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Perfectos Extraños
por Moshe Bryski Hace algunos años traje un grupo de estudiantes rabínicos para ayudarnos durante las fiestas de Rosh Hashaná y Iom Kipur. Eran estudiantes de una Ieshivá de Jabad en Brooklyn y se ofrecieron a pasar las festividades asistiendo a sinagogas y enriqueciendo comunidades. Un sábado de tarde, después de su llegada, estaban sentados en la sinagoga descansando después de un largo día dirigiendo programas para niños, cuando se dieron cuenta que un camión de mudanza se estacionaba frente a la casa vecina. Con vestimentas típicas de Jabad, dejando de lado el concepto: “ocúpate de tus propios asuntos”, y la idea: “has hecho suficiente por un día”, salieron y entablaron conversación con la gente que se estaba mudando, un hombre y su hija. Resulta que los recién llegados eran judíos, y el padre, el director musical y coral de un templo reformista de las inmediaciones. El director se ruboriza disponiéndose a recibir una charla de estos barbudos, obviamente estudiantes muy ortodoxos, sobre que un judío no debería estar mudándose durante el sagrado sábado, que está siendo un terrible ejemplo para su hija… En su lugar, los muchachos le brindan una gran sonrisa y lo invitan a tomar un lejaim y un bocadillo. Antes de darse cuenta, está sentado con su hija en una mesa de Shabat comiendo cholent (una comida típica de Shabat), cantando canciones sabáticas junto con un grupo de jasidim que apenas conoce. Pero no termina ahí, porque los trabajadores de la compañía de mudanza son todos israelíes y pronto están también sentados alrededor de una mesa en California del Sur, comiendo Jumus y cantando Am Israel Jai… A medida que se acerca el final del Shabat, los estudiantes se dan cuenta que tienen allí mismo un Minián. Entonces rezan las oraciones vespertinas con sus nuevos amigos y recitan la Havdalá (servicio después de Shabat). Los israelíes comienzan a cantar Eliahu Hanaví y Osé Shalom y pronto se forma un círculo, están bailando -los israelíes de la compañía de mudanza en camisetas de manga corta, un director de coro reformista y un grupo de jasidim de Jabad, que fueron criados en la enseñanza de nunca juzgar a los otros sino aceptarlos a todos, amarlos, y aprovechar cada oportunidad para traer más luz, más alegría al mundo. Tiempo mas tarde en una clase titulada “Fe y Sufrimiento”. Es una clase muy difícil, emotiva, angustiante.Un hombre se me acerca después de la clase. Estaba llorando, y me cuenta la historia más triste pero más inspiradora que haya escuchado durante largo tiempo: “un año antes de mudarme aquí perdí a mi esposa y dos de mis tres hijos en un accidente de auto. Estaba devastado. No podía luchar contra el dolor. No podía hacer frente a la pérdida. Estaba enojado con D-os. Odiaba vivir. El pensamiento del suicidio venía a mí constantemente. Pero yo lo apartaba debido a mi hija. ¿Cómo podría ella enfrentarlo sin mí? Pero la pena era tan grande que yo no podía respirar. Razonaba conmigo mismo que ella estaría mejor con un padre muerto que con uno como yo. Sé que ahora suena ridículo, pero en ese momento mi corazón estaba destrozado y mi mente estaba atormentada. Odiaba mi vida y decidí ponerle fin. Planifiqué una última noche con mi hija. Ella adora ir al cine conmigo. La llevaría al cine una última vez, luego la llevaría a casa, y después que se durmiera le diría adiós a este mundo miserable. Una noche la llevé al cine Mountain Gate Plaza, en Simi Valley. Una última película para padre e hija. Como se podrá imaginar, caminaba por el shopping como un sonámbulo. De repente escucho algo así como música judía. Al principio pensé que estaba oyendo cosas, o que ya estaba oyendo las notas del más allá. Pero cuando dimos vuelta la esquina, entendí. Era Janucá, y algún grupo judío estaba realizando el festival de Janucá justo frente al cine. Antes de darme cuenta de lo que estaba sucediendo, fuimos arrastrados a un círculo de rabinos que bailaban. Primero protesté, pero eventualmente me di por vencido. Miré a mi hija y estaba sonriendo. Miré alrededor a las caras que me rodeaban y había alegría. Miré la Menorá y vi la llama eterna del pueblo judío. Un pequeño murmullo de alegría entró en mi corazón y comencé a llorar y a reír al mismo tiempo. La luz de la Menorá estaba derritiendo la espesa oscuridad y la niebla que me rodeaba. Esa noche, en casa, acosté a mi hija y me senté en la mesa de la cocina. Las llamas de la Menorá titilaban en mi mente. Decidí darle otra oportunidad a la vida. Decidí mudarme a una nueva comunidad y comenzar una nueva vida. Al día siguiente empecé a buscar otra comunidad y bastante pronto me estaba mudando a Agoura. El día que nos mudamos, mientras me aproximaba a nuestro nuevo hogar, una ola de tristeza me invadió. Dudas, pesar, pesimismo. Estaba abrumado por el pensamiento de que todo era inútil, que mi vida era un error, que yo era un error. Dirigí una plegaria a D-os en silencio y le pedí que me enviara una señal para saber que El estaba allí, en algún lugar, para tranquilizarme que esto iba a ser algo realmente nuevo y diferente. Mientras llegábamos a la casa, me sorprendió ver unos pocos jasidim parados cerca. Muy pronto me estaban invitando y estábamos comiendo la comida de Shabat más rica, cantando y bailando. No pude haber pedido una bienvenida más tranquilizadora a mi nueva vida. Agradezco a D-os por esta señal y por bendecirme con fuerza y bienestar”. Escucho este relato y estoy llorando. Le pido que se quede justo donde está y corro a mi oficina. Reviso algunos álbumes… Janucá… Janucá en Simi Valley... ¡allí está! Una foto. Una instantánea de D-os en acción. El año en que fue sacada esa foto habíamos decidido agregar otro lugar a nuestra lista de festivales de Janucá. Elegimos Simi Valley. ¿Por qué Simi Valley? ¿Por qué el cine Mountain Gate Plaza? No lo sé. ¿Por qué pusimos la Menorá allí mismo? No lo sé. ¿Por qué abrazamos a un extraño total y le pedimos bailar? ¿Por qué no? Es Janucá, ¿deberíamos ser los únicos bailando? El Rebe nos dijo que trajéramos a todos la alegría y la luz de Janucá, para que todos supieran que la luz prevalecerá sobre la oscuridad, que el bien triunfará sobre el mal. Así lo hicimos. Y allí estaba, en ese álbum. Una foto del director del coro y su hija bailando frente a la Menorá. Una instantánea de una vida salvada.
Probablemente esa noche, después del festival de Janucá,
me fui a casa pensando: ¿Fue bueno? Pensé que tendríamos
una multitud mayor… El año que viene lo haremos mejor…
Cuando mi esposa me preguntó cómo estuvo, probablemente
le dije: “estuvo bien”. Poco sabíamos que una vida se
había salvado esa noche...
Fuente:
Jabad |
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"El Extraño Caso del Hombre Muerto"
El Talmud relata que Rabí Akiva entró una vez en el bosque para apartarse y meditar palabras de Torá, cuando de repente oyó un susurro extraño en la distancia. Parecía un animal grande acercándose. Alzó su mirada y vio algo aterrador: parecía un ser humano quemado, que corría como un loco, resoplando y mirando fijamente hacia adelante con un montón de madera en su hombro. Rabí Akiva comprendió que algo verdaderamente raro estaba pasando. Le ordenó al hombre que se detuviera y le pidió que le explicara quién era y qué estaba haciendo. Al principio el hombre fue renuente; tenía prisa y no tenía tiempo, pero finalmente la santidad de Rabí Akiva prevaleció y habló. "No soy una persona viva" gimió asustadizamente, "soy un ser humano muerto castigado por sus pecados. Mi condena es que todas las mañanas mi alma se encarna en este cuerpo quemado y debo cortar madera, hacer un fuego grande y finalmente meterme en las llamas y quemarme hasta morir" "¿Qué hizo para merecer semejante castigo extraño y doloroso?" le preguntó Rabí Akiva. "Entre otras cosas, yo recolectaba impuestos" - contestó. "Yo favorecería a los ricos y asesinaba a los pobres". "¿Hay algo que puede hacerse para ayudar"? Rabí Akiva preguntó. "Sí", contestó. "Oí del otro lado de la cortina que separa el infierno del cielo, que si tengo un hijo y él reza el Kadish por mí, disminuirá mi castigo. Pero no se si lo tengo. Hace años, cuando morí, mi esposa estaba embarazada. Quién sabe lo que pasó. Y aunque así fuera, ¿quién iba a educar al muchacho? No tengo ningún amigo en el mundo. Por favor debo irme" En ese momento Rabí Akiva asumió el proyecto. Preguntó al hombre su nombre y el nombre de su esposa y dirección de su casa y entonces le permitió escaparse para ejecutar su espantosa sentencia.
Al otro día, Rabí Akiva empezó su búsqueda. Parece que
no había mucha gente que el difunto dejó sin lastimar y
cuando Rabí Akiva mencionaba al hombre, o el nombre de
su esposa, contestaban con un montón de maldiciones
antes de darle las indicaciones. El muchacho era un salvaje; gritaba, tiraba piedras y maldecía a todos los que pasaban pero Rabí Akiva le dio unos dulces y ganó su confianza. Descubrió que el niño, además de ser analfabeto, también estaba incircunciso. Rabí Akiva lo convenció que se hiciera la circuncisión e incluso empezara a aprender el Alef Bet. Pero después de días de esfuerzo, a pesar que Rabí Akiva era el mejor maestro del mundo, el niño no aprendió nada; tenía una cabeza de piedra. Pero Rabí Akiva no se rindió. Utilizó el arma más potente de todas; la Plegaria. Ayunó durante cuarenta días; comiendo sólo pan y agua después del ocaso, y constantemente oraba a Di-s para que Él abriera la mente del muchacho… ¡y funcionó!. Una voz celestial anunció "Rabí Akiva, ve a enseñarle" Le enseñó a leer la Torá y cómo rezar hasta que pudiera estar de pie ante la congregación y conducir la Plegaria. Esa noche el hombre muerto se apareció a Rabí Akiva en un sueño y dijo. "Que Di-s lo bendiga y lo fortalezca así como usted me confortó y me salvó del juicio del infierno" Ésta es una historia verdaderamente rara, sobre todo cuando recordamos que Rabí Akiva era el más grande y él 'desperdició' cientos de horas para salvar a un asesino. La razón por la que lo hizo que es porque sabía del gran valor del alma judía. Como el propio Rabí Akiva dijo "El Amarás a tu prójimo como a 'ti mismo' contiene toda la Torá".
Fuente: Jabad.com |
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El Creador y sus criaturas
por Mario Satz Enzarzados en una tremenda discusión sobre los límites entre el Creador y sus criaturas, dos estudiantes de Talmud-Torá de Lodz, Rafael y Jacob, que hacían un retiro de meditación en la parte más espesa de los bosques polacos, no vieron llegar a Bronislaw Legnica, famoso titiritero de la región de Nysa que visitaba periódicamente los abedules muertos para extraer de ellos la madera para sus príncipes y princesas, ogros y herreros, duendes y dragones. -Eh, judíos-les dijo al oír la discusión-, os peleáis por minucias y no oís el llamado del ruiseñor a las cerezas aún verdes, ni oléis el perfume de la savia fresca ni disfrutáis del canto de las hojas giradas por el viento. -¿Nos has oído?-quiso saber Rafael, avergonzado al ser descubierto en plena ofuscación verbal por un artista tan extraordinario como Bronislaw Legnica. -Por supuesto que sí. -Entonces ¿Qué opinas?-le interrogó Jacob-.Nuestros sabios dicen que el Creador ocupa todo lugar, memalé makom , lo que, implícitamente, significa que está en todas sus criaturas. Pero también que las trasciende y excede. ¿Cuál es el límite, entonces, entre El y nosotros, cuál es la frontera? ¿Cómo puede estar y no estar a la vez en la lengua con la que hablo y en los ojos con los que te veo? -Pobre de mí- respondió el titiritero- Si pensara demasiado, si usara demasiado mi cabeza todos los hilos de mis muñecos se enredarían, cada uno de mis personajes querría pender de la horquilla de otro y en lugar de hacer reír por lo que ellos representan el público se burlaría de su hacedor, torpe víctima de sus propias dudas. -¿Qué haces, entonces-quiso saber Rafael-para que eso no ocurra? -Les dejo ser lo que cada uno de ellos intenta representar: villanos o nobles, traviesos o románticos, asesinos o ángeles. -Sí- terció Jacob-, pero tú vienes aquí a buscar madera para tallarlos, concibes sus rostros y fabricas sus vestidos, dibujas su nariz y redondeas sus hombros. Eres como un pequeño dios para tus criaturas. -¡Eso creía yo!-exclamó Bronislaw Legnica cortando una rama y esbozando una sonrisa irónica-.Hasta que me di cuenta de que cada árbol, como cada botón que sirve de ojo o cada pieza de tela que formará parte de un hábito ¡escogen su inclinación, insinúan su carácter! Ah, sí, somos como el cucú del reloj de Dios, pero probablemente El ignora tanto las horas de nuestros placeres como las de nuestro dolor. Sólo sabe de nosotros que estamos hechos de una madera demasiado frágil para emularlo. Cuando creemos acercarnos a su reino, como el péndulo, oscila hacia el otro lado, y cuando pensamos que se aleja de nosotros, en realidad prepara su regreso. No busquéis a Dios por encima de vuestras cabezas. Mirada hacia abajo, pensad en su péndulo. Jacob y Rafael, atontados por la fraseología del titiritero, lo observaron desbrozar las ramas, desnudar cortezas y encender su pipa. Luego, tras unos inesperados minutos de silencio en la sonora primavera del bosque, el de Legnica prosiguió:
-Aunque la cereza silvestre sea incomible el ruiseñor
canta; aunque la savia se derrame el árbol no se
desangra. Y las hojas ¿ A qué otra cosa se dedican sino
a afilar sus bordes entre las u del viento y las o de mi
admiración?
Fuente: PorIsrael
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Perfectos Extraños
por Moshe Bryski Hace algunos años traje un grupo de estudiantes rabínicos para ayudarnos durante las fiestas de Rosh Hashaná y Iom Kipur. Eran estudiantes de una Ieshivá de Jabad en Brooklyn y se ofrecieron a pasar las festividades asistiendo a sinagogas y enriqueciendo comunidades. Un sábado de tarde, después de su llegada, estaban sentados en la sinagoga descansando después de un largo día dirigiendo programas para niños, cuando se dieron cuenta que un camión de mudanza se estacionaba frente a la casa vecina. Con vestimentas típicas de Jabad, dejando de lado el concepto: “ocúpate de tus propios asuntos”, y la idea: “has hecho suficiente por un día”, salieron y entablaron conversación con la gente que se estaba mudando, un hombre y su hija. Resulta que los recién llegados eran judíos, y el padre, el director musical y coral de un templo reformista de las inmediaciones. El director se ruboriza disponiéndose a recibir una charla de estos barbudos, obviamente estudiantes muy ortodoxos, sobre que un judío no debería estar mudándose durante el sagrado sábado, que está siendo un terrible ejemplo para su hija… En su lugar, los muchachos le brindan una gran sonrisa y lo invitan a tomar un lejaim y un bocadillo. Antes de darse cuenta, está sentado con su hija en una mesa de Shabat comiendo cholent (una comida típica de Shabat), cantando canciones sabáticas junto con un grupo de jasidim que apenas conoce. Pero no termina ahí, porque los trabajadores de la compañía de mudanza son todos israelíes y pronto están también sentados alrededor de una mesa en California del Sur, comiendo Jumus y cantando Am Israel Jai… A medida que se acerca el final del Shabat, los estudiantes se dan cuenta que tienen allí mismo un Minián. Entonces rezan las oraciones vespertinas con sus nuevos amigos y recitan la Havdalá (servicio después de Shabat). Los israelíes comienzan a cantar Eliahu Hanaví y Osé Shalom y pronto se forma un círculo, están bailando -los israelíes de la compañía de mudanza en camisetas de manga corta, un director de coro reformista y un grupo de jasidim de Jabad, que fueron criados en la enseñanza de nunca juzgar a los otros sino aceptarlos a todos, amarlos, y aprovechar cada oportunidad para traer más luz, más alegría al mundo. Tiempo mas tarde en una clase titulada “Fe y Sufrimiento”. Es una clase muy difícil, emotiva, angustiante. Un hombre se me acerca después de la clase. Estaba llorando, y me cuenta la historia más triste pero más inspiradora que haya escuchado durante largo tiempo: “un año antes de mudarme aquí perdí a mi esposa y dos de mis tres hijos en un accidente de auto. Estaba devastado. No podía luchar contra el dolor. No podía hacer frente a la pérdida. Estaba enojado con D-os. Odiaba vivir. El pensamiento del suicidio venía a mí constantemente. Pero yo lo apartaba debido a mi hija. ¿Cómo podría ella enfrentarlo sin mí? Pero la pena era tan grande que yo no podía respirar. Razonaba conmigo mismo que ella estaría mejor con un padre muerto que con uno como yo. Sé que ahora suena ridículo, pero en ese momento mi corazón estaba destrozado y mi mente estaba atormentada. Odiaba mi vida y decidí ponerle fin. Planifiqué una última noche con mi hija. Ella adora ir al cine conmigo. La llevaría al cine una última vez, luego la llevaría a casa, y después que se durmiera le diría adiós a este mundo miserable. Una noche la llevé al cine Mountain Gate Plaza, en Simi Valley. Una última película para padre e hija. Como se podrá imaginar, caminaba por el shopping como un sonámbulo. De repente escucho algo así como música judía. Al principio pensé que estaba oyendo cosas, o que ya estaba oyendo las notas del más allá. Pero cuando dimos vuelta la esquina, entendí. Era Janucá, y algún grupo judío estaba realizando el festival de Janucá justo frente al cine. Antes de darme cuenta de lo que estaba sucediendo, fuimos arrastrados a un círculo de rabinos que bailaban. Primero protesté, pero eventualmente me di por vencido. Miré a mi hija y estaba sonriendo. Miré alrededor a las caras que me rodeaban y había alegría. Miré la Menorá y vi la llama eterna del pueblo judío. Un pequeño murmullo de alegría entró en mi corazón y comencé a llorar y a reír al mismo tiempo. La luz de la Menorá estaba derritiendo la espesa oscuridad y la niebla que me rodeaba. Esa noche, en casa, acosté a mi hija y me senté en la mesa de la cocina. Las llamas de la Menorá titilaban en mi mente. Decidí darle otra oportunidad a la vida. Decidí mudarme a una nueva comunidad y comenzar una nueva vida. Al día siguiente empecé a buscar otra comunidad y bastante pronto me estaba mudando a Agoura. El día que nos mudamos, mientras me aproximaba a nuestro nuevo hogar, una ola de tristeza me invadió. Dudas, pesar, pesimismo. Estaba abrumado por el pensamiento de que todo era inútil, que mi vida era un error, que yo era un error. Dirigí una plegaria a D-os en silencio y le pedí que me enviara una señal para saber que El estaba allí, en algún lugar, para tranquilizarme que esto iba a ser algo realmente nuevo y diferente. Mientras llegábamos a la casa, me sorprendió ver unos pocos jasidim parados cerca. Muy pronto me estaban invitando y estábamos comiendo la comida de Shabat más rica, cantando y bailando. No pude haber pedido una bienvenida más tranquilizadora a mi nueva vida. Agradezco a D-os por esta señal y por bendecirme con fuerza y bienestar”. Escucho este relato y estoy llorando. Le pido que se quede justo donde está y corro a mi oficina. Reviso algunos álbumes… Janucá… Janucá en Simi Valley... ¡allí está! Una foto. Una instantánea de D-os en acción.
El año en que fue sacada esa foto habíamos decidido
agregar otro lugar a nuestra lista de festivales de
Janucá. Elegimos Simi Valley. ¿Por qué Simi Valley? ¿Por
qué el cine Mountain Gate Plaza? No lo sé. ¿Por qué
pusimos la Menorá allí mismo? No lo sé. ¿Por qué
abrazamos a un extraño total y le pedimos bailar? ¿Por
qué no? Es Janucá, ¿deberíamos ser los únicos bailando?
El Rebe nos dijo que trajéramos a todos la alegría y la
luz de Janucá, para que todos supieran que la luz
prevalecerá sobre la oscuridad, que el bien triunfará
sobre el mal. Así lo hicimos. Y allí estaba, en ese
álbum. Una foto del director del coro y su hija bailando
frente a la Menorá. Una instantánea de una vida salvada.
Fuente. Jabad |
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El chismoso arrepentido
Relatan los sabios sobre un judío que era conocido en su comunidad como el chismoso comunitario; él acostumbraba a contar y chismear sobre cualquier tema, o cualquier persona, hasta que logró recibir el título negativo de chismoso profesional. Este chismoso era centro de información comunitaria; Después de años de hablar negativamente y de chismear, sin duda alguna complicó la vida de mucha gente, destruyó hogares. Decidió que había llegado la hora de hacer Teshuvá, de arrepentirse sobre todo lo que habló, actuó, chismeó y por lo tanto se dirigió al Rabino comunitario para que le ayudara en su proceso de arrepentimiento. El Rabino quién conocía al chismoso profesional, le preparó un plan de arrepentimiento, y como primera etapa de la Teshuvá le dijo “debes ir al lugar en el que degüellen pollos, Llenar dos sacos de plumas y regresar conmigo”. El chismoso pensó que básicamente era fácil: sólo reunir y llenar dos sacos de plumas no era gran trabajo. Así que fue, lo hizo tal cual se lo habían mandado. Fue al matadero de pollos, lleno dos sacos de plumas y regresó muy contento donde el Rabino, pensando que ya había culminado su proceso dearrepentimiento; él no sabia que había una segunda etapa. El rabino le dijo, que en la segunda etapa debería ir a tomar los dos sacos llenos de plumas, esparcirlas en las calles de la ciudad y después regresar. Sin otra opción, al chismoso le tocó cumplir lo que dijo el Rabino, pensando en la vergüenza y la humillación que tendría al tirar las plumas en las calles de la ciudad, como enmienda de los pecados graves por ser chismoso, hablar mal, y poner apodos, lo cual había hecho durante muchos años.El “chismoso” cumplió la orden del Rabino y al terminar, regresó contento pensando que su expiación de pecado y su proceso de arrepentimiento había terminado. El Rabino le sorprendido dándole una tercera orden como parte del proceso; tomar los dos sacos vacíos, e ir por toda la ciudad, de calle en calle, de casa en casa y de techo en techo recogiendo las plumas que había echado al aire. El chismoso perdió la paciencia y fue tan grande su coraje que explotó diciendo al Rabino que era imposible recoger todas las plumas; “unas puedo, pero todas imposible, muchas de ellas el viento las llevó a otras ciudades, otras se irán a los río, y los ríos las llevarán al mar y el mar, quien sabe a dónde las llevará”, no lo puedo hacer Rabino… es imposible. Esto es lo que esperaba escuchar le dijo: sí, tienes razón, es imposible recoger todas las plumas, así mismo es imposible recoger todos los chismes, el mal nombre y la habladuría habla, que usted hizo durante años en la comunidad y en esta ciudad y en otras, los mensajes y las mentiras que usted dijo han llegado a cualquier lugar del mundo, ha destruido hogares, formado peleas y divorcios entre otros. Ahora ¿cómo quieres corregir y perfeccionar todo el daño que has hecho?
De todas maneras dijo el Rabino al ex chismoso: reza a
D-s, arrepiéntete de corazón comienza el proceso, no
importa que sea largo, no importa que largo sea, suplica
a D-s con lágrimas, ya que ellas simbolizan el
arrepentimiento y él, seguro que te va orientar el
camino y la manera de perfeccionar tus acciones. |
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Un cuento de Januká
Conozca la
historia de Móishele y su Bar Mitzvá en la Fiesta de las
Luminarias. Esto ocurrió en la víspera de Januká, y casi
arruinó el espíritu de Januká de Móishele. No era éste
un Januká cualquiera, era el Januká de su Bar Mitzvá,
porque él había tenido la suerte de nacer en el Shabat
de Januká.
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Sobre cómo Israel quedó esclavo en Egipto -¡Rafael! ¡Rafael! — La voz retumbó como un trueno, no había enojo en ella.
—Sí Señor,
¿qué necesitas? — contestó el ángel, un poco agitado por
la prisa, al tiempo que se ponía en pie frente al trono.
Dios se
levanto de su estrado. Su magnífica figura se detuvo
junto al ángel, su brazo derecho rodeó el hombro del
joven de una forma muy paternal mientras su mano
izquierda señalaba hacia abajo. —Sí, por supuesto. Tú sabes que velo constantemente por su salud. Además me mezclo entre ellos adoptando forma humana y comparto el trabajo y las fiestas. — explicó Rafael con una sonrisa, orgulloso de su trabajo. — Muy bien, entonces dime: ¿Cómo se comporta Israel? ¿Me adora? ¿Levanta sus ojos pidiendo mi bendición? —Pues… Bien… Creo que… —titubeó el joven al tiempo que sus mejillas se sonrojaban. Comprendió rápidamente que las respuestas a esas preguntas ponían en evidencia el pecado de los israelitas. Rafael era generoso y puro de corazón. En la esencia de ser estaba el velar por la salud de aquellos que el Señor le había confiado, especialmente por los enfermos. Sintió pena y aflicción. —Mira, hemos pensado que ya es hora que los israelitas no sean bien vistos por los egipcios. Para ello tu misión será lograr que el faraón y sus ministros vean en nuestro pueblo un posible enemigo. Que el miedo a ello los impulse a imponerle trabajos pesados, tratarlos como sirvientes, como esclavos. Una palidez mortal tiño la piel del arcángel. Permaneció inmóvil, lleno de estupor. Una lágrima pura y cristalina como un diamante descendió lentamente por su mejilla fría. Una espada filosa había atravesado el alma de Rafael. ¿Cómo podría ser que ese pueblo fuera destinado a semejante sufrimiento? ¿Habría dejado de ser la nación elegida?.
Reponiéndose
apenas a semejante golpe, con poquísimas gotas de
aliento que aún guardaba en su corazón ensayó un tímido
alegato El Señor de los Cielos y la Tierra, en su eterna misericordia, amó más que nunca a Rafael. Conmovido, quizás, por ese corazón noble y generoso, le regaló una tierna mirada que, como un bálsamo de aloe, alivia el dolor de las heridas, heridas que solo sana el amor. Como dulce melodía brotaron las palabras de la boca del Altísimo. —Hijo mío, has dicho bien. El pueblo al que yo amo no debe ser esclavo. Pero piensa por un momento ¿No será que Israel ya ha sido esclavizado por los hijos del Nilo? ¿No han sucumbido bajo sus falsos dioses y han dejado de alzar sus manos invocando mi auxilio? ¿No se han entregado, como lo hacen los egipcios, al culto de los placeres de los sentidos? Ahora dime: ¿Podrías decir que este pueblo es realmente libre? — Se detuvo por un instante para permitir que su servidor buscara las respuestas a todos estos interrogantes. Que escrutara en su interior, las respuestas deberían estar a flor de piel, la cercanía del ángel con estos hombres era mucha. Viendo Dios que comprendía, que sus ojos translucían el sufrimiento de constatar la certeza de sus dichos, no quiso abandonarlo a la terrible agonía que le provocaba haber entendido que la voluntad del Señor era lo único que sacaría a Israel de la idolatría. Recitó con voz firme, poderosa, sabia, su oráculo— Permitiremos que la casa de Jacob sea sojuzgada. Haremos que sean plenamente consientes de su realidad, que sientan la necesidad de ser rescatados. Te prometo, entonces, que mi mano poderosa sacará a mi pueblo de Egipto y ese día será recordado de generación en generación, como el día en que mi heredad paso de la esclavitud a la libertad. Las aguas del Nilo bajaban cristalinas, bañando las orillas que rebozaban de vida por doquier. La abundancia de la vegetación podría considerarse desmedida con solo pensar que a metros de allí, se hallaban enormes desiertos, que como grandes monumentos funerarios, derramaban únicamente promesas de muerte. Los rebaños de vacas y ovejas disfrutaban la frescura de un baño bajo el cálido sol del mediodía. La humedad y la ausencia total de nubes sobre el límpido y celeste firmamento, combinaban sus efectos en una alquimia natural, para hacer de ese lugar una hoguera sofocante. La gente parecía no verse afectada por el agobio climático. La ciudad estallaba en un hormigueo frenético. Los mercaderes desgañitaban sus gargantas con la esperanza de convencer a sus ocasionales clientes de las bondades y beneficios que sus productos poseían, a la vez que luchaban por evitar que esos terribles niños que corrían jugueteando entre las tiendas echaran por tierra su preciosa mercadería. El caos de la metrópolis parecía abstraerse de la imponente arquitectura del palacio real, que se erguía colosalmente sobre un paradisíaco jardín a pocos metros de allí. Sobre la cima de una enorme escalinata emergía el edificio apoyado en una extensa hilera de pesadas columnas redondas, que dispuestas como guardianes pétreos sobre la entrada principal, hacían presumir la fortaleza y seguridad del edificio. Los grabados en bajo relieve de figuras y jeroglíficos conferían a los pesados muros un toque artístico singular. Las pequeñas ventanas dispuestas de manera regular no hacían más que acentuar la solidez del parapeto. El jefe de la guardia real entró en la sala mayor ubicada en el ala occidental del palacio. El faraón se hallaba meditando frente a la ventana. El efecto que producía el contraluz sobre su torneado cuerpo, dibujaba en aquella figura la imagen de un coloso, un guerrero temible.
—Mi Señor
—se anunció con tono protocolar. —Como se atreve…—gritó, aunque contuvo su ira—. Hazlo pasar. Un hombre de gran estatura entró segundos después en la sala. Su aspecto era impresionante. Sus cabellos blancos como la nieve caían suavemente sobre sus hombros. Su larga barba modelaba en él un semblante pleno en sabiduría. Su rostro poseía un resplandor único, casi angelical, aunque una expresión severa predominaba en su mirada. Su túnica de fino lino blanco con bordados dorados y plateados denotaba la realeza de su linaje. Avanzó sin titubeos. Valiente. Seguro de sí mismo. Atravesó el amplio salón hasta quedar cara a cara con el faraón. —¡Ya te he dicho que no me molestes más! — arremetió el faraón sin esperar la palabra del visitante. Su visible nerviosismo contrastaba con la serenidad del hebreo. Sentirse disminuido ante él hacía que su sangre hirviese. Quería mostrarse dominante, pero sucumbía ante la personalidad de aquel hombre. Percibía su inminente fracaso. —¿Hasta cuando te resistirás a humillarte ante mí? —dijo el anciano. Había notado la debilidad del egipcio y asestaba una estocada directa a su orgulloso corazón. No estaba dispuesto a concederle terreno, dejar que recuperara la fe en sí mismo. El soberano, herido en lo más profundo de su ser, no pudo soportar esa terrible humillación. Enceguecido por el bochornoso desplante, ensayó una última e inútil arremetida— ¡Basta! ¡Retírate de mi presencia! ¡Guárdate de volver a ver mi rostro. Pues el día en que veas mi rostro morirás! —¡Tú lo has dicho! No volveré a ver tu rostro. Pero escucha esto: nueve hombres te envié, nueve desgracias han traído a tu imperio. Uno más enviaré. Gran aflicción causará a tu alma y a tu pueblo, pues les quitará lo que mas aman. Y esto no será todo. De oro, plata, vestidos y ganado serán despojados— sentenció el hebreo y se retiró de la presencia del faraón. Siete días después el décimo hombre se presentó ante el soberano y le dijo— Hoy se completa la profecía. Ni tus oídos ni tu corazón han querido escuchar ni ver las advertencias que se te han hecho. Por eso hoy se te ha quitado lo que más amas—. Sin agregar palabra alguna, se marchó misteriosamente, tal como había llegado, tal como sus anteriores nueve predecesores. El faraón se retiró a sus aposentos, confundido por las palabras del extraño visitante. Caminó cabildante por lo salones y pasillos de palacio. Al ingresar a la sala de recepción, se extrañó del silencio sepulcral del lugar. Su ansiedad creció. Su respiración se hizo dificultosa. Un frío mortal recorrió todo su cuerpo. El faraón comprendió de pronto, de que se trataba la amenaza de aquel hombre. Se apresuró a atravesar el amplio corredor que lo separaba de la recamara real. Pasó sin prestar ninguna atención a los guardias apostados al comienzo del pasillo. Desapareció tras el umbral de la puerta. Segundos después, un grito desgarrador quebró el silencio del edificio. —¡Hijo mío! ¡Despierta, hijo mío! ¡No! ¡No puede ser verdad! ¡No puedes estar muerto! Kamutef se despertó agitado. Su cuerpo estaba cubierto de transpiración. Una angustiante sensación de pavor, como una garra implacable, oprimía su corazón. Giró su cabeza en todas direcciones. No se detuvo hasta comprobar que estaba sentado en su cama, que el mundo que lo rodeaba era apenas su habitación. Se relajó. Comprendió que todo había sido un sueño, un horrible e incomprensible sueño. Se apresuró a tomar un baño, el faraón Seti I había convocado a una audiencia urgente en el palacio. Revestido con su mejor traje de gala, partió hacia su destino. Sus pensamientos, durante el trayecto, no pudieron apartarse de aquel sueño. ¿Tendría algún significado? ¿Porqué el faraón convocaba a esta audiencia? ¿Habría relación entre una cosa y la otra? El lugar elegido para la reunión era el salón Anubis ubicado en el ala septentrional del palacio. Sus muros se encontraban sobriamente adornados con figuras de la diosa y otras, dedicadas a viejas y gloriosas batallas. Un número de aproximadamente veinte ministros discurrían fervientemente acerca de cuál sería el motivo de la repentina convocatoria, al tiempo que sonaban las trompetas que anunciaba la llegada del faraón. Un silencio respetuoso y una ansiedad contenida acompañaron la entrada majestuosa del soberano de Egipto. Seti I se ubicó en el trono tallado de una sola pieza de un finísimo mármol blanco traído del centro del África, adornado bellamente de rubíes y esmeraldas. De gran inteligencia, el faraón tenía la especial habilidad de conocer cada detalle de lo que ocurría a su alrededor. De físico delgado, rostro alargado, nariz aguileña y mirada inflexible, imponía autoridad con su sola presencia. Sus ojos hicieron un rápido reconocimiento de la asamblea. Constató con agrado que todos sus consejeros se hallaban presentes. Era sabido el disgusto que provocaba en él las ausencias y retrasos. Ninguno de los allí presentes hubiera querido sufrir las consecuencias de ello. Seti reflexionó por breves instantes. Buscaba las palabras exactas para comenzar su alocución. Por fin, al cabo de un par de minutos, emitió un pequeño carraspeo para anunciar el comienzo de la sesión. —La tierra en la que vivimos ha sido bendecida por los dioses. La abundancia colma nuestros graneros. Poseemos ganado para alimentar tres veces la cantidad de habitantes de nuestra nación. El comercio, el de mayor importancia en todo el mundo, aumenta la grandeza de Egipto. Nuestro ejército valiente, eficiente, profesional y magnífico, ha sabido protegernos de las aves de rapiña que acechan nuestras riquezas. Las palabras del faraón no guardaban ninguna clase de egolatría ni vanagloria. Cada uno de los puntos enumerados se correspondía con la realidad. Los gestos de aprobación en los rostros de los ministros, lo invitaron a continuar con el desarrollo de la idea. —Como les he dicho, difícilmente un enemigo, por más poderoso que fuese, podría invadir nuestro país. Sin embargo, creo yo, que tenemos un enemigo potencial mucho más cerca de lo que creemos, una cuña del mismo palo colocado entre sus ramas. El peligro no se encuentra puertas afuera de nuestras fronteras, sino más bien, convive con nosotros—explicó Seti. Las expresiones de los oyentes eran ahora de sorpresa, de confusión. Un intenso cuchicheo dominó la sala de audiencias. ¿A quién se referiría Seti? ¿Cómo es que no se habían dado cuenta hasta ese momento? ¿Habría una rebelión interna que desconocían? Kamutef sintió como si le hubiesen arrojado un balde de agua helada. Su corazón se paralizó. Sus manos se volvieron temblorosas como una hoja al viento. Su boca de pronto estaba seca y su respiración forzada. Sabía perfectamente a quién se refería el faraón y que es lo que sucedería. El sueño de pronto se volvió como un mazo gigante que lo golpeaba lleno de realidad. No pudo emitir palabra alguna. Su lengua permaneció pegada al paladar, tanto por el espanto, como por la incredulidad. Además, debía estar seguro, que no sería tomado por loco o estúpido y fuera el hazme reír de la sala. —Hace muchos años unos pocos hombres llegaron a esta tierra. Durante su estadía han crecido en número. Aquellos pocos son hoy un pueblo enorme. Un pueblo que comparte nuestro suelo, nuestras riquezas. Un pueblo que tiene un dios ajeno a los nuestros— aseveró Seti y continuó formulado su hipótesis— ¿Qué pasaría si Israel decidiese complotarse con uno de nuestros enemigos? El murmullo se transformó en griterío. La discusión estaba planteada sobre tres opiniones bien diferenciadas: los que estaban de acuerdo con la posibilidad de un complot. Los que tenían una visión totalmente opuesta porque conocían o convivían con los hebreos y los creían incapaces de semejante traición. Y los que estaban confundidos, o no tenían una idea formada. Kamutef era uno de estos últimos. Sin embargo, la sensación de veracidad del sueño lo impulsó a levantarse y pedir la palabra:
—Mi Señor.
Quisiera yo contar, si es de vuestro agrado, un sueño
que he tenido esta madrugada—.Se detuvo esperando una
señal de aprobación. —Creo yo, que de acuerdo a vuestras palabras, este sueño podría tratarse de un presagio, una visión del futuro —explicó Kamutef con un poco de nerviosismo. No estaba seguro de cómo podría se recibida la exposición de lo sucedido durante su descanso nocturno. Una gota de sudor corrió raudamente por su patilla deslizándose hacia el cuello. Su paladar parecía el desierto mismo. Con visible dificultad, pero sin olvidar detalle alguno, contó su misterioso sueño, poniendo especial énfasis en el dialogo entre el hebreo y el faraón. Las palabras de Kamutef, lejos de ser motivo de burla fueron como aceite arrojado sobre la llama de un candelero. La indignación y la bronca dominaron rápidamente la asamblea, algunos pocos intentaron una tibia e inútil defensa del pueblo israelita. La narración del sueño, había volcado la balanza a favor de aquellos que creían en la posibilidad latente de una conspiración. La efervescencia de la reunión había llegado a su punto máximo. Seti llamó a la calma con un ademán de su mano derecha. Luego de recuperado el orden y el silencio en la habitación dijo: —Kamutef no ha hecho otra cosa que confirmar mi presentimiento —.Con el seño fruncido, interrogó a sus consejeros— ¿Qué creen ustedes que debemos hacer para evitar este terrible presagio? —Señor, humildemente, considero que este pueblo debe ser expulsado inmediatamente de Egipto —se adelantó a proponer Amnitep. —¡No! ¡No!, de ninguna manera deberán abandonar nuestro país. Debemos aprovechar su gran número para utilizarlo en todos los trabajos duros que nuestra gente no realiza. ¡Sí! Yo pienso que debemos hacer de cada hebreo un esclavo —opinó Kipnot con cierto grado de malicia, que sus ojos no pudieron ocultar. —¡Sí! ¡Esclavos! ¡Merecen la esclavitud! —se oyó de entre los egipcios. El consenso a esta altura era unánime. El faraón con su aplomo habitual y la tranquilidad que le brinda su madurez e inteligencia se puso de pie. Caminó de derecha a izquierda lentamente y en silencio. Su mirada estaba clavada en el piso. Buscaba hilvanar y hacer más nítidos sus pensamientos. De tanto en tanto un gesto de fastidio, provocado por la ruidosa charla de los ministros, brotaba de ese rostro anguloso. De pronto se detuvo. Una sonrisa complacida transformó la severidad de su expresión. Se irguió como un guerrero gigante. Su pecho se infló como el de un león imponiendo el respeto frente a su manada. Se lo veía desafiante. Decidido. Soberbio. —Estoy de acuerdo con la idea de esclavizar a este pueblo. Sin embargo, creo que sería demasiado peligroso imponerles este castigo abiertamente, podríamos desencadenar la rebelión que estamos tratando de evitar. También nuestro propio pueblo, que ha aprendido a querer a los israelitas, podría ponérsenos en contra. Deberemos ser muy prudentes y astutos—dijo con vos pausada. Las palabras del faraón impactaron de lleno sobre el auditorio. Todos comprendieron el peligro que significaba cualquier decisión errónea. Claro está que Seti, ya tenía la solución del problema, simplemente quería lograr la reflexión de los presentes y que sus mentes estuvieran preparadas para escucharla. —Haremos que extraigan y tallen piedras de nuestras canteras. Que cocinen ladrillos. Que con ellos construyan pirámides, templos y murallas. Que abran canales de riego. Que labren nuestra tierra y cuiden nuestro ganado. Lentamente iremos desgastando su salud y su voluntad. Los arduos trabajos no dejaran vigor en ellos para procrearse. Disminuirán en número y dejarán de ser una amenaza para nuestro imperio. Los consejeros no comprendían, no había nada de original en las palabras del faraón. Era claro que de esa manera, se esclavizaba a Israel, pero el peligro de la reacción no estaba solucionado. Pero Seti había guardado hábilmente su estocada para el final: —Pediremos a los israelitas que, voluntariamente, nos ayuden en estas tareas. No como esclavos, sino como obreros. Argumentaremos la necesidad de hacer grande nuestra nación, de mejorar la seguridad y la economía. Formaremos grupos de trabajo, cada uno estará bajo el mando de un capataz hebreo y varios capataces estarán bajo la supervisión de inspectores egipcios. En un principio, recibirán una paga acorde con los trabajos realizados mientras que los capataces guardaran las comodidades de sus vidas. Luego iremos imponiendo mayor cantidad de horas a las jornadas laborales y las tareas serán más y más arduas. Finalmente, sin darse cuenta, terminarán siendo esclavos. La brillante idea del faraón dejo perplejos a todos y de inmediato manifestaron, con gran júbilo, su apoyo a la misma. —Me alegro de que estén de acuerdo con este plan. Mañana mismo convoquen a todo el pueblo de Israel a la plaza, frente al palacio. Yo daré un discurso para convencerlos de que nos brinden su apoyo en estas tareas —. Dijo el faraón complacido, por la resolución a la que había llegado la audiencia. Unas tres horas después del mediodía del día siguiente, una multitud de hebreos se había dado cita a las puertas del palacio, respondiendo a la convocatoria del soberano egipcio. Hombres, mujeres y niños esperaban con ingenuidad y alegría las palabras del faraón. En un balcón, ubicado sobre la entrada principal, desde el cual toda la gente reunida podía divisar y escuchar sus palabras, se asomó la figura imponente de Seti, provisto de su corona y de los adornos habituales en este tipo de ceremonias. Su piel dorada brillaba con el fuerte sol de la tarde. Su aspecto de hombre duro era menguado por una falsa expresión de bondad en su rostro. Alzó sobre su cabeza los bastones reales que sostenía en cada mano y la multitud hizo silencio para escuchar el motivo de la llamada a la plaza. —Queridos amigos, queridos hermanos. Los he convocado para solicitarles, en consideración a la hospitalidad que han recibido del pueblo egipcio, su colaboración para hacer de este país la nación más grande y poderosa de la tierra. Construir murallas que eviten el ataque de los pueblos enemigos, edificios para los asuntos de gobierno y templos para agradecer a nuestro dioses. Cada uno de ustedes recibirá en compensación un justo salario, que les ayudará a vivir con abundancia. —el engaño había comenzado y ahora debía ver si el pueblo hebreo había tragado el anzuelo. —¿Cuento con vuestra colaboración? —preguntó el faraón. Los israelitas, que no imaginaban que detrás de estas lindas palabras se escondía un engaño, respondieron afirmativamente y a viva voz al pedido de Seti, quién sintió el gozo de ver como su plan comenzaba a hacerse realidad. Desde los confines del firmamento celeste, la voz del altísimo sonó satisfecha por el trabajo realizado por el arcángel: —Muy bien por ti, Rafael. Has cumplido con mi mandato a la perfección. Ya está en camino la liberación más grande que tenga la historia de salvación del hombre y que solo será superada, en la plenitud de los tiempos, por la redención de la raza humana. El ángel no pudo disfrutar del halago recibido, su corazón estaba partido. El sufrimiento que en poco tiempo su amado pueblo debería soportar, le producía un profundo dolor. Ahí quedó inmóvil mirando hacia Egipto. Durante días y días sus lágrimas rociaron la frondosa tierra del Nilo. El cielo permaneció todo ese tiempo de un penoso color gris. Una triste canción broto de sus labios. Cuentan nuestros padres, que en los días de mayor aflicción, creyeron escuchar una melodía que se hacía presente con el viento y que consoló las almas de toda la estirpe de Jacob durante cuatrocientos años. Fuente: BibliotecasVirtuales.com
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La Quinta Noche por Yanki Tauber Uno de los legendarios soldados del ejército de maestros y activistas del Rebe de Lubavitch, que mantuvo vivo el judaísmo en la Rusia Comunista durante los oscuros años de la represión fue Rabí Asher Sosonkin, quien pasó varios años en los campos de trabajo forzado por sus actividades "contrarrevolucionarias". En uno de esos campos, se hizo muy amigo de un judío de nombre Nájman Rozman. En su juventud, Nájman había abandonado la vida tradicional judía, para unirse al partido comunista. Sirvió en el Ejército Rojo, donde alcanzó un alto rango; pero debido a un negocio ilegal, fue arrestado y condenado a permanecer por un largo período en un campo de trabajo forzado en Siberia. Rozman se acercó al jasid que le reavivaba memorias de su hogar y de la vida perdida. Con la ayuda y el aliento de Rabí Asher, comenzó a retornar a la observancia judía, bajo condiciones en las que, comer casher, evitar trabajar en Shabat o encontrar un momento para la Plegaria, significaban hambre, repetidos castigos y un peligro constante. Un invierno, cuando Janucá se acercaba, Rabí Asher reveló su plan a Nájman: "Conseguiré unas latas vacías de comida- cuánto más pequeñas mejor- de forma que nos sea más fácil ocultarlas. Guardaremos la mitad de nuestra ración diaria de margarina durante las próximas dos semanas, y la usaremos como aceite. Podremos hacer mechas con las hilachas que cuelgan de nuestros abrigos. Cuando todos duerman, encenderemos la Menorá debajo de mi litera...". "¡De ninguna forma!- gritó Nájman Rozman- "Es Janucá, el festival de los milagros. Llevaremos a cabo la mitzvá de la manera en que debe hacerse. No usaremos una lata oxidada sacada de la basura, sino una verdadera Menorá. Y la encenderemos con auténtico aceite, en el lugar y momento apropiado. Poseo unos rublos que usaré para pagar a Igor, que trabaja en el taller metalúrgico; también hay gente que me debe favores en la cocina..." Unos días antes de Janucá, Nájman mostró -triunfal- a Reb Asher la Menorá que había conseguido. Un poco rudimentaria, pero indiscutiblemente una Menorá "de verdad", con ocho vasos para el aceite y un vasito preparado en otra altura para el Shamash (vela piloto). La primer noche de Janucá, colocó la Menorá en un banco, en la puerta de entrada que separaba el salón principal de su barraca. Llenó el vasito con aceite y juntos, ambos judíos, recitaron las bendiciones y encendieron la primer luminaria. Esa noche, el encendido se llevó a cabo sin inconvenientes. Como si se tratara de una regla, los prisioneros del campo no se delataban unos a otros, y los hombres de esta barraca ya estaban acostumbrados a las prácticas religiosas de estos dos judíos. La quinta noche de Janucá, justo en el momento en que Reb Asher y Nájman encendieron las cinco luminarias, un silencio se propagó por toda la barraca. Los prisioneros quedaron congelados en sus lugares, mientras sus ojos se dirigían a la puerta. Allí estaba parado un alto oficial del comando del campo.
Este tipo de
sorpresas siempre infundía terror en el corazón de los
presidiarios. Normalmente el oficial repartía severos
castigos por delitos como el de poseer un cigarrillo
oculto, o un pedazo seco de pan. "Pronto, arrójala a la
nieve" sollozaban los reos. Pero el oficial ya se
encontraba del otro lado de la puerta, y avanzaba
directamente hacia los dos judíos que aún estaban
parados al lado de la Menorá encendida. Entonces, se dirigió a Reb Asher. "¿P'yat? (¿Cinco?)" preguntó. "P'yat" respondió el jasid.
El oficial
se dio vuelta y salió de la habitación, sin pronunciar
una palabra.
Fuente:
Jabad
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La sabiduría de un niño
Esto ocurrió en la ciudad de Vilna antes de haber sido estructurada totalmente. El rey vio en ese sitio, el lugar apropiado para construir su ciudad.
Pero antes
de hacer nada envió a llamar a los sacerdotes y
astrólogos para preguntarles que será de esta ciudad en
el futuro, si prosperará. Y con la condición que lo entregue su madre como sacrificio voluntario y alma plena para este fin. El rey ordenó hacer correr la voz en todas las provincias de su reinado, para hallar a una voluntaria que desee donar a su hijo para estructurar sobre él la ciudad, "pues esto salió de boca de nuestros dioses". Pasaron varios días y no hallaban a una madre que posea un hijo único y pretenda darlo de voluntad para el fin requerido. Pero finalmente, llegó una señora que venía de los confines del reinado con su hijo único de doce años de edad, y estaba dispuesta a donarlo para cumplir con lo que predijeron los sacerdotes y astrólogos para que la ciudad que allí se construirá prospere. Entonces fijaron una fecha para la ceremonia que se realizaría en medio de una gran fiesta. Mucha gente llegó al lugar para contemplar el sacrificio del hijo único para que la ciudad prospere. Y también vinieron los principales gobernantes y príncipes de la nación. Y fue en el preciso instante en el que el niño estaba siendo preparado para cumplir con lo ordenado por los astrólogos y sacerdotes, que este se dirigió al rey y le comunicó: "señor rey, yo no creo que esta cosa mala que se disponen a realizar sea la voluntad del dios. Pero tus astrólogos dijeron que eso vieron. Yo quiero demostrar según un razonamiento lógico y de justicia que tus astrólogos no comprendieron bien la voluntad del dios y se equivocaron en la interpretación. Por eso te solicito que me permitas realizarles tres preguntas a los sacerdotes que miran en las estrellas. Y será que si logran responder con sabiduría mis preguntas, y hallan la solución para ellas, a pesar que soy joven, aceptaré que comprendieron la voluntad del dios y cumpliré con lo ordenado en silencio y sin protestar". El rey respondió: "Que se haga como dijiste".
El joven se
dirigió a los sacerdotes que miran en las estrellas y
les formuló las siguientes preguntas: Finalmente respondieron y dijeron: "Lo más liviano de la tierra es la pluma, lo más dulce, la miel y lo más pesado, la roca". Y cuando concluyeron, miraron hacia el público con mostrándose como triunfantes. Y todos los presentes creyeron que los sacerdotes que miran en las estrellas respondieron con sabiduría y de manera acertada las preguntas del niño. El rey entonces preguntó al muchacho: "¿Qué piensas sobre las respuestas?". Y el joven respondió con una sonrisa en su rostro: "Tus sacerdotes no comprendieron mis preguntas, y no hallaron a las mismas respuesta. A pesar que yo, quién habla soy solo un muchacho, ¿cómo entendieron las palabras del dios y su voluntad?. Si yo no soy ningún torpe como para preguntar de una persona sabia cosas que se encuentran reveladas y son naturales que cualquier persona puede apreciar?, ya que todos saben que la pluma es muy liviana, y todos saben que la miel es dulce, y todos saben que la roca es pesada, ya que son estas cosas que se notan y se sienten a través de los sentidos, porque así fueron creadas desde un principio, y no es digno preguntar eso a los sabios. Por eso yo pregunto sobre las cosas que no son de esa clase, y existe algo que es verdaderamente pesado ante los ojos de quienes lo ven, y con todo eso es muy liviano si se lo mide mentalmente. Así, hay una cosa que a la vista no es dulce, pero es muy dulce si la medimos mentalmente. Y así hay una cosa que es a la vista blanda, pero en verdad es muy dura según la medición que podemos realizar con la mente, y sobre estas preguntas la respuesta es: He aquí lo más liviano de la tierra es un niño, el cual es además hijo único que lo carga su madre sobre sus brazos, ya que a pesar que es pesado a simple vista, por el gran amor que siente por su niño, esta no siente el peso en absoluto y es como si no lo cargara sino que es como que él la carga a ella, así le parece a la madre por el fuerte lazo de amor que la une a su hijo único, y esto se ve solo a través de una medición mental. Y lo más dulce que hay sobre la tierra es la leche de la madre que da a su hijo, ya que en verdad la leche es un tanto ácida, y esa acidez se anula y no es sentida por el bebé que se amamanta de su madre, es más, el bebé no hallará en el mundo cosa más dulce que la leche de su madre, y esto lo medimos de manera mental, porque como dijimos, la leche en si es un tanto ácida a simple vista. Y lo más pesado de todo es el corazón de una madre que se dispone a sacrificar el fruto de su vientre, su hijo único". Se sorprendieron todos los que escuchaban por las palabras del joven y de su sabiduría con la que halló preguntas que muestran según la comprensión del intelecto sobre su asunto que se relaciona con la situación en la que se encuentra. Y con estas respuestas se comprobó que las palabras de los sacerdotes que miraban las estrellas eran vanas. Y todo el público clamó diciendo que los sacerdotes astrólogos erraron la interpretación, y también el rey opinó lo mismo, por lo que el niño fue liberado y devuelto a su madre.
Fuente:
JudaísmoVirtual |
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El portero del prostíbulo
No había en
el pueblo un
oficio peor
conceptuado
y peor pago
que el de
portero del
prostíbulo.
Pero ¿qué
otra cosa
podría hacer
aquel
hombre? |
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¡Coma!
Una nieta habla con su abuela por Judy Doobov Después de sufrir un ataque cardíaco severo en 1973, mi abuela se hundió en un coma profundo y fue puesta en los sistemas de apoyo de vida del hospital. Su electroencefalograma era totalmente el plano, indicando cero actividad del cerebro. Estaba conectada a un marcapasos que hacía latir su corazón artificialmente y a un respirador que hacía que sus pulmones respiraran artificialmente. Pero técnicamente, como me dijeron los doctores en privado, ella estaba básicamente como muerta. "Nunca saldrá del coma" dijeron "sería mejor para ella librarse de esto. Si continúa así, su vida carecería de sentido. Viviría en un estado completamente vegetativo". Aunque ella estaba por los mediados de sus setenta y había vivido una vida plena, me negué a creer que mi querida abuela simplemente pudiera marcharse así. Era muy alegre, demasiado vital para desaparecer simplemente en un coma. Mi instinto me dijo que empezara a hablar con ella y seguí así, charlando por largos ratos. Me quedé al lado de su cama día y noche. Le hablé todo el tiempo acerca de mi marido y nuestros dos niños pequeños, sobre otros parientes, sobre su propia vida. Le conté todas las noticias que estaban circulando en Australia en ese momento. También seguí instándole para que siguiera aferrándose a la vida, y no rendirse. "No te atrevas a dejarnos!" exhorté. "Te necesito, mi Mamá te necesita, tus nietos te necesitan. Ellos están empezando a conocerte. ¡Es demasiado pronto para que te vayas!" Era duro para mí luchar por la vida de mi abuela, sola. Durante el tiempo que cayó enferma, yo era el único pariente en Sydney. Su hija (mi madre) estaba lejos, en el extranjero en un viaje, y mi único pariente—un hermano—vivía en Israel. Mi marido estaba en casa cuidando a nuestros niños, para que yo pudiera tomar mi puesto al lado de su cama. Resistí una vigilia solitaria, pero no era eso lo que ejercía una tremenda presión sobre mí. Lo que era enormemente difícil era que se me pedía que tomara las decisiones sola. La carga emocional era grande. Cuando pasaron cuatro días sin señales de vida que fluctuara en los ojos de mi abuela o sus manos, y no se registró ningún cambio en el electroencefalograma, los doctores me aconsejaron que autorizara los papeles para que apagaran los sistemas de apoyo de vida. Temblé de sólo pensar que tenía el poder de depositar tempranamente a mi abuela en su tumba. "Pero ella ya ha muerto" los doctores insistieron. "Está manteniéndose artificialmente viva a través del marcapasos y el respirador. Mantenerla unida a estas máquinas simplemente es un desperdicio." "Bien, escuche," dije. "Es jueves de tarde, y en la religión judía acostumbramos a enterrar a las personas de inmediato. Mis padres están en el extranjero- prácticamente a dos días de viaje—y ellos querrían estar aquí para el funeral. Pero nosotros no hacemos los entierros en sábado, el Shabat judío. Como más temprano, podríamos hacerlo el domingo. Así que permítanme llamar a mis padres para conseguir que logren volar de regreso a casa, y entonces el domingo firmaré los papeles". Era todo muy frío y calculado, pero en lo más profundo, mi corazón se estaba partiendo. Entretanto, no me permití paralizarme. Seguí hablando cual una tormenta, mientras discutía los temas difíciles, charlaba sobre lo mundano. "¿Adivina qué, Abuela?" chismorreé. "¡No creerás quién terminó siendo tu compañera de cuarto aquí en el hospital! ¡Stringfellow! La vecina de tu casa. La señora Stringfellow fue traída en serias condiciones. ¿No es una coincidencia? ¡Ella es tu vecina en Sydney y ahora es tu compañera de cuarto aquí en el hospital!" El sábado, estaba en mi puesto usual al lado de la cama de mi abuela, preparándome para empezar una serie de adioses llorosos, cuando noté que sus ojos pestañeaban. Llamé a una enfermera y le dije lo que había visto. "Es simplemente su imaginación, querida," dijo compasivamente la enfermera. "¿Por qué no va abajo por un poco de café? Yo me quedaré con ella hasta que usted regrese" Pero cuando volví, la enfermera estaba rebosando de entusiasmo. "Sabe," dijo, "pienso que usted puede tener razón. He estado sentada aquí mirando a su abuela, y podría jurar que le vi pestañear, también." Después de unas horas los párpados de mi abuela se habían abierto. Me miró fijamente y entonces levantó su cuello para mirar hacia la cama vacía en el otro lado del cuarto. "¡Eh!" gritó, "¿Qué pasó a la Sra. Stringfellow?" Cuando mi madre llegó al hospital al día siguiente, mi abuela estaba sentada en la cama, conversando alegremente con el personal del hospital, y pareciendo absolutamente normal. Mi madre me miró, fastidiada, segura de yo había exagerado la condición de mi abuela. "¿Para esto tuve que regresar de urgencia a casa"? preguntó. Después, mi abuela me dijo que mientras estaba en "coma" había oído cada palabra que se dijo a ella y acerca de ella. Repitió todas las conversaciones, y su retención era notable.
"Yo te
gritaba"
dijo, "pero
de algún
modo tú no
me oías.
Intentaba
decirle: ¡No
me entierren
todavía!"
Fuente:
Jabad |
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La confesión del moribundo
"El sacerdote, quien había tomado su confesión final, empalideció. ¿Había sucedido un milagro?" por Yerachmiel Tilles “¡Agua!”, el inválido pidió con voz susurrante. Los médicos asombrados, que habían dado al hombre inconsciente por muerto, quedaron congelados al oír su voz de vuelta. El sacerdote, quien había tomado su confesión final, empalideció. ¿Había sucedido un milagro? Los doctores rápidamente iniciaron tratamiento. Durante horas estuvieron atendiéndolo en su lecho. Finalmente, vieron signos claros de cambio positivo en su condición. Por la noche, fueron capaces de declarar que su situación no era más crítica. Estaba fuera de peligro. Durante varias semanas, el hombre, llamado Bagalo, continuó muy débil, y los doctores le prohibieron enrolarse en cualquier actividad regular. Finalmente, recobró completamente las fuerzas. ¡Cualquier rastro de la enfermedad había desaparecido por completo! Toda España respiró de alivio ante la recuperación de Bagalo. Él era uno de los consejeros de confianza más cercanos del Rey, con una fuerte reputación de honestidad e inteligencia. Al Rey le gustaba mucho consultarle, tanto, que había crecido para ser una de las personalidades más importantes de la Corte Real. Sus consejos sobre temas económicos eran valorados especialmente por el Monarca. Más de una vez, sus sugerencias habían resultado de gran ayuda para el Reino y para la vida diaria de la gente. El Rey consideraba a Bagalo como si fuera un Mago Financiero, y no demoraba en expresarle su aprecio, regalándole costosos regalos y dinero. A pesar que todos eran conscientes de la gran sabiduría de Bagalo y lo alababan por ello, nadie sabía que él en realidad era un judío. Éste era su gran secreto. Él provenía de una familia de conversos, un Anús (“forzado”), un “Marrano”. Su status católico, era solo una apariencia. Por dentro, él se comportaba como tenía que hacerlo, y continuaba observando todos los preceptos en secreto, a escondidas. Más adelante, sin embargo, no tuvo mucho más que ocultar. Mientras que antes él podía hacerse un tiempo para la observancia de los preceptos y hasta incluso para estudiar Torá, su nueva prominente posición en la corte le consumía virtualmente todas sus horas. Ya no tenía más tiempo para rezar o estudiar, y hasta incluso para cumplir con los mandamientos. Su Judaísmo permaneció solo en la “creencia”, su fuerte fe interna en Di-s y en Su pueblo. Cada tanto, cuando estaba solo, un pesado suspiro traspasaba sus labios. ¡Cómo extrañaba el Shabat y las festividades Judías, y de hecho todos los preceptos! ¿Cómo pudo permitirse alejarse tanto? Pero tales pensamientos solo duraban unos momentos. La pesada presión de su trabajo, le volvía a quitar tiempo de sus pensamientos. Así, el condujo su vida, hasta que cayó gravemente enfermo. Los médicos más competentes de la Corte habían sido llamados para cuidarlo. Le habían dado las mejores medicinas y tratamientos, según la orden del Rey, sin importar su costo, pero nada ayudó. Cada vez estaba más y más débil, hasta que finalmente los doctores sintieron que no tenían otra opción más que declarar que se trataba de un caso sin solución. Se llamó a un sacerdote importante. Luego llegó la milagrosa recuperación. Después de cierto tiempo, nadie recordaba lo enfermo que había estado. Nadie, excepto él. Él se acordaba muy bien lo que había sucedido; él sabía y se lo guardaba para él lo que los médicos más expertos jamás sabrían. Un día, Bagalo llamó al sacerdote que había tomado su confesión. Lo llevó a un cuarto privado, cerró la puerta tras él y bajó las cortinas. Se sentó frente al sacerdote y lo miró fijamente a sus ojos. “Recuerdo todo lo que has dicho cuando pensamos que yo moriría. Al final, luego de todas las plegarias, tú susurraste unas pocas palabras que no entendí. Aquellas palabras están grabadas en mi memoria, ¿Qué significan? El sacerdote tembló visiblemente. Su rostro cambió de color. Comenzó a tartamudear la respuesta. Viendo la angustia del sacerdote, que lo había dejado sin habla, Bagalo continuó: “Las palabras eran: “Shemá Israel Hashem Elokeinu Hashem Ejad” (“Oye Israel, Hashem nuestro Di-s es Uno”) ¿No es eso una plegaria Judía?” Todo el cuerpo del sacerdote tembló, pero no pudo emitir palabra alguna. “Así que, ¿Eres un judío?”, preguntó Bagalo. El sacerdote se sentó congelado, su rostro registraba una mezcla de asombro y terror que su secreto había sido descubierto por el consejero del Rey. “No temas; no te delataré”. Bagalo dijo gentilmente. “Sólo dame tu palabra de honor que dejarás de lado estos encantamientos Hebreos”. “¡No!”, rugió el sacerdote. “Prefiero morir como judío. Ya basta de esta doble vida. Este es el momento de la verdad”. Ahora que se había recuperado, las palabras surgieron rápidamente de sus labios. “Estoy preparado para morir, pero como judío” “¡Mi hermano!”, Bagalo gritó, y lo abrazó con fuerza. “Yo también soy judío. Y ahora sé que estas verdaderamente apegado a la fe de nuestros padres. ¡Somos uno!” Su secreto compartido acercó mucho a estos dos hombres. Se revelaron sus vidas secretas. El sacerdote explicó que había entrado al clérigo por una sola razón: para poder susurrar las palabras “Shemá Israel” en los oídos de los judíos Marranos en su lecho de muerte, para que sus almas subieran puras. El consejero del rey relató que cuando estuvo frente a la puerta de la muerte, quería decir por lo menos el Shemá. Para su angustia, se dio cuenta que no podía recordar exactamente cómo era. Luego, de repente, escuchó esas sagradas palabras en su oído. Fue como si una ráfaga de viento lo hubiera despertado de su letargo y le hubiera devuelto a la vida. Cayendo en un sueño profundo, comenzó a soñar. Vio a un hombre mayor, que sonreía cálidamente y hablaba. Su voz era gentil y melódica. “Soy tu abuelo. Te recuperarás de tu enfermedad y vivirás, pero solo con una condición. Debes volver por completo a tu vida como judío. Por ello, debes abandonar este país. Ve a la Tierra de Israel. En tu salida, toma contigo los huesos de tu padre y dales un entierro judío allí”. Los dos amigos planearon su escape. Decidieron que Bagalo le diría al rey que durante su crítica enfermedad, él había jurado que si se recuperaba, él peregrinaría a la Tierra de Israel. Probablemente el rey no rechazaría dicho pedido. Muy posiblemente lo ayudara a cumplirlo. El sacerdote arreglaría la manera de rescatar los restos del padre de Bagalo, ya que el cementerio de la Iglesia estaba bajo su supervisión.
Así fue, que
pudieron
abandonar
España.
Luego de
varios
viajes
dificultosos,
los dos
Baalei
Teshuvá
(aquellos
que retornan
a la
observancia
del
Judaísmo),
llegaron a
la santa
ciudad de
Safed. Allí
se dedicaron
a una vida
de Torá y
cumplimiento
de las
Mitzvot. Con
el pasar el
tiempo,
ambos se
convirtieron
en completos
Tzadikim.
Fuente: Jabad
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El Despertador y el Perro Negro por Moshe Weber No hace mucho tiempo, Rabi Sholom Ierushalmi paseaba por las calles de Jerusalém todos los días- antes del alba- para despertar a los judíos de la ciudad, para que pudieran servir Di-s. Previamente, Rabi Berel Vikar, "El Despertador," había realizado esta tarea por veinte años. Luego pasó la tarea a su amigo, Rabi Sholom que heredó la profesión. Todas las noches excepto Shabat y Fiestas, Rabi Sholom se levantaba a medianoche, y recitaba Tikun Jatzot (Oración de luto-por-el-Templo) y la sección diaria de Salmos. Entonces, tomaba su linterna y caminaba por las calles de Jerusalém, cantando dulcemente: "Levántense, despierten; ahora. ¡El alba se acerca, debemos servir al Creador!" Primero, paseaba a través de la ciudad vieja. Después continuaba a través de las calles de Mea Shearim, Najlat Shiva y Iemin Moshe. Poco antes del alba, volvía a su sinagoga de la ciudad vieja, y oraba Shajrit. Nada lo detenía. Lluvia helada, el frío penetrante, o incluso el calor. Una madrugada, mientras caminaba por las calles, cantando como de costumbre, se encontró a un judío secular, sentado ociosamente en el umbral de su casa. Cuando Rabi Sholom pasó con inocencia y alegría- el hombre, molesto por la canción, se levantó y vertió un cubo de agua servida en su cara. Rabi Sholom continuó su camino, como si nada hubiese ocurrido. ¡Al otro día, el hombre falleció de repente!. Su familia no conectó su desaparición repentina con el ataque a Rabi Sholom. Dos días después, cuando Rabi Sholom estaba haciendo su ronda, encontró un monstruoso perro negro. El perro estaba sentado en los escalones donde, hacía tres noches, el judío ahora muerto había emboscado al rabino. Cuando pasó, el perro gruñó ferozmente hacia Rabi Sholom. Antes de que el rabino asustado pudiera reaccionar, el perro se detuvo de repente y se extendió a sus pies, lloriqueando ruidosamente. Rabi Sholom ignoró a la bestia. Continuó su camino, cumpliendo sus deberes. El perro lo siguió. "¿Qué hay de malo?" Rabi Sholom se dijo a sí mismo. "Es simplemente un perro- nada raro, nada para temer." La noche siguiente, cuando Rabi Sholom llegó a la casa del judío, el perro apareció nuevamente. Gruñó, desplegando los dientes afilados. Corrió hacia Rabi Sholom y arremetió, bramando un gruñido penetrante... Y de nuevo aterrizó delante de Rabi Shalom, y a sus pies, gimoteó incesantemente. Rabi Sholom siguió su camino, cantando, despertando a los judíos píos de Jerusalém de su sueño. Sólo después de que el perro volvió, día tras día, empezó a preguntarse: "Este perro debe tener alguna importancia". Resolvió ir al Beit Din (corte rabínica), informándolos de este peculiar y misterioso episodio. Al oír la historia, los rabinos del Beit Din expresaron su preocupación. Posiblemente Rabi Sholom no vio un perro -quizás era una alucinación. Rabi Sholom había previsto el escepticismo de los rabinos. Así que, previamente, había pedido a dos respetables estudiosos que lo acompañaran una noche. Ellos dieron testimonio del perro y su conducta. Los rabinos, aunque todavía escépticos, entrevistaron a la familia del judío difunto. Quizás el perro misterioso que aparecía cada noche se conectaba, de algún modo, a su pariente fallecido. La familia se rió de tal "disparate". Esa noche, sentado al lado de la ventana de su casa, uno de los hijos vio el perro negro. Burlonamente, gritó el nombre de su padre. Inmediatamente, el perro corrió hacia la ventana, gruñendo locamente. El hijo casi se desmayó de miedo. Perturbada, la familia volvió al Beit Din al día siguiente, e informó el evento. "Parecería" resolvió la corte, "que este perro se conecta al difunto. Desarrollaremos un 'plan de arrepentimiento' que la familia debe aceptar, rectificando el pecado del padre de la familia." El rabino principal del Beit Din, Rabi Mordejai Leib, buscó el consejo de Rabi Jaim. Éste- quién era anciano, débil y enfermo- raramente tomaba parte en los juicios de la corte. Pero Rabi Mordejai Leib fue personalmente a su casa, a pedir su consejo en este caso peculiar y confuso. Él pidió que Rabi Sholom relatara exactamente los eventos, sin exageración. Cuando Rabi Jaim entró en el Beit Din, los otros miembros de la corte lo saludaron con temor. La familia fue convocada inmediatamente. Rabi Jaim les dijo: "Vuestro padre, atacando a Rabi Sholom, cometió un acto malintencionado. Podría haber callado la voz de Rabi Sholom que despierta a los judíos de Jerusalém para servir al Creador antes del alba. Así que, a mi parecer, el Todopoderoso reencarnó su alma en este perro que también perturba los esfuerzos de Rabi Sholom." "Por consiguiente," ordenó Rabi Jaim, "hemos preparado un ' plan de arrepentimiento' para rectificar la situación. Esto librará el alma de vuestro padre. Como ustedes saben, Jerusalém está llena de casas de Oración y estudio de Torá y vuestro padre trató de interrumpir estas actividades. El arrepentimiento consistirá en: (1) pedir perdón a Rabi Sholom, (2) proporcionar bebida caliente cada noche para los que estudian en las casas de Oración, y (3) En invierno, deben proporcionar leña, para calefaccionar las sinagogas y casas de estudio. Así rectificarán el pecado." La familia aceptó el veredicto de la corte y el 'plan de arrepentimiento'. (De hecho, en épocas recientes, esta familia proporciona aún té y café a las sinagogas y casas de estudio de Jerusalém cada noche, así como el combustible para calentar los lugares en invierno).
La corte
rabínica,
después de
terminar con
la familia,
se dirigió a
Rabi Sholom.
"Rabi Sholom,
la próxima
vez que se
encuentre a
este pobre
alma
atrapada en
el perro,
diga: "¡En
nombre de
los rabinos
principales
de Jerusalém
y su corte
rabínica, ha
logrado ya
la
rectificación
de su alma,
y yo, Rabi
Sholom
Ierulshalmi,
lo perdono
completamente!"
La noche
siguiente,
Rabi Sholom
encontró a
la bestia en
el mismo
lugar. Él
interrumpió
su canción y
dijo al
perro, lo
que el Beit
Din le había
ordenado. El
perro
desapareció
al instante,
y nunca se
lo vio de
nuevo. Fuente: Jabad
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El Rebbe Meir de Premishlan
Hacía frío en la habitación pero el Rebbe no lo sentía. Él no sentía el frío porque estaba muy lejos, vagando con sabios y poetas de antaño, con príncipes caídos y sus hijos. Él no sentía el frío porque estaba soñando con la redención. "De prisa, D's de Abraham, Itjak y Yaakov. Tu paciencia ya no es una virtud. Tus hijos no lo soportan más. Míranos: estamos cansados, pobres, indefensos; Haz algo - y si no es por nuestra causa, entonces que sea por la causa de Tu Nombre!" Por siglos y siglos Maestros y discípulos han repetido estas oraciones a la misma hora, derramando las mismas lágrimas - y con los mismos resultados, o en realidad, con la misma falta de resultados. Sería Rebbe Meir de Premishlan más exitoso que el resto? Acaso era más digno que el resto? Él sabía la respuesta - era lo suficientemente humilde para saberla y, al igual que sus antecesores y sus posteriores, él decía los rezos, lloraba y finalmente se levantaba, listo para irse. Mañana sería otro día; más judíos vendrían y le suplicarían que intercediera en su nombre, más judíos depositarían su fe en sus poderes. De repente se oyó un golpe en la puerta. Ambos , el Maestro y el ayudante dejaron de leer, dejaron de respirar. Quién podría ser? Amigo o enemigo? Un emisario de diablo o su víctima? "Abre", dijo el Maestro a su ayudante. "Pero, Rebbe, no sabemos quién es!" "Abre! Puede ser alguien que precise ayuda. Una mujer enferma, quizás. Un prisionero escapando. No pierdas el tiempo!" Reb Arye abrió la puerta. Un soldado se encontraba afuera, pidiendo entrar. Él hablaba Yiddish. "Tengo hambre", dijo. "Hambre?" le preguntó Rebbe Meir. "Dijiste que tienes hambre?". Corrió hacia la cocina y volvió con pan y leche. El soldado se sentó en la mesa y comió. "Dime", dijo el Maestro, "no te dan de comer en el ejército?" "Sí, claro que me dan!", respondió el soldado. "Pero su comida no es para mí. Por eso vine hoy aquí. Usted sabe, Rebbe, yo fui citado al ejercito por el Zar hace muchos años y he olvidado todo lo que aprendí en la casa de mis padres; todo, excepto que soy judío y que los judíos comen kosher. Por eso, a dondequiera que vaya con mi Unidad, busco casas judías para conseguir la comida correspondiente."
Visiblemente
conmovido,
Rebbe Meir
fue hacia la
ventana y
miró al
pueblo
cubierto de
nieve.
Durante un
rato no dijo
nada. Luego
suspiró y
dijo:" Que
el Mesías
vendrá algún
día no cabe
duda; eso
todos lo
sabemos, no?
Pero gracias
a quién
vendrá?
Gracias a
Meir? No.
Gracias a tí,
Reb Arye?
No. Vendrá
gracias a
este soldado
que recorre
los pueblos
golpeando
las puertas,
recordándonos
quiénes
somos."
Fuente: Yo
judío
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Cuento sobre
un chofer
que quiso
ser Dios por Etgar Keret
Esta es la
historia de
un chofer de
colectivos
que nunca
quiso abrir
la puerta de
su vehículo
a pasajeros
retrasados.
A nadie. Ni
a alumnos de
la
secundaria,
que solían
correr tras
el micro y
gritarle con
ojos
llameantes.
Ni a algunas
nerviosas
personas,
envueltas en
impermeables
bajo la
lluvia, que
golpeaban
los vidrios
de la
puerta,
porque
sostenían
que la culpa
del atraso
no era de
ellos, sino
seguramente
del chofer.
Decían que
éste había
salido de la
terminal
unos minutos
antes de su
turno. No
les abría la
puerta
incluso a
viejitas que
llegaban
ante el
colectivo
cargadas con
paquetes,
que le
rogaban con
sus manos
unidas en
plegaria y
petición
para que les
parara y las
dejara
subir. No
les paraba
no por ser
un malvado,
ni por tener
un hueso
atravesado
en su
garganta.
Fuente:
fkpaya
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Cholo “Gauchadas y Mitzves” por Isaías Leo Kremer
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Amelia llega tarde a la comida de Rosh Hashaná
Amelia, hermana de siete hermanas y niña de trece años y grandes ojos, fue sacada de una infancia paupérrima por un hombre mayor, quien la vio un día en su ventana, se prendió de ella y la llevó a su casa. Allí, le puso un anillo al dedo y ante dos testigos, le declaró “Estás consagrada para mí por la Ley de Moisés y de Israel”. Acto seguido, mandó a avisar a sus padres que su hija había sido desposada y que no pedía dote, detalle que causó la felicidad de sus progenitores. Así, legalmente casada, fue violada la primera noche y las subsecuentes noches de su vida. Nunca conoció su propia anatomía femenina; no supo lo que era el placer ni sospechó su existencia. Sus largos días fueron dedicados al servicio al Hombre, Esposo, Hijo, Yerno o Nieto; y adiestró a Hijas, Nueras y Nietas a que siguieran su ejemplo. Su labor era gratuita y por lo tanto poco apreciada. Su tiempo era propiedad del hogar: era normal verla pasar una noche en vela pelando alcachofas o media hora separando una madeja de tallarines que se habían pegado en la cocción. El Marido se jactaba de que había fungido, incluso, de enfermera cuando los padres de él sufrieron los embates de la vejez y quedaron confinados a su cama: relataba cómo, sin una sola queja, acudía ella a alimentarlos, limpiarlos y atender sus dolencias, a pesar del mal humor de los ancianos. Otro motivo de orgullo del Marido era que, cuando ocurría una riña y sin importar el motivo o el culpable de la misma, ella era siempre quien venía a pedir perdón, cargando la charola del café turco. Las comidas, en casa del Marido, eran legendarias, por la variedad y el sazón de los platillos, así como por las ollas inagotables que saciaban a todo el clan, pero también a otros veinte comensales más; así que invitados y gorrones siempre rodeaban la mesa permitiendo al Patriarca ejercer una hospitalidad bíblica. En un día de Rosh Hashaná, año nuevo judío, Amelia cumplió treinta años de matrimonio. La familia entera se dirigió desde temprano a la sinagoga, emperifollada, con peinados altos y bajos, para sentarse juntos y escuchar el rezo. A la salida, todos se dirigieron hacia la casa del Marido, ahora Patriarca, en pequeños grupos. Al llegar, Le besaron la mano. Él, sentado en Su sillón, los bendijo. A todos, menos a Amelia, quien no había vuelto con las Nueras, ni con las Hijas y mucho menos con el Marido. Pasaron los minutos, y luego dos dolorosas horas, en las que Amelia seguía ausente de su propia casa, algo que jamás había sucedido. Se envió a uno de los niños a buscarla, pero volvió diciendo que la sinagoga estaba cerrada y no la había visto en los alrededores. La familia, en grupo de tres, y hasta los gorrones, que siempre asistían a las comilonas, rastrearon las ocho calles que separan a la casa del Marido de la sinagoga, sin resultado: Amelia simplemente se había evaporado de la faz de la tierra, ajena a la comida de Año Nuevo, ajena a los deseos y necesidades de su Marido, ajena sus invitados, ajena al kidush, bendición que se pronuncia antes de la comida, ajena a todo lo fundamental en su vida. Era extraño, inconcebible, que Amelia no estuviera allí, revisando el alineamiento correcto de los platos que había puesto antes de ir a la sinagoga, la frescura de la hierbabuena y el berro que adornaban la mesa, la pimienta del guiso de carne con papas, el último caldo de la ternera en el horno, y la puntualidad y decencia de la Amelia-nieta, la más pequeña del clan. Alguien habló de un secuestro, pero fue callado por decenas de “D-os no lo permita” . Se contaron chistes y anécdotas de los niños para aligerar la espera, pero nadie se explicaba a dónde había desaparecido Amelia, vestida con su traje de fiesta y sus únicos zapatos de tacón bajo. Su ausencia desestabilizaba el Patriarcado entero. El Marido, aparentemente plácido tras sus lentes de concha nácar, se había quedado sin el más abyectamente fiel de sus súbditos. Amelia llegó finalmente, un poco despeinada, con un cuento bizarro acerca de cómo se había quedado encerrada en la sinagoga, con instrucciones de no salir hasta que se le indicara. Por supuesto, el Marido no se tragó la historia, pero ella no desmentía su versión y repetía, una y otra vez, los mismos detalles absurdos. El hecho de que su mujer se tomara, sin permiso suyo, dos horas de libertad, exasperó sobremanera al Marido, el cual empezó a insultarle ante las Hijas y las Nueras, detalle insólito, pues el status de Suegra era casi sagrado en la familia, y contaba con una especie de inmunidad diplomática que, en público, incluía al Patriarca. Nadie acudió a su defensa: ella había educado a todos a temer al Marido y no contradecirlo, así que, por inercia, todos formaron un bloque hermético que la miraba, incrédulo y acusador. Amelia, lapidada por las invectivas, atónita de tanta humillación, corrió hacia la mezuzá pegada al marco de la puerta, se prendió de ella y gritó: “Juro por este día que, muy pronto, llegará el momento en que llamarás “Amelia” pero nadie responderá, y , por lo que acabas de hacer, estarás solo hasta el día de tu muerte”. El Marido, sorprendido, decidió hacer caso omiso de esta primera rebeldía, y se dirigió hacia la mesa. Ella tomó su lugar a su izquierda, en un silencio total.Ese día, la comida inició dos horas más tarde. Diez días después, los mismos se reunieron alrededor de la mesa, para disfrutar la comida que precede al ayuno de Yom Kipur. La concurrencia estaba a punto de terminar el banquete , cuando el Marido partió un huevo duro que Amelia acababa de pelar. La exclamación del Patriarca hizo que todos los presentes se callaran de pronto. En el silencio, vieron su cara, enrojecida por el terror, y el brazo que enarbolaba un medio huevo cuya yema estaba de un rojo vivo, y cuya clara aparecía atravesada por venas coloradas, como un ojo sangriento. El huevo, vuelto hacia la familia, parecía una acusación o una maldición. El Marido miró a Amelia con una ira incontenible, y ella bajó los ojos, aceptando su culpa y su sentencia. El Marido lanzó el alimento al plato, gritando que ya no quería comer, pues su esposa lo estaba envenenando. Fue imitado por los demás, quienes interrumpieron su comida por solidaridad, menos los gorrones: se apresuraron a terminar su plato antes de dejar la mesa. El marido, sentado en Su sillón, se encerró en un mutismo impenetrable. Los Hijos le suplicaban que se alimentara antes del ayuno, pues no hacerlo podía afectar su salud. Las Nueras intentaban convencerlo con mimos y palabrería. En la cocina, Amelia estaba sentada en su banco, ausente. Los Hijos le suplicaron que fuera a pedir perdón al Patriarca, pero ella simplemente negó con la cabeza, hasta que ellos se alejaron, dejándola tranquila. Amelia vivió el silencio por primera vez en su vida. En su mano, el huevo latía, liso y sangriento como el ojo de Abel: ella lo miraba y el ojo le devolvía la mirada, mostrándole su sangre virginal, la sangre de sus muchas vejaciones, las humillaciones sin nombre, las manos ajadas por la servidumbre y la ingratitud, y el dolor, el dolor que se le metía ahora hasta los huesos, dolor de coito y de partos, dolor de habérsele negado la libertad y dolor de ver caminar a sus hijas por este mismo sendero, como muchas de las hijas del Hombre. Se habló mucho, ese día y los siguientes, del misterio del huevo. Se mencionaron las maldiciones que, dos días antes, una limosnera había gritado cuando se le negaron unos centavos. Otros recordaron que una pariente lejana, famosa por su ojo maligno, visitó la casa esta semana. Miradas de sospecha, y una que otra pregunta, fueron lanzadas hacia la sirvienta, quien les recordó que, por desconfianza y por costumbre, Amelia preparaba los alimentos con sus propias manos y no le permitía tocarlos siquiera. Quienes gustaban de la acción pronta, solicitaron la llegada de un rabino. Éste mató a un gallo junto al árbol del patio, como Kapará, para que su sangre, absorta por el lodo, redimiera los pecados y evitara las desgracias que el huevo había presagiado. Todo fue inútil: Amelia murió este mismo año, de cáncer de hueso, sin jamás revelar el secreto de aquella tarde funesta: por las prisas, ella había puesto a cocer el huevo en la misma olla que las betarragas.
Fuente:
Enlace Judío
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¿Quién debe perdonar?
Hace unos treinta años, el rabino Abraham Joshua Heschel fue invitado a dar unas conferencias en una convención de ejecutivos de AT&T. Durante las sesiones habló sobre el arrepentimiento, la expiación y el perdón. En cierto momento, uno de los directores de la compañía levantó la mano y preguntó: "Rabino Heschel, usted habló sobre el concepto del perdón. ¿Por qué no pueden los judíos perdonar a los alemanes por el Holocausto?". Heschel respondió contando el siguiente relato: "Un día, el rabino Jaim de Brisk, uno de los grandes rabinos lituanos, viajaba en un tren. Como acostumbraba, se puso a leer textos sagrados. Tres campesinos judíos ascendieron al tren y lo invitaron a jugar cartas con ellos. Él se negó. Ellos se pusieron a jugar, pero continuaron insistiendo que se uniera al juego. Él continuó negándose. Finalmente, los jugadores comenzaron a burlarse de él y lo empujaron hasta el siguiente vagón. Cuando el tren llegó a Brisk, el Rab Jaim descendió y fue recibido por una enorme multitud y fue saludado por muchos que estaban en el andén. Los tres campesinos estaban sorprendidos ante esta escena. Preguntaron: ¿A quién están honrando? Uno de los aldeanos respondió: ¿No sabes que ese es Rabi Jaim de Brisk, uno de los grandes estudiosos de todos los tiempos? Los tres hombres avergonzados intentaron acercarse al Rab Jaim para expiar su comportamiento. Bajaron sus rostros y con el sombrero en la mano, le pidieron disculpas: "Si hubiéramos sabido quien era usted, no lo habríamos tratado así de mal. Por favor perdónenos. Rab Jaim se negó: "Le están pidiendo disculpas a persona equivocada. Se las están pidiendo a Rab Jaim de Brisk. Deberían pedírsela al judío anónimo que estaba sentado estudiando en el tren". Heschel continuó: "Durante la Guerra, fui afortunado. Mi madre y mis hermanas fueron asesinadas por los nazis. Yo me salvé. El perdón deben darlo solo aquellos que sufrieron, los millones que fueron torturaron y a quienes les quitaron la vida. Sólo ellos tienen la capacidad de perdonar. Yo no. Ésta es una historia poderosa. Y sigue teniendo vigencia. Heschel sugirió que sólo los que fueron atacados pueden otorgar el perdón. Y yo estoy de acuerdo con él. Pero a medida que el tiempo pasa, en la medida en que nos alejamos en el tiempo, en la medida en que para muchos nuevos ciudadanos del mundo la Shoá será en el mejor de los casos algún breve capítulo de algún mediocre libro de historia, o algún documental en la televisión, en esa misma medida, yo, como su rabino debo hacerme y debo hacerles a ustedes las preguntas. Debo preguntarles: ¿Puede haber perdón? ¿Quién debe perdonar? ¿Cuándo será el tiempo de perdonar? Y cada uno debe responder. Debo preguntarles: ¿Cómo asegurar que nuestros descendientes conocerán la historia y la sentirán como propia? ¿Cómo encaminar nuestra energía comunitaria para garantizar que no habrá olvido individual y colectivo? Heschel tenía razón, nosotros no podemos ser los que perdonemos. Tampoco podemos olvidar ni permitir que el mundo olvide. Pero después de decir esto, ¿qué sigue? Yo pienso que ya hemos construido suficientes monumentos a la muerte y a la destrucción; pero faltan construir muchos monumentos a la fe en una vida judía más rica y más comprometida. Y cómo recordemos, y cómo respondamos determinará la naturaleza de la vida judía en este siglo y en el próximo. Y en este nuevo aniversario de uno de los momentos más trágicos de nuestra historia, a aquellos que claman que ya es tiempo que el pueblo judío perdone, les respondo como lo hizo Heschel: "Le están pidiendo disculpas a la persona equivocada. Deberían pedírsela al judío anónimo que estaba sentado estudiando en el tren". Amigos: Contemos la historia. La de los asesinos, la de los "neutrales" que no fueron neutrales, la de los silenciosos y la de los indiferentes. Cada día contemos lo sucedido. Contémoslo a nuestros hijos, a nuestros amigos, a nuestros conocidos, a todos los seres humanos. Recuerden: No somos quienes debemos perdonar. Pero sí quienes no debemos olvidar. Fuente: MesilotHatorá
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El Juicio De Cada Día por Yerachmiel Tilles Un joven estudioso vino a Rabí Israel Baal Shem con una pregunta. Había descubierto una contradicción en las enseñanzas de los Sabios, y quería oír cómo el maestro jasídico lo resolvería. Por un lado, dice en el Talmud, que la parnasá (sustento) que tendrá una persona durante el año entero, se determina en Rosh Hashaná. Por otro lado, también declara que "a la persona se la juzga cada día" para su sustento. ¿No es una contradicción? El Baal Shem Tov llevó al joven Talmudista a la ventana, y apuntó a un aguatero que pasaba, con un palo atado a su espalda y un cubo de agua enlazado a cada extremo. "Vamos a hablar con él" invitó. "Faivel, ¿cómo estás hoy, mi amigo?" El Baal Shem Tov preguntó solícitamente. "¿Cómo está tu salud y tu parnasá?" "Gracias a Di-s estoy bien", contestó al aguatero, pero suspiró infelizmente. Se quejó sobre de lo difícil que era llevar los cubos pesados todo el día, y de que apenas ganaba dinero para sobrevivir. Además, los niños locales lo fastidiaban, y a veces se empujaban encima de sus cubos. El Baal Shem Tov respondió con unas palabras de aliento y bendición. Él y el estudiante volvieron a la casa. "No entiendo", dijo el joven, perplejo. "¿Qué tiene que ver lo que él dijo con mi pregunta?" El Baal Shem Tov sonrió. "Ven mañana a esta misma hora y verás"
Al otro día,
estaban de pie al lado de la ventana del Baal Shem Tov,
mientras esperaban al aguatero. Al verlo, salieron para
hablarle de nuevo. "Gracias a Di-s, no puedo quejarme", contestó alegremente el aguatero. "Mi negocio es estable-después de todo, todos necesitamos el agua. No soy rico pero sobrevivo. Los cubos son pesados, pero gracias a Di-s, tengo una espalda fuerte" "¿Y sobre los niños que lo molestan?" el Baal Shem Tov insistió. "¡Niños!" se rió. "¡Di-s los bendiga! ¿Se supone que los niños son traviesos, ¿no?" El aguatero siguió su camino, y el Baal Shem Tov se volvió a su visitante. "¿Ves? Él hizo lo mismo ayer y hoy y ganó idéntica cantidad de dinero, sin embargo, sus sentimientos fueron completamente diferentes. Es verdad que el ingreso de una persona durante el año entero es irrevocablemente fijado en Rosh Hashaná. Pero el cómo recibimos nuestro reparto diario difiere cada día, dependiendo del juicio diario."
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El Majzor de mi Padre por Zushe Greenberg En 1951, en el día de Iom Kipur, mi padre, el Rabino Moshe Greenberg, recitó fielmente todas las oraciones de la festividad. Todas, pero en realidad omitió la oración que es generalmente considerada la más solemne de las plegarias del día, el Kol Nidrei. En ese momento mi padre tenía veinte años y estaba preso en un campo de trabajos forzados soviético, en Siberia. Su crimen había sido tratar de escapar de Rusia. Soñaba con dejar el país y llegar a la tierra de Israel. Pero fue apresado y sentenciado a veinticinco años de trabajos forzados. Lo separaron de sus padres y sus dos hermanas. Su hermano ya estaba prisionero en otro campo, por haber cometido un “crimen” similar. En el campo de mi padre había unos 1.000 hombres, todos trabajando en la construcción de una central de energía eléctrica. Aproximadamente veinte de los prisioneros eran judíos. A medida que se iba acercando el fin del verano, los prisioneros judíos añoraban tener la oportunidad de observar los Días Austeros. Sabían que no iban a disponer de un shofar, ni de un rollo de la Torá ni de los talitot (mantos de oraciones), pero tenían la esperanza de poder encontrar un majzor, un libro de oraciones para los Días Austeros. Mi padre ubicó a un hombre “de afuera”, un ingeniero que trabajaba en proyectos específicos para el campo de prisioneros. Tenía la impresión que el ingeniero podría ser judío. De modo que esperó a que se diera la oportunidad para acercarse al ingeniero y le susurró en idish: “Kenstu mir efsher helfen?” (¿Podrías ayudarme?). En esos tiempos la mayoría de los judíos entendían y hablaban el idish. En los ojos del ingeniero hubo un destello de comprensión. “¿Podrás traer un majzor para mí, para los judíos que estamos acá?“, le preguntó mi padre. El ingeniero quedó dudando. Una transacción de este tipo pondría en peligro las vidas de ambos. Aún así, el ingeniero accedió a hacer el intento. Pasaron algunos días. “¿Hay novedades?” preguntó mi padre. “Tengo buenas y malas noticias,” le contestó el ingeniero. Con dificultad había logrado ubicar un majzor, pero era el único majzor que le pertenecía al padre de la novia del ingeniero y el hombre se había puesto furioso cuando la hija le pidió que se lo regalara. Quizás le dijo al padre por qué lo quería, o quizás no lo hizo… Pero mi padre no iba a darse por vencido. Quizás, sugirió mi padre, el hombre le podría prestar el libro. Él lo copiaría y se lo devolvería a tiempo para Rosh Hashaná. El ingeniero ingresó de contrabando el majzor al campo y se lo pasó a mi padre. Para poder copiarlo mi padre construyó una gran caja de madera, donde se metía durante algunas horas cada día. Allí, a escondidas fue copiando en un cuaderno, renglón por renglón, todo el libro de oraciones en un cuaderno. Un mes después terminó de copiar todo el majzor. Pero faltaba una hoja, la que contenía el Kol Nidrei, la primera oración que se recita en Iom Kipur. A la muerte de Stalin, y después de haber pasado casi siete años en la cárcel, mi padre, junto con todos los prisioneros políticos, fueron puestos en libertad. El único objeto que mi padre se llevó consigo fue su majzor. Pudo volver a reunirse con su familia cerca de Moscú y, tiempo después, contrajo matrimonio. Yo era un niño pequeño cuando en 1967, quince años después de haber sido liberado de la prisión, mi familia fue autorizada a inmigrar a Israel. El majzor vino con nosotros. Mi padre, que todavía vive en Bnei Brak, Israel, no quiere recordar aquellos años tan dolorosos que tuvo que pasar en Siberia. Pero, en las pocas oportunidades en que lo escucho relatar una historia de esos tiempos, siempre afirma emocionadamente que nunca participó de servicios religiosos tan significativos como los de la prisión. En 1973 visitó al Rebe de Lubavitch en Nueva York y le llevó de regalo el majzor. Hace unos meses estuve en la biblioteca del Rebe y encontré el majzor de mi padre. Miré el gastado libro, con sus frágiles páginas y caracteres hebreos escritos apuradamente y con tanto respeto y determinación. Lo copié en una fotocopiadora. Este Iom Kipur, mientras dirijo el servicio religioso en el Beit Jabad de Solón, Ohio, la copia del majzor de mi padre estará conmigo, y seguirá faltando la oración de Kol Nidrei.
Durante los años que mi
padre pasó en prisión no pudo recitar el Kol Nidrei.
Este año le voy a pedir a mi congregación, y a todos
nosotros, que lo pronunciemos en su nombre y por todo
aquel que no tenga la posibilidad de hacerlo.
Fuente: Jabad |
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Ouazanne, Tetuán 1955 por Esther Guanich Corcias
-Mamá no puedo dormir; no
dejan de cantar y… hace mucho calor.
Fuente: Milim Digital
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Barriles en la Nieve por Tuvia Bolton Se cuenta la historia de un Jasid, que cada año visitaba en el mes de Elul a su Rebe, Rabí Menajem Mendel de Lubavitch (1789-1866), para estar con él durante las Altas Festividades... De todas formas no era una fácil empresa pues en esa época del año, ya el clima era terriblemente frío y nuestro protagonista realizaba todo el trayecto a pie. En cierta ocasión, cuando sus fuerzas se habían agotado y el frío ya no le permitía mover sus piernas, escuchó el ruido de una carreta que avanzaba por el camino. Se la escuchaba lejos, ocasionalmente se oía la voz del conductor que cantaba alguna melodía. Al rato el carruaje ya estaba a su lado. La parte de atrás del coche estaba repleta de enormes barriles. El conductor se detuvo al lado del judío. "¡Hey, Moshke!" (así llamaban los gentiles a los judíos)- gritó-"¿Deseas viajar conmigo? ¡Si encuentras un sitio detrás, sube!" Con fuerzas renovadas el anciano Jasid subió a la carreta agradecido y se sentó entre los barriles. Pero su alegría no duró mucho tiempo. Después de unos pocos minutos, hundido entre los barriles, se dio cuenta que se estaba congelando, sin poder siquiera moverse. En ese momento se le ocurrió que los toneles podían contener vino, vinagre, o aceite. Con un movimiento vacilante abrió uno de los tapones y olió. No, no era vino ni aceite, era... ¡vodka!
"Iván" gritó el Jasid,
"necesito un poco de tu mercadería. ¡Me estoy
congelando! Te lo pagaré, lo prometo. ¿Puedo tomar una
pequeña copa?" La segunda copa fue mejor que la primera, y en un minuto ya se sentía el calor. ¡Estaba feliz! ¡Viajaba a lo de su Rebe, Di-s le había realizado un milagro! El Jasid comenzó a cantar y junto con él cantaba Iván. Las 10 horas de viaje pasaron cual minutos. Antes de que lo notara, ya habían llegado a Lubavitch. El conductor lo ayudó a bajar, lo abrazó y besó y se despidieron afectuosamente. Nuestro Jasid entró a la Sinagoga y saludando a todos pidió silencio y dijo:
"Hoy he aprendido una
gran lección. Ustedes saben que la Torá es comparada con
el agua. Se supone que la Torá te dará calor y te hará
feliz. Y eso es lo que el Baal Shem Tov y los Rebes nos
enseñaron con el Jasidut (filosofía jasídica), lograr
que los judíos sientan calor y alegría ¿verdad? La Torá
incluye todo tipo de aguas, entonces el Jasidut debe ser
la vodka de la Torá, ¿cierto?. La parte de la Torá que
nos hace sentir cálidos y felices". Nadie entendía
exactamente lo que el hombre quería decirles, pero por
respeto a su edad lo dejaron continuar. "Acabo de
descubrir que un Jasid puede estar rodeado de barriles
de Jasidut, por el mar de la Torá, y sentirse todavía
frío, incluso estar a punto de morir congelado. Pero
cuando permite que aunque sea un poco de Jasidut penetre
en él... Ah! ¡La historia cambia! Nos sentimos vivos y
apasionados. Y a partir de ese momento somos capaces de
dar calor al mundo entero..."
Fuente:
chabad.es.org
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Salmos del Corazón Es una vieja costumbre dedicar más tiempo durante el mes de Elul a la plegaria y a recitar tehilim. Hasta los judíos estudiosos, quienes pasan la mayor parte de su tiempo en el estudio de la Torá, se dedican más a la plegaria y a tehilim durante estos días.En relación con esto, les traemos la siguiente historia: El santo Baal Shem Tov amaba mucho a los demás judíos. Amaba a los jóvenes y a los viejos, a la gente de la ciudad y a la del campo, a los estudiosos y a los ignorantes. Los amaba con todo su corazón y su alma. No es de extrañar que los judíos acudiesen a él desde lejos y desde cerca, porque ¿no es el corazón como un espejo? Como uno se siente hacia el otro, el otro se siente hacia uno. Y así muchos judíos llegaban donde el Baal Shem Tov. Algunos llegaban a escuchar sus palabras de Torá --para ellos el Baal Shem Tov revelaba secretos escondidos de la Torá que hacían que sus corazones cantasen de alegría. Otros --incluyendo los ignorantes-- venían a pedirle su consejo o su bendición, o simplemente a mirar la cara santa del Baal Shem Tov y a inspirarse con las melodías que oían, ya que eran cantadas sin palabras, o con palabras muy simples que podían entender. Los hombres sencillos e ignorantes se sentían muy avergonzados de no haber aprendido más en su juventud. El Baal Shem Tov sabía como se sentían. Sabía que no era su culpa. De hecho, con frecuencia les decía que no debían sentirse desdichados, ya que D-os ama la sinceridad y la sencillez, la integridad y la humildad, y éstas virtudes existían en abundancia entre los ignorantes. ¡En esto no estaban por debajo de nadie! Para demostrarles quá realmente quería decir eso, el Baal Shem Tov era especialmente amistoso y atento con ellos. Cuando se sentaba a la mesa, rodeado por sus brillantes estudiantes --muchos de los cuales eran eruditos famosos-- invitaba a los hombres pobres a compartir el vino sobre el que había recitado el kidush, dándoles generosas tajadas de queque de miel, y en general haciéndoles sentir como si fuesen sus hijos favoritos. Los eruditos que se sentaban a la mesa no podían comprender por qué el santo Baal Shem Tov les dispensaba tanta atención a los ignorantes. El Baal Shem Tov también sabía como se sentían los eruditos. En una ocasión les dijo: “Estáis sorprendidos de que favorezca a los sencillos, ¿no es así? Es cierto que ellos no han aprendido tanto como vosotros; algunos de ellos ni siquiera conocen el significado de las plegarias que recitan diariamente. Pero sus corazones son de oro; sus corazones están llenos hasta rebosar de amor por la humanidad y por todas las criaturas de D-os, y son humildes y honrados. Observan todas las mitzvot de la Torá con simplicidad y fe, aunque no sepan mucho sobre ellas. Sobre todo, hay un fuego ardiente en su corazón por estar con D-os, como la Zarza Ardiente que no se consumía. ¡Cómo envidio sus maravillosos corazones judíos!" Los estudiantes escucharon a su maestro y difícilmente podían creer lo que oían. El Baal Shem Tov los miró con seriedad y dijo: '"Pronto os demostraré que no he exagerado." Esto sucedió durante la seudá shelishit del santo Shabat. Como era la costumbre, el Baal Shem Tov se sentó a la cabecera de la mesa rodeado por sus discípulos. Esta era la ocasión cuando les enseñaba los secretos de la Torá. Los hombres sencillos, quienes no podían entender los misterios de la Torá, se retiraron en ese momento a un cuarto al lado, donde recitarían los salmos del Rey David lo mejor que pudieran. El Baal Shem Tov cerró los ojos y estaba profundamente absorto. Su santa cara mostraba una profunda concentración y gotas de sudor en sus sienes. De repente, su cara se iluminó con una gran alegría interior. Abrió sus ojos y todos sus discípulos sintieron que se bañaban en su alegría. El Baal Shem Tov se volvió hacia el discípulo que se sentaba a su derecha: "Coloca tu mano derecha en el hombro de tu vecino." Le ordenó al siguiente hacer lo mismo, y al siguiente, hasta que todos formaron una cadena. Luego les ordenó cantar cierta melodía que cantaban únicamente en las ocasiones más solemnes. "Cantad con todo vuestro corazón, como nunca habéis cantado antes," dijo. Y mientras cantaban, sentían que sus corazones se elevaban cada vez más alto. Cuando terminaron de cantar, el Baal Shem Tov colocó su mano derecha en el hombro del discípulo a su derecha y su mano izquierda en el hombro del discípulo a su izquierda. Ahora la cadena humana estaba cerrada. "Cerremos los ojos y concentrémonos," dijo. En ese momento escucharon muchas voces maravillosas y melodiosas, cantando salmos. Las voces eran tan dulces y conmovedoras que sintieron como si todas las fibras de sus corazones estuviesen siendo haladas en un ritmo maravilloso. Algunas de las voces expresaban una fe inamovible, otras estaban llenas de abandono gozoso y otras mas expresaban peticiones que partían el corazón. Podían distinguir con claridad las santas palabras de los salmos con las que estaban tan familiarizados, y las exclamaciones frecuentes con las que entremezclaban las palabras: "Oh, Padre Celestial!", o "Oh, Señor del Universo!" El círculo de discípulos que se habían unido al Baal Shem Tov en esta excursión celestial estaba encantado, sentado en completo silencio. Habían perdido toda sensación de hora y de lugar. Las lágrimas salían de sus ojos cerrados, y sus corazones estaban llenos de éxtasis, listos para estallar. De repente, el canto se detuvo, ya que el Baal Shem Tov había quitado sus brazos de sus hombros y roto la cadena. No fue demasiado pronto, ya que al momento siguiente las almas de los discípulos de seguro hubiesen dejado sus cuerpos. Cuando se recuperaron de esta experiencia que había agitado su alma, el Baal Shem Tov les dijo lo mucho que a D-os gusta escuchar los salmos, especialmente cuando vienen directo del corazón, y más especialmente cuando vienen directamente de los corazones puros de los hombres sencillos, honrados y humildes. “¿Pero esas voces que oíamos hace un rato?” preguntaron los discípulos. Y se sorprendieron de hecho cuando el Baal Shem Tov replicó: "Ustedes estaban escuchando por un breve momento los salmos recitados por los hombres sencillos en el cuarto de al lado, como los ángeles en el cielo los escuchan!"
Fuente:
chabad.es.org
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Mi Padre y El Sacerdote por Chana Weisberg Hace casi 40 años, mi padre, Rabi Dovid Schojet fue invitado a disertar ante un grupo de participantes judíos y no-judíos en la ciudad de Búfalo. Inseguro de aceptar la invitación, consultó con el Lubavitcher Rebe, quien le instó a que asistiera. Y le indicó enfocar su conferencia sobre el tema de caridad, debido a su aplicación universal Mi padre empezó con la siguiente historia Un individuo adinerado que nunca contribuía con caridad, vivió en la época del autor del Tosfos Iom Tov, Rabi Iom Tov Lipman Heller. Después de que este avaro se murió, la Jevra Kadisha (responsables del entierro) sintió que era indigno de ser enterrado al lado de alguien respetable y lo puso en el área del cementerio del hekdesh, reservado para los proscritos de la sociedad Unos días después, un tumulto sacudió a Cracovia. El carnicero y el panadero, dos miembros prominentes de la comunidad que habían sido siempre sumamente caritativos, dejaron de distribuir sus fondos. Los pobres que habían confiado en ellos para su sustento estaban consternados. Los comentarios corrieron tan rápidamente que llegaron ante el Tosfos Iom Tov quien llamó a ambos y les preguntó porqué habían interrumpido sus actos tan abruptamente Ellos contestaron: "En el pasado el miserable nos proporcionaba los fondos para caridad. Él nos advirtió no revelar nuestra fuente, pues deseaba poseer el gran mérito de realizar la mitzvá en secreto. Ahora que está muerto, no podemos continuar Impresionado por la conducta del 'miserable, el Tosfos Iom Tov pidió que se lo entierre al lado de este individuo, aunque fuera en una sección desacreditada del cementerio Cuando mi padre concluyó su conferencia, un participante del público- un sacerdote- se le acercó y pidió que le repitiera la historia. Se encontraron al día siguiente. A la hora designada, el sacerdote llegó al hotel de mi padre. El sacerdote pidió a mi padre repetir la historia. Mi padre lo hizo, pero se pasmó cuando, después de concluir la historia, el sacerdote muy confundido, le pidió que la repitiera. A esta altura, el hombre caminaba nerviosamente por el cuarto. Finalmente, se volvió a mi padre y dijo: "Rabino Schojet, el hombre caritativo de la historia era mi antepasado." Escépticamente, mi padre calmó al joven diciendo que no había conexión entre él y la historia. "Además" le dijo "usted es gentil, y este hombre era judío" El sacerdote lo miró y susurró: "¡Rabino, tengo una historia para contarle!" Había crecido en el estado de Tennessee. Su padre era Comandante del ejército americano durante la Segunda Guerra. En ultramar, en Europa, su padre se había enamorado de una muchacha judía. Se casaron y nadie supo su origen. Un tiempo después, la pareja tuvo un niño que criaron como católico. El niño creció y asistió a un Seminario entrenándose para convertirse en sacerdote. La madre del sacerdote murió prematuramente. Antes de su muerte, ella descubrió su secreto a su hijo. Después de recitar el Shema, le confesó: "Quiero que sepas que eres judío". Y le informó de su antepasado enterrado al lado de un gran sabio llamado el Tosfos Iom Tov y le relató casi literalmente, la historia que mi padre había contado. En ese momento, el sacerdote pensó que su madre deliraba. Siguió con su vida, se olvidó del episodio. "Rabino" lloró " Usted me ha recordado a mi madre, y que la historia es verdad. ¿Qué voy a hacer? Soy un sacerdote de una gran congregación"
Mi padre le
explicó que según el Judaísmo, él era judío. Lo animó a
que explorara su herencia, y lo puso en contacto con
quien podría guiarlo. Hace varios años, en una visita a Israel, un judío religioso se le acercó en el Kotel, y lo saludó. Mi padre no lo reconoció. El hombre exclamó: "¿No me reconoce, Rabino Schojet? ¡Yo soy el sacerdote que encontró en Búfalo!" Y continuó: "Un judío nunca se pierde de su pueblo" PD. Descubrí recientemente que mi padre es un descendiente directo del Tosfos Iom Tov.
En otro
tiempo, en un hotel en Búfalo, Nueva York, un
descendiente del Tosfos Iom Tov se encontró con un
descendiente del avaro-y milagrosamente cambió el curso
del destino.
Fuente:
chabad.es.org
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Un Juego de Vajilla Con seguridad, incluso antes de haber conocido al Rabino Moshe Feller en 1962, se nos habría considerado judíos activos e incluso comprometidos. La mayoría de nuestros amigos eran judíos, nuestras familias eran judías, nuestros intereses incluían “temas” judíos y nuestro punto de vista era absolutamente judío. Leíamos los libros publicados por la Jewish Publication Society (Sociedad de Publicaciones Judías), escuchábamos discos judíos, en nuestro hogar atesorábamos reproducciones de pinturas de Chagall y éramos miembros que pagábamos las cuotas de una sinagoga conservadora. Gail era la soprano principal en el coro de la sinagoga y yo uno de los pocos miembros que asistía la mayoría de los viernes de noche, independientemente de qué Bar Mitzvá se estuviera celebrando ese fin de semana. Es posible que también fuéramos sionistas. Contribuíamos con regularidad al United Jewish Appeal (Keren Hayesod), asistíamos a los picnics de “Farband” y éramos miembros del consejo del Campamento Herzl. Sin embargo, no recuerdo que antes de conocer al Rabino Feller deliberadamente hiciéramos, o en realidad, dejáramos de hacer algo porque fuera un mandamiento de la Torá. Esos pensamientos en realidad nunca pasaron por mi mente. Íbamos a la sinagoga, encendíamos las velas, comíamos “guefilte fish” y usábamos un talit porque era parte de la tradición, y en realidad una tradición muy agradable. El dejar de hacer estas cosas habría significado algo así como una declaración de negación, de desinterés o de apatía. No tenía interés en negar o en estar desinteresado. No era parte de la imagen que tenía de mí mismo. Por otra parte, no manteníamos la kashrut o dejábamos de manejar el auto en Shabat, o cualquiera de las demás cosas que solíamos hacer. No eran importantes, así de simple. No tenían ningún papel en mi sistema de valores. Es necesario destacar que, a diferencia de lo que sabemos que era la postura de los primeros socialistas o librepensadores judíos, no estábamos protestando o transgrediendo las normas concientemente. Ésas eran declaraciones que no teníamos interés en hacer. Éramos simplemente “buenos judíos americanos” que no queríamos hacer olas. Por supuesto que sabíamos que algunos judíos evitaban la comida que no era kasher y que no manejaban en Shabat. (En ese entonces había notablemente pocos en nuestra ciudad). Y ésas eran sus tradiciones y sus opciones. No pensábamos que estuvieran mal, simplemente ligeramente atrasadas en la escala de la evolución social. Recordando esos días más sencillos pienso que nuestras vidas reflejaban la característica paradoja del judío laico-moderno: interesado en temas judíos pero básicamente ignorante; activo en círculos judíos pero limitado en su elección; comprometido con la comunidad, familia, profesión y “el pueblo judío”, pero sin conciencia alguna con respecto a la base que informa sobre este compromiso. Y, sobre todo, carente de los conocimientos y experiencia que permiten discriminar entre trascendencia y trivialidad, realidad y falsedad. Debe de haber miles como yo. Y sigue habiendo. Los podemos ver llegar a Israel en grandes cantidades “grupos de liderazgo juvenil” o “misiones informativas de los hechos” o “excursiones sinagogales”. Están demasiado ocupados en obtener fondos como para dedicar mucho tiempo a pensar; están demasiado involucrados con el presente como para investigar sobre el pasado; están demasiado comprometidos con la imagen global como para preocuparse de la supervivencia judía de sus propios hijos, o incluso de ellos mismos. En realidad, si nosotros mismos no hubiéramos sido parte de este tipo de esquema probablemente no hubiéramos llegado a conocer al Rabino Feller. Me descubrió porque yo era una potencial estrella naciente de la comunidad judía. Él estaba tratando de organizar su primer banquete y quería que mi nombre, al igual que el de otros como yo, figurara en su comité de promotores. La historia de nuestro primer encuentro ya ha sido relatada muchas veces (incluso fue mencionada en la revista Time) y no hay necesidad de volver a contarla. A primera vista parecía una comedia. Un extraño hombre joven, barbudo y de sombrero negro recuerda, justo antes de la puesta del sol, que no ha pronunciado sus plegarias de la tarde. Sin tener en cuenta que está en mi oficina, que la cita la había solicitado él, y que es él quien está pidiendo un favor, se pone de pie, camina hacia la pared, se ata un cordón negro alrededor de la cintura para luego empezar a murmurar y sacudirse. Nunca olvidaré mi asombro e incomodidad. No sabía ni lo que estaba haciendo ni por qué. No sabía que los judíos rezaban fuera de la sinagoga. No sabía que rezaban en la tarde. No sabía que rezaban en días laborables. ¡Y no sabía cómo alguien podía llegar a rezar sin que hubiera una persona que le anunciara la página correspondiente! Había muchas cosas que, en ese entonces, no sabía. Pero pude desarrollar un definido interés y un afecto especial por este joven que era tan agradable y tan diferente. Se regía por un conjunto de normas totalmente diferente, tan radical y arcaico simultáneamente. No era solamente que marchara al ritmo de un tambor totalmente distinto, parecía disfrutar de su música más de lo que nosotros disfrutábamos de la nuestra. Pero, por encima de todo, estaba comprometido, era coherente y constante. Podía identificarme con esto. Es una característica hermosa en un mundo de religión laissez-faire y problemática moral. Poco tiempo después pasamos a ser amigos, su familia y la nuestra. Discutíamos, debatíamos, nos visitábamos y alternábamos socialmente. Gail y yo estábamos impresionados por su sinceridad y genuina calidez, pero todavía seguíamos pensando que eran un anacronismo, los vestigios de un pasado, algo que desentonaba con las realidades y necesidades del mundo norteamericano moderno. No hicimos cambios en nuestro estilo de vida por ellos. En realidad, seguíamos esperando que fueran ellos quienes cambiaran el suyo. A fin de cuentas, casi todos los demás que habían empezado usando barba y sombrero al final habían cambiado. Si en esos primeros meses trató de influir sobre nosotros, debe de haber sido un esfuerzo muy sutil. Por cierto que no había una presión abierta ni tampoco exigencia alguna. Evidentemente ni el rabino ni su familia venían a comer a nuestra casa. Pero esta conducta no era señal que algo estuviera mal. Eran tan extraños que sus idiosincrasias dietéticas eran lo que menos llamaba la atención. Empezamos a estudiar juntos, pero nuestros avances eran muy lentos. Yo preguntaba demasiado, desafiaba demasiados principios. Sin duda alguna no era un alumno complaciente. De no haber sido por nuestro viaje a Varsovia esta situación podría haber seguido siendo así por mucho tiempo. En el verano de 1963 fui invitado a participar, en calidad de miembro de la delegación norteamericana, a una conferencia internacional sobre investigación espacial a llevarse a cabo en Polonia. En las muestras transportadas mediante globos se habían descubierto microorganismos viables en la estratosfera, precisamente en un momento en que el campo de la exobiología estaba demasiado lleno de especulaciones a la vez que carecía de información biológica auténtica. Cualesquiera hayan sido los verdaderos motivos de la invitación, era una oportunidad que no podía dejarse pasar. En 1963 las visitas a Varsovia y a Europa Oriental eran muy poco frecuentes. Desde el final de la guerra algunos de mis colegas profesionales habían estado en Varsovia. Por cierto que ninguno de mis amigos judíos habían visitado esa ciudad. Gail y yo dejamos a nuestros tres hijos con mis padres en Canadá y volamos a Varsovia. Era una ciudad deprimente. En esos años la ciudad todavía no se había recuperado de la destrucción sufrida en la Segunda Guerra Mundial. La destrucción física era evidente en las pilas de escombros que cubrían amplios espacios de la ciudad. La destrucción emocional era peor. El antisemitismo autóctono polaco que había sido generosamente alimentado por la ocupación alemana estaba ahora siendo nutrido con el odio de los nuevos amos rusos hacia los judíos. Nos contaron que en Varsovia quedaban unos pocos miles de judíos solitarios; un puñado de judíos comunistas, algunos de los cuales llegamos a conocer en la oficina del diario idish; menos de un puñado de ancianos que asistían a servicios religiosos en la única sinagoga que había quedado en pie; varios en el campo del teatro y el resto que había vuelto de los campos después de la guerra y que no querían abandonar a sus muertos y/o sus recuerdos. Habían sobrevivido a la guerra y ahora estaban sobreviviendo a la paz. Asistimos a una velada de teatro en el Teatro Judío. Era una versión corregida de “Tevie, el lechero” en idish. La única parte remanente del guión escrito por Sholem Aleijem describía la miseria y los pogroms de la época zarista. El resto de la obra hablaba de la promesa de la futura revolución soviética. Tevie ni siquiera era el héroe de la obra. Como podrán imaginarse, el héroe era el yerno de Tevie, Feferl, el revolucionario que en la pieza original era exiliado a Siberia. Todo esto no hacía diferencia. Éramos los únicos espectadores que atendíamos a la representación. El resto del público era un grupo de turistas de Suecia, que escuchaban una traducción simultánea a través de auriculares. A pesar que ya han pasado veinte años, sigo recordando el escalofrío (estábamos a mediados de junio) que sentimos al caminar por el área donde en el pasado estaba el ghetto. Las paredes y todos los edificios habían sido nivelados. Todavía quedaban allí pilas de piedras y maderas quemadas. Pero se podía ver donde habían terminado las vías del tranvía porque en un tiempo se había levantado allí una pared que las atravesaba. Y, con la ayuda de un mapa que habíamos copiado de información sobre la Shoá, pudimos reconocer las ubicaciones originales de las calles, incluso sus identidades. Pudimos llegar a ubicar el Umschlagge Platz, la calle Mila y el viejo cementerio judío. Recuerdo haber llorado ante al tumba de I. L. Peretz, el gran escritor judío en cuyo honor había sido nombrada la escuela a la que asistí en Winnipeg. Recuerdo haber llorado frente a los grandes montículos de tierra que cubrían tumbas colectivas sin identificación alguna. Recuerdo haber caminado mucho y llorado mucho. Después de todo, ésta era la herencia judía que yo conocía. De no haber intervenido la suerte de alguien que emigró a tiempo, allí estaba mi hogar o mi tumba. Este era el fin del socialismo idish, del sionismo, que el judaísmo europeo conoció. Me afectó más esta visita a Varsovia de lo que diez años más tarde me afectaría el Memorial de Iad Vashem a la Shoá, en Jerusalén. Este monumento es más hermoso, construido con buen gusto. Es un museo, una lección de historia, un altar, una exhibición antiséptica. Varsovia era la muerte y la aniquilación cultural. Durante todas estas experiencias me preguntaba cómo la estarían afectando a Gail. Después de todo, yo era producto de la cultura “del Viejo Mundo” de Winnipeg. Ella provenía de la cultura estéril de los templos reformistas del sur de California. Peretz y Sholem Ash y Varsovia eran parte de mi crianza. ¿Cómo la estaba afectando a ella todo esto? Me enteré un sábado de tarde. Habíamos recibido visitas, un judío polaco y sus dos hijos que habíamos conocido en el cementerio y a quienes habíamos invitado a tomar el té. Nos habían contado que había una escuela judía y queríamos saber más sobre ella. Finalmente surgió que el padre de los chicos quería una ayuda económica. El niño de siete años no sabía nada de judaísmo. El de once orgullosamente recitó la suma total de sus conocimientos judaicos: las cuatro preguntas de la Hagadá de Pésaj. Tomamos el té, le di un obsequio, mi tarjeta comercial y luego se fueron. Fue entonces que nos echamos a llorar. El fin de los siglos de creatividad judía de Varsovia era un niño pequeño que apenas podía tartamudear “Ma Nishtaná”. Fue entonces que Gail reaccionó. Se sentó en la cama en la que había estado llorando y pronunció las palabras más firmes que le había escuchado decir en los siete años que llevábamos casados. “No sé lo que estás pensando y, en realidad tampoco me importa, pero tomé una decisión. Tan pronto estemos de vuelta en casa le voy a pedir a Moishe que haga que nuestra casa sea un hogar kasher. Somos los únicos que quedamos. No hay nadie más. Si dejamos que se pierda, si no hacemos algo al respecto, si nuestros hijos no tienen conocimientos, no va a haber más judíos. Puedes hacer lo que quieras. Pero nuestra casa va a ser judía”. Era una proclamación desafiante y ella tenía la intención de llevarla a cabo. Los cuadros, los libros y la música no eran suficientes. Su intención era hacer una transformación orgánica de la casa, de su propia esencia. Además, ella es de las que cumplen. Cuando llegamos de vuelta a Minneapolis, la primera llamada fue al Rabino Feller y él estaba dispuesto a colaborar.
No recuerdo
todos los detalles. Pero me acuerdo de la expresión de
asombro cuando miró dentro de nuestra heladera por
primera vez. Para este joven y tierno hombre,
recientemente egresado de la Ieshivá, la definición de
no kasher equivalía a una cicatriz en la pleura del
animal que había proporcionado la carne; o una gota de
leche en cincuenta gotas de caldo de gallina. La visión
de un trozo de verdadera carne de cerdo o auténticos
frutos del mal debe de haber sido demoledora. Pero, paso
a paso “puso orden en la casa”. Nos presentó a un
carnicero que vendía productos kasher; nos señaló cómo
buscar el emblema de kashrut en los alimentos envasados;
pasó horas hirviendo la platería y los utensilios
metálicos; supervisó la purificación de nuestro horno
con un soplete; la señora Feller le ayudó a Gail a
comprar platos nuevos. Guardamos la vajilla. Cada vez que volvía de un viaje a Nueva York, Gail le preguntaba qué había podido averiguar. Y cada vez el se había “olvidado”. Pero, podía quedarse tranquilo que la próxima vez que fuera a Nueva York se iba a acordar. Mientras tanto “Asegúrense que la vajilla esté en un lugar seguro y no la vayan a usar”. Esto siguió así durante meses, que luego se convirtieron en años. La vajilla seguía estando en la parte vidriada del aparador, pero no la usábamos. Seguíamos esperando la opinión del experto, opinión que nunca llegaba. De alguna manera la vida siguió, incluso sin poder usar la vajilla Minton Twilight in Grey. En esos años nos fuimos acercando a los Feller. La transformación que había empezado en la cocina fue pasando lentamente a otras áreas de nuestra vida. El Rabino Feller nos presentó al Rebe de Lubavitch, y empezamos a ser más observantes. Gail dejó de cantar en el coro de la sinagoga; yo empecé a ponerme los tefilín al principio en forma esporádica, después con mayor regularidad. Dejé de manejar en Shabat. Unos meses más tarde también lo hizo Gail. Dejamos de ir a comer a Mc Donald’s. Un Shabat no prendimos la televisión en todo el día. Le compramos un par de tzitzit a nuestro hijo menor. Nos hicimos miembros de otra sinagoga, una que tiene una mejitzá que separa a los hombres de las mujeres. Gail empezó a ir a la mikve (baño ritual). Y así fuimos dando algunos pasos hacia delante; unos pocos hacia atrás; más pasos hacia delante. Años. Pero la vajilla inglesa seguía a la vista, en el aparador. Hasta que un día, cuando volvía de la universidad, ya no estaba. Fue después de una serie de abortos espontáneos traumáticos y llenos de tristeza. Daría la impresión que antes de observar la Taharat ha’ mishpajá (las leyes de pureza de familia), no habíamos tenido ninguna dificultad en tener niños normales y saludables. Pero empezamos a tener problemas cuando la mikve se convirtió en un protagonista más de nuestra vida familiar, tres abortos en cuatro años. Gail estaba apenada; yo también estaba apenado. Nuestros amigos nos consolaban. El rabino le enviaba cartas de apoyo a Gail, mensajes personales que hasta hoy en día no he leído. Pero cuando volví a casa ese día especial, Gail me recibió sonriendo nuevamente: “Le vendí la vajilla a Dorothy, nuestra vecina gentil. Con ese dinero me compré este sheitel (peluca). ¿Qué te parece?“ Todo esto sucedió unos quince años atrás. A lo largo de 15 años se pueden comprar y descartar muchos shaitlaj. Nuestras dos hijas mayores crecieron y se casaron. Viven con sus esposos e hijos en Jerusalén. El pequeño completó recientemente sus estudios rabínicos en la Ieshivá de Lubavitch de Montreal. Y llegamos a tener dos niños más, la alegría de nuestra edad mediana. Gail y yo hemos crecido tanto en el plano personal como en el profesional.
Y tenemos
otro juego de vajilla de fina porcelana inglesa, que
usamos en cada cena de Shabat.
Fuente:
Jabad |
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Los anteojos
Fuente: Chabad.org
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Una Puerta Mirando Al Este por Tuvia Bolton Una vez, el Rabino Shneur Zalman de Liadi envió uno de su jasidim en misión para recaudar una suma grande de dinero para una causa importante. El Rebe lo bendijo con un viaje seguro pero misteriosamente le advirtió de no entrar a ninguna casa que tenga su puerta mirando al este...
El viaje fue bueno y pronto reunió la mayoría
del dinero. Pero un día el jasid se encontró en
medio de una tormenta de nieve, en un desolado
camino que atravesaba el bosque. El viento
soplaba más fuerte y más frío. Él apuró su
caballo, esperando que apareciera alguna clase
de una posada antes de que se perdiera en la
nieve; pero pasaron horas y no encontraba nada.
Fuente: Chabad.org
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Reencontrando a mi familia
Fuente: Jabad.com |
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El escudo de la ciudad por Franz Kafka En un principio no faltó la organización en las disposiciones para construir la Torre de Babel; de hecho, quizás el orden era excesivo. Se pensó demasiado en guías, intérpretes, alojamientos para obreros y vías de comunicación, como si se dispusiera de siglos. En esos tiempos, la opinión general era que no se podía construir con demasiada lentitud; un poco más y hubieran abandonado todo, y hasta desistido de echar los cimientos. La gente razonaba de esta manera: lo esencial de la empresa es el pensamiento de construir una torre que llegue al cielo. Lo demás es del todo secundario. Ese pensamiento, una vez comprendida su grandeza, es inolvidable: mientras haya hombres en la tierra, existirá también el fuerte deseo de terminar la torre. Por consiguiente no debe preocuparnos el futuro. Al contrario: el saber de los hombres adelanta, la arquitectura ha progresado y seguirá progresando; de aquí a cien años el trabajo para el que precisamos un año se hará tal vez en pocos meses, y más resistente, mejor. Entonces, ¿a qué agotarnos ahora? Eso tendría sentido si cupiera la esperanza de que la torre quedará terminada en el espacio de una generación. Esa esperanza era imposible. Lo más creíble era que la nueva generación, con sus conocimientos superiores, condenara el trabajo de la generación anterior y demoliera todo lo adelantado, para recomenzar. Tales pensamientos paralizaron las energías, y se pensó menos en construir la torre que en construir una ciudad para los obreros. Cada nacionalidad quería el mejor barrio, y esto dio lugar a disputas que culminaban en peleas sangrientas. Esas peleas no tenían fin; algunos dirigentes opinaban que demoraría muchísimo la construcción de la torre y otros que más valía aguardar que se reestableciera la paz. Pero no sólo en pelear pasaban el tiempo; en las treguas se dedicaban a embellecer la ciudad, lo que provocaba nuevas envidias y nuevas peleas.
Así pasó la era de la primera generación, pero
ninguna de las siguientes fue distinta; sólo
aumentó la destreza técnica y con ella el ansia
guerrera. Aunque la segunda o tercera generación
reconoció la insensatez de una torre que llegara
hasta el cielo, ya estaban demasiado
comprometidos para abandonar los trabajos y la
ciudad.
Fuente: ciudadseva
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Las Peras Preciosas “No me abandones en mi vejez”, murmuró el anciano Naftalí. “Por favor, te lo ruego; no me abandones en mi vejez”, repetía una y otra vez. Era un hermoso día de primavera. El sol brillaba radiante en el cielo claro, azul. Las finas nubecillas blancas parecían apenas bolas de algodón. El día era cálido y agradable, pero al pobre y anciano Naftalí el mundo le parecía un sitio oscuro, frío y cruel. Estaba solo y triste, y no podía gozar de la belleza del día. “Rogamos tener una vida larga y feliz”, pensó. “¡Pero es esto con lo que soñamos?” Naftalí estaba totalmente solo en el mundo. Sus hijos se habían casado y se fueron a vivir lejos. Su mujer había muerto. Y por si esto fuera poco, la gente del pueblo ya no lo necesitaba más. Nadie tenía trabajo para un pobre anciano cansado. Naftalí había trabajado duro durante toda su vida. No era un haragán, pero siempre había sido pobre. No había podido ahorrar dinero para su vejez. Eso nunca le había preocupado o asustado. Todavía quería trabajar, aunque ahora era un anciano. Gracias a Di-s gozaba de buena salud, pero algo andaba muy mal. Había cercas que reparar, techos que remendar, casas que pintar, muebles que arreglar y jardines que plantar y desyerbar, pero el pobre anciano Naftalí nunca tenía trabajo. La gente del pueblo ya no lo necesitaba más. Siempre que iba a pedir trabajo, la respuesta era la misma. “Eres un buen hombre, Naftalí. Eres un hombre honesto y trabajar. Has trabajado toda tu vida, y ahora eres demasiado viejo. Este bajo es muy difícil para ti”. Todos contrataban a hombres jóvenes para hacer el trabajo, hombres jóvenes y fuertes cuyas manos no temblaran y cuyas espaldas no se cansaran fácilmente por estar inclinados demasiado tiempo. Nadie tenía trabajo para un hombre viejo y cansado, que había trabajado duro toda su vida. “Oh, ay de mí”, gemía el pobre Naftalí. “¡Qué será de mí? Mírenme en mi vejez”. Meneaba la cabeza y acariciaba su barba larga y plateada. ¿Dónde obtendría alimentos? ¿Cómo se mantendría caliente durante el crudo invierno? La vida no tenía atractivo alguno para el anciano Naftalí. En la aldea nadie lo necesitaba, y Naftalí no sabía a dónde ir o qué hacer. “Quizá vaya al bosque”, pensó. “Quizá los pajaritos que cantan en los árboles me alegren. Los animales del bosque pueden aliviar mi soledad”. El silencio y la paz del bosque llenaron de felicidad a Naftalí. Olvidó sus preocupaciones. Había toda clase de bayas en los arbustos del bosque que acallaron su hambre. Halló un pequeño arroyito donde se refrescó con agua fría y cristalina. Pensar en sus problemas no sólo lo había entristecido sino también cansado. Se sentó en el tronco de un árbol caído para descansar un rato. Mientras estaba sentado allí, con la cara entre las manos, y recordaba días más felices, por sus mejillas viejas arrugadas comenzaron a correr lágrimas, y se echó a llorar amargamente. Lloró tan fuerte, y sus pensamientos lo llevaron tan lejos, que no escuchó los pasos que se acercaban. Por eso se asustó mucho cuando de repente escuchó a alguien que decía: “Naftalí, ven conmigo. Naftalí, te necesito”. La voz era cálida y amistosa. Naftalí se frotó los ojos y miró sorprendido. Frente a él había un granjero anciano vestido con un mameluco, con los ojos más claros y bondadosos que jamás había visto. Dulcemente el granjero dijo a Naftalí:
“¿Por qué estás sentado aquí, solo, llorando, en
un día tan hermoso, rodeado de la bella
naturaleza de Di-s?” El anciano granjero apoyó su mano sobre el hombro de Naftalí. Era grande y fuerte, y Naftalí se sorprendió de que fuera tan liviana como una pluma. Comenzó a invadirlo una maravillosa sensación de calidez. Su sangre empezó a correr más rápido por sus venas y empezó a sentirse más fuerte y joven. “Necesito para mi huerto un hombre de tu experiencia”, dijo el bondadoso granjero. “Y por la edad, estoy seguro de que tú eres un jovenzuelo si te comparo con los años que yo llevo sobre mis cansadas espaldas. Naftalí estaba muy contento. Se levantó con entusiasmo, y siguió al granjero hasta un valle cercano. Estaba tan entusiasmado y contento que ni se le ocurrió pensar en que nunca había visto a este granjero o que nunca había escuchado nada sobre la existencia de un valle detrás del bosque. En el medio del valle había una hermosa huerta de frutos en la que Naftalí trabajó toda la tarde recogiendo la fruta madura de los árboles. Cuando se puso el sol, el viejo granjero le dio a Naftalí una cesta con las peras más lindas y le dijo: “Este es tu pago por el trabajo de hoy. La gente te comprará gustosa estas peras una vez que haya probado su delicioso sabor. Naftalí se sintió un poco desilusionado. Quería ganar dinero con su trabajo, y en lugar de ello recibía una canasta llena de peras. Pero era un buen hombre, de modo que no protestó. “Gracias”, dijo amablemente. “Gracias por darme trabajo. Adiós. Espero que nos volvamos a ver. Naftalí estrechó la mano del anciano granjero, tomó su canasta y emprendió el regreso a su hogar. Caminó lentamente porque estaba cansado y la canasta era pesada. Después de un rato, decidió descansar. Y como tenía hambre y sed, y no tenía qué comer, tomó una de las peras de la canasta y la mordió. Ninguna otra pera que probara en toda su vida había tenido un sabor igual. ¡Decididamente, estas peras tenían algo especial! El sabor, dulce y delicado, era más que delicioso, más que refrescante. Parecían tener todo el sabor y el poder alimenticio de los frutos del Gan Edén, el ‘Jardín del Edén’, donde vivieron Adám y Javá. Naftalí volvió la vista en dirección al valle donde se encontraba la huerta de frutales. “Sería bueno recordar el lugar donde crecen unos frutos tan extraordinarios. Quizá pueda volver allí algún día para conseguir más trabajo”, pensó. Pero, ¿dónde estaba el sendero? ¡Por más que lo buscó, no pudo volver a encontrar el sendero que conducía al valle! El bosque lo rodeaba todo. Era realmente extraño. ¿Habría sido un sueño? ¿Se había dormido sobre el tronco de un árbol? Naftalí se pellizcó a sí mismo para asegurarse de que estaba despierto. Y allí, a su lado, estaba la canasta de peras, como prueba de que todo había sido real. “Entonces”, pensó Naftalí, “Di-s debe haberme visto sufrir y por eso envió un ángel para ayudarme. El anciano granjero puede haber sido el Profeta Eliahu u otro de sus numerosos mensajeros. Alguien se preocupa por mí. Aún puede sucederme algo bueno. Naftalí continuó rumbo al pueblo. Su canasta era pesada, pero esta carga era más liviana que los sentimientos de desesperanza y desaliento de esa mañana. Ahora tenía coraje y esperanza. El porvenir parecía brillante. A la mañana siguiente Naftalí llevó la canasta de peras al mercado. Con voz clara y enérgica, una voz que parecía la de un hombre joven, saludable y fuerte, gritó: “¡Vengan, amigos míos! ¡Apúrense! ¡Apúrense! ¡Vengan y compren el mayor deleite de sus vidas. ¡Peras preciosas, especiales! ¡Cien pesos la pera!”. La gente volvió la cabeza para mirar. En el primer momento, en el mercado se hizo silencio; luego, algunas personas se echaron a reír. “El anciano Naftalí debe estar loco. Está diciendo tonterías. ¿Cien pesos por una pera? ¿Quién escuchó alguna vez una cosa tan absurda?”. Naftalí sonrió y meneó la cabeza. “No se preocupen, viejos amigos. Estoy bien. No estoy loco. Vengan. Prueben un trozo y luego comprenderán por qué pido un precio tan elevado”. Naftalí tomó una pera grande y hermosa, perfecta en color y forma, y la cortó en muchos, muchos trozos finos. Ofreció estas muestras al grupo que lo rodeaba. Sonrientes, todos tomaron un trozo hasta que no quedaron más. A medida que comían las pequeñas rodajas de pera, desaparecían lentamente las sonrisas y se veían sorprendidos y atónitos. “¡Increíble!”, exclamaban. “¡Maravilloso! ¡Fantástico! ¡Fabuloso! ¡Estas peras tienen el sabor del Gan Edén! ¡Estas peras no son de este mundo! ¡Por favor, Naftalí! Otro trocito... Sólo un trocito más...”. La excitación se estaba apoderando del lugar. Cada vez había más gente. ¿Qué sucedía? ¿Peras preciosas del Gan Edén? Nadie había escuchado jamás una cosa semejante. Los afortunados que habían probado las peras no querían moverse del lugar. Estaban inmovilizados, con las manos extendidas, y pedían, imploraban, otro trozo de pera. Pese a sus súplicas, Naftalí se negó a cortar otra pera. Sujetó con fuerza la canasta de frutas, y gritó bien fuerte, en voz alta y poderosa: “Escuchen, queridos amigos. ¡Observen cuán satisfechos están los que tuvieron la suerte de probar estas peras! ¿Vieron cómo se sorprendieron y cómo ahora piden más? Créanme, estas peras bien valen cien pesos cada una. ¿Quién sabe si alguna vez en sus vidas tendrán otra oportunidad de probar unas peras tan especiales como éstas?”. Naftalí se mostró firme y rechazó todas las ofertas de pagos más pequeños. En unos pocos minutos, todos los que tenían el dinero se acercaron a comprar peras. Algunos hasta corrieron a sus casas para buscar el dinero. Después de sólo media hora, había vendido todas las peras; todas, excepto una. Por todos lados veía manos extendidas que le ofrecían cien pesos y le pedían esta última pera. Naftalí meneó la cabeza. “No hay más”, dijo. “Esta pera no se vende. Es para mí”. La gente le ofreció más dinero, pero Naftalí no cambió de idea. No vendería la última pera ni por todo el dinero del mundo. Naftalí se sentía feliz y agradecido. En su hora de miseria y oscuridad, Di-s lo había ayudado. Había vendido toda la canasta de peras, y ahora tenía suficiente dinero para el resto de su vida. Nunca más precisaría preocuparse por tener suficiente comida para vivir. No tendría que sentir miedo de sufrir frío en invierno. Naftalí se dirigió a su casa. Estaba cansado, pero se sentía bien. Se sentó en su silla vieja y gastada, sacó su pequeño cuchillo, y cortó cuidadosamente en trocitos la última de las peras preciosas. Pronunció bendición especial de agradecimiento a Di-s por haber creado los frutos del árbol, y su corazón se llenó de gratitud. Luego, muy lentamente, comió la pera. Masticó cada trocito cuidadosamente, para que el delicioso sabor de la fruta continuara en su boca por mucho tiempo. Cuando hubo tragado el último trozo, fue al jardín y plantó las semillas. “Quizá no viva para ver crecer de estas semillas el nuevo árbol”, murmuró lentamente. “Pero algún día otras personas pobres y ancianas podrían necesitar ayuda, y quizás, al plantar estas semillas, yo les pueda ayudar. De ese modo estaré agradeciendo a Di-s la ayuda que me brindó en mi momento de mayor necesidad. Los años pasaron. Naftalí vivió lo suficiente como para ver a las jóvenes plantas salir de la tierra. Vio a las plantas crecer más y más, hasta convertirse en jóvenes árboles. Los árboles maduraron y comenzaron a dar su fruto. Cuando Naftalí llegó a una edad muy anciana y estaba listo para irse al Cielo, dejó un testamento. El dinero que le quedaba debía usarse para cuidar sus árboles frutales de modo que con ellos se pudiera ayudar a todos los pobres y ancianos. Y así fue. Durante muchas generaciones, “las peras preciosas de Naftalí” eran muy apreciadas por su delicioso sabor y su especial valor nutritivo, particularmente por su valor alimentario para las personas pobres y ancianas. Fuente: Mesilot Hatora
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La batalla ganada contra las mentiras ¡Deberías avergonzarte! Un niño de nueve años diciendo mentiras. Sabes que no es verdad, ¿por qué lo dices?". Esta era una frase que Avigdor escuchaba a menudo, porque mentía con frecuencia. Ahora bien. Avigdor no quería dañar a nadie cuando mentía. Sólo daba rienda suelta a su imaginación y antes de darse cuenta de lo que decía, le brotaba una exageración tonta o hasta una mentira, sin tener ningún motivo. Esto se había convertido en un mal hábito, que ya era parte de su personalidad, como su nariz o su boca; no puede uno desprenderse de una nariz fea si la tiene y Avigdor pensaba que no podía dejar de mentir aunque tratara, pero sus padres y sus maestros muchas veces lo retaban. "Recuerda Avigdor, que antes de hablar eres dueño de tus palabras, pero luego de haberlas dicho ellas se adueñan de ti. Así que antes de hablar, piensa". Cuando comenzó el nuevo período de clases en el jéder, Avigdor llegó con una sarta de cuentos y aventuras que según él, le había ocurrido durante las vacaciones de verano; pero todo el mundo sabía que eran producto de su imaginación. Era el primer día de Elul y al comenzar el estudio, el maestro llamó la atención de los niños sobre la importancia y solemnidad de la época. Hizo notar que esos días, eran los más propicios para arrepentirse de los malos hábitos, aunque es posible hacerlo durante todo el año. El maestro no sólo se dirigía a Avigdor, pero al igual que a los otros muchachos de la clase, Avigdor pensó que se refería a él en particular. Sabía que no tenía que ir a buscar muy lejos, ni "cavar" muy hondo para desenterrar sus malos hábitos. Estos eran más que evidentes, pero lo enfrentaban descaradamente, lo desafiaban: Sabes que soy una cosa fea, pero aquí estoy y aquí me quedaré. ¿Qué crees que puedes hacer al respecto? Pues bien, Avigdor decidió aceptar el desafío, no dejaría que lo tomaran por un tonto. ¡Basta! La batalla había comenzado. "Ya se lo que haré -pensó- comenzaré anotando cada exageración o mentira que diga durante el día". Avigdor mantuvo su palabra. Cuidadosamente tomó nota en su pequeño diario cada vez que su hábito se apoderaba de él. Al finalizar la semana revisó el diario, pero al pasar las páginas lo invadió una sensación de desaliento que lo hizo estremecer. Casi no había pasado un día sin que dijera al menos diez mentiras, alardeara cinco veces y se burlara en tres ocasiones de los demás; aunque sin duda esas cifras representaban ya una gran mejoría, todavía eran demasiado. "Volveré a probar -resolvió Avigdor-, mi segunda línea de defensa será un silencio absoluto, si es necesario, por lo menos durante un día. Sí, el Shabat próximo mantendré mi boca limpia todo el día". Avigdor se vigiló durante todo el Shabat. Sólo una vez se olvidó de sí mismo pero inmediatamente se corrigió: "Pero he exagerado. Perdóname", se sonrojó. Era la primera vez que Avigdor se sonrojaba al decir una mentira e instintivamente sintió que era un buen signo. Sin embargo se sintió muy aliviado cuando terminó Shabat. Había sido un gran esfuerzo y ahora podía descansar. pero ni bien hubo decidido hacerlo, se encontró con una posición casi idéntica a la de antes; la semana siguiente estuvo casi tan llena de fracasos como la anterior. Pero no exactamente igual: Avigdor ponía más cuidado en lo que decía, y a menudo se ponía colorado, cuando no podía cumplir sus buenas intenciones. Una vez encontrándose con sus amiguitos vio que ellos se intercambiaban ideas sobre cuántos capítulos de Tehilim habían recitado desde que empecé el nuevo año. Avigdor dijo:¡Bah! Esto no es nada, yo voy en la mitad del libro por segunda vez. Los muchachos lo miraron con asombro y Avigdor se puso rojo. Se dio cuenta de no sólo estaba alardeando, sino que al mismo tiempo decía una mentira ridícula. ¡Qué rotundo fracaso!, pensó. Sin embargo no estaba listo todavía para rendirse. Avigdor trató con ahínco de sobreponerse a su mal hábito, pero todavía no estaba seguro de sí mismo. Sabía que el "lado malo" dentro de él, le estaba tratando de hacer creer que ya había ganado la gran batalla para que disminuyera sus esfuerzos. Pues bien, esta vez estaba dispuesto a pelear hasta el fin, hasta que estuviera completamente seguro. Por fin llegó Shabat, Avigdor oró fervientemente, oró a Di-s para que perdonara todas sus faltas, pero más que nada su mal hábito de mentir, alardear y menospreciar a sus amigos. Rezó durante toda la mañana, hasta que su padre lo llevó a casa a comer, pues no había tomado el desayuno. Al volver por la tarde al Bet HaKneset (sinagoga) para Minjá, Avigdor se dio cuenta que tenía ganas de orar más que nunca. Momentos antes de 'Arvit, la oración final del día, se anunció un pequeño receso, durante el cual la mayoría de las personas permanecieron en el Bet HaKneset. Avigdor prefirió salir para tomar un poco de aire. En el patio se encontró con un grupo de muchachos discutiendo acaloradamente, quiso evitarlo y volverse pero ellos lo notaron y le hicieron señas para que se acercara. Los encontró discutiendo sobre quién había ayunado más en el último Yom Kipur; algunos encogían sus estómagos para dar más fuerza a sus argumentos y decir que estaban más flacos que hace un mes, antes de ayunar. Entonces todos se dirigieron a Avigdor. ¡Ah! Antes de Yom Kipur, nos dijiste que ayunarías todo el día. ¿Lo hiciste? Avigdor se encontró entre la espada y la pared, sintió que la batalla se libraba de él en ese instante; si decía la verdad los muchachos se iban a reír de su palabrerío, si mentía, sabía que nunca ganaría la batalla. Vamos, Avigdor, di la verdad. Lo urgieron los muchachos. Avigdor los miró fijo y les dijo: Muchachos, ayuné todo lo que pude; después de todo tengo solamente nueve años, lamento no haber cumplido mi deseo; de cualquier modo están perdiendo el tiempo discutiendo tonterías, mejor vayámonos al Bet HaKneset, Arvit está por empezar. Avigdor esperaba que los muchachos se echaran a reír, pero no lo hicieron. Escucharon en su voz un dejo de sinceridad que impresionó a sus jóvenes corazones y sin decir nada siguieron a Avigdor. Y mientras él recitaba las Berajot finales de la Tefilá, las lágrimas se deslizaban por su pequeña cara encendida, lágrimas de gratitud a Di-s por haberlo ayudado a ganar su batalla, a triunfar. Fuente: Mesilot Hatorá
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Hace mucho tiempo hubo un país sacudido por las guerras. Mientras los hombres del pueblo, guiados por los soldados, iban al encuentro del enemigo, éste entró a la ciudad por un sitio inesperado y encontró sin defensa a las mujeres y los niños, que huyeron a los bosques mientras sus casas eran saqueadas e incendiadas. En la confusión de la huída, dos mujeres perdieron a sus hijos: una de ellas a un niño y la otra a una niña. Ambos se habían criado juntos y así continuaron, solos y errantes por el bosque. Al principio no se dieron cuenta de su situación y pasaron muchas horas entre juegos y risas, recolectando piedrecillas y flores, pero al caer la tarde el hambre comenzó a atormentarlos. Tomados de la mano, buscaron en vano algún alimento. En eso, les salió al encuentro un mendigo que llevaba al hombro una bolsa con provisiones. Los niños le pidieron algo de comer y le rogaron que no los abandonase. El mendigo sacó de su talego pan y otras vituallas y comieron hasta saciarse. Después les dijo que continuaran su camino porque, desdichadamente, no podía acompañarlos. Entonces los niños se dieron cuenta de que el mendigo era ciego y se preguntaron por qué milagro se habían encontrado con él. Antes de partir, el ciego los bendijo de este modo: - Quiera el Cielo que seáis como yo. Los niños pasaron la noche bajo un árbol, y al día siguiente continuaron su camino. Horas después, el hambre volvió a atormentarlos. En ese instante, salió a su encuentro otro mendigo, también con una alforja repleta. Ambos le rogaron que les diese algo para comer, pero el mendigo no parecía entenderles, hasta que se percataron de que era sordo. Pero de algún modo, el mendigo comprendió que tenían hambre, y les dio de comer todo cuanto quisieron. También le pidieron por señas que no los dejase solos, pero él les respondió que le era imposible acompañarlos y los despidió con estas palabras: - Quiera el Cielo que seáis como yo. La historia se repitió en los días que siguieron: la tercera vez encontraron a un mendigo tartamudo, cuyas palabras apenas se entendían; la cuarta, a un mendigo con el cuello torcido; la quinta vez, a uno jorobado; la sexta, a uno con las manos baldadas; la séptima a un mendigo cojo. Todos les dieron de comer abundantemente y los despidieron con la misma frase. Después de varios días de camino, llegaron a una aldea. Fueron de puerta en puerta pidiendo el sustento y se fueron de allí tan bien provistos que no pudieron llevárselo todo. Entonces decidieron seguir juntos de pueblo en pueblo y mendigar de puerta en puerta dondequiera que llegasen. Pronto se hicieron muy conocidos en todas partes. Se les podía encontrar en cada aldea, unidos a los demás mendigos, y atraían a la gente por su dulzura y buen carácter. No había nadie en el país que no conociera a los niños abandonados y no los ayudara y protegiera en lo posible. Así fueron creciendo hasta convertirse en una pareja de adolescentes bellos y amables. En uno de los villorrios en los que más amigos tenían, se celebraba una gran fiesta popular. Había diversiones y juegos de todas clases y comida de sobra. Todos los mendigos eran bien acogidos y se les obsequiaban alimentos, vestidos y dinero. Los aldeanos y los demás mendigos recibieron amistosamente a los jóvenes, y en la alegría de la fiesta, se le ocurrió a alguien la idea de casarlos. A los jóvenes les gustó la proposición: juntos estaban desde la más tierna infancia y juntos querían continuar a lo largo de sus vidas. Sólo tenían una preocupación: dónde y cuándo celebrar sus bodas. Los mendigos acordaron que lo mejor era esperar al cumpleaños del rey, pues en esa ocasión las fiestas se prolongaban durante siete días, la comida era mucho más abundante, y dispondrían de todo lo necesario. Así se hizo. Los mendigos prepararon para los jóvenes un lugar donde celebrar sus bodas durante aquellos siete días: las piedras serían sus asientos, las flores del bosque los adornos, y construirían el baldaquín nupcial con olorosas ramas de los árboles. La alegría de todos era enorme. Durante la fiesta, los novios recordaron el día en que, perdidos en el bosque y hambrientos, se encontraron con el mendigo ciego, el primero que los alimentó y consoló, y expresaron su deseo de volver a verlo. Entonces apareció una figura encorvada y envuelta en sus vestidos.
- Heme aquí--les dijo, y reconocieron al mendigo
ciego--. He venido para daros mi regalo de
bodas. Cuando erais muy chicos os bendije
diciendo: "Quiera el Cielo que seáis como yo".
Hoy quiero repetirla, y añadir el deseo de que
tengáis una vida tan larga como la mía. Hasta
hoy habéis creído que soy ciego, pero no es así,
sino que las cosas terrenales no despiertan mi
interés ni atraen mi atención y por eso no las
miro. Soy muy anciano y a la vez muy joven, pero
aún no he comenzado a vivir. No estoy loco ni
desvarío. Esto me ha sido otorgado y revelado
por la gran águila, y voy a contaros cómo: Sucedió hace tiempo que varios hombres equiparon un barco y emprendieron una larga travesía. A los pocos días se desató una terrible tormenta y el barco naufragó. Nada pudieron salvar excepto sus vidas y por suerte para ellos, llegaron a nado hasta una isla. En medio de ésta, se alzaba una torre, en la cual no encontraron ser viviente alguno, pero sí lo necesario para el sustento de todos. Llegada la noche y agotados por tantas vicisitudes, se recostaron en torno a una hoguera. Uno de ellos propuso que cada cual contara el acontecimiento más antiguo que pudiera recordar. Todos aceptaron y rogaron al de mayor edad del grupo que fuera el primero en narrar su historia. Este era un hombre con vasta experiencia como marinero y preguntó:
- ¿Qué podría contaros? Recuerdo hasta el día en
que la manzana se desprendió del árbol. Pero yo--continuó el mendigo ciego--que era entonces sólo un chiquillo, les dije: "Pues yo recuerdo todos esos hechos y también me acuerdo de la Nada anterior". Todos quedaron estupefactos al escuchar que los más jóvenes eran quienes tenían los recuerdos más antiguos, y que el que era casi un niño tuviera el más antiguo de todos. Llegó volando entonces la gran águila, llamó a la puerta de la torre y los convocó a todos según su edad, pero indicó al más joven ir al frente, pues era el de más antiguos recuerdos y en sabiduría. Reunidos todos, el águila habló: - Podéis acordaros de cómo salisteis del seno materno y de cómo habéis crecido dentro de él, porque en la mente del niño brilla una luz, o de cómo se formaron vuestros miembros en el vientre de la madre; podéis acordaros del momento en que fue fecundada vuestra madre; podéis también recordar vuestro espíritu, vuestra alma, vuestra chispa vital antes de que entraran al embrión. Pero este chiquillo os aventaja, porque en lo más hondo de su mente aún palpita el recuerdo de las tinieblas que precedieron al comienzo, y el aleteo en el umbral del ser aún resuena en su memoria, de la que no se ha borrado el soplo de la Nada. Por todo eso se mueve en el abismo de la Eternidad como en su propia casa. El águila hizo una pausa y continuó: - Ser pobre y alimentarse de la mesa ajena será el camino que os llevará a volveros hacia los tesoros que os han sido dados. Vuestros cuerpos han sido destruidos cuando naufragó vuestro barco. Serán reconstruidos y retornaréis al mundo. Entonces el águila se dirigió a mí con una voz que provenía de lo Alto: - Ven conmigo, y estaré contigo por dondequiera que vayas. Eres como yo mismo, anciano y a la vez joven, y no has comenzado a vivir. Así debes seguir siendo. El mendigo ciego calló durante unos instantes y al fin dijo: - Es esto, queridos hijos, lo que hoy os ofrezco como regalo de bodas: que seáis como yo. Al terminar su historia el mendigo ciego, quedaron todos arrebatados de alegría; sólo los corazones de los novios permanecieron serenos ante el milagro. Al segundo día de las bodas, en medio de sus felices invitados, los desposados pensaban en el segundo mendigo--el sordo--que los había alimentado cuando erraban por el bosque. De repente, lo vieron aparecer ante sus ojos. "¿Cómo habrá llegado sin ser advertido?"--se preguntaban, cuando el mendigo habló: Historia del mendigo sordo - He venido atraído por vuestros pensamientos, y quiero repetir la bendición que una vez pronuncié sobre vosotros: que fueseis como yo. Creéis que soy sordo, pero no es cierto. Es que solamente puedo escuchar los incesantes llantos, necesidades y gritos de dolor del mundo entero. Pues cada criatura es hija del dolor. Pero no todos ellos me conmueven, ni mi corazón se llena de la angustia de los seres creados. Con el pan que como y el agua que bebo tengo bastante. Sin embargo, conozco las quejas de los que viven en la riqueza y la abundancia. Un día fueron convocados, y yo estaba entre ellos; cada uno se vanagloriaba de la vida holgada y llena de comodidades que llevaba en su país. - Vuestra vida es un mal ejemplo comparada con la mía--les dije. Entonces se fijaron en mis harapos y en mi bolsa de mendigo, y se rieron de mí como de un necio. - Os invito a probar qué tipo de vida es la mejor--y al ver sus rostros interrogantes, les conté lo siguiente: - Conozco un país que una vez fue un maravilloso jardín en el que crecían los frutos más hermosos de la tierra. Los habitantes del lugar, gente sencilla y virtuosa, disfrutaban de la vista, el aroma y el delicioso sabor de aquellas flores y frutos y creían que no existía nada mejor en el mundo, y que nada podría alterar sus dichosas vidas. Un jardinero, lleno de sabiduría, cuidaba de aquel territorio y sabía hacerlo prosperar. Pero una noche, el jardinero desapareció. Las cosechas mermaron, la mala hierba cubrió los sembrados y la antigua prosperidad vino a menos, aunque a los pobladores no les faltó lo esencial para vivir, y así hubieran podido continuar de no sobrevenir una nueva desgracia. Pues un rey vecino muy cruel invadió aquel país y, envidioso de sus fértiles tierras, decidió arruinarlas, y pensó que la mejor forma de lograrlo consistía en corromper a los habitantes del país. Entonces ordenó a sus tres súbditos más perversos y malvados vivir entre ellos y contagiarles toda clase de vicios. De ese modo prosperaron en el país el engaño, el crimen y la prostitución y se apagó en los hombres la antigua inocencia. En sus ojos y sus palabras hubo sólo amargura y odio y nadie más se ocupó del jardín. Ahora os invito a vosotros, que nadáis en la abundancia, a acudir allí a socorrer a ese desdichado pueblo con una parte de las riquezas que os sobran. Todos accedieron a viajar conmigo al país en desgracia, pero cuando llegamos, el espectáculo era tan horrible y desolador que su sola vista trastornó a mis acompañantes. Entonces les dije: - Ya veis claramente que vuestras riquezas nada pueden hacer por estos infelices. Entonces congregué a todos aquellos infortunados y repartí entre ellos el pan y el agua que llevaba en mi bolsa. El amor con el que eran dados los invadió a todos y creyeron saborear en el pan y el agua las comidas y bebidas más deliciosas del mundo. Sus corazones fueron recobrando la pureza y la luz perdidas, y cuando adquirieron conciencia del mal que les habían hecho, se rebelaron contra el rey tirano y apresaron a sus corrompidos servidores. Y he aquí que el jardinero que había desaparecido regresó al país y restableció la antigua prosperidad. Así todos aquellos que me habían acompañado pudieron ver cómo el amor y la sencillez que guiaban mi vida había salvado al país, y reconocieron su poder. Ahora, hijos míos--añadió el mendigo sordo dirigiéndose a los jóvenes esposos--, como regalo de bodas, os deseo que lleguéis a ser como yo--y dicho esto, se esfumó discretamente y los festejos continuaron. Al tercer día, ambos desposados comenzaron a pensar en el tercer mendigo que les había socorrido en el bosque.
- Si supiéramos dónde está--comentaban entre
sí--, lo invitaríamos a compartir nuestra
alegría. De repente apareció ante sus ojos, como
salido de la tierra, y así habló: - Una vez os bendije diciendo que pudierais ser como yo. Ahora voy a revelaros el significado de mi bendición. Creéis que soy tartamudo, pero no es cierto, sino que los sonidos mundanos, que no expresan los designios de Dios, son indignos de contener la verdadera palabra y suenan en mi boca como sílabas inconexas. Me ha sido otorgado el don de la palabra, y conozco los cantos más sublimes. No hay nadie que no quede arrobado al escucharlos, y en cada uno de ellos se encierra una sabiduría mayor que toda la sabiduría de este mundo. Pues esto me ha sido revelado por boca del Ungido, del hombre de Gracia y de Paz. Yo recorro la tierra y recojo toda buena acción y toda obra caritativa y las llevo ante él, y de todas esas buenas obras nace el tiempo y se renueva en su eterno fluir. Pues el tiempo no existe por sí mismo, sino una cosa creada a partir de los actos de las almas. Voy a contaros la historia de las historias, la leyenda de las leyendas que contiene la primera de todas las verdades: junto al último abismo del espacio hay una montaña, y en la montaña hay una roca de la cual brota una fuente. Sabed también que todas las cosas del mundo tienen un corazón, y que el propio universo tiene también uno. Esa montaña con la roca y la fuente se encuentra en uno de los límites del espacio, allí donde comienza el último abismo. Y el corazón del universo está en el otro límite del espacio, allí donde termina el último abismo. Y el corazón del universo se halla frente a la fuente y su vista la busca más allá de la plenitud del espacio y de todas las cosas que están en el espacio, y anhela con vehemencia llegar hasta ella. Y el corazón del universo clama eternamente por la fuente, pero está tan cansado que muy pronto quiere descansar un poco y aliviarse de su angustia. Entonces acude un gran pájaro y extiende sus alas sobre él para que repose a su sombra, pero aun en el descanso siente la presencia de la fuente y ansía verla. Al reponerse, intenta de nuevo alcanzarla, pero no hace más que intentarlo, cuando desaparece ante su vista la montaña y ya no puede ver la fuente. Si dejara de verla para siempre, moriría sin duda, pues toda su vida depende de la fuente y del anhelo de llegar a ella. Y si muriera, sucumbiría el mundo entero, porque la vida de todos los seres depende de él y sólo por él permanece. Y sucede que, cuando deja de ver la montaña y la fuente, el ansia de ver a esta última se hace más fuerte que el ansia de alcanzarla, y el corazón del universo regresa al sitio de donde había salido. Como la fuente existe más allá del tiempo y le resulta imposible adquirir una existencia temporal por sí misma, queda eternamente cerrada en su temporalidad y no puede abrirse al corazón del universo. Pero mediante dicho corazón, la fuente logra periódicamente adquirir vida temporal, porque el corazón del universo le regala un día como un don precioso. Cuando ese día se acerca a su fin y las luces declinan, el corazón y la fuente se dicen uno a otra palabras de amor y de despedida, y se escuchan los cantos del eterno anhelo. El corazón del universo queda en gran desasosiego y quiere morir porque no puede darle más que un día y lo invade el miedo de que la fuente le sea arrebatada para siempre más allá del tiempo. Pero el hombre de Gracia y de Paz vela por ellos y cuando la noche trae la separación de ambos y el doloroso canto se escucha, le regala un nuevo día al corazón del universo y éste lo regala a su vez a la fuente. Pero sabed que el tiempo que el hombre de Gracia y Paz concede lo obtiene de mis manos. Pues en mi viaje por toda la tierra recojo todas las buenas acciones y obras caritativas y sobre ellas pronuncio las palabras de la Gran Unificación. Entonces se convierten en melodías que entrego al hombre de Gracia y de Paz, y él crea de ellas el tiempo. Porque el tiempo nace de la melodía y ésta a su vez de la Gracia. De este modo los días brotan del canto y llegan al corazón del universo y de éste a la fuente. De ahí proviene la duración del mundo aunque su anhelo nunca se extingue. Sin embargo, mi alma está siempre llena de la Palabra y del Canto. Este es mi regalo de bodas, hijos míos: que lleguéis a ser como yo. Muy unidos y llenos de dicha escucharon los jóvenes el discurso del tercer mendigo, y sus almas entonaron un cántico silencioso de alabanza. En la mañana del cuarto día recordaron los esposos al mendigo del cuello torcido que también los había socorrido, y he aquí que apareció ante ellos sin saberse cómo había llegado y les habló: Historia del mendigo del cuello torcido
- He venido, queridos hijos, a renovaros hoy la
bendición que pronuncié sobre vosotros aquel día
en el bosque. ¿Creéis que en verdad tengo el
cuello torcido y no puedo miraros a los ojos?
Pues no es así, sino que aparto mi mirada de las
vanidades humanas y no mezclo mi aliento con el
de los vanidosos. Mi garganta y mi cuello están
constituidos de tal modo, que puedo imitar todos
los sonidos del universo diferentes de las
palabras, y no existe ninguno que yo no pueda
reproducir. Esto ha sido testificado por los
habitantes del reino de la música. Pues existe
un país cuyos pobladores saben ejecutar los más
variados instrumentos y entonar cualquier clase
de cantos, y hasta el balbuceo de los niños
suena como una maravillosa canción. Cada uno
reúne en su garganta voces de distintos
registros y es capaz de cantar con todas ellas.
- Mi voz posee las mismas cualidades que las de todos vosotros y aun las supera, porque posee los tonos y registros que nunca habéis oído y ni siquiera sospecháis. Pues en el origen de los tiempos, a todos los seres a los que no les fue otorgado el don de la palabra se les concedió la posibilidad de expresarse a través de mí y de entonar por mi medio el canto que revelaba lo más profundo de sus corazones. Y si queréis comprobarlo y comparar mis dotes con las vuestras, así lo haremos. Hay dos reinos que distan entre sí miles de millas. Cuando llega la noche, los habitantes de esos reinos no pueden dormir, sino que se asoman por las murallas circundantes o deambulan junto a ellas, y es tan amargo el clamor de hombres y mujeres, de niños y ancianos, que conmueve a todos los seres: los animales aúllan, los árboles sollozan, las aguas corren entre tristes murmullos y hasta de las piedras se eleva un doloroso lamento. ¡Dignaos, sabios Maestros, ayudar a esos tristes reinos dominando con vuestras voces sus amargos clamores! Preparaos y os conduciré hasta ellos. Así lo hicimos y llegamos al primero de los reinos cuando atardecía. No hicimos más que pisar la frontera, cuando mis acompañantes comenzaron ellos mismos a proferir tristes lamentos y sus voces se unieron al coro de los habitantes del lugar. - Ya veis--les dije entonces--que vuestras grandes dotes y vuestra sabiduría sucumben ante la fuerza del dolor. Voy a explicaros cómo ha ocurrido esto: hay dos pájaros, macho y hembra, que son únicos en su especie y en el mundo no hay ningún otro igual. Un día se separaron sin poder volver a encontrarse. Desde entonces se buscan angustiados, y cuando creen que van a lograrlo, vuelan confundidos en direcciones opuestas, y gritan de dolor hasta que se desploman agotados y sin más esperanzas de reencontrarse. Y he aquí que cada uno habita en uno de los dos reinos, separados por miles de millas de distancia. Durante la noche, cada uno lanza al viento su doloroso clamor de añoranza por el otro. Al llegar la mañana, todos los pájaros de los bosques cercanos se reúnen en torno a cada uno de ellos e intentan consolarlos con mil arrullos y gorjeos y a cada uno le aseguran que algún día se reunirá con su cónyuge. De este modo, sus corazones se calman durante el día, pero al caer la noche, cuando los pájaros que los acompañan se marchan en bandada, cada uno siente con mayor intensidad qué solo está en el mundo y comienza a lamentarse amargamente. Este clamor se escucha cada vez más lejos y con más fuerza, y nada ni nadie puede sustraerse a su dolor ni evitar sumarse a sus lamentos, pues hasta las piedras mismas se conmueven. El triste coro va creciendo, y canta la desdicha de todos los seres. De este modo, ambos reinos lloran día y noche. - ¡Vaya!--exclamaron los maestros--¿Y te crees capaz de ayudarles? - ¡Sin duda que lo soy! En mí viven las voces y sonidos que emiten todas las cosas del universo, y cada una me ha contado sus penas y alegrías. Por ello, mientras que vuestra compasión y vuestra energía han sido vencidas por el dolor, las mías se disponen a luchar contra él. Dicho esto, y para librarlos del hechizo del dolor, conduje a los sabios y maestros a un lugar distante, situado entre los campos que separaban ambos reinos. Entonces, empleando mis poderes, imité el canto de ambos pájaros: primero la del macho, que hice llegar a la hembra; después la de la hembra, que envié hacia el macho. Cuando cada uno de ellos oyó la voz del otro, quedaron mudos y temblorosos, sin poder moverse de sus respectivas ramas. Pero mis llamados, imitando sus voces, no cesaban, y al fin ambos emprendieron el vuelo, cada uno orientado por la voz del otro, hasta que se encontraron precisamente en el lugar en el que me hallaba junto a los sabios. Su mutua alegría fue indescriptible y nunca más se les oyó llorar. Por eso, hijos míos, os traigo como regalo de bodas mi bendición: que seáis como yo. Las palabras bondadosas del mendigo llegaron al corazón de ambos jóvenes y encendió en ellos el deseo de ayudar siempre a los seres vivientes. Al quinto día, irrumpió en medio de su felicidad el recuerdo del quinto mendigo, el jorobado, y desearon con gran fuerza verlo en su fiesta de bodas. De pronto apareció ante ellos, y tomando entre las suyas las manos de ambos desposados, los saludó así:
- Aquí estoy, hijos míos, para traeros mi
bendición como regalo nupcial. Es la misma que
os di cuando erais niños: que lleguéis a ser
como yo. - ¿Creéis que soy jorobado? Pues no es así: mi aspecto es sólo vanidad e ilusión, pero proviene del hecho de que llevo sobre mis espaldas todas las cargas del mundo. Mi espalda es recta y fuerte y posee el don de lo pequeño que doblega a lo grande. Sobre ella llevo todas las penas, angustias y miserias del universo. Todo eso lo cargo sobre mis hombros. Una vez se reunieron los mayores sabios del mundo para indagar quién poseía el don de lo pequeño que vence y domina a lo grande. Uno de ellos dijo: - Mi mente es lo pequeño que somete a lo grande, pues en ella llevo las necesidades de miles y miles de seres humanos que dependen de mí. Con ayuda de mi mente, los alimento y los proveo de cuanto necesitan. Los demás se echaron a reír meneando sus cabezas. Entonces habló otro de ellos: - Mi palabra es lo pequeño que somete a lo grande. He sido destinado por el Gran Rey a recoger todos los cantos de alabanza, todas las peticiones y quejas, todas las palabras de gratitud y toda palabra dicha en voz alta, murmurada o siquiera pensada en silencio y a llevarlas ante Él a través de las mías. Y mi palabra las contiene a todas, las expresa y las supera. Los demás se echaron de nuevo a reír meneando sus cabezas. Entonces habló un tercero:
- Mi silencio es lo pequeño que somete a lo
grande. Por doquier se levantan contra mí los
mentirosos y blasfemos, y murmuran contra mí e
intentan avergonzarme y destruirme con sus
ofensas y calumnias. Pero yo callo ante ellos, y
mi silencio vence sus palabras malignas. - Mi vista es lo pequeño que vence a lo grande. Con mis ojos abarco todos los movimientos, danzas y torbellinos del mundo, al cual conduzco y oriento. De este modo mi vista guía a ese gran ciego que es el mundo, y capto y presido todas sus acciones. Los demás sabios callaron y miraron con respeto al que había hablado. Entonces yo intervine: - Este es el mayor entre vosotros, pero yo soy mayor que él. A mí me pertenece el verdadero don de lo pequeño que vence a lo grande, pues llevo sobre mis espaldas todas las cargas del mundo. Para que lo entendáis mejor, voy a revelaros algo: es sabido que cada animal conoce un lugar seguro donde guarecerse y cada pájaro conoce una rama donde posarse pero, ¿sabíais acaso que hay un árbol que sirve de refugio a todas las criaturas? Los animales descansan a su sombra y las aves en sus ramas. - Lo hemos escuchado de nuestros abuelos--respondieron los sabios--, y tenemos entendido que todas las alegrías de la vida de nada valen comparadas con la dicha que se siente al reposar junto a ese árbol, pues todos los seres vivos están allí hermanados y juegan a su sombra. Pero no tenemos idea de cómo llegar hasta él. Unos dicen que habría que buscarlo hacia el este, otros que hacia el oeste y no sabemos a cuál hacer caso. Entonces les dije: - ¿Por qué comenzáis por averiguar cómo llegar allí? Deberíais saber primero quiénes y cómo son los hombres dignos de hacerlo. Escuchadme: ese árbol tiene tres raíces de las que provienen sus dones. Una raíz se llama fe; otra se llama fidelidad; la tercera se llama humildad. La verdad es el tronco del árbol. Sólo quien reúna los dones propios de todas ellas podrá llegar a él. Los maestros decidieron entonces esperar a que todos y cada uno de ellos reunieran las virtudes necesarias, pues a algunos faltaba una u otra. De este modo se esforzaron en adquirirlas y en practicarlas, y llegaron a un estado de gran perfección. En el instante en que esto sucedió, recibieron la revelación del camino que debían seguir y partieron. Yo los acompañaba, y caminamos durante muchos días hasta que vimos a lo lejos el árbol. Pero asombrosamente estaba a la vez en un sitio y en ninguno, separado del espacio, de modo que los sabios desesperaron de poder llegar hasta él. Entonces volví a hablarles: - Puedo conduciros hasta el árbol, porque está más allá del espacio, y yo, que llevo sobre mi espalda todas las cargas del mundo, poseo el don de lo pequeño que domina a lo grande y mi alma ha superado los límites del espacio. Aquí donde estoy terminan esos límites y sólo un paso basta para entrar allí donde el espacio ya no existe. Entremos ahora juntos. Así lo hicimos y pudimos experimentar la dicha inefable que irradia del árbol. Hoy, hijos míos, quiero renovaros mi bendición como regalo de bodas, y os deseo que seáis como yo. Día a día iba creciendo la felicidad de los jóvenes esposos, pero al sexto día recordaron al mendigo de las manos baldadas y desearon con todo su corazón invitarlo a compartir su dicha. Entonces el mendigo apareció ante ellos y les dijo: - Vengo a renovar la bendición que un día pronuncié sobre vosotros. ¿Creéis que mis manos están tullidas e inútiles? No es así. En realidad puedo usarlas para cualquier cosa, salvo para oprimir al pobre o dejar de ayudar al que sufre. Mis manos son fuertes y ágiles, y actúan en lo más distante y en lo más profundo. Y os contaré lo que han conseguido: Historia del mendigo de las manos lisiadas En una ocasión se reunieron los hombres más fuertes de la tierra y cada uno exaltó ante los demás el poder de sus manos. - Soy capaz de atrapar flechas al vuelo--dijo uno de ellos--y devolverla al punto de partida, y puedo hacer retroceder la flecha que ya ha alcanzado su destino y anular sus efectos, si ha sido envenenada y ha herido a alguien. Entonces intervine: - ¿Sobre qué tipo de flechas te ha sido dado ese poder? Pues existen diez clases de flechas, untadas con diez clases de venenos. Él explicó cuáles eran las flechas sobre las que tenía poder. Entonces volví a hablar: - En ese caso no podrías salvar a la hija del rey, porque no eres capaz de arrancar de su corazón las diez flechas. Otro de los fuertes habló: - Puedo abrir con mis manos las rejas de las cárceles, y los cerrojos de sus puertas estallan, si los toco solamente con mi dedo. - ¿Qué tipo de rejas abres?--le pregunté--Pues es sabido que existen diez clases de rejas, y los cerrojos de sus puertas son de diez formas distintas. Él explicó cuáles eran las rejas y cerrojos sobre los que su poder actuaba. - En ese caso no podrías salvar a la hija del rey--le respondí--porque no tienes poder sobre los diez muros de agua que cercan su palacio. Pues sólo quien alcanza la plena libertad anda y actúa libremente. Un tercero habló: - Yo puedo transmitir sabiduría con mis manos, y la doy a todo aquel sobre quien las imponga. - ¿Qué clase de sabiduría transmites? Pues hay diez tipos de sabiduría y cada uno explica sólo una porción de la verdadera Esencia. Él explicó qué clase de sabiduría era capaz de transmitir. - En ese caso no podrías salvar a la hija del rey--repliqué--, porque no podrías descubrir y reconocer sus diez aflicciones. Sólo quien otorgue la plena y total sabiduría conocerá lo que está oculto. Un cuarto dijo entonces: - Yo podría atrapar las alas de la tempestad y gobernarlas con mis propias manos. - ¿Qué clases de tempestades eres capaz de dominar?--le pregunté -Pues hay diez tipos de tempestades y cada uno entona su melodía y te la enseña, si eres su amo y señor. Él explicó que clases de tempestades era capaz de dominar. - En ese caso no podrías salvar a la hija del rey--repliqué--, porque no lograrías cantar ante ella las diez melodías que le devolverían la salud. Y las diez melodías se esconden en la fuerza de las diez clases de tormentas. Entonces ellos me preguntaron: - ¿Y cuáles son tus poderes, que te permites dirigirte así a nosotros? - Puedo hacer todo cuanto hacéis y también lo que no podéis. He abierto todas las cárceles y cerrojos de la tierra y me paseo libremente por las nubes. Tengo poder sobre todos los dardos y flechas y extraigo de las heridas todos sus venenos, cuyos efectos anulo. Soy capaz de transmitir todos los tesoros de la sabiduría y de descubrir todos los secretos. Puedo uncir a mi carro todas las tormentas y he aprendido cada una de sus melodías. Yo sí soy capaz de salvar a la hija del rey y para probarlo, os contaré su historia: Sucedió hace algún tiempo que un príncipe quiso seducir a la hija de un rey y empleó todos los medios posibles para hacerla suya. Logró conseguir sus propósitos, pero pocos meses después, el príncipe tuvo un extraño sueño: vio a la hija del rey que, colocada sobre el lecho, le apretaba el cuello con las manos hasta estrangularlo. Convocó entonces a sus magos y adivinos y éstos le dijeron que el sueño era una advertencia de que moriría por causa de ella. El príncipe no sabía qué decisión tomar: no quería mandarla a matar al verla tan joven y hermosa; tampoco quería echarla del palacio porque no se sentía capaz de soportar su ausencia ni de saberla algún día junto a otro hombre; pero temía continuar como hasta entonces y que se cumpliese el fatídico sueño. Los temores y las dudas hicieron que el príncipe comenzara a mirar a su amante con desconfianza, y el miedo se reflejaba en sus ojos y en sus palabras. La hija del rey se sintió primero desconcertada y luego ofendida ante un cambio tan brusco para el que no hallaba explicación. De tal modo fue desapareciendo el amor que le tenía y comenzó a temerle y a evitar su presencia. Un día decidió escapar, y huyendo del príncipe, llegó al castillo de agua que, resguardado por diez muros de olas, se alzaba sobre un torrente. Nadie podía acercarse sin ser devorado por las aguas. Cuando la hija del rey llegó ante el primer muro, miró detrás de sí y vio que el rey la perseguía junto con su séquito. Como no había otro camino para escapar de él, se detuvo, apoyó la cabeza contra el muro de olas, cerró los ojos, y oyó a sus espaldas los cascos de los caballos, ante sí el ruido de las aguas y le pareció mejor morir antes que retornar a su infortunada vida junto al príncipe. Entonces se arrojó al torrente, que en lugar de tragarla, la sostuvo. Los muros de agua se abrieron y atravesó las diez puertas para entrar en el palacio de agua. El rey, que lo había visto todo, ordenó encendido de cólera a sus arqueros que dispararan sus flechas contra ella, pero no la alcanzaron. Sin embargo, a la entrada del palacio, la joven se detuvo para mirar por última vez al príncipe, y las últimas diez flechas emponzoñadas atravesaron su corazón y cayó sobre las olas, herida y envenenada. Pero en lugar de tragarla, las olas la llevaron suavemente dentro del palacio y la tendieron sobre un lecho. Cuando el príncipe intentó seguirla con sus huestes para rematarla, las olas se volvieron contra ellos y los devoraron. Ahora el tiempo se ha cumplido, se ha escuchado el mandato, y ha llegado el momento de liberar a la princesa. Entonces entré al palacio de agua, atravesé los muros, sané las heridas del corazón de la princesa y anulé la acción del veneno.
Ahora, hijos míos, como regalo de bodas, os doy
la fuerza de mis manos y repito la bendición que
una vez pronuncié sobre vosotros:
Los jóvenes se sintieron colmados de dicha y las
celebraciones nupciales prosiguieron. Fuente: Mesilot Hatorá
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El trébol de 4 hojas Molly quería tener un poco de buena suerte, decía que no tenía buena suerte desde hacía mucho tiempo. Las sumas y problemas de aritmética le salían siempre mal, había perdido el dedal de plata y lo peor de todo su gatito se había ido a corretear por ahí y no había vuelto a casa. Tengo muy mala suerte decía Molly llena de tristeza. Me gustaría tener un poco de buena suerte, aunque fuera una sola vez en cuando, mamá. Bueno entonces busca un trébol de cuatro hojas –le dijo su mamá- los tréboles de cuatro hojas traen buena suerte ¿sabes? Sal al jardín a ver si encuentras alguno. A Molly aquello le pareció muy buena idea. Así que salió al jardín y se sentó en la hierba seca. A su alrededor estaba lleno de tréboles, con sus pequeñas hojas redondeadas, y Molly se puso a buscar uno que tuviese cuatro hojas, miró por los menos 300 tréboles, pero ninguno tenía cuatro hojas. Su mamá la llamó a comer y ella entró corriendo a casa. Bueno ¿has encontrado alguno? le preguntó su mamá ¿Tú crees que vale la pena seguir buscando? Tienes que mirar en el trozo más oscuro que hay en el jardín – le contestó su mamá – puede que allí encuentres el trébol de cuatro hojas. Así que después de comer, Molly continuó buscando y terminó por encontrar un trébol de cuatro hojas, poderoso, grande y fuerte… ¿no era maravilloso? Lo cogió y corrió a casa con él. ¡Viva! ¡Mamá! ¡He encontrado uno! ¿Qué tengo que hacer ahora? – Ponlo bien plano entre las hojas de un libro y ahora si tendrás buena suerte – Justo mientras estaba prensándolo Molly oyó unas de sus amigas que la llamaba desde afuera.- ¡Molly! ven a jugar conmigo, en el jardín encontró a Hilda que la saludaba con la mano. ¿Dónde está Peter?– preguntó Molly- Pensaba que el también vendría a jugar. No puede, - contestó Hilda - su madre está muy enferma, y a él le pone muy triste verla en la cama que dice que aunque pudiera no podría dejarla sola y venir a jugar. Pobre Peter – dijo Molly -¡Como me alegro de que mi mamá no esté enferma! Una vez se enfermó y vino el médico, y me acuerdo que yo tenía que estar tan quieta y tan callada que en casa no podía oírse ni una mosca.- Peter dice que le gustaría poderse comprar un buen pedazo de suerte – ¡Así se la podría dar a su madre para que se curara! Pero la buena suerte no se puede comprar. O la tienes o no hay nada que hacer. ¡Oooh! Dijo Molly de repente yo tengo un poco de buena suerte. Acabo de encontrarla. ¿Qué quieres decir? La buena suerte no se puede encontrar por ahí. ¿O sí? Es en un trébol de cuatro hojas dijo Molly te lo enseñaré. Entró a casa a toda velocidad y volvió a casa a mostrárselo a Hilda. Entonces se le ocurrió una idea buenísima. Se lo daré a Peter – dijo – el necesita más buena suerte que yo. Seguro que su madre se pondrá mejor si tiene un pedacito de buena suerte. ¡Qué buena idea! Las dos niñas salieron echaron a correr camino abajo con el trébol. Cruzaron varios campos y llegaron a casa de Peter. Vieron a Peter que estaba en el jardín y lo llamaron.- Peter tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar. No podía soportar ver a su madre enferma, y estaba triste, muy triste.-
¡Oooh! Exclamó Peter lleno de sorpresa - ¡Mira!
¡Te he traído un poco de suerte! Y le dio el
trébol a Peter ¿De dónde lo has sacado? – Lo he
encontrado en mi jardín – es para ti.- ¿Es que
tú no quieres tener buena suerte? - preguntó
Peter. ¡Pues claro que quiero tener buena
suerte! Pero tú la necesitas más que yo – le
dijo la bondadosa Molly, Peter se lo agradeció
de todo corazón. ¡Lo deslizaré en la mano de mi
mamá y entonces seguro que se pone mejor! Molly
y Hilda le dijeron adiós y se marcharon
enseguida. |
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“Tu pueblo será mi pueblo y tu D´s será mi D´s” Lic. Judith Berinstein
En la tierra de Judea vivía una familia
integrada por Elimelej, el padre, Naomi, la
madre y los dos hijos de ambos, Majlón y Kilión.
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El chismoso arrepentido Relatan los sabios sobre un judío que era conocido en su comunidad como el chismoso comunitario; él acostumbraba a contar y chismear sobre cualquier tema, o cualquier persona, hasta que logró recibir el título negativo de chismoso profesional. Este chismoso era centro de información comunitaria; Después de años de hablar negativamente y de chismear, sin duda alguna complicó la vida de mucha gente, destruyó hogares. Decidió que había llegado la hora de hacer Teshuvá, de arrepentirse sobre todo lo que habló, actuó, chismeó y por lo tanto se dirigió al Rabino comunitario para que le ayudara en su proceso de arrepentimiento. El Rabino quién conocío al chismoso profesional, le preparó un plan de arrepentimiento, y como primera etapa de la Teshuvá le dijo “debes ir al lugar en el que degüellen pollos, Llenar dos sacos de plumas y regresar conmigo”. El chismoso pensó que básicamente era fácil: sólo reunir y llenar dos sacos de plumas no era gran trabajo. Así que fue, lo hizo tal cual se lo habían mandado. Fue al matadero de pollos, lleno dos sacos de plumas y regresó muy contento donde el Rabino, pensando que ya había culminado su proceso de arrepentimiento; él no sabia que había una segunda etapa. El rabino le dijo, que en la segunda etapa debería ir a tomar los dos sacos llenos de plumas, esparcirlas en las calles de la ciudad y después regresar. Sin otra opción, al chismoso le tocó cumplir lo que dijo el Rabino, pensando en la vergüenza y la humillación que tendría al tirar las plumas en las calles de la ciudad, como enmienda de los pecados graves por ser chismoso, hablar mal, y poner apodos, lo cual había hecho durante muchos años. El “chismoso” cumplió la orden del Rabino y al terminar, regresó contento pensando que su expiación de pecado y su proceso de arrepentimiento había terminado. El Rabino le sorprendido dándole una tercera orden como parte del proceso; tomar los dos sacos vacíos, e ir por toda la ciudad, de calle en calle, de casa en casa y de techo en techo recogiendo las plumas que había echado al aire. El chismoso perdió la paciencia y fue tan grande su coraje que explotó diciendo al Rabino que era imposible recoger todas las plumas; “unas puedo, pero todas imposible, muchas de ellas el viento las llevó a otras ciudades, otras se irán a los río, y los ríos las llevarán al mar y el mar, quien sabe a donde las llevará”, no lo puedo hacer Rabino… es imposible. Esto es lo que esperaba escuchar le dijo: sí, tienes razón, es imposible recoger todas las plumas, así mismo es imposible recoger todos los chismes, el mal nombre y la habladuría habla, que usted hizo durante años en la comunidad y en esta ciudad y en otras, los mensajes y las mentiras que usted dijo han llegado a cualquier lugar del mundo, ha destruido hogares, formado peleas y divorcios entre otros. Ahora ¿como quieres corregir y perfeccionar todo el daño que has hecho? De todas maneras el Rabino dijo el Rabino al ex chismoso: reza a D-s, arrepiéntete de corazón comienza el proceso, no importa que sea largo, no importa que largo sea, suplica a D-s con lágrimas, ya que ellas simbolizan el arrepentimiento y él, seguro que te va orientar el camino y la manera de perfeccionar tus acciones.
Tomado de:
Nuestros sabios nos cuentan
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El rubí
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El Triunfo por el Bluzhover Rebe, Rabí Israel Spira z”l.
Cada mañana, los alemanes nos traían del Campo de
concentración a la fábrica donde trabajábamos hasta
la noche. La comida que nos daban era difícilmente
comestible. Muchas personas estaban desnutridas y no
podían estar de pie. Pero los alemanes estaban
interesados en la producción, y desdichado era aquel
que no podía soportar. Nuestras vidas eran
irracionales y absurdas. Todos se concentraban en
sobrevivir otro día. Por las mañanas deseábamos que
fuera la tarde anterior, y en las tardes nos
afligíamos por las mañanas.
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Los Dátiles por Jorge Bucay
En un
oasis escondido entre los más lejanos paisajes del
desierto, se encontraba el viejo ELIAHU de rodillas,
a un costado de algunas palmeras datileras.
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Cada uno y lo que le corresponde por Rabí Zevulún Weisberger Las palabras salían de la boca de Adina tan rápido que sus padres sonrieron y dijeron: -Despacio, Adina. ¿La señora Gruen quiere que hagas qué? La pequeña Adina Gross de doce años explicó: La señora Gruen, una profesora de piano, vivía a unas cuadras de la casa de la familia Gross en Tel Aviv. Ahora que su bebita, Tsivia, tenía unos meses, la señora Gruen había empezado a dar clases de piano por las tardes. La señora Gruen había contratado a Lea Levy para que cuidara a Tsivia y lavara los platos del almuerzo durante su ausencia. Hoy Lea estaba enferma y cuando la señora Gruen vio a Adina en el makolet (almacén) esa mañana, le pidió que fuera a cuidar a su bebita. No muchos podían pagar una niñera en Tel Aviv en los años cincuenta. Había tantas cosas que una niña deseaba a los doce años y que su familia no podía darle... y este trabajo le ofrecía la posibilidad de hacer realidad algunos sueños propios. -¡Fue tan divertido, Ima! -dijo Adina emocionada-, y tan fácil. Sólo una bebita para cuidar y unos cuantos platos del almuerzo para lavar. Hice todos mis deberes y me pagó ¡una lira la hora! Cuando volvió dijo que hice un buen trabajo. Le dije que podía ir todos los días si quería y estuvo de acuerdo. Le dije que primero les tenía que preguntar a ustedes pero estoy segura de que me van a dejar, ¿no? ¿Aba, Ima?, terminó esperanzada. El señor y la señora Gross se miraron, algo estaba mal. Finalmente, el señor Gross dijo: -Adina, mamá y yo tenemos que hablarlo, pronto tendrás una respuesta. Adina deseaba muchísimo el trabajo de niñera. Era casi demasiado bueno para ser real, ¿por qué no estarían de acuerdo sus padres? El señor Gross volvió a la habitación y se sentó al lado de su hija.
-Adina -dijo
despacio.
Adina repitió la
historia: -Tu lo acabas de decir -dijo el papá de Adina-. Le sacaste el trabajo a Lea. ¿Por qué tiene que perder el trabajo, que por lo que sabemos lo necesita muchísimo, por haber estado enferma un día? -Pero, Aba -protestó Adina- ¡la señora Gruen me dijo que podía tomarlo! Nunca voy a encontrar un trabajo como éste. ¿Y quién dice que Lea lo necesita más que yo? -agregó mientras pensaba en la nueva mochila y en otros pequeños lujos que ahora, nuevamente, estarían fuera de su alcance. -Adínale, la señora Gruen estaba completamente satisfecha con Lea hasta que tu te cruzaste y le pediste el trabajo. Hasagat guebul, sacarle el trabajo al prójimo, es un cuestión muy seria. ¿Es eso lo que quieres hacer? Y en cuanto a otro trabajo, ¿quién sabe? HaShem le da a cada uno exactamente lo que le corresponde. Si se supone que vas a tener dinero extra, lo tendrás. Si no, no. No puedo permitir que le saques el trabajo a otra persona. Piénsalo -le dijo al irse de la habitación. Adina quedó pasmada. Mordiéndose los labios y apoyando una mano contra sus mejillas repentinamente hirviendo, murmuró:
-Enseguida vuelvo
-y se fue de la casa. Adina observó a dos mujeres, parecían madre e hija, que vinieron al parque y se sentaron en un banco cerca de ella. Sacaron unos sándwiches, se lavaron en una fuente cercana y hablaron mientras comían. "Parecen contentas", pensó Adina, "imagino que no perdieron sus trabajos".
Seguía oyendo las
palabras de su padre una y otra vez: "HaShem le da a
cada uno exactamente lo que le corresponde". Deseaba
poder creerlo. El próximo en aparecer por el parque fue un hombre que obviamente era un mendigo. Adina se sobresaltó, nunca había visto a nadie tan patéticamente pobre. Su vestimenta no era más que trapos emparchados. Los zapatos estaban rotos. Llevaba una vieja bolsa andrajosa en el hombro. Con ojos hambrientos, el hombre exploraba el parque. Cruzaba por el pasto de un banco a otro recogiendo basura y examinándola. Volvía a tirar los papeles al piso pero cuando encontraba trozos de comida: mendrugos de pan, frutas tiradas, pedazos de galletitas, las envolvía cuidadosamente y las ponía en la bolsa. Adina estaba horrorizada. ¡El pobre hombre tenía que recoger basura en la calle para comer! Se lamentó de no tener nada para darle ya que había salido de su casa sin nada. Observó cuando se agachó en el banco cercano a ella, donde habían estado las mujeres. Con una sonrisa de satisfacción, miró las bolsas que habían dejado. En una encontró un sándwich, en la otra unas galletas partidas. Casi cariñosamente, envolvió su tesoro y lo puso en la vieja bolsa. Con una última y rápida mirada por el parque, el mendigo se marchó. "Creo que no estoy tan mal", pensó Adina, "¿cómo imaginarse tener que vivir de basura?" De repente, para sorpresa de Adina, las dos mujeres volvieron, pero ya no sonreían. La más joven estaba pálida y casi llorando. La mayor corrió al banco donde se había sentado, se agachó y empezó a buscar entre el pasto. La joven se dirigió a Adina: -¿Viste a alguien en ese banco recogiendo algo, mirando? -Claro, sí -contestó Adina-. Había un mendigo ahí, buscando comida. Creo que encontró algo de pan y galletas, ahí donde estaban sentadas -dijo señalando el banco-. Las puso en su bolsa. Parecía contento cuando encontró tus bolsas.
-¡Oh, no! -dijo la
joven lloriqueando-. Entonces, lo debe haber
encontrado. Ahora nunca lo recuperaré.
-Mirá -dijo. -Se lo mostré a mi mamá y vinimos al parque a almorzar -continuó la joven-. No me lo puse todavía porque primero quería que lo viera mi padre. Luego, de camino a casa, vi que no lo tenía. ¿Te imaginas el miedo que tuve cuando dijiste que un mendigo había recogido nuestras bolsas? Pero Baruj HaShem, está acá. Sin embargo, no puedo entender cómo no lo vio. Estaba justo ahí. Javá se paró, saludó y se fue del parque con su madre sonriendo nuevamente. Adina también se paró para irse. Mientras regresaba a casa, pensó: "¡Qué historia! Un reloj de oro estaba ahí, frente a él y ni siquiera lo vio. Si hubiera encontrado ese reloj, habría tenido suficiente dinero para comprarse comida durante meses. Pero, en cambio, todo lo que encontró fue un pan viejo. Creo que realmente no se suponía que ese reloj fuera para él, por eso no lo encontró. Aba debe tener razón. Cada uno recibe lo que es para uno, ya sea pan o relojes de oro o... trabajos de niñera" pensó, sonriendo tristemente. "Es todo tuyo, Lea.
Si necesito un
trabajo, encontraré uno en alguna otra parte. ¡Si se
supone que lo tengo que tener... lo tendré!"
Fuente:
Masuah.org
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El Ultimo Judío
Para
pensar...
Fuente: Mesilot Hatora
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El Espejo En una pequeña ciudad vivía un hombre -Rev Abraham- muy piadoso y recto que cumplía casi con exactitud el dicho de nuestros Sabios: Elu debarim sheen lahem shiur... hajnasat orjim (estas son las cosas que no tienen medida... hospitalidad). Rev Abraham no se contaba entre los adinerados del lugar, todo lo contrario, era extremadamente pobre, pero a pesar de ello acostumbraba compartir su modesto pan y repartirlo entre los pobres, todos encontraban las puertas del Rev Abraham abiertas para satisfacer el hambre y su sed. En cierta oportunidad llegó a su casa un ilustre visitante, que era su rabino, Rav Yeshaiahu, conocido en la comarca por su sabiduría y bondad. El visitante se percató de inmediato de la gran hospitalidad de Rev Abraham quien llegaba a disminuir la alimentación de su familia para cumplir el precepto antes citado. Por este motivo no se fue de la casa hasta que no hubo bendecido a Rev Abraham para que tuviera la ayuda divina en toda empresa a la que se abocara. No pasaron muchos meses, hasta que se cumplieron las bendiciones de Rav Yeshaiahu, los negocios de Rev Abraham prosperaron increíblemente y llegó a la categoría de los hombres más ricos. Desde ese momento no encontró Rev Abraham tiempo libre para ocuparse de los pobres de su ciudad por la forma en que lo absorbían sus negocios, y por supuesto tampoco podía ocuparse de los demás pobres provenientes de distantes lugares que venían a su casa (pues hasta ese entonces su fama de generoso había traspasado los limites de su ciudad). A pesar de esto no se puede decir que había abandonado por completo su bondadosa costumbre, ya que tenia a uno de sus sirvientes encargado de ocuparse de los pobres, y hasta de vez en cuando enviaba grandes sumas de dinero destinadas a las clases más necesitadas, pero esto ya no era de todo corazón sino sin darle la menor importancia, hasta el punto que los pobres se apartaban de las puertas del nuevo rico. Y comentaban: "Desde el tiempo que fue bendecida con la riqueza es otra persona, antes era muy bondadoso". Ocurrió que cuando Rav Yeshaiahu se estaba encargando de recolectar fondos para "Pidyón Shevuyim" (rescate de cautivos), envió a una persona a solicitar su contribución a Rev Abraham, pero como estaba muy ocupado, lo atendió uno de sus sirvientes, quien no le permitió pasar a conversar con su patrón. Al enterarse de esto , Rav Yeshaiahu se entristeció mucho y dijo: "Quizás mi bendición se transformó en maldición". Prácticamente no se demoró ni un instante y partió hacia la casa de Rev Abraham para solucionar la situación. Por intermedio de su Shamash, el Rav mandó a avisar a Rev Abraham que deseaba verlo. Rav Yeshaiahu fue recibido por su alumno con mucha calidez y honor. Al entrar al salón principal de la mansión con una profunda mirada advirtió la magnificencia que lo rodeaba, sin embargo al momento se entristeció mucho, pues en ocasiones anteriores al visitarlo siempre había encontrado su casa llena de necesitados y en cambio en esta oportunidad estaba totalmente vacía. De repente el Rav se encaminó hacia la ventana y mirando a la calle le preguntó a su alumno quien era la persona que pasaba con su hacha. Le contestó que era leñador y que iba al bosque a trabajar. Luego el Rav hizo lo propio con otros vecinos de su alumno y este le respondía visiblemente sorprendido. Acto seguido el Rav se apartó de la ventana y caminó por la habitación hasta que al final se situó frente a un espejo. -Por favor, acércate, le dijo a Rev Abraham, mira por el espejo.
-¿A
quién ves? prosiguió el Rav, a lo que su alumno le
respondió: "lógicamente que a mí mismo", muy
sorprendido por preguntas tan simples. -Todo esto es muy lógico -dijo el Rav-, cuando el vidrio está puro, sin plata de por medio, se puede apreciar a los demás, en cambio cuando el vidrio esta impregnado de plata, solo se puede apreciar la imagen de uno mismo. Lágrimas afloraron en los ojos de Rev Abraham, había comprendido las palabras de su maestro, y supo que en un tiempo se asemejaba a un vidrio traslucido, a través del cual se interesaba por sus semejantes, pero ahora, en cambio, se había convertido en una persona que solo se veía a sí misma. El arrepentimiento surgió de Rev Abraham, quien decidió que desde ese momento se dedicaría personalmente al cumplimiento del precepto de Hajnasat Orjim, y se ocuparía de cada necesitado como en los primeros tiempos. Al día siguiente organizó una fiesta, invitó a sus amigos y compañeros, y les contó lo que había sucedido. Rev Abraham retiró del espejo parte de la plata que había en su interior para que quedara como recuerdo imperecedero, y a todo aquel que le preguntara por el motivo de su proceder, le contaría de qué forma lo había ayudado el espejo para volver a la buena senda.
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La batalla ganada contra las mentiras ¡Deberías avergonzarte! Un niño de nueve años diciendo mentiras. Sabes que no es verdad, ¿por qué lo dices?". Esta era una frase que Avigdor escuchaba a menudo, porque mentía con frecuencia. Ahora bien. Avigdor no quería dañar a nadie cuando mentía. Sólo daba rienda suelta a su imaginación y antes de darse cuenta de lo que decía, le brotaba una exageración tonta o hasta una mentira, sin tener ningún motivo. Esto se había convertido en un mal hábito, que ya era parte de su personalidad, como su nariz o su boca; no puede uno desprenderse de una nariz fea si la tiene y Avigdor pensaba que no podía dejar de mentir aunque tratara, pero sus padres y sus maestros muchas veces lo retaban. "Recuerda Avigdor, que antes de hablar eres dueño de tus palabras, pero luego de haberlas dicho ellas se adueñan de ti. Así que antes de hablar, piensa". Cuando comenzó el nuevo período de clases en el jéder, Avigdor llegó con una sarta de cuentos y aventuras que según él, le había ocurrido durante las vacaciones de verano; pero todo el mundo sabía que eran producto de su imaginación. Era el primer día de Elul y al comenzar el estudio, el maestro llamó la atención de los niños sobre la importancia y solemnidad de la época. Hizo notar que esos días, eran los más propicios para arrepentirse de los malos hábitos, aunque es posible hacerlo durante todo el año. El maestro no sólo se dirigía a Avigdor, pero al igual que a los otros muchachos de la clase, Avigdor pensó que se refería a él en particular. Sabía que no tenía que ir a buscar muy lejos, ni "cavar" muy hondo para desenterrar sus malos hábitos. Estos eran más que evidentes, pero lo enfrentaban descaradamente, lo desafiaban: Sabes que soy una cosa fea, pero aquí estoy y aquí me quedaré. ¿Qué crees que puedes hacer al respecto? Pues bien, Avigdor decidió aceptar el desafío, no dejaría que lo tomaran por un tonto. ¡Basta! La batalla había comenzado. "Ya se lo que haré -pensó- comenzaré anotando cada exageración o mentira que diga durante el día". Avigdor mantuvo su palabra. Cuidadosamente tomó nota en su pequeño diario cada vez que su hábito se apoderaba de él. Al finalizar la semana revisó el diario, pero al pasar las páginas lo invadió una sensación de desaliento que lo hizo estremecer. Casi no había pasado un día sin que dijera al menos diez mentiras, alardeara cinco veces y se burlara en tres ocasiones de los demás; aunque sin duda esas cifras representaban ya una gran mejoría, todavía eran demasiado. "Volveré a probar -resolvió Avigdor-, mi segunda línea de defensa será un silencio absoluto, si es necesario, por lo menos durante un día. Sí, el Shabat próximo mantendré mi boca limpia todo el día". Avigdor se vigiló durante todo el Shabat. Sólo una vez se olvidó de sí mismo pero inmediatamente se corrigió: "Pero he exagerado. Perdóname", se sonrojó. Era la primera vez que Avigdor se sonrojaba al decir una mentira e instintivamente sintió que era un buen signo. Sin embargo se sintió muy aliviado cuando terminó Shabat. Había sido un gran esfuerzo y ahora podía descansar. pero ni bien hubo decidido hacerlo, se encontró con una posición casi idéntica a la de antes; la semana siguiente estuvo casi tan llena de fracasos como la anterior. Pero no exactamente igual: Avigdor ponía más cuidado en lo que decía, y a menudo se ponía colorado, cuando no podía cumplir sus buenas intenciones. Una vez encontrándose con sus amiguitos vio que ellos se intercambiaban ideas sobre cuántos capítulos de Tehilim habían recitado desde que empecé el nuevo año. Avigdor dijo:¡Bah! Esto no es nada, yo voy en la mitad del libro por segunda vez. Los muchachos lo miraron con asombro y Avigdor se puso rojo. Se dio cuenta de no sólo estaba alardeando, sino que al mismo tiempo decía una mentira ridícula. ¡Qué rotundo fracaso!, pensó. Sin embargo no estaba listo todavía para rendirse. Avigdor trató con ahínco de sobreponerse a su mal hábito, pero todavía no estaba seguro de sí mismo. Sabía que el "lado malo" dentro de él, le estaba tratando de hacer creer que ya había ganado la gran batalla para que disminuyera sus esfuerzos. Pues bien, esta vez estaba dispuesto a pelear hasta el fin, hasta que estuviera completamente seguro. Por fin llegó Shabat, Avigdor oró fervientemente, oró a Di-s para que perdonara todas sus faltas, pero más que nada su mal hábito de mentir, alardear y menospreciar a sus amigos. Rezó durante toda la mañana, hasta que su padre lo llevó a casa a comer, pues no había tomado el desayuno. Al volver por la tarde al Bet HaKneset (sinagoga) para Minjá, Avigdor se dio cuenta que tenía ganas de orar más que nunca. Momentos antes de 'Arvit, la oración final del día, se anunció un pequeño receso, durante el cual la mayoría de las personas permanecieron en el Bet HaKneset. Avigdor prefirió salir para tomar un poco de aire. En el patio se encontró con un grupo de muchachos discutiendo acaloradamente, quiso evitarlo y volverse pero ellos lo notaron y le hicieron señas para que se acercara. Los encontró discutiendo sobre quién había ayunado más en el último Yom Kipur; algunos encogían sus estómagos para dar más fuerza a sus argumentos y decir que estaban más flacos que hace un mes, antes de ayunar. Entonces todos se dirigieron a Avigdor. ¡Ah! Antes de Yom Kipur, nos dijiste que ayunarías todo el día. ¿Lo hiciste? Avigdor se encontró entre la espada y la pared, sintió que la batalla se libraba de él en ese instante; si decía la verdad los muchachos se iban a reír de su palabrerío, si mentía, sabía que nunca ganaría la batalla. Vamos, Avigdor, di la verdad. Lo urgieron los muchachos. Avigdor los miró fijo y les dijo: Muchachos, ayuné todo lo que pude; después de todo tengo solamente nueve años, lamento no haber cumplido mi deseo; de cualquier modo están perdiendo el tiempo discutiendo tonterías, mejor vayámonos al Bet HaKneset, Arvit está por empezar. Avigdor esperaba que los muchachos se echaran a reír, pero no lo hicieron. Escucharon en su voz un dejo de sinceridad que impresionó a sus jóvenes corazones y sin decir nada siguieron a Avigdor. Y mientras él recitaba las Berajot finales de la Tefilá, las lágrimas se deslizaban por su pequeña cara encendida, lágrimas de gratitud a Di-s por haberlo ayudado a ganar su batalla, a triunfar.
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El Rey de los Mendigos por Meir Aides
El cielo gris caia en forma de puntiagudos borbotones sobre las antiguas construcciones y las avejentadas callejuelas. La ciudad, arrugada por los años, se debatía entre torbellinos de modernidad y pudor conservador. Hombres trajeados caminaban por la Avenida Haussman y perfumadas mujeres competian con las flores en los jardines de las Tullerias. Camine por las historicas baldosas de Paris, sintiendo el atrapante poder de la Gioconda. Me siguió con su vista, seduciéndome, perturbándome. Empero, al salir del hotel, divise entre la multitud la figura de Juana de Arco. La seguí durante algunas cuadras. En la estación Louvre Rivoli bajó al Metro y la perdí de vista.
Tome el subterraneo en direccion a la
Defanse. Aprovechando, pues, mis fracasos
sentimentales, decidí pasear para superar mi
paranoia.
Pedía dinero por doquier, con
caballerosidad; dirigíase uno a uno de los viajeros,
penetrando con la fuerza de su poderosa mirada.
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El Secreto de una Familia
Quién no ha escuchado hablar alguna vez de la ilustre familia Rothschild, célebre tanto por su inmensa fortuna como por sus buenas obras? Su fundador fue Meyer-Anschel Rothschild, nacido en Frankfurt, hace más de doscientos años, pertenecía a una familia que se distinguía por su religiosidad. Su padre, Moisés Rothschild, que falleció un año después del Bar Mitzvá de Meyer-Anschel, quería que su hijo fuese Rabino. En lugar de ello, fue uno de los banqueros más famosos del mundo, lo que no le impidió seguir cumpliendo la Torá en la forma más estricta. ¿Cómo es que este joven huérfano, nacido en el ghetto de Frankfurt, reunió una fortuna tan extraordinaria? He aquí la historia, en la que fue protagonista principal Moisés Rothschild. En la pequeña ciudad de Galitzia llamada Tchorkow, la comunidad judía eligió un día, como máximo dirigente espiritual, a un rabino conocido a la vez por su gran piedad y por su vasta erudición. Su nombre era Tzvi Hurwitz, pero cariñosamente lo llamaban Rab Herschele Tchorkower. Considerado por todos como un Tzadik, numerosos habitantes venían a pedirle un consejo o una bendición. Estaba siempre dispuesto a ayudar al prójimo y especialmente a las viudas y necesitados, para los cuales realizaba colectas especiales. Como inspiraba una confianza total, todo aquél que deseaba efectuar una donación, no encontraba nada mejor que hacerla por medio del santo Rabino. Es comprensible que una persona con tantas responsabilidades, necesitase un ayudante, este cargo lo tenía el joven Moisés Rothschild. El sueldo no era particularmente elevado, pero Moisés era feliz por poder estar cerca del Tzadik. Desempeñó sus tareas con gran entusiasmo y en poco tiempo ganó la confianza de todos y fue considerado como un miembro de la familia. Pero llegó el tiempo en que Moisés deseó fundar su propio hogar. Se casó con una joven judía de Sniatyn y se estableció allí donde su suegro, y lo ayudó a instalar un pequeño negocio. Un tiempo después, el día antes de Pésaj, durante Bedikat Jametz (búsqueda de productos prohibidos en Pésaj), Rab Herchele Tchorkow descubrió que le habían robado una bolsa con quinientas golden (moneda del lugar), del cajón de su escritorio. La suma era considerable y constituía el ahorro de personas no pudientes que, con gran esfuerzo habían logrado reunir algún dinero y se lo habían confiado al Rabino. ¿Qué podía hacer? La suma era demasiado grande para reembolsarla, pero su pena era aún mayor al pensar que alguien de su propia casa pudo realizar una acción tan reprensible. Además, había un detalle, lamentable por su precisión, que lo atormentaba: sólo una persona, además de él, conocía la existencia de la bolsa en el cajón del escritorio: era Moisés Rothschild. El Rabino había depositado en él toda su confianza y no hubiera soñado siquiera una acción tan baja de su parte. De todas maneras, era necesario rendirse ante la evidencia. ¿Era posible que Moisés, ante gastos tan urgentes para formar su nuevo hogar, hubiese tomado el dinero a título de préstamo? El muchacho era honesto; seguramente devolvería el dinero lo antes posible. Después de llegar a este razonamiento, que era el único posible, el Rabino decidió no contar nada a nadie. No había que causar daño en la colectividad, y menos aún acusar a nadie de robo. Pensaba hablar con Moisés y aclarar el asunto con él sin que nadie se enterase. Por lo tanto, al tercer día de Pésaj, alquiló un carro a caballos y fue a Sniatyn para ver a su ex-ayudante. Su partida no sorprendió a nadie en la colectividad. El Rabino acostumbraba realizar pequeños viajes. Pero quien se sorprendió fue Moisés, al verlo entrar de manera tan inesperada, en su modesto negocio. Cuando ambos estuvieron solos, el Rabino con mucho cuidado, relató a Moisés el motivo de su visita. Le dijo cómo había descubierto la desaparición de la bolsa, asegurándole que ni pasó por su mente la idea de robo. ¿Acaso Moisés, apremiado por la necesidad, había querido tomar prestado el dinero por cierto tiempo? Ciertamente, aún con esta intención, tal gesto era contrario a las leyes; pero suele suceder que el ser humano ceda a la tentación. De todos modos, si reparaba su falta, podía estar seguro de que Di-s lo perdonaría. El Rabino también estaba dispuesto a perdonarlo. Además Moisés podía contar con su entera discreción: nadie se enteraría jamás de lo sucedido. El Rabino concluyó diciendo que si esa suma le hubiese pertenecido, no habría tratado de recuperarla. Pero aquel dinero era propiedad de viudas, huérfanos y gente pobre, cuya vida misma, de él dependía. A medida que el Rabino hablaba, Moisés empalidecía y su mirada se llenaba de inmensa tristeza. De pronto no pudo contener sus lágrimas: seguramente ya lo atormentaba el remordimiento. Al menos, el Rabino lo interpretaba así y esto acrecentó su estima por Moisés. Este, no trató de negar nada; permaneció en silencio, sin defenderse. Instantes después abrió su caja, vaciando su contenido; lo contó y se lo entregó al Rabino sin una palabra. Luego le pidió que esperase un momento pues iría a ver con qué completar la suma. Pasó un rato. Cuando Moisés regresó, la misma angustia alteraba sus rasgos. Le dijo al Rabino que, a pesar de sus esfuerzos, no llegó a reunir más que la mitad de la suma. Pero si el Rabino tendría paciencia, se comprometía a completar escrupulosamente la otra mitad, con pagos sucesivos. El Rabino se sentía feliz del cariz que tomaban los sucesos. Siempre había pensado que Moisés era un muchacho bueno y honesto. Su actitud en la presente situación, lo confirmaba. Además ¡qué alivio saber que los pobres huérfanos y las viudas no sufrirán ningún perjuicio! Tenía la certeza que Moisés cumpliría la promesa. En efecto, fiel a la palabra dada, sin que jamás hubiese que recordárselo, el joven envió regularmente a Rabbí Herschele, pequeñas sumas de dinero hasta completar los quinientos golden. Este último hallaba por fin, la paz que aquel grave accidente había turbado. En su mente, ese asunto sólo quedaría en el recuerdo; y si alguna vez pensaba en ello, sería sólo para admirar la dignidad y bondad con las cuales podía actuar un simple joven como Moisés, quien con tanta abnegación había reparado una falta cometida en un mal momento. Cierto día en que Rabbí Herschele estaba profundamente sumido en el estudio, llegó a su casa un mensajero que venía de parte del Jefe de Policía de la ciudad. Este último, disculpándose por molestar al Rabino, le informó que desea verlo por un asunto urgente y que un coche lo esperaba en la puerta para conducirlo. El Rabino no tenía la menor idea del motivo del llamado; se encomendó a Di-s, esperando que ningún peligro amenazara a la colectividad y se apresuró a acompañar al mensajero. El jefe de policía lo recibió amistosamente y le preguntó si en el último tiempo, no le habían robado nada en su casa. Rabbí Herschele le respondió que si refería a cierta suma que se la había desaparecido, en la actualidad ya la había recuperado. Ante estas palabras, el jefe de la Policía pareció muy sorprendido y le pidió que le contase lo sucedido. -"Si Ud. me promete no emprender ninguna acción contra un inocente que, además, ya reparó su falta, le contaré todo", respondió Rabbí Herschele. El jefe de la policía se lo prometió. El Rabino le dio los detalles que deseaba sin omitir uno solo. -"¡Uds. los judíos, son verdaderamente extraordinarios! ¡Jamás en mi vida oí cosa semejante!", exclamó lleno de admiración el jefe de Policía. Después de decir esto, abrió un cajón del escritorio, y sacando una bolsa, preguntó: "Sr. Rabino: ¿reconoce esto?". Esta vez el sorprendido fue Rabbí Herschele. ¡Era su bolsa, la misma que había desaparecido en víspera de Pésaj! El jefe de Policía se alegró del efecto causado. Esperó unos instantes. Luego llamó y cuando apareció un subordinado, le dijo: "¡Tráelos!". El policía regresó rápidamente con una mujer y un hombre con las manos esposadas. -"¿Los conoce Ud.?", preguntó el jefe de Policía al Rabino. -"¡No!", respondió este último cada vez más intrigado. -"Absorbido por los libros, como Ud. está siempre, no se fijó en la cara de la doméstica que limpia su casa. Pero poco importa que la reconozca o no, pues ya confesó todo". Y luego de ordenar que se llevaran a la pareja, el jefe de Policía relató al Rabino su historia, la verdadera. Días antes de Pésaj, la mucama había hecho una gran limpieza en la casa y encontró la bolsa que Rabbí Herschele guardaba en el cajón de su escritorio; la escondió y luego se la llevó a su casa en las afueras, donde vivía con su marido. Ambos decidieron enterrar el botín en el granero, para que no despertara sospechas. Pero el marido, era un ebrio consuetudinario, y no pudo resistir la tentación de sacar algo para satisfacer su pasión. Así es que tomó una moneda y se fue a la hostería. Cuando el posadero le preguntó cómo había obtenido aquella moneda de plata, le contestó que la había encontrado. Pero al día siguiente volvió con otra moneda, y lo mismo hizo al día siguiente. Entonces el posadero empezó a sospechar y advirtió a la policía. El hombre fue detenido y negó todo; pero algunos latigazos lo hicieron confesar. La bolsa fue encontrada casi intacta, ya que no faltaban más que las tres monedas gastadas en la hostería. -"Es suya, llévesela", dijo el jefe de policía al Rabino. Este sonreía; su satisfacción era enorme. Sin embargo no dejaba de estar intrigado por la conducta de Moisés que no sólo no se había defendido al aparecer como sospechoso, sino que hasta había pagado, por un robo cometido por otro. El Rabino se fue con el corazón desbordante de alegría y se apresuró a visitar a Moisés. -“Reb Moshé,- le dijo luego de haberlo saludado- espero que quieras perdonarme". "¿Por qué - le preguntó con los ojos llenos de lágrimas - No me dijiste que no habías tomado el dinero?" Su colaborador le respondió que la posible desdicha de los pobres huérfanos unida a las angustia del Rabino, lo habían conmovido profundamente. Si hubiera dicho la verdad negando ser el autor del robo, el Rabino no hubiera aceptado su ayuda pues la hubiera considerado un sacrificio demasiado grande. En efecto lo fue, pues debió empeñar todo lo que poseía para poder reunir la suma que le entregó al Rabino el primer día; además debió economizar moneda sobre moneda para formar el resto. Pero aquel sacrificio era necesario, pues sabía que Rabbí Herschele no podría reunir aquella suma. El Rab estrechó a Moisés en sus brazos y le dio su bendición, pidiendo a Di-s que le diese una gran fortuna para que siempre pudiese ayudar a los pobres necesitados. -"Aquí está la suma que tan generosamente pagaste de tu bolsillo. Vuelve a Frankfurt donde tendrás mejor ocasión de hacer buenos negocios y cumplir buenas acciones. Que Di-s esté contigo, con tus hijos y con los hijos de tus hijos en todas las generaciones futuras". La bendición de Rabbí Herschele Tchorcower no fue dada en vano. Moisés Rothschild fue un gran comerciante en Frankfurt, dedicándose también a operaciones de cambio muy ventajosas. Su hijo Meyer-Anschel Rothschild tuvo aún más éxito que él. Sus cinco hijos, que se establecieron, cada uno en otra capital de Europa, ayudaron a acrecentarla. La fortuna creada por Moisés creció y se multiplicó de generación en generación. Un nieto de Moisés, el barón Edmond de Rotschild, que encabezaba la casa Rotschild y vivía en Francia, se distinguió particularmente por su acción en favor de sus correligionarios, ayudándolos por todos los medios posibles, lo que le valió el apodo de "HaNadib HaYadú'a" (el Ilustre Benefactor). Su vida fue larga. Murió en París (en 1934) a los noventa años de edad.
Fuente: Mesilot Hatora
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Los anteojos
Extraído de “El Narrador”
Esta es la historia. Fue un día muy feliz para la familia cuando se vio bendecida con un nuevo hijo varón. Los padres celebraron este feliz suceso de la manera tradicional, con una fiesta llamada Shalom Zajar ("bienvenida al hijo varón") el viernes por la noche antes de su Brit Milá (circuncisión) y, por supuesto, con una ceremonia festiva de brit milá en el octavo día luego del nacimiento; claro está, a ambos festejos asistieron los parientes y vecinos. Pero su regocijo duró muy poco, pues los padres pronto comenzaron a notar que los hermosos ojos azules del bebé simplemente miraban sin ver. Profundamente doloridos, se dieron cuenta de que su bebé era ciego. Sin perder tiempo, pidieron el consejo de médicos expertos en cuestiones del ojo pero, tristemente, nadie les podía ayudar; el bebé nació ciego, y los médicos no conocían curación para su mal. Los padres aceptaron la triste situación, y agradecieron a Di-s por el bebé incluso si éste no podía ver. Volcaron todo su amor en el niño, y se dedicaron plenamente a él. Como desconocemos el nombre del niño, lo llamaremos Mijael. Cuando Mijael tenía tres años, tuvo su fiesta de opsherenish (primer corte de pelo), y su padre contrató un maestro para que comenzara a enseñarle lo que cada niño judío debe aprender. Por supuesto, a Mijael había que enseñarle todo de memoria, pues, como sabemos, no podía ver como para leer de un libro. Mijael era un muchacho brillante, ávido por aprender, y tenía una memoria notable. Todo lo que su maestro le enseñaba lo absorbía de inmediato y quedaba firmemente archivado en su mente. Con el correr del tiempo, Mijael había memorizado todas las plegarias del Sidur. Entonces pasó al estudio del Jumash (Pentateuco) y la Mishná. Cuando llegó a la edad de Bar Mitzvá, era tan hábil como cualquier otro muchacho de su edad, y muchas veces hasta mejor. Y siempre estaba ávido por aprender más. En su hogar, Mijael podía reconocer cada artículo y dónde estaba. Cualquiera que lo observara no podría sospechar que Mijael fuera ciego. Cuando salía de la casa, sin embargo, su hermano menor lo sujetaba del brazo para guiarlo. Mijael era muy conocido y todos lo saludaban de manera muy amistosa. Él, a su vez, siempre respondía con un saludo alegre y una sonrisa cordial. Recordaba muchas voces y los nombres de aquellos con los que se había encontrado apenas un par de veces, y solía asombrarlos dirigiéndose a ellos por sus nombres. Mijael sentía un amor especial por los libros. Aunque no podía leer ninguno de ellos, solía acercarse con frecuencia a la biblioteca, ya sea en su hogar o en el Beit HaMidrash (la Casa de Estudios), y extraer un libro. Recorrería con sus dedos las tapas y las páginas interiores, alisando con cariño alguna que encontrara arrugada, para finalmente besarlo y devolverlo a su lugar. Un día, Mijael pidió a su hermano que lo llevara al Beit HaMidrash principal del pueblo, donde aún nunca había estado. Cuando los muchachos entraron, el Rabí estaba en medio de una clase de Midrash. Mijael se sentó cerca y escuchó atentamente. Podía seguir la lección, y ésta le causó un inmenso placer. Después de la clase se unió a la gente en las plegarias. Rezó con especial devoción, sintiéndose particularmente agradecido a Di-s por permitirle estudiar Torá y recitar sus oraciones a pesar de su desventaja. Cuando todo la gente abandonó el Beit HaMidrash, Mijael no tenía prisa alguna por irse y pidió a su hermano que lo condujera hasta la biblioteca. El primer libro que tocó y extrajo era un grande y pesado volumen. Lo sintió polvoriento, señal de que no se lo había usado ya hacía mucho tiempo. Le sacó el polvo y comenzó a dar vuelta las páginas lenta y suavemente. Repentinamente, el libro pareció abrirse sólo y Mijael sintió un grueso objeto entre sus páginas. Lo tomó en sus manos y sintió que era una caja para anteojos. Efectivamente, cuando la abrió, encontró en su interior un par de anteojos.
Mijael
los montó sobre su nariz, curioso por saber qué
sentía la gente cuando usaba anteojos. No bien hubo
ajustado los anteojos a su nariz que, ¡oh sorpresa!
¡La oscuridad desapareció milagrosamente, y todo se
iluminó con una llamarada de luz! Vio la caja de los anteojos y el libro que sostenía en sus manos; contempló de una mirada todo el Beit HaMidrash, la bimá (mesa donde se lee la Torá) y el Arca Santa; y allí, en el otro extremo del banco, vio a su querido hermano menor enfrascado en un libro, como si nada hubiera sucedido. "¡Debo estar soñando!", pensó Mijael. Pero sabía que no era ningún sueño. Esto era demasiado como para absorberlo de golpe. Se sacó rápidamente los anteojos, ¡e inmediatamente todo volvió a la oscuridad! Mijael puso los anteojos de vuelta en la caja, y la guardó en su bolsillo. Luego devolvió el pesado libro al estante y pidió a su hermano que lo llevara de regreso a casa.
Mientras
caminaban por la calle, tomados del brazo, su
hermano le preguntó:
Cuando
llegaron a casa, la familia notó que Mijael estaba
inquieto por algo. Le preguntaron qué pasaba, pero
él respondió: Pero cuando se sentaron alrededor de la mesa, y vieron que sus manos temblaban, y que su rostro estaba pálido y serio -tan diferente de su usual personalidad alegre- sus padres se sintieron preocupados. Sin embargo, no volvieron a insistir en el tema, seguros de que Mijael eventualmente les contaría qué lo perturbaba. Después de que todos se retiraron a dormir y Mijael quedó solo, extrajo cuidadosamente los anteojos y los puso sobre su nariz. ¡Nuevamente se abrió ante él un mundo nítido! Mijael supo que no estaba soñando. Durante varios días Mijael continuó guardando para sí el secreto de los maravillosos anteojos. Finalmente, decidió que no tenía sentido ocultar a su familia la maravilla del brillante y hermoso mundo que los prodigiosos anteojos habían abierto ante él. Al principio, la familia no podía creer que semejante milagro hubiera sucedido, y supuso que quizás la imaginación de Mijael le estaba jugando algún truco. Pero cuando Mijael demostró que realmente veía todo muy claramente y con lujo de detalles, como cualquier persona de vista normal, la familia se sintió, por supuesto, alborozada más allá de toda descripción. Mijael vestía ahora los anteojos todo el tiempo. Temía sacárselos, no fuera que, por algún percance, la cualidad milagrosa de los anteojos se terminara. Mijael comenzó ahora a aprender a leer letra por letra y palabra por palabra. Como ya sabía todas las plegarias de memoria, aprender a leer le resultó fácil. Del mismo modo también aprendió rápidamente a leer el jumash y el comentario de Rashi, y todos los demás textos sagrados que había estudiado de memoria. No dejaba de sentirse emocionado. El rumor acerca de la milagrosa recuperación de su vista mediante un par de maravillosos anteojos corrió rápidamente y se convirtió en la conversación de todo el vecindario. La gente estaba ansiosa por verlo, y a duras penas podía creer lo que veía cuando lo observaba caminando por las calle por sí mismo, o lo encontraba estudiando de los libros santos en el Beit HaMidrash, con esos milagrosos anteojos descansando cómodamente sobre su nariz. Todos concordaban en que Mijael era la persona más digna para merecer semejante milagro. Mijael, es de comprender, se sintió atraído hacia aquel grueso libro sagrado que había alojado los anteojos milagrosos durante tanto tiempo. Ahora podía leer sus páginas sin dificultad, pero le resultó difícil comprender su contenido. Faltaban la página titular y algunas de las primeras, de modo que nunca supo quién fue su autor. Ni supo tampoco si los anteojos pertenecieron a éste, o a algún otro santo tzadik que estudió esta obra. Mijael preguntó a los más ancianos judíos que vio en el Beit HaMidrash si tenían alguna idea acerca de a quién podrían haber pertenecido los anteojos, pero todos se encogieron de hombros y sacudieron la cabeza en negativa. Pronto, la gente comenzó a llamarlo "Mijael Brilen", pues con mucha frecuencia se lo había oído preguntar: "¿Quizás reconoce usted estos brilen?" (Brilen, en Idish, significa "anteojos"). Con el paso del tiempo, se convirtió en el nombre de la familia de Mijael, en forma abreviada Brill. Mijael tomó la firme resolución de que pondría su máximo empeño en ser digno del regalo de Di-s, el don de la vista, y se consagró totalmente al estudio de la Torá y a cumplir mitzvot con verdadero regocijo. Cuando cumplió los dieciocho años, aceptó la propuesta de uno de los más destacados miembros de la comunidad, un adinerado comerciante y erudito de Torá, de convertirse en su yerno. Mijael y su novia muy pronto estaban felizmente casados. Según se acordó de antemano, la joven pareja fue totalmente mantenida por el suegro de Mijael durante varios años, a fin de permitirle dedicarse al estudio de la Torá sin tener que preocuparse por el sustento. Más tarde, a medida de que la familia de Mijael comenzó a crecer, se unió a su suegro en los negocios. Mijael tuvo mucho éxito también en este campo, y se sentía feliz de poder dar mucha tzedaká (caridad) y ayudar a los necesitados de muchas otras maneras. Mijael Brill llegó a una muy avanzada vejez y dejó tras de sí un buen nombre, con una considerable fortuna para sus herederos y para instituciones de Torá y tzedaká. Después de culminada la semana de shivá (los siete días de duelo), los herederos se sentaron a repartir la herencia. Todo se arregló rápida y suavemente... hasta que surgió el problema: ¿Quién heredaría los milagrosos anteojos del padre? Los hermanos comenzaron a ofertar por ellos, y pronto cada uno ofrecía agitadamente una suma mayor al anterior, hasta que uno ofreció toda su parte de la herencia por los anteojos. Pero entonces otro de los hermanos igualó la oferta, y luego un tercero... Entretanto, los anteojos pasaron de mano en mano, y entonces, en medio de la excitación... ¡alguien dejó caer accidentalmente los anteojos y las lentes se quebraron en numerosos pedazos! El problema ahora estaba resuelto: cada uno recibió un trozo de los maravillosos anteojos de su padre.
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La tradición de sobrevivir a nosotros mismos
Era
viernes a la tarde y las familias se apuraban para
dejar todo listo en la casa antes de acudir a la
sinagoga. La familia Lewynski, los Cohen, los
Toledo, los Laor, … todos, doce familias en total.
Esto era así porque habían sido deportados de
diferentes lugares hacía apenas unos meses a un país
donde los únicos judíos eran ellos y no tenían más
que una sinagoga…. De momento.
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Las Tres Gallinas
Como era tan joven, tenía miedo de no poder gobernar una nación tan grande. Le preocupaba que tal vez no tomara la decisión correcta; que quizás no pudiera resolver los problemas que surgieran entre gente más vieja y sabia que él. Shlomó decidió rezar a Di-s y pedirle que le ayudara a ser un buen rey. Cierta noche, tuvo un sueño. En este, Di-s le preguntaba qué era lo que más deseaba en la vida. "Si pido riquezas", pensó el joven rey, "no tengo ninguna duda de que Di-s me las concederá. Si solicito que proteja a mi reino de sus enemigos, seguro que también lo hará. Pero, ¿no he aprendido yo que a la persona sabia nunca le faltará nada?" "¡Señor del Universo!", dijo Shlomó en su sueño. "No deseo riquezas. Lo único que quiero es que me ayudes a ser un hombre sabio y compasivo. Un hombre que sepa juzgar correctamente todas las situaciones que se le presenten. De esa manera seré un buen ejemplo para mi gente y los judíos imitarán mi conducta". Di-s reconoció en las palabras de Shlomó su fervoroso deseo de ser un buen rey, y le concedió su deseo. Lo convirtió en el hombre más sabio del mundo. Shlomó estudiaba Torá día y noche. Examinaba las razones en virtud de las cuales era bueno cumplir las Mitzvot, y explicaba a su pueblo todo lo que aprendía. Así, el pueblo compartía con su joven monarca todos sus conocimientos. Cuenta la historia que cierto día Shlomó salió a pasear con tres hombres sabios. Ya casi había comenzado el invierno, y hacia mucho frío. Mientras andaban, se encontraron junto al camino con un hombre que, metido en el río, lavaba unas pieles.
"Perdóname si interrumpo tu trabajo", dijo el rey
Shlomó al hombre, "pero... ¿no es siete más que
cinco?" Shlomó se mostró complacido por la respuesta, en tanto que los hombres sabios que lo acompañaban se miraron extrañados, sin comprender. ¡Qué significaban estas adivinanzas?
"Dime",
prosiguió Shlomó, "¿cuantas veces se quemó tu casa?" El rey y sus acompañantes emprendieron el regreso. Mientras caminaban de vuelta al palacio, el Rey preguntó a los tres sabios si habían comprendido la conversación mantenida con el hombre pobre.
"A decir
verdad, Alteza, no hemos entendido nada". Los tres sabios pensaron y pensaron, pero por más que se esforzaban no daban con ninguna respuesta satisfactoria. Finalmente y sin otro remedio, volvieron hasta al río para ver si encontraban al hombre que había estado allí lavando las pieles.
"Por
favor, buen hombre", le imploraron apenas se
encontraron con el, "explícanos la conversación que
mantuviste con el rey. No entendimos nada, y nos
gustaría saber de que han hablado". Los tres sabios estaban desesperados. Tenían que saber cual había sido el tema de la conversación. Finalmente, y como último recurso, le ofrecieron al pobre hombre todo el dinero que tenían si les explicaba que era lo que había hablado con el rey. "Si es así, acepto", respondió el hombre de buena gana. Los hombres corrieron a sus casas y trajeron toda su fortuna. Entonces el buen hombre les dijo:
"El
problema de ustedes es que son egoístas; si les
hubiera interesado ayudar a la gente pobre como yo
tanto como le importa al rey, lo hubieran entendido
todo. Los sabios acariciaron sus barbas en señal de aprobación, y volvieron a preguntar:
"Y qué
puedes decirnos respecto de la segunda pregunta que
te hiciera el rey, aquello de '¿cuántas veces se
quemó tu casa?' ¿Qué quiere decir eso?"
"¡Oye!
¡Espera!", gritaron los tres sabios. "¡Aún no nos
explicaste lo de 'desplumar a las tres gallinas'!" Los tres sabios se miraron entre sí, y se dieron cuenta de que el rey les había jugado una broma. Al principio se enojaron un poco, pero luego reconocieron que debían considerarse afortunados por haber sido elegidos para ayudar al pobre hombre. Y al mismo tiempo aprendieron otra lección del rey, que dice: "Para tener un corazón que entiende, primero debes tener corazón".
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Una carta expreso
Un hombre bien vestido, evidentemente un rico mercader, se presentó cierta vez ante el Baal Shem Tov, trayendo consigo una enorme suma de dinero para ser distribuida para fines de caridad. "Mi nombre es Avigdor", se dio a conocer el hombre. "Soy un exitoso mercader de la ciudad de Brod". El Baal Shem Tov aceptó el dinero, y preguntó a su vez: "¿Tienes algún pedido que hacer, Reb Avigdor?" "No, no preciso nada", respondió Avigdor. "¿Quizás una bendición para parnasá (sustento)?", preguntó el Baal Shem Tov. "Eso no es necesario", dijo Avigdor. "No me falta parnasá. Estoy en el mundo de los negocios hace muchos años y he tenido bastante éxito. Uso mi cabeza, y la experiencia siempre aporta sus beneficios. Soy lo bastante inteligente como para saber que es de tontos 'poner todos los huevos en una única canasta'. Compro bosques y envío los troncos por medio de balsas bajando por el curso del río; comercio con granos y lino, cuero y algodón. Visito las ferias y compro y vendo toda mercadería que me parece buena. De modo que, como puedes ver, no tengo preocupaciones por mi sustento. Ojalá no sea peor en el futuro. No tengo quejas". "Gracias a Di-s", dijo el Baal Shem Tov con gran énfasis, observando a Avigdor con piedad. Sentía pena por este hombre que se mostraba tan seguro de sí mismo como para olvidar que todo éxito se debe a la bendición de Di-s. Aquí, delante de él, estaba un hombre que se jactaba de lo inteligente que era y a quien ni se le había ocurrido decir Baruj HaShem ('Bendito sea Di-s', en el sentido de 'Gracias a Di-s'). Aún de ser tan inteligente como creía que era, ¿no es también la sabiduría un regalo de Di-s? Entonces el Baal Shem Tov preguntó a Avigdor: "¿Cómo anda tu salud? ¿Cómo está tu familia? ¿Tus hijos?" El Baal Shem Tov esperaba que Avigdor recordaría decir 'gracias a Di-s' o 'alabado sea Su Nombre', o alguna otra expresión de gratitud por la bendición de Di-s. No obstante, Avigdor no mencionó el Sagrado Nombre ni siquiera una vez. Entonces el Baal Shem Tov dijo a Avigdor: "Está escrito en el Libro de Tehilim —Salmos—, y también lo decimos en nuestras plegarias todas las mañanas: 'Tú, Santo, Te sientas en Tu Trono sobre las alabanzas del pueblo de Israel' (Salmos 22:4). Esto significa que HaShem, el Santo Di-s, Se sienta en Su trono y aguarda palabras de alabanza de los judíos. ¿Te das cuenta qué quiere decir esto? Significa que cuando un judío dice Baruj HaShem, 'Gracias a Di-s', o 'Bendito sea Su Nombre', o cosas similares, ello le es más querido a Di-s que las alabanzas de los ángeles en el cielo. Esto suena un tanto raro, pues Di-s no precisa realmente que los seres humanos Lo alaben o Le agradezcan. Son los hombres quienes deben recordar que todo el bien del que disfrutan, buena salud, buena fortuna, buenos hijos, todo, viene de Di-s, la Fuente de todas las bendiciones. "Sin embargo", continuó el Baal Shem Tov, "el ser humano puede olvidarse o simplemente pasarlo por alto. Precisamente cuando uno alcanza el mayor éxito en los negocios y piensa que todo se debe al hecho de que él es inteligente, o que merece todo, llega a creer que así será siempre. Así, puede llegar a olvidar del todo, Di-s libre, que esto es gracias a Di-s que ha sido muy bondadoso con él. No importa cómo marchen las cosas, siempre hay muchas bendiciones por las que un judío debe estar agradecido a Di-s, aun si no fuera más que por el privilegio de ser judío y servir a Di-s con todo su corazón y toda su alma. "De modo que Di-s espera escuchar lo que los judíos se dicen unos a otros. Si uno pregunta al otro 'Cómo estás? ^Como está la familia? ^Como marchan los negocios?', etc., cada vez que el judío responde 'Baruj Hashem, bien. ^Y como andas tu y los tuyos?', y una vez más, la respuesta contiene alabanzas a Di-s, entonces El Se siente complacido y continua concediendo Su bendición, con mas generosidad aun. En ver-dad, esta es la única 'recompensa' que Di-s recibe por toda la bendición que derrama sobre Su pueblo...". El santo Baal Shem Tov hizo una pausa para ver si sus palabras habían impresionado a su visitante. Pero puesto que Avigdor no respondió nada, el Baal Shem Tov prosiguió: "Quise hacerte un favor pero tú dices que nada te falta. De modo que te pediré que seas tú el que me haga un favor a mi. Tú vienes de Brod. Te pediré que cuando regreses a casa entregues una carta al jefe de la comunidad". El Baal Shem Tov tomó una hoja de papel. Escribió algo en ella, la introdujo en el sobre, lo cerró, y se lo entregó a Avigdor. "Por favor, entrega esta carta personalmente, solo en manos del presidente de la comunidad. No se la des a ningún otro". Avigdor tomó la carta, la puso en su bolsillo, se despidió del Baal Shem Tov, y partió. En el camino, Avigdor se puso a pensar un poco acerca de lo que el Baal Shem Tov le había dicho. Decidió que cierta-mente no era gran problema decir "Baruj Hashem". Pero tenía muchas otras cosas para pensar y, duele decirlo, pronto olvidó toda esta cuestión del Baruj Hashem. Y no solo eso. También olvidó todo lo relacionado con la carta que el Baal Shem Tov le había pedido entregar. Lo que es más, al cambiar sus ropas luego de llegar a casa, el traje que había estado vistiendo quedó apilado en un rincón de su guardarropas, y una vez que estuvo fuera de la vista también se fue de su memoria. Avigdor nunca recordó entregar la carta del Baal Shem Tov. Los años fueron pasando, y la rueda de la fortuna comenzó a girar hacia abajo. Pasaron dieciséis años y la fortuna de Avigdor se reducía cada vez más. Sus aventuras comerciales sufrían un revés tras otro. Sus bosques fueron destruidos por el fuego; una tormenta en alta mar hundió el buque que transportaba su mercadería; un grupo de mercaderes que le debían dinero no pudieron hacer frente a sus obligaciones. Cada intento suyo terminaba en un sonado fracaso, hasta que lo perdió todo. Se había vuelto pobre. Avigdor, quien una vez había sido un acaudalado y exitoso comerciante, se vio ahora obligado a vender cosas de su casa para lograr alimentos para su familia. Al cabo de un tiempo ya no había más para vender, salvo un viejo traje usado que colgaba en un rincón del guardarropas. Mientras revisaba los bolsillos antes de vendérselo a un comerciante de prendas usadas, Avigdor se encontró con la carta que el Baal Shem Tov le había pedido que entregara hacía tantos años. Como golpeado por un rayo, Avigdor miraba helado la carta. "jAy de mí! ¿Cómo pude olvidar entregar esta carta?", pensó para sí. De repente, la santa imagen del Baal Shem Tov apareció ante sus ojos como si solo ayer lo hubiera visto. Tambien recordó lo que el Baal Shem Tov le había dicho acerca de decir Baruj HaShem. "¡Qué tonto he sido al no darme cuenta de la lección que estaba intentando introducir en mi cabeza y que también era una advertencia!". El corazón de Avigdor se llenó ahora de remordimiento y este trajo lágrimas a sus ojos. Resolvió que de ahora en mas iba a obedecer las palabras del Baal Shem Tov... "Nunca más olvidaré decir Baruj HaShem", resolvió Avigdor con firmeza. La escritura sobre el sobre todavía podía leerse con claridad. "Para Reb Tzadok, el Parnás-Jodesh de Brod". El "parnás jodesh" era, en aquella época, una especie de presidente de la comunidad para el mes en curso, lo que en realidad significaba que él se haría cargo, durante ese tiempo, de todos sus gastos. Avigdor no podía perder tiempo. Salió corriendo de la casa y detuvo al primer judío que encontró por la calle. "¿Dónde puedo encontrar a Reb Tzadok?", preguntó. "!,Te refieres a Reb Tzadok, el recién elegido Parnás Jodesh?" "Si, si. Es a él a quien busco", respondió Avigdor impaciente. "Lo encontrarás en el gran Beit HaMidrash. Acabo de verlo allí. Buena persona este Reb Tzadok; realmente lo merece todo. Solo esta mañana fue elegido como presidente de la comunidad...". "¿Esta mañana?" "Ya me has oído, esta mañana", repitió el hombre. Avigdor se preguntaba si conocía a este Tzadok. Desde que sus negocios comenzaron a deslizarse cuesta abajo, no se había interesado en absoluto en las cuestiones de la comunidad, y casi no conocía a ninguno de los líderes comunitarios. Pero ahora, cuando debía entregarle una carta personal del Baal Shem Tov, Avigdor quiso conocer un poco más acerca del nuevo líder. "¿Conoces al nuevo Parnás Jodesh personalmente?", preguntó Avigdor. "Claro que si", respondió el hombre con orgullo. "Puedo contártelo todo acerca de él. Toda su vida vivió en Brod; lo recuerdo cuando era un niño. Sus padres eran pobres y no pudieron darse el lujo de enviarlo a una Yeshivá. Tzadok se volvió un aprendiz de sastre y eventualmente puso su propia sastrería. En realidad no era muy sastre que digamos, y la mayor parte de su trabajo consistía en remendar y arreglar ropa vieja. No hace falta que te diga que era un hombre pobre, aunque jamás lo hubieras notado cuando hablabas con él. Si le preguntabas: 'Tzadok, ¿cómo andan los negocios?', siempre contestaba: 'Gracias a Di-s, tengo sustento'. Pues bien, para decírtelo en pocas palabras, nadie sabe con exactitud como sucedió, pero hace un par de años comenzó a prosperar repentinamente. Comenzó con un golpe de suerte, cuando un rico noble le encargó que arreglara los uniformes de sus sirvientes. El noble le tomó simpatía, le agradó su trabajo y ordenó un par de uniformes nuevos. No pasó mucho tiempo para que Tzadok lograra excelente reputación en las altas esferas, y comenzó a manejar un negocio magnífico. Cuando los pedidos comenzaron a apilarse, contrató asistentes y aprendices. Incluso recibió pedidos para algunos uniformes de oficiales y, de hecho, la mayoría de los sastres locales están trabajando para él. Tzadok ya no tenía tiempo para coser él mismo; se convirtió en lo que la gente llama un 'contratista'; y enriquecía a baldes y bolsas. Pero no creas que su éxito se le subió a la cabeza. Se volvió uno de los más generosos filántropos, y aunque la gente ahora se dirige a él respetuosamente como 'Reb Tzadok, él sigue siendo el mismo hombre modesto que antes. Simplemente pregúntale: 'Reb Tzadok, ¿cómo andan los negocios?' y te responderá igual que siempre: 'Gracias a Di-s, tengo sustento'. Una respuesta bastante modesta, si me lo preguntas. Pero bueno, ¿quién lo hubiera pensado hace algunos años? ¡Apenas esta mañana fue elegido Parnás Jodesh y toda la ciudad está celebrando el suceso!" Avigdor corrió hacia el gran Beit HaMidrash. Reb Tzadok estaba todavía allí y Avigdor le entregó la carta, comentando con cierta vergüenza: "Siento mucho, Reb Tzadok, haberme retrasado tanto para entregarte esta carta... Por favor, perdóname...". Reb Tzadok tomó en sus manos el viejo y arrugado sobre, leyó lo escrito sobre él y lo abrió. Mientras leía, su contenido lo sorprendía más y más. Era un pedido personal del Baal Shem Tov, fechado unos dieciséis años atrás. En la carta, el Baal Shem Tov presentaba al "cartero" como un judío que alguna vez habia sido un hombre sumamente rico, un comerciante exitoso, pero que ahora precisaba de ayuda económica. El Baal Shem Tov pedía a Reb Tzadok que ayudara a este judío a volver a su situación anterior. Para terminar la carta el Baal Shem Tov agregaba que, en caso de que el, Reb Tzadok, dudara si la carta era genuina, las dos siguientes 'señales' habrían de disipar todas sus dudas: En primer lugar, esta carta le sería entregada exactamente en el primer día de su elección para el puesto de Parnás Jodesh. En segundo lugar, en ese mismo día, su mujer le obsequiaría un nuevo hijo varón. Reb Tzadok apenas había terminado de leer la carta cuando el Shamash —asistente de la sinagoga— entró exclamando con júbilo: "¡Mazal Tov, Reb Tzadok! ¡Tu esposa acaba de dar a luz un varón!" Reb Tzadok se quedó por un momento sin habla, imposibilitado de creer lo que estaba sucediendo. El santo Baal Shem Tov, él lo sabía, había pasado a la vida del Mundo de la Verdad hacía algunos años, pero a pesar de ello le envíó una carta de su puño y letra que tardó tantos años en llegar a él, pero que fue entregada en el instante preciso. ¡Y qué carta maravillosa! Reb Tzadok se volvió a Avigdor, estrechó su mano, y le dijo: "Estoy muy complacido de encontrarme contigo, Reb Avigdor, y no precisas excusarte por haber extraviado la carta durante tanto tiempo. Te aseguro que llegó en el momento justo. Ahora, quisiera invitarte para que seas mi huésped esta noche. Tenemos algunos negocios importantes que analizar. Bien me viene un hombre con tu experiencia". Avigdor estaba allí de pie, sorprendido y agradecido por el rumbo de los acontecimientos. "¿Hay algo que quisieras decir, Reb Avigdor?" "No, no, realmente nada, fuera de ¡Baruj HaShem! Estaré ciertamente en tu casa esta noche, si Di-s quiere".
Fuente: Mesilot Hatora
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Lo pagaré tan pronto como pueda...
Sabiendo
la necesidad que estaba pasando su familia, la mujer
continuó: "Por favor señor, se lo pagaré tan pronto
como pueda”.
De pie
cerca del mostrador se encontraba un cliente que
escuchó la conversación entre el dueño de la tienda
y la mujer. El cliente se acercó y le dijo al dueño
que él se haría cargo de lo que la mujer necesitara
para su familia. La mujer titubeó por un momento y cabizbaja, buscó en su cartera un pedazo de papel y escribió algo en él. Puso el pedazo de papel, afligida aún, en la balanza. Los ojos del dueño y del cliente se llenaron de asombro cuando la balanza se fue hasta lo más bajo y se quedo así. El dueño entonces, sin dejar de mirar la balanza dijo: "No lo puedo creer". El cliente sonrió y el dueño comenzó a poner comestibles al otro lado de la balanza. La balanza no se movió por lo que continuó poniendo más y más comestibles hasta que no aguantó más. El dueño se quedó allí parado con un gran asombro. Finalmente, agarró el pedazo de papel y lo miró con mucho más asombro... No era una lista de compra, era una oración que decía:
"Querido
Señor, Tú conoces mis necesidades y yo voy a dejar
esto en Tus manos".
Sólo
Di-s sabe cuánto pesa una oración. EL PODER DE LA
ORACION.
Eso es
todo lo que tienes que hacer. Sólo detente ahora y
haz una sencilla y sincera oración por ti, por los
tuyos y por todos nosotros.
No tiene
costo pero sí, muchas recompensas.
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Cada uno y... lo que le corresponde por Rabí Zevulún Weisberger
Las
palabras salían de la boca de Adina tan rápido que
sus padres sonrieron y dijeron: -Despacio, Adina.
¿La señora Gruen quiere que hagas qué? La pequeña
Adina Gross de doce años explicó: La señora Gruen,
una profesora de piano, vivía a unas cuadras de la
casa de la familia Gross en Tel Aviv. Ahora que su
bebita, Tsivia, tenía unos meses, la señora Gruen
había empezado a dar clases de piano por las tardes.
La señora Gruen había contratado a Lea Levy para que
cuidara a Tsivia y lavara los platos del almuerzo
durante su ausencia. Hoy Lea estaba enferma y cuando
la señora Gruen vio a Adina en el makolet (almacén)
esa mañana, le pidió que fuera a cuidar a su bebita.
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El Pasaporte de R. Levi Yitzjak de Berdichev Entraron los nazis en el pueblo. El padre tomó rápidamente a su hija en brazos y la llevó al sótano del edificio. Le dio una servilleta blanca en sus manos, le dijo que la lleve siempre consigo y se despidió de ella. Los nazis concentraron a todos los judíos en la plaza del tren y los deportaron hacia al este. La pequeña niña pasó tres días sin comer y sin tomar nada, escondida en el sótano en el cual el padre la había dejado. Esa noche, sin poder soportar el hambre, salió la niña de su escondite. Era ya de noche muy tarde y ella comenzó a caminar por las calles hasta que llegó a la estación del tren. Al llegar allí justo un tren estaba saliendo. Ella solo soñaba con abandonar aquel infierno que se había llevado a toda su familia. Corrió, corrió y corrió hasta que alcanzó al tren que ya había comenzado a andar y se subió al tren. Una vez dentro encontró un lugar entre los señores y se sentó allí. Al llegar a la frontera, sube un soldado alemán al tren y grita en voz alta: Documentos y/o Pasaportes. Y cada persona saca su pasaporte y lo muestra. Cuando llega el soldado donde se hallaba la pequeña, ella le enseña su servilleta, el soldado mira la servilleta, la revisa y se la devuelve sin decir palabra. Si quieren saber cómo sigue la historia tendremos que remontarnos 200 años atrás. Un buen hombre se había enfermado. Los médicos locales dijeron terminantemente que si quería salvar su vida tenía que viajar hasta Viena y operarse allí. Los gastos del pasaje ida y vuelta y de la operación ascendían a mil rublos. Este señor vendió todas sus pertenencias y logró exactamente mil rublos. Se dirigió a la policía de su pueblo para conseguir un pasaporte para salir del país. Al llegar allí, el policía le gritó: ¡Sucio Judío! Tú no tienes derecho a recibir un pasaporte. Si quieres uno tendrás que pagar mil rublos, sino olvídate de tu pasaporte. Y este pobre judío no sabía lo qué hacer, el ya había vendido todas sus pertenencias. Solo tenía mil rublos, ese era todo su capital. Desconsolado, salió de la estación de policía y se dirigió a la ciudad de Berditchev. En esta ciudad vivía en aquel entonces el gran tzadik Rabí Levi Yitzjak de Berditchev. Golpeó en la puerta de su casa y entró. El Rabí estaba sentado estudiando un libro. Se acercó muy agitado y le contó lo que había pasado. Rabí Levi Yitzjak le dijo que se siente y siga leyendo el libro que en ese momento estaba estudiando. Rabí Levi Yitzjak entró en su cuarto y empezó a llorar. Y desde afuera este hombre escuchaba llantos gemidos y plegarias. Así durante tres o cuatro horas. Mientras este señor leía. Al salir Rabí Levi Yitzjak de su cuarto se acercó al buen hombre le entregó una servilleta empapada en lágrimas y le dijo: Este será tu pasaporte.
El
hombre abrió la servilleta y esta era un simple
papel en blanco. Pero si el Rabí le dijo que ese era
su pasaporte él sabía lo que decía. Esta servilleta con las lágrimas de Rabí Levi Yitzjak pasó de padre a hijo, hasta que llegó a las manos del padre de esta pequeña niña. Con este pasaporte esta niña logró escaparse de Europa, llegar a Israel y construir allí su hogar. Esta mujer vive hoy en Jerusalem y ella pidió que cuando muera sea enterrada junto con su pañuelo, pues si este pañuelo logró salvar la vida de su tatarabuelo que logró salir de Rusia para operarse. Si este mismo pañuelo, más de cien años más tarde logró salvar su vida posibilitándole salir del infierno de la bestia Nazi, entonces seguramente este pañuelo al morir también le abrirá las puertas del paraíso para encontrarla con el alma pura del gran sabio de Berditchev y agradecerle por salvar su vida. Dice la Guemará, “Los portones de la tefilá están cerrados, los portones de las lágrimas no están cerrados”. Quien llora y reza con todo su corazón construye con sus lágrimas el milagroso pasaporte que permite pasar por todos los infiernos, atravesar todas las dificultades, hacer teshuvá completa y llenar de luz todo el mundo que nos rodea.
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El sueño del Rey por Rab. Jaim Bloch
En los
tiempos del ARI, el rey de un país lejano había
ordenado a los judíos entregar a su cámara del
tesoro, una cuantiosa suma. Estableció para ello un
plazo de tres meses. Y ésta era la orden del rey:
"Si los judíos no entregan el dinero antes del día
establecido, tendrán que abandonar el país bajo pena
de muerte si no lo hacen". Al atardecer del sábado, justo tras la Havdalá, el ARI indicó a sus discípulos que tomaran una cuerda resistente; entonces les dijo a ellos y a los emisarios: ¡Venid conmigo! Caminaron un largo trecho. Fuera de la ciudad, en campo abierto, dijo el ARI: Deteneos!, señaló hacia una profunda fosa y dijo: Dejad caer la cuerda en la fosa hasta el fondo y sujetad el extremo con fuerza. Los discípulos hicieron lo que el Maestro les había mandado. Y ahora, dijo, ¡tirad con todas vuestras fuerzas! Entonces tiraron de la cuerda con gran esfuerzo hasta que quedaron casi agotados, lo cual les sorprendió grandemente. De pronto salió ante su vista un hermoso lecho. En él yacía un hombre, en cuyo semblante los emisarios reconocieron a su rey. Todos quedaron desconcertados. El ARI, sin embargo, se acercó al hombre y lo despertó del sueño. Éste miró espantado alrededor suyo. El ARI se dirigió a él: Habla: ¿eres tú el hombre que obliga a mis hermanos los judíos a dar algo que no pueden dar? Yo soy, respondió. Entonces Rabí Isaac le entregó un cántaro sin fondo y dijo: Deberás vaciar ese pozo, ¡Oh, rey!, antes del amanecer. Cuando el rey vio el balde sin fondo, gritó desesperado: ¡Ay de mí! Y aunque viviera mil años, ¿podría vaciar el pozo? ¿Eso te aflige?, respondió en ARI, ¿y por qué eres tan desalmado con los infelices judíos y exiges de ellos un esfuerzo imposible? Si revocas ahora de buen grado tu orden, de daré la libertad de nuevo; pero si no lo haces, ¡tendrás que sacar agua del pozo durante tanto tiempo que te morirás de cansancio!. Revocaré la orden, dijo el rey apocado; perdóname sólo la vida. Entonces, mandó el ARI: saca tu anillo del dedo y sella esta escritura. En ella decía: "Hoy he recibido de los judíos la totalidad del dinero". El rey se quitó el anillo y selló el escrito. Entonces le dijo el ARI: Estás libre. Y ahora dime: ¿quieres volver a casa a través del agujero? Sólo duraría un breve instante. ¿O deseas regresar a tu país del modo natural, que demoraría dos meses? Ciertamente, respondió el rey, quisiera volver a casa del mismo modo como he llegado aquí. Entonces el ARI mandó a sus discípulos asegurar la cama a la cuerda y les ordenó bajarla. A los emisarios les dijo: Regresad a vuestro país y anunciad a vuestros hermanos que la deuda impuesta está liquidada. El rey despertó con el corazón agitado. Se encontró en su dormitorio como siempre, y se dijo: "Ha sido espantoso, pero por suerte era sólo un sueño". Cuando llegó el día señalado, el rey mandó a exigir a los judíos la entrega del dinero. Entonces los delegados de los judíos aparecieron ante el rey y dijeron: Aquí está el recibo. Reconoce, rey y señor, tu firma y tu sello, y presentaron la escritura. El rey reconoció su firma y del terror cayó en un desmayo del cual sólo se despertó después de media hora. Tenéis razón, dijo entonces el rey, e hizo pregonar enseguida por todo el país: "Quien haga daño a un judío morirá".
Entonces
todos reconocieron el milagro que Di-s había hecho a
Su pueblo y cómo los había liberado de las manos de
su opresor. El rey por su parte entregó muchos
regalos a los judíos y los mandó al Rabí con
respetuosos saludos.
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El vendedor de lino por Rab. Nissan Mindel
Había
una vez en Polonia un mercader judío que comerciaba
con lino. Solía comprar su mercadería a ricos
terratenientes polacos y venderlo al exterior. Este
mercader era un hombre muy rico y en extremo
caritativo. Se ocupaba con particular esmero de
rescatar a judíos pobres que habían sido enviados a
prisión por atrasarse en el pago de sus alquileres.
Incluso sucedía que alguno de estos así llamados
“nobles” tomaba como rehén al hijo de alguno de sus
deudores y lo retenía cautivo hasta que la deuda
fuera saldada, y este judío acudía en su ayuda.
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Historia del Rabino y su hijo Hubo una vez un rabino que había dedicado su vida entera a estudiar la Torá y a desentrañar sus más ocultos sentidos. Con todo su corazón cumplía los mandamientos de la Ley hasta en sus mínimos detalles y procuraba que sus allegados los cumplieran. Cuando nació su hijo, siendo él ya de avanzada edad, sintió que todos sus esfuerzos habían sido recompensados, pero también la responsabilidad, asignada por Di-s, de educar a su hijo como un buen judío. De este modo, consagró su vida a enseñarle a comprender profundamente la Escritura y a observar desde el primero hasta el último de los mandamientos, sin apartarse nunca de ellos. Al Rabí le parecían sus peores enemigos los soñadores y exaltados que subvertían a su juicio el sentido de las más elevadas enseñanzas con una sarta de fantasías, que amenazaban con vincular sus desvaríos con el severo poder eterno de la Torá, y permitían al corazón humano jugar y revolotear allí donde sólo debían prosperar pensamientos sólidos. El niño creció y se hizo muy ducho en la interpretación de los libros sagrados. Tenía en la casa de su padre un pequeño aposento para retirarse a estudiar las Escrituras y a meditar en su significado. Pero su alma no lograba perseverar por mucho tiempo en tales ocupaciones y volaba una y otra vez hacia los trigales dorados y hacia los lejanos bosques llenos de pinos de color verde oscuro. Se sentía entonces como un pájaro, feliz entre el aire libre y puro y los olores del bosque. Al descubrirse en ese estado, se obligaba a retornar a sus obligaciones, porque realmente anhelaba el saber que, según le habían enseñado, se encuentra sólo en los libros. Pero en cuanto, con la cabeza entre las manos, se inclinaba sobre éstos, los anhelos de su alma volvían a inquietarlo. No podía asomarse a la ventana a contemplar el cielo sin comenzar a buscar en lo profundo de sí mismo y a encontrar maravillosas tierras y regiones celestes que le descubrían un mundo desconocido. De este modo, el joven adquirió inmensos conocimientos, pero su sabiduría no brotaba de la palabra escrita, sino de su propia alma, y con extraño fuego irrumpía en su corazón y lo hacía florecer. También crecía en él una ilimitada fuerza espiritual y cuanto decía era puro como el cristal y todas sus acciones eran bendecidas. Cuando caminaba por su estudio era como su anduviera sobre las olas de un océano sin fin. En él, la sabiduría y la santidad se unían en esa mutación esencial e indescriptible que se llama la escala de la pequeña luz y que aparece de cuando en cuando en algún alma. Por ella transitaba el joven con la mayor inocencia. Sin embargo se sentía un ignorante y se aplicaba cada vez con mayor ahínco al estudio. Pero si se dedicaba sólo a los libros, se sentía abandonado en la inmensidad de un desierto. Retornaba entonces a la búsqueda y al silencio interiores, aunque tampoco éstos le procuraban la paz, que anhelaba con la misma fuerza con que las almas aún no nacidas desean la vida terrenal. Su corazón quedaba tenso como un arco que va a lanzar una flecha y no como las cuerdas de un instrumento que ejecutara bellas melodías. Aun en los más sublimes instantes sentía una carencia imposible de definir y lo atormentaba aquella ausencia para la que no hallaba nombre. No conseguía tampoco expresar su pesar, y cuando lo intentaba, salían de su boca palabras muy diferentes a las que hubiera querido pronunciar, incapaces de comunicar el estado de su alma. Entre todos los conocidos, sólo lograba confiarse a un jasid, precisamente uno de aquellos soñadores que tanto disgustaban a su padre el rabino, pues presentía que en su proceder tan libre había algo en común con sus propias inquietudes y vuelos espirituales. Su padre se enojó mucho al saberlo, pero el joven era incapaz de interrumpir el trato con el jasid. Una vez conversaba con dos discípulos de éste, y con gran esfuerzo encontró las palabras adecuadas para transmitirles la inquietud y el anhelo de algo desconocido que lo atormentaban. Estos le respondieron: - Sólo hay un hombre que puede ayudarte: es el gran tzadik que vive no muy lejos de aquí. Le ha sido otorgado el don de leer en las almas y devolverles la paz. De sus ojos emana la bendición de Di-s y la dispensa a todos. Alza su mano hacia los que sufren y ellos respiran aliviados como quien despierta de un mal sueño. Borra de las frentes el pesar y el disgusto, anula los efectos del odio y enseña a los tristes a disfrutar de la belleza del universo. - ¿Es un hombre sabio?--preguntó el joven. - Eso no lo sabemos, porque nunca habla de las cosas que se aprenden en los libros, pero sí sabemos que su fuerza actúa de cerca y de lejos y que hace el bien a todos. - ¿Es un hombre santo?--preguntó de nuevo el joven. - Eso tampoco lo sabemos, porque no se aparta de los demás ni evita tratar a los pecadores. Pero sabemos a ciencia cierta que no abandona a nadie y que alivia los corazones de sus cargas, de modo que la redención y el consuelo son su riqueza. - ¿No es cierto--volvió a preguntar el joven mirando hacia su interior y no hacia sus interlocutores--que la acción y la redención se unen en ese estado de Gracia que se denomina la escala de la pequeña luz y que de tarde en tarde aparece en algún alma para que obre sobre las demás? Al oír esto, los discípulos callaron, conmovidos por el inusitado fervor de sus palabras, pero el joven permanecía como arrobado sin notar lo que en ese instante ocurría en él. Pero aquella conversación lo decidió a visitar al tzadik y a revelarle su estado espiritual. Explicó a su padre su intención y solicitó su permiso para realizarla, para que la vida no perdiera todo significado para él. Sin embargo, para el padre resultó una gran ofensa que su hijo quisiera visitar a aquel loco milagrero, y trató de disuadirlo con todas las razones que pudo encontrar. Cuando el hijo insistió en su deseo, pese a todos los argumentos, lo reprendió violentamente y le reprochó lo poco digno que, para el hijo más instruido de una larga estirpe de estudiosos de la Ley, resultaba buscar su perfección espiritual junto a un hombre tan extravagante. Después lo despidió enojado, pero el joven volvió repetidamente a suplicarle visitar al tzadik de forma cada vez más apremiante. Todos en su casa se apercibieron de como, a causa del desasosiego y la melancolía, la vida del joven se agotaba poco a poco, y se iba extinguiendo como una llama. Cada vez que imploraba por el cumplimiento de su deseo, el corazón de su padre se conmovía un poco más, hasta un día en que, lleno de piedad, no pudo resistir más y prometió llevar él mismo a su hijo ante el tzadik. Pero en el fondo de su corazón albergaba la esperanza de, con ayuda de sus vastos conocimientos, hacer quedar al extraño como un ignorante y un tonto. Comenzó entonces por decirle a su hijo: - Esto tendremos por señal de que el Cielo está de acuerdo con nuestro viaje: que durante su transcurso, nada pueda detenernos. Pero si algo sucede que interrumpa nuestra marcha, lo tomaré como aviso de que no hacemos lo justo y tendremos que regresar. Al día siguiente, padre e hijo partieron. Llevaban algunas horas de viaje, cuando el caballo tropezó y la carreta en que iban se volcó. Aunque ambos salieron ilesos, el padre tomó el hecho como señal de que no debían seguir adelante. Así regresaron a su casa. Pero desde ese instante, el hijo cayó en un estado tan enorme tristeza que el padre temió por su salud y accedió a emprender de nuevo el viaje. Habían recorrido ya la mitad del camino, cuando el eje del carro se rompió. El rabino, asustado, lo tomó de nuevo como un signo de advertencia y ordenó regresar a casa. El hijo quedó de nuevo desplomado por la tristeza hasta que el padre temió por su vida y convino en viajar por tercera vez. En esta ocasión el rabino decidió no regresar ni tomar como señal ningún incidente. Viajaron hasta el anochecer, y con las primeras sombras buscaron un sitio donde alojarse. Mientras descansaban y cenaban, llegó un comerciante, también de viaje, y se sentó con ellos a la mesa. Entraron en conversación. El rabí había mandado a su hijo a no mencionar ante terceros el motivo de su viaje, porque aún creía que tendría que avergonzarse de haberlo emprendido. Durante un rato hablaron sobre varios temas mundanos, y el padre quedó asombrado por los conocimientos del forastero sobre el mundo, y por la amenidad de su conversación. De este modo, el Rabí fue adquiriendo confianza en él y contándole muchas más cosas de las que al principio había pensado. Entonces, el comerciante llevó sutilmente la conversación hacia los tzadikim y los lugares en los que se les podía encontrar, y dijo al rabino que no muy lejos de allí vivía uno de ellos, famoso por sus cualidades y hechos. Al decir esas palabras, miró significativamente al joven, callado y como ausente hasta el momento. Este saltó como un resorte.
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¿Conocéis personalmente a ese tzadik? Por la mañana, el rabí meditó durante largo rato sobre aquella visión, pero pensó al fin que sería un mal sueño como cualquier otro. Pero a la noche siguiente volvió a soñar lo mismo, y aun una tercera, hasta que el padre, que no hallaba sosiego, partió en busca del tzadik. Al caer la noche, rendido por el hambre y el cansancio, buscó albergue en una posada. Llevaba un rato sentado a la mesa cuando se percató de que era el mismo lugar en el que había estado semanas atrás con su hijo. Estremecido, miró a su alrededor y vio cerca de él al comerciante que aquella noche se había sentado con ellos. ¿En qué momento había entrado? No lo sabía, pues al llegar estaba vacío el comedor. Sintió un dolor aun más profundo al recordar aquel encuentro. - ¿No sois aquel comerciante con el que hablé aquí mismo hace poco?--preguntó al fin. El hombre estalló en una espantosa carcajada y respondió: - Yo mismo soy, y he logrado lo que quería: recuerda cuantas veces te negaste a que tu hijo visitara al tzadik. Cuando te decidiste a ello, primero hice tropezar tu caballo y regresaste; después rompí el eje de tu carro y de nuevo te volviste sobre tus pasos; por último viniste aquí, te encontraste conmigo y escuchaste de mi boca palabras que te hicieron desistir una vez más. Ahora que por fin he matado a tu hijo, puedo contarte la verdad: tu hijo había recorrido la escala de la pequeña luz, pero al tzadik le había sido otorgada la escala de la gran luz. Si se hubieran encontrado en este mundo, se hubiera cumplido finalmente la Palabra y el Mashiaj habría aparecido. Ya tu hijo está muerto y conoces los motivos, así que puedes largarte. En cuanto hubo terminado de hablar, el falso comerciante desapareció en el aire con otra espantosa carcajada. El rabí quedó paralizado de terror. Cuando logró reponerse, continuó su viaje y llegó hasta el tzadik, se arrojó llorando a sus pies y clamó: - ¡Ay de aquellos que se pierden y no pueden ser encontrados! ¡Ay de ellos! ¡Ayúdame, te lo suplico!
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La Salsa de Mamá
Había
una vez un muchacho, bien alto, muy buen mozo. Rico,
muy exigente y mañoso con la comida. Su madre estaba
desesperada, pues le compraban y preparaban las
comidas más exquisitas en la casa, pero no le
gustaba nada.
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El Procedimiento Quirúrgico
En 1854,
Rabi Ieoshua Rokeaj, el Rebe de Belz, sufría de una
sucesión de misteriosas dolencias.
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¿Quién
soy?
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Un
americano viajó a Israel para aprender del Talmut.
El Talmut es una obra que recoge las discusiones
rabínicas sobre leyes judías, tradiciones,
costumbres, leyendas e historias. Fue a hablar con
un rabino al que le dijo que le enseñara sus
secretos.
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De Stgo. de Compostela a Buenos Aires por L. Conde
Shalom |
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El Presidente por Isaac Leib Peretz
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El Pordiosero por Jorge Bucay Latif era el pordiosero más pobre de la aldea. Cada noche dormía en el zaguán de una casa diferente, frente a la plaza central del pueblo.
Cada día se recostaba debajo de un árbol distinto,
con la mano extendida y la mirada perdida en sus
pensamientos. Cada tarde comía de la limosna o de
los mendrugos que alguna persona caritativa le
acercaba. Una mañana soleada el rey en persona apareció en la plaza. Rodeado de guardias caminaba entre los puestos de frutas y baratijas buscando nada. Riéndose de los mercaderes y de los compradores, casi tropezó con Latif, que dormitaba a la sombra de una encina. Alguien le contó que estaba frente al más pobre de sus súbditos, pero también frente a uno de los hombres más respetados por su sabiduría. El rey, divertido, se acercó al mendigo y le dijo: “Si me contestas una pregunta te doy esta moneda de oro.” Latif lo miró, casi despectivamente, y le dijo: “Puedes quedarte con tu moneda, ¿para qué la querría yo? ¿Cuál es tu pregunta? Y el rey se sintió desafiado por la respuesta y en lugar de una pregunta banal, se despachó con una cuestión que hacía días lo angustiaba y que no podía resolver. Un problema de bienes y recursos que sus analistas no habían podido solucionar. La repuesta de Latif fue justa y creativa. El rey se sorprendió; dejó su moneda a los pies del mendigo y siguió su camino por el mercado, meditando sobre lo sucedido. Al día siguiente el rey volvió a aparecer en el mercado. Ya no paseaba entre los mercaderes, fue directo a donde Lafit descansaba, esta vez bajo un olivar. Otra vez el rey hizo una pregunta y otra vez Latif la respondió rápida y sabiamente. El soberano volvió a sorprenderse de tanta lucidez. Con humildad se quitó las sandalias y se sentó en el suelo frente a Latif. “Latif te necesito”, le dijo. “Estoy agobiado por las decisiones que como rey debo tomar. No quiero perjudicar a mi pueblo y tampoco ser un mal soberano. Te pido que vengas al palacio y seas mi asesor. Te prometo que no te faltara nada, que serás respetado y que podrás partir cuando quieras… por favor.” Por compasión, por servicio o por sorpresa, el caso es que Latif, después de pensar unos minutos, aceptó la propuesta del rey. Esa misma tarde llegó Latif al palacio, en donde inmediatamente le fue asignado un lujoso cuarto a escasos doscientos metros de la alcoba real. En la habitación, una tina de esencias y con agua tibia lo esperaba. Durante las siguientes semanas las consultas del rey se hicieron habituales. Todos los días, a la mañana y a la tarde, el monarca mandaba llamar a su nuevo asesor para consultarle sobre los problemas del reino, sobre su propia vida, o sobre sus dudas espirituales. Latif siempre contestaba con claridad y precisión. El recién llegado se transformó en el interlocutor favorito del rey. A los tres meses de su estancia ya no había medida, decisión o fallo que el monarca no consultara con su preciado asesor. Obviamente esto desencadenó los celos de todos los cortesanos que veían en el mendigo-consultor una amenaza para su propia influencia y un perjuicio para sus intereses materiales. Un día todos los demás asesores pidieron audiencia con el rey. Muy circunspectos y con gravedad le dijeron. - “Tu amigo Latif, como tú llamas, está conspirando para derrocarte.” - “No puede ser” dijo el rey. “No lo creo.” - “Puedes confirmarlo con tus propios ojos,” dijeron todos. “Cada tarde a eso de las cinco, Latif se escabulle del palacio hasta el ala Sur y en un cuarto oculto se reúne a escondidas, no sabemos con quién. Le hemos preguntado a dónde iba alguna de esas tardes y ha contestado con evasivas. Esa actitud terminó de alertarnos sobre su conspiración.” El rey se sintió defraudado y dolido. Debía confirmar esas versiones. Esa tarde a las cinco, aguardaba oculto en el recodo de una escalera. Desde allí vio cómo, en efecto, Latif llegaba a la puerta, miraba hacia los lados y con la llave que colgaba de su cuello abría la puerta de madera y se escabullía sigilosamente dentro del cuarto. - “Lo visteis” gritaron los cortesanos, “¿lo visteis?” Seguido de su guardia personal el monarca golpeó la puerta. - “¿Quién es?” dijo Latif desde adentro. - “Soy yo, el rey,” dijo el soberano. “Ábreme la puerta.” Latif abrió la puerta. No había nadie allí, salvo Latif. Ninguna puerta, o ventana, ninguna puerta secreta, ningún mueble que permitiera ocultar a alguien. Sólo había en el piso un plato de madera desgastado, en un rincón una vara de caminante y en el centro de la pieza una túnica raída colgando de un gancho en el techo. - “¿Estás conspirando contra mi Latif?” pregunto el rey. - “¿Cómo se te ocurre, majestad?” contesto Latif. “De ninguna forma, ¿por qué lo haría?” - “Pero vienes aquí cada tarde en secreto. ¿Qué es lo que buscas si no te ves con nadie? ¿Para qué vienes a este cuchitril a escondidas?” Latif sonrió y se acercó a la túnica rotosa que pendía del techo. La acarició y le dijo al rey:
- “Hace sólo seis meses cuando llegué, lo único que
tenía eran esta túnica, este plato y esta vara de
madera” dijo Latif. “Ahora me siento tan cómodo en
la ropa que visto, es tan confortable la cama en la
que duermo, es tan halagador el respeto que me das y
tan fascinante el poder que regala mi lugar a tu
lado… que vengo cada día para estar seguro de no
olvidarme de QUIÉN SOY Y DE DÓNDE VINE”. |
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El pobre y Eliyahu el Profeta por Kamelia Shahar Cierto marido y su esposa eran miserables. No sólo eran pobres y sin hijos, sino que el esposo era ciego (Dios nos ayude). Un día el hombre, triste y agotado, comenzó a caminar muy lentamente, hasta que llegó a la orilla del mar. Allí, ayudándose con su bastón, encontró un lugar, se sentó, y comenzó a pensar sobre su mala suerte. Pensando, pensando, de repente sintió a una persona tocándole el hombro (la persona era Eliyahu el Profeta, quien aparece siempre para nuestro bien, amén) y Eliyahu el Profeta le dijo: "El Señor del mundo se ha compadecido de tí y desea ayudarte. Habla: di lo que quieres y Dios te satisfacerá, pero con la condición de que hagas un solo pedido." El hombre pensó mucho, y no sabía como poner en un solo pedido todo lo que quería, así que le respondió a Eliyahu el Profeta: "Mira, te lo suplico, dame hasta mañana. Te daré la respuesta entonces." "Bien," le dijo Eliyahu el Profeta, y se separaron, cada uno yendo por su lado. El buen hombre volvió a casa, le contó a su mujer lo que estaba pasando por su cabeza, y le preguntó: "Dime, mujer, ¿qué vamos a hacer? Como en un solo pedido puedo pedir por todo lo que necesitamos?" Su mujer le respondió: "Esposo mío, no te tortures, ven y come ahora, descansa, Dios es grande incluso hasta mañana, te diré lo que vas a decir." El hombre comió y se fue a dormir. A la mañana se levantó, se lavó y vistió, tomó su pequeño bastón, y su mujer le dijo lo que debería decir. Otra vez, muy lentamente, caminó hasta la orilla del mar. Allí ya esperando por él estaba Eliyahu el Profeta. "Eh, buen hombre," le dijo, "¿traes la respuesta? ¿Sabes lo que quieres?" "Sí," respondió el hombre, "Me gustaría que el Señor del mundo me deje ver a mi hijo comer de un plato de oro." Sorprendido por la buena respuesta, Eliyahu el Profeta le dijo, "Ya que supiste como poner en un solo pedido las tres cosas que te faltan, el Santo, bendito sea, cumplirá tu deseo." Y cada uno se fue por su camino, alegre y satisfecho.
Que la buena fortuna se apile sobre ellos y sobre
nosotros también. |
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Israel esclavo en Egipto por Fernando Murano
—¡Rafael! ¡Rafael! — La voz retumbó como un trueno,
no había enojo en ella.
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El rollo de la torah perdido por Rab Binyomin Pruzansky
Los pequeños niños formaron rápidamente un tren,
cada uno con sus manos en los hombros del niño de
adelante. Se movieron enérgicamente, corriendo
alocadamente por la periferia del shul mientras una
multitud de gente bailaba en círculos concéntricos
alrededor de la bimá. Algunos cargaban rollos de la
Torá, adornados con coronas de plata y galas de
terciopelo. Otros llevaban a sus hijos pequeños en
sus hombros. Cuando terminaba una canción, sonaba
otra a continuación, y nadie quería parar. |
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El Rabino de Janowo por Rab Nachman de Bratzlav
Una vez
salió el rabino de Janowo en tartana a la feria de
Pantschowa, con intención de pernoctar en Mokri.
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El Shabat Interrumpido Era un típico Shabat a la tarde en la casa de Rabí Shmuel Hanaguid. Mientras la familia estaba sentada en la mesa del comedor, a punto de comer la comida de Shabat, Rabí Shmuel Hanaguid sólo podía sonreír por su buena fortuna. Si bien estaba viviendo en España, lejos de Eretz Israel, había sido bendecido con una buena familia, un próspero negocio de alfombras, y la libertad de estudiar Torá como gustaba. Di-s había sido ciertamente bondadoso con él. Bruscamente, escuchó un fuerte golpe en la puerta. ¿Quién podía estar llamando durante la comida del Shabat? ¡Era muy extraño! El hijo de Rabí Shmuel fue a la puerta, habló con alguien por un momento, y corrió otra vez al comedor mareado. "Papá, hay un ministro del príncipe esperando verte, y dice que es urgente". Rabí Shmuel estaba sobresaltado. Él pensaba que sus relaciones con el príncipe eran buenas. ¿Quién sabe? Al fin y a cabo, esto era el Galut, y los judíos estaban en exilio. ¿Quién podía confiar en los gentiles para que trataran a los judíos con bondad? ¿Qué quería el príncipe de él? Para saberlo, Rabí Shmuel corrió a invitar al ministro a entrar. El ministro rápidamente contó el propósito de su visita. "El príncipe lamenta molestarlo en su santo día, pero surgió un importante asunto, y me pidieron acompañarlo al palacio inmediatamente." "¿He hecho algo para ofender a su majestad?" ¡No, en absoluto! El príncipe está agasajando hoy a importantes visitas, y los quiere impresionar con su riqueza. El príncipe sabe que usted lo puede ayudar si le vende una de sus excelentes alfombras. Por lo tanto, quiere que se presente en el palacio inmediatamente para entregarle sus mercancías y concluir el negocio". ¡Entonces era eso! Rabí Shmuel evaluó la situación cuidadosamente. El príncipe era sumamente importante, y no podía ser rechazado fácilmente. Sin embargo, Rabí Shmuel no consideró su solicitud ni un momento. Era, después de todo, el sagrado Shabat, y su santidad no se puede cambiar por un negocio. Rabí Shmuel no perdió tiempo en decirle esto cortésmente al ministro. "Informaré su respuesta al príncipe, pero no sé si su majestad se alegrará con ella". Con esto, el ministro salió. "¿Piensas que fue la respuesta adecuada, padre?" preguntó uno de los hijos de Rabí Shmuel. "El príncipe podría enojarse contigo". "Príncipes vienen y van", dijo Rabí Shmuel, "pero nuestras sagradas tradiciones permanecen constantemente en todas las generaciones. Ahora olvidémonos del príncipe y honoremos al Shabat con canciones de Zemirot". Pero el desafío aún no había terminado. Luego de haber recitado el Bircat Hamazón hubo un segundo golpe en la puerta. Esta vez era un representante del príncipe de más alto rango que el anterior. "Tengo aquí una declaración escrita del príncipe", dijo. "Nuevamente pide que usted venga conmigo a su palacio. Si usted lo hace, será recompensado generosamente". "¿Y si no?", preguntó Rabí Shmuel. "Pues el príncipe decidirá cancelar todos sus tratos con usted y recomendará a otros a hacer lo mismo". La respuesta de Rabí Shmuel no tardó en llegar. "Dígale al príncipe que será un honor para mi ir al palacio, pero después de Shabat. Pero hasta que el Shabat acabe no puedo. Lamento si le estoy causando al príncipe alguna dificultad, pero esta es la voluntad de Di-s. El representante salió. "¿Piensas que el príncipe realmente llevará a cabo su amenaza?" preguntó la esposa de Rabí Shmuel. "Probablemente", contestó Rabí Shmuel. "Pero todas las riquezas que el príncipe me pueda dar no significan nada si tengo que violar el Shabat para lograrlas. No te preocupes sobre como vamos a vivir si el príncipe deja de negociar conmigo. Vamos a sobrevivir. Sólo confiemos en Di-s, Él nos ayudará. La noche ya había caído cuando se escuchó el tercer golpe en la puerta. Esta vez, entró una banda de cuatro soldados dando órdenes de llevar al Rabino directamente al palacio. Rabí Shmuel estaba listo para ir con ellos. "El Shabat terminó, ahora estoy listo para ir donde ustedes digan". Calmó a su preocupada familia, y salió con los soldados. Ellos condujeron a Rabí Shmuel hasta el aposento del príncipe y salieron, dejando a los dos hombres solos. Rabí Shmuel pensaba qué tipo de castigo le correspondería. Pero luego, miró de más cerca al príncipe... ¿Qué era esto? Él no podía estar seguro, pero le parecía que el príncipe estaba sonriendo, y estaba contento de verlo. "Le tengo que pedir perdón realmente" - dijo el príncipe. "No quería molestarle en su santo día, pero quería probarle en un punto. "Usted verá, un príncipe vecino vino a visitarme hoy. Él denunciaba que los judíos son gente avara que harían cualquier cosa por el dinero. Yo le aposté que estaba equivocado, y le conté sobre mi amigo Rabí Shmuel Hanaguid, que valora sus creencias religiosas por encima de la riqueza. Nos pusimos de acuerdo en probarle, ordenándole que me vendiera alfombras en el Shabat. Mi invitado estaba muy sorprendido cuando usted se opuso no solo una vez, sino dos veces, aun cuando esto significaba perder muchísimo dinero. "Usted cumplió más de lo que creía, y por esto estoy agradecido. Como resultado, no solo que seguiré negociando con usted, también le encontraré muchos nuevos clientes. Usted es realmente un judío fiel, y le deseo mucho éxito en el futuro". El rechazo de Rabí Shmuel de violar el Shabat, le fue pagado. Fue muy exitoso y, más importante, ganó un enorme respeto por demostrar que los judíos son leales a Di-s.
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El Bar Mitzva del Abuelo
¿Qué inspiró mi abuelo ochenta y ocho años para
celebrar finalmente su bar mitzvá? por Avraham Berkowitz En agosto pasado, estaba visitando a mis abuelos en su casa de Los Ángeles. Yo vivo en Moscú y viajo a menudo a los EE.UU., y trato de que sea una prioridad volar a Los Ángeles por lo menos una vez al año para visitarlos. Sentado en la sala de estar con mis abuelos en aquella noche de verano, pregunté por un familiar que estaba por cumplir trece años y si se le permitirá tener un Bar Mitzvá, y cómo podía ayudarle a celebrar uno. La abuela me dijo: "¿Por qué estás preocupado por tu primo, si tu propio abuelo no tuvo un Bar Mitzvá?" "Papá, ¿usted nunca tuvo un Bar Mitzvá? Pregunté, no muy sorprendido. "No, no lo hice, Abraham, ¡y es culpa tuya también!" Me dijo Papá. La abuela y Papa llevaban una buena y ética vida, pero no son ortodoxos. Mi madre abrazó el judaísmo observante a los veinte años y me crié en un hogar lleno de la espiritualidad y forma de vida de los jasidim de Jabad. Para mí y mis ocho hermanos, nuestros abuelos siempre han sido una parte fundamental de nuestra vida familiar. A pesar de las diferencias culturales y religiosas que nos separan, siempre encontramos multitud de formas para conectarnos, como corresponde a las familias, con amor y alegría. El único tema que fue un desafío, sin embargo, fue la religión. Como adolescente, fui probado hasta la médula, mis abuelos nunca quisieron que yo practicara mi fe o religión por rutina o aceptara sin cuestionar. Por respeto, yo nunca les instó a aumentar su observancia en el judaísmo. Son mis mayores y maestros, no a la inversa. "Papá, ¿cómo es mi culpa?" Pregunté, pensando que la respuesta seguramente sería interesante. Papá me recordó un viaje que hice en 1997 desde su casa en las colinas al valle en Encino, para visitar al señor Lionel S., a quien había conocido el verano anterior en un viaje a Alaska. En julio de 1996, pasaba mi segundo verano en Alaska trabajando para mis mentores de divulgación de Jabad, el rabino Yosef Greenberg y Ester, que sirven como notables representantes de Jabad en una de las últimas fronteras. Yo estaba en la Cuarta Avenida frente al Centro de Visitantes de Alaska en el centro de Anchorage, tenía un par de tefilín y paquetes de información sobre el Centro Judío de Jabad. Mi tarea por la mañana fue recibir a los turistas y los pasajeros que desembarcaban de los buques de crucero que podrían estar interesado en una comida kosher o servicios judíos durante su estancia en la hermosa Alaska. Siempre fue una delicia satisfacer a turistas de todo el mundo, quienes en general estaban muy sorprendidos, o no sorprendidos en absoluto, al ver a un joven estudiante de Jabad acercarse a sus hermanos judíos en la calle, en Anchorage nada menos. Entonces vi a un hombre alto, de edad avanzada con su mujer que salía del centro de visitantes y se dirigía a la Cuarta Avenida. Me acerqué a ellos con una sonrisa y saludé. El hombre me miró intensamente, y en voz alta y enojada me dijo que siguiera caminando. Temblando, dije: "Pido disculpas, estaba saludando a hermanos judíos que han venido a Alaska". "Entonces, ve a buscar a otra persona que molestar" replicó. "¡No quiero tener nada que ver contigo!" Mi cabeza daba vueltas, estaba herido interiormente, pero sabía que no había hecho nada irrespetuoso. Era evidente que lo que represento —ser un judío religioso, con una barba y una kipá en la cabeza —fue lo que lo molestó tanto. "Señor, con todo respeto" aceleré mi paso y me paré junto a él, mirando directamente a sus ojos. "Supongo que un judío ortodoxo le ha hecho algo muy malo y por lo tanto no quiere hablar conmigo. Por favor, dígame en qué lo han dañado, así yo, como otro judío ortodoxo, no voy a repetir el mismo error en el futuro". El hombre se calmó y me pidió que me sentara con él y su esposa en un banco cercano. Durante la hora siguiente, me senté dispuesto escuchar la historia de Lionel S.: "Nací en Londres en 1929. Mi padre era un soldado de las fuerzas aliadas británicas contra los nazis. Antes de que mi padre fuera al frente, le pidió a mi madre que cuidara bien de mí y se asegurara de que fuera Bar Mitzvá. Como los alemanes atacaron Londres durante la guerra relámpago, mi madre y yo huimos a Gales para escapar de los bombardeos. "La vida era muy difícil, éramos pobres y vivíamos a salto de mata. Mi madre, sin embargo, quería que me prepararan para mi Bar Mitzvá como lo prometió a mi padre, por lo que me trajo a la sinagoga en Cardiff para las clases de Bar Mitzvá. Algunos otros chicos se habían reunido allí y yo me senté en mi primera clase escuchando atentamente, tratando de sacar mi mente de la guerra y nuestros problemas. Cuando mi madre vino a buscarme, el profesor de Bar Mitzvá dijo a mi madre que las clases costarían una libra esterlina. Mi madre, que estaba sin dinero, pidió el rabino que le perdonara los costos. Él respondió: 'Lo siento, ¡no hay libra, no hay Bar Mitzvá! "Mi madre fue humillada. Ella me tomó por el cuello y salimos de la sinagoga. ¡Esa fue la última vez que pisé en una sinagoga! Nunca he tenido un Bar Mitzvá y mi padre, que nunca regresó del frente, no tuvo su último deseo". Lionel y yo estábamos llorando en el banco, y yo no podía encontrar palabras de defensa para lo que se había hecho a él ya su madre. Podría haber argumentado que el profesor/rabino daba de comer a muchos niños y también tenía que sobrevivir. Él pudo haber estado usando los fondos para salvar a otras familias desplazadas... Miré a Lionel y le dije: "Ahora soy un estudiante rabínico, y le prometo que si los padres no tienen los medios para hacer un Bar Mitzvá de su hijo, siempre voy a recordar su historia y no cobraré a los padres para el Bar Mitzvá sus hijos". Lionel estaba satisfecho con mi respuesta, pero sentí su profundo dolor por no haber celebrado nunca su propio Bar Mitzvá. "Lionel, venga vamos a poner tefilín, tenga su Bar Mitzvá y cumpla el último deseo de su padre". Y así, el pequeño joven estudiante rabínico y el hombre alto, de edad avanzada, antes antagonistas caminaban por la calle de Anchorage a la habitación del hotel de Lionel, donde tuve el privilegio de ponerle tefilín a Lionel por primera vez en su vida y para celebrar su Bar Mitzvá. Lionel estaba emocionado y excitado llamó a sus hijos para contarles la historia de su Bar Mitzvá en Alaska. Un año más tarde, estaba visitando a mis abuelos en Los Ángeles y le pedí a mi abuelo que me llevara a la casa de Lionel para que yo pudiera visitarlo nuevamente. Y ahora mi papá me dijo que después de esa reunión y escuchar la historia de Lionel de su tardío Bar Mitzvá, él también estaba dispuesto a tener uno. Mi abuelo se acordó de su propia infancia. Nació huérfano, ya que su padre murió en una epidemia de tifus en 1918, mientras que su madre todavía estaba embarazada de él. Fue criado por su madre muy trabajadora, pero nunca tuvo un padre que lo llevara a la sinagoga para tener un Bar Mitzvá.
Pero yo
nunca lo llevé a cabo, nunca hice la solicitud... Y
es por eso que es mi culpa que, hasta hoy, nunca
había celebrado su Bar Mitzvá! "¡Genial! Voy a tener mi Bar Mitzvá por la mañana" A las 6:30 de la mañana del Viernes, 10 de agosto 2007, mi abuelo de 88 años de edad y yo fuimos al patio trasero de su casa, donde lo ayudé a ponerse mi talit, envolvió el tefilín de la mano alrededor de su brazo, y se colocó el otro en la cabeza. Papá hizo la bendición y dijo el Shema y luego recibí el más amoroso y largo abrazo de papá, mientras cantábamos juntos Siman Tov U'mazal Tov. La abuela y mi papá fueron conmovidos hasta las lágrimas de alegría. Este fue el punto culminante y absolutamente más conmovedor de mi vida personal y rabínica —el poder llegar completar el círculo con mi propio abuelo.
Mi
abuelo rápidamente llamó a mi madre en Detroit y
envió correos electrónicos y llamadas a mis ocho
hermanos que viven en todo el mundo. Fui a Radio
Shack y compré a mi abuelo una gran pantalla para su
computadora como su regalo de Bar Mitzvá presentes,
para que pueda seguir en contacto permanente con
todos sus nietos y sus más de veinte bisnietos por
muchos años de felicidad y salud en los años
venideros.
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En un pueblecito judío de Polonia, su gente se preparaba para la más sagrada de sus festividades: el Iom Kippur. El día del perdón. Al salir la primera estrella y como todos los años, el pueblo casi desparecía entre las montañas porque nadie hacía otra cosa que estar en el templo rezando fervorosamente y ayunando para asegurar el perdón divino y conseguir así que el buen Dios, como decían los libros sagreados, inscribiera a cada uno y al pueblo entero en la lista de los que tendrían un buen año. Durante todo un día ningún judío observante comía, ni trabajaba, ni se divertía. Tan solo se consagraba a la oración. Lo hacía por sí mismo, por su familia y por los vecinos. Estaba oscureciendo cuando el último de los hombres del pueblo llegó jadeando al templo.- -¡Rabino, rabino! -gritaba. -¿Qué pasa? -dijo el bondadoso Baal Shem Tov saliendo a su encuentro.. -Tenemos un problema gravísimo. Hay que solucionarlo. Dios nos va a castigar a todos si no hacemos algo. El pueblo entero volará por el aire con su furia... -Cálmate... ¿Qué es lo que pasa? -Yo venía cabalgando de prisa hacia el pueblo y, para llegar a tiempo, crucé por el camino de la montaña y pasé cerca de la cabaña de Guedalia... Y allí lo vi. El gigante estaba sentado frente a una gra mesa llena de comida y bebida dispuesto a darse un atracón, que te aseguro que le llevaría más de veinticuatro horas tragar. Yo pensé que él no se había dado cuenta del día o de la hora, así que me acerqué a saludarlo y advertirle. Pero apenas me vio llegar y antes de dejarme hablar me gritó: "Ya sé que estamos empezando el Kippur, pero yo soy Guedalia y como y bebo cuando quiero y cuanto quiero. ¿Está claro? Y ahora... ¡fuera de aquí!". Y yo, Rav, vi brillar la furia en sus ojos y salí huyendo. Vine directo a la sinagoga porque pensé que debía contártelo. Tú eres el rabino de este pueblo, debes hacer algo para salvarnos de la ira de Dios por esta ofensa. -¿Qué pretendes que haga? Empieza el Kippur, hablaré con él mañana, después que salga la primera estrella. -Estás loco, ¿cómo mañana? ¿No te das cuenta? Para mañana Dios puede haber destruído toda la región. -No, no, no, no -agregaron todos los demás-. Debes ir ahora mismo a verle. Tienes que salvarnos de ese salvaje que nos quiere matar. Nosotros rogaremos mientras tanto para que Dios tenga paciencia hasta que hables con él y no destruya este pueblo por los pecados de Guedalia.
Baal
Shem Tov agarró su vara de caminar y se dirigió al
bosque donde estaba la casa del leñador. Desde lejos
se veía la gran mesa de madera llena de carnes,
frutas y verduras iluminada con lámparas de aceite.
Al llegar a la cabaña, la noche había caído. El día
del perdón había empezado. -No -dijo Guedalia. -¿Por qué no, Guedalia? ¿Te hemos ofendido? -No tengo tiempo para conversar, Rav. Tengo todo esto para comer y mañana ya debo volver a trabajar... -¿Por qué dices que debes comer toda esa comida?¿Cual es la necesidad de comer tanto? Guedalia siguió comiendo desesperadamente sin contestar una palabra. Baal Shem Tov se sentó en el suelo en silencio y comenzó a rezar. Así se pasaron toda la noche y todo el día siguiente. Ninguno de los dos durmió. Uno rezando y el otro comiendo.
Finalmente, la primera estrella apareció de nuevo en
el horizonte y Baal Shem Tov se levantó y se acercó
a Guedalia. La mesa estaba vacía salvo por algunas
migas de pan que se habían escapado a la voracidad
del único comensal. El rabino lo miró sin decir nada
y Guedalia le habló:
Comería
sin parar hasta ser un gigante, hasta que mi cuerpo
juntara tanta grasa que si alguna vez me pasaba lo
mismo que a mi padre, no me consumiera como él. Juré
que si alguien podía atarme a un árbol y prenderme
fuego, yo iba a arder tan intensamente e iba a
desprender un humo tan negro, que desde cualquier
parte del mundo todos sabrían que en ese lugar
estaban quemando a un hombre.
-Les
aseguro que si alguna vez este pueblo se salva de
alguno de los castigos de Dios, que todos sabemos
que merecemos, si se salva, les digo... será gracias
a Guedalia."
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Tomás, el ortodoxo por Aida Bortnik
Tomas
era un niñito muy prolijo. Tanto, que casi, casi, no
parecía un niñito. Nunca preguntaba demasiado, nunca
pedía demasiado, nunca curioseaba demasiado. Estaba
siempre limpio y e iba a dormir cuando los niñitos
tenían que irse a dormir. Todos sus juguetes estaban
enteros, brillantes y en el estante correspondiente.
Estaba tan preocupado por conservar todos sus
juguetes, que nunca jugaba con ellos. Tomas era un
niñito al que no inquietaban el vuelo de los pájaros
ni el funcionamiento de su cuerpo.
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Hay que cuidar el honor de los demás
Cierta vez se hallaba el rey en su despacho, y los intendentes estaban delante suyo, y los gobernantes de las diferentes naciones estaban sentados a su mesa, y los servidores del rey acercaban a la mesa todo tipo de bandejas llenas de alimentos deliciosos. y aconteció que uno de los jóvenes siervos del rey acercó una fuente llena de sopa, resbalándose de sus manos por un instante, lo que provocó que caigan unas gotas en las vestimentas del rey. El rey se enojó mucho, y miró al joven mostrando las conocidas señales que indicaban que era su deseo quitarle la vida al joven sirviente. El muchacho ve el rostro enfurecido del rey que indicaba indefectiblemente el deseo de terminar con su vida, ya que las señales eran elocuentes y ya estaba comprobado que cuando el rey miraba así, el que había sido mirado perdería su vida y supo que ya no había salvación. Tomó entonces la fuente con la sopa que estaba sobre la mesa y la volcó intencionalmente sobre el rey, derramando sobre este toda la sopa, ensuciándolo desde la cabeza a los pies. El rey se tornó furioso en extremo y dijo al joven sirviente: "¡Malvado, ahora te mataré a través de una muerte horrenda y cruel!. Pero primero dime por favor: ¿Por qué hiciste esto último?, tendrías que haberme suplicado que te perdone, haciendo alusión a que las gotas que cayeron sobre mi fue algo accidental, sin intención de tu parte de hacerme daño, y ahora no es suficiente con que no encontraste reparo para intentar defenderte y mostrar que lo que hiciste fue sin querer, sino que aumentaste más aun tu desfachatez y tomaste intencionalmente la fuente y me la volcaste encima con total descaro ensuciándome desde la cabeza a los pies". El joven respondió: "He aquí yo voy a morir ahora como has dicho, a través de una muerte horrenda y cruel sin ninguna duda, pero Hashem sabe cual fue mi verdadera intención en hacer esto que hice, si fue para revelarme contra ti o para beneficiarte. Ya que vi como que salía humo de tus ojos de la furia que emanaba tu rostro en el momento que se me cayeron unas gotas de sopa sobre tus vestidos sin querer, y yo se por las señales que mostraste que tu deseo era matarme, entonces me dije a mi mismo que seguramente te dispones a derramar sangre inocente, y esto va a ser escuchado por los demás reyes quienes comenzarán a hablar cosas muy malas en contra de ti, ya que dirán que derramaste sangre inocente sin ningún motivo valedero, ya que no correspondía sobre el joven la pena de muerte por lo que hizo, ya que no fue algo intencional. Y esto perjudicaría tu honor en gran manera, por lo que decidí tomar la fuente y derramártela encima con total intención y atrevimiento, para que puedas matarme y no te critiquen por haber derramado vilmente sangre inocente". El rey escuchó las palabras del joven y le pareció bien ante sus ojos y dijo: "ya que es tan importante mi honor ante tus ojos, a tal punto de estar dispuesto a entregar tu alma por mi honor, entonces también yo perdono tu falta". Y con esto expliqué con la ayuda de Hashem, el motivo correcto a lo dicho por nuestros sabios que sean recordados para bendita memoria en explicación al versículo (Shmúel b 15: 32 ): "David llegó hasta la cima", y deducimos de la palabra "cima", que lo que pretendió David hacer es idolatría, ya que comparando la palabra "cima" de aquí con la misma palabra pero que versa en Daniel 2: 32 donde dice que "La cima (la parte superior) de esa imagen es de oro bueno", refiriéndose a la cima de una imagen de idolatría, entendemos que en nuestro versículo en Shmúel b 15: 32 también se refiere a idolatría. Y continúa diciendo el versículo en Shmúel b 15: 32: "y he aquí viene a su encuentro Jushí Haarakí, con sus ropas rasgadas y tierra sobre su cabeza". Explican nuestros sabios, que le dijo a David: "Van a decir que un rey como tú hizo idolatría". David le respondió: "Dirán que un rey (bondadoso) como yo fue asesinado por su hijo (y eso provocarán que hablen respecto de Hashem que permitió tal cosa injustamente, por lo que al final se profanará el nombre de Hashem); es mejor hacer idolatría y que no sea el nombre de Hashem profanado públicamente". Jushí le preguntó: "¿Por qué tomaste como esposa una mujer bella?". David responde: "La Torá permite tomar como esposa una mujer bella". Jushí le pregunta: "¿No prestaste atención al motivo de la proximidad de los versículos en el Jumash (Debarim 21: 18): "Cuando le naciere a la persona un hijo que se aparta del camino y desobedece a su padre", el cual está próximo al versículo que habla sobre "Quién toma por esposa una mujer bella"? ¿No pensaste que están próximos estos versículos para enseñarte que quién se casa con una mujer bella tendrá hijos que se apartan del camino de su padre y le desobedecen?". Y esto es algo sorprendente: relata el Rab Iosef Jaim que ahora va a proseguir explicando ya que hasta aquí fueron palabras del Talmud Sanhedrin 107 - ¿Cómo se te ocurre pensar que al Rey David se le puede cruzar por la cabeza realizar algo así?, y según lo que se explicó, se entiende perfectamente, fue porque temió que se profane el nombre de Hashem, ya que la gente iba a decir: David que era un hombre justo y recto, quién servía a Hashem con voluntad plena y verdadera, ¿Cómo puede ser que lo abandonó Hashem en manos de su hijo que le dio muerte?. Y si bien es cierto que existe libre albedrío, de todos modos, la cosa salió por comparación natural, ya que no es común en la gente ver una elección tan malvada como para llegar a matar a su padre, y ¿cómo puede ser que Hashem no lo protegió de una elección malvada como esta?. Y como causa de esto podrían llegar a decir que "no hay justicia y no hay Juez, y en vano servimos a Hashem", por eso, para que no haya una profanación del nombre de Hashem semejante, pretendió el Rey David ingresar al lugar donde se hace idolatría, y no para realizar allí idolatría, Hashem libre y guarde, sino que solo pretendió entrar allí, para que la gente crea que entró para hacer idolatría y que hizo, con la intención que después, cuando lo mate su hijo, no murmuren contra el honor de Hashem porque no lo salvó de manos de su hijo, ya que por cuanto que hizo idolatría, es correcto no salvarlo. Este es el motivo por el cual pretendió entrar a donde hacen idolatría, y al final se comprobó que en verdad no hizo nada allí adentro. Y esto se asemeja al personaje del relato que mencionamos arriba, donde el joven arrojó la fuente intencionalmente sobre el rey para que no piensen mal de este. Y con esto expliqué, con la ayuda de Hashem, el motivo correcto de la intención que tuvo la esposa de Iob (Job) cuando le dijo a su marido (Iob 2: 9): "¿Aun te mantienes en tu integridad?, ¡Bendice a Hashem y fallece!", la mujer de Iob le quiso decir con esto a su marido que haga como la primera vez cuando Hashem permitió que le sobrevengan las aflicciones, las cuales consistieron en la pérdida de sus hijos, sus bienes y su casa, la cual fue quemada, y Iob no habló ni una palabra en contra de Hashem, por el contrario, Lo bendijo, diciendo: "Sea el nombre de Hashem bendecido". Y en vez de mejorar su situación, esta empeoró y el cuerpo de Iob fue totalmente cubierto por sarpullidos que le traían mucha fiebre y le picaban y molestaban, y pese a todo esto, Iob no decía nada en contra de Hashem, esta vez callaba, entonces al ver que mantenía silencio, su mujer le sugirió que vuelva a bendecir a Hashem, ya que como había hecho antes, que bendijo ante las adversidades que le sobrevinieron, y luego de la bendición le vinieron más adversidades aun, pensó su señora, que si esta vez vuelve a bendecir, le sobrevendrán más adversidades, como la vez anterior, y como ya no queda más por hacer en perjuicio de su marido sino quitarle la vida, pensó que al bendecir, Hashem tomaría su vida, que es lo único que le quedaba, pues pensaba que era mejor la muerte a vivir en esas condiciones. Debemos reflexionar y preguntarnos como puede ser que haya subido a la mente de la esposa de Iob darle un consejo tan perverso. Y más, por lo que dijeron nuestros sabios, que la esposa de Iob, era Dina, la hija de Iaakov, nuestro patriarca, sobre él sea la paz. Y ya cuestionó sobre esto Rabeino Maaram Alshij quién sea recordado por bendita memoria. Pero según el relato que dijimos al principio, tenemos que la intención de la mujer de Iob fue buena, ya que consideró la posibilidad de que se profane el nombre de Hashem, así como temió aquel joven mozo por el honor del rey cuando le volcó toda la bandeja sobre sus ropas para que cuando lo ejecute sea por una causa valedera, ya que la gente sabía que Iob era un hombre absolutamente recto, y no todos saben que en verdad la causa del castigo que recibió Iob fue por causa de faltas cometidas en su encarnación anterior, ya que inclusive sus amigos no sabía esto, y siendo esta la situación, la gente diría que no hay justicia y no hay Juez, Hashem no lo permita, pero si bendecía a Hashem, dirían que con justicia fue castigado, y su rectitud no era verdadera, sino externa, y por eso lo abandonó Hashem en manos del Satán. Ya que no es posible que si alguien bendice a otro, este no lo ayude, a no ser que el bendecido sepa la intención que se trae el que bendice, y que lo que piensa en su corazón es diferente a lo que dice.
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Hay que adquirir un amigo fiel
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La Argentina del tío Petacóvsky
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El Reloj
En una
pequeña aldea de Lituania, vivía un hombre muy
ambicioso y muy avaro. Se llamaba Reb Mendl, quien
jamás le hacía un favor a nadie. |
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La limosna Rabí Menajem Mendel de Romanov Z"L estaba estudiando con alumnos, y en eso se oyen unos golpes en la puerta. Le abren, y entra un hombre que, de sólo verlo, a cualquiera se le rompió el corazón: Sus ropas estaban raídas; su rostro ennegrecido, su piel seca y arrugada... Cuando pidió una limosna, no había forma de negársela. Rabí Menajem Mendel le dijo a su Shamash que haga pasar al pobre a su despacho privado. Luego, el Rab le pidió al Shamash que le traiga un dinar de oro (moneda muy valiosa en aquellos tiempos). El asistente cumplió la indicación recibida, y el Rab entregó en manos del pobre aquella moneda. El pobre salió de esa casa sin poder creer lo que veía; nunca había tenido tanto dinero junto. Entretanto, el Rab se estaba sentando para volver a estudiar Torá con sus alumnos, y reacciona: Llamó inmediatamente a su Shamash y le dijo que vaya corriendo a buscar al pobre pata traerlo de nuevo a su casa. El Shamash encontró al pobre en la calle, y cuando lo alcanzó le dijo que el Rab quería hablar con él. El pobre se puso a temblar, y pensó que lo que sucedió fue que el Rab se dio cuenta que le dio algo demasiado valioso, y que seguramente se lo va a cambiar por algo más barato, "...como un dinar de plata, si tengo suerte", dijo para sí. Sin otra alternativa, regresó el pobre a la casa del Rab, acompañado del Shamash. El Rab lo hizo pasar nuevamente a su despacho, y por lo bajo le pidió a su Shamash que le traiga otro dinar de oro que tenía guardado. Cuando lo tuvo con él, se lo entregó al pobre. Éste ya no sabía lo que pensar, entre la sospecha y el asombro. Pero se armó de valor y le dijo al Rab: "Señor Rabino: Si usted quería darme dos dinares de oro, lo cual se lo agradezco infinitamente, podía haberlo hecho de una sola vez. Cuando me llamó, supuse que era para que yo le devuelva el dinar de oro que me dio, pero por el contrario fue para otra más. ¿A qué se debe que lo hizo dos veces y no una?". "En la Perashá Ree" le explicó el Rab al pobre, "está escrito: "Dar le darás a él (al pobre), y no se contrariará tu corazón cuando le des a él". ¿Por qué la Torá mencionó dos veces el verbo dar ("dar... darás)? Para enseñarnos que si la persona dio Sedaká una vez, por piedad a quien se lo está pidiendo, debe entonces dar otra vez, para cumplir la Mizvá de Sedaká, que toda persona está obligado a hacerla. En la primera te di sólo por lástima, pero no por Mizvá... Y también por eso está escrito: "Y no se contrariará tu corazón ...". cuando le des al pobre por la única razón que tu corazón está contrariado y enternecido, debes volver a darle; esta vez para cumplir con la Mizvá de Sedaká..."
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Kamtza y Bar-Kamtza
Está
escrito:
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El Oso por Jorge Bucay
Esta
historia habla de un sastre, un zar y su oso. Un día
el zar descubrió que uno de los botones de su
chaqueta preferida se había caído. Nadie contradecía al emperador de todas la Rusias, así que la guardia fue hasta la casa del sastre y arrancándolo de entre los brazos de su familia lo llevó a la mazmorra del palacio para esperar allí su muerte. Cuando, cayo el sol un guardiacárcel le llevó al sastre la última cena, el sastre revolvió el plato de comida con la cuchara y mirando al guardiacárcel dijo: – Pobre del zar. - El guardiacárcel no puedo evitar reírse - ¿Pobre del zar?, dijo pobre de ti tu cabeza quedará separada de tu cuerpo unos cuantos metros mañana a la mañana. - Si, lo sé pero mañana en la mañana el zar perderá mucho más que un sastre, el zar perderá la posibilidad de que su oso la cosa que más quiere en el mundo su propio oso aprenda a hablar. - ¿Tú sabes enseñarle a hablar a los osos?, preguntó el guardiacárcel sorprendido. - Un viejo secreto familiar... – dijo el sastre. Deseoso de ganarse los favores del zar, el pobre guardia corrió a contarle al soberano su descubrimiento: ¡¡El sastre sabía enseñarle a hablar a los osos!! El zar se sintió encantado. Mandó rápidamente a buscar al sastre y le ordenó: -¡¡Enséñale a mi oso a hablar nuestro gustaría complaceros pero la verdad, es que enseñar a hablar a un oso es una ardua tarea y lleva tiempo... y lamentablemente, tiempo es lo que menos tengo... -El zar hizo un silencio, y preguntó ¿cuánto tiempo llevaría el aprendizaje? - Bueno, depende de la inteligencia del oso... Dijo el sastre. - ¡¡El oso es muy inteligente!! – interrumpió el zar – De hecho es el oso más inteligente de todos los osos de Rusia. -Bueno, musitó el sastre... si el oso es inteligente... y siente deseos de aprender... yo creo... que el aprendizaje duraría... duraría... no menos de...... DOS AÑOS. El zar pensó un momento y luego ordenó: - Bien, tu pena será suspendida por dos años, mientras tanto tú entrenarás al oso. ¡Mañana empezarás! - Alteza - dijo el sastre – Si tu mandas al verdugo a ocuparse de mi cabeza, mañana estarán muerto, y mi familia, se las ingeniará para poder sobrevivir. Pero si me conmutas la pena, yo tendré que dedicarle el tiempo a trabajar, no podré dedicarme a tu oso... debo mantener a mi familia. - Eso no es problema – dijo el zar – A partir de hoy y durante dos años tú y tu familia estarán bajo la protección real. Serán vestidos, alimentados y educados con el dinero de la corte y nada que necesiten o deseen, les será negado... Pero, eso sí... Si dentro de dos años el oso no habla... te arrepentirás de haber pensado en esta propuesta... Rogarás haber sido muerto por el verdugo... ¿Entiendes, verdad?. - Sí, alteza. - Bien... ¡¡Guardias!! - gritó el zar –Que lleven al sastre a su casa en el carruaje de la corte, denle dos bolsas de oro, comida y regalos para sus niños. Ya... ¡¡Fuera!!. El sastre en reverencia y caminando hacia atrás, comenzó a retirarse mientras musitaba agradecimientos. - No olvides - le dijo el zar apuntándolo con el dedo a la frente – Si en dos años el oso no habla...
...Cuando todos en la casa del sastre lloraban por
la pérdida del padre de familia, el hombre pequeño
apareció en la casa en el carruaje del zar,
sonriente, eufórico y con regalos para todos. La
esposa del sastre no cabía en su asombro. Su marido
que pocas horas antes había sido llevado al cadalso
volvía ahora, exitoso, acaudalado y exultante... - Estás LOCO – chilló la mujer – enseñar a hablar al oso del zar. Tú, que ni siquiera has visto un oso de cerca, ¡Estás, loco! Enseñar a hablar al oso... Loco, estás loco... - Calma mujer, calma. Mira, me iban a cortar la cabeza mañana al amanecer, ahora... ahora tengo dos años...En dos años pueden pasar tantas cosas en dos años.
En dos
años... – siguió el sastre - se puede morir el
zar... me puedo morir yo... y lo más importante...
por ahí el |
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Tistur y Peziza
por Isaac Bashevis Singer
En el hueco de una chimenea, en ese
espacio oscuro que queda junto a la
pared y que suele usarse para guardar
escobas, fregonas y demás utensilios
domésticos, vivía una ninfa que se había
quedado huérfana y que se llamaba Peziza.
Peziza sólo tenía un amigo en el mundo:
el grillo Tistur, que vivía detrás de la
chimenea, en la concavidad de un
ladrillo. Todo el mundo sabe que las
ninfas viven del aire, pero nadie se
explica cómo Tistur podía vivir en la
chimenea sin nada que comer, a no ser
que se alimentara de las pizcas de
harina traídas al azar por alguna
corriente de aire desde la cocina. En
cualquier caso, Tistur no se quejaba.
Dormía la siesta todo el día y cuando
llegaba la noche, se desperezaba y
empezaba a entonar sus largas y
chirriantes historias que duraban hasta
el amanecer. |
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Los
Juglares de Purim
por Scholem Aleijem
Hoy es Purim. La casa de mi abuelo Rabi
Meir está llena de luz.
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"La muerte y la brújula" por Jorge Luis Borges
De los muchos problemas que ejercitaron
la temeraria perspicacia de Lönnrot,
ninguno tan extraño - tan rigurosamente
extraño, diremos - como la periódica
serie de hechos de sangre que culminaron
en la quinta de Triste-le-Roy, entre el
interminable olor de los eucaliptos. Es
verdad que Erik Lönnrot no logró impedir
el último crimen, pero es indiscutible
que lo previó. Tampoco adivinó la
identidad del infausto asesino de
Yarmolinsky, pero sí la secreta
morfología de la malvada serie y la
participación de Red Scharlach, cuyo
segundo apodo es Scharlach el Dandy. Ese
criminal (como tantos) había jurado por
su honor la muerte de Lönnrot, pero éste
nunca se dejó intimidar. Lönnrot se
creía un puro razonador, un Auguste
Dupin, pero algo de aventurero había en
él y hasta de tahur. |
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Jamás hay que avergonzar a otro Esto aconteció con el gran erudito autor de “Shenei Lujot Haberit", quién cuando aún estaba en Alemania, le fueron sustraídas de su casa unas cucharas de plata, y el sospechoso era uno de sus alumnos, por lo que el erudito interrogó e investigó a su alumno y se hallaron las cucharas en su poder. El alumno, por la vergüenza pasada, más tarde se alejó del camino de la observancia de los preceptos y renegó contra el judaísmo, tras lo cual enriqueció y viajaba de lugar en lugar, y halló gracia en los ojos del rey y los ministros, obteniendo el cargo de ministro encargado del cobro de los impuestos en la ciudad de Iafo, en la tierra de Israel, que pronto sea reconstruida como en tiempos de antaño. Y el erudito sabía que este alumno suyo renegó contra su judaísmo, pero no sabía que había sido de su vida posteriormente, y he aquí, al cabo de muchos años, el erudito viaja a Tierra Santa (Israel) para vivir en Jerusalem, que pronto, en nuestros días se reconstruya, y cuando llegó a la ciudad de Iafo, lo reconoció este ex alumno suyo que había abandonado su judaísmo, ya que desempañaba allí sus funciones de ministro encargado de los impuestos, y le rindió grandes honores, rogándole que lo acompañe a su casa y allí descanse por un momento. El erudito se avergonzó, y fue con él. Una vez que ingresaron al jardín de entrada, se las ingenió el alumno para hacer que el auxiliar del eruditos se retire y quedaron solos en la casa. Llevó a su ex maestro a recorrer toda la casa para mostrarle su gran riqueza, y finalmente, lo hizo ingresar a una habitación y extrajo un cuchillo bien afilado, profiriéndole a su ex maestro que recite la confesión que se estila antes de devolver el alma al Creador porque “Te he traído aquí para degollarte" – le manifiesta- . El erudito sintió pánico en ese momento, y comenzó a llorar y suplicarle: “¿Qué te he hecho?" y le suplicó varias veces, pero el verdugo estaba muy enojado le contestó: “No escucharé tus súplicas!, Apresúrate a recitar la confesión, de lo contrario, te insertaré el cuchillo en la garganta antes de la confesión!". Entonces el erudito cuando vio que se hallaba en una situación muy comprometida, comenzó a derramar lágrimas y recitar la confesión. Luego de eso lo acostó sobre el suelo y lo tomó del cuello, tomando con la otra mano el cuchillo para degollarlo. El erudito cerró sus ojos y comenzó a recitar “Shemá Israel", y cuando terminó de recitar este versículo, al pronunciar la última palabra (“Ejad"), y permaneciendo con sus ojos cerrados, apoyó el renegado su cabeza sobre él, lo besó y le dijo: “Rabí, levántate y perdóname por esta cosa! El erudito se sorprendió y le preguntó: “¿Quién eres?". Le responde: “Soy tu alumno, fulano, y reconozco por tus actitudes que eres un hombre totalmente recto, ya que cuando vi que viniste a la Tierra Santa para entregar tu alma por Hashem, pensé: ‘qué lástima que el Rabí entregue su alma y aun esté sobre su vestido una pequeña mancha, ya que ejerciste presión para sacar de mi el elemento robado y provocaste que yo me convierta en un renegado, la cual fue por causa de la vergüenza pasada, y a pesar que hiciste eso para salvar tu dinero, con todo eso, con respecto a ti es considerado un gran pecado, y yo no tuve intenciones de vengarme de ti, sino que mi intención fue buena con el sufrimiento que te hice pasar para que sirva como redención por el pecado que cometiste, y ahora has sido purificado y limpio, e ingresas a la Tierra Santa puro y limpio por el sufrimiento que te causé, ya que tu eres mi señor y maestro". Le besó los pies y lo despidió con grandes honores. De aquí aprendemos cuanto nos debemos cuidar en no avergonzar a otro, ya que el que hace esto es considerado una persona que se está oponiendo a la voluntad de Hashem, como explican en el Talmud, en el tratado de Babá Metzía 58b. Allí, Rabí Iojanan dice que el que engaña a otro en cuestiones de dinero estafándolo, lo que en la Torá se llama (“onaat mamón"), está considerado un pecado muy grave, pero el que hace sufrir a otro (“onaat devarim"), es una falta mucho más grave que la primera, ya que si lo estafó con dinero, luego se puede arrepentir y devolverle lo que le corresponde, pero quién hace sufrir a otro ¿Cómo le paga el daño que le causó?. Por eso, la Torá, cuando se refirió a hacer sufrir a otro dijo (Vaikrá 25: 17): “No haga sufrir un varón a su compañero, y temeréis de Di´s, pues Yo soy Hashem vuestro Di’s", y cuando se refirió a estafar a otro con dinero, no dijo la Torá “y temeréis de Di´s". Esto te enseña que es más grave quién hace sufrir a otro que quién estafa, ya que esto es algo que fue dado al corazón, pues todo depende de cual fue tu intención, si tuviste intención de hacerlo sufrir, transgrediste el versículo, y si fue por accidente, no lo transgrediste. Entonces por eso dice “y temeréis de Di´s" por si dijeres ¿Quién sabe cuál fue mi intención si ofenderlo o no?, entonces por eso el versículo te advierte, que Hashem ve lo que guardas en tu corazón, por eso dice “y temeréis de Di´s". Y justamente es lo que nuestro relato nos dijo, cuidémonos de no ofender o avergonzar, porque es una falta muy grave, a tal punto que el Talmud la considera entre las tres más graves que ocasionan luego serios problemas a quién quiera en el futuro ingresar al Mundo Venidero. Y Tosafot explica que quién avergüenza a otro es como si hubiera derramado sangre, ya que cuando lo avergüenzas, el otro se pone colorado, es porque la sangre se acumula en el rostro causando ese efecto, y luego, esa sangre se comienza a retirar hacia el interior, por lo que el individuo queda pálido, y esto como causa de la vergüenza que le hicieron pasar, así que debemos cuidarnos mucho en esto y respetar a nuestro prójimo.
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Judíos en la Luna
Los judíos colonizaron la luna en 2053,
justo alrededor de cinco años después
del fin de las Guerras Islámicas de los
’40, donde el Medio Oriente, e Israel
por supuesto, había sido arrasado por
armas nucleares. Los dos millones de
judíos que quedaron en todo el resto del
mundo – menos de 100.000 en total en
todos los países islámicos – se unieron
y compraron el lado oscuro de la luna,
que ninguna otra empresa o pueblo
deseaba colonizar. |
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El Huevo por Howard Fast (del libro "Un toque de infinito") Fue un hecho afortunado, como lo reconocieron todos, que Souvan -167- arco II estuviera a cargo de las excavaciones, porque aunque era un arqueólogo de segundo orden, su hobby o afición lateral era las excentricidades de las ideas sociales de la segunda mitad del siglo veinte. No era simplemente un historiador, sino un estudioso cuya curiosidad lo llevó por los pequeños atajos olvidados por la historia. De otra manera, el huevo no hubiera recibido el tratamiento que tuvo.
La excavación tenía lugar en la parte
norte de una región que en tiempos
antiguos se había llamado Ohio,
perteneciente a un ente nacional
conocido como Estados Unidos de América
en aquel entonces. Había sido una nación
tan poderosa que había resistido tres
incendios atómicos antes de
desintegrarse, y por eso era mas rica en
tesoros enterrados que cualquier otra
parte del mundo. Como lo sabe cualquier
escolar, fue sólo en el siglo pasado que
logramos llegar a entender las antiguas
costumbres sociales de las últimas
décadas de la era anterior. No es muy
fácil superar una brecha de tres mil
años, y es muy natural que la edad de la
guerra atómica esté más allá de la
comprensión de los seres humanos
normales.
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La Moneda Samuel Iosef Agnon
Un hombre muy pobre que
volvía de la Sinagoga, donde había
celebrado el advenimiento del Sábado,
vio de pronto una moneda en el camino. |
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Había una vez una rosa roja
A su lado siempre había un sapo grande y oscuro, por eso nadie se acercaba a verla. Indignada ante su descubrimiento, ordenó al sapo que se fuera de inmediato. Está bien, si eso es lo que quieres, me iré, dijo el sapo. Poco tiempo después el sapo pasó por donde estaba la rosa y se sorprendió al verla totalmente marchita, sin hojas y sin pétalos. Se acercó y le dijo: ¿Qué te pasa?, realmente te veo mal. Y la rosa le explicó lo que ocurría: No entiendo lo que ocurre, pero desde que te fuiste las hormigas me han comido día a día y nunca pude volver a ser igual. -Claro, contestó el sapo, cuando yo estaba aquí me comía a esas hormigas y por eso siempre eras la más bella del jardín. (Muchas veces despreciamos a los demás por creer que somos más valiosos, mejores que ellos, o simplemente porque pensamos que no nos "sirven" para nada. Pero Dios no hace a nadie para que esté de sobras en este mundo, todos tenemos algo que aprender de los demás y algo que enseñar). Moraleja: "Posiblemente aquellos a quienes ignoramos o menospreciamos, sean a los que sin darnos cuenta, más necesitamos".
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El Conde y el Vendedor de Alfombras Hace muchos años en una gran ciudad vivía un judío religioso muy rico, comerciante de alfombras. Un Shabat a la noche estaba con su familia, en la comida sabática. De repente golpearon a la puerta y entro un mensajero del conde. -Perdonadme la interrupción -dijo el mensajero-. Me ha enviado el conde pues hoy a la noche tiene una gran fiesta en el palacio y quiere obsequiar a sus invitado con alfombras. He venido para que usted se las envíe enseguida. -Lo siento mucho, pero no podré complacer el pedido del conde. Para nosotros, los judíos, hoy es el santo Shabat y tendrá que esperar hasta mañana a la noche. -¿Que clase de respuesta es esta?, dijo el mensajero riendo, ¿Como va a esperar el conde hasta mañana si es hoy cuando las necesita? -Pues yo no puedo dárselas hoy, ya que en Shabat esta prohibido negociar, dijo el comerciante. Que el conde me perdone. El mensajero se fue, pero regreso a poco tiempo con una carta de su amo. "Necesito sin falta las alfombras -escribía el conde- te pagare el doble o el triple de su valor, pues no puedo conseguirlas en ningún lado. Pero, si no me las das te arrepentirás, piensa bien lo que haces. No te conviene perder un cliente como yo." El judío leyó la carta y respondió al mensajero. -Dile al conde que hay Alguien Superior a el y al que debo obedecer. No quiero perder un cliente tan bueno, pero no puedo hacer otra cosa. Al finalizar el sábado el comerciante recibió una notificación para que se presentara en el palacio del conde. Su familia estaba asustada y rogó para que no le pasara nada. El hombre con valentía, se encamino hacia el palacio. Ante su gran sorpresa, el conde salió a recibirlo y lo saludo amablemente. -Perdonadme -le dijo el conde-, por haberte molestado. Tengo un amigo, continuo el conde, que me dijo que el no tenia confianza en los judíos, que ellos solo buscan el dinero y por el dinero eran capaces de vender su fe. Decidí entonces probarte y has pasado muy bien la prueba. Pude demostrarle a mi amigo lo equivocado que estaba, te agradezco mucho.
Así el conde y el judío siguieron siendo
muy buenos amigos. |
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Cebolla y Trigo De todos los judíos orientales, los de Mossul eran considerados como los más inteligentes y sutiles. Satanás escuchó algo de eso y decidió engañar a uno de ellos. Quería demostrar, que ni los judíos de Mossul pueden superarlo. El es capaz de superarlos en astucia y ellos caerán en su trampa. Así que se acercó a uno de los judíos de Mosul, se les presentó como un extranjero que había llegado a este lugar para radicarse allí.
El Satanás le dijo: - "Hagamos juntos un
negocio. Yo con mi plata y tú con tu
inteligencia y con el trabajo de tus
manos". Llegó la época de la cosecha. Le preguntó el hombre de Mossul a su compañero: - "¿Qué quieres tú, lo que está encima de la tierra o lo que está abajo? Satanás se acordó de las cebollitas chiquitas de aspecto miserable que pusieron en la tierra y vio la maravilla de las hojas encima de la tierra, eligió las hojas. En seguida, contrataron trabajadores y estos sacaron las cebollas desde la tierra. El judío tornó todo lo que estaba debajo de la tierra y ganó mucha plata. Satanás tomó lo que estaba encima y perdió su inversión. Cuando empezó la nueva temporada, sembraron trigo. Entonces, vio el Satán las espigas verdes y pensó en su corazón: "Esta vez no voy a cometer una equivocación. No me dejaré engañar por el aspecto, ni me dejo estafar por la linda apariencia". Las espigas se tornaron amarillas y él dijo a sí mismo en su corazón: "Fíjate, la magia desapareció y nada de valor se puso en evidencia". Cuando su compañero vino y le preguntó. "¿Qué quieres tú, lo que está encima o lo de debajo de la tierra?" El Satán contestó sin vacilación. - "Lo que está debajo" El judío de Mossul trajo cosechadores. Ellos segaron el trigo y el judío le dijo al Satán: - "Bueno llévate todo lo que está debajo." El Satán examinó la situación y comprobó: "Realmente, los judíos de Mossul vencieron incluso al mismo Satán en astucia.
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Cuento del Midrash: El árbol de los problemas
Mientras el granjero lo llevaba a su
casa, el carpintero permaneció todo el
viaje en silencio, preocupado, una vez
llegados a su casa, invitó a su patrón a
conocer a su familia. |
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Oro
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Había
una vez un sagrado rabino en Jerusalem
llamado Rav Arie Levin. El era conocido
como "el rabino de los presos". Cuando
los británicos encarcelaban a judíos
bajo la acusación de auto-defenderse
atacando a sus enemigos, este rabino los
visitaba semana a semana en la carcel
donde ellos estában detenidos.
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En cierta lejana comarca había un país
de perezosos, cuyos habitantes se
pasaban la vida excavando la tierra en
busca de tesoros. Era lo único que
querían hacer; pero a pesar que durante
muchísimos años cavaron y cavaron, nunca
hallaron nada. Por esa razón todos
andaban siempre tristes y el rey se
había vuelto irritable y rezongón. |
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Había una vez, en un reino muy lejano y
perdido, un rey al que le gustaba
sentirse poderoso. Su deseo de poder no
se satisfacía sólo con tenerlo, él,
necesitaba además, que todos lo
admiraran por ser poderoso, así como la
madrastra de Blanca Nieves no le
alcanzaba con verse bella, también él
necesitaba mirarse en un espejo que le
dijera lo poderoso que era. |
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LA VESTIMENTA DEL MEDICO
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El Chismoso Arrepentido
Este chismoso era centro de información comunitaria; Después de años de hablar negativamente y de chismear, sin duda alguna complicó la vida de mucha gente, destruyó hogares. Decidió que había llegado la hora de hacer Teshuvá, de arrepentirse sobre todo lo que habló, actuó, chismeó y por lo tanto se dirigió al Rabino comunitario para que le ayudara en su proceso de arrepentimiento. El Rabino quién conocío al chismoso profesional, le preparó un plan de arrepentimiento, y como primera etapa de la Teshuvá le dijo “debes ir al lugar en el que degüellen pollos, Llenar dos sacos de plumas y regresar conmigo”. El chismoso pensó que básicamente era fácil: sólo reunir y llenar dos sacos de plumas no era gran trabajo. Así que fue, lo hizo tal cual se lo habían mandado. Fue al matadero de pollos, lleno dos sacos de plumas y regresó muy contento donde el Rabino, pensando que ya había culminado su proceso de arrepentimiento; él no sabia que había una segunda etapa. El rabino le dijo, que en la segunda etapa debería ir a tomar los dos sacos llenos de plumas, esparcirlas en las calles de la ciudad y después regresar. Sin otra opción, al chismoso le tocó cumplir lo que dijo el Rabino, pensando en la vergüenza y la humillación que tendría al tirar las plumas en las calles de la ciudad, como enmienda de los pecados graves por ser chismoso, hablar mal, y poner apodos, lo cual había hecho durante muchos años. El “chismoso” cumplió la orden del Rabino y al terminar, regresó contento pensando que su expiación de pecado y su proceso de arrepentimiento había terminado. El Rabino le sorprendido dándole una tercera orden como parte del proceso; tomar los dos sacos vacíos, e ir por toda la ciudad, de calle en calle, de casa en casa y de techo en techo recogiendo las plumas que había echado al aire. El chismoso perdió la paciencia y fue tan grande su coraje que explotó diciendo al Rabino que era imposible recoger todas las plumas; “unas puedo, pero todas imposible, muchas de ellas el viento las llevó a otras ciudades, otras se irán a los río, y los ríos las llevarán al mar y el mar, quien sabe a donde las llevará”, no lo puedo hacer Rabino… es imposible. Esto es lo que esperaba escuchar le dijo: sí, tienes razón, es imposible recoger todas las plumas, así mismo es imposible recoger todos los chismes, el mal nombre y la habladuría habla, que usted hizo durante años en la comunidad y en esta ciudad y en otras, los mensajes y las mentiras que usted dijo han llegado a cualquier lugar del mundo, ha destruido hogares, formado peleas y divorcios entre otros. Ahora ¿como quieres corregir y perfeccionar todo el daño que has hecho?
De todas maneras el
Rabino dijo el Rabino al ex chismoso:
reza a D-s, arrepiéntete de corazón
comienza el proceso, no importa que sea
largo, no importa que largo sea, suplica
a D-s con lágrimas, ya que ellas
simbolizan el arrepentimiento y él,
seguro que te va orientar el camino y la
manera de perfeccionar tus acciones. |
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CUENTO DE TU BISHVAT
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Israel esclavo en Egipto por Fernando Murano
—¡Rafael! ¡Rafael! — La voz retumbó como
un trueno, no había enojo en ella. —Sí, por supuesto. Tú sabes que velo constantemente por su salud. Además me mezclo entre ellos adoptando forma humana y comparto el trabajo y las fiestas. — explicó Rafael con una sonrisa, orgulloso de su trabajo. — Muy bien, entonces dime: ¿Cómo se comporta Israel? ¿Me adora? ¿Levanta sus ojos pidiendo mi bendición? —Pues… Bien… Creo que… —titubeó el joven al tiempo que sus mejillas se sonrojaban. Comprendió rápidamente que las respuestas a esas preguntas ponían en evidencia el pecado de los israelitas. Rafael era generoso y puro de corazón. En la esencia de ser estaba el velar por la salud de aquellos que el Señor le había confiado, especialmente por los enfermos. Sintió pena y aflicción. —Mira, hemos pensado que ya es hora que los israelitas no sean bien vistos por los egipcios. Para ello tu misión será lograr que el faraón y sus ministros vean en nuestro pueblo un posible enemigo. Que el miedo a ello los impulse a imponerle trabajos pesados, tratarlos como sirvientes, como esclavos.
Una
palidez mortal tiño la piel del
arcángel. Permaneció inmóvil, lleno de
estupor. Una lágrima pura y cristalina
como un diamante descendió lentamente
por su mejilla fría. Una espada filosa
había atravesado el alma de Rafael.
¿Cómo podría ser que ese pueblo fuera
destinado a semejante sufrimiento?
¿Habría dejado de ser la nación
elegida?. —Pero Señor… —balbuceó—. ¿El pueblo al que amas? ¿Esclavo? El Señor de los Cielos y la Tierra, en su eterna misericordia, amó más que nunca a Rafael. Conmovido, quizás, por ese corazón noble y generoso, le regaló una tierna mirada que, como un bálsamo de aloe, alivia el dolor de las heridas, heridas que solo sana el amor. Como dulce melodía brotaron las palabras de la boca del Altísimo. —Hijo mío, has dicho bien. El pueblo al que yo amo no debe ser esclavo. Pero piensa por un momento ¿No será que Israel ya ha sido esclavizado por los hijos del Nilo? ¿No han sucumbido bajo sus falsos dioses y han dejado de alzar sus manos invocando mi auxilio? ¿No se han entregado, como lo hacen los egipcios, al culto de los placeres de los sentidos? Ahora dime: ¿Podrías decir que este pueblo es realmente libre? — Se detuvo por un instante para permitir que su servidor buscara las respuestas a todos estos interrogantes. Que escrutara en su interior, las respuestas deberían estar a flor de piel, la cercanía del ángel con estos hombres era mucha. Viendo Dios que comprendía, que sus ojos translucían el sufrimiento de constatar la certeza de sus dichos, no quiso abandonarlo a la terrible agonía que le provocaba haber entendido que la voluntad del Señor era lo único que sacaría a Israel de la idolatría. Recitó con voz firme, poderosa, sabia, su oráculo—. Permitiremos que la casa de Jacob sea sojuzgada. Haremos que sean plenamente consientes de su realidad, que sientan la necesidad de ser rescatados. Te prometo, entonces, que mi mano poderosa sacará a mi pueblo de Egipto y ese día será recordado de generación en generación, como el día en que mi heredad paso de la esclavitud a la libertad. El jefe de la guardia real entró en la sala mayor ubicada en el ala occidental del palacio. El faraón se hallaba meditando frente a la ventana. El efecto que producía el contraluz sobre su torneado cuerpo, dibujaba en aquella figura la imagen de un coloso, un guerrero temible. —Mi Señor —se anunció con tono protocolar. —Habla, Amret —autorizó. —El “Hebreo” solicita una nueva entrevista— informó. Un cierto temor se percibió en su voz. La intuición del militar no estaba errada. La cara del faraón se desfiguró. Un gesto de furia se dibujo en su rostro, sus ojos destilaron furia. Apretó de tal manera sus puños que, de haber tenido piedras en ellos, las hubiese pulverizado. —Como se atreve…—gritó, aunque contuvo su ira—. Hazlo pasar. Un hombre de gran estatura entró segundos después en la sala. Su aspecto era impresionante. Sus cabellos blancos como la nieve caían suavemente sobre sus hombros. Su larga barba modelaba en él un semblante pleno en sabiduría. Su rostro poseía un resplandor único, casi angelical, aunque una expresión severa predominaba en su mirada. Su túnica de fino lino blanco con bordados dorados y plateados denotaba la realeza de su linaje. Avanzó sin titubeos. Valiente. Seguro de sí mismo. Atravesó el amplio salón hasta quedar cara a cara con el faraón. —¡Ya te he dicho que no me molestes más! — arremetió el faraón sin esperar la palabra del visitante. Su visible nerviosismo contrastaba con la serenidad del hebreo. Sentirse disminuido ante él hacía que su sangre hirviese. Quería mostrarse dominante, pero sucumbía ante la personalidad de aquel hombre. Percibía su inminente fracaso. —¿Hasta cuando te resistirás a humillarte ante mí? —dijo el anciano. Había notado la debilidad del egipcio y asestaba una estocada directa a su orgulloso corazón. No estaba dispuesto a concederle terreno, dejar que recuperara la fe en sí mismo. El soberano, herido en lo más profundo de su ser, no pudo soportar esa terrible humillación. Enceguecido por el bochornoso desplante, ensayó una última e inútil arremetida— ¡Basta! ¡Retírate de mi presencia! ¡Guárdate de volver a ver mi rostro. Pues el día en que veas mi rostro morirás! —¡Tú lo has dicho! No volveré a ver tu rostro. Pero escucha esto: nueve hombres te envié, nueve desgracias han traído a tu imperio. Uno más enviaré. Gran aflicción causará a tu alma y a tu pueblo, pues les quitará lo que mas aman. Y esto no será todo. De oro, plata, vestidos y ganado serán despojados— sentenció el hebreo y se retiró de la presencia del faraón. Siete días después el décimo hombre se presentó ante el soberano y le dijo— Hoy se completa la profecía. Ni tus oídos ni tu corazón han querido escuchar ni ver las advertencias que se te han hecho. Por eso hoy se te ha quitado lo que más amas—. Sin agregar palabra alguna, se marchó misteriosamente, tal como había llegado, tal como sus anteriores nueve predecesores. El faraón se retiró a sus aposentos, confundido por las palabras del extraño visitante. Caminó cabildante por lo salones y pasillos de palacio. Al ingresar a la sala de recepción, se extrañó del silencio sepulcral del lugar. Su ansiedad creció. Su respiración se hizo dificultosa. Un frío mortal recorrió todo su cuerpo. El faraón comprendió de pronto, de que se trataba la amenaza de aquel hombre. Se apresuró a atravesar el amplio corredor que lo separaba de la recamara real. Pasó sin prestar ninguna atención a los guardias apostados al comienzo del pasillo. Desapareció tras el umbral de la puerta. Segundos después, un grito desgarrador quebró el silencio del edificio. —¡Hijo mío! ¡Despierta, hijo mío! ¡No! ¡No puede ser verdad! ¡No puedes estar muerto! Kamutef se despertó agitado. Su cuerpo estaba cubierto de transpiración. Una angustiante sensación de pavor, como una garra implacable, oprimía su corazón. Giró su cabeza en todas direcciones. No se detuvo hasta comprobar que estaba sentado en su cama, que el mundo que lo rodeaba era apenas su habitación. Se relajó. Comprendió que todo había sido un sueño, un horrible e incomprensible sueño. Se apresuró a tomar un baño, el faraón Seti I había convocado a una audiencia urgente en el palacio. Revestido con su mejor traje de gala, partió hacia su destino. Sus pensamientos, durante el trayecto, no pudieron apartarse de aquel sueño. ¿Tendría algún significado? ¿Porqué el faraón convocaba a esta audiencia? ¿Habría relación entre una cosa y la otra? El lugar elegido para la reunión era el salón Anubis ubicado en el ala septentrional del palacio. Sus muros se encontraban sobriamente adornados con figuras de la diosa y otras, dedicadas a viejas y gloriosas batallas. Un número de aproximadamente veinte ministros discurrían fervientemente acerca de cuál sería el motivo de la repentina convocatoria, al tiempo que sonaban las trompetas que anunciaba la llegada del faraón. Un silencio respetuoso y una ansiedad contenida acompañaron la entrada majestuosa del soberano de Egipto. Seti I se ubicó en el trono tallado de una sola pieza de un finísimo mármol blanco traído del centro del áfrica, adornado bellamente de rubies y esmeraldas. De gran inteligencia, el faraón tenía la especial habilidad de conocer cada detalle de lo que ocurría a su alrededor. De físico delgado, rostro alargado, nariz aguileña y mirada inflexible, imponía autoridad con su sola presencia. Sus ojos hicieron un rápido reconocimiento de la asamblea. Constató con agrado que todos sus consejeros se hallaban presentes. Era sabido el disgusto que provocaba en él las ausencias y retrasos. Ninguno de los allí presentes hubiera querido sufrir las consecuencias de ello. Seti reflexionó por breves instantes. Buscaba las palabras exactas para comenzar su alocución. Por fin, al cabo de un par de minutos, emitió un pequeño carraspeo para anunciar el comienzo de la sesión. —La tierra en la que vivimos ha sido bendecida por los dioses. La abundancia colma nuestros graneros. Poseemos ganado para alimentar tres veces la cantidad de habitantes de nuestra nación. El comercio, el de mayor importancia en todo el mundo, aumenta la grandeza de Egipto. Nuestro ejército valiente, eficiente, profesional y magnífico, ha sabido protegernos de las aves de rapiña que acechan nuestras riquezas. Las palabras del faraón no guardaban ninguna clase de egolatría ni vanagloria. Cada uno de los puntos enumerados se correspondía con la realidad. Los gestos de aprobación en los rostros de los ministros, lo invitaron a continuar con el desarrollo de la idea. —Como les he dicho, difícilmente un enemigo, por más poderoso que fuese, podría invadir nuestro país. Sin embargo, creo yo, que tenemos un enemigo potencial mucho más cerca de lo que creemos, una cuña del mismo palo colocado entre sus ramas. El peligro no se encuentra puertas afuera de nuestras fronteras, sino más bien, convive con nosotros—explicó Seti. Las expresiones de los oyentes eran ahora de sorpresa, de confusión. Un intenso cuchicheo dominó la sala de audiencias. ¿A quién se referiría Seti? ¿Cómo es que no se habían dado cuenta hasta ese momento? ¿Habría una rebelión interna que desconocían? Kamutef sintió como si le hubiesen arrojado un balde de agua helada. Su corazón se paralizó. Sus manos se volvieron temblorosas como una hoja al viento. Su boca de pronto estaba seca y su respiración forzada. Sabía perfectamente a quién se refería el faraón y que es lo que sucedería. El sueño de pronto se volvió como un mazo gigante que lo golpeaba lleno de realidad. No pudo emitir palabra alguna. Su lengua permaneció pegada al paladar, tanto por el espanto, como por la incredulidad. Además, debía estar seguro, que no sería tomado por loco o estúpido y fuera el hazme reír de la sala. —Hace muchos años unos pocos hombres llegaron a esta tierra. Durante su estadía han crecido en número. Aquellos pocos son hoy un pueblo enorme. Un pueblo que comparte nuestro suelo, nuestras riquezas. Un pueblo que tiene un dios ajeno a los nuestros— aseveró Seti y continuó formulado su hipótesis— ¿Qué pasaría si Israel decidiese complotarse con uno de nuestros enemigos? El murmullo se transformó en griterío. La discusión estaba planteada sobre tres opiniones bien diferenciadas: los que estaban de acuerdo con la posibilidad de un complot. Los que tenían una visión totalmente opuesta porque conocían o convivían con los hebreos y los creían incapaces de semejante traición. Y los que estaban confundidos, o no tenían una idea formada. Kamutef era uno de estos últimos. Sin embargo, la sensación de veracidad del sueño lo impulsó a levantarse y pedir la palabra: —Mi Señor. Quisiera yo contar, si es de vuestro agrado, un sueño que he tenido esta madrugada—.Se detuvo esperando una señal de aprobación. —Kamutef, ¿en qué puede ayudarnos un sueño que has tenido? —interrogó Seti un tanto extrañado por la proposición de su ministro. —Creo yo, que de acuerdo a vuestras palabras, este sueño podría tratarse de un presagio, una visión del futuro —explicó Kamutef con un poco de nerviosismo. No estaba seguro de cómo podría se recibida la exposición de lo sucedido durante su descanso nocturno. Una gota de sudor corrió raudamente por su patilla deslizándose hacia el cuello. Su paladar parecía el desierto mismo. Con visible dificultad, pero sin olvidar detalle alguno, contó su misterioso sueño, poniendo especial énfasis en el dialogo entre el hebreo y el faraón. Las palabras de Kamutef, lejos de ser motivo de burla fueron como aceite arrojado sobre la llama de un candelero. La indignación y la bronca dominaron rápidamente la asamblea, algunos pocos intentaron una tibia e inútil defensa del pueblo israelita. La narración del sueño, había volcado la balanza a favor de aquellos que creían en la posibilidad latente de una conspiración. Seti llamó a la calma con un ademán de su mano derecha. Luego de recuperado el orden y el silencio en la habitación dijo: —Kamutef no ha hecho otra cosa que confirmar mi presentimiento —.Con el seño fruncido, interrogó a sus consejeros— ¿Qué creen ustedes que debemos hacer para evitar este terrible presagio? —Señor, humildemente, considero que este pueblo debe ser expulsado inmediatamente de Egipto —se adelantó a proponer Amnitep. —¡No! ¡No!, de ninguna manera deberán abandonar nuestro país. Debemos aprovechar su gran número para utilizarlo en todos los trabajos duros que nuestra gente no realiza. ¡Sí! Yo pienso que debemos hacer de cada hebreo un esclavo —opinó Kipnot con cierto grado de malicia, que sus ojos no pudieron ocultar. —¡Sí! ¡Esclavos! ¡Merecen la esclavitud! —se oyó de entre los egipcios. El consenso a esta altura era unánime. El faraón con su aplomo habitual y la tranquilidad que le brinda su madurez e inteligencia se puso de pie. Caminó de derecha a izquierda lentamente y en silencio. Su mirada estaba clavada en el piso. Buscaba hilvanar y hacer más nítidos sus pensamientos. De tanto en tanto un gesto de fastidio, provocado por la ruidosa charla de los ministros, brotaba de ese rostro anguloso. De pronto se detuvo. Una sonrisa complacida transformó la severidad de su expresión. Se irguió como un guerrero gigante. Su pecho se infló como el de un león imponiendo el respeto frente a su manada. Se lo veía desafiante. Decidido. Soberbio. —Estoy de acuerdo con la idea de esclavizar a este pueblo. Sin embargo, creo que sería demasiado peligroso imponerles este castigo abiertamente, podríamos desencadenar la rebelión que estamos tratando de evitar. También nuestro propio pueblo, que ha aprendido a querer a los israelitas, podría ponérsenos en contra. Deberemos ser muy prudentes y astutos—dijo con vos pausada. Las palabras del faraón impactaron de lleno sobre el auditorio. Todos comprendieron el peligro que significaba cualquier decisión errónea. Claro está que Seti, ya tenía la solución del problema, simplemente quería lograr la reflexión de los presentes y que sus mentes estuvieran preparadas para escucharla. —Haremos que extraigan y tallen piedras de nuestras canteras. Que cocinen ladrillos. Que con ellos construyan pirámides, templos y murallas. Que abran canales de riego. Que labren nuestra tierra y cuiden nuestro ganado. Lentamente iremos desgastando su salud y su voluntad. Los arduos trabajos no dejaran vigor en ellos para procrearse. Disminuirán en número y dejarán de ser una amenaza para nuestro imperio. Los consejeros no comprendían, no había nada de original en las palabras del faraón. Era claro que de esa manera, se esclavizaba a Israel, pero el peligro de la reacción no estaba solucionado. Pero Seti había guardado hábilmente su estocada para el final: —Pediremos a los israelitas que, voluntariamente, nos ayuden en estas tareas. No como esclavos, sino como obreros. Argumentaremos la necesidad de hacer grande nuestra nación, de mejorar la seguridad y la economía. Formaremos grupos de trabajo, cada uno estará bajo el mando de un capataz hebreo y varios capataces estarán bajo la supervisión de inspectores egipcios. En un principio, recibirán una paga acorde con los trabajos realizados mientras que los capataces guardaran las comodidades de sus vidas. Luego iremos imponiendo mayor cantidad de horas a las jornadas laborales y las tareas serán más y más arduas. Finalmente, sin darse cuenta, terminarán siendo esclavos. La brillante idea del faraón dejo perplejos a todos y de inmediato manifestaron, con gran júbilo, su apoyo a la misma. —Me alegro de que estén de acuerdo con este plan. Mañana mismo convoquen a todo el pueblo de Israel a la plaza, frente al palacio. Yo daré un discurso para convencerlos de que nos brinden su apoyo en estas tareas —. Dijo el faraón complacido, por la resolución a la que había llegado la audiencia. Unas tres horas después del mediodía del día siguiente, una multitud de hebreos se había dado cita a las puertas del palacio, respondiendo a la convocatoria del soberano egipcio. Hombres, mujeres y niños esperaban con ingenuidad y alegría las palabras del faraón. En un balcón, ubicado sobre la entrada principal, desde el cual toda la gente reunida podía divisar y escuchar sus palabras, se asomó la figura imponente de Seti, provisto de su corona y de los adornos habituales en este tipo de ceremonias. Alzó sobre su cabeza los bastones reales que sostenía en cada mano y la multitud hizo silencio para escuchar el motivo de la llamada a la plaza. —Queridos amigos, queridos hermanos. Los he convocado para solicitarles, en consideración a la hospitalidad que han recibido del pueblo egipcio, su colaboración para hacer de este país la nación más grande y poderosa de la tierra. Construir murallas que eviten el ataque de los pueblos enemigos, edificios para los asuntos de gobierno y templos para agradecer a nuestro dioses. Cada uno de ustedes recibirá en compensación un justo salario, que les ayudará a vivir con abundancia. —el engaño había comenzado y ahora debía ver si el pueblo hebreo había tragado el anzuelo. —¿Cuento con vuestra colaboración? —preguntó el faraón. Los israelitas, que no imaginaban que detrás de estas lindas palabras se escondía un engaño, respondieron afirmativamente y a viva voz al pedido de Seti, quién sintió el gozo de ver como su plan comenzaba a hacerse realidad. Desde los confines del firmamento celeste, la voz del altísimo sonó satisfecha por el trabajo realizado por el arcángel: —Muy bien por ti, Rafael. Has cumplido con mi mandato a la perfección. Ya está en camino la liberación más grande que tenga la historia de salvación del hombre y que solo será superada, en la plenitud de los tiempos, por la redención de la raza humana.
El
ángel no pudo disfrutar del halago
recibido, su corazón estaba partido. El
sufrimiento que en poco tiempo su amado
pueblo debería soportar, le producía un
profundo dolor. Ahí quedó inmóvil
mirando hacia Egipto. Durante días y
días sus lágrimas rociaron la frondosa
tierra del Nilo. El cielo permaneció
todo ese tiempo de un penoso color gris.
Una triste canción broto de sus labios.
Cuentan nuestros padres, que en los días
de mayor aflicción, creyeron escuchar
una melodía que se hacía presente con el
viento y que consoló las almas de toda
la estirpe de Jacob durante
cuatrocientos años. |
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El Gato que hablaba Idish por Ricardo Feierstein
Quiero comer- dijo el gato. Levanté la
vista, distraído por la lectura del
periódico, y lo miré. Negro, grande,
botitas blancas en las patas traseras,
cola gruesa y larga, otra mancha que le
divide el rostro en mitades armoniosas.
Rocé con un dedo sus largos bigotes,
también blancos.
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Aleluya del Moribundo
Isaac Kornblit visitó a Rodrigo Álvarez, que acababa de salir
del hospital. Lo encontró demacrado pero muy contento de vivir
otra vez en su casa.
Ahí no más Stein se puso a filosofar sobre lo oral y lo escrito.
Supongo que para un judío la Biblia ha de significar algo ¿no?
Bueno, me extrañó que Stein, siendo judío, dijera que el Libro
daña al hombre. Repetía el argumento del egipcio Ammon en aquel
cuentito que Platón, en el Fedro, puso en boca de Sócrates: la
escritura, a diferencia de la palabra viva, debilita la memoria
de los lectores y los hace mentalmente perezoso. Me limité a
contestarle, creo que de mal modo, que a mi los ojos me sirven
más que las orejas y que lo que me estaba afligiendo en ese
hospital era que yo pudiera cerrar los ojos pero no las orejas.
No se dio por aludido y siguió provocándome para obligarme a
conversar. Por ahí se me escapó que yo había escrito uno que
otro cuento. Stein me preguntó si yo estaba seguro de que esos
cuentos escritos por mí no seguían una tradición oral. Porque,
agregó, él había localizado la fuente folklórica de muchos
cuentos de hoy que pasan por ser de escritura novísima. ! Bah!
Ganas de hacerme dudar de la originalidad de mis propios
cuentos... Sobre la mesa de luz había un libro. Stein me lo
mostró. Estaba escrito en caracteres hebreos. Lo hojeó. Yo sabía
!tan ignorante no soy! que el hebreo se lee al revés pero de
todos modos se me antojó un poquito ridículo que un hombre tan
viejo hiciera pasar las páginas de atrás para adelante como un
chico que no sabe leer. "Es", me dijo con un retintín burlón,
"una antología de cuentos israelíes. Ya ve: están escritos; así
que, según usted, deben ser buenos". Se sonrió con picardía y me
miró con ojitos irónicos. |
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por Jorge Bucay
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En una pequeña aldea de
Lituania, vivía un hombre muy ambicioso y muy avaro. Se llamaba
Reb Mendl, quien jamás le hacía un favor a nadie.
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por Jaim Hazaz
Iudke
era un muchacho de pocas palabras. Jamás había
hablado en público, nunca había discutido en
reuniones y congresos, ni tampoco había protestado
públicamente ante algo. Por eso la gente se asombro
cuando lo vio entrar a hablar ante la comisión.
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Mi abuela es una mujer dulce y pequeña, de apenas un metro y medio de altura. Su candelabro, de más de medio metro de alto, era más que un simple candelero. Era un símbolo familiar, un imán que nos reunía.
En las vísperas de Shabat, Bobe se ponía un pañuelo
de Shabat especial. Con gran fanfarria encendía cada
vela. Cuando terminaba de encender la última
candela, permanecía delante del candelabro con sus
ojos cerrados. Lágrimas corrían por sus mejillas.
Ella oraba por su marido, sus hijos casados y sus
nietos. Hablaba en idish: "Estimado Padre en el
Cielo, mira y protege a mi marido, hijos y nietos.
Sea Tu voluntad que crezcan personas buenas, fieles
a nuestra religión. Por favor concédele sustento y
paciencia a mi estimado marido. Cuídanos a todos” .
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Djoha y los Cien Ducados
Un buen día Djoha
tuvo que salir a la huerta y empezó a rezar a Dios, diciendo: -
"Dios Santo, te estoy rogando ya desde hace tantos años,
¡escúchame una vez por favor! ¡Mándame cien ducados! Y si me
mandaras noventa y nueve, ¡no los tomaré! Y así, cada, día al
salir a la huerta, hacía esta oración.
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Cuento sobre el Paleo Judaísmo chileno Las dudas del sacristán por Patricio Iglesias Nov. 2009
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El Secreto del Cuadro
por
Miriam Yanco Había una vez un cuadro colgado en el living de la casa de la Bobe Delia. No era precisamente un cuadro grande, mas bien era tamaño mediano. El marco era de color marrón, parecido a tantos otros marcos. Pero este cuadro en particular, era antiguo y muy llamativo. Claro, depende de quien se tomara su tiempo para observarlo. La pintura mostraba a dos hombres corriendo en un campo, o también podía ser un bosque, porque árboles se veían. Uno de los hombres era un poquito mas viejo, el otro en cambio era mas joven; o al menos eso parecía. Ambos vestían sobretodos largos. Uno con sombrero, el otro con kipa. Por debajo de sus abrigos, asomaban los tzitzit de cada talit que vestían. Se parecían mucho a los que la mora había explicado como jasidim. Pero había " algo" una " cosa" un objeto, que no se distinguía que era y que sostenían entre sus brazos mientras corrían. El nieto de la Bobe Delia siempre preguntaba: - ¿Por que corrían esos hombres? , ¿Que cargaban en sus brazos?, ¿Por que sus rostros eran de preocupación?. En realidad nunca recibió ninguna respuesta que lo conformara. Y si alguien inventaba alguna historia, el sabia muy bien que no era cierta. El nieto de la Bobe Delia pensó que tal vez no querían contestar a sus preguntas. Probablemente algún secreto se escondía dentro de aquellas imágenes, pero ¿cual?. O la verdad era tan difícil de explicar, que si alguien la conocía no se animaba a decírsela. La situación se repetía una y otra vez. Cada oportunidad en que el se acercaba a algún adulto, con sus inquietos ojos verdes, y comenzaba a preguntar sobre el cuadro, lo miraban casi con miedo. Y cuando sus rosados labios empezaban a pronunciar ¿Por que?, ¿Como?, ¿Cuando?, y... ¿Entonces?, Los adultos se ponían nerviosos y se volvían sordos. Bueno... en realidad... este... claro... ¿hiciste tu tarea? Siempre la misma vacilación. ¿Acaso pensaban que el era un tonto?. ¿No sabían que ya había cumplido diez anos y estaba en quinto? La mora del shule simple respondía a sus preguntas. En cambio en la casa de la Bobe Delia no. Su curiosidad aumento mucho mas ante el silencio de los otros. Un día, el nieto de la Bobe Delia miro, miro, y miro... y de pronto, como sucede en los dibujos animados de la televisión, los personajes saltaron del cuadro y se sentaron a su lado. El nieto de la Bobe Delia se puso duro de miedo, no podía hablar, no hizo ningún gesto, y no se animaba ni siquiera a mirarlos. Ellos le
sonrieron y acariciando su cabello rubio le preguntaron: Es el diminutivo de Gabriel - agrego el nieto de la Bobe Delia-, pero se dio cuenta que no lo entendían. Claro ellos pertenecían a otra época, -pensó- a otros anos de la historia del mundo, cuando el nombre Gabriel aun no se usaba diariamente. Gaby continuaba
rígido, mudo. Entonces los hombres le preguntaron: Al escuchar el
tono cálido de sus voces, Gabriel se aflojo y se sintió mas
tranquilo. Entonces en lugar de responder, se animo a preguntar:
Sus palabras se
apretujaban en la garganta, era tanto lo que quería preguntar,
que apenas le alcanzaba el aire de la respiración. Debía
apresurarse, o tal vez ni hiciera a tiempo de saber el secreto
del cuadro. Los protagonistas
del cuadro murmuraron algunas palabras, y con voz suave y
pausada comenzaron a narrar: Gabriel los
escuchaba atentamente. Sus oídos, como las antenas de televisión
que se ven en las rutas, no perdían una sola palabra. Los ojos
absorbían cada movimiento de aquellos que relataban lo que para
el, era uno de sus mayores deseos; conocer el secreto del
cuadro. En realidad
aunque había escuchado esa palabra muchas veces, no tenia muy
claro lo que quería decir. Sin embargo, no se animo esta vez a
interrumpir el relato. En todo caso, le preguntaría a su mora
que siempre le explicaba todo. - ¿Escuchaste
hablar de Hitler y de sus intenciones para con los judíos del
mundo? - quiso saber Yankl. - Nosotros igual
que tu Zeide y tu Bobe, alcanzamos a escapar, solo que casi no
llegamos a tiempo, y por eso, en el cuadro, nos ves preocupados,
apurados y corriendo. Fue una de las ultimas oportunidades que
hubo para salir de aquel infierno. - Si el egoísmo
se hubiera adueñado de nosotros, -explico Hertzque- solo
hubiéramos pensado en nuestras pertenencias. De haber sido así,
¿Como hubieran podido saber las generaciones siguientes sobre
las aventuras y misterios que encierra nuestra Tora?, ¿Quien les
habría contado a los niños, las hermosas historias de vida de
nuestra Tora?.
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Unos Pequeños Ojos Grises
por
Julieta Cecilia
Rozenhaus - Maxi, estuvimos pensando con tu padre y decidimos que tu ceremonia la hagas en el último templo que averiguamos, todos los chicos del country lo hicieron ahí ¿no? - Sí -contesté, aunque en realidad casi sin darle importancia. Estaba muy entusiasmando con el nuevo disquete de juegos especiales. - Maxi -dijo mamá- no te olvides que el jueves tienes hora con el sastre. Acuérdate también que hay que ir pensando cómo van a ser las tarjetas y los souvenir. -Si, ma, -volví a mascullar, ya un poco mas fastidiado. -No sé que pasa con este chico, Jaquee, no se interesa por nada, ni siquiera por la fiesta. -Bueno,
Marta,-contestó papá- clámate. Piensa que tiene sólo 13 años.
Cada viernes por
la tarde, antes de salir para el country, papá iba a visitarlo y
yo lo acompañaba. El siempre guardaba para mí un pedazo de una
rica torta de chocolate y miel y alguna anécdota de su infancia
o de su juventud. Papá y mamá
entendían mi comportamiento y pedían que el profesor también
tomara en cuenta mi cansancio. "Maxi está sobre exigido: el
colegio inglés mañana y tarde; computación lunes y miércoles;
francés, martes y jueves, y en su día libre, ahora tiene que ir
al curso.". En esas horas de estudio hablábamos de cosas medias
extrañas para mí: sionismo, identidad judía o fiestas de las que
sólo había oído nombrar por algún comentario de mi abuelo Jaime.
Sin embargo, los preparativos de la fiesta me entusiasmaban cada
vez más: acompañar a mamá a elegir el menú, el disk-jockey, las
recepcionistas, etc. Las invitaciones ya estaban listas y yo no
veía el momento de repartirlas. Eran las más grandes y
originales: un estadio de fútbol, yo sentado sobre una pelota
con la camiseta de Boca que, al igual que las letras de la
tarjeta era azul y amarilla. Así los invitaba a compartir
conmigo la ceremonia de Bar Mitzva. -No prejuzgues, Marta, vos sabes que Maxi es su único nieto y lo adora-replicó papá. -Bueno -contestó mamá- pero acordare que vamos a tirar 110 dólares del cubierto. -¡Basta, Marta!
En cuanto pueda voy a ir con Maxi a llevarle la invitación. Sólo
tuvo tiempo de acompañarme a lo de mi abuelo dos semanas antes
de la fiesta. Ese día, el viaje resultó más largo que de
costumbre. No sabía muy bien por qué, pero intuía que mi abuelo
se iba a alegrar mucho con la noticia. Mi papá no usaba
talit y, ante la desesperación de mi mamá, yo esperaba
impotente... Les puedo jurar que me encontraba hundido entre la
vergüenza y la tristeza, sin definirme por gritar o ponerme a
llorar. ¿Cuánto tiempo más iba a transcurrir hasta que nadie
hiciera absolutamente nada? ¿Por qué mis padres no sabían nada
de mi ceremonia y las costumbres de ese templo que era el que
"cuidadosamente habían elegido para mí? El tiempo seguía
corriendo interminablemente y en mi desesperación unos pequeños
ojos grises iluminaron mi cara. Era mi abuelo Jaime. Lentamente
se acercaba a la bimá con una sonrisa tranquilizadora. Entre
tantos nervios no lo vi levantarse. Por algún motivo me alegró y
me calmó que estuviera tan cerca de mí. Para sorpresa de todos
sacó de su bolsillo del traje una especie de sobre de terciopelo
verde un poco raído por el tiempo. Abrió el cierre y
cuidadosamente extrajo un talit de color azul tan intenso como
el cielo y un blanco puro parecido a las nubes y a su barba de
algodón. Se lo tendió a mi papá diciendo: "Shejeianu ve kimanu ve iguianu la zman a ze". Creo que le dijo en voz baja, pero como el silencio más absoluto reinaba en el templo, sonó más fuerte de lo que parecía y toda la gente repitió a coro; Amén. Luego volvió lentamente a sentarse en su lugar. El sobre de terciopelo verde tenía bordado un Maguen David dorado y 4 nombres. Mi papá me dijo al oído, con una voz conmovida y temblorosa, que nunca antes le había escuchado: -Este sobre perteneció a tu tátara tabuelo León, a tu bisabuelo Micha, a tu abuelo Jaime y a mí. Hoy sos vos el
que lo recibís. Ahora sólo nos falta grabar tu nombre, Maxi. El
talit debe acompañar al judío durante toda su vida y después de
ella. En cambio, este sobre, para guardarlo, pasa de generación
en generación y es el símbolo de la tradición en nuestra
familia.
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LA BATALLA GANADA CONTRA LAS MENTIRAS
"¡Deberías avergonzarte! Un niño de nueve años diciendo mentiras. Sabes que no es verdad, ¿por qué lo dices?". Esta era una frase que Avigdor escuchaba a menudo, porque mentía con frecuencia. Ahora bien. Avigdor no
quería dañar a nadie cuando mentía. Sólo daba rienda suelta a su
imaginación y antes de darse cuenta de lo que decía, le brotaba
una exageración tonta o hasta una mentira, sin tener ningún
motivo. Esto se había
Cuando comenzó el nuevo período de clases en el jéder, Avigdor llegó con una sarta de cuentos y aventuras que según él, le había ocurrido durante las vacaciones de verano; pero todo el mundo sabía que eran producto de su imaginación. Era el primer día de Elul y al comenzar el estudio, el maestro llamó la atención de los niños sobre la importancia y solemnidad de la época. Hizo notar que esos días, eran los más propicios para arrepentirse de los malos hábitos, aunque es posible hacerlo durante todo el año. El maestro no sólo se dirigía a Avigdor, pero al igual que a los otros muchachos de la clase, Avigdor pensó que se refería a él en particular. Sabía que no tenía que ir a buscar muy lejos, ni "cavar" muy hondo para desenterrar sus malos hábitos. Estos eran más que evidentes, pero lo enfrentaban descaradamente, lo desafiaban: Sabes que soy una cosa fea, pero aquí estoy y aquí me quedaré. ¿Qué crees que puedes hacer al respecto? Pues bien, Avigdor decidió
aceptar el desafío, no dejaría que lo tomaran por un tonto.
¡Basta! La batalla había comenzado. Avigdor mantuvo su palabra. Cuidadosamente tomó nota en su pequeño diario cada vez que su hábito se apoderaba de él. Al finalizar la semana revisó el diario, pero al pasar las páginas lo invadió una sensación de desaliento que lo hizo estremecer. Casi no había pasado un día sin que dijera al menos diez mentiras, alardeara cinco veces y se burlara en tres ocasiones de los demás; aunque sin duda esas cifras representaban ya una gran mejoría, todavía eran demasiado. "Volveré a probar -resolvió Avigdor-, mi segunda línea de defensa será un silencio absoluto, si es necesario, por lo menos durante un día. Sí, el Shabbat próximo mantendré mi boca limpia todo el día". Avigdor se vigiló durante todo el Shabbat. Sólo una vez se olvidó de sí mismo pero inmediatamente se corrigió: "Pero he exagerado. Perdóname", se sonrojó. Era la primera vez que Avigdor se sonrojaba al decir una mentira e instintivamente sintió que era un buen signo. Sin embargo se sintió muy aliviado cuando terminó Shabbat. Había sido un gran esfuerzo y ahora podía descansar. pero ni bien hubo decidido hacerlo, se encontró con una posición casi idéntica a la de antes; la semana siguiente estuvo casi tan llena de fracasos como la anterior. Pero no exactamente igual: Avigdor ponía más cuidado en lo que decía, y a menudo se ponía colorado, cuando no podía cumplir sus buenas intenciones. Una vez encontrándose con sus amiguitos vio que ellos se intercambiaban ideas sobre cuántos capítulos de Tehilim habían recitado desde que empecé el nuevo año. Avigdor dijo:¡Bah! Esto no es nada, yo voy en la mitad del libro por segunda vez. Los muchachos lo miraron con asombro y Avigdor se puso rojo. Se dio cuenta de no sólo estaba alardeando, sino que al mismo tiempo decía una mentira ridícula. ¡Qué rotundo fracaso!, pensó. Sin embargo no estaba listo todavía para rendirse. Avigdor trató con ahínco de sobreponerse a su mal hábito, pero todavía no estaba seguro de sí mismo. Sabía que el "lado malo" dentro de él, le estaba tratando de hacer creer que ya había ganado la gran batalla para que disminuyera sus esfuerzos. Pues bien, esta vez estaba dispuesto a pelear hasta el fin, hasta que estuviera completamente seguro. Por fin llegó Shabbat, Avigdor oró fervientemente, oró a D's para que perdonara todas sus faltas, pero más que nada su mal hábito de mentir, alardear y menospreciar a sus amigos. Rezó durante toda la mañana, hasta que su padre lo llevó a casa a comer, pues no había tomado el desayuno. Al volver por la tarde al Bet HaKneset (sinagoga) para Minjá, Avigdor se dio cuenta que tenía ganas de orar más que nunca. Momentos antes de 'Arbit, la oración final del día, se anunció un pequeño receso, durante el cual la mayoría de las personas permanecieron en el Bet HaKneset. Avigdor prefirió salir para tomar un poco de aire. En el patio se encontró con un grupo de muchachos discutiendo acaloradamente, quiso evitarlo y volverse pero ellos lo notaron y le hicieron señas para que se acercara. Los encontró discutiendo sobre quién había ayunado más en el último Yom Kippur; algunos encogían sus estómagos para dar más fuerza a sus argumentos y decir que estaban más flacos que hace un mes, antes de ayunar. Entonces todos se dirigieron a Avigdor. ¡Ah! Antes de Yom Kippur, nos dijiste que ayunarías todo el día. ¿Lo hiciste? Avigdor se encontró entre la espada y la pared, sintió que la batalla se libraba de él en ese instante; si decía la verdad los muchachos se iban a reír de su palabrerío, si mentía, sabía que nunca ganaría la batalla. Vamos, Avigdor, dí la verdad. Lo urgieron los muchachos. Avigdor los miró fijo y les dijo: Muchachos, ayuné todo lo que pude; después de todo tengo solamente nueve años, lamento no haber cumplido mi deseo; de cualquier modo están perdiendo el tiempo discutiendo tonterías, mejor vayámonos al Bet HaKneset, Ma'arib está por empezar. Avigdor esperaba que los muchachos se echaran a reír, pero no lo hicieron. Escucharon en su voz un dejo de sinceridad que impresionó a sus jóvenes corazones y sin decir nada siguieron a Avigdor. Y mientras él recitaba las Berajot finales de la Tefilá, las lágrimas se deslizaban por su pequeña cara encendida, lágrimas de gratitud a D's por haberlo ayudado a ganar su batalla, a triunfar.
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EL VERDADERO VALOR DEL ANILLO
Un joven concurrió a un
sabio en busca de ayuda. Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda. |
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DOS HERMANOS
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El Tesoro Debajo de la Estufa
Se fue a pie a la capital de Bohemia. Cuando llegó al puente, vio allí a un policía caminando de ida y vuelta. Tuvo miedo de empezar a excavar en presencia de éste. Como el policía tenía su servicio de patrulla en el mismo lugar día tras día, comenzó a sospechar del Rabí y le preguntó por la razón de su comportamiento. El Rabí le contó su sueño. El policía le contestó con
ancha sonrisa: - "¿Quieres decir que tú has recorrido un camino
tan largo por un sueño? Parece que ese es el destino de aquella
gente que cree en ellos. Si yo creyera, también ya hace tiempo
tendría que haberme ido bien ligerito, pues a mí se me aconsejó
en un sueño ir a la ciudad de Cracovia, entrar en la casa de un
judío de nombre Eizik Ben Jekl, excavar debajo de su estufa, y
sacar de allí un tesoro bien importante. ¡Eizik Ben Jekl! Así habló el policía y no dejó de reír. Cuando Eizik Ben Jekl escuchó sus palabras, se despidió de él y regresó a su casa. Apenas llegó, excavó una fosa bien profunda debajo de su estufa y descubrió allí un tesoro de mucho valor, con el que construyó una sinagoga, que siguió existiendo durante muchos años, con el nombre de "La sinagoga de Rabí Eizik Ben Jekl". ¿Cuál es la moraleja de
esta historia? No busques tu buena suerte en las lejanías. La
encontrarás en tu propia ciudad, en tu propia casa.
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Cómo aprendí a estudiar la Torá (cuento jasídico)
Pero todos saben que la Torá es la clave de la felicidad. Además, todos los otros niños estudiaban la Torá; entonces, ¿por qué su hijo no? Los padres, preocupados, acudieron al Rabi. Obedientes, siguieron su consejo, pero el niño aún se negaba a estudiar la Ley. De hecho, mientras antes sólo se aburría, ahora había tomado una actitud rebelde. Más desesperados aún, pidieron ayuda a sus vecinos; y cuando fracasó la ayuda de los vecinos, les escribieron a sus parientes que vivían en ciudades lejanas. A su vez, siguieron el consejo de todos: en el mejor de los casos no tuvo efecto, y en el peor, hizo que el niño se resistiera y desconfiara de ellos más que nunca. Comenzaron a desesperarse. Tiempo después llegó la noticia de que el más grande Rebe Jasídico de su generación, Aarón de Karlin, visitaría su pequeño shtetl. El día que Aarón de Karlin llegó al pueblo, una gran fila de personas esperaba su bendición: los que no podían tener hijos, los lisiados, los que habían fracasado en los negocios, casi todos los habitantes del shtetl estaban allí, con sus problemas más graves. Y entre ellos se encontraba nuestra pareja y su hijo de diez años. Cuando por fin llegaron ante el gran Rebe, le contaron toda la historia. El Rebe, sentado detrás de un escritorio, miró primero al niño. Éste permaneció desafiante, con la mirada baja y los brazos cruzados. Los ojos del Rebe se volvieron hacia los padres. Nerviosos, se miraban mutuamente, y sus miradas pasaban de su hijo al Rebe. Después, el Rebe habló: "¿¡Con que no quieres estudiar la Torá!?", gruñó tan alto que los padres, asustados, se acercaron entre sí. "Déjenlo conmigo dos horas. ¡Le daré una charla que no olvidará jamás!" Los padres se miraron con temor. ¿Debían dejar a su niño con un hombre tan temible? Los consejos de la gente ya habían fracasado. Él era su última oportunidad. Apenas se fueron los padres, el gran Rebe se acercó al niño y, lentamente y con ternura, lo abrazó. Al principio, el niño estaba tieso, pero luego, poco a poco, se dejó abrazar. Dejó caer sus brazos hacia los costados, relajó la expresión de su boca y, finalmente, el gran hombre lo estrechó contra su pecho. El niño permaneció allí, escuchando los latidos del corazón del Rebe. Sus respiraciones fluían juntas. Cuando los padres
volvieron después de dos horas, preguntaron ansiosos: Durante todo el camino de regreso, los padres estuvieron observando a su pequeño hijo. ¿Había algún cambio? ¿Podía haber algún cambio? Se detuvieron en la carnicería. El carnicero tiró un trozo de carne sobre el mostrador. "Mamá, el carnicero está enojado, ¿no?" "Me parece que sí." "Mamá, ¿qué le pasó? ¿Por qué se siente así?" Durante los días siguientes, los padres se dieron cuenta del cambio: su pequeño hijo estaba de algún modo más conectado con la gente, en sintonía con sus sentimientos, interesado en las historias de los demás. Cuando esa semana escuchó a algunos discutir sobre la Torá, de repente se dio cuenta de algo: ¡eran historias de personas! Estaba fascinado con ellas. ¿Qué hacía que las personas actuaran de una forma u otra? Después de un mes, pidió que se le permitiera aprender a leer él mismo las historias. Después de un año, sus maestros lo consideraban el alumno más talentoso. Poco a poco, el fuego de la tradición talmúdica comenzó a brillar intensamente en su interior. Un día, dos vecinos discutían sobre la compra de un ternero. El niño se acercó a ellos y les dijo: "¡Esperen! Hay una forma de que ambos tengan lo que realmente quieren." Para asombro de los vecinos, el niño les mostró cómo llegar a un acuerdo satisfactorio para ambos vecinos. Al poco tiempo, los adultos del pueblo empezaron a acudir al niño para plantearle sus problemas. Él les daba una solución, que en realidad ya estaba en el corazón de cada una de estas personas, pero que el miedo y el enojo no les permitía escuchar. Cuando llegó el momento de que el niño eligiera una profesión, ¿qué otra cosa podía hacer? Se hizo Rebe. Años después, cuando fue conocido como el Rebe más grande de su generación, sus discípulos se sentaban a su alrededor y le decían: "Eres un gran sabio. ¿Cómo lograste la comprensión tan profunda que tienes de la Torá?" Y él respondía: "¿Cuándo aprendí a estudiar la Torá? ¿Cuándo realmente aprendí a estudiar la sagrada Torá? Aprendí todo cuando el gran Rebe, Aarón de Karlin, me estrechó silenciosamente contra su pecho."
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EL DIQUE DE ARENA
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Relato de Yom Kipur Como el Sr. Zaks no estaba acostumbrado a viajar en avión, las horas de ese vuelo se le hicieron para él como tormentosos años.
Totalmente apretado en su
asiento entre dos desconocidos, sin aire para
respirar, sin espacio para estirar las piernas, con
un niño tras él pateando su asiento y otro más
llorando a todo pulmón. Decidió que necesitaba huir
de ese lugar, así que se paró a caminar un poco,
aunque sabía que no tenía muchas opciones a donde ir
y que su destino ya estaba marcado.
Fuente: hashavuabogota.com |
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El sonido del shofar
Una vez, un hombre
estaba durmiendo en su casa justo el día de Rosh
Hashaná, después de haber estado toda la mañana en
el beit hakneset. De pronto, oyó un sonido brillante
y profundo, era un sonido raro: era el sonido del
shofar.
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¿ CÓMO REB YANQUEL COMPRÓ EL VIENTO?
Cuando Reb Yanquel, quien era muy pobre y
vivía en una aldea de Polonia, tuvo que pagarle la renta al dueño de su casa, se
vió muy afligido. No sabía qué hacer y de dónde sacar el dinero. Temía que el
propietario lo mandase a la cárcel y que su fam1l1a -que Dios no lo permita-
pasaría hambre. En su desesperación, fue a ver al Rebe de Kotzk, en la ciudad
vecina. Al llegar allí, le dijo:
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"COMÉ, O ME MUERO" CUENTO MARAVILLOSO PARA MIS PAISANOS
Jorge Schuseim Había una vez un schnorer que, durante una de sus giras de mendicidad profesional, fue convidado - en casa del millonario del pueblo - con un pedazo de torta. Tan extraordinario le resultó al schnorer este nuevo y raro manjar que exigió, (los schnorers jamás piden, ya que están seguros del derecho que les asiste a ser mantenidos por los demás), la receta de esa maravilla. Llegado que hubo a su casa, se entabló el siguiente diálogo con su señora esposa:
- Iajne Dvoshe, quiero que cocines la torta más rica del mundo. Esta es la receta: "Se toman seis huevos..." - Huevos hay uno sólo, Itzik... - Uno, entonces, "y medio litro de crema fresca". - ¿Crema? ¿Qué somos ahora? ¿Los Rotschild? - Bueno, cuajada en vez de crema. "Y se agregan dos libras de harina de trigo y una de azúcar blanca". - ¡Já! ¡Harina de centeno y un poquito de azúcar morena es todo lo que hay en esta casa! - "...y 200 gramos de pasas de Corinto y otro tanto de avellanas y un buen pedazo de manteca y mezclar bien y..." Iajne Dvoshe agregó, en uno de sus escasos silencios, cuatro pasas medio apolilladas, unas nueces y un pedacito de margarina y revolvió todo y lo cocinó.
Y cuando Itzik probó su famosa torta bajo la variante Iajne Dvoshe, su único comentario fue:
-Francamente, no sé por qué les gusta tanto a los ricos esta porquería. Tanto como judío, como aficionado a la comida, entiendo que la gracia que les causa a mis amigos no judíos este cuento parte de la no comprensión de la factibilidad de que algo así pase en la realidad, ya que como todo el mundo sabe, (el mundo idische), la cocina judía ha logrado producir exquisiteces justamente a partir de la carencia de elementos, o de la pobreza de ellos. Claro es que para que a un goi le salga una torta necesita crema, manteca y harina de trigo. En cambio, al judío le alcanza con un poquito de gehakte tzures para lograr un resultado similar o mejor.
¿Cómo explicar si no el fenómeno cósmico que se produce cuando una madre judía toma una despreciada tripa gorda o un despojo del cogote de un pollo, los rellena con algo de matzemel, cebollita, gribalaj y consigue un dorado, perfumado y extraordinario kishke o hélzale relleno?
¿De qué forma, si no es con suspiros, quejas y bastante sufrimiento, mi suegra consigue transformar un pedazo de hígado, un huevo duro y una cebolla frita, en un gehakte leber digno de un paladar refinadísimo?
¿Cómo, si no es gracias a que "mi hijo SIEMPRE me dice cuando no le gusta, pero NUNCA me dice cuando sí le gusta" se podrían explicar las sensaciones voluptuosas que producen los latkes de simple y humilde papa rallada cuando pasan por mi garganta temblorosa de pasión gastronómica?
Toda la cocina judía se ha basado siempre en la pobreza y la escasez, en los suspiros y en la culpa. Y debe ser eso, nomás, lo que le da un sabor incomparable. Dice mi amigo Arturo, (gentil con estómago id), que cualquiera es un buen cocinero con langosta, foie gras y caviar, pero muy pocos los capaces de satisfacer freezers y feinschmekers con ingredientes ordinarios.
Ennumero una serie de platos de los que no me voy a olvidar aunque quisiera: blintzes, latkes, kreplaj y knishes; kneidlej, cháchalaj, kigl y kijalaj; mandeburchenik y humentashn; beigalaj y koilich; jolodetz, pastron, berengenas picadas, hering, gefilte fish; queis-quijl, higado picado y para bajar todo y no enfermarse nunca y crecer sano y fuerte, la panacea universal, directamente de la fuente de judencia, la famosa penicilina idische: sopa de pollo.
Coma de todo y engorde sin culpa. Es un consejo de mis abuelas, de mis tías, de mi mamá y de mi suegra. Recuerde que:
¡¡ VIDA HAY UNA SOLA, TALLAS DE ROPA, MUCHAS.....!!
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EL PORTERO DEL PROSTÍBULO
por JORGE BUCAY
No había en el pueblo un oficio peor conceptuado y peor pago que el de portero del prostíbulo. Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre? De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio. En realidad, era su puesto porque sus padres había sido portero de ese prostíbulo y también antes, el padre de su padre. Durante décadas, el prostíbulo se pasaba de padres a hijos y la portería se pasaba de padres a hijos. Un día, el viejo propietario murió y se hizo cargo del prostíbulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el negocio. Modificó las habitaciones y después citó al personal para darle nuevas instrucciones. Al portero, le dijo: A partir de hoy usted, además de estar en la puerta, me va a preparar una planilla semanal. Allí anotará usted la cantidad de parejas que entran día por día. A una de cada cinco, le preguntará cómo fueron atendidas y qué corregirían del lugar. Y una vez por semana, me presentará esa planilla con los comentarios que usted crea convenientes. El hombre tembló, nunca le había faltado disposición al trabajo pero..... Me encantaría satisfacerlo, señor - balbuceó - pero yo... yo no sé leer ni escribir. ¡Ah! ¡Cuánto lo siento! Como usted comprenderá, yo no puedo pagar a otra persona para que haga esto y tampoco puedo esperar hasta que usted aprenda a escribir, por lo tanto... Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida, también mi padre y mi abuelo... No lo dejó terminar. Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Lógicamente le vamos a dar una indemnización, esto es, una cantidad de dinero para que tenga hasta que encuentre otra cosa. Así que, lo siento. Que tenga suerte. Y sin más, se dio vuelta y se fue. El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que podría llegar a encontrarse en esa situación. Llegó a sí casa, por primera vez desocupado. ¿Qué hacer? Recordó que a veces en el prostíbulo, cuando se rompía una cama o se arruinaba una pata de un ropero, él, con un martillo y clavos se las ingeniaba para hacer un arreglo sencillo y provisorio. Pensó que esta podría ser una ocupación transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo. Buscó por toda la casa las herramientas que necesitaba, sólo tenía unos clavos oxidados y una tenaza mellada. Tenía que comprar una caja de herramientas completa. Para eso usaría una parte del dinero recibido. En la esquina de su casa se enteró de que en su pueblo no había una ferretería, y que debía viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano a realizar la compra. ¿Qué más da? Pensó, y emprendió la marcha. A su regreso, traía una hermosa y completa caja de herramientas. No había terminado de quitarse las botas cuando llamaron a la puerta de su casa. Era su vecino. Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para prestarme. Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar... como me quedé sin empleo... Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano. Está bien. A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta. Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende? No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería está a dos días de mula. Hagamos un trato - dijo el vecino- Yo le pagaré a usted los dos días de ida y los dos de vuelta, más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece?. Realmente, esto le daba un trabajo por cuatro días... Aceptó. Volvió a montar su mula. Al regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa. Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo? Sí... Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatros días de viaje, y una pequeña ganancia por cada herramienta. Usted sabe, no todos podemos disponer de cuatro días para nuestras compras. El ex - portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue. "...No todos disponemos de cuatro días para compras", recordaba. Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara a traer herramientas. En el siguiente viaje decidió que arriesgaría un poco del dinero de la indemnización, trayendo más herramientas que las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo de viajes. La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje. Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes. Pronto entendió que si pudiera encontrar un lugar donde almacenar las herramientas, podría ahorrar más viajes y ganar más dinero. Alquiló un galpón. Luego le hizo una entrada más cómoda y algunas semanas después con una vidriera, el galpón se transformó en la primer ferretería del pueblo. Todos estaban contentos y compraban en su negocio. Ya no viajaba, de la ferretería del pueblo vecino le enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente. Con el tiempo, todos los compradores de pueblos pequeños más lejanos preferían comprar en su ferretería y ganar dos días de marcha. Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricar para él las cabezas de los martillos. Y luego, ¿por qué no? Las tenazas... y las pinzas... y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos..... Para no hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez años aquel hombre se transformó con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de herramientas. El empresario más poderoso de la región. Tan poderoso era, que un año para la fecha de comienzo de las clases, decidió donar a su pueblo una escuela. Allí se enseñaría además de lectoescritura, las artes y loas oficios más prácticos de la época. El intendente y el alcalde organizaron una gran fiesta de inauguración de la escuela y una importante cena de agasajo para su fundador. A los postres, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad y el intendente lo abrazó y le dijo: Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primer hoja del libro de actas de la nueva escuela. El honor sería para mí - dijo el hombre -. Creo que nada me gustaría más que firmar allí, pero yo no sé leer ni escribir. Yo soy analfabeto. ¿Usted? - dijo el intendente, que no alcanzaba a creerlo - ¿Usted no sabe leer ni escribir? ¿Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me pregunto, ¿qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir? Yo se lo puedo contestar - respondió el hombre con calma -. Si yo hubiera sabido leer y escribir... sería portero del prostíbulo!.
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A Fistele is a FisteleCuenta Rabi Najman de Breslav que en un lugar muy lejano existía un reino llamado el reino de la tristeza. Un buen día, decidió el rey pasear por su reino para ver si todos sus habitantes cumplían con la ley de reino y estaban tristes. El rey se disfrazó de un simple campesino y comenzó a peregrinar para averiguar si la gente cumplía la orden real, pues de ser así eso aumentaría su tristeza, lo cual era el objetivo de su vida y el motivo de la existencia de su reino. Cierto día llego el rey a la casa de un señor muy pobre cuyo oficio era remendar. El rey vio que el remendero estaba muy contento comiendo su almuerzo, remendaba objetos rotos y hasta a veces remendaba aquellas personas cuyas corazones estaban partidos. Este rey le preguntó el motivo de su alegría y él le contestó en yidish: “ A Fistele is a Fistele” un banquete es un banquete, tengo lo que comer con mi humilde trabajo, esto ya es un buen motivo para estar contento, no?. El rey enojadísimo se va a su palacio y decreta al día siguiente que a partir de ahora estará prohibido ejercer el oficio de remendero. Este pobre señor al escuchar la orden real de ninguna manera se desesperó. Salió a la aldea y al encontrar allí a un cortador de leña que trabajaba duramente le propuso brindarle su ayuda a cambio de unas pocas monedas que le permitan mantenerse. Este buen señor comenzó a trabajar con el leñador. A los pocos días el rey que continuaba en sus averiguaciones al ver que este señor en su casa su tristeza recibió una ALEGRÍA muy grande. Mas cuan gran fue su decepción cuando descubrió que junto al leñador muy contento se hallaba el antiguo remendero disfrutando cada pedazo de su humilde comida. El rey se acerca al antiguo remendero y le preguntó acerca del motivo de su alegría y este le contesta su tradicional respuesta “A Fistele is a Fistele”. El rey muy enojado se va a su palacio y decreta que a partir de ahora esta prohibido cortar leña. Mas, este pobre hombre no desespera y se va a buscar a un limpiador y le ofrece sus servicios a cambio de algunas monedas por su ayuda, y ... como ustedes se imaginan viene el rey y lo ve comiendo y le pregunta sobre su alegría y este le contesta: “ A Fistele is a Fistele”, tengo mi banquete diario, que mas se puede pedir. El rey se va a su palacio hirviendo de enojo y emite un decreto que a partir de ahora esta prohibido limpiar para los demás, cada uno solo puede limpiar lo suyo. Y luego que ya no quedaron mas oficios para mantenerse, el antiguo remendero piensa para si, no tengo opción sino enrolarme en el ejercito de rey. Y este buen hombre se enrola y el rey le paga su sueldo mensual. El rey visita a su ejercito y ve que este hombre está comiendo muy contento su banquete privado. El rey disfrazado le preguntó el motivo de su alegría y este hombre le contesta que el ejercito le paga un pequeño sueldo y esto le alcanza para poder darse su fistele diario. Después de todo “A Fistele is a Fistele”. El rey ya sin saber lo que hacer se va a su palacio y decide emitir un decreto según el cual se le pagará a los soldados un sueldo una vez cada seis meses. Al escuchar este nuevo decreto y al habérsele acabado al remendero el último sueldo, este sabio hombre piensa hasta que se le ocurre una brillante idea y se dirige a ponerla en práctica. Va al negocio de un herrero y le vende el metal de su espada a cambio de una suma respetable de dinero y en lugar del metal colocó un pedazo de madera en vuelto en papel e aluminio. El rey luego de unas semanas pensando que había vencido a este hombre, va nuevamente a pasearse como ya es tradición disfrazado por el campamento militar y este aquí que le rey se acerca a este hombre y lo ve insólitamente disfrutando de su rico banquete privado. El rey pregunta de donde tiene dinero y l le cuenta en secreto lo que hizo con su espada y que gracias a D-os “A Fistele is a Fistele” y puede continuar dándose su diario banquete. El rey vuelve a su palacio y decidió poner fin a la vida de este hombre que ponía en grave peligro a el motivo de existencia de su reino. Piensa y piensa hasta que se le ocurre una idea. En su reino hay una cárcel para criminales y entre ellos se encuentra un pobre hombre cuyo castigo era la pena de muerte. El rey decide obligar a nuestro remendero-leñador-limpiador-soldado en llevar acabo el sangriento veredicto. El rey trae al sentenciado y obliga a nuestro hombre a matarlo. En el ejercito de aquel reino era sabido que aquel que pierde o le roban su espada su castigo es la muerte en la horca. Nuestro remendero es traído para llevar a cabo el veredicto mas no se da rápidamente por vencido y grita en voz alta: “ Si este hombre es culpable que mi espada lo atraviese, mas si este buen hombre es inocente, que se transforme mi espada en una espada de madera”. Y al desenvainar su espada y ver el rey la forma creativa en que este hombre logró salir de la muerte segura, comenzó de a poco a reírse y la gente que estaba alrededor del rey al ver a su rey reírse perdieron el miedo a reírse y comenzaron a reírse junto al rey . Así este reino, el reino de la tristeza se transforma en el nuevo reino de la alegría.
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EL CIRCULO DEL 99 Había una vez un judío cortesano. Vivía en un gran castillo, lleno de habitaciones, grandes jardines y mucho lujo. Sin embargo, este hombre, como muchos otros, tenía un problema: no se sentía feliz.
A pesar de ser el
cortesano del rey y tener mucha fortuna y gran prestigio
sentía que le faltaba algo. Nunca estaba contento con lo que
tenía.
En el castillo trabajaba
un hombre que siempre estaba alegre; realizaba sus tareas
con placer y en su rostro se dibujaba una eterna sonrisa.
Al encontrarse con él, el
cortesano se preguntaba siempre cómo podía ser que un hombre
así, tan pobre y con un trabajo tan humilde, se sienta
feliz.
Un buen día, comentó el
asunto con uno de sus consejeros: -"No entiendo cómo este
obrero puede sentirse feliz. No lo he visto nunca enojado,
en su cara siempre hay dibujada una sonrisa."
"Lo que sucede, mi señor,
es que este hombre no ha ingresado al "círculo del 99": es
por esto que él es feliz", contestó el consejero.
- "¿Y qué es el "círculo
del 99"? - preguntó el cortesano. muy extrañado.
- "Se lo voy a
demostrar." - dijo el consejero con firmeza. - "Hoy a la
noche, cuando el obrero llegue a su casa, dejaremos en su
puerta una bolsa con 99 monedas de oro. El resto lo
comprobará Usted por su cuenta."
Y así sucedió. Por la
noche, cuando el sirviente se encontraba en su humilde casa,
feliz., con su esposa y sus hijos, el cortesano y el
consejero golpearon en la puerta del pobre hombre y dejaron
en el suelo la bolsa con las 99 monedas. Rápidamente se
escondieron detrás de un árbol y observaron todo lo que
sucedía en la casa.
El hombre abrió la
puerta, miró hacia un lado y hacia el otro, pero no vio a
nadie. Sin embargo, encontró en el suelo una bolsa que
parecía no pertenecer a nadie. La recogió del suelo y la
llevó a su casa. Junto a su mujer y a sus hijos comenzó a
abrirla, muy extrañado por lo que estaba sucediendo.
Al ver el contenido,
comenzó a llorar de alegría, ¡una bolsa con monedas de oro!
¡Qué bien le venía este regalo! A partir de ese momento no
tendrá más preocupaciones, sus hijos podrán vestir y comer
como los ricos, y su mujer se comprará las mejores ropas.
Irán de paseo todos los días, y serán aún más felices.
Pero en ese momento
decidió contar las monedas, para saber cuán grande era su
fortuna. Y comenzó con la cuenta: una, dos noventa y ocho,
noventa y nueve...
El hombre se puso
furioso, no podía creer lo que estaba pasando.
"¡Me robaron una
moneda!", - comenzó a gritar. - "¡No hay justicia en este
mundo! ¡Alguien se llevó mi moneda!"
Y fue en ese instante
cuando el hombre entró en el "círculo del 99".
La expresión de su cara
cambió, la eterna sonrisa se transformó en una mueca de
bronca y odio, y la sensación de felicidad desapareció para
siempre.
En el trabajo, el pobre
hombre ya no sonreía ni era amable con la gente, hasta con
el cortesano se mostraba hostil.
Un buen día, el cortesano
le preguntó qué le ocurría, ¿por qué andaba siempre con esa
expresión tan triste en su cara?
"Y qué crees tú, ¿que
debo andar siempre contento?" - dijo casi gruñendo. "Yo no
soy tu bufón. Hago mi trabajo, y por eso me pagan, pero
nadie puede obligarme a estar alegre."
Frente a esta
contestación tan agresiva, el cortesano se ofendió mucho y
pronto comprendió lo que significaba pertenecer al "círculo
del 99". Ese pobre obrero vivió el resto de su vida creyendo
que le faltaba una moneda para ser feliz. Y él, el cortesano
con tantos recursos y tanto prestigio, vivía de la misma
manera, creyendo que siempre le faltaría algo para sentirse
completamente feliz.
FUENTE: cursodehebreo.com.ar
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Cara de Ángel
—Los que conocieron
a mi nieta antes de la tragedia no pueden creer que se trate de
la misma nena, profesora... —Es "otra"... —me dicen— "Otra..."
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Cuentos anteriores:
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SOÑANDO CON EL KOTEL HAMARAVI en la época que la ciudad de Jerusalem estaba dividida
-Ciertamente Ierushalaim es la ciudad mas hermosa del mundo-dicen todos ellos - pero, como se puede soportar estar en la ciudad sagrada y no ver el Kotel Hamaravi? Estas palabras las oye Said cada Erev Shabat y Erev Iom Tov. Todos gimen y suspiran cuando tienen que ir al Beit Hakneset.Si el Kotel Hamaaravi no estuviera en la "Ciudad Vieja" podrían ir a rezar allí como lo hacían los Iehudim todos los anos desde que fue destruido el Beit Hamikdash. Said suspira igual que los adultos porque el quisiera ir a rezar al muro sagrado o al menos echar una mirada sobre lo único que ha quedado del Templo. Pero grande se torna su añoranza al comenzar los nueve días, cuando el more comenzó a relatar a sus alumnos , los recién llegados marroquíes , acerca del Jurban Habait . Durante esos días, Said acostumbraba ir a diario , después del colegio , hasta el Har Tzion , desde cuya cima se puede ver la parte árabe de la ciudad de Ierushalaim .Alla lejos, muy lejos, por entre las construcciones de piedras y las casonas de la Ciudad Vieja se alza el añorado Kotel hacia el cual solían ir los judíos a elevar plegarias a Hashem, en todos los tiempos y en especial durante los nueve días y el 9 de Av. Durante esos días venían a Ierushalaim judíos de todo el mundo, para dirigirse al Kotel, sentarse allí a recitar Eija y llorar por la destrucción del Templo. Cuando Said piensa en lo que el More le contó acerca de las Kinot, junto al Kotel esta viéndose a si mismo, a sus compañeritos, a sus padres y a todos sus coterráneos de Marruecos, sentados, descalzos, recitando las plegarias y llorando. Tiene muchísimas ganas de ver al Kotel no solo mentalmente sino con sus propios ojos , tocar con sus manos el sagrado muro, acariciarlo y apretarse contra el mismo, con gran cariño y devoción. Said había tomado una decisión en su interior : Pasar a la parte árabe y ver de cerca el muro .Desde luego, nadie debía enterarse , pues sus compañeritos se reirían de él y le dirían que tal cosa es un sueno imposible de realizar. La vieja ciudad de Ierushalaim esta muy custodiada, además hay alrededor de ella un alambrado de púas; en cada portón hay un severo guardián árabe, pero el alambrado y los guardias no lo asustan. Sabe que ellos se van a comer y ese momento seria propicio para hacerse paso por el alambrado y penetrar al interior de la Ciudad Vieja; y si lo descubrirían tampoco le importaría ya que el sabe hablar árabe como un nativo y también tiene ropas árabe que conserva de Marruecos; se las pondría y de esa manera no despertaría ninguna sospecha. Es muy importante caminar tranquilo con una cesta en el hombro, no correr ni mirar para atrás. Empezó a trazar planes de manera de llevar a cabo su aventura en la noche del 9 de Av. En ese momento todos los judíos están en el Beit Hakneset. Tendrá que ir allí con su padre, pero un poquito mas tarde se escaparía, iría a su casa, se cambiaria de ropa, tomaría el cesto sobre el hombro y se dirigiría hacia el alambrado de puas. Y así hizo. Al entrar a su casa, encontró allí muchas mujeres, jóvenes y ancianas, sentadas en el suelo. Todas estaban escuchando las kinot que una de ellas recitaba con vos llorosa. Cuando se hizo un poco de silencio, fue la señal que las mujeres ya se habían ido, Said se cambio y salió de su casa descalzo en puntas de pie. No miraba hacia atrás sino que se dirigió directamente hacia el Kotel, habiendo partido desde el alambrado de púas que estaba muy agujereado, mucho mas de lo que el suponía. Felizmente los guardias no estaban. Su corazón comenzó a latir fuertemente, se le erizo el cabello, temblaba constantemente, pero seguía despacio hacia adelante. Ahí están ya las angostas callejuelas de la Ciudad Vieja, así como los maestros le habían contado. Las callejuelas ascienden mas y mas hacia el camino que lleva al Kotel, el que pronto se hizo ver. Pero es tan alto que llega hasta el cielo! Said tiene que levantar mucho la vista para poder contemplarlo. Se acerca y comienza a acariciarlo. El muro esta húmedo, seguro esta llorando, esta triste porque esta abandonado, nadie viene a visitarlo. -Querido Kotel, balbuceo Said-,no llores, no se te ha olvidado, todos los Iehudim te extrañan, todos piensan en vos, desean verte, rezar junto a vos, inclusive besarte. Said se aferra fuerte contra el muro y percibe su humedad más aún. Hay que dejarlo llorar, porque hoy es 9 de Av y los judíos de todo el mundo lloran la destrucción del Beit Hamikdash! Said siente que alguien tira de el, le arrancan la garganta. Son los guardianes árabes! ,pasa por su cabeza, me han sorprendido! A donde me llevan ? Que quieren hacer conmigo? Cual es mi pecado? Acaso no se puede estar junto al Muro de los Lamentos? Pero si es nuestro Muro Sagrado! Nuestro Kotel! Acaso he hecho mal a alguien con estar aquí junto a nuestro querido y sagrado Kotel? _Hijo, hijito. Porque lloras? Te duele algo? Ante los ojos abiertos de Said estaba su mama que el tocaba la frente. Te has quedado dormido sin haberte sacado la ropa, hijito mío....Desvístete y anda a dormir. Mañana será para ti un día muy difícil ya que es la primera vez que ayunaras.
FUENTE: Masuah.org
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La Novia del Maharal
Hace unos
400 años vivía
en Worms (Alemania) un adinerado judío
de noble ascendencia llamado Shmuel ben Iaacov HaKatzin.
Tenía
una hija llamada Perl (Perla), quien, en verdad, brillaba
como una joya con sus hermosas cualidades y encanto judío.
Cuando
Perl llegó
a la edad de casarse (en aquellos días
eso era entre los 13 y los 15 años),
diferentes personas comenzaron a presentarse con propuestas.
Una vino de una bien conocida y muy estimada familia que vivía
en Posen, pero que originalment había
vivido también
en Worms. Tenían
un brillante hijo llamado Iehuda
Leib.
A Reb
Shmuel agradó
lo que oyó
acerca de Iehuda
Leib y su padre Betzalel, así
que decidió
viajar a Posen para encontrarse personalmente con el joven y
su familia. Una vez allá
quedó
muy bien impresionado por el muchacho y vio inmediatamente
que se trataba de un brillante erudito de la Torá,
además
de sus demás
cualidades personales. También
lo hizo feliz ver que sus padres eran gente sumamente fina y
muy admirada en la comunidad. Ambos padres se sintieron cálidamente
atraídos
unos a otros y gustosamente aceptaron dar lugar a la
propuesta.
Reb
Shmuel se comprometio a tomar a su cargo los gastos del
joven para que Iehuda
Leib pudiera continuar estudiando Torá
durante tres aסos
en la Ieshiva
(academia talmúdica)
del famoso Gaón
(genio talmúdico)
Rabi
Shlomo
Luria (conocido como "el MaHarShaL"), que por aquel entonces
estaba en Brisk (Lituania).
Se decidió
que cuando Iehuda
Leib alcanzara la edad de 18 años,
él
y Perl se casarían
y el padre de ella correría
con los gastos de la joven pareja todo el tiempo que su
yerno deseara continuar estudiando Torá.
Reb
Shmuel partió
hacia su casa con corazón
feliz. Iehuda
Leib viajó
a Brisk, donde se instaló
en la Ieshivá
del joven Gaón
Shlomo
Luria, entregándose
al estudio de la Torá
con gran fervor y entusiasmo.
Todo
hubiera marchado bien de no ser por algo desafortunado e
inesperado que sucedió
para estropear la agradable situación.
La rueda de la fortuna gira,
y los negocios del adinerado Reb Shmuel HaKatzin
comenzaron a rodar cuesta abajo. En muy poco tiempo, el
pudiente Reb Shmuel lo perdió
todo y se convirtió
en un hombre muy pobre. Su casa fue "limpiada" de todo lo
que pudiera tener algún
valor, a fin de pagar las deudas. Solo
una
única
preciosa perla quedó
en sus manos, y
ésta
era su
amada, bella y joven hija, Perl.
Cuando la
fecha para la boda comenzó
a acercarse, y la situación
económica
de Reb Shmuel no había
mejorado,
éste
envió
una carta a Iehuda
Leib y, con corazón
muy triste, le informó
que, dado que su situación
económica
había
cambiado dramáticamente
y no podría
cumplir su promesa de mantenerlo,
él
-Iehuda
Leib- quedaba libre de su compromiso de casarse con Perl, y
podía
buscar esposa en cualquier otra parte. A esta carta agregó
una nota pidiendo perdón
y disculpa (mejila)
de parte de Perl, de manera que también
ella estuviera libre de toda obligación
respecto de su compromiso.
Las
inesperadas y tristes noticias, que cayeron como un rayo,
trastornaron al joven Iehuda
Leib terriblemente. Este escribió
inmediatamente una carta llena de palabras de aliento y
consuelo a Reb Shmuel HaKatzin,
insistiendo en que no debía
sentirse desanimado ni perder las esperanzas. También
escribió
que el Omnipotente podía
mejorar su difícil
situación
en un abrir y cerrar de ojos. De todos modos,
él,
Iehuda
Leib, no tenía
reclamos sobre
él
o sobre su hija. Si resultara en beneficio de Perl quedar
libre de su compromiso con
él,
ella podía
buscar a otro para casarse. "En cuanto a mí",
escribió
Iehuda
Leib, "sigo firme en mi confianza en el Omnipotente y espero
Su ayuda".
Iehuda
Leib continuó
estudiando todavía
más
intensamente que antes. A medida de que fue pasando el
tiempo y el joven y brillante erudito seguía
soltero, los casamenteros comenzaron a acercarse a
él
para hacerle propuestas matrimoniales. Pero a todos respondió
de igual manera: "Ahora sólo
me preocupa continuar estudiando Torá
y no estoy preparado para considerar una pareja".
En
efecto, dedicó
realmente todo su tiempo y emergías
al estudio de la Torá.
Todos sus amigos se casaron uno tras otro y dejaron la
Ieshiva.
Llegaron nuevos estudiantes, y Iehuda
Leib seguía
todavía
con sus estudios, repasando todo el Talmud varias veces.
"Leib, el
Solterón",
como lo llamó
la gente, era alabado por todos los que lo conocían
por su lucidez como erudito y su serena modestia. Pero no
podían comprender por qué
había
quedado soltero tanto tiempo.
La carta
de Iehuda
Leib afectó
a Reb Shmuel muy hondamente. Le ayudó
a hacer las paces con el hecho de que había
perdido su riqueza. "Di-s dio y Di-s quitó",
y Di-s podía
devolverle su riqueza perdida. Pero no podía
consolarse ante el hecho de haber perdido la posibilidad de
lograr un yerno tan maravilloso. ¿Que
sería
ahora de su preciosa Perl?
Perl había
leído
la carta de Iehuda
Leib y se conmovió
hasta las lágrimas,
pero no se sintió
desalentada. Al igual que Iehuda
Leib, también
ella confiaba en que el Omnipotente les ayudaría.
Pero no tenía
tiempo para lágrimas.
Ahora era la
única
de la familia que podía
hacer algo para mantener a sus padres y a sí
misma.
Además
de todas sus finas cualidades, también
era una excelente panadera. Cuando su hogar solía
estar abierto a los numerosos invitados
que lo visitaban, todos admiraban las tartas, galletas, y
jalot que horneaba. De modo que ahora aplicó
sus talentos en la práctica.
Abrió
una pequeña
panadería,
algo que jamás
imaginó
que se vería
obligada a hacer, y agradeció
a Di-s el poder hacer algo para ganar dinero y no tener que
pedir ayuda a otra gente.
Sus
amigos y vecinos acudían
a su almacén
y estaban más
que contentos de poder comprar todas las delicias que ella
horneaba.
Perl tuvo
éxito,
pero no lo suficiente como para hacerla rica o para ahorrar
el dinero necesario para una dote. A pesar de esto, un número
bastante importante de casamenteros se le aproximó
con propuestas matrimoniales de finas familias, pero Perl
los rechazó
a todos. En su interior sentía
que su anterior jatan
(novio) era el destinado a ser la pareja de su vida. Y, al
igual que
él,
depositó
su confianza en el Omnipotente y esperó
Su ayuda.
Así
pasaron diez años.
Por esa
época
había
mucha inquietud en el país.
Los integrantes de la nobleza alemana peleaban entre sí,
los católicos
peleaban contra los protestantes, y los campesinos
sublevados contra los amos que los habían
esclavizado.
La ciudad
de Worms estaba en medio de toda la tormenta. La plaza del
mercado y las calles estaban llenas de soldados que habían
llegado de diferentes lugares, infantería
y caballería
de todo tipo.
Y
entonces sucedió
que, por la calle donde Perl tenía
su panadería,
pasó
un regimiento de caballería,
y un joven funcionario se detuvo cerca de la panadería,
donde, sobre una mesa, se exponían
los diversos artículos
que ella preparaba.
El
apetitoso aroma de las frescas jalot cosquilleaba en sus
narices. El jinete sacó
su espada, la clavó
en una fresca jala
y, saltando sobre su caballo, se alejó
a todo galope.
"¡Hey!
¡No has pagado!", gritó
Perl. "¡Eso no es bonito de parte de un funcionario!"
El
funcionario detuvo su caballo, se volvió
hacia Perl y se encogió
de hombros mostrando sus manos vacías,
dando a entender que no tenía
dinero.
Entonces
bajó
de su caballo, se dirigió
hacia Perl, y le dijo:
"¡Mil
perdones! Lo siento, no tengo dinero pero no pude resistirme
a tomar una fresca y tentadora hogaza. ¡No he comido nada
tan fresco en tres días!
Mira, toma esto en vez del dinero", y entonces extrajo una
vieja bolsa que arroja
hacia ella, de pie
a la entrada de su panadería.
Perl se
fue adentro, comenzó
a desplegar la pesada bolsa, pensando: "¿De qué
me puede servir esta vieja y andrajosa bolsa?" Pero cuando
la dio vuelta, monedas de oro comenzaron a rodar hacia
afuera con un tintineante sonido.
¡Perl
estaba aturdida y casi se desmaya
de asombro! Una vez recuperada un poco decidió
cerrar la panadería
más
temprano que de costumbre e ir a su casa. Contó
a su padre lo que había
sucedido y
éste
dijo:
"Llevemos
la bolsa y esperemos tres días,
en caso de que el jinete regrese por ella. Entonces,
naturalmente, se la devolveremos. Sin embargo, si no
regresa, sabremos que el Omnipotente nos ha enviado Su
salvación
desde el Cielo".
Cuando
pasaron los tres días
y el jinete no volvió,
Reb Shmuel ben Iaacov HaKatzin
escribió
una carta a Iehuda
Leib, informándole
que el Omnipotente milagrosamente les había
dado la oportunidad de cumplir todo lo que le había
prometido en el acuerdo de compromiso y que, si lo deseaba,
él
y Perl ahora podían
casarse.
Cuán
grande fue la alegría
de los novios y sus padres cuando la boda tuvo lugar. Toda
la comunidad de Worms se les unió
en la gran celebración.
Y desde el Cielo, también,
resonó
un cordial Mazal Tov, con los mejores deseos para la feliz
pareja.
La fama de
Rabi
Iehuda
Leib se extendió
a lo lejos, llegando a su cumbre cuando se convirtió
en el Superior Rabino de Praga, y su nombre, como "el
MaHaRaL" de Praga, llegó
a ser uno de los más
famosos entre los extraordinarios líderes
judíos
de todos los
tiempos.
FUENTE: MASUAH.ORG
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Un tropel de médicos por Ephraim Kishon
No hace mucho me desperté
aproximadamente a media noche con un dolor de estómago
desconocido hasta ahora en los anales del sufrimiento
humano. Con la poca fuerza que me quedaba me arrastré hasta
el teléfono y llamé al doctor Wasservogel, que vive en el
departamento situado justamente encima del nuestro. La
señora Wasservogel levantó el auricular y después de que le
hube informado que el dolor me estaba destrozando, me
comunicó que su marido no estaba en la casa. Me aconsejó que
esperase media hora, y que si el dolor no cedía llamase al
doctor Blaumilch.
Esperé media hora que
duró un siglo y por la pantalla de mi mente desfilaron mi
triste infancia, mis años de labor productiva en el campo de
trabajos forzados y mi declinación periodística. Entonces
telefoneé al doctor Blaumilch y su esposa me contestó que su
marido no atendía enfermos en los días impares y que debía
llamar al doctor Gruenbutter. Llamé a este médico, y la
señora Gruenbutter levantó el auricular y lo depositó
enseguida junto al teléfono. El anciano estadista británico puso su tren particular a disposición del corresponsal de Kol Israel, quien voló a Copenhague y desde allí difundió por radio un dramático llamado a la opinión pública. La judería canadiense despachó inmediatamente una ambulancia para Holanda. El jefe de policía de Rótterdam condujo la ambulancia por toda Europa y reunió 37 famosos profesores y cirujanos que llegaron aquí en un bombardero de retropropulsión de la Fuerza Aérea de Estados Unidos. En el trayecto hacia Tel Aviv, se sumaron al convoy los participantes de la convención médica de Natania, y fue así como un total de 108 médicos llegaron a mi casa al amanecer. El doctor Wasservogel fue despertado por el estrépito de los ómnibus que se detenían junto a la acera, y bajó corriendo los escalones. Yo aproveché su presencia y le pregunté qué debía hacer para curarme el dolor de estómago. Me aconsejó que tuviese más cuidado con lo que comía. Así fue como la solidaridad internacional me salvó la vida. Pero la próxima vez llamaré directamente a la Reina Isabel. No puedo perder tanto tiempo.
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UN LUGAR EN EL BOSQUE
Rabi Baal Shem tov era muy conocido dentro de su comunidad porque todos decían que era un hombre tan piadoso, tan bondadoso, tan casto y tan puro que Dios escuchaba sus palabras cuando él hablaba. Se había creado una tradición en aquel pueblo: todos los que tenían un deseo insatisfecho o necesitaban algo que no habían podido conseguir, iban a ver al rabino. Baal Shem Tov se reunía con ellos una vez por año, en un día especial que el elegía. Y los levaba a todos juntos a un lugar único que él conocía, en medio del bosque. Y una vez allí, cuenta la leyenda, Baal Shem Tov encendia con ramas y hojas un fuego de una manera muy particular y muy hermosa, y entonaba después una oración en voz baja, como si fuera para si mismo. Y dicen... Que a Dios le gustaban tanto aquellas palabras que Baal Shem Tov decia, se fascinaba tanto con el fuego encendido de aquella manera, amaba tanto aquella reunión de gente en aquel lugar del bosque... que no podía resistirse a la petición de Baal Shem Tov y concedía los deseos de todas las personas que allí estaban. Cuando el rabino murió, la gente se dio cuenta de que nadie conocía las palabras que Baal Shem Tov decia cuando iban todos juntos a pedir algo. Pero conocían el lugar del bosque y sabían cómo encender el fuego. Una vez al año, siguiendo la tradición que Baal Shem Tov habia instituido, todos los que tenían necesidades y deseos insatisfechos se reunían en aquel mismo lugar del bosque, prendían el fuego de la manera que habían aprendido del viejo rabino y, como no conocían sus palabras, cantaban cualquier canción o recitaban un salmo, o solo se miraban y hablaban de cualquier cosa en aquel mismo lugar alrededor del fuego. Y dicen... Que a Dios le gustaba tanto el fuego encendido, le gustaba tanto aquel lugar en el bosque y aquella gente reunida... que aunque nadie decía las palabras adecuadas, igualmente concedía los deseos a todos los que allí estaban. El tiempo a pasado y, de generación en generación, la sabiduría se ha ido perdiendo... Y aquí estamos nosotros. Nosotros no sabemos cuál es el lugar en el bosque. No sabemos cuales son las palabras... Ni si quiera sabemos cómo encender el fuego como lo hacía Baal Shem Tov.... Sin embargo, hay algo que si sabemos. Sabemos esta historia. Sabemos este cuento. Y dicen.... Que Dios adora tanto este cuento, que le gusta tanto esta historia, que basta que alguien la cuente y que alguien la escuche para que El, complacido, satisfaga cualquier necesidad y conceda cualquier deseo a todos los que están compartiendo este momento... Así sea...
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El Espejo
Desde ese momento no encontró
Rev Abraham tiempo libre para ocuparse de los pobres de su
ciudad por la forma en que lo absorbían sus negocios, y por
supuesto tampoco podía ocuparse de los demás pobres provenientes
de distantes lugares que venían a su casa (pues hasta ese
entonces su fama de generoso había traspasado los limites de su
ciudad). A pesar de esto no se puede decir que había abandonado
por completo su bondadosa costumbre, ya que tenia a uno de sus
sirvientes encargado de ocuparse de los pobres, y hasta de vez
en cuando enviaba grandes sumas de dinero destinadas a las
clases mas necesitadas, pero esto ya no era de todo corazón sino
sin darle la menor importancia, hasta el punto que los pobres se
apartaban de las puertas del nuevo rico. Y comentaban: "Desde el
tiempo que fue bendecida con la riqueza es otra persona, antes
era muy bondadoso".
Ocurrió que cuando Rav
Yeshaiahu se estaba encargando de recolectar fondos para "Pidyon
Shevuyim" (rescate de cautivos), envío a una persona a solicitar
su contribución a Rev Abraham, pero como estaba muy ocupado, lo
atendió uno de sus sirvientes, quien no le permitió pasar a
conversar con su patrón.
Al enterarse de esto , Rav
Yeshaiahu se entristeció mucho y dijo: "Quizás mi bendición se
transformo en maldición". Prácticamente no se demoro ni un
instante y partió hacia la casa de Rev Abraham para solucionar
la situación.
Por intermedio de su Shamash,
el Rav mando a avisar a Rev Abraham que deseaba verlo. Rav
Yeshaiahu fue recibido por su alumno con mucha calidez y honor.
Al entrar al salón principal de la mansión con una profunda
mirada advirtió la magnificencia que lo rodeaba, sin embargo al
momento se entristeció mucho, pues en ocasiones anteriores al
visitarlo siempre había encontrado su casa llena de necesitados
y en cambio en esta oportunidad estaba totalmente vacía. De
repente el Rav se encamino hacia la ventana y mirando a la calle
le pregunto a su alumno quien era la persona que pasaba con su
hacha. Le contesto que era leñador y que iba al bosque a
trabajar. Luego el Rav hizo lo propio con otros vecinos de su
alumno y este le respondía visiblemente sorprendido. Acto
seguido el Rav se aparto de la ventana y camino por la
habitación hasta que al final se sitúo frente a un espejo.
-Por favor, acércate, le dijo
a Rev Abraham, mira por el espejo.
El Rav prosiguió inquiriendo
de que material estaban hechos los dos objetos a través de los
cuales le había hecho observar, a lo que respondió Rav Abraham
-cada vez mas sorprendido y confundido- que ambos estaban hechos
de vidrio. Por ultimo el Rav añadio una pregunta más: -"Pues
entonces por que a través del vidrio de la ventana ves a las
demás personas, en cambio por el espejo solo puedes ver tu
propia imagen?" -El motivo esta claro- contesto Rev Abraham-
porque el vidrio de la ventana es transparente, sin nada entre
medio, en cambio el vidrio del espejo tiene dentro una capa de
plata, por eso pude ver mi propia imagen.
-Todo esto es muy lógico
-dijo el Rav-, cuando el vidrio esta puro, sin plata de por
medio, se puede apreciar a los demás, en cambio cuando el vidrio
esta impregnado de plata, solo se puede apreciar la imagen de
uno mismo.
Lagrimas afloraron en los
ojos de Rev Abraham, había comprendido las palabras de su
maestro, y supo que en un tiempo se asemejaba a un vidrio
traslucido, a través del cual se interesaba por sus semejantes,
pero ahora, en cambio, se había convertido en una persona que
solo se veía a si misma.
El arrepentimiento surgió de
Rev Abraham, quien decidió que desde ese momento se dedicaría
personalmente al cumplimiento del precepto de Hajnasat Orjim, y
se ocuparía de cada necesitado como en los primeros tiempos. Al
día siguiente organizo una fiesta, invito a sus amigos y
compañeros, y les contó lo que había sucedido. Rev Abraham retiro del espejo parte de la plata que había en su interior para que quedara como recuerdo imperecedero, y a todo aquel que le preguntara por el motivo de su proceder, le contaría de que forma lo había ayudado el espejo para volver a la buena senda.
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Sueño Real Rabino Iaacov Salomón
Mi padre
falleció en 1986. Él tenía 75 años, yo tenía 34. Decir que él
era un hombre dulce, humilde y poco complicado sería algo
evidente. Él no solamente personificaba esos términos, él los
definía. Como oficio, el cortaba diamantes; como profesión, él
amaba a su familia. Él tenía pocos amigos, menos pasatiempos, y
detestaba el primer plano. Él era increíble, pero si te atrevías
a decirle eso, la única respuesta que obtenías era un par de
mejillas enrojecidas y un cambio de tema.
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Si no más alto aún El Rabí de Nemirov había desaparecido. Eran los días entre Rosh Hashaná y Yom Kipúr, y los judíos se reunían en la madrugada para rezar las “Selijot”. Cada una de esas mañanas, tanto el Beit Hakneset como el Beit Hamidrash se encontraban repletos de gente. Sin embargo, el Rabí de Nemirov no se encontraba en ninguno de ellos. ¿Dónde estaba entonces el Rabí? Las personas se decían: “Son los ‘Yamim Noraim’ (Días Reverenciales) y en unos días va a ser Yom Kipúr. Los judíos necesitamos sustento, paz, salud, bendición ... De seguro que en estos días el Rabí de Nemirov sube al cielo y reza allí por todo el pueblo de Israel ...”. En esa época, llegó a Nemirov un judío proveniente de la ciudad de Lita, quién no creía en el poder espiritual del Rabí de Nemirov, y que al escuchar que éste subía al cielo, simplemente, no pudo hacer más que reírse. Les dijeron las personas que escucharon su risa: Si tu te ríes tanto, dinos entonces ¿dónde está el Rabí de Nemirov durante las “Selijot”? El hombre de Lita no contestó nada, y en su corazón se dijo a si mismo: “iré yo mismo a ver qué hace el Rabí de Nemirov durante las “Selijot””. En la misma noche, se dirigió el hombre a la casa del Rabí de Nemirov y se acostó debajo de su cama sin que nadie pudiera darse cuenta. Estuvo allí toda la noche, y una hora antes de las “Selijot”, escucho un fuerte suspiro del Rabí. Es sabido que los suspiros del Rabí de Nemirov estaban colmados de dolor ,y que todo aquel que los escuchaba no podía hacer más que llorar junto a él ... Los dos estaban recostados: el Rabí sobre su cama y el hombre de Lita debajo de ella. Al hacerse la hora de decir las “Selijot”, todas las personas de la casa del Rabí se levantaron de sus camas dirigiéndose al Beit Hakneset. Solamente se quedaron en la casa el Rabí de Nemirov y su “huésped” secreto ... Un gran temor se apoderó del hombre que llegó desde Lita, pues no era cosa pequeña estar a solas con un “Justo” de la altura del Rabí de Nemirov. De pronto, se levantó el Rabí de Nemirov de su cama, tomó de su armario una ropa simple de campesino y se vistió con ella .... El hombre de Lita estaba sumamente sorprendido, y se preguntaba en su corazón: ¿Para qué se está vistiendo el Rabí de Nemirov con ropas de campesino? “¿Quizás esté soñando?”. Sin embargo, aquello no era un sueño. El Rabí de Nemirov salió del cuarto, y el hombre de Lita marchó sigilosamente tras él. Llegó a un cuarto en el fondo de la casa y tomó de allí un hacha. Pensó el hombre de Lita para sus adentros: Parece que el Rabí es un “Justo” durante el día, y un ladrón durante la noche ... El Rabí de Nemirov camino silenciosamente de calle en calle, y el hombre de Lita caminaba tras él. A veces se escuchaban los quejidos de algún enfermo dolorido, y otras veces se escuchaban las voces de los rezos de las “Selijot” provenientes de las sinagogas. El Rabí de Nemirov caminaba a la luz de la Luna, y el hombre de Lita caminaba secretamente tras él. El Rabino salió de la ciudad y se interno en un bosque cercano. Cuando encontró un árbol pequeño, le dio algunos hachazos hasta que el árbol cayó. El hombre de Lita estaba parada a lo lejos y observaba como el Rabí de Nemirov cortaba a un gran árbol en pequeños pedazos. Tomó una cuerda y ató a dichos pedazos. Los colocó sobre su hombro y regresó a la ciudad. ¿Por qué hará esto el Rabí de Nemirov?, se preguntó para sus adentros el cada vez más sorprendido hombre de Lita ... El Rabí camino hasta llegar a una calle, se acercó a una pequeña casa y golpeó por la ventana. El hombre de Lita estaba parado detrás de un árbol observando lo que sucedía. “¿Quién está ahí?” preguntó una voz desde el interior de la casa. “Yo” dijo el Rabí de Nemirov en idioma ucraniano. “¿Y quién es “yo”?” preguntó la mujer. El Rabí de Nemirov contestó “Vasil”. “¿Vasil?, ¿qué Vasil? ¿y qué quieres Vasil?”. El Rabí de Nemirov contestó: “Tengo algunas árboles para leña y quiero venderlos”. Y sin esperar respuesta, abrió la puerta y entró a la casa ... Luego de lo cual entró secretamente el hombre de Lita tras él ... A la luz de la Luna, observó el hombre de Lita que aquella casa era una casa sumamente pequeña y pobre, y que había una mujer enferma acostada sobre la cama. La mujer dijo: “¿Con qué dinero voy a comprar la leña? No tengo dinero. Soy viuda y pobre”. Le dijo el “campesino” a la mujer: “Yo solo pido seis centavos. Si no tiene dinero no se preocupe. Ya me pagará en otro momento ...”. “No, no tomaré la leña”, contestó la pobre mujer, “pues no tengo ninguna esperanza de conseguir dinero para pagarle” ... Luego de un instante, la mujer dijo lamentándose: “¿de dónde provendrá mi ayuda?”. El Rabí de Nemirov apoyó la leña sobre el piso y dijo: “¡Tu eres una mujer que está enferma, y yo tengo confianza que me vas a poder pagar, y tu tienes un D-s que es grande y bueno; ¿Acaso no crees que Él te va a poder ayudar para que te cures y puedas pagarme?!”. “¿Y quién va a encender la estufa?” inquirió la mujer. “Mi hijo trabaja toda la noche y quién sabe a qué hora vendrá”. “Yo encenderé su estufa” le contestó el Rabí de Nemirov, procediendo de inmediato a hacerlo . Cuando coloco la leña en el horno recitó el primer cántico de las “Selijot”. Cuando encendió el fuego recitó el segundo cántico. Cuando cerró la estufa recitó el tercer cántico. Desde aquel día, comenzó a amar el hombre de Lita al Rabí de Nemirov y a creer en lo elevado de su santidad ... Y cuando escuchaba que la gente comentaba que el Rabí de Nemirov subía al cielo durante los días de las “Selijot”, él ya no se reía como lo hacía antes, sino que agregaba a dicho comentario: “¡Y quién sabe si no sube mucho más alto aún!”.
de "Inspiración" Cuentos Recopilados por el Rabino Richard Kaufmann |
Un goy en Brooklyn"Yo podía sentir la fría humedad que cubría mi cabeza y pensé que Shabat era la palabra judía para la nieve".
La nieve llegó a
principios del invierno de 1933 cuando nuestra gran
familia cubana se mudó a Williamsburg, en Brooklyn. Yo
tenía diez años. Nosotros éramos los primeros de habla
hispana en llegar al lugar, y nos acomodamos más o menos
fácilmente en aquella vecindad multitudinaria y
multicultural. Rápidamente comenzamos a aprender un poco
de italiano, algunas palabras en griego y polaco, mucho
idish y sin perder nuestro pronunciado acento en inglés.
La primera vez que oí la expresión “Ya viene Shabat” fue
cuando el Sr. Rosenthal rechazó abrir la puerta de su
tienda de alimentos en la avenida Bedford. Mi madre me
había enviado con una moneda de diez centavos para
comprar un par de calcetines negros para mi padre.
En aquel tiempo,
los hombres usaban sobre todo negro y azul marino. El
marrón y el gris eran de algún modo especiales y
costaban más. El Sr. Rosenthal estuvo de pie detrás de
la puerta cerrada, de brazos cruzados, mirándome
aireadamente a través del grueso vidrio mientras una
nevada pesada y la oscuridad comenzaron a caer un
viernes por la tarde. “Ya cerramos”, dijo el Sr.
Rosenthal sacudiendo su cabeza, “¿Qué no ves que ya
viene Shabat? ¡No insistas! ¡Vete a tu casa!”. Yo podía
sentir la fría humedad que cubría mi cabeza y pensé que
Shabat era la palabra judía para la nieve. Mi percepción
errada acerca del Shabat no duró mucho tiempo, ya que la
cultura dominante del área pronto se hizo evidente; los
gentiles eran la minoría. De ahí en adelante, como
Shabat venía con su regularidad inmutable y la tradición
judía llenaba la vida de la vecindad, me di cuenta de
cómo tantas actividades humanas, generalmente normales
en cualquier día de la semana, cesaban, y un silencio
palpable, una agradable tranquilidad, caía sobre todos
nosotros. Fue entonces cuando las familias con alguna
necesidad urgente en Shabat enviaban a alguien para
“traer al muchacho de habla hispana lo más rápido
posible”. Ese era yo. Justo a tiempo, dejé de ser
anónimo y me hice llamar Yussel, a veces Yuss o Yussele. (Gracias a mí,
toda mi familia se había convertido en adicta a la
pastelería judía) Las tardes del viernes eran
especiales. Yo iba a pie a casa desde la escuela
asaltado por el rico aroma que emanaba de las cocinas
judías, que preparaban aquella tarde el menú especial
para Shabat. Para ese entonces, yo había logrado una
lista de “clientes” estables, de familias judías que
dependían de mí. Las calderas, en particular, demandaban
una atención permanente durante los inviernos helados de
Brooklyn. Me estremezco recordando los vientos
brutalmente fríos que soplaban desde el este. Las ansias
subían a medida que pensaba en las comidas caseras
calientes que yo traería a casa esa noche después de que
mis rondas de Shabat terminaran. Gracias a mí, toda mi
familia se había convertido en adicta a la pastelería
judía. ¿Yo? Todavía soy adicto a la torta marmolada, la
jalvá y a las cremas de huevo. Recuerdo como si
fuera ayer cómo descubrí que los judíos eran las
personas más inteligentes del mundo. En estos años de vejez cuando de vez en cuando le dicen a mi esposa “Tu marido es un hombre divertido”, soy consciente de que mi humor tiene sus raíces en el teatro idish de la Segunda Avenida, los comediantes judíos en los hoteles de verano, y sus muchos imitadores. Y, cuando discuto sobre temas de derechos humanos o civiles y me advertien de que pongo demasiado fervor, recuerdo como la jutzpá primero floreció sobre las aceras de Williamsburg, compitiendo por avellanas con fuertes niños que llevan peyes y kipot. A lo largo del camino jugué ajedrez y frontón, aprendí a practicar la esgrima, a escuchar a Rimsky-Korsakov, comí castañas tostadas, leí a Maimónides y estudié también a Saúl Alinsky. Estoy absolutamente agradecido por haber tenido la oportunidad de ser un Goy de Shabat.
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LA NIEVE DE CHELM
Isaac Bashevis Singer
Chelm era una aldea de tontos:
tontos jóvenes y tontos viejos. Una noche alguien espió a la Luna,
que se reflejaba en un barril de agua. La gente de Chelm imagino que
había caído allí. Sellaron el barril para que la Luna no se
escapara. Cuando a la mañana se abrió el barril y la Luna no estaba
alli, los aldeanos decidieron que había sido robada. Llamaron a la
policía y cuando el ladrón no pudo ser hallado, los tontos de Chelm
lloraron y gimieron. |
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Samuel Yosef Agnon Había una vez en Polonia un viejo que sufría del corazón. Acudió al medico, que le ordeno beber leche de cabra. Fue y compro una cabra y la introdujo en su corral. No transcurrió mucho tiempo y la cabra desapareció. Salio a buscarla y no la encontró en el patio y tampoco en el huerto, sobre el techo del templo ni junto a la fuente en la montaña y tampoco en el bosque. La cabra permaneció fuera varios días y volvió por si misma. Sus ubres estaban llenas de leche de un gusto paradisíaco, y así sucedió muchas veces. La cabra desaparecía, salían a buscarla pero no la encontraban. Y al volver sus ubres estaban llenas de una leche más dulce que la miel. Una vez dijo el viejo a su hijo: "Hijo mío, querría saber a donde va la cabra y de donde trae esa leche tan dulce a mi paladar y tan sana para mis huesos". Díjole su hijo: "Padre, eso tiene solución". Fue el hijo y trajo una cuerda que ato al rabo de la cabra. Díjole el padre: ¿Que haces hijo mío? "Pues le ato y si siento que desea partir tomo la cuerda y voy tras ella." Movió el viejo su cabeza afirmativamente y dijo: "Tu inteligencia me alegra el corazón". Y sucedió que al percatarse de que la cabra deseaba partir, tomo el muchacho la cuerda entre sus manos y no la soltó. Y así fue tras de la cabra y después de mucho caminar llego a una cueva. La cabra penetro en ella y el muchacho con la cuerda en la mano detrás. Así caminaron una hora o dos, o tal vez un día o dos, ya que debido a la novedad no se sentía el tiempo que transcurría. Agitaba la cabra su rabo y balaba. Finalmente salieron de la cueva. Vio montanas elevadas cubiertas de árboles frutales, y una fuente de agua cristalina apareció ante el. El viento le traía fragancias y perfumes. La cabra trepo a un algarrobo y comenzó a comer sus dulces frutos llenos de miel. El muchacho se dirigió a los moradores del lugar diciéndoles: "¡Eh amigos! ¿Donde estoy, y cual es el nombre de este lugar?" Dijéronle: "Estas en la Tierra de Israel, cerca de Tzfat". Inmediatamente se lleno su corazón de amor y beso la tierra, luego levanto su rostro al cielo y dijo: "Bendito sea Dios que me trajo a Eretz Israel". Díjose el muchacho: "Hasta que alumbre un nuevo día y se dispersen las sombras, descansare aquí, bajo este árbol; luego volveré a mi hogar y traeré a Eretz Israel a mi padre y a mi madre. Pero ese día era erev shabat. Estaba aun descansando cuando escucho: Venid, salgamos a recibir a la reina del sábado. Vio el muchacho hombres envueltos en blancas túnicas como ángeles. Todas las casas estaban alumbradas por múltiples velas. Entendió que era sábado y era imposible emprender ahora el regreso. Arranco un tallito, lo mojo en tinta y escribió sobre un pedazo de papel una carta a su padre: He llegado felizmente a Eretz Israel y desde la ciudad santa de Tzfat, que me embriaga con su santidad, te escribo. No preguntes como he llegado aquí. Toma la cuerda atada al rabo de la cabra y ve tras ella. Así llegaras seguro a Eretz Israel. Enrollo el muchacho el mensaje y lo coloco en la oreja de la cabra. Díjose a si mismo: cuando ella llegue, mi padre le acariciara la cabeza y ella moverá sus orejas; inmediatamente caerá el mensaje, padre lo leerá, tomara la cuerda e ira con ella a Israel. Volvió la cabra a casa del viejo, pero no movió sus orejas y el mensaje no cayo. Al ver a la cabra volver sin el hijo, comenzó el viejo a llorar amargamente. Hijo mío, ¿donde estas? Hijo mío, ¡quien daría mi muerte en lugar de la tuya! Y cada vez que veía a la cabra decía: Ay del padre que desterró a su hijo, ay de esta que lo alejo del mundo. Y no se calmo el viejo hasta que llamo al matarife a que sacrifique a la cabra. Vino el matarife y al degollarla cayó el mensaje. Reconoció el viejo la escritura de su hijo, leyó y comenzó a golpearse la cabeza exclamando: --Desgraciado de mi, desgraciado del hombre que perdió su suerte por sus propias manos, desgraciado el hombre que retribuyó el mal por el bien. Apenóse mucho tiempo por la cabra y no podía consolarse: -Ay de mi, hubiera podido llegar a Eretz Israel de un solo salto, pero ahora acabare mis días en este galut. Desde entonces esta oculta la entrada a la caverna y no existe mas el camino corto a Eretz Israel... ¿Y el muchacho? Si aun vive, seguro florece fresco y tranquilo en el mundo de la vida.
FUENTE: MUNDO JUDÍO
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Ephraim Kishon
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Ephraim Kishon
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I.L.Peretz
Víspera de Iom kipur en la sinagoga de Berdichev, al anochecer. Los ancianos concluyeron de enunciar su plegaria y regresaron a sus sitios. El rabino Leivi Itsjoc estaba de pie ante el atril. Tenía que entonar el Kol Nidre. Todas las miradas estaban fijas en su espalda. Reinaba un silencio profundo en toda la sala; como la calma que precede a la tempestad. El público estaba pendiente de la voz del rabino. Probablemente comenzaría, como solía hacerlo, con un exordio. Haría una discusión previa con Dios; mano a mano. El rabino callaba. Envuelto en el camisón y el talit, seguía en pie delante del pupitre, y guardaba silencio. ¿Qué significaba aquello? ¿Estarían aún cerrados los portones de entrada de las plegarias al cielo? ¿A esa hora? Rab Leivi Itsjoc permanecía inmóvil, con la cabeza inclinada hacia un costado, como si escuchara. ¿Estaría tratando de oír el ruido de los cerrojos? De pronto se dio vuelta y llamo: - ¡Shames! El ayudante de la sinagoga acudió corriendo. - ¿Llego Berel, el sastre? - le pregunto el rabino. El publico quedo estupefacto. - No se... - tartamudeo el Shames. Comenzó a buscarlo con la mirada entre la concurrencia. El rabino hizo lo mismo. - ¡No! - dijo finalmente-. Se quedo en su casa. Vete a buscarlo. Dile que lo llamo yo, el rabino. El ayudante salió. Berel vivía cerca, en la misma callejuela de la sinagoga. Al poco rato llego, sin camisón ni talit, vestido con su capote de todos los días, la cara estirada, los ojos entre enojados y asustados. El sastre se aproximo al rabino. - Usted me llamo, rabino; vine a verlo a usted - dijo, subrayando las últimas palabras. Rab Leivi Itsjoc sonrió. - Dime, Berele, ¿a qué se debe que se hable tanto de ti allá arriba? Por todo el dominio celeste resuena constantemente tu nombre. ¿Qué has hecho? - ¡Aja! - exclamo el sastre con acento triunfal. - ¿Tienes alguna queja? - ¡Es claro que sí! - repuso Berel. - ¿Contra quién? - ¡Contra Dios! El público se movió agitado pronto a lanzarse contra el sastre para destrozarlo. Rab Leivi Itsjoc dejo ver una sonrisa más amplia. - ¿Por qué no me cuentas, Berel, lo que sucede? - ¡Cómo no, rabino! Se lo voy a contar. Le voy a presentar mi caso. ¿Puedo hablar? - Habla. - Me pase todo el verano sin trabajar, sin recibir ni un solo encargo, de nadie, ni de los judíos de la ciudad, ni de los campesinos. Era desesperante... - Bah... - dijo, incrédulo, el rabino-. Los hijos de Israel son campesinos. Te hubiera confiado... - No, eso no, rabino. Yo no pido ni recibo favores de ningún hombre. Tengo tanto derecho al favor de Dios como cualquiera. Lo único que hice fue enviar a mi hija a otra ciudad, a servir. Yo me quede en casa, esperando la decisión de Dios. "Poco antes de Sucot, la Fiesta de las Cabañas, se abrió de pronto la puerta. ¡Por fin! Un cliente. En efecto; era un enviado del terrateniente que me mandaba llamar para revestir una pelliza." "¡Muy bien! Dios provee de alimento a sus criaturas. Me trasladé al palacio, donde me llevaron a una salita y me dieron el género y las pieles." "¡Hubiera visto que pieles, rabino, que pieles, rabino, que zorros! Era la hora del Kol Nidre, y el rabino lo apremio. - Bueno, cosiste la pelliza; cumpliste honestamente tu encargo, ¿Luego, que paso? - Casi nada es lo que paso: sobraron tres pieles. - ¿Te las llevaste? - No tan fácilmente, rabino. En el portón del palacio hay un guardián receloso que revisa a todos los que salen. Hay que sacarse hasta las botas. Y si a uno le encuentran algo... El terrateniente tiene perros, y tiene látigos... - Pues bien, ¿qué hiciste? - Yo no soy un cualquiera. ¡Soy Berel, el sastre! Me fui a la cocina, rabino, y pedí que me dieran un pan, para llevármelo. - ¿Pan no kasher, Berel? - ¡No era para comerlo, rabino, Dios me libre! Me dieron un pan enorme. Volví al cuarto de costura, abrí el pan, le saque la miga, la amase con las manos, hasta que se empapo de sudor, y tire la masa al perro que estaba en el cuarto. A los perros les gusta el sudor de los hombres. Luego metí las tres pieles dentro del pan ahuecado, y salí. "Al llegar al portón me detuvo el guardián." "- ¿Que llevas ahí, judío, bajo el brazo?" "- Un pan - dije, y se lo mostré. "Me dejo pasar, y en cuanto me aleje un poco, apreté el paso, tomando, no por el camino, sino a campo traviesa, por los matorrales. Caminaba alegremente, casi bailando. ¡Qué pieles! Me alcanzaría para una cidra, una rama de palmera.... "De pronto sentí que me temblaba la tierra bajo los pies. Inmediatamente reconocí el temblor. Detrás de mi venia corriendo un caballo. ¡Me perseguían! Se me corto la leche que había mamado después de nacer. Habrán contado las pieles, pensé. Como primera medida, arroje el pan entre las malezas, y deje una señal para reconocer el sitio. Luego me detuve, aguardando a que llegara el jinete. Al rato: "- ¡Berco! - gritaron-. ¡Eh, Berco! "Era el cosaco del terrateniente. Le conocía la voz. Por dentro temblaba, rabino, se lo aseguro. El alma se me había ido a los tobillos. Pero Berel no se acobarda así nomas. Me di vuelta, poniendo cara de inocente." "Fue un susto sin motivo me había olvidado de coserle el colgador a la pelliza. El cosaco me hizo subir al caballo y me llevo de vuelta al palacio. Dando gracias a Dios por mi salvación, cosí el colgador, y partí de nuevo. Llegue al lugar donde había dejado la señal: ¡Ni huellas del pan!" "No era época de cosecha. Por aquel campo no pasaba nunca un alma. Ningún pájaro del mundo podría levantar ese peso. Comprendí en seguida quien había sido... - ¿Quien? - pregunto Rab Leivi Itsjoc. - ¡El! - replico el sastre, señalando con el dedo hacia arriba-. ¡Dios! Fue cosa de Él, rabino. ¿Y sabe por qué? El gran señor del universo no quiere que yo, su siervo, Berel el sastre, hurte los sobrantes... - Es claro - repuso Rab Leivi Itsjoc amablemente -, dice la ley... - ¡La ley, la ley! Bien sabe Dios que la costumbre cambia las leyes. Y yo no invente eso de los sobrantes. ¡Es una costumbre que viene de muy antiguo! - Además - prosiguió argumentando el sastre-, si Dios es un señor tan grande y tan altivo, y no quiere que Berel el sastre, el más humilde de sus siervos, hurte sobrantes, ¡Pues, que le de trabajo, como hacen todos los señores! ¡Pero Él no quiere darme ni una cosa ni la otra! Por lo tanto, no quiero rendirle culto. He hecho un voto: ¡No le rezo más! Los asistentes a la sinagoga dejaron oír un sordo bramido. Varios brazos se alzaron en dirección al sastre. El rabino los detuvo. - ¡Silencio! El público se aquieto. - ¿Y luego, Berel? - pregunto el rabino suavemente. - ¡Nada! - replico Berel-. Volví a casa y no me lave; comí sin lavarme. Mi mujer quiso que le contara que pasaba, ¡le descargue un sopapo! Me acosté sin pronunciar las oraciones. Los labios quisieron moverse para decirlas, pero los apreté con los dientes. A la mañana siguiente no dije las bendiciones, ni rece, ni me puse el talit ni las filacterias. Grite a mi mujer "¡Dame de comer!". Salió corriendo de casa y se fue a la aldea, a la casa de su padre, el arrendatario de la posada. Me quede sin esposa. ¡Mejor! Ella es una mujer débil. Es preferible que no intervenga en esto. Yo seguí con lo mío. No instale la Sucá. No traje la cidra. Nada de ramas de palmera. Los días de fiesta no dije la bendición del vino. En Simjat Tora hice lo que Mardoqueo después del decreto, me puse una bolsa en la cabeza. "En la epoca de las slijot me sentí un poco triste, abatido. El shames llamo a la puerta y a mí me llamaba el corazón. Pero yo soy Berel el sastre. Soy un hombre de palabra. Me tape la cabeza. ¡Aguante! ¡No fui! Llego la fiesta de Rosh Hashaná, ¡yo no me moví! Cuando soplaron el shofar, me tape los oídos con algodón. Sufro, siento repugnancia de mi mismo. Ando sucio. Tengo un espejito en la pared: lo di vuelta, no quiero verme la cara. Todo el mundo fue a la procesión." El sastre se interrumpió, hizo una pausa y volvió a decir impetuosamente: - ¡Pero yo tengo razón, rabino! ¡Y no voy a ceder sin alguna compensación! Leivi Itsjoc quedo un instante pensativo. - ¿Y qué es lo que quieres, Berel? - pregunto luego - ¿Sustento? Berel se ofendió. - ¡Sustento de mezquindad! ¡Sustento me hubiera dado antes! Por otra parte, todo el mundo tiene derecho al sustento. El pájaro del aire, el gusano de la tierra... El sustento es lo corriente. ¡Ahora quiero algo más! - Di, Berele, ¿Que quieres? Berel hizo una pausa. - En Iom Kipur - dijo luego- quedan perdonados los pecados cometidos por el hombre contra Dios, ¿verdad, rabino? - Verdad. - ¿Y los pecados cometidos por el hombre contra el hombre? - No. Berel se irguió como un poste, y dijo con voz alta y firme:
- Pues bien; yo, Berel el sastre, no me rendiré, no volveré al servicio del señor hasta que Dios no perdone este año, por mi, esos pecados también. ¿Tengo razón, rabino? - Tienes razón - respondió Rab Leivi Itsjoc, y no cedas. Tendrán que aceptar tus condiciones. El rabino se volvió hacia el aron hakodesh, miro hacia arriba, inclino la cabeza a un costado, escucho un instante, y luego informo: - ¡Lo conseguiste, Berel! Vete a buscar el camisón y el talit
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