Lerner y Moguilevsky: la certeza de lo imposible

por Mijael Vera

Básicamente, el espectáculo musical, al igual que el Teatro es el juego de la fantasía y la realidad. Lo que sucede en escena es real pero es fantasía aunque nos parezca creíble. Tenemos que recurrir a la verosimilitud. La cuestión es tener un conocimiento seguro y claro del asunto, se trata de la certeza. No obstante, la certeza también puede inducir a error. En pocas palabras, es esa paradoja entre realidad y fantasía la que define al hecho artístico.

Es en ese margen de realidad subjetiva en donde César Lerner y Marcelo Moguilevsky proponen el juego de la certeza. Lo suyo es el Klezmer, y lo reiteran con una seguridad abismaste...pero también no lo es, y esto último lo reafirman con un talento abrumador. Es esta dualidad cómplice con la imaginación de un público que va a disfrutar un espectáculo de Klezmer "a la antigua", con ecos de jazz dixie y de grata banda improvisada. Pero aquí, nada de eso. Con esta franja de prejuicio "a lo Klezmer", el dúo Lerner-Moguilevsky juegan y disfrutan al hacer que el espectador se conmueva con la sorpresa, se deje llevar por la propuesta musical rupturista del mito, provocativa y sensual, mordaz y concreta.

El dúo se la juega por recoger esa capacidad innata de la música popular Klezmer de dibujar la realidad en blanco y negro, sólo que ellos lo hacen en colores y sones de la ciudad. Conscientes o inconscientes, resignifican no sólo sus anhelos y sus experiencias personales sino lo que tienen delante de sus personas, sus instrumentos musicales, además de los recuerdos, lo que almacenan, lo que ellos mismos son.

Es sorprendente el virtuosismo en la interpretación y ejecución musical de una variedad de instrumentos, varios de ellos lejanos al Klezmer clásico. Una riqueza de sonidos que logran extraer de su interpretación y sus bocas deliberadamente acierta a concretar un dialogo, experiencia iniciática de la que el espectador es sólo eso...espectador. El público como tal, sólo debe disfrutar de esta conversación musical llevada al nivel de la majestuosidad posmoderna a sabiendas que el dúo, en su intercambio de emociones, suple la carencia del espectador con la experiencia de disfrutar al ser el eco sonoro de un instrumento que no está en el escenario: la imaginación.

No sirve aquí la memoria musical. A veces pareciera estarse paseando por las calles de Buenos Aires, con el ruido del tráfico, la premura de las gentes, y la dureza del cemento. Y ese paisaje urbano refleja musicalmente lo que el dúo propone con una seguridad incontestable: lo suyo no es la arqueología musical. Y esto lo grafican de manera concreta al anunciar una pieza como de "un pasado en que animábamos fiestas" a lo que sigue una pieza liviana, festiva, estimulante, pero ejecutada con el más alto nivel de interpretación musical.

Curiosamente, interpretan varias piezas musicales de su ya célebre CD "Basavilbaso". Tan sólo con ese nombre uno se imagina algún eco de las calles pueblerinas, silentes, olor a campo de esa colonia judía de Entre Ríos. Pero nada de eso. Nuevamente asoma esa sensación tránsfuga del que pasea por las veredas de ese hermoso lugar, disfrutando la arquitectura judía, caminando despacio para no perderse detalle, pero siempre con la distancia inevitable del que lleva la experiencia de la gran ciudad en la piel. Los artistas demuestran, así, un dominio absoluto sobre una extensa gama de instrumentos y una asombrosa habilidad para la improvisación.

De esta manera provocativa y talentosa, Lerner-Moguilevsky han ejecutado un notable espectáculo en el Círculo Israelita de Santiago, que subraya dos espacios opuestos: el interior de la persona, abigarrado de objetos reales de dudosa utilidad que se identifican con dificultad debido al hacinamiento, y el exterior, la calle bohemia con las únicas referencias del sonido de la lluvia y una débil luz proveniente de un farol. ¿Qué es más cierto, lo que el público ve y percibe con los sentidos o lo que el público imagina, intuye y no ve?

Aquí está la clave del talento en este dúo extraordinario. La propuesta musical juega con las claves de dentro y fuera, al igual que juega con lo corporal y la palabra. Es la música como experiencia confrontada a la partitura musical. ¿Qué es más cierto, una cosa u otra? La moneda tiene una cara y un revés del que no se habla, incluso tiene un valor facial y otro numismático. ¿Qué es más cierto para el espectador?

Lerner-Moguilevsky han templado con buen pulso una puesta en escena coherente en cuanto a forma y contenido. Lo uno está al servicio de lo otro y viceversa no sólo en el dilema de la certeza sino en cuanto a la elección del repertorio. Por un lado nos proponen una musicalidad conciliadora, generosa y acogedora. Por el otro, la interrogante y la sorpresa. El resultado es la ovación merecida que corona cada  pieza interpretada, pues el dúo verdaderamente logra hacer verosímil el juego de la certeza-incerteza musical.

Aunque el género Klezmer no sea una propuesta reciente ni innovadora más allá de la pertinencia y su incidencia en la realidad contemporánea, el dúo Lerner-Moguilevsky nos da la oportunidad de ir mucho más allá del género al encuentro de una propuesta lúcida y con una interpretación superior a lo impecable que nos permite reflexionar acerca de nosotros mismos en cuanto nuestra propia verdad. Cuando estamos hablando de esta posibilidad en un espectáculo, entonces nos encontramos frente a una auténtica expresión de Arte... así, con mayúsculas.

 

 

 

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