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El ocaso de la cuna del humor judío de USA
A las diez en punto de la noche, Hal Jeffrin
salta al escenario. Micrófono en mano, pantalón
negro ajustado, americana roja. "I´m gonna live
till I die" (Viviré hasta que me muera), canta.
Un clásico que Frank Sinatra interpretó. La
inmensa sala estaba semi vacía. En el público,
ancianos y niños.
La difícil resurrección no es fácil frenar
décadas de decadencia y esperanzas incumplidas.
Todos los intentos de resucitar la región y
devolverle el esplendor perdido - por ejemplo,
construyendo casinos al estilo de Atlantic City
o Las Vegas-han fracasado.
Pero hay brotes verdes en medio de las ruinas de
hoteles y colonias de bungalows, lo que ha
llevado a algunos a especular sobre una nueva
vida para los Catskills.
El
centro cultural y museo de Bethel, donde en 1969
se celebró el festival de Woodstock, es un
ejemplo. La reciente celebración del 40º
aniversario del festival atrajo a miles de
personas.
Otros confían en proyectos como el del
constructor del estado de Nueva York, Louis
Cappelli, que ha adquirido varios de los
hoteles, algunos de ellos en ruinas. Cappelli ha
comprado, entre otros, el Concord. Ha derribado
todo el complejo, y este mismo año tiene
previsto empezar a construir lo que él denomina
Concord Entertainment City, que incluiría un
hotel, un centro de convenciones, campos de
golf, restaurantes y tiendas.
En la página web de su empresa, el constructor
anuncia la intención de abrirlo en el 2010. El
complejo también incluiría una pista de carreras
de caballos y máquinas tragaperras.
"Esto es un fantasma de lo que fue", dice
Jeffrin después de la actuación.
El hotel Kutsher´s, en las afueras de
Monticello, un pueblo a unas dos horas en coche
al norte de Nueva York, vivió tiempos mejores.
En el Stardust Ballroom - el salón del polvo de
estrellas-actuaron los mejores cantantes y
cómicos de su tiempo. Algunos, casi olvidados.
Otros, como Jerry Seinfeld o Billy Crystal,
acabaron siendo celebridades.
Jeffrin, sesenta años y miles de kilómetros y
actuaciones a sus espaldas, conoció el esplendor
de Kutsher´s y otros hoteles de los Catskills,
una región pintoresca de colinas, bosques y
lagos en el estado de Nueva York. Durante
décadas, miles de familias judías veranearon
aquí. Los Catskills eran conocidos como los
Alpes judíos, o el Borscht Belt: el cinturón del
borscht, una sopa típica de la Europa central y
oriental que los refugiados importaron.
Pero los Catskills eran más que un lugar de
vacaciones. El verano, entonces, era
largo -no como ahora que los estadounidenses
abrevian las vacaciones una o dos semanas- y
había que entretener a los veraneantes de alguna
manera. Así que, además de actividades
deportivas y excursiones, los hoteles
organizaban espectáculos nocturnos.
Los grandes cómicos judíos de la segunda mitad
del siglo XX pasaron por aquí, desde Jerry Lewis
y Milton Berle hasta discípulos suyos como Woody
Allen.
Como ha escrito el sociólogo Phil Brown, "los
Catskills definieron la cultura judía americana,
permitiendo a los judíos convertirse en
americanos, y al mismo tiempo presentando al
público americano la cultura de la inmigración
judía".
"En las montañas - explica Brown en el libro
Catskill culture-,los judíos con orígenes en la
Europa oriental podía americanizarse preservando
su judeidad. En los Catskills podían tener
vacaciones como los americanos normales, pero
podían hacerlo en un ambiente muy judío".
Los Catskills acabaron definiendo un tipo de
humor, el llamado humor del Borscht Belt.
Musicales como Los productores - concebido por
Mel Brooks, que también tuvo en el Borscht Belt
un trampolín-recogen la herencia de este humor,
mezcla de auto-ironía y sal gorda.
En 1985, el propio Allen, que en sus inicios
contó chistes en algunos de estos hoteles,
homenajeó a los cómicos de los Catskills en la
película Broadway Danny Rose. El protagonista,
Danny Rose, interpretado por Allen, es un agente
de Broadway que ha actuado - y fracasado-en el
Borscht Belt.
El humor judío made in USA se forjó en gran
parte aquí. Los Catskills eran un Broadway en
las montañas, o un Las Vegas de la Costa Este,
mezclado con Benidorm: un centro de vacaciones
para las clases populares.
"Un sábado podías hacer dos o tres actuaciones
en lugares distintos. Si querías, cada día de la
semana tenía una actuación", recuerda Hal
Jeffrin.
Los primeros judíos llegaron en el siglo XIX.
Eran inmigrantes y refugiados centroeuropeos, en
general pobres, que huían de las estrecheces de
Manhattan.
Después de la Segunda Guerra Mundial, la región
vivió su apogeo. Muchos clientes venían de los
campos nazis. Otros ya habían nacido en Estados
Unidos y estaban integrados en la american way
of life. Esto era lo más parecido al paraíso.
Pero a partir de los años sesenta, el fin de la
discriminación -que fomentaba guetos como los
Catskills- llevó a muchos veraneantes a buscar
otros destinos.
Los hoteles eran, con frecuencia, de propiedad
familiar - familias judías, como los clientes- y
los hijos no quisieron o no supieron mantener el
negocio.
El boom del transporte aéreo contribuyó al
declive. Lugares como Florida o las Bahamas
sustituyeron a los Catskills como destino
predilecto de los judíos neoyorquinos. Cuando
Woody Allen rodó Broadway Danny Rose, su
decadencia había empezado.
A finales de los años ochenta empezaron a cerrar
hoteles y centros de vacaciones. En los noventa
cerraron más.
Ahora los Catskills ofrecen un paisaje desolado.
Pueblos como Monticello, Ellenville o Liberty se
encuentran en un estado de decrepitud, con
comercios cerrados, tiendas de segunda mano y
cines tapiados.
Algunas de las colonias de bungalows están en
ruinas. Otras han sido recuperadas por judíos
ortodoxos de Brooklyn. En los jardines de estos
bungalows, juegan decenas de niños. En la
carretera pasean los hombres y jóvenes con sus
sombreros y sus tirabuzones.
En los últimos años, los judíos ultrarreligiosos
han sustituido a los judíos seculares en los
Catskills, una región conocida también porque en
una pradera de la aldea de Bethel, cerca de
Monticello, se celebró en 1969 el festival de
Woodstock, del que se acaban de celebrar
cuarenta años.
Antes de llegar al centro de Liberty, por la
ruta 52, una carretera se desvía hacia
Grossinger, uno de los mayores complejos
hoteleros. A la entrada hay una caseta
abandonada. Montaña arriba, se ven edificios de
apartamentos abandonados y un pabellón con una
piscina llena de maderas y suciedad.
El Concord, otro de los hoteles legendarios de
los Catskills, con 1.250 habitaciones, 40 pistas
de tenis y tres campos de golf, es ahora una
vasta zona cero junto a un lago, un descampado
donde se intuyen los fundamentos de los
edificios ya desaparecidos.
La decadencia evidencia la integración de los
judíos en el estilo de vida americano,
un proceso que en los años cincuenta y sesenta
aún no había concluido. También evidencia un
fenómeno contrario: la pujanza de los
ultrarreligiosos.
El único gran hotel que se mantiene en pie es
Kutsher´s. El hotel tiene un aire a años
cincuenta. Mejor dicho: a hotel soviético de los
años cincuenta, con muebles de época, alfombras
usadas y olor a desinfectante.
A las siete y media de la tarde, el lobby está
vacío. Los clientes - muchos de ellos, judíos
ortodoxos- cenan en un comedor en el que caben
centenares de personas. Algunos cantan y golpean
la mesa con la mano.
Como en los viejos tiempos, Kutsher´s ofrece a
sus clientes un programa diario intensivo. Desde
charlas con el rabino Heineman, hasta cursos de
gimnasia pilates, pasando por clases de danza
con Jackie Horner, presentada como "inspiradora
de la película Dirty Dancing".
Y es que Dirty Dancing,el musical ochentero,
contaba la historia de una familia judía en los
Catskills, aunque los signos identitarios de los
personajes estaban diluidos para alcanzar al
gran público. Algunos afirman que el hotel de
esta película era Kutsher´s; otros, Grossinger.
La jornada termina con la singing star - la
estrella de la canción- Hal Jeffrin. El barítono
Jeffrin repasa algunos éxitos de Broadway y
canta, en hebreo y en yiddish, canciones
tradicionales judías.
Incluso se atreve con un chiste. El del rabino
de un barrio acomodado de Long Island, cerca de
Nueva York, al que los fieles regalan un viaje a
Las Vegas para celebrar sus 25 años de rabino en
la congregación.
El rabino llega al hotel de Las Vegas y se
encuentra a una mujer desnuda. Llama al
presidente de la congregación e, indignado, le
reprende por insultarle con este regalo. La
mujer, espantada, hace el gesto de marcharse, y
el rabino le dice sonriendo: "Estoy enfadado con
ellos, no contigo".
Así acaba el chiste. El público se ríe sin
ganas. Cuando termina la actuación, Hal Jeffrin
cambia el traje por una camisa hawaiana: tiene
prisa por marcharse.
"Esto ha cambiado mucho. Antes el público era
sofisticado - recuerda-.La gente solía venir
arreglada a las actuaciones. Ahora sólo hay
personas mayores y ultrarreligiosos".
Fuente: La Vanguardia,
Barcelona
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