
preciso; para ellos el sufrimiento ha sido una
experiencia traumática pero privada de
significado y de enseñanza, como una calamidad o
una enfermedad: el recuerdo es para ellos algo
extraño, un cuerpo doloroso que se inmiscuyó en
sus vidas y han tratado (o aún tratan) de
eliminarlo.
La segunda categoría, en cambio, está
constituida por los ex prisioneros “políticos”,
o en todo caso con preparación política, o con
una convicción religiosa, o con una fuerte
conciencia moral. Para estos sobrevivientes,
recordar es un deber: éstos no quieren olvidar,
y sobre todo no quieren que el mundo olvide,
porque han comprendido que su experiencia tenía
sentido y que los Lager no fueron un accidente,
un hecho imprevisto de la Historia.
Los Lager nazis han sido la cima, la culminación
del fascismo en Europa, su manifestación más
monstruosa; pero el fascismo existía antes que
Hitler y Mussolini, y ha sobrevivido, abierto o
encubierto, a su derrota en la Segunda Guerra
Mundial. En todo el mundo, en donde se empieza
negando las libertades fundamentales del Hombre
y la igualdad entre los hombres, se va hacia el
sistema concentracionario, y es éste un camino
en el que es difícil detenerse.
Conozco muchos ex prisioneros que han
comprendido bien la terrible lección implícita
en su experiencia, y que cada año vuelven a “su”
campo llevando de la mano peregrinajes de
jóvenes: yo mismo lo haría de buen grado si el
tiempo me lo permitiese y si no supiera que
logro el mismo fin escribiendo libros y
aceptando comentarlos ante los estudiantes.
Comprender es imposible
Como se sabe, la obra de exterminación fue muy
lejos. Los nazis, que a la vez estaban empeñados
en una guerra durísima, manifestaron en ello una
prisa inexplicable: los cargamentos de víctimas
destinadas al gas o a ser trasladadas de los
Lager cercanos al frente tenían precedencia
sobre los transportes militares. No llegó a su
culminación sólo porque Alemania fue derrotada,
pero el testamento político de Hitler, dictado
pocas horas antes de su suicidio y con los rusos
a pocos metros de distancia, concluía así:
“Sobre todo, ordeno al gobierno y al pueblo
alemán que mantengan plenamente vigentes las
leyes raciales y que combatan inexorablemente
contra el envenenador de todas las naciones, el
judaísmo internacional”.
Se puede afirmar que el antisemitismo es un caso
particular de intolerancia; que durante siglos
ha tenido un carácter principalmente religioso;
que en el tercer Reich fue exacerbado por la
explosión nacionalista y militarista del pueblo
alemán, y por la peculiar “diferencia” del
pueblo judío; que se diseminó fácilmente por
toda Alemania y buena parte de Europa, gracias a
la eficacia de la propaganda de los fascistas y
de los nazis que tenían necesidad de un chivo
emisario sobre quien descargar todas las culpas
y todos los resentimientos; y que el fenómeno
fue llevado a su paroxismo por Hitler, dictador
maníaco.
Debo conceder, sin embargo, que estas
explicaciones comúnmente aceptadas no me
satisfacen: son diminutas, no tienen común
medida ni proporción con los hechos que
pretenden explicar. Releyendo las crónicas del
nazismo, desde sus turbios inicios hasta su fin
convulsionado, no logro quitarme de encima la
impresión de una atmósfera general de locura
descontrolada que me parece ser única en la
historia.
Esta locura colectiva, este descarrío, suele
explicarse postulando la combinación de muchos
factores distintos, insuficientes uno a uno. El
más importante sería la misma personalidad de
Hitler y su profunda interacción con el pueblo
alemán. Es verdad que sus obsesiones personales,
su capacidad de odiar, su prédica de la
violencia, hallaban una resonancia desenfrenada
en la frustración del pueblo alemán, y de él le
volvían multiplicadas, confirmándole su
convicción delirante de ser él mismo quien
encarnaba al Héroe de Nietzsche, el Superhombre
redentor de Alemania.
Mucho se ha escrito acerca de su odio hacia el
pueblo judío. Se ha dicho que Hitler volcaba
sobre los judíos su odio hacia todo el género
humano; que reconocía en los judíos algunos de
sus propios defectos, y que al odiar a los
judíos se odiaba a sí mismo; que la violencia de
su aversión provenía del temor de tener “sangre
judía” en las venas.
Insisto: no me parecen explicaciones adecuadas.
No me parece lícito explicar un fenómeno
histórico cargando todas las culpas sobre un
individuo (¡los ejecutores de órdenes horrendas
no son inocentes!), y además siempre es arduo
interpretar las motivaciones profundas de un
individuo.
Las hipótesis propuestas justifican los hechos
sólo parcialmente, explican la calidad pero no
la cantidad. Debo admitir que prefiero la
humildad con que algunos historiadores entre los
más serios (Bullock, Schramm, Bracher) confiesan
no comprender el antisemitismo furibundo de
Hitler y, detrás de él, de Alemania.
Quizá no se pueda comprender todo lo que
sucedió, o no se deba comprender, porque
comprender casi es justificar. Me explico:
“comprender” una proposición o un comportamiento
humano significa (incluso etimológicamente)
contenerlo, contener al autor, ponerse en su
lugar, identificarse con él.
Pero ningún hombre normal podrá jamás
identificarse con Hitler, Himmler, Goebbels,
Eichmann e infinitos otros.
Esto nos desorienta y a la vez nos consuela:
porque quizá sea deseable que sus palabras (y
también, por desgracia, sus obras) no lleguen
nunca a resultarnos comprensibles. Son palabras
y actos no humanos, o peor: contrahumanos, sin
precedentes históricos, difícilmente comparables
con los hechos más crueles de la lucha biológica
por la existencia.
A esta lucha podemos asimilar la guerra: pero
Auschwitz nada tiene que ver con la guerra, no
es un episodio, no es una forma extremada. La
guerra es un hecho terrible desde siempre:
podemos execrarlo pero está en nosotros, tiene
su racionalidad, lo “comprendemos”.
Pero en el odio nazi no hay racionalidad: es un
odio que no está en nosotros, está fuera del
hombre, es un fruto venenoso nacido del tronco
funesto del fascismo, pero está fuera y más allá
del propio fascismo. No podemos comprenderlo;
pero podemos y debemos comprender dónde nace y
estar en guardia. Si comprender es imposible,
conocer es necesario, porque lo sucedido puede
volver a suceder, las conciencias pueden ser
seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras
también.
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