Cantar del Gato Judío

No quiero perder la oportunidad de narrar una nueva historia que aquella familia de judíos, encontrados en mis extraordinarios viajes, me revelaron. No quiero perder la oportunidad de dar a conocer los símbolos que aparecen en las piedras de nuestras casas, que dan grandeza a la historia de nuestro pueblo y a la existencia de nuestras heredadas vidas.

Cuentan, aquellos amigos judíos, una extraordinaria historia que afectó a nuestro pueblo. Y es curioso que buscando los símbolos, con los que nos sorprenden nuestras piedras, encontré la referencia que ellos me dieron. Siglos después, todavía son válidas las historias que ellos guardan en su tradición oral y que, a este, su fiel cuentista, no hace más que sorprenderle un día tras otro.

Y así lo narraron.

La peste fue una de las grandes enfermedades que asolaron ciertas épocas de la historia, sobre todo, la época medieval. Pero cuando ésta pasó, aparecieron otras que dejaron huella y desolaron familias, a veces enteras. Nuestra historia se sitúa en la época de estas últimas enfermedades, pero algo sobrenatural ocurrió que, aún todavía, deja perpleja a nuestro territorio.

Samuel, hijo y nieto de rabinos pelaires, disfrutaba de su infancia en nuestros asombrosos montes y se deleitaba en el ambiente urbano que le rodeaba: los días de mercado, la algarabía de la gente, el trajín de la vida cotidiana o no. Primogénito de la familia Jana, su porvenir estaba marcado: la religión y los preceptos de la Torah o, en su defecto, dedicarse al préstamo bancario. Cualquiera de las dos opciones no gratificaba a Samuel. El prefería observar la naturaleza y la urbe, conjugar los dos medios y dedicarse a la narración. Su familia contemplaba con estupor como el camino de su hijo y nieto no era el más deseado e intentaban ahondar en su educación bajo los destinos familiares.

En sus devaneos y escapadas, tanto por la naturaleza como por la villa, encontró la amistad de un simple gato: sus caricias y arrumacos eran cada vez mayores y, por ello, decidió llevárselo a casa. La condición estaba clara: seguiría su educación, bajo el yugo familiar, a cambio de aceptar en la comunidad el animal tan preciado para Samuel.

Pero, hete aquí, que la enfermedad, a la que antes hacíamos referencia y que no era la peste, apareció. Samuel quedó postrado en cama. Su cara y su cuerpo se iban deteriorando y el reflejo de la enfermedad era cada vez más presente. Sus familiares y amigos no querían entrar a verlo, puesto que aquella presencia maligna era, verdaderamente, desagradable. El único que permanecía era su fiel gato. Pasaron los días, las semanas y algunos meses. El gato seguía en su puesto y el padre de Samuel, creyendo que la enfermedad había sido transmitida por el animal, lo cogió y lo encerró en otra habitación. Fue visto y no visto: esa misma noche Samuel murió.

Los maullidos del pobre animal parecían más aullidos que tiernos lamentos. Nadie supo como aquel pequeño bicho desapareció de la habitación, de la casa y hasta de las calles del pueblo.

Mientras tanto, la familia de Samuel preparaba el funeral y condujeron el cadáver, bien envuelto en una sábana de lino, hacia el fosal de los judíos. La calle del Barrio Verde se estremecía ante el paso de la comitiva; todos lamentaban la pérdida de Samuel, en la juventud de la vida.

“ - ¿Y que ocurrió después? – pregunté a mis amables anfitriones.

- Un hecho increíble, algo sobrenatural, algo inexplicable...

Se miraron entre ellos y prosiguieron con el relato...”

Cuentan los antiguos que el gato apareció una noche de luna llena en la loma del fosal. Dicen que era mucho más grande de cómo era y que tenía los ojos rojos. Apareció encrespado y en forma amenazante y aquella misma noche mucha gente, que no quiso visitar a Samuel, apareció con la enfermedad, aunque...

“ - ¿Cómo que aunque...? Por favor termine el relato – insistí a mi fantástico albergador”

Fue una gran desgracia para las familias judías de Biel. La sepultura de Samuel apareció profanada; de su cuerpo faltaban los órganos más preciados... y aquellas personas en las que la enfermedad hizo presencia no tenían los mismos síntomas que la que tuvo Samuel. Eran personas que sólo vivían la nocturnidad, acosaban a las personas que salían de noche e intentaban por todos los medios entrar en las casas para propagar la desdicha entre sus habitantes. Sólo se movían bajo un solo código que marcaba aquel horripilante animal...

Así estuvo el pueblo de Biel varias semanas e incluso varios meses; el pueblo, y sobre todo el barrio judío, quedo marcado a fuego por el maligno y por todo aquello que encarna. Fue poco el tiempo que permaneció bajo esta tiranía, hasta que en la noche estrellada de San Juan apareció en la esquina del Barrio Verde un gato ahorcado y con una punta de lanza de plata. Dicen los más viejos sefardíes pelaires que vieron a alguien a caballo que se confundía con la noche y que partía al galope bajo un amplio sombrero de ala ladeado.

Y así me afirmó mi querido posadero judío: “Cuentan los abuelos de mis abuelos hasta aquellos que tuvieron que salir de Biel, que una imagen prácticamente imperceptible aparece en la esquina donde aquel hombre dejó el gato muerto”.



Detalle Gato Judio


Y así es, mis estupefactos lectores, busqué la esquina y allí descubrí la imagen que tan magnífico relato dio. Allí encontré la verdad que las piedras ocultan y que la tradición popular transmite de abuelos a nietos, de padres a hijos... hasta el final de los siglos. Y allí permanecí sentado, reflejando en mi cerebro todas las imágenes que las palabras de mis amigos sefardíes han convertido, ahora y para siempre, en un relato más de la gran historia de nuestro pueblo

Fuente: shunden.tk
 

 

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