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El
Candidato
por Rab
Daniel Oppenheimer
El candidato
electo a presidente de la Nación recientemente nominado por su
partido, después de haber ejercido el cargo durante dos períodos (en
las épocas cuando la re-re-elección era posible), estaba sentado
frente a las cámaras de televisión y a los periodistas que estaban
esperando que se pronunciara acerca de sus planes para el futuro de
su país, en caso de ser nuevamente votado por la mayoría del
electorado. Confiado y con la vehemencia que lo caracterizaba, el
postulante comenzó a enumerar las ideas que pensaba poner en
práctica: Bajar los impuestos, elevar los haberes mínimos de todos
los jubilados, subir el salario de los empleados públicos, bajar el
desempleo, promocionar la actividad agropecuaria, la industria y la
exportación, mejorar la salud y la educación pública, pagar la deuda
externa, equilibrar el gasto público, etc. Los cronistas tomaban
nota, mientras a más de uno se le cruzaba por la mente la pregunta
de si este programa de gobierno era realmente realizable. Algunos de
los más veteranos que ya habían escuchado tales promesas en el
pasado, se intercambiaban las miradas como queriendo decir: “allí va
otra vez con sus ofertas ...” Uno de ellos aprovechó una pausa en
las palabras del tribuno y preguntó en voz alta: “si quería poner en
práctica todas estas medidas... ¿por qué no lo hizo hasta ahora...?”
Aquí y allá en la sala se escucharon algunas risas reservadas. El
postulante, político de raza, no se dejó llevar por el comentario
inoportuno (que para él “no venía al caso”): “Se puede” - decía
sonriente, una y otra vez - “síganme, que no los voy a defraudar” -
“el país necesita un cambio, y el cambio soy yo”.
Rosh HaShaná es el momento en el cual los judíos sabemos que tenemos
una nueva oportunidad para volver a comenzar. En cierta manera,
entendemos todos los que conocemos algo de judaísmo que Rosh HaShaná
representa la fecha para aquel cambio (para mejor) que esperamos.
Volcamos en estas jornadas nuestra creencia en que nuestro futuro
puede y debe mejorar. De ahí viene la costumbre de enviar las
tarjetas con augurios por un año mejor.
Sin embargo, para que realmente ocurra esa transformación anhelada,
nos dicen los Sabios que D”s espera que también nosotros
modifiquemos nuestra conducta. Y ahora sí, sin cámaras de televisión
y sin periodistas, nos preguntamos: ¿Podemos, acaso, cambiar?
¿Queremos cambiar? ¿Por qué no hemos cambiado hasta ahora?
Este tema no es para nada simple. Podemos argumentar que en muchos
aspectos de nuestra vida, no hemos elegido el camino que transitamos
por nuestra propia decisión, sino que hemos seguido desde un
comienzo, lo que vimos en nuestra niñez, y luego, en la mayoría de
los casos, nuestra vida fue el producto de imitaciones de modelos
aplastantes e incuestionables que marcan las conductas de las
multitudes desde las pantallas y que hemos adoptado para nosotros
porque “todos lo hacen así”. Es triste y no es elogioso ni
enaltecedor decirlo, pero es la realidad más frecuente. Aun cuando
sabemos que muchas actitudes son objetables, no cambiamos nuestra
postura. ¿Por qué?
Distintos elementos interactúan para impedir la modificación para
mejor. Quizás lo que siga no sea un panorama cabal. Sin embargo, es
importante conocer los obstáculos que nos estorban el camino para
poder esquivarlos, si tenemos la voluntad de hacerlo.
El “perfecto”. Existe aquel que no cree tener defecto moral alguno.
En realidad, si se lo enfrenta, diría: “verdaderamente, todos
podemos mejorar” o algún otro slogan que no lo comprometa demasiado,
pero en principio sostiene que todo está bien. “Perversas” son,
según él, aquellas personas cuyo comportamiento es inferior al suyo.
Él mismo siempre transita por “el camino medio”, “ni muy muy, ni tan
tan”, y no hay necesidad de corregir, salvo obviamente que uno
quisiera ser un santo, un mártir o un E.T., cosa que no está en sus
planes por el momento. Esta persona puede vivir unas cuantas decenas
de Rosh HaShaná, “sin que se le mueva un pelo”, ayunará en Iom Kipur
para seguir la costumbre de sus padres y abuelos y se puede sentir
muy bien consigo mismo. A menudo, si se invita a esta clase de
persona a una conferencia en la cual se traten temas que le parezcan
comprometedores en su estilo de vida, conteste que “no me interesa”
u otra evasiva para eludir enfrentarse con cuestionamientos que
impugnen su estilo de vida.
Si bien solo en parte, esta disposición es un aspecto de la postura
del “ba’al ga’avá”, el arrogante, el altanero, el que nunca se
equivoca. Por lo general, la tendencia de este personaje es
aproximarse a círculos de personas que no lo superen en lo moral y
evitará el contacto con quienes le pueden presentar un desafío. A
esta clase de persona, Pirkéi Avot le recomienda: “sé cola de leones
y no, cabeza de zorros”, es decir, que aunque le sea molesto
inicialmente, se acerque a los que le puedan influenciar para bien.
El desesperanzado. Hay otra persona, que reconoce que el personaje
anterior es realmente mediocre (desde lo ético) y es fruto de las
circunstancias. Sabe que dentro de aquella clase de raciocinio (o
falta de meditación, si Ud. así lo quiere), existe un grave peligro,
porque esa moral puede fluctuar hasta niveles de conducta
animalística (dado que “todos lo hacen”), y, por lo tanto, cada cual
debe esforzarse en rectificar su modo de vivir. No obstante, cuando
se encuentra con la inmensidad de la tarea que representa alterar
siquiera una sola de las características humanas, baja los brazos
derrotado y decide que no lo va a lograr. “Tenés razón, pero no
puedo” - dice. Este individuo mira con cierta envidia a quienes
tienen más fortaleza que la suya, querría incluso alcanzar lo que
otros lograron, pero flaquea ante lo que cree que no conseguirá
nunca. Al sentirse vencido antes de comenzar la batalla, ni siquiera
intenta cambiar algún mínimo aspecto.
Si bien este segundo individuo pareciera ser superior al anterior,
pues al menos reconoce su falencia, no deja de ser de igual forma
perjudicial. Los Sabios llaman a esta actitud: “I’ush”, o sea
desesperanza, impotencia, desaliento y se presenta de distintas
maneras y pretextos. Esta persona no cree en si mismo, y queda
inmovilizado en su situación por toda la vida o por muchos años,
convirtiéndose en esclavo de la inercia natural, de sus hábitos y
vicios, por más que conoce que debería liberarse de ellos.
El postergador. Otra alternativa dentro de esta misma figura, es la
persona que decide que “sí o sí” va a enmendar lo que está mal en su
vida, pero lo deja “para más adelante”. (También están aquellos que
deciden que el lunes comenzarán el régimen para adelgazar, sin
especificar a qué lunes se refieren...). Esta persona sufre de “Atzlut”,
es perezosa al menos en lo espiritual, y termina estacionario por
falta de determinación.
A él le dice Mishlei (Proverbios) que vaya a contemplar la
perseverancia de la hormiga en lugar de asustarse y aplazar la
tarea.
El “pobrecito”. Una opción usual dentro de esta gama, la presenta
aquel que resposabiliza a factores externos (cónyuges, padres,
hijos, vecinos, colegas de trabajo, socios, compañeros de aula,
etc.) por su falta de decisión. Si bien ocurre con frecuencia que
las personas cercanas a uno no colaboran con los objetivos morales
que él se propone, en muchas instancias se magnifica la realidad de
la situación. El destino lo elige uno mismo. Si se está rodeado de
gente racional y explica su postura, no tienen por qué crear
dificultades en los objetivos espirituales de uno, mientras no les
afecte directamente.
El charlatán. Otro es aquel que menciona continuamente acerca de la
necesidad de corregir ciertas conductas, asiste a innumerables
conferencias, asiente con la cabeza, y como conclusión... sigue
hablando del tema, y va a escuchar más conferencias por el resto de
su vida.
Todo estos pretextos que acabamos de describir, suelen mezclarse
entre ellos y frecuentemente se suman o aparecen en forma alternada.
Los auto-engaños y fingimientos con los cuales vivimos son
incontables, porque cuando de nosotros se trata, la inclinación
negativa es tan ingeniosa y perspicaz como nosotros mismos...
¿Ud. es candidato a algún cargo? (¿Al cargo de ser un ser humano,
creado a imagen de D”s, portador de la Torá, perteneciente al
milenario pueblo judío?) ¿Quiere ser creíble hacia afuera? No es una
tarea fácil, pero el comienzo de la misión pasa por creer en
nosotros mismos y arremangarnos.
Rab Daniel Oppenheimer es Rabino General y
Director de Ajdut Israel de Buenos Aires.
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