No hay una solución militar para la región sino una pragmática y
a la vez sensible: la existencia del Estado israelí y el
palestino. Es la única vía para recuperar las mejores ideas que
lograron forjar a Israel hace sesenta años.
En las paredes de mi vestuario de la Staatsoper de Berlín hay
fotografías que me recuerdan lo que veo cuando miro por la
ventana de mi casa en Jerusalén. Están un poco descoloridas y en
algunas partes el papel se está deshaciendo, pero es fácil
reconocer las vistas: la Ciudad Vieja, la Mezquita de la Roca
con su refulgente cúpula, los muros, las puertas. A veces me
siento aquí antes de actuar, observo esas fotografías y pienso
en Jerusalén, en Israel, en mi patria. La situación en Oriente
Medio me resulta demasiado cercana, es demasiado personal como
para que pueda caer en el sentimentalismo.
Desde 1952 poseo pasaporte israelí. Desde que tengo 15 años
viajo por el mundo en mi calidad de músico. He residido en
Londres y en París, y durante años he vivido entre Chicago y
Berlín. Antes de tener pasaporte israelí, lo tenía argentino; y
después adquirí el español. Además, en 2007 me convertí en el
único israelí del mundo que también puede enseñar un pasaporte
palestino en los puestos fronterizos israelíes. Soy, por así
decirlo, una prueba patente de que sólo una solución pragmática
basada en la existencia de dos Estados (o, mejor aún, aunque
suene absurdo, una federación de tres Estados: Israel, Palestina
y Jordania) puede llevar la paz a la región.
¿Cómo respondo a quienes me dicen que soy ingenuo, sólo un
artista? Les digo que, aunque de niño estreché la mano de Ben
Gurion y de Simon Peres, no soy un político: lo que siempre me
ha interesado es la humanidad, no la política. En ese sentido,
me siento capaz de analizar la situación y, como artista,
especialmente capacitado para hacerlo.
Tanto mis abuelos paternos como maternos eran judíos rusos que
huyeron a Buenos Aires durante los pogromos de 1904. Cuando
llegaron al puerto de Buenos Aires, a mis abuelos maternos (él
con 16 años, ella con 14), después de una espantosa travesía,
les anunciaron que sólo las familias podían desembarcar, porque
el cupo de solteros ya estaba cubierto. Los dos estaban solos y
mi abuelo agarró a mi abuela y le dijo: "¡Casémonos!". Y así lo
hicieron. Una vez en tierra, cada uno se fue por su lado.
Después de dos o tres años se reencontraron por casualidad, se
enamoraron y pasaron el resto de su vida juntos.
Esta abuela era una ferviente sionista. Ya en 1929 se fue a
Palestina durante seis meses con sus tres hijas -entre ellas mi
madre, entonces de 17 años- para comprobar si se podía vivir
allí. Por su parte, la familia de mi padre estaba totalmente
asimilada: para ellos, la Tierra Santa no tenía importancia, por
lo menos hasta que descubrieron mi talento musical. De repente,
para mis padres cobró importancia que yo, en mi calidad de
futuro artista, debía crecer dentro de una mayoría y no de una
minoría ubicada en algún punto de la diáspora judía. La familia
Barenboim decidió emigrar a Israel.
En 1952 llegamos a Israel. Era invierno, el año escolar ya había
empezado, y yo tenía que aprender otro alfabeto y otro idioma.
No fue nada fácil, pero, como era un chico poco complicado y
extrovertido, no tardé en adaptarme. ¡Imagínense que fue
precisamente en las calles de Tel Aviv donde aprendí a jugar al
fútbol!
Si hemos de atenernos a los hechos, no he pasado períodos muy
prolongados en Israel. Estuve allí sólo entre 1952 y 1954, y
desde 1956, hasta comienzos de los sesenta. Cuando no acudía al
colegio, estaba de gira dando conciertos en Zurich, Amsterdam o
Bournemouth.
En los años 50, Israel era el Estado más social e idealista que
se pudiera imaginar. Fue una suerte que el país y nosotros
fuéramos jóvenes al mismo tiempo. El Estado evolucionaba
literalmente ante nuestros propios ojos y alimentaba nuestro
idealismo, nuestro compromiso diario, nuestro trabajo.
La izquierda israelí, el Partido Laborista, estuvo en el poder
hasta 1977, algo que se olvida con frecuencia. Fueron 29 años.
¿Y por qué? Después de la Guerra de Independencia de 1948, los
tradicionalistas no tenían nada que hacer, puesto que la
contienda ya estaba ganada. Los judíos religiosos seguían
esperando al Mesías. De manera que lo que quedaba eran los
socialistas. Los vientos no cambiaron hasta después de la Guerra
de los Seis Días de 1967. La idea de un Israel de base perdió
pie. De repente, había mano de obra más barata procedente de los
territorios palestinos y, no mucho después, aparecieron los
primeros millonarios israelíes. El sistema socialista perdió su
equilibrio; la concepción del Estado se tambaleó.
Después de 1967, Israel volvió mucho más la vista hacia Estados
Unidos, no necesariamente para su propio beneficio. Los
tradicionalistas decían: "No abandonaremos los territorios
recién ocupados". Los judíos religiosos, que no eran
"territorios ocupados sino liberados, son territorios bíblicos".
Y de esta forma se selló el fin del socialismo en Israel. Desde
entonces, la política internacional ha instrumentalizado el
conflicto de Oriente Medio.
Llevamos décadas leyendo titulares sobre explosiones de
violencia. Las guerras y las acciones terroristas se suceden.
Con la guerra de Irak y el conflicto con Irán, apenas se leen
noticias sobre el asunto, lo que es todavía peor. Muchos
israelíes sueñan con despertarse un día para ver que los
palestinos se han ido, y éstos con lo contrario. Ni uno ni otro
bando pueden diferenciar ya entre el sueño y la realidad, y,
psicológicamente, éste es el quid del problema.
Desde la década de 1960 no me siento cómodo en Israel. Por
supuesto, es mi patria; mis padres vivieron allí y ambos están
enterrados en Jerusalén. Siempre que ha habido guerra en Israel,
he tocado en el país: en 1956, 1967 y 1973. La música ha sido mi
lengua, mi arma. Sin embargo, después del Septiembre Negro de
1970, Golda Meir dijo: "¿Por qué se habla de los palestinos?
¡Nosotros somos el pueblo palestino!" En ese momento caí en la
cuenta de que esa posición era moralmente inaceptable. Sí, los
judíos tenían derecho a un Estado propio y también a este Estado
concreto. El Holocausto y la culpabilidad de los europeos
después de 1945 incidieron aún más en esa reivindicación. Sin
embargo, se olvida con demasiada facilidad que existía un
sionismo moderado y que desde el principio personas como Martin
Buber declararon que el derecho a tener un Estado judío debía
hacerse aceptable para la población local, para los no judíos.
En la actualidad, muchos israelíes no tienen ni idea de lo que
sienten los palestinos, de cómo es la vida en una ciudad como
Nablus, una prisión con 180.000 reclusos en la que no hay ni
restaurantes, ni cafés ni cines. ¿Qué ha ocurrido con la famosa
inteligencia judía? Ni siquiera estoy hablando de justicia o de
amor. ¿Por qué se continúa alimentando el odio en la franja de
Gaza? Nunca podrá haber una solución militar, porque dos pueblos
luchan por una sola tierra. Por fuerte que sea Israel, siempre
sufrirá inseguridad y miedo. El conflicto se devora a sí mismo y
al alma judía.
Quisimos hacernos con tierras que nunca pertenecieron a los
judíos y construir en ellas asentamientos. En ese hecho, los
palestinos ven, y con razón, una provocación imperialista. Su
resistencia, su no, es absolutamente comprensible, pero no los
medios que utilizan para llevarla a cabo, ni tampoco la
violencia o la inhumanidad indiscriminada.
A mediano plazo, soy pesimista respecto a Oriente Medio, pero a
largo plazo soy optimista. O encontramos una forma de vivir con
el otro o nos matamos. ¿Qué es lo que me da esperanza? Hacer
música. Porque, ante una sinfonía de Beethoven, el "Don
Giovanni" de Mozart o "Tristán e Isolda" de Wagner, todos los
seres humanos son iguales.
Fuente: Clarín y The Guardian