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La tragedia
del Costa Concordia

por Rav
Benjamín Blech
Yo fui un
pasajero del Costa Concordia, sí, el crucero que acaba
de aparecer en los titulares de todo el mundo
hundiéndose en la costa de Toscana.
No, gracias a Dios no estuve en este último y horrendo
viaje que resultó en terribles lesiones y víctimas
fatales. Fue en el verano del 2008 que tuve la
oportunidad de servir como rabino-a-bordo para un
programa casher en este magnífico transatlántico. Y
nunca olvidaré el lujo, la belleza y la tecnología de
última generación que era evidente en todo el barco.
Un miembro de alto rango de la tripulación me dio un
tour privado, destacando parte del extraordinariamente
avanzado equipo de GPS que aseguraba absoluta seguridad.
Lo que recuerdo fue su graciosa referencia al famoso
barco de hace un siglo atrás, mientras me aseguraba que
“nunca nadie tendría una experiencia titánica aquí”.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
¿Cómo pudo ocurrir? Con todo nuestro progreso
científico, ¿cómo puede ser que un barco se hunda?
La respuesta tiene profundas implicancias en nuestro
entendimiento de la causa real de las tragedias de este
tipo.
En realidad, no había ningún motivo para que el Titanic
estuviera en esa área peligrosa. Sólo fue porque la
gente en 1912 estaba tan asombrada por la proeza del
Titanic que eso condujo a la soberbia, y eso permitió
que se ordenara navegar “a toda máquina” por aguas
congeladas. Esta orden fue dada por los dueños del
Titanic para recuperar el trofeo por el cruce más rápido
del atlántico, que estaba en manos de los alemanes -
para asegurar mayores ganancias con su inversión - y fue
ejecutada por el capitán del Titanic, que eligió cruzar
por una ruta del norte, que era mucho más corta que la
tradicional ruta del sur, la cual era utilizada por los
marineros en esa época del año.
Este desastre era absolutamente evitable. Cruzar el
Atlántico Norte involucraba peligros bien conocidos por
los marineros, y los reportes de primera mano de las
condiciones de los hielos le llegaron a los oficiales
del Titanic ese mismo día. El Titanic tenía una radio,
que envió y recibió mensajes constantemente durante todo
el viaje.
Los operadores de comunicación tenían dos funciones –
recibir los reportes climáticos y transmitir mensajes
para las personas ricas a bordo. Ganaban su dinero de
los últimos. El 14 de abril de 1912, otro barco, el
California, le envió continuos mensajes al Titanic,
informando que había un gran iceberg (de un millón de
toneladas) en la ruta del Titanic.
Recibir estos mensajes molestó al operador que trataba
de recibir mensajes para sus ricos jefes. El operador
del Titanic le ordenó al California que dejara de
molestarlos. Ellos lo hicieron y apagaron su radio. Los
mensajes nunca le llegaron al Capitán.
Las 1.517 personas que murieron, fueron asesinadas por
la codicia. La tecnología del Titanic no pudo compensar
un error moral.
El Costa Concordia era el orgulloso símbolo de las
maravillas contemporáneas de la ciencia. Y también era “inhundible”,
así como el Titanic. Su GPS lo mantenía siempre en un
curso seguro. Pero el ego del capitán, que quiso
acercarse más a la costa para fanfarronear con su
“juguete” ante sus amigos en la isla, superó toda
precaución.
Un GPS, al igual que la Torá, sólo puede direccionarnos.
No puede obligarnos a seguir su voluntad. Todavía
tenemos la libertad de obedecer sus advertencias. Pero
lo que nunca puede ser evitado son las consecuencias de
nuestras acciones.
Es por eso que nuestras elecciones morales, dictadas por
un compromiso a principios éticos más elevados, siempre
serán más importantes que nuestros logros científicos.
Babel
Esta lección se remonta a miles de años atrás, a una
trascendental historia bíblica. Los constructores de la
torre de Babel fueron retratados como la primera “era de
la tecnología”. Hasta ese momento, las personas eran
pastores y granjeros. Respondían ante la naturaleza pero
no sabían cómo controlarla ni darle forma. Pero llegó el
momento en que aprendieron a construir ladrillos y a
hacer casas que resistían las inclemencias del tiempo.
Se consideraban tan importantes que decidieron construir
una torre que llegara al cielo, para así destronar a
Dios de Su trono
Lo que más deseaban, dice la Torá, era “hacerse un
nombre”. Con el avance científico llegó el ego del
tecnócrata que estaba convencido de que su intelecto
convertía a Dios en innecesario.
No fue hace mucho que el primer astronauta, el ruso Yuri
Gagarin, con el mismo espíritu que los constructores de
la torre de Babel dijo a su regreso del espacio
exterior: “Busqué y busqué, pero no encontré a Dios”.
Pero el final de la historia bíblica deja en claro el
precio que siempre debe ser pagado cuando elegimos
adorarnos a nosotros mismos por sobre la autoridad del
GPS Divino. Con toda su brillantez, la sociedad de la
torre de Babel se auto-condenó a la destrucción. Los
ladrillos se volvieron más importantes que las personas.
Cuando un ladrillo caía y se rompía, lloraban, pero
cuando una persona caía y moría, la ignoraban. Los
sentimientos fueron reemplazados por fórmulas. La
comunicación entre humanos ya no importaba. El habla se
convirtió en un balbuceo. La tecnología creó un mundo
aparentemente perfecto – habitado por gente que era
mucho más imperfecta.
Yo creo que la lección principal que hay que destacar es
que necesitamos reordenar nuestras prioridades.
Los reportes de lo que pasó mientras el Costa Concordia
se hundía son escalofriantes, ya que reflejan mucho
nuestro comportamiento contemporáneo. Cuando el Titanic
se hundió, las mujeres y los niños tuvieron precedencia.
La gran mayoría de ellos sobrevivió por la
caballerosidad de personas como Benjamin Guggenheim, que
eligió quedarse atrás, se puso sus ropas de gala, y
cediendo su asiento en el bote salvavidas dijo: “Nos
hemos vestidos con nuestra ropa de gala y estamos
preparados para hundirnos como caballeros”.
Los pasajeros del Costa Concordia en cambio, tuvieron
que pelear con la tripulación por los pocos asientos que
ofrecían una posibilidad de supervivencia. El capitán
estuvo entre los primeros que huyeron, desmintiendo el
noble ideal de que “el capitán se hunde con su barco”.
Los fuertes empujaron a los débiles. Y el orden moral
que nos define como civilizados, como lo más selecto de
la creación, como aquellos formados a imagen de Dios
buscando emular sus atributos divinos, también murió con
las víctimas.
Vivimos en una época en que se idolatra todo adelanto
científico. Estamos obsesionados con dispositivos
electrónicos que supuestamente deberían hacer nuestra
vida más fácil y divertida. Pero pasamos muy poco tiempo
considerando la importancia de un sistema de valores sin
el cual todos estos avances son insignificantes.
Esta tragedia ocurrió por un error humano. Estuvo llena
de faltas morales impactantes. Lo que debemos hacer
ahora es recordar que nuestro énfasis en los logros
tecnológicos debe ser acompañado por un interés aún más
grande en nuestro crecimiento ético. Sólo
comprometiéndonos a ambas cosas podremos prevenir
desastres de proporciones titánicas.
Fuente:
aishlatino.com
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