CUENTOS JUDÍOS

Perfectos Extraños

por Moshe Bryski

Hace algunos años traje un grupo de estudiantes rabínicos para ayudarnos durante las fiestas de Rosh Hashaná y Iom Kipur. Eran estudiantes de una Ieshivá de Jabad en Brooklyn y se ofrecieron a pasar las festividades asistiendo a sinagogas y enriqueciendo comunidades.

Un sábado de tarde, después de su llegada, estaban sentados en la sinagoga descansando después de un largo día dirigiendo programas para niños, cuando se dieron cuenta que un camión de mudanza se estacionaba frente a la casa vecina.

Con vestimentas típicas de Jabad, dejando de lado el concepto: “ocúpate de tus propios asuntos”, y la idea: “has hecho suficiente por un día”, salieron y entablaron conversación con la gente que se estaba mudando, un hombre y su hija. Resulta que los recién llegados eran judíos, y el padre, el director musical y coral de un templo reformista de las inmediaciones.

El director se ruboriza disponiéndose a recibir una charla de estos barbudos, obviamente estudiantes muy ortodoxos, sobre que un judío no debería estar mudándose durante el sagrado sábado, que está siendo un terrible ejemplo para su hija… En su lugar, los muchachos le brindan una gran sonrisa y lo invitan a tomar un lejaim y un bocadillo.

Antes de darse cuenta, está sentado con su hija en una mesa de Shabat comiendo cholent (una comida típica de Shabat), cantando canciones sabáticas junto con un grupo de jasidim que apenas conoce.

Pero no termina ahí, porque los trabajadores de la compañía de mudanza son todos israelíes y pronto están también sentados alrededor de una mesa en California del Sur, comiendo Jumus y cantando Am Israel Jai…

A medida que se acerca el final del Shabat, los estudiantes se dan cuenta que tienen allí mismo un Minián. Entonces rezan las oraciones vespertinas con sus nuevos amigos y recitan la Havdalá (servicio después de Shabat). Los israelíes comienzan a cantar Eliahu Hanaví y Osé Shalom y pronto se forma un círculo, están bailando -los israelíes de la compañía de mudanza en camisetas de manga corta, un director de coro reformista y un grupo de jasidim de Jabad, que fueron criados en la enseñanza de nunca juzgar a los otros sino aceptarlos a todos, amarlos, y aprovechar cada oportunidad para traer más luz, más alegría al mundo.

Tiempo mas tarde en una clase titulada “Fe y Sufrimiento”. Es una clase muy difícil, emotiva, angustiante.Un hombre se me acerca después de la clase. Estaba llorando, y me cuenta la historia más triste pero más inspiradora que haya escuchado durante largo tiempo: “un año antes de mudarme aquí perdí a mi esposa y dos de mis tres hijos en un accidente de auto. Estaba devastado. No podía luchar contra el dolor. No podía hacer frente a la pérdida. Estaba enojado con D-os. Odiaba vivir. El pensamiento del suicidio venía a mí constantemente. Pero yo lo apartaba debido a mi hija. ¿Cómo podría ella enfrentarlo sin mí? Pero la pena era tan grande que yo no podía respirar. Razonaba conmigo mismo que ella estaría mejor con un padre muerto que con uno como yo. Sé que ahora suena ridículo, pero en ese momento mi corazón estaba destrozado y mi mente estaba atormentada.

Odiaba mi vida y decidí ponerle fin. Planifiqué una última noche con mi hija. Ella adora ir al cine conmigo. La llevaría al cine una última vez, luego la llevaría a casa, y después que se durmiera le diría adiós a este mundo miserable.

Una noche la llevé al cine Mountain Gate Plaza, en Simi Valley. Una última película para padre e hija. Como se podrá imaginar, caminaba por el shopping como un sonámbulo. De repente escucho algo así como música judía. Al principio pensé que estaba oyendo cosas, o que ya estaba oyendo las notas del más allá. Pero cuando dimos vuelta la esquina, entendí. Era Janucá, y algún grupo judío estaba realizando el festival de Janucá justo frente al cine.

Antes de darme cuenta de lo que estaba sucediendo, fuimos arrastrados a un círculo de rabinos que bailaban. Primero protesté, pero eventualmente me di por vencido. Miré a mi hija y estaba sonriendo. Miré alrededor a las caras que me rodeaban y había alegría. Miré la Menorá y vi la llama eterna del pueblo judío. Un pequeño murmullo de alegría entró en mi corazón y comencé a llorar y a reír al mismo tiempo. La luz de la Menorá estaba derritiendo la espesa oscuridad y la niebla que me rodeaba.

Esa noche, en casa, acosté a mi hija y me senté en la mesa de la cocina. Las llamas de la Menorá titilaban en mi mente. Decidí darle otra oportunidad a la vida. Decidí mudarme a una nueva comunidad y comenzar una nueva vida. Al día siguiente empecé a buscar otra comunidad y bastante pronto me estaba mudando a Agoura.

El día que nos mudamos, mientras me aproximaba a nuestro nuevo hogar, una ola de tristeza me invadió. Dudas, pesar, pesimismo. Estaba abrumado por el pensamiento de que todo era inútil, que mi vida era un error, que yo era un error. Dirigí una plegaria a D-os en silencio y le pedí que me enviara una señal para saber que El estaba allí, en algún lugar, para tranquilizarme que esto iba a ser algo realmente nuevo y diferente.

Mientras llegábamos a la casa, me sorprendió ver unos pocos jasidim parados cerca. Muy pronto me estaban invitando y estábamos comiendo la comida de Shabat más rica, cantando y bailando. No pude haber pedido una bienvenida más tranquilizadora a mi nueva vida. Agradezco a D-os por esta señal y por bendecirme con fuerza y bienestar”.

Escucho este relato y estoy llorando. Le pido que se quede justo donde está y corro a mi oficina. Reviso algunos álbumes… Janucá… Janucá en Simi Valley... ¡allí está! Una foto. Una instantánea de D-os en acción.

El año en que fue sacada esa foto habíamos decidido agregar otro lugar a nuestra lista de festivales de Janucá. Elegimos Simi Valley. ¿Por qué Simi Valley? ¿Por qué el cine Mountain Gate Plaza? No lo sé. ¿Por qué pusimos la Menorá allí mismo? No lo sé. ¿Por qué abrazamos a un extraño total y le pedimos bailar? ¿Por qué no? Es Janucá, ¿deberíamos ser los únicos bailando? El Rebe nos dijo que trajéramos a todos la alegría y la luz de Janucá, para que todos supieran que la luz prevalecerá sobre la oscuridad, que el bien triunfará sobre el mal. Así lo hicimos. Y allí estaba, en ese álbum. Una foto del director del coro y su hija bailando frente a la Menorá. Una instantánea de una vida salvada.

Probablemente esa noche, después del festival de Janucá, me fui a casa pensando: ¿Fue bueno? Pensé que tendríamos una multitud mayor… El año que viene lo haremos mejor… Cuando mi esposa me preguntó cómo estuvo, probablemente le dije: “estuvo bien”. Poco sabíamos que una vida se había salvado esa noche...
 

Fuente: Jabad
 

 

"El Extraño Caso del Hombre Muerto"

El Talmud relata que Rabí Akiva entró una vez en el bosque para apartarse y meditar palabras de Torá, cuando de repente oyó un susurro extraño en la distancia. Parecía un animal grande acercándose. Alzó su mirada y vio algo aterrador: parecía un ser humano quemado, que corría como un loco, resoplando y mirando fijamente hacia adelante con un montón de madera en su hombro.

Rabí Akiva comprendió que algo verdaderamente raro estaba pasando. Le ordenó al hombre que se detuviera y le pidió que le explicara quién era y qué estaba haciendo.

Al principio el hombre fue renuente; tenía prisa y no tenía tiempo, pero finalmente la santidad de Rabí Akiva prevaleció y habló.

"No soy una persona viva" gimió asustadizamente, "soy un ser humano muerto castigado por sus pecados. Mi condena es que todas las mañanas mi alma se encarna en este cuerpo quemado y debo cortar madera, hacer un fuego grande y finalmente meterme en las llamas y quemarme hasta morir"

"¿Qué hizo para merecer semejante castigo extraño y doloroso?" le preguntó Rabí Akiva.

"Entre otras cosas, yo recolectaba impuestos" - contestó. "Yo favorecería a los ricos y asesinaba a los pobres".

"¿Hay algo que puede hacerse para ayudar"? Rabí Akiva preguntó.

"Sí", contestó. "Oí del otro lado de la cortina que separa el infierno del cielo, que si tengo un hijo y él reza el Kadish por mí, disminuirá mi castigo. Pero no se si lo tengo. Hace años, cuando morí, mi esposa estaba embarazada. Quién sabe lo que pasó. Y aunque así fuera, ¿quién iba a educar al muchacho? No tengo ningún amigo en el mundo. Por favor debo irme"

En ese momento Rabí Akiva asumió el proyecto. Preguntó al hombre su nombre y el nombre de su esposa y dirección de su casa y entonces le permitió escaparse para ejecutar su espantosa sentencia.

Al otro día, Rabí Akiva empezó su búsqueda. Parece que no había mucha gente que el difunto dejó sin lastimar y cuando Rabí Akiva mencionaba al hombre, o el nombre de su esposa, contestaban con un montón de maldiciones antes de darle las indicaciones.
Rabí Akiva encontró la casa. De hecho, la esposa del hombre había tenido un hijo pero era peor de lo que Rabí Akiva imaginó.

El muchacho era un salvaje; gritaba, tiraba piedras y maldecía a todos los que pasaban pero Rabí Akiva le dio unos dulces y ganó su confianza. Descubrió que el niño, además de ser analfabeto, también estaba incircunciso.

Rabí Akiva lo convenció que se hiciera la circuncisión e incluso empezara a aprender el Alef Bet.

Pero después de días de esfuerzo, a pesar que Rabí Akiva era el mejor maestro del mundo, el niño no aprendió nada; tenía una cabeza de piedra.

Pero Rabí Akiva no se rindió. Utilizó el arma más potente de todas; la Plegaria.

Ayunó durante cuarenta días; comiendo sólo pan y agua después del ocaso, y constantemente oraba a Di-s para que Él abriera la mente del muchacho… ¡y funcionó!. Una voz celestial anunció "Rabí Akiva, ve a enseñarle"

Le enseñó a leer la Torá y cómo rezar hasta que pudiera estar de pie ante la congregación y conducir la Plegaria.

Esa noche el hombre muerto se apareció a Rabí Akiva en un sueño y dijo. "Que Di-s lo bendiga y lo fortalezca así como usted me confortó y me salvó del juicio del infierno"

Ésta es una historia verdaderamente rara, sobre todo cuando recordamos que Rabí Akiva era el más grande y él 'desperdició' cientos de horas para salvar a un asesino.

La razón por la que lo hizo que es porque sabía del gran valor del alma judía. Como el propio Rabí Akiva dijo "El Amarás a tu prójimo como a 'ti mismo' contiene toda la Torá".

Fuente: Jabad.com

 

 

El Creador y sus criaturas

por Mario Satz

Enzarzados en una tremenda discusión sobre los límites entre el Creador y sus criaturas, dos estudiantes de Talmud-Torá de Lodz, Rafael y Jacob, que hacían un retiro de meditación en la parte más espesa de los bosques polacos, no vieron llegar a Bronislaw Legnica, famoso titiritero de la región de Nysa que visitaba periódicamente los abedules muertos para extraer de ellos la madera para sus príncipes y princesas, ogros y herreros, duendes y dragones.

-Eh, judíos-les dijo al oír la discusión-, os peleáis por minucias y no oís el llamado del ruiseñor a las cerezas aún verdes, ni oléis el perfume de la savia fresca ni disfrutáis del canto de las hojas giradas por el viento.

-¿Nos has oído?-quiso saber Rafael, avergonzado al ser descubierto en plena ofuscación verbal por un artista tan extraordinario como Bronislaw Legnica.

-Por supuesto que sí.

-Entonces ¿Qué opinas?-le interrogó Jacob-.Nuestros sabios dicen que el Creador ocupa todo lugar, memalé makom , lo que, implícitamente, significa que está en todas sus criaturas. Pero también que las trasciende y excede. ¿Cuál es el límite, entonces, entre El y nosotros, cuál es la frontera? ¿Cómo puede estar y no estar a la vez en la lengua con la que hablo y en los ojos con los que te veo?

-Pobre de mí- respondió el titiritero- Si pensara demasiado, si usara demasiado mi cabeza todos los hilos de mis muñecos se enredarían, cada uno de mis personajes querría pender de la horquilla de otro y en lugar de hacer reír por lo que ellos representan el público se burlaría de su hacedor, torpe víctima de sus propias dudas.

-¿Qué haces, entonces-quiso saber Rafael-para que eso no ocurra?

-Les dejo ser lo que cada uno de ellos intenta representar: villanos o nobles, traviesos o románticos, asesinos o ángeles.

-Sí- terció Jacob-, pero tú vienes aquí a buscar madera para tallarlos, concibes sus rostros y fabricas sus vestidos, dibujas su nariz y redondeas sus hombros. Eres como un pequeño dios para tus criaturas.

-¡Eso creía yo!-exclamó Bronislaw Legnica cortando una rama y esbozando una sonrisa irónica-.Hasta que me di cuenta de que cada árbol, como cada botón que sirve de ojo o cada pieza de tela que formará parte de un hábito ¡escogen su inclinación, insinúan su carácter! Ah, sí, somos como el cucú del reloj de Dios, pero probablemente El ignora tanto las horas de nuestros placeres como las de nuestro dolor. Sólo sabe de nosotros que estamos hechos de una madera demasiado frágil para emularlo. Cuando creemos acercarnos a su reino, como el péndulo, oscila hacia el otro lado, y cuando pensamos que se aleja de nosotros, en realidad prepara su regreso. No busquéis a Dios por encima de vuestras cabezas. Mirada hacia abajo, pensad en su péndulo.

Jacob y Rafael, atontados por la fraseología del titiritero, lo observaron desbrozar las ramas, desnudar cortezas y encender su pipa.

Luego, tras unos inesperados minutos de silencio en la sonora primavera del bosque, el de Legnica prosiguió:

-Aunque la cereza silvestre sea incomible el ruiseñor canta; aunque la savia se derrame el árbol no se desangra. Y las hojas ¿ A qué otra cosa se dedican sino a afilar sus bordes entre las u del viento y las o de mi admiración?
 

Fuente: PorIsrael
 


 

 

Perfectos Extraños

por Moshe Bryski

Hace algunos años traje un grupo de estudiantes rabínicos para ayudarnos durante las fiestas de Rosh Hashaná y Iom Kipur. Eran estudiantes de una Ieshivá de Jabad en Brooklyn y se ofrecieron a pasar las festividades asistiendo a sinagogas y enriqueciendo comunidades.

Un sábado de tarde, después de su llegada, estaban sentados en la sinagoga descansando después de un largo día dirigiendo programas para niños, cuando se dieron cuenta que un camión de mudanza se estacionaba frente a la casa vecina.

Con vestimentas típicas de Jabad, dejando de lado el concepto: “ocúpate de tus propios asuntos”, y la idea: “has hecho suficiente por un día”, salieron y entablaron conversación con la gente que se estaba mudando, un hombre y su hija. Resulta que los recién llegados eran judíos, y el padre, el director musical y coral de un templo reformista de las inmediaciones.

El director se ruboriza disponiéndose a recibir una charla de estos barbudos, obviamente estudiantes muy ortodoxos, sobre que un judío no debería estar mudándose durante el sagrado sábado, que está siendo un terrible ejemplo para su hija… En su lugar, los muchachos le brindan una gran sonrisa y lo invitan a tomar un lejaim y un bocadillo.

Antes de darse cuenta, está sentado con su hija en una mesa de Shabat comiendo cholent (una comida típica de Shabat), cantando canciones sabáticas junto con un grupo de jasidim que apenas conoce.

Pero no termina ahí, porque los trabajadores de la compañía de mudanza son todos israelíes y pronto están también sentados alrededor de una mesa en California del Sur, comiendo Jumus y cantando Am Israel Jai…

A medida que se acerca el final del Shabat, los estudiantes se dan cuenta que tienen allí mismo un Minián. Entonces rezan las oraciones vespertinas con sus nuevos amigos y recitan la Havdalá (servicio después de Shabat). Los israelíes comienzan a cantar Eliahu Hanaví y Osé Shalom y pronto se forma un círculo, están bailando -los israelíes de la compañía de mudanza en camisetas de manga corta, un director de coro reformista y un grupo de jasidim de Jabad, que fueron criados en la enseñanza de nunca juzgar a los otros sino aceptarlos a todos, amarlos, y aprovechar cada oportunidad para traer más luz, más alegría al mundo.

Tiempo mas tarde en una clase titulada “Fe y Sufrimiento”. Es una clase muy difícil, emotiva, angustiante. Un hombre se me acerca después de la clase. Estaba llorando, y me cuenta la historia más triste pero más inspiradora que haya escuchado durante largo tiempo: “un año antes de mudarme aquí perdí a mi esposa y dos de mis tres hijos en un accidente de auto. Estaba devastado. No podía luchar contra el dolor. No podía hacer frente a la pérdida. Estaba enojado con D-os. Odiaba vivir. El pensamiento del suicidio venía a mí constantemente. Pero yo lo apartaba debido a mi hija. ¿Cómo podría ella enfrentarlo sin mí? Pero la pena era tan grande que yo no podía respirar. Razonaba conmigo mismo que ella estaría mejor con un padre muerto que con uno como yo. Sé que ahora suena ridículo, pero en ese momento mi corazón estaba destrozado y mi mente estaba atormentada.

Odiaba mi vida y decidí ponerle fin. Planifiqué una última noche con mi hija. Ella adora ir al cine conmigo. La llevaría al cine una última vez, luego la llevaría a casa, y después que se durmiera le diría adiós a este mundo miserable.

Una noche la llevé al cine Mountain Gate Plaza, en Simi Valley. Una última película para padre e hija. Como se podrá imaginar, caminaba por el shopping como un sonámbulo. De repente escucho algo así como música judía. Al principio pensé que estaba oyendo cosas, o que ya estaba oyendo las notas del más allá. Pero cuando dimos vuelta la esquina, entendí. Era Janucá, y algún grupo judío estaba realizando el festival de Janucá justo frente al cine.

Antes de darme cuenta de lo que estaba sucediendo, fuimos arrastrados a un círculo de rabinos que bailaban. Primero protesté, pero eventualmente me di por vencido. Miré a mi hija y estaba sonriendo. Miré alrededor a las caras que me rodeaban y había alegría. Miré la Menorá y vi la llama eterna del pueblo judío. Un pequeño murmullo de alegría entró en mi corazón y comencé a llorar y a reír al mismo tiempo. La luz de la Menorá estaba derritiendo la espesa oscuridad y la niebla que me rodeaba.

Esa noche, en casa, acosté a mi hija y me senté en la mesa de la cocina. Las llamas de la Menorá titilaban en mi mente. Decidí darle otra oportunidad a la vida. Decidí mudarme a una nueva comunidad y comenzar una nueva vida. Al día siguiente empecé a buscar otra comunidad y bastante pronto me estaba mudando a Agoura.

El día que nos mudamos, mientras me aproximaba a nuestro nuevo hogar, una ola de tristeza me invadió. Dudas, pesar, pesimismo. Estaba abrumado por el pensamiento de que todo era inútil, que mi vida era un error, que yo era un error. Dirigí una plegaria a D-os en silencio y le pedí que me enviara una señal para saber que El estaba allí, en algún lugar, para tranquilizarme que esto iba a ser algo realmente nuevo y diferente.

Mientras llegábamos a la casa, me sorprendió ver unos pocos jasidim parados cerca. Muy pronto me estaban invitando y estábamos comiendo la comida de Shabat más rica, cantando y bailando. No pude haber pedido una bienvenida más tranquilizadora a mi nueva vida. Agradezco a D-os por esta señal y por bendecirme con fuerza y bienestar”.

Escucho este relato y estoy llorando. Le pido que se quede justo donde está y corro a mi oficina. Reviso algunos álbumes… Janucá… Janucá en Simi Valley... ¡allí está! Una foto. Una instantánea de D-os en acción.

El año en que fue sacada esa foto habíamos decidido agregar otro lugar a nuestra lista de festivales de Janucá. Elegimos Simi Valley. ¿Por qué Simi Valley? ¿Por qué el cine Mountain Gate Plaza? No lo sé. ¿Por qué pusimos la Menorá allí mismo? No lo sé. ¿Por qué abrazamos a un extraño total y le pedimos bailar? ¿Por qué no? Es Janucá, ¿deberíamos ser los únicos bailando? El Rebe nos dijo que trajéramos a todos la alegría y la luz de Janucá, para que todos supieran que la luz prevalecerá sobre la oscuridad, que el bien triunfará sobre el mal. Así lo hicimos. Y allí estaba, en ese álbum. Una foto del director del coro y su hija bailando frente a la Menorá. Una instantánea de una vida salvada.
Probablemente esa noche, después del festival de Janucá, me fui a casa pensando: ¿Fue bueno? Pensé que tendríamos una multitud mayor… El año que viene lo haremos mejor… Cuando mi esposa me preguntó cómo estuvo, probablemente le dije: “estuvo bien”. Poco sabíamos que una vida se había salvado esa noche...

Fuente. Jabad


 

 

El chismoso arrepentido

Relatan los sabios sobre un judío que era conocido en su comunidad como el chismoso comunitario; él acostumbraba a contar y chismear sobre cualquier tema, o cualquier persona, hasta que logró recibir el título negativo de chismoso profesional. Este chismoso era centro de información comunitaria; Después de años de hablar negativamente y de chismear, sin duda alguna complicó la vida de mucha gente, destruyó hogares. Decidió que había llegado la hora de hacer Teshuvá, de arrepentirse sobre todo lo que habló, actuó, chismeó y por lo tanto se dirigió al Rabino comunitario para que le ayudara en su proceso de arrepentimiento. El Rabino quién conocía al chismoso profesional, le preparó un plan de arrepentimiento, y como primera etapa de la Teshuvá le dijo “debes ir al lugar en el que degüellen pollos, Llenar dos sacos de plumas y regresar conmigo”.

El chismoso pensó que básicamente era fácil: sólo reunir y llenar dos sacos de plumas no era gran trabajo. Así que fue, lo hizo tal cual se lo habían mandado. Fue al matadero de pollos, lleno dos sacos de plumas y regresó muy contento donde el Rabino, pensando que ya había culminado su proceso dearrepentimiento; él no sabia que había una segunda etapa.

El rabino le dijo, que en la segunda etapa debería ir a tomar los dos sacos llenos de plumas, esparcirlas en las calles de la ciudad y después regresar. Sin otra opción, al chismoso le tocó cumplir lo que dijo el Rabino, pensando en la vergüenza y la humillación que tendría al tirar las plumas en las calles de la ciudad, como enmienda de los pecados graves por ser chismoso, hablar mal, y poner apodos, lo cual había hecho durante muchos años.El “chismoso” cumplió la orden del Rabino y al terminar, regresó contento pensando que su expiación de pecado y su proceso de arrepentimiento había terminado. El Rabino le sorprendido dándole una tercera orden como parte del proceso; tomar los dos sacos vacíos, e ir por toda la ciudad, de calle en calle, de casa en casa y de techo en techo recogiendo las plumas que había echado al aire. El chismoso perdió la paciencia y fue tan grande su coraje que explotó diciendo al Rabino que era imposible recoger todas las plumas; “unas puedo, pero todas imposible, muchas de ellas el viento las llevó a otras ciudades, otras se irán a los río, y los ríos las llevarán al mar y el mar, quien sabe a dónde las llevará”, no lo puedo hacer Rabino… es imposible.

Esto es lo que esperaba escuchar le dijo: sí, tienes razón, es imposible recoger todas las plumas, así mismo es imposible recoger todos los chismes, el mal nombre y la habladuría habla, que usted hizo durante años en la comunidad y en esta ciudad y en otras, los mensajes y las mentiras que usted dijo han llegado a cualquier lugar del mundo, ha destruido hogares, formado peleas y divorcios entre otros. Ahora ¿cómo quieres corregir y perfeccionar todo el daño que has hecho?

De todas maneras dijo el Rabino al ex chismoso: reza a D-s, arrepiéntete de corazón comienza el proceso, no importa que sea largo, no importa que largo sea, suplica a D-s con lágrimas, ya que ellas simbolizan el arrepentimiento y él, seguro que te va orientar el camino y la manera de perfeccionar tus acciones.

 

 

Un cuento de Januká

Conozca la historia de Móishele y su Bar Mitzvá en la Fiesta de las Luminarias. Esto ocurrió en la víspera de Januká, y casi arruinó el espíritu de Januká de Móishele. No era éste un Januká cualquiera, era el Januká de su Bar Mitzvá, porque él había tenido la suerte de nacer en el Shabat de Januká.

Móishele estaba apurando su regreso al hogar para no perderse el encendido de las luces de Janucá. Él, al igual que los demás alumnos de la Yeshivá, había recibido permiso para salir antes de hora ese día, pero en lugar de dirigirse directamente a su casa, primero quería comprar un dreidl -una perinola-. No pensó que resultaría tan difícil, pero en cada negocio al que iba le contestaban que se habían quedado sin dreidls.

Finalmente tuvo la suerte de encontrar un negocio que aún tenía un solitario dréidl, y se sintió tan entusiasmado y aliviado que olvidó su habitual regateo del precio.

Ahora sí regresaba sonriendo de felicidad, con una mano en su bolsillo acariciando el dréidl mientras balanceaba la otra a la manera de los soldados marchando, y con una canción de Janucá en sus labios.

Sí, Móishele se sentía feliz y despreocupado mientras volvía a su hogar, esperando ver a su padre encender las luces de Janucá con Leá, su pequeña hermana, entonando todos juntos la plegaria de Hanerot Halalu. Luego extendería frente a su hermana su puño cerrado y le preguntaría:

"¿Adivina qué tengo en mi mano?"

Y ella trataría de adivinar.

¿Una manzana? ¿Una banana?"

¡Una manzana! Sí. Realmente debería comprar algunas manzanas y bananas para compartir con mi hermana", pensó Móishele. "Nos deleitaremos con las frutas mientras jugamos al dréidl.

Precisamente en ese momento llegaba a la esquina donde había una frutería, a cargo de un anciano ocupado en la lectura del periódico. Móishele eligió rápidamente una manzana y una banana, preguntó el precio, pagó y salió corriendo.

En su apuro, Móishele no vio que un grupo de jóvenes se abalanzaba sobre el puesto de frutas, arrebatando algunas y huyendo rápida y velozmente.

Todo sucedió tan rápido que ni se dio cuenta qué había pasado cuando oyó al frutero gritar con todas sus fuerzas:

"¡Detengan al ladrón! ¡Apresen al ladrón!"

Casi al mismo tiempo, sintió que una mano se posaba pesadamente sobre su hombro. Miró hacia arriba y vio un policía de aspecto furioso sacudiéndolo.

"Déjame ir", gritó Móishele. "Yo pagué por la fruta. ¡No soy ladrón! Estudio en una Yeshivá y conozco el mandamiento: 'No robarás'".

"¿Así? Entonces, ¿quién robó frutas del puesto del pobre anciano? Y si tú has pagado por ella, ¿cómo es que no está envuelta, sino en tu mano?".

"Estaba apurado por volver a casa", dijo el pobre Móishele.

"Claro que lo estabas", dijo el policía con sarcasmo. "Cuéntale eso al Juez".

Apenas terminó de decir esto, dio a Móishele un empujón que casi lo voltea. "Ahora, muévete. Ya te llevaré a un lugar hecho para truhanes como tú, que se aprovechan de gente pobre, anciana e indefensa como el frutero".

Pronto llegaron a un enorme edificio que tenía un inmenso cartel con las palabras "Juzgado de Menores".

Entraron, y el policía entregó a Móishele a otro policía, mientras decía: "Un ladrón". El segundo policía llevó a Móishele a una habitación, descorrió el cerrojo de la puerta, lo empujó adentro, cerró la puerta nuevamente, y se fue.

Móishele miró a su alrededor en la habitación, en la que ya había un buen número de jóvenes que parecían tener su misma edad. Ciertamente su aspecto era el de un grupo de truhanes. Se apartó hacia a un rincón, lo más lejos posible de los otros jóvenes, y se sentó sobre un banco.

"Obviamente se trata de un principiante", dijeron los otros muchachos, y se acercaron para estudiarlo con interés.

"Es tu primer trabajo como ladrón, ¿verdad? No te preocupes. Pronto aprenderás a hacerlo mejor", le dijeron.

"No soy ladrón", dijo Móishele. Al oír esto, todos comenzaron a reírse estrepitosamente.

"No nos cuentes historias fantásticas. ¿Te gustaría ser miembro de nuestra pandilla? Te enseñaríamos cómo triunfar".

"No soy ladrón. ¡Déjenme solo!", dijo Móishele.

¿Con que así es la cosa? Entonces te enseñaremos una lección que no olvidarás", dijeron, y se abalanzaron sobre el pobre Móishele, golpeándolo por todos lados.

Móishele estaba indefenso contra los salvajes rufianes, pero se mordió los labios y trató de no llorar. Finalmente, se cansaron de pegarle y lo dejaron solo.

Móishele se levantó penosamente y volvió, arrastrándose, al banco del rincón más alejado de la habitación. Se sentó, pensando: 'Estos son realmente criminales, a pesar de su juventud. Entre ellos no encontrarás un joven de Yeshivá'.

Miró a su alrededor, estudiando con calma los rostros de sus 'compañeros' de habitación. Buscaba una cara judía, pero se sintió feliz al no hallarla. Sin embargo, no se sentía seguro en cuanto a uno de los muchachos. Pero no tenía ganas de hacerle semejante pregunta. Sus pensamientos volvieron a su familia y a su hogar. Seguramente estarían preocupándose, ignorando qué le habría ocurrido y dónde estaría. ¿Cuánto tiempo quedaría encerrado aquí? Quería llorar, pero se recordó a sí mismo que ya era un muchacho de Bar Mitzvá, demasiado grande para lagrimear. Y después se recordó que era Janucá, ciertamente no era momento para llorar.

Entonces sacó su dréidl, lo miró, y observó las letras nun, guimel, hei, shin (nes gadol haiá sham, "Un gran milagro ocurrió allí'). Di-s había realizado un milagro y ayudado a los Jashmonaim contra los griegos. Di-s seguramente le ayudaría también a él, a Móishele, a salir de su problema actual.

¡A no preocuparse!", decidió Móishele. "Todo saldrá bien, si Di-s quiere".

Móishele hizo girar el dréidl: ¡se detuvo en la letra nun, "nes", un milagro!

De pronto, se le ocurrió una brillante idea que trajo una sonrisa a su rostro. Se olvidó del policía y de los rufianes en la habitación que de pronto parecían mudos. Hasta llegó a olvidar la fuerte paliza que le habían dado.

Móishele parecía estar viviendo en un mundo diferente, ¡el mundo de los Jashmonaim!

Uno de los muchachos se separó del grupo, se acercó lentamente a Móishele y levantó el dréidl, mirándolo curiosamente.

"Yo sé qué es esto", dijo. "Es un dréidl".

¿Eres judío?", le preguntó Móishele con el corazón latiendo aceleradamente.

"Sí. Yo también soy judío", dijo el muchacho en tono serio. "Ven, siéntate conmigo y hablemos", dijo Móishele ansioso. El muchacho se sentó, pero no dijo nada más.

"Cuéntame sobre ti", dijo Móishele. "Yo siento que tú no perteneces a este lugar".

"Mi historia es triste", dijo el muchacho.

Entonces le contó que había quedado huérfano a la edad de diez años, y que no quiso seguir estudiando más en la Yeshivá.

Fue criado por una tía que mostraba muy poco interés por él. Así se mezcló con malas compañías, uniéndoselas en sus asaltos contra puestos de frutas, etc., para proseguir luego con intentos más serios de robo.

Fue apresado dos veces, traído al 'Tribunal de Menores' y encarcelado. Ahora, en su tercer arresto, probablemente recibiría un castigo mayor.

"Yo no soy bueno. Es demasiado tarde para que cambie", concluyó tristemente.

"No digas eso", dijo Móishele. "Nunca es demasiado tarde. Cuando hay un deseo, hay un camino", concluyó alentadoramente.

Móishele le contó entonces la historia de Resh Lakish, quien había sido un hombre salvaje, un gladiador. Pero cambió tan rotundamente que llegó a convertirse en uno de los más grandes alumnos y seguidores de Rabí Iojanán, y hasta llegó a casarse con la hermana de éste.

Las serias y alentadoras palabras de Móishele causaron una profunda impresión sobre el muchacho.

"Oye", le dijo Móishele, "si te interesa, creo que tengo una buena idea. Mi padre es abogado. Cuando sea interrogado por la Corte, me hallarán inocente y seré liberado. Pediré a mi padre que te defienda. ¿Quisieras quedarte con nosotros? Tendrías que prometer que abandonarás tus viejos malos hábitos y te comportarás decentemente. Verás que es una forma mucho más feliz de vivir, y te gustará".

Los ojos del muchacho se llenaron de lágrimas. Brillaron, y después nuevamente se vieron tristes cuando dijo:

"Temo que realmente ya es muy tarde".

"NO es muy tarde", dijo Móishele. "Si tú haces tu parte, Di-s te ayudará".

En eso se abrió la puerta y un policía entró a la habitación, indicando a Móishele que lo siguiera.

Móishele dirigió al muchacho una mirada amistosa, alentadora, y siguió al policía.

Fue llevado ante el Juez, quien comenzó a interrogarlo. Móishele contestaba con calma. Dio su nombre, su dirección, el nombre de su padre y su número de teléfono. El policía dijo al Juez que había telefoneado al hogar de Móishele, hablado con su papá, y que estaba convencido de que había dicho la verdad.

Poco después llegó el padre de Móishele. El Juez se disculpó por el disgusto que el error del policía les había causado y dijo a Móishele que por supuesto estaba libre de regresar a su hogar.

Pero Móishele no tenía apuro. Contó a su padre acerca del muchacho que estaba aún bajo arresto en el 'Juzgado de Menores'.

"Papá", rogó, "¡sácalo de aquí! Es un muchacho judío y tiene un buen corazón. No se le puede echar la culpa por su situación actual. Es tan triste su historia... Móishele no pudo contener las lágrimas que rodaron por sus mejillas.

Su padre no perdió tiempo en obtener también la libertad del muchacho que ya no fue más "Jack, el ladrón", sino Yaacob, un muchacho judío con un corazón judío.

Cuando los tres llegaron a casa, el padre y los jóvenes encendieron las luces de Janucá y todos juntos cantaron "Hanerot Halalu".

Móishele dirigió una mirada furtiva a su nuevo amigo y vio lágrimas rodando por su rostro, que continuamente enjugaba.

"Vamos a jugar al dréidl", propuso Móishele alegremente, y los niños se sentaron a la mesa. Leá fue la primera en hacer girar el dréidl, seguida por Móishele. Cuando llegó el turno a Yaacob, éste se lo llevó a los labios y lo besó.

"Debo mi recientemente encontrada buena fortuna al dréidl", dijo seriamente.

Móishele vio ahora claramente cómo la Providencia Divina había provocado toda esta situación: que él fuera falsamente arrestado, la paliza que recibió, etc. Todo llevó a que nes gadol haiá sham, "Un gran milagro ocurrió allí'.


Extraído del libro El Narrador , (C) Edit. Kehot Lubavitch Sudamericana
Fuente: Mesilot / Radiojai

 

 

Sobre cómo Israel quedó esclavo en Egipto

-¡Rafael! ¡Rafael! — La voz retumbó como un trueno, no había enojo en ella.

—Sí Señor, ¿qué necesitas? — contestó el ángel, un poco agitado por la prisa, al tiempo que se ponía en pie frente al trono.
—Tenemos una misión muy importante para ti, Rafael —Dijo, con voz suave y dulce, el Altísimo.
Los grandes ojos azules del joven se agrandaron más aún, expectantes, por saber que sería aquello tan importante.
—Sí Señor, dime —se apresuró ansioso.

Dios se levanto de su estrado. Su magnífica figura se detuvo junto al ángel, su brazo derecho rodeó el hombro del joven de una forma muy paternal mientras su mano izquierda señalaba hacia abajo.
—¿Has visitado a mi pueblo últimamente? —preguntó el Señor

—Sí, por supuesto. Tú sabes que velo constantemente por su salud. Además me mezclo entre ellos adoptando forma humana y comparto el trabajo y las fiestas. — explicó Rafael con una sonrisa, orgulloso de su trabajo.

— Muy bien, entonces dime: ¿Cómo se comporta Israel? ¿Me adora? ¿Levanta sus ojos pidiendo mi bendición?

—Pues… Bien… Creo que… —titubeó el joven al tiempo que sus mejillas se sonrojaban. Comprendió rápidamente que las respuestas a esas preguntas ponían en evidencia el pecado de los israelitas. Rafael era generoso y puro de corazón. En la esencia de ser estaba el velar por la salud de aquellos que el Señor le había confiado, especialmente por los enfermos. Sintió pena y aflicción.

—Mira, hemos pensado que ya es hora que los israelitas no sean bien vistos por los egipcios. Para ello tu misión será lograr que el faraón y sus ministros vean en nuestro pueblo un posible enemigo. Que el miedo a ello los impulse a imponerle trabajos pesados, tratarlos como sirvientes, como esclavos.

Una palidez mortal tiño la piel del arcángel. Permaneció inmóvil, lleno de estupor. Una lágrima pura y cristalina como un diamante descendió lentamente por su mejilla fría. Una espada filosa había atravesado el alma de Rafael. ¿Cómo podría ser que ese pueblo fuera destinado a semejante sufrimiento? ¿Habría dejado de ser la nación elegida?.

Reponiéndose apenas a semejante golpe, con poquísimas gotas de aliento que aún guardaba en su corazón ensayó un tímido alegato
—Pero Señor… —balbuceó—. ¿El pueblo al que amas? ¿Esclavo?

El Señor de los Cielos y la Tierra, en su eterna misericordia, amó más que nunca a Rafael. Conmovido, quizás, por ese corazón noble y generoso, le regaló una tierna mirada que, como un bálsamo de aloe, alivia el dolor de las heridas, heridas que solo sana el amor. Como dulce melodía brotaron las palabras de la boca del Altísimo.

—Hijo mío, has dicho bien. El pueblo al que yo amo no debe ser esclavo. Pero piensa por un momento ¿No será que Israel ya ha sido esclavizado por los hijos del Nilo? ¿No han sucumbido bajo sus falsos dioses y han dejado de alzar sus manos invocando mi auxilio? ¿No se han entregado, como lo hacen los egipcios, al culto de los placeres de los sentidos? Ahora dime: ¿Podrías decir que este pueblo es realmente libre? — Se detuvo por un instante para permitir que su servidor buscara las respuestas a todos estos interrogantes. Que escrutara en su interior, las respuestas deberían estar a flor de piel, la cercanía del ángel con estos hombres era mucha. Viendo Dios que comprendía, que sus ojos translucían el sufrimiento de constatar la certeza de sus dichos, no quiso abandonarlo a la terrible agonía que le provocaba haber entendido que la voluntad del Señor era lo único que sacaría a Israel de la idolatría. Recitó con voz firme, poderosa, sabia, su oráculo—

 Permitiremos que la casa de Jacob sea sojuzgada. Haremos que sean plenamente consientes de su realidad, que sientan la necesidad de ser rescatados. Te prometo, entonces, que mi mano poderosa sacará a mi pueblo de Egipto y ese día será recordado de generación en generación, como el día en que mi heredad paso de la esclavitud a la libertad.

Las aguas del Nilo bajaban cristalinas, bañando las orillas que rebozaban de vida por doquier. La abundancia de la vegetación podría considerarse desmedida con solo pensar que a metros de allí, se hallaban enormes desiertos, que como grandes monumentos funerarios, derramaban únicamente promesas de muerte. Los rebaños de vacas y ovejas disfrutaban la frescura de un baño bajo el cálido sol del mediodía. La humedad y la ausencia total de nubes sobre el límpido y celeste firmamento, combinaban sus efectos en una alquimia natural, para hacer de ese lugar una hoguera sofocante. La gente parecía no verse afectada por el agobio climático. La ciudad estallaba en un hormigueo frenético. Los mercaderes desgañitaban sus gargantas con la esperanza de convencer a sus ocasionales clientes de las bondades y beneficios que sus productos poseían, a la vez que luchaban por evitar que esos terribles niños que corrían jugueteando entre las tiendas echaran por tierra su preciosa mercadería.

El caos de la metrópolis parecía abstraerse de la imponente arquitectura del palacio real, que se erguía colosalmente sobre un paradisíaco jardín a pocos metros de allí. Sobre la cima de una enorme escalinata emergía el edificio apoyado en una extensa hilera de pesadas columnas redondas, que dispuestas como guardianes pétreos sobre la entrada principal, hacían presumir la fortaleza y seguridad del edificio. Los grabados en bajo relieve de figuras y jeroglíficos conferían a los pesados muros un toque artístico singular. Las pequeñas ventanas dispuestas de manera regular no hacían más que acentuar la solidez del parapeto.

El jefe de la guardia real entró en la sala mayor ubicada en el ala occidental del palacio. El faraón se hallaba meditando frente a la ventana. El efecto que producía el contraluz sobre su torneado cuerpo, dibujaba en aquella figura la imagen de un coloso, un guerrero temible.

—Mi Señor —se anunció con tono protocolar.
—Habla, Amret —autorizó.
—El “Hebreo” solicita una nueva entrevista— informó. Un cierto temor se percibió en su voz. La intuición del militar no estaba errada. La cara del faraón se desfiguró. Un gesto de furia se dibujo en su rostro, sus ojos destilaron furia. Apretó de tal manera sus puños que, de haber tenido piedras en ellos, las hubiese pulverizado.

—Como se atreve…—gritó, aunque contuvo su ira—. Hazlo pasar.

Un hombre de gran estatura entró segundos después en la sala. Su aspecto era impresionante. Sus cabellos blancos como la nieve caían suavemente sobre sus hombros. Su larga barba modelaba en él un semblante pleno en sabiduría. Su rostro poseía un resplandor único, casi angelical, aunque una expresión severa predominaba en su mirada. Su túnica de fino lino blanco con bordados dorados y plateados denotaba la realeza de su linaje. Avanzó sin titubeos. Valiente. Seguro de sí mismo. Atravesó el amplio salón hasta quedar cara a cara con el faraón.

—¡Ya te he dicho que no me molestes más! — arremetió el faraón sin esperar la palabra del visitante. Su visible nerviosismo contrastaba con la serenidad del hebreo. Sentirse disminuido ante él hacía que su sangre hirviese. Quería mostrarse dominante, pero sucumbía ante la personalidad de aquel hombre. Percibía su inminente fracaso.

—¿Hasta cuando te resistirás a humillarte ante mí? —dijo el anciano. Había notado la debilidad del egipcio y asestaba una estocada directa a su orgulloso corazón. No estaba dispuesto a concederle terreno, dejar que recuperara la fe en sí mismo.

El soberano, herido en lo más profundo de su ser, no pudo soportar esa terrible humillación. Enceguecido por el bochornoso desplante, ensayó una última e inútil arremetida— ¡Basta! ¡Retírate de mi presencia! ¡Guárdate de volver a ver mi rostro. Pues el día en que veas mi rostro morirás!

—¡Tú lo has dicho! No volveré a ver tu rostro. Pero escucha esto: nueve hombres te envié, nueve desgracias han traído a tu imperio. Uno más enviaré. Gran aflicción causará a tu alma y a tu pueblo, pues les quitará lo que mas aman. Y esto no será todo. De oro, plata, vestidos y ganado serán despojados— sentenció el hebreo y se retiró de la presencia del faraón.

Siete días después el décimo hombre se presentó ante el soberano y le dijo— Hoy se completa la profecía. Ni tus oídos ni tu corazón han querido escuchar ni ver las advertencias que se te han hecho. Por eso hoy se te ha quitado lo que más amas—. Sin agregar palabra alguna, se marchó misteriosamente, tal como había llegado, tal como sus anteriores nueve predecesores.

El faraón se retiró a sus aposentos, confundido por las palabras del extraño visitante. Caminó cabildante por lo salones y pasillos de palacio. Al ingresar a la sala de recepción, se extrañó del silencio sepulcral del lugar. Su ansiedad creció. Su respiración se hizo dificultosa. Un frío mortal recorrió todo su cuerpo. El faraón comprendió de pronto, de que se trataba la amenaza de aquel hombre. Se apresuró a atravesar el amplio corredor que lo separaba de la recamara real. Pasó sin prestar ninguna atención a los guardias apostados al comienzo del pasillo. Desapareció tras el umbral de la puerta. Segundos después, un grito desgarrador quebró el silencio del edificio.

—¡Hijo mío! ¡Despierta, hijo mío! ¡No! ¡No puede ser verdad! ¡No puedes estar muerto!

Kamutef se despertó agitado. Su cuerpo estaba cubierto de transpiración. Una angustiante sensación de pavor, como una garra implacable, oprimía su corazón. Giró su cabeza en todas direcciones. No se detuvo hasta comprobar que estaba sentado en su cama, que el mundo que lo rodeaba era apenas su habitación. Se relajó. Comprendió que todo había sido un sueño, un horrible e incomprensible sueño. Se apresuró a tomar un baño, el faraón Seti I había convocado a una audiencia urgente en el palacio. Revestido con su mejor traje de gala, partió hacia su destino. Sus pensamientos, durante el trayecto, no pudieron apartarse de aquel sueño. ¿Tendría algún significado? ¿Porqué el faraón convocaba a esta audiencia? ¿Habría relación entre una cosa y la otra?

El lugar elegido para la reunión era el salón Anubis ubicado en el ala septentrional del palacio. Sus muros se encontraban sobriamente adornados con figuras de la diosa y otras, dedicadas a viejas y gloriosas batallas. Un número de aproximadamente veinte ministros discurrían fervientemente acerca de cuál sería el motivo de la repentina convocatoria, al tiempo que sonaban las trompetas que anunciaba la llegada del faraón. Un silencio respetuoso y una ansiedad contenida acompañaron la entrada majestuosa del soberano de Egipto. Seti I se ubicó en el trono tallado de una sola pieza de un finísimo mármol blanco traído del centro del África, adornado bellamente de rubíes y esmeraldas.

De gran inteligencia, el faraón tenía la especial habilidad de conocer cada detalle de lo que ocurría a su alrededor. De físico delgado, rostro alargado, nariz aguileña y mirada inflexible, imponía autoridad con su sola presencia. Sus ojos hicieron un rápido reconocimiento de la asamblea. Constató con agrado que todos sus consejeros se hallaban presentes. Era sabido el disgusto que provocaba en él las ausencias y retrasos. Ninguno de los allí presentes hubiera querido sufrir las consecuencias de ello.

Seti reflexionó por breves instantes. Buscaba las palabras exactas para comenzar su alocución. Por fin, al cabo de un par de minutos, emitió un pequeño carraspeo para anunciar el comienzo de la sesión.

—La tierra en la que vivimos ha sido bendecida por los dioses. La abundancia colma nuestros graneros. Poseemos ganado para alimentar tres veces la cantidad de habitantes de nuestra nación. El comercio, el de mayor importancia en todo el mundo, aumenta la grandeza de Egipto. Nuestro ejército valiente, eficiente, profesional y magnífico, ha sabido protegernos de las aves de rapiña que acechan nuestras riquezas.

Las palabras del faraón no guardaban ninguna clase de egolatría ni vanagloria. Cada uno de los puntos enumerados se correspondía con la realidad. Los gestos de aprobación en los rostros de los ministros, lo invitaron a continuar con el desarrollo de la idea.

—Como les he dicho, difícilmente un enemigo, por más poderoso que fuese, podría invadir nuestro país. Sin embargo, creo yo, que tenemos un enemigo potencial mucho más cerca de lo que creemos, una cuña del mismo palo colocado entre sus ramas. El peligro no se encuentra puertas afuera de nuestras fronteras, sino más bien, convive con nosotros—explicó Seti.

Las expresiones de los oyentes eran ahora de sorpresa, de confusión. Un intenso cuchicheo dominó la sala de audiencias. ¿A quién se referiría Seti? ¿Cómo es que no se habían dado cuenta hasta ese momento? ¿Habría una rebelión interna que desconocían?

Kamutef sintió como si le hubiesen arrojado un balde de agua helada. Su corazón se paralizó. Sus manos se volvieron temblorosas como una hoja al viento. Su boca de pronto estaba seca y su respiración forzada. Sabía perfectamente a quién se refería el faraón y que es lo que sucedería. El sueño de pronto se volvió como un mazo gigante que lo golpeaba lleno de realidad. No pudo emitir palabra alguna. Su lengua permaneció pegada al paladar, tanto por el espanto, como por la incredulidad. Además, debía estar seguro, que no sería tomado por loco o estúpido y fuera el hazme reír de la sala.

—Hace muchos años unos pocos hombres llegaron a esta tierra. Durante su estadía han crecido en número. Aquellos pocos son hoy un pueblo enorme. Un pueblo que comparte nuestro suelo, nuestras riquezas. Un pueblo que tiene un dios ajeno a los nuestros— aseveró Seti y continuó formulado su hipótesis— ¿Qué pasaría si Israel decidiese complotarse con uno de nuestros enemigos?

El murmullo se transformó en griterío. La discusión estaba planteada sobre tres opiniones bien diferenciadas: los que estaban de acuerdo con la posibilidad de un complot. Los que tenían una visión totalmente opuesta porque conocían o convivían con los hebreos y los creían incapaces de semejante traición. Y los que estaban confundidos, o no tenían una idea formada.

Kamutef era uno de estos últimos. Sin embargo, la sensación de veracidad del sueño lo impulsó a levantarse y pedir la palabra:

—Mi Señor. Quisiera yo contar, si es de vuestro agrado, un sueño que he tenido esta madrugada—.Se detuvo esperando una señal de aprobación.
—Kamutef, ¿en qué puede ayudarnos un sueño que has tenido? —interrogó Seti un tanto extrañado por la proposición de su ministro.

—Creo yo, que de acuerdo a vuestras palabras, este sueño podría tratarse de un presagio, una visión del futuro —explicó Kamutef con un poco de nerviosismo. No estaba seguro de cómo podría se recibida la exposición de lo sucedido durante su descanso nocturno. Una gota de sudor corrió raudamente por su patilla deslizándose hacia el cuello. Su paladar parecía el desierto mismo. Con visible dificultad, pero sin olvidar detalle alguno, contó su misterioso sueño, poniendo especial énfasis en el dialogo entre el hebreo y el faraón. Las palabras de Kamutef, lejos de ser motivo de burla fueron como aceite arrojado sobre la llama de un candelero.

La indignación y la bronca dominaron rápidamente la asamblea, algunos pocos intentaron una tibia e inútil defensa del pueblo israelita. La narración del sueño, había volcado la balanza a favor de aquellos que creían en la posibilidad latente de una conspiración. La efervescencia de la reunión había llegado a su punto máximo.

Seti llamó a la calma con un ademán de su mano derecha. Luego de recuperado el orden y el silencio en la habitación dijo:

—Kamutef no ha hecho otra cosa que confirmar mi presentimiento —.Con el seño fruncido, interrogó a sus consejeros— ¿Qué creen ustedes que debemos hacer para evitar este terrible presagio?

—Señor, humildemente, considero que este pueblo debe ser expulsado inmediatamente de Egipto —se adelantó a proponer Amnitep.

—¡No! ¡No!, de ninguna manera deberán abandonar nuestro país. Debemos aprovechar su gran número para utilizarlo en todos los trabajos duros que nuestra gente no realiza. ¡Sí! Yo pienso que debemos hacer de cada hebreo un esclavo —opinó Kipnot con cierto grado de malicia, que sus ojos no pudieron ocultar.

—¡Sí! ¡Esclavos! ¡Merecen la esclavitud! —se oyó de entre los egipcios. El consenso a esta altura era unánime.

El faraón con su aplomo habitual y la tranquilidad que le brinda su madurez e inteligencia se puso de pie. Caminó de derecha a izquierda lentamente y en silencio. Su mirada estaba clavada en el piso. Buscaba hilvanar y hacer más nítidos sus pensamientos. De tanto en tanto un gesto de fastidio, provocado por la ruidosa charla de los ministros, brotaba de ese rostro anguloso. De pronto se detuvo. Una sonrisa complacida transformó la severidad de su expresión. Se irguió como un guerrero gigante. Su pecho se infló como el de un león imponiendo el respeto frente a su manada. Se lo veía desafiante. Decidido. Soberbio.

—Estoy de acuerdo con la idea de esclavizar a este pueblo. Sin embargo, creo que sería demasiado peligroso imponerles este castigo abiertamente, podríamos desencadenar la rebelión que estamos tratando de evitar. También nuestro propio pueblo, que ha aprendido a querer a los israelitas, podría ponérsenos en contra. Deberemos ser muy prudentes y astutos—dijo con vos pausada.

Las palabras del faraón impactaron de lleno sobre el auditorio. Todos comprendieron el peligro que significaba cualquier decisión errónea. Claro está que Seti, ya tenía la solución del problema, simplemente quería lograr la reflexión de los presentes y que sus mentes estuvieran preparadas para escucharla.

—Haremos que extraigan y tallen piedras de nuestras canteras. Que cocinen ladrillos. Que con ellos construyan pirámides, templos y murallas. Que abran canales de riego. Que labren nuestra tierra y cuiden nuestro ganado. Lentamente iremos desgastando su salud y su voluntad. Los arduos trabajos no dejaran vigor en ellos para procrearse. Disminuirán en número y dejarán de ser una amenaza para nuestro imperio.

Los consejeros no comprendían, no había nada de original en las palabras del faraón. Era claro que de esa manera, se esclavizaba a Israel, pero el peligro de la reacción no estaba solucionado. Pero Seti había guardado hábilmente su estocada para el final:

—Pediremos a los israelitas que, voluntariamente, nos ayuden en estas tareas. No como esclavos, sino como obreros. Argumentaremos la necesidad de hacer grande nuestra nación, de mejorar la seguridad y la economía. Formaremos grupos de trabajo, cada uno estará bajo el mando de un capataz hebreo y varios capataces estarán bajo la supervisión de inspectores egipcios. En un principio, recibirán una paga acorde con los trabajos realizados mientras que los capataces guardaran las comodidades de sus vidas. Luego iremos imponiendo mayor cantidad de horas a las jornadas laborales y las tareas serán más y más arduas. Finalmente, sin darse cuenta, terminarán siendo esclavos.

La brillante idea del faraón dejo perplejos a todos y de inmediato manifestaron, con gran júbilo, su apoyo a la misma.

—Me alegro de que estén de acuerdo con este plan. Mañana mismo convoquen a todo el pueblo de Israel a la plaza, frente al palacio. Yo daré un discurso para convencerlos de que nos brinden su apoyo en estas tareas —. Dijo el faraón complacido, por la resolución a la que había llegado la audiencia.

Unas tres horas después del mediodía del día siguiente, una multitud de hebreos se había dado cita a las puertas del palacio, respondiendo a la convocatoria del soberano egipcio. Hombres, mujeres y niños esperaban con ingenuidad y alegría las palabras del faraón. En un balcón, ubicado sobre la entrada principal, desde el cual toda la gente reunida podía divisar y escuchar sus palabras, se asomó la figura imponente de Seti, provisto de su corona y de los adornos habituales en este tipo de ceremonias. Su piel dorada brillaba con el fuerte sol de la tarde. Su aspecto de hombre duro era menguado por una falsa expresión de bondad en su rostro. Alzó sobre su cabeza los bastones reales que sostenía en cada mano y la multitud hizo silencio para escuchar el motivo de la llamada a la plaza.

—Queridos amigos, queridos hermanos. Los he convocado para solicitarles, en consideración a la hospitalidad que han recibido del pueblo egipcio, su colaboración para hacer de este país la nación más grande y poderosa de la tierra. Construir murallas que eviten el ataque de los pueblos enemigos, edificios para los asuntos de gobierno y templos para agradecer a nuestro dioses. Cada uno de ustedes recibirá en compensación un justo salario, que les ayudará a vivir con abundancia. —el engaño había comenzado y ahora debía ver si el pueblo hebreo había tragado el anzuelo.

—¿Cuento con vuestra colaboración? —preguntó el faraón.

Los israelitas, que no imaginaban que detrás de estas lindas palabras se escondía un engaño, respondieron afirmativamente y a viva voz al pedido de Seti, quién sintió el gozo de ver como su plan comenzaba a hacerse realidad.

Desde los confines del firmamento celeste, la voz del altísimo sonó satisfecha por el trabajo realizado por el arcángel:

—Muy bien por ti, Rafael. Has cumplido con mi mandato a la perfección. Ya está en camino la liberación más grande que tenga la historia de salvación del hombre y que solo será superada, en la plenitud de los tiempos, por la redención de la raza humana.

El ángel no pudo disfrutar del halago recibido, su corazón estaba partido. El sufrimiento que en poco tiempo su amado pueblo debería soportar, le producía un profundo dolor. Ahí quedó inmóvil mirando hacia Egipto. Durante días y días sus lágrimas rociaron la frondosa tierra del Nilo. El cielo permaneció todo ese tiempo de un penoso color gris. Una triste canción broto de sus labios. Cuentan nuestros padres, que en los días de mayor aflicción, creyeron escuchar una melodía que se hacía presente con el viento y que consoló las almas de toda la estirpe de Jacob durante cuatrocientos años.

Fuente: BibliotecasVirtuales.com


 

 

La Quinta Noche

por Yanki Tauber

Uno de los legendarios soldados del ejército de maestros y activistas del Rebe de Lubavitch, que mantuvo vivo el judaísmo en la Rusia Comunista durante los oscuros años de la represión fue Rabí Asher Sosonkin, quien pasó varios años en los campos de trabajo forzado por sus actividades "contrarrevolucionarias".

En uno de esos campos, se hizo muy amigo de un judío de nombre Nájman Rozman. En su juventud, Nájman había abandonado la vida tradicional judía, para unirse al partido comunista. Sirvió en el Ejército Rojo, donde alcanzó un alto rango; pero debido a un negocio ilegal, fue arrestado y condenado a permanecer por un largo período en un campo de trabajo forzado en Siberia.

Rozman se acercó al jasid que le reavivaba memorias de su hogar y de la vida perdida. Con la ayuda y el aliento de Rabí Asher, comenzó a retornar a la observancia judía, bajo condiciones en las que, comer casher, evitar trabajar en Shabat o encontrar un momento para la Plegaria, significaban hambre, repetidos castigos y un peligro constante.

Un invierno, cuando Janucá se acercaba, Rabí Asher reveló su plan a Nájman: "Conseguiré unas latas vacías de comida- cuánto más pequeñas mejor- de forma que nos sea más fácil ocultarlas. Guardaremos la mitad de nuestra ración diaria de margarina durante las próximas dos semanas, y la usaremos como aceite. Podremos hacer mechas con las hilachas que cuelgan de nuestros abrigos. Cuando todos duerman, encenderemos la Menorá debajo de mi litera...".

"¡De ninguna forma!- gritó Nájman Rozman- "Es Janucá, el festival de los milagros. Llevaremos a cabo la mitzvá de la manera en que debe hacerse. No usaremos una lata oxidada sacada de la basura, sino una verdadera Menorá. Y la encenderemos con auténtico aceite, en el lugar y momento apropiado. Poseo unos rublos que usaré para pagar a Igor, que trabaja en el taller metalúrgico; también hay gente que me debe favores en la cocina..."

Unos días antes de Janucá, Nájman mostró -triunfal- a Reb Asher la Menorá que había conseguido. Un poco rudimentaria, pero indiscutiblemente una Menorá "de verdad", con ocho vasos para el aceite y un vasito preparado en otra altura para el Shamash (vela piloto). La primer noche de Janucá, colocó la Menorá en un banco, en la puerta de entrada que separaba el salón principal de su barraca. Llenó el vasito con aceite y juntos, ambos judíos, recitaron las bendiciones y encendieron la primer luminaria.

Esa noche, el encendido se llevó a cabo sin inconvenientes. Como si se tratara de una regla, los prisioneros del campo no se delataban unos a otros, y los hombres de esta barraca ya estaban acostumbrados a las prácticas religiosas de estos dos judíos.

La quinta noche de Janucá, justo en el momento en que Reb Asher y Nájman encendieron las cinco luminarias, un silencio se propagó por toda la barraca. Los prisioneros quedaron congelados en sus lugares, mientras sus ojos se dirigían a la puerta. Allí estaba parado un alto oficial del comando del campo.

Este tipo de sorpresas siempre infundía terror en el corazón de los presidiarios. Normalmente el oficial repartía severos castigos por delitos como el de poseer un cigarrillo oculto, o un pedazo seco de pan. "Pronto, arrójala a la nieve" sollozaban los reos. Pero el oficial ya se encontraba del otro lado de la puerta, y avanzaba directamente hacia los dos judíos que aún estaban parados al lado de la Menorá encendida.
El oficial observó durante un largo rato el candelabro.

Entonces, se dirigió a Reb Asher. "¿P'yat? (¿Cinco?)" preguntó.

"P'yat" respondió el jasid.

El oficial se dio vuelta y salió de la habitación, sin pronunciar una palabra.
 

Fuente: Jabad
 

 

 

La sabiduría de un niño

 

Esto ocurrió en la ciudad de Vilna antes de haber sido estructurada totalmente.

El rey vio en ese sitio, el lugar apropiado para construir su ciudad.

Pero antes de hacer nada envió a llamar a los sacerdotes y astrólogos para preguntarles que será de esta ciudad en el futuro, si prosperará.
Le respondieron de acuerdo a lo que les dijeron sus dioses, que la ciudad prosperará, si se estructura sobre la base de un hijo único que será enterrado allí con vida.

Y con la condición que lo entregue su madre como sacrificio voluntario y alma plena para este fin.

El rey ordenó hacer correr la voz en todas las provincias de su reinado, para hallar a una voluntaria que desee donar a su hijo para estructurar sobre él la ciudad, "pues esto salió de boca de nuestros dioses".

Pasaron varios días y no hallaban a una madre que posea un hijo único y pretenda darlo de voluntad para el fin requerido.

Pero finalmente, llegó una señora que venía de los confines del reinado con su hijo único de doce años de edad, y estaba dispuesta a donarlo para cumplir con lo que predijeron los sacerdotes y astrólogos para que la ciudad que allí se construirá prospere.

Entonces fijaron una fecha para la ceremonia que se realizaría en medio de una gran fiesta.

Mucha gente llegó al lugar para contemplar el sacrificio del hijo único para que la ciudad prospere.

Y también vinieron los principales gobernantes y príncipes de la nación.

Y fue en el preciso instante en el que el niño estaba siendo preparado para cumplir con lo ordenado por los astrólogos y sacerdotes, que este se dirigió al rey y le comunicó: "señor rey, yo no creo que esta cosa mala que se disponen a realizar sea la voluntad del dios.

Pero tus astrólogos dijeron que eso vieron. Yo quiero demostrar según un razonamiento lógico y de justicia que tus astrólogos no comprendieron bien la voluntad del dios y se equivocaron en la interpretación.

Por eso te solicito que me permitas realizarles tres preguntas a los sacerdotes que miran en las estrellas.

Y será que si logran responder con sabiduría mis preguntas, y hallan la solución para ellas, a pesar que soy joven, aceptaré que comprendieron la voluntad del dios y cumpliré con lo ordenado en silencio y sin protestar".

El rey respondió: "Que se haga como dijiste".

El joven se dirigió a los sacerdotes que miran en las estrellas y les formuló las siguientes preguntas:

1- ¿Qué es lo más liviano de la tierra?
2- ¿Qué es lo más dulce que se halla sobre la faz de la tierra?
3- ¿Qué es lo más pesado?

Los sacerdotes que miran en las estrellas meditaron, discutieron sobre la probable solución y nadie sabía lo que decían porque lo hacían entre ellos sin emitir voces audibles para el público presente.

Finalmente respondieron y dijeron: "Lo más liviano de la tierra es la pluma, lo más dulce, la miel y lo más pesado, la roca".

Y cuando concluyeron, miraron hacia el público con mostrándose como triunfantes.

Y todos los presentes creyeron que los sacerdotes que miran en las estrellas respondieron con sabiduría y de manera acertada las preguntas del niño.

El rey entonces preguntó al muchacho: "¿Qué piensas sobre las respuestas?".

Y el joven respondió con una sonrisa en su rostro: "Tus sacerdotes no comprendieron mis preguntas, y no hallaron a las mismas respuesta.

A pesar que yo, quién habla soy solo un muchacho, ¿cómo entendieron las palabras del dios y su voluntad?.

Si yo no soy ningún torpe como para preguntar de una persona sabia cosas que se encuentran reveladas y son naturales que cualquier persona puede apreciar?, ya que todos saben que la pluma es muy liviana, y todos saben que la miel es dulce, y todos saben que la roca es pesada, ya que son estas cosas que se notan y se sienten a través de los sentidos, porque así fueron creadas desde un principio, y no es digno preguntar eso a los sabios.

Por eso yo pregunto sobre las cosas que no son de esa clase, y existe algo que es verdaderamente pesado ante los ojos de quienes lo ven, y con todo eso es muy liviano si se lo mide mentalmente.

Así, hay una cosa que a la vista no es dulce, pero es muy dulce si la medimos mentalmente.

Y así hay una cosa que es a la vista blanda, pero en verdad es muy dura según la medición que podemos realizar con la mente, y sobre estas preguntas la respuesta es:

He aquí lo más liviano de la tierra es un niño, el cual es además hijo único que lo carga su madre sobre sus brazos, ya que a pesar que es pesado a simple vista, por el gran amor que siente por su niño, esta no siente el peso en absoluto y es como si no lo cargara sino que es como que él la carga a ella, así le parece a la madre por el fuerte lazo de amor que la une a su hijo único, y esto se ve solo a través de una medición mental.

Y lo más dulce que hay sobre la tierra es la leche de la madre que da a su hijo, ya que en verdad la leche es un tanto ácida, y esa acidez se anula y no es sentida por el bebé que se amamanta de su madre, es más, el bebé no hallará en el mundo cosa más dulce que la leche de su madre, y esto lo medimos de manera mental, porque como dijimos, la leche en si es un tanto ácida a simple vista.

Y lo más pesado de todo es el corazón de una madre que se dispone a sacrificar el fruto de su vientre, su hijo único".

Se sorprendieron todos los que escuchaban por las palabras del joven y de su sabiduría con la que halló preguntas que muestran según la comprensión del intelecto sobre su asunto que se relaciona con la situación en la que se encuentra.

Y con estas respuestas se comprobó que las palabras de los sacerdotes que miraban las estrellas eran vanas.

Y todo el público clamó diciendo que los sacerdotes astrólogos erraron la interpretación, y también el rey opinó lo mismo, por lo que el niño fue liberado y devuelto a su madre.

Fuente: JudaísmoVirtual

 

 

 

El portero del prostíbulo

 


por Jorge Bucay

No había en el pueblo un oficio peor conceptuado y peor pago que el de portero del prostíbulo. Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre?

De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio. En realidad, era su puesto porque sus padres había sido portero de ese prostíbulo y también antes, el padre de su padre.

Durante décadas, el prostíbulo se pasaba de padres a hijos y la portería se pasaba de padres a hijos. Un día, el viejo propietario murió y se hizo cargo del prostíbulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el negocio.

Modificó las habitaciones y después citó al personal para darle nuevas instrucciones.
Al portero, le dijo: A partir de hoy usted, además de estar en la puerta, me va a preparar una planilla semanal. Allí anotará usted la cantidad de parejas que entran día por día. A una de cada cinco, le preguntará cómo fueron atendidas y qué corregirían del lugar. Y una vez por semana, me presentará esa planilla con los comentarios que usted crea convenientes.

El hombre tembló, nunca le había faltado disposición al trabajo pero.....
Me encantaría satisfacerlo, señor - balbuceó - pero yo... yo no sé leer ni escribir.
¡Ah! ¡Cuánto lo siento! Como usted comprenderá, yo no puedo pagar a otra persona para que haga esto y tampoco puedo esperar hasta que usted aprenda a escribir, por lo tanto...
Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida, también mi padre y mi abuelo...

No lo dejó terminar.

Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Lógicamente le vamos a dar una indemnización, esto es, una cantidad de dinero para que tenga hasta que encuentre otra cosa. Así que, lo siento. Que tenga suerte. Y sin más, se dio vuelta y se fue.

El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que podría llegar a encontrarse en esa situación. Llegó a sí casa, por primera vez desocupado. ¿Qué hacer?

Recordó que a veces en el prostíbulo, cuando se rompía una cama o se arruinaba una pata de un ropero, él, con un martillo y clavos se las ingeniaba para hacer un arreglo sencillo y provisorio. Pensó que esta podría ser una ocupación transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo.
Buscó por toda la casa las herramientas que necesitaba, sólo tenía unos clavos oxidados y una tenaza mellada.

Tenía que comprar una caja de herramientas completa.

Para eso usaría una parte del dinero recibido.

En la esquina de su casa se enteró de que en su pueblo no había una ferretería, y que debía viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano a realizar la compra.

¿Qué más da? Pensó, y emprendió la marcha. A su regreso, traía una hermosa y completa caja de herramientas. No había terminado de quitarse las botas cuando llamaron a la puerta de su casa. Era su vecino. Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para prestarme.

Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar... como me quedé sin empleo...
Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano.
Está bien.

A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta. Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?

No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería está a dos días de mula.

Hagamos un trato - dijo el vecino- Yo le pagaré a usted los dos días de ida y los dos de vuelta, más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece?.

Realmente, esto le daba un trabajo por cuatro días...

Aceptó. Volvió a montar su mula.

Al regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.

Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo?

Sí...

Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatros días de viaje, y una pequeña ganancia por cada herramienta. Usted sabe, no todos podemos disponer de cuatro días para nuestras compras.

El ex - portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue.

"...No todos disponemos de cuatro días para compras", recordaba. Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara a traer herramientas.

En el siguiente viaje decidió que arriesgaría un poco del dinero de la indemnización, trayendo más
herramientas que las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo de viajes.
La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje.

Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes.

Pronto entendió que si pudiera encontrar un lugar donde almacenar las herramientas, podría ahorrar más viajes y ganar más dinero. Alquiló un galpón. Luego le hizo una entrada más cómoda y algunas semanas después con una vidriera, el galpón se transformó en la primer ferretería del pueblo.

Todos estaban contentos y compraban en su negocio. Ya no viajaba, de la ferretería del pueblo vecino le enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente.

Con el tiempo, todos los compradores de pueblos pequeños más lejanos preferían comprar en su ferretería y ganar dos días de marcha.

Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricar para él las cabezas de los martillos.

Y luego, ¿por qué no? Las tenazas... y las pinzas... y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos.....

Para no hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez años aquel hombre se transformó con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de herramientas. El empresario más poderoso de la región.
Tan poderoso era, que un año para la fecha de comienzo de las clases, decidió donar a su pueblo una escuela.

Allí se enseñaría además de lectoescritura, las artes y loas oficios más prácticos de la época.
El intendente y el alcalde organizaron una gran fiesta de inauguración de la escuela y una importante cena de agasajo para su fundador. A los postres, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad y el intendente lo abrazó y le dijo:

Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primer hoja del libro de actas de la nueva escuela.

El honor sería para mí - dijo el hombre -. Creo que nada me gustaría más que firmar allí, pero yo no sé leer ni escribir. Yo soy analfabeto.

¿Usted? - dijo el intendente, que no alcanzaba a creerlo - ¿Usted no sabe leer ni escribir? ¿Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me pregunto, ¿qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir?

Yo se lo puedo contestar - respondió el hombre con calma -. Si yo hubiera sabido leer y escribir... sería portero del prostíbulo.

 

 

 ¡Coma!

 

Una nieta habla con su abuela

por Judy Doobov

Después de sufrir un ataque cardíaco severo en 1973, mi abuela se hundió en un coma profundo y fue puesta en los sistemas de apoyo de vida del hospital. Su electroencefalograma era totalmente el plano, indicando cero actividad del cerebro.

Estaba conectada a un marcapasos que hacía latir su corazón artificialmente y a un respirador que hacía que sus pulmones respiraran artificialmente. Pero técnicamente, como me dijeron los doctores en privado, ella estaba básicamente como muerta. "Nunca saldrá del coma" dijeron "sería mejor para ella librarse de esto. Si continúa así, su vida carecería de sentido. Viviría en un estado completamente vegetativo".

Aunque ella estaba por los mediados de sus setenta y había vivido una vida plena, me negué a creer que mi querida abuela simplemente pudiera marcharse así. Era muy alegre, demasiado vital para desaparecer simplemente en un coma. Mi instinto me dijo que empezara a hablar con ella y seguí así, charlando por largos ratos. Me quedé al lado de su cama día y noche. Le hablé todo el tiempo acerca de mi marido y nuestros dos niños pequeños, sobre otros parientes, sobre su propia vida. Le conté todas las noticias que estaban circulando en Australia en ese momento. También seguí instándole para que siguiera aferrándose a la vida, y no rendirse. "No te atrevas a dejarnos!" exhorté. "Te necesito, mi Mamá te necesita, tus nietos te necesitan. Ellos están empezando a conocerte. ¡Es demasiado pronto para que te vayas!"

Era duro para mí luchar por la vida de mi abuela, sola. Durante el tiempo que cayó enferma, yo era el único pariente en Sydney. Su hija (mi madre) estaba lejos, en el extranjero en un viaje, y mi único pariente—un hermano—vivía en Israel. Mi marido estaba en casa cuidando a nuestros niños, para que yo pudiera tomar mi puesto al lado de su cama. Resistí una vigilia solitaria, pero no era eso lo que ejercía una tremenda presión sobre mí. Lo que era enormemente difícil era que se me pedía que tomara las decisiones sola. La carga emocional era grande.

Cuando pasaron cuatro días sin señales de vida que fluctuara en los ojos de mi abuela o sus manos, y no se registró ningún cambio en el electroencefalograma, los doctores me aconsejaron que autorizara los papeles para que apagaran los sistemas de apoyo de vida. Temblé de sólo pensar que tenía el poder de depositar tempranamente a mi abuela en su tumba. "Pero ella ya ha muerto" los doctores insistieron. "Está manteniéndose artificialmente viva a través del marcapasos y el respirador. Mantenerla unida a estas máquinas simplemente es un desperdicio."

"Bien, escuche," dije. "Es jueves de tarde, y en la religión judía acostumbramos a enterrar a las personas de inmediato. Mis padres están en el extranjero- prácticamente a dos días de viaje—y ellos querrían estar aquí para el funeral. Pero nosotros no hacemos los entierros en sábado, el Shabat judío. Como más temprano, podríamos hacerlo el domingo. Así que permítanme llamar a mis padres para conseguir que logren volar de regreso a casa, y entonces el domingo firmaré los papeles". Era todo muy frío y calculado, pero en lo más profundo, mi corazón se estaba partiendo.

Entretanto, no me permití paralizarme. Seguí hablando cual una tormenta, mientras discutía los temas difíciles, charlaba sobre lo mundano. "¿Adivina qué, Abuela?" chismorreé. "¡No creerás quién terminó siendo tu compañera de cuarto aquí en el hospital! ¡Stringfellow! La vecina de tu casa. La señora Stringfellow fue traída en serias condiciones. ¿No es una coincidencia? ¡Ella es tu vecina en Sydney y ahora es tu compañera de cuarto aquí en el hospital!"

El sábado, estaba en mi puesto usual al lado de la cama de mi abuela, preparándome para empezar una serie de adioses llorosos, cuando noté que sus ojos pestañeaban. Llamé a una enfermera y le dije lo que había visto. "Es simplemente su imaginación, querida," dijo compasivamente la enfermera. "¿Por qué no va abajo por un poco de café? Yo me quedaré con ella hasta que usted regrese"

Pero cuando volví, la enfermera estaba rebosando de entusiasmo. "Sabe," dijo, "pienso que usted puede tener razón. He estado sentada aquí mirando a su abuela, y podría jurar que le vi pestañear, también."

Después de unas horas los párpados de mi abuela se habían abierto. Me miró fijamente y entonces levantó su cuello para mirar hacia la cama vacía en el otro lado del cuarto. "¡Eh!" gritó, "¿Qué pasó a la Sra. Stringfellow?"

Cuando mi madre llegó al hospital al día siguiente, mi abuela estaba sentada en la cama, conversando alegremente con el personal del hospital, y pareciendo absolutamente normal. Mi madre me miró, fastidiada, segura de yo había exagerado la condición de mi abuela. "¿Para esto tuve que regresar de urgencia a casa"? preguntó.

Después, mi abuela me dijo que mientras estaba en "coma" había oído cada palabra que se dijo a ella y acerca de ella. Repitió todas las conversaciones, y su retención era notable.

"Yo te gritaba" dijo, "pero de algún modo tú no me oías. Intentaba decirle: ¡No me entierren todavía!"
Después de salir del hospital, la calidad de vida de mi abuela siguió siendo excelente. Vivió sola, como una señora autosuficiente, independiente, y animosa y continuó de esta manera hasta su muerte, dieciséis años después de que yo casi tiré del enchufe...

 

Fuente: Jabad
 

 

La confesión del moribundo

 

"El sacerdote, quien había tomado su confesión final, empalideció. ¿Había sucedido un milagro?"

por Yerachmiel Tilles

“¡Agua!”, el inválido pidió con voz susurrante. Los médicos asombrados, que habían dado al hombre inconsciente por muerto, quedaron congelados al oír su voz de vuelta. El sacerdote, quien había tomado su confesión final, empalideció. ¿Había sucedido un milagro?

Los doctores rápidamente iniciaron tratamiento. Durante horas estuvieron atendiéndolo en su lecho. Finalmente, vieron signos claros de cambio positivo en su condición. Por la noche, fueron capaces de declarar que su situación no era más crítica. Estaba fuera de peligro.

Durante varias semanas, el hombre, llamado Bagalo, continuó muy débil, y los doctores le prohibieron enrolarse en cualquier actividad regular. Finalmente, recobró completamente las fuerzas. ¡Cualquier rastro de la enfermedad había desaparecido por completo! Toda España respiró de alivio ante la recuperación de Bagalo. Él era uno de los consejeros de confianza más cercanos del Rey, con una fuerte reputación de honestidad e inteligencia. Al Rey le gustaba mucho consultarle, tanto, que había crecido para ser una de las personalidades más importantes de la Corte Real. Sus consejos sobre temas económicos eran valorados especialmente por el Monarca. Más de una vez, sus sugerencias habían resultado de gran ayuda para el Reino y para la vida diaria de la gente. El Rey consideraba a Bagalo como si fuera un Mago Financiero, y no demoraba en expresarle su aprecio, regalándole costosos regalos y dinero.

A pesar que todos eran conscientes de la gran sabiduría de Bagalo y lo alababan por ello, nadie sabía que él en realidad era un judío. Éste era su gran secreto. Él provenía de una familia de conversos, un Anús (“forzado”), un “Marrano”. Su status católico, era solo una apariencia. Por dentro, él se comportaba como tenía que hacerlo, y continuaba observando todos los preceptos en secreto, a escondidas.

Más adelante, sin embargo, no tuvo mucho más que ocultar. Mientras que antes él podía hacerse un tiempo para la observancia de los preceptos y hasta incluso para estudiar Torá, su nueva prominente posición en la corte le consumía virtualmente todas sus horas. Ya no tenía más tiempo para rezar o estudiar, y hasta incluso para cumplir con los mandamientos. Su Judaísmo permaneció solo en la “creencia”, su fuerte fe interna en Di-s y en Su pueblo.

Cada tanto, cuando estaba solo, un pesado suspiro traspasaba sus labios. ¡Cómo extrañaba el Shabat y las festividades Judías, y de hecho todos los preceptos! ¿Cómo pudo permitirse alejarse tanto? Pero tales pensamientos solo duraban unos momentos. La pesada presión de su trabajo, le volvía a quitar tiempo de sus pensamientos. Así, el condujo su vida, hasta que cayó gravemente enfermo.

Los médicos más competentes de la Corte habían sido llamados para cuidarlo. Le habían dado las mejores medicinas y tratamientos, según la orden del Rey, sin importar su costo, pero nada ayudó. Cada vez estaba más y más débil, hasta que finalmente los doctores sintieron que no tenían otra opción más que declarar que se trataba de un caso sin solución. Se llamó a un sacerdote importante.

Luego llegó la milagrosa recuperación. Después de cierto tiempo, nadie recordaba lo enfermo que había estado. Nadie, excepto él. Él se acordaba muy bien lo que había sucedido; él sabía y se lo guardaba para él lo que los médicos más expertos jamás sabrían.

Un día, Bagalo llamó al sacerdote que había tomado su confesión. Lo llevó a un cuarto privado, cerró la puerta tras él y bajó las cortinas. Se sentó frente al sacerdote y lo miró fijamente a sus ojos. “Recuerdo todo lo que has dicho cuando pensamos que yo moriría. Al final, luego de todas las plegarias, tú susurraste unas pocas palabras que no entendí. Aquellas palabras están grabadas en mi memoria, ¿Qué significan?

El sacerdote tembló visiblemente. Su rostro cambió de color. Comenzó a tartamudear la respuesta.

Viendo la angustia del sacerdote, que lo había dejado sin habla, Bagalo continuó: “Las palabras eran: “Shemá Israel Hashem Elokeinu Hashem Ejad” (“Oye Israel, Hashem nuestro Di-s es Uno”) ¿No es eso una plegaria Judía?”

Todo el cuerpo del sacerdote tembló, pero no pudo emitir palabra alguna. “Así que, ¿Eres un judío?”, preguntó Bagalo.

El sacerdote se sentó congelado, su rostro registraba una mezcla de asombro y terror que su secreto había sido descubierto por el consejero del Rey.

“No temas; no te delataré”. Bagalo dijo gentilmente. “Sólo dame tu palabra de honor que dejarás de lado estos encantamientos Hebreos”.

“¡No!”, rugió el sacerdote. “Prefiero morir como judío. Ya basta de esta doble vida. Este es el momento de la verdad”. Ahora que se había recuperado, las palabras surgieron rápidamente de sus labios. “Estoy preparado para morir, pero como judío”

“¡Mi hermano!”, Bagalo gritó, y lo abrazó con fuerza. “Yo también soy judío. Y ahora sé que estas verdaderamente apegado a la fe de nuestros padres. ¡Somos uno!” Su secreto compartido acercó mucho a estos dos hombres. Se revelaron sus vidas secretas. El sacerdote explicó que había entrado al clérigo por una sola razón: para poder susurrar las palabras “Shemá Israel” en los oídos de los judíos Marranos en su lecho de muerte, para que sus almas subieran puras.

El consejero del rey relató que cuando estuvo frente a la puerta de la muerte, quería decir por lo menos el Shemá. Para su angustia, se dio cuenta que no podía recordar exactamente cómo era. Luego, de repente, escuchó esas sagradas palabras en su oído. Fue como si una ráfaga de viento lo hubiera despertado de su letargo y le hubiera devuelto a la vida.

Cayendo en un sueño profundo, comenzó a soñar. Vio a un hombre mayor, que sonreía cálidamente y hablaba. Su voz era gentil y melódica. “Soy tu abuelo. Te recuperarás de tu enfermedad y vivirás, pero solo con una condición. Debes volver por completo a tu vida como judío. Por ello, debes abandonar este país. Ve a la Tierra de Israel. En tu salida, toma contigo los huesos de tu padre y dales un entierro judío allí”.

Los dos amigos planearon su escape. Decidieron que Bagalo le diría al rey que durante su crítica enfermedad, él había jurado que si se recuperaba, él peregrinaría a la Tierra de Israel. Probablemente el rey no rechazaría dicho pedido. Muy posiblemente lo ayudara a cumplirlo. El sacerdote arreglaría la manera de rescatar los restos del padre de Bagalo, ya que el cementerio de la Iglesia estaba bajo su supervisión.

Así fue, que pudieron abandonar España. Luego de varios viajes dificultosos, los dos Baalei Teshuvá (aquellos que retornan a la observancia del Judaísmo), llegaron a la santa ciudad de Safed. Allí se dedicaron a una vida de Torá y cumplimiento de las Mitzvot. Con el pasar el tiempo, ambos se convirtieron en completos Tzadikim.
 

Fuente: Jabad

 

 

El Despertador y el Perro Negro

por Moshe Weber

No hace mucho tiempo, Rabi Sholom Ierushalmi paseaba por las calles de Jerusalém todos los días- antes del alba- para despertar a los judíos de la ciudad, para que pudieran servir Di-s. Previamente, Rabi Berel Vikar, "El Despertador," había realizado esta tarea por veinte años. Luego pasó la tarea a su amigo, Rabi Sholom que heredó la profesión. Todas las noches excepto Shabat y Fiestas, Rabi Sholom se levantaba a medianoche, y recitaba Tikun Jatzot (Oración de luto-por-el-Templo) y la sección diaria de Salmos. Entonces, tomaba su linterna y caminaba por las calles de Jerusalém, cantando dulcemente: "Levántense, despierten; ahora. ¡El alba se acerca, debemos servir al Creador!" Primero, paseaba a través de la ciudad vieja. Después continuaba a través de las calles de Mea Shearim, Najlat Shiva y Iemin Moshe. Poco antes del alba, volvía a su sinagoga de la ciudad vieja, y oraba Shajrit. Nada lo detenía. Lluvia helada, el frío penetrante, o incluso el calor.

Una madrugada, mientras caminaba por las calles, cantando como de costumbre, se encontró a un judío secular, sentado ociosamente en el umbral de su casa. Cuando Rabi Sholom pasó con inocencia y alegría- el hombre, molesto por la canción, se levantó y vertió un cubo de agua servida en su cara. Rabi Sholom continuó su camino, como si nada hubiese ocurrido. ¡Al otro día, el hombre falleció de repente!. Su familia no conectó su desaparición repentina con el ataque a Rabi Sholom.

Dos días después, cuando Rabi Sholom estaba haciendo su ronda, encontró un monstruoso perro negro. El perro estaba sentado en los escalones donde, hacía tres noches, el judío ahora muerto había emboscado al rabino. Cuando pasó, el perro gruñó ferozmente hacia Rabi Sholom. Antes de que el rabino asustado pudiera reaccionar, el perro se detuvo de repente y se extendió a sus pies, lloriqueando ruidosamente. Rabi Sholom ignoró a la bestia. Continuó su camino, cumpliendo sus deberes. El perro lo siguió. "¿Qué hay de malo?" Rabi Sholom se dijo a sí mismo. "Es simplemente un perro- nada raro, nada para temer."

La noche siguiente, cuando Rabi Sholom llegó a la casa del judío, el perro apareció nuevamente. Gruñó, desplegando los dientes afilados. Corrió hacia Rabi Sholom y arremetió, bramando un gruñido penetrante... Y de nuevo aterrizó delante de Rabi Shalom, y a sus pies, gimoteó incesantemente. Rabi Sholom siguió su camino, cantando, despertando a los judíos píos de Jerusalém de su sueño. Sólo después de que el perro volvió, día tras día, empezó a preguntarse: "Este perro debe tener alguna importancia". Resolvió ir al Beit Din (corte rabínica), informándolos de este peculiar y misterioso episodio.

Al oír la historia, los rabinos del Beit Din expresaron su preocupación. Posiblemente Rabi Sholom no vio un perro -quizás era una alucinación. Rabi Sholom había previsto el escepticismo de los rabinos. Así que, previamente, había pedido a dos respetables estudiosos que lo acompañaran una noche. Ellos dieron testimonio del perro y su conducta. Los rabinos, aunque todavía escépticos, entrevistaron a la familia del judío difunto. Quizás el perro misterioso que aparecía cada noche se conectaba, de algún modo, a su pariente fallecido. La familia se rió de tal "disparate".

Esa noche, sentado al lado de la ventana de su casa, uno de los hijos vio el perro negro. Burlonamente, gritó el nombre de su padre. Inmediatamente, el perro corrió hacia la ventana, gruñendo locamente. El hijo casi se desmayó de miedo. Perturbada, la familia volvió al Beit Din al día siguiente, e informó el evento. "Parecería" resolvió la corte, "que este perro se conecta al difunto. Desarrollaremos un 'plan de arrepentimiento' que la familia debe aceptar, rectificando el pecado del padre de la familia." El rabino principal del Beit Din, Rabi Mordejai Leib, buscó el consejo de Rabi Jaim. Éste- quién era anciano, débil y enfermo- raramente tomaba parte en los juicios de la corte. Pero Rabi Mordejai Leib fue personalmente a su casa, a pedir su consejo en este caso peculiar y confuso. Él pidió que Rabi Sholom relatara exactamente los eventos, sin exageración.

Cuando Rabi Jaim entró en el Beit Din, los otros miembros de la corte lo saludaron con temor. La familia fue convocada inmediatamente. Rabi Jaim les dijo: "Vuestro padre, atacando a Rabi Sholom, cometió un acto malintencionado. Podría haber callado la voz de Rabi Sholom que despierta a los judíos de Jerusalém para servir al Creador antes del alba. Así que, a mi parecer, el Todopoderoso reencarnó su alma en este perro que también perturba los esfuerzos de Rabi Sholom." "Por consiguiente," ordenó Rabi Jaim, "hemos preparado un ' plan de arrepentimiento' para rectificar la situación.

Esto librará el alma de vuestro padre. Como ustedes saben, Jerusalém está llena de casas de Oración y estudio de Torá y vuestro padre trató de interrumpir estas actividades. El arrepentimiento consistirá en: (1) pedir perdón a Rabi Sholom, (2) proporcionar bebida caliente cada noche para los que estudian en las casas de Oración, y (3) En invierno, deben proporcionar leña, para calefaccionar las sinagogas y casas de estudio. Así rectificarán el pecado." La familia aceptó el veredicto de la corte y el 'plan de arrepentimiento'. (De hecho, en épocas recientes, esta familia proporciona aún té y café a las sinagogas y casas de estudio de Jerusalém cada noche, así como el combustible para calentar los lugares en invierno).

La corte rabínica, después de terminar con la familia, se dirigió a Rabi Sholom. "Rabi Sholom, la próxima vez que se encuentre a este pobre alma atrapada en el perro, diga: "¡En nombre de los rabinos principales de Jerusalém y su corte rabínica, ha logrado ya la rectificación de su alma, y yo, Rabi Sholom Ierulshalmi, lo perdono completamente!" La noche siguiente, Rabi Sholom encontró a la bestia en el mismo lugar. Él interrumpió su canción y dijo al perro, lo que el Beit Din le había ordenado. El perro desapareció al instante, y nunca se lo vio de nuevo.
 

Fuente: Jabad

 

 

El Rebbe Meir de Premishlan



El libro Somewhere a Master de Elie Wiesel, que presenta retratos de diferentes líderes jasídicos es una excelente lectura. Sencillo y profundo a la vez, presenta a Pinjas de Koretz, a Aaron de Karlin y muchos más...

Pero esta vez les presento a un Rebbe no tan famoso: Rebbe Meir de Premishlan. Fundador de una dinastía humilde, de perfil bajo pero profundamente creyente, Rebbe Meir es el protagonista de una famosa historia que cuenta sus inmersiones diarias en la mikveh.

Esta dinastía sobrevive y puede encontrarse en Benei Brak. De hecho, este año se casó la hija del Rebbe actual con el hijo del Rebbe de Lelov:

Esta vez, traduje una historia del Rebbe Meir que me pareció muy linda para compartir, ya que muestra en esencia de qué se trata el jasidismo.

En esa noche en particular, Rebbe Meir estaba con su ayudante, Reb Arye, en su estudio. El Maestro estaba meditando. Reb Arye estaba leyendo los salmos. Estaba nevando afuera. Las calles estaban vacías. El pueblo estaba dormido. A la medianoche, Rebbe Meir suspiró y, como era costumbre, se sentó en el suelo y comenzó a recitar las lamentaciones sobre la destrucción de Jerusalem y el exilio Divinoo de una eternidad a otra.

Hacía frío en la habitación pero el Rebbe no lo sentía. Él no sentía el frío porque estaba muy lejos, vagando con sabios y poetas de antaño, con príncipes caídos y sus hijos. Él no sentía el frío porque estaba soñando con la redención.

"De prisa, D's de Abraham, Itjak y Yaakov. Tu paciencia ya no es una virtud. Tus hijos no lo soportan más. Míranos: estamos cansados, pobres, indefensos; Haz algo - y si no es por nuestra causa, entonces que sea por la causa de Tu Nombre!"

Por siglos y siglos Maestros y discípulos han repetido estas oraciones a la misma hora, derramando las mismas lágrimas - y con los mismos resultados, o en realidad, con la misma falta de resultados. Sería Rebbe Meir de Premishlan más exitoso que el resto? Acaso era más digno que el resto? Él sabía la respuesta - era lo suficientemente humilde para saberla y, al igual que sus antecesores y sus posteriores, él decía los rezos, lloraba y finalmente se levantaba, listo para irse. Mañana sería otro día; más judíos vendrían y le suplicarían que intercediera en su nombre, más judíos depositarían su fe en sus poderes.

De repente se oyó un golpe en la puerta. Ambos , el Maestro y el ayudante dejaron de leer, dejaron de respirar. Quién podría ser? Amigo o enemigo? Un emisario de diablo o su víctima? "Abre", dijo el Maestro a su ayudante. "Pero, Rebbe, no sabemos quién es!" "Abre! Puede ser alguien que precise ayuda. Una mujer enferma, quizás. Un prisionero escapando. No pierdas el tiempo!" Reb Arye abrió la puerta. Un soldado se encontraba afuera, pidiendo entrar. Él hablaba Yiddish. "Tengo hambre", dijo. "Hambre?" le preguntó Rebbe Meir. "Dijiste que tienes hambre?". Corrió hacia la cocina y volvió con pan y leche. El soldado se sentó en la mesa y comió. "Dime", dijo el Maestro, "no te dan de comer en el ejército?" "Sí, claro que me dan!", respondió el soldado. "Pero su comida no es para mí. Por eso vine hoy aquí. Usted sabe, Rebbe, yo fui citado al ejercito por el Zar hace muchos años y he olvidado todo lo que aprendí en la casa de mis padres; todo, excepto que soy judío y que los judíos comen kosher. Por eso, a dondequiera que vaya con mi Unidad, busco casas judías para conseguir la comida correspondiente."

Visiblemente conmovido, Rebbe Meir fue hacia la ventana y miró al pueblo cubierto de nieve. Durante un rato no dijo nada. Luego suspiró y dijo:" Que el Mesías vendrá algún día no cabe duda; eso todos lo sabemos, no? Pero gracias a quién vendrá? Gracias a Meir? No. Gracias a tí, Reb Arye? No. Vendrá gracias a este soldado que recorre los pueblos golpeando las puertas, recordándonos quiénes somos."
 

Fuente: Yo judío
 

 

 

Cuento sobre un chofer que quiso ser Dios
 

por Etgar Keret

Esta es la historia de un chofer de colectivos que nunca quiso abrir la puerta de su vehículo a pasajeros retrasados. A nadie. Ni a alumnos de la secundaria, que solían correr tras el micro y gritarle con ojos llameantes. Ni a algunas nerviosas personas, envueltas en impermeables bajo la lluvia, que golpeaban los vidrios de la puerta, porque sostenían que la culpa del atraso no era de ellos, sino seguramente del chofer. Decían que éste había salido de la terminal unos minutos antes de su turno. No les abría la puerta incluso a viejitas que llegaban ante el colectivo cargadas con paquetes, que le rogaban con sus manos unidas en plegaria y petición para que les parara y las dejara subir. No les paraba no por ser un malvado, ni por tener un hueso atravesado en su garganta.

Era una cuestión de ideología.

Calculaba que si le paraba treinta segundos a cada uno, y digamos que contaba unos sesenta pasajeros por vuelta, que no se atrasaban, esto le daba derecho a no abrirles la puerta.

Sabía que la mayoría de los retrasados pensarían que era un hijo de perra, un descastado.

La persona que mas sufría gracias al chofer era Edi.

Pero este era distinto de todos los otros. Nunca corrió detrás de un colectivo. Tan haragán y despreocupado era.

Trabajaba como asistente del chef en un restaurante. La comida allí era como para desmayarse. Pero Edi era una buena persona. Cuando un plato no le salía muy apetitoso, salía de la cocina y se disculpaba ante los clientes.

Sucedió durante una de estas disculpas que se conoció con una joven, linda y llena de gracia. Ella se esforzó en deglutir el espantoso plato que Edi había cocinado.

Cuando él le pidió su dirección o su número telefónico, ella se negó. Pero no tanto como para no aceptar su invitación a encontrarse al día siguiente en el delfinario cercano.

Edi tenía una debilidad, se atrasaba siempre diez minutos, y no había despertador que lo ayudara. Decidió entonces no dormirse una siestita, como solía hacer después

del trabajo del mediodía, y se quedó mirando televisión. Así se quedó profundamente dormido, sentado, como un asesinado. Despertó pero ya habían pasado diez minutos de la hora fijada. Salió corriendo de su casa y corrió detrás del colectivo. Nadie se interpondría entre él y su nueva enamorada, salvo el chofer, quien recién había empezado a mover su colectivo. Vio a Edi por el espejo lateral, pero era un hombre de fuerte ideología. A Edi su ideología le importaba como la nieve disuelta del año anterior. Solo quería llegar en hora a su cita. Pero el chofer no se detuvo.

La suerte de Edi se dio vuelta de pronto, aunque no del todo. A 100 metros de la parada de colectivos colgaba un semáforo, que se puso en luz roja cuando el chofer iba llegando allí. Mas muerto que vivo Edi llegó hasta el colectivo, y se paró junto a sus puertas. Luego se arrodilló y miró al chofer con ojos húmedos y empezó a suspirar fuertemente. Esto llevó al chofer a recordar algo de su pasado.

Antes de ser chofer él había deseado ser Dios. Recordó que había decidido que de lograrlo, ser Dios, hubiera sido muy entregado y cordial con sus criaturas. Por eso, al ver a Edi de rodillas ante el colectivo, olvidó su ideología y abrió la puerta.

Este hubiera sido el mejor momento donde interrumpir esta historia, porque la joven, a pesar de la temprana asistencia de Edi, no había llegado, ni nunca llegaría.

Ella ya salía con otro.

Y qué? Era muy leal, y no pudo contárselo a Edi en el primer momento.

Edi la esperó casi dos horas exactas. Y mientras la esperó sentado en un banco lo

abordaron ideas muy tristes. Ideas sobre la vida y sus límites, y mientras miraba la puesta del sol pensaba en cuánto le dolerían luego los huesos, después del esfuerzo que había hecho corriendo detrás del colectivo.

En camino hacia su casa, volvió a encontrarse con el chofer y su colectivo. Pero esta vez sabía que no tendría ya fuerzas para perseguirlo. Iba caminando y sintiendo que no podría alcanzar al colectivo. Sentía dolor en cada célula de sus músculos y no tendría ya fuerzas para correrlo. Caminó lentamente hacia la parada mas cercana, vio que el chofer lo estaba esperando. A pesar que los pasajeros le reclamaban que empezara el viaje, que le gritaran y patalearan, para obligarlo a partir, el chofer esperaba, lo esperaba a Edi.

Cuando el colectivo por fin arrancó, el chofer miró a Edi por el espejito que tenía en un rincón, y le brindó un gesto, era una sonrisa, casi una mueca, pero que ayudó a Edi a superar el difícil momento vivido.
 

Fuente: fkpaya

 

 

 

Cholo “Gauchadas y Mitzves”

por Isaías Leo Kremer


Qué había llevado hacia esos pagos al “Cholo” Gaitán? El hombre ya no recordaba ni el cómo ni el porqué, sólo sabía que ahí estaba y que seguramente ahí terminarían sus huesos al final de la huella.

Nacido en la zona de Guaminí, criado “a la que me importa”, había crecido “cuerpeando” a la miseria como pudo, de a poco se hizo hombre y empezó a “recorrer pampa” ofreciendo sus servicios como domador, tropero, carneador, y si fuera necesario, se “prendía ala melga” (para arar), aunque eso no lo entusiasmara.

Así anduvo muchos soles como “bola sin manija”, hasta que sus huesos fueron a parar por esos parajes secos e inhóspitos, con viento y con frío y a los que no muchos criollos iban a “hacer patria”.

Los pobladores del lugar eran en su mayoría “gringos”, no se les entendía casi nada cuando pretendían hablar en castellano, pero no eran mezquinos cuando se trataba de brindar pan, carne o yerba al gaucho desabastecido.

Como no eran “duchos” (hábiles) en las labores del campo pese al empeño que ponían en ello, el Cholo les cayó “como anillo al dedo” y pronto se lo convocaba para cuanto trabajo requiriera de sus habilidades.

Un día lo llamaron para esquilar ovejas ya que no sabían manejar las tijeras, otro día para “estaquear” cueros, a veces para amansar un potro y otras para “sobar grampa” (curtir cueros).La proverbial bonhomía del Cholo, que siempre se presentaba llevando la diestra hacia el ala de su chambergo diciendo: “Cholo Gaitán, pa´lo que guste mandar” hicieron que su figura fuese habitual en los ranchos de los “gringos” a quienes otros llamaban “los rusos”.

Cada vez que el Cholo efectuaba una labor, los rusos agradecidos le preguntaban por el costo de la misma, el criollo no sabía poner precio a su trabajo y entonces decía: “¿Y qué le puedo cobrar por la gauchada? Deje a su gusto nomás “Y entonces los rusos le daban algunos pesos, pero enseguida le agregaban algo de carne salada, un frasco de pepinos y “la patrona” corría a alcanzarle algún trozo de torta de miel a la que pronto se habituó el Cholo.

Cuando sinceramente les pedía que no le dieran más cosas pues no podría llevarlas sobre su caballo, le decían que era una mitzve, término que por supuesto era inentendible para el criollo como tantos otros de la jerga del los “rusos”.

El Cholo pronto comprendió que estos “rusos” eran gente muy distinta a la que él conociera hasta entonces, no se “mamaban” (emborrachaban) aunque el vino no faltara en sus mesas, no usaban “faca” (daga criolla) ni eran adictos a las peleas. Lo peor es que no acostumbraban a matear, cosa que fueron aprendiendo de a poco; menos mal que él llevaba su “guampa” (cuerno) con yerba y podía zafar de ese té oscuro que tomaban con un terrón de azúcar entre los dientes.

No pasó mucho tiempo hasta que los negros ojos de una muchacha del lugar flecharon al pobre gaucho poniéndolo, según su expresión, “más pavote que nunca”. Mercedes trabajaba en lo de Don David, trabajar es un decir, porque en realidad era una más de la casa, pero por ser del lugar conocía mejor los trabajos de una vivienda de chacra y por eso ayudaba a “la patrona” en lo que podía, porque ésta con sus numerosos hijos, carecía de tiempo para atender su hogar.

Para Mercedes ya no había misterios en “los rusos”, hasta les entendía la “jeringoza” aunque no la hablaba de corrido, pero era capaz de introducir términos de la jerga extraña en sus conversaciones con el Cholo.

Para desgracia del criollo, Mercedes no sólo había incorporado el idioma sino también las costumbres de los rusos, así que cuando el gaucho quiso “llevarla en ancas”, se encontró con una firme resistencia, la chica o se “casoreaba” o no se iba de la casa de Don David, que era su propia casa.

Rumiando la bronca, el hombre se veía limitado a las “visitas de cortesía” al rancho o a los ocasionales bailes del pueblo, donde Mercedes siempre estaba al alcance de la vista de alguien (o de todos) y si no, alguno de los párvulos de Don David quedaba de ladero y no se iba aunque lo atiborrara de caramelos.

Al Cholo no le quedó más remedio que pensar en “sentar cabeza”. Consiguió un lotecito de campo cerca de la colonia, tenía un molino viejo pero había buena agua, de la casa ya no quedaba casi nada de lo que dejara el ocupante, pues el viento y la arena habían hecho una permanente y efectiva obra de devastación.

Los primeros días el joven los pasó “al sereno” (a la intemperie) como siempre había vivido, hasta que pudo conseguir unos pocos tirantes y algunas chapas de segunda.

En una de las visitas a Mercedes, hizo saber que iba a empezar a construir un rancho y acordó con Don David para “que le dieran una manito” en la empresa que acometía.

El día que empezó a levantar la casa no sabía ni por dónde empezar, hasta que llegó Mercedes con su familia adoptiva. Todos se pusieron a trabajar, al rato llegaron otros “rusos” y no sólo para trabajar, sino que uno trajo unas ventanas que le sobraban, otro unas puertas, un tercero trajo sus caballos para pisar adobe y así, sucesivamente, todos pusieron algo de ellos para erigir la vivienda del Cholo.

Cada vez que él agradecía “la gauchada” que le hacían los rusos con su solidaridad, recibía la misma respuesta: “Es una Mitzve”, con lo cual el criollo se quedaba en “ayunas”, pero interpretó que era el equivalente de “una gauchada” y como tal la agradecía.

La obra fue avanzando, cada vez que el Cholo iba a un campo para hacer un trabajo, recibía algún elemento que le sería útil en su futura chacra, esto llegó a tal punto que ya no iba a los campos a caballo sino en una volanta que, curiosamente, le diera don Simón (un vecino) porque era “una mitzve” y de esa manera, cada día traía su carro cargado con distintos objetos o materiales que incorporaba en su propiedad.

Los viernes a la tardecita se aseaba y se dirigía hacia lo de Mercedes. Sabía que al día siguiente no habría ninguna actividad así que disfrutaba de la cena en la que todos cantaban y aunque no entendía lo que decían, la alegría era contagiosa. Además, para ese entonces Cholo ya no veía más que por los ojos de su “prenda” y disfrutaba viéndola reír y cantar.

Por fin a Cholo Gaitán le llegó el gran día, buscó temprano a su novia y juntos fueron al Registro Civil de donde salieron con la “libreta de casorio”. Luego y por un pedido que don David hiciera a Mercedes, fueron a la capilla pues “el ruso” insistía con que la unión tenía que estar bendecida desde el cielo y aunque no entró a la ceremonia, los estuvo esperando a la salida donde abrazó
y besó a la novia a quien despedía como a una hija diciendo “Mazal tov” “Mazal tov” (buena suerte), término que el novio no entendió como tantos otros que usaban los rusos.Llegaron a su rancho blanqueado a la cal, pensaba que por fin tendría a su esposa para sí, no contaba con sus vecinos deseosos de hacer “mitzves”. Los mismos muchachos a los que él había enseñado a carnear y a hacer los asados, les habían preparado uno grande en su honor. No faltó ninguno de los rusos, al pobre Cholo hasta lo hicieron bailar y cada uno dejó algún obsequio útil para la joven pareja, ni se molestaban en agradecer, sabían que eran “mitzves”.

Lentamente fue armando su chacra: por unos potros amansados le dieron una vaca lechera, a cambio de una línea de alambrado consiguió semillas y así, de a poco, intentó ser un chacarero para tener querencia fija que los críos (que ya venían en camino) podrían disfrutar, sin ser llevados como lo fuera él de un lado para otro como los “cardos rusos” que arrastra el vendaval.

Los “hermanos rusos” de Mercedes venían seguido a visitarlos, siempre traían entre otras cosas la torta de miel a la que el criollo ya se había acostumbrado y como le hablaban en un castellano comprensible, Cholo podía preguntarles cosas que los rusos le contestaban pero él no comprendía.

En una sobremesa les preguntó: ¿por qué cuando ustedes hacen un favor a alguien dicen que es una “mitzve”?, no sería más fácil decir que es una “gauchada”?Uno de los muchachos trató de explicarle la diferencia y le dijo: La “mitzve” es obligatoria hacerla, mientras que “la gauchada” es voluntaria-¿Por qué es obligación?-preguntó Cholo-Porque así está ordenado en la Biblia-¿Y para qué hay que cumplirla?-Porque te hace sentir mejor a vos y a quien la recibe-¿Y si no la cumplo?-No serás mejor persona-Pero no tendré castigo-¡Sí! Al no lograr mejorar como ser humano.

Todo esto superaba el entendimiento del pobre criollo, que lo único que sacó en limpio era que “mitzve y gauchada” no eran lo mismo pero eran lo mismo y luego de esta profunda reflexión, dejó de lado el asunto.

La panza de Mercedes estaba cada vez más grande. Cholo no sabía nada de partos ni de nacimientos, sólo supo que había llegado el momento cuando su mujer empezó a quejarse de fuertes dolores.

Menos mal que “la patrona” de Don David estaba allí junto a otras mujeres de los “rusos” que solícitas se prestaron a colaborar.

El se quedó junto a los “hermanos” de Mercedes afuera, cerca del fogón, prendido en interminables rondas de mate alteradas por los gritos de la parturienta.

Pasaron varias horas, en medio de la noche salió una de las mujeres y comentó que la cosa venía difícil y que Mercedes había perdido mucha sangre.

Por primera vez Cholo pensó que podía perder a “su prenda” y entonces, toda la ilusión de un hogar con ella se iría al diablo.

Vio que “los hermanos” de Mercedes y Don David, se orientaron hacia un lado y comenzaron una incomprensible letanía, supuso que estaban rezando y lamentó no poder hacerlo con ellos. Don David fue a buscarlo, lo tomó del brazo y con su dificultoso idioma, trató de hacerse entender diciéndole:¡Ven conmigo! ¡Piensa en Mercedes, mira hacia el cielo y pide por su salvación, allí tu D´´s y mi D´´s que son lo mismo, oirán tu pedido y también el mío para que todo salga bien! Así lo hizo Cholo y abrazado a Don David, dirigió su mirada a las alturas e invocó por la salud de su esposa a quien amaba entrañablemente. Un “refusilo” (relámpago) le hizo suponer que su oración había llegado al cielo.

Clareaba ya cuando la mujer de Don David se asomó a la puerta del rancho, lucía ojerosa y cansada, pero feliz mostraba a Cholo un crio chiquitito y negrito que atronaba el espacio con sus berridos y le dijo: ¡Es un varón Cholo y tiene tu cara!

Las manos ásperas y curtidas del criollo temblaban al tomar el delicado envoltorio, sintió que le asomaban las lágrimas viendo a su primer hijo y quiso contenerse pero no pudo ¡total!, quien iba a pensar que era un flojo porque lo vieran llorar y dio rienda suelta a su contenida emoción.

A media mañana empezaron a caer los vecinos “rusos”, pues enterados del parto dificultoso pero con final feliz tanto para la madre como para la criatura, querían ser partícipes del acontecimiento.

De paso, cada uno se aparecía con algo: uno con una cunita que no usaba, otro con un cochecito, otro con un andador para los primeros pasos, ropa, sonajeros, etc., etc., para qué les iba a agradecer si Cholo sabía que le responderían que es una “mitzve”, y participaban de su felicidad.

Se empezaron a retirar del rancho recién por la tarde, los últimos en irse fueron los hijos de Don David, éste mismo y su “patrona”, ninguno de ellos había cerrado un ojo en toda la noche pero el agotamiento y la felicidad se reflejaban en sus rostros.

Subida al carro toda la familia, la “patrona” sacó una gran canasta con todo un ajuar de mantillas, acolchados y ropa que, pacientemente, había preparado para el bebé y no se había animado a dar hasta el feliz desenlace: ¡Toma Cholo! Esto es para Cholito pues supongo que se llamará como el padre.

El criollo duro se emocionó al ver las prendas, se acercó al carro, abrazó a la “patrona” cual si fuera su madre y le dijo “NO SE VA A LLAMAR CHOLO, OTRO QUIZA, ESTE SE VA A LLAMAR DAVID Y POR FAVOR NO ME LO AGRADEZCAN, LO HAGO PORQUE ES UNA MITZVE” y se alejó riéndose.



A la memoria de Don David Gaitán

Mitzve: Mitzvot deviene de la raíz Tzivui que significa mandato, por lo tanto su ejecución no es voluntaria sino obligatoria para todo buen judío

 

 

 

Amelia llega tarde a la comida de Rosh Hashaná


por May Samra

Amelia, hermana de siete hermanas y niña de trece años y grandes ojos, fue sacada de una infancia paupérrima por un hombre mayor, quien la vio un día en su ventana, se prendió de ella y la llevó a su casa. Allí, le puso un anillo al dedo y ante dos testigos, le declaró “Estás consagrada para mí por la Ley de Moisés y de Israel”. Acto seguido, mandó a avisar a sus padres que su hija había sido desposada y que no pedía dote, detalle que causó la felicidad de sus progenitores.

Así, legalmente casada, fue violada la primera noche y las subsecuentes noches de su vida. Nunca conoció su propia anatomía femenina; no supo lo que era el placer ni sospechó su existencia. Sus largos días fueron dedicados al servicio al Hombre, Esposo, Hijo, Yerno o Nieto; y adiestró a Hijas, Nueras y Nietas a que siguieran su ejemplo.

Su labor era gratuita y por lo tanto poco apreciada. Su tiempo era propiedad del hogar: era normal verla pasar una noche en vela pelando alcachofas o media hora separando una madeja de tallarines que se habían pegado en la cocción. El Marido se jactaba de que había fungido, incluso, de enfermera cuando los padres de él sufrieron los embates de la vejez y quedaron confinados a su cama: relataba cómo, sin una sola queja, acudía ella a alimentarlos, limpiarlos y atender sus dolencias, a pesar del mal humor de los ancianos. Otro motivo de orgullo del Marido era que, cuando ocurría una riña y sin importar el motivo o el culpable de la misma, ella era siempre quien venía a pedir perdón, cargando la charola del café turco.

Las comidas, en casa del Marido, eran legendarias, por la variedad y el sazón de los platillos, así como por las ollas inagotables que saciaban a todo el clan, pero también a otros veinte comensales más; así que invitados y gorrones siempre rodeaban la mesa permitiendo al Patriarca ejercer una hospitalidad bíblica.

En un día de Rosh Hashaná, año nuevo judío, Amelia cumplió treinta años de matrimonio. La familia entera se dirigió desde temprano a la sinagoga, emperifollada, con peinados altos y bajos, para sentarse juntos y escuchar el rezo. A la salida, todos se dirigieron hacia la casa del Marido, ahora Patriarca, en pequeños grupos. Al llegar, Le besaron la mano. Él, sentado en Su sillón, los bendijo. A todos, menos a Amelia, quien no había vuelto con las Nueras, ni con las Hijas y mucho menos con el Marido.

Pasaron los minutos, y luego dos dolorosas horas, en las que Amelia seguía ausente de su propia casa, algo que jamás había sucedido. Se envió a uno de los niños a buscarla, pero volvió diciendo que la sinagoga estaba cerrada y no la había visto en los alrededores. La familia, en grupo de tres, y hasta los gorrones, que siempre asistían a las comilonas, rastrearon las ocho calles que separan a la casa del Marido de la sinagoga, sin resultado: Amelia simplemente se había evaporado de la faz de la tierra, ajena a la comida de Año Nuevo, ajena a los deseos y necesidades de su Marido, ajena sus invitados, ajena al kidush, bendición que se pronuncia antes de la comida, ajena a todo lo fundamental en su vida. Era extraño, inconcebible, que Amelia no estuviera allí, revisando el alineamiento correcto de los platos que había puesto antes de ir a la sinagoga, la frescura de la hierbabuena y el berro que adornaban la mesa, la pimienta del guiso de carne con papas, el último caldo de la ternera en el horno, y la puntualidad y decencia de la Amelia-nieta, la más pequeña del clan.

Alguien habló de un secuestro, pero fue callado por decenas de “D-os no lo permita” . Se contaron chistes y anécdotas de los niños para aligerar la espera, pero nadie se explicaba a dónde había desaparecido Amelia, vestida con su traje de fiesta y sus únicos zapatos de tacón bajo. Su ausencia desestabilizaba el Patriarcado entero. El Marido, aparentemente plácido tras sus lentes de concha nácar, se había quedado sin el más abyectamente fiel de sus súbditos.

Amelia llegó finalmente, un poco despeinada, con un cuento bizarro acerca de cómo se había quedado encerrada en la sinagoga, con instrucciones de no salir hasta que se le indicara. Por supuesto, el Marido no se tragó la historia, pero ella no desmentía su versión y repetía, una y otra vez, los mismos detalles absurdos. El hecho de que su mujer se tomara, sin permiso suyo, dos horas de libertad, exasperó sobremanera al Marido, el cual empezó a insultarle ante las Hijas y las Nueras, detalle insólito, pues el status de Suegra era casi sagrado en la familia, y contaba con una especie de inmunidad diplomática que, en público, incluía al Patriarca.

Nadie acudió a su defensa: ella había educado a todos a temer al Marido y no contradecirlo, así que, por inercia, todos formaron un bloque hermético que la miraba, incrédulo y acusador.

Amelia, lapidada por las invectivas, atónita de tanta humillación, corrió hacia la mezuzá pegada al marco de la puerta, se prendió de ella y gritó: “Juro por este día que, muy pronto, llegará el momento en que llamarás “Amelia” pero nadie responderá, y , por lo que acabas de hacer, estarás solo hasta el día de tu muerte”.

El Marido, sorprendido, decidió hacer caso omiso de esta primera rebeldía, y se dirigió hacia la mesa. Ella tomó su lugar a su izquierda, en un silencio total.Ese día, la comida inició dos horas más tarde.

Diez días después, los mismos se reunieron alrededor de la mesa, para disfrutar la comida que precede al ayuno de Yom Kipur. La concurrencia estaba a punto de terminar el banquete , cuando el Marido partió un huevo duro que Amelia acababa de pelar. La exclamación del Patriarca hizo que todos los presentes se callaran de pronto. En el silencio, vieron su cara, enrojecida por el terror, y el brazo que enarbolaba un medio huevo cuya yema estaba de un rojo vivo, y cuya clara aparecía atravesada por venas coloradas, como un ojo sangriento. El huevo, vuelto hacia la familia, parecía una acusación o una maldición. El Marido miró a Amelia con una ira incontenible, y ella bajó los ojos, aceptando su culpa y su sentencia. El Marido lanzó el alimento al plato, gritando que ya no quería comer, pues su esposa lo estaba envenenando. Fue imitado por los demás, quienes interrumpieron su comida por solidaridad, menos los gorrones: se apresuraron a terminar su plato antes de dejar la mesa.

El marido, sentado en Su sillón, se encerró en un mutismo impenetrable. Los Hijos le suplicaban que se alimentara antes del ayuno, pues no hacerlo podía afectar su salud. Las Nueras intentaban convencerlo con mimos y palabrería.

En la cocina, Amelia estaba sentada en su banco, ausente. Los Hijos le suplicaron que fuera a pedir perdón al Patriarca, pero ella simplemente negó con la cabeza, hasta que ellos se alejaron, dejándola tranquila.

Amelia vivió el silencio por primera vez en su vida. En su mano, el huevo latía, liso y sangriento como el ojo de Abel: ella lo miraba y el ojo le devolvía la mirada, mostrándole su sangre virginal, la sangre de sus muchas vejaciones, las humillaciones sin nombre, las manos ajadas por la servidumbre y la ingratitud, y el dolor, el dolor que se le metía ahora hasta los huesos, dolor de coito y de partos, dolor de habérsele negado la libertad y dolor de ver caminar a sus hijas por este mismo sendero, como muchas de las hijas del Hombre.

Se habló mucho, ese día y los siguientes, del misterio del huevo. Se mencionaron las maldiciones que, dos días antes, una limosnera había gritado cuando se le negaron unos centavos. Otros recordaron que una pariente lejana, famosa por su ojo maligno, visitó la casa esta semana. Miradas de sospecha, y una que otra pregunta, fueron lanzadas hacia la sirvienta, quien les recordó que, por desconfianza y por costumbre, Amelia preparaba los alimentos con sus propias manos y no le permitía tocarlos siquiera. Quienes gustaban de la acción pronta, solicitaron la llegada de un rabino. Éste mató a un gallo junto al árbol del patio, como Kapará, para que su sangre, absorta por el lodo, redimiera los pecados y evitara las desgracias que el huevo había presagiado.

Todo fue inútil: Amelia murió este mismo año, de cáncer de hueso, sin jamás revelar el secreto de aquella tarde funesta: por las prisas, ella había puesto a cocer el huevo en la misma olla que las betarragas.

Fuente: Enlace Judío
 

 

 

¿Quién debe perdonar?

 

Hace unos treinta años, el rabino Abraham Joshua Heschel fue invitado a dar unas conferencias en una convención de ejecutivos de AT&T.

Durante las sesiones habló sobre el arrepentimiento, la expiación y el perdón. En cierto momento, uno de los directores de la compañía levantó la mano y preguntó: "Rabino Heschel, usted habló sobre el concepto del perdón.

¿Por qué no pueden los judíos perdonar a los alemanes por el Holocausto?".

Heschel respondió contando el siguiente relato: "Un día, el rabino Jaim de Brisk, uno de los grandes rabinos lituanos, viajaba en un tren. Como acostumbraba, se puso a leer textos sagrados. Tres campesinos judíos ascendieron al tren y lo invitaron a jugar cartas con ellos. Él se negó.

Ellos se pusieron a jugar, pero continuaron insistiendo que se uniera al juego.

Él continuó negándose.

Finalmente, los jugadores comenzaron a burlarse de él y lo empujaron hasta el siguiente vagón. Cuando el tren llegó a Brisk, el Rab Jaim descendió y fue recibido por una enorme multitud y fue saludado por muchos que estaban en el andén.

Los tres campesinos estaban sorprendidos ante esta escena.

Preguntaron: ¿A quién están honrando? Uno de los aldeanos respondió:

¿No sabes que ese es Rabi Jaim de Brisk, uno de los grandes estudiosos de todos los tiempos?

Los tres hombres avergonzados intentaron acercarse al Rab Jaim para expiar su comportamiento.

Bajaron sus rostros y con el sombrero en la mano, le pidieron disculpas: "Si hubiéramos sabido quien era usted, no lo habríamos tratado así de mal. Por favor perdónenos. Rab Jaim se negó:

"Le están pidiendo disculpas a persona equivocada. Se las están pidiendo a Rab Jaim de Brisk. Deberían pedírsela al judío anónimo que estaba sentado estudiando en el tren".

Heschel continuó: "Durante la Guerra, fui afortunado.

Mi madre y mis hermanas fueron asesinadas por los nazis.

Yo me salvé.

El perdón deben darlo solo aquellos que sufrieron, los millones que fueron torturaron y a quienes les quitaron la vida. Sólo ellos tienen la capacidad de perdonar. Yo no.

Ésta es una historia poderosa.

Y sigue teniendo vigencia.

Heschel sugirió que sólo los que fueron atacados pueden otorgar el perdón.

Y yo estoy de acuerdo con él.

Pero a medida que el tiempo pasa, en la medida en que nos alejamos en el tiempo, en la medida en que para muchos nuevos ciudadanos del mundo la Shoá será en el mejor de los casos algún breve capítulo de algún mediocre libro de historia, o algún documental en la televisión, en esa misma medida, yo, como su rabino debo hacerme y debo hacerles a ustedes las preguntas.

Debo preguntarles: ¿Puede haber perdón? ¿Quién debe perdonar?

¿Cuándo será el tiempo de perdonar?

Y cada uno debe responder.

Debo preguntarles:

¿Cómo asegurar que nuestros descendientes conocerán la historia y la sentirán como propia?

¿Cómo encaminar nuestra energía comunitaria para garantizar que no habrá olvido individual y colectivo?

Heschel tenía razón, nosotros no podemos ser los que perdonemos.

Tampoco podemos olvidar ni permitir que el mundo olvide.

Pero después de decir esto, ¿qué sigue?

Yo pienso que ya hemos construido suficientes monumentos a la muerte y a la destrucción; pero faltan construir muchos monumentos a la fe en una vida judía más rica y más comprometida.

Y cómo recordemos, y cómo respondamos determinará la naturaleza de la vida judía en este siglo y en el próximo.

Y en este nuevo aniversario de uno de los momentos más trágicos de nuestra historia, a aquellos que claman que ya es tiempo que el pueblo judío perdone, les respondo como lo hizo Heschel:

"Le están pidiendo disculpas a la persona equivocada. Deberían pedírsela al judío anónimo que estaba sentado estudiando en el tren".

Amigos: Contemos la historia. La de los asesinos, la de los "neutrales" que no fueron neutrales, la de los silenciosos y la de los indiferentes.

Cada día contemos lo sucedido.

Contémoslo a nuestros hijos, a nuestros amigos, a nuestros conocidos, a todos los seres humanos.

Recuerden:

No somos quienes debemos perdonar.

Pero sí quienes no debemos olvidar.

Fuente: MesilotHatorá

 

 

El Juicio De Cada Día

por Yerachmiel Tilles

Un joven estudioso vino a Rabí Israel Baal Shem con una pregunta. Había descubierto una contradicción en las enseñanzas de los Sabios, y quería oír cómo el maestro jasídico lo resolvería. Por un lado, dice en el Talmud, que la parnasá (sustento) que tendrá una persona durante el año entero, se determina en Rosh Hashaná. Por otro lado, también declara que "a la persona se la juzga cada día" para su sustento. ¿No es una contradicción?

El Baal Shem Tov llevó al joven Talmudista a la ventana, y apuntó a un aguatero que pasaba, con un palo atado a su espalda y un cubo de agua enlazado a cada extremo. "Vamos a hablar con él" invitó.

"Faivel, ¿cómo estás hoy, mi amigo?" El Baal Shem Tov preguntó solícitamente. "¿Cómo está tu salud y tu parnasá?"

"Gracias a Di-s estoy bien", contestó al aguatero, pero suspiró infelizmente. Se quejó sobre de lo difícil que era llevar los cubos pesados todo el día, y de que apenas ganaba dinero para sobrevivir. Además, los niños locales lo fastidiaban, y a veces se empujaban encima de sus cubos.

El Baal Shem Tov respondió con unas palabras de aliento y bendición. Él y el estudiante volvieron a la casa.

"No entiendo", dijo el joven, perplejo. "¿Qué tiene que ver lo que él dijo con mi pregunta?"

El Baal Shem Tov sonrió. "Ven mañana a esta misma hora y verás"

Al otro día, estaban de pie al lado de la ventana del Baal Shem Tov, mientras esperaban al aguatero. Al verlo, salieron para hablarle de nuevo.
"Nu, Faivel, ¿cómo están hoy las cosas"? le preguntó el Baal Shem Tov.

"Gracias a Di-s, no puedo quejarme", contestó alegremente el aguatero.

"Mi negocio es estable-después de todo, todos necesitamos el agua. No soy rico pero sobrevivo. Los cubos son pesados, pero gracias a Di-s, tengo una espalda fuerte"

"¿Y sobre los niños que lo molestan?" el Baal Shem Tov insistió.

"¡Niños!" se rió. "¡Di-s los bendiga! ¿Se supone que los niños son traviesos, ¿no?"

El aguatero siguió su camino, y el Baal Shem Tov se volvió a su visitante. "¿Ves? Él hizo lo mismo ayer y hoy y ganó idéntica cantidad de dinero, sin embargo, sus sentimientos fueron completamente diferentes.

Es verdad que el ingreso de una persona durante el año entero es irrevocablemente fijado en Rosh Hashaná. Pero el cómo recibimos nuestro reparto diario difiere cada día, dependiendo del juicio diario."


Fuente: Jabad

 

 

El Majzor de mi Padre

por Zushe Greenberg

En 1951, en el día de Iom Kipur, mi padre, el Rabino Moshe Greenberg, recitó fielmente todas las oraciones de la festividad. Todas, pero en realidad omitió la oración que es generalmente considerada la más solemne de las plegarias del día, el Kol Nidrei.

En ese momento mi padre tenía veinte años y estaba preso en un campo de trabajos forzados soviético, en Siberia. Su crimen había sido tratar de escapar de Rusia.

Soñaba con dejar el país y llegar a la tierra de Israel. Pero fue apresado y sentenciado a veinticinco años de trabajos forzados. Lo separaron de sus padres y sus dos hermanas. Su hermano ya estaba prisionero en otro campo, por haber cometido un “crimen” similar.

En el campo de mi padre había unos 1.000 hombres, todos trabajando en la construcción de una central de energía eléctrica. Aproximadamente veinte de los prisioneros eran judíos.

A medida que se iba acercando el fin del verano, los prisioneros judíos añoraban tener la oportunidad de observar los Días Austeros. Sabían que no iban a disponer de un shofar, ni de un rollo de la Torá ni de los talitot (mantos de oraciones), pero tenían la esperanza de poder encontrar un majzor, un libro de oraciones para los Días Austeros.

Mi padre ubicó a un hombre “de afuera”, un ingeniero que trabajaba en proyectos específicos para el campo de prisioneros. Tenía la impresión que el ingeniero podría ser judío.

De modo que esperó a que se diera la oportunidad para acercarse al ingeniero y le susurró en idish: “Kenstu mir efsher helfen?” (¿Podrías ayudarme?).

En esos tiempos la mayoría de los judíos entendían y hablaban el idish. En los ojos del ingeniero hubo un destello de comprensión.

“¿Podrás traer un majzor para mí, para los judíos que estamos acá?“, le preguntó mi padre. El ingeniero quedó dudando. Una transacción de este tipo pondría en peligro las vidas de ambos. Aún así, el ingeniero accedió a hacer el intento.

Pasaron algunos días. “¿Hay novedades?” preguntó mi padre.

“Tengo buenas y malas noticias,” le contestó el ingeniero. Con dificultad había logrado ubicar un majzor, pero era el único majzor que le pertenecía al padre de la novia del ingeniero y el hombre se había puesto furioso cuando la hija le pidió que se lo regalara. Quizás le dijo al padre por qué lo quería, o quizás no lo hizo…

Pero mi padre no iba a darse por vencido. Quizás, sugirió mi padre, el hombre le podría prestar el libro. Él lo copiaría y se lo devolvería a tiempo para Rosh Hashaná.

El ingeniero ingresó de contrabando el majzor al campo y se lo pasó a mi padre.

Para poder copiarlo mi padre construyó una gran caja de madera, donde se metía durante algunas horas cada día. Allí, a escondidas fue copiando en un cuaderno, renglón por renglón, todo el libro de oraciones en un cuaderno. Un mes después terminó de copiar todo el majzor. Pero faltaba una hoja, la que contenía el Kol Nidrei, la primera oración que se recita en Iom Kipur.

A la muerte de Stalin, y después de haber pasado casi siete años en la cárcel, mi padre, junto con todos los prisioneros políticos, fueron puestos en libertad. El único objeto que mi padre se llevó consigo fue su majzor.

Pudo volver a reunirse con su familia cerca de Moscú y, tiempo después, contrajo matrimonio. Yo era un niño pequeño cuando en 1967, quince años después de haber sido liberado de la prisión, mi familia fue autorizada a inmigrar a Israel. El majzor vino con nosotros.

Mi padre, que todavía vive en Bnei Brak, Israel, no quiere recordar aquellos años tan dolorosos que tuvo que pasar en Siberia. Pero, en las pocas oportunidades en que lo escucho relatar una historia de esos tiempos, siempre afirma emocionadamente que nunca participó de servicios religiosos tan significativos como los de la prisión.

En 1973 visitó al Rebe de Lubavitch en Nueva York y le llevó de regalo el majzor.

Hace unos meses estuve en la biblioteca del Rebe y encontré el majzor de mi padre. Miré el gastado libro, con sus frágiles páginas y caracteres hebreos escritos apuradamente y con tanto respeto y determinación. Lo copié en una fotocopiadora.

Este Iom Kipur, mientras dirijo el servicio religioso en el Beit Jabad de Solón, Ohio, la copia del majzor de mi padre estará conmigo, y seguirá faltando la oración de Kol Nidrei.

Durante los años que mi padre pasó en prisión no pudo recitar el Kol Nidrei. Este año le voy a pedir a mi congregación, y a todos nosotros, que lo pronunciemos en su nombre y por todo aquel que no tenga la posibilidad de hacerlo.
 

Fuente: Jabad


 

 

Ouazanne, Tetuán 1955

por Esther Guanich Corcias

-Mamá no puedo dormir; no dejan de cantar y… hace mucho calor.

-Bueno Lilah, es solo por esta noche. Prueba a acostarte en mi colchoneta que es más alta, así, eso es, ¿estás mejor ahora?

-Si, mami.

Rachel la besa y sale de la carpa. Con mucha curiosidad empieza a caminar pausadamente entre la doble fila de carpas iguales a la suya.

La noche es espléndida. Pequeños faroles de gas iluminan a grupitos de hombres y mujeres que cantan acompañados de tamboriles y panderetas. Escucha fragmentos de canciones como las que se suelen cantar en la noche de paño de las novias

“Al llegar por esos campos la niña llora…” Se detiene y los observa :unas ancianas vestidas de riguroso luto responden con otra frase “mi padre a cazar venía, mi padre a cazar venía..”. Rachel cree estar soñando.

Todas esas personas, desconocidas entre sí cantando en grupitos parecen salidas de otros tiempos. La historia se ha detenido. Son los mismos de siempre que vuelven de vida en vida. Pare reunirse y cantar. No, no puede ser, son fantasías suyas. Es la noche, los aromas, las luces, tanto fervor….

Al llegar el mes de mayo las piernas de su abuela Simi se encontraban peor que de costumbre a causa del reuma.

-Rachelita, le dijo, con su voz tierna y persuasiva, a tu hijo le bajó esa fiebre tremenda la noche que yo prometí a Rabí Ambran llevar una caja de velas a su tumba. Y desde entonces no pienso en otra cosa.

Yo no puedo hacer ese viaje con mis dolores: irás tu, mi reina con lo bueno mío de la niña y me sacarás este peso del corazón.

Mercarás las velas por mi cuenta.

Mientras las tiras a la hoguera pedirás por mi también.
Imposible resistirse a los ruegos de la abuela que les dedica toda su vida, que los protege con sus conjuros para espantar el mal y sabe ahuyentar las pesadillas poniendo un cuchillo debajo del colchón. Y por si fuera poco prepara un ungüento para curar las anginas: un toque con la pomada en la garganta y santo remedio.

Rachel no está segura del poder mágico de los objetos que usa la abuela. Ella está convencida de que los cura el amor que siente por todos ellos. Una semana después se une con su auto a la gran romería de autos de árabes y judíos que acuden al cementerio de Ouazanne en esa época del año

Era en plena noche. Desde hacía varias horas, la gran fogata de velas sobre la tumba del Rabí lamía con sus lenguas rojizas las ramas del árbol que misteriosamente permanecía intacto.

El olor que se desprendía de ella se mezclaba con el aroma de las especias, y el de los pinchitos asados en las parrillas del fondo. Rachel compra la caja de velas, se acerca a la hoguera y las va tirando una a una.
Olvidada de su incredulidad, reza como todos los que la rodean. Agradece el pan que no les falta, la salud de Nissim, la unión de la familia…

Cerca de ella un hombre, sentado en una silla de ruedas toma una de sus piernas y con un gran esfuerzo la coloca en el piso. Intenta hacer lo mismo con la otra pero le pesa mucho. Se detiene, junta las manos, cierra los ojos y reza. Lo intenta de nuevo y arrastrando el pie consigue colocar sus piernas juntas. Después balancea su cuerpo a un lado y a otro para encontrar la posición, el equilibrio, y con el rostro contraído por el dolor comienza a enderezarse.

Todos están pendientes de el. Rezan en voz alta pidiendo ayuda al Santo, que le de fuerzas, más fuerzas. Un murmullo recorre el cementerio. El hombre se va enderezando centímetro a centímetro hasta quedar derecho. Mira a su alrededor sorprendido. Teme desplomarse. Junta sus manos y reza de nuevo. Poco a poco adelanta un pie, después el otro y da cuatro o cinco pasitos hasta que cae de rodillas agotado

¡Milagro! ¡milagro! grita la multitud. Una mujer se acerca y lo abraza.

Rachel está muy impresionada y sus ojos se llenan de lágrimas. Amanece, el cielo se tiñe de tonos rosados. Hay un gran silencio y mucha paz en el cementerio.

La hoguera esta apagada. Excepto un grupo de religiosos que rezan sus oraciones matinales todos duermen.

-Lilah despierta, nos vamos ahora, antes que empiecen a salir todos.
Vamos despierta.

 

Fuente: Milim Digital


 

 

Barriles en la Nieve

por Tuvia Bolton

Se cuenta la historia de un Jasid, que cada año visitaba en el mes de Elul a su Rebe, Rabí Menajem Mendel de Lubavitch (1789-1866), para estar con él durante las Altas Festividades...

De todas formas no era una fácil empresa pues en esa época del año, ya el clima era terriblemente frío y nuestro protagonista realizaba todo el trayecto a pie.

En cierta ocasión, cuando sus fuerzas se habían agotado y el frío ya no le permitía mover sus piernas, escuchó el ruido de una carreta que avanzaba por el camino. Se la escuchaba lejos, ocasionalmente se oía la voz del conductor que cantaba alguna melodía. Al rato el carruaje ya estaba a su lado. La parte de atrás del coche estaba repleta de enormes barriles. El conductor se detuvo al lado del judío.

"¡Hey, Moshke!" (así llamaban los gentiles a los judíos)- gritó-"¿Deseas viajar conmigo? ¡Si encuentras un sitio detrás, sube!" Con fuerzas renovadas el anciano Jasid subió a la carreta agradecido y se sentó entre los barriles.

Pero su alegría no duró mucho tiempo. Después de unos pocos minutos, hundido entre los barriles, se dio cuenta que se estaba congelando, sin poder siquiera moverse. En ese momento se le ocurrió que los toneles podían contener vino, vinagre, o aceite. Con un movimiento vacilante abrió uno de los tapones y olió. No, no era vino ni aceite, era... ¡vodka!

"Iván" gritó el Jasid, "necesito un poco de tu mercadería. ¡Me estoy congelando! Te lo pagaré, lo prometo. ¿Puedo tomar una pequeña copa?"
"Claro que sí, amigo!", respondió el conductor, "toma todo lo que necesites. Ciertamente hace mucho frío allí afuera".

La segunda copa fue mejor que la primera, y en un minuto ya se sentía el calor. ¡Estaba feliz! ¡Viajaba a lo de su Rebe, Di-s le había realizado un milagro! El Jasid comenzó a cantar y junto con él cantaba Iván. Las 10 horas de viaje pasaron cual minutos. Antes de que lo notara, ya habían llegado a Lubavitch. El conductor lo ayudó a bajar, lo abrazó y besó y se despidieron afectuosamente. Nuestro Jasid entró a la Sinagoga y saludando a todos pidió silencio y dijo:

"Hoy he aprendido una gran lección. Ustedes saben que la Torá es comparada con el agua. Se supone que la Torá te dará calor y te hará feliz. Y eso es lo que el Baal Shem Tov y los Rebes nos enseñaron con el Jasidut (filosofía jasídica), lograr que los judíos sientan calor y alegría ¿verdad? La Torá incluye todo tipo de aguas, entonces el Jasidut debe ser la vodka de la Torá, ¿cierto?. La parte de la Torá que nos hace sentir cálidos y felices". Nadie entendía exactamente lo que el hombre quería decirles, pero por respeto a su edad lo dejaron continuar. "Acabo de descubrir que un Jasid puede estar rodeado de barriles de Jasidut, por el mar de la Torá, y sentirse todavía frío, incluso estar a punto de morir congelado. Pero cuando permite que aunque sea un poco de Jasidut penetre en él... Ah! ¡La historia cambia! Nos sentimos vivos y apasionados. Y a partir de ese momento somos capaces de dar calor al mundo entero..."
 

Fuente: chabad.es.org


 

 

Salmos del Corazón

Es una vieja costumbre dedicar más tiempo durante el mes de Elul a la plegaria y a recitar tehilim. Hasta los judíos estudiosos, quienes pasan la mayor parte de su tiempo en el estudio de la Torá, se dedican más a la plegaria y a tehilim durante estos días.En relación con esto, les traemos la siguiente historia:

El santo Baal Shem Tov amaba mucho a los demás judíos. Amaba a los jóvenes y a los viejos, a la gente de la ciudad y a la del campo, a los estudiosos y a los ignorantes. Los amaba con todo su corazón y su alma.

No es de extrañar que los judíos acudiesen a él desde lejos y desde cerca, porque ¿no es el corazón como un espejo? Como uno se siente hacia el otro, el otro se siente hacia uno. Y así muchos judíos llegaban donde el Baal Shem Tov. Algunos llegaban a escuchar sus palabras de Torá --para ellos el Baal Shem Tov revelaba secretos escondidos de la Torá que hacían que sus corazones cantasen de alegría. Otros --incluyendo los ignorantes-- venían a pedirle su consejo o su bendición, o simplemente a mirar la cara santa del Baal Shem Tov y a inspirarse con las melodías que oían, ya que eran cantadas sin palabras, o con palabras muy simples que podían entender.

Los hombres sencillos e ignorantes se sentían muy avergonzados de no haber aprendido más en su juventud. El Baal Shem Tov sabía como se sentían. Sabía que no era su culpa. De hecho, con frecuencia les decía que no debían sentirse desdichados, ya que D-os ama la sinceridad y la sencillez, la integridad y la humildad, y éstas virtudes existían en abundancia entre los ignorantes. ¡En esto no estaban por debajo de nadie!

Para demostrarles quá realmente quería decir eso, el Baal Shem Tov era especialmente amistoso y atento con ellos. Cuando se sentaba a la mesa, rodeado por sus brillantes estudiantes --muchos de los cuales eran eruditos famosos-- invitaba a los hombres pobres a compartir el vino sobre el que había recitado el kidush, dándoles generosas tajadas de queque de miel, y en general haciéndoles sentir como si fuesen sus hijos favoritos. Los eruditos que se sentaban a la mesa no podían comprender por qué el santo Baal Shem Tov les dispensaba tanta atención a los ignorantes. El Baal Shem Tov también sabía como se sentían los eruditos.

En una ocasión les dijo: “Estáis sorprendidos de que favorezca a los sencillos, ¿no es así? Es cierto que ellos no han aprendido tanto como vosotros; algunos de ellos ni siquiera conocen el significado de las plegarias que recitan diariamente. Pero sus corazones son de oro; sus corazones están llenos hasta rebosar de amor por la humanidad y por todas las criaturas de D-os, y son humildes y honrados. Observan todas las mitzvot de la Torá con simplicidad y fe, aunque no sepan mucho sobre ellas. Sobre todo, hay un fuego ardiente en su corazón por estar con D-os, como la Zarza Ardiente que no se consumía. ¡Cómo envidio sus maravillosos corazones judíos!"

Los estudiantes escucharon a su maestro y difícilmente podían creer lo que oían. El Baal Shem Tov los miró con seriedad y dijo: '"Pronto os demostraré que no he exagerado."

Esto sucedió durante la seudá shelishit del santo Shabat. Como era la costumbre, el Baal Shem Tov se sentó a la cabecera de la mesa rodeado por sus discípulos. Esta era la ocasión cuando les enseñaba los secretos de la Torá. Los hombres sencillos, quienes no podían entender los misterios de la Torá, se retiraron en ese momento a un cuarto al lado, donde recitarían los salmos del Rey David lo mejor que pudieran.

El Baal Shem Tov cerró los ojos y estaba profundamente absorto. Su santa cara mostraba una profunda concentración y gotas de sudor en sus sienes. De repente, su cara se iluminó con una gran alegría interior. Abrió sus ojos y todos sus discípulos sintieron que se bañaban en su alegría. El Baal Shem Tov se volvió hacia el discípulo que se sentaba a su derecha: "Coloca tu mano derecha en el hombro de tu vecino." Le ordenó al siguiente hacer lo mismo, y al siguiente, hasta que todos formaron una cadena. Luego les ordenó cantar cierta melodía que cantaban únicamente en las ocasiones más solemnes. "Cantad con todo vuestro corazón, como nunca habéis cantado antes," dijo. Y mientras cantaban, sentían que sus corazones se elevaban cada vez más alto.

Cuando terminaron de cantar, el Baal Shem Tov colocó su mano derecha en el hombro del discípulo a su derecha y su mano izquierda en el hombro del discípulo a su izquierda. Ahora la cadena humana estaba cerrada. "Cerremos los ojos y concentrémonos," dijo.

En ese momento escucharon muchas voces maravillosas y melodiosas, cantando salmos. Las voces eran tan dulces y conmovedoras que sintieron como si todas las fibras de sus corazones estuviesen siendo haladas en un ritmo maravilloso. Algunas de las voces expresaban una fe inamovible, otras estaban llenas de abandono gozoso y otras mas expresaban peticiones que partían el corazón. Podían distinguir con claridad las santas palabras de los salmos con las que estaban tan familiarizados, y las exclamaciones frecuentes con las que entremezclaban las palabras: "Oh, Padre Celestial!", o "Oh, Señor del Universo!"

El círculo de discípulos que se habían unido al Baal Shem Tov en esta excursión celestial estaba encantado, sentado en completo silencio. Habían perdido toda sensación de hora y de lugar. Las lágrimas salían de sus ojos cerrados, y sus corazones estaban llenos de éxtasis, listos para estallar.

De repente, el canto se detuvo, ya que el Baal Shem Tov había quitado sus brazos de sus hombros y roto la cadena. No fue demasiado pronto, ya que al momento siguiente las almas de los discípulos de seguro hubiesen dejado sus cuerpos.

Cuando se recuperaron de esta experiencia que había agitado su alma, el Baal Shem Tov les dijo lo mucho que a D-os gusta escuchar los salmos, especialmente cuando vienen directo del corazón, y más especialmente cuando vienen directamente de los corazones puros de los hombres sencillos, honrados y humildes.

“¿Pero esas voces que oíamos hace un rato?” preguntaron los discípulos. Y se sorprendieron de hecho cuando el Baal Shem Tov replicó:

"Ustedes estaban escuchando por un breve momento los salmos recitados por los hombres sencillos en el cuarto de al lado, como los ángeles en el cielo los escuchan!"

Fuente: chabad.es.org


 

 

Mi Padre y El Sacerdote

por Chana Weisberg

Hace casi 40 años, mi padre, Rabi Dovid Schojet fue invitado a disertar ante un grupo de participantes judíos y no-judíos en la ciudad de Búfalo. Inseguro de aceptar la invitación, consultó con el Lubavitcher Rebe, quien le instó a que asistiera. Y le indicó enfocar su conferencia sobre el tema de caridad, debido a su aplicación universal

Mi padre empezó con la siguiente historia

Un individuo adinerado que nunca contribuía con caridad, vivió en la época del autor del Tosfos Iom Tov, Rabi Iom Tov Lipman Heller. Después de que este avaro se murió, la Jevra Kadisha (responsables del entierro) sintió que era indigno de ser enterrado al lado de alguien respetable y lo puso en el área del cementerio del hekdesh, reservado para los proscritos de la sociedad

Unos días después, un tumulto sacudió a Cracovia. El carnicero y el panadero, dos miembros prominentes de la comunidad que habían sido siempre sumamente caritativos, dejaron de distribuir sus fondos. Los pobres que habían confiado en ellos para su sustento estaban consternados. Los comentarios corrieron tan rápidamente que llegaron ante el Tosfos Iom Tov quien llamó a ambos y les preguntó porqué habían interrumpido sus actos tan abruptamente

Ellos contestaron: "En el pasado el miserable nos proporcionaba los fondos para caridad. Él nos advirtió no revelar nuestra fuente, pues deseaba poseer el gran mérito de realizar la mitzvá en secreto. Ahora que está muerto, no podemos continuar

Impresionado por la conducta del 'miserable, el Tosfos Iom Tov pidió que se lo entierre al lado de este individuo, aunque fuera en una sección desacreditada del cementerio

Cuando mi padre concluyó su conferencia, un participante del público- un sacerdote- se le acercó y pidió que le repitiera la historia. Se encontraron al día siguiente. A la hora designada, el sacerdote llegó al hotel de mi padre.

El sacerdote pidió a mi padre repetir la historia. Mi padre lo hizo, pero se pasmó cuando, después de concluir la historia, el sacerdote muy confundido, le pidió que la repitiera.

A esta altura, el hombre caminaba nerviosamente por el cuarto. Finalmente, se volvió a mi padre y dijo: "Rabino Schojet, el hombre caritativo de la historia era mi antepasado."

Escépticamente, mi padre calmó al joven diciendo que no había conexión entre él y la historia. "Además" le dijo "usted es gentil, y este hombre era judío"

El sacerdote lo miró y susurró: "¡Rabino, tengo una historia para contarle!"

Había crecido en el estado de Tennessee. Su padre era Comandante del ejército americano durante la Segunda Guerra. En ultramar, en Europa, su padre se había enamorado de una muchacha judía. Se casaron y nadie supo su origen. Un tiempo después, la pareja tuvo un niño que criaron como católico. El niño creció y asistió a un Seminario entrenándose para convertirse en sacerdote.

La madre del sacerdote murió prematuramente. Antes de su muerte, ella descubrió su secreto a su hijo.

Después de recitar el Shema, le confesó: "Quiero que sepas que eres judío". Y le informó de su antepasado enterrado al lado de un gran sabio llamado el Tosfos Iom Tov y le relató casi literalmente, la historia que mi padre había contado.

En ese momento, el sacerdote pensó que su madre deliraba. Siguió con su vida, se olvidó del episodio.

"Rabino" lloró " Usted me ha recordado a mi madre, y que la historia es verdad. ¿Qué voy a hacer? Soy un sacerdote de una gran congregación"

Mi padre le explicó que según el Judaísmo, él era judío. Lo animó a que explorara su herencia, y lo puso en contacto con quien podría guiarlo.
Mi padre no supo nunca más de este hombre.

Hace varios años, en una visita a Israel, un judío religioso se le acercó en el Kotel, y lo saludó.

Mi padre no lo reconoció. El hombre exclamó: "¿No me reconoce, Rabino Schojet? ¡Yo soy el sacerdote que encontró en Búfalo!" Y continuó: "Un judío nunca se pierde de su pueblo"

PD. Descubrí recientemente que mi padre es un descendiente directo del Tosfos Iom Tov.

En otro tiempo, en un hotel en Búfalo, Nueva York, un descendiente del Tosfos Iom Tov se encontró con un descendiente del avaro-y milagrosamente cambió el curso del destino.

 

Fuente: chabad.es.org


 

 

Un Juego de Vajilla

Con seguridad, incluso antes de haber conocido al Rabino Moshe Feller en 1962, se nos habría considerado judíos activos e incluso comprometidos. La mayoría de nuestros amigos eran judíos, nuestras familias eran judías, nuestros intereses incluían “temas” judíos y nuestro punto de vista era absolutamente judío. Leíamos los libros publicados por la Jewish Publication Society (Sociedad de Publicaciones Judías), escuchábamos discos judíos, en nuestro hogar atesorábamos reproducciones de pinturas de Chagall y éramos miembros que pagábamos las cuotas de una sinagoga conservadora. Gail era la soprano principal en el coro de la sinagoga y yo uno de los pocos miembros que asistía la mayoría de los viernes de noche, independientemente de qué Bar Mitzvá se estuviera celebrando ese fin de semana. Es posible que también fuéramos sionistas.

Contribuíamos con regularidad al United Jewish Appeal (Keren Hayesod), asistíamos a los picnics de “Farband” y éramos miembros del consejo del Campamento Herzl.

Sin embargo, no recuerdo que antes de conocer al Rabino Feller deliberadamente hiciéramos, o en realidad, dejáramos de hacer algo porque fuera un mandamiento de la Torá. Esos pensamientos en realidad nunca pasaron por mi mente. Íbamos a la sinagoga, encendíamos las velas, comíamos “guefilte fish” y usábamos un talit porque era parte de la tradición, y en realidad una tradición muy agradable. El dejar de hacer estas cosas habría significado algo así como una declaración de negación, de desinterés o de apatía. No tenía interés en negar o en estar desinteresado. No era parte de la imagen que tenía de mí mismo. Por otra parte, no manteníamos la kashrut o dejábamos de manejar el auto en Shabat, o cualquiera de las demás cosas que solíamos hacer. No eran importantes, así de simple. No tenían ningún papel en mi sistema de valores. Es necesario destacar que, a diferencia de lo que sabemos que era la postura de los primeros socialistas o librepensadores judíos, no estábamos protestando o transgrediendo las normas concientemente. Ésas eran declaraciones que no teníamos interés en hacer. Éramos simplemente “buenos judíos americanos” que no queríamos hacer olas. Por supuesto que sabíamos que algunos judíos evitaban la comida que no era kasher y que no manejaban en Shabat. (En ese entonces había notablemente pocos en nuestra ciudad). Y ésas eran sus tradiciones y sus opciones. No pensábamos que estuvieran mal, simplemente ligeramente atrasadas en la escala de la evolución social.

Recordando esos días más sencillos pienso que nuestras vidas reflejaban la característica paradoja del judío laico-moderno: interesado en temas judíos pero básicamente ignorante; activo en círculos judíos pero limitado en su elección; comprometido con la comunidad, familia, profesión y “el pueblo judío”, pero sin conciencia alguna con respecto a la base que informa sobre este compromiso. Y, sobre todo, carente de los conocimientos y experiencia que permiten discriminar entre trascendencia y trivialidad, realidad y falsedad. Debe de haber miles como yo. Y sigue habiendo. Los podemos ver llegar a Israel en grandes cantidades “grupos de liderazgo juvenil” o “misiones informativas de los hechos” o “excursiones sinagogales”. Están demasiado ocupados en obtener fondos como para dedicar mucho tiempo a pensar; están demasiado involucrados con el presente como para investigar sobre el pasado; están demasiado comprometidos con la imagen global como para preocuparse de la supervivencia judía de sus propios hijos, o incluso de ellos mismos.

En realidad, si nosotros mismos no hubiéramos sido parte de este tipo de esquema probablemente no hubiéramos llegado a conocer al Rabino Feller. Me descubrió porque yo era una potencial estrella naciente de la comunidad judía. Él estaba tratando de organizar su primer banquete y quería que mi nombre, al igual que el de otros como yo, figurara en su comité de promotores.

La historia de nuestro primer encuentro ya ha sido relatada muchas veces (incluso fue mencionada en la revista Time) y no hay necesidad de volver a contarla. A primera vista parecía una comedia. Un extraño hombre joven, barbudo y de sombrero negro recuerda, justo antes de la puesta del sol, que no ha pronunciado sus plegarias de la tarde. Sin tener en cuenta que está en mi oficina, que la cita la había solicitado él, y que es él quien está pidiendo un favor, se pone de pie, camina hacia la pared, se ata un cordón negro alrededor de la cintura para luego empezar a murmurar y sacudirse. Nunca olvidaré mi asombro e incomodidad. No sabía ni lo que estaba haciendo ni por qué. No sabía que los judíos rezaban fuera de la sinagoga. No sabía que rezaban en la tarde. No sabía que rezaban en días laborables. ¡Y no sabía cómo alguien podía llegar a rezar sin que hubiera una persona que le anunciara la página correspondiente!

Había muchas cosas que, en ese entonces, no sabía. Pero pude desarrollar un definido interés y un afecto especial por este joven que era tan agradable y tan diferente. Se regía por un conjunto de normas totalmente diferente, tan radical y arcaico simultáneamente. No era solamente que marchara al ritmo de un tambor totalmente distinto, parecía disfrutar de su música más de lo que nosotros disfrutábamos de la nuestra. Pero, por encima de todo, estaba comprometido, era coherente y constante. Podía identificarme con esto. Es una característica hermosa en un mundo de religión laissez-faire y problemática moral.

Poco tiempo después pasamos a ser amigos, su familia y la nuestra. Discutíamos, debatíamos, nos visitábamos y alternábamos socialmente. Gail y yo estábamos impresionados por su sinceridad y genuina calidez, pero todavía seguíamos pensando que eran un anacronismo, los vestigios de un pasado, algo que desentonaba con las realidades y necesidades del mundo norteamericano moderno. No hicimos cambios en nuestro estilo de vida por ellos. En realidad, seguíamos esperando que fueran ellos quienes cambiaran el suyo. A fin de cuentas, casi todos los demás que habían empezado usando barba y sombrero al final habían cambiado.

Si en esos primeros meses trató de influir sobre nosotros, debe de haber sido un esfuerzo muy sutil. Por cierto que no había una presión abierta ni tampoco exigencia alguna. Evidentemente ni el rabino ni su familia venían a comer a nuestra casa. Pero esta conducta no era señal que algo estuviera mal. Eran tan extraños que sus idiosincrasias dietéticas eran lo que menos llamaba la atención. Empezamos a estudiar juntos, pero nuestros avances eran muy lentos. Yo preguntaba demasiado, desafiaba demasiados principios. Sin duda alguna no era un alumno complaciente.

De no haber sido por nuestro viaje a Varsovia esta situación podría haber seguido siendo así por mucho tiempo.

En el verano de 1963 fui invitado a participar, en calidad de miembro de la delegación norteamericana, a una conferencia internacional sobre investigación espacial a llevarse a cabo en Polonia. En las muestras transportadas mediante globos se habían descubierto microorganismos viables en la estratosfera, precisamente en un momento en que el campo de la exobiología estaba demasiado lleno de especulaciones a la vez que carecía de información biológica auténtica. Cualesquiera hayan sido los verdaderos motivos de la invitación, era una oportunidad que no podía dejarse pasar. En 1963 las visitas a Varsovia y a Europa Oriental eran muy poco frecuentes. Desde el final de la guerra algunos de mis colegas profesionales habían estado en Varsovia. Por cierto que ninguno de mis amigos judíos habían visitado esa ciudad.

Gail y yo dejamos a nuestros tres hijos con mis padres en Canadá y volamos a Varsovia. Era una ciudad deprimente. En esos años la ciudad todavía no se había recuperado de la destrucción sufrida en la Segunda Guerra Mundial. La destrucción física era evidente en las pilas de escombros que cubrían amplios espacios de la ciudad. La destrucción emocional era peor. El antisemitismo autóctono polaco que había sido generosamente alimentado por la ocupación alemana estaba ahora siendo nutrido con el odio de los nuevos amos rusos hacia los judíos. Nos contaron que en Varsovia quedaban unos pocos miles de judíos solitarios; un puñado de judíos comunistas, algunos de los cuales llegamos a conocer en la oficina del diario idish; menos de un puñado de ancianos que asistían a servicios religiosos en la única sinagoga que había quedado en pie; varios en el campo del teatro y el resto que había vuelto de los campos después de la guerra y que no querían abandonar a sus muertos y/o sus recuerdos. Habían sobrevivido a la guerra y ahora estaban sobreviviendo a la paz.

Asistimos a una velada de teatro en el Teatro Judío. Era una versión corregida de “Tevie, el lechero” en idish. La única parte remanente del guión escrito por Sholem Aleijem describía la miseria y los pogroms de la época zarista. El resto de la obra hablaba de la promesa de la futura revolución soviética. Tevie ni siquiera era el héroe de la obra. Como podrán imaginarse, el héroe era el yerno de Tevie, Feferl, el revolucionario que en la pieza original era exiliado a Siberia. Todo esto no hacía diferencia. Éramos los únicos espectadores que atendíamos a la representación. El resto del público era un grupo de turistas de Suecia, que escuchaban una traducción simultánea a través de auriculares.

A pesar que ya han pasado veinte años, sigo recordando el escalofrío (estábamos a mediados de junio) que sentimos al caminar por el área donde en el pasado estaba el ghetto. Las paredes y todos los edificios habían sido nivelados. Todavía quedaban allí pilas de piedras y maderas quemadas. Pero se podía ver donde habían terminado las vías del tranvía porque en un tiempo se había levantado allí una pared que las atravesaba. Y, con la ayuda de un mapa que habíamos copiado de información sobre la Shoá, pudimos reconocer las ubicaciones originales de las calles, incluso sus identidades. Pudimos llegar a ubicar el Umschlagge Platz, la calle Mila y el viejo cementerio judío.

Recuerdo haber llorado ante al tumba de I. L. Peretz, el gran escritor judío en cuyo honor había sido nombrada la escuela a la que asistí en Winnipeg. Recuerdo haber llorado frente a los grandes montículos de tierra que cubrían tumbas colectivas sin identificación alguna. Recuerdo haber caminado mucho y llorado mucho. Después de todo, ésta era la herencia judía que yo conocía. De no haber intervenido la suerte de alguien que emigró a tiempo, allí estaba mi hogar o mi tumba. Este era el fin del socialismo idish, del sionismo, que el judaísmo europeo conoció. Me afectó más esta visita a Varsovia de lo que diez años más tarde me afectaría el Memorial de Iad Vashem a la Shoá, en Jerusalén. Este monumento es más hermoso, construido con buen gusto. Es un museo, una lección de historia, un altar, una exhibición antiséptica. Varsovia era la muerte y la aniquilación cultural.

Durante todas estas experiencias me preguntaba cómo la estarían afectando a Gail. Después de todo, yo era producto de la cultura “del Viejo Mundo” de Winnipeg. Ella provenía de la cultura estéril de los templos reformistas del sur de California. Peretz y Sholem Ash y Varsovia eran parte de mi crianza. ¿Cómo la estaba afectando a ella todo esto?

Me enteré un sábado de tarde. Habíamos recibido visitas, un judío polaco y sus dos hijos que habíamos conocido en el cementerio y a quienes habíamos invitado a tomar el té. Nos habían contado que había una escuela judía y queríamos saber más sobre ella. Finalmente surgió que el padre de los chicos quería una ayuda económica. El niño de siete años no sabía nada de judaísmo. El de once orgullosamente recitó la suma total de sus conocimientos judaicos: las cuatro preguntas de la Hagadá de Pésaj. Tomamos el té, le di un obsequio, mi tarjeta comercial y luego se fueron. Fue entonces que nos echamos a llorar. El fin de los siglos de creatividad judía de Varsovia era un niño pequeño que apenas podía tartamudear “Ma Nishtaná”.

Fue entonces que Gail reaccionó. Se sentó en la cama en la que había estado llorando y pronunció las palabras más firmes que le había escuchado decir en los siete años que llevábamos casados.

“No sé lo que estás pensando y, en realidad tampoco me importa, pero tomé una decisión. Tan pronto estemos de vuelta en casa le voy a pedir a Moishe que haga que nuestra casa sea un hogar kasher. Somos los únicos que quedamos. No hay nadie más. Si dejamos que se pierda, si no hacemos algo al respecto, si nuestros hijos no tienen conocimientos, no va a haber más judíos. Puedes hacer lo que quieras. Pero nuestra casa va a ser judía”.

Era una proclamación desafiante y ella tenía la intención de llevarla a cabo. Los cuadros, los libros y la música no eran suficientes. Su intención era hacer una transformación orgánica de la casa, de su propia esencia. Además, ella es de las que cumplen. Cuando llegamos de vuelta a Minneapolis, la primera llamada fue al Rabino Feller y él estaba dispuesto a colaborar.

No recuerdo todos los detalles. Pero me acuerdo de la expresión de asombro cuando miró dentro de nuestra heladera por primera vez. Para este joven y tierno hombre, recientemente egresado de la Ieshivá, la definición de no kasher equivalía a una cicatriz en la pleura del animal que había proporcionado la carne; o una gota de leche en cincuenta gotas de caldo de gallina. La visión de un trozo de verdadera carne de cerdo o auténticos frutos del mal debe de haber sido demoledora. Pero, paso a paso “puso orden en la casa”. Nos presentó a un carnicero que vendía productos kasher; nos señaló cómo buscar el emblema de kashrut en los alimentos envasados; pasó horas hirviendo la platería y los utensilios metálicos; supervisó la purificación de nuestro horno con un soplete; la señora Feller le ayudó a Gail a comprar platos nuevos.
Había un tema que lo preocupaba: un costoso juego de vajilla de fina porcelana inglesa que habíamos recibido de regalo de casamiento de mis hermanas, que vivían en Canadá. Era un juego hermoso y, sin duda, una de los objetos más preciosos para nosotros. Gail estaba muy ansiosa por “kasherizar” los platos sumergiéndolos en agua e hirviéndolos. Quería que los usáramos para la cena de Shabat. Estoy seguro que todo el proyecto habría naufragado si en ese momento le hubieran dicho que la única forma para hacer que la fina porcelana se conviertiera en kasher sería rompiéndola. El rabino no tenía valor para destruir nuestra vajilla. O quizás era mejor psicólogo de lo que pensábamos. Cuando encontró esos platos y supo qué comida habíamos servido en ellos sugirió que los guardáramos. “No los usen hasta que pueda hacer la pregunta sobre este tema en Nueva York. Allí debe de haber gente con más experiencia que yo en estos temas”.

Guardamos la vajilla. Cada vez que volvía de un viaje a Nueva York, Gail le preguntaba qué había podido averiguar. Y cada vez el se había “olvidado”. Pero, podía quedarse tranquilo que la próxima vez que fuera a Nueva York se iba a acordar. Mientras tanto “Asegúrense que la vajilla esté en un lugar seguro y no la vayan a usar”.

Esto siguió así durante meses, que luego se convirtieron en años. La vajilla seguía estando en la parte vidriada del aparador, pero no la usábamos. Seguíamos esperando la opinión del experto, opinión que nunca llegaba. De alguna manera la vida siguió, incluso sin poder usar la vajilla Minton Twilight in Grey.

En esos años nos fuimos acercando a los Feller. La transformación que había empezado en la cocina fue pasando lentamente a otras áreas de nuestra vida. El Rabino Feller nos presentó al Rebe de Lubavitch, y empezamos a ser más observantes. Gail dejó de cantar en el coro de la sinagoga; yo empecé a ponerme los tefilín al principio en forma esporádica, después con mayor regularidad. Dejé de manejar en Shabat. Unos meses más tarde también lo hizo Gail. Dejamos de ir a comer a Mc Donald’s. Un Shabat no prendimos la televisión en todo el día. Le compramos un par de tzitzit a nuestro hijo menor. Nos hicimos miembros de otra sinagoga, una que tiene una mejitzá que separa a los hombres de las mujeres. Gail empezó a ir a la mikve (baño ritual). Y así fuimos dando algunos pasos hacia delante; unos pocos hacia atrás; más pasos hacia delante. Años.

Pero la vajilla inglesa seguía a la vista, en el aparador. Hasta que un día, cuando volvía de la universidad, ya no estaba.

Fue después de una serie de abortos espontáneos traumáticos y llenos de tristeza. Daría la impresión que antes de observar la Taharat ha’ mishpajá (las leyes de pureza de familia), no habíamos tenido ninguna dificultad en tener niños normales y saludables. Pero empezamos a tener problemas cuando la mikve se convirtió en un protagonista más de nuestra vida familiar, tres abortos en cuatro años. Gail estaba apenada; yo también estaba apenado. Nuestros amigos nos consolaban. El rabino le enviaba cartas de apoyo a Gail, mensajes personales que hasta hoy en día no he leído. Pero cuando volví a casa ese día especial, Gail me recibió sonriendo nuevamente:

“Le vendí la vajilla a Dorothy, nuestra vecina gentil. Con ese dinero me compré este sheitel (peluca). ¿Qué te parece?“

Todo esto sucedió unos quince años atrás. A lo largo de 15 años se pueden comprar y descartar muchos shaitlaj. Nuestras dos hijas mayores crecieron y se casaron. Viven con sus esposos e hijos en Jerusalén. El pequeño completó recientemente sus estudios rabínicos en la Ieshivá de Lubavitch de Montreal. Y llegamos a tener dos niños más, la alegría de nuestra edad mediana. Gail y yo hemos crecido tanto en el plano personal como en el profesional.

Y tenemos otro juego de vajilla de fina porcelana inglesa, que usamos en cada cena de Shabat.
 

Fuente: Jabad


 

 

Los anteojos


Lo tomó en sus manos y sintió que era una caja para anteojos...


Hace unos doscientos años vivía en la ciudad de Lemberg (Polonia) una conocida familia llamada Brill. Los lugareños solían contar que el nombre de la familia estaba ligado a una historia muy extraña.
Esta es la historia.
Fue un día muy feliz para la familia cuando se vio bendecida con un nuevo hijo varón. Los padres celebraron este feliz suceso de la manera tradicional, con una fiesta llamada Shalom Zajar ("bienvenida al hijo varón") el viernes por la noche antes de su Brit Milá (circuncisión) y, por supuesto, con una ceremonia festiva de brit en el octavo día luego del nacimiento; claro está, a ambos festejos asistieron los parientes y vecinos.
Pero su regocijo duró muy poco, pues los padres pronto comenzaron a notar que los hermosos ojos azules del bebé simplemente miraban sin ver. Profundamente doloridos, se dieron cuenta de que su bebé era ciego.
Sin perder tiempo, pidieron el consejo de médicos expertos en cuestiones del ojo pero, tristemente, nadie les podía ayudar; el bebé nació ciego, y los médicos no conocían curación para su mal.
Los padres aceptaron la triste situación, y agradecieron a Di-s por el bebé incluso si éste no podía ver. Volcaron todo su amor en el niño, y se dedicaron plenamente a él.
Como desconocemos el nombre del niño, lo llamaremos Mijael.
Cuando Mijael tenía tres años, tuvo su fiesta de opsherenish (primer corte de pelo), y su padre contrató un maestro para que comenzara a enseñarle lo que cada niño judío debe aprender. Por supuesto, a Mijael había que enseñarle todo de memoria, pues, como sabemos, no podía ver como para leer de un libro.
Mijael era un muchacho brillante, ávido por aprender, y tenía una memoria notable. Todo lo que su maestro le enseñaba lo absorbía de inmediato y quedaba firmemente archivado en su mente.
Con el correr del tiempo, Mijael había memorizado todas las plegarias del Sidur. Entonces pasó al estudio del Jumash (Pentateuco) y la Mishná.
Cuando llegó a la edad de Bar Mitzvá, era tan hábil como cualquier otro muchacho de su edad, y muchas veces hasta mejor. Y siempre estaba ávido por aprender más.
En su hogar, Mijael podía reconocer cada artículo y dónde estaba. Cualquiera que lo observara no podría sospechar que Mijael fuera ciego. Cuando salía de la casa, sin embargo, su hermano menor lo sujetaba del brazo para guiarlo. Mijael era muy conocido y todos lo saludaban de manera muy amistosa. El, a su vez, siempre respondía con un saludo alegre y una sonrisa cordial. Recordaba muchas voces y los nombres de aquellos con los que se había encontrado apenas un par de veces, y solía asombrarlos dirigiéndose a ellos por sus nombres.
Mijael sentía un amor especial por los libros. Aunque no podía leer ninguno de ellos, solía acercarse con frecuencia a la biblioteca, ya sea en su hogar o en el Beit HaMidrash (la Casa de Estudios), y extraer un libro. Recorrería con sus dedos las tapas y las páginas interiores, alisando con cariño alguna que encontrara arrugada, para finalmente besarlo y devolverlo a su lugar.
Un día, Mijael pidió a su hermano que lo llevara al Beit HaMidrash principal del pueblo, donde aún nunca había estado. Cuando los muchachos entraron, el Rabí estaba en medio de una clase de Midrash. Mijael se sentó cerca y escuchó atentamente. Podía seguir la lección, y ésta le causó un inmenso placer. Después de la clase se unió a la gente en las plegarias. Rezó con especial devoción, sintiéndose particularmente agradecido a Di-s por permitirle estudiar Torá y recitar sus oraciones a pesar de su desventaja.
Cuando todo la gente abandonó el Beit HaMidrash, Mijael no tenía prisa alguna por irse y pidió a su hermano que lo condujera hasta la biblioteca. El primer libro que tocó y extrajo era un grande y pesado volumen. Lo sintió polvoriento -- señal de que no se lo había usado ya hacía mucho tiempo. Le sacó el polvo y comenzó a dar vuelta las páginas lenta y suavemente.
Repentinamente, el libro pareció abrirse sólo y Mijael sintió un grueso objeto entre sus páginas. Lo tomó en sus manos y sintió que era una caja para anteojos. Efectivamente, cuando la abrió, encontró en su interior un par de anteojos.
Mijael los montó sobre su nariz, curioso por saber qué sentía la gente cuando usaba anteojos. No bien hubo ajustado los anteojos a su nariz que, ¡oh sorpresa! ¡La oscuridad desapareció milagrosamente, y todo se iluminó con una llamarada de luz!
¡Podía ver!
Vio la caja de los anteojos y el libro que sostenía en sus manos; contempló de una mirada todo el Beit HaMidrash, la bimá (mesa donde se lee la Torá) y el Arca Santa; y allí, en el otro extremo del banco, vio a su querido hermano menor enfrascado en un libro, como si nada hubiera sucedido.
"¡Debo estar soñando!", pensó Mijael. Pero sabía que no era ningún sueño.
Esto era demasiado como para absorberlo de golpe. Se sacó rápidamente los anteojos, ¡e inmediatamente todo volvió a la oscuridad!
Mijael puso los anteojos de vuelta en la caja, y la guardó en su bolsillo. Luego devolvió el pesado libro al estante y pidió a su hermano que lo llevara de regreso a casa.
Mientras caminaban por la calle, tomados del brazo, su hermano le preguntó:
"¿Tienes frío, Mijael?"
"No. ¿Por qué me lo preguntas?"
"Estás temblando".
Mijael no respondió. Estaba muy aturdido, temiendo decir cualquier cosa.
Necesitaba tiempo para pensar.
Cuando llegaron a casa, la familia notó que Mijael estaba inquieto por algo. Le preguntaron qué pasaba, pero él respondió:
"Todo está en orden, gracias a Di-s".
Pero cuando se sentaron alrededor de la mesa, y vieron que sus manos temblaban, y que su rostro estaba pálido y serio --tan diferente de su usual personalidad alegre-- sus padres se sintieron preocupados. Sin embargo, no volvieron a insistir en el tema, seguros de que Mijael eventualmente les contaría qué lo perturbaba.
Después de que todos se retiraron a dormir y Mijael quedó solo, extrajo cuidadosamente los anteojos y los puso sobre su nariz. ¡Nuevamente se abrió ante él un mundo nítido! Mijael supo que no estaba soñando.
Durante varios días Mijael continuó guardando para sí el secreto de los maravillosos anteojos. Finalmente, decidió que no tenía sentido ocultar a su familia la maravilla del brillante y hermoso mundo que los prodigiosos anteojos habían abierto ante él.
Al principio, la familia no podía creer que semejante milagro hubiera sucedido, y supuso que quizás la imaginación de Mijael le estaba jugando algún truco. Pero cuando Mijael demostró que realmente veía todo muy claramente y con lujo de detalles, como cualquier persona de vista normal, la familia se sintió, por supuesto, alborozada más allá de toda descripción.
Mijael vestía ahora los anteojos todo el tiempo. Temía sacárselos, no fuera que, por algún percance, la cualidad milagrosa de los anteojos se terminara.
Mijael comenzó ahora a aprender a leer letra por letra y palabra por palabra. Como ya sabía todas las plegarias de memoria, aprender a leer le resultó fácil. Del mismo modo también aprendió rápidamente a leer el jumash y el comentario de Rashi, y todos los demás textos sagrados que había estudiado de memoria. No dejaba de sentirse emocionado.
El rumor acerca de la milagrosa recuperación de su vista mediante un par de maravillosos anteojos corrió rápidamente y se convirtió en la conversación de todo el vecindario.
La gente estaba ansiosa por verlo, y a duras penas podía creer lo que veía cuando lo observaba caminando por las calle por sí mismo, o lo encontraba estudiando de los libros santos en el Beit HaMidrash, con esos milagrosos anteojos descansando cómodamente sobre su nariz. Todos concordaban en que Mijael era la persona más digna para merecer semejante milagro.
Mijael, es de comprender, se sintió atraído hacia aquel grueso libro sagrado que había alojado los anteojos milagrosos durante tanto tiempo. Ahora podía leer sus páginas sin dificultad, pero le resultó difícil comprender su contenido. Faltaban la página titular y algunas de las primeras, de modo que nunca supo quién fue su autor. Ni supo tampoco si los anteojos pertenecieron a éste, o a algún otro santo tzadik que estudió esta obra.
Mijael preguntó a los más ancianos judíos que vio en el Beit HaMidrash si tenían alguna idea acerca de a quién podrían haber pertenecido los anteojos, pero todos se encogieron de hombros y sacudieron la cabeza en negativa.
Pronto, la gente comenzó a llamarlo "Mijael Brilen", pues con mucha frecuencia se lo había oído preguntar:
"¡Quizás reconoce usted estos brilen?" Brilen, en Idish, significa "anteojos". Con el paso del tiempo, se convirtió en el nombre de la familia de Mijael, en forma abreviada -- Brill.
Mijael tomó la firme resolución de que pondría su máximo empeño en ser digno del regalo de Di-s, el don de la vista, y se consagró totalmente al estudio de la Torá y a cumplir mitzvot con verdadero regocijo.
Cuando cumplió los dieciocho años, aceptó la propuesta de uno de los más destacados miembros de la comunidad, un adinerado comerciante y erudito de Torá, de convertirse en su yerno. Mijael y su novia muy pronto estaban felizmente casados.
Según se acordó de antemano, la joven pareja fue totalmente mantenida por el suegro de Mijael durante varios años, a fin de permitirle dedicarse al estudio de la Torá sin tener que preocuparse por el sustento.
Más tarde, a medida de que la familia de Mijael comenzó a crecer, se unió a su suegro en los negocios. Mijael tuvo mucho éxito también en este campo, y se sentía feliz de poder dar mucha tzedaká (caridad) y ayudar a los necesitados de muchas otras maneras.
Mijael Brill llegó a una muy avanzada vejez y dejó tras de sí un buen nombre, con una considerable fortuna para sus herederos y para instituciones de Torá y tzedaká.
Después de culminada la semana de shivá (los siete días de duelo), los herederos se sentaron a repartir la herencia. Todo se arregló rápida y suavemente... hasta que surgió el problema:
¿Quién heredaría los milagrosos anteojos del padre?
Los hermanos comenzaron a ofertar por ellos, y pronto cada uno ofrecía agitadamente una suma mayor al anterior, hasta que uno ofreció toda su parte de la herencia por los anteojos. Pero entonces otro de los hermanos igualó la oferta, y luego un tercero...
Entretanto, los anteojos pasaron de mano en mano, y entonces, en medio de la excitación... ¡alguien dejó caer accidentalmente los anteojos y las lentes se quebraron en numerosos pedazos!
El problema ahora estaba resuelto: cada uno recibió un trozo de los maravillosos anteojos de su padre.

 

Fuente: Chabad.org
 



 

 

Una Puerta Mirando Al Este

por Tuvia Bolton

Una vez, el Rabino Shneur Zalman de Liadi envió uno de su jasidim en misión para recaudar una suma grande de dinero para una causa importante. El Rebe lo bendijo con un viaje seguro pero misteriosamente le advirtió de no entrar a ninguna casa que tenga su puerta mirando al este...

El viaje fue bueno y pronto reunió la mayoría del dinero. Pero un día el jasid se encontró en medio de una tormenta de nieve, en un desolado camino que atravesaba el bosque. El viento soplaba más fuerte y más frío. Él apuró su caballo, esperando que apareciera alguna clase de una posada antes de que se perdiera en la nieve; pero pasaron horas y no encontraba nada.

Tenía sueño y frío y la nieve caía tan densamente que realmente no podía ver donde iba. Rezó a Di-s para que ocurriera un milagro.

De repente a través del blanco mar de nieve vio lo que se parecía al contorno de una casa fuera del camino. Con sus últimas fuerzas forzó el caballo en esa dirección, y ¡efectivamente era una casa! Tenía incluso una mezuzá en la puerta. ¡Nada menos que una casa judía! Agradeció a Di-s su buena suerte, saltó de su carreta hacia el porche de entrada y golpeó a la puerta.

Una mujer mayor abrió la puerta y lo hizo entrar a la cálida casa. "Entre, debe estar helado," dijo. "Tenga una taza de té, siéntese aquí, cerca de la estufa. Mis hijos volverán en pocos minutos y llevarán su caballo al granero, por favor siéntese". Mientras se sentaba y comenzaba a recobrar temperatura, recordó que era casi de noche y todavía no había hecho Minjá (el rezo de la tarde). Entonces le preguntó a la mujer en qué dirección estaba el este (para mirar a Jerusalén, como se acostumbra durante la plegaria) y rezó, agradeciendo Di-s su buena fortuna.

Cuando terminó, notó que algo estaba mal: ¡la pared oriental era la entrada principal de la casa!

Sin vacilar se puso su abrigo y caminó a la puerta: "volveré en seguida" pero la puerta estaba cerrada con llave. Fue a la ventana pero también estaba cerrada. "Me olvidé de algo en el carro," llamó a la vieja mujer, que se había ido del cuarto. "Podría, por favor, abrir la puerta?" De repente una llave giraba la cerradura de la puerta del exterior y entraron cuatro hombres jóvenes y musculosos. En cuanto vieran el visitante lo agarraron inmediatamente, vaciaron sus bolsillos, lo ataron, lo tiraron en una esquina y se sentaron a comer mientras su madre examinaba el botín.

"Ohhhh!" exclamó. "¡Miren lo que tenemos aquí!" mientras sostenía el fajo de dinero que encontró en su billetera. "Parece que esta vez pescamos un pez gordo". Uno de los hijos examinó el dinero, fue al armario, sacó una gran botella de vodka y la puso en la mesa con un golpe. "¡Hermanos, celebremos! ¡Di-s ha sido bueno con nosotros! ¡Tenemos dinero suficiente para estar contentos durante un largo, largo tiempo! Pero primero, encarguémosnos de nuestro invitado". Sacó un gran cuchillo de alguna parte de debajo su chaqueta mientras uno de sus hermanos le servía un trago. Tomó un vaso de vodka, lo levantó en alto y dijo, "Por una larga vida, excepto la suya!", mirando al jasid atado.

Uno de los hermanos, sorprendido por el chiste, se rió tanto que escupió el vodka, rociando a todos; se rieron y entonces alguien empezó una canción y otro brindis y luego otro. Entonces la puerta se abrió de nuevo y era su padre. ¡"Ajá!" gritó mirando el dinero en la mesa y la víctima atada en el suelo.

"¡Buen trabajo, muchachos! ¡Excelente! Tendremos que matarlo aunque… me alegro de que me lo hayan dejado a mí. ¿Saben qué? Me haré cargo de él por la mañana. Ahora bebamos a nuestra buena fortuna!" Y al poco tiempo estaban todos borrachos (como lo estuvo Lot) y se olvidaron completamente de nuestro desafortunado héroe.

Más tarde esa noche, mientras todos "dormían sonoramente", el padre se despertó, echó una mirada alrededor para asegurarse de que nadie más estaba despierto, se dirigió de puntitas de pie al jasid, le hizo señas de callarse, cortó sus sogas y silenciosamente le pidió que lo siguiera. De puntillas abrió la puerta y le dio su chaqueta. "Aquí tiene su dinero," le susurró a la oreja, mientras le guardaba la billetera en el bolsillo de la chaqueta. Luego le dio una moneda de un oro. "Esto es para la caridad de un viejo pecador. Dígale, por favor, a su Rebe que rece por mí. ¡Ahora váyase! Salga de aquí tan rápido como pueda… corra por su vida". El alba comenzaba a encender el horizonte, la tormenta había cesado, y nuestro héroe agradecido regresaba a casa.

Cuando él entró en el cuarto del Rebe, éste lo miró y dijo: "Sé lo que pasó, no tienes que contarme. Estuve toda la noche intercediendo por ti."

El jasid sacó la moneda de oro y le contó el pedido del viejo ladrón. El Rebe tomó la moneda y la acuñó en un hoyo de la pared al lado de su escritorio. No dijo nada más.

Pasaron quince años y el Jasid que estaba ahora casado y con familia se convirtió en uno de los gabaim del Rebe (secretarios). Un día le abrió la puerta a un mendigo viejo y le dijo que esperara. Cuando entró en el cuarto del Rebe y le informó del mendigo, el Rebe sacó la moneda de oro del hoyo donde había estado durante los últimos quince años y le dijo al Jasid que éste era el viejo hombre que lo había liberado hace años.

Al parecer, cuando su esposa e hijos se despertaron y comprendieron lo que él había hecho, le pegaron y lo echaron sólo algunas horas antes de que la policía hiciera una sorpresiva incursión en la casa y se llevaran a la madre y a los hijos a prisión. El viejo hombre empezó una vida de vagabundeo y expiación, esperando una señal de que su arrepentimiento había sido aceptado en el Cielo.
 

Fuente: Chabad.org
 



 

 

Reencontrando a mi familia
Cuento verídico


Crecí prácticamente sin abuelos.

Cuando mi madre tenía solamente 25 años, varios años antes de que yo naciera, sus padres murieron trágicamente en un accidente en la ciudad de Nueva York. Mi abuelo paterno también falleció prematuramente de un ataque cardiaco cuando yo tenía 3 años. De todos mis abuelos, crecí solamente con mi abuela materna, a quien amé y admiré con todo mi corazón, pero ella falleció cuando yo tenía 20 años.

Para mí fue como si mi familia materna no existiera,

De chica no sentí la falta de abuelos como algo fuera de lo común o trágico. Recién ahora que veo a mis hijos tener una relación tan especial con sus cuatro abuelos, entiendo hasta que punto yo y mis hermanos fuimos parte de la tragedia que sufrieron mis padres al perder a sus padres a tan temprana edad.

Como resultado de tanta ira y dolor que rodeó al accidente que quito la vida a mis abuelos, mi madre perdió contacto con su familia por más de 20 años. Crecí, como si mí familia materna directamente no existiera.

En mi infancia nos reuníamos varias veces al año con tíos y primos de la familia paterna en la casa de mi abuela. Mi abuela nos llenaba a mí y a mis hermanos de atención y afecto, y vimos muchas fotos de mi profundamente recordado abuelo y escuché hermosas historias acerca de él.

En contraste, mi madre nunca mencionó a sus padres. Recién cuando yo estaba cursando la universidad, mi madre mencionó como al pasar que mi bisabuela también había fallecido en el accidente junto a mis abuelos. Y tuve que esperar hasta después de casarme para enterarme de los detalles del accidente , como un camión con frenos defectuosos no logró parar detrás del auto de mis abuelos en una intersección, pasando por encima de ellos, destruyendo el techo del auto y matando a todos los que estaban dentro de él.

En retrospectiva, creo que el silencio de mi madre es comparable al de un sobreviviente del Holocausto, que vivió algo tan doloroso y traumático que la única forma de sobrellevar lo ocurrido es ocultándose tras un velo de silencio.

Hace cuatro años, mi esposo y yo escuchamos que nuestra sinagoga necesitaba un parojet, la cortina bordada que cubre el Arca que guarda los rollos de la Torá. Decidimos que queríamos ser parte de este proyecto, en honor a la memoria de mis fallecidos abuelos.

Después de unos meses de buscar, encontramos un bordador profesional a quien contratamos para hacer el parojet, el próximo paso era averiguar el nombre hebreo de mis abuelos para bordarlo en el parojet.

Fácilmente conseguimos los nombres de los abuelos de mi marido como los de mis abuelos paternos, tampoco nos costó encontrar el nombre de sus respectivos padres nuestros bisabuelos, cumpliendo de esta forma con la costumbre de recordar a nuestros abuelos junto con sus padres.

Pero se nos presentó un problema al tratar de descubrir el velo de silencio que rodeaba cualquier conversación acerca de mi familia materna desde la trágica desaparición hace 35 años atrás. Sabíamos que los nombres de ellos eran Jana y Iaakov lo que nos faltaba era el nombre hebreo de sus padres.

Tratamos de localizar los archivos de nacimiento y defunción de mis bisabuelos, pero después de varias semanas sin éxito, decidimos enviar a alguien a visitar las tumbas de mis abuelos en la ciudad de Nueva York y ver si los nombres estaban grabados en las lápidas.

Pero cuando tratamos de contactar a los familiares de mi madre para averiguar donde estaban enterrados mis abuelos, chocamos nuevamente con un muro de silencio, los e-mail quedaron sin contestar, las preguntas hechas en el teléfono se encontraban con silencio, confusión y hasta sospecha.

No resultaría tan fácil.

¿No es hermoso? Le pregunté. Pero mi madre permaneció en silencio.

Recurrimos a un amigo que vivía en Nueva York. Este amigo podría ser un gran detective privado. Encontró el artículo del periódico que describía el accidente ocurrido el 17 de Julio de 1968, justo en la época de las tres semanas de duelo previas a Tisha Beav, el día más trágico del calendario judío. Leí los terribles detalles del accidente que obsesionó a mi madre toda su vida y ahora me obsesionaba a mí también.

Nuestro amigo trató de contactar varios parientes lejanos de mi madre con la esperanza de conseguir información acerca del cementerio, pero se topó con el mismo silencio de piedra que nosotros. Al final mi amigo decidió llamar a cerca de cien funerarias judías para conseguir los registros de entierro de mi familia.

Varias semanas mas tarde de haber hecho este pedido tan inusual recibimos un paquete de nuestro amigo en nuestro hogar en Israel. Contenía las fotos de las lápidas de mis abuelos y bisabuelos, que se encontraban dispersas entre Long Island y Queens, en la ciudad de Nueva York.

Y ahí estaban los nombres que buscamos por tantos meses. Finalmente en el tan ansiado paquete, conocí a mi abuela Jana hija de Jaim y Tzipe, y a mi abuelo Iaakov hijo de Mordejai Leizer y Alte.

La cortina que hoy cuelga en nuestra sinagoga es el más hermoso parojet que yo haya visto. Esta echo de terciopelo Borgoña, bordado con flores de diferentes tonos de rosa y rojo. Espero que esa belleza inspire a los cientos de personas que lo rodean cada Shabat con emocionadas plegarias, cantos y bailes.

Pero el más importante logro que tuvo este parojet fue la transformación y el proceso de aceptación que comenzó en mi familia.

Con varios meses de retraso, cuando mi madre se encontraba en Israel para una corta visita recibimos una llamada avisándonos que el parojet estaba finalmente listo. Cuando desplegué la cortina por primera vez, le mostré a mi madre los nombres de sus padres. Ella lo observó con una mirada cansada y triste en su rostro, y no dijo una palabra. ¿No es hermoso? Le pregunté, pero mi madre quedó en absoluto silencio y vagamente asintió con la cabeza. Yo estaba muy desilusionada de que no hubiera reaccionado con más entusiasmo.

Poco yo sabía.

Varias semanas después de haber visto el parojet mi madre anunció como si nada, durante nuestra conversación telefónica semanal, que había plantado un jardín en honor a sus padres en el fondo de su casa, una semana mas tarde me contó que estaba plantando un arbusto de mariposas, dos semanas mas tarde agrego una sección con las flores favoritas de su madre.

Poco después, mi madre comenzó a contarme las primeras historias que yo haya escuchado acerca de mis abuelos. Ella recordó con unas carcajadas como su padre valientemente se plantó frente al director de la escuela cuando su hermana se había metido en problemas. Ella me contó con gran amor y admiración como mi abuela había organizado hasta el más mínimo detalle la boda de mis padres, desde el vestido de novia, la comida hasta buscar el perfecto par de zapatos de satén blanco.

Yo soy la continuación de mi difunta abuela en este mundo

Luego mi madre me mandó un CD con fotos recuperadas de mis abuelos y de ella misma cuando era chica, fuera de una única foto de la boda, estas eran las primeras fotos que yo había visto de mis abuelos. En las fotos, mi abuela Jana o Ana como la conocían se ve tan bondadosa y cariñosa. Vi ese CD una y otra vez, observando a mis abuelos de cerca, sus rostros, su postura, el estilo de sus ropas, cualquier detalle que me proveyera de datos acerca de estos abuelos que nunca conocí.

Este año conocí por primera vez a un primo de mi madre, cuando me vio me dijo, ¿Sabes que te pareces a tu abuela Ana cuando era joven?

Yo sonreí, y después salí corriendo al baño, y lloré sin parar. Este pariente no tenía idea hasta que punto me impactaron sus palabras, tampoco sabía que su amada abuela Ana fue la que me dio el nombre. Yo nací justo 3 años después de su muerte y recibí su nombre tanto en hebreo como en ingles. A pesar de que sabía esto desde mi niñez, nunca capté la profundidad de este hecho, yo soy la continuación de mi abuela en este mundo, en espíritu, e incluso resulta que también en mi forma de ser y apariencia.

Como me hubiese gustado conocerla. A pesar de que todo parojet cumple con una función sagrada de cubrir el Arca de la Torá, el parojet que hicimos con mi marido cumplió una misión sagrada incluso antes de estar colgado en su lugar sagrado en la sinagoga. Este parojet arregló algo en el corazón de mi familia que parecía para siempre destruido, demolió el muro del frió silencio que rodeaba la muerte de mis abuelos y lo transformó en un jardín floreciente de dulces memorias. En cierta forma le devolvió a mi madre algo de sus padres que había perdido en aquel horrible día de 1968. También logró algo imposible, me dio la posibilidad de conocer a la persona de quien recibí mi nombre, una mujer a quien nunca conocí y nunca conoceré. Que la memoria de mi abuela Jana hija de Jaim y Tzipe y mi abuelo Iaakov hijo de Mordejai Leizer y Alte sean una eterna bendición
 

Fuente: Jabad.com


 

 

El escudo de la ciudad

por Franz Kafka

En un principio no faltó la organización en las disposiciones para construir la Torre de Babel; de hecho, quizás el orden era excesivo. Se pensó demasiado en guías, intérpretes, alojamientos para obreros y vías de comunicación, como si se dispusiera de siglos. En esos tiempos, la opinión general era que no se podía construir con demasiada lentitud; un poco más y hubieran abandonado todo, y hasta desistido de echar los cimientos.

La gente razonaba de esta manera: lo esencial de la empresa es el pensamiento de construir una torre que llegue al cielo. Lo demás es del todo secundario. Ese pensamiento, una vez comprendida su grandeza, es inolvidable: mientras haya hombres en la tierra, existirá también el fuerte deseo de terminar la torre. Por consiguiente no debe preocuparnos el futuro. Al contrario: el saber de los hombres adelanta, la arquitectura ha progresado y seguirá progresando; de aquí a cien años el trabajo para el que precisamos un año se hará tal vez en pocos meses, y más resistente, mejor. Entonces, ¿a qué agotarnos ahora? Eso tendría sentido si cupiera la esperanza de que la torre quedará terminada en el espacio de una generación. Esa esperanza era imposible.

Lo más creíble era que la nueva generación, con sus conocimientos superiores, condenara el trabajo de la generación anterior y demoliera todo lo adelantado, para recomenzar. Tales pensamientos paralizaron las energías, y se pensó menos en construir la torre que en construir una ciudad para los obreros. Cada nacionalidad quería el mejor barrio, y esto dio lugar a disputas que culminaban en peleas sangrientas. Esas peleas no tenían fin; algunos dirigentes opinaban que demoraría muchísimo la construcción de la torre y otros que más valía aguardar que se reestableciera la paz. Pero no sólo en pelear pasaban el tiempo; en las treguas se dedicaban a embellecer la ciudad, lo que provocaba nuevas envidias y nuevas peleas.

Así pasó la era de la primera generación, pero ninguna de las siguientes fue distinta; sólo aumentó la destreza técnica y con ella el ansia guerrera. Aunque la segunda o tercera generación reconoció la insensatez de una torre que llegara hasta el cielo, ya estaban demasiado comprometidos para abandonar los trabajos y la ciudad.

El vaticinio de que cinco golpes sucesivos de un puño gigantesco aniquilarán la ciudad, está presente en todas las leyendas y cantos de esa ciudad. Por esa razón el escudo de armas de la ciudad incluye un puño.
 

Fuente: ciudadseva
 

 

 

Las Peras Preciosas

“No me abandones en mi vejez”, murmuró el anciano Naftalí.

“Por favor, te lo ruego; no me abandones en mi vejez”, repetía una y otra vez.

Era un hermoso día de primavera. El sol brillaba radiante en el cielo claro, azul. Las finas nubecillas blancas parecían apenas bolas de algodón. El día era cálido y agradable, pero al pobre y anciano Naftalí el mundo le parecía un sitio oscuro, frío y cruel. Estaba solo y triste, y no podía gozar de la belleza del día.

“Rogamos tener una vida larga y feliz”, pensó. “¡Pero es esto con lo que soñamos?” Naftalí estaba totalmente solo en el mundo. Sus hijos se habían casado y se fueron a vivir lejos. Su mujer había muerto. Y por si esto fuera poco, la gente del pueblo ya no lo necesitaba más. Nadie tenía trabajo para un pobre anciano cansado.

Naftalí había trabajado duro durante toda su vida. No era un haragán, pero siempre había sido pobre. No había podido ahorrar dinero para su vejez. Eso nunca le había preocupado o asustado. Todavía quería trabajar, aunque ahora era un anciano. Gracias a Di-s gozaba de buena salud, pero algo andaba muy mal.

Había cercas que reparar, techos que remendar, casas que pintar, muebles que arreglar y jardines que plantar y desyerbar, pero el pobre anciano Naftalí nunca tenía trabajo. La gente del pueblo ya no lo necesitaba más.

Siempre que iba a pedir trabajo, la respuesta era la misma.

“Eres un buen hombre, Naftalí. Eres un hombre honesto y trabajar. Has trabajado toda tu vida, y ahora eres demasiado viejo. Este bajo es muy difícil para ti”. Todos contrataban a hombres jóvenes para hacer el trabajo, hombres jóvenes y fuertes cuyas manos no temblaran y cuyas espaldas no se cansaran fácilmente por estar inclinados demasiado tiempo.

Nadie tenía trabajo para un hombre viejo y cansado, que había trabajado duro toda su vida.

“Oh, ay de mí”, gemía el pobre Naftalí. “¡Qué será de mí? Mírenme en mi vejez”. Meneaba la cabeza y acariciaba su barba larga y plateada. ¿Dónde obtendría alimentos? ¿Cómo se mantendría caliente durante el crudo invierno? La vida no tenía atractivo alguno para el anciano Naftalí.

En la aldea nadie lo necesitaba, y Naftalí no sabía a dónde ir o qué hacer. “Quizá vaya al bosque”, pensó. “Quizá los pajaritos que cantan en los árboles me alegren. Los animales del bosque pueden aliviar mi soledad”.

El silencio y la paz del bosque llenaron de felicidad a Naftalí. Olvidó sus preocupaciones. Había toda clase de bayas en los arbustos del bosque que acallaron su hambre. Halló un pequeño arroyito donde se refrescó con agua fría y cristalina. Pensar en sus problemas no sólo lo había entristecido sino también cansado. Se sentó en el tronco de un árbol caído para descansar un rato. Mientras estaba sentado allí, con la cara entre las manos, y recordaba días más felices, por sus mejillas viejas arrugadas comenzaron a correr lágrimas, y se echó a llorar amargamente. Lloró tan fuerte, y sus pensamientos lo llevaron tan lejos, que no escuchó los pasos que se acercaban. Por eso se asustó mucho cuando de repente escuchó a alguien que decía: “Naftalí, ven conmigo. Naftalí, te necesito”.

La voz era cálida y amistosa. Naftalí se frotó los ojos y miró sorprendido. Frente a él había un granjero anciano vestido con un mameluco, con los ojos más claros y bondadosos que jamás había visto. Dulcemente el granjero dijo a Naftalí:

“¿Por qué estás sentado aquí, solo, llorando, en un día tan hermoso, rodeado de la bella naturaleza de Di-s?”

“Es difícil, amigo, ser feliz y disfrutar de la belleza de la naturaleza y el sol, si uno es viejo, no tiene dinero y nunca puede conseguir trabajo”, contestó Naftalí con tristeza.

El anciano granjero apoyó su mano sobre el hombro de Naftalí. Era grande y fuerte, y Naftalí se sorprendió de que fuera tan liviana como una pluma. Comenzó a invadirlo una maravillosa sensación de calidez. Su sangre empezó a correr más rápido por sus venas y empezó a sentirse más fuerte y joven.

“Necesito para mi huerto un hombre de tu experiencia”, dijo el bondadoso granjero. “Y por la edad, estoy seguro de que tú eres un jovenzuelo si te comparo con los años que yo llevo sobre mis cansadas espaldas.

Naftalí estaba muy contento. Se levantó con entusiasmo, y siguió al granjero hasta un valle cercano. Estaba tan entusiasmado y contento que ni se le ocurrió pensar en que nunca había visto a este granjero o que nunca había escuchado nada sobre la existencia de un valle detrás del bosque.

En el medio del valle había una hermosa huerta de frutos en la que Naftalí trabajó toda la tarde recogiendo la fruta madura de los árboles. Cuando se puso el sol, el viejo granjero le dio a Naftalí una cesta con las peras más lindas y le dijo:

“Este es tu pago por el trabajo de hoy. La gente te comprará gustosa estas peras una vez que haya probado su delicioso sabor.

Naftalí se sintió un poco desilusionado. Quería ganar dinero con su trabajo, y en lugar de ello recibía una canasta llena de peras. Pero era un buen hombre, de modo que no protestó. “Gracias”, dijo amablemente. “Gracias por darme trabajo. Adiós. Espero que nos volvamos a ver.

Naftalí estrechó la mano del anciano granjero, tomó su canasta y emprendió el regreso a su hogar.

Caminó lentamente porque estaba cansado y la canasta era pesada. Después de un rato, decidió descansar. Y como tenía hambre y sed, y no tenía qué comer, tomó una de las peras de la canasta y la mordió. Ninguna otra pera que probara en toda su vida había tenido un sabor igual.

¡Decididamente, estas peras tenían algo especial! El sabor, dulce y delicado, era más que delicioso, más que refrescante. Parecían tener todo el sabor y el poder alimenticio de los frutos del Gan Edén, el ‘Jardín del Edén’, donde vivieron Adám y Javá. Naftalí volvió la vista en dirección al valle donde se encontraba la huerta de frutales.

“Sería bueno recordar el lugar donde crecen unos frutos tan extraordinarios. Quizá pueda volver allí algún día para conseguir más trabajo”, pensó. Pero, ¿dónde estaba el sendero? ¡Por más que lo buscó, no pudo volver a encontrar el sendero que conducía al valle! El bosque lo rodeaba todo. Era realmente extraño. ¿Habría sido un sueño? ¿Se había dormido sobre el tronco de un árbol? Naftalí se pellizcó a sí mismo para asegurarse de que estaba despierto. Y allí, a su lado, estaba la canasta de peras, como prueba de que todo había sido real.

“Entonces”, pensó Naftalí, “Di-s debe haberme visto sufrir y por eso envió un ángel para ayudarme. El anciano granjero puede haber sido el Profeta Eliahu u otro de sus numerosos mensajeros. Alguien se preocupa por mí. Aún puede sucederme algo bueno.

Naftalí continuó rumbo al pueblo. Su canasta era pesada, pero esta carga era más liviana que los sentimientos de desesperanza y desaliento de esa mañana. Ahora tenía coraje y esperanza. El porvenir parecía brillante.

A la mañana siguiente Naftalí llevó la canasta de peras al mercado. Con voz clara y enérgica, una voz que parecía la de un hombre joven, saludable y fuerte, gritó:

“¡Vengan, amigos míos! ¡Apúrense! ¡Apúrense! ¡Vengan y compren el mayor deleite de sus vidas. ¡Peras preciosas, especiales! ¡Cien pesos la pera!”.

La gente volvió la cabeza para mirar. En el primer momento, en el mercado se hizo silencio; luego, algunas personas se echaron a reír.

“El anciano Naftalí debe estar loco. Está diciendo tonterías. ¿Cien pesos por una pera? ¿Quién escuchó alguna vez una cosa tan absurda?”.

Naftalí sonrió y meneó la cabeza.

“No se preocupen, viejos amigos. Estoy bien. No estoy loco. Vengan. Prueben un trozo y luego comprenderán por qué pido un precio tan elevado”.

Naftalí tomó una pera grande y hermosa, perfecta en color y forma, y la cortó en muchos, muchos trozos finos. Ofreció estas muestras al grupo que lo rodeaba. Sonrientes, todos tomaron un trozo hasta que no quedaron más. A medida que comían las pequeñas rodajas de pera, desaparecían lentamente las sonrisas y se veían sorprendidos y atónitos.

“¡Increíble!”, exclamaban. “¡Maravilloso! ¡Fantástico! ¡Fabuloso! ¡Estas peras tienen el sabor del Gan Edén! ¡Estas peras no son de este mundo! ¡Por favor, Naftalí! Otro trocito... Sólo un trocito más...”.

La excitación se estaba apoderando del lugar. Cada vez había más gente. ¿Qué sucedía? ¿Peras preciosas del Gan Edén? Nadie había escuchado jamás una cosa semejante. Los afortunados que habían probado las peras no querían moverse del lugar. Estaban inmovilizados, con las manos extendidas, y pedían, imploraban, otro trozo de pera. Pese a sus súplicas, Naftalí se negó a cortar otra pera. Sujetó con fuerza la canasta de frutas, y gritó bien fuerte, en voz alta y poderosa:

“Escuchen, queridos amigos. ¡Observen cuán satisfechos están los que tuvieron la suerte de probar estas peras! ¿Vieron cómo se sorprendieron y cómo ahora piden más? Créanme, estas peras bien valen cien pesos cada una. ¿Quién sabe si alguna vez en sus vidas tendrán otra oportunidad de probar unas peras tan especiales como éstas?”.

Naftalí se mostró firme y rechazó todas las ofertas de pagos más pequeños. En unos pocos minutos, todos los que tenían el dinero se acercaron a comprar peras. Algunos hasta corrieron a sus casas para buscar el dinero. Después de sólo media hora, había vendido todas las peras; todas, excepto una. Por todos lados veía manos extendidas que le ofrecían cien pesos y le pedían esta última pera.

Naftalí meneó la cabeza.

“No hay más”, dijo. “Esta pera no se vende. Es para mí”.

La gente le ofreció más dinero, pero Naftalí no cambió de idea. No vendería la última pera ni por todo el dinero del mundo.

Naftalí se sentía feliz y agradecido. En su hora de miseria y oscuridad, Di-s lo había ayudado. Había vendido toda la canasta de peras, y ahora tenía suficiente dinero para el resto de su vida. Nunca más precisaría preocuparse por tener suficiente comida para vivir. No tendría que sentir miedo de sufrir frío en invierno.

Naftalí se dirigió a su casa. Estaba cansado, pero se sentía bien. Se sentó en su silla vieja y gastada, sacó su pequeño cuchillo, y cortó cuidadosamente en trocitos la última de las peras preciosas. Pronunció bendición especial de agradecimiento a Di-s por haber creado los frutos del árbol, y su corazón se llenó de gratitud. Luego, muy lentamente, comió la pera. Masticó cada trocito cuidadosamente, para que el delicioso sabor de la fruta continuara en su boca por mucho tiempo.

Cuando hubo tragado el último trozo, fue al jardín y plantó las semillas. “Quizá no viva para ver crecer de estas semillas el nuevo árbol”, murmuró lentamente. “Pero algún día otras personas pobres y ancianas podrían necesitar ayuda, y quizás, al plantar estas semillas, yo les pueda ayudar. De ese modo estaré agradeciendo a Di-s la ayuda que me brindó en mi momento de mayor necesidad.

Los años pasaron. Naftalí vivió lo suficiente como para ver a las jóvenes plantas salir de la tierra. Vio a las plantas crecer más y más, hasta convertirse en jóvenes árboles. Los árboles maduraron y comenzaron a dar su fruto.

Cuando Naftalí llegó a una edad muy anciana y estaba listo para irse al Cielo, dejó un testamento. El dinero que le quedaba debía usarse para cuidar sus árboles frutales de modo que con ellos se pudiera ayudar a todos los pobres y ancianos.

Y así fue. Durante muchas generaciones, “las peras preciosas de Naftalí” eran muy apreciadas por su delicioso sabor y su especial valor nutritivo, particularmente por su valor alimentario para las personas pobres y ancianas.

Fuente: Mesilot Hatora

 

 

La batalla ganada contra las mentiras

¡Deberías avergonzarte! Un niño de nueve años diciendo mentiras. Sabes que no es verdad, ¿por qué lo dices?". Esta era una frase que Avigdor escuchaba a menudo, porque mentía con frecuencia.

Ahora bien. Avigdor no quería dañar a nadie cuando mentía. Sólo daba rienda suelta a su imaginación y antes de darse cuenta de lo que decía, le brotaba una exageración tonta o hasta una mentira, sin tener ningún motivo. Esto se había convertido en un mal hábito, que ya era parte de su personalidad, como su nariz o su boca; no puede uno desprenderse de una nariz fea si la tiene y Avigdor pensaba que no podía dejar de mentir aunque tratara, pero sus padres y sus maestros muchas veces lo retaban. "Recuerda Avigdor, que antes de hablar eres dueño de tus palabras, pero luego de haberlas dicho ellas se adueñan de ti. Así que antes de hablar, piensa".

Cuando comenzó el nuevo período de clases en el jéder, Avigdor llegó con una sarta de cuentos y aventuras que según él, le había ocurrido durante las vacaciones de verano; pero todo el mundo sabía que eran producto de su imaginación. Era el primer día de Elul y al comenzar el estudio, el maestro llamó la atención de los niños sobre la importancia y solemnidad de la época. Hizo notar que esos días, eran los más propicios para arrepentirse de los malos hábitos, aunque es posible hacerlo durante todo el año.

El maestro no sólo se dirigía a Avigdor, pero al igual que a los otros muchachos de la clase, Avigdor pensó que se refería a él en particular. Sabía que no tenía que ir a buscar muy lejos, ni "cavar" muy hondo para desenterrar sus malos hábitos. Estos eran más que evidentes, pero lo enfrentaban descaradamente, lo desafiaban: Sabes que soy una cosa fea, pero aquí estoy y aquí me quedaré. ¿Qué crees que puedes hacer al respecto?

Pues bien, Avigdor decidió aceptar el desafío, no dejaría que lo tomaran por un tonto. ¡Basta! La batalla había comenzado.

"Ya se lo que haré -pensó- comenzaré anotando cada exageración o mentira que diga durante el día".

Avigdor mantuvo su palabra. Cuidadosamente tomó nota en su pequeño diario cada vez que su hábito se apoderaba de él. Al finalizar la semana revisó el diario, pero al pasar las páginas lo invadió una sensación de desaliento que lo hizo estremecer. Casi no había pasado un día sin que dijera al menos diez mentiras, alardeara cinco veces y se burlara en tres ocasiones de los demás; aunque sin duda esas cifras representaban ya una gran mejoría, todavía eran demasiado.

"Volveré a probar -resolvió Avigdor-, mi segunda línea de defensa será un silencio absoluto, si es necesario, por lo menos durante un día. Sí, el Shabat próximo mantendré mi boca limpia todo el día".

Avigdor se vigiló durante todo el Shabat. Sólo una vez se olvidó de sí mismo pero inmediatamente se corrigió: "Pero he exagerado. Perdóname", se sonrojó.

Era la primera vez que Avigdor se sonrojaba al decir una mentira e instintivamente sintió que era un buen signo. Sin embargo se sintió muy aliviado cuando terminó Shabat. Había sido un gran esfuerzo y ahora podía descansar. pero ni bien hubo decidido hacerlo, se encontró con una posición casi idéntica a la de antes; la semana siguiente estuvo casi tan llena de fracasos como la anterior. Pero no exactamente igual: Avigdor ponía más cuidado en lo que decía, y a menudo se ponía colorado, cuando no podía cumplir sus buenas intenciones.

Una vez encontrándose con sus amiguitos vio que ellos se intercambiaban ideas sobre cuántos capítulos de Tehilim habían recitado desde que empecé el nuevo año. Avigdor dijo:¡Bah! Esto no es nada, yo voy en la mitad del libro por segunda vez. Los muchachos lo miraron con asombro y Avigdor se puso rojo. Se dio cuenta de no sólo estaba alardeando, sino que al mismo tiempo decía una mentira ridícula. ¡Qué rotundo fracaso!, pensó. Sin embargo no estaba listo todavía para rendirse.

Avigdor trató con ahínco de sobreponerse a su mal hábito, pero todavía no estaba seguro de sí mismo. Sabía que el "lado malo" dentro de él, le estaba tratando de hacer creer que ya había ganado la gran batalla para que disminuyera sus esfuerzos. Pues bien, esta vez estaba dispuesto a pelear hasta el fin, hasta que estuviera completamente seguro.

Por fin llegó Shabat, Avigdor oró fervientemente, oró a Di-s para que perdonara todas sus faltas, pero más que nada su mal hábito de mentir, alardear y menospreciar a sus amigos.

Rezó durante toda la mañana, hasta que su padre lo llevó a casa a comer, pues no había tomado el desayuno.

Al volver por la tarde al Bet HaKneset (sinagoga) para Minjá, Avigdor se dio cuenta que tenía ganas de orar más que nunca.

Momentos antes de 'Arvit, la oración final del día, se anunció un pequeño receso, durante el cual la mayoría de las personas permanecieron en el Bet HaKneset. Avigdor prefirió salir para tomar un poco de aire. En el patio se encontró con un grupo de muchachos discutiendo acaloradamente, quiso evitarlo y volverse pero ellos lo notaron y le hicieron señas para que se acercara. Los encontró discutiendo sobre quién había ayunado más en el último Yom Kipur; algunos encogían sus estómagos para dar más fuerza a sus argumentos y decir que estaban más flacos que hace un mes, antes de ayunar.

Entonces todos se dirigieron a Avigdor. ¡Ah! Antes de Yom Kipur, nos dijiste que ayunarías todo el día. ¿Lo hiciste?

Avigdor se encontró entre la espada y la pared, sintió que la batalla se libraba de él en ese instante; si decía la verdad los muchachos se iban a reír de su palabrerío, si mentía, sabía que nunca ganaría la batalla.

Vamos, Avigdor, di la verdad. Lo urgieron los muchachos. Avigdor los miró fijo y les dijo: Muchachos, ayuné todo lo que pude; después de todo tengo solamente nueve años, lamento no haber cumplido mi deseo; de cualquier modo están perdiendo el tiempo discutiendo tonterías, mejor vayámonos al Bet HaKneset, Arvit está por empezar.

Avigdor esperaba que los muchachos se echaran a reír, pero no lo hicieron. Escucharon en su voz un dejo de sinceridad que impresionó a sus jóvenes corazones y sin decir nada siguieron a Avigdor.

Y mientras él recitaba las Berajot finales de la Tefilá, las lágrimas se deslizaban por su pequeña cara encendida, lágrimas de gratitud a Di-s por haberlo ayudado a ganar su batalla, a triunfar.

Fuente: Mesilot Hatorá


 

 


Historia de los siete mendigos

Hace mucho tiempo hubo un país sacudido por las guerras. Mientras los hombres del pueblo, guiados por los soldados, iban al encuentro del enemigo, éste entró a la ciudad por un sitio inesperado y encontró sin defensa a las mujeres y los niños, que huyeron a los bosques mientras sus casas eran saqueadas e incendiadas.

En la confusión de la huída, dos mujeres perdieron a sus hijos: una de ellas a un niño y la otra a una niña. Ambos se habían criado juntos y así continuaron, solos y errantes por el bosque.

Al principio no se dieron cuenta de su situación y pasaron muchas horas entre juegos y risas, recolectando piedrecillas y flores, pero al caer la tarde el hambre comenzó a atormentarlos. Tomados de la mano, buscaron en vano algún alimento. En eso, les salió al encuentro un mendigo que llevaba al hombro una bolsa con provisiones.

Los niños le pidieron algo de comer y le rogaron que no los abandonase. El mendigo sacó de su talego pan y otras vituallas y comieron hasta saciarse. Después les dijo que continuaran su camino porque, desdichadamente, no podía acompañarlos. Entonces los niños se dieron cuenta de que el mendigo era ciego y se preguntaron por qué milagro se habían encontrado con él. Antes de partir, el ciego los bendijo de este modo:

- Quiera el Cielo que seáis como yo.

Los niños pasaron la noche bajo un árbol, y al día siguiente continuaron su camino. Horas después, el hambre volvió a atormentarlos. En ese instante, salió a su encuentro otro mendigo, también con una alforja repleta. Ambos le rogaron que les diese algo para comer, pero el mendigo no parecía entenderles, hasta que se percataron de que era sordo. Pero de algún modo, el mendigo comprendió que tenían hambre, y les dio de comer todo cuanto quisieron. También le pidieron por señas que no los dejase solos, pero él les respondió que le era imposible acompañarlos y los despidió con estas palabras:

- Quiera el Cielo que seáis como yo.

La historia se repitió en los días que siguieron: la tercera vez encontraron a un mendigo tartamudo, cuyas palabras apenas se entendían; la cuarta, a un mendigo con el cuello torcido; la quinta vez, a uno jorobado; la sexta, a uno con las manos baldadas; la séptima a un mendigo cojo. Todos les dieron de comer abundantemente y los despidieron con la misma frase.

Después de varios días de camino, llegaron a una aldea. Fueron de puerta en puerta pidiendo el sustento y se fueron de allí tan bien provistos que no pudieron llevárselo todo. Entonces decidieron seguir juntos de pueblo en pueblo y mendigar de puerta en puerta dondequiera que llegasen.

Pronto se hicieron muy conocidos en todas partes. Se les podía encontrar en cada aldea, unidos a los demás mendigos, y atraían a la gente por su dulzura y buen carácter. No había nadie en el país que no conociera a los niños abandonados y no los ayudara y protegiera en lo posible.

Así fueron creciendo hasta convertirse en una pareja de adolescentes bellos y amables. En uno de los villorrios en los que más amigos tenían, se celebraba una gran fiesta popular. Había diversiones y juegos de todas clases y comida de sobra. Todos los mendigos eran bien acogidos y se les obsequiaban alimentos, vestidos y dinero. Los aldeanos y los demás mendigos recibieron amistosamente a los jóvenes, y en la alegría de la fiesta, se le ocurrió a alguien la idea de casarlos.

A los jóvenes les gustó la proposición: juntos estaban desde la más tierna infancia y juntos querían continuar a lo largo de sus vidas. Sólo tenían una preocupación: dónde y cuándo celebrar sus bodas. Los mendigos acordaron que lo mejor era esperar al cumpleaños del rey, pues en esa ocasión las fiestas se prolongaban durante siete días, la comida era mucho más abundante, y dispondrían de todo lo necesario.

Así se hizo. Los mendigos prepararon para los jóvenes un lugar donde celebrar sus bodas durante aquellos siete días: las piedras serían sus asientos, las flores del bosque los adornos, y construirían el baldaquín nupcial con olorosas ramas de los árboles.

La alegría de todos era enorme. Durante la fiesta, los novios recordaron el día en que, perdidos en el bosque y hambrientos, se encontraron con el mendigo ciego, el primero que los alimentó y consoló, y expresaron su deseo de volver a verlo. Entonces apareció una figura encorvada y envuelta en sus vestidos.

- Heme aquí--les dijo, y reconocieron al mendigo ciego--. He venido para daros mi regalo de bodas. Cuando erais muy chicos os bendije diciendo: "Quiera el Cielo que seáis como yo". Hoy quiero repetirla, y añadir el deseo de que tengáis una vida tan larga como la mía. Hasta hoy habéis creído que soy ciego, pero no es así, sino que las cosas terrenales no despiertan mi interés ni atraen mi atención y por eso no las miro. Soy muy anciano y a la vez muy joven, pero aún no he comenzado a vivir. No estoy loco ni desvarío. Esto me ha sido otorgado y revelado por la gran águila, y voy a contaros cómo:

Historia del mendigo ciego

Sucedió hace tiempo que varios hombres equiparon un barco y emprendieron una larga travesía. A los pocos días se desató una terrible tormenta y el barco naufragó. Nada pudieron salvar excepto sus vidas y por suerte para ellos, llegaron a nado hasta una isla. En medio de ésta, se alzaba una torre, en la cual no encontraron ser viviente alguno, pero sí lo necesario para el sustento de todos. Llegada la noche y agotados por tantas vicisitudes, se recostaron en torno a una hoguera. Uno de ellos propuso que cada cual contara el acontecimiento más antiguo que pudiera recordar. Todos aceptaron y rogaron al de mayor edad del grupo que fuera el primero en narrar su historia. Este era un hombre con vasta experiencia como marinero y preguntó:

- ¿Qué podría contaros? Recuerdo hasta el día en que la manzana se desprendió del árbol.
Entonces habló el segundo en edad:
- Pues yo recuerdo incluso el día en que comenzó a brillar la luz.
El tercero en edad dijo a su vez:
- Y yo recuerdo el día en que comenzó a formarse el fruto.
El cuarto repuso:
- Mis recuerdos llegan hasta el día en que ocurrió la fecundación.
El quinto intervino:
- Recuerdo como si fuera hoy el momento en que el sabor de la fruta entró en la semilla.
- Y yo--dijo el sexto--cómo entró el olor de la fruta a la semilla.
- Y yo--dijo el sexto--cómo la semilla cobró forma de fruta.

Pero yo--continuó el mendigo ciego--que era entonces sólo un chiquillo, les dije: "Pues yo recuerdo todos esos hechos y también me acuerdo de la Nada anterior".

Todos quedaron estupefactos al escuchar que los más jóvenes eran quienes tenían los recuerdos más antiguos, y que el que era casi un niño tuviera el más antiguo de todos. Llegó volando entonces la gran águila, llamó a la puerta de la torre y los convocó a todos según su edad, pero indicó al más joven ir al frente, pues era el de más antiguos recuerdos y en sabiduría. Reunidos todos, el águila habló:

- Podéis acordaros de cómo salisteis del seno materno y de cómo habéis crecido dentro de él, porque en la mente del niño brilla una luz, o de cómo se formaron vuestros miembros en el vientre de la madre; podéis acordaros del momento en que fue fecundada vuestra madre; podéis también recordar vuestro espíritu, vuestra alma, vuestra chispa vital antes de que entraran al embrión. Pero este chiquillo os aventaja, porque en lo más hondo de su mente aún palpita el recuerdo de las tinieblas que precedieron al comienzo, y el aleteo en el umbral del ser aún resuena en su memoria, de la que no se ha borrado el soplo de la Nada. Por todo eso se mueve en el abismo de la Eternidad como en su propia casa.

El águila hizo una pausa y continuó:

- Ser pobre y alimentarse de la mesa ajena será el camino que os llevará a volveros hacia los tesoros que os han sido dados. Vuestros cuerpos han sido destruidos cuando naufragó vuestro barco. Serán reconstruidos y retornaréis al mundo.

Entonces el águila se dirigió a mí con una voz que provenía de lo Alto:

- Ven conmigo, y estaré contigo por dondequiera que vayas. Eres como yo mismo, anciano y a la vez joven, y no has comenzado a vivir. Así debes seguir siendo.

El mendigo ciego calló durante unos instantes y al fin dijo:

- Es esto, queridos hijos, lo que hoy os ofrezco como regalo de bodas: que seáis como yo.

Al terminar su historia el mendigo ciego, quedaron todos arrebatados de alegría; sólo los corazones de los novios permanecieron serenos ante el milagro.

Al segundo día de las bodas, en medio de sus felices invitados, los desposados pensaban en el segundo mendigo--el sordo--que los había alimentado cuando erraban por el bosque. De repente, lo vieron aparecer ante sus ojos. "¿Cómo habrá llegado sin ser advertido?"--se preguntaban, cuando el mendigo habló:

Historia del mendigo sordo

- He venido atraído por vuestros pensamientos, y quiero repetir la bendición que una vez pronuncié sobre vosotros: que fueseis como yo. Creéis que soy sordo, pero no es cierto. Es que solamente puedo escuchar los incesantes llantos, necesidades y gritos de dolor del mundo entero. Pues cada criatura es hija del dolor. Pero no todos ellos me conmueven, ni mi corazón se llena de la angustia de los seres creados. Con el pan que como y el agua que bebo tengo bastante. Sin embargo, conozco las quejas de los que viven en la riqueza y la abundancia. Un día fueron convocados, y yo estaba entre ellos; cada uno se vanagloriaba de la vida holgada y llena de comodidades que llevaba en su país.

- Vuestra vida es un mal ejemplo comparada con la mía--les dije.

Entonces se fijaron en mis harapos y en mi bolsa de mendigo, y se rieron de mí como de un necio.

- Os invito a probar qué tipo de vida es la mejor--y al ver sus rostros interrogantes, les conté lo siguiente:

- Conozco un país que una vez fue un maravilloso jardín en el que crecían los frutos más hermosos de la tierra. Los habitantes del lugar, gente sencilla y virtuosa, disfrutaban de la vista, el aroma y el delicioso sabor de aquellas flores y frutos y creían que no existía nada mejor en el mundo, y que nada podría alterar sus dichosas vidas. Un jardinero, lleno de sabiduría, cuidaba de aquel territorio y sabía hacerlo prosperar. Pero una noche, el jardinero desapareció. Las cosechas mermaron, la mala hierba cubrió los sembrados y la antigua prosperidad vino a menos, aunque a los pobladores no les faltó lo esencial para vivir, y así hubieran podido continuar de no sobrevenir una nueva desgracia. Pues un rey vecino muy cruel invadió aquel país y, envidioso de sus fértiles tierras, decidió arruinarlas, y pensó que la mejor forma de lograrlo consistía en corromper a los habitantes del país. Entonces ordenó a sus tres súbditos más perversos y malvados vivir entre ellos y contagiarles toda clase de vicios.

De ese modo prosperaron en el país el engaño, el crimen y la prostitución y se apagó en los hombres la antigua inocencia. En sus ojos y sus palabras hubo sólo amargura y odio y nadie más se ocupó del jardín. Ahora os invito a vosotros, que nadáis en la abundancia, a acudir allí a socorrer a ese desdichado pueblo con una parte de las riquezas que os sobran.

Todos accedieron a viajar conmigo al país en desgracia, pero cuando llegamos, el espectáculo era tan horrible y desolador que su sola vista trastornó a mis acompañantes. Entonces les dije:

- Ya veis claramente que vuestras riquezas nada pueden hacer por estos infelices.

Entonces congregué a todos aquellos infortunados y repartí entre ellos el pan y el agua que llevaba en mi bolsa. El amor con el que eran dados los invadió a todos y creyeron saborear en el pan y el agua las comidas y bebidas más deliciosas del mundo. Sus corazones fueron recobrando la pureza y la luz perdidas, y cuando adquirieron conciencia del mal que les habían hecho, se rebelaron contra el rey tirano y apresaron a sus corrompidos servidores. Y he aquí que el jardinero que había desaparecido regresó al país y restableció la antigua prosperidad.

Así todos aquellos que me habían acompañado pudieron ver cómo el amor y la sencillez que guiaban mi vida había salvado al país, y reconocieron su poder. Ahora, hijos míos--añadió el mendigo sordo dirigiéndose a los jóvenes esposos--, como regalo de bodas, os deseo que lleguéis a ser como yo--y dicho esto, se esfumó discretamente y los festejos continuaron.

Al tercer día, ambos desposados comenzaron a pensar en el tercer mendigo que les había socorrido en el bosque.

- Si supiéramos dónde está--comentaban entre sí--, lo invitaríamos a compartir nuestra alegría. De repente apareció ante sus ojos, como salido de la tierra, y así habló:

Historia del mendigo tartamudo

- Una vez os bendije diciendo que pudierais ser como yo. Ahora voy a revelaros el significado de mi bendición. Creéis que soy tartamudo, pero no es cierto, sino que los sonidos mundanos, que no expresan los designios de Dios, son indignos de contener la verdadera palabra y suenan en mi boca como sílabas inconexas. Me ha sido otorgado el don de la palabra, y conozco los cantos más sublimes. No hay nadie que no quede arrobado al escucharlos, y en cada uno de ellos se encierra una sabiduría mayor que toda la sabiduría de este mundo. Pues esto me ha sido revelado por boca del Ungido, del hombre de Gracia y de Paz. Yo recorro la tierra y recojo toda buena acción y toda obra caritativa y las llevo ante él, y de todas esas buenas obras nace el tiempo y se renueva en su eterno fluir. Pues el tiempo no existe por sí mismo, sino una cosa creada a partir de los actos de las almas.

Voy a contaros la historia de las historias, la leyenda de las leyendas que contiene la primera de todas las verdades: junto al último abismo del espacio hay una montaña, y en la montaña hay una roca de la cual brota una fuente. Sabed también que todas las cosas del mundo tienen un corazón, y que el propio universo tiene también uno. Esa montaña con la roca y la fuente se encuentra en uno de los límites del espacio, allí donde comienza el último abismo. Y el corazón del universo está en el otro límite del espacio, allí donde termina el último abismo. Y el corazón del universo se halla frente a la fuente y su vista la busca más allá de la plenitud del espacio y de todas las cosas que están en el espacio, y anhela con vehemencia llegar hasta ella. Y el corazón del universo clama eternamente por la fuente, pero está tan cansado que muy pronto quiere descansar un poco y aliviarse de su angustia.

Entonces acude un gran pájaro y extiende sus alas sobre él para que repose a su sombra, pero aun en el descanso siente la presencia de la fuente y ansía verla. Al reponerse, intenta de nuevo alcanzarla, pero no hace más que intentarlo, cuando desaparece ante su vista la montaña y ya no puede ver la fuente. Si dejara de verla para siempre, moriría sin duda, pues toda su vida depende de la fuente y del anhelo de llegar a ella. Y si muriera, sucumbiría el mundo entero, porque la vida de todos los seres depende de él y sólo por él permanece. Y sucede que, cuando deja de ver la montaña y la fuente, el ansia de ver a esta última se hace más fuerte que el ansia de alcanzarla, y el corazón del universo regresa al sitio de donde había salido.

Como la fuente existe más allá del tiempo y le resulta imposible adquirir una existencia temporal por sí misma, queda eternamente cerrada en su temporalidad y no puede abrirse al corazón del universo. Pero mediante dicho corazón, la fuente logra periódicamente adquirir vida temporal, porque el corazón del universo le regala un día como un don precioso. Cuando ese día se acerca a su fin y las luces declinan, el corazón y la fuente se dicen uno a otra palabras de amor y de despedida, y se escuchan los cantos del eterno anhelo. El corazón del universo queda en gran desasosiego y quiere morir porque no puede darle más que un día y lo invade el miedo de que la fuente le sea arrebatada para siempre más allá del tiempo. Pero el hombre de Gracia y de Paz vela por ellos y cuando la noche trae la separación de ambos y el doloroso canto se escucha, le regala un nuevo día al corazón del universo y éste lo regala a su vez a la fuente. Pero sabed que el tiempo que el hombre de Gracia y Paz concede lo obtiene de mis manos.

Pues en mi viaje por toda la tierra recojo todas las buenas acciones y obras caritativas y sobre ellas pronuncio las palabras de la Gran Unificación. Entonces se convierten en melodías que entrego al hombre de Gracia y de Paz, y él crea de ellas el tiempo. Porque el tiempo nace de la melodía y ésta a su vez de la Gracia. De este modo los días brotan del canto y llegan al corazón del universo y de éste a la fuente. De ahí proviene la duración del mundo aunque su anhelo nunca se extingue. Sin embargo, mi alma está siempre llena de la Palabra y del Canto. Este es mi regalo de bodas, hijos míos: que lleguéis a ser como yo.

Muy unidos y llenos de dicha escucharon los jóvenes el discurso del tercer mendigo, y sus almas entonaron un cántico silencioso de alabanza.

En la mañana del cuarto día recordaron los esposos al mendigo del cuello torcido que también los había socorrido, y he aquí que apareció ante ellos sin saberse cómo había llegado y les habló:

Historia del mendigo del cuello torcido

- He venido, queridos hijos, a renovaros hoy la bendición que pronuncié sobre vosotros aquel día en el bosque. ¿Creéis que en verdad tengo el cuello torcido y no puedo miraros a los ojos? Pues no es así, sino que aparto mi mirada de las vanidades humanas y no mezclo mi aliento con el de los vanidosos. Mi garganta y mi cuello están constituidos de tal modo, que puedo imitar todos los sonidos del universo diferentes de las palabras, y no existe ninguno que yo no pueda reproducir. Esto ha sido testificado por los habitantes del reino de la música. Pues existe un país cuyos pobladores saben ejecutar los más variados instrumentos y entonar cualquier clase de cantos, y hasta el balbuceo de los niños suena como una maravillosa canción. Cada uno reúne en su garganta voces de distintos registros y es capaz de cantar con todas ellas.
En una ocasión, los más sabios del país conversaban sobre las múltiples voces que vivían en ellos, y comentaban que no sólo los sonidos propios de los seres vivos pugnaban por alcanzar vida y plenitud a través de sus gargantas, sino también las almas del arpa y de la viola hablaban por sus bocas. Entonces yo, que hasta el momento los había escuchado en silencio, les dije:

- Mi voz posee las mismas cualidades que las de todos vosotros y aun las supera, porque posee los tonos y registros que nunca habéis oído y ni siquiera sospecháis. Pues en el origen de los tiempos, a todos los seres a los que no les fue otorgado el don de la palabra se les concedió la posibilidad de expresarse a través de mí y de entonar por mi medio el canto que revelaba lo más profundo de sus corazones. Y si queréis comprobarlo y comparar mis dotes con las vuestras, así lo haremos. Hay dos reinos que distan entre sí miles de millas. Cuando llega la noche, los habitantes de esos reinos no pueden dormir, sino que se asoman por las murallas circundantes o deambulan junto a ellas, y es tan amargo el clamor de hombres y mujeres, de niños y ancianos, que conmueve a todos los seres: los animales aúllan, los árboles sollozan, las aguas corren entre tristes murmullos y hasta de las piedras se eleva un doloroso lamento. ¡Dignaos, sabios Maestros, ayudar a esos tristes reinos dominando con vuestras voces sus amargos clamores! Preparaos y os conduciré hasta ellos.

Así lo hicimos y llegamos al primero de los reinos cuando atardecía. No hicimos más que pisar la frontera, cuando mis acompañantes comenzaron ellos mismos a proferir tristes lamentos y sus voces se unieron al coro de los habitantes del lugar.

- Ya veis--les dije entonces--que vuestras grandes dotes y vuestra sabiduría sucumben ante la fuerza del dolor. Voy a explicaros cómo ha ocurrido esto: hay dos pájaros, macho y hembra, que son únicos en su especie y en el mundo no hay ningún otro igual. Un día se separaron sin poder volver a encontrarse. Desde entonces se buscan angustiados, y cuando creen que van a lograrlo, vuelan confundidos en direcciones opuestas, y gritan de dolor hasta que se desploman agotados y sin más esperanzas de reencontrarse. Y he aquí que cada uno habita en uno de los dos reinos, separados por miles de millas de distancia. Durante la noche, cada uno lanza al viento su doloroso clamor de añoranza por el otro. Al llegar la mañana, todos los pájaros de los bosques cercanos se reúnen en torno a cada uno de ellos e intentan consolarlos con mil arrullos y gorjeos y a cada uno le aseguran que algún día se reunirá con su cónyuge. De este modo, sus corazones se calman durante el día, pero al caer la noche, cuando los pájaros que los acompañan se marchan en bandada, cada uno siente con mayor intensidad qué solo está en el mundo y comienza a lamentarse amargamente. Este clamor se escucha cada vez más lejos y con más fuerza, y nada ni nadie puede sustraerse a su dolor ni evitar sumarse a sus lamentos, pues hasta las piedras mismas se conmueven. El triste coro va creciendo, y canta la desdicha de todos los seres. De este modo, ambos reinos lloran día y noche.

- ¡Vaya!--exclamaron los maestros--¿Y te crees capaz de ayudarles?

- ¡Sin duda que lo soy! En mí viven las voces y sonidos que emiten todas las cosas del universo, y cada una me ha contado sus penas y alegrías. Por ello, mientras que vuestra compasión y vuestra energía han sido vencidas por el dolor, las mías se disponen a luchar contra él.

Dicho esto, y para librarlos del hechizo del dolor, conduje a los sabios y maestros a un lugar distante, situado entre los campos que separaban ambos reinos. Entonces, empleando mis poderes, imité el canto de ambos pájaros: primero la del macho, que hice llegar a la hembra; después la de la hembra, que envié hacia el macho. Cuando cada uno de ellos oyó la voz del otro, quedaron mudos y temblorosos, sin poder moverse de sus respectivas ramas. Pero mis llamados, imitando sus voces, no cesaban, y al fin ambos emprendieron el vuelo, cada uno orientado por la voz del otro, hasta que se encontraron precisamente en el lugar en el que me hallaba junto a los sabios. Su mutua alegría fue indescriptible y nunca más se les oyó llorar. Por eso, hijos míos, os traigo como regalo de bodas mi bendición: que seáis como yo.

Las palabras bondadosas del mendigo llegaron al corazón de ambos jóvenes y encendió en ellos el deseo de ayudar siempre a los seres vivientes.

Al quinto día, irrumpió en medio de su felicidad el recuerdo del quinto mendigo, el jorobado, y desearon con gran fuerza verlo en su fiesta de bodas. De pronto apareció ante ellos, y tomando entre las suyas las manos de ambos desposados, los saludó así:

- Aquí estoy, hijos míos, para traeros mi bendición como regalo nupcial. Es la misma que os di cuando erais niños: que lleguéis a ser como yo.

Historia del mendigo jorobado

- ¿Creéis que soy jorobado? Pues no es así: mi aspecto es sólo vanidad e ilusión, pero proviene del hecho de que llevo sobre mis espaldas todas las cargas del mundo. Mi espalda es recta y fuerte y posee el don de lo pequeño que doblega a lo grande. Sobre ella llevo todas las penas, angustias y miserias del universo. Todo eso lo cargo sobre mis hombros.

Una vez se reunieron los mayores sabios del mundo para indagar quién poseía el don de lo pequeño que vence y domina a lo grande. Uno de ellos dijo:

- Mi mente es lo pequeño que somete a lo grande, pues en ella llevo las necesidades de miles y miles de seres humanos que dependen de mí. Con ayuda de mi mente, los alimento y los proveo de cuanto necesitan.

Los demás se echaron a reír meneando sus cabezas. Entonces habló otro de ellos:

- Mi palabra es lo pequeño que somete a lo grande. He sido destinado por el Gran Rey a recoger todos los cantos de alabanza, todas las peticiones y quejas, todas las palabras de gratitud y toda palabra dicha en voz alta, murmurada o siquiera pensada en silencio y a llevarlas ante Él a través de las mías. Y mi palabra las contiene a todas, las expresa y las supera.

Los demás se echaron de nuevo a reír meneando sus cabezas. Entonces habló un tercero:

- Mi silencio es lo pequeño que somete a lo grande. Por doquier se levantan contra mí los mentirosos y blasfemos, y murmuran contra mí e intentan avergonzarme y destruirme con sus ofensas y calumnias. Pero yo callo ante ellos, y mi silencio vence sus palabras malignas.
Los demás volvieron a reír meneando sus cabezas. Entonces habló el cuarto:

- Mi vista es lo pequeño que vence a lo grande. Con mis ojos abarco todos los movimientos, danzas y torbellinos del mundo, al cual conduzco y oriento. De este modo mi vista guía a ese gran ciego que es el mundo, y capto y presido todas sus acciones.

Los demás sabios callaron y miraron con respeto al que había hablado. Entonces yo intervine:

- Este es el mayor entre vosotros, pero yo soy mayor que él. A mí me pertenece el verdadero don de lo pequeño que vence a lo grande, pues llevo sobre mis espaldas todas las cargas del mundo. Para que lo entendáis mejor, voy a revelaros algo: es sabido que cada animal conoce un lugar seguro donde guarecerse y cada pájaro conoce una rama donde posarse pero, ¿sabíais acaso que hay un árbol que sirve de refugio a todas las criaturas? Los animales descansan a su sombra y las aves en sus ramas.

- Lo hemos escuchado de nuestros abuelos--respondieron los sabios--, y tenemos entendido que todas las alegrías de la vida de nada valen comparadas con la dicha que se siente al reposar junto a ese árbol, pues todos los seres vivos están allí hermanados y juegan a su sombra. Pero no tenemos idea de cómo llegar hasta él. Unos dicen que habría que buscarlo hacia el este, otros que hacia el oeste y no sabemos a cuál hacer caso.

Entonces les dije:

- ¿Por qué comenzáis por averiguar cómo llegar allí? Deberíais saber primero quiénes y cómo son los hombres dignos de hacerlo. Escuchadme: ese árbol tiene tres raíces de las que provienen sus dones. Una raíz se llama fe; otra se llama fidelidad; la tercera se llama humildad. La verdad es el tronco del árbol. Sólo quien reúna los dones propios de todas ellas podrá llegar a él.

Los maestros decidieron entonces esperar a que todos y cada uno de ellos reunieran las virtudes necesarias, pues a algunos faltaba una u otra. De este modo se esforzaron en adquirirlas y en practicarlas, y llegaron a un estado de gran perfección. En el instante en que esto sucedió, recibieron la revelación del camino que debían seguir y partieron. Yo los acompañaba, y caminamos durante muchos días hasta que vimos a lo lejos el árbol. Pero asombrosamente estaba a la vez en un sitio y en ninguno, separado del espacio, de modo que los sabios desesperaron de poder llegar hasta él. Entonces volví a hablarles:

- Puedo conduciros hasta el árbol, porque está más allá del espacio, y yo, que llevo sobre mi espalda todas las cargas del mundo, poseo el don de lo pequeño que domina a lo grande y mi alma ha superado los límites del espacio. Aquí donde estoy terminan esos límites y sólo un paso basta para entrar allí donde el espacio ya no existe. Entremos ahora juntos.

Así lo hicimos y pudimos experimentar la dicha inefable que irradia del árbol. Hoy, hijos míos, quiero renovaros mi bendición como regalo de bodas, y os deseo que seáis como yo.

Día a día iba creciendo la felicidad de los jóvenes esposos, pero al sexto día recordaron al mendigo de las manos baldadas y desearon con todo su corazón invitarlo a compartir su dicha. Entonces el mendigo apareció ante ellos y les dijo:

- Vengo a renovar la bendición que un día pronuncié sobre vosotros. ¿Creéis que mis manos están tullidas e inútiles? No es así. En realidad puedo usarlas para cualquier cosa, salvo para oprimir al pobre o dejar de ayudar al que sufre. Mis manos son fuertes y ágiles, y actúan en lo más distante y en lo más profundo. Y os contaré lo que han conseguido:

Historia del mendigo de las manos lisiadas

En una ocasión se reunieron los hombres más fuertes de la tierra y cada uno exaltó ante los demás el poder de sus manos.

- Soy capaz de atrapar flechas al vuelo--dijo uno de ellos--y devolverla al punto de partida, y puedo hacer retroceder la flecha que ya ha alcanzado su destino y anular sus efectos, si ha sido envenenada y ha herido a alguien.

Entonces intervine:

- ¿Sobre qué tipo de flechas te ha sido dado ese poder? Pues existen diez clases de flechas, untadas con diez clases de venenos. Él explicó cuáles eran las flechas sobre las que tenía poder. Entonces volví a hablar:

- En ese caso no podrías salvar a la hija del rey, porque no eres capaz de arrancar de su corazón las diez flechas.

Otro de los fuertes habló:

- Puedo abrir con mis manos las rejas de las cárceles, y los cerrojos de sus puertas estallan, si los toco solamente con mi dedo.

- ¿Qué tipo de rejas abres?--le pregunté--Pues es sabido que existen diez clases de rejas, y los cerrojos de sus puertas son de diez formas distintas.

Él explicó cuáles eran las rejas y cerrojos sobre los que su poder actuaba.

- En ese caso no podrías salvar a la hija del rey--le respondí--porque no tienes poder sobre los diez muros de agua que cercan su palacio. Pues sólo quien alcanza la plena libertad anda y actúa libremente.

Un tercero habló:

- Yo puedo transmitir sabiduría con mis manos, y la doy a todo aquel sobre quien las imponga.

- ¿Qué clase de sabiduría transmites? Pues hay diez tipos de sabiduría y cada uno explica sólo una porción de la verdadera Esencia.

Él explicó qué clase de sabiduría era capaz de transmitir.

- En ese caso no podrías salvar a la hija del rey--repliqué--, porque no podrías descubrir y reconocer sus diez aflicciones. Sólo quien otorgue la plena y total sabiduría conocerá lo que está oculto.

Un cuarto dijo entonces:

- Yo podría atrapar las alas de la tempestad y gobernarlas con mis propias manos.

- ¿Qué clases de tempestades eres capaz de dominar?--le pregunté

-Pues hay diez tipos de tempestades y cada uno entona su melodía y te la enseña, si eres su amo y señor.

Él explicó que clases de tempestades era capaz de dominar.

- En ese caso no podrías salvar a la hija del rey--repliqué--, porque no lograrías cantar ante ella las diez melodías que le devolverían la salud. Y las diez melodías se esconden en la fuerza de las diez clases de tormentas.

Entonces ellos me preguntaron:

- ¿Y cuáles son tus poderes, que te permites dirigirte así a nosotros?

- Puedo hacer todo cuanto hacéis y también lo que no podéis. He abierto todas las cárceles y cerrojos de la tierra y me paseo libremente por las nubes. Tengo poder sobre todos los dardos y flechas y extraigo de las heridas todos sus venenos, cuyos efectos anulo. Soy capaz de transmitir todos los tesoros de la sabiduría y de descubrir todos los secretos. Puedo uncir a mi carro todas las tormentas y he aprendido cada una de sus melodías. Yo sí soy capaz de salvar a la hija del rey y para probarlo, os contaré su historia:

Sucedió hace algún tiempo que un príncipe quiso seducir a la hija de un rey y empleó todos los medios posibles para hacerla suya. Logró conseguir sus propósitos, pero pocos meses después, el príncipe tuvo un extraño sueño: vio a la hija del rey que, colocada sobre el lecho, le apretaba el cuello con las manos hasta estrangularlo. Convocó entonces a sus magos y adivinos y éstos le dijeron que el sueño era una advertencia de que moriría por causa de ella.

El príncipe no sabía qué decisión tomar: no quería mandarla a matar al verla tan joven y hermosa; tampoco quería echarla del palacio porque no se sentía capaz de soportar su ausencia ni de saberla algún día junto a otro hombre; pero temía continuar como hasta entonces y que se cumpliese el fatídico sueño. Los temores y las dudas hicieron que el príncipe comenzara a mirar a su amante con desconfianza, y el miedo se reflejaba en sus ojos y en sus palabras. La hija del rey se sintió primero desconcertada y luego ofendida ante un cambio tan brusco para el que no hallaba explicación. De tal modo fue desapareciendo el amor que le tenía y comenzó a temerle y a evitar su presencia. Un día decidió escapar, y huyendo del príncipe, llegó al castillo de agua que, resguardado por diez muros de olas, se alzaba sobre un torrente. Nadie podía acercarse sin ser devorado por las aguas.

Cuando la hija del rey llegó ante el primer muro, miró detrás de sí y vio que el rey la perseguía junto con su séquito. Como no había otro camino para escapar de él, se detuvo, apoyó la cabeza contra el muro de olas, cerró los ojos, y oyó a sus espaldas los cascos de los caballos, ante sí el ruido de las aguas y le pareció mejor morir antes que retornar a su infortunada vida junto al príncipe. Entonces se arrojó al torrente, que en lugar de tragarla, la sostuvo. Los muros de agua se abrieron y atravesó las diez puertas para entrar en el palacio de agua. El rey, que lo había visto todo, ordenó encendido de cólera a sus arqueros que dispararan sus flechas contra ella, pero no la alcanzaron. Sin embargo, a la entrada del palacio, la joven se detuvo para mirar por última vez al príncipe, y las últimas diez flechas emponzoñadas atravesaron su corazón y cayó sobre las olas, herida y envenenada. Pero en lugar de tragarla, las olas la llevaron suavemente dentro del palacio y la tendieron sobre un lecho.

Cuando el príncipe intentó seguirla con sus huestes para rematarla, las olas se volvieron contra ellos y los devoraron.

Ahora el tiempo se ha cumplido, se ha escuchado el mandato, y ha llegado el momento de liberar a la princesa.

Entonces entré al palacio de agua, atravesé los muros, sané las heridas del corazón de la princesa y anulé la acción del veneno.

Ahora, hijos míos, como regalo de bodas, os doy la fuerza de mis manos y repito la bendición que una vez pronuncié sobre vosotros:
Que seáis como yo.

Los jóvenes se sintieron colmados de dicha y las celebraciones nupciales prosiguieron.

Aquí debemos concluir. No nos es dado ahora escuchar la historia del séptimo mendigo, porque aún no somos dignos de ella y esto es un gran dolor. Y Él nos ha revelado que no seremos dignos de oírla hasta la llegada del Mashíaj. Que nos sea concedido que venga pronto, en nuestros días, y que podamos verlo con nuestros propios ojos. Amén.

Fuente: Mesilot Hatorá


 

 

El trébol de 4 hojas

Molly quería tener un poco de buena suerte, decía que no tenía buena suerte desde hacía mucho tiempo. Las sumas y problemas de aritmética le salían siempre mal, había perdido el dedal de plata y lo peor de todo su gatito se había ido a corretear por ahí y no había vuelto a casa. Tengo muy mala suerte decía Molly llena de tristeza. Me gustaría tener un poco de buena suerte, aunque fuera una sola vez en cuando, mamá. Bueno entonces busca un trébol de cuatro hojas –le dijo su mamá- los tréboles de cuatro hojas traen buena suerte ¿sabes? Sal al jardín a ver si encuentras alguno.

A Molly aquello le pareció muy buena idea. Así que salió al jardín y se sentó en la hierba seca. A su alrededor estaba lleno de tréboles, con sus pequeñas hojas redondeadas, y Molly se puso a buscar uno que tuviese cuatro hojas, miró por los menos 300 tréboles, pero ninguno tenía cuatro hojas. Su mamá la llamó a comer y ella entró corriendo a casa.

Bueno ¿has encontrado alguno? le preguntó su mamá ¿Tú crees que vale la pena seguir buscando? Tienes que mirar en el trozo más oscuro que hay en el jardín – le contestó su mamá – puede que allí encuentres el trébol de cuatro hojas. Así que después de comer, Molly continuó buscando y terminó por encontrar un trébol de cuatro hojas, poderoso, grande y fuerte… ¿no era maravilloso? Lo cogió y corrió a casa con él. ¡Viva! ¡Mamá! ¡He encontrado uno! ¿Qué tengo que hacer ahora? – Ponlo bien plano entre las hojas de un libro y ahora si tendrás buena suerte – Justo mientras estaba prensándolo Molly oyó unas de sus amigas que la llamaba desde afuera.- ¡Molly! ven a jugar conmigo, en el jardín encontró a Hilda que la saludaba con la mano. ¿Dónde está Peter?– preguntó Molly- Pensaba que el también vendría a jugar. No puede, - contestó Hilda - su madre está muy enferma, y a él le pone muy triste verla en la cama que dice que aunque pudiera no podría dejarla sola y venir a jugar. Pobre Peter – dijo Molly -¡Como me alegro de que mi mamá no esté enferma! Una vez se enfermó y vino el médico, y me acuerdo que yo tenía que estar tan quieta y tan callada que en casa no podía oírse ni una mosca.- Peter dice que le gustaría poderse comprar un buen pedazo de suerte – ¡Así se la podría dar a su madre para que se curara! Pero la buena suerte no se puede comprar. O la tienes o no hay nada que hacer. ¡Oooh! Dijo Molly de repente yo tengo un poco de buena suerte. Acabo de encontrarla. ¿Qué quieres decir? La buena suerte no se puede encontrar por ahí. ¿O sí? Es en un trébol de cuatro hojas dijo Molly te lo enseñaré.

Entró a casa a toda velocidad y volvió a casa a mostrárselo a Hilda. Entonces se le ocurrió una idea buenísima. Se lo daré a Peter – dijo – el necesita más buena suerte que yo. Seguro que su madre se pondrá mejor si tiene un pedacito de buena suerte. ¡Qué buena idea! Las dos niñas salieron echaron a correr camino abajo con el trébol. Cruzaron varios campos y llegaron a casa de Peter. Vieron a Peter que estaba en el jardín y lo llamaron.- Peter tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar. No podía soportar ver a su madre enferma, y estaba triste, muy triste.-

¡Oooh! Exclamó Peter lleno de sorpresa - ¡Mira! ¡Te he traído un poco de suerte! Y le dio el trébol a Peter ¿De dónde lo has sacado? – Lo he encontrado en mi jardín – es para ti.- ¿Es que tú no quieres tener buena suerte? - preguntó Peter. ¡Pues claro que quiero tener buena suerte! Pero tú la necesitas más que yo – le dijo la bondadosa Molly, Peter se lo agradeció de todo corazón. ¡Lo deslizaré en la mano de mi mamá y entonces seguro que se pone mejor! Molly y Hilda le dijeron adiós y se marcharon enseguida.

 

 

“Tu pueblo será mi pueblo y tu D´s será mi D´s”

Lic. Judith Berinstein

En la tierra de Judea vivía una familia integrada por Elimelej, el padre, Naomi, la madre y los dos hijos de ambos, Majlón y Kilión.

Cuando sobrevino una época de sequía, la familia emigró a Moab.Allí falleció Elimelej, y los dos hijos se casaron con sendas mujeres moabitas, Orpá y Rut.

Luego murieron también Majlón y Kilión, quedando así las tres mujeres viudas.Naomi, entonces, decidió retornar a su patria.

Insistió a sus nueras para que ellas permanecieran en Moab, la tierra que las vio nacer.

Orpa accedió al pedido de su suegra, mas Rut declaró categóricamente que no abandonaría a Naomi, que permanecería junto a ella por el resto de sus días. Las palabras de Rut a Naomi fueron “Tu pueblo es mi pueblo y tu D´s es mi D´s”.

Arribaron Rut y Naomi a Bet Lejem en plena época de la cosecha de cebada. Para su diario sustento, las mujeres se vieron obligadas a hacer uso del derecho que la ley bíblica confiere a los pobres de ir por los campos y recoger todo grano o espiga que los segadores hubiesen dejado caer al suelo.

La casualidad llevó a Rut a recoger espigas en el campo de un familiar de Naomí, llamado Boaz, quien al enterarse de la identidad de la mujer instruyó a los segadores para que deliberadamente dejasen caer al suelo gran cantidad de granos.

Se sucedieron las semanas y a la cosecha de cebada le siguió la del trigo. Naomi decidió, entonces, apelar a otra disposición bíblica, el “levirato”, según la cual un pariente de la familia tenía derecho a adquirir para sí todos los campos que, en este caso, habían pertenecido a Elimélej, con la obligación, al mismo tiempo, de tomar por esposa a la viuda sin hijos, Rut en el relato. El primer vástago que naciese de esa unión sería considerado como hijo del finado esposo de ella, más allá de su verdadero progenitor.

Un pariente más cercano que Boaz, a quien le correspondía este “acto de redención”, aceptó redimir los campos de Elimelej pero no consintió en casarse con la moabita y perpetuar así la estirpe de la familia amenazada de extinguirse.

Por tanto, renunció, en favor de Boaz, a todo lo que implicaba la redención de Rut (los derechos que esto confería y las obligaciones que imponía).

Boaz se une en matrimonio a Rut y de su unión nace Obed, cuya llegada consuela a su abuela Naomi por todas las penurias padecidas.

Obed, con el transcurso del tiempo, se constituyó en antepasado directo, más precisamente en el abuelo, del Rey David, de cuyo linaje se considera que provendrá el Mesías.

Esta es una breve reseña de Meguilat Rut, el Rollo cuyo texto se acostumbra leer en Shavuot.

Su protagonista es el ejemplo más auténtico y acabado de aceptación sincera y desinteresada de la Torá. Nadie más apropiado que ella para dejarse oir en esta festividad: Rut, la bisabuela del Rey David, quien según el Talmud nació y murió en Shavuot; antecesora, por lo tanto, del esperado Mesías.

El relato transcurre entre la cosecha de cebada y la estival del trigo; otro motivo que hace a esta lectura tan pertinente para la fecha.

Pero además, el libro contiene practicamente todos los tipos de relaciones posibles en los que un ser humano pueda verse involucrado: relaciones familiares (de sangre, políticas e incluso incestuosas. Rut, sin ir más lejos, nació de Moab, quien fuerafruto de la relación entre Lot y su hija); relaciones entre el individuo y la comunidad (la propia y la ajena); entre el ser humano y la naturaleza; entre las personas y la ley; entre el hombre y D´s.

Salta a la vista la vasta riqueza y posibilidades de análisis del texto. Quizás podamos destacar su legendaria frase “Tu pueblo será mi pueblo y tu D´s será mi D´s”, palabras que convierten a Rut en la primera persona en la Biblia que elige adoptar la fe judía. Palabras, también, que trasuntan un profundo amor al prójimo, tema primordial que recorre todo el relato, amor del que Hilel dijera que “es toda la Torá ya que el resto es puro comentario y basta con estudiarlo”.

En Shavuot recibimos la Torá que contiene 613 preceptos. El mundo entero ya había recibido 7 de esos mandamientos luego del Diluvio. Por ende, en Shavuot, en realidad recibimos 606 preceptos.

Ruth la moabita se convirtió al judaísmo aceptando los 606 nuevos preceptos como lo hizo el pueblo judío en Sinaí.

El nombre Rut tiene, en hebreo, numéricamente un valor de 606.


Fuente: estudioartwork
 

 

 

El chismoso arrepentido

Relatan los sabios sobre un judío que era conocido en su comunidad como el chismoso comunitario; él acostumbraba a contar y chismear sobre cualquier tema, o cualquier persona, hasta que logró recibir el título negativo de chismoso profesional.

Este chismoso era centro de información comunitaria; Después de años de hablar negativamente y de chismear, sin duda alguna complicó la vida de mucha gente, destruyó hogares. Decidió que había llegado la hora de hacer Teshuvá, de arrepentirse sobre todo lo que habló, actuó, chismeó y por lo tanto se dirigió al Rabino comunitario para que le ayudara en su proceso de arrepentimiento.

El Rabino quién conocío al chismoso profesional, le preparó un plan de arrepentimiento, y como primera etapa de la Teshuvá le dijo “debes ir al lugar en el que degüellen pollos, Llenar dos sacos de plumas y regresar conmigo”. El chismoso pensó que básicamente era fácil: sólo reunir y llenar dos sacos de plumas no era gran trabajo. Así que fue, lo hizo tal cual se lo habían mandado. Fue al matadero de pollos, lleno dos sacos de plumas y regresó muy contento donde el Rabino, pensando que ya había culminado su proceso de arrepentimiento; él no sabia que había una segunda etapa.

El rabino le dijo, que en la segunda etapa debería ir a tomar los dos sacos llenos de plumas, esparcirlas en las calles de la ciudad y después regresar. Sin otra opción, al chismoso le tocó cumplir lo que dijo el Rabino, pensando en la vergüenza y la humillación que tendría al tirar las plumas en las calles de la ciudad, como enmienda de los pecados graves por ser chismoso, hablar mal, y poner apodos, lo cual había hecho durante muchos años.

El “chismoso” cumplió la orden del Rabino y al terminar, regresó contento pensando que su expiación de pecado y su proceso de arrepentimiento había terminado. El Rabino le sorprendido dándole una tercera orden como parte del proceso; tomar los dos sacos vacíos, e ir por toda la ciudad, de calle en calle, de casa en casa y de techo en techo recogiendo las plumas que había echado al aire.

El chismoso perdió la paciencia y fue tan grande su coraje que explotó diciendo al Rabino que era imposible recoger todas las plumas; “unas puedo, pero todas imposible, muchas de ellas el viento las llevó a otras ciudades, otras se irán a los río, y los ríos las llevarán al mar y el mar, quien sabe a donde las llevará”, no lo puedo hacer Rabino… es imposible.

Esto es lo que esperaba escuchar le dijo: sí, tienes razón, es imposible recoger todas las plumas, así mismo es imposible recoger todos los chismes, el mal nombre y la habladuría habla, que usted hizo durante años en la comunidad y en esta ciudad y en otras, los mensajes y las mentiras que usted dijo han llegado a cualquier lugar del mundo, ha destruido hogares, formado peleas y divorcios entre otros. Ahora ¿como quieres corregir y perfeccionar todo el daño que has hecho?

De todas maneras el Rabino dijo el Rabino al ex chismoso: reza a D-s, arrepiéntete de corazón comienza el proceso, no importa que sea largo, no importa que largo sea, suplica a D-s con lágrimas, ya que ellas simbolizan el arrepentimiento y él, seguro que te va orientar el camino y la manera de perfeccionar tus acciones.

 

Tomado de: Nuestros sabios nos cuentan
 

 

 

El rubí


Un matrimonio judío se dedicaba al servicio del Señor renunciando a los bienes del mundo. Pobres de bienes materiales, vivían al día fabricando sencillos objetos de artesanía que después vendían en plazas y mercados.

Pero un día en que la venta había resultado infructuosa, le dice la mujer al marido:

— Ven, recemos al Altísimo: quizás Él nos conceda algún beneficio que nos libre de la fatiga que tenemos que hacer para sobrevivir, ¡así nos podremos dedicar exclusivamente a servirlo!

El marido aprobó y oró al Señor en ese sentido; la mujer dijo: “Amén” a su oración. Y he aquí que el techo se abrió, y del agujero descendió una piedra preciosa que con su luz iluminaba toda la casa. Con gran alegría y agradecimiento los dos dieron gracias al Señor, después se acostaron y se durmieron.

Al final de la noche, la mujer tuvo un sueño. Le parecía ver el Paraíso, y muchas sillas colocadas en fila.

— ¿Para qué son estas sillas?, preguntó.

— Son las sillas de los justos y de los buenos, se le respondió.

— ¿Y dónde está la silla de mi marido?

Le respondieron:

— Es ésta.

La mujer la miró y vio que la silla estaba agrietada.

— ¿Qué pasó con esta grieta?, preguntó.

— ¡Es el hueco hecho por la piedra preciosa que descendió sobre vosotros desde el techo de vuestra casa!, le respondieron.

La mujer se despertó llorando, y enseguida le dijo al marido:

— Marido, reza a tu Señor que ponga de nuevo en su puesto aquel rubí, porque el hambre y la miseria de pocos días son preferibles al defecto de tu silla en la gloria de los bienaventurados.

El marido rezó como ella quería, y he aquí que el rubí voló hacia el techo, mientras los dos lo seguían con la mirada, alabando a Dios por haber reconquistado de nuevo su pobreza.

 

 

 

El Triunfo

por el Bluzhover Rebe, Rabí Israel Spira z”l.

Cada mañana, los alemanes nos traían del Campo de concentración a la fábrica donde trabajábamos hasta la noche. La comida que nos daban era difícilmente comestible. Muchas personas estaban desnutridas y no podían estar de pie. Pero los alemanes estaban interesados en la producción, y desdichado era aquel que no podía soportar. Nuestras vidas eran irracionales y absurdas. Todos se concentraban en sobrevivir otro día. Por las mañanas deseábamos que fuera la tarde anterior, y en las tardes nos afligíamos por las mañanas.

Un día en el trabajo, una mujer que realizaba trabajo forzado, pareció acercarse a mi. Caminó muy despacio y cuidadosamente para no llamar la atención de los alemanes. Pude ver que era joven, pero su condición física era terrible. La mujer miró alrededor. Dejar de trabajar, incluso por un momento, era suficiente razón para ser acribillado de balas. “¡Rebe!” susurró en mi oído. La mujer estaba claramente desesperada. “¿Tiene un cuchillo?” Comprendí el significado y entendí la gran responsabilidad que se me había confiado.

“Hija mía” le dije, “no te dañes”. Sé que la vida es más dura de llevar que la muerte, pero está prohibido abandonar la esperanza. Cada momento debemos pedir a Di-s por un futuro mejor”. La mujer me observó con una mirada penetrante. “Un cuchillo, Rebe” dijo. “Necesito un cuchillo y lo necesito rápidamente, antes de que sea demasiado tarde”.

Pude ver que estaba decidida, pero traté de disuadirla. “Escúchame” dije más severamente, “No se nos permite quitar la vida, incluso la propia”. Con cada palabra, la cara de la mujer parecía más desesperada. “Di-s nos da vida, y sólo Él puede tomarla”. “¡Un cuchillo!”, insistió la mujer. “¡Eso es todo lo que le pido - un cuchillo!”. Siguió repitiendo la palabra como si fuera una encantación mágica.

En ese momento un soldado alemán nos advirtió. La mujer palideció, y yo temí por nuestras vidas. “¿Qué estás haciendo allí, maldita judía?” el nazi gritó. Como ella no contestó, él se volvió a mí. “¿Qué quería de usted?” gritó. Yo también permanecí en silencio. La mujer habló. “Le pedí un cuchillo”.

Al alemán le pareció muy cómico. Ya había visto a muchas personas quitarse la vida en el campo, pero los suicidios eran normalmente cometidos echándose contra el cerco eléctrico. El hecho de que un preso usara un cuchillo era una idea nueva, y por eso estalló en una enorme carcajada. “¿Quieres un cuchillo?” dijo maliciosamente, su cara roja de risa. “Ningún problema, yo te daré uno”.

Oré para que la dejara tranquila y se olvidara completamente del tema, pero el placer que el criminal previó era demasiado grande como para dejarlo pasar. El soldado se alejó, y unos minutos después volvió con un cuchillo mediano. Su hoja parecía muy afilada. Mi cuerpo entero tembló cuando el alemán le dio el cuchillo. Él la miraba entretenido, como si esperara que la función fuera a empezar. “Gracias”, dijo la mujer, y se alejó.

Los dos la seguimos, aunque por razones diferentes. Con cada fibra de mi ser me sentía aterrado por lo que estaba por venir, mientras que el alemán apenas podía esperar. La mujer siguió caminando hasta que llegó a una esquina oscura de la fábrica. La mujer se dobló y recogió un bulto pequeño cubierto con trapos. En ese momento detuve la respiración. El alemán estaba mirando cada uno de sus movimientos.

Dentro del bulto había un bebé diminuto. Después de atar un trapo alrededor de sus piernas, ella tomó el cuchillo en su mano derecha y realizó el rito que cada mohel lleva a cabo en un bebé judío. Cuando hubo terminado, envolvió al bebé como mejor pudo. Abrazando al bebé contra su pecho, clamó:

“¡Amo del Universo! Hace ocho días me diste un hijo, y hoy es el día de su Brit Milá. Sé que ninguno de nosotros vivirá por mucho tiempo en este maldito lugar. Pero por lo menos quiero que retorne a Ti, siempre que Tú lo decidieras, como un judío circuncidado...”.

La mujer puso nuevamente al bebé en la esquina. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero parecía mucho más tranquila, mucho menos agitada. Había algo en su expresión que sugería alegría, quizás incluso triunfo... “Aquí está su cuchillo. Se lo agradezco”, dijo, devolviéndolo al alemán. El soldado lo tomó apresuradamente y se alejó.


Fuente: Mesilot Hatora


 

 

Los Dátiles

por Jorge Bucay

En un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto, se encontraba el viejo ELIAHU de rodillas, a un costado de algunas palmeras datileras.

Su vecino HAKIM, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis a abrevar sus camellos y vio a ELIAHU transpirando, mientras parecía cavar en la arena.

-Que tal anciano? La paz sea contigo.

-Contigo- contesto ELIAHU sin dejar su tarea.

-Que haces aquí, con esta temperatura, y esa pala en las manos?

-Siembro- contesto el viejo.

-Que siembras aquí, ELIAHU?

-Dátiles -respondió ELIAHU mientras señalaba a su alrededor el palmar.

-Dátiles!!!- repitió el recién llegado, y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez.

-El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor.

-No, debo terminar la siembra. Luego si quieres, beberemos...

-Dime, amigo: Cuántos años tienes?

-No se... sesenta, setenta, ochenta, no se... lo he olvidado... pero eso que importa?

-Mira amigo, los datileros tardan más de 50 años en crecer y recién después de ser palmeras adultas están en condiciones de dar frutos. Yo no estoy deseándote el mal y lo sabes, ojalá vivas hasta los 101 años, pero tú sabes que difícilmente puedas llegar a cosechar algo de lo que hoy siembras. Deja eso y ven conmigo.

-Mira Hakim, yo comí los dátiles que otro sembró, otro que tampoco soñó con probar esos dátiles. Yo siembro hoy, para que otros puedan comer mañana los dátiles que hoy planto... y aunque solo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea.

-Me has dado una gran lección, ELIAHU, déjame que te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me diste - y diciendo esto, HAKIM le puso en la mano al viejo una bolsa de cuero.

-Te agradezco tus monedas, amigo. Ya ves, a veces pasa esto: tú me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto y sin embargo, mira, todavía no termino de sembrar y ya coseche una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo.

-Tu sabiduría me asombra, anciano. Esta es la segunda gran lección que me das hoy y es quizás más importante que la primera. Déjame pues que pague esta lección con otra bolsa de monedas.

-Y a veces pasa esto -siguió el anciano y extendió la mano mirando las dos bolsas de monedas-: sembré para no cosechar y antes de terminar de sembrar ya coseche no solo una, sino dos veces.

-Ya basta, viejo, no sigas hablando. Si sigues enseñándome cosas tengo miedo de que no me alcance toda mí fortuna para pagarte...


 

 

Cada uno y lo que le corresponde

por Rabí Zevulún Weisberger

Las palabras salían de la boca de Adina tan rápido que sus padres sonrieron y dijeron: -Despacio, Adina. ¿La señora Gruen quiere que hagas qué? La pequeña Adina Gross de doce años explicó: La señora Gruen, una profesora de piano, vivía a unas cuadras de la casa de la familia Gross en Tel Aviv. Ahora que su bebita, Tsivia, tenía unos meses, la señora Gruen había empezado a dar clases de piano por las tardes. La señora Gruen había contratado a Lea Levy para que cuidara a Tsivia y lavara los platos del almuerzo durante su ausencia. Hoy Lea estaba enferma y cuando la señora Gruen vio a Adina en el makolet (almacén) esa mañana, le pidió que fuera a cuidar a su bebita.

No muchos podían pagar una niñera en Tel Aviv en los años cincuenta. Había tantas cosas que una niña deseaba a los doce años y que su familia no podía darle... y este trabajo le ofrecía la posibilidad de hacer realidad algunos sueños propios.

-¡Fue tan divertido, Ima! -dijo Adina emocionada-, y tan fácil. Sólo una bebita para cuidar y unos cuantos platos del almuerzo para lavar. Hice todos mis deberes y me pagó ¡una lira la hora! Cuando volvió dijo que hice un buen trabajo. Le dije que podía ir todos los días si quería y estuvo de acuerdo. Le dije que primero les tenía que preguntar a ustedes pero estoy segura de que me van a dejar, ¿no? ¿Aba, Ima?, terminó esperanzada.

El señor y la señora Gross se miraron, algo estaba mal. Finalmente, el señor Gross dijo: -Adina, mamá y yo tenemos que hablarlo, pronto tendrás una respuesta.

Adina deseaba muchísimo el trabajo de niñera. Era casi demasiado bueno para ser real, ¿por qué no estarían de acuerdo sus padres? El señor Gross volvió a la habitación y se sentó al lado de su hija.

-Adina -dijo despacio.
-¿Sí, Aba? Puedo hacerlo, ¿no? -preguntó. -Adina, me temo que no. No estaría bien.
Adina no lo podía creer.
-Pero... pero ¿por qué? ¿Qué tiene de malo ser niñera para la señora Gruen?
-Pensémoslo un minuto -dijo el señor Gross-. Cuéntame otra vez cómo conseguiste este trabajo.

Adina repitió la historia:
-La niñera de la señora Gruen, esta chica, Lea, estaba enferma y hoy no pudo ir. Entonces, la señora Gruen dijo que podía tomar el trabajo en vez de Lea. ¿Qué tiene de malo eso?

-Tu lo acabas de decir -dijo el papá de Adina-. Le sacaste el trabajo a Lea. ¿Por qué tiene que perder el trabajo, que por lo que sabemos lo necesita muchísimo, por haber estado enferma un día?

-Pero, Aba -protestó Adina- ¡la señora Gruen me dijo que podía tomarlo! Nunca voy a encontrar un trabajo como éste. ¿Y quién dice que Lea lo necesita más que yo? -agregó mientras pensaba en la nueva mochila y en otros pequeños lujos que ahora, nuevamente, estarían fuera de su alcance.

-Adínale, la señora Gruen estaba completamente satisfecha con Lea hasta que tu te cruzaste y le pediste el trabajo. Hasagat guebul, sacarle el trabajo al prójimo, es un cuestión muy seria. ¿Es eso lo que quieres hacer? Y en cuanto a otro trabajo, ¿quién sabe? HaShem le da a cada uno exactamente lo que le corresponde. Si se supone que vas a tener dinero extra, lo tendrás. Si no, no. No puedo permitir que le saques el trabajo a otra persona. Piénsalo -le dijo al irse de la habitación.

Adina quedó pasmada. Mordiéndose los labios y apoyando una mano contra sus mejillas repentinamente hirviendo, murmuró:

-Enseguida vuelvo -y se fue de la casa.
El panorama cotidiano de una típica tarde tranquilizó a Adina y empezó a caminar. Enseguida llegó a su parque favorito de la calle Grusenberg. Sentada en un banco vacío, repasó mentalmente la conversación con su papá. Adina todavía no podía entender su comentario que "si es tuyo, lo tendrás. Si no, no." ¿De verdad es así?

Adina observó a dos mujeres, parecían madre e hija, que vinieron al parque y se sentaron en un banco cerca de ella. Sacaron unos sándwiches, se lavaron en una fuente cercana y hablaron mientras comían.

"Parecen contentas", pensó Adina, "imagino que no perdieron sus trabajos".

Seguía oyendo las palabras de su padre una y otra vez: "HaShem le da a cada uno exactamente lo que le corresponde". Deseaba poder creerlo.
En un momento, las mujeres se marcharon, seguían sonriendo y hablando. Estaban demasiado concentradas en la conversación para darse cuenta de que las bolsas de papel de los sándwiches se habían caído debajo del banco donde se habían sentado.

El próximo en aparecer por el parque fue un hombre que obviamente era un mendigo. Adina se sobresaltó, nunca había visto a nadie tan patéticamente pobre. Su vestimenta no era más que trapos emparchados. Los zapatos estaban rotos. Llevaba una vieja bolsa andrajosa en el hombro. Con ojos hambrientos, el hombre exploraba el parque. Cruzaba por el pasto de un banco a otro recogiendo basura y examinándola. Volvía a tirar los papeles al piso pero cuando encontraba trozos de comida: mendrugos de pan, frutas tiradas, pedazos de galletitas, las envolvía cuidadosamente y las ponía en la bolsa.

Adina estaba horrorizada. ¡El pobre hombre tenía que recoger basura en la calle para comer! Se lamentó de no tener nada para darle ya que había salido de su casa sin nada. Observó cuando se agachó en el banco cercano a ella, donde habían estado las mujeres. Con una sonrisa de satisfacción, miró las bolsas que habían dejado. En una encontró un sándwich, en la otra unas galletas partidas. Casi cariñosamente, envolvió su tesoro y lo puso en la vieja bolsa. Con una última y rápida mirada por el parque, el mendigo se marchó.

"Creo que no estoy tan mal", pensó Adina, "¿cómo imaginarse tener que vivir de basura?"

De repente, para sorpresa de Adina, las dos mujeres volvieron, pero ya no sonreían. La más joven estaba pálida y casi llorando. La mayor corrió al banco donde se había sentado, se agachó y empezó a buscar entre el pasto. La joven se dirigió a Adina:

-¿Viste a alguien en ese banco recogiendo algo, mirando? -Claro, sí -contestó Adina-. Había un mendigo ahí, buscando comida. Creo que encontró algo de pan y galletas, ahí donde estaban sentadas -dijo señalando el banco-. Las puso en su bolsa. Parecía contento cuando encontró tus bolsas.

-¡Oh, no! -dijo la joven lloriqueando-. Entonces, lo debe haber encontrado. Ahora nunca lo recuperaré.
-¡Javá, Javá, lo tengo! ¡Lo encontré! Estaba justo acá, debajo de una pata del banco, en el pasto -gritó la madre.
-Baruj HaShem -susurró Java al sentarse al lado de Adina. Su madre le dio una cajita blanca que ella abrió y mostró a Adina.

-Mirá -dijo.
Adina abrió los ojos. Dentro de la caja había un hermoso reloj de oro.
- Me acabo de comprometer y mi Jatán (novio) me regaló esto -explicó Javá al cerrar la cajita.
Adina asintió y dijo: -"Mazal Tov".

-Se lo mostré a mi mamá y vinimos al parque a almorzar -continuó la joven-. No me lo puse todavía porque primero quería que lo viera mi padre. Luego, de camino a casa, vi que no lo tenía. ¿Te imaginas el miedo que tuve cuando dijiste que un mendigo había recogido nuestras bolsas? Pero Baruj HaShem, está acá. Sin embargo, no puedo entender cómo no lo vio. Estaba justo ahí.

Javá se paró, saludó y se fue del parque con su madre sonriendo nuevamente. Adina también se paró para irse. Mientras regresaba a casa, pensó: "¡Qué historia! Un reloj de oro estaba ahí, frente a él y ni siquiera lo vio. Si hubiera encontrado ese reloj, habría tenido suficiente dinero para comprarse comida durante meses. Pero, en cambio, todo lo que encontró fue un pan viejo. Creo que realmente no se suponía que ese reloj fuera para él, por eso no lo encontró. Aba debe tener razón. Cada uno recibe lo que es para uno, ya sea pan o relojes de oro o... trabajos de niñera" pensó, sonriendo tristemente. "Es todo tuyo, Lea.

Si necesito un trabajo, encontraré uno en alguna otra parte. ¡Si se supone que lo tengo que tener... lo tendré!"


 

Fuente: Masuah.org
 

 

 

El Ultimo Judío

Para pensar...

Mi nombre no es importante.

¿Quién soy?

Soy el último judío.

Es el año 2124, el lugar es el Instituto Smithsoniano.

Estoy en una jaula de exhibición. La gente pasa al lado mío, clavando sus miradas, señalando y a veces riendo.

En las paredes están colgadas las reminiscencias de la cultura judía: un Talit, una Torá, libros del Talmud, etc.

Cada día que pasa me pregunto cómo fue posible que catorce millones y medio de personas que vivieron hace poco más de un siglo, pudieran desaparecer.


Mi padre y abuelo me contaban sobre las comunidades judías de los siglos XIX y XX, de las grandes poblaciones de Los Ángeles, Nueva York y Chicago; sobre organizaciones judías como la Bnei Brith, Tzedaká y muchas otras.

Recuerdo a mi padre contándome qué tan próspera era la persona judía. Todo esto se ha desvanecido y ha desaparecido.

Analizo las razones, recuerdo los eventos y busco una respuesta, y creo que sé como desaparecieron los judíos. Son pequeños eventos que sucedieron gradualmente:

Familias que dejaron de asistir a los servicios sabáticos, dejaron de enviar a sus hijos a escuelas hebreas y a sus clases de Bar Mitzvá. Dejaron de prender velas para Shabat...

Mi abuelo decía que sin embargo eran buenos judíos. Iban a los servicios de Iom Kipur, tenían sedarim de Pésaj cada año. La historia nos cuenta que esto también terminó.

Ir a los servicios de Kol Nidré dejó de ser un honor y pasó a ser una tarea pesada. Hacer el séder era una tarea forzada. Los rituales del judaísmo empezaron a desvanecerse.

Este fue el primer paso.

Estuve leyendo sobre un rabino que pedía a los judíos, dejar de lado todas las diferencias a fin de asimilarse. Con el tiempo el judío llegó a ser igual. El judío estaba al mismo nivel que el gentil.

Con esta lucha por la igualdad todas las diferencias fueron dejadas de lado. Los judíos ya no ponían mezuzot en sus puertas. Si se les preguntaba si eran judíos o no, respondían de mala gana o decían que no.

Se desarrolló un Judaísmo no religioso en América. Ellos no podían darse cuenta que eso no podía existir. El Judaísmo necesita de los judíos, pero los judíos también necesitan del Judaísmo.

Uno sin el otro están muertos.

¿Por qué fue que esta gente no vio esto?

Entonces llegó el último suspiro. Esto fue hace cincuenta años. Las Naciones árabes se rearmaron. Querían destruir a Israel y actuaron. Con dos bombas, tres millones de israelíes fueron destruidos y la tierra carbonizada.

Cuando la noticia se esparció por el globo, el resto de los judíos se preguntó: ¿Qué pude haber hecho para evitar la masacre?

Sin embargo mas de 150 años antes, un hombre hizo una matanza de seis millones de judíos, y mi padre me contó que la gente juró que "nunca iba a olvidar".

Los judíos de todo el mundo daban donaciones para Israel y hacían votos por el progreso de todos los judíos.

Con el tiempo las donaciones dejaron de hacerse, las promesas y los juramentos fueron olvidados. ¡Qué olvidadizo puede ser un pueblo! Cuando el judío perdió su orgullo, su religión e Israel, ellos perdieron todo.

Yo soy el último judío. En menos de 20 años yo también moriré. Nunca más habrá un judío en este planeta.

Mi Di-s, ¿en qué momento te abandonamos?

Fuente: Mesilot Hatora
 

 

 

El Espejo

En una pequeña ciudad vivía un hombre -Rev Abraham- muy piadoso y recto que cumplía casi con exactitud el dicho de nuestros Sabios: Elu debarim sheen lahem shiur... hajnasat orjim (estas son las cosas que no tienen medida... hospitalidad).

Rev Abraham no se contaba entre los adinerados del lugar, todo lo contrario, era extremadamente pobre, pero a pesar de ello acostumbraba compartir su modesto pan y repartirlo entre los pobres, todos encontraban las puertas del Rev Abraham abiertas para satisfacer el hambre y su sed.

En cierta oportunidad llegó a su casa un ilustre visitante, que era su rabino, Rav Yeshaiahu, conocido en la comarca por su sabiduría y bondad. El visitante se percató de inmediato de la gran hospitalidad de Rev Abraham quien llegaba a disminuir la alimentación de su familia para cumplir el precepto antes citado. Por este motivo no se fue de la casa hasta que no hubo bendecido a Rev Abraham para que tuviera la ayuda divina en toda empresa a la que se abocara. No pasaron muchos meses, hasta que se cumplieron las bendiciones de Rav Yeshaiahu, los negocios de Rev Abraham prosperaron increíblemente y llegó a la categoría de los hombres más ricos.

Desde ese momento no encontró Rev Abraham tiempo libre para ocuparse de los pobres de su ciudad por la forma en que lo absorbían sus negocios, y por supuesto tampoco podía ocuparse de los demás pobres provenientes de distantes lugares que venían a su casa (pues hasta ese entonces su fama de generoso había traspasado los limites de su ciudad). A pesar de esto no se puede decir que había abandonado por completo su bondadosa costumbre, ya que tenia a uno de sus sirvientes encargado de ocuparse de los pobres, y hasta de vez en cuando enviaba grandes sumas de dinero destinadas a las clases más necesitadas, pero esto ya no era de todo corazón sino sin darle la menor importancia, hasta el punto que los pobres se apartaban de las puertas del nuevo rico. Y comentaban: "Desde el tiempo que fue bendecida con la riqueza es otra persona, antes era muy bondadoso".

Ocurrió que cuando Rav Yeshaiahu se estaba encargando de recolectar fondos para "Pidyón Shevuyim" (rescate de cautivos), envió a una persona a solicitar su contribución a Rev Abraham, pero como estaba muy ocupado, lo atendió uno de sus sirvientes, quien no le permitió pasar a conversar con su patrón.

Al enterarse de esto , Rav Yeshaiahu se entristeció mucho y dijo: "Quizás mi bendición se transformó en maldición". Prácticamente no se demoró ni un instante y partió hacia la casa de Rev Abraham para solucionar la situación.

Por intermedio de su Shamash, el Rav mandó a avisar a Rev Abraham que deseaba verlo. Rav Yeshaiahu fue recibido por su alumno con mucha calidez y honor. Al entrar al salón principal de la mansión con una profunda mirada advirtió la magnificencia que lo rodeaba, sin embargo al momento se entristeció mucho, pues en ocasiones anteriores al visitarlo siempre había encontrado su casa llena de necesitados y en cambio en esta oportunidad estaba totalmente vacía. De repente el Rav se encaminó hacia la ventana y mirando a la calle le preguntó a su alumno quien era la persona que pasaba con su hacha. Le contestó que era leñador y que iba al bosque a trabajar. Luego el Rav hizo lo propio con otros vecinos de su alumno y este le respondía visiblemente sorprendido. Acto seguido el Rav se apartó de la ventana y caminó por la habitación hasta que al final se situó frente a un espejo.

-Por favor, acércate, le dijo a Rev Abraham, mira por el espejo.

-¿A quién ves? prosiguió el Rav, a lo que su alumno le respondió: "lógicamente que a mí mismo", muy sorprendido por preguntas tan simples.
El Rav prosiguió inquiriendo de que material estaban hechos los dos objetos a través de los cuales le había hecho observar, a lo que respondió Rav Abraham -cada vez más sorprendido y confundido- que ambos estaban hechos de vidrio. Por ultimo el Rav añadió una pregunta más: -"Pues entonces ¿por qué a través del vidrio de la ventana ves a las demás personas, en cambio por el espejo solo puedes ver tu propia imagen?" -El motivo está claro- contesto Rev Abraham- porque el vidrio de la ventana es transparente, sin nada entre medio, en cambio el vidrio del espejo tiene dentro una capa de plata, por eso pude ver mi propia imagen.

-Todo esto es muy lógico -dijo el Rav-, cuando el vidrio está puro, sin plata de por medio, se puede apreciar a los demás, en cambio cuando el vidrio esta impregnado de plata, solo se puede apreciar la imagen de uno mismo.

Lágrimas afloraron en los ojos de Rev Abraham, había comprendido las palabras de su maestro, y supo que en un tiempo se asemejaba a un vidrio traslucido, a través del cual se interesaba por sus semejantes, pero ahora, en cambio, se había convertido en una persona que solo se veía a sí misma.

El arrepentimiento surgió de Rev Abraham, quien decidió que desde ese momento se dedicaría personalmente al cumplimiento del precepto de Hajnasat Orjim, y se ocuparía de cada necesitado como en los primeros tiempos. Al día siguiente organizó una fiesta, invitó a sus amigos y compañeros, y les contó lo que había sucedido.

Rev Abraham retiró del espejo parte de la plata que había en su interior para que quedara como recuerdo imperecedero, y a todo aquel que le preguntara por el motivo de su proceder, le contaría de qué forma lo había ayudado el espejo para volver a la buena senda.


Fuente: Mesilot Hatora
 


 

 

 

La batalla ganada contra las mentiras

¡Deberías avergonzarte! Un niño de nueve años diciendo mentiras. Sabes que no es verdad, ¿por qué lo dices?". Esta era una frase que Avigdor escuchaba a menudo, porque mentía con frecuencia.

Ahora bien. Avigdor no quería dañar a nadie cuando mentía. Sólo daba rienda suelta a su imaginación y antes de darse cuenta de lo que decía, le brotaba una exageración tonta o hasta una mentira, sin tener ningún motivo. Esto se había convertido en un mal hábito, que ya era parte de su personalidad, como su nariz o su boca; no puede uno desprenderse de una nariz fea si la tiene y Avigdor pensaba que no podía dejar de mentir aunque tratara, pero sus padres y sus maestros muchas veces lo retaban. "Recuerda Avigdor, que antes de hablar eres dueño de tus palabras, pero luego de haberlas dicho ellas se adueñan de ti. Así que antes de hablar, piensa".

Cuando comenzó el nuevo período de clases en el jéder, Avigdor llegó con una sarta de cuentos y aventuras que según él, le había ocurrido durante las vacaciones de verano; pero todo el mundo sabía que eran producto de su imaginación. Era el primer día de Elul y al comenzar el estudio, el maestro llamó la atención de los niños sobre la importancia y solemnidad de la época. Hizo notar que esos días, eran los más propicios para arrepentirse de los malos hábitos, aunque es posible hacerlo durante todo el año.

El maestro no sólo se dirigía a Avigdor, pero al igual que a los otros muchachos de la clase, Avigdor pensó que se refería a él en particular. Sabía que no tenía que ir a buscar muy lejos, ni "cavar" muy hondo para desenterrar sus malos hábitos. Estos eran más que evidentes, pero lo enfrentaban descaradamente, lo desafiaban: Sabes que soy una cosa fea, pero aquí estoy y aquí me quedaré. ¿Qué crees que puedes hacer al respecto?

Pues bien, Avigdor decidió aceptar el desafío, no dejaría que lo tomaran por un tonto. ¡Basta! La batalla había comenzado.

"Ya se lo que haré -pensó- comenzaré anotando cada exageración o mentira que diga durante el día".

Avigdor mantuvo su palabra. Cuidadosamente tomó nota en su pequeño diario cada vez que su hábito se apoderaba de él. Al finalizar la semana revisó el diario, pero al pasar las páginas lo invadió una sensación de desaliento que lo hizo estremecer. Casi no había pasado un día sin que dijera al menos diez mentiras, alardeara cinco veces y se burlara en tres ocasiones de los demás; aunque sin duda esas cifras representaban ya una gran mejoría, todavía eran demasiado.

"Volveré a probar -resolvió Avigdor-, mi segunda línea de defensa será un silencio absoluto, si es necesario, por lo menos durante un día. Sí, el Shabat próximo mantendré mi boca limpia todo el día".

Avigdor se vigiló durante todo el Shabat. Sólo una vez se olvidó de sí mismo pero inmediatamente se corrigió: "Pero he exagerado. Perdóname", se sonrojó.

Era la primera vez que Avigdor se sonrojaba al decir una mentira e instintivamente sintió que era un buen signo. Sin embargo se sintió muy aliviado cuando terminó Shabat. Había sido un gran esfuerzo y ahora podía descansar. pero ni bien hubo decidido hacerlo, se encontró con una posición casi idéntica a la de antes; la semana siguiente estuvo casi tan llena de fracasos como la anterior. Pero no exactamente igual: Avigdor ponía más cuidado en lo que decía, y a menudo se ponía colorado, cuando no podía cumplir sus buenas intenciones.

Una vez encontrándose con sus amiguitos vio que ellos se intercambiaban ideas sobre cuántos capítulos de Tehilim habían recitado desde que empecé el nuevo año. Avigdor dijo:¡Bah! Esto no es nada, yo voy en la mitad del libro por segunda vez. Los muchachos lo miraron con asombro y Avigdor se puso rojo. Se dio cuenta de no sólo estaba alardeando, sino que al mismo tiempo decía una mentira ridícula. ¡Qué rotundo fracaso!, pensó. Sin embargo no estaba listo todavía para rendirse.

Avigdor trató con ahínco de sobreponerse a su mal hábito, pero todavía no estaba seguro de sí mismo. Sabía que el "lado malo" dentro de él, le estaba tratando de hacer creer que ya había ganado la gran batalla para que disminuyera sus esfuerzos. Pues bien, esta vez estaba dispuesto a pelear hasta el fin, hasta que estuviera completamente seguro.

Por fin llegó Shabat, Avigdor oró fervientemente, oró a Di-s para que perdonara todas sus faltas, pero más que nada su mal hábito de mentir, alardear y menospreciar a sus amigos.

Rezó durante toda la mañana, hasta que su padre lo llevó a casa a comer, pues no había tomado el desayuno.

Al volver por la tarde al Bet HaKneset (sinagoga) para Minjá, Avigdor se dio cuenta que tenía ganas de orar más que nunca.

Momentos antes de 'Arvit, la oración final del día, se anunció un pequeño receso, durante el cual la mayoría de las personas permanecieron en el Bet HaKneset. Avigdor prefirió salir para tomar un poco de aire. En el patio se encontró con un grupo de muchachos discutiendo acaloradamente, quiso evitarlo y volverse pero ellos lo notaron y le hicieron señas para que se acercara. Los encontró discutiendo sobre quién había ayunado más en el último Yom Kipur; algunos encogían sus estómagos para dar más fuerza a sus argumentos y decir que estaban más flacos que hace un mes, antes de ayunar.

Entonces todos se dirigieron a Avigdor. ¡Ah! Antes de Yom Kipur, nos dijiste que ayunarías todo el día. ¿Lo hiciste?

Avigdor se encontró entre la espada y la pared, sintió que la batalla se libraba de él en ese instante; si decía la verdad los muchachos se iban a reír de su palabrerío, si mentía, sabía que nunca ganaría la batalla.

Vamos, Avigdor, di la verdad. Lo urgieron los muchachos. Avigdor los miró fijo y les dijo: Muchachos, ayuné todo lo que pude; después de todo tengo solamente nueve años, lamento no haber cumplido mi deseo; de cualquier modo están perdiendo el tiempo discutiendo tonterías, mejor vayámonos al Bet HaKneset, Arvit está por empezar.

Avigdor esperaba que los muchachos se echaran a reír, pero no lo hicieron. Escucharon en su voz un dejo de sinceridad que impresionó a sus jóvenes corazones y sin decir nada siguieron a Avigdor.

Y mientras él recitaba las Berajot finales de la Tefilá, las lágrimas se deslizaban por su pequeña cara encendida, lágrimas de gratitud a Di-s por haberlo ayudado a ganar su batalla, a triunfar.


Fuente: Mesilot Hatora
 

 

 

El Rey de los Mendigos

por Meir Aides

 

El cielo gris caia en forma de puntiagudos borbotones sobre las antiguas construcciones y las avejentadas callejuelas. La ciudad, arrugada por los años, se debatía entre torbellinos de modernidad y pudor conservador. Hombres trajeados caminaban por la Avenida Haussman y perfumadas mujeres competian con las flores en los jardines de las Tullerias.

Camine por las historicas baldosas de Paris, sintiendo el atrapante poder de la Gioconda. Me siguió con su vista, seduciéndome, perturbándome.

Empero, al salir del hotel, divise entre la multitud la figura de Juana de Arco. La seguí durante algunas cuadras. En la estación Louvre Rivoli bajó al Metro y la perdí de vista.

Tome el subterraneo en direccion a la Defanse. Aprovechando, pues, mis fracasos sentimentales, decidí pasear para superar mi paranoia.
En la estacion de Royal Palace, subio un hombre bien vestido, barbilla borbona y ojos claros. Su piel trigueña denunciaba unos cuarenta años. Sus cabellos eran cobrizos y parecían no haber visto al Sol durante siglos.

Pedía dinero por doquier, con caballerosidad; dirigíase uno a uno de los viajeros, penetrando con la fuerza de su poderosa mirada.
- Sil vous plais Monsieur, Sil vous plais Madamme.
El personaje me resulto curioso. No era un simple mendigo pidiendo dinero, sino que sus movimientos estaban mágicamente revestidos con nobleza. Impresionaba el caudal de afecto que invertia en cada reverencia.
Me conquisto su mirada gallarda. Le pregunte si hablaba ingles y el, adivinando mi intención, respondió sin titubear:
- También hablo español.
Le invite un café. Como novelista novato y joven estudiante, me entusiasmo la idea de conocer personajes extraños, diferentes; diversos habitantes del mundo.
Descendimos en la estación de Des Champs Elisees y caminamos por la avenida subiendo en dirección al Arco del Triunfo. Dos pordioseros, mal olientes y con sus vestidos desgarrados, se inclinaron al verlo.
- Monsieur, le Roi- dijeron en un rebrote de seriedad.
El los bendijo, apenas levantando su mano derecha ante mi mirada impaciente. Era el rey... El rey de los mendigos...
Entramos en una encumbrada cafetería. Me dejo sentar y luego se deslizo hacia una silla en un gracioso movimiento.
- ¡Garzón!- ordeno.
El mozo se acerco.
- Monsieur, el Rey; ¿que se le ofrece?
Me miro con ojos preguntones.
- Café- respondí.
- Dos.
- Te interesa mi historia, ¿verdad?- comenzó con frialdad.
- ¿Quién eres?- pregunte maravillado.
El mozo se acerco con dos humeantes cafés.
- Merci- se distrajo.
- ¿Eres acaso el rey de los mendigos? -insistí- ¿Cómo es que un rey pide limosna?
Ensancho sus labios mostrando dientes blancos, perfectos. Bebió un sorbo del fosco café y comenzó su relato en forma pausada. Su aplomo evidenciaba que no era la primera vez que relataba su historia.
- Mi padre fue rey, mi abuelo ha sido rey y mis antepasados lo han sido desde hace más de un siglo... Yo mismo he sido rey, hasta renunciar a la Nobleza... Soy el último de la dinastía.
- ¿Por qué una persona sin herederos habría de renunciar a su reino?- sonreí con complicidad.
- No tengo reino, nunca lo tuve... - dudo un instante, acaricio su perilla con los dedos índice y pulgar y continuo-, aunque en realidad tengo súbditos.
- Tienes súbditos y no tienes reino... -parafrasee.
- Así es... - inhalo aire y prosiguió. - Uno de mis antepasados, un aventurero, llego en uno de sus viajes a la Araucanía. En aquel momento, segunda mitad del siglo XIX, esta era una región impenetrable y hostil del adolescente Chile. Luego de dialogar con algunos caciques araucanos, se proclamo rey de la Araucanía. El gobierno chileno intentaba dominar y colonizar la zona, y subyugar a los indígenas. Ellos constituían una gran población que obstaculizaba el paso entre las ciudades chilenas. El gobierno puso precio a su cabeza y luego de una batalla lograron capturarlo. Tras gestiones con el gobierno francés, fue deportado a Francia.
- ¿Y cómo lo trato el gobierno francés? No creo que haya cometido crimen alguno...
- El gobierno lo tomo como a un aventurero más, de los tantos que había en aquel momento. Aquí escribió el primer libro con sus memorias y contrajo enlace con su mujer. Unos años más tarde, estando Chile en guerra con España, volvió a realizar el intento. Fue bien recibido por los caciques y perseguido por los chilenos. Nuevamente fue deportado a Francia, donde murió, tras escribir su segundo libro de memorias.
Continúe atento al relato. Apenas lograba pestañar ante el vigor de sus palabras. Nunca antes había tenido la oportunidad de estar frente a un rey, un rey humano, de carne y hueso, un rey sin palacio ni burocracia, un rey del pueblo.
- Sus descendientes -prosiguió- ganaron sus días otorgando títulos de Nobleza y visitando de vez en cuando a los fieles súbditos... Esos aborígenes, tan arraigados a la tierra como al sentimiento de pertenencia a su pueblo.
Hizo una pausa. Contemplo a la lluvia con desprecio, como abofeteándola.
- Tú no pareces ser fiel a tus antepasados- dije con acierto.
- Es verdad. Decidí poner fin a esto. No pertenezco a esos indios ni ellos me pertenecen. Ellos tienen sus dioses, su cultura, que es ajena a la mía. Los aprecio y sigo siendo recibido como rey allí... Nunca he trabajado, ni necesito hacerlo. Hemos hecho fortuna concediendo títulos de Nobleza.
Sin embargo, no me sentí satisfecho con esta forma de afrontar mis días.
Salí a la calle a descubrir el mundo. En este tiempo que llevo aquí entre los vagones, aprendí a conocer a la gente, simplemente a través de sus ojos.
Todos tenemos ojos delatores.
- Tienes estirpe de rey- balbucee avergonzado.
- Mis ojos aun me delatan. No soy feliz con lo que soy. No quiero ser solo un eslabón en esta cadena de memorias. Quiero ser el creador de una dinastía, de mi propia dinastía... Tal vez, si, dinastía de linyeras o de mendigos, pero seré el primero y la dinastía será mía. Los ojos, espejo de nuestro interior, gozaran. Quien mire fijamente a los ojos vera un hombre feliz.
Miré a traves de sus ojos y las luces de la cafetería reflejaron su fulgor en ellos, haciéndolos centellear. Los faroles de neón eclipsaron ante su mirada soñadora, feliz.
El hombre pago y en el umbral de la cafetería nos separamos deseándonos mutuos éxitos.
Desaparecio; empero su huella quedo grabada en mi como la marca de fuego de una res.
Mi imaginación suele jugarme malas pasadas... ¿Acaso realmente estuve en Paris?... ¿Acaso conocí al rey de los mendigos?... Tal vez no lo pueda contestar, quizá haya sido solo un sueño. Sin embargo, desde entonces vive en mi la necesidad de crear algo que haga perdurar mi nombre, que haga brillar mis ojos.


Fuente: Masuha.org

 

 

 

 

El Secreto de una Familia

 

Quién no ha escuchado hablar alguna vez de la ilustre familia Rothschild, célebre tanto por su inmensa fortuna como por sus buenas obras?

Su fundador fue Meyer-Anschel Rothschild, nacido en Frankfurt, hace más de doscientos años, pertenecía a una familia que se distinguía por su religiosidad. Su padre, Moisés Rothschild, que falleció un año después del Bar Mitzvá de Meyer-Anschel, quería que su hijo fuese Rabino. En lugar de ello, fue uno de los banqueros más famosos del mundo, lo que no le impidió seguir cumpliendo la Torá en la forma más estricta. ¿Cómo es que este joven huérfano, nacido en el ghetto de Frankfurt, reunió una fortuna tan extraordinaria? He aquí la historia, en la que fue protagonista principal Moisés Rothschild.

En la pequeña ciudad de Galitzia llamada Tchorkow, la comunidad judía eligió un día, como máximo dirigente espiritual, a un rabino conocido a la vez por su gran piedad y por su vasta erudición. Su nombre era Tzvi Hurwitz, pero cariñosamente lo llamaban Rab Herschele Tchorkower.

Considerado por todos como un Tzadik, numerosos habitantes venían a pedirle un consejo o una bendición. Estaba siempre dispuesto a ayudar al prójimo y especialmente a las viudas y necesitados, para los cuales realizaba colectas especiales. Como inspiraba una confianza total, todo aquél que deseaba efectuar una donación, no encontraba nada mejor que hacerla por medio del santo Rabino.

Es comprensible que una persona con tantas responsabilidades, necesitase un ayudante, este cargo lo tenía el joven Moisés Rothschild. El sueldo no era particularmente elevado, pero Moisés era feliz por poder estar cerca del Tzadik. Desempeñó sus tareas con gran entusiasmo y en poco tiempo ganó la confianza de todos y fue considerado como un miembro de la familia.

Pero llegó el tiempo en que Moisés deseó fundar su propio hogar. Se casó con una joven judía de Sniatyn y se estableció allí donde su suegro, y lo ayudó a instalar un pequeño negocio.

Un tiempo después, el día antes de Pésaj, durante Bedikat Jametz (búsqueda de productos prohibidos en Pésaj), Rab Herchele Tchorkow descubrió que le habían robado una bolsa con quinientas golden (moneda del lugar), del cajón de su escritorio. La suma era considerable y constituía el ahorro de personas no pudientes que, con gran esfuerzo habían logrado reunir algún dinero y se lo habían confiado al Rabino.

¿Qué podía hacer? La suma era demasiado grande para reembolsarla, pero su pena era aún mayor al pensar que alguien de su propia casa pudo realizar una acción tan reprensible. Además, había un detalle, lamentable por su precisión, que lo atormentaba: sólo una persona, además de él, conocía la existencia de la bolsa en el cajón del escritorio: era Moisés Rothschild. El Rabino había depositado en él toda su confianza y no hubiera soñado siquiera una acción tan baja de su parte. De todas maneras, era necesario rendirse ante la evidencia. ¿Era posible que Moisés, ante gastos tan urgentes para formar su nuevo hogar, hubiese tomado el dinero a título de préstamo? El muchacho era honesto; seguramente devolvería el dinero lo antes posible.

Después de llegar a este razonamiento, que era el único posible, el Rabino decidió no contar nada a nadie. No había que causar daño en la colectividad, y menos aún acusar a nadie de robo. Pensaba hablar con Moisés y aclarar el asunto con él sin que nadie se enterase. Por lo tanto, al tercer día de Pésaj, alquiló un carro a caballos y fue a Sniatyn para ver a su ex-ayudante. Su partida no sorprendió a nadie en la colectividad. El Rabino acostumbraba realizar pequeños viajes. Pero quien se sorprendió fue Moisés, al verlo entrar de manera tan inesperada, en su modesto negocio.

Cuando ambos estuvieron solos, el Rabino con mucho cuidado, relató a Moisés el motivo de su visita. Le dijo cómo había descubierto la desaparición de la bolsa, asegurándole que ni pasó por su mente la idea de robo.

¿Acaso Moisés, apremiado por la necesidad, había querido tomar prestado el dinero por cierto tiempo? Ciertamente, aún con esta intención, tal gesto era contrario a las leyes; pero suele suceder que el ser humano ceda a la tentación. De todos modos, si reparaba su falta, podía estar seguro de que Di-s lo perdonaría. El Rabino también estaba dispuesto a perdonarlo. Además Moisés podía contar con su entera discreción: nadie se enteraría jamás de lo sucedido. El Rabino concluyó diciendo que si esa suma le hubiese pertenecido, no habría tratado de recuperarla. Pero aquel dinero era propiedad de viudas, huérfanos y gente pobre, cuya vida misma, de él dependía.

A medida que el Rabino hablaba, Moisés empalidecía y su mirada se llenaba de inmensa tristeza. De pronto no pudo contener sus lágrimas: seguramente ya lo atormentaba el remordimiento. Al menos, el Rabino lo interpretaba así y esto acrecentó su estima por Moisés.

Este, no trató de negar nada; permaneció en silencio, sin defenderse. Instantes después abrió su caja, vaciando su contenido; lo contó y se lo entregó al Rabino sin una palabra. Luego le pidió que esperase un momento pues iría a ver con qué completar la suma.

Pasó un rato. Cuando Moisés regresó, la misma angustia alteraba sus rasgos. Le dijo al Rabino que, a pesar de sus esfuerzos, no llegó a reunir más que la mitad de la suma. Pero si el Rabino tendría paciencia, se comprometía a completar escrupulosamente la otra mitad, con pagos sucesivos.

El Rabino se sentía feliz del cariz que tomaban los sucesos. Siempre había pensado que Moisés era un muchacho bueno y honesto. Su actitud en la presente situación, lo confirmaba. Además ¡qué alivio saber que los pobres huérfanos y las viudas no sufrirán ningún perjuicio! Tenía la certeza que Moisés cumpliría la promesa.

En efecto, fiel a la palabra dada, sin que jamás hubiese que recordárselo, el joven envió regularmente a Rabbí Herschele, pequeñas sumas de dinero hasta completar los quinientos golden. Este último hallaba por fin, la paz que aquel grave accidente había turbado. En su mente, ese asunto sólo quedaría en el recuerdo; y si alguna vez pensaba en ello, sería sólo para admirar la dignidad y bondad con las cuales podía actuar un simple joven como Moisés, quien con tanta abnegación había reparado una falta cometida en un mal momento.

Cierto día en que Rabbí Herschele estaba profundamente sumido en el estudio, llegó a su casa un mensajero que venía de parte del Jefe de Policía de la ciudad. Este último, disculpándose por molestar al Rabino, le informó que desea verlo por un asunto urgente y que un coche lo esperaba en la puerta para conducirlo.

El Rabino no tenía la menor idea del motivo del llamado; se encomendó a Di-s, esperando que ningún peligro amenazara a la colectividad y se apresuró a acompañar al mensajero.

El jefe de policía lo recibió amistosamente y le preguntó si en el último tiempo, no le habían robado nada en su casa.

Rabbí Herschele le respondió que si refería a cierta suma que se la había desaparecido, en la actualidad ya la había recuperado. Ante estas palabras, el jefe de la Policía pareció muy sorprendido y le pidió que le contase lo sucedido.

-"Si Ud. me promete no emprender ninguna acción contra un inocente que, además, ya reparó su falta, le contaré todo", respondió Rabbí Herschele.

El jefe de la policía se lo prometió. El Rabino le dio los detalles que deseaba sin omitir uno solo.

-"¡Uds. los judíos, son verdaderamente extraordinarios! ¡Jamás en mi vida oí cosa semejante!", exclamó lleno de admiración el jefe de Policía.

Después de decir esto, abrió un cajón del escritorio, y sacando una bolsa, preguntó: "Sr. Rabino: ¿reconoce esto?".

Esta vez el sorprendido fue Rabbí Herschele. ¡Era su bolsa, la misma que había desaparecido en víspera de Pésaj!

El jefe de Policía se alegró del efecto causado. Esperó unos instantes. Luego llamó y cuando apareció un subordinado, le dijo: "¡Tráelos!". El policía regresó rápidamente con una mujer y un hombre con las manos esposadas.

-"¿Los conoce Ud.?", preguntó el jefe de Policía al Rabino. -"¡No!", respondió este último cada vez más intrigado. -"Absorbido por los libros, como Ud. está siempre, no se fijó en la cara de la doméstica que limpia su casa. Pero poco importa que la reconozca o no, pues ya confesó todo".

Y luego de ordenar que se llevaran a la pareja, el jefe de Policía relató al Rabino su historia, la verdadera. Días antes de Pésaj, la mucama había hecho una gran limpieza en la casa y encontró la bolsa que Rabbí Herschele guardaba en el cajón de su escritorio; la escondió y luego se la llevó a su casa en las afueras, donde vivía con su marido.

Ambos decidieron enterrar el botín en el granero, para que no despertara sospechas. Pero el marido, era un ebrio consuetudinario, y no pudo resistir la tentación de sacar algo para satisfacer su pasión. Así es que tomó una moneda y se fue a la hostería. Cuando el posadero le preguntó cómo había obtenido aquella moneda de plata, le contestó que la había encontrado. Pero al día siguiente volvió con otra moneda, y lo mismo hizo al día siguiente. Entonces el posadero empezó a sospechar y advirtió a la policía.

El hombre fue detenido y negó todo; pero algunos latigazos lo hicieron confesar. La bolsa fue encontrada casi intacta, ya que no faltaban más que las tres monedas gastadas en la hostería.

-"Es suya, llévesela", dijo el jefe de policía al Rabino. Este sonreía; su satisfacción era enorme. Sin embargo no dejaba de estar intrigado por la conducta de Moisés que no sólo no se había defendido al aparecer como sospechoso, sino que hasta había pagado, por un robo cometido por otro.

El Rabino se fue con el corazón desbordante de alegría y se apresuró a visitar a Moisés.

-“Reb Moshé,- le dijo luego de haberlo saludado- espero que quieras perdonarme". "¿Por qué - le preguntó con los ojos llenos de lágrimas - No me dijiste que no habías tomado el dinero?"

Su colaborador le respondió que la posible desdicha de los pobres huérfanos unida a las angustia del Rabino, lo habían conmovido profundamente. Si hubiera dicho la verdad negando ser el autor del robo, el Rabino no hubiera aceptado su ayuda pues la hubiera considerado un sacrificio demasiado grande. En efecto lo fue, pues debió empeñar todo lo que poseía para poder reunir la suma que le entregó al Rabino el primer día; además debió economizar moneda sobre moneda para formar el resto. Pero aquel sacrificio era necesario, pues sabía que Rabbí Herschele no podría reunir aquella suma.

El Rab estrechó a Moisés en sus brazos y le dio su bendición, pidiendo a Di-s que le diese una gran fortuna para que siempre pudiese ayudar a los pobres necesitados.

-"Aquí está la suma que tan generosamente pagaste de tu bolsillo. Vuelve a Frankfurt donde tendrás mejor ocasión de hacer buenos negocios y cumplir buenas acciones. Que Di-s esté contigo, con tus hijos y con los hijos de tus hijos en todas las generaciones futuras".

La bendición de Rabbí Herschele Tchorcower no fue dada en vano. Moisés Rothschild fue un gran comerciante en Frankfurt, dedicándose también a operaciones de cambio muy ventajosas. Su hijo Meyer-Anschel Rothschild tuvo aún más éxito que él. Sus cinco hijos, que se establecieron, cada uno en otra capital de Europa, ayudaron a acrecentarla.

La fortuna creada por Moisés creció y se multiplicó de generación en generación. Un nieto de Moisés, el barón Edmond de Rotschild, que encabezaba la casa Rotschild y vivía en Francia, se distinguió particularmente por su acción en favor de sus correligionarios, ayudándolos por todos los medios posibles, lo que le valió el apodo de "HaNadib HaYadú'a" (el Ilustre Benefactor). Su vida fue larga. Murió en París (en 1934) a los noventa años de edad.

 

Fuente: Mesilot Hatora

 

 

Los anteojos

Extraído de “El Narrador”


Hace unos doscientos años vivía en la ciudad de Lemberg (Polonia) una conocida familia llamada Brill. Los lugareños solían contar que el nombre de la familia estaba ligado a una historia muy extraña.

Esta es la historia.

Fue un día muy feliz para la familia cuando se vio bendecida con un nuevo hijo varón. Los padres celebraron este feliz suceso de la manera tradicional, con una fiesta llamada Shalom Zajar ("bienvenida al hijo varón") el viernes por la noche antes de su Brit Milá (circuncisión) y, por supuesto, con una ceremonia festiva de brit milá en el octavo día luego del nacimiento; claro está, a ambos festejos asistieron los parientes y vecinos.

Pero su regocijo duró muy poco, pues los padres pronto comenzaron a notar que los hermosos ojos azules del bebé simplemente miraban sin ver. Profundamente doloridos, se dieron cuenta de que su bebé era ciego.

Sin perder tiempo, pidieron el consejo de médicos expertos en cuestiones del ojo pero, tristemente, nadie les podía ayudar; el bebé nació ciego, y los médicos no conocían curación para su mal.

Los padres aceptaron la triste situación, y agradecieron a Di-s por el bebé incluso si éste no podía ver. Volcaron todo su amor en el niño, y se dedicaron plenamente a él.

Como desconocemos el nombre del niño, lo llamaremos Mijael.

Cuando Mijael tenía tres años, tuvo su fiesta de opsherenish (primer corte de pelo), y su padre contrató un maestro para que comenzara a enseñarle lo que cada niño judío debe aprender. Por supuesto, a Mijael había que enseñarle todo de memoria, pues, como sabemos, no podía ver como para leer de un libro.

Mijael era un muchacho brillante, ávido por aprender, y tenía una memoria notable. Todo lo que su maestro le enseñaba lo absorbía de inmediato y quedaba firmemente archivado en su mente.

Con el correr del tiempo, Mijael había memorizado todas las plegarias del Sidur. Entonces pasó al estudio del Jumash (Pentateuco) y la Mishná.

Cuando llegó a la edad de Bar Mitzvá, era tan hábil como cualquier otro muchacho de su edad, y muchas veces hasta mejor. Y siempre estaba ávido por aprender más.

En su hogar, Mijael podía reconocer cada artículo y dónde estaba. Cualquiera que lo observara no podría sospechar que Mijael fuera ciego. Cuando salía de la casa, sin embargo, su hermano menor lo sujetaba del brazo para guiarlo. Mijael era muy conocido y todos lo saludaban de manera muy amistosa. Él, a su vez, siempre respondía con un saludo alegre y una sonrisa cordial. Recordaba muchas voces y los nombres de aquellos con los que se había encontrado apenas un par de veces, y solía asombrarlos dirigiéndose a ellos por sus nombres.

Mijael sentía un amor especial por los libros. Aunque no podía leer ninguno de ellos, solía acercarse con frecuencia a la biblioteca, ya sea en su hogar o en el Beit HaMidrash (la Casa de Estudios), y extraer un libro. Recorrería con sus dedos las tapas y las páginas interiores, alisando con cariño alguna que encontrara arrugada, para finalmente besarlo y devolverlo a su lugar.

Un día, Mijael pidió a su hermano que lo llevara al Beit HaMidrash principal del pueblo, donde aún nunca había estado. Cuando los muchachos entraron, el Rabí estaba en medio de una clase de Midrash. Mijael se sentó cerca y escuchó atentamente. Podía seguir la lección, y ésta le causó un inmenso placer. Después de la clase se unió a la gente en las plegarias. Rezó con especial devoción, sintiéndose particularmente agradecido a Di-s por permitirle estudiar Torá y recitar sus oraciones a pesar de su desventaja.

Cuando todo la gente abandonó el Beit HaMidrash, Mijael no tenía prisa alguna por irse y pidió a su hermano que lo condujera hasta la biblioteca. El primer libro que tocó y extrajo era un grande y pesado volumen. Lo sintió polvoriento, señal de que no se lo había usado ya hacía mucho tiempo. Le sacó el polvo y comenzó a dar vuelta las páginas lenta y suavemente.

Repentinamente, el libro pareció abrirse sólo y Mijael sintió un grueso objeto entre sus páginas. Lo tomó en sus manos y sintió que era una caja para anteojos. Efectivamente, cuando la abrió, encontró en su interior un par de anteojos.

Mijael los montó sobre su nariz, curioso por saber qué sentía la gente cuando usaba anteojos. No bien hubo ajustado los anteojos a su nariz que, ¡oh sorpresa! ¡La oscuridad desapareció milagrosamente, y todo se iluminó con una llamarada de luz!
¡Podía ver!

Vio la caja de los anteojos y el libro que sostenía en sus manos; contempló de una mirada todo el Beit HaMidrash, la bimá (mesa donde se lee la Torá) y el Arca Santa; y allí, en el otro extremo del banco, vio a su querido hermano menor enfrascado en un libro, como si nada hubiera sucedido.

"¡Debo estar soñando!", pensó Mijael. Pero sabía que no era ningún sueño.

Esto era demasiado como para absorberlo de golpe. Se sacó rápidamente los anteojos, ¡e inmediatamente todo volvió a la oscuridad!

Mijael puso los anteojos de vuelta en la caja, y la guardó en su bolsillo. Luego devolvió el pesado libro al estante y pidió a su hermano que lo llevara de regreso a casa.

Mientras caminaban por la calle, tomados del brazo, su hermano le preguntó:
"¿Tienes frío, Mijael?"
"No. ¿Por qué me lo preguntas?"
"Estás temblando".
Mijael no respondió. Estaba muy aturdido, temiendo decir cualquier cosa.
Necesitaba tiempo para pensar.

Cuando llegaron a casa, la familia notó que Mijael estaba inquieto por algo. Le preguntaron qué pasaba, pero él respondió:
"Todo está en orden, gracias a Di-s".

Pero cuando se sentaron alrededor de la mesa, y vieron que sus manos temblaban, y que su rostro estaba pálido y serio -tan diferente de su usual personalidad alegre- sus padres se sintieron preocupados. Sin embargo, no volvieron a insistir en el tema, seguros de que Mijael eventualmente les contaría qué lo perturbaba.

Después de que todos se retiraron a dormir y Mijael quedó solo, extrajo cuidadosamente los anteojos y los puso sobre su nariz. ¡Nuevamente se abrió ante él un mundo nítido! Mijael supo que no estaba soñando.

Durante varios días Mijael continuó guardando para sí el secreto de los maravillosos anteojos. Finalmente, decidió que no tenía sentido ocultar a su familia la maravilla del brillante y hermoso mundo que los prodigiosos anteojos habían abierto ante él.

Al principio, la familia no podía creer que semejante milagro hubiera sucedido, y supuso que quizás la imaginación de Mijael le estaba jugando algún truco. Pero cuando Mijael demostró que realmente veía todo muy claramente y con lujo de detalles, como cualquier persona de vista normal, la familia se sintió, por supuesto, alborozada más allá de toda descripción.

Mijael vestía ahora los anteojos todo el tiempo. Temía sacárselos, no fuera que, por algún percance, la cualidad milagrosa de los anteojos se terminara.

Mijael comenzó ahora a aprender a leer letra por letra y palabra por palabra. Como ya sabía todas las plegarias de memoria, aprender a leer le resultó fácil. Del mismo modo también aprendió rápidamente a leer el jumash y el comentario de Rashi, y todos los demás textos sagrados que había estudiado de memoria. No dejaba de sentirse emocionado.

El rumor acerca de la milagrosa recuperación de su vista mediante un par de maravillosos anteojos corrió rápidamente y se convirtió en la conversación de todo el vecindario.

La gente estaba ansiosa por verlo, y a duras penas podía creer lo que veía cuando lo observaba caminando por las calle por sí mismo, o lo encontraba estudiando de los libros santos en el Beit HaMidrash, con esos milagrosos anteojos descansando cómodamente sobre su nariz. Todos concordaban en que Mijael era la persona más digna para merecer semejante milagro.

Mijael, es de comprender, se sintió atraído hacia aquel grueso libro sagrado que había alojado los anteojos milagrosos durante tanto tiempo. Ahora podía leer sus páginas sin dificultad, pero le resultó difícil comprender su contenido. Faltaban la página titular y algunas de las primeras, de modo que nunca supo quién fue su autor. Ni supo tampoco si los anteojos pertenecieron a éste, o a algún otro santo tzadik que estudió esta obra.

Mijael preguntó a los más ancianos judíos que vio en el Beit HaMidrash si tenían alguna idea acerca de a quién podrían haber pertenecido los anteojos, pero todos se encogieron de hombros y sacudieron la cabeza en negativa.

Pronto, la gente comenzó a llamarlo "Mijael Brilen", pues con mucha frecuencia se lo había oído preguntar:

"¿Quizás reconoce usted estos brilen?" (Brilen, en Idish, significa "anteojos"). Con el paso del tiempo, se convirtió en el nombre de la familia de Mijael, en forma abreviada Brill.

Mijael tomó la firme resolución de que pondría su máximo empeño en ser digno del regalo de Di-s, el don de la vista, y se consagró totalmente al estudio de la Torá y a cumplir mitzvot con verdadero regocijo.

Cuando cumplió los dieciocho años, aceptó la propuesta de uno de los más destacados miembros de la comunidad, un adinerado comerciante y erudito de Torá, de convertirse en su yerno. Mijael y su novia muy pronto estaban felizmente casados.

Según se acordó de antemano, la joven pareja fue totalmente mantenida por el suegro de Mijael durante varios años, a fin de permitirle dedicarse al estudio de la Torá sin tener que preocuparse por el sustento.

Más tarde, a medida de que la familia de Mijael comenzó a crecer, se unió a su suegro en los negocios. Mijael tuvo mucho éxito también en este campo, y se sentía feliz de poder dar mucha tzedaká (caridad) y ayudar a los necesitados de muchas otras maneras.

Mijael Brill llegó a una muy avanzada vejez y dejó tras de sí un buen nombre, con una considerable fortuna para sus herederos y para instituciones de Torá y tzedaká.

Después de culminada la semana de shivá (los siete días de duelo), los herederos se sentaron a repartir la herencia. Todo se arregló rápida y suavemente... hasta que surgió el problema:

¿Quién heredaría los milagrosos anteojos del padre?

Los hermanos comenzaron a ofertar por ellos, y pronto cada uno ofrecía agitadamente una suma mayor al anterior, hasta que uno ofreció toda su parte de la herencia por los anteojos. Pero entonces otro de los hermanos igualó la oferta, y luego un tercero...

Entretanto, los anteojos pasaron de mano en mano, y entonces, en medio de la excitación... ¡alguien dejó caer accidentalmente los anteojos y las lentes se quebraron en numerosos pedazos!

El problema ahora estaba resuelto: cada uno recibió un trozo de los maravillosos anteojos de su padre.


Fuente: Mesilot Hatorá
 

 

 

La tradición de sobrevivir a nosotros mismos

Era viernes a la tarde y las familias se apuraban para dejar todo listo en la casa antes de acudir a la sinagoga. La familia Lewynski, los Cohen, los Toledo, los Laor, … todos, doce familias en total. Esto era así porque habían sido deportados de diferentes lugares hacía apenas unos meses a un país donde los únicos judíos eran ellos y no tenían más que una sinagoga…. De momento.

El ambiente estaba raro desde el anterior Shabat Miketz, que coincidió con la Janucá, en que la Sra. Toledo hizo una interpretación muy suigéneris sobre el sueño de José, el relato en que las gavillas de sus once hermanos se postran ante su gavilla reconociendo así su supremacía. Tal como lo dijo la Sra. Toledo fue entendido de muy diferente manera por sus partidarios y por sus detractores. No hay que olvidar que la Sra. Toledo era del estilo: “A ver por qué no se me valora más a mí, con lo que yo he hecho por todos ustedes, ay, si no fuera por mí”. El Sr. Toledo callaba porque tenía una experiencia de treinta años y sabía que de lo que se trababa no era de argumentar si no de aguantar la racha y en unos días ya se pondría bien, en cuanto fuera a la peluquería y encontrara otra manera de entretenerse. Pero, claro, a los demás les faltaba ese y muchos datos de la Sra. Toledo y de todos en general. En realidad acababan de conocerse y aunque les unía el Shalom, les separaba el “Buenos días, te has fijado cómo va vestida la Sra. Cohen hoy?”, que es un no decir nada suponiéndolo todo. O la otra modalidad “El negocio de Lewynski va mejor que el nuestro. A ver qué haces, Abraham.” que es como decir “Vales menos que él pero conmigo no cuentes que ya bastante tengo con estar al lado de un fracasado”, y también una manera de fastidiar porque a mí me da la gana. Al final seis familias frecuentaban un restaurante, las otras cinco se hicieron socias del Country Club. El rabino y su familia paseaban por la alameda a pesar del tiempo inclemente. Así las cosas, con ese runrún sordo, llegaron a la sinagoga el aciago viernes de Vayigash.

Y fue durante una de las últimas oraciones, justo cuando el rabino la estaba recitando, en que la mitad de la congregación se puso de pie y la otra mitad permaneció sentada. La mitad que se quedó sentada empezó a gritarle a los que se pusieron de pie para que se sentaran, y la mitad que se puso de pié empezó a gritarle a los otros para que se levantaran.

El Rabino no sabía qué hacer. Intentaba contemporizar pero nadie estaba por la labor. Al final se retiró a su casa y se puso una bolsa de hielo en la cabeza. A la semana siguiente ocurrió lo mismo pero más encarnizado. Reunió a la congregación porque así no se podía seguir y sugirió consultar a su anciano maestro, un sabio de 98 años, que vivía en el país vecino. El Rabino esperaba sinceramente que el anciano estuviera en condiciones de contar cómo era la tradición en su tiempo, y pensando en eso emprendió el viaje acompañado de un representante de cada facción en que se hallaba dividida la congregación.

Cuando se encontraban en la habitación del viejo sabio, el representante de los que se pusieron de pie le preguntó si es tradición ponerse de pie cuando se reza esa oración.


El anciano respondió: "No. Ésa no es la tradición".

El representante de los que se habían quedado sentados, esgrimiendo una sonrisa victoriosa en los labios, afirmó: "Entonces la tradición es permanecer sentado!"…

A lo que el sabio contestó: "No. Ésa no es la tradición"

Entonces el Rabino le dijo al hombre sabio: "Pero es que hay peleas constantes; los que se ponen de pie le gritan a los que se quedan sentados y viceversa, y eso...

El sabio interrumpió al rabino antes que terminara de hablar y exclamó: "ÉSA es la tradición!"

Miles de años así y sobrevivimos. Pero el ejercicio más duro a veces es sobrevivir a nosotros mismos.

Shalom.


Fuente: JudiosenelnortedeSefarad

 

 

Las Tres Gallinas


Extraído de El Narrador - Editorial Kehot Lubavitch Sudamericana


El célebre rey Shlomó era todavía un niño. Había hecho su bar mitzvá cuando se convirtió en el rey de los judíos.

Como era tan joven, tenía miedo de no poder gobernar una nación tan grande. Le preocupaba que tal vez no tomara la decisión correcta; que quizás no pudiera resolver los problemas que surgieran entre gente más vieja y sabia que él.

Shlomó decidió rezar a Di-s y pedirle que le ayudara a ser un buen rey.

Cierta noche, tuvo un sueño. En este, Di-s le preguntaba qué era lo que más deseaba en la vida.

"Si pido riquezas", pensó el joven rey, "no tengo ninguna duda de que Di-s me las concederá. Si solicito que proteja a mi reino de sus enemigos, seguro que también lo hará. Pero, ¿no he aprendido yo que a la persona sabia nunca le faltará nada?"

"¡Señor del Universo!", dijo Shlomó en su sueño. "No deseo riquezas. Lo único que quiero es que me ayudes a ser un hombre sabio y compasivo. Un hombre que sepa juzgar correctamente todas las situaciones que se le presenten. De esa manera seré un buen ejemplo para mi gente y los judíos imitarán mi conducta".

Di-s reconoció en las palabras de Shlomó su fervoroso deseo de ser un buen rey, y le concedió su deseo. Lo convirtió en el hombre más sabio del mundo.

Shlomó estudiaba Torá día y noche. Examinaba las razones en virtud de las cuales era bueno cumplir las Mitzvot, y explicaba a su pueblo todo lo que aprendía. Así, el pueblo compartía con su joven monarca todos sus conocimientos.

Cuenta la historia que cierto día Shlomó salió a pasear con tres hombres sabios. Ya casi había comenzado el invierno, y hacia mucho frío. Mientras andaban, se encontraron junto al camino con un hombre que, metido en el río, lavaba unas pieles.

"Perdóname si interrumpo tu trabajo", dijo el rey Shlomó al hombre, "pero... ¿no es siete más que cinco?"
El hombre inclinó la cabeza respetuosamente y respondió:
"Sí, Alteza. Pero treinta y dos son más que doce".

Shlomó se mostró complacido por la respuesta, en tanto que los hombres sabios que lo acompañaban se miraron extrañados, sin comprender. ¡Qué significaban estas adivinanzas?

"Dime", prosiguió Shlomó, "¿cuantas veces se quemó tu casa?"
"Tres veces", contestó el buen hombre. "Faltan dos, si Di-s quiere".
El Rey se mostró nuevamente satisfecho por la respuesta.
"¿De qué estarán hablando?", se preguntaron los hombres sabios.
"¿Si te envío tres gallinas, sabrás como desplumarlas?", volvió a preguntar el rey.
"Envíamelas, que yo me encargare del resto".

El rey y sus acompañantes emprendieron el regreso. Mientras caminaban de vuelta al palacio, el Rey preguntó a los tres sabios si habían comprendido la conversación mantenida con el hombre pobre.

"A decir verdad, Alteza, no hemos entendido nada".
"¿Y ustedes dicen ser sabios?", exclamó el Rey. "Cualquier persona común hubiera entendido nuestra conversación. ¡Les doy tres días para que me digan de qué se trataba! Si no aciertan, pueden ir buscándose otro empleo".

Los tres sabios pensaron y pensaron, pero por más que se esforzaban no daban con ninguna respuesta satisfactoria. Finalmente y sin otro remedio, volvieron hasta al río para ver si encontraban al hombre que había estado allí lavando las pieles.

"Por favor, buen hombre", le imploraron apenas se encontraron con el, "explícanos la conversación que mantuviste con el rey. No entendimos nada, y nos gustaría saber de que han hablado".
"Lo siento mucho", respondió el hombre, "pero nada les puedo decir. Es una cuestión privada".

Los tres sabios estaban desesperados. Tenían que saber cual había sido el tema de la conversación. Finalmente, y como último recurso, le ofrecieron al pobre hombre todo el dinero que tenían si les explicaba que era lo que había hablado con el rey.

"Si es así, acepto", respondió el hombre de buena gana.

Los hombres corrieron a sus casas y trajeron toda su fortuna. Entonces el buen hombre les dijo:

"El problema de ustedes es que son egoístas; si les hubiera interesado ayudar a la gente pobre como yo tanto como le importa al rey, lo hubieran entendido todo.
"Cuando el rey me vio parado en medio del agua fría", prosiguió, "sintió lastima por mí. '¿No son siete más que cinco?', me preguntó. Es decir: '¿No puedes ganar suficiente dinero para mantenerte trabajando solo durante los siete meses cálidos del año? ¿Tienes que trabajar también durante los meses de helada?'"
"Está bien", aceptaron los sabios la explicación. "Pero, ¿qué significa la respuesta que tu diste al rey, que 'treinta y dos es más que doce'?"
"Le dije al rey que tengo treinta y dos dientes", contestó el hombre, "y para conseguir suficiente comida como para que todos ellos coman, me veo obligado a trabajar durante todo el año, doce meses y no solo siete, y tampoco eso me resulta suficiente".

Los sabios acariciaron sus barbas en señal de aprobación, y volvieron a preguntar:

"Y qué puedes decirnos respecto de la segunda pregunta que te hiciera el rey, aquello de '¿cuántas veces se quemó tu casa?' ¿Qué quiere decir eso?"
"Señores, ¿es que todavía no entienden?", exclamó el hombre. "Cuando un hombre pobre casa una hija, es como si quemara toda la casa. Todo lo que tiene se va en ayudar a la joven pareja a instalarse. Después, no le queda nada. Nuestro sabio rey lo entendió; yo le dije que tenia cinco hijas, de las que hasta ahora he casado tres, y que, con la ayuda de Di-s, también casaré a las otras dos. Y como el rey estaba deseoso de ayudarme, me hizo la tercera pregunta".
Dicho esto, el hombre dio media vuelta y continuó con su trabajo.

"¡Oye! ¡Espera!", gritaron los tres sabios. "¡Aún no nos explicaste lo de 'desplumar a las tres gallinas'!"
"Mis queridos amigos. Ustedes son las gallinas que el rey me enviará. ¿No los desplumé lo suficiente?", respondió el hombre en medio de una sonora carcajada, al tiempo que levantaba las pesadas bolsas con el dinero recibido.

Los tres sabios se miraron entre sí, y se dieron cuenta de que el rey les había jugado una broma.

Al principio se enojaron un poco, pero luego reconocieron que debían considerarse afortunados por haber sido elegidos para ayudar al pobre hombre.

Y al mismo tiempo aprendieron otra lección del rey, que dice:

"Para tener un corazón que entiende, primero debes tener corazón".


Fuente: Mesilot Hatora
 

 

Una carta expreso

 

Un hombre bien vestido, evidentemente un rico mercader, se presentó cierta vez ante el Baal Shem Tov, trayendo consigo una enorme suma de dinero para ser distribuida para fines de caridad.

"Mi nombre es Avigdor", se dio a conocer el hombre.  "Soy un exitoso mercader de la ciudad de Brod".

El Baal Shem Tov aceptó el dinero, y preguntó a su vez: "¿Tienes algún pedido que hacer, Reb Avigdor?"

"No, no preciso nada", respondió Avigdor.

"¿Quizás una bendición para parnasá (sustento)?", preguntó el Baal Shem Tov.

"Eso no es necesario", dijo Avigdor.  "No me falta parnasá.

Estoy en el mundo de los negocios hace muchos años y he tenido bastante éxito.  Uso mi cabeza, y la experiencia siempre aporta sus beneficios.  Soy lo bastante inteligente como para saber que es de tontos 'poner todos los huevos en una única canasta'.  Compro bosques y envío los troncos por medio de balsas bajando por el curso del río; comercio con granos y lino, cuero y algodón.  Visito las ferias y compro y vendo toda mercadería que me parece buena.  De modo que, como puedes ver, no tengo preocupaciones por mi sustento.  Ojalá no sea peor en el futuro.  No tengo quejas".

"Gracias a Di-s", dijo el Baal Shem Tov con gran énfasis, observando a Avigdor con piedad.  Sentía pena por este hombre que se mostraba tan seguro de sí mismo como para olvidar que todo éxito se debe a la bendición de Di-s.  Aquí, delante de él, estaba un hombre que se jactaba de lo inteligente que era y a quien ni se le había ocurrido decir Baruj HaShem ('Bendito sea Di-s', en el sentido de 'Gracias a Di-s').  Aún de ser tan inteligente como creía que era, ¿no es también la sabiduría un regalo de Di-s?

Entonces el Baal Shem Tov preguntó a Avigdor:

"¿Cómo anda tu salud?  ¿Cómo está tu familia?  ¿Tus hijos?"

El Baal Shem Tov esperaba que Avigdor recordaría decir 'gracias a Di-s' o 'alabado sea Su Nombre', o alguna otra expresión de gratitud por la bendición de Di-s.  No obstante, Avigdor no mencionó el Sagrado Nombre ni siquiera una vez.

Entonces el Baal Shem Tov dijo a Avigdor: "Está escrito en el Libro de Tehilim —Salmos—, y también lo decimos en nuestras plegarias todas las mañanas: 'Tú, Santo, Te sientas en Tu Trono sobre las alabanzas del pueblo de Israel' (Salmos 22:4).    Esto significa que HaShem,  el  Santo Di-s, Se sienta en Su trono y aguarda palabras de alabanza de los judíos.

¿Te das cuenta qué quiere decir esto?  Significa que cuando un judío dice Baruj HaShem, 'Gracias a Di-s', o 'Bendito sea Su Nombre', o cosas similares, ello le es más querido a Di-s que las alabanzas de los ángeles en el cielo.  Esto suena un tanto raro, pues Di-s no precisa realmente que los seres humanos Lo alaben o Le agradezcan.  Son los hombres quienes deben recordar que todo el bien del que disfrutan, buena salud, buena fortuna, buenos hijos, todo, viene de Di-s, la Fuente de todas las bendiciones.

"Sin embargo", continuó el Baal Shem Tov, "el ser humano puede olvidarse o simplemente pasarlo por alto.  Precisamente cuando uno alcanza el mayor éxito en los negocios y piensa que todo se debe al hecho de que él es inteligente, o que merece todo, llega a creer que así será siempre.  Así, puede llegar a olvidar del todo, Di-s libre, que esto es gracias a Di-s que ha sido muy bondadoso con él.  No importa cómo marchen las cosas, siempre hay muchas bendiciones por las que un judío debe estar agradecido a Di-s, aun si no fuera más que por el privilegio de ser judío y servir a Di-s con todo su corazón y toda su alma.

"De modo que Di-s espera escuchar lo que los judíos se dicen unos a otros. Si uno pregunta al otro 'Cómo estás? ^Como está la familia? ^Como marchan los negocios?', etc., cada vez que el judío responde 'Baruj Hashem, bien. ^Y como andas tu y los tuyos?', y una vez más, la respuesta contiene alabanzas a Di-s, entonces El Se siente complacido y continua concediendo Su bendición, con mas generosidad aun. En ver-dad, esta es la única 'recompensa' que Di-s recibe por toda la bendición que derrama sobre Su pueblo...".

El santo Baal Shem Tov hizo una pausa para ver si sus palabras habían impresionado a su visitante.  Pero puesto que Avigdor no respondió nada, el Baal Shem Tov prosiguió:

"Quise hacerte un favor pero tú dices que nada te falta.  De modo que te pediré que seas tú el que me haga un favor a mi.  Tú vienes de Brod.  Te pediré que cuando regreses a casa entregues una carta al jefe de la comunidad".

El Baal Shem Tov tomó una hoja de papel.  Escribió algo en ella, la introdujo en el sobre, lo cerró, y se lo entregó a Avigdor.

"Por favor, entrega esta carta personalmente, solo en manos del presidente de la comunidad.  No se la des a ningún otro".

Avigdor tomó la carta, la puso en su bolsillo, se despidió del Baal Shem Tov, y partió.

En el camino, Avigdor se puso a pensar un poco acerca de lo que el Baal Shem Tov le había dicho.  Decidió que cierta-mente no era gran problema decir "Baruj Hashem".  Pero tenía muchas otras cosas para pensar y, duele decirlo, pronto olvidó toda esta cuestión del Baruj Hashem.

Y no solo eso.

También olvidó todo lo relacionado con la carta que el Baal Shem Tov le había pedido entregar.  Lo que es más, al cambiar sus ropas luego de llegar a casa, el traje que había estado vistiendo quedó apilado en un rincón de su guardarropas, y una vez que estuvo fuera de la vista también se fue de su memoria.

Avigdor nunca recordó entregar la carta del Baal Shem Tov.

Los años fueron pasando, y la rueda de la fortuna comenzó a girar hacia abajo.  Pasaron dieciséis años y la fortuna de Avigdor se reducía cada vez más.  Sus aventuras comerciales sufrían un revés tras otro.  Sus bosques fueron destruidos por el fuego; una tormenta en alta mar hundió el buque que transportaba su mercadería; un grupo de mercaderes que le debían dinero no pudieron hacer frente a sus obligaciones.  Cada intento suyo terminaba en un sonado fracaso, hasta que lo perdió todo.

Se había vuelto pobre.

Avigdor, quien una vez había sido un acaudalado y exitoso comerciante, se vio ahora obligado a vender cosas de su casa para lograr alimentos para su familia.  Al cabo de un tiempo ya no había más para vender, salvo un viejo traje usado que colgaba en un rincón del guardarropas.  Mientras revisaba los bolsillos antes de vendérselo a un comerciante de prendas usadas, Avigdor se encontró con la carta que el Baal Shem Tov le había pedido que entregara hacía tantos años.

Como golpeado por un rayo, Avigdor miraba helado la carta.

"jAy de mí!  ¿Cómo pude olvidar entregar esta carta?", pensó para sí.

De repente, la santa imagen del Baal Shem Tov apareció ante sus ojos como si solo ayer lo hubiera visto.  Tambien recordó lo que el Baal Shem Tov le había dicho acerca de decir Baruj HaShem.

"¡Qué tonto he sido al no darme cuenta de la lección que estaba intentando introducir en mi cabeza y que también era una advertencia!".

El corazón de Avigdor se llenó ahora de remordimiento y este trajo lágrimas a sus ojos.  Resolvió que de ahora en mas iba a obedecer las palabras del Baal Shem Tov...

"Nunca más olvidaré decir Baruj HaShem", resolvió Avigdor con firmeza.

La escritura sobre el sobre todavía podía leerse con claridad. "Para Reb Tzadok, el Parnás-Jodesh de Brod".  El "parnás jodesh" era, en aquella época, una especie de presidente de la comunidad para el mes en curso, lo que en realidad significaba que él se haría cargo, durante ese tiempo, de todos sus gastos.

Avigdor no podía perder tiempo.

Salió corriendo de la casa y detuvo al primer judío que encontró por la calle.

"¿Dónde puedo encontrar a Reb Tzadok?", preguntó.

"!,Te refieres a Reb Tzadok, el recién elegido Parnás Jodesh?"

"Si, si.  Es a él a quien busco", respondió Avigdor impaciente.

"Lo encontrarás en el gran Beit HaMidrash.  Acabo de verlo allí.  Buena persona este Reb Tzadok; realmente lo merece todo.  Solo esta mañana fue elegido como presidente de la comunidad...".

"¿Esta mañana?"

"Ya me has oído, esta mañana", repitió el hombre.

Avigdor se preguntaba si conocía a este Tzadok.  Desde que sus negocios comenzaron a deslizarse cuesta abajo, no se había interesado en absoluto en las cuestiones de la comunidad, y casi no conocía a ninguno de los líderes comunitarios.  Pero ahora, cuando debía entregarle una carta personal del Baal Shem Tov, Avigdor quiso conocer un poco más acerca del nuevo líder.

"¿Conoces al nuevo Parnás Jodesh personalmente?", preguntó Avigdor.

"Claro que si", respondió el hombre con orgullo.  "Puedo contártelo todo acerca de él.  Toda su vida vivió en Brod; lo recuerdo cuando era un niño.  Sus padres eran pobres y no pudieron darse el lujo de enviarlo a una Yeshivá. Tzadok se volvió un aprendiz de sastre y eventualmente puso su propia sastrería.  En realidad no era muy sastre que digamos, y la mayor parte de su trabajo consistía en remendar y arreglar ropa vieja.  No hace falta que te diga que era un hombre pobre, aunque jamás lo hubieras notado cuando hablabas con él. 

Si le preguntabas: 'Tzadok, ¿cómo andan los negocios?', siempre contestaba: 'Gracias a Di-s, tengo sustento'.  Pues bien, para decírtelo en pocas palabras, nadie sabe con exactitud como sucedió, pero hace un par de años comenzó a prosperar repentinamente.  Comenzó con un golpe de suerte, cuando un rico noble le encargó que arreglara los uniformes de sus sirvientes.  El noble le tomó simpatía, le agradó su trabajo y ordenó un par de uniformes nuevos.

No pasó mucho tiempo para que Tzadok lograra excelente reputación en las altas esferas, y comenzó a manejar un negocio magnífico.  Cuando los pedidos comenzaron a apilarse, contrató asistentes y aprendices.  Incluso recibió pedidos para algunos uniformes de oficiales y, de hecho, la mayoría de los sastres locales están trabajando para él.  Tzadok ya no tenía tiempo para coser él mismo; se convirtió en lo que la gente llama un 'contratista'; y enriquecía a baldes y bolsas.  Pero no creas que su éxito se le subió a la cabeza.  Se volvió uno de los más generosos filántropos, y aunque la gente ahora se dirige a él respetuosamente como 'Reb Tzadok, él sigue siendo el mismo hombre modesto que antes.  Simplemente pregúntale: 'Reb Tzadok, ¿cómo andan los negocios?' y te responderá igual que siempre: 'Gracias a Di-s, tengo sustento'.  Una respuesta bastante modesta, si me lo preguntas.  Pero bueno, ¿quién lo hubiera pensado hace algunos años?  ¡Apenas esta mañana fue elegido Parnás Jodesh y toda la ciudad está celebrando el suceso!"

Avigdor corrió hacia el gran Beit HaMidrash. Reb Tzadok estaba todavía allí y Avigdor le entregó la carta, comentando con cierta vergüenza:

"Siento mucho, Reb Tzadok, haberme retrasado tanto para entregarte esta carta...  Por favor, perdóname...".

Reb Tzadok tomó en sus manos el viejo y arrugado sobre, leyó lo escrito sobre él y lo abrió.  Mientras leía, su contenido lo sorprendía más y más.  Era un pedido personal del Baal Shem Tov, fechado unos dieciséis años atrás.  En la carta, el Baal Shem Tov presentaba al "cartero" como un judío que alguna vez habia sido un hombre sumamente rico, un comerciante exitoso, pero que ahora precisaba de ayuda económica.  El Baal Shem Tov pedía a Reb Tzadok que ayudara a este judío a volver a su situación anterior.  Para terminar la carta el Baal Shem Tov agregaba que, en caso de que el, Reb Tzadok, dudara si la carta era genuina, las dos siguientes 'señales' habrían de disipar todas sus dudas:

En primer lugar, esta carta le sería entregada exactamente en el primer día de su elección para el puesto de Parnás Jodesh.  En segundo lugar, en ese mismo día, su mujer le obsequiaría un nuevo hijo varón.

Reb Tzadok apenas había terminado de leer la carta cuando el Shamash —asistente de la sinagoga— entró exclamando con júbilo:

"¡Mazal Tov, Reb Tzadok! ¡Tu esposa acaba de dar a luz un varón!"

Reb Tzadok se quedó por un momento sin habla, imposibilitado de creer lo que estaba sucediendo.  El santo Baal Shem Tov, él lo sabía, había pasado a la vida del Mundo de la Verdad hacía algunos años, pero a pesar de ello le envíó una carta de su puño y letra que tardó tantos años en llegar a él, pero que fue entregada en el instante preciso.  ¡Y qué carta maravillosa!

Reb Tzadok se volvió a Avigdor, estrechó su mano, y le dijo:

"Estoy muy complacido de encontrarme contigo, Reb Avigdor, y no precisas excusarte por haber extraviado la carta durante tanto tiempo.  Te aseguro que llegó en el momento justo.  Ahora, quisiera invitarte para que seas mi huésped esta noche.  Tenemos algunos negocios importantes que analizar.  Bien me viene un hombre con tu experiencia".

Avigdor estaba allí de pie, sorprendido y agradecido por el rumbo de los acontecimientos.

"¿Hay algo que quisieras decir, Reb Avigdor?"

"No, no, realmente nada, fuera de ¡Baruj HaShem!  Estaré ciertamente en tu casa esta noche, si Di-s quiere".

 

Fuente: Mesilot Hatora

 

 

Lo pagaré tan pronto como pueda...


Una mujer pobremente vestida, con un rostro que reflejaba derrota, entró a una tienda. La mujer se acercó al dueño de la tienda y, de la manera más humilde, le preguntó si podía llevarse algunas cosas a crédito.

Con voz suave le explicó que su esposo estaba muy enfermo y que no podía trabajar; tenían siete niños y necesitaban comida.
El dueño le pidió que abandonara su tienda.

Sabiendo la necesidad que estaba pasando su familia, la mujer continuó: "Por favor señor, se lo pagaré tan pronto como pueda”.
El dueño le dijo que no podía darle fiado, ya que no tenía una cuenta de crédito en su comercio.

De pie cerca del mostrador se encontraba un cliente que escuchó la conversación entre el dueño de la tienda y la mujer. El cliente se acercó y le dijo al dueño que él se haría cargo de lo que la mujer necesitara para su familia.
El dueño, preguntó a la mujer: “¿Tiene usted una lista de compra?” A lo que ella le contestó afirmativamente. "Está bien", dijo el dueño, "ponga su lista en la balanza y lo que pese su lista, le daré yo en comestibles".

La mujer titubeó por un momento y cabizbaja, buscó en su cartera un pedazo de papel y escribió algo en él. Puso el pedazo de papel, afligida aún, en la balanza. Los ojos del dueño y del cliente se llenaron de asombro cuando la balanza se fue hasta lo más bajo y se quedo así. El dueño entonces, sin dejar de mirar la balanza dijo: "No lo puedo creer".

El cliente sonrió y el dueño comenzó a poner comestibles al otro lado de la balanza. La balanza no se movió por lo que continuó poniendo más y más comestibles hasta que no aguantó más.

El dueño se quedó allí parado con un gran asombro. Finalmente, agarró el pedazo de papel y lo miró con mucho más asombro... No era una lista de compra, era una oración que decía:

"Querido Señor, Tú conoces mis necesidades y yo voy a dejar esto en Tus manos".
El dueño de la tienda le dio los comestibles que había reunido y quedó allí en silencio. La mujer le agradeció y abandonó su tienda. El cliente le entregó un billete de cincuenta dólares al dueño y le dijo: “Valió cada centavo de este billete".

Sólo Di-s sabe cuánto pesa una oración. EL PODER DE LA ORACION.
Lector: Cuando leas este mensaje, haz una oración.

Eso es todo lo que tienes que hacer. Sólo detente ahora y haz una sencilla y sincera oración por ti, por los tuyos y por todos nosotros.
La oración es uno de los mejores regalos gratuitos que recibimos.

No tiene costo pero sí, muchas recompensas.
 


Fuente: Mesilot Hatorá

 

 

Cada uno y... lo que le corresponde

por Rabí Zevulún Weisberger

Las palabras salían de la boca de Adina tan rápido que sus padres sonrieron y dijeron: -Despacio, Adina. ¿La señora Gruen quiere que hagas qué? La pequeña Adina Gross de doce años explicó: La señora Gruen, una profesora de piano, vivía a unas cuadras de la casa de la familia Gross en Tel Aviv. Ahora que su bebita, Tsivia, tenía unos meses, la señora Gruen había empezado a dar clases de piano por las tardes. La señora Gruen había contratado a Lea Levy para que cuidara a Tsivia y lavara los platos del almuerzo durante su ausencia. Hoy Lea estaba enferma y cuando la señora Gruen vio a Adina en el makolet (almacén) esa mañana, le pidió que fuera a cuidar a su bebita.

No muchos podían pagar una niñera en Tel Aviv en los años cincuenta. Había tantas cosas que una niña deseaba a los doce años y que su familia no podía darle... y este trabajo le ofrecía la posibilidad de hacer realidad algunos sueños propios.
-¡Fue tan divertido, Ima! -dijo Adina emocionada-, y tan fácil. Sólo una bebita para cuidar y unos cuantos platos del almuerzo para lavar. Hice todos mis deberes y me pagó ¡una lira la hora! Cuando volvió dijo que hice un buen trabajo. Le dije que podía ir todos los días si quería y estuvo de acuerdo. Le dije que primero les tenía que preguntar a ustedes pero estoy segura de que me van a dejar, ¿no? ¿Aba, Ima?, terminó esperanzada.

El señor y la señora Gross se miraron, algo estaba mal. Finalmente, el señor Gross dijo: -Adina, mamá y yo tenemos que hablarlo, pronto tendrás una respuesta.

Adina deseaba muchísimo el trabajo de niñera. Era casi demasiado bueno para ser real, ¿por qué no estarían de acuerdo sus padres? El señor Gross volvió a la habitación y se sentó al lado de su hija.
-Adina -dijo despacio.
-¿Sí, Aba? Puedo hacerlo, ¿no? -preguntó. -Adina, me temo que no. No estaría bien.
Adina no lo podía creer.
-Pero... pero ¿por qué? ¿Qué tiene de malo ser niñera para la señora Gruen?
-Pensémoslo un minuto -dijo el señor Gross-. Contame otra vez cómo conseguiste este trabajo.
Adina repitió la historia:
-La niñera de la señora Gruen, esta chica, Lea, estaba enferma y hoy no pudo ir. Entonces, la señora Gruen dijo que podía tomar el trabajo en vez de Lea. ¿Qué tiene de malo eso?
-Vos lo acabás de decir -dijo el papá de Adina-. Le sacaste el trabajo a Lea. ¿Por qué tiene que perder el trabajo, que por lo que sabemos lo necesita muchísimo, por haber estado enferma un día?
-Pero, Aba -protestó Adina- ¡la señora Gruen me dijo que podía tomarlo! Nunca voy a encontrar un trabajo como éste. ¿Y quién dice que Lea lo necesita más que yo? -agregó mientras pensaba en la nueva mochila y en otros pequeños lujos que ahora, nuevamente, estarían fuera de su alcance.
-Adínale, la señora Gruen estaba completamente satisfecha con Lea hasta que vos te cruzaste y le pediste el trabajo. Hasagat guebul, sacarle el trabajo al prójimo, es un cuestión muy seria. ¿Es eso lo que querés hacer? Y en cuanto a otro trabajo, ¿quién sabe? HaShem le da a cada uno exactamente lo que le corresponde. Si se supone que vas a tener dinero extra, lo tendrás. Si no, no. No puedo permitir que le saques el trabajo a otra persona. Pensálo -le dijo al irse de la habitación.

Adina quedó pasmada. Mordiéndose los labios y apoyando una mano contra sus mejillas repentinamente hirviendo, murmuró:
-Enseguida vuelvo -y se fue de la casa.

El panorama cotidiano de una típica tarde tranquilizó a Adina y empezó a caminar. Enseguida llegó a su parque favorito de la calle Grusenberg. Sentada en un banco vacío, repasó mentalmente la conversación con su papá. Adina todavía no podía entender su comentario que "si es tuyo, lo tendrás. Si no, no." ¿De verdad es así?

Adina observó a dos mujeres, parecían madre e hija, que vinieron al parque y se sentaron en un banco cerca de ella. Sacaron unos sandwiches, se lavaron en una fuente cercana y hablaron mientras comían.
"Parecen contentas", pensó Adina, "imagino que no perdieron sus trabajos".

Seguía oyendo las palabras de su padre una y otra vez: "HaShem le da a cada uno exactamente lo que le corresponde". Deseaba poder creerlo.

En un momento, las mujeres se marcharon, seguían sonriendo y hablando. Estaban demasiado concentradas en la conversación para darse cuenta de que las bolsas de papel de los sandwiches se habían caído debajo del banco donde se habían sentado.

El próximo en aparecer por el parque fue un hombre que obviamente era un mendigo. Adina se sobresaltó, nunca había visto a nadie tan patéticamente pobre. Su vestimenta no era más que trapos emparchados. Los zapatos estaban rotos. Llevaba una vieja bolsa andrajosa en el hombro. Con ojos hambrientos, el hombre exploraba el parque. Cruzaba por el pasto de un banco a otro recogiendo basura y examinándola. Volvía a tirar los papeles al piso pero cuando encontraba trozos de comida: mendrugos de pan, frutas tiradas, pedazos de galletitas, las envolvía cuidadosamente y las ponía en la bolsa.

Adina estaba horrorizada. ¡El pobre hombre tenía que recoger basura en la calle para comer! Se lamentó de no tener nada para darle ya que había salido de su casa sin nada. Observó cuando se agachó en el banco cercano a ella, donde habían estado las mujeres. Con una sonrisa de satisfacción, miró las bolsas que habían dejado. En una encontró un sandwich, en la otra unas galletas partidas. Casi cariñosamente, envolvió su tesoro y lo puso en la vieja bolsa. Con una última y rápida mirada por el parque, el mendigo se marchó.

"Creo que no estoy tan mal", pensó Adina, "¿cómo imaginarse tener que vivir de basura?"
De repente, para sorpresa de Adina, las dos mujeres volvieron, pero ya no sonreían. La más joven estaba pálida y casi llorando. La mayor corrió al banco donde se había sentado, se agachó y empezó a buscar entre el pasto. La joven se dirigió a Adina:
-¿Viste a alguien en ese banco recogiendo algo, mirando? -Claro, sí -contestó Adina-. Había un mendigo ahí, buscando comida. Creo que encontró algo de pan y galletas, ahí donde estaban sentadas -dijo señalando el banco-. Las puso en su bolsa. Parecía contento cuando encontró tus bolsas.
-¡Oh, no! -dijo la joven lloriqueando-. Entonces, lo debe haber encontrado. Ahora nunca lo recuperaré.
-¡Javá, Javá, lo tengo! ¡Lo encontré! Estaba justo acá, debajo de una pata del banco, en el pasto -gritó la madre.
-Baruj HaShem -susurró Java al sentarse al lado de Adina. Su madre le dio una cajita blanca que ella abrió y mostró a Adina.
-Mirá -dijo.
Adina abrió los ojos. Dentro de la caja había un hermoso reloj de oro.
- Me acabo de comprometer y mi Jatán (novio) me regaló esto -explicó Javá al cerrar la cajita.
Adina asintió y dijo:
-"Mazal Tov".
-Se lo mostré a mi mamá y vinimos al parque a almorzar -continuó la joven-. No me lo puse todavía porque primero quería que lo viera mi padre. Luego, de camino a casa, vi que no lo tenía. ¿Te imaginás el miedo que tuve cuando dijiste que un mendigo había recogido nuestras bolsas? Pero Baruj HaShem, está acá. Sin embargo, no puedo entender cómo no lo vio. Estaba justo ahí.

Javá se paró, saludó y se fue del parque con su madre sonriendo nuevamente. Adina también se paró para irse. Mientras regresaba a casa, pensó: "¡Qué historia! Un reloj de oro estaba ahí, frente a él y ni siquiera lo vio. Si hubiera encontrado ese reloj, habría tenido suficiente dinero para comprarse comida durante meses. Pero, en cambio, todo lo que encontró fue un pan viejo. Creo que realmente no se suponía que ese reloj fuera para él, por eso no lo encontró. Aba debe tener razón. Cada uno recibe lo que es para uno, ya sea pan o relojes de oro o... trabajos de niñera" pensó, sonriendo tristemente. "Es todo tuyo, Lea.

Si necesito un tabajo, encontraré uno en alguna otra parte. ¡Si se supone que lo tengo que tener... lo tendré!"


Fuente: Mesilot Hatorá
 

 

El Pasaporte de R. Levi Yitzjak de Berdichev

Entraron los nazis en el pueblo. El padre tomó rápidamente a su hija en brazos y la llevó al sótano del edificio. Le dio una servilleta blanca en sus manos, le dijo que la lleve siempre consigo y se despidió de ella.

Los nazis concentraron a todos los judíos en la plaza del tren y los deportaron hacia al este. La pequeña niña pasó tres días sin comer y sin tomar nada, escondida en el sótano en el cual el padre la había dejado. Esa noche, sin poder soportar el hambre, salió la niña de su escondite. Era ya de noche muy tarde y ella comenzó a caminar por las calles hasta que llegó a la estación del tren. Al llegar allí justo un tren estaba saliendo. Ella solo soñaba con abandonar aquel infierno que se había llevado a toda su familia.

Corrió, corrió y corrió hasta que alcanzó al tren que ya había comenzado a andar y se subió al tren. Una vez dentro encontró un lugar entre los señores y se sentó allí. Al llegar a la frontera, sube un soldado alemán al tren y grita en voz alta: Documentos y/o Pasaportes. Y cada persona saca su pasaporte y lo muestra. Cuando llega el soldado donde se hallaba la pequeña, ella le enseña su servilleta, el soldado mira la servilleta, la revisa y se la devuelve sin decir palabra.

Si quieren saber cómo sigue la historia tendremos que remontarnos 200 años atrás.

Un buen hombre se había enfermado. Los médicos locales dijeron terminantemente que si quería salvar su vida tenía que viajar hasta Viena y operarse allí. Los gastos del pasaje ida y vuelta y de la operación ascendían a mil rublos. Este señor vendió todas sus pertenencias y logró exactamente mil rublos. Se dirigió a la policía de su pueblo para conseguir un pasaporte para salir del país. Al llegar allí, el policía le gritó:

¡Sucio Judío! Tú no tienes derecho a recibir un pasaporte. Si quieres uno tendrás que pagar mil rublos, sino olvídate de tu pasaporte.

Y este pobre judío no sabía lo qué hacer, el ya había vendido todas sus pertenencias. Solo tenía mil rublos, ese era todo su capital. Desconsolado, salió de la estación de policía y se dirigió a la ciudad de Berditchev. En esta ciudad vivía en aquel entonces el gran tzadik Rabí Levi Yitzjak de Berditchev. Golpeó en la puerta de su casa y entró. El Rabí estaba sentado estudiando un libro. Se acercó muy agitado y le contó lo que había pasado. Rabí Levi Yitzjak le dijo que se siente y siga leyendo el libro que en ese momento estaba estudiando. Rabí Levi Yitzjak entró en su cuarto y empezó a llorar. Y desde afuera este hombre escuchaba llantos gemidos y plegarias. Así durante tres o cuatro horas. Mientras este señor leía.

Al salir Rabí Levi Yitzjak de su cuarto se acercó al buen hombre le entregó una servilleta empapada en lágrimas y le dijo:

Este será tu pasaporte.

El hombre abrió la servilleta y esta era un simple papel en blanco. Pero si el Rabí le dijo que ese era su pasaporte él sabía lo que decía.
Confiado se dirigió a la estación de tren y logró con su pasaporte cruzar la frontera. Llegó a Viena, se operó volvió de Viena salvando su vida y viviendo por mucho años más.

Esta servilleta con las lágrimas de Rabí Levi Yitzjak pasó de padre a hijo, hasta que llegó a las manos del padre de esta pequeña niña. Con este pasaporte esta niña logró escaparse de Europa, llegar a Israel y construir allí su hogar.

Esta mujer vive hoy en Jerusalem y ella pidió que cuando muera sea enterrada junto con su pañuelo, pues si este pañuelo logró salvar la vida de su tatarabuelo que logró salir de Rusia para operarse. Si este mismo pañuelo, más de cien años más tarde logró salvar su vida posibilitándole salir del infierno de la bestia Nazi, entonces seguramente este pañuelo al morir también le abrirá las puertas del paraíso para encontrarla con el alma pura del gran sabio de Berditchev y agradecerle por salvar su vida.

Dice la Guemará, “Los portones de la tefilá están cerrados, los portones de las lágrimas no están cerrados”. Quien llora y reza con todo su corazón construye con sus lágrimas el milagroso pasaporte que permite pasar por todos los infiernos, atravesar todas las dificultades, hacer teshuvá completa y llenar de luz todo el mundo que nos rodea.


Fuente: Mesilot.org


 

 

El sueño del Rey

por Rab. Jaim Bloch

En los tiempos del ARI, el rey de un país lejano había ordenado a los judíos entregar a su cámara del tesoro, una cuantiosa suma. Estableció para ello un plazo de tres meses. Y ésta era la orden del rey: "Si los judíos no entregan el dinero antes del día establecido, tendrán que abandonar el país bajo pena de muerte si no lo hacen".
Los mensajeros reales llevaron la orden a todas las tierras donde tuviera fuerza la palabra del rey, y en todas partes estaban decididos a echar a los judíos en caso de que no entregaran el dinero en el plazo fijado. Pero la suma que exigía el rey era tan alta, que ninguna persona razonable creía posible que los judíos consiguieran reunirla.
En todos los lugares del país donde vivían judíos reinaba un gran dolor. Se prescribieron ayunos y se dirigieron fervorosas oraciones al Todopoderoso.
Pero el Señor de los Ejércitos no permite que Su pueblo sea avergonzado, y antes de imponerle una gran aflicción y tribulación, prepara también la ayuda.
Los judíos de aquel país ya habían oído hablar, desde hacía mucho tiempo, sobre Rabí Isaac Luria, el formidable y santo cabalista de Eretz Israel, y les llegó la noticia de las cosas maravillosas que por la palabra de su boca ocurrían. Por tal motivo, decidieron en consejo enviar emisarios a Safed, la ciudad donde el Rabí sacaba la palabra del Creador de la fuente de aguas vivas, con el fin de que éste implorase la misericordia del Cielo para con ellos.
Los emisarios tomaron consigo mucho dinero para que nada les faltara durante el larguísimo camino y emprendieron el viaje.
Llegaron a Safed un viernes. Aunque aún no habían tomado alimento alguno y estaban muy cansados por el largo viaje, no tardaron en buscar la casa de Rabí Luria, pues la vida de miles de judíos estaba en juego. Encontraron a algunos judíos, que iban de prisa justamente a casa del ARI y les preguntaron:
¿Dónde vive el Rabí?
Estos los condujeron allí. Ya el ARI vestía las ropas blancas del Shabat, pues era su costumbre recibir el día santo con gozo y alegría, mucho antes de ponerse el sol y rodeado de sus piadosos discípulos. Su semblante relucía como el sol; a los enviados les pareció como un ángel del Cielo y temieron acercársele. Un gran temor los estremeció y quisieron retirarse, pero el ARI se dirigió a ellos:
¿Qué es lo que os ha impulsado a venir y qué solicitáis de mí?
¡Vida a nuestro señor, guía y maestro!, respondieron en voz baja. Un tiempo de penurias ha venido sobre Israel y hemos corrido hacia ti, desde un país lejano, para que eleves tu voz y cambies la terrible desgracia.
Relataron minuciosamente todas las circunstancias y las lágrimas brotaron de sus ojos. Rabí Isaac les respondió con voz dulce y suave:
¡Que el santo día del Shabat no sea tiempo de sufrimientos! Quedaos conmigo, hermanos, durante el Shabat, y después que haya pasado veréis cuán cerca está la ayuda de Di-s. ¡Mientras tanto, recibamos el Shabat con alegría!, les dirigió algunas palabras de consuelo y elevó sus ánimos.

Al atardecer del sábado, justo tras la Havdalá, el ARI indicó a sus discípulos que tomaran una cuerda resistente; entonces les dijo a ellos y a los emisarios: ¡Venid conmigo!

Caminaron un largo trecho. Fuera de la ciudad, en campo abierto, dijo el ARI: Deteneos!, señaló hacia una profunda fosa y dijo: Dejad caer la cuerda en la fosa hasta el fondo y sujetad el extremo con fuerza.

Los discípulos hicieron lo que el Maestro les había mandado.

Y ahora, dijo, ¡tirad con todas vuestras fuerzas!

Entonces tiraron de la cuerda con gran esfuerzo hasta que quedaron casi agotados, lo cual les sorprendió grandemente. De pronto salió ante su vista un hermoso lecho. En él yacía un hombre, en cuyo semblante los emisarios reconocieron a su rey. Todos quedaron desconcertados. El ARI, sin embargo, se acercó al hombre y lo despertó del sueño. Éste miró espantado alrededor suyo. El ARI se dirigió a él:

Habla: ¿eres tú el hombre que obliga a mis hermanos los judíos a dar algo que no pueden dar? Yo soy, respondió.

Entonces Rabí Isaac le entregó un cántaro sin fondo y dijo: Deberás vaciar ese pozo, ¡Oh, rey!, antes del amanecer.

Cuando el rey vio el balde sin fondo, gritó desesperado: ¡Ay de mí! Y aunque viviera mil años, ¿podría vaciar el pozo?

¿Eso te aflige?, respondió en ARI, ¿y por qué eres tan desalmado con los infelices judíos y exiges de ellos un esfuerzo imposible? Si revocas ahora de buen grado tu orden, de daré la libertad de nuevo; pero si no lo haces, ¡tendrás que sacar agua del pozo durante tanto tiempo que te morirás de cansancio!.

Revocaré la orden, dijo el rey apocado; perdóname sólo la vida.

Entonces, mandó el ARI: saca tu anillo del dedo y sella esta escritura. En ella decía: "Hoy he recibido de los judíos la totalidad del dinero".

El rey se quitó el anillo y selló el escrito. Entonces le dijo el ARI: Estás libre. Y ahora dime: ¿quieres volver a casa a través del agujero? Sólo duraría un breve instante. ¿O deseas regresar a tu país del modo natural, que demoraría dos meses?

Ciertamente, respondió el rey, quisiera volver a casa del mismo modo como he llegado aquí.

Entonces el ARI mandó a sus discípulos asegurar la cama a la cuerda y les ordenó bajarla. A los emisarios les dijo:

Regresad a vuestro país y anunciad a vuestros hermanos que la deuda impuesta está liquidada.

El rey despertó con el corazón agitado. Se encontró en su dormitorio como siempre, y se dijo: "Ha sido espantoso, pero por suerte era sólo un sueño".

Cuando llegó el día señalado, el rey mandó a exigir a los judíos la entrega del dinero. Entonces los delegados de los judíos aparecieron ante el rey y dijeron:

Aquí está el recibo. Reconoce, rey y señor, tu firma y tu sello, y presentaron la escritura.

El rey reconoció su firma y del terror cayó en un desmayo del cual sólo se despertó después de media hora.

Tenéis razón, dijo entonces el rey, e hizo pregonar enseguida por todo el país:

"Quien haga daño a un judío morirá".

Entonces todos reconocieron el milagro que Di-s había hecho a Su pueblo y cómo los había liberado de las manos de su opresor. El rey por su parte entregó muchos regalos a los judíos y los mandó al Rabí con respetuosos saludos.
 


Fuente: MesilotHatorá


 

 

El vendedor de lino

por Rab. Nissan Mindel

Había una vez en Polonia un mercader judío que comerciaba con lino. Solía comprar su mercadería a ricos terratenientes polacos y venderlo al exterior. Este mercader era un hombre muy rico y en extremo caritativo. Se ocupaba con particular esmero de rescatar a judíos pobres que habían sido enviados a prisión por atrasarse en el pago de sus alquileres. Incluso sucedía que alguno de estos así llamados “nobles” tomaba como rehén al hijo de alguno de sus deudores y lo retenía cautivo hasta que la deuda fuera saldada, y este judío acudía en su ayuda.

En aquellos días el terrateniente tenía poder absoluto sobre la gente que vivía en sus tierras, sin que el gobierno del país interfiera en absoluto.

De modo que, cuando este mercader judío visitaba a algún terrateniente que tenía lino para vender, siempre preguntaba acerca de judíos de la región. Si escuchaba que alguno se hallaba en problemas económicos, de inmediato se entregaba a su ayuda.

Cierto día sucedió que este mercader estaba viajando en su carro, tirado por varios caballos, y se quedó dormido. Las riendas se deslizaron de sus dedos y los caballos cabalgaron a su antojo.

De repente, el carro se detuvo y el mercader despertó. Mientras frotaba sus ojos, vio un carruaje al costado del camino. Tenía una rueda quebrada, que el conductor de la carroza intentaba repara. Dentro de la misma, un impaciente terrateniente parecía muy disgustado.

El mercader se acercó y preguntó si podía ayudarle en algo. El terrateniente estaba más que contento. Señalando en dirección a su chofer, dijo:

“Este hombre ya se encargará de la carroza. Pero me sentiría muy agradecido si me llevas hasta la posada, a unos quince minutos de viaje de aquí. Me muero por un trago de aguardiente. Con el mayor gusto también te invito a ti con uno”.

“No gracias. No tengo sed, pero me hará feliz llevarte hasta la posada”.

El mercader judío no conocía el camino, ya que nunca antes había estado allí. Su caballo había elegido circunstancialmente tomar esa vía en particular mientras su amo dormía serenamente. Pues bien, seguro que la Divina Providencia había puesto Su mano en el asunto. Los dos hombres iniciaron una amistosa conversación, en la que el terrateniente se enteró que el mercader judío comerciaba con lino y lo invitó a visitarlo luego de la cosecha, para venderle el suyo.

Tomando nota del nombre y la dirección del terrateniente, el mercader prometió hacer honor a la invitación.

Muy pronto llegaron a la posada, a cargo de un judío de mediana edad, que al ver al terrateniente salió presuroso a recibirlo. Lo guió hasta el comedor, tendió un mantel blanco sobre la mesa y dispuso ante él aguardiente, pescado y otras delicias. Mientras el posadero servía al terrateniente bebida y alimentos, el mercader de lino se dirigió a una habitación contigua, donde después de lavar sus manos comenzó a rezar Minjá, las oraciones de la tarde. Ya estaba por recitar Aleinu, cuando escuchó la voz alta y medio borracha del terrateniente que gritaba al pobre posadero:

“Tu, Moshke, no esperes de mí más tiempo para pagar la renta que me debes por esta posada. Será mejor que pagues pronto, pues de lo contrario...”.

La preocupada voz del pobre posadero apenas si podía oírse, pero el mercader logró escuchar algunas frases cortadas como “un año muy duro” y “tanta nieve y lluvia...”.

Cuando el mercader finalizó sus oraciones de Minjá se preparó para partir. El posadero lo invitó a quedarse un poco más y gozar de algún refrigerio antes de su partida, pero el mercader se negó. Por el contrario, agradeció la gentileza del posadero y le dijo que estaba un tanto apurado ya que había desperdiciado bastante tiempo al extraviarse por el camino. Sin embargo, preguntó al posadero si tenía algún problema con el terrateniente.

“El Todopoderoso seguro ayudará”, respondió el posadero. “En varias ocasiones el terrateniente ha extendido mi crédito. Esperemos que lo haga de vuelta una vez que se le pase la borrachera”.

El verano estaba por terminar y la época de la cosecha del lino había comenzado. El mercader judío recordó su cita con el terrateniente, y partió para hacer con éste algún buen negocio. Los hombres llegaron a un acuerdo acerca de las cantidades y los precios, y se decidió cuál sería la suma a dejar en carácter de depósito. El mercader estaba muy satisfecho con la transacción, pues veía que le dejaría una hermosa ganancia. También el terrateniente estaba complacido, pues no había espera recibir tan buen precio por su lino. Una vez más, aprovechó la oportunidad para agradecer al mercader por haberlo ayudado en aquella oportunidad en que se rompiera su carroza.

“¿Y cómo está nuestro amigo, el posadero?”, preguntó el mercader. “Oh, perdí toda mi paciencia con aquél hombre”, respondió el terrateniente. “No vi otro camino que encerrarlo en la cárcel. Allí quedará hasta que su esposa pueda encontrar el dinero para poner al día su renta atrasada, y sólo entonces será puesto en libertad”.

“¡No puedes decirlo en serio!”, protestó el mercader. Pero todas sus súplicas fueron en vano. El terrateniente parecía decidido; no mostraría más piedad.

“¿Cuánto te debe el posadero?”, preguntó el mercader.

La suma que mencionó el terrateniente era idéntica al depósito que el mercader estaba por darle por la compra de su lino.

“Aquí tienes el dinero que cancela deuda del posadero”, dijo el mercader entregando el dinero al terrateniente.

El terrateniente se quedó mirándole perplejo. Cuando se hubo recuperado, le dijo:

“¿Cómo puedes gastar tanto dinero por alguien que es para ti un extraño? ¡El posadero no es nadie para ti!”

“Él es judío; es mi hermano”, respondió el mercader, y se puso de pie para irse.

“¡Oye! ¿Qué hay de nuestro negocio?”, preguntó el terrateniente.

“Me temo que tendremos que olvidarlo. No tengo más dinero conmigo”, respondió el mercader.

“¡Jamás en toda mi vida he pasado por algo igual!”, exclamó el terrateniente. “No sólo has regalado una fortuna por alguien que te es totalmente ajeno, sino que has perdido un excelente negocio que podría haberte dejado una hermosa ganancia, estoy seguro. Mira, veo que eres un hombre de refinado carácter. Dejaré que nuestro trato siga en pie sin dejar depósito”, tras lo cual se sentó, firmó el contrato y lo entregó al mercader judío.

Luego el terrateniente hizo traer al posadero, quien llegó harapiento y preocupado. Obviamente había pasado momentos terribles y había sufrido mucho por estar en la cárcel.

“Moshke”, dijo el terrateniente, “éste es tu benefactor. Él ha pagado la renta que me debes, de modo que ahora estás en libertad para continuar con la posada. Pero no olvides pagarme el alquiler en fecha. No puedes esperar semejante milagro cada día”.

Mientras el mercader y el posadero estaban juntos cerca de la puerta, estrechando sus manos sin palabras, el terrateniente se volvió al mercader y le dijo:

“Tengo un acaudalado cuñado que también comercia con lino. Te daré una carta para que la lleves”.

El terrateniente se sentó de inmediato y escribió una carta en la que alababa al mercader judío y recomendaba a su cuñado hacer negocios con él, que serían para satisfacción mutua, como lo sabía por su propia experiencia con él.

El mercader llevó al posadero de regreso a su hogar, junto a su familia. Su alegría ante la bondad que les había mostrado su maravilloso benefactor no conocía límites. La única cosa que ahora preocupaba al posadero era cómo podría pagar el mercader el dinero que éste había gastado en su rescate.

“No venderé esta mitzvá de Pidión Shvuím (rescate de cautivos) ni por todo el dinero del mundo”, dijo el mercader. “Y, de todos modos”, continuó, “espero lograr una buena ganancia en este negocio con el lino del terrateniente, que compensará con creces el dinero que he gastado para liberarte. No esperaba que sucediera nada de todo esto. Fue la Providencia Divina la que me condujo al terrateniente y a tu posada y, si quieres saberlo, creo que bien te mereces una comisión por este negocio. Así que olvida tener alguna deuda conmigo... Considéralo tu comisión”.

Mientras el mercader estaba hablando, el rostro del posadero se iluminó y sus ojos brillaron con gratitud. Le faltaron las palabras, pero éstas no hacían falta para demostrar al mercader qué era lo que sentía.

El mercader dejó al posadero con una amistosa sonrisa y un apretón de manos que expresaba la felicidad de ambos hombres.

Entonces emprendió el camino hacia el otro Terrateniente, para quien tenía la carta de recomendación. A su arribo entregó la carta al terrateniente, quien al leer las alabanzas que su cuñado escribía acerca del mercader no perdió tiempo y le mostró su lino.

Mientras estaban atareados discutiendo su negocio, se escuchó el lastimero llanto de un niño, en idish:

“Quiero ir a casa, quiero a mi papá y mi mamá”.

El mercader pegó un salto. “¿Qué significa esto? ¿Qué está haciendo un niño judío lejos de sus padres?”, exigió saber.

“Lo estoy reteniendo hasta que mi inquilino pague lo que me debe”, respondió el terrateniente. “Pero... volvamos a nuestro negocio”.

“Yo no puedo hacer negocios con alguien que puede ser tan cruel como para arrancar a un niño de sus padres”, y se levantó dispuesto a irse.

El terrateniente estaba boquiabierto. Pero ansioso por no perder un buen trato comercial, dijo:

“Está bien, puedes tener al niño judío. Sigamos con nuestro negocio”.

A continuación hizo traer al niño y le dijo al mercader judío dónde vivía. Incluso le vendió su lino sin exigir depósito alguno, tal como lo hiciera su cuñado.

Una vez más, el mercader judío se sentía realmente feliz; había ganado otra inmensa mitzvá y, además, un buen negocio.

Pero la verdadera recompensa todavía estaba por llegar. Pues, como cuentan los jasidim, este mercader fue bendecido con dos ilustres hijos: Rabí Elimélej, (el Rebe de Lizensk) y Rabí Meshulam Zushe (el Rebe de Anípoli), dos hermanos cuya santidad se hizo célebre como seguidores del maguid de Mezritch y como Rebes jasídicos famosos en mérito propio.
 


Fuente: MesilotHatorá


 

 

Historia del Rabino y su hijo

Hubo una vez un rabino que había dedicado su vida entera a estudiar la Torá y a desentrañar sus más ocultos sentidos. Con todo su corazón cumplía los mandamientos de la Ley hasta en sus mínimos detalles y procuraba que sus allegados los cumplieran.

Cuando nació su hijo, siendo él ya de avanzada edad, sintió que todos sus esfuerzos habían sido recompensados, pero también la responsabilidad, asignada por Di-s, de educar a su hijo como un buen judío. De este modo, consagró su vida a enseñarle a comprender profundamente la Escritura y a observar desde el primero hasta el último de los mandamientos, sin apartarse nunca de ellos.

Al Rabí le parecían sus peores enemigos los soñadores y exaltados que subvertían a su juicio el sentido de las más elevadas enseñanzas con una sarta de fantasías, que amenazaban con vincular sus desvaríos con el severo poder eterno de la Torá, y permitían al corazón humano jugar y revolotear allí donde sólo debían prosperar pensamientos sólidos. El niño creció y se hizo muy ducho en la interpretación de los libros sagrados. Tenía en la casa de su padre un pequeño aposento para retirarse a estudiar las Escrituras y a meditar en su significado. Pero su alma no lograba perseverar por mucho tiempo en tales ocupaciones y volaba una y otra vez hacia los trigales dorados y hacia los lejanos bosques llenos de pinos de color verde oscuro. Se sentía entonces como un pájaro, feliz entre el aire libre y puro y los olores del bosque. Al descubrirse en ese estado, se obligaba a retornar a sus obligaciones, porque realmente anhelaba el saber que, según le habían enseñado, se encuentra sólo en los libros. Pero en cuanto, con la cabeza entre las manos, se inclinaba sobre éstos, los anhelos de su alma volvían a inquietarlo. No podía asomarse a la ventana a contemplar el cielo sin comenzar a buscar en lo profundo de sí mismo y a encontrar maravillosas tierras y regiones celestes que le descubrían un mundo desconocido.

De este modo, el joven adquirió inmensos conocimientos, pero su sabiduría no brotaba de la palabra escrita, sino de su propia alma, y con extraño fuego irrumpía en su corazón y lo hacía florecer. También crecía en él una ilimitada fuerza espiritual y cuanto decía era puro como el cristal y todas sus acciones eran bendecidas. Cuando caminaba por su estudio era como su anduviera sobre las olas de un océano sin fin. En él, la sabiduría y la santidad se unían en esa mutación esencial e indescriptible que se llama la escala de la pequeña luz y que aparece de cuando en cuando en algún alma. Por ella transitaba el joven con la mayor inocencia. Sin embargo se sentía un ignorante y se aplicaba cada vez con mayor ahínco al estudio. Pero si se dedicaba sólo a los libros, se sentía abandonado en la inmensidad de un desierto. Retornaba entonces a la búsqueda y al silencio interiores, aunque tampoco éstos le procuraban la paz, que anhelaba con la misma fuerza con que las almas aún no nacidas desean la vida terrenal. Su corazón quedaba tenso como un arco que va a lanzar una flecha y no como las cuerdas de un instrumento que ejecutara bellas melodías. Aun en los más sublimes instantes sentía una carencia imposible de definir y lo atormentaba aquella ausencia para la que no hallaba nombre. No conseguía tampoco expresar su pesar, y cuando lo intentaba, salían de su boca palabras muy diferentes a las que hubiera querido pronunciar, incapaces de comunicar el estado de su alma.

Entre todos los conocidos, sólo lograba confiarse a un jasid, precisamente uno de aquellos soñadores que tanto disgustaban a su padre el rabino, pues presentía que en su proceder tan libre había algo en común con sus propias inquietudes y vuelos espirituales. Su padre se enojó mucho al saberlo, pero el joven era incapaz de interrumpir el trato con el jasid. Una vez conversaba con dos discípulos de éste, y con gran esfuerzo encontró las palabras adecuadas para transmitirles la inquietud y el anhelo de algo desconocido que lo atormentaban. Estos le respondieron:

- Sólo hay un hombre que puede ayudarte: es el gran tzadik que vive no muy lejos de aquí. Le ha sido otorgado el don de leer en las almas y devolverles la paz. De sus ojos emana la bendición de Di-s y la dispensa a todos. Alza su mano hacia los que sufren y ellos respiran aliviados como quien despierta de un mal sueño. Borra de las frentes el pesar y el disgusto, anula los efectos del odio y enseña a los tristes a disfrutar de la belleza del universo.

- ¿Es un hombre sabio?--preguntó el joven.

- Eso no lo sabemos, porque nunca habla de las cosas que se aprenden en los libros, pero sí sabemos que su fuerza actúa de cerca y de lejos y que hace el bien a todos.

- ¿Es un hombre santo?--preguntó de nuevo el joven.

- Eso tampoco lo sabemos, porque no se aparta de los demás ni evita tratar a los pecadores. Pero sabemos a ciencia cierta que no abandona a nadie y que alivia los corazones de sus cargas, de modo que la redención y el consuelo son su riqueza.

- ¿No es cierto--volvió a preguntar el joven mirando hacia su interior y no hacia sus interlocutores--que la acción y la redención se unen en ese estado de Gracia que se denomina la escala de la pequeña luz y que de tarde en tarde aparece en algún alma para que obre sobre las demás?

Al oír esto, los discípulos callaron, conmovidos por el inusitado fervor de sus palabras, pero el joven permanecía como arrobado sin notar lo que en ese instante ocurría en él.

Pero aquella conversación lo decidió a visitar al tzadik y a revelarle su estado espiritual. Explicó a su padre su intención y solicitó su permiso para realizarla, para que la vida no perdiera todo significado para él. Sin embargo, para el padre resultó una gran ofensa que su hijo quisiera visitar a aquel loco milagrero, y trató de disuadirlo con todas las razones que pudo encontrar. Cuando el hijo insistió en su deseo, pese a todos los argumentos, lo reprendió violentamente y le reprochó lo poco digno que, para el hijo más instruido de una larga estirpe de estudiosos de la Ley, resultaba buscar su perfección espiritual junto a un hombre tan extravagante. Después lo despidió enojado, pero el joven volvió repetidamente a suplicarle visitar al tzadik de forma cada vez más apremiante.

Todos en su casa se apercibieron de como, a causa del desasosiego y la melancolía, la vida del joven se agotaba poco a poco, y se iba extinguiendo como una llama. Cada vez que imploraba por el cumplimiento de su deseo, el corazón de su padre se conmovía un poco más, hasta un día en que, lleno de piedad, no pudo resistir más y prometió llevar él mismo a su hijo ante el tzadik. Pero en el fondo de su corazón albergaba la esperanza de, con ayuda de sus vastos conocimientos, hacer quedar al extraño como un ignorante y un tonto. Comenzó entonces por decirle a su hijo:

- Esto tendremos por señal de que el Cielo está de acuerdo con nuestro viaje: que durante su transcurso, nada pueda detenernos. Pero si algo sucede que interrumpa nuestra marcha, lo tomaré como aviso de que no hacemos lo justo y tendremos que regresar.

Al día siguiente, padre e hijo partieron. Llevaban algunas horas de viaje, cuando el caballo tropezó y la carreta en que iban se volcó. Aunque ambos salieron ilesos, el padre tomó el hecho como señal de que no debían seguir adelante.

Así regresaron a su casa. Pero desde ese instante, el hijo cayó en un estado tan enorme tristeza que el padre temió por su salud y accedió a emprender de nuevo el viaje. Habían recorrido ya la mitad del camino, cuando el eje del carro se rompió. El rabino, asustado, lo tomó de nuevo como un signo de advertencia y ordenó regresar a casa. El hijo quedó de nuevo desplomado por la tristeza hasta que el padre temió por su vida y convino en viajar por tercera vez. En esta ocasión el rabino decidió no regresar ni tomar como señal ningún incidente.

Viajaron hasta el anochecer, y con las primeras sombras buscaron un sitio donde alojarse. Mientras descansaban y cenaban, llegó un comerciante, también de viaje, y se sentó con ellos a la mesa.

Entraron en conversación. El rabí había mandado a su hijo a no mencionar ante terceros el motivo de su viaje, porque aún creía que tendría que avergonzarse de haberlo emprendido. Durante un rato hablaron sobre varios temas mundanos, y el padre quedó asombrado por los conocimientos del forastero sobre el mundo, y por la amenidad de su conversación. De este modo, el Rabí fue adquiriendo confianza en él y contándole muchas más cosas de las que al principio había pensado. Entonces, el comerciante llevó sutilmente la conversación hacia los tzadikim y los lugares en los que se les podía encontrar, y dijo al rabino que no muy lejos de allí vivía uno de ellos, famoso por sus cualidades y hechos. Al decir esas palabras, miró significativamente al joven, callado y como ausente hasta el momento. Este saltó como un resorte.

- ¿Conocéis personalmente a ese tzadik?
- Lo conozco muy bien--respondió el comerciante con una sonrisa amable y maliciosa.
- En ese caso sabréis sin duda, si realmente es un hombre tan santo y tan justo como se dice.
El forastero se echó a reír y dijo:
- ¿El tzadik un hombre justo y santo? ¡Nunca en mi vida había conocido a un hombre tan malvado! He visto con mis propios ojos sus pecados y como engaña a quienes acuden a él en busca de auxilio.
El rabino se volvió hacia su hijo:
- ¡Ya te lo había advertido yo! Este señor ahora lo confirma. Volvamos a casa y espero que olvides de una vez esa locura.
Así lo hicieron, pero al llegar a su hogar, el joven se tendió en su cama y entregó el espíritu.
El padre quedó sumido en un dolor sin límites. Algunas semanas después de su muerte, el joven se le apareció en sueños con el rostro encendido por la cólera. Tembloroso, el padre le preguntó:
- ¿Por qué te veo en tan horrible forma, hijo mío?
- Vete a ver al tzadik y lo sabrás--respondió.

Por la mañana, el rabí meditó durante largo rato sobre aquella visión, pero pensó al fin que sería un mal sueño como cualquier otro. Pero a la noche siguiente volvió a soñar lo mismo, y aun una tercera, hasta que el padre, que no hallaba sosiego, partió en busca del tzadik.

Al caer la noche, rendido por el hambre y el cansancio, buscó albergue en una posada. Llevaba un rato sentado a la mesa cuando se percató de que era el mismo lugar en el que había estado semanas atrás con su hijo. Estremecido, miró a su alrededor y vio cerca de él al comerciante que aquella noche se había sentado con ellos. ¿En qué momento había entrado? No lo sabía, pues al llegar estaba vacío el comedor. Sintió un dolor aun más profundo al recordar aquel encuentro.

- ¿No sois aquel comerciante con el que hablé aquí mismo hace poco?--preguntó al fin.

El hombre estalló en una espantosa carcajada y respondió:

- Yo mismo soy, y he logrado lo que quería: recuerda cuantas veces te negaste a que tu hijo visitara al tzadik. Cuando te decidiste a ello, primero hice tropezar tu caballo y regresaste; después rompí el eje de tu carro y de nuevo te volviste sobre tus pasos; por último viniste aquí, te encontraste conmigo y escuchaste de mi boca palabras que te hicieron desistir una vez más. Ahora que por fin he matado a tu hijo, puedo contarte la verdad: tu hijo había recorrido la escala de la pequeña luz, pero al tzadik le había sido otorgada la escala de la gran luz. Si se hubieran encontrado en este mundo, se hubiera cumplido finalmente la Palabra y el Mashiaj habría aparecido. Ya tu hijo está muerto y conoces los motivos, así que puedes largarte.

En cuanto hubo terminado de hablar, el falso comerciante desapareció en el aire con otra espantosa carcajada. El rabí quedó paralizado de terror. Cuando logró reponerse, continuó su viaje y llegó hasta el tzadik, se arrojó llorando a sus pies y clamó:

- ¡Ay de aquellos que se pierden y no pueden ser encontrados! ¡Ay de ellos! ¡Ayúdame, te lo suplico!


Fuente: Mesilot.org

 

 

La Salsa de Mamá

Había una vez un muchacho, bien alto, muy buen mozo. Rico, muy exigente y mañoso con la comida. Su madre estaba desesperada, pues le compraban y preparaban las comidas más exquisitas en la casa, pero no le gustaba nada.

Una noche fue a comer a un restaurante, quería saber si existía allí algo que le gustara. Se sentó, ordenó varios platos, los probó pero ninguno le agradó. Los puso a un lado y gritó:

"¡¿Aquí, acaso, no saben cocinar?!"

Entonces, se le acercó un camarero y le dijo:

"Si quieres comer bien, yo te ayudaré. Sólo espera que termine mi trabajo y me acompañarás. Mi madre cocina muy, muy bien. Te aseguro que nunca comerás con tanto agrado como en nuestra casa."

El muchacho que siempre estaba listo para probar nuevas comidas, aceptó la invitación con muchas ganas. Esperó al mozo hasta que éste terminara su trabajo.

Una vez ya fuera, el muchacho le preguntó al mozo en dónde vivía y él le contestó que muy cerca del lugar donde estaban.

Empezaron a caminar, a caminar ya caminar, escalaron cerros, bajaron llanuras. Después de algún tiempo, el muchacho preguntó:

"¿Estamos muy lejos todavía?"

El mozo contestó que estaban por llegar.

Continuaron caminando y, luego de dos horas o más llegaron a la casa de la mamá del mozo. Subieron cuatro pisos y finalmente el muchacho que estaba muy cansado, pudo sentarse al lado de la mesa.

El mozo llamó a su madre y le dijo:

"Por favor trae un poco de la salsa que sólo tú puedes preparar."

"Con gusto, dijo la mamá y se fue a la cocina y trajo una buena cantidad de salsa. El muchacho se acercó al plato y comió la salsa sin dejar ni una gota. Llamó a la mamá, agradeció la comida y le dijo:

"Señora, en toda mi vida, nunca, comí una salsa tan sabrosa como la suya. ¿Podría servirme un poco más?"

El mozo se echó a reír y le respondió al muchacho: - "La salsa es la misma que tú comiste en el restaurante, pero tú nunca te habías sentado a la mesa tan cansado y con tantas ganas de comer como ahora."
 


Fuente: Superforum.fr
 

 

El Procedimiento Quirúrgico

En 1854, Rabi Ieoshua Rokeaj, el Rebe de Belz, sufría de una sucesión de misteriosas dolencias.
Aunque sentía un profundo dolor, mantenía siempre un semblante alegre. Sus jasidim, de todas formas, estaban terriblemente preocupados, no por la enfermedad en si misma- pues para ellos era curable- sino debido a ciertas insinuaciones del Rebe, que sentía que su final estaba cerca.
En la siguiente oportunidad en que la salud del Rebe empeoró, decidieron no ahorrar esfuerzos y dinero y lo llevaron a Viena. Allí, en el sitio de más renombre médico de todo Europa, acudieron a los más importantes especialistas. Los médicos anunciaron su diagnóstico: se debía llevar a cabo una complicada y riesgosa operación con extrema urgencia.
El Rebe de Belz llevó a cabo sus preparativos. Se sumergió en la Mikve (baño ritual), escribió su testamento, recitó con gran emoción las palabras del Vidui (confesión final). Sólo cuando hubo finalizado con ello, permitió que se lo trasladara al quirófano.
El equipo de cirugía estaba reunido alrededor del Rebe. Todos esperaban la señal del jefe de Cirugía al anestesista para comenzar la intervención.
De pronto, para sorpresa de todos, el Rebe llamó a uno de los cirujanos. Luego de confirmar su primer nombre, le dijo: "¿Moses? ¿Eres judío, verdad?" El médico asintió lentamente, con su cabeza.
Moses, que en su infancia era conocido como Moshe Itzjak, era de un pequeño pueblo llamado Linden. Allí creció en el seno de una familia tradicional. Su padre hizo lo mejor que pudo para proveerlo de una fuerte educación judía, pero de todas formas el corazón del muchacho miraba hacia otra dirección. Su cabeza estaba colmada de ideas más cosmopolitas, paisajes más atractivos, que lo alejaban más y más de los valores de su hogar.
Apenas tuvo la edad suficiente, abandonó Linden para disgusto de sus padres, y se dirigió a la gran metrópoli, Viena.
El primer paso que dio en su nueva vida fue cambiar su nombre a Moses. A continuación, se anotó en una escuela secular, donde gracias a su mente brillante y determinada diligencia, superó a sus compañeros de la misma edad, absorbiendo una extraordinaria cantidad de material en un lapso relativamente corto.
Con su título bajo el brazo, fue aceptado en la Universidad de Medicina, y allí también fue muy exitoso. Inmediatamente después, adquirió prestigio, convirtiéndose en un médico -cirujano de primer nivel. Cuanto más éxito alcanzaba, más se alejaba de sus raíces judías. Ya nadie podría relacionar al sofisticado Dr Moses con Moshe Itzjak de Linden.
Aunque la afirmación de Moses acerca de su origen fue apenas perceptible, fue registrada por cada uno de los presentes en la sala. Todos permanecían en absoluto silencio, cuando el Rebe continuó: "Moses, ¿crees que Di-s Todopoderoso creó el mundo y lo dirige?" Después de un instante, el perplejo Moses respondió: "Si Rebe, lo creo"
El grupo de médicos se miraba sorprendido, pero el Rebe parecía ignorarlos totalmente. Toda su atención estaba puesta en el doctor. "Y en el Mashiaj, el justo redentor, que llegará en cualquier momento, y redimirá a todo nuestro pueblo del exilio... ¿Crees en ello, Moses?"
En esta ocasión el silencio fue mayor. El médico eligió cuidadosamente sus palabras. "Eh, creo que en un determinado momento, llegará la redención, pero no creo que sea a través del Mashiaj, un individuo, que dominaría el mundo entero y todos temerían de él y lo respetarían. Semejante concepto no es admisible de acuerdo a la lógica; por lo tanto no puedo aceptarlo".
El Rebe de Belz levantó su cabeza y miró directamente a Moses. Abrió bien sus ojos, dos brillantes órbitas enormes que irradiaban ternura y bondad, pero también poder y autoridad.
La mirada penetrante del Rebe se ligó a Moses. Sentía que se quemaba por dentro. Trató de desviar la suya, pero le era imposible. Era como si estuviera magnéticamente atado a los ojos del Rebe. Los atónitos miembros del equipo médico veían que el rostro de su colega se tornaba mortalmente pálido, y cambiaba a brillante rojo remolacha. Y así sucesivamente, rojo, blanco. Su cuerpo temblaba y sus manos comenzaron a sacudirse. No sabían qué pensar ante la inesperada y audaz interacción, pero estaban seguros de que Moses estaba atravesando por algún tipo de trauma espiritual o emocional.
La tensión era palpable. Moses jadeaba y respiraba con dificultad, como si recién hubiese corrido un largo trecho. Trató de hacer lo posible por calmarse y relajarse, pero se sentía incapaz de lograrlo. El simple hecho de que alguien haya afirmado su control sobre él con una simple mirada, lo sumía en un tumulto interior.
Finalmente, el Rebe quitó sus ojos de Moses. El cirujano sintió que su compostura retornaba. Entonces, el Rebe de Belz lo miró nuevamente, estudió su rostro, pero ahora su mirada era como una caricia. "Nu, Moses, ¿ahora crees que un individuo es capaz de despertar temor y reverencia en todos aquellos que están a su alrededor, con sólo una mirada?"
Moses asintió en silencio.
"Bueno, Moses, así es como sucederá cuando el Mashiaj arribe. El elegido de Di-s gobernará el mundo entero, y todos abandonarán sus caminos equivocados y retornarán a Di-s"
"El Rebe tiene razón; yo estaba equivocado" murmuró el médico abatido.
El drama paso, la operación se pudo llevar a cabo. Luego, se anunció que había sido un éxito, y miles de jasidim respiraron con alivio.
Quince días después, el Rebe de Belz fue dado de alta. Abordó el tren que lo llevaría de vuelta a Belz desde Viena. Para profundo dolor de sus seguidores, de todas formas, nunca llegó, pues falleció el 23 de Shvat, a la edad de 59 años, durante el viaje. Entre aquellos que tuvieron el mérito de estar en el pequeño grupo de discípulos presentes en los instantes de su despedida de este mundo, se encontraba su devoto jasid, Moshe Itzjak de Linden

 


Fuente: Chabad.org
 

 

Mi nombre no es importante

¿Quién soy?

Soy el último judío.

Es el año 2124, el lugar es el Instituto Smithsoniano.

Estoy en una jaula de exhibición. La gente pasa al lado mío, clavando sus miradas, señalando y a veces riendo.

En las paredes están colgadas las reminiscencias de la cultura judía: un Talit, una Torá, libros del Talmud, etc.

Cada día que pasa me pregunto cómo fue posible que catorce millones y medio de personas que vivieron hace poco más de un siglo, pudieran desaparecer.


Mi padre y abuelo me contaban sobre las comunidades judías de los siglos XIX y XX, de las grandes poblaciones de Los Ángeles, Nueva York y Chicago; sobre organizaciones judías como la Bnei Brith, Tzedaká y muchas otras.

Recuerdo a mi padre contándome qué tan próspera era la persona judía. Todo esto se ha desvanecido y ha desaparecido.

Analizo las razones, recuerdo los eventos y busco una respuesta, y creo que sé como desaparecieron los judíos. Son pequeños eventos que sucedieron gradualmente:

Familias que dejaron de asistir a los servicios sabáticos, dejaron de enviar a sus hijos a escuelas hebreas y a sus clases de Bar Mitzvá. Dejaron de prender velas para Shabat...

Mi abuelo decía que sin embargo eran buenos judíos. Iban a los servicios de Iom Kipur, tenían sedarim de Pésaj cada año. La historia nos cuenta que esto también terminó.

Ir a los servicios de Kol Nidré dejó de ser un honor y pasó a ser una tarea pesada. Hacer el séder era una tarea forzada. Los rituales del judaísmo empezaron a desvanecerse.

Este fue el primer paso.

Estuve leyendo sobre un rabino que pedía a los judíos, dejar de lado todas las diferencias a fin de asimilarse. Con el tiempo el judío llegó a ser igual. El judío estaba al mismo nivel que el gentil.

Con esta lucha por la igualdad todas las diferencias fueron dejadas de lado. Los judíos ya no ponían mezuzot en sus puertas. Si se les preguntaba si eran judíos o no, respondían de mala gana o decían que no.

Se desarrolló un Judaísmo no religioso en América. Ellos no podían darse cuenta que eso no podía existir. El Judaísmo necesita de los judíos, pero los judíos también necesitan del Judaísmo.

Uno sin el otro están muertos.

¿Por qué fue que esta gente no vio esto?

Entonces llegó el último suspiro. Esto fue hace cincuenta años. Las Naciones árabes se rearmaron. Querían destruir a Israel y actuaron. Con dos bombas, tres millones de israelíes fueron destruidos y la tierra carbonizada.

Cuando la noticia se esparció por el globo, el resto de los judíos se preguntó: ¿Qué pude haber hecho para evitar la masacre?

Sin embargo mas de 150 años antes, un hombre hizo una matanza de seis millones de judíos, y mi padre me contó que la gente juró que "nunca iba a olvidar".

Los judíos de todo el mundo daban donaciones para Israel y hacían votos por el progreso de todos los judíos.

Con el tiempo las donaciones dejaron de hacerse, las promesas y los juramentos fueron olvidados. ¡Qué olvidadizo puede ser un pueblo! Cuando el judío perdió su orgullo, su religión e Israel, ellos perdieron todo.

Yo soy el último judío. En menos de 20 años yo también moriré. Nunca más habrá un judío en este planeta.

Mi Di-s, ¿en qué momento te abandonamos?


Fuente: Mesilot Ha Torá
 

 

Los Deshollinadores Judíos

Un americano viajó a Israel para aprender del Talmut. El Talmut es una obra que recoge las discusiones rabínicas sobre leyes judías, tradiciones, costumbres, leyendas e historias. Fue a hablar con un rabino al que le dijo que le enseñara sus secretos.

El americano pensaba que todos los judíos eran ricos y que todo se debía a que el Talmut les guiaba para llegar a ello. El rabino sorprendido de las razones que le dio el americano se negó rotundamente a enseñárselo. El americano le dijo que si no se lo enseñaba él se lo enseñaría cualquier otro rabino, bastaría con engañarle y hacerle creer que quería convertirse al judaísmo.

El rabino meditó unos instantes y le dijo:

-Hijo mío, te enseñaré los secretos del Talmut, pero para ello deberás contestarme bien a una pregunta de las tres que te haré. Si no lo haces, me harás la promesa de olvidar totalmente la idea de aprender el Talmut.

El americano pensó que era lo suficientemente inteligente para contestar a alguna de las tres preguntas que el rabino le haría y accedió. El rabino le dijo entonces:

-Están dos deshollinadores judíos limpiando una chimenea. Se caen por ella y cuando llegan al suelo uno sale limpio y el otro sale sucio. ¿Cuál de los dos se va a lavar?

El americano dudó unos instantes y contestó:

-Está claro ¡¡¡el que está sucio!!!

A lo que el rabino le dijo:

-No hijo mío. Desde un punto de vista lógico tendrías razón. Pero desde el punto de vista de la naturaleza humana el que está sucio miraría al que está limpio y pensaría que no se habían ensuciado. Sin embargo el que está limpio miraría al que está sucio y pensaría ¡¡Como nos hemos puesto!! Y se iría a lavar.

El americano perplejo se dio cuenta de que el rabino eras más astuto de lo que le pareció en un primer momento y ansioso le pidió que le hiciera la siguiente pregunta.

-Están dos deshollinadores judíos limpiando una chimenea. Se caen por ella y cuando llegan al suelo uno sale limpio y el otro sale sucio. ¿Cuál de los dos se va a lavar?

El americano le dijo:

-Está claro rabino, desde el punto de vista lógico el que está sucio y desde el punto de vista de la naturaleza humana el que está limpio.

El rabino se sonrió:

-Vuelves a errar hijo mío. Porque desde el punto de vista metafísico es imposible que uno salga sucio y otro limpio. O los dos salen limpios o los dos salen sucios.

El americano pensó que el rabino le estaba tomando el pelo pero aun así se creía lo bastante inteligente como para acertar la última pregunta...

-Están dos deshollinadores judíos limpiando una chimenea. Se caen por ella y cuando llegan al suelo uno sale limpio y el otro sale sucio. ¿Cuál de los dos se va a lavar?

El americano se apresuró y contestó:

-Ahora si que está claro. Desde el punto de vista lógico el que está sucio, desde el punto de vista de la naturaleza humana el que está limpio y desde el punto de vista metafísico o los dos o ninguno!!!!

El rabino le miró fijamente y le dijo:

-Hijo mío… veo que no te has enterado de nada…porque desde tu punto de vista en el que crees que todos los judíos somos ricos… ¿Qué se supone que hacen dos de nosotros limpiando una chimenea? No existen deshollinadores judíos.
 


Fuente: Cuentos para compartir
 

 

De Stgo. de Compostela a Buenos Aires

por L. Conde


Decía que le gustaba ir al Café Tortoni, era un clásico. Un día le dijo que quería acompañarlo. Eres muy pequeña, te aburrirás. No, yo nunca me aburro. Bien, entonces calla y observa. Fueron cada domingo hasta que él enfermó. Ella siguió acudiendo a la misma hora, antes de comer, cuando los católicos salían de la misa de 12 y el local se llenaba.


Algunos ancianos compostelanos sabrán que el Palacio Arzobispal en tiempos del Cardenal Quiroga Palacios, fue un refugio seguro para nazis en tránsito hacia países de Sudamérica. En la Plaza de la Inmaculada esperaba el viejo Hispano-Suiza K6 negro que les llevaría a los puertos de A Coruña o Vigo rumbo al anonimato con la bendición de Su Eminencia Reverendísima, obedeciendo órdenes de Pío XII. En esos barcos también iban judíos pero éstos esperaban el día del embarque en cualquiera de las numerosas pensiones para estudiantes de la calle de San Francisco, frente a la Facultad de Medicina, a un paso del Palacio, por cierto. Entre la recoleta Plaza del Toral y el convento de los Franciscanos se desarrolló todo un entramado de miradas suspicaces e inquietante aliento en la nuca.


Dos judíos esperaban el barco en una pensión. Dos nazis esperaban el mismo barco en Palacio. Apenas unos metros de distancia entre ambas puertas. De día se cruzarían por la calle de la Raíña o del Franco para comer en alguna tasca. Tal vez hubiera algo reconocible que les hiciera girar la cabeza y apurar el paso a los nazis, girar la cabeza y pararse en seco a los judíos. De noche ninguno de los cuatro dormiría. Tan cerca. Tan tentador. Tan fácil.


Casi de madrugada el Hispano-Suiza lleva a los nazis al puerto de A Coruña. Los judíos ya estaban allí, habían llegado en el último tren de la noche. Los cuatro hablan alemán, los únicos “4 alemanes” que tomarán ese barco atestado de emigrantes gallegos. Qué será mejor, que los nazis se hagan pasar por judíos o los judíos por nazis?, por neutrales suizos no colaría. En todo caso saben que todos mienten. Guten Morgen Herr… les cuesta recordar sus nuevos nombres, a todos.


Entre la primera y tercera clase hay un abismo. Chinches y hacinamiento o aroma a lavanda y espacio. Hasta el paseo por cubierta está restringido. No coincidirán en ningún lugar del barco. Pero están ahí, los cuatro, en medio del océano. Prisioneros. Todos. Se suceden los días y las noches. Ya va haciendo más calor conforme el barco va cruzando los trópicos. Todos salen a cubierta por la noche, los de primera, los de tercera….es difícil contener esa marea humana miserable, sin nada que perder y, sin embargo, llena de ilusiones. Mejor dejarles respirar en cubierta por la noche. Todos tienen calor. Algunos cantan. Otros ríen o lloran. Hay cuatro que guardan silencio.


Dentro de dos días arribarán a Buenos Aires. Dos días con sus dos noches. A la mañana siguiente corre un rumor por el barco. Un pasajero de primera ha desaparecido. Nadie escuchó Hombre al agua. El alemán, es el alemán el que falta, su compañero lo busca sin demasiado interés, no quiere llamar la atención. Todos hacen sus cábalas, ya se sabe, los alemanes no saben beber, tienen mal vino, seguramente se cayó borracho por la borda. El océano es inmenso, la noche infinita. No es la primera vez que sucede ni la última. Hay un problema, los trámites. El capitán se ve obligado a dar parte a la Autoridad Portuaria y pide información a su compañero de camarote. No sabe nada, no vio nada, apenas conoce a su compatriota, compartían camarote pero nada más. De todos modos agradecería mucho si pudiera quedarse con el Misal del desaparecido, dedicado por el Cardenal de Compostela con una sentencia de Publilius Syrus “Puras Deus, non plenas aspicit manus.” (Dios mira las manos puras, no las manos llenas). Curiosa frase para ser dicha por un Príncipe de la Iglesia.


Eran los tiempos que eran y el capitán era un hombre listo. Mejor dejar las cosas así, al fin y al cabo la versión que circula por el pasaje es creíble. Bien puede hacer que sea la oficial. Para qué meterse en líos.


En el Café Tortoni entra un hombre alto y flaco. Saluda afablemente, dice que se va a Bariloche, es fuera de temporada pero lo prefiere así. Le sigue su esposa, elegante y madura, rubísima, peinada al estilo Evita Perón. Vienen de misa. Ella lleva un misal en la mano, ricamente encuadernado, con canto dorado. Una joven tropieza con ella y le alaba el lujoso misal, ella lo enseña orgullosa, sobre todo la dedicatoria de puño y letra de todo un Cardenal y además en latín, qué detalle. Sí, aquí dice “Puras Deus, non plenas aspicit manus”, lo tenemos como una joya de la familia, imagínese. Sí, me lo imagino.


La joven salió del café y se dirigió a una cabina de teléfono.
• Ya lo encontré, mañana nos vamos a Bariloche, aunque no estemos en temporada, aba.
• Hija mía, para nosotros siempre es la misma temporada.
 

Shalom
 

 

El Presidente

por Isaac Leib Peretz


Don Ióijenen, el presidente de la sinagoga, llegó a su casa fatigado de la labor diaria. Le salieron al encuentro los aromas de su cocina, el olor de la carne y el perfume de las manzanas hervidas.

Don Ióijenen apresuró el paso y se dirigió a la habitación siguiente. Allí lo recibió Soshe, su esposa, no muy amistosamente.

- ¡ Inútil !- gritó iracunda, no bien vió aparecer al presidente en el umbral de la puerta.

- ¿ Qué te pasa?- preguntó don Ióijenen, sentándose en una silla.

- ¿ Todavía lo preguntas? ¡ Todo tu tiempo lo dedicas a las actividades sociales! ¡ Inútil ! ¿ Cuándo harás algo para ti ?

- ¿ Para mí ? – preguntó extrañado el presidente-. ¿ Qué tengo que hacer para mí ? Nuestros hijos, gracias a d-os, están todos independizados. A nosotros no nos falta nada. ¿ Qué tengo que hacer para mí ?

El hombre paseó su mirada en redondo por la habitación.

- Veo- añadió- que la cama está hecha y los utensillos pulidos, y yo no intervine para ; paredes no las toqué, y sin embargo no veo ni una sola telaraña. La mesa está puesta; el mantel, blanco como la nieve; los cubiertos resplandecientes como el oro. Veo, además, un plato de rábanos, condimento, una botella de branfen...

- ¡ Déjate de chácharas y vete a la lavarte las manos !

- No, Soshe, no iré a lavarme hasta que no reconozcas que tengo razón. Aquí, en casa, no tengo nada que hacer, y allí, en cambio, en la sinagoga, tengo mucho que hacer.

Si yo no me ocupo, ¿ quién se va a ocupar ? No será Ioshke, el tendero, que nunca tiene tiempo para comer. Ni Iejiél, el vendedor ambulante, que se va de su casa los sábados por la noche, inmediatamente después de la havdalá y no regresa hasta el viernes siguiente.

Ni Rubén, el prestamista, que se pasa el día sacando monedas a los pobres. Ni alguno de los pobres artesanos, que se ganan fatigosamente el pan.

- Bueno, está bien. Ya me pasó el enojo.

- No importa. Sé que te pasó el enojo. Pero quiero demostrarte que, después de todo, lo que hago es también para mí. Mira, Soshe, mi cabello y mi barba. ¿ Los ves? Están canosos. Ya no soy joven. Y a mi edad ya debo pensar en prepararme para el viaje...

- ¿ El viaje? ¿ Qué viaje? – preguntó Soshe con asombro, pero en seguida comprendió las palabras de su marido, y exclamó asustada- ¡ Dios libre y guarde! ¡ Calla ! ¡ No hables! ¡ No vuelvas a decirlo! ¡ No hay que provocar al diablo !

- No temas, Soshe. Tú también has pasado los veinte...

¿ Qué responderemos cuando nos pregunten, allá, qué hemos hecho en este mundo?
¿ Tendremos que limitarnos a decir que nos hemos pasado la vida comiendo y bebiendo?

¿ Que dirá d-os a esto? Tú, al menos, podrás defenderte alegando que te ocupabas de reunir dinero para las novias pobres...

- ¡ Calla, por favor !- regó Soshe, temerosa de que sus palabras perjudicaran la recompensa que esperaba recibir en el otro mundo.

- Por eso quiero hacer buenas obras...

- Está bien, está bien. Haz lo que quieras. Vete a lavarte.

- Otra cosa- prosiguió el presidente-, ¿ Recuerdas Soshe, tu vestido de bodas, el de seda con vivos plateados ?

- ¡ Cómo no lo voy a recordar !

- ¿ Que te parece si lo regalas a la sinagoga, para hacerle una cortina al tabernáculo?

- ¡ Sí, cómo no! Voy ahora mismo...

- Aguarda, Soshe, aguarda. Ya lo llevé. Y ya está cubriendo el arca.

- ¡ Ladrón- repuso sonriendo la mujer.

Entonces don Ióijenen fue a lavarse las manos y se sentó a comer con mucho apetito. Dijo luego las bendiciones y se acostó a dormir.

*

El presidente se durmió y su alma subió el cielo e hizo la siguiente anotación en el libro de las buenas acciones:

“ Yo , Iójenen ben Sore, trabajé todo el día en una actividad santa; teniendo en cuenta que yo y mi mujer Soshe vivimos en una hermosa casa, mientras la casa de d-os, la santa sinagoga, necesitaba ser reparada, contraté obreros para llevar a cabo la refacción. Hoy trajeron también dos bancos nuevos y una mesa nueva.

Ordené, además que limpiaran el piso, las paredes y todos los útiles sagrados. He puesto un candelabro nuevo en el altar de la pared oriental. Para el candelabro no había en caja más que trescientos guilden; el resto lo puse de mi bolsillo: cuarenta y cinco guilden con dieciocho groshen.

De parte de mi muje soshe mandé hacer una cortina de seda, que se agrega a sus actividades de recolectar dinero para las novias. Que d-os lo recuerde en su favor. En la sinagoga todo quedó satisfactoriamente concluido y advertí al sacristán que no volviera a dejar entrar a nadie a dormir a la sinagoga, para que la casa de d-os no se convierta en un dormitorio de la plebe. Le recomendé que no se olvidara de cerrar la puerta por la noche.

Mientras el alma del presidente escribía, llegó volando otra alma y anotó lo siguiente en su libro:

“ Yo, Berl ben Iehudis, soy septuagenario y he trabajado siempre para ganarme la vida, mientras me daban las fuerzas. Cuando llegué a viejo y perdí las fuerzas, no pude seguir trabajando y tuve que ir a mendigar a las casas. Al principio no me fue mal. Los vecinos acomodados me conocían y me ayudaban. Pero poco a poco se fueron cansando, y sólo de vez en cuando me daban un pedazo de pan, generalmente tan duro que si me quedaba en mi pueblo moriría de hambre; me fui y llegué hasta aquí. Hacía mucho frío y quise pasar la noche en la sinagoga, como se acostumbra en los pueblos judíos. Pero el sacristán había cerrado la puerta con llave, y no me dejó entrar. El presidente le había ordenando que no dejara entrar a nadie a dormir en la sinagoga, para no convertir la casa de d-os en una posada. Ahora duermo en la calle, y el frío me congela la médula de los huesos. Tengo hambre y un frío terrible. Dime, Señor del universo, ¿ a quien le hace más falta la sinagoga, a ti o a mí ?

*
Y se oyó una voz que salió del cielo y dijo:
- ¡ Que comparezcan ambos ante el tribunal supremo !

Al día siguiente encontraron al presidente don Ióijenen muerto en su cama, y a un viejo mendigo muerto de frío en la calle, junto a la sinagoga.




 

 

El Pordiosero

por Jorge Bucay

Latif era el pordiosero más pobre de la aldea. Cada noche dormía en el zaguán de una casa diferente, frente a la plaza central del pueblo.

Cada día se recostaba debajo de un árbol distinto, con la mano extendida y la mirada perdida en sus pensamientos. Cada tarde comía de la limosna o de los mendrugos que alguna persona caritativa le acercaba.

Sin embargo, a pesar de su aspecto y de la forma de pasar sus días, Latif era considerado por todos, el hombre más sabio del pueblo, quizás no tanto por su inteligencia, sino por todo aquello que había vivido.

Una mañana soleada el rey en persona apareció en la plaza. Rodeado de guardias caminaba entre los puestos de frutas y baratijas buscando nada.

Riéndose de los mercaderes y de los compradores, casi tropezó con Latif, que dormitaba a la sombra de una encina. Alguien le contó que estaba frente al más pobre de sus súbditos, pero también frente a uno de los hombres más respetados por su sabiduría.

El rey, divertido, se acercó al mendigo y le dijo: “Si me contestas una pregunta te doy esta moneda de oro.”

Latif lo miró, casi despectivamente, y le dijo: “Puedes quedarte con tu moneda, ¿para qué la querría yo? ¿Cuál es tu pregunta?

Y el rey se sintió desafiado por la respuesta y en lugar de una pregunta banal, se despachó con una cuestión que hacía días lo angustiaba y que no podía resolver. Un problema de bienes y recursos que sus analistas no habían podido solucionar.

La repuesta de Latif fue justa y creativa. El rey se sorprendió; dejó su moneda a los pies del mendigo y siguió su camino por el mercado, meditando sobre lo sucedido.

Al día siguiente el rey volvió a aparecer en el mercado. Ya no paseaba entre los mercaderes, fue directo a donde Lafit descansaba, esta vez bajo un olivar. Otra vez el rey hizo una pregunta y otra vez Latif la respondió rápida y sabiamente. El soberano volvió a sorprenderse de tanta lucidez. Con humildad se quitó las sandalias y se sentó en el suelo frente a Latif.

“Latif te necesito”, le dijo. “Estoy agobiado por las decisiones que como rey debo tomar. No quiero perjudicar a mi pueblo y tampoco ser un mal soberano. Te pido que vengas al palacio y seas mi asesor. Te prometo que no te faltara nada, que serás respetado y que podrás partir cuando quieras… por favor.”

Por compasión, por servicio o por sorpresa, el caso es que Latif, después de pensar unos minutos, aceptó la propuesta del rey.

Esa misma tarde llegó Latif al palacio, en donde inmediatamente le fue asignado un lujoso cuarto a escasos doscientos metros de la alcoba real.

En la habitación, una tina de esencias y con agua tibia lo esperaba.

Durante las siguientes semanas las consultas del rey se hicieron habituales. Todos los días, a la mañana y a la tarde, el monarca mandaba llamar a su nuevo asesor para consultarle sobre los problemas del reino, sobre su propia vida, o sobre sus dudas espirituales.

Latif siempre contestaba con claridad y precisión.

El recién llegado se transformó en el interlocutor favorito del rey. A los tres meses de su estancia ya no había medida, decisión o fallo que el monarca no consultara con su preciado asesor.

Obviamente esto desencadenó los celos de todos los cortesanos que veían en el mendigo-consultor una amenaza para su propia influencia y un perjuicio para sus intereses materiales.

Un día todos los demás asesores pidieron audiencia con el rey. Muy circunspectos y con gravedad le dijeron.

- “Tu amigo Latif, como tú llamas, está conspirando para derrocarte.”

- “No puede ser” dijo el rey. “No lo creo.”

- “Puedes confirmarlo con tus propios ojos,” dijeron todos. “Cada tarde a eso de las cinco, Latif se escabulle del palacio hasta el ala Sur y en un cuarto oculto se reúne a escondidas, no sabemos con quién. Le hemos preguntado a dónde iba alguna de esas tardes y ha contestado con evasivas. Esa actitud terminó de alertarnos sobre su conspiración.”

El rey se sintió defraudado y dolido. Debía confirmar esas versiones.

Esa tarde a las cinco, aguardaba oculto en el recodo de una escalera.

Desde allí vio cómo, en efecto, Latif llegaba a la puerta, miraba hacia los lados y con la llave que colgaba de su cuello abría la puerta de madera y se escabullía sigilosamente dentro del cuarto.

- “Lo visteis” gritaron los cortesanos, “¿lo visteis?”

Seguido de su guardia personal el monarca golpeó la puerta.

- “¿Quién es?” dijo Latif desde adentro.

- “Soy yo, el rey,” dijo el soberano. “Ábreme la puerta.”

Latif abrió la puerta.

No había nadie allí, salvo Latif.

Ninguna puerta, o ventana, ninguna puerta secreta, ningún mueble que permitiera ocultar a alguien.

Sólo había en el piso un plato de madera desgastado, en un rincón una vara de caminante y en el centro de la pieza una túnica raída colgando de un gancho en el techo.

- “¿Estás conspirando contra mi Latif?” pregunto el rey.

- “¿Cómo se te ocurre, majestad?” contesto Latif. “De ninguna forma, ¿por qué lo haría?”

- “Pero vienes aquí cada tarde en secreto. ¿Qué es lo que buscas si no te ves con nadie? ¿Para qué vienes a este cuchitril a escondidas?”

Latif sonrió y se acercó a la túnica rotosa que pendía del techo. La acarició y le dijo al rey:

- “Hace sólo seis meses cuando llegué, lo único que tenía eran esta túnica, este plato y esta vara de madera” dijo Latif. “Ahora me siento tan cómodo en la ropa que visto, es tan confortable la cama en la que duermo, es tan halagador el respeto que me das y tan fascinante el poder que regala mi lugar a tu lado… que vengo cada día para estar seguro de no olvidarme de QUIÉN SOY Y DE DÓNDE VINE”.



 

 

El pobre y Eliyahu el Profeta

por Kamelia Shahar

Cierto marido y su esposa eran miserables. No sólo eran pobres y sin hijos, sino que el esposo era ciego (Dios nos ayude). Un día el hombre, triste y agotado, comenzó a caminar muy lentamente, hasta que llegó a la orilla del mar. Allí, ayudándose con su bastón, encontró un lugar, se sentó, y comenzó a pensar sobre su mala suerte. Pensando, pensando, de repente sintió a una persona tocándole el hombro (la persona era Eliyahu el Profeta, quien aparece siempre para nuestro bien, amén) y Eliyahu el Profeta le dijo:

"El Señor del mundo se ha compadecido de tí y desea ayudarte. Habla: di lo que quieres y Dios te satisfacerá, pero con la condición de que hagas un solo pedido."

El hombre pensó mucho, y no sabía como poner en un solo pedido todo lo que quería, así que le respondió a Eliyahu el Profeta:

"Mira, te lo suplico, dame hasta mañana. Te daré la respuesta entonces."

"Bien," le dijo Eliyahu el Profeta, y se separaron, cada uno yendo por su lado.

El buen hombre volvió a casa, le contó a su mujer lo que estaba pasando por su cabeza, y le preguntó:

"Dime, mujer, ¿qué vamos a hacer? Como en un solo pedido puedo pedir por todo lo que necesitamos?"

Su mujer le respondió:

"Esposo mío, no te tortures, ven y come ahora, descansa, Dios es grande incluso hasta mañana, te diré lo que vas a decir."

El hombre comió y se fue a dormir. A la mañana se levantó, se lavó y vistió, tomó su pequeño bastón, y su mujer le dijo lo que debería decir. Otra vez, muy lentamente, caminó hasta la orilla del mar. Allí ya esperando por él estaba Eliyahu el Profeta.

"Eh, buen hombre," le dijo, "¿traes la respuesta? ¿Sabes lo que quieres?"

"Sí," respondió el hombre, "Me gustaría que el Señor del mundo me deje ver a mi hijo comer de un plato de oro."

Sorprendido por la buena respuesta, Eliyahu el Profeta le dijo, "Ya que supiste como poner en un solo pedido las tres cosas que te faltan, el Santo, bendito sea, cumplirá tu deseo."

Y cada uno se fue por su camino, alegre y satisfecho.

Que la buena fortuna se apile sobre ellos y sobre nosotros también.

 

 

Israel esclavo en Egipto

por Fernando Murano

—¡Rafael! ¡Rafael! — La voz retumbó como un trueno, no había enojo en ella.

—Sí Señor, ¿qué necesitas? — contestó el ángel, un poco agitado por la prisa, al tiempo que se ponía en pie frente al trono.

—Tenemos una misión muy importante para ti, Rafael —Dijo, con voz suave y dulce, el Altísimo.

Los grandes ojos azules del joven se agrandaron más aún, expectantes, por saber que sería aquello tan importante.

—Sí Señor, dime —se apresuró ansioso.

Dios se levanto de su estrado. Su magnífica figura se detuvo junto al ángel, su brazo derecho rodeó el hombro del joven de una forma muy paternal mientras su mano izquierda señalaba hacia abajo.

—¿Has visitado a mi pueblo últimamente? —preguntó el Señor

—Sí, por supuesto. Tú sabes que velo constantemente por su salud. Además me mezclo entre ellos adoptando forma humana y comparto el trabajo y las fiestas. — explicó Rafael con una sonrisa, orgulloso de su trabajo.

— Muy bien, entonces dime: ¿Cómo se comporta Israel? ¿Me adora? ¿Levanta sus ojos pidiendo mi bendición?

—Pues… Bien… Creo que… —titubeó el joven al tiempo que sus mejillas se sonrojaban. Comprendió rápidamente que las respuestas a esas preguntas ponían en evidencia el pecado de los israelitas. Rafael era generoso y puro de corazón. En la esencia de ser estaba el velar por la salud de aquellos que el Señor le había confiado, especialmente por los enfermos. Sintió pena y aflicción.

—Mira, hemos pensado que ya es hora que los israelitas no sean bien vistos por los egipcios. Para ello tu misión será lograr que el faraón y sus ministros vean en nuestro pueblo un posible enemigo. Que el miedo a ello los impulse a imponerle trabajos pesados, tratarlos como sirvientes, como esclavos.

Una palidez mortal tiño la piel del arcángel. Permaneció inmóvil, lleno de estupor. Una lágrima pura y cristalina como un diamante descendió lentamente por su mejilla fría. Una espada filosa había atravesado el alma de Rafael. ¿Cómo podría ser que ese pueblo fuera destinado a semejante sufrimiento? ¿Habría dejado de ser la nación elegida?.

Reponiéndose apenas a semejante golpe, con poquísimas gotas de aliento que aún guardaba en su corazón ensayó un tímido alegato

—Pero Señor… —balbuceó—. ¿El pueblo al que amas? ¿Esclavo?

El Señor de los Cielos y la Tierra, en su eterna misericordia, amó más que nunca a Rafael. Conmovido, quizás, por ese corazón noble y generoso, le regaló una tierna mirada que, como un bálsamo de aloe, alivia el dolor de las heridas, heridas que solo sana el amor. Como dulce melodía brotaron las palabras de la boca del Altísimo.

—Hijo mío, has dicho bien. El pueblo al que yo amo no debe ser esclavo. Pero piensa por un momento ¿No será que Israel ya ha sido esclavizado por los hijos del Nilo? ¿No han sucumbido bajo sus falsos dioses y han dejado de alzar sus manos invocando mi auxilio? ¿No se han entregado, como lo hacen los egipcios, al culto de los placeres de los sentidos? Ahora dime: ¿Podrías decir que este pueblo es realmente libre? — Se detuvo por un instante para permitir que su servidor buscara las respuestas a todos estos interrogantes. Que escrutara en su interior, las respuestas deberían estar a flor de piel, la cercanía del ángel con estos hombres era mucha. Viendo Dios que comprendía, que sus ojos translucían el sufrimiento de constatar la certeza de sus dichos, no quiso abandonarlo a la terrible agonía que le provocaba haber entendido que la voluntad del Señor era lo único que sacaría a Israel de la idolatría. Recitó con voz firme, poderosa, sabia, su oráculo—. Permitiremos que la casa de Jacob sea sojuzgada. Haremos que sean plenamente consientes de su realidad, que sientan la necesidad de ser rescatados. Te prometo, entonces, que mi mano poderosa sacará a mi pueblo de Egipto y ese día será recordado de generación en generación, como el día en que mi heredad paso de la esclavitud a la libertad.

El jefe de la guardia real entró en la sala mayor ubicada en el ala occidental del palacio. El faraón se hallaba meditando frente a la ventana. El efecto que producía el contraluz sobre su torneado cuerpo, dibujaba en aquella figura la imagen de un coloso, un guerrero temible.

—Mi Señor —se anunció con tono protocolar.

—Habla, Amret —autorizó.

—El “Hebreo” solicita una nueva entrevista— informó. Un cierto temor se percibió en su voz. La intuición del militar no estaba errada. La cara del faraón se desfiguró. Un gesto de furia se dibujo en su rostro, sus ojos destilaron furia. Apretó de tal manera sus puños que, de haber tenido piedras en ellos, las hubiese pulverizado.

—Como se atreve…—gritó, aunque contuvo su ira—. Hazlo pasar.

Un hombre de gran estatura entró segundos después en la sala. Su aspecto era impresionante. Sus cabellos blancos como la nieve caían suavemente sobre sus hombros. Su larga barba modelaba en él un semblante pleno en sabiduría. Su rostro poseía un resplandor único, casi angelical, aunque una expresión severa predominaba en su mirada. Su túnica de fino lino blanco con bordados dorados y plateados denotaba la realeza de su linaje. Avanzó sin titubeos. Valiente. Seguro de sí mismo. Atravesó el amplio salón hasta quedar cara a cara con el faraón.

—¡Ya te he dicho que no me molestes más! — arremetió el faraón sin esperar la palabra del visitante. Su visible nerviosismo contrastaba con la serenidad del hebreo. Sentirse disminuido ante él hacía que su sangre hirviese. Quería mostrarse dominante, pero sucumbía ante la personalidad de aquel hombre. Percibía su inminente fracaso.

—¿Hasta cuando te resistirás a humillarte ante mí? —dijo el anciano. Había notado la debilidad del egipcio y asestaba una estocada directa a su orgulloso corazón. No estaba dispuesto a concederle terreno, dejar que recuperara la fe en sí mismo.

El soberano, herido en lo más profundo de su ser, no pudo soportar esa terrible humillación. Enceguecido por el bochornoso desplante, ensayó una última e inútil arremetida— ¡Basta! ¡Retírate de mi presencia! ¡Guárdate de volver a ver mi rostro. Pues el día en que veas mi rostro morirás!

—¡Tú lo has dicho! No volveré a ver tu rostro. Pero escucha esto: nueve hombres te envié, nueve desgracias han traído a tu imperio. Uno más enviaré. Gran aflicción causará a tu alma y a tu pueblo, pues les quitará lo que mas aman. Y esto no será todo. De oro, plata, vestidos y ganado serán despojados— sentenció el hebreo y se retiró de la presencia del faraón.

Siete días después el décimo hombre se presentó ante el soberano y le dijo— Hoy se completa la profecía. Ni tus oídos ni tu corazón han querido escuchar ni ver las advertencias que se te han hecho. Por eso hoy se te ha quitado lo que más amas—. Sin agregar palabra alguna, se marchó misteriosamente, tal como había llegado, tal como sus anteriores nueve predecesores.

El faraón se retiró a sus aposentos, confundido por las palabras del extraño visitante. Caminó cabildante por lo salones y pasillos de palacio. Al ingresar a la sala de recepción, se extrañó del silencio sepulcral del lugar. Su ansiedad creció. Su respiración se hizo dificultosa. Un frío mortal recorrió todo su cuerpo. El faraón comprendió de pronto, de que se trataba la amenaza de aquel hombre. Se apresuró a atravesar el amplio corredor que lo separaba de la recamara real. Pasó sin prestar ninguna atención a los guardias apostados al comienzo del pasillo. Desapareció tras el umbral de la puerta. Segundos después, un grito desgarrador quebró el silencio del edificio.

—¡Hijo mío! ¡Despierta, hijo mío! ¡No! ¡No puede ser verdad! ¡No puedes estar muerto!

Kamutef se despertó agitado. Su cuerpo estaba cubierto de transpiración. Una angustiante sensación de pavor, como una garra implacable, oprimía su corazón. Giró su cabeza en todas direcciones. No se detuvo hasta comprobar que estaba sentado en su cama, que el mundo que lo rodeaba era apenas su habitación. Se relajó. Comprendió que todo había sido un sueño, un horrible e incomprensible sueño. Se apresuró a tomar un baño, el faraón Seti I había convocado a una audiencia urgente en el palacio. Revestido con su mejor traje de gala, partió hacia su destino. Sus pensamientos, durante el trayecto, no pudieron apartarse de aquel sueño. ¿Tendría algún significado? ¿Porqué el faraón convocaba a esta audiencia? ¿Habría relación entre una cosa y la otra?

El lugar elegido para la reunión era el salón Anubis ubicado en el ala septentrional del palacio. Sus muros se encontraban sobriamente adornados con figuras de la diosa y otras, dedicadas a viejas y gloriosas batallas. Un número de aproximadamente veinte ministros discurrían fervientemente acerca de cuál sería el motivo de la repentina convocatoria, al tiempo que sonaban las trompetas que anunciaba la llegada del faraón. Un silencio respetuoso y una ansiedad contenida acompañaron la entrada majestuosa del soberano de Egipto. Seti I se ubicó en el trono tallado de una sola pieza de un finísimo mármol blanco traído del centro del áfrica, adornado bellamente de rubies y esmeraldas.

De gran inteligencia, el faraón tenía la especial habilidad de conocer cada detalle de lo que ocurría a su alrededor. De físico delgado, rostro alargado, nariz aguileña y mirada inflexible, imponía autoridad con su sola presencia. Sus ojos hicieron un rápido reconocimiento de la asamblea. Constató con agrado que todos sus consejeros se hallaban presentes. Era sabido el disgusto que provocaba en él las ausencias y retrasos. Ninguno de los allí presentes hubiera querido sufrir las consecuencias de ello.

Seti reflexionó por breves instantes. Buscaba las palabras exactas para comenzar su alocución. Por fin, al cabo de un par de minutos, emitió un pequeño carraspeo para anunciar el comienzo de la sesión.

—La tierra en la que vivimos ha sido bendecida por los dioses. La abundancia colma nuestros graneros. Poseemos ganado para alimentar tres veces la cantidad de habitantes de nuestra nación. El comercio, el de mayor importancia en todo el mundo, aumenta la grandeza de Egipto. Nuestro ejército valiente, eficiente, profesional y magnífico, ha sabido protegernos de las aves de rapiña que acechan nuestras riquezas.

Las palabras del faraón no guardaban ninguna clase de egolatría ni vanagloria. Cada uno de los puntos enumerados se correspondía con la realidad. Los gestos de aprobación en los rostros de los ministros, lo invitaron a continuar con el desarrollo de la idea.

—Como les he dicho, difícilmente un enemigo, por más poderoso que fuese, podría invadir nuestro país. Sin embargo, creo yo, que tenemos un enemigo potencial mucho más cerca de lo que creemos, una cuña del mismo palo colocado entre sus ramas. El peligro no se encuentra puertas afuera de nuestras fronteras, sino más bien, convive con nosotros—explicó Seti.

Las expresiones de los oyentes eran ahora de sorpresa, de confusión. Un intenso cuchicheo dominó la sala de audiencias. ¿A quién se referiría Seti? ¿Cómo es que no se habían dado cuenta hasta ese momento? ¿Habría una rebelión interna que desconocían?

Kamutef sintió como si le hubiesen arrojado un balde de agua helada. Su corazón se paralizó. Sus manos se volvieron temblorosas como una hoja al viento. Su boca de pronto estaba seca y su respiración forzada. Sabía perfectamente a quién se refería el faraón y que es lo que sucedería. El sueño de pronto se volvió como un mazo gigante que lo golpeaba lleno de realidad. No pudo emitir palabra alguna. Su lengua permaneció pegada al paladar, tanto por el espanto, como por la incredulidad. Además, debía estar seguro, que no sería tomado por loco o estúpido y fuera el hazme reír de la sala.

—Hace muchos años unos pocos hombres llegaron a esta tierra. Durante su estadía han crecido en número. Aquellos pocos son hoy un pueblo enorme. Un pueblo que comparte nuestro suelo, nuestras riquezas. Un pueblo que tiene un dios ajeno a los nuestros— aseveró Seti y continuó formulado su hipótesis— ¿Qué pasaría si Israel decidiese complotarse con uno de nuestros enemigos?

El murmullo se transformó en griterío. La discusión estaba planteada sobre tres opiniones bien diferenciadas: los que estaban de acuerdo con la posibilidad de un complot. Los que tenían una visión totalmente opuesta porque conocían o convivían con los hebreos y los creían incapaces de semejante traición. Y los que estaban confundidos, o no tenían una idea formada.

Kamutef era uno de estos últimos. Sin embargo, la sensación de veracidad del sueño lo impulsó a levantarse y pedir la palabra:

—Mi Señor. Quisiera yo contar, si es de vuestro agrado, un sueño que he tenido esta madrugada—.Se detuvo esperando una señal de aprobación.

—Kamutef, ¿en qué puede ayudarnos un sueño que has tenido? —interrogó Seti un tanto extrañado por la proposición de su ministro.

—Creo yo, que de acuerdo a vuestras palabras, este sueño podría tratarse de un presagio, una visión del futuro —explicó Kamutef con un poco de nerviosismo. No estaba seguro de cómo podría se recibida la exposición de lo sucedido durante su descanso nocturno. Una gota de sudor corrió raudamente por su patilla deslizándose hacia el cuello. Su paladar parecía el desierto mismo. Con visible dificultad, pero sin olvidar detalle alguno, contó su misterioso sueño, poniendo especial énfasis en el dialogo entre el hebreo y el faraón. Las palabras de Kamutef, lejos de ser motivo de burla fueron como aceite arrojado sobre la llama de un candelero.

La indignación y la bronca dominaron rápidamente la asamblea, algunos pocos intentaron una tibia e inútil defensa del pueblo israelita. La narración del sueño, había volcado la balanza a favor de aquellos que creían en la posibilidad latente de una conspiración.

Seti llamó a la calma con un ademán de su mano derecha. Luego de recuperado el orden y el silencio en la habitación dijo:

—Kamutef no ha hecho otra cosa que confirmar mi presentimiento —.Con el seño fruncido, interrogó a sus consejeros— ¿Qué creen ustedes que debemos hacer para evitar este terrible presagio?

—Señor, humildemente, considero que este pueblo debe ser expulsado inmediatamente de Egipto —se adelantó a proponer Amnitep.

—¡No! ¡No!, de ninguna manera deberán abandonar nuestro país. Debemos aprovechar su gran número para utilizarlo en todos los trabajos duros que nuestra gente no realiza. ¡Sí! Yo pienso que debemos hacer de cada hebreo un esclavo —opinó Kipnot con cierto grado de malicia, que sus ojos no pudieron ocultar.

—¡Sí! ¡Esclavos! ¡Merecen la esclavitud! —se oyó de entre los egipcios. El consenso a esta altura era unánime.

El faraón con su aplomo habitual y la tranquilidad que le brinda su madurez e inteligencia se puso de pie. Caminó de derecha a izquierda lentamente y en silencio. Su mirada estaba clavada en el piso. Buscaba hilvanar y hacer más nítidos sus pensamientos. De tanto en tanto un gesto de fastidio, provocado por la ruidosa charla de los ministros, brotaba de ese rostro anguloso. De pronto se detuvo. Una sonrisa complacida transformó la severidad de su expresión. Se irguió como un guerrero gigante. Su pecho se infló como el de un león imponiendo el respeto frente a su manada. Se lo veía desafiante. Decidido. Soberbio.

—Estoy de acuerdo con la idea de esclavizar a este pueblo. Sin embargo, creo que sería demasiado peligroso imponerles este castigo abiertamente, podríamos desencadenar la rebelión que estamos tratando de evitar. También nuestro propio pueblo, que ha aprendido a querer a los israelitas, podría ponérsenos en contra. Deberemos ser muy prudentes y astutos—dijo con vos pausada.

Las palabras del faraón impactaron de lleno sobre el auditorio. Todos comprendieron el peligro que significaba cualquier decisión errónea. Claro está que Seti, ya tenía la solución del problema, simplemente quería lograr la reflexión de los presentes y que sus mentes estuvieran preparadas para escucharla.

—Haremos que extraigan y tallen piedras de nuestras canteras. Que cocinen ladrillos. Que con ellos construyan pirámides, templos y murallas. Que abran canales de riego. Que labren nuestra tierra y cuiden nuestro ganado. Lentamente iremos desgastando su salud y su voluntad. Los arduos trabajos no dejaran vigor en ellos para procrearse. Disminuirán en número y dejarán de ser una amenaza para nuestro imperio.

Los consejeros no comprendían, no había nada de original en las palabras del faraón. Era claro que de esa manera, se esclavizaba a Israel, pero el peligro de la reacción no estaba solucionado. Pero Seti había guardado hábilmente su estocada para el final:

—Pediremos a los israelitas que, voluntariamente, nos ayuden en estas tareas. No como esclavos, sino como obreros. Argumentaremos la necesidad de hacer grande nuestra nación, de mejorar la seguridad y la economía. Formaremos grupos de trabajo, cada uno estará bajo el mando de un capataz hebreo y varios capataces estarán bajo la supervisión de inspectores egipcios. En un principio, recibirán una paga acorde con los trabajos realizados mientras que los capataces guardaran las comodidades de sus vidas. Luego iremos imponiendo mayor cantidad de horas a las jornadas laborales y las tareas serán más y más arduas. Finalmente, sin darse cuenta, terminarán siendo esclavos.

La brillante idea del faraón dejo perplejos a todos y de inmediato manifestaron, con gran júbilo, su apoyo a la misma.

—Me alegro de que estén de acuerdo con este plan. Mañana mismo convoquen a todo el pueblo de Israel a la plaza, frente al palacio. Yo daré un discurso para convencerlos de que nos brinden su apoyo en estas tareas —. Dijo el faraón complacido, por la resolución a la que había llegado la audiencia.

Unas tres horas después del mediodía del día siguiente, una multitud de hebreos se había dado cita a las puertas del palacio, respondiendo a la convocatoria del soberano egipcio. Hombres, mujeres y niños esperaban con ingenuidad y alegría las palabras del faraón. En un balcón, ubicado sobre la entrada principal, desde el cual toda la gente reunida podía divisar y escuchar sus palabras, se asomó la figura imponente de Seti, provisto de su corona y de los adornos habituales en este tipo de ceremonias. Alzó sobre su cabeza los bastones reales que sostenía en cada mano y la multitud hizo silencio para escuchar el motivo de la llamada a la plaza.

—Queridos amigos, queridos hermanos. Los he convocado para solicitarles, en consideración a la hospitalidad que han recibido del pueblo egipcio, su colaboración para hacer de este país la nación más grande y poderosa de la tierra. Construir murallas que eviten el ataque de los pueblos enemigos, edificios para los asuntos de gobierno y templos para agradecer a nuestro dioses. Cada uno de ustedes recibirá en compensación un justo salario, que les ayudará a vivir con abundancia. —el engaño había comenzado y ahora debía ver si el pueblo hebreo había tragado el anzuelo.

—¿Cuento con vuestra colaboración? —preguntó el faraón.

Los israelitas, que no imaginaban que detrás de estas lindas palabras se escondía un engaño, respondieron afirmativamente y a viva voz al pedido de Seti, quién sintió el gozo de ver como su plan comenzaba a hacerse realidad.

Desde los confines del firmamento celeste, la voz del altísimo sonó satisfecha por el trabajo realizado por el arcángel:

—Muy bien por ti, Rafael. Has cumplido con mi mandato a la perfección. Ya está en camino la liberación más grande que tenga la historia de salvación del hombre y que solo será superada, en la plenitud de los tiempos, por la redención de la raza humana.

El ángel no pudo disfrutar del halago recibido, su corazón estaba partido. El sufrimiento que en poco tiempo su amado pueblo debería soportar, le producía un profundo dolor. Ahí quedó inmóvil mirando hacia Egipto. Durante días y días sus lágrimas rociaron la frondosa tierra del Nilo. El cielo permaneció todo ese tiempo de un penoso color gris. Una triste canción broto de sus labios. Cuentan nuestros padres, que en los días de mayor aflicción, creyeron escuchar una melodía que se hacía presente con el viento y que consoló las almas de toda la estirpe de Jacob durante cuatrocientos años.
 


Fuente: Cuentos de Mente

 

 

El rollo de la torah perdido

por Rab Binyomin Pruzansky

Los pequeños niños formaron rápidamente un tren, cada uno con sus manos en los hombros del niño de adelante. Se movieron enérgicamente, corriendo alocadamente por la periferia del shul mientras una multitud de gente bailaba en círculos concéntricos alrededor de la bimá. Algunos cargaban rollos de la Torá, adornados con coronas de plata y galas de terciopelo. Otros llevaban a sus hijos pequeños en sus hombros. Cuando terminaba una canción, sonaba otra a continuación, y nadie quería parar.

Observando la acción estaba una joven llamada Raquel, perteneciente a un grupo de niñas adolescentes que eran huéspedes en la casa del rabino Benzion Klatzko. Vestida a la moda, miraba la frenética escena con regocijo; esta era una experiencia por lejos diferente a cualquiera de las que había encontrado hasta ahora en el judaísmo. Para Raquel, el espíritu de la noche era una inyección de vida, un bálsamo para su alma afligida.

De repente, Raquel concentró su atención. Su anfitrión, el rabino Klatzko, se paró sobre una silla frente a la bimá sujetando fuertemente con sus manos un rollo de la Torá en miniatura. Tenía una historia para contar, y los hombres, mujeres y niños atiborrados dentro del shul estaban ansiosos por escucharla. Raquel se esforzó para escuchar cada palabra del cuento, porque sabía que podía estar hablándole a ella.

"Todas las semanas, en mi casa, tengo el privilegio de recibir entre 30 y 40 personas para las comidas de Shabat. La mayoría de ellas son estudiantes universitarios judíos que nunca han tenido la posibilidad de experimentar un Shabat. Vienen de todo tipo de entornos y de todo tipo de lugares alrededor del país, y se unen en mi casa y obtienen una idea de lo que es Shabat".

"Lo único, es que muchos de ellos se sienten incómodos con la idea de ir a un shul tradicional. Prefieren quedarse en mi casa y esperar que vuelva. El inconveniente en eso es que nunca tienen la oportunidad de ver la belleza de un rezo real de Shabat. Entonces decidí que lo mejor sería comprar un rollo de la Torá y un arca para el salón de mi casa. De esa forma, podría tener el rezo en casa, y ellos podrían participar de él sintiéndose cómodos. Además, le daría a muchos de ellos una oportunidad de recibir una aliá, algo que no han tenido desde su propio Bar-Mitzvá. Y están aquellos que ni siquiera han tenido un Bar-Mitzvá y nunca han sido llamados a la Torá en sus vidas".

"La pregunta es, ¿Cómo podría encontrar un rollo de la Torá casher a un precio accesible? Y un arca también sería una gran inversión. Entonces parecía que, a excepción de un milagro, sería imposible que mi idea tuviera éxito. Sin embargo, Dios no hace milagros para ti sin que tú hagas nada al respecto. Tú tienes que hacer tu parte y esperar a que Él se haga cargo del resto".

"Entonces abrí los periódicos y me fijé si alguien tenía un rollo de la Torá a la venta. Y créanlo o no, alguien tenía. Llamé al número inmediatamente y en el otro lado del teléfono había un hombre anciano que tenía un rollo de la Torá muy pequeño que estaba vendiendo. Tenía 28 centímetros de altura".

El rollo de la Torá había estado guardado en su armario sin ser usado por 50 años."Le pregunté de dónde lo había sacado, y me dijo que su padre había sido rabino de un shul en Catskills que eventualmente cerró. Remataron todo, y el rollo de la Torá fue lo único que guardó. Había estado guardado en su armario sin ser usado por 50 años, y ahora sentía que era el momento de vender eso también".

"Aunque quería bastante dinero por él y el precio era un poco caro para mí, le dije que me gustaría verlo. Accedió a venir a mi casa para mostrarme la Torá".

"Unos días después, el Sr. Foreman vino. Me mostró un hermoso rollo de la Torá – de más de 200 años de antigüedad, pero en perfecto estado. Me preguntó por qué lo necesitaba, y le expliqué sobre mis huéspedes de Shabat y mi idea de permitirles rezar en mi casa, en donde se sentirían a gusto".

"Me miró por un momento, aparentando estar muy conmovido por la idea de que esta Torá pudiera atraer gente al judaísmo. De repente, comenzó a llorar – realmente llorar, con lágrimas fluyendo por su cara. Yo estaba tratando de lograr que hablara, pero él literalmente no podía sacar ninguna palabra. Finalmente, explicó. Él se había alejado del judaísmo y casado con una mujer budista. Este rollo de la Torá era su única conexión, y en este momento, se sintió tan alejado que pensó en venderlo también. Pero cuando se enteró que esta Torá ayudaría a reconectar gente al judaísmo, quiso dármela como un regalo. De esta manera, sentía que quizás él también ameritaría ser reconectado y encontraría finalmente su camino a casa".

"Yo no sabía qué decir, pero ciertamente apreciaba este regalo increíble. Me di cuenta de que esta Torá había estado básicamente sin un hogar por los últimos 50 años. No había nadie que la leyera, que la conservara, que la cumpliera o que la mantuviera adecuadamente, y ahora Dios le había dado un hogar, y quizás también atraería a este judío solitario en el futuro cercano.

"Ahora, ¿qué hay del arca? Esa es una historia aparte. Encontré un aviso en internet, de un antiguo artefacto judío, un arca judía. Los vendedores no eran judíos, pero la habían comprado de un cura que les dijo que el arca era de origen judío".

Sobre el arca había una gran cruz. Casi desfallezco."Cuando abrí las fotos on-line del arca, vi delante de mí lo que parecía ser un arca artesanal bellamente elaborada. Era pequeña, por lo que no hubiese podido guardar en ella una Torá de tamaño regular, pero sería perfecta para la Torá que tenía. Cuando vi la foto de su parte superior, casi desfallezco. Había una gran cruz adosada a ella. De repente, no estaba para nada seguro de que este fuera un ítem de origen judío".

"De pronto noté una pequeña placa en el fondo del arca. Les pedí a los vendedores que me mandaran una foto de la placa que aparentaba tener escrituras hebreas en ella. Me mandaron una foto en la que había una clara inscripción en hebreo que decía: "Contemplen, el guardián de Israel no dormita ni duerme" (Salmos 121), que probó que el ítem debía ser judío. Después de un análisis más minucioso, los vendedores dijeron que la cruz era una pieza separada que había sido adosada. Me di cuenta que el cura que había comprado esta arca debía haber hecho esa adición. Yo estaba profundamente conmovido, y ciertamente la mano de Dios estaba guiándome".

"Compré el arca y la hice enviar a mi casa. La cruz fue removida y me maravillé con el versículo que estaba inscrito. Nunca antes había visto este versículo en particular escrito en un arca. Y me di cuenta de que aquí había un mensaje. Era como si Dios me estuviera diciendo que aunque esta arca estuvo perdida por muchos años, Él nunca se olvidaría de ella. No descansó hasta que finalmente fue depositada en manos judías".

"Mis queridos amigos, miren lo que tengo aquí. Una Torá que fue rechazada por tantos años finalmente recibió un hogar en un arca judía que había sido utilizada por un cura. Y el mensaje era claro, que Dios nunca renunciaría a ellas. No olvidó ni esta arca y ni esta Torá perdida, y finalmente las dos fueron reunidas y ahora pueden ser utilizadas para acercar a jóvenes judíos de regreso a su Padre en el Cielo".

"Esta Torá no ha bailado por más de 50 años, y ahora tenemos la oportunidad de darle la bienvenida a casa. Démosle la bienvenida que merece".

Todo el shul estalló en cantos y bailes. El pequeño rollo de la Torá estaba en el centro de todo, empapándose con el abrumador amor y honor que había estado extrañando por décadas. Ya no estaba más encerrado lejos, sin uso, en esta festividad para regocijarse. Ahora estaba donde pertenecía, en el centro de todo.

Más tarde aquella noche, el rabino Klatzko llevó la Torá a casa y la protegió dentro del arca en su salón. Lo que marcó la diferencia en Raquel no fue solamente la sensación de tranquilidad y calidez que ella tanto apreciaba. Fue la asombrosa e indescriptible sensación de este rollo único de la Torá.

La comida terminó tarde, y al final, el contento pero exhausto grupo se dirigió a sus cuartos para un sueño reponedor. Raquel estaba acostada en la cama, con los ojos bien abiertos, con el sonido de su corazón latiendo en sus oídos. Esperó un largo tiempo, posiblemente una hora o más, hasta que estuvo segura de que nadie en la casa permanecía despierto. Se escabulló silenciosamente de su cama y caminó en puntas de pie hasta el salón. Allí estaba el arca, como si hubiese estado esperándola.

Allí, Raquel le habló a Dios con su corazón, y pidió que la dulzura de esta casa algún día fuera suya, en su propia vida. Esas eran las primeras plegarias que sus labios habían pronunciado en muchos años. La amargura de su hogar - las constantes peleas, la culpa y la ira, las nubes de tormenta que amenazaban con soplar a través de la puerta en cualquier momento - habían actuado como un cuchillo extremadamente afilado, cercenando su conexión con Dios. Aquí, en el hogar de los Klatzko, podía sentir que la conexión se estaba reparando; la energía estaba crepitando nuevamente en su ser, y comenzaba a fluir otra vez.

Rememorando el exilio del rollo de la Torá, ella pensó para sí misma: "Mi querido, sagrado rollo de la Torá, tú sabes lo que es sentirse rechazado. Sabes cómo se siente vivir con gente que no nota tu belleza y que no aprecia tu valor. He vivido de esa forma toda mi vida, pero tú has vivido así por mucho más tiempo. Cincuenta años completos estuviste ahí y nadie te besó, ni te alzó, o siquiera miró dentro tuyo para ver lo que había allí. Pero me has dado esperanza, porque después de 50 años, ¡mira lo que ha pasado! ¡Mira la noche que has tenido! Todos te abrazaron y te besaron. Todos querían bailar contigo. Eras la estrella del show. Dios no duerme. Él permanece en guardia para Su pueblo, y me está cuidando a mí".

"Por favor, Dios, te estoy implorando, que yo pueda ser como este rollo perdido de la Torá. Sé que todavía hay santidad en mí. Por favor permíteme aferrarme a ella, al igual que lo hizo esta Torá. Y cuando sea el momento correcto, envíame un marido que me honre y me ame en la forma que una esposa debería ser honrada. Permíteme tener un hogar feliz, sagrado, y lleno de hijos y de invitados y bondad, como esta casa. Por favor, Dios, encuéntrame, también a mí, y tráeme a casa".


 

 

El Rabino de Janowo

por Rab Nachman de Bratzlav

Una vez salió el rabino de Janowo en tartana a la feria de Pantschowa, con intención de pernoctar en Mokri.

Esto es una cosa que a primera vista parece tan sencilla como coser y cantar. Pero en la realidad sucede que cuando hay feria en Pantschowa, allá van todos los judíos, y cada vez que allí van los judíos, pernoctan indefectiblemente todos en Mokri. Por eso, cuando el rabino llegó a este pueblo se encontró con que no había en la posada un palmo desocupado y no le quedó más remedio que resignarse a pasar la noche en su tartana dentro de un pajar.

Moishele Bandwurn, el cochero, metió el carruaje al abrigo del tejado, ató los caballos a la lanza con la cabeza vuelta hacia la tartana para que pudiesen tomar su pienso del pesebrillo delantero, dispuso lecho para el rabino dentro del carruaje y debajo de él para sí, y con esto había llegado la noche.

Luego que el rabino hubo rezado sus preces, dijo:

-- ¿Has rezado para que no nos roben los caballos, Moishele?

-- No, maestro.

-- Pues reza con fervor y..., además, cuida de atar bien el tiro.

Hizo el cochero lo que le habían mandado, y no bien hubo terminado volvió el rabino a la carga.

-- Moishele: si has rezado con verdadero fervor y no te has olvidado de atar los caballos que mejor supiste y, además, te mantienes en vela y ojo alerta, entonces, a pesar del peligro que consigo trae este desorden de las ferias, es posible que no nos roben los animales.

Descanse el maestro --contestó Moishele --, que yo no pegaré ojo ni dejaré de estar al tanto..

Llevose entonces el rabino ambas manos a la cabeza, murmuró unas últimas preces y, lentamente, subió a la tartana.

A esto de media noche despertó el rabino en su incómodo lecho sobresaltado por unos ladridos de perro, y llamó a Moishele:

-- ¿Qué queréis maestro?

-- ¿Dormías Moishele?

-- No, maestro.

-- ¿Qué haces entonces?

-- Estaba meditando, maestro.

-- ¿Y sobre qué meditabas Moishele?

-- Pues estaba pensando...., estaba pensando en... adónde irá a parar la cera cuando una vela se consume

-- Muy bien. Mientras se te ocurra pensar en cosas tan interesantes seguro estoy de que no te dormirás -- aprobó el rabino, curado del sobresalto y volviéndose del otro lado para dormir tranquilamente.

Una fría corriente de aire penetró por los resquicios de la mal ensamblada puerta del pajar y el rabino volvió a despertarse.

-- ¡Eh, Moishele! -- llamó.

-- ¿Qué quieres, maestro?

-- ¿Duermes, Moishele?

-- No, maestro.

-- ¿Qué haces entonces?

-- Meditando, maestro.

-- ¿Y en qué meditas?

-- Pienso..., pienso... en adónde va a parar la madera de las tablas que desaparece al par paso a los clavos.

-- No está mal. Mientras tengas buenas ocurrencias, ya se yo que no te dormirás -- dijo el rabino, volviéndose aliviado del otro costado



Empezaban a palidecer las estrellas cuando el canto del gallo despertó al rabino.

-- ¡Eh, Moishele! -- llamó.

-- ¿Qué deseáis, maestro?

-- ¿Dormías, Moishele?

-- No, maestro.

-- ¿Qué hacías entonces?

-- Meditaba, maestro.

-- ¿Y en qué piensas, Moishele?

-- Maestro...: si he decir la verdad, pienso..., pienso... en que las puertas están bien cerradas, en que aquí nada se ha movido y, sin embargo..., ¿a dónde han ido a parar los caballos…?


 

 

El Shabat Interrumpido

Era un típico Shabat a la tarde en la casa de Rabí Shmuel Hanaguid. Mientras la familia estaba sentada en la mesa del comedor, a punto de comer la comida de Shabat, Rabí Shmuel Hanaguid sólo podía sonreír por su buena fortuna. Si bien estaba viviendo en España, lejos de Eretz Israel, había sido bendecido con una buena familia, un próspero negocio de alfombras, y la libertad de estudiar Torá como gustaba. Di-s había sido ciertamente bondadoso con él.

Bruscamente, escuchó un fuerte golpe en la puerta. ¿Quién podía estar llamando durante la comida del Shabat? ¡Era muy extraño!

El hijo de Rabí Shmuel fue a la puerta, habló con alguien por un momento, y corrió otra vez al comedor mareado. "Papá, hay un ministro del príncipe esperando verte, y dice que es urgente".

Rabí Shmuel estaba sobresaltado. Él pensaba que sus relaciones con el príncipe eran buenas. ¿Quién sabe? Al fin y a cabo, esto era el Galut, y los judíos estaban en exilio. ¿Quién podía confiar en los gentiles para que trataran a los judíos con bondad? ¿Qué quería el príncipe de él?

Para saberlo, Rabí Shmuel corrió a invitar al ministro a entrar. El ministro rápidamente contó el propósito de su visita. "El príncipe lamenta molestarlo en su santo día, pero surgió un importante asunto, y me pidieron acompañarlo al palacio inmediatamente."

"¿He hecho algo para ofender a su majestad?"

¡No, en absoluto! El príncipe está agasajando hoy a importantes visitas, y los quiere impresionar con su riqueza. El príncipe sabe que usted lo puede ayudar si le vende una de sus excelentes alfombras. Por lo tanto, quiere que se presente en el palacio inmediatamente para entregarle sus mercancías y concluir el negocio".

¡Entonces era eso! Rabí Shmuel evaluó la situación cuidadosamente. El príncipe era sumamente importante, y no podía ser rechazado fácilmente. Sin embargo, Rabí Shmuel no consideró su solicitud ni un momento. Era, después de todo, el sagrado Shabat, y su santidad no se puede cambiar por un negocio. Rabí Shmuel no perdió tiempo en decirle esto cortésmente al ministro.

"Informaré su respuesta al príncipe, pero no sé si su majestad se alegrará con ella". Con esto, el ministro salió.

"¿Piensas que fue la respuesta adecuada, padre?" preguntó uno de los hijos de Rabí Shmuel. "El príncipe podría enojarse contigo".

"Príncipes vienen y van", dijo Rabí Shmuel, "pero nuestras sagradas tradiciones permanecen constantemente en todas las generaciones. Ahora olvidémonos del príncipe y honoremos al Shabat con canciones de Zemirot".

Pero el desafío aún no había terminado. Luego de haber recitado el Bircat Hamazón hubo un segundo golpe en la puerta. Esta vez era un representante del príncipe de más alto rango que el anterior. "Tengo aquí una declaración escrita del príncipe", dijo. "Nuevamente pide que usted venga conmigo a su palacio. Si usted lo hace, será recompensado generosamente".

"¿Y si no?", preguntó Rabí Shmuel.

"Pues el príncipe decidirá cancelar todos sus tratos con usted y recomendará a otros a hacer lo mismo".

La respuesta de Rabí Shmuel no tardó en llegar. "Dígale al príncipe que será un honor para mi ir al palacio, pero después de Shabat. Pero hasta que el Shabat acabe no puedo. Lamento si le estoy causando al príncipe alguna dificultad, pero esta es la voluntad de Di-s.

El representante salió.

"¿Piensas que el príncipe realmente llevará a cabo su amenaza?" preguntó la esposa de Rabí Shmuel.

"Probablemente", contestó Rabí Shmuel. "Pero todas las riquezas que el príncipe me pueda dar no significan nada si tengo que violar el Shabat para lograrlas. No te preocupes sobre como vamos a vivir si el príncipe deja de negociar conmigo. Vamos a sobrevivir. Sólo confiemos en Di-s, Él nos ayudará.

La noche ya había caído cuando se escuchó el tercer golpe en la puerta. Esta vez, entró una banda de cuatro soldados dando órdenes de llevar al Rabino directamente al palacio. Rabí Shmuel estaba listo para ir con ellos. "El Shabat terminó, ahora estoy listo para ir donde ustedes digan". Calmó a su preocupada familia, y salió con los soldados.

Ellos condujeron a Rabí Shmuel hasta el aposento del príncipe y salieron, dejando a los dos hombres solos. Rabí Shmuel pensaba qué tipo de castigo le correspondería. Pero luego, miró de más cerca al príncipe... ¿Qué era esto? Él no podía estar seguro, pero le parecía que el príncipe estaba sonriendo, y estaba contento de verlo.

"Le tengo que pedir perdón realmente" - dijo el príncipe. "No quería molestarle en su santo día, pero quería probarle en un punto.

"Usted verá, un príncipe vecino vino a visitarme hoy. Él denunciaba que los judíos son gente avara que harían cualquier cosa por el dinero. Yo le aposté que estaba equivocado, y le conté sobre mi amigo Rabí Shmuel Hanaguid, que valora sus creencias religiosas por encima de la riqueza. Nos pusimos de acuerdo en probarle, ordenándole que me vendiera alfombras en el Shabat. Mi invitado estaba muy sorprendido cuando usted se opuso no solo una vez, sino dos veces, aun cuando esto significaba perder muchísimo dinero.

"Usted cumplió más de lo que creía, y por esto estoy agradecido. Como resultado, no solo que seguiré negociando con usted, también le encontraré muchos nuevos clientes. Usted es realmente un judío fiel, y le deseo mucho éxito en el futuro".

El rechazo de Rabí Shmuel de violar el Shabat, le fue pagado. Fue muy exitoso y, más importante, ganó un enorme respeto por demostrar que los judíos son leales a Di-s.


Fuente: Mesilot hatora


 


 

 

 

El Bar Mitzva del Abuelo

¿Qué inspiró mi abuelo ochenta y ocho años para celebrar finalmente su bar mitzvá?
 

por Avraham Berkowitz

En agosto pasado, estaba visitando a mis abuelos en su casa de Los Ángeles. Yo vivo en Moscú y viajo a menudo a los EE.UU., y trato de que sea una prioridad volar a Los Ángeles por lo menos una vez al año para visitarlos.

Sentado en la sala de estar con mis abuelos en aquella noche de verano, pregunté por un familiar que estaba por cumplir trece años y si se le permitirá tener un Bar Mitzvá, y cómo podía ayudarle a celebrar uno.

La abuela me dijo: "¿Por qué estás preocupado por tu primo, si tu propio abuelo no tuvo un Bar Mitzvá?"

"Papá, ¿usted nunca tuvo un Bar Mitzvá? Pregunté, no muy sorprendido.

"No, no lo hice, Abraham, ¡y es culpa tuya también!" Me dijo Papá.

La abuela y Papa llevaban una buena y ética vida, pero no son ortodoxos. Mi madre abrazó el judaísmo observante a los veinte años y me crié en un hogar lleno de la espiritualidad y forma de vida de los jasidim de Jabad.

Para mí y mis ocho hermanos, nuestros abuelos siempre han sido una parte fundamental de nuestra vida familiar. A pesar de las diferencias culturales y religiosas que nos separan, siempre encontramos multitud de formas para conectarnos, como corresponde a las familias, con amor y alegría.

El único tema que fue un desafío, sin embargo, fue la religión. Como adolescente, fui probado hasta la médula, mis abuelos nunca quisieron que yo practicara mi fe o religión por rutina o aceptara sin cuestionar.

Por respeto, yo nunca les instó a aumentar su observancia en el judaísmo. Son mis mayores y maestros, no a la inversa.

"Papá, ¿cómo es mi culpa?" Pregunté, pensando que la respuesta seguramente sería interesante.

Papá me recordó un viaje que hice en 1997 desde su casa en las colinas al valle en Encino, para visitar al señor Lionel S., a quien había conocido el verano anterior en un viaje a Alaska.

En julio de 1996, pasaba mi segundo verano en Alaska trabajando para mis mentores de divulgación de Jabad, el rabino Yosef Greenberg y Ester, que sirven como notables representantes de Jabad en una de las últimas fronteras. Yo estaba en la Cuarta Avenida frente al Centro de Visitantes de Alaska en el centro de Anchorage, tenía un par de tefilín y paquetes de información sobre el Centro Judío de Jabad. Mi tarea por la mañana fue recibir a los turistas y los pasajeros que desembarcaban de los buques de crucero que podrían estar interesado en una comida kosher o servicios judíos durante su estancia en la hermosa Alaska.

Siempre fue una delicia satisfacer a turistas de todo el mundo, quienes en general estaban muy sorprendidos, o no sorprendidos en absoluto, al ver a un joven estudiante de Jabad acercarse a sus hermanos judíos en la calle, en Anchorage nada menos.

Entonces vi a un hombre alto, de edad avanzada con su mujer que salía del centro de visitantes y se dirigía a la Cuarta Avenida. Me acerqué a ellos con una sonrisa y saludé. El hombre me miró intensamente, y en voz alta y enojada me dijo que siguiera caminando. Temblando, dije: "Pido disculpas, estaba saludando a hermanos judíos que han venido a Alaska".

"Entonces, ve a buscar a otra persona que molestar" replicó. "¡No quiero tener nada que ver contigo!"

Mi cabeza daba vueltas, estaba herido interiormente, pero sabía que no había hecho nada irrespetuoso. Era evidente que lo que represento —ser un judío religioso, con una barba y una kipá en la cabeza —fue lo que lo molestó tanto.

"Señor, con todo respeto" aceleré mi paso y me paré junto a él, mirando directamente a sus ojos. "Supongo que un judío ortodoxo le ha hecho algo muy malo y por lo tanto no quiere hablar conmigo. Por favor, dígame en qué lo han dañado, así yo, como otro judío ortodoxo, no voy a repetir el mismo error en el futuro".

El hombre se calmó y me pidió que me sentara con él y su esposa en un banco cercano. Durante la hora siguiente, me senté dispuesto escuchar la historia de Lionel S.:

"Nací en Londres en 1929. Mi padre era un soldado de las fuerzas aliadas británicas contra los nazis. Antes de que mi padre fuera al frente, le pidió a mi madre que cuidara bien de mí y se asegurara de que fuera Bar Mitzvá. Como los alemanes atacaron Londres durante la guerra relámpago, mi madre y yo huimos a Gales para escapar de los bombardeos.

"La vida era muy difícil, éramos pobres y vivíamos a salto de mata. Mi madre, sin embargo, quería que me prepararan para mi Bar Mitzvá como lo prometió a mi padre, por lo que me trajo a la sinagoga en Cardiff para las clases de Bar Mitzvá. Algunos otros chicos se habían reunido allí y yo me senté en mi primera clase escuchando atentamente, tratando de sacar mi mente de la guerra y nuestros problemas. Cuando mi madre vino a buscarme, el profesor de Bar Mitzvá dijo a mi madre que las clases costarían una libra esterlina. Mi madre, que estaba sin dinero, pidió el rabino que le perdonara los costos. Él respondió: 'Lo siento, ¡no hay libra, no hay Bar Mitzvá!

"Mi madre fue humillada. Ella me tomó por el cuello y salimos de la sinagoga. ¡Esa fue la última vez que pisé en una sinagoga! Nunca he tenido un Bar Mitzvá y mi padre, que nunca regresó del frente, no tuvo su último deseo".

Lionel y yo estábamos llorando en el banco, y yo no podía encontrar palabras de defensa para lo que se había hecho a él ya su madre. Podría haber argumentado que el profesor/rabino daba de comer a muchos niños y también tenía que sobrevivir. Él pudo haber estado usando los fondos para salvar a otras familias desplazadas... Miré a Lionel y le dije: "Ahora soy un estudiante rabínico, y le prometo que si los padres no tienen los medios para hacer un Bar Mitzvá de su hijo, siempre voy a recordar su historia y no cobraré a los padres para el Bar Mitzvá sus hijos".

Lionel estaba satisfecho con mi respuesta, pero sentí su profundo dolor por no haber celebrado nunca su propio Bar Mitzvá.

"Lionel, venga vamos a poner tefilín, tenga su Bar Mitzvá y cumpla el último deseo de su padre".

Y así, el pequeño joven estudiante rabínico y el hombre alto, de edad avanzada, antes antagonistas caminaban por la calle de Anchorage a la habitación del hotel de Lionel, donde tuve el privilegio de ponerle tefilín a Lionel por primera vez en su vida y para celebrar su Bar Mitzvá.

Lionel estaba emocionado y excitado llamó a sus hijos para contarles la historia de su Bar Mitzvá en Alaska.

Un año más tarde, estaba visitando a mis abuelos en Los Ángeles y le pedí a mi abuelo que me llevara a la casa de Lionel para que yo pudiera visitarlo nuevamente.

Y ahora mi papá me dijo que después de esa reunión y escuchar la historia de Lionel de su tardío Bar Mitzvá, él también estaba dispuesto a tener uno.

Mi abuelo se acordó de su propia infancia. Nació huérfano, ya que su padre murió en una epidemia de tifus en 1918, mientras que su madre todavía estaba embarazada de él. Fue criado por su madre muy trabajadora, pero nunca tuvo un padre que lo llevara a la sinagoga para tener un Bar Mitzvá.

Pero yo nunca lo llevé a cabo, nunca hice la solicitud... Y es por eso que es mi culpa que, hasta hoy, nunca había celebrado su Bar Mitzvá!
"Mañana por la mañana, papá" le prometí.

"¡Genial! Voy a tener mi Bar Mitzvá por la mañana"

A las 6:30 de la mañana del Viernes, 10 de agosto 2007, mi abuelo de 88 años de edad y yo fuimos al patio trasero de su casa, donde lo ayudé a ponerse mi talit, envolvió el tefilín de la mano alrededor de su brazo, y se colocó el otro en la cabeza. Papá hizo la bendición y dijo el Shema y luego recibí el más amoroso y largo abrazo de papá, mientras cantábamos juntos Siman Tov U'mazal Tov. La abuela y mi papá fueron conmovidos hasta las lágrimas de alegría.

Este fue el punto culminante y absolutamente más conmovedor de mi vida personal y rabínica —el poder llegar completar el círculo con mi propio abuelo.

Mi abuelo rápidamente llamó a mi madre en Detroit y envió correos electrónicos y llamadas a mis ocho hermanos que viven en todo el mundo. Fui a Radio Shack y compré a mi abuelo una gran pantalla para su computadora como su regalo de Bar Mitzvá presentes, para que pueda seguir en contacto permanente con todos sus nietos y sus más de veinte bisnietos por muchos años de felicidad y salud en los años venideros.
 


Fuente: Jabad.com

 


 

 


Historia de un leñador


Cuento tradicional talmúdico (Extraído y adaptado de la colección de Ora Ganuz. Recopilados por Martín Buber)

En un pueblecito judío de Polonia, su gente se preparaba para la más sagrada de sus festividades: el Iom Kippur. El día del perdón. Al salir la primera estrella y como todos los años, el pueblo casi desparecía entre las montañas porque nadie hacía otra cosa que estar en el templo rezando fervorosamente y ayunando para asegurar el perdón divino y conseguir así que el buen Dios, como decían los libros sagreados, inscribiera a cada uno y al pueblo entero en la lista de los que tendrían un buen año.

Durante todo un día ningún judío observante comía, ni trabajaba, ni se divertía. Tan solo se consagraba a la oración. Lo hacía por sí mismo, por su familia y por los vecinos.

Estaba oscureciendo cuando el último de los hombres del pueblo llegó jadeando al templo.-

-¡Rabino, rabino! -gritaba.

-¿Qué pasa? -dijo el bondadoso Baal Shem Tov saliendo a su encuentro..

-Tenemos un problema gravísimo. Hay que solucionarlo. Dios nos va a castigar a todos si no hacemos algo. El pueblo entero volará por el aire con su furia...

-Cálmate... ¿Qué es lo que pasa?

-Yo venía cabalgando de prisa hacia el pueblo y, para llegar a tiempo, crucé por el camino de la montaña y pasé cerca de la cabaña de Guedalia... Y allí lo vi. El gigante estaba sentado frente a una gra mesa llena de comida y bebida dispuesto a darse un atracón, que te aseguro que le llevaría más de veinticuatro horas tragar. Yo pensé que él no se había dado cuenta del día o de la hora, así que me acerqué a saludarlo y advertirle. Pero apenas me vio llegar y antes de dejarme hablar me gritó: "Ya sé que estamos empezando el Kippur, pero yo soy Guedalia y como y bebo cuando quiero y cuanto quiero. ¿Está claro? Y ahora... ¡fuera de aquí!". Y yo, Rav, vi brillar la furia en sus ojos y salí huyendo. Vine directo a la sinagoga porque pensé que debía contártelo. Tú eres el rabino de este pueblo, debes hacer algo para salvarnos de la ira de Dios por esta ofensa.

-¿Qué pretendes que haga? Empieza el Kippur, hablaré con él mañana, después que salga la primera estrella.

-Estás loco, ¿cómo mañana? ¿No te das cuenta? Para mañana Dios puede haber destruído toda la región.

-No, no, no, no -agregaron todos los demás-. Debes ir ahora mismo a verle. Tienes que salvarnos de ese salvaje que nos quiere matar. Nosotros rogaremos mientras tanto para que Dios tenga paciencia hasta que hables con él y no destruya este pueblo por los pecados de Guedalia.

Baal Shem Tov agarró su vara de caminar y se dirigió al bosque donde estaba la casa del leñador. Desde lejos se veía la gran mesa de madera llena de carnes, frutas y verduras iluminada con lámparas de aceite. Al llegar a la cabaña, la noche había caído. El día del perdón había empezado.

En efecto, Guedalia estaba comiendo como si nunca hubiera probado bocado. Era impresionante. El leñador era un verdadero gigante, tan alto como un pino, tan ancho como un ombú, tan fuerte como un roble. Y allí estaba esa mole comiendo y bebiendo casi sin parar a respirar.
-¿Qué pasa, Guedalia? ¿Por qué estás comiendo hoy que es el día del perdón? Puedes comer todos los otros días, pero hoy podrías acompañarnos en nuestro ayuno.

-No -dijo Guedalia.

-¿Por qué no, Guedalia? ¿Te hemos ofendido?

-No tengo tiempo para conversar, Rav. Tengo todo esto para comer y mañana ya debo volver a trabajar...

-¿Por qué dices que debes comer toda esa comida?¿Cual es la necesidad de comer tanto?

Guedalia siguió comiendo desesperadamente sin contestar una palabra. Baal Shem Tov se sentó en el suelo en silencio y comenzó a rezar. Así se pasaron toda la noche y todo el día siguiente. Ninguno de los dos durmió. Uno rezando y el otro comiendo.

Finalmente, la primera estrella apareció de nuevo en el horizonte y Baal Shem Tov se levantó y se acercó a Guedalia. La mesa estaba vacía salvo por algunas migas de pan que se habían escapado a la voracidad del único comensal. El rabino lo miró sin decir nada y Guedalia le habló:

-Un día, cuando yo tenía diez años, mi padre me llevó con él al bosque. Estaba intentando enseñarme a usar el hacha. Habíamos ido con nuestras dos mulas cargadas de provisiones, unas mantas y las hachas al hombro. Todo sucedió tan rápidamente... Cuatro cosacos aparecieron de la espesura, agarraron a mi padre y empezaron a revisar las alforjas de las mulas buscando licor y comida. Después de adueñarse de lo que quisieron, empezaron a a burlarse de mi padre. Lo empujaban e insultaban tirando de su barba y pateándole el trasero. En cierto momento uno de ellos dijo: "Danos el dinero que tengas". Mi padre, pobre, nunca tenía más que unas monedas de cobre en el bolsillo, así que las sacó y se las dio. "¿Esto es todo, basura? ¿Esto es todo lo que tienes?", le dijeron: "No te mereces seguir viviendo". Y entonces, entre tres, lo ataron a un árbol, mientras uno de ellos me sujetaba en el aire con una mano y me decía: "Mira y aprende, pequeño judío, aprende". Rociaron a mi padre con un poco de aceite y le prendieron fuego... Mi padre era tan pequeño y tan delgado que se consumió en un instante casi sin llama. Los cosacos me arrojaron a un costado y se fueron riendo a carcajadas. Ese día, Rav, yo hice una promesa.

Juré que en el resto de mi vida, cada vez que no estuviera trabajando, iba a comer y comer.

Comería sin parar hasta ser un gigante, hasta que mi cuerpo juntara tanta grasa que si alguna vez me pasaba lo mismo que a mi padre, no me consumiera como él. Juré que si alguien podía atarme a un árbol y prenderme fuego, yo iba a arder tan intensamente e iba a desprender un humo tan negro, que desde cualquier parte del mundo todos sabrían que en ese lugar estaban quemando a un hombre.

Baal Shem Tov se acercó a Guedalia, lo besó en la frente y volvió caminando lentamente al pueblo. Todos lo esperaban. Habían rezado por él y por la supervivencia del pueblo. Habían pedido, rogado e implorado a Dios que no los castigara por las ofensas de un maldito pecador. Cuentan que el rabino bajó la cabeza casi avergonzado de lo que escuchaba y les dijo:

-Les aseguro que si alguna vez este pueblo se salva de alguno de los castigos de Dios, que todos sabemos que merecemos, si se salva, les digo... será gracias a Guedalia."

 



Fuente: Marianistas.org
 


 

 

Tomás, el ortodoxo

por Aida Bortnik

Tomas era un niñito muy prolijo. Tanto, que casi, casi, no parecía un niñito. Nunca preguntaba demasiado, nunca pedía demasiado, nunca curioseaba demasiado. Estaba siempre limpio y e iba a dormir cuando los niñitos tenían que irse a dormir. Todos sus juguetes estaban enteros, brillantes y en el estante correspondiente. Estaba tan preocupado por conservar todos sus juguetes, que nunca jugaba con ellos. Tomas era un niñito al que no inquietaban el vuelo de los pájaros ni el funcionamiento de su cuerpo.

Tomas era un joven muy disciplinado. Tanto, que casi, casi, no parecía un joven. Nunca preguntaba demasiado, nunca pedía demasiado, nunca curioseaba demasiado, nunca intervenía demasiado. Estaba siempre prolijamente vestido y educado con las chicas y respetuoso con los mayores. Estaba tan preocupado por repetir bien sus lecciones que nunca sabia de que estaba hablando. Tomas era un joven al que no inquietaban el rotar de las estrellas ni el bullir de su sangre.

Tomas era un hombre muy ordenado. Tanto, que casi, casi no parecía un hombre. Nunca preguntaba demasiado, nunca pedía demasiado, nunca curioseaba demasiado, nunca intervenía demasiado, nunca se comprometía demasiado. Estaba siempre del humor justo y trataba cortésmente a las mujeres, a los mayores, a los jefes y a los subordinados. Estaba tan preocupado por cumplir con todos sus deberes que nunca tuvo tiempo para saber que significaban. Tomas era un hombre al que no inquietaban el destino de la humanidad, ni el significado de sus pesadillas.

Tomas era un marido muy metódico. Tanto, que casi, casi, no parecía un marido. Nunca preguntaba demasiado, nunca pedía demasiado, nunca curioseaba demasiado, nunca daba demasiado. Cuando era preciso se disponía a hablar brevemente, escuchar brevemente y proceder brevemente, durante el abrazo. Estaba tan preocupado en observar todas las reglas del matrimonio que nunca se le ocurrió disfrutar. Tomas era un marido al que no inquietaban los fantasmas de la felicidad, ni los demonios de los celos.

Tomas era un padre muy riguroso. Tanto, que casi, casi, no parecía un padre. Nunca preguntaba bastante, nunca pedía bastante, nunca curioseaba bastante, nunca intervenía bastante, nunca se comprometía demasiado, nunca daba demasiado, nunca esperaba demasiado. Estaba siempre dispuesto a juzgar y a ordenar, sin olvidar los buenos modales. Estaba tan preocupado por ejecutar todas las obligaciones de la paternidad que nunca pudo conocer a sus hijos. Tomas era un padre al que no inquietaban las frustraciones de sus sueños, ni las posibilidades de una guerra.

Tomas murió una mañana de verano. Lo enterraron por la tarde. Por la noche comenzaron a olvidarlo.

El señor lo observo en silencio, mientras escuchaba el minucioso relato de sus deberes cumplidos. Después suspiro - el Señor, Tomas jamás suspiraba- y dijo: "Cada siete días, cuando orabas prolijamente tus oraciones, sin olvidar ninguna palabra, yo esperaba. Como esperaron tus padres y tus hijos, tus maestros y tu mujer, tus compañeros y tus ángeles. Esperaba que preguntaras algo, que pidieras algo, que exigieras algo, que sintieras algo demasiado poderoso para ser controlado. Esperaba que te encontraras o te perdieras. Esperaba, como todos esperaron, que me necesitaras. Pero me has dado a mi, regularmente, cada séptimo día, lo mismo que le has dado a la vida: una devoción vacía. Tu eres el único fracaso imperdonable para la Creación: un hombre que no la cuestiona. Vete, Tomas -concluyo el Señor-, también yo quiero olvidarte."


Fuente: Plural Jai
 


 

 

Hay que cuidar el honor de los demás


Había un rey, que su tendencia natural en momentos en que se enojaba con alguien, y determinaba en su mente matarlo, entonces lo miraba con rostro de enojo y ojos llenos de ira Sus siervos y esclavos se habían convertido en expertos y reconocían estas señales y sabían cuando el rey se había enojado con alguien y se hizo presa de él el deseo de eliminarlo y una vez que estas señales se dejaban ver en el rey, ya no volvía atrás, la víctima perecería indefectiblemente.

Cierta vez se hallaba el rey en su despacho, y los intendentes estaban delante suyo, y los gobernantes de las diferentes naciones estaban sentados a su mesa, y los servidores del rey acercaban a la mesa todo tipo de bandejas llenas de alimentos deliciosos. y aconteció que uno de los jóvenes siervos del rey acercó una fuente llena de sopa, resbalándose de sus manos por un instante, lo que provocó que caigan unas gotas en las vestimentas del rey.

El rey se enojó mucho, y miró al joven mostrando las conocidas señales que indicaban que era su deseo quitarle la vida al joven sirviente.

El muchacho ve el rostro enfurecido del rey que indicaba indefectiblemente el deseo de terminar con su vida, ya que las señales eran elocuentes y ya estaba comprobado que cuando el rey miraba así, el que había sido mirado perdería su vida y supo que ya no había salvación.

Tomó entonces la fuente con la sopa que estaba sobre la mesa y la volcó intencionalmente sobre el rey, derramando sobre este toda la sopa, ensuciándolo desde la cabeza a los pies.

El rey se tornó furioso en extremo y dijo al joven sirviente: "¡Malvado, ahora te mataré a través de una muerte horrenda y cruel!.

Pero primero dime por favor: ¿Por qué hiciste esto último?, tendrías que haberme suplicado que te perdone, haciendo alusión a que las gotas que cayeron sobre mi fue algo accidental, sin intención de tu parte de hacerme daño, y ahora no es suficiente con que no encontraste reparo para intentar defenderte y mostrar que lo que hiciste fue sin querer, sino que aumentaste más aun tu desfachatez y tomaste intencionalmente la fuente y me la volcaste encima con total descaro ensuciándome desde la cabeza a los pies".

El joven respondió: "He aquí yo voy a morir ahora como has dicho, a través de una muerte horrenda y cruel sin ninguna duda, pero Hashem sabe cual fue mi verdadera intención en hacer esto que hice, si fue para revelarme contra ti o para beneficiarte.

Ya que vi como que salía humo de tus ojos de la furia que emanaba tu rostro en el momento que se me cayeron unas gotas de sopa sobre tus vestidos sin querer, y yo se por las señales que mostraste que tu deseo era matarme, entonces me dije a mi mismo que seguramente te dispones a derramar sangre inocente, y esto va a ser escuchado por los demás reyes quienes comenzarán a hablar cosas muy malas en contra de ti, ya que dirán que derramaste sangre inocente sin ningún motivo valedero, ya que no correspondía sobre el joven la pena de muerte por lo que hizo, ya que no fue algo intencional.

Y esto perjudicaría tu honor en gran manera, por lo que decidí tomar la fuente y derramártela encima con total intención y atrevimiento, para que puedas matarme y no te critiquen por haber derramado vilmente sangre inocente". El rey escuchó las palabras del joven y le pareció bien ante sus ojos y dijo: "ya que es tan importante mi honor ante tus ojos, a tal punto de estar dispuesto a entregar tu alma por mi honor, entonces también yo perdono tu falta".

Y con esto expliqué con la ayuda de Hashem, el motivo correcto a lo dicho por nuestros sabios que sean recordados para bendita memoria en explicación al versículo (Shmúel b 15: 32 ): "David llegó hasta la cima", y deducimos de la palabra "cima", que lo que pretendió David hacer es idolatría, ya que comparando la palabra "cima" de aquí con la misma palabra pero que versa en Daniel 2: 32 donde dice que "La cima (la parte superior) de esa imagen es de oro bueno", refiriéndose a la cima de una imagen de idolatría, entendemos que en nuestro versículo en Shmúel b 15: 32 también se refiere a idolatría.

Y continúa diciendo el versículo en Shmúel b 15: 32: "y he aquí viene a su encuentro Jushí Haarakí, con sus ropas rasgadas y tierra sobre su cabeza".

Explican nuestros sabios, que le dijo a David: "Van a decir que un rey como tú hizo idolatría". David le respondió: "Dirán que un rey (bondadoso) como yo fue asesinado por su hijo (y eso provocarán que hablen respecto de Hashem que permitió tal cosa injustamente, por lo que al final se profanará el nombre de Hashem); es mejor hacer idolatría y que no sea el nombre de Hashem profanado públicamente".

Jushí le preguntó: "¿Por qué tomaste como esposa una mujer bella?".

David responde: "La Torá permite tomar como esposa una mujer bella".

Jushí le pregunta: "¿No prestaste atención al motivo de la proximidad de los versículos en el Jumash (Debarim 21: 18): "Cuando le naciere a la persona un hijo que se aparta del camino y desobedece a su padre", el cual está próximo al versículo que habla sobre "Quién toma por esposa una mujer bella"? ¿No pensaste que están próximos estos versículos para enseñarte que quién se casa con una mujer bella tendrá hijos que se apartan del camino de su padre y le desobedecen?".

Y esto es algo sorprendente: relata el Rab Iosef Jaim que ahora va a proseguir explicando ya que hasta aquí fueron palabras del Talmud Sanhedrin 107 - ¿Cómo se te ocurre pensar que al Rey David se le puede cruzar por la cabeza realizar algo así?, y según lo que se explicó, se entiende perfectamente, fue porque temió que se profane el nombre de Hashem, ya que la gente iba a decir:

David que era un hombre justo y recto, quién servía a Hashem con voluntad plena y verdadera, ¿Cómo puede ser que lo abandonó Hashem en manos de su hijo que le dio muerte?. Y si bien es cierto que existe libre albedrío, de todos modos, la cosa salió por comparación natural, ya que no es común en la gente ver una elección tan malvada como para llegar a matar a su padre, y ¿cómo puede ser que Hashem no lo protegió de una elección malvada como esta?.

Y como causa de esto podrían llegar a decir que "no hay justicia y no hay Juez, y en vano servimos a Hashem", por eso, para que no haya una profanación del nombre de Hashem semejante, pretendió el Rey David ingresar al lugar donde se hace idolatría, y no para realizar allí idolatría, Hashem libre y guarde, sino que solo pretendió entrar allí, para que la gente crea que entró para hacer idolatría y que hizo, con la intención que después, cuando lo mate su hijo, no murmuren contra el honor de Hashem porque no lo salvó de manos de su hijo, ya que por cuanto que hizo idolatría, es correcto no salvarlo. Este es el motivo por el cual pretendió entrar a donde hacen idolatría, y al final se comprobó que en verdad no hizo nada allí adentro. Y esto se asemeja al personaje del relato que mencionamos arriba, donde el joven arrojó la fuente intencionalmente sobre el rey para que no piensen mal de este.

Y con esto expliqué, con la ayuda de Hashem, el motivo correcto de la intención que tuvo la esposa de Iob (Job) cuando le dijo a su marido (Iob 2: 9): "¿Aun te mantienes en tu integridad?, ¡Bendice a Hashem y fallece!", la mujer de Iob le quiso decir con esto a su marido que haga como la primera vez cuando Hashem permitió que le sobrevengan las aflicciones, las cuales consistieron en la pérdida de sus hijos, sus bienes y su casa, la cual fue quemada, y Iob no habló ni una palabra en contra de Hashem, por el contrario, Lo bendijo, diciendo: "Sea el nombre de Hashem bendecido".

Y en vez de mejorar su situación, esta empeoró y el cuerpo de Iob fue totalmente cubierto por sarpullidos que le traían mucha fiebre y le picaban y molestaban, y pese a todo esto, Iob no decía nada en contra de Hashem, esta vez callaba, entonces al ver que mantenía silencio, su mujer le sugirió que vuelva a bendecir a Hashem, ya que como había hecho antes, que bendijo ante las adversidades que le sobrevinieron, y luego de la bendición le vinieron más adversidades aun, pensó su señora, que si esta vez vuelve a bendecir, le sobrevendrán más adversidades, como la vez anterior, y como ya no queda más por hacer en perjuicio de su marido sino quitarle la vida, pensó que al bendecir, Hashem tomaría su vida, que es lo único que le quedaba, pues pensaba que era mejor la muerte a vivir en esas condiciones.

Debemos reflexionar y preguntarnos como puede ser que haya subido a la mente de la esposa de Iob darle un consejo tan perverso. Y más, por lo que dijeron nuestros sabios, que la esposa de Iob, era Dina, la hija de Iaakov, nuestro patriarca, sobre él sea la paz.

Y ya cuestionó sobre esto Rabeino Maaram Alshij quién sea recordado por bendita memoria. Pero según el relato que dijimos al principio, tenemos que la intención de la mujer de Iob fue buena, ya que consideró la posibilidad de que se profane el nombre de Hashem, así como temió aquel joven mozo por el honor del rey cuando le volcó toda la bandeja sobre sus ropas para que cuando lo ejecute sea por una causa valedera, ya que la gente sabía que Iob era un hombre absolutamente recto, y no todos saben que en verdad la causa del castigo que recibió Iob fue por causa de faltas cometidas en su encarnación anterior, ya que inclusive sus amigos no sabía esto, y siendo esta la situación, la gente diría que no hay justicia y no hay Juez, Hashem no lo permita, pero si bendecía a Hashem, dirían que con justicia fue castigado, y su rectitud no era verdadera, sino externa, y por eso lo abandonó Hashem en manos del Satán.

Ya que no es posible que si alguien bendice a otro, este no lo ayude, a no ser que el bendecido sepa la intención que se trae el que bendice, y que lo que piensa en su corazón es diferente a lo que dice.


Fuente: Judaísmo Virtual
 


 

 

 

Hay que adquirir un amigo fiel


Había un rey que tenía un hijo único, el cual era muy inteligente, y su padre deseaba que estudie todas las ciencias que existen, todas las lenguas y todos los libros que le lleven a obtener una cultura superior para que sea un apersona completa.
Entonces, decidió enviarlo a una ciudad lejana, donde había un seminario para los expertos en todas las ciencias que existen en el mundo, y allí se congregaban muchas personas para estudiar las distintas ciencias y lenguas, además en ese sitio se hallaban los libros de sabiduría nuevos y también los antiguos, los había por cientos y miles.
Su padre le ordenó que permanezca allí por algunos años, y que no regrese a él hasta que esté realizado, es decir hasta que sea ducho en toda ciencia.
Entonces si que retorne y le realizaría un examen sobre cuestiones de ciencias y sabiduría, ya que el rey era un hombre que dominaba todas las ciencias y sabidurías.
El joven fue al seminario, y permaneció allí por espacio de cinco años, hasta que se convirtió en una persona completa que dominaba todas las ciencias, se sentía preparado para pasar la prueba que le realizaría su padre.
Fue delante de su progenitor y le manifestó haber cumplido con la orden impartida hacia él y que está preparado para someterse al examen.
Se sentó delante suyo, y el rey lo comenzó a indagar: "¿Quién es tu padre?".
El muchacho le respondió: "Tu eres mi señor y mi padre".
Prosiguió: "¿Quién es tu hermano?".
El joven responde: "Soy tu hijo único, y si te nació otro hijo después que me separé de ti, pues no lo se y ahora lo sabré".
Su padre le dijo: "Regresa al lugar donde estabas y aprende ciencia y sabiduría, porque hasta ahora no lo has logrado".
El muchacho se levantó avergonzado y salió de delante de su padre, y tomó el barco que lo llevaría nuevamente a la ciudad donde se hallaba el seminario y estaba muy confuso por lo que le habló su padre, ya que en verdad él era su único hijo, y si le nacieron otros, él no lo sabía.
Y ¿Qué le debería haber respondido al rey cuando le preguntó "quién es tu hermano" en lugar de la contestación que le dio?.
Y forzosamente regresó al seminario a estudiar sabiduría y ciencia, deseando comprender cual fue la intención de su padre, ya que seguro que las palabras suyas son un acertijo profundo.
Y fue uno de los días que estaba leyendo en uno de los libros, y encontró que allí habían leyes de moral, y decía:
"Siempre debe el individuo adquirir para si un amigo que lo ame como a un hermano, y si no logra esta adquisición, significa que aun le falta mucho en este mundo, ya que en la tierra hay más necesidad en el individuo de lograr esto que comprar bienes, campos y viñedos".
En ese momento comprendió la intención de su padre cuando le preguntó "¿Quién es tu hermano?".
Que no fue su intención referirse a un hermano de sangre que sale del padre, toda su intención era preguntarme si tengo un amigo amado fuertemente como a un hermano.
Y se fortificaron los conocimientos del joven y dijo en su corazón: "Ahora que se que necesito elegir un amigo que me sea fiel y de confianza, que me sea como un hermano, no hay alguien así como mi padre, es por eso que llamaré a mi padre ‘hermano’.
Regresó a lo de su padre y se paró delante suyo y le dijo: "He concluido!. Hazme la prueba".
Su padre le preguntó como al principio: "¿Quién es tu padre?".
Y el joven respondió: "Tu eres mi señor y mi padre".
Le preguntó por su hermano, y su hijo le respondió: "Tú, mi señor".
El rey le ordenó que regrese al seminario y le informó que no ha llegado sino a la mitad de la sabiduría.
El joven se avergonzó delante de su padre, se levantó y regresó a su sitio.
Dijo: "Ahora se que he alcanzado la mitad de la sabiduría, pues me dijo que llegué hasta la mitad" y regresó e meditar en el seminario estudiando de los libros de sabiduría.
Cierto día, iba a la feria a dar un paseo, y vio en uno de los negocios, que había allí sentado un sabio artesano que realizaba distintos pájaros con maderas y demás materiales con gran sabiduría. Y debido a la calidad de los colores, quién los ve pensará que son aves auténticas y sentirá el deseo de adquirir uno.
Fue y le dijo al dueño del negocio: "¿En cuánto vendes este pájaro?".
Le dijo: "diez monedas de oro".
El muchacho le respondió: "Torpe! Un pájaro vivo como este se vende en el mercado por una simple moneda".
El vendedor le dice: "Señor mío, ese que se vende por una simple moneda, es una obra de Hashem, y es un ser vivo que nació de su madre por decreto Divino que Hizo que nazcan de esa manera y se encuentran aves como esta a millares y decenas de millares.
Pero este pájaro que tu quieres comprar no es un ser vivo, sino que es producto de las manos de un hombre que ha sido echo de un trozo de madera como un auténtico pájaro vivo con gran sabiduría, por eso su valor es de diez monedas de oro.
Y se vio obligado a abonar diez monedas de oro al comerciante y lo compró.
Luego comenzó a analizar sobre el dueño del negocio, como este pájaro se encareció tanto por no ser un ser vivo echo por decreto natural de Hashem, sino por las manos de un hombre y eso es algo novedoso.
Y mientras profundizaba en esto, pudo sentir el significado de las palabras de su padre, y dijo:
"Ahora comprendo la intención de mi padre, desea que ese amigo sea ajeno a nuestra familia, y que yo lo haga como a un hermano para mi, para que ese afecto sea algo novedoso y no natural, pero el amor de mi padre hacia mi es algo natural y no es ninguna novedad sino algo proveniente directamente del Cielo, por la naturaleza impuesta a las criaturas que el padre ame al hijo, y así, del mismo modo, el hijo lo ama a él, y no es esta ninguna novedad, ya que ¿Cuántos pájaros vivos hubo en el mercado desde la creación del mundo? y la novedad es hacerlo de un trozo de madera y que se vea como uno de los vivos, y este reúne esas condiciones, es por eso que no le agradó la respuesta cuando le dije: "eres tú, mi señor".
Y desde ese día, el hijo del rey escogió un amigo, fiel y amado, el que era ajeno a su familia, e hizo con él un fuerte pacto de amistad.
Y regresó el joven a lo de su padre, y le manifestó: "He aquí he completado mi aprendizaje, por ello te pido que me tomes el examen".
El padre le preguntó como al principio, comenzó: "¿Quién es tu padre?".
Le respondió: "Tú mi señor". "
¿Y quién es tu hermano?".
Le respondió "Fulano hijo de fulano".
Le preguntó: "¿Dónde vive?".
Le respondió: "En tal lugar".
El rey le dijo: "Regresa a tu sitio, pues aun te falta aprender sabiduría y ciencia".
El muchacho se avergonzó y tomó nuevamente la embarcación que lo llevaría al seminario y se sorprendió por lo acontecido y pensó "Ahora pienso que estuve acertado cuando le dije respecto a quién es mi hermano, y que fue aceptada por él, pero cuando me preguntó donde vive, no se que falta de sabiduría halló en eso, ya que verdaderamente sabía que fulano hijo de fulano reside en ese lugar".
Y se sorprendió el joven por la profundidad en la indagación de su padre y forzosamente regresó al seminario a meditar valiéndose de los libros de sabiduría hasta hallar la respuesta apropiada a la pregunta de su padre.
Y he aquí, ese muchacho sabía construir de esos aparatos que utilizan para volar por el aire, y que los llaman globos aerodinámicos.
Pero este tipo de globos, es un tanto complicado construirlos, a menos que se sepa al pie de la letra todos los pasos para lograr un equilibrio y combinación de las piezas para que sea el apropiado.
Y este joven era experto en la construcción de este tipo de globos, sin siquiera consultar los libros que hablaban sobre el tema, pues los sabía de memoria.
Solo que había en el seminario otro joven que también sabía construir globos de este tipo y desplazarse por los aires de lugar en lugar, pero no era experto en la construcción del mismo de memoria, necesitaba mirar los planos y los libros que contenían las indicaciones, por tal razón llevaba consigo el manual correspondiente para consultarlo en el momento apropiado, pues también se necesita saber como volar en esos aparatos, y este joven necesitaba del libro también en esos momentos.
Resultó cierto día, que ambos jóvenes decidieron emprender una travesía, cada uno en su globo, uno hacia el norte y el otro iría hacia el sur, y convinieron encontrarse nuevamente en su ciudad tal día. Y cada uno se alejó en sentido opuesto.
Y el hijo del rey, no necesitaba del manual que explica como desplazarse con el globo, no siendo así su compañero, quién necesitaba del libro para volar y sin él no lo podía hacer, pero este último tuvo la desgracia que cuando sobrevolaba un río, el manual cayó a las aguas de este, y cuando descendió a tierra firme y quiso nuevamente volar, ya no lo pudo hacer, pues no tenía el manual. Se vio forzado entonces a abandonar su globo en una zona descampada y comenzó a caminar.
Se extravió por el camino y se demoró en llegar a su ciudad diez días. Sin embargo el hijo del rey, que conocía de memoria como manejar el globo y no necesitaba de ningún manual, entonces cuando según sus cálculos era el tiempo de regresar para llegar a tiempo al punto de encuentro, emprendió el regreso, entonces en ese momento giró y voló hacia su ciudad y allí esperó a su compañero, pero este no llegó hasta que transcurrieron diez días de la fecha pactada, pues tuvo que realizar el trayecto de regreso a pie y ese fue el motivo de la demora y le relató todo a su compañero.
Y de lo que aconteció a su compañero, se enriqueció la sabiduría del hijo del rey para comprender la profundidad de la pregunta de su padre, que le preguntó respecto a su amigo, donde reside, y esto es, cuando vio que su compañero perdió el globo y se vio obligado a regresar a pie por causa de las reglas de su residencia y conducción (del globo) no estaban en su corazón, sino en un manual.
Y por cuanto que cayó el libro al río, también el globo se perdió, lo que no fue así con él mismo, quién tenía guardado todos los datos de residencia sobre el globo y tripulación del mismo en su corazón, por lo que estaban fuertemente guardados, ya que lo que está guardado en el corazón no se cae dentro de un río y no lo podrán robar los ladrones, ni se quemará a través del fuego, sino que permanecerá con la persona todo el tiempo que este con vida.
Por eso, después que dijo a su padre que adquirió como amigo a fulano hijo de fulano, el cual es extraño a su familia y pueblo, y tendió con él lazos de amistad muy fuertes que no son fáciles de cortar.
En ese momento su padre le preguntó donde habita ese amigo, entiendo que esto último que me preguntó es así: "¿Esa amistad que hay entre ti y tu amigo, tiene una firmeza tal como algo que está guardado en el corazón, y si cae al río, igual no se perderá?.
Es decir, esto se parece a la hermandad que no se aparta de la persona todo el tiempo que el individuo está con vida, inclusive que lleguen a odiarse no se separará de ellos la hermandad.
Y eso es lo que me preguntó, si respecto a este amigo mío no se apartará el sentimiento fraternal que hay entre nosotros por siempre como algo que está guardado en el corazón , lo que no puede caer al río, ni ser robado.
Pero la amistad que es posible que se deshaga no está guardada en el corazón, se parece a un objeto que está en el bolso de la persona, lo cual es posible que venga alguien y lo robe, o caiga al río por si sola, o se queme, y también es factible que venga un tercero y causa un alejamiento hablando mal del amigo al otro hasta que se interrumpe la amistad entre ambos y habite en su lugar el odio, ya que la amistad y el amor verdaderos, inclusive cien infamias que hablen de su amigo, con todo eso no se moverá la amistad existente siquiera un pelo, ni siquiera si escucha con sus propios oídos que su compañero le maldice o le causa algún daño, con todo eso la amistad y el amor quedará en su lugar con firmeza.
Es por eso que me preguntó donde vive, es decir, si la amistad depende de algo que es factible que se pierda cuando desaparezca ese factor similar al objeto que se encuentra en el bolso de uno, lo que es fácil que se pierda, o se parece a una cosa que está guardada en el corazón, lo cual no es posible que se pierda o que sea robada".
Y después de haber comprendido la intención de su padre, de inmediato el joven regresó hacia el rey, y cuando estuvo frente a él, le dijo: "He culminado mi preparación, hazme los exámenes para comprobar que he conseguido la sabiduría total".
Su padre comenzó por preguntarle: "¿Quién es tu padre?".
El muchacho respondió: "Tú, mi señor eres mi padre!". "¿Quién es tu hermano?".
Contesta: "Fulano hijo de fulano". El rey pregunta: "¿Dónde reside?".
Y su hijo responde: "En mi corazón él reside!". Entonces si, el rey se alegró en su corazón por las palabras de su hijo y comenzó a preguntarle sobre todo tipo de ciencias y sabiduría.
El joven salió airoso de la prueba y su padre quedó muy satisfecho.


Fuente: Judaísmo Virtual
 


 

 

La Argentina del tío Petacóvsky




por Israel Zeitlin (César Tiempo)


“Corrían los primeros días del año 1919. Una gran huelga de metalúrgicos habíase generalizado en Buenos Aires, y las noticias más inverosímiles acerca de una revolución maximalista propagábanse de un extremo a otro de la ciudad. La tarde del viernes 10 de enero, el tío Petacóvsky estaba, como siempre, sentado junto a sus libros, tomando mate. Había despachado a los chicos más temprano, por ser víspera de sábado y porque en el barrio reinaba cierta intranquilidad.

La calle Corrientes, tan concurrida siempre, ofrecía un aspecto extraño, debido a la interrupción del tráfico y a la presencia de gendarmes armados a máuser.

A eso de las cinco y media, un grupo de jóvenes bien vestidos hizo irrupción en la acera del boliche, vitoreando a la patria. Atraído por los gritos, el tío Petacóvsky, que seguía tomando mate, asomó la cara detrás de la vidriera, todo temeroso, porque, hacia un momento, Daniel había salido a decir su kadish.

Uno del grupo, que divisó el rostro amedrentado del tío Petacóvsky, llamó la atención de todos sobre el boliche, y los mozos detuviéronse frente al escaparate.

-¡Libros maximalistas! –señaló a gritos el más próximo –¡Libros maximalistas!...

-Ahí está el ruso detrás –objetó otro.

-¡Qué hipócrita, con mate, para despistar!...

Y un tercero:

-Pero le vamos a dar libros de “chivos”...
Y, adelantándose, disparó su revólver contra las barbas de un Tolstoi que aparecía en la cubierta de un volumen rojo. Los acompañantes, espoleados por el ejemplo, lo imitaron. En un momento cayeron, entre risas, todos los libros de autores barbados que había en el escaparate. Y, en verdad, la puntería de los jóvenes habría sido cómica, de no fallar una vez y costarle con eso la vida al tío Petacóvsky”.




Fragmento del cuento Mate Amargo, del libro La Levita Gris, cuentos judíos de ambiente porteño, de Samuel Glusberg, publicado por editorial Babel en 1924).

Fuente: Cartas desde Israel




 

 

El Reloj
 

En una pequeña aldea de Lituania, vivía un hombre muy ambicioso y muy avaro. Se llamaba Reb Mendl, quien jamás le hacía un favor a nadie.

Un día su vecino, luego de muchos intentos, logró convencerlo para que le prestase un candelabro de plata. Es que tenía un invitado para la víspera del Shabat y quería halagarlo. Al final, pero de muy mala manera, Reb Mendl accedió.

Al concluir el Shabat, el vecino llevó el candelabro a la casa de su dueño, pero: ¡Gran sorpresa! Este tenía amarrado un pequeño candelabro.

"¿Qué es eso?" - preguntó asombrado Reb Mendl.

"Al candelabro le nació su primogénito, y como es tuyo el candelabro, es muy justo que te lo entregue con el pequeño" contestó el vecino.
Reb Mendl, sin pensar si un candelabro podía dar nacimiento a otro, sólo agradeció la honestidad del vecino, aceptando el pequeño candelabro.

Pasó una semana, y el vecino fue a la casa de Reb Mendl a pedirle prestada una copa de plata. En esta ocasión Reb Mendl con gusto se la prestó.

Al pasar el sábado, el vecino trajo la copa con una más pequeña, amarrada a ésta.

"Es el hijito que le nació" - le dijo el vecino.

"¡Mazal Tov!" - exclamó Reb Mendl, y aceptó la copa con una gran sonrisa y muchos agradecimientos. "¿En qué más le puedo ayudar?" - le dijo amablemente a su vecino.

"Nada para la casa, sino para mí. Tengo cita con el alcalde a una hora muy exacta y me sería de mucha utilidad un reloj" - contestó el vecino.

Reb Mendl se quitó su reloj de oro con su cadena y se lo entregó a su vecino. Este, muy agradecido, se fue.

Pasaron algunos días. y no había señas del vecino. Reb Mendl muy preocupado. se dirigió a su casa.

"Vengo por mi reloj" - dijo Reb Mendl.

"Lo siento mucho, pero su pobre reloj ha muerto" - le dijo el vecino.

"¿Cómo es eso de que ha muerto? Es imposible que un objeto sin vida fallezca." - gritó lleno de rabia Reb Mendl.

"No tiene por qué enojarse. Si un candelabro puede tener hijitos, y una copa dar a luz copitas, no hay por qué asombrarse si un reloj con cadena muere. ¿No cree usted?"


 

 

La limosna

Rabí Menajem Mendel de Romanov Z"L estaba estudiando con alumnos, y en eso se oyen unos golpes en la puerta. Le abren, y entra un hombre que, de sólo verlo, a cualquiera se le rompió el corazón: Sus ropas estaban raídas; su rostro ennegrecido, su piel seca y arrugada...

Cuando pidió una limosna, no había forma de negársela.

Rabí Menajem Mendel le dijo a su Shamash que haga pasar al pobre a su despacho privado. Luego, el Rab le pidió al Shamash que le traiga un dinar de oro (moneda muy valiosa en aquellos tiempos). El asistente cumplió la indicación recibida, y el Rab entregó en manos del pobre aquella moneda. El pobre salió de esa casa sin poder creer lo que veía; nunca había tenido tanto dinero junto. Entretanto, el Rab se estaba sentando para volver a estudiar Torá con sus alumnos, y reacciona: Llamó inmediatamente a su Shamash y le dijo que vaya corriendo a buscar al pobre pata traerlo de nuevo a su casa.

El Shamash encontró al pobre en la calle, y cuando lo alcanzó le dijo que el Rab quería hablar con él. El pobre se puso a temblar, y pensó que lo que sucedió fue que el Rab se dio cuenta que le dio algo demasiado valioso, y que seguramente se lo va a cambiar por algo más barato, "...como un dinar de plata, si tengo suerte", dijo para sí.

Sin otra alternativa, regresó el pobre a la casa del Rab, acompañado del Shamash. El Rab lo hizo pasar nuevamente a su despacho, y por lo bajo le pidió a su Shamash que le traiga otro dinar de oro que tenía guardado. Cuando lo tuvo con él, se lo entregó al pobre.

Éste ya no sabía lo que pensar, entre la sospecha y el asombro. Pero se armó de valor y le dijo al Rab:

"Señor Rabino: Si usted quería darme dos dinares de oro, lo cual se lo agradezco infinitamente, podía haberlo hecho de una sola vez. Cuando me llamó, supuse que era para que yo le devuelva el dinar de oro que me dio, pero por el contrario fue para otra más. ¿A qué se debe que lo hizo dos veces y no una?".

"En la Perashá Ree" le explicó el Rab al pobre, "está escrito: "Dar le darás a él (al pobre), y no se contrariará tu corazón cuando le des a él". ¿Por qué la Torá mencionó dos veces el verbo dar ("dar... darás)? Para enseñarnos que si la persona dio Sedaká una vez, por piedad a quien se lo está pidiendo, debe entonces dar otra vez, para cumplir la Mizvá de Sedaká, que toda persona está obligado a hacerla.

En la primera te di sólo por lástima, pero no por Mizvá... Y también por eso está escrito: "Y no se contrariará tu corazón ...". cuando le des al pobre por la única razón que tu corazón está contrariado y enternecido, debes volver a darle; esta vez para cumplir con la Mizvá de Sedaká..."


Extraído de Anaf Ez Abot


Fuente: Tora.org
 


 

 

 

Kamtza y Bar-Kamtza

Está escrito:
"Feliz del hombre que siempre teme, pero el que endurece su corazón caerá en la desgracia" (Proverbios, Cap.28 14).

Dice Rabí Iójanan: El versículo se aplica a la historia de Kamtza y Bar-Kamtza.
En efecto, por ese suceso fue destruida Jerusalem (por los romanos.)

Había un hombre que era amigo de Kamtza y enemigo de Bar-Kamtza.

El hombre organizó una fiesta y encomendó a su siervo:

-Ve e invita a Kamtza.

El siervo se equivocó y transmitió la invitación a BarKamtza, el enemigo. Cuando el dueño de casa vio a su enemigo en la fiesta le dijo:

-¿Qué haces aquí? Vete de mi casa.

-Ya que estoy, déjame; no me humilles públicamente. Te pagaré lo que coma y beba.

-No acepto; retírate -dijo el dueño de casa.

-Te pagaré la mitad de los gastos de la fiesta.

-Me niego. Quiero que te vayas.

Lo tomó de la mano y a la fuerza lo expulsó de su casa.

Pensó Bar-Kamtza: Muchos rabinos estaban presentes en la fiesta y nadie reaccionó para defenderme de la humillación. Iré a denunciarlos al gobierno romano.

Fue a ver al emperador y le dijo:

-Los judíos se han rebelado contra ti.

-¿Cómo puedo verificarlo? -preguntó el romano.

-Envía una ternera como ofrenda al Templo y verás que se rehúsan a sacrificarla.
Mandó el romano con Bar-Kamtza una ternera al Templo jerosolimitano. En el camino el hombre le causó un defecto al animal (ya que si es defectuoso los sacerdotes lo rechazarán).

Cuando los maestros de la Ley vieron el animal estuvieron dispuestos a ofrendarlo, para no despertar la cólera del emperador. Rabí Zejariá se opuso:
-No podemos ir contra nuestras propias leyes.

Cuando se supo que la ofrenda no había sido aceptada, se consideró que los judíos se rebelaban contra el gobierno. Esta era toda la prueba que el emperador necesitaba para comprobar que los judíos estaban por rebelarse contra el gobierno romano. Entonces se decidió la destrucción de Jerusalem.

¿Todo por qué? Por el odio gratuito entre hermanos


Tomado de: Jaime Barylko, "La sabiduría del Talmud"

Fuente: Madrichim.org
 


 

 

El Oso

por Jorge  Bucay

Esta historia habla de un sastre, un zar y su oso. Un día el zar descubrió que uno de los botones de su chaqueta preferida se había caído.
El zar era caprichoso, autoritario y cruel (cruel como todos los que enmarañan por demasiado tiempo en el poder), así que, furioso por la ausencia del botón mandó a buscar a su sastre y ordenó que a la mañana siguiente fuera decapitado por el hacha del verdugo.

Nadie contradecía al emperador de todas la Rusias, así que la guardia fue hasta la casa del sastre y arrancándolo de entre los brazos de su familia lo llevó a la mazmorra del palacio para esperar allí su muerte. Cuando, cayo el sol un guardiacárcel le llevó al sastre la última cena, el sastre revolvió el plato de comida con la cuchara y mirando al guardiacárcel dijo:

– Pobre del zar.

- El guardiacárcel no puedo evitar reírse - ¿Pobre del zar?, dijo pobre de ti tu cabeza quedará separada de tu cuerpo unos cuantos metros mañana a la mañana.

- Si, lo sé pero mañana en la mañana el zar perderá mucho más que un sastre, el zar perderá la posibilidad de que su oso la cosa que más quiere en el mundo su propio oso aprenda a hablar.

- ¿Tú sabes enseñarle a hablar a los osos?, preguntó el guardiacárcel sorprendido.

- Un viejo secreto familiar... – dijo el sastre.

Deseoso de ganarse los favores del zar, el pobre guardia corrió a contarle al soberano su descubrimiento:

¡¡El sastre sabía enseñarle a hablar a los osos!!

El zar se sintió encantado. Mandó rápidamente a buscar al sastre y le ordenó:

-¡¡Enséñale a mi oso a hablar nuestro gustaría complaceros pero la verdad, es que enseñar a hablar a un oso es una ardua tarea y lleva tiempo... y lamentablemente, tiempo es lo que menos tengo...

-El zar hizo un silencio, y preguntó ¿cuánto tiempo llevaría el aprendizaje?

- Bueno, depende de la inteligencia del oso... Dijo el sastre.

- ¡¡El oso es muy inteligente!! – interrumpió el zar

– De hecho es el oso más inteligente de todos los osos de Rusia.

-Bueno, musitó el sastre... si el oso es inteligente... y siente deseos de aprender... yo creo... que el aprendizaje duraría... duraría... no menos de...... DOS AÑOS.

El zar pensó un momento y luego ordenó:

- Bien, tu pena será suspendida por dos años, mientras tanto tú entrenarás al oso. ¡Mañana empezarás!

- Alteza - dijo el sastre – Si tu mandas al verdugo a ocuparse de mi cabeza, mañana estarán muerto, y mi familia, se las ingeniará para poder sobrevivir. Pero si me conmutas la pena, yo tendré que dedicarle el tiempo a trabajar, no podré dedicarme a tu oso... debo mantener a mi familia.

- Eso no es problema – dijo el zar – A partir de hoy y durante dos años tú y tu familia estarán bajo la protección real. Serán vestidos, alimentados y educados con el dinero de la corte y nada que necesiten o deseen, les será negado... Pero, eso sí... Si dentro de dos años el oso no habla... te arrepentirás de haber pensado en esta propuesta... Rogarás haber sido muerto por el verdugo... ¿Entiendes, verdad?.

- Sí, alteza.

- Bien... ¡¡Guardias!! - gritó el zar –Que lleven al sastre a su casa en el carruaje de la corte, denle dos bolsas de oro, comida y regalos para sus niños. Ya... ¡¡Fuera!!.

El sastre en reverencia y caminando hacia atrás, comenzó a retirarse mientras musitaba agradecimientos.

- No olvides - le dijo el zar apuntándolo con el dedo a la frente – Si en dos años el oso no habla...

...Cuando todos en la casa del sastre lloraban por la pérdida del padre de familia, el hombre pequeño apareció en la casa en el carruaje del zar, sonriente, eufórico y con regalos para todos. La esposa del sastre no cabía en su asombro. Su marido que pocas horas antes había sido llevado al cadalso volvía ahora, exitoso, acaudalado y exultante...
Cuando estuvo a solas el hombre le contó los hechos.

- Estás LOCO – chilló la mujer – enseñar a hablar al oso del zar. Tú, que ni siquiera has visto un oso de cerca, ¡Estás, loco! Enseñar a hablar al oso... Loco, estás loco...

- Calma mujer, calma. Mira, me iban a cortar la cabeza mañana al amanecer, ahora... ahora tengo dos años...En dos años pueden pasar tantas cosas en dos años.

En dos años... – siguió el sastre - se puede morir el zar... me puedo morir yo... y lo más importante... por ahí el
¡¡oso habla!!

 

 

 Tistur y Peziza

por Isaac Bashevis Singer

En el hueco de una chimenea, en ese espacio oscuro que queda junto a la pared y que suele usarse para guardar escobas, fregonas y demás utensilios domésticos, vivía una ninfa que se había quedado huérfana y que se llamaba Peziza. Peziza sólo tenía un amigo en el mundo: el grillo Tistur, que vivía detrás de la chimenea, en la concavidad de un ladrillo. Todo el mundo sabe que las ninfas viven del aire, pero nadie se explica cómo Tistur podía vivir en la chimenea sin nada que comer, a no ser que se alimentara de las pizcas de harina traídas al azar por alguna corriente de aire desde la cocina. En cualquier caso, Tistur no se quejaba. Dormía la siesta todo el día y cuando llegaba la noche, se desperezaba y empezaba a entonar sus largas y chirriantes historias que duraban hasta el amanecer.
Peziza nunca conoció a su padre, el gnomo Lantuc. Recordaba bien a su madre, la ninfa Pashtida, que le contaba historias de su pudiente familia y de sus amores con Lantuc. Le hablaba del mundo que había más allá de la chimenea y de la fauna de duendes, trasgos y diablillos que eran sus parientes. Estas historias encendían la curiosidad de Peziza, que había pasado toda su vida recluida en la chimenea. Así, mientras Tistur relataba sus interminables historias, Peziza soñaba con aventuras en el más allá de la chimenea. A veces Peziza le preguntaba a su amigo cómo era este mundo desconocido para ella. Tistur respondía:
--Mi madre solía decirme que no vale la pena conocerlo porque sólo hay miseria. Soplan vientos traidores y la gente no tiene compasión.
--A pesar de todo, -decía la ninfa Peziza-, tengo ganas de verlo con mis propios ojos.
El Destino se encargó de que los deseos de Peziza se cumplieran. Un día, mientras estaban conversando, se oyó un martilleo en las paredes que hacía temblar la chimenea. Los ladrillos empezaron a desprenderse y la pobre Peziza volaba alocada sin saber dónde meterse. Eran los albañiles, que estaban reparando la chimenea. El estruendo continuó durante todo el día, y al llegar la anochecida, Tistur pronosticó:
--Si no nos marchamos de aquí, nos caerá la casa encima.
Había un resquicio en la pared que les permitía salir al exterior. Por él se metieron y pronto salieron al jardín de la casa. Allí estaban, en la hierba, rodeados de árboles y plantas, aspirando el fresco airecillo de la noche, ¡por primera vez en sus vidas! ¡Y qué bonito era el mundo! La noche se ofrecía constelada de miles de estrellas, cristalizadas en millares de gotas de rocío, orquestadas por la serenata de grillos en la que Tistur se reconoció.
--No puedo entretenerme, -dijo Tistur-. Debo buscar casa antes de que salga el sol.
--Mi madre también me dijo que las ninfas debíamos ocultarnos durante el día. Busquemos un lugar para escondernos. ¿Qué te parece el hueco de ese árbol? Allí cabremos los dos.
--Yo prefiero hacerme una casa en las raíces del árbol, -dijo Tistur.
--Lo importante es que no nos separemos.
Mientras Tistur cavaba la tierra, haciendo su casa, le decía a Peziza:
--En verano, los grillos podemos vivir en cualquier parte. Lo malo será cuando lleguen los fríos del invierno. Cuando la nieve cubra la tierra, moriremos sin remedio...
--¿Te importa si exploro los alrededores, mientras tú haces tu casa?
--¡Cuidado no te pierdas! -exclamó el grillo.
--Descuida, no iré lejos. Empezaré por subirme a la copa de este árbol. Parece más alto que los demás.
Tistur tenía miedo de perder a Peziza. Pero Peziza no estaba dispuesta a quedarse en el árbol. Estaba tan excitada por las cosas nuevas que la rodeaban, que no podía quedarse quieta ni un minuto. Del árbol se lanzó en ligero vuelo hasta el tejado de la casa. "¡Me siento liviana como una pluma!", pensaba Peziza. "Qué maravilla".
En aquel momento, oyó una voz que la llamaba desde el mismo tejado donde se encontraba. Miró hacia arriba y pudo distinguir la figura de un gnomo, colgado de la veleta cimera. La verdad es que nunca en su vida había visto un gnomo, pero por las descripciones que su madre hacía de su padre Lantuc, no le costó trabajo reconocerlo.
--¿Cómo te llamas? -le preguntó el gnomo.
Tan sorprendida se quedó la ninfa, que de momento se quedó muda. Pero pronto reaccionó:
--Peziza, -dijo, con un hilo de voz.
--¿Peziza? ¡No me digas! ¡Yo me llamo Paziz! -exclamó el gnomo.
--No bromees conmigo, -dijo la ninfa.
--¿Y para qué iba a bromear?... Te he dicho la verdad. ¡Debemos ser parientes! Pero ¡dejémonos de tonterías y vamos a volar!
Paziz ejecutó un doble salto mortal en el aire, para aterrizar a los pies de Peziza. Y juntos salieron los dos por los aires de la noche. Peziza pronto se dio cuenta de que la noche estaba llena de criaturas del trasmundo: aquí un duende danzaba encima de una chimenea; allí un trasgo se deslizaba por una tubería; más allá, un diablillo se columpiaba en una veleta; más acá, un gnomo hacía equilibrios encima de una farola... Pero Peziza no podía distraerse porque su amigo volaba tan rápido como una flecha y apenas si podía seguirle. Como una exhalación, sobrevolaban campos, praderas, bosques, ríos, lagos y montañas, aldeas y ciudades. Y mientras volaban, el gnomo le contaba a su amiga misteriosas historias de casas en ruinas, castillos encantados y molinos de viento abandonados. Ella, criatura del trasmundo, se daba cuenta de lo grande que era el mundo... de los infinitos caminos que llevan a todas partes... Y Peziza no se cansaba de volar junto a su compañero y podía haber continuado hasta el infinito... de no haber sido por el canto de un gallo, que anunciaba la alborada.
--¿Dónde estamos? -preguntó la dama-, ¿y cómo puedo volver al árbol donde vivo?
--Por aquí no faltan árboles... -le contestó su gnomo.
--Sí, pero quiero volver junto a mi amigo el grillo Tistur, -dijo Peziza.
--Pero ¿cómo es posible que te juntes con un grillo? Jamás había oído semejante cosa, -protestó el gnomo.
--Pero si siempre hemos estado juntos, -dijo la ninfa-. No podría vivir sin él.
--Está bien. Volveremos al tejado donde nos conocimos, -dijo Paziz.
La vuelta fue aún más rápida que la ida. Peziza estaba encantada con su gnomo. Ni en sueños había conocido a un gnomo tan listo y valiente como Paziz. Además, se notaba que era un hombre de mundo, no como ella que había pasado su vida metida en una chimenea. Paziz, no había más que verle, era un ser libre, que iba y venía por donde le parecía, hoy aquí, mañana allí, que tenía amigos en todas partes, que sabía vivir, vamos...
Por fin llegaron al tejado de su casa y de allí se dirigieron al árbol que les servía de vivienda. Al llegar, Peziza se dio cuenta de que el grillo Tistur ya no estaba solo, de que se había aparejado como ella. La compañera de Tistur le ayudaba a construir su casa en el árbol. Al verles llegar, Tistur les saludó cariñoso:
--Peziza... creí que te habías perdido... pero ya veo que estás en buenas manos.
--Gracias a Paziz he encontrado el camino de vuelta, -le dijo a Tistur, presentándole al gnomo.
--Bueno, bueno... yo también tengo que presentarte a alguien. Mi compañera se llama Grillida. ¿Qué nombre más bonito, verdad?
¡Vean ustedes las vueltas que da la rueda del Destino! Cuando la ninfa y el grillo se vieron obligados a abandonar su hogar, creyeron que su hora había llegado... Pero esta desgracia, en vez de la muerte les trajo la vida, la nueva vida que empezaban junto al gnomo Paziz yal grillo Grillida. Las dos parejas pronto se casaron, siguiendo sus ritos ancestrales.
El verano pasó en un vuelo: Paziz y Peziza se perseguían uno al otro y llegaron en sus vuelos hasta la gran ciudad de Lublín. Los grillos hacían vida más sedentaria: preferían pasar el rato contándose viejas historias. Durante el día, dormían a la sombra del gran árbol.
Pero las noches fueron refrescando. La niebla se levantaba en el río y ya no se oía el croar de las ranas ni, apenas, el concierto delos grillos. Bastante hacían Tistur y Grillida con permanecer juntos para guardar el calor de sus cuerpos. A veces llovía, otras tronaba y relampagueaba.
Peziza y Paziz, aunque no pasaran frío, también tenían sus problemas. Resulta que el árbol donde vivían se hallaba cerca de una sinagoga. Pues bien, cada mañana el rabino convocaba a los fieles al son de su cuerno de cabra. Y es éste, precisamente, el sonido que más asusta a las criaturas del trasmundo. Cada vez que Peziza oía el horrible instrumento, temblaba de los pies a la cabeza y lloraba desconsoladamente.
Pero su buena fortuna no les abandonó. Peziza observó un día quela chimenea de la casa donde habían vivido volvía a echar humo. Se reunieron las dos parejas y decidieron por unanimidad volver al antiguo hogar de Peziza y Tistur. El gnomo y su ninfa no hallaron dificultades en el camino y pronto estaban cómodamente instalados junto a la chimenea. Para los grillos, el viaje fue más azaroso, por puertas y ventanas, cocinas y salones. Pero también acabaron instalándose a su gusto.
Los días se fueron acortando, y las noches alargando. Llegaron las heladas. Menos mal que, detrás de la estufa, se estaba muy calentito. A nuestros amigos les llegaba el aroma de unan recién hecho, o de un pastel cociéndose al horno o de unas deliciosas manzanas asadas... En la cocina, el ama de casa contaba historias de duendes y enanos y gnomos a sus hijas. Peziza y Paziz se divertían escuchando estos cuentos. Después de tantos años de convivencia, entendían el lenguaje humano... y se sorprendían al comprobar que, también los hombres, de vez en cuando, sueñan con el amor y la felicidad. Tistur y Grillida ya no abandonaron su cómoda casita, pero los gnomos se escapaban a menudo por la chimenea a solazarse con sus compadres del trasmundo... y, al regreso, contaban a la pareja de grillos las más divertidas y extravagantes aventuras que puedan imaginarse. Y ya tenían tema largo de conversación el señor y la señora grillo, en las largas noches de invierno.

 

 Los Juglares de Purim

por Scholem Aleijem

Hoy es Purim. La casa de mi abuelo Rabi Meir está llena de luz.
Mi abuelo, un hombre vigoroso, con barba corta, cabello grisáceo y radiantes ojos juveniles, oscuros está sentado a la cabecera de la mesa. Sobre la mesa, se ve el koilich. A su lado se halla mi querida abuelita. Aunque ancianos, los dos son hermosos.

La abuela luce el vestido de las grandes fiestas; y ella misma sirve a los comensales el pescado relleno que desborda la fuente. Alrededor de la mesa están sentados tíos y tías, con sus hijos e hijas. Y todos se llaman igual; todos son Moishe, David, Jaim, Sara, Lía y Débora, puesto que todos han recibido sus nombres de los padres de nuestros abuelos.
El abuelo indica a cada uno el asiento y guarda un orden riguroso: de un lado, los hombres; del otro, las mujeres. Y también los niños, de un lado, los varoncitos, y del otro las niñas, para que no haya peleas.
El abuelo bebe la primera copa de vino y comienza a entonar la canción tradicional “Shoshanat Yaacov”, siendo acompañado por todos. La intensidad va subiendo y la casa toda resuena de alegría.
De pronto digo:

-“¡Ahí llegan los juglares de Purim! ¡Ya están aquí! Ah, ¡estos felices actores que nos divierten en los días de Purim! ¡Y qué hermosas son sus canciones!... ¡Cómo me gustaría ser uno de ellos! ¡Cómo me gustaría ser uno de los Purim schpiler!”

-“¡A gut iomtev!”, exclaman los purim schpiler, al irrumpir en la habitación su alegre y ruidoso elenco. Inmediatamente se disponen en dos filas, en medio de las cuales se sitúa el trono ocupado por el rey Ajashverosh, y comienza la representación cuando entra Memuján cantando una canción.

-“¿Eres tú el que hizo de José, el justo en la obra “La venta de José”?” –Le pregunté a Faivel el huérfano.
–“Sí, yo soy José, el justo” –contesta Faivel, que está parado a un lado, con el rostro lloroso.
–“¿Vas a representar esta noche?”-sigo preguntando.
–“Si tengo que hacerlo, lo haré. –Faivel se acerca y me dice en voz baja:
- “Dame un pedazo de aquel pan que está sobre la mesa, de aquel Purim koilich”
- “Me van a ver y se van a enojar conmigo”. -le digo en voz baja.
– “Llévatelo igual, nadie te va a ver”.- me dice Faivel y sus ojos brillan.
– “¿Robar?” -le digo
– “¿A eso lo llamas robar?” – irrumpe Faivel.
– “¿Y si no, qué es? ¿De qué otra manera lo dirías?”
– “¡Estoy muerto de hambre!” - dice Faivel en voz baja y parece que comiera el pan trenzado con los ojos. – “Desde la mañana que no pruebo bocado”.

Las miradas de todos están fijas en la representación que se va desarrollando, y nadie me observa. Me aproximo a la mesa, saco rápidamente un trozo de pan recién empezado y se lo alcanzo a Faivel. Éste lo esconde en el bolsillo, me aprieta la mano y me dice:
– “Eres un buen chico, ¡Que Dios te bendiga!”

– “¿Quieren que representemos también la obra “La venta de José”? -dice el Rey Ajashverosh que de inmediato se saca la corona dorada y se pone un sombrero común.

– “¡Basta! ¡Basta!” -grita el abuelo y le da al rey en la mano una moneda de plata. Le ordena al criado que barra y saque el barro que trajeron los juglares…

En la casa, se oye el ruido de sillas. Mientras la familia vuelve a sentarse en sus lugares, yo aprovecho ir hacia la puerta para despedirme de la “compañía”.

– “Ven conmigo”. ¬– me dice Faivel - tomándome de la mano – “Hazme caso, ven conmigo, te quiero, eres un buen chico, ¡muy bueno!”
– “¿A dónde?” –le digo y mi corazón golpea con fuerza.
– “A la casa del rey Ajashverosh. Por hoy no actuamos más. Vamos al banquete a la casa del rey”.

La noche se hace más oscura, el barro se vuelve más profundo. Me parece que tengo alas, que me llevan por el aire y ¡empiezo a volar!... ¡a flotar!

– “Tengo miedo” - Le digo a Faivel y lo tengo de la mano.
– “¿De qué tienes miedo, tonto?” - y mastica el pedazo de pan que le di. – Allí verás qué banquete prepararon. Allí oirás cómo cantamos canciones… - “Oh… ¡Qué delicioso es este koilich! Se deshace en la boca, es una manteca. No entiendo cómo hacen para mirarlo y no comerlo hasta después de la bendición”.
- “No es para tanto”- le digo. –“En casa comemos koilich, todos los días de la semana”.
– “¿Todos los días comen koilich? - me dice Faivel lamiéndose los labios.
– “¿Y carne?” – sigue preguntando.
– “Todos los días” - le digo.
– “¿Todos los días? Yo como carne el sábado, y… ¡no todos los sábados!”-dice Faivel asombrado.
– “¿Dónde está tu padre?” –le pregunto.
– “No tengo padre”.
– “¿Y dónde está tu madre?”
– “Tampoco tengo madre”.
– “¿Y abuelo, y abuela?
– “No tengo ni abuelo ni abuela”.
– “¿Un tío, una tía?”
– “No tengo tío, no tengo tía”.
– “¿Un hermano o hermana?”
– “Tampoco tengo hermano ni hermana. No tengo a nadie, soy huérfano. Ni siquiera tengo pariente alguno…soy huérfano, sólo tengo hambre”.
Miro su cara y miro la luna. Me parece que tienen el mismo color. Me acerco más a él y juntos “volamos” tras la “compañía”, tras los divertidos juglares, tras los Purim schpiler.



 

 

 "La muerte y la brújula"

por Jorge Luis Borges

De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño - tan rigurosamente extraño, diremos - como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor de los eucaliptos. Es verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó. Tampoco adivinó la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky, pero sí la secreta morfología de la malvada serie y la participación de Red Scharlach, cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Ese criminal (como tantos) había jurado por su honor la muerte de Lönnrot, pero éste nunca se dejó intimidar. Lönnrot se creía un puro razonador, un Auguste Dupin, pero algo de aventurero había en él y hasta de tahur.

El primer crimen ocurrió en el Hôtel du Nord, ese alto prisma que domina el estuario cuyas aguas tienen el color del desierto. A esa torre (que muy notoriamente reúne la aborrecida blancura de un sanatorio, la numerada divisibilidad de una cárcel y la apariencia general de una casa mala) arribó el día tres de diciembre el delegado de Podólsk al Tercer Congreso Talmúdico, doctor Marcelo Yarmolinsky, hombre de barba gris y ojos grises. Nunca sabremos si el Hôtel du Nord le agradó: lo aceptó con la antigua resignación que le había permitido tolerar tres años de guerra en los Cárpatos y tres mil años de opresión y de pogroms. Le dieron un dormitorio en el piso R, frente a la suite que no sin esplendor ocupaba el Tetrarca de Galilea. Yarmolinsky cenó, postergó para el día siguiente el examen de la desconocida ciudad, ordenó en un placard sus muchos libros y sus muy pocas prendas, y antes de medianoche apagó la luz. (Así lo declaró el chauffeur del Tetrarca, que dormía en la pieza contigua.) El cuatro, a las 11 y 3 minutos A.M., lo llamó por teléfono un redactor de la Yidische Zaitung; el doctor Yarmolinsky no respondió; lo hallaron en su pieza, ya levemente oscura la cara, casi desnudo bajo una gran capa anacrónica. Yacía no lejos de la puerta que daba al corredor; una puñalada profunda le había partido el pecho. Un par de horas después, en el mismo cuarto, entre periodistas, fotógrafos y gendarmes, el comisario Treviranus y Lönnrot debatían con serenidad el problema.

-No hay que buscarle tres pies al gato-decía Treviranus, blandiendo un imperioso cigarro-.Todos sabemos que el Tetrarca de Galilea posee los mejores zafiros del mundo. Alguien, para robarlos, habrá penetrado aquí por error. Yarmolinsky se ha levantado; el ladrón ha tenido que matarlo. ¿Qué le parece?

-Posible, pero no interesante-respondió Lönnrot-. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado interviene copiosamente el azar. He aquí un rabino muerto; yo preferiría una explicación puramente rabínica, no los imaginarios percances de un imaginario ladrón.

Treviranus repuso con mal humor:

-No me interesan las explicaciones rabínicas; me interesa la captura del hombre que apuñaló a este desconocido.

-No tan desconocido-corrigió Lönnrot -. Aquí están sus obras completas-. Indicó en el placard una fila de altos volúmenes; una Vindicación de la cábala; un Examen de la filosofía de Robert Fludd; una traducción literal del Sepher Yezirah; una Biografía del Baal Shem; una Historia de la secta de los Hasidim; una monografía (en alemán) sobre el Tetragrámaton; otra, sobre la nomenclatura divina del Pentateuco. El comisario los miró con temor, casi con repulsión. Luego, se echó a reír.

-Soy un pobre cristiano-repuso-. Llévese todos esos mamotretos, si quiere; no tengo tiempo que perder en supersticiones judías.

-Quizás este crimen pertenece a la historia de las supersticiones judías-murmuró Lönnrot.

-Como el cristianismo-se atrevió a completar el redactor de la Yidische Zaitung. Era miope, ateo y muy tímido.

Nadie le contestó. Uno de los agentes había encontrado en la pequeña máquina de escribir una hoja de papel con esta sentencia inconclusa.

La primera letra del Nombre
ha sido articulada.

Lönnrot se abstuvo de sonreír. Bruscamente bibliófilo o hebraísta, ordenó que le hicieran un paquete con los libros del muerto y los llevó a su departamento. Indiferente a la investigación policial, se dedicó a estudiarlos. Un libro en octavo mayor le reveló las enseñanzas de Israel Baal Shem Tobh, fundador de la secta de los Piadosos; otro, las virtudes y terrores del Tetragrámaton, que es el inefable Nombre de Dios; otro, la tesis de que Dios tiene un nombre secreto, en el cual está compendiado (como en la esfera de cristal que los persas atribuyen a Alejandro de Macedonia), su noveno atributo, la eternidad, es decir, el conocimiento inmediato de todas las cosas que serán, que son y que han sido en el universo. La tradición enumera noventa y nueve nombres de Dios; los hebraístas atribuyen ese imperfecto número al mágico temor de las cifras pares; los Hasidim razonan que ese hiato señala un centésimo nombre. El Nombre Absoluto.

De esa erudición lo distrajo, a los pocos días, la aparición del redactor de la Yidische Zaitung. Este quería hablar del asesinato; Lönnrot prefirió hablar de los diversos nombres de Dios; el periodista declaró en tres columnas que el investigador Erik Lönnrot se había dedicado a estudiar los nombres de Dios para dar con el nombre del asesino. Lönnrot, habituado a las simplificaciones del periodismo, no se indignó. Uno de esos tenderos que han descubierto que cualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro, publicó una edición popular de la Historia de la secta de los Hasidim.

El segundo crimen ocurrió la noche del tres de enero, en el más desamparado y vacío de los huecos suburbios occidentales de la capital. Hacia el amanecer, uno de los gendarmes que vigilan a caballo esas soledades vio en el umbral de una antigua pintorería un hombre emponchado, yacente. El duro rostro estaba como enmascarado de sangre; una puñalada profunda le había rajado el pecho. En la pared, sobre los rombos amarillos y rojos, había unas palabras en tiza. El gendarme las deletreó... Esa tarde, Treviranus y Lönnrot se dirigieron a la remota escena del crimen. A izquierda y derecha del automóvil, la ciudad se desintegraba; crecía el firmamento y ya importaban poco las casas y mucho un horno de ladrillos o un álamo. Llegaron a su pobre destino: un callejón final de tapias rosadas que parecían reflejar de algún modo la desaforada puesta de sol. El muerto ya había sido identificado. Era Daniel Simó Azevedo, hombre de alguna fama en los antiguos arrabales del Norte, que había ascendido de carrero a guapo electoral, para degenerar después en ladrón y hasta en delator. (El singular estilo de su muerte les pareció adecuado: Azevedo era el último representante de una generación de bandidos que sabía el manejo del puñal, pero no del revólver.) Las palabras en tiza eran las siguientes:

La segunda letra del Nombre
ha sido articulada.

El tercer crimen ocurrió la noche del tres de febrero. Poco antes de la una, el teléfono resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo, habló un hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg), y que estaba dispuesto a comunicar, por una remuneración razonable, los hechos de los dos sacrificios de Azevedo y Yarmolinsky. Una discordia de silbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Después, la comunicación se cortó. Sin rechazar la posibilidad de una broma (al fin, estaban en carnaval), Treviranus indagó que le habían hablado desde el Liverpool House, taberna de la Rue de Toulon -esa calle salobre en la que conviven el cosmorama y la lechería, el burdel y los vendedores de biblias. Treviranus habló con el patrón. Este (Black Finnegan, antiguo criminal irlandés, abrumado y casi anulado por la decencia) le dijo que la última persona que había empleado el teléfono de la casa era un inquilino, un tal Gryphius, que acababa de salir con unos amigos. Treviranus fue enseguida al Liverpool House. El patrón le comunicó lo siguiente: Hace ocho días, Gryphius había tomado pieza en los altos del bar. Era un hombre de rasgos afilados, de nebulosa barba gris, trajeado pobremente de negro; Finnegan (que destinaba esa habitación a un empleo que Treviranus adivinó) le pidió un alquiler sin duda excesivo; Gryphius inmediatamente pagó la suma estipulada. No salía casi nunca; cenaba y almorzaba en su cuarto; apenas si le conocían la cara en el bar. Esa noche, bajó a telefonear al despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo ante la taberna. El cochero no se movió del pescante; algunos parroquianos recordaron que tenía máscara de oso. Del cupé bajaron dos arlequines; eran de reducida estatura y nadie pudo no observar que estaban muy borrachos. Entre balidos de cornetas, irrumpieron en el escritorio de Finnegan; abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos, pero que les respondió con frialdad; cambiaron unas palabras en yiddish -él en voz baja, gutural, ellos con las voces falsas, agudas- y subieron a la pieza del fondo. Al cuarto de hora bajaron los tres, muy felices; Gryphius, tambaleante, parecía tan borracho como los otros. Iba, alto y vertiginoso, en el medio, entre los arlequines enmascarados. (Una de las mujeres del bar recordó los losanges amarillos, rojos y verdes.) Dos veces tropezó; dos veces lo sujetaron los arlequines. Rumbo a la dársena inmediata, de agua rectangular, los tres subieron al cupé y desaparecieron. Ya en el estribo del cupé, el último arlequín garabateó una figura obscena y una sentencia en una de las pizarras de la recova.

Treviranus vio la sentencia. Era casi previsible; decía:

La última de las letras del Nombre
ha sido articulada.

Examinó, después, la piecita de Gryphius-Ginzberg. Había en el suelo una brusca estrella de sangre; en los rincones, restos de cigarrillo de marca húngara; en un armario, un libro en latín -el Philologus hebraeograecus(1739), de Leusden- con varias notas manuscritas. Treviranus lo miró con indignación e hizo buscar a Lönnrot. Este, sin sacarse el sombrero, se puso a leer, mientras el comisario interrogaba a los contradictorios testigos del secuestro posible. A las cuatro salieron. En la torcida Rue de Toulon, cuando pisaban las serpentinas muertas del alba, Treviranus dijo:

-¿Y si la historia de esta noche fuera un simulacro?

Erik Lönnrot sonrió y le leyó con toda gravedad un pasaje (que estaba subrayado) de la disertación trigésima tercera del Philologus: Dies Judaeorum incipit a solis occasu usque ad solis occasum diei sequentis. Esto quiere decir -agregó-, El día hebreo empieza al anochecer y dura hasta el siguiente anochecer.

El otro ensayó una ironía.

-¿Ese dato es el más valioso que usted ha recogido esta noche?

-No. Más valiosa es una palabra que dijo Ginzberg.

Los diarios de la tarde no descuidaron esas desapariciones periódicas. La Cruz de la Espada las contrastó con la admirable disciplina y el orden del último Congreso Eremítico; Erns Palast, en El Mártir, reprobó "las demoras intolerables de un pogrom clandestino y frugal, que ha necesitado tres meses para liquidar tres judíos"; la Yidische Zaitung rechazó la hipótesis horrorosa de un complot antisemita, "aunque muchos espíritus penetrantes no admiten otra solución del triple misterio"; el más ilustre de los pistoleros del Sur, Dandy Red Scharlach, juró que en su distrito nunca se producirían crímenes de ésos y acusó de culpable negligencia al comisario Franz Treviranus.

Este recibió, la noche del primero de marzo, un imponente sobre sellado. Lo abrió: el sobre contenía una carta firmada Baruj Spinoza y un minucioso plano de la ciudad, arrancado notoriamente de un Baedeker. La carta profetizaba que el tres de marzo no habría un cuarto crimen, pues la pinturería del Oeste, la taberna de la Rue de Toulon y el Hôtel du Nord eran "los vértices perfectos de un triángulo equilátero y místico"; el plano demostraba en tinta roja la regularidad de ese triángulo. Treviranus leyó con resignación ese argumento more geometrico y mandó la carta y el plano a casa de Lönnrot, indiscutible merecedor de tales locuras.

Erik Lönnrot las estudió. Los tres lugares, en efecto, eran equidistantes. Simetría en el tiempo (3 de diciembre, 3 de enero, 3 de febrero); simetría en el espacio también... Sintió, de pronto, que estaba por descifrar el misterio. Un compás y una brújula completaron esa brusca intuición. Sonrió, pronunció la palabra Tetragrámaton (de adquisición reciente) y llamó por teléfono al comisario. Le dijo:

-Gracias por ese triángulo equilátero que usted anoche me mandó. Me ha permitido resolver el problema. Mañana viernes los criminales estarán en la cárcel; podemos estar muy tranquilos.

-Entonces, ¿no planean un cuarto crimen?

-Precisamente, porque planean un cuarto crimen, podemos estar muy tranquilos.

-Lönnrot colgó el tubo. Una hora después, viajaba en un tren de los Ferrocarriles Australes, rumbo a la quinta abandonada de Triste-le-Roy. Al sur de la ciudad de mi cuento fluye un ciego riachuelo de aguas barrosas, infamado de curtiembres y de basuras. Del otro lado hay un suburbio donde, al amparo de un caudillo barcelonés, medran los pistoleros. Lönnrot sonrió al pensar que el más afamado -Red Scharlach- hubiera dado cualquier cosa por conocer su clandestina visita. Azevedo fue compañero de Scharlach; Lönnrot consideró la remota posibilidad de que la cuarta víctima fuera Scharlach. Después, la desechó... Virtualmente, había descifrado el problema; las meras circunstancias, la realidad (nombres, arrestos, caras, trámites judiciales y carcelarios) apenas le interesaban ahora. Quería pasear, quería descansar de tres meses de sedentaria investigación. Reflexionó que la explicación de los crímenes estaba en un triángulo anónimo y en una polvorienta palabra griega. El misterio casi le pareció cristalino; se abochornó de haberle dedicado cien días.

El tren paró en una silenciosa estación de cargas. Lönnrot bajó. El aire de la turbia llanura era húmedo y frío. Lönnrot echó a andar por el campo. Vio perros, vio un furgón en una vía muerta, vio el horizonte, vio un caballo plateado que bebía del agua crapulosa de un charco. Oscurecía cuando vio el mirador rectangular de la quinta de Triste-le-Roy, casi tan alto como los negros eucaliptos que lo rodeaban. Pensó que apenas un amanecer y un ocaso (un viejo resplandor en el oriente y otro en el occidente) lo separaban de la hora anhelada por los buscadores del Nombre.

Una herrumbrada verja definía el perímetro irregular de la quinta. El portón principal estaba cerrado. Lönnrot, sin mucha esperanza de entrar, dio toda la vuelta. De nuevo ante el porton infranqueable, metió la mano entre los barrotes, casi maquinalmente, y dio con el pasador. El chirrido del hierro lo sorprendió. Con una pasividad laboriosa, el portón entero cedió.

Lönnrot avanzó entre los eucaliptos, pisando confundidas generaciones de rotas hojas rígidas. Vista de cerca, la casa de la quinta de Triste-le-Roy abundaba en inútiles simetrías y en repeticiones maniáticas: a una Diana glacial en un nicho lóbrego correspondía en un segundo nicho otra Diana; un balcón se reflejaba en otro balcón; dobles escalinatas se abrían en doble balaustrada. Lönnrot rodeó la casa como había rodeado la quinta. Todo lo examinó: bajo el nivel de la terraza vio una estrecha persiana.

La empujó: unos pocos escalones de mármol descendían a un sotano. Lönnrot, que ya intuía las preferencias del arquitecto, adivino que en el opuesto muro del sótano había otros escalones. Los encontró, subió, alzó las manos y abrió la trampa de salida.

Un resplandor lo guió a una ventana. La abrió: una luna amarilla y circular definía en el triste jardín dos fuentes cegadas. Lönnrot exploró la casa. Por ante comedores y galerías salió a patios iguales y repetidas veces al mismo patio. Subió por escaleras polvorientas a antecámaras circulares; infinitamente se multiplicó en espejos opuestos; se cansó de abrir o entreabrir ventanas que le revelaban, afuera, el mismo desolado jardín desde varias alturas y varios ángulos; adentro, muebles con fundas amarillas y arañas embaladas en tarlatán. un dormitorio lo detuvo; en ese dormitorio, una sola flor en una copa de porcelana; al primer roce los pétalos antiguos se deshicieron. En el segundo piso, en el último, la casa le pareció infinita y creciente. La casa no es tan grande, pensó. La agrandan la penumbra, la simetría, los espejos, los muchos años, mi desconocimiento, la soledad.

Por una escalera espiral llegó al mirador. La luna de esa tarde atravesaba los losanges de las ventanas; eran amarillos, rojos y verdes. Lo detuvo un recuerdo asombrado y vertiginoso. Dos hombres de pequeña estatura, feroces y fornidos, se arrojaron sobre él y lo desarmaron; otro, muy alto, lo saludó con gravedad y le dijo:

-Usted es muy amable. Nos ha ahorrado una noche y un día.

Era Red Scharlach. Los hombres maniataron a Lönnrot. Este, al fin, encontró su voz.

-Scharlach, ¿usted busca el Nombre Secreto?

Scharlach seguía de pie, indiferente. No había participado en la breve lucha, apenas si alargó la mano para recibir el revólver de Lönnrot. Habló; Lönnrot oyó en su voz una fatigada victoria, un odio del tamaño del universo, una tristeza no menor que aquel odio.

-No- dijo Scharlach.- Busco algo más efímero y deleznable, busco a Erik Lönnrot. Hace tres años, en un garito de la Rue de Toulon, usted mismo arrestó e hizo encarcelar a mi hermano. En un cupé, mis hombres me sacaron del tiroteo con una bala policial en el vientre. Nueve días y nueve noches agonicé en esta desolada quinta simétrica; me arrasaba la fiebre, el odioso Jano bifronte que mira los ocasos y las auroras daban horror a mi ensueño y a mi vigilia. Llegué a abominar de mi cuerpo, llegué a sentir que dos ojos, dos manos, dos pulmones, son tan mostruosos como dos caras. Un irlandés trató de convertirme a la fe de Jesús; me repetía la sentencia de los goim: Todos los caminos llevan a Roma. De noche, mi delirio se alimentaba de esa metáfora: yo sentía que el mundo es un laberinto, del cual era imposible huir, pues todos los caminos, aunque fingieran ir al Norte o al Sur, iban realmente a Roma, que era también la cárcel cuadrangular donde agonizaba mi hermano y la quinta de Triste-le-Roy. En esas noches yo juré por el dios que ve con dos caras y por todos los dioses de la fiebre y de los espejos tejer un laberinto en torno del hombre que había encarcelado a mi hermano. Lo he tejido y es firme: los materiales son un heresiólogo muerto, una brújula, una secta del siglo XVIII, una palabra griega, un puñal, los rombos de una pinturería.

El primer término de la serie me fue dado por el azar. Yo había tramado con algunos colegas- entre ellos, Daniel Azevedo- el robo de los zafiros del Tetrarca. Azevedo nos traicionó: se emborrachó con el dinero que le habíamos adelantado y acometió la empresa el día antes. En el enorme hotel se perdió; hacia las dos de la madrugada irrumpió en el dormitorio de Yarmolinsky. Este, acosado por el insomio, se había puesto a escribir. Verosímilmente, redactaba unas notas o un artículo sobre el Nombre de Dios; había escrito ya las palabras La primera letra del Nombre ha sido articulada. Azevedo le intimó silencio; Yarmolinsky alargó la mano hacia el timbre que despertaría todas las fuerzas del hotel; Azevedo le dio una sola puñalada en el pecho. Fue casi un movimiento reflejo; medio siglo de violencia le había enseñado que lo más fácil y seguro es matar... A los diez días yo supe por la Yidische Zaitung que usted buscaba en los escritos de Yarmolinsky la clave de la muerte de Yarmolinsky. Leí la Historia de la secta de los Hasidim; supe que el miedo reverente de pronunciar el Nombre de Dios había originado la doctrina de que ese Nombre es todopoderoso y recóndito. Supe que algunos Hasidim, en busca de ese Nombre secreto, habían llegado a cometer sacrificios humanos... Comprendí que usted conjeturaba que los Hasidim habían sacrificado al rabino; me dediqué a justificar esa conjetura.

Marcelo Yarmolinsky murió la noche del 3 de diciembre; para el segundo "sacrificio" elegí la noche del 3 de enero. Murió en el Norte; para el segundo "sacrificio" nos convenía un lugar del Oeste. Daniel Azevedo fue la víctima necesaria. Merecía la muerte: era un impulsivo, un traidor; su captura podía aniquilar todo el plan. Uno de los nuestros lo apuñaló; para vincular su cadáver al anterior, yo escribí encima de los rombos de la pinturería La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

El tercer "crimen" se produjo el tres de febrero. Fue, como Treviranus adivinó, un mero simulacro. Gryphius-Ginzberg-Ginsburg soy yo; una semana interminable sobrellevé (suplementado por una tenua barba postiza) en ese perverso cubículo de la Rue de Toulon, hasta que los amigos me secuestraron. Desde el estribo del cupé, uno de ellos escribió en un pilar La última de las letras del Nombre ha sido articulada. Esa escritura divulgó que la serie de crímenes era triple. Así lo entendió el público; yo, sin embargo, intercalé repetidos indicios para que usted, el razonador Erik Lönnrot, comprendiera que es cuádruple. Un prodigio en el Norte, otros en el Este y en el Oeste, reclaman un cuarto prodigio en el Sur; el Tetragrámaton -el nombre de Dios, JHVH- consta de cuatro letras; los arlequines y la muestra del pinturero sugieren cuatro términos. Yo subrayé cierto pasaje en el manual de Leusden: ese pasaje manifiesta que los hebreos computaban el día de ocaso a ocaso; ese pasaje da a entender que las muertes ocurrieron el cuatro de cada mes. Yo mandé el triángulo equilátero a Treviranus. Yo presentí que usted agregaría el punto que falta. El punto que determina un rombo perfecto, el punto que prefija el lugar donde una exacta muerte lo espera. Todo lo he premeditado, Erik Lönnrot, para atraerlo a usted a las soledades de Triste-le-Roy.

Lönnrot evitó los ojos de Scharlach. Miró los árboles y el cielo subdivididos en rombos turbiamente amarillos, verdes y rojos. Sintió un poco de frío y una tristeza impersonal, casi anónima. Ya era de noche; desde el polvoriento jardín subió el grito inútil de un pájaro. Lönnrot consideró por última vez el problema de las muertes simétricas y periódicas.

-En su laberinto sobran tres líneas -dijo por fin-. Yo sé de un laberinto griego que es una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede perderse un mero detective. Scharlach, cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, en 8 kilómetros de A, luego un tercer crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.

Para la otra vez que lo mate -replicó Scharlach-, le prometo ese laberinto, que consta de una sola línea recta y que es indivisible, incesante.

Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego.

 

 

Jamás hay que avergonzar a otro

Esto aconteció con el gran erudito autor de “Shenei Lujot Haberit", quién cuando aún estaba en Alemania, le fueron sustraídas de su casa unas cucharas de plata, y el sospechoso era uno de sus alumnos, por lo que el erudito interrogó e investigó a su alumno y se hallaron las cucharas en su poder.

El alumno, por la vergüenza pasada, más tarde se alejó del camino de la observancia de los preceptos y renegó contra el judaísmo, tras lo cual enriqueció y viajaba de lugar en lugar, y halló gracia en los ojos del rey y los ministros, obteniendo el cargo de ministro encargado del cobro de los impuestos en la ciudad de Iafo, en la tierra de Israel, que pronto sea reconstruida como en tiempos de antaño.

Y el erudito sabía que este alumno suyo renegó contra su judaísmo, pero no sabía que había sido de su vida posteriormente, y he aquí, al cabo de muchos años, el erudito viaja a Tierra Santa (Israel) para vivir en Jerusalem, que pronto, en nuestros días se reconstruya, y cuando llegó a la ciudad de Iafo, lo reconoció este ex alumno suyo que había abandonado su judaísmo, ya que desempañaba allí sus funciones de ministro encargado de los impuestos, y le rindió grandes honores, rogándole que lo acompañe a su casa y allí descanse por un momento.

El erudito se avergonzó, y fue con él. Una vez que ingresaron al jardín de entrada, se las ingenió el alumno para hacer que el auxiliar del eruditos se retire y quedaron solos en la casa.

Llevó a su ex maestro a recorrer toda la casa para mostrarle su gran riqueza, y finalmente, lo hizo ingresar a una habitación y extrajo un cuchillo bien afilado, profiriéndole a su ex maestro que recite la confesión que se estila antes de devolver el alma al Creador porque “Te he traído aquí para degollarte" – le manifiesta- .

El erudito sintió pánico en ese momento, y comenzó a llorar y suplicarle: “¿Qué te he hecho?" y le suplicó varias veces, pero el verdugo estaba muy enojado le contestó: “No escucharé tus súplicas!, Apresúrate a recitar la confesión, de lo contrario, te insertaré el cuchillo en la garganta antes de la confesión!".

Entonces el erudito cuando vio que se hallaba en una situación muy comprometida, comenzó a derramar lágrimas y recitar la confesión.

Luego de eso lo acostó sobre el suelo y lo tomó del cuello, tomando con la otra mano el cuchillo para degollarlo.

El erudito cerró sus ojos y comenzó a recitar “Shemá Israel", y cuando terminó de recitar este versículo, al pronunciar la última palabra (“Ejad"), y permaneciendo con sus ojos cerrados, apoyó el renegado su cabeza sobre él, lo besó y le dijo: “Rabí, levántate y perdóname por esta cosa!

El erudito se sorprendió y le preguntó: “¿Quién eres?".

Le responde: “Soy tu alumno, fulano, y reconozco por tus actitudes que eres un hombre totalmente recto, ya que cuando vi que viniste a la Tierra Santa para entregar tu alma por Hashem, pensé: ‘qué lástima que el Rabí entregue su alma y aun esté sobre su vestido una pequeña mancha, ya que ejerciste presión para sacar de mi el elemento robado y provocaste que yo me convierta en un renegado, la cual fue por causa de la vergüenza pasada, y a pesar que hiciste eso para salvar tu dinero, con todo eso, con respecto a ti es considerado un gran pecado, y yo no tuve intenciones de vengarme de ti, sino que mi intención fue buena con el sufrimiento que te hice pasar para que sirva como redención por el pecado que cometiste, y ahora has sido purificado y limpio, e ingresas a la Tierra Santa puro y limpio por el sufrimiento que te causé, ya que tu eres mi señor y maestro". Le besó los pies y lo despidió con grandes honores.

De aquí aprendemos cuanto nos debemos cuidar en no avergonzar a otro, ya que el que hace esto es considerado una persona que se está oponiendo a la voluntad de Hashem, como explican en el Talmud, en el tratado de Babá Metzía 58b. Allí, Rabí Iojanan dice que el que engaña a otro en cuestiones de dinero estafándolo, lo que en la Torá se llama (“onaat mamón"), está considerado un pecado muy grave, pero el que hace sufrir a otro (“onaat devarim"), es una falta mucho más grave que la primera, ya que si lo estafó con dinero, luego se puede arrepentir y devolverle lo que le corresponde, pero quién hace sufrir a otro ¿Cómo le paga el daño que le causó?.

Por eso, la Torá, cuando se refirió a hacer sufrir a otro dijo (Vaikrá 25: 17): “No haga sufrir un varón a su compañero, y temeréis de Di´s, pues Yo soy Hashem vuestro Di’s", y cuando se refirió a estafar a otro con dinero, no dijo la Torá “y temeréis de Di´s".

Esto te enseña que es más grave quién hace sufrir a otro que quién estafa, ya que esto es algo que fue dado al corazón, pues todo depende de cual fue tu intención, si tuviste intención de hacerlo sufrir, transgrediste el versículo, y si fue por accidente, no lo transgrediste. Entonces por eso dice “y temeréis de Di´s" por si dijeres ¿Quién sabe cuál fue mi intención si ofenderlo o no?, entonces por eso el versículo te advierte, que Hashem ve lo que guardas en tu corazón, por eso dice “y temeréis de Di´s".

Y justamente es lo que nuestro relato nos dijo, cuidémonos de no ofender o avergonzar, porque es una falta muy grave, a tal punto que el Talmud la considera entre las tres más graves que ocasionan luego serios problemas a quién quiera en el futuro ingresar al Mundo Venidero.

Y Tosafot explica que quién avergüenza a otro es como si hubiera derramado sangre, ya que cuando lo avergüenzas, el otro se pone colorado, es porque la sangre se acumula en el rostro causando ese efecto, y luego, esa sangre se comienza a retirar hacia el interior, por lo que el individuo queda pálido, y esto como causa de la vergüenza que le hicieron pasar, así que debemos cuidarnos mucho en esto y respetar a nuestro prójimo.


Fuente: Judaísmo Virtual
 



 

 

Judíos en la Luna

Los judíos colonizaron la luna en 2053, justo alrededor de cinco años después del fin de las Guerras Islámicas de los ’40, donde el Medio Oriente, e Israel por supuesto, había sido arrasado por armas nucleares. Los dos millones de judíos que quedaron en todo el resto del mundo – menos de 100.000 en total en todos los países islámicos – se unieron y compraron el lado oscuro de la luna, que ninguna otra empresa o pueblo deseaba colonizar.

Se organizaron grandes transportes a través del elevador espacial de 100.000 kilómetros y del Trasbordador Espacial, y todos los judíos de la tierra – incluyendo a cualquiera que alegara alguna ascendencia judía, cualquiera que fuese – partieron a un lugar donde nadie pudiera culparlos de nada.

La Tierra se regocijó – felizmente libre de todos los judíos. Hubo enormes fiestas por toda Suecia y el resto de Europa, África, Asia, Sudamérica y Norteamérica (Ahora conocida como la Alianza Nórdica de Estados Islámicos, después de que Estados Unidos, en las elecciones de 2040, fuera asumida pacíficamente por un Congreso y un presidente, predominantemente musulmanes, los que, inmediatamente, aprobaron enmiendas convirtiendo al Islam en la principal religión de Estados Unidos y del mundo).

Después de que el último judío entró al elevador (un David Goldstein, 62, antes de Nueva York), la tierra fue oficialmente declarada Judenrein por Hans Ibn Hitler, un tataranieto de Hitler que había sido criado en Brasil y ocultado por nazis hasta ese precioso momento.

No fue una empresa fácil para los judíos pero, de algún modo, no fue diferente de todas sus empresas de épocas anteriores. Algunos ex israelíes (todavía vivos porque estaban fuera de Israel cuando cayeron las bombas) alegaron que era más fácil manejarse en la luna porque no había extremistas musulmanes. Por supuesto, esto precipitó una gran discusión con algunos judíos, que sentían que no tener cerca a musulmanes radicales no era suficiente desafío. Otros judíos argumentaban que domesticar un páramo sin atmósfera, vegetación ni vida animal y con temperaturas bajo cero era suficiente desafío. Y aún otros judíos argüían que discutir era contraproducente. No fue sorprendente para nadie que, para los dos millones de judíos, hubiera, eventualmente, un millón de sinagogas (el otro millón de judíos no se adhirieron).

Tampoco fue sorprendente que, en sólo tres años, los judíos habían creado un medio ambiente controlado que permitía un fantástico crecimiento y producción de plantas y animales. Los transportes, que habían sido denominados las Arcas, también habían llevado dos ejemplares de cada animal y planta (recuerden, Noé) y, a través del ingenio de los judíos y la clonación, había ahora nuevas especies que aceleraron la producción de alimentos (vacas con seis ubres, gallinas con cuatro patas y así de seguido). La población creció rápidamente y, debido al increíble grupo de cerebros científicos y médicos, muchas enfermedades, y aún el envejecimiento, habían sido reducidos a cero.

Había también un ministerio de comunicación con la Tierra, constituido por los remanentes de los productores de Hollywood y realizadores de películas, que mandaban a la Tierra retratos de la vida en la luna. Por supuesto, había sido decidido, cuando los judíos apenas llegaron a la luna – basados en seis mil años de historia de pueblos celosos de los logros judíos – que la cobertura de las noticias acerca de la población lunar serían ‘cinematografizadas’ mostrando sólo cosas horribles. La industria fílmica, dirigida por Jordan Spielberg, hizo todo lo posible para fabricar cortos de noticias mostrando judíos apenas sobreviviendo en el duro hábitat lunar. Artistas e ingenieros trabajaron para ocultar los vastos éxitos medioambientales con cúpulas ilusorias que mostraban masivas áreas de páramos – para el caso de que alguien de la Tierra mandara alguna vez una nave espacial con cámaras para ver qué es lo que estaba sucediendo.

Pero nadie lo hizo nunca y los años pasaron rápidamente; una década, después otra. Bar mitzvahs, casamientos, brises, todos celebrados bajo el mundo artificial que los judíos habían creado – no sólo no había sido tan malo, sino que para el final del siglo, algunos autores judíos llamaban a la colonia lunar ‘Edén 2’.

Por supuesto, otros judíos discrepaban. Hasta hubo competencias de debate pero, en general, había paz. Cualquiera que amenazara la paz era obligado a participar en una competencia con gente discutiendo acerca de porqué esa persona estaba equivocada. La competencias se extendían durante días (a veces durante semanas), hasta que el alborotador rogaba ser perdonado (Muchos castigos, en la luna, eran similares a éste, y eran extremadamente efectivos).

Volviendo a la Tierra, la vida se desintegraba sin los judíos. Hubo un retorno al pensamiento medieval. Sólo era válida la religión actual del día – todas las demás eran mantenidas legislativamente en la pobreza hasta que estallaba una guerra y las posiciones cambiaban por unos pocos años.

Apareció otra increíble anomalía cuando no quedaba ningún judío en la Tierra - ¡el antisemitismo, en realidad, creció en proporciones monumentales! Famosos oradores explicaron esto, simplemente diciendo: ‘No tengo que tener un arma para tener miedo de que mi cerebro estalle’. Adicionalmente, sin la presencia de judíos, el mundo desarrolló un increíble mal del que no había salida (Males previos siempre se habían enfocado en los judíos. Un rabino en la luna dijo que, en realidad, D-s le habó y que la dijo que Él, D-s, estaba por destruir la Tierra porque todos en la Tierra eran malvados. El rabino le rogó que lo reconsiderara, y regateó diciendo que si quedaban 1.000 personas buenas en la Tierra, D-s debía mantener el planeta. Entonces D-s le dijo al rabino, ‘Hey, yo pasé por esto anteriormente con Abraham y Noé y ya conozco la respuesta porque yo soy D-s’).

La gente se rió del rabino, pero entonces, un día, mientras todos los ciudadanos lunares estaban yendo a sus asuntos, una enorme serie de explosiones fue vista en la Tierra. Todos en la luna tenían la vista fija en las distantes bolas de fuego que parecían envolver al planeta azul que alguna vez había sido su hogar.

A pesar de que había habido un gran enojo por haber sido forzados a abandonar la Tierra, el verdadero espíritu del judaísmo siempre estuvo presente en la luna, y nadie deseaba el mal sobre su anterior hogar. Como en la tradición del Seder (cuando el vino fue derramado porque murieron los egipcios, y no nos regocijamos completamente aún cuando un enemigo ha muerto) cuando los judíos vieron lo que ocurría, comenzaron a llorar y a orar, y observar cuales eran las noticias finales emitidas desde la Tierra. El horror del Apocalipsis fue grabado en video por cámaras hasta que toda la electricidad fue ionizada por las nuevas bombas electrónicas. Países enteros fueron borrados en el parpadeo de una explosión iónica. Y entonces llegó la transmisión final de la nación que había iniciado el completo caos – era un titular desesperado gritado por cientos de locutores que se estaban muriendo. Su despotricar continuó hasta que estuvo todo negro. ¿Qué decían? Mientras los judíos observaban, algunos jadeaban, otros lloraban, y unos pocos reían. Porque las últimas palabras de la civilización que desaparecía, era una condena. ‘Los judíos han causado todos nuestros problemas – ellos nos dejaron aquí para enfrentar el caos que ellos crearon. Si los judíos no se hubieran llevado a todos los mejores científicos e ingenieros, podríamos haber derrotado a nuestros enemigos. ¡Nuestros enemigos son los judíos! Maten a todos los judíos’.

Tomó un tiempo, pero los expertos electrónicos reunieron las piezas de lo que había ocurrido en la Tierra durante sus últimos días. El antisemitismo, que creció más y más fuerte desde que los judíos se habían ido, había llegado a su pináculo, y todos los países del mundo habían decidido lanzar un ataque masivo a la luna. El ataque había sido coordinado por las Naciones Unidas y, aunque todos lo misiles habían sido lanzados apropiadamente, hubo cierto tipo de falla en el sistema de dirección, que resultó en que todas las armas colisionaron en la atmósfera superior y cubriendo la tierra con una lluvia mortal de fuego nuclear, destrucción electrónica, y un generalizado mal día. El error provocó un respuesta militar de todas las naciones (para entonces todas poseían armas nucleares – más algunos otros horrorosos juguetes), y el resultado fue verdaderamente un Armageddon.

Los judíos en la luna iniciaron un período de profundo duelo. Los ortodoxos alquilaron sus ropas y hubo sesiones masivas de orientación. Y entonces, alrededor de una semana después del GRAN DÍA, como fue denominado, se detectó una presencia dirigiéndose hacia la luna. ¿Uno de los misiles había escapado? ¿Estaban los judíos condenados después de todo? Los líderes revisaron con los expertos en defensa – no, este no era un misil, era una nave espacial antigua, como una de las usadas a principios de los setenta. Mientras se aproximaba, la defensa láser se preparaba en contra de la nave. Hubo furiosos debates sobre si la nave debía ser destruida o serle permitido acercarse lo suficiente como para comunicarse con ella.

Un mensaje de la nave vino justo a tiempo. Decía, ‘Somos los últimos representantes de la tierra – dos de cada país y venimos en son de paz’.

Algunos judíos se regocijaron porque hubiera sobrevivientes, otros exigieron el aislamiento o la muerte del grupo que se aproximaba.

El rabino que había tenido la visión de la destrucción de la tierra les dijo a los líderes que D-s quería que ellos tuvieran una oportunidad, así que se le permitió circunvalar la luna. Cuando se les dijo que podían tener una sección de tierra para sí mismos para cultivar y para repoblar, los terrícolas se ofendieron. Les dijeron a los judíos que se les debería permitir vivir con los judíos y tener los mismos privilegios – porque, después de todo, en el judaísmo, al extranjero se les otorgan los mismos derechos y privilegios que al ciudadano.

Al escuchar esto, los líderes fueron al rabino con las visiones, y él se ofreció a guiar a los visitantes a su nuevo hogar. Los líderes le permitieron dar las instrucciones para el alunizaje. Por supuesto, no confiando en el rabino, el comandante de la nave no prestó atención a su consejo y, en cambió, se estrelló en un cráter lunar.

Y así tenemos los días finales de la historia del planeta Tierra, que fue generosamente compartida con nosotros por la colonia judía del Sistema Solar 453 de la Galaxia M. Aunque la tierra es actualmente inhabitable, el ingeniero jefe de la colonia judía de Marte nos dice que Venus estará completamente colonizada para el año 2120 y, con replantación continua, la Tierra volverá a estar lista para que los judíos vuelvan de otros planetas en el año 2136.

Una interesante nota al margen – entre las ruinas del cohete con los sobrevivientes de la tierra, había un paquete marcado especialmente que había sobrevivido, el que incluía las siguientes palabras: ‘Alguna vez había un gran planeta llamado Tierra. Y había muchos pueblos en este planeta, y existían pacíficamente unos con los otros, a excepción de los judíos. Donde quiera que hubiera judíos, había problemas. Los judíos traían suciedad, muerte, odio y conflictos. Finalmente fueron desterrados de nuestro planeta, llevándose con ellos muchos grandes inventores, científicos y doctores, dejando la Tierra sin nada. Hemos decidido destruir los remanentes de los judíos y, dado que el primer intento falló, somos la última oportunidad para la tierra. El que encuentre esto conocerá la verdad – toda la culpa fue de los judíos’.

Esta pieza se ha salvado y está en exhibición en el Museo Memorial de la Tierra en el Cráter Rivka, N.O., para todos los viajeros que deseen ver los restos de una civilización que no entendió las palabras – ‘El que bendice a los judíos, él mismo está bendecido. El que maldice a los judíos, él mismo está maldecido’.


 

 

El Huevo

por Howard Fast (del libro "Un toque de infinito")

Fue un hecho afortunado, como lo reconocieron todos, que Souvan -167- arco II estuviera a cargo de las excavaciones, porque aunque era un arqueólogo de segundo orden, su hobby o afición lateral era las excentricidades de las ideas sociales de la segunda mitad del siglo veinte. No era simplemente un historiador, sino un estudioso cuya curiosidad lo llevó por los pequeños atajos olvidados por la historia. De otra manera, el huevo no hubiera recibido el tratamiento que tuvo.

La excavación tenía lugar en la parte norte de una región que en tiempos antiguos se había llamado Ohio, perteneciente a un ente nacional conocido como Estados Unidos de América en aquel entonces. Había sido una nación tan poderosa que había resistido tres incendios atómicos antes de desintegrarse, y por eso era mas rica en tesoros enterrados que cualquier otra parte del mundo. Como lo sabe cualquier escolar, fue sólo en el siglo pasado que logramos llegar a entender las antiguas costumbres sociales de las últimas décadas de la era anterior. No es muy fácil superar una brecha de tres mil años, y es muy natural que la edad de la guerra atómica esté más allá de la comprensión de los seres humanos normales.

Souvan había pasado años de investigación calculando el lugar exacto para la excavación, y aunque nunca lo había declarado públicamente, no estaba interesado en refugios atómicos sino en otra manifestación de aquella época, una manifestación olvidada. Habían sido tiempos de muerte (el mundo no había visto antes tantas muertes), y por eso habían sido tiempos en que se había tratado de conquistar la muerte, mediante curas, sueros, anticuerpos, y mediante algo que le interesaba a Souvan de manera especial: el método de congelación.

A Souvan le interesaba sobremanera la cuestión de la congelación. Según sus investigaciones, parecería que al comenzar, la segunda mitad del siglo veinte, se habían congelado órganos humanos así como también animales enteros. Los más simples habían sido descongelados y revividos. Algunos médicos habían concebido, la idea de congelar a seres humanos que padecían enfermedades incurables, manteniéndolos luego en hibernación hasta que se hubiera descubierto la cura de la enfermedad en cuestión. Para entonces, en teoría, se los reviviría para curarlos. Si bien sólo los ricos aprovecharon las ventajas del método, fueron varios cientos de miles de personas las que lo utilizaron (no se conocía a ciencia cierta si alguien había sido revivido y curado), y los centros construidos a tal efecto fueron destruidos por los incendios y los siglos de barbarie y salvajismo.

Sin embargo, Souvan había hallado una referencia a uno de esos centros, construido durante la última década de la era atómica. Era subterráneo y aparentemente tenía compresores accionados por energía atómica. Los años de trabajo e investigación estaban a punto de dar fruto. Habían hundido el socavón a unos cien pies dentro de la materia como lava que estaba al sur del lago, y ya habían llegado a las ruinas de lo que parecía ser la instalación que buscaban. Ya habían penetrado en el antiguo edificio y ahora, armados con poderosos reflectores, picos y palas, Souvan y los estudiantes que lo ayudaban caminaban por las ruinas, pasando de habitación en habitación y de sala en sala.

Sus investigaciones y cálculos no lo habían defraudado. El lugar era precisamente lo que había esperado: un instituto para la congelación y preservación de seres humanos.

Entraron en todas las cámaras donde estaban apilados los ataúdes. Parecían las catacumbas cristianas de un pasado remotísimo. La energía que impulsaba los compresores se había detenido hacía tres milenios y hasta los esqueletos dentro de los ataúdes se habían convertido en polvo.

- Ahí termina el sueño de la inmortalidad del hombre - pensó Souvan, preguntándose quiénes habrían sido esos pobres diablos y cuáles habrían sido sus últimos pensamientos antes de ser congelados para desafiar lo más ineludible del universo, el tiempo mismo. Sus estudiantes charlaban excitados, y si bien Souvan sabía que su descubrimiento sería recibido como uno de los más importantes de su tiempo, se sentía profundamente decepcionado. Él había esperado encontrar algún cuerpo bien preservado en alguna parte, y con ayuda de la medicina, al lado de la cual la del siglo veinte había sido bastante primitiva, volverlo a la vida y así obtener un informe directo de esas misteriosas décadas en que la raza humana, en un ataque de locura generalizado en el mundo entero, se había vuelto contra sí misma destruyendo no sólo el 99 por ciento de la humanidad sino también todas las formas de vida animal existente. Sólo habían sobrevivido datos muy incompletos de las formas de vida de esa época y mucho menos de los pájaros que de otros animales, a tal extremo que las maravillosas criaturas aéreas que surcaban los vientos del cielo eran parte integrante de mitos más que de la realidad histórica.

El sueño dorado de Souvan, ahora destrozado, había sido encontrar un hombre o una mujer, un ser humano que hubiera sido capaz de arrojar luz sobre el origen de los incendios provocados por las naciones de la tierra para destruirse entre sí. Por todas partes se veían importantes trozos de esqueletos que permanecían intactos, corno un cráneo que presentaba un maravilloso trabajo de restauración en la dentadura (Souvan quedó impresionado por la eficiencia técnica de los antiguos), un fémur, un pie, y en un ataúd encontró un brazo momificado, lo que lo sorprendió. Todo esto era fascinante e importante, pero nada si se lo comparaba con las posibilidades inherentes a su sueño destrozado.

No obstante, Souvan inspeccionó todo con gran cuidado. Condujo por las ruinas a sus estudiantes, y no se perdieron nada. Examinaron más de dos mil ataúdes, en los que no encontraron más que el polvo de la muerte y del tiempo. Pero el sólo hecho de que la instalación hubiera sido construida a tal profundidad sugería que pertenecía a la última parte de la era atómica. Indudablemente los científicos de la época se habrían dado cuenta de la vulnerabilidad de la energía eléctrica cuyo origen no fuera atómico, y a menos que los historiadores estuvieran equivocados, ya se utilizaba la energía atómica para la producción de electricidad. Pero, ¿qué clase de energía atómica? ¿Cuánto tiempo podría funcionar? ¿Dónde había estado la planta de energía? ¿Utilizaban el agua como agente refrigerante? En ese caso, la planta de energía estaría en la ribera del lago, ahora convertida en vidrio y lava. Posiblemente no habían llegado a descubrir cómo se construía una unidad atómica autónoma capaz de producir energía por lo menos para cinco mil años. Si bien no habían encontrado una planta así en ninguna de las ruinas, había que considerar que la mayor parte de la civilización antigua había sido destruida por los incendios y por eso sólo habían sobrevivido fragmentos de su cultura.

En ese momento de sus meditaciones fue interrumpido por el alarido proferido por uno de sus estudiantes, cuya tarea era detectar radiaciones.

- Tenemos radiación, señor.

No era extraño en una excavación a bajo nivel, pero muy inusual a esa profundidad.

- ¿Cuánto?

- De 003. Muy baja.

- Muy bien - dijo Souvan -. Guíenos, proceda lentamente.

Sólo faltaba examinar un recinto, una especie de laboratorio. ¡Qué extraño cómo los huesos perecían pero sobrevivían la maquinaria y los equipos! Souvan caminaba detrás del detector de radiaciones, y detrás de él todos los otros, desplazándose con gran lentitud.

- Es energía atómica, señor, ahora 007 todavía inofensiva. Creo que ésa es y la unidad, la que está en el rincón, señor.

Del rincón se oía un murmullo muy débil. Había una gran unidad sellada conectada por un cable a una caja de unos treinta centímetros cuadrados. La caja, construida de acero inoxidable, en partes todavía brillante, emitía un sonido apenas audible.

Souvan se volvió a uno de sus discípulos.

- Análisis de sonido, por favor.

El estudiante abrió una caja que llevaba, la puso sobre el suelo, ajustó los diales, y leyó los resultados.

- Es un generador - dijo, excitado -. Activado por energía atómica, más bien simple y primitivo, pero increíble. No demasiada energía, pero constante. ¿Cuánto tiempo ha pasado?

- Tres mil años.

- ¿Y la caja?

- Presenta algunos problemas - dijo el estudiante -. Parece que hay una bomba, un sistema de circulación, quizás un compresor. El sistema está funcionando, lo que indicaría que hay refrigeración en alguna parte. Es una unidad sellada, señor.

Souvan tocó la caja. Estaba fría, pero no más fría que los demás objetos metálicos que había en las ruinas. Bien aislado, pensó, maravillándose nuevamente del genio técnico de esos antiguos.

-¿Qué porcentaje - preguntó al estudiante - estima que está dedicado a la maquinaria?

El estudiante volvió a tocar los diales y estudió las agujas de su detector de sonido.

- Es difícil decirlo, señor. Si quiere algo aproximado, yo diría que un ochenta por ciento.

- Así que si contiene un objeto congelado, debe ser muy pequeño, ¿verdad? -preguntó Souvan, tratando de que no se notara que le temblaba la voz de ansiedad.

- Muy pequeño, sí señor.

Dos semanas más tarde Souvan habló por televisión. Habló para la gente. Con el final de los grandes incendios atómicos de hacía tres mil años se habían terminado las razas y los idiomas. Las pocas personas que sobrevivieron se juntaron y se casaron entre sí, y de todas las lenguas salió una sola. Con el tiempo se propagaron a los cinco continentes de la tierra. Ahora había medio billón de habitantes. Volvía a haber campos de trigo, huertos y busques, y peces en el mar. Pero no existía el canto de los pájaros ni el grito de ninguna bestia, porque ni bestias ni pájaros habían sobrevivido.

-Sin embargo, algo sabemos acerca de los pájaros - dijo Souvan, un poco nervioso porque era la primera vez que hablaba por el circuito mundial. Ya les había contado acerca de sus cálculos, la excavación y el hallazgo.

- No es mucho, desgraciadamente, porque no ha quedado ninguna imagen ni representación de un pájaro. Pero durante nuestras investigaciones hemos tenido la suerte de encontrar algún libro que mencionaba a los pájaros, o un verso, una referencia en una novela. Sabemos que su hábitat era el aire, que volaban sobre alas extendidas, no como vuelan nuestros aviones impulsados por sus chorros atómicos, sino como nadan los peces, con belleza y gracia. Sabemos que algunos era pequeños, otros muy grandes, y sabemos también que estaban cubiertos por una pelusa que llamaban plumas. Pero cómo era exactamente un ave o una pluma o un ala, eso no lo sabemos, fuera de la imaginación de nuestros artistas, que tantas veces han imaginado a los pájaros.

- "Bien, en el último cuarto que examinamos en el extraño lugar de resurrección construido por los antiguos en América, en la única célula de refrigeración que todavía funcionaba, descubrimos una cosita ovoide que creemos que es el huevo de un pájaro. Como saben, existe una disputa entre los naturalistas; algunos sos-tienen que no es posible que una criatura de sangre caliente se reproduzca por medio de huevos, otros dicen que sí, que es igual que los insectos y los peces, pero esa disputa no ha sido resuelta todavía. Muchos hombres de ciencia de gran reputación creen que el huevo del pájaro era simplemente un símbolo, un símbolo mitológico. Otros sostienen con igual firmeza que los pájaros se reproducían poniendo huevos. Quizá podamos por fin resolver esta disputa".

- "De cualquier modo, hora verán el dibujo de un huevo"

En las cámaras de televisión apareció una cosa pequeña, de una pulgada de largo, y toda la gente de la tierra la miró

- "He aquí el huevo. Lo hemos sacado de la cámara de refrigeración con el mayor de los cuidados, y ahora está en una incubadora que le hemos construido especialmente. Hemos analizado todos los factores que podrían indicarnos cuál sería el calor adecuado, y ahora que hemos hecho todo lo posible, debemos esperar. No tenemos idea de cuánto tiempo llevará la incubación. La máquina que se usó para congelarlo y mantenerlo fue probablemente la primera de su tipo que se construyó (tal vez la única), y seguramente se planeaba congelar el huevo por un período muy breve, quizá para comprobar la eficacia de la máquina. Sólo Podemos tener esperanzas de que, tres mil años después, quede un germen de vida".

Pero Souvan tenía mucho más que esperanzas. El huevo había sido puesto bajo el cuidado de una comisión de naturalistas y biólogos, pero como él había sido su descubridor, Souvan podía estar presente en todo. Ni sus amigos ni su familia lo veían. Vivía en el laboratorio, comía y dormía allí. Las cámaras de televisión, fijas sobre el minúsculo objeto en la incubadora de vidrio, informaban a la hora de su progreso a todo el mundo. Souvan, junto con la comisión de científicos, no podían apartarse del lugar. El arqueólogo se despertaba y en seguida recorría los silenciosos corredores para ir a mirar el huevo. Cuando dormía, soñaba con el huevo. Observó cientos de dibujos hechos por artistas sobre pájaros, y recordó antiguas leyendas de seres metafísicos llamados ángeles, preguntándose si no habían tenido origen en alguna especie de pájaro.

Él no era el único cuyo interés era fanático. En un mundo sin fronteras, sin guerras ni enfermedades, casi sin odio, no había sucedido nada tan excitante como el descubrimiento del huevo. Millones y millones de personas observaban el huevo en sus televisores. Millones soñaban con lo que podría llegar a convertirse.

Y luego sucedió. A los catorce días Souvan fue despertado por uno de los ayudantes del laboratorio.

- Está saliendo del cascarón! - exclamó -, ¡Venga, Souvan, que está saliendo!

Todavía en su ropa de dormir, Souvan corrió al cuarto de la incubadora, donde ya estaban reunidos los naturalistas y los biólogos junto a la máquina. En medio de las voces se oía el ruego de los camarógrafos pidiendo más espacio para la imagen. Souvan los ignoró, abriéndose paso para ver.

Estaba sucediendo. Ya la cáscara estaba agrietada, Y mientras observaba vio un pequeño pico que se abría paso, seguido de una bolita de plumas amarillas. Su primera reacción fue de gran desilusión. ¿Así que éste era un pájaro? ¿Esta minúscula e informe bolita de vida parada sobre dos patas que apenas si podía caminar, y que evidentemente era incapaz de volar? Luego su entrenamiento científico lo hizo razonar asegurándole que el infante no necesariamente se parece al adulto, y que el hecho de que emergiera vida de un antiguo huevo congelado era el milagro más grande que hubiera presenciado.

Ahora se hicieron cargo de todos los naturalistas y los biólogos. Ya habían determinado, recomponiendo todos los fragmentos de información que poseían, Y utilizando el ingenio, además, que la dieta de la mayoría de los pájaros debía haber consistido de raíces y de insectos, y ya tenían preparado todas las variaciones posibles de dietas, listos para ver cuál era la mejor para el velloncito amarillo. Trabajaron siguiendo el instinto pero también rezando, y por suerte hallaron una dieta adecuada.

Durante las semanas siguientes el mundo y Souvan observaron la cosa más maravillosa, el crecimiento de un polluelo que llegó a convertirse en un hermoso pájaro cantor. Lo trasladaron de la incubadora a una jaula y luego a otra jaula más grande, y luego un día extendió las alas e hizo el primer intento para volar. Casi medio billón de personas gritaron de alegría, pero nada de esto sabía el pájaro. Cantó, débilmente al principio, luego cada vez con más fuerza. Hizo sus trinos, y el mundo escuchó con más interés que el que prestaba a sus grandes orquestas sinfónicas.

Construyeron una gran jaula de treinta pies de alto, cincuenta de largo y cincuenta de ancho, y colocaron la jaula en el medio de un parque, y el pájaro volaba y cantaba dentro de la jaula como si fuera una veloz bola sonora. Millones de personas iban al parque a ver el pájaro con sus propios ojos. Atravesaban los continentes y los anchos mares. Llegaban de todos los confines de la tierra para ver el pájaro.

Quizás algunos de ellos sintieron que les cambiaba la vida, así como Souvan sintió que su vida había cambiado. Vivía ahora con los sueños y recuerdos de un mundo que había existido, un mundo en el que esos bailarines plumados eran cosa de todos los días, en el que el cielo estaba lleno de sus formas que planeaban, se precipitaban y bailaban. Vivir con ellos debe haber sido un goce sin fin. Verlos desde la puerta de la casa, observarlos, oír sus trinos de la mañana hasta el atardecer debe haber sido un éxtasis. Iba a menudo al parque (tan a menudo que interfería con su trabajo), se abría paso entre las inmensas muchedumbres hasta que se acercaba y podía ver el rayito de sol que había regresado al mundo desde la inmensidad de los tiempos. Y un día, parado allí, miró la lejanía azul del cielo y supo lo que debía hacer.

Era una figura de fama mundial, así que no le fue difícil que el Consejo le diera audiencia. Parado ante el augusto cuerpo de cien hombres y mujeres que administraban todo lo relacionado con la vida en la tierra, esperó hasta que el presidente del consejo, un venerable viejo de barba blanca y más de noventa años, le dijo:

- Te escuchamos, Souvan.

Estaba nervioso, intranquilo, pero sabía qué era lo que debía decir y juntó ánimos para decirlo.

- El pájaro debe ser puesto en libertad - dijo Souvan.

Se hizo un silencio que duró varios minutos, hasta que se puso de pie una mujer y le preguntó, no sin amabilidad:

- ¿Por qué dices eso, Souvan?

- Quizá porque, sin querer ser egoísta, estoy en condiciones de decir que mi relación con el pájaro es especial. De cualquier manera, ha entrado en mi vida y en mi ser, dándome algo de lo que antes carecía.

- Posiblemente lo mismo nos pase a todos, Souvan.

- Posiblemente, y por eso sabrán lo que siento. El pájaro está con nosotros desde hace más de un año. Los naturalistas con los que he discutido creen que un ser tan pequeno no puede vivir mucho. Vivimos por amor y hermandad. Damos porque recibimos. El pájaro nos ha dado el don más precioso, un nuevo sentido de la maravilla que es la vida. Todo lo que podemos darle en cambio es el cielo azul, para el que fue creado. Es por eso que sugiero que soltemos el pájaro.

Souvan se retiró y los consejeros se pusieron a hablar entre ellos, hasta que al día siguiente anunciaron al mundo su decisión. Iban a soltar el pájaro. La explicación que dieron fueron las palabras de Souvan.

Así llegó un día, no mucho después, en que medio millón de personas se agolparon en las colinas y valles del parque donde estaba la jaula, mientras medio billón más miraba en sus televisores.

Había miles de largavistas enfocados sobre la jaula. Souvan no tenía necesidad de ellos, porque estaba junto a la jaula. Observó cómo corrían el techo de la jaula, y luego observó al pájaro.

Se quedó sobre la percha, cantando con todos sus bríos, mientras un torrente de sonidos brotaba de su pequeña garganta. Luego, de alguna manera, se dio cuenta de la libertad. Voló, primero dentro de la jaula, luego en círculos, elevándose cada vez más alto hasta que sólo fue un aleteo brillante de sol, y luego nada más.

- A lo mejor regresa - dijo alguien que estaba cerca de Souvan.

Extrañamente, el arqueólogo deseó que no fuera así. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero sentía una alegría y una plenitud que nunca había experimentado en su vida.


Fuente: Zavta.com
 

 

La Moneda

Samuel Iosef Agnon

Un hombre muy pobre que volvía de la Sinagoga, donde había celebrado el advenimiento del Sábado, vio de pronto una moneda en el camino.

El pobre se dijo entonces:

- Buena me la ha jugado el azar, pues que puedo hacer si hoy es Sábado y no debo tomarla? De haberla encontrado antes de oscurecer, habría podido comprar con ella unas cuantas pasas de uva y vino para la Santificación, o comprar pan de trigo, o cualquier otra cosa para celebrar el Sábado.

Fue a su casa y recibió el Sábado sin vino y sin pan de trigo y sin cosa alguna placentera, y lo santifico con un pedazo de pan negro.

Por la mañana, cuando iba a la Sinagoga, se dijo aquel hombre:

- Iré y la contemplare. Si no la vio y no la levanto alguno que no observa el Sábado, la hallare en su sitio.

Al llegar allí vio que no era una moneda de cobre, sino de plata. Se dijo entonces:

- Doble suerte la mía; pensaba encontrar un cobre y encontré una real moneda. El Señor, loado sea, me somete a una gran prueba - y enderezo sus pasos hacia la Sinagoga.

Después de la oración, díjose el pobre:

- Ahora, ya no la encontrare. Muchos habrán pasado junto a ella, y muchos la habrán visto. Acaso es posible que no la advirtiesen y la tomaran? De todos modos, iré hacia allí: si no la recogieron, veré si en verdad es de plata, y si la recogieron, me librare de ideas prohibidas y no pensare mas en ella.

Llego y la vio en el mismo lugar, tal como estaba en la víspera, tal como estaba por la mañana. Solo que la moneda de la víspera era de cobre, y la de la mañana era de plata; y he aquí que esta era de oro.

- Si no es cosa de magia, es obra del sol, ya que el sol del mediodía se refleja en ella y la hace parecer de oro. Y sin no es de oro, es de plata, con toda seguridad.

Y díjose el pobre para si:

- Cuantas cosas podrían comprarse con esta moneda! No tengo mas que levantarla, y de inmediato estarían en mis manos todos los placeres del mundo: pan blanco, y un poco de vino, y arenque y otras cosas buenas con las que se puede regalar el Sábado y el cuerpo... salvando las distancias.

Lo considero el pobre una vez y otra vez, pero estaba lleno de reverencia sabática y volvió a su casa con las manos vacías.

A la hora de minja, la segunda oración, no fue a ver la moneda.

- Quien sabe si podré resistir la tentación. Pude vencerla el Sábado, cuando todo estaba cerrado, pero en minja, tal vez no; dentro de una hora abrirán los negocios, y aromas de comidas y bebidas vendrán de ellos a mis narices; temo no poder contenerme.

Pero la tentación es a veces mas fuerte que el hombre. El intenta vencerla, pero ella lo envuelve, diciéndole:

- Acaso digo que la tomes en tus manos? Se la empuja suavemente con el pie, se la aparta hacia un lado, o se le coloca una piedra encima, no sea que venga alguno y la recoja.

Cuando termino la oración de minja, acudió de nuevo al lugar: mirar no es pecado.

Era aquella la hora del crepúsculo. El sol estaba en su ocaso y desprendía chispas de oro. Apenas llego el pobre junto a la moneda, la encontró en su sitio, pero no era una, eran muchas monedas.

Tal vez no fuesen muchas, sino aquella única que se proyectaba alrededor, como sucede con una moneda que cae entre desperdicios, y estos resplandecen gracias a ella.

Sea como fuere, aquella moneda era de oro. Si se inclinara y la tomase, podría mantenerse con ella, dos, tres semanas. Acaso son tantas las necesidades del pobre? Con una moneda de oro puedes hacerlo subsistir varias semanas.

Díjose el pobre:

- Bueno es que en mi casa no haya con que preparar la tercera comida, y libre de ella, pueda pararme aquí y contemplar la forma de una moneda. Es tonto el que ha dejado aquí su dinero entre los desperdicios. Acaso cree que florecerá y dará frutos? Yo en su lugar lo hubiese conservado sobre mi corazón, y cada vez que mi esposa y mis hijos me pidieran algo para comer, les diría: "Glotones que sois, queréis comer? Pues en seguida tomo una moneda de oro, entro en la tienda y se la doy al tendero".

Antes que cediera el pobre al impulso de doblar su cuerpo como lo hacen los humildes cuando ven una moneda de oro, se le ocurrió que tal vez fuese cosa del diablo; que fuera Satán quien dejo las monedas, para ponerlo a prueba. Incorporose de inmediato y dijo:

- Que burlón es; se yergue sobre la basura y se ríe de un judío. Esta libre de oraciones y tiene libre su mente, pero yo, yo tengo que rezar el Arvit y mi mente no esta libre para cosas de risa.

En seguida, arrancose de aquel lugar y corrió a la Sinagoga.

Después de haber rezado el Arvit, no quiso mirar siquiera las monedas, dijo:

- Basta con que se hayan burlado de mi todo el día.

Pero apenas aparto la vista de ellas, las monedas le hicieron guiños, como las piezas de oro cuando brillan. Al ver esto, se dijo:

- Ahora que el Santo Sábado se ha ido, pasare y veré que es lo que brilla tanto.

Se inclino y vio lo que no ha visto ojo alguno ni hombre alguna vez ha contado. Extendió el brazo y metió monedas en sus bolsillos hasta que se llenaron. Tal vez sus bolsillos eran pequeños? Pues no, eran bien grandes. Tal vez las monedas eran livianas? Ven y veras lo que compro por una de ellas: vino para la havdala y pan de trigo y arenque y otras cosas que hacen bien al cuerpo y no dañan el espíritu, y aun quedo vuelto en sus manos.

Volvió contento a su casa. Cuando termino de entonar "Era un hombre justo", su esposa había preparado una mesa llena. Lavo sus manos y sentáronse a comer, el y toda su familia, dando buena cuenta del festín y despidiendo al Sábado con todos los honores.

Nada le falto desde entonces al Sábado. Ni les falto nada a el ni a sus hijos. Puesto que había sabido observar el Sábado en la pobreza, se hizo acreedor a la observancia de muchos Sábados en la abundancia.

Preguntas



1) ¿Que crees que hubiera sucedido si el hombre hubiera cedido a su tentación de tomar la moneda en su primer impulso? ¿Como concluiría el relato entonces?

2) ¿Por que te parece que la pequeña moneda se transformo en un rico tesoro?

 

 

Había una vez una rosa roja


Había una vez una rosa roja muy bella, se sentía orgullosa al saber que era la rosa más bella del jardín. Sin embargo, se daba cuenta de que la gente sólo la miraba de lejos...

 

A su lado siempre había un sapo grande y oscuro, por eso nadie se acercaba a verla. Indignada ante su descubrimiento, ordenó al sapo que se fuera de inmediato.

Está bien, si eso es lo que quieres, me iré, dijo el sapo. Poco tiempo después el sapo pasó por donde estaba la rosa y se sorprendió al verla  totalmente marchita, sin hojas y sin pétalos.

Se acercó y le dijo: ¿Qué te pasa?, realmente te veo mal. Y la rosa le  explicó lo que ocurría: No entiendo lo que ocurre, pero desde que te fuiste  las hormigas me han comido día a día y nunca pude volver a ser igual.

 -Claro, contestó el sapo, cuando yo estaba aquí me comía a esas hormigas y por eso siempre eras la más bella del jardín.

(Muchas veces despreciamos a los demás por creer que somos más valiosos, mejores que ellos, o simplemente porque pensamos que no nos "sirven" para nada. Pero Dios no hace a nadie para que esté de sobras en este mundo, todos  tenemos algo que aprender de los demás y algo que enseñar).

Moraleja: "Posiblemente aquellos a quienes ignoramos o menospreciamos, sean a los que sin darnos cuenta, más necesitamos".


 

 

 

 

 

El Conde y el Vendedor de Alfombras

Hace muchos años en una gran ciudad vivía un judío religioso muy rico, comerciante de alfombras.

Un Shabat a la noche estaba con su familia, en la comida sabática. De repente golpearon a la puerta y entro un mensajero del conde.

-Perdonadme la interrupción -dijo el mensajero-. Me ha enviado el conde pues hoy a la noche tiene una gran fiesta en el palacio y quiere obsequiar a sus invitado con alfombras. He venido para que usted se las envíe enseguida.

-Lo siento mucho, pero no podré complacer el pedido del conde. Para nosotros, los judíos, hoy es el santo Shabat y tendrá que esperar hasta mañana a la noche.

-¿Que clase de respuesta es esta?, dijo el mensajero riendo, ¿Como va a esperar el conde hasta mañana si es hoy cuando las necesita?

-Pues yo no puedo dárselas hoy, ya que en Shabat esta prohibido negociar, dijo el comerciante. Que el conde me perdone. El mensajero se fue, pero regreso a poco tiempo con una carta de su amo.

"Necesito sin falta las alfombras -escribía el conde- te pagare el doble o el triple de su valor, pues no puedo conseguirlas en ningún lado. Pero, si no me las das te arrepentirás, piensa bien lo que haces. No te conviene perder un cliente como yo."

El judío leyó la carta y respondió al mensajero.

-Dile al conde que hay Alguien Superior a el y al que debo obedecer. No quiero perder un cliente tan bueno, pero no puedo hacer otra cosa.

Al finalizar el sábado el comerciante recibió una notificación para que se presentara en el palacio del conde.

Su familia estaba asustada y rogó para que no le pasara nada.

El hombre con valentía, se encamino hacia el palacio.

Ante su gran sorpresa, el conde salió a recibirlo y lo saludo amablemente.

-Perdonadme -le dijo el conde-, por haberte molestado. Tengo un amigo, continuo el conde, que me dijo que el no tenia confianza en los judíos, que ellos solo buscan el dinero y por el dinero eran capaces de vender su fe. Decidí entonces probarte y has pasado muy bien la prueba.

Pude demostrarle a mi amigo lo equivocado que estaba, te agradezco mucho.

Así el conde y el judío siguieron siendo muy buenos amigos.

 

 

Cebolla y Trigo

De todos los judíos orientales, los de Mossul eran considerados como los más inteligentes y sutiles. Satanás escuchó algo de eso y decidió engañar a uno de ellos. Quería demostrar, que ni los judíos de Mossul pueden superarlo. El es capaz de superarlos en astucia y ellos caerán en su trampa. Así que se acercó a uno de los judíos de Mosul, se les presentó como un extranjero que había llegado a este lugar para radicarse allí.

El Satanás le dijo: - "Hagamos juntos un negocio. Yo con mi plata y tú con tu inteligencia y con el trabajo de tus manos".
El judío estuvo de acuerdo. Arrendaron un campo y sembraron cebolla. Las cebollas brotaron, crecieron sus largas hojas verdes hacia arriba y cubrieron toda la superficie del campo con su verdor fresco y brillante.

Llegó la época de la cosecha. Le preguntó el hombre de Mossul a su compañero: - "¿Qué quieres tú, lo que está encima de la tierra o lo que está abajo?

Satanás se acordó de las cebollitas chiquitas de aspecto miserable que pusieron en la tierra y vio la maravilla de las hojas encima de la tierra, eligió las hojas.

En seguida, contrataron trabajadores y estos sacaron las cebollas desde la tierra. El judío tornó todo lo que estaba debajo de la tierra y ganó mucha plata. Satanás tomó lo que estaba encima y perdió su inversión.

Cuando empezó la nueva temporada, sembraron trigo. Entonces, vio el Satán las espigas verdes y pensó en su corazón: "Esta vez no voy a cometer una equivocación. No me dejaré engañar por el aspecto, ni me dejo estafar por la linda apariencia".

Las espigas se tornaron amarillas y él dijo a sí mismo en su corazón: "Fíjate, la magia desapareció y nada de valor se puso en evidencia".

Cuando su compañero vino y le preguntó. "¿Qué quieres tú, lo que está encima o lo de debajo de la tierra?"

El Satán contestó sin vacilación. - "Lo que está debajo"

El judío de Mossul trajo cosechadores. Ellos segaron el trigo y el judío le dijo al Satán: - "Bueno llévate todo lo que está debajo."

El Satán examinó la situación y comprobó: "Realmente, los judíos de Mossul vencieron incluso al mismo Satán en astucia.



Fuente: Veghazi.cl


 

 

Cuento del Midrash:

 El árbol de los problemas


El árbol de los problemas cuenta el midrash que en un lejano pueblito, perdido en las frías estepas rusas, un granjero judío contrato a un carpintero, también judío, para ayudarlo a hacer reparaciones en su vieja granja.

El carpintero finalizo su primer día de trabajo muy duro. su cortadora se había dañado y le había hecho perder un tiempo precioso, y ahora su antiguo carromato, rompió una rueda en el barro.

Mientras el granjero lo llevaba a su casa, el carpintero permaneció todo el viaje en silencio, preocupado, una vez llegados a su casa, invitó a su patrón a conocer a su familia.

Mientras se dirigían a la puerta, el hombre se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos, y al entrar en su casa, ocurrió una sorprendente transformación. su bronceada cara sonreía alegremente. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa.

Luego acompañó al patrón hasta el carro. Cuando pasaron cerca del árbol, éste le preguntó acerca de lo que había hecho cuando entraron, tocando las ramas.

-"Ése es mi árbol de los problemas", contestó. - "sé que yo no puedo evitar tener problemas en la vida, pero hay algo que sí es seguro: los problemas no pertenecen a mi casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. así que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego. Luego a la mañana los recojo otra vez".

"Lo divertido es...-dijo sonriendo- que a la mañana, al recogerlos, ni remotamente encuentro tantos como los que recuerdo haber dejado la noche anterior".

 

 

 

Oro
Basado en una historia real


Las palabras salían de la boca de Adina tan rápido que sus padres sonrieron y dijeron: -Despacio, Adina. ¿La señora Gruen quiere que hagas qué? La pequeña Adina Gross de doce años explicó: La señora Gruen, una profesora de piano, vivía a unas cuadras de la casa de la familia Gross en Tel Aviv. Ahora que su bebita, Tsivia, tenía unos meses, la señora Gruen había empezado a dar clases de piano por las tardes. La señora Gruen había contratado a Lea Levy para que cuidara a Tsivia y lavara los platos del almuerzo durante su ausencia. Hoy Lea estaba enferma y cuando la señora Gruen vio a Adina en el makolet (almacén) esa mañana, le pidió que fuera a cuidar a su bebita.
No muchos podían pagar una niñera en Tel Aviv en los años cincuenta. Había tantas cosas que una niña deseaba a los doce años y que su familia no podía darle... y este trabajo le ofrecía la posibilidad de hacer realidad algunos sueños propios.
-¡Fue tan divertido, Ima! -dijo Adina emocionada-, y tan fácil. Sólo una bebita para cuidar y unos cuantos platos del almuerzo para lavar. Hice todos mis deberes y me pagó ¡una lira la hora! Cuando volvió dijo que hice un buen trabajo. Le dije que podía ir todos los días si quería y estuvo de acuerdo. Le dije que primero les tenía que preguntar a ustedes pero estoy segura de que me van a dejar, ¿no? ¿Aba, Ima?, terminó esperanzada.
El señor y la señora Gross se miraron, algo estaba mal. Finalmente, el señor Gross dijo: -Adina, mamá y yo tenemos que hablarlo, pronto tendrás una respuesta.
Adina deseaba muchísimo el trabajo de niñera. Era casi demasiado bueno para ser real, ¿por qué no estarían de acuerdo sus padres? El señor Gross volvió a la habitación y se sentó al lado de su hija.
-Adina -dijo despacio.
-¿Sí, Aba? Puedo hacerlo, ¿no? -preguntó. -Adina, me temo que no. No estaría bien.
Adina no lo podía creer.
-Pero... pero ¿por qué? ¿Qué tiene de malo ser niñera para la señora Gruen?
-Pensémoslo un minuto -dijo el señor Gross-. Contame otra vez cómo conseguiste este trabajo.
Adina repitió la historia:
-La niñera de la señora Gruen, esta chica, Lea, estaba enferma y hoy no pudo ir. Entonces, la señora Gruen dijo que podía tomar el trabajo en vez de Lea. ¿Qué tiene de malo eso?
-Vos lo acabás de decir -dijo el papá de Adina-. Le sacaste el trabajo a Lea. ¿Por qué tiene que perder el trabajo, que por lo que sabemos lo necesita muchísimo, por haber estado enferma un día?
-Pero, Aba -protestó Adina- ¡la señora Gruen me dijo que podía tomarlo! Nunca voy a encontrar un trabajo como éste. ¿Y quién dice que Lea lo necesita más que yo? -agregó mientras pensaba en la nueva mochila y en otros pequeños lujos que ahora, nuevamente, estarían fuera de su alcance.
-Adínale, la señora Gruen estaba completamente satisfecha con Lea hasta que vos te cruzaste y le pediste el trabajo. Hasagat guebul, sacarle el trabajo al prójimo, es un cuestión muy seria. ¿Es eso lo que querés hacer? Y en cuanto a otro trabajo, ¿quién sabe? HaShem le da a cada uno exactamente lo que le corresponde. Si se supone que vas a tener dinero extra, lo tendrás. Si no, no. No puedo permitir que le saques el trabajo a otra persona. Pensálo -le dijo al irse de la habitación.
Adina quedó pasmada. Mordiéndose los labios y apoyando una mano contra sus mejillas repentinamente hirviendo, murmuró:
-Enseguida vuelvo -y se fue de la casa.
El panorama cotidiano de una típica tarde tranquilizó a Adina y empezó a caminar. Enseguida llegó a su parque favorito de la calle Grusenberg. Sentada en un banco vacío, repasó mentalmente la conversación con su papá. Adina todavía no podía entender su comentario que "si es tuyo, lo tendrás. Si no, no." ¿De verdad es así?
Adina observó a dos mujeres, parecían madre e hija, que vinieron al parque y se sentaron en un banco cerca de ella. Sacaron unos sandwiches, se lavaron en una fuente cercana y hablaron mientras comían.
"Parecen contentas", pensó Adina, "imagino que no perdieron sus trabajos".
Seguía oyendo las palabras de su padre una y otra vez: "HaShem le da a cada uno exactamente lo que le corresponde". Deseaba poder creerlo.
En un momento, las mujeres se marcharon, seguían sonriendo y hablando. Estaban demasiado concentradas en la conversación para darse cuenta de que las bolsas de papel de los sandwiches se habían caído debajo del banco donde se habían sentado.
El próximo en aparecer por el parque fue un hombre que obviamente era un mendigo. Adina se sobresaltó, nunca había visto a nadie tan patéticamente pobre. Su vestimenta no era más que trapos emparchados. Los zapatos estaban rotos. Llevaba una vieja bolsa andrajosa en el hombro. Con ojos hambrientos, el hombre exploraba el parque. Cruzaba por el pasto de un banco a otro recogiendo basura y examinándola. Volvía a tirar los papeles al piso pero cuando encontraba trozos de comida: mendrugos de pan, frutas tiradas, pedazos de galletitas, las envolvía cuidadosamente y las ponía en la bolsa.
Adina estaba horrorizada. ¡El pobre hombre tenía que recoger basura en la calle para comer! Se lamentó de no tener nada para darle ya que había salido de su casa sin nada. Observó cuando se agachó en el banco cercano a ella, donde habían estado las mujeres. Con una sonrisa de satisfacción, miró las bolsas que habían dejado. En una encontró un sandwich, en la otra unas galletas partidas. Casi cariñosamente, envolvió su tesoro y lo puso en la vieja bolsa. Con una última y rápida mirada por el parque, el mendigo se marchó.
"Creo que no estoy tan mal", pensó Adina, "¿cómo imaginarse tener que vivir de basura?"
De repente, para sorpresa de Adina, las dos mujeres volvieron, pero ya no sonreían. La más joven estaba pálida y casi llorando. La mayor corrió al banco donde se había sentado, se agachó y empezó a buscar entre el pasto. La joven se dirigió a Adina:
-¿Viste a alguien en ese banco recogiendo algo, mirando? -Claro, sí -contestó Adina-. Había un mendigo ahí, buscando comida. Creo que encontró algo de pan y galletas, ahí donde estaban sentadas -dijo señalando el banco-. Las puso en su bolsa. Parecía contento cuando encontró tus bolsas.
-¡Oh, no! -dijo la joven lloriqueando-. Entonces, lo debe haber encontrado. Ahora nunca lo recuperaré.
-¡Javá, Javá, lo tengo! ¡Lo encontré! Estaba justo acá, debajo de una pata del banco, en el pasto -gritó la madre.
-Baruj HaShem -susurró Java al sentarse al lado de Adina. Su madre le dio una cajita blanca que ella abrió y mostró a Adina.
-Mirá -dijo.
Adina abrió los ojos. Dentro de la caja había un hermoso reloj de oro.
- Me acabo de comprometer y mi Jatán (novio) me regaló esto -explicó Javá al cerrar la cajita.
Adina asintió y dijo:
-"Mazal Tov".
-Se lo mostré a mi mamá y vinimos al parque a almorzar -continuó la joven-. No me lo puse todavía porque primero quería que lo viera mi padre. Luego, de camino a casa, vi que no lo tenía. ¿Te imaginás el miedo que tuve cuando dijiste que un mendigo había recogido nuestras bolsas? Pero Baruj HaShem, está acá. Sin embargo, no puedo entender cómo no lo vio. Estaba justo ahí.
Javá se paró, saludó y se fue del parque con su madre sonriendo nuevamente. Adina también se paró para irse. Mientras regresaba a casa, pensó: "¡Qué historia! Un reloj de oro estaba ahí, frente a él y ni siquiera lo vio. Si hubiera encontrado ese reloj, habría tenido suficiente dinero para comprarse comida durante meses. Pero, en cambio, todo lo que encontró fue un pan viejo. Creo que realmente no se suponía que ese reloj fuera para él, por eso no lo encontró. Aba debe tener razón. Cada uno recibe lo que es para uno, ya sea pan o relojes de oro o... trabajos de niñera" pensó, sonriendo tristemente. "Es todo tuyo, Lea.
Si necesito un tabajo, encontraré uno en alguna otra parte. ¡Si se supone que lo tengo que tener... lo tendré!"



Fuente: Sucathdavid.org.ar

 



 

 

 


La Hija de Rav Arie Levin

Había una vez un sagrado rabino en Jerusalem llamado Rav Arie Levin. El era conocido como "el rabino de los presos". Cuando los británicos encarcelaban a judíos bajo la acusación de auto-defenderse atacando a sus enemigos, este rabino los visitaba semana a semana en la carcel donde ellos estában detenidos.


Se cuenta que una vez la hija del Rav Arie Levin se enfermo gravemente. Cuando Rav Arie Levin fue a la carcel a rezar junto a "sus presos" en la mañana de Shabat, al subir a la Torá, en lugar de donar dinero de tzdaká para que la hija del rav se cure en mérito a ello, decidieron donar días de sus vidas para que la hija del rav se salve y viva.


El primero en subir dono un día de su vida. El segundo dono una semana. El tercero un mes ...


Cuando llego el turno de la cuarta persona, el preso Dov Tamiri (ex-profesor del Tejnión) declaro: yo estoy dispuesto a donar toda mi vida con tal de que la hija de nuestro amado Rabino finalmente se cure ...


A la semana siguiente el milagro había sucedido, y la hija del Rav se había curado completamente ...

Para reflexionar: Si aquellos sagrados presos estuvieron dispuestos a donar parte de sus vidas - e inclusive toda la vida - con tal de salvar la vida de la hija del Rav Arie Levin, ¿acaso nuestros hermanos judíos alejados de la vida judía no merecen una "donación de tiempo" similar de nuestra parte, para salvarlos del alejamiento y la asimilación? Si cada uno de nosotros hace una donación de este tipo, seguramente que muchas vidas judías podrán ser salvadas por mérito de esto.

"Quién salva a una vida es como si salvase al mundo entero"



FUENTE: Masuha.org



 

 


El País de los Perezosos

En cierta lejana comarca había un país de perezosos, cuyos habitantes se pasaban la vida excavando la tierra en busca de tesoros. Era lo único que querían hacer; pero a pesar que durante muchísimos años cavaron y cavaron, nunca hallaron nada. Por esa razón todos andaban siempre tristes y el rey se había vuelto irritable y rezongón.
Cierta vez llego a ese país un joven alegre y contento, que caminaba a los saltos y silbaba una bella canción. Los cavadores le aconsejaron que dejara de silbar, porque el rey, que siempre estaba enojado, podía condenarlo a muerte.
El joven rio y pidió que lo llevaran a presencia del rey. Los cavadores interrumpieron su tarea y, asustados y sorprendidos, lo condujeron al palacio real. En el camino le preguntaron:
- ¿Cómo te llamas?
- Oved -respondió el joven.
- ¿Por qué silbas todo el tiempo?
- Porque me siento bien y estoy contento.
- ¿Por qué estas tan contento?
- Porque poseo mucho oro.
Al oír esto, sus acompañantes se regocijaron grandemente, y al llegar al palacio refirieron todo al rey. El rey pregunto a Oved:
- ¿Es verdad lo que dicen que posees mucho oro?
- Es verdad. Tengo siete bolsas repletas de oro.
El rey se entusiasmo, llamo a sus servidores y ordeno que le llevaran todo el oro. Pero Oved sonrio y le dijo:
- No se apresure, Su Alteza. Hace falta mucho tiempo para que ese oro llegue hasta aquí. Se halla en una caverna, cuidado por un monstruo de siete cabezas. Solo yo puedo sacarlo de allí. Deme todos sus hombres durante un año, y con la ayuda de ellos podre liberar el oro de las garras del monstruo.
El rey no tenía alternativa, e hizo lo que Oved le había pedido: puso a su disposición a todos sus súbditos, a quienes ordeno que cumplieran las indicaciones del joven.
Oved ordeno a la gente que fueran a buscar caballos y bueyes, que tomara azadas y arados y que roturara todas las tierras fértiles del reino. Después de arar les ordeno que sembraran, y cuando llego el tiempo de la cosecha, llenaron setenta carros con el trigo de la mejor calidad. Durante todo ese tiempo, el rey alertaba a Oved una y otra vez:
- Si al cabo del año no me traes las siete bolsas repletas de oro, te hare matar...
Oved le explicaba: - Necesito este trigo para tapar las bocas del monstruo- y seguía silbando y cantando alegres canciones.
Durante siete días anduvo Oved a la cabeza de la caravana de los setenta carros cargados hasta el tope, hasta que llegaron a una gran ciudad ubicada en medio de un paramo. Cuando los mercaderes de la ciudad vieron el trigo, pagaron por el mucho dinero: siete bolsas de oro.
Pasaron otros siete días y Oved regreso al palacio real. Al verlo, el rey le pregunto:
- ¿Has logrado vencer al monstruo?
Oved rio y le respondió: - Si, Su Alteza, lo he logrado, porque el monstruo no es otro que la pereza de sus súbditos.
Cuando el rey oyó el relato de Oved y vio las bolsas repletas de oro, exclamo asombrado:
- En verdad, el que labra su tierra se saciara de pan. Nosotros mismo podemos extraer anualmente de nuestra tierra siete bolsas de oro , y aun más que eso. Por favor, Oved, quédate aquí y reina sobre mis súbditos. Bajo tu reinado aprenderán a trabajar y amar el esfuerzo.
Oved se negó y agrego:
- En el mundo queda aun mucha gente que no conoce el secreto de la agricultura, y la bendición que esta puede traerle. Debo enseñarles a rotular, arar y sembrar, debo revelarles el secreto del trigo dorado que se convierte en pan.
Y volvió a andar por los caminos, feliz y contento como siempre.

 

 


EL TEMIDO ENEMIGO


por Jorge Bucay

Había una vez, en un reino muy lejano y perdido, un rey al que le gustaba sentirse poderoso. Su deseo de poder no se satisfacía sólo con tenerlo, él, necesitaba además, que todos lo admiraran por ser poderoso, así como la madrastra de Blanca Nieves no le alcanzaba con verse bella, también él necesitaba mirarse en un espejo que le dijera lo poderoso que era.

Él no tenía espejos mágicos, pero contaba con un montón de cortesanos y sirvientes a su alrededor a quienes preguntarle si él, era el más poderoso del reino.
Invariablemente todos le decían lo mismo:

-Alteza, eres muy poderoso, pero tú sabes que el mago tiene un poder que nadie posee: Él, él conoce el futuro. (En aquel tiempo, alquimistas, filósofos, pensadores, religiosos y místicos eran llamados, genéricamente “magos”).

El rey estaba muy celoso del mago del reino pues aquel no sólo tenía fama de ser un hombre muy bueno y generoso, sino que además, el pueblo entero lo amaba, lo admiraba y festejaba que él existiera y viviera allí.

No decían lo mismo del rey.

Quizás porque necesitaba demostrar que era él quien mandaba, el rey no era justo, ni ecuánime, y mucho menos bondadoso.

Un día, cansado de que la gente le contara lo poderoso y querido que era el mago o motivado por esa mezcla de celos y temores que genera la envidia, el rey urdió un plan:

Organizaría una gran fiesta a la cual invitaría al mago y después la cena, pediría la atención de todos. Llamaría al mago al centro del salón y delante de los cortesanos, le preguntaría si era cierto que sabía leer el futuro. El invitado, tendría dos posibilidades: decir que no, defraudando as í la admiración de los demás, o decir que sí, confirmando el motivo de su fama. El rey estaba seguro de que escogería la segunda posibilidad. Entonces, le pediría que le dijera la fecha en la que el mago del reino iba a morir. Éste daría una respuesta, un día cualquiera, no importaba cuál. En ese mismo momento, planeaba el rey, sacar su espada y matarlo.

Conseguiría con esto dos cosas de un solo golpe: la primera, deshacerse de su enemigo para siempre; la segunda, demostrar que el mago no había podido adelantarse al futuro, y que se había equivocado en su predicción. Se acabaría, en una sola noche. El mago y el mito de sus poderes...
Los preparativos se iniciaron enseguida, y muy pronto el día del festejo llegó...

...Después de la gran cena. El rey hizo pasar al mago al centro y ante el silencio de todos le preguntó:

- ¿Es cierto que puedes leer el futuro?

- Un poco – dijo el mago.

- ¿Y puedes leer tu propio futuro, preguntó el rey?

- Un poco – dijo el mago.

- Entonces quiero que me des una prueba - dijo el rey –

¿Qué día morirás?. ¿Cuál es la fecha de tu muerte?

El mago se sonrió, lo miró a los ojos y no contestó.
- ¿Qué pasa mago? - dijo el rey sonriente -¿No lo sabes?... ¿no es cierto que puedes ver el futuro?

- No es eso - dijo el mago - pero lo que sé, no me animo a decírtelo.

- ¿Cómo que no te animas?- dijo el rey-... Yo soy tu soberano y te ordeno que me lo digas. Debes darte cuenta de que es muy importante para el reino, saber cuando perdemos a sus personajes más eminentes...

Contéstame pues, ¿cuándo morirá el mago del reino?

Luego de un tenso silencio, el mago lo miró y dijo:

- No puedo precisarte la fecha, pero sé que el mago morirá exactamente un día antes que el rey...

Durante unos instantes, el tiempo se congeló. Un murmullo corrió por entre los invitados.

El rey siempre había dicho que no creía en los magos ni en las adivinaciones, pero lo cierto es que no se animó a matar al mago.

Lentamente el soberano bajó los brazos y se quedó en silencio...

Los pensamientos se agolpaban en su cabeza.

Se dio cuenta de que se había equivocado.

Su odio había sido el peor consejero.

- Alteza, te has puesto pálido. ¿Qué te sucede? – preguntó el invitado.

- Me siento mal - contestó el monarca – voy a ir a mi cuarto, te agradezco que hayas venido.

Y con un gesto confuso giró en silencio encaminándose a sus habitaciones...

El mago era astuto, había dado la única respuesta que evitaría su muerte.

¿Habría leído su mente?

La predicción no podía ser cierta. Pero... ¿Y si lo fuera?...

Estaba aturdido

Se le ocurrió que sería trágico que le pasara algo al mago camino a su casa.

El rey volvió sobre sus pasos, y dijo en voz alta:

- Mago, eres famoso en el reino por tu sabiduría, te ruego que pases esta noche en el palacio pues debo consultarte por la mañana sobre algunas decisiones reales.

- ¡ Majestad!. Será un gran honor... – dijo el invitado con una reverencia.

El rey dio órdenes a sus guardias personales para que acompañaran al mago hasta las habitaciones de huéspedes en el palacio y para que custodiasen su puerta asegurándose de que nada pasara...

Esa noche el soberano no pudo conciliar el sueño. Estuvo muy inquieto pensando qué pasaría si el mago le hubiera caído mal la comida, o si se hubiera hecho daño accidentalmente durante la noche, o si, simplemente, le hubiera llegado su hora.

Bien temprano en la mañana el rey golpeó en las habitaciones de su invitado.

Él nunca en su vida había pensado en consultar ninguna de sus decisiones, pero esta vez, en cuánto el mago lo recibió, hizo la pregunta... necesitaba una excusa.
Y el mago, que era un sabio, le dio una respuesta correcta, creativa y justa.

El rey, casi sin escuchar la respuesta alabó a su huésped por su inteligencia y le pidió que se quedara un día más, supuestamente, para “consultarle” otro asunto... (Obviamente, el rey sólo quería asegurarse de que nada le pasara).

El mago – que gozaba de la libertad que sólo conquistan los iluminados – aceptó...
Desde entonces todos los días, por la mañana o por la tarde, el rey iba hasta las habitaciones del mago para consultarlo y lo comprometía para una nueva consulta al día siguiente.

No pasó mucho tiempo antes de que el rey se diera cuenta de que los consejos de su nuevo asesor eran siempre acertados y terminara, casi sin notarlo, teniéndolos en cuenta en cada una de las decisiones.

Pasaron los meses y luego los años.
Y como siempre... estar cerca del que sabe vuelve el que no sabe, más sabio.
Así fue: el rey poco a poco se fue volviendo más y más justo.

Ya no era despótico ni autoritario. Dejó de necesitar sentirse poderoso, y seguramente por ello dejó de necesitar demostrar su poder.

Empezó a aprender que la humildad también podía ser ventajosa empezó a reinar de una manera más sabia y bondadosa.

Y sucedió que su pueblo empezó a quererlo, como nunca lo había querido antes.
El rey ya no iba a ver al mago investigando por su salud, iba realmente para aprender, para compartir una decisión o simplemente para charlar, porque el rey y el mago habían llegado a ser excelentes amigos.

Un día, a más de cuatro años de aquella cena, y sin motivo, el rey recordó.
Recordó aquel plan aquel plan que alguna vez urdió para matar a este su entonces más odiado enemigo y sé dio cuenta que no podía seguir manteniendo este secreto sin sentirse un hipócrita.
El rey tomó coraje y fue hasta la habitación del mago. Golpeó la puerta y apenas entró le dijo:
- Hermano, tengo algo que contarte que me oprime el pecho.

- Dime – dijo el mago – y alivia tu corazón.

- Aquella noche, cuando te invité a cenar y te pregunté sobre tu muerte, yo no quería en realidad saber sobre tu futuro, planeaba matarte y frente a cualquier cosa que me dijeras, porque quería que tu muerte inesperada desmitificara para siempre tu fama de adivino. Te odiaba porque todos te amaban... Estoy tan avergonzado...

- Aquella noche no me animé a matarte y ahora que somos amigos, y más que amigos, hermanos, me aterra pensar lo que hubiera perdido si lo hubiese hecho.

Hoy he sentido que no puedo seguir ocultándote mi infamia.
Necesité decirte todo esto para que tú me perdones o me desprecies, pero sin ocultamientos.
El mago lo miró y le dijo:
- Has tardado mucho tiempo en poder decírmelo. Pero de todas maneras, me alegra, me alegra que lo hayas hecho, porque esto es lo único que me permitirá decirte que ya lo sabía. Cuando me hiciste la pregunta y bajaste tu mano sobre el puño de tu espada, fue tan clara tu intención, que no hacía falta adivino para darse cuenta de lo que pensabas hacer, - el mago sonrió y puso su mano en el hombro del rey. – Como justo pago a tu sinceridad, debo decirte que yo también te mentí... Te confieso hoy que inventé esa absurda historia de mi muerte antes de la tuya para darte una lección. Una lección que recién hoy estás en condiciones de aprender, quizás la más importante cosa que yo te haya enseñado nunca.

Vamos por el mundo odiando y rechazando aspectos de los otros y hasta de nosotros mismos que creemos despreciables, amenazantes o inútiles... y sin embargo, si nos damos tiempo, terminaremos dándonos cuenta de lo mucho que nos costaría vivir sin aquellas cosas que en un momento rechazamos.

Tu muerte, querido amigo, llegará justo, justo el día de tu muerte, y ni un minuto antes. Es importante que sepas que yo estoy viejo, y que mi día seguramente se acerca. No hay ninguna razón para pensar que tu partida deba estar atada a la mía. Son nuestras vidas las que se han ligado, no nuestras muertes.

El rey y el mago se abrazaron y festejaron brindando por la confianza que cada uno sentí en esta relación que habían sabido construir juntos...

Cuenta la leyenda... que misteriosamente... esa misma noche... el mago... murió durante el sueño.
El rey se enteró de la mala noticia a la mañana siguiente... y se sintió desolado.
No estaba angustiado por la idea de su propia muerte, había aprendido del mago a desapegarse hasta de su permanencia en el mundo.
Estaba triste, simplemente por la muerte de su amigo.
¿Qué coincidencia extraña había hecho que el rey pudiera contarle esto al mago justo la noche anterior a su muerte?

Tal vez, tal vez de alguna manera desconocida el mago había hecho que él pudiera decirle esto para quitarle su fantasía de morirse un día después.
Un último acto de amor para librarlo de sus temores de otros tiempos...
Cuentan que el rey se levantó y que con sus propias manos cavó en el jardín, bajo su ventana, una tumba para su amigo, el mago.

Enterró allí su cuerpo y el resto del día se quedó al lado del montículo de tierra, llorando como se llora ante la pérdida de los seres queridos.

Y recién entrada la noche, el rey volvió a su habitación.

Cuenta la leyenda... que esa misma noche... veinticuatro horas después de la muerte del mago, el rey murió en su lecho mientras dormía... quizás de casualidad... quizás de dolor... quizás para confirmar la última enseñanza del maestro.

 

 

 



Talmud para no judíos


Un sacerdote se encuentra con su amigo, el rabino, y le dice:
– “Tú me has enseñado muchas cosas, pero hay una cosa en particular, que quiero aprender, y no quieres enseñarme. Quiero que me enseñes el Talmud “
El rabino respondió:
– “Usted es un no Judío y tiene el cerebro organizado de un no Judío. No hay ninguna posibilidad de que usted tenga éxito en la comprensión del Talmud”.
Pero el sacerdote continuó en su intento de persuadir al rabino para que le enseñe el Talmud.
Por último, el rabino está de acuerdo, y le dice al sacerdote:
- “Estoy de acuerdo le enseñaré el Talmud, a condición de que responda una pregunta.”
El sacerdote aceptó y le pidió al rabino. – “¿Cuál es la pregunta?”
- “Dos hombres caen por la chimenea. Uno sale sucio y el otro sale limpio. ¿Cuál de los dos va a lavarse.”
- “Muy simple,” contestó el sacerdote. “El que está sucio se va a lavar, y el que está limpio no va.”
El rabino le dice al sacerdote:
- “Le dije que no tendría éxito en la comprensión del Talmud, ocurrió todo lo contrario. El limpio mira al sucio y piensa que él también está sucio, y se va a lavar. El sucio, por otra parte, mira al limpio y piensa que él también está limpio y, por lo tanto, no se va a lavar”.
El sacerdote le dice al rabino:
- “Esto no se me ocurrió. Hágame por favor, otra pregunta.”
El rabino entonces le dice al sacerdote:
- “Dos hombres caen por la chimenea. Uno sale sucio y el otro sale limpio. ¿Quién de los dos va a lavarse?”
El sacerdote le dice al rabino:
- “Muy sencillo, el limpio mira al sucio y piensa que él también está sucio y se va a lavar. El sucio, por otro lado, mira al limpio y piensa que también esta limpio y, por tanto, no se va a lavar”.
El rabino entonces le dice al sacerdote:
- “Se equivoca otra vez. Le dije que no va a entender. El limpio se mira en el espejo, ve que esta limpio y, por lo tanto, no va a lavarse. El sucio se mira en el espejo, ve que está sucio y se va a lavar”.
El sacerdote se queja al rabino.
- “Pero no me dijo que hay un espejo ahí.”
El rabino le dice al sacerdote:
- “Se lo dije. Usted es un no Judío, con su mente no tendrá éxito en la comprensión del Talmud. Según el Talmud, hay que pensar en todas las posibilidades”.
- Muy bien, dijo gimiendo el sacerdote al rabino, “Vamos a intentar una vez más. Hágame una pregunta más.”
Por última vez, dijo el rabino al sacerdote.
- “Dos hombres entran por la chimenea. Uno salió sucio y el otro salió limpio. ¿Quién de los dos fue a lavarse?”
- “Eso es muy sencillo!” respondió el sacerdote. “Si no hay un espejo, el limpio se verá en el sucio creerá que él también está sucio y por lo tanto, irá a lavarse. El sucio verá al limpio y pensará que él esta limpio, y por lo tanto, no irá a lavarse. Si hay un espejo, el limpio se mira en el espejo y por lo tanto no irá a lavarse. El sucio se mira en el espejo, se ve que está sucio y por lo tanto irá a lavarse.
El rabino entonces le dice al sacerdote:
- “Le dije que no tendría éxito en la comprensión. Usted es un no Judío tiene un cerebro no judío. Dígame, ¿cómo es posible que dos hombres caigan a través de una chimenea y uno salga sucio y el otro limpio? ”

 
Fuente YadbeYad

 


 

LA VESTIMENTA DEL MEDICO


Vivía una vez en el Oriente un famoso médico judío cuyo nombre era Hamón. Su renombre se extendía a todos los países, pero un día se dijo a sí mismo: - "Voy a viajar a países lejanos. Ojalá que encontrara allí médicos mejores y más hábiles que yo. Aprenderé de ellos y aumentaré mis conocimientos."
Hamón realizó lo que había pensado. Ensilló su asno, llenó sus bolsillos con todo tipo de medicamentos y hierbas medicinales y partió de su ciudad hacia tierras lejanas. Cruzó muchas ciudades, llegó a países lejanos y curaba a muchos enfermos sin remunera¬ción. Lo recibieron en todos lados con mucho aprecio y mucha honra.
Una vez llegó a las proximidades de una ciudad grande y se sintió muy cansado. Bajó de su asno y se sentó para descansar. Puso su bolso debajo de su cabeza, y se durmió.
Vino un bribón, un sinvergüenza, y vio a Hamón durmiendo. Sacó su vestido harapiento y lo puso en la tierra. Le quitó al médico, que estaba dormitando, su preciosa vestimenta, tomó el asno y desapareció.
Cuando Hamón se despertó, notó que estaba desnudo y descalzo, y al lado suyo había vestidos rotos y muy usados. Al echar una miradita alrededor suyo, vio que su asno tampoco estaba allí. Enseguida comprendió, que un sinvergüenza le había robado todas sus pertenencias.

Hamón se vistió con los harapos, agarró su bolso y se fue a la ciudad. Al pasar delante de una casa muy grande y linda, escuchó un llanto desesperado. Entró y vio a un muchacho enfermo, acostado en su cama, mientras tanto su padre y su madre rogaban a tres médicos para que salvaran a su único hijo de la muerte. Pero los médicos explicaron que contra su enfermedad, no existía reme-dio alguno.
Hamón echó una mirada al muchacho enfermo y dijo a sus padres: - "Escúchenme: entreguen al niño en mis manos. Con los medicamentos que tengo en mi bolso, lo sanaré".
Los médicos lo miraron con desprecio y dijeron: - "¿Este dice ser un médico?"
El padre del muchacho enfermo le dijo con mucha furia: - "¿Te parece que es Justo si te burlas de mí, bribón infame?"
Después de hablar así, lo echó de su casa y cerró la puerta detrás de él.
Cuando los médicos se fueron, la mujer le dijo a su marido: -"Tú actuaste muy mal. ¿Por qué echaste a este hombre de la casa? No prestaste atención a sus palabras. ¿Y si él hubiese podido sanar a nuestro hijo, y salvarlo de la muerte?
Le contestó su marido: - "¿Por qué estás hablando tonterías? Tú también has visto su vestimenta y su bolso roto, en el cual no había otra cosa sino pan seco. Y tenía sus zapatos muy gastados. El hombre debe ser un pobre tonto, que vino a fin de hacer una broma."
Mientras estaban hablando, murió el niño. El padre y la madre lloraron, hasta que ya no tuvieron más fuerzas.
Pero Hamón pensó: - "El hombre me consideró tonto y por eso me ha expulsado de su casa con vergüenza y burla. Bueno, yo voy a contar a la gente de la ciudad quien soy, y cual es mi nombre. Entonces, los enfermos van a venir a verme, y yo los furaré."
Al día siguiente, Hamón caminó por las calles de la ciudad y gritó: - "Todos aquellos que están enfermos, vengan a verme. Los curaré, pues yo soy el famoso médico Hamón.
Todos que lo escucharon, lo consideraron loco y lo eludieron. Cuando Hamón vio que la gente no quiso escucharlo ni acercarse, se sentó en la calle, sacó de su bolsillo todo tipo de medicamentos, remedios y plantas medicinales y los depositó delante de sí. Estos hicieron sentir su olor exquisito, y todos los que pasaron en la calle, se deleitaron y se refrescaron por el aroma. Muchos hombres y mujeres se juntaron alrededor de él y dijeron:
"Si es cierto que tú eres el famoso médico Hamón, dinos, ¿por qué tienes la apariencia de un hombre pobre que pide limosna?"
El les contó todo lo que le pasó durante el camino.
Luego vinieron a verle mucha gente, hombres y mujeres. El les dio tratamiento y se curaron. Cuando escuchó esto el hombre cuyo único hijo acababa de morir, rasgó su vestimenta y gritó con mucha amargura.
"¡Yo maté a mi propio hijo! Si no hubiera avergonzado a este hombre pobre que vino a mi casa, mi hijo se habría sanado y habríamos podido vivir juntos. Ahora realmente sé que uno no puede juzgar a nadie según su vestimenta y su aspecto exterior, sino sólo por su inteligencia, sus conocimientos y sus actos."
No olvidemos jamás, que no es la ropa que hace al hombre.



FUENTE: veghazi.cl




 

 

 


UN PREDICADOR Y SU MEMORIA


Para un sábado especialmente agradable, dos predicadores itinerantes llegaron a la misma ciudad. Venían de diferentes lugares, y no se conocían. Sólo por casualidad, llegaron al mismo tiempo. El nombre de uno era Boruj; el otro se llamaba Soruj. Hacia mediodía de viernes, Boruj se fue a ver al presidente de la sinagoga y le dijo que quería predicar en la sinagoga en Shabat. El presidente le dijo:

"¿Una derashá (es decir, un sermón)? ¡Qué bien! Todos vamos a venir a escucharla. Mañana es Shabat, y podemos tener el sermón por la una de la tarde." - Con esta respuesta, Boruj se fue.

¿Y qué les parece, que hizo Soruj? Ustedes deben saber que en muchas sinagogas, hay dos presidentes. Así. Soruj se fue a visitar al otro presidente y le dijo, que quería dar un sermón. El otro presidente estaba muy contento y le dijo: - "Por supuesto. Venga mañana por la tarde a la una, y todos vamos a estar presentes para escucharlo. "

De la misma manera como los dos predicadores no sabían el uno del otro, ni que habían hecho un arreglo, tampoco los presidentes supieron que habían coincidido el mismo compromiso para la misma hora.

En esa ciudad no había sino una posada. Y de este modo, los dos predicadores se alojaron allí. Se sentaron a comer juntos al lado de la misma mesa. No se conocían, y no sabían, que el otro también era un predicador; al fin, hay tantos judíos en el mundo, y no todos son predicadores. Después de la comida, cada uno se fue a su pieza para dormir. Casualmente, las dos piezas estaban una al lado de la otra, y había entre ellos una pared delgada. Alrededor de las dos de la madrugada, Soruj se levantó de la cama, se lavó, se vistió y empezó a dar un sermón. Boruj, en la pieza adyacente, no podía imaginar el motivo por que se levanta un judío a medianoche, a dar un sermón: uno habló, el otro escuchó. Soruj no habló en voz alta, pero era suficientemente fuerte para que Boruj pudiera escuchar cada palabra, e incluso cada entonación. El sermón duró una hora. Después Soruj descansó un poco y empezó a dar el sermón una vez más, y después una tercera y una cuarta vez. Boruj lo escuchó con tanta intensidad, que se aprendió todo el sermón, desde la Alef hasta la Taf, - (la primera y la última letra del Alef- Bet, que es el abecedario hebreo).

El sábado por la tarde, a la una, ambos predicadores llegaron a la sinagoga. La comunidad judía estaba presente en su totalidad. Los presidentes vieron entrar a los predicadores, y se miraron el uno al otro: ¿Qué es eso? En ese momento se descubrió que había dos predicadores en la ciudad, y que ambos recibieron la invitación para dar una prédica esta misma tarde. ¿Y ahora, qué se hace? Se decidió que ambos hablaran. Eligieron a Boruj para que fuera primero, porque era el mayor. Y después, Soruj. Ahora, Boruj sabía de memoria la predica de Soruj, subió al púlpito y la pronunció, palabra por palabra. Mientras estuvo hablando, Soruj estaba totalmente fuera de sí. No podía entender cómo llegó a saber este predicador su sermón, palabra por palabra e, incluso, con la entonación exacta.

Pero mordió sus labios y se quedó en silencio, mientras Boruj bajó del púlpito. Todos los oyentes estaban muy contentos, pues fue realmente un sermón muy bueno.

Pero Soruj estaba muy angustiado. ¿Qué va a hacer él ahora? ¿De qué va a hablar? ¿Cómo podría hablar sin preparación? De repente, tuvo una inspiración. Subió al púlpito y dio el mismo sermón, palabra por palabra, lo que había dado Boruj. El público quedó atónito, con la boca abierta, pendientes de cada palabra. Cuando Soruj terminó su prédica, encontró un gran alboroto en la sinagoga. "¡Qué estudioso! ¡Qué memoria!" - comentaron todos, al pensar que, después de haber escuchado la prédica una sola vez, este gran sabio era capaz de repetir un sermón tan largo, palabra por palabra. Sería una pérdida enorme, una lástima, perder a alguien tan maravilloso. Así que lo invitaron para que se quedara con ellos como su rabino.

Moraleja: No se debe utilizar ni aprovechar lo que se obtiene con malas intenciones.


FUENTE: VEGHAZI.CL



 

 

El Chismoso Arrepentido


Relatan los sabios sobre un judío que era conocido en su comunidad como el chismoso comunitario; él acostumbraba a contar y chismear sobre cualquier tema, o cualquier persona, hasta que logró recibir el título negativo de chismoso profesional.

Este chismoso era centro de información comunitaria; Después de años de hablar negativamente y de chismear, sin duda alguna complicó la vida de mucha gente, destruyó hogares. Decidió que había llegado la hora de hacer Teshuvá, de arrepentirse sobre todo lo que habló, actuó, chismeó y por lo tanto se dirigió al Rabino comunitario para que le ayudara en su proceso de arrepentimiento.

El Rabino quién conocío al chismoso profesional, le preparó un plan de arrepentimiento, y como primera etapa de la Teshuvá le dijo “debes ir al lugar en el que degüellen pollos, Llenar dos sacos de plumas y regresar conmigo”. El chismoso pensó que básicamente era fácil: sólo reunir y llenar dos sacos de plumas no era gran trabajo. Así que fue, lo hizo tal cual se lo habían mandado. Fue al matadero de pollos, lleno dos sacos de plumas y regresó muy contento donde el Rabino, pensando que ya había culminado su proceso de arrepentimiento; él no sabia que había una segunda etapa.

El rabino le dijo, que en la segunda etapa debería ir a tomar los dos sacos llenos de plumas, esparcirlas en las calles de la ciudad y después regresar. Sin otra opción, al chismoso le tocó cumplir lo que dijo el Rabino, pensando en la vergüenza y la humillación que tendría al tirar las plumas en las calles de la ciudad, como enmienda de los pecados graves por ser chismoso, hablar mal, y poner apodos, lo cual había hecho durante muchos años.

El “chismoso” cumplió la orden del Rabino y al terminar, regresó contento pensando que su expiación de pecado y su proceso de arrepentimiento había terminado. El Rabino le sorprendido dándole una tercera orden como parte del proceso; tomar los dos sacos vacíos, e ir por toda la ciudad, de calle en calle, de casa en casa y de techo en techo recogiendo las plumas que había echado al aire.

El chismoso perdió la paciencia y fue tan grande su coraje que explotó diciendo al Rabino que era imposible recoger todas las plumas; “unas puedo, pero todas imposible, muchas de ellas el viento las llevó a otras ciudades, otras se irán a los río, y los ríos las llevarán al mar y el mar, quien sabe a donde las llevará”, no lo puedo hacer Rabino… es imposible.

Esto es lo que esperaba escuchar le dijo: sí, tienes razón, es imposible recoger todas las plumas, así mismo es imposible recoger todos los chismes, el mal nombre y la habladuría habla, que usted hizo durante años en la comunidad y en esta ciudad y en otras, los mensajes y las mentiras que usted dijo han llegado a cualquier lugar del mundo, ha destruido hogares, formado peleas y divorcios entre otros. Ahora ¿como quieres corregir y perfeccionar todo el daño que has hecho?

De todas maneras el Rabino dijo el Rabino al ex chismoso: reza a D-s, arrepiéntete de corazón comienza el proceso, no importa que sea largo, no importa que largo sea, suplica a D-s con lágrimas, ya que ellas simbolizan el arrepentimiento y él, seguro que te va orientar el camino y la manera de perfeccionar tus acciones.



 

 

CUENTO DE TU BISHVAT


A los padres se les estaba haciendo eterno organizar todo, por lo que Nancy comenzó a recorrer un poco el huerto. Sólo quería terminar rápido y volver a casa a encontrarse con sus amigas, que estaban en la nueva heladería que recién se había inaugurado. Helado gratis, tanto como puedas comer, todo el día, y ella estaba aquí, atorada, rodeada por estas ridículas manzanas. Mientras caminaba, de repente vio algo que le pareció extraño. Fue a ver más de cerca.

El anciano, dueño del huerto, estaba agachado sobre unos pequeños plantones de manzanos, tomándolos uno a uno con mucho amor y ubicándolos gentilmente en hoyos prolijamente espaciados. Nancy resopló fuertemente cuando lo vio apisonar la tierra alrededor de cada plantón, como si fuesen sus bebés. El hombre la miró y sonrió.

“¿Son hermosos, no?”, dijo él.

“Puede ser”, contestó Nancy. “¿Pero cuánto tiempo pasará hasta que sean lo suficientemente grandes como para dar manzanas?”.

“Oh, ¿para producir? Unos 20 años, quizás más”.

“¡Veinte años! ¿Entonces para qué se está molestando? No se ofenda, señor, pero afrontémoslo, a su edad”, ella hizo una pausa, “no parece que vaya a estar por estos lados para disfrutarlos, ¿sabe?”.

El hombre sonrió cálidamente de nuevo. “Tiene razón en eso, señorita. Nada es eterno. Sin embargo, todas estas manzanas que todo el mundo está recogiendo y disfrutando fueron plantadas por mi padre y mi abuelo. Ellos se preocuparon lo suficiente en esa época de plantar para el futuro. Y mire, con un poco de paciencia, el futuro se acerca lo suficientemente rápido. Espero que estos plantones provean montones de buenas frutas para mis hijos y nietos, y para quien quiera venir y disfrutarlas”.

Nancy se quedó muda. Nada en sus once años de vida la había preparado (sin contar el cuidado y amor de sus padres, que ella todavía no se había dado cuenta que era un regalo y no algo dado) para una visión tan paciente y generosa sobre la vida.

“¿Te gustaría plantar uno, jovencita?”, dijo el hombre mientras le ofrecía uno de sus plantones, “Quizás algún día volverás aquí y tus hijos recogerán manzanas de ‘tu’ árbol”.

Nancy lo tomó y se sintió sorpresivamente bien mientras lo ubicaba en la tierra.

“Oh Nancy, aquí estás”, dijo su madre acercándose. “Sé que estás apurada por volver a casa, por lo que apuraremos las cosas tanto como podamos”.

“No mami, está bien”, sonrió la niña mientras miraba de reojo al anciano, todavía plantando pacientemente para el futuro, “estoy realmente feliz de que estemos pasando este tiempo juntas. No hay apuro. ¿Acaso no todas las cosas buenas y los buenos momentos toman tiempo para dar sus frutos?”.


FUENTE: AISHLATINO

 

 

 

 

Israel esclavo en Egipto

por Fernando Murano

—¡Rafael! ¡Rafael! — La voz retumbó como un trueno, no había enojo en ella.
—Sí Señor, ¿qué necesitas? — contestó el ángel, un poco agitado por la prisa, al tiempo que se ponía en pie frente al trono.
—Tenemos una misión muy importante para ti, Rafael —Dijo, con voz suave y dulce, el Altísimo.
Los grandes ojos azules del joven se agrandaron más aún, expectantes, por saber que sería aquello tan importante.
—Sí Señor, dime —se apresuró ansioso.
Dios se levanto de su estrado. Su magnífica figura se detuvo junto al ángel, su brazo derecho rodeó el hombro del joven de una forma muy paternal mientras su mano izquierda señalaba hacia abajo.

—¿Has visitado a mi pueblo últimamente? —preguntó el Señor

—Sí, por supuesto. Tú sabes que velo constantemente por su salud. Además me mezclo entre ellos adoptando forma humana y comparto el trabajo y las fiestas. — explicó Rafael con una sonrisa, orgulloso de su trabajo.

— Muy bien, entonces dime: ¿Cómo se comporta Israel? ¿Me adora? ¿Levanta sus ojos pidiendo mi bendición?

—Pues… Bien… Creo que… —titubeó el joven al tiempo que sus mejillas se sonrojaban. Comprendió rápidamente que las respuestas a esas preguntas ponían en evidencia el pecado de los israelitas. Rafael era generoso y puro de corazón. En la esencia de ser estaba el velar por la salud de aquellos que el Señor le había confiado, especialmente por los enfermos. Sintió pena y aflicción.

—Mira, hemos pensado que ya es hora que los israelitas no sean bien vistos por los egipcios. Para ello tu misión será lograr que el faraón y sus ministros vean en nuestro pueblo un posible enemigo. Que el miedo a ello los impulse a imponerle trabajos pesados, tratarlos como sirvientes, como esclavos.

Una palidez mortal tiño la piel del arcángel. Permaneció inmóvil, lleno de estupor. Una lágrima pura y cristalina como un diamante descendió lentamente por su mejilla fría. Una espada filosa había atravesado el alma de Rafael. ¿Cómo podría ser que ese pueblo fuera destinado a semejante sufrimiento? ¿Habría dejado de ser la nación elegida?.
Reponiéndose apenas a semejante golpe, con poquísimas gotas de aliento que aún guardaba en su corazón ensayó un tímido alegato

—Pero Señor… —balbuceó—. ¿El pueblo al que amas? ¿Esclavo?

El Señor de los Cielos y la Tierra, en su eterna misericordia, amó más que nunca a Rafael. Conmovido, quizás, por ese corazón noble y generoso, le regaló una tierna mirada que, como un bálsamo de aloe, alivia el dolor de las heridas, heridas que solo sana el amor. Como dulce melodía brotaron las palabras de la boca del Altísimo.

—Hijo mío, has dicho bien. El pueblo al que yo amo no debe ser esclavo. Pero piensa por un momento ¿No será que Israel ya ha sido esclavizado por los hijos del Nilo? ¿No han sucumbido bajo sus falsos dioses y han dejado de alzar sus manos invocando mi auxilio? ¿No se han entregado, como lo hacen los egipcios, al culto de los placeres de los sentidos? Ahora dime: ¿Podrías decir que este pueblo es realmente libre? — Se detuvo por un instante para permitir que su servidor buscara las respuestas a todos estos interrogantes. Que escrutara en su interior, las respuestas deberían estar a flor de piel, la cercanía del ángel con estos hombres era mucha. Viendo Dios que comprendía, que sus ojos translucían el sufrimiento de constatar la certeza de sus dichos, no quiso abandonarlo a la terrible agonía que le provocaba haber entendido que la voluntad del Señor era lo único que sacaría a Israel de la idolatría.

Recitó con voz firme, poderosa, sabia, su oráculo—. Permitiremos que la casa de Jacob sea sojuzgada. Haremos que sean plenamente consientes de su realidad, que sientan la necesidad de ser rescatados. Te prometo, entonces, que mi mano poderosa sacará a mi pueblo de Egipto y ese día será recordado de generación en generación, como el día en que mi heredad paso de la esclavitud a la libertad.

El jefe de la guardia real entró en la sala mayor ubicada en el ala occidental del palacio. El faraón se hallaba meditando frente a la ventana. El efecto que producía el contraluz sobre su torneado cuerpo, dibujaba en aquella figura la imagen de un coloso, un guerrero temible.

—Mi Señor —se anunció con tono protocolar.

—Habla, Amret —autorizó.

—El “Hebreo” solicita una nueva entrevista— informó.

Un cierto temor se percibió en su voz. La intuición del militar no estaba errada. La cara del faraón se desfiguró. Un gesto de furia se dibujo en su rostro, sus ojos destilaron furia. Apretó de tal manera sus puños que, de haber tenido piedras en ellos, las hubiese pulverizado.

—Como se atreve…—gritó, aunque contuvo su ira—. Hazlo pasar.

Un hombre de gran estatura entró segundos después en la sala. Su aspecto era impresionante. Sus cabellos blancos como la nieve caían suavemente sobre sus hombros. Su larga barba modelaba en él un semblante pleno en sabiduría. Su rostro poseía un resplandor único, casi angelical, aunque una expresión severa predominaba en su mirada. Su túnica de fino lino blanco con bordados dorados y plateados denotaba la realeza de su linaje. Avanzó sin titubeos. Valiente. Seguro de sí mismo. Atravesó el amplio salón hasta quedar cara a cara con el faraón.

—¡Ya te he dicho que no me molestes más! — arremetió el faraón sin esperar la palabra del visitante. Su visible nerviosismo contrastaba con la serenidad del hebreo. Sentirse disminuido ante él hacía que su sangre hirviese. Quería mostrarse dominante, pero sucumbía ante la personalidad de aquel hombre. Percibía su inminente fracaso.

—¿Hasta cuando te resistirás a humillarte ante mí? —dijo el anciano. Había notado la debilidad del egipcio y asestaba una estocada directa a su orgulloso corazón. No estaba dispuesto a concederle terreno, dejar que recuperara la fe en sí mismo.

El soberano, herido en lo más profundo de su ser, no pudo soportar esa terrible humillación. Enceguecido por el bochornoso desplante, ensayó una última e inútil arremetida— ¡Basta! ¡Retírate de mi presencia! ¡Guárdate de volver a ver mi rostro. Pues el día en que veas mi rostro morirás!

—¡Tú lo has dicho! No volveré a ver tu rostro. Pero escucha esto: nueve hombres te envié, nueve desgracias han traído a tu imperio. Uno más enviaré. Gran aflicción causará a tu alma y a tu pueblo, pues les quitará lo que mas aman. Y esto no será todo. De oro, plata, vestidos y ganado serán despojados— sentenció el hebreo y se retiró de la presencia del faraón.

Siete días después el décimo hombre se presentó ante el soberano y le dijo— Hoy se completa la profecía. Ni tus oídos ni tu corazón han querido escuchar ni ver las advertencias que se te han hecho. Por eso hoy se te ha quitado lo que más amas—. Sin agregar palabra alguna, se marchó misteriosamente, tal como había llegado, tal como sus anteriores nueve predecesores.

El faraón se retiró a sus aposentos, confundido por las palabras del extraño visitante. Caminó cabildante por lo salones y pasillos de palacio. Al ingresar a la sala de recepción, se extrañó del silencio sepulcral del lugar. Su ansiedad creció. Su respiración se hizo dificultosa. Un frío mortal recorrió todo su cuerpo. El faraón comprendió de pronto, de que se trataba la amenaza de aquel hombre. Se apresuró a atravesar el amplio corredor que lo separaba de la recamara real. Pasó sin prestar ninguna atención a los guardias apostados al comienzo del pasillo. Desapareció tras el umbral de la puerta. Segundos después, un grito desgarrador quebró el silencio del edificio.

—¡Hijo mío! ¡Despierta, hijo mío! ¡No! ¡No puede ser verdad! ¡No puedes estar muerto!

Kamutef se despertó agitado. Su cuerpo estaba cubierto de transpiración. Una angustiante sensación de pavor, como una garra implacable, oprimía su corazón. Giró su cabeza en todas direcciones. No se detuvo hasta comprobar que estaba sentado en su cama, que el mundo que lo rodeaba era apenas su habitación. Se relajó. Comprendió que todo había sido un sueño, un horrible e incomprensible sueño. Se apresuró a tomar un baño, el faraón Seti I había convocado a una audiencia urgente en el palacio. Revestido con su mejor traje de gala, partió hacia su destino. Sus pensamientos, durante el trayecto, no pudieron apartarse de aquel sueño. ¿Tendría algún significado? ¿Porqué el faraón convocaba a esta audiencia? ¿Habría relación entre una cosa y la otra?

El lugar elegido para la reunión era el salón Anubis ubicado en el ala septentrional del palacio. Sus muros se encontraban sobriamente adornados con figuras de la diosa y otras, dedicadas a viejas y gloriosas batallas. Un número de aproximadamente veinte ministros discurrían fervientemente acerca de cuál sería el motivo de la repentina convocatoria, al tiempo que sonaban las trompetas que anunciaba la llegada del faraón. Un silencio respetuoso y una ansiedad contenida acompañaron la entrada majestuosa del soberano de Egipto. Seti I se ubicó en el trono tallado de una sola pieza de un finísimo mármol blanco traído del centro del áfrica, adornado bellamente de rubies y esmeraldas.

De gran inteligencia, el faraón tenía la especial habilidad de conocer cada detalle de lo que ocurría a su alrededor. De físico delgado, rostro alargado, nariz aguileña y mirada inflexible, imponía autoridad con su sola presencia. Sus ojos hicieron un rápido reconocimiento de la asamblea. Constató con agrado que todos sus consejeros se hallaban presentes. Era sabido el disgusto que provocaba en él las ausencias y retrasos. Ninguno de los allí presentes hubiera querido sufrir las consecuencias de ello.

Seti reflexionó por breves instantes. Buscaba las palabras exactas para comenzar su alocución. Por fin, al cabo de un par de minutos, emitió un pequeño carraspeo para anunciar el comienzo de la sesión.

—La tierra en la que vivimos ha sido bendecida por los dioses. La abundancia colma nuestros graneros. Poseemos ganado para alimentar tres veces la cantidad de habitantes de nuestra nación. El comercio, el de mayor importancia en todo el mundo, aumenta la grandeza de Egipto. Nuestro ejército valiente, eficiente, profesional y magnífico, ha sabido protegernos de las aves de rapiña que acechan nuestras riquezas.

Las palabras del faraón no guardaban ninguna clase de egolatría ni vanagloria. Cada uno de los puntos enumerados se correspondía con la realidad. Los gestos de aprobación en los rostros de los ministros, lo invitaron a continuar con el desarrollo de la idea.

—Como les he dicho, difícilmente un enemigo, por más poderoso que fuese, podría invadir nuestro país. Sin embargo, creo yo, que tenemos un enemigo potencial mucho más cerca de lo que creemos, una cuña del mismo palo colocado entre sus ramas. El peligro no se encuentra puertas afuera de nuestras fronteras, sino más bien, convive con nosotros—explicó Seti.

Las expresiones de los oyentes eran ahora de sorpresa, de confusión. Un intenso cuchicheo dominó la sala de audiencias. ¿A quién se referiría Seti? ¿Cómo es que no se habían dado cuenta hasta ese momento? ¿Habría una rebelión interna que desconocían?

Kamutef sintió como si le hubiesen arrojado un balde de agua helada. Su corazón se paralizó. Sus manos se volvieron temblorosas como una hoja al viento. Su boca de pronto estaba seca y su respiración forzada. Sabía perfectamente a quién se refería el faraón y que es lo que sucedería. El sueño de pronto se volvió como un mazo gigante que lo golpeaba lleno de realidad. No pudo emitir palabra alguna. Su lengua permaneció pegada al paladar, tanto por el espanto, como por la incredulidad. Además, debía estar seguro, que no sería tomado por loco o estúpido y fuera el hazme reír de la sala.

—Hace muchos años unos pocos hombres llegaron a esta tierra. Durante su estadía han crecido en número. Aquellos pocos son hoy un pueblo enorme. Un pueblo que comparte nuestro suelo, nuestras riquezas. Un pueblo que tiene un dios ajeno a los nuestros— aseveró Seti y continuó formulado su hipótesis— ¿Qué pasaría si Israel decidiese complotarse con uno de nuestros enemigos?

El murmullo se transformó en griterío. La discusión estaba planteada sobre tres opiniones bien diferenciadas: los que estaban de acuerdo con la posibilidad de un complot. Los que tenían una visión totalmente opuesta porque conocían o convivían con los hebreos y los creían incapaces de semejante traición. Y los que estaban confundidos, o no tenían una idea formada.

Kamutef era uno de estos últimos. Sin embargo, la sensación de veracidad del sueño lo impulsó a levantarse y pedir la palabra:

—Mi Señor. Quisiera yo contar, si es de vuestro agrado, un sueño que he tenido esta madrugada—.Se detuvo esperando una señal de aprobación.

—Kamutef, ¿en qué puede ayudarnos un sueño que has tenido? —interrogó Seti un tanto extrañado por la proposición de su ministro.

—Creo yo, que de acuerdo a vuestras palabras, este sueño podría tratarse de un presagio, una visión del futuro —explicó Kamutef con un poco de nerviosismo. No estaba seguro de cómo podría se recibida la exposición de lo sucedido durante su descanso nocturno. Una gota de sudor corrió raudamente por su patilla deslizándose hacia el cuello. Su paladar parecía el desierto mismo. Con visible dificultad, pero sin olvidar detalle alguno, contó su misterioso sueño, poniendo especial énfasis en el dialogo entre el hebreo y el faraón. Las palabras de Kamutef, lejos de ser motivo de burla fueron como aceite arrojado sobre la llama de un candelero.

La indignación y la bronca dominaron rápidamente la asamblea, algunos pocos intentaron una tibia e inútil defensa del pueblo israelita. La narración del sueño, había volcado la balanza a favor de aquellos que creían en la posibilidad latente de una conspiración.

Seti llamó a la calma con un ademán de su mano derecha. Luego de recuperado el orden y el silencio en la habitación dijo:

—Kamutef no ha hecho otra cosa que confirmar mi presentimiento —.Con el seño fruncido, interrogó a sus consejeros— ¿Qué creen ustedes que debemos hacer para evitar este terrible presagio?

—Señor, humildemente, considero que este pueblo debe ser expulsado inmediatamente de Egipto —se adelantó a proponer Amnitep.

—¡No! ¡No!, de ninguna manera deberán abandonar nuestro país. Debemos aprovechar su gran número para utilizarlo en todos los trabajos duros que nuestra gente no realiza. ¡Sí! Yo pienso que debemos hacer de cada hebreo un esclavo —opinó Kipnot con cierto grado de malicia, que sus ojos no pudieron ocultar.

—¡Sí! ¡Esclavos! ¡Merecen la esclavitud! —se oyó de entre los egipcios. El consenso a esta altura era unánime.

El faraón con su aplomo habitual y la tranquilidad que le brinda su madurez e inteligencia se puso de pie. Caminó de derecha a izquierda lentamente y en silencio. Su mirada estaba clavada en el piso. Buscaba hilvanar y hacer más nítidos sus pensamientos. De tanto en tanto un gesto de fastidio, provocado por la ruidosa charla de los ministros, brotaba de ese rostro anguloso. De pronto se detuvo. Una sonrisa complacida transformó la severidad de su expresión. Se irguió como un guerrero gigante. Su pecho se infló como el de un león imponiendo el respeto frente a su manada. Se lo veía desafiante. Decidido. Soberbio.

—Estoy de acuerdo con la idea de esclavizar a este pueblo. Sin embargo, creo que sería demasiado peligroso imponerles este castigo abiertamente, podríamos desencadenar la rebelión que estamos tratando de evitar. También nuestro propio pueblo, que ha aprendido a querer a los israelitas, podría ponérsenos en contra. Deberemos ser muy prudentes y astutos—dijo con vos pausada.

Las palabras del faraón impactaron de lleno sobre el auditorio. Todos comprendieron el peligro que significaba cualquier decisión errónea. Claro está que Seti, ya tenía la solución del problema, simplemente quería lograr la reflexión de los presentes y que sus mentes estuvieran preparadas para escucharla.

—Haremos que extraigan y tallen piedras de nuestras canteras. Que cocinen ladrillos. Que con ellos construyan pirámides, templos y murallas. Que abran canales de riego. Que labren nuestra tierra y cuiden nuestro ganado. Lentamente iremos desgastando su salud y su voluntad. Los arduos trabajos no dejaran vigor en ellos para procrearse. Disminuirán en número y dejarán de ser una amenaza para nuestro imperio.

Los consejeros no comprendían, no había nada de original en las palabras del faraón. Era claro que de esa manera, se esclavizaba a Israel, pero el peligro de la reacción no estaba solucionado. Pero Seti había guardado hábilmente su estocada para el final:

—Pediremos a los israelitas que, voluntariamente, nos ayuden en estas tareas. No como esclavos, sino como obreros. Argumentaremos la necesidad de hacer grande nuestra nación, de mejorar la seguridad y la economía. Formaremos grupos de trabajo, cada uno estará bajo el mando de un capataz hebreo y varios capataces estarán bajo la supervisión de inspectores egipcios. En un principio, recibirán una paga acorde con los trabajos realizados mientras que los capataces guardaran las comodidades de sus vidas. Luego iremos imponiendo mayor cantidad de horas a las jornadas laborales y las tareas serán más y más arduas. Finalmente, sin darse cuenta, terminarán siendo esclavos.

La brillante idea del faraón dejo perplejos a todos y de inmediato manifestaron, con gran júbilo, su apoyo a la misma.

—Me alegro de que estén de acuerdo con este plan. Mañana mismo convoquen a todo el pueblo de Israel a la plaza, frente al palacio. Yo daré un discurso para convencerlos de que nos brinden su apoyo en estas tareas —. Dijo el faraón complacido, por la resolución a la que había llegado la audiencia.

Unas tres horas después del mediodía del día siguiente, una multitud de hebreos se había dado cita a las puertas del palacio, respondiendo a la convocatoria del soberano egipcio. Hombres, mujeres y niños esperaban con ingenuidad y alegría las palabras del faraón. En un balcón, ubicado sobre la entrada principal, desde el cual toda la gente reunida podía divisar y escuchar sus palabras, se asomó la figura imponente de Seti, provisto de su corona y de los adornos habituales en este tipo de ceremonias. Alzó sobre su cabeza los bastones reales que sostenía en cada mano y la multitud hizo silencio para escuchar el motivo de la llamada a la plaza.

—Queridos amigos, queridos hermanos. Los he convocado para solicitarles, en consideración a la hospitalidad que han recibido del pueblo egipcio, su colaboración para hacer de este país la nación más grande y poderosa de la tierra. Construir murallas que eviten el ataque de los pueblos enemigos, edificios para los asuntos de gobierno y templos para agradecer a nuestro dioses. Cada uno de ustedes recibirá en compensación un justo salario, que les ayudará a vivir con abundancia. —el engaño había comenzado y ahora debía ver si el pueblo hebreo había tragado el anzuelo.

—¿Cuento con vuestra colaboración? —preguntó el faraón.

Los israelitas, que no imaginaban que detrás de estas lindas palabras se escondía un engaño, respondieron afirmativamente y a viva voz al pedido de Seti, quién sintió el gozo de ver como su plan comenzaba a hacerse realidad.

Desde los confines del firmamento celeste, la voz del altísimo sonó satisfecha por el trabajo realizado por el arcángel:

—Muy bien por ti, Rafael. Has cumplido con mi mandato a la perfección. Ya está en camino la liberación más grande que tenga la historia de salvación del hombre y que solo será superada, en la plenitud de los tiempos, por la redención de la raza humana.

El ángel no pudo disfrutar del halago recibido, su corazón estaba partido. El sufrimiento que en poco tiempo su amado pueblo debería soportar, le producía un profundo dolor. Ahí quedó inmóvil mirando hacia Egipto. Durante días y días sus lágrimas rociaron la frondosa tierra del Nilo. El cielo permaneció todo ese tiempo de un penoso color gris. Una triste canción broto de sus labios. Cuentan nuestros padres, que en los días de mayor aflicción, creyeron escuchar una melodía que se hacía presente con el viento y que consoló las almas de toda la estirpe de Jacob durante cuatrocientos años.

 

 

 

El Gato que hablaba Idish

por Ricardo Feierstein

Quiero comer- dijo el gato. Levanté la vista, distraído por la lectura del periódico, y lo miré. Negro, grande, botitas blancas en las patas traseras, cola gruesa y larga, otra mancha que le divide el rostro en mitades armoniosas. Rocé con un dedo sus largos bigotes, también blancos.

Tranquilo, kétzele. Debo estar alucinando. Tenés un "miau" muy variado, eso es.

Volví a desplegar el periódico y entonces él insistió:

-Sí, hablo. Todos los gatos hablamos, pero sólo con quienes nos cuidan. Y tengo hambre. Dame de comer.

Carraspée, me froté los ojos, pensé. Inútil. El Nero seguía allí, ronroneando su impaciencia en sílabas castellanas.

Mi kétzele es, a la vez, tierno y patotero. Yo lo quiero, en especial, por esa manera de ofrecer afecto de a ratos, pero necesitarlo siempre él. Mimoso. En casa se comporta como un dictador: tiene caprichos, es prepotente, corre y amenaza a los otros dos gatos, más pequeños, que conviven con nosotros. Empuja, rasguña, matonea en base a su mayor tamaño.

Pero, saliendo a la calle, se transforma. Temeroso del tráfico de autos y personas, difícil que se aleje más de algunos metros de nuestra vereda. Sus ojos van y vienen, inquietos. Al menor ruido, corre de vuelta a su escondite. Se vuelve dulce y zalamero para que lo dejemos entrar al hábitat de su reinado, donde cree dirigir nuestra vida cotidiana. Ese es mi gato negriblanco.

En realidad, hay más. La historia del kétzele es la de una doble frustración. De él y mía.

Sus miedos pueden explicarse porque lo abandonaron frente a nuestra casa, una madrugada, junto a una gatita parecida a él, ambos en una caja de cartón y temblando en el umbral. Ya teníamos otros dos gatos (Koshko y Tessina) pero, movidos por la compasión -y porque nos gustan estos animales- les permitimos pasar.

Al poco tiempo, vimos que era demasiado para nosotros. Regalamos la hembra a los familiares de un vecino y, como con los otros en su momento, al año de edad castramos al Nero (ese fue su primer nombre) para que no escapara por las noches ni llenara la casa de cachorros.

Además, quisimos prevenir su salud: este es un barrio muy duro. Hay patotas humanas, pero también gatunas. Las pocas veces que Koshko o Tessina intentaron dar una vuelta, volvieron rasguñados y sangrando, resultado de peleas callejeras para las que no estaban preparados.

Bien: ese fue el terrible error que podría haber asegurado mi vejez. Una vez llevo al Nero a un veterinario céntrico y dice:

-¡Qué buen animal! Este es un raro tipo de "gato persa". Hay pocos en el mundo y son muy buscados. ¡Y usted lo ha castrado! ¡Qué pena! Cada cría se vende a 250 dólares en el mercado.

Pensé que bromeaba, pero... ¡era verdad! Tuve un casal de gatos persas y ¿qué hice? ¡Regalé a la hembra y castré al macho! ¡Derroché la fortuna que el destino había puesto en mis manos!

Y, ahora, este kétzele habla.

En los días que siguieron, averigüé que muchas personas conversan con sus gatos. Lo mío, al parecer, no es tan novedoso. Sucede que estas cuestiones no se comentan con ajenos, un poco por pudor y otro por miedo a quebrar el encantamiento que produce este trasvasamiento linguístico. Qué sé yo.

Tampoco hay que exagerar. Las diálogos se limitan a la convivencia cotidiana: estado del tiempo, temperatura de los alimentos, novedades del barrio (él es un observador privilegiado, nocturno y de altura, de ciertos sucesos que ocurren en las inmediaciones). Y no mucho más.

Una mañana, enojado porque había volcado el desayuno por culpa de su glotonería, le recriminé sus limitaciones de conversación.

-Me han dicho que otros gatos son interlocutores más entretenidos- dije, vengativo.

-Puede ser. Pero los otros no saben hablar idish. Y yo soy bilingüe.

Creí se estaba burlando, pero no. De su boca comenzaron a salir frases y melodías de tono inconfundible. Me remitieron a mis días de niñez, las conversaciones entre los abuelos, esas consonantes metidas entre los dientes y la garganta que nunca aprendí a imitar, aunque reconocía su musicalidad. Inglés, francés, hasta hebreo pude estudiar. Pero idish, en el que hablaban mis mayores para que yo no pudiera entenderlos... no.

-Es verdad- tuve que admitir.

Lo comenté con mis amigos. Todos quisieron venir a escuchar, pero el Nero movió desdeñosamente su cabeza.

-Está muy mal, kétzele- protesté, enojado.- Sos mío y quiero lucirme contigo. Soy el único ser humano que posee un gato que habla en idish. Qué, ¿no puedo mostrarte ahora?

-Eso es pura vanidad- respondió, desdeñoso. Y me dio la espalda.

Pero algo debe haber pensado. Porque al otro día, después de almorzar el arroz que cociné pacientemente para él, dijo:

-Te propongo algo. Se acerca Pésaj, la fiesta de liberación de los judíos de Egipto. La primera noche, en la sinagoga, vas a reunir a tus conocidos. Yo explicaré, en idish, el séder (orden) de la celebración. Los niños podrán hacerme las fir cashes, las cuatro preguntas, y conduciré la ceremonia hasta el final. Así entenderán que cada generación debe buscar su propia libertad.

¡Así que mi gato se había vuelto filósofo! Acepté. En las horas siguientes toda la comunidad del pequeño pueblo -viejos y jóvenes, hombres y mujeres- atiborró el templo. Conjeturaban sobre gracia divina, venida mesiánica, simbología cabalística. Los murmullos iban y venían por el recinto. Un grupo de viejitos practicaban el idish, que no hablaban hacía mucho. El Nero se relamía los bigotes, impasible.

Yo me ubiqué junto al estrado y, con la aparición de la primera estrella, puntualmente, el gato blanquinegro que no podía tener hijos (por mi culpa) ascendió los breves escalones. Miró a los reunidos, ronroneó y dijo, en tono muy audible para todos:

-Queridos hermanos, shalom.

Muchos contestaron. Otros, emitieron gemidos de admiración. Era cierto. El gato estaba allí y hablaba. Y decían que sabía idish.

Consciente de la expectativa, mi kétzele solicitó silencio. Y entonces dijo lo que nunca pude imaginar.-Esta noche voy a dirigir la ceremonia de Pésaj y dialogaré con ustedes. En idish. Pero con una condición.

El silencio se hizo gélido. Tras estudiada pausa, el Nero continuó:

-La mayoría de ustedes no comprende el idish. Por lo tanto: yo hablaré en ese idioma, pero el joven que vive conmigo- una pata me apuntó- deberá ir traduciendo lo que digo. Sólo de esta manera seguiremos adelante.

Y así está la situación: de la boca del gato comienzan a salir palabras. Melodiosas, dulces, con pronunciación oriental-europea. Relata la salida de Egipto y la condición en la que vivían los judíos bajo el Faraón, una opresión que clamaba por la venida de un liberador. Está terminando su primer largo párrafo y los ojos de los concurrentes, asombrados y ansiosos, contemplan su boca y mi figura, alternativamente.

Yo estoy profundamente concentrado. Me ayuda conocer la historia que narra pero, con tremendo esfuerzo, trato de recuperar palabras olvidadas, la textura de las frases, la cadencia del relato. Descifro signos aislados, gotitas de idish dispersas por mi memoria, pero no puedo armonizar ambos circuitos. No llegaré a traducirlo y, entonces, el gato callará.

En ese momento me despierto.

De modo que la cuestión es así: el gato espera, yo no logro recordar todo, la gente mira anhelante y las brumas del mundo onírico se mezclan con mi dudosa vigilia.

¿Y ahora qué hago?

Sentado en la cama, todavía acunado por esa melodía entrañable y por lo sugerente de la situación, comprendo que mi inconsciente -tan sabio como nunca- ha pateado hacia la vida real esta historia, incapaz de resolverla en sueños sin transformarse en pesadilla.

"Ahora te corresponde encontrar un final para esto", parece decirme.


Fuente: argentina.co.il
 


 

Aleluya del Moribundo



por Enrique Anderson Imbert

Isaac Kornblit visitó a Rodrigo Álvarez, que acababa de salir del hospital. Lo encontró demacrado pero muy contento de vivir otra vez en su casa.

-! No me diga! ¿Así que usted pudo verlo y oírlo hasta el último momento? -le preguntó-. !Que privilegio, aunque triste, estar junto al insigne Jacobo Stein a la hora de su muerte!

¿Qué decía, qué decía? Porque supongo que Stein conservó su lucidez hasta el último momento.

-Sí, claro -contestó Alvarez-, pero no crea que conmigo fue muy profundo. Eso sí, sabía contar.

-¿ Contar qué? ¿La historia de Israel?

-No. Un cuento.

-¿Cómo es eso?

-Y bueno... Ya le dije. Cuando me internaron en el hospital me pusieron en la misma sala en que atendían a Stein. Una mesa de luz separaba nuestras camas. El estaba mucho peor que yo pero yo estaba mucho más deprimido que él. Probablemente él sabía que iba a morir y que yo no sufría de nada grave. Si es así, su conducta fue de veras piadosa porque se sobrepuso a sus propias dolencias y, para animarme, me daba conversación. Yo no tenía ganas de conversar y para que me dejara tranquilo... (Perdóneme, sé que para ustedes Jacobo Stein es una gran figura del Sionismo pero para mí no era nadie; yo ni recordaba que Stein había sido profesor de historia en Israel)... le avisé que si quería hablar que hablase pero que yo no iba a contestarle porque me sentía mal y además porque, igualito que Azorín cuando tengo algo que decir lo escribo y no necesito hablar.

Ahí no más Stein se puso a filosofar sobre lo oral y lo escrito. Supongo que para un judío la Biblia ha de significar algo ¿no? Bueno, me extrañó que Stein, siendo judío, dijera que el Libro daña al hombre. Repetía el argumento del egipcio Ammon en aquel cuentito que Platón, en el Fedro, puso en boca de Sócrates: la escritura, a diferencia de la palabra viva, debilita la memoria de los lectores y los hace mentalmente perezoso. Me limité a contestarle, creo que de mal modo, que a mi los ojos me sirven más que las orejas y que lo que me estaba afligiendo en ese hospital era que yo pudiera cerrar los ojos pero no las orejas. No se dio por aludido y siguió provocándome para obligarme a conversar. Por ahí se me escapó que yo había escrito uno que otro cuento. Stein me preguntó si yo estaba seguro de que esos cuentos escritos por mí no seguían una tradición oral. Porque, agregó, él había localizado la fuente folklórica de muchos cuentos de hoy que pasan por ser de escritura novísima. ! Bah! Ganas de hacerme dudar de la originalidad de mis propios cuentos... Sobre la mesa de luz había un libro. Stein me lo mostró. Estaba escrito en caracteres hebreos. Lo hojeó. Yo sabía !tan ignorante no soy! que el hebreo se lee al revés pero de todos modos se me antojó un poquito ridículo que un hombre tan viejo hiciera pasar las páginas de atrás para adelante como un chico que no sabe leer. "Es", me dijo con un retintín burlón, "una antología de cuentos israelíes. Ya ve: están escritos; así que, según usted, deben ser buenos". Se sonrió con picardía y me miró con ojitos irónicos.

"¿Por qué diablos se sonríe y me mira así"?, pensé. Agregó: "Si quiere le resumo uno". Sin esperar respuesta empezó a resumirme un cuento que desde entonces no puedo olvidar, por la vivacidad con que lo cont6. Cuando al día siguiente me desperté, la cama de Stein estaba vacía. Me explicaron que Stein se había descompuesto a medianoche y ya en la madrugada estaba muerto. De veras lo sentí. Pensé en el cuento que me había contado, el, el moribundo, para aliviarme a mí, que no sufría de nada grave, y eché una mirada sobre la mesa de luz. Sí. Allí había quedado el libro en hebreo. Como nadie lo reclamó me lo traje. Está ahí. Komblit suspiró:

-! Pobre Stein! Y dígame ¿cómo era ese cuento que tanto lo impresionó?

-Era un cuento sobre dos soldados en la guerra de 1967 entre Israel y Egipto.

-A ver, cuéntemelo.

-En una sala del hospital militar hay dos camas: una al lado de la ventana y la otra en un rincón. Cuando traen al soldado David ya la cama de la ventana está ocupada por el soldado Samuel. Este, a pesar de la gravedad de sus heridas, es un optimista. Saluda a su nuevo compañero en desgracia y, viéndolo decaído, procura animarlo y aun divertirlo. Como desde su cama puede mirar por la ventana, Samuel le describe a David todo lo que ve: un capitán que resbala en una cáscara de banana y se cae, un perro que no quiere devolverle la pelota a un niño, enfermeras bonitas que atraviesan el jardín con las faldas levantadas por el viento... David oye la relación del interminable desfile de escenas. Pasan días. La salud de David mejora. Por lo contrario, Samuel empeora y muere. Esa noche trasladan a David a la cama que ocupaba Samuel y en cambio la de David es ocupada por un nuevo herido.

David espera con impaciencia toda la noche para que, a la mañana siguiente, corran la persiana y pueda asomarse por la ventana, ver las cosas interesantes que ocurren en el jardín y animar al nuevo soldado como Samuel lo animó a él. La enfermera abre la ventana. David, ansioso, mira y ve que no hay tal jardín: a dos metros de la ventana un gran muro oblitera toda la vista. ¿Y cómo va a animar ahora al nuevo herido si él, David, no tiene la imaginación de Samuel?

Hubo un largo silencio del que salió Komblit con un zumbido:

-!Humm! !Qué casualidad! Los dos soldados del cuento, heridos en un hospital... Stein y usted, también en el hospital, enfermos... Bastante simétrico ¿no te parece? Discúlpeme que sea tan suspicaz pero ¿me deja ver el libro del que Skin sacó ese cuento?

-Sí. Allí Lo tiene, sobre la cómoda. Komblit se levantó, fue a buscarlo, lo examinó y soltó una carcajada.

-¿De qué se ríe?

-Este libro, querido Álvarez, no es una antología de cuentos, es un tratado arqueológico titulado El Tercer Muro de Jerusalén.
-¿ Quiere decir que ese cuento que Stein me contó no estaba ahí?

-Sospecho que ni ahí ni en ninguna parte. Posiblemente Stein quería entretenerlo a usted. Y sabiendo que usted respeta más el libro que la conversación fingió que el cuento que le contaba estaba escrito. ¿Se ha fijado en la curiosa coincidencia? Samuel, el soldado que dice mirar por una ventana tapada y alivia con mentiras a David, su camarada, es el "doble" del Jacobo Stein que lo divirtió a usted mintiéndole que narraba un cuento de un mamotreto arqueológico. Improvisó el cuento de los dos soldados especialmente para que coincidiera con la situación de ustedes dos, tendidos en una sala de hospital.

!Vaya a saberse con qué propósito!

Álvarez murmuró:

-Es posible...

Y en seguida, en voz alta -no fuera que Komblit lo creyese molesto porque lo habían engañado- afirmó:

-Como quiera que sea, el cuento me gustó. Sigo gozando del jardín tal como Samuel se lo describió a David. Puedo ver a las lindas enfermeras con las piernas al viento como si me las estuvieran mostrando en este mismo instante. Lástima que ese cuento oral no exista literalmente.

-¿Por qué lamentarse de que no exista? Si usted lo gozó, aunque sea una sola vez, ya es suficiente ¿no? No existe como literatura... Bueno ¿y qué? Razón de más para que usted lo haga existir. Escríbalo. En el juego de paralelas que Stein estableció, él era Samuel y usted David. Escriba el cuento que le contó siquiera para probar que usted no se ha quedado inhibido como David, tan poco imaginativo que fue incapaz de consolar al prójimo como Samuel lo había consolado a él. El cuento podría comenzar así: "Isaac Kormblit visitó a Rodrigo Álvarez, que acababa de salir del hospital. Lo encontró demacrado pero muy contento de vivir otra vez en su casa".

Komblit y Álvarez rompieron a reír como chicos.

 


Los Dátiles

 

por Jorge Bucay



En un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto, se encontraba el viejo ELIAHU de rodillas, a un costado de algunas palmeras datileras.

Su vecino HAKIM, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis a abrevar sus camellos y vio a ELIAHU transpirando, mientras parecía cavar en la arena.

-Que tal anciano? La paz sea contigo.

-Contigo- contesto ELIAHU sin dejar su tarea.

-Que haces aquí, con esta temperatura, y esa pala en las manos?

-Siembro- contesto el viejo.

-Que siembras aquí, ELIAHU?

-Dátiles -respondió ELIAHU mientras señalaba a su alrededor el palmar.

-Dátiles!!!- repitió el recién llegado, y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez.

-El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor.

-No, debo terminar la siembra. Luego si quieres, beberemos...

-Dime, amigo: Cuántos años tienes?

-No se... sesenta, setenta, ochenta, no se... lo he olvidado... pero eso que importa?

-Mira amigo, los datileros tardan más de 50 años en crecer y recién después de ser palmeras adultas están en condiciones de dar frutos. Yo no estoy deseándote el mal y lo sabes, ojalá vivas hasta los 101 años, pero tú sabes que difícilmente puedas llegar a cosechar algo de lo que hoy siembras. Deja eso y ven conmigo.

-Mira Hakim, yo comí los dátiles que otro sembró, otro que tampoco soñó con probar esos dátiles. Yo siembro hoy, para que otros puedan comer mañana los dátiles que hoy planto... y aunque solo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea.

-Me has dado una gran lección, ELIAHU, déjame que te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me diste - y diciendo esto, HAKIM le puso en la mano al viejo una bolsa de cuero.

-Te agradezco tus monedas, amigo. Ya ves, a veces pasa esto: tú me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto y sin embargo, mira, todavía no termino de sembrar y ya coseche una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo.

-Tu sabiduría me asombra, anciano. Esta es la segunda gran lección que me das hoy y es quizás más importante que la primera. Déjame pues que pague esta lección con otra bolsa de monedas.

-Y a veces pasa esto -siguió el anciano y extendió la mano mirando las dos bolsas de monedas-: sembré para no cosechar y antes de terminar de sembrar ya coseche no solo una, sino dos veces.
-Ya basta, viejo, no sigas hablando. Si sigues enseñándome cosas tengo miedo de que no me alcance toda mi fortuna para pagarte...


 

 

 


El Reloj

En una pequeña aldea de Lituania, vivía un hombre muy ambicioso y muy avaro. Se llamaba Reb Mendl, quien jamás le hacía un favor a nadie.
Un día su vecino, luego de muchos intentos, logró convencerlo para que le prestase un candelabro de plata. Es que tenía un invitado para la víspera del Shabat y quería halagarlo. Al final, pero de muy mala manera, Reb Mendl accedió.

Al concluir el Shabat, el vecino llevó el candelabro a la casa de su dueño, pero: ¡Gran sorpresa! Este tenía amarrado un pequeño candelabro.

"¿Qué es eso?" - preguntó asombrado Reb Mendl.
"Al candelabro le nació su primogénito, y como es tuyo el candelabro, es muy justo que te lo entregue con el pequeño" ­contestó el vecino.


Reb Mendl, sin pensar si un candelabro podía dar nacimiento a otro, solo agradeció la honestidad del vecino, aceptando el pequeño candelabro.


Pasó una semana, y el vecino fue a la casa de Reb Mendl a pedirle prestada una copa de plata. En esta ocasión Reb Mendl con gusto se la prestó.

Al pasar el sábado, el vecino trajo la copa con una más pequeña, amarrada a ésta.

"Es el hijito que le nació" - le dijo el vecino.

"¡Mazal Tov!" - exclamó Reb Mendl, y aceptó la copa con una gran sonrisa y muchos agradecimientos. "¿En qué más le puedo ayudar?" - le dijo amablemente a su vecino.

"Nada para la casa, sino para mí. Tengo cita con el alcalde a una hora muy exacta y me sería de mucha ut1l1dad un reloj" - contestó el vecino.

Reb Mendl se quitó su reloj de oro con su cadena y se lo entregó a su vecino. Este, muy agradecido, se fue.

Pasaron algunos días. y no había señas del vecino. Reb Mendl muy preocupado. se dirigió a su casa.

"Vengo por mi reloj" - dijo Reb Mendl.

"Lo siento mucho, pero su pobre reloj ha muerto" - le dijo el vecino.

"¿Cómo es eso de que ha muerto? Es imposible que un objeto sin vida fallezca." - gritó lleno de rabia Reb Mendl.

"No tiene por qué enojarse. Si un candelabro puede tener hijitos, y una copa dar a luz copitas, no hay por qué asombrarse si un reloj con cadena muere. ¿No cree usted?"

 

 


La Alocución

por Jaim Hazaz

Iudke era un muchacho de pocas palabras. Jamás había hablado en público, nunca había discutido en reuniones y congresos, ni tampoco había protestado públicamente ante algo. Por eso la gente se asombro cuando lo vio entrar a hablar ante la comisión.

Sus integrantes estaban sentados en una fila detrás de la mesa verde, a derecha e izquierda del secretario, imponente y adusta como si fueran comandantes o héroes de guerra.

Con curiosidad fijaron en él sus ojos, esperaban escuchar algo insólito e inesperado.

- El compañero Iudke tiene la palabra.

Iudke permaneció callado mientras gotas de sudor se deslizaban por sus sienes.

- ¿Querías declarar algo? - dijo el secretario, mirándolo oblicuamente. - Dilo, pues, te escuchamos.

Algunos de los compañeros de la comisión volvieron los rostros hacia los costados, otros fijaron la vista en el vacío y callaron.

Por fin Iudke se paso la mano por la frente y dijo con el sonsonete cortado y blando, característico de los habitantes de Rusia meridional:

- No vine aqui a decir un discurso, solamente a decir algo necesario... en realidad debería callar... Entienden Uds. acaso lo que es hablar cuando uno justamente tendría que callar?... ¡Pero debo hablar! No entiendo nada, he terminado por no entender. Hace años que no entiendo...

- ¿Que es lo que no entiendes? - le pregunto el secretario con la tranquilidad de un juez cuyo deber es soportar a los querellantes.

- ¡Todo! - exclamo Iudke exaltado. - ¡Todo! pero esas son tonterías. Dejémoslas a un lado por ahora. Solo quiero saber: ¿Que hacemos nosotros aqui?

- ¿Donde? - no le entendió el secretario.

- ¡Aquí! En esta casa, en Israel, en general...

- ¡No entiendo! - abrió con asombro los brazos el secretario y sus labios se distendieron en una sonrisa burlona. - Tampoco yo entiendo...

- Esto es otra incomprensión - le replico Iudke, lo haces seguramente para aturdirme.

Uno de los compañeros de la comisión esbozo una sonrisa y golpeteo con las yemas de los dedos sobre la mesa. Iudke lo sintió reír, pero simulo no verlo y bajo la mirada.

- ¡Al grano! - determino el secretario. - Haz la declaración que tienes que hacer y no entres en discusiones.

- Quiero decir - se decidió Iudke y siguió con voz baja y sentida- que me opongo a la historia judía...

- ¿Qué? - el secretario miro a uno y otro lado.

Los compañeros se miraron asombrados y aquel que al principio había sonreído, no pudo contenerse y prorrumpió furtivamente en una risa entrecortada.

- ¡No respeto a la historia judía! - repitió Iudke y siguió como empecinado en una misma cosa. - "No respeto" no es la palabra, sino como dije antes: me opongo a ella...

Nuevamente estallo la risa de ese compañero - que siempre había sido jocoso- arrastrando tras si a los demás.

Por un momento reino silencio en la pieza, un silencio especial, embarazoso.

Finalmente el secretario se irguió, levanto los pesados parpados y dijo con premeditada ironía, con algo de enojo:

- Compañero Iudke, te llamo al orden! Si tienes algo que decir, con mucho gusto, dilo sin acotaciones fuera del tema. Y si quieres hablar de historia dirígete al Monte Scopus!

- Esto se refiere al tema, esto se refiere al tema... - se apresuro a decir Iudke y agrego con una sonrisa conciliadora - y sin la historia me es imposible. He pensado mucho sobre esto, muchas noches, todas las noches que estoy de guardia...

El secretario encogió los hombros y extendiendo las dos manos en un gesto de incomprensión, dijo secamente.

- ¡Habla!

Iudke volvió a sentirse como al principio, confundido, aturdido, como si un mal se hubiera abatido sobre él y estuviera sufriendo.

- Ya saben ustedes - tosió con tono culpable y como sintiendo confusión en el corazón- que me opongo a la historia judía. Quiero explicar por qué. Un minuto de paciencia... Ante todo comenzare con que en general carecemos de historia, eso es un hecho. Y en ello reside... no sé como se dice en hebreo... en ello, reside el "gato encerrado". No fuimos nosotros quienes hicimos nuestra historia, sino que la hicieron los "goim". Así como ellos nos apagaban la luz en el sábado y nos ordeñaban la vaca en el sábado y prendían el horno, así también ellos nos hicieron la historia a su gusto y manera, y nosotros no hicimos más que recibirla de sus manos. Pero esa historia no es nuestra. ¡No es nuestra para nada! Porque nosotros no la hicimos, porque la hubiéramos hecho diferente. Porque no quisimos que así fuera y otros fueron los que quisieron y nos obligaron a aceptarla contra nuestra voluntad, lo que ya es otra cosa... Por eso me opongo a ella, no la conozco y no existe para mí. Más aun: no la respeto, y a pesar de que "no la respeto" no es la expresión, a pesar de todo, no la respeto... ¡Nada, nada! Y principalmente me opongo a ella. Es decir, no la acepto...

Iudke estaba poseído y convulsionado internamente, se movía hacia todos lados, como una bestia que trata de evadirse del yugo, lanzaba manotadas al aire y seguía hablando sin poder contenerse:

- ¡No la acepto! - repitió tercamente como una persona convencida de su opinión y decidida en sus palabras-. Ni un detalle, ni una línea, ni un punto. Nada, nada... ¡absolutamente! ¿Me creen ustedes, me creen? No pueden ustedes ni siquiera imaginarse como me opongo a ella, como la niego y como... como... no la respeto! ¡Miren! ¡Piensen un momento! ¿Que encuentran en ella? Contéstenme: ¿Que hay en ella? Vejaciones, calumnias, persecuciones y sacrificio en aras de la fe - Kidush Hashem- una vez y otra vez, y otra, y otra... Y así interminablemente... ¡Es eso y nada más! Después de todo es... es... aburrida hasta la muerte, terriblemente aburrida. Permítanme un ejemplo: Yo se que en todo el mundo los niños leen con interés novelas históricas. En ellas, saben, hay grandes hazañas, héroes, luchadores y conquistadores intrépidos y valientes. En una palabra: un mundo lleno de heroísmo. Y justo aquí, en Eretz Israel, nuestros niños no quieren leer nuestra historia. Lo sé perfectamente, lo he averiguado. Si, ellos leen, pero novelas históricas de los gentiles, no obras judías. ¿Por qué es así? No es porque si así no más. Simplemente la historia judía aburre, no interesa. No se encuentran en ella hazañas, ni héroes ni conquistadores, ni grandes hombres ni próceres; solos desposeídos y dolientes, suspirando, llorando y pidiendo misericordia... Concuerden en que esto no es interesante. Si fuera por mí, habría prohibido del todo ensenar a nuestros niños la historia judía. ¿A quién se le ocurre ensenarles a los niños el deshonor de sus antepasados? Yo simplemente les diría: "Compañeros! Nosotros no tenemos historia! Están libres, pueden ir a jugar al futbol"... Pero esto lo digo solo de pasada, por lo tanto prosigo; ustedes, claro está, no me tomaran de sorpresa. Ya sé que existe heroísmo en el hecho de que resistimos todos los salvajismos y persecuciones. Ya lo tome en cuenta. ¡Pero ese heroísmo no me gusta! No se rían... ¡No me gusta! Yo me hubiera escogido otro heroísmo, uno de otra clase. Ante todo, traten de comprenderme, este es un heroísmo sin alternativas: cada uno es un héroe, quiéralo o no, está obligado, y eso no es ningún honor. Y en segundo lugar, este heroísmo se convierte finalmente en una debilidad, en villanía y corrupción. Así es! Y un héroe así llega el momento en que comienza a alabarse por su "heroísmo" y a enorgullecerse de él. Aun mas: nosotros amamos los padecimientos, toda clase de padecimientos... Deseamos los sufrimientos, los buscamos, los ansiamos. Los padecimientos nos guardan, nos conservan. Sin ellos no podemos vivir... "¡Un judío sin padecimientos!" Todo se hunde alrededor de los padecimientos... presten atención:

Alrededor y no dentro de ellos. En esto hay una gran diferencia... todo, todo se hunde alrededor de ellos; los acontecimientos históricos, la vida, los hechos, las vivencias, la comunidad, el individuo, la literatura, la cultura, la canción popular... todo, todo! El mundo deviene angosto, estrecho y revuelto. Un mundo de oscuridad, de negación y de contradicción... El pesar se hace un ideal mejor que la creación, la esclavitud mejor que la redención, el sueno mejor que la realidad; la esperanza mejor que el futuro próximo, la fe mejor que la razón y así hasta el colmo de las anomalías... ¡Terrible! Se crea una psicología diferente, como una especie de psicología nocturna... La noche tiene una psicología especial, diferente de la del día. No me refiero a una psicología del hombre durante la noche, eso es otra cosa, sino a la psicología de la misma noche. Ustedes quizás no se dieron cuenta, pero la hay, la hay. Lo sé, lo siento cada vez que permanezco de guardia. Todo el mundo se comporta diferente de como lo hace de dia, toda la naturaleza se despierta de otra manera. Cada brizna, cada piedra, cada aroma, lo hacen de otro modo, diferente...

- Iudke - lo interrumpió el secretario y dijo con cierta sorna y ruego-. Tus palabras son muy lindas pero, apiádate, ¿para que se reunió a la comisión?

- Espera, espera - se apresuro Iudke-. Aun no dije lo principal. Ustedes todavía no saben... tengo un objetivo, tengo un objetivo... en seguida os daréis cuenta. Un minuto de paciencia...

- Que hable - consintió uno de los compañeros-. Déjalo que hable.

- Pero... -dudo el secretario e iba a decir algo. Más en ese momento y repentinamente, sin previa intención, le grito Iudke:

- ¡Silencio!

Obedeció el secretario, se encogió y callo.

- No me alejo del tema. Hablo de lo primordial, de la raíz... - la vista de Iudke vago por el espacio. Su faz denotaba preocupación y su mente, confusa, dividida, pero activa. No pasaron pocos segundos hasta que volvió a hablar.

- Ya les recordare que se crea en nosotros una psicología especial, anómala, fantástica, si así se puede decir, "nocturna", diferente de la de todo otro pueblo, de la de todos los seres... Amamos los padecimientos, ellos nos sirven para ser judíos. Nos conservamos y nos preservamos con ellos y por ellos nos sentimos héroes y fuertes, más fuertes que todos los pueblos de todo el mundo. Y reconozco, estoy obligado a reconocer, que esto es en cierto modo heroísmo. Los hombres, deben ustedes saber, usan indebidamente muchas palabras bellas y elevadas... Claro, se sabe que el sufrimiento es heroísmo. Claro, también la degeneración es heroísmo y la villanía es heroísmo... y cuando más nos causen padecimientos, mas nos aferraremos a ellos. Porque ellos son nuestra inmanencia, porque ellos son nuestro bálsamo de vida. Lindo arreglo es este caracter. Ustedes entienden esta naturaleza... Y con esto se explica todo: galut, kidush Hashem, Mesías... Tres que son uno, con un solo contenido, con una sola intención... Como está escrito en algún lugar - "una cuerda triple"...

- "Una cuerda triple no se rompe tan rápidamente" - le ayudo uno de los compañeros de la comisión.

- ¡Esto es! - Iudke se aferro al refrán e hirvió -. "No se rompe tan rápidamente", ¡jamás!... Estos tres se ayudan mutuamente, se apoyan en forma reciproca para que nunca les llegue la redención... para que erremos de pueblo en pueblo y de nación en nación, generación tras generación hasta el final de las generaciones. Y las sentencias caen y los pesares se abaten sobre ellos y padecimientos aumentan y los enemigos los rodean mientras el odio los acompaña a todas partes... galut... galut... ¡Uf! ¡Como le aman y como le mantienen! El galut es santo, querido, íntimo, tan cercano al corazón, más cercano que Jerusalem, más judío que Jerusalem, más espiritual. Mucho más, ¡No tiene comparación! ¿Paradoja? Pero así es... Esperen, no hablen - se apresuro a decir mirando a todos a pesar de que nadie intentaba interrumpirlo. - Yo les voy a decir como veo esto...

Paso la mano por su cara y por los labios como quien sale de un baño y bajo la voz susurrando como si les hablara al corazón.

- El galut es nuestra pirámide, cuya base es el Kidush Hashem y su cúspide el Mesías... y... y... el Talmud es nuestro "Libro de los Muertos"... todavía desde los primeros dias, aun desde el Segundo Templo, comenzamos a construir esa pirámide. Ya, desde entonces, nos preocupamos por ella, ya desde entonces colocamos los fundamentos... galut... Kidush Hashem y Mesias... ¿Acaso sienten ustedes lo profundo de estas visiones engañosas y ardientes, efervescentes, nocturnas? ... ¿Captan ustedes esto? ... Piensen solamente: millones de hombres, un pueblo entero, se hunde en esta fantasía y permanece hundido en ella dos mil años. Sacrifica en ella su vida, su existencia, su carácter! Padece sufrimientos y torturas. Y es esta una fantasía despreciable, loca, pero una fantasía. Es decir: sueño, ideal... ¡Qué pueblo más extraño! ¡Qué pueblo terrible y maravilloso!... maravilloso... maravilloso... hasta la locura. Para él, el mundo todo no vale la pena, el mundo con sus luchadores, sus héroes, sus sabios y sus escritores, no valen para él. ¡Terrible y abismal oscuridad!... No, ¡uno puede enloquecer!

Sus últimas palabras las pronuncio susurrando y se detuvo como si lo estuvieran hipnotizando, su boca abierta, sus ojos mirando fijamente y su cara pálida.

El secretario lo invito a sentarse.

- Siéntate- le mostro con el dedo la silla vacía.

- ¿Qué? ... - se sobresalto Iudke y continúo con la mente confusa -. Pero no es solo una fantasía... Si, una fantasía es cierta. Pero una fantasía que necesita... ¿que necesita? Necesita mucho, les diré, necesita mucho. Una fantasía practica para una intención determinada, para un objetivo fijado y toda ella calculada en sus mínimos detalles... Como ven ustedes aquí, hay un rasgo diferente, un rasgo sutil, una anécdota con muchas consecuencias de largo alcance... Me refiero a la fe en el advenimiento del Mesías. ¡Esta es la ilusión judía más típica! Una leyenda que quedo como final y conclusión de todo ese gran drama. Después de los Jueces, los Profetas y los Reyes, después del Primero y Segundo Templo, después de las guerras y de todos los heroísmos, ¿eso es todo lo que quedo?: una inocente leyenda, ¿y eso es todo? ¿No es mucho? Están ustedes equivocados, al contrario. Es mucho. Es demasiado. A simple vista, parecen cosas sin importancia, leyendas para niños de escuela. Pero no es así, no para niños. Hay en ella, sabrán ustedes, una suspicacia de ancianos expertos y acostumbrados, una suspicacia sumamente sutil, pobre, degenerada... De paso quiero destacar una leyenda maravillosa, genial, aunque -fuera de la concepción de mundo y del símbolo que encierra- no sin un cierto aspecto de caricatura, no sin humor y amarga picardía; el mesías cabalgando sobre un burro: Una gran figura, colosal, mundial - no sobre un noble caballo, sino justamente sobre un burro, sobre una pobre bestia... - y es ella la que decidió el destino del pueblo y orientó su camino en el mundo durante generaciones, para la eternidad. Ella decidió y no la escisión entre Shamai e Hillel. ¿Entienden ustedes? - repitió lleno de asombro y desesperación - no hacen nada, ningún esfuerzo, nada, nada, solo están sentados y esperan... crearon un mesías en el cielo - (y esto no es una leyenda del pasado sino en vistas al futuro, lo cual es muy importante, extraordinariamente importante) - y están seguros de que aquel hará todo por ellos y los redimirá, y ellos por su parte están librados de actuar y listo... ¿Cómo pueden creer dos mil años?... Esta es la fantasía ardiente, afiebrada, nocturna... la pesadilla hace necesaria una acción en determinada dirección y con un objetivo determinado. Ya les dije... por que... por que...

Las palabras se le atragantaron, impidiéndole hablar. Y callo. Mientras tanto paso los ojos sobre todos, con apuro y ansiedad...

- ¡Por que no quieren que se los redima! - Lo dijo de una vez, como si no le quedara tiempo, callo y miro hacia los costados como temiendo haberse engañado.

- ¡Por que no quieren ser redimidos! Esa es la verdadera intención de esa leyenda, esa es la consecuencia práctica, consciente o no, de no redimirse, de jamás volver a la tierra de sus antepasados... No es que quiera decir que ellos, justamente, no crean en la redención futura, vuelvo a repetirlo, al contrario: creen con toda inocencia, la aguardan, pero a pesar de todo creen que no llegara. Esto no es un engaño, una doble personalidad. Estoy seguro, seguro... de que aqui activa algo por debajo de la conciencia, algo escondido en lo recóndito del corazón. El sionismo y el judaísmo no son una misma cosa, sino dos cosas diferentes, quizá contradictorias. ¡De cualquier manera no son iguales! Cuando un hombre no puede ser judío se hace sionista. El sionismo comienza en las ruinas del judaísmo, allí donde perdió el pueblo su fuerza. Es un hecho, aun nada se dijo de la esencia del sionismo! Este es mucho más profundo, mucho más prodigo en consecuencias grandiosas, decisivas, que lo que a simple vista se aprecia o que lo que de él se dice.

 

 


El Candelabro de mi Abuela

Mi abuela es una mujer dulce y pequeña, de apenas un metro y medio de altura. Su candelabro, de más de medio metro de alto, era más que un simple candelero. Era un símbolo familiar, un imán que nos reunía.

En las vísperas de Shabat, Bobe se ponía un pañuelo de Shabat especial. Con gran fanfarria encendía cada vela. Cuando terminaba de encender la última candela, permanecía delante del candelabro con sus ojos cerrados. Lágrimas corrían por sus mejillas. Ella oraba por su marido, sus hijos casados y sus nietos. Hablaba en idish: "Estimado Padre en el Cielo, mira y protege a mi marido, hijos y nietos. Sea Tu voluntad que crezcan personas buenas, fieles a nuestra religión. Por favor concédele sustento y paciencia a mi estimado marido. Cuídanos a todos” .

Todos estábamos de pie alrededor de la mesa de Shabat con respeto. Bobe se parecía a una reina que hablaba al Rey de Reyes, a Di-s Omnipotente. Cuando terminaba su Plegaria, empezábamos nuestro Shabat.

Cuando nuestra familia creció, Bobe estaba más tiempo con sus velas. Cuando cumplió 94 años, tenía muchos nietos casados que también tenían hijos propios. Había cinco generaciones en la familia de Bobe. Al encender las velas, Bobe oraba por cada miembro de la familia.

Su candelabro estaba hecho de plata sólida con una base fuerte de plata. Todo el año tenía tres ramas de dos velas. En el medio un tallo era para otra vela. La costumbre tradicional para la víspera de Shabat es encender una vela por el padre, madre e hijos. Cuando nace un hijo, se agrega otra vela de Shabat. Mi abuela encendía cinco velas. Durante la semana de Janucá, ella agregaba dos ramas de dos velas cada una, haciendo un total de nueve velas. El candelabro estaba construido de forma que los posa-velas podían quitarse e insertarse en su lugar tacitas de aceite para el encendido especial de Janucá. Su candelabro de Shabat se convertía en Janukiá.

Durante la semana de Janucá ella le entregaba su preciado candelabro a mi abuelo para encender las velas de la fiesta. Janucá era nuestro tiempo más feliz. Todos los hijos, nietos y bisnietos venían a la casa de Bobe y Zeide para recibir el Janucá guelt (dinero de Janucá) y unirse al encendido de la Janukiá. Zeide estaba de pie orgullosamente, como un Cohen, el sacerdote del Gran Templo, cuando encendía la Menorá.

Cuando Zeide murió, Bobe pasaba sus inviernos en Miami. Y llevaba sus candelabros con ella. ¡Cada Shabat Bobe lustraba los candelabros de plata y oraba:"¡Que mi mazl (suerte) brille siempre!"

Todos esto se acabó cuando alguien robó su Candelabro. Bobe estaba marchita. Su cuerpo pequeño se agitaba como un sauce en la tormenta cuando hablaba sobre su más preciada posesión, su candelabro. ¿Cómo podían robarlo? Su única preocupación era cómo encendería sus velas.

Ella creía que su Candelabro volvería. "He orado para que el Candelabro nos protegiera, y estoy segura de que el Candelabro ha hecho eso.

Ahora rezo para que el Candelabro vuelva a mí." Con determinación silenciosa ella oró y oró. La familia no sabía qué hacer. Inesperadamente un amigo de la infancia de Austria, el lugar de nacimiento de Bobe, nos visitó y avisó:

"Nunca había visto una Candelabro como la que vi hoy. Sorprendentemente vi una réplica de tu Candelabro, en la vidriera de una tienda de regalos"

Nos quedamos mudos.¿Podría ser que nuestro invitado había visto Candelabro robado? ¡Bobe saltó y dijo:"¡Vamos a recuperar mi Candelabro! ¡¡¡Pronto será Janucá y lo necesito!!!"

Bobe, mis padres, la dama de compañía de Bobe, y un policía fueron a la tienda de regalos. Con un destello en sus ojos y un grito de alegría Bobe tomó su Candelabro y dijo: "Nos has protegido y ahora regresas a casa conmigo." Antes de que cualquiera pudiera decir algo, Bobe asió el Candelabro del estante y lo sostuvo cerca de su corazón. Nadie podía detenerla. Los vecinos de Bobe, judíos y no judíos, se unieron en su regreso triunfante a casa. Cuanto más se acercaba a su hogar, más personas se le unían. Bobe, vestida al estilo europeo, cargando un Candelabro casi tan grande como ella, seguida por una procesión de familiares y amigos, era un espectáculo memorable. Era de verdad un gran desfile de Janucá.

El Candelabro recibió una limpieza especial, y ese fue el Janucá más luminoso en la casa de Bobe.

¿Quién dijo que los milagros ya no suceden?

 


 

 

 

Djoha y los Cien Ducados

 

Un buen día Djoha tuvo que salir a la huerta y empezó a rezar a Dios, diciendo: - "Dios Santo, te estoy rogando ya desde hace tantos años, ¡escúchame una vez por favor! ¡Mándame cien duca­dos! Y si me mandaras noventa y nueve, ¡no los tomaré! Y así, cada, día al salir a la huerta, hacía esta oración.
Djoha tenía un vecino que escuchó estas palabras bastante raras y pensaba: - "¿Cómo es eso? ¿Noventa y nueve no va a tomar? ¡Sólo cien! Voy a hacer yo una prueba, ¡veremos si los va a tomar!"
Pasó así que un día, cuando Djoha estaba haciendo esta oración, vio estupefacto que le cayó a la huerta una bolsa llena de monedas. Dijo Djoha: - "¡Contaré cuantas son!" - Las contó y vio que son noventa y nueve.
El vecino estaba esperando, bien curioso, si Djoha iba a dejar los ducados, pero Djoha dijo: "¡Dios santo, te doy las gracias! Quién da noventa y nueve ducados, también da los cien; ¡otro día me mandarás un ducado más!"
El vecino se sintió muy molesto y se fue donde Djoha y le dijo: - "Estos noventa y nueve ducados son míos".
- "¡No! yo rogué a Dios y El me los mandó".
El vecino le dijo: - "¡No! Lo que sucede es que yo quería hacer una prueba, porque tú dijiste que noventa y nueve tú no tomarás, y yo pensé, que realmente no los ibas a tomar".
Dijo Djoha: "Estos ducados son los míos y el resto no me importa de nada". - Le dijo el vecino: - "Si es así, te voy a llevar al juzgado".
Llegó el día del juicio y el vecino fue a buscar a Djoha para que se presentara delante del juez. Le dijo Djoha: - "¡Yo no puedo ir todo este camino a pie!" - Le respondió el vecino: - "Yo te voy a dar un asno". - Dijo Djoha: - "Yo no puedo ir al juzgado, porque no tengo ningún traje para poder salir", - Vino el vecino y le dijo: - "Voy a mandar a hacerte un traje". - El vecino le mandó a hacer unas ropas, se las dio, le dio el asno y lo llevó al juzgado.
Vino la hora del pleito y el vecino dijo: "¡Estos noventa y nueve ducados no le cayeron del cielo! Es que yo los mandé para probarlo, y él no quiere devolvérmelos. Y por eso quisiera hacer una demanda contra él."
Ahora Djoha le dijo: - "¡Estos noventa y nueve ducados me han sido mandados por Dios! El está diciendo mentiras. Si quieres la prueba, pregúntale, y verás que él va a decir que tanto el asno como el vestido que tengo puesto, son de él."
El juez le preguntó al vecino: - "¿Son tuyos el asno y el vestido que tiene puesto Djoha?" - "Sí, todo es mío" - le dijo el vecino. - "Viste, que todo es mentira." - Entonces dijo el juez al vecino: "¡Tú eres un mentiroso!"
Así escapó del juzgado Djoha, y se quedó con todo.
 


 

 

 

Cuento sobre el Paleo Judaísmo chileno

Las dudas del sacristán

por Patricio Iglesias

Nov. 2009


Al señor Obispo le bastaban los ojos del sacristán para darse cuenta lo que pasaba por su mente. ¿Porque, un viernes por la tarde, vestía de civil? Más aún, cuando de seguro se dirigía a cenar a casa de la familia Ruiz. ¿Porqué, los habría de distinguir, tan frecuentemente con su presencia? La familia Ruiz, era sólo una de tantas. Más aún, si se tomaba en consideración, su continuo rechazo a las invitaciones de las más distinguidas familias de Santiago.

Ciertamente, el Señor Obispo andaba en malos pasos.

Pero, ¿Quién era este pobre sacristán, para juzgar a la autoridad máxima de la Iglesia Chilena ? Vaya, si sabía él de las debilidades de la carne. Cuántas veces no había caído. Más aún, estaba seguro que el Obispo sabía de lo suyo, sin embargo nunca se lo había mencionado. Ni en el secreto íntimo de la confesión, cuando tras las mínimas faltas, mentirillas, palabrotas o quizás algún robillo confesado, escondía los más graves pecados de lujuria.

El sacristán hizo una reverencia y se aproximó con la intención de besarle el anillo. Mas para su sorpresa, se percató que no lo llevaba. ¿Qué duda podía caber? Un hombre no va a una cita, con el anillo que lo amarra a otro compromiso. Cedió el paso y vio como se perdía por la Catedral en construcción. Mientras se alejaba, Monseñor adquiría una dimensión cada vez más humana. Un hombre fuerte como él, tenía sus necesidades. Por muy monje que fuese, no dejaban de gustarle las mujeres. Sólo atinó a preguntarse ¿Cómo sería la novia que esperaba a Monseñor?

De seguro sospecha, pensó el Obispo. La mayor de las cautelas, no evita las miradas inquisitivas. Por último, el cochero no tardaría en comentar, que frecuentemente lo llevaba a casa de la Familia Ruiz por la noche. Quizás, también comentaría, que al salir su semblante era otro. Su rostro entonces despedía esa profunda alegría, que sólo reflejan aquellos que se dirigen a un hermoso encuentro.

Corría peligro, pero no podía evitarlo. Más aún, no quería evitarlo. No por el deseo de jugar con el destino, sino por su íntima convicción que respondía al llamado interno de su corazón.

“A casa de la Familia Ruiz ”, se dirigió al cochero, pero la frase fue interrumpida por un sonido inteligible de aceptación, de algo ya conocido. La débil voz del hombre, tenía algo de ese fastidio, de quien ya sabe de memoria su camino. Esa noche, una vez más, regresaría tarde a casa, pues esas reuniones eran las más largas de todas las que su patrón asistiese. Pero el cochero en el fondo era un hombre comprensivo y sentía que apoyaba a otro hombre en su necesidad. Un dulce sabor de complicidad acompañaba este viaje como ningún otro. Más que Monseñor, lo consideraba casi un amigo, al que le estaba haciendo un favor. Sí pues de su boca, nunca habría de salir la menor información. Él lo llevaba y lo traía, de una cena en casa de familia y punto.

El coche del obispado se movía al correr por las calles empedradas del Santiago colonial. Las noches de invierno son largas y obscurece temprano. Los últimos rayos del sol habían partido y la ciudad se sumía en la negrura. A medida que se acercaban, el corazón del Obispo comenzaba a palpitar algo más rápido. Un cúmulo de sentimientos encontrados comenzaban a cruzar su alma. Se emocionaba y sin embargo una paz interna lo invadía.

Al bajar frente al portal de la vieja casona, le propuso al cochero que regresase en unas tres horas, pero éste, invariablemente, prefirió esperarlo. Solo, sentado en el pescante, formando una sólida estampa, bajo la fría noche, coche, cochero y caballo. Envuelto en su manta de castilla, haciendo guardia a su patrón. Tal obstinación no deja de esconder algo de morbo, pensó el Obispo, sin darle mayor importancia.

Luego de varias de llamadas, como si nadie esperase su llegada, abrió el dueño de casa, Samuel Ruiz. Hombre de mediana edad y ojos agudos. Su rostro denotaba intranquilidad, miró a ambos lados para asegurarse que nadie los observaba, lo hizo pasar. El cochero hecho una última mirada a su patrón, mientras sus labios perfilaban una maliciosa sonrisa.

Una vez en el zaguán que desembocaba en el primer patio, los dos hombres intercambiaban algunas frases familiares. Continuaron camino por uno de los corredores laterales, luego al segundo y tercer patio. La casa parecía desierta, aquí y allá, unas cuantas velas prendidas no lejos de consumirse. Al final de la seguidilla de habitaciones, en el sector dedicado a los indios, esclavos y sirvientes, se veía una luz saliendo de de las bodegas. Samuel abrió una de las hojas del portón para sumarse a la reunión familiar de mujer, hijos y parientes. En total, unas quince personas, en torno a una mesa donde yacían, dos velas prendidas, una copa de vino, dos lonjas de pan y una Menoráh.

En ésta como en más de una ocasión ya habían tenido que empezar pues ya se había puesto el sol. Monseñor, sacó de un pequeño bolso una antigua Kippa, la ajustó sobre su nuca adornada de una tonsura clerical. Pensar, que si lo descubriesen lo enviarían de seguro a la hoguera. Pero ¿Quién podía abandonar a esta novia? pensaba, mientras la puerta se abría, al son de la última estrofa del Leja Dodi.





Nota:
Hay algunas evidencias que el primer Obispo de Santiago era judío practicante.

El misticismo católico español cuenta con algunas ilustres figuras descendientes de judíos conversos. Quizás la más destacada sea Teresa de Cepeda y Ahumada, más conocida por el nombre de Santa Teresa de Jesús. Hoy Doctora de la iglesia, fundadora de la congregación de las Carmelitas descalzas, monjas místicas de clausura. Quien fue además, insigne poetisa del Siglo de Oro español.

Pero no tenemos que ir tan lejos, ni el tiempo ni en el espacio. El primer Cardenal de la Iglesia católica chilena, fue un amable y querido sacerdote que llevaba el muy serfardí apellido de Caro..

 

 

 

El Secreto del Cuadro

por Miriam Yanco
 

Había una vez un cuadro colgado en el living de la casa de la Bobe Delia.

No era precisamente un cuadro grande, mas bien era tamaño mediano. El marco era de color marrón, parecido a tantos otros marcos. Pero este cuadro en particular, era antiguo y muy llamativo. Claro, depende de quien se tomara su tiempo para observarlo. La pintura mostraba a dos hombres corriendo en un campo, o también podía ser un bosque, porque árboles se veían. Uno de los hombres era un poquito mas viejo, el otro en cambio era mas joven; o al menos eso parecía. Ambos vestían sobretodos largos. Uno con sombrero, el otro con kipa. Por debajo de sus abrigos, asomaban los tzitzit de cada talit que vestían. Se parecían mucho a los que la mora había explicado como jasidim.

Pero había " algo" una " cosa" un objeto, que no se distinguía que era y que sostenían entre sus brazos mientras corrían.

El nieto de la Bobe Delia siempre preguntaba:

- ¿Por que corrían esos hombres? , ¿Que cargaban en sus brazos?, ¿Por que sus rostros eran de preocupación?.

En realidad nunca recibió ninguna respuesta que lo conformara. Y si alguien inventaba alguna historia, el sabia muy bien que no era cierta.

El nieto de la Bobe Delia pensó que tal vez no querían contestar a sus preguntas. Probablemente algún secreto se escondía dentro de aquellas imágenes, pero ¿cual?. O la verdad era tan difícil de explicar, que si alguien la conocía no se animaba a decírsela.

La situación se repetía una y otra vez. Cada oportunidad en que el se acercaba a algún adulto, con sus inquietos ojos verdes, y comenzaba a preguntar sobre el cuadro, lo miraban casi con miedo. Y cuando sus rosados labios empezaban a pronunciar ¿Por que?, ¿Como?, ¿Cuando?, y... ¿Entonces?, Los adultos se ponían nerviosos y se volvían sordos. Bueno... en realidad... este... claro... ¿hiciste tu tarea? Siempre la misma vacilación. ¿Acaso pensaban que el era un tonto?.

¿No sabían que ya había cumplido diez anos y estaba en quinto? La mora del shule simple respondía a sus preguntas. En cambio en la casa de la Bobe Delia no. Su curiosidad aumento mucho mas ante el silencio de los otros.

Un día, el nieto de la Bobe Delia miro, miro, y miro... y de pronto, como sucede en los dibujos animados de la televisión, los personajes saltaron del cuadro y se sentaron a su lado.

El nieto de la Bobe Delia se puso duro de miedo, no podía hablar, no hizo ningún gesto, y no se animaba ni siquiera a mirarlos.

Ellos le sonrieron y acariciando su cabello rubio le preguntaron:
- ¿Como te llamas?
El nieto de la Bobe Delia pensó: ¿Estaré sonando? . Pellizco su brazo y ¡vaya que grito dio! .
Definitivamente lo que estaba pasando era absolutamente real.
Un poquito ansioso y tembloroso el contesto:
- En el shule me dicen Gaby.
Los señores lo miraron extrañados.

Es el diminutivo de Gabriel - agrego el nieto de la Bobe Delia-, pero se dio cuenta que no lo entendían. Claro ellos pertenecían a otra época, -pensó- a otros anos de la historia del mundo, cuando el nombre Gabriel aun no se usaba diariamente.

Gaby continuaba rígido, mudo. Entonces los hombres le preguntaron:
- ¿Por que siempre que venís a visitar a la Bobe nos miras? ¿Por que pasas horas y horas frente a nosotros observándonos?

Al escuchar el tono cálido de sus voces, Gabriel se aflojo y se sintió mas tranquilo. Entonces en lugar de responder, se animo a preguntar:
- ¿Quienes son ustedes?, ¿Por que tienen esa cara de preocupación?, Y lo que mas me interesa, ¿Que esconden entre los brazos? .

Sus palabras se apretujaban en la garganta, era tanto lo que quería preguntar, que apenas le alcanzaba el aire de la respiración. Debía apresurarse, o tal vez ni hiciera a tiempo de saber el secreto del cuadro.
Los señores se miraron sin saber que responder, y lo interrogaron con mucha seriedad:
- ¿Por que tenes tanto interés en saber que tenemos escondido entre los brazos?
Tratando de disimular la creciente ansiedad que sentía, Gabriel afirmo:
- ¡Es simple curiosidad!.

Los protagonistas del cuadro murmuraron algunas palabras, y con voz suave y pausada comenzaron a narrar:
- Mi nombre es Herzque, dijo el mayor de los dos, y mi amigo se llama Yankl. Los dos vivíamos con nuestras familias en un país que se llamaba Polonia, en la ciudad de Lodz. Coria el año 1939, es decir, hace mucho tiempo. Era una época muy difícil para nosotros los judíos, porque se había declarado la segunda guerra mundial.

Gabriel los escuchaba atentamente. Sus oídos, como las antenas de televisión que se ven en las rutas, no perdían una sola palabra. Los ojos absorbían cada movimiento de aquellos que relataban lo que para el, era uno de sus mayores deseos; conocer el secreto del cuadro.
- Alemania, - continuo Yankl, el de la kipa, - había invadido Polonia y como odiaban a los judíos, los encerraron en ghettos. ¿Sabes lo que es un Ghetto?.
Gabriel asintió con la cabeza, como si supiera de lo que hablaban.

En realidad aunque había escuchado esa palabra muchas veces, no tenia muy claro lo que quería decir. Sin embargo, no se animo esta vez a interrumpir el relato. En todo caso, le preguntaría a su mora que siempre le explicaba todo.
- Los judíos encerrados en ghettos vivian en muy malas condiciones, agrego Hertzque, y cuando eran demasiados, venían los soldados alemanes, los metían de a miles en trenes y los enviaban a campos de trabajos forzados. Allí muchos morían solos o los mataban.

- ¿Escuchaste hablar de Hitler y de sus intenciones para con los judíos del mundo? - quiso saber Yankl.
A esta altura de la narración, Gabriel pensó en sus abuelos, y no pudo dejar de sentir una profunda pena. Con tristeza les contesto:
- Mis abuelos también nacieron en Polonia, solo que ellos lograron escapar antes de que los encerraran en el Ghetto
- Aja, - replicaron los dos-, entonces sabes perfectamente de lo que hablamos.

- Nosotros igual que tu Zeide y tu Bobe, alcanzamos a escapar, solo que casi no llegamos a tiempo, y por eso, en el cuadro, nos ves preocupados, apurados y corriendo. Fue una de las ultimas oportunidades que hubo para salir de aquel infierno.
De pronto callaron. Sus ojos se entornaron como si retrocedieran en el tiempo y la situación los atrapara nuevamente. Algunas lagrimas rodaron por sus mejillas, Gabriel casi sintió que el mismo corría con ellos; sin embargo no pudo dejar de insistir:
- ¿Entonces que escondieron entre sus brazos?
La curiosidad enrojeció su rostro. Sentía que estallaba ante la revelación del secreto.
Hertzque y Yankl mas calmados, confesaron que, luego de haber meditado bastante, decidieron llevar dos libros de la tora del shil de Lodz.
- ¿Como es posible?, -vocifero Gabriel-. En un momento tan difícil, cuando uno pensaría en comida, abrigo, dinero... ; ¿¡Dos libros de la Tora!?
Los judíos del cuadro comprendieron que Gabriel debía aprender que en la vida, no solo es importante saber hacia donde nos dirigimos, sino también conocer de donde provenimos. Por ello le explicaron:

- Si el egoísmo se hubiera adueñado de nosotros, -explico Hertzque- solo hubiéramos pensado en nuestras pertenencias. De haber sido así, ¿Como hubieran podido saber las generaciones siguientes sobre las aventuras y misterios que encierra nuestra Tora?, ¿Quien les habría contado a los niños, las hermosas historias de vida de nuestra Tora?.
Gabriel se avergonzó y sus mejillas se inflamaron. ¿Acaso podía contestar que muchas veces el no había prestado atención a la mora y a sus explicaciones sobre la Tora?.
- ¡Era absolutamente necesario que preserváramos y cuidáramos los rollos de la Tora!!!. Quizás cuando tengas tus propios hijos, comprendas lo que hoy afirmamos - concluyo Yankl, con voz firme y enérgica.
Gabriel comprendió. Las palabras sobraban. Su corazón latía con fuerza. No solo ahora conocía el secreto del cuadro, sino que había aprendido el valor del mismo.
De pronto se escucho el ruido de una puerta cerrarse. Hertzque y Yankl se sobresaltaron. Se acercaron a Gabriel, lo besaron dulcemente y le susurraron con un hilo de voz:
- Cada vez que te detengas a observarnos, - se despidio Hertzque-, detené tu vista en mi ojo izquierdo; allí, por encima de mi lagrima pintada, descubrirás un parpadeo. Eso significara que estoy acompañándote a ti y a la vida de todos los judíos de la Argentina. ¡No te olvides!, insistieron los dos con mucho ímpetu. Y antes de que alguien mas se enterara de lo ocurrido, como por arte de magia retornaron al cuadro.
Emocionado aun por la experiencia vivida, Gabriel noto que su mama se paraba a su lado. Apenas podía disimular su alteración.
- ¿Que te pasa hijo?, - lo interrogo su madre; y agrego: - ¿Acaso rompiste algo y no me queres contar?.
- No mama, sonrió Gabriel, solo estaba mirando el cuadro en el que esos dos judíos están huyendo a través del campo de Polonia, y sostienen dos libros de la Tora.
La mama, boquiabierta de asombro, no supo responder. Su hijo, su pequeño y travieso hijo, acababa de poner en palabras, el significado del celoso secreto del cuadro, tan bien guardado hasta ese ida.
Como lo había averiguado, no interesaba. Si importaba y mucho, el tremendo orgullo que su corazón de madre palpitaba. Con gran satisfacción abrazo a Gabriel, y por ese día se despidieron del cuadro...

El cuadro continuó y continúa hoy colgado en la casa de la Bobe Delia. Pero ahora son tres los espectadores, a saber: Papa Gabriel y sus dos hijas, Karen y Ariela.
Cada vez que se acomodan para contemplarlo, Gabriel concentra su atención en el ojo izquierdo de Hertzque. Y alli, por encima de la lagrima pintada, misteriosamente el ojo parpadea. Entonces, una alegría intensa y profunda lo embarga, y lo hace sentir mas seguro.
¿Sabes una cosa?, el otro día, durante la cena de Rosh Hashana, la hija menor de Gabriel, Ariela, entro corriendo agitada al comedor, donde la familia disfrutaba de la sobremesa. Gritaba, reía, sus palabras se entrecortaban, casi no podía hablar.
Papa Gabriel abrazo a la niña, la calmo, y le pidió que explicara el motivo de semejante escándalo.
Su hija, su pequeña y traviesa hija, relato como el ojo izquierdo de uno de los señores del cuadro del living de la Bobe Delia, parpadeaba. ¡O lo que era mejor!, ¡Le habia guiñado el ojo a ella!.
Los presentes se rieron, y Gabriel, con el corazón de niño latiendo nuevamente, le susurro al oído tiernamente:
- Creo que ha llegado el momento de que te cuente la historia de Hertzque y Yankl, dos judíos de Polonia, de la ciudad de Lodz, de la segunda guerra mundial... pero mira que es un secreto...

" A la memoria de mi abuelo Enrique y mi padre Daniel " Z"L


 



fuente:jai.com.uy
 

 

 

Unos Pequeños Ojos Grises

por Julieta Cecilia Rozenhaus
 

 - Maxi, estuvimos pensando con tu padre y decidimos que tu ceremonia la hagas en el último templo que averiguamos, todos los chicos del country lo hicieron ahí ¿no?

- Sí -contesté, aunque en realidad casi sin darle importancia. Estaba muy entusiasmando con el nuevo disquete de juegos especiales.

- Maxi -dijo mamá- no te olvides que el jueves tienes hora con el sastre. Acuérdate también que hay que ir pensando cómo van a ser las tarjetas y los souvenir.

-Si, ma, -volví a mascullar, ya un poco mas fastidiado.

-No sé que pasa con este chico, Jaquee, no se interesa por nada, ni siquiera por la fiesta.

-Bueno, Marta,-contestó papá- clámate. Piensa que tiene sólo 13 años.

Esa noche dormí tranquilo; al día siguiente empezaba el curso de TALMUD TORA y tenía miedo de pasar vergüenza porque no sabía hablar ni leer en hebreo. Pero el esfuerzo de aprender todo junto en unos meses tendría como recompensa la fiesta y los regalos. Imaginaba y disfrutaba el tío Daniel, de la tía Perla, de los abuelos de parte de mamá... ¿Y el abuelo Jaime? Bueno, a él lo veía poco. Mamá no se cansaba de decir que era muy poco sociable y que sólo por eso no lo invitaban nunca, pero yo sabía que en el fondo les daba vergüenza su acento extraño y su vieja boina gris; además les molestaba que siempre contara de la vida de los judíos en Rusia y del campo de Rivera. Y agregando, cada dos palabras, una en yidish. Pero a mí me gustaba escucharlo.

Cada viernes por la tarde, antes de salir para el country, papá iba a visitarlo y yo lo acompañaba. El siempre guardaba para mí un pedazo de una rica torta de chocolate y miel y alguna anécdota de su infancia o de su juventud.

La tarde que empecé el curso mamá me vino a buscar media hora antes, ya que tenía que ir con ella a elegir la mantelería y los cubiertos de la fiesta.

Los otros chicos se peleaban por leer o cantar, lo que a mi me fastidiaba bastante. Por eso solicité leer sólo en castellano y cantar lo que fuera estrictamente necesario.

Papá y mamá entendían mi comportamiento y pedían que el profesor también tomara en cuenta mi cansancio. "Maxi está sobre exigido: el colegio inglés mañana y tarde; computación lunes y miércoles; francés, martes y jueves, y en su día libre, ahora tiene que ir al curso.". En esas horas de estudio hablábamos de cosas medias extrañas para mí: sionismo, identidad judía o fiestas de las que sólo había oído nombrar por algún comentario de mi abuelo Jaime. Sin embargo, los preparativos de la fiesta me entusiasmaban cada vez más: acompañar a mamá a elegir el menú, el disk-jockey, las recepcionistas, etc. Las invitaciones ya estaban listas y yo no veía el momento de repartirlas. Eran las más grandes y originales: un estadio de fútbol, yo sentado sobre una pelota con la camiseta de Boca que, al igual que las letras de la tarjeta era azul y amarilla. Así los invitaba a compartir conmigo la ceremonia de Bar Mitzva.

Esa tarde, papá y mamá tuvieron una fuerte discusión:

-Para qué lo vamos a invitar, si igual no va a venir comenzó a rezongar mamá.

-No prejuzgues, Marta, vos sabes que Maxi es su único nieto y lo adora-replicó papá.

-Bueno -contestó mamá- pero acordare que vamos a tirar 110 dólares del cubierto.

-¡Basta, Marta! En cuanto pueda voy a ir con Maxi a llevarle la invitación. Sólo tuvo tiempo de acompañarme a lo de mi abuelo dos semanas antes de la fiesta. Ese día, el viaje resultó más largo que de costumbre. No sabía muy bien por qué, pero intuía que mi abuelo se iba a alegrar mucho con la noticia.

Nos recibió con un enorme vaso de café con leche y su deliciosa torta. Cuando papá nos dejó solos, con la excusa de ir a comprar cigarrillos, le entregué la invitación. El la leyó con atención, y aunque de entrada pareció no gustarle demasiado, pronto me abrazó emocionado. Era la primera vez que lo veía tan feliz. Antes de pedirme que le que le cantara algo de la ceremonia colocó la tarjeta en la repisa del comedor. Cantamos el Lejá Dodi del Kabalat Shabat (que era, de todas, la que mejor me salía). Casi cuando terminamos de cantar regresó papá y mi abuelo lo abrazó como nunca lo había hecho. Yo, quizás un poco celoso me acoplé, y así nos quedamos un largo rato los tres juntos.

La semana anterior al Bar Mitzva hubo una reunión de padres. Cuando le avisé a mi papá, me dijo que justo tenía una reunión de la comisión del country y que le entregara la notita a mamá. Mamá me contestó que a esa hora tenía que ir a buscar la nave espacial con la que yo entraría al salón, pero que ya pasaría por el después por el templo a averiguar de que se trataba.

Por fin llegó el día de mi Bar Mitzva. Los nervios me invadían. Mamá era la mas linda de todas las mujeres del templo, y papá, el mas elegante de los hombres. El templo estaba repleto. En el fondo estaba sentado mi abuelo Jaime, con una hermosa kipá dorada. Estaba realmente emocionado. Asentía con la cabeza cada párrafo de la lectura y cantaba todas las canciones de memoria. No sé porque yo lo miraba todo el tiempo. Me tranquilizaba saber que él seguía toda mi ceremonia al pie de la letra. Realmente, todo resultó estupendo, hasta las canciones habían sonado dulces y afinadas. Al concluir la lectura de la Torá vendría el rabino. Para mi sorpresa y la de mis padres, el rabino solicitó que cada pareja de papás subieran a la bimá para bendecir a sus hijos y darles el regalo que con tanto amor habían preparado. Tengo que aceptar que aunque papá y mamá trataron de disimular, no se borraba de sus rostros una mueca de nervios y asombro. Más aún cuando el resto de los papás comenzó a cantar; en ese momento creí que mamá nunca dejaría de pisar a papá, que ni siquiera se esforzaba por mover los labios y disimular.

Debo decir que yo también me sentía muy incómodo. Aquella canción resultó interminable, pero la situación apenas había comenzado... El rabino solicitó a los padres que cubrieran a sus hijos para bendecirlos, como era costumbre en el templo. Los otros dos chicos enseguida fueron abrazados y cubiertos por los talitim de sus papás. Emocionados, ellos esperaban expectantes para comenzar con la brajá.

Mi papá no usaba talit y, ante la desesperación de mi mamá, yo esperaba impotente... Les puedo jurar que me encontraba hundido entre la vergüenza y la tristeza, sin definirme por gritar o ponerme a llorar. ¿Cuánto tiempo más iba a transcurrir hasta que nadie hiciera absolutamente nada? ¿Por qué mis padres no sabían nada de mi ceremonia y las costumbres de ese templo que era el que "cuidadosamente habían elegido para mí? El tiempo seguía corriendo interminablemente y en mi desesperación unos pequeños ojos grises iluminaron mi cara. Era mi abuelo Jaime. Lentamente se acercaba a la bimá con una sonrisa tranquilizadora. Entre tantos nervios no lo vi levantarse. Por algún motivo me alegró y me calmó que estuviera tan cerca de mí. Para sorpresa de todos sacó de su bolsillo del traje una especie de sobre de terciopelo verde un poco raído por el tiempo. Abrió el cierre y cuidadosamente extrajo un talit de color azul tan intenso como el cielo y un blanco puro parecido a las nubes y a su barba de algodón. Se lo tendió a mi papá diciendo:

-Te lo olvidaste en casa.... hace algunos años... Papá lo recibió con los ojos llenos de lágrimas, sin poder pronunciar palabra. Sólo atinó a besarle las manos y abrazarlo muy fuerte. Mi abuelo se acercó a mi mamá y a mí con increíble ternura y nos hundió en el calor de su abrazo. Después recitó con los ojos cerrados y una dulzura indescriptible:

"Shejeianu ve kimanu ve iguianu la zman a ze". Creo que le dijo en voz baja, pero como el silencio más absoluto reinaba en el templo, sonó más fuerte de lo que parecía y toda la gente repitió a coro; Amén. Luego volvió lentamente a sentarse en su lugar. El sobre de terciopelo verde tenía bordado un Maguen David dorado y 4 nombres. Mi papá me dijo al oído, con una voz conmovida y temblorosa, que nunca antes le había escuchado: -Este sobre perteneció a tu tátara tabuelo León, a tu bisabuelo Micha, a tu abuelo Jaime y a mí.

Hoy sos vos el que lo recibís. Ahora sólo nos falta grabar tu nombre, Maxi. El talit debe acompañar al judío durante toda su vida y después de ella. En cambio, este sobre, para guardarlo, pasa de generación en generación y es el símbolo de la tradición en nuestra familia.

En ése momento empecé a entender qué es el Bar Mitzva, el significado de la palabra continuidad.... A medida que papá, cada vez más seguro, como si poco a poco se acordara de un idioma que alguna vez había conocido y comprendido, me cubría con el talit y me bendecía, por mi cabeza pasaban en imágenes las clases de preparación en las que nos contaba acerca de la alegría del Bar Mitzva en cada generación; la posibilidad de convertirnos en un eslabón del pueblo; la de ser protagonistas de nuestra propia historia; la de poder recrear, innovar, cambiar, mantener cada parte de nuestro ser y de nuestro judaísmo. Aún con más intensidad escuchaba la voz de mi abuelo Jaime que me contaba como festejaban Pesaj en su casa de Rusia y finalmente... de todas las puertas que se abren cuando uno descubre quién es realmente y porqué.

Todo el mundo recalcó que realmente ese no había sido un "Bar" sino una verdadera muestra de MITZVA.
 



fuente:jai.com.uy
 

 

 

LA BATALLA GANADA CONTRA LAS MENTIRAS


cuento jasídico

"¡Deberías avergonzarte! Un niño de nueve años diciendo mentiras. Sabes que no es verdad, ¿por qué lo dices?". Esta era una frase que Avigdor escuchaba a menudo, porque mentía con frecuencia.

Ahora bien. Avigdor no quería dañar a nadie cuando mentía. Sólo daba rienda suelta a su imaginación y antes de darse cuenta de lo que decía, le brotaba una exageración tonta o hasta una mentira, sin tener ningún motivo. Esto se había convertido en un mal hábito, que ya era parte de su personalidad, como su nariz o su boca; no puede uno desprenderse de una nariz fea si la tiene y Avigdor pensaba que no podía dejar de mentir aunque tratara, pero sus padres y sus maestros muchas veces lo retaban. "Recuerda Avigdor, que antes de hablar eres dueño de tus palabras, pero luego de haberlas dicho ellas se adueñan de ti. Así que antes de hablar, piensa".

Cuando comenzó el nuevo período de clases en el jéder, Avigdor llegó con una sarta de cuentos y aventuras que según él, le había ocurrido durante las vacaciones de verano; pero todo el mundo sabía que eran producto de su imaginación. Era el primer día de Elul y al comenzar el estudio, el maestro llamó la atención de los niños sobre la importancia y solemnidad de la época. Hizo notar que esos días, eran los más propicios para arrepentirse de los malos hábitos, aunque es posible hacerlo durante todo el año.

El maestro no sólo se dirigía a Avigdor, pero al igual que a los otros muchachos de la clase, Avigdor pensó que se refería a él en particular. Sabía que no tenía que ir a buscar muy lejos, ni "cavar" muy hondo para desenterrar sus malos hábitos. Estos eran más que evidentes, pero lo enfrentaban descaradamente, lo desafiaban: Sabes que soy una cosa fea, pero aquí estoy y aquí me quedaré. ¿Qué crees que puedes hacer al respecto?

Pues bien, Avigdor decidió aceptar el desafío, no dejaría que lo tomaran por un tonto. ¡Basta! La batalla había comenzado.
"Ya se lo que haré -pensó-comenzaré anotando cada exageración o mentira que diga durante el día".

Avigdor mantuvo su palabra. Cuidadosamente tomó nota en su pequeño diario cada vez que su hábito se apoderaba de él. Al finalizar la semana revisó el diario, pero al pasar las páginas lo invadió una sensación de desaliento que lo hizo estremecer. Casi no había pasado un día sin que dijera al menos diez mentiras, alardeara cinco veces y se burlara en tres ocasiones de los demás; aunque sin duda esas cifras representaban ya una gran mejoría, todavía eran demasiado.

"Volveré a probar -resolvió Avigdor-, mi segunda línea de defensa será un silencio absoluto, si es necesario, por lo menos durante un día. Sí, el Shabbat próximo mantendré mi boca limpia todo el día".

Avigdor se vigiló durante todo el Shabbat. Sólo una vez se olvidó de sí mismo pero inmediatamente se corrigió: "Pero he exagerado. Perdóname", se sonrojó.

Era la primera vez que Avigdor se sonrojaba al decir una mentira e instintivamente sintió que era un buen signo. Sin embargo se sintió muy aliviado cuando terminó Shabbat. Había sido un gran esfuerzo y ahora podía descansar. pero ni bien hubo decidido hacerlo, se encontró con una posición casi idéntica a la de antes; la semana siguiente estuvo casi tan llena de fracasos como la anterior. Pero no exactamente igual: Avigdor ponía más cuidado en lo que decía, y a menudo se ponía colorado, cuando no podía cumplir sus buenas intenciones.

Una vez encontrándose con sus amiguitos vio que ellos se intercambiaban ideas sobre cuántos capítulos de Tehilim habían recitado desde que empecé el nuevo año. Avigdor dijo:¡Bah! Esto no es nada, yo voy en la mitad del libro por segunda vez. Los muchachos lo miraron con asombro y Avigdor se puso rojo. Se dio cuenta de no sólo estaba alardeando, sino que al mismo tiempo decía una mentira ridícula. ¡Qué rotundo fracaso!, pensó. Sin embargo no estaba listo todavía para rendirse.

Avigdor trató con ahínco de sobreponerse a su mal hábito, pero todavía no estaba seguro de sí mismo. Sabía que el "lado malo" dentro de él, le estaba tratando de hacer creer que ya había ganado la gran batalla para que disminuyera sus esfuerzos. Pues bien, esta vez estaba dispuesto a pelear hasta el fin, hasta que estuviera completamente seguro.

Por fin llegó Shabbat, Avigdor oró fervientemente, oró a D's para que perdonara todas sus faltas, pero más que nada su mal hábito de mentir, alardear y menospreciar a sus amigos.

Rezó durante toda la mañana, hasta que su padre lo llevó a casa a comer, pues no había tomado el desayuno.

Al volver por la tarde al Bet HaKneset (sinagoga) para Minjá, Avigdor se dio cuenta que tenía ganas de orar más que nunca.

Momentos antes de 'Arbit, la oración final del día, se anunció un pequeño receso, durante el cual la mayoría de las personas permanecieron en el Bet HaKneset. Avigdor prefirió salir para tomar un poco de aire. En el patio se encontró con un grupo de muchachos discutiendo acaloradamente, quiso evitarlo y volverse pero ellos lo notaron y le hicieron señas para que se acercara. Los encontró discutiendo sobre quién había ayunado más en el último Yom Kippur; algunos encogían sus estómagos para dar más fuerza a sus argumentos y decir que estaban más flacos que hace un mes, antes de ayunar.

Entonces todos se dirigieron a Avigdor. ¡Ah! Antes de Yom Kippur, nos dijiste que ayunarías todo el día. ¿Lo hiciste?

Avigdor se encontró entre la espada y la pared, sintió que la batalla se libraba de él en ese instante; si decía la verdad los muchachos se iban a reír de su palabrerío, si mentía, sabía que nunca ganaría la batalla.

Vamos, Avigdor, dí la verdad. Lo urgieron los muchachos. Avigdor los miró fijo y les dijo: Muchachos, ayuné todo lo que pude; después de todo tengo solamente nueve años, lamento no haber cumplido mi deseo; de cualquier modo están perdiendo el tiempo discutiendo tonterías, mejor vayámonos al Bet HaKneset, Ma'arib está por empezar.

Avigdor esperaba que los muchachos se echaran a reír, pero no lo hicieron. Escucharon en su voz un dejo de sinceridad que impresionó a sus jóvenes corazones y sin decir nada siguieron a Avigdor.

Y mientras él recitaba las Berajot finales de la Tefilá, las lágrimas se deslizaban por su pequeña cara encendida, lágrimas de gratitud a D's por haberlo ayudado a ganar su batalla, a triunfar.



FUENTE: MASUHA.ORG

 

 

EL VERDADERO VALOR DEL ANILLO



por Jorge Bucay

Un joven concurrió a un sabio en busca de ayuda.

- Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar maestro?. ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

- ¡Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mis propios problemas. Quizás después... Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

- E... encantado, maestro -titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas-.

- Bien -asintió el maestro-. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho agregó: Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo para pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.

En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, así que rechazó la oferta.

Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.

¡Cuánto hubiese deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro! Podría habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y su ayuda.

- Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir 2 ó 3 monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

- ¡Qué importante lo que dijiste, joven amigo! -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo?. Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

- Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.

- ¿¿¿¿58 monedas???? -exclamó el joven-.

- Sí, -replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... Si la venta es urgente...

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

- Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como este anillo: una joya única y valiosa. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

 

DOS HERMANOS


Hace muchos, muchos años vivían dos hermanos. Ambos eran agricultores. Uno vivía con su esposa y con sus hijos en un lado de la colina, y el otro, que era soltero, vivía en una pequeña choza al otro lado.

Una vez tuvieron una cosecha especialmente buena. El hermano casado se paró en el lado de la colina donde tenía sus tierras, mirando las altas gavillas y exclamó: "¡Qué bueno es Dios! ¿Por qué me bendice más a mi, que a mi hermano? Yo tengo esposa e hijos, pero mi hermano está sólo. A mi me va mucho mejor que a él. Yo no necesito tanta cosecha. Cuando mi hermano esté durmiendo hoy por la noche, le llevaré algunas de mis gavillas al otro lado de la colina. Mañana, cuando él se despierte, ni se dará cuenta de lo que he hecho."

Mientras el hermano casado estaba mirando su campo, pensando de esta manera, el hermano soltero estaba sentado en su lado, pensando así: "Que Dios sea alabado por su benevolencia.

Porque yo habría preferido que me conceda menos que a mi hermano, pues las necesidades de él son mayores que las mías. Tengo tanta cosecha de trigo y frutas como mi hermano, aunque él tiene que compartir toda su cosecha con su esposa y sus hijos.

Quisiera que ellos compartan también lo mío. Hoy por la noche, cuando todos estén dormidos, voy a colocar algunas de mis gavillas en e1 el campo de mi hermano. Mañana, cuando se despierte. no se dará cuenta".

Así fue que los dos hermanos esperaron con mucha alegría que anocheciera y. hacia la medianoche, cada uno se fue a su campo, cargó trigo en su espalda y se fue a la cima de la colina. Era justamente la medianoche, cuando en la cima de la colina, se encontraron los dos hermanos. Al darse cuenta que los dos pensaban también en el otro, su corazón se llenó de felicidad, se abrazaron y lágrimas salieron de sus ojos, pero de felicidad.

Cuenta la leyenda que en ese preciso lugar donde la tierra fue regada por esas lagrimas fue fundada Jerusalem





FUENTE: PARDES

 

 

El Tesoro Debajo de la Estufa


Hay cuatro sueños que se convierten en realidad: un sueño en la madrugada, un sueño que ha sido anunciado y presagiado, un sueño que se repite, y un sueño que está soñando otro acerca de esa persona. (Talmud Berajot 55).


Cierta vez, el pobre y menesteroso Rabí Eizik Ben Jekl de Cracovia soñó que debía ir a Praga y excavar debajo del puente que conduce hacia el palacio real, pues allí encontraría un gran tesoro escondido para él.

Se fue a pie a la capital de Bohemia. Cuando llegó al puente, vio allí a un policía caminando de ida y vuelta. Tuvo miedo de empezar a excavar en presencia de éste.

Como el policía tenía su servicio de patrulla en el mismo lugar día tras día, comenzó a sospechar del Rabí y le preguntó por la razón de su comportamiento. El Rabí le contó su sueño.

El policía le contestó con ancha sonrisa: - "¿Quieres decir que tú has recorrido un camino tan largo por un sueño? Parece que ese es el destino de aquella gente que cree en ellos. Si yo creyera, también ya hace tiempo tendría que haberme ido bien ligerito, pues a mí se me aconsejó en un sueño ir a la ciudad de Cracovia, entrar en la casa de un judío de nombre Eizik Ben Jekl, excavar debajo de su estufa, y sacar de allí un tesoro bien importante. ¡Eizik Ben Jekl!

¿Es ésta una información exacta? La mitad de los judíos de esa ciudad se llama Eizik y la otra mitad se llama Jekl. Eso significaría que tendría que excavar debajo de cada casa de la ciudad".

Así habló el policía y no dejó de reír. Cuando Eizik Ben Jekl escuchó sus palabras, se despidió de él y regresó a su casa. Apenas llegó, excavó una fosa bien profunda debajo de su estufa y descubrió allí un tesoro de mucho valor, con el que construyó una sinagoga, que siguió existiendo durante muchos años, con el nombre de "La sinagoga de Rabí Eizik Ben Jekl".

¿Cuál es la moraleja de esta historia? No busques tu buena suerte en las lejanías. La encontrarás en tu propia ciudad, en tu propia casa.



 


Fuente: Rab. Esteban Veghazi
 

 

Cómo aprendí a estudiar la Torá

(cuento jasídico)


En Europa Oriental, vivía un matrimonio cuyo hijo de diez años no quería estudiar la Torá. Esto significaba un gran problema. Aprender la Torá, por cierto, lleva muchas horas de intenso estudio. Hay que reconocer que lo que su hijo quería hacer era correr por los campos, vagar por el bosque y descubrir el rumbo de los animales.

Pero todos saben que la Torá es la clave de la felicidad. Además, todos los otros niños estudiaban la Torá; entonces, ¿por qué su hijo no? Los padres, preocupados, acudieron al Rabi. Obedientes, siguieron su consejo, pero el niño aún se negaba a estudiar la Ley. De hecho, mientras antes sólo se aburría, ahora había tomado una actitud rebelde.

Más desesperados aún, pidieron ayuda a sus vecinos; y cuando fracasó la ayuda de los vecinos, les escribieron a sus parientes que vivían en ciudades lejanas. A su vez, siguieron el consejo de todos: en el mejor de los casos no tuvo efecto, y en el peor, hizo que el niño se resistiera y desconfiara de ellos más que nunca. Comenzaron a desesperarse.

Tiempo después llegó la noticia de que el más grande Rebe Jasídico de su generación, Aarón de Karlin, visitaría su pequeño shtetl. El día que Aarón de Karlin llegó al pueblo, una gran fila de personas esperaba su bendición: los que no podían tener hijos, los lisiados, los que habían fracasado en los negocios, casi todos los habitantes del shtetl estaban allí, con sus problemas más graves. Y entre ellos se encontraba nuestra pareja y su hijo de diez años.

Cuando por fin llegaron ante el gran Rebe, le contaron toda la historia. El Rebe, sentado detrás de un escritorio, miró primero al niño. Éste permaneció desafiante, con la mirada baja y los brazos cruzados. Los ojos del Rebe se volvieron hacia los padres. Nerviosos, se miraban mutuamente, y sus miradas pasaban de su hijo al Rebe.

Después, el Rebe habló: "¿¡Con que no quieres estudiar la Torá!?", gruñó tan alto que los padres, asustados, se acercaron entre sí. "Déjenlo conmigo dos horas. ¡Le daré una charla que no olvidará jamás!" Los padres se miraron con temor. ¿Debían dejar a su niño con un hombre tan temible? Los consejos de la gente ya habían fracasado. Él era su última oportunidad.

Apenas se fueron los padres, el gran Rebe se acercó al niño y, lentamente y con ternura, lo abrazó. Al principio, el niño estaba tieso, pero luego, poco a poco, se dejó abrazar. Dejó caer sus brazos hacia los costados, relajó la expresión de su boca y, finalmente, el gran hombre lo estrechó contra su pecho. El niño permaneció allí, escuchando los latidos del corazón del Rebe. Sus respiraciones fluían juntas.

Cuando los padres volvieron después de dos horas, preguntaron ansiosos:
"¿Funcionó? ¿Funcionó?" Y el Rebe les contestó: "¡Sólo esperen y vean!"

Durante todo el camino de regreso, los padres estuvieron observando a su pequeño hijo. ¿Había algún cambio? ¿Podía haber algún cambio? Se detuvieron en la carnicería. El carnicero tiró un trozo de carne sobre el mostrador. "Mamá, el carnicero está enojado, ¿no?" "Me parece que sí." "Mamá, ¿qué le pasó? ¿Por qué se siente así?"

Durante los días siguientes, los padres se dieron cuenta del cambio: su pequeño hijo estaba de algún modo más conectado con la gente, en sintonía con sus sentimientos, interesado en las historias de los demás. Cuando esa semana escuchó a algunos discutir sobre la Torá, de repente se dio cuenta de algo: ¡eran historias de personas! Estaba fascinado con ellas. ¿Qué hacía que las personas actuaran de una forma u otra?

Después de un mes, pidió que se le permitiera aprender a leer él mismo las historias. Después de un año, sus maestros lo consideraban el alumno más talentoso. Poco a poco, el fuego de la tradición talmúdica comenzó a brillar intensamente en su interior.

Un día, dos vecinos discutían sobre la compra de un ternero. El niño se acercó a ellos y les dijo: "¡Esperen! Hay una forma de que ambos tengan lo que realmente quieren." Para asombro de los vecinos, el niño les mostró cómo llegar a un acuerdo satisfactorio para ambos vecinos.

Al poco tiempo, los adultos del pueblo empezaron a acudir al niño para plantearle sus problemas. Él les daba una solución, que en realidad ya estaba en el corazón de cada una de estas personas, pero que el miedo y el enojo no les permitía escuchar.

Cuando llegó el momento de que el niño eligiera una profesión, ¿qué otra cosa podía hacer? Se hizo Rebe. Años después, cuando fue conocido como el Rebe más grande de su generación, sus discípulos se sentaban a su alrededor y le decían: "Eres un gran sabio. ¿Cómo lograste la comprensión tan profunda que tienes de la Torá?" Y él respondía: "¿Cuándo aprendí a estudiar la Torá? ¿Cuándo realmente aprendí a estudiar la sagrada Torá?

Aprendí todo cuando el gran Rebe, Aarón de Karlin, me estrechó silenciosamente contra su pecho."


Fuente: morim.org
 

 

EL DIQUE DE ARENA


Unos cuantos muchachos jóvenes, sentados un día en un café, estaban conversando y comentando que los viejos ya no sirven para nada, y que no deberían ser mantenidos, así no más. Habría que expulsarlos de la ciudad.

El rey Salomón, quien justamente estaba paseando al lado de ellos, al haber escuchado eso, regresó al palacio y mandó llamar a todos los muchachos de la ciudad, pues quería verlos. Cuando los jóvenes llegaron ante él, les dijo, en un tono muy firme: - "¡Realmen­te, tienen razón! ¿Qué están haciendo aquí esos viejos? ¡Debemos expulsarlos de la ciudad!"

"¡Bravo!"- le dijeron los muchachos a Salomón. - "Nosotros estamos pensado lo mismo."- Y así se hizo.

Pero uno de los jóvenes que quería mucho a su padre, lo escondió en la mansarda de su casa y le llevaba todo lo que necesitaba para vivir: comida, agua, y todo lo demás. Así vivió el padre, durante un mes.

Un mes después, Salomón llamó una vez más a los muchachos y les dijo: - "Dentro de un mes, prepárenme un dique de arena. Si éste no fuera terminado dentro de este lapso de tiempo, voy a meterlos presos, a todos".

Naturalmente, los muchachos no tenían idea alguna, cómo se hace un dique de arena. Estaban desesperados de susto. Trataron de hacerla de todas las maneras que les parecían posible, pero sin éxito.

El joven que escondió a su padre, estaba tan triste que se olvidó de él durante un día y lo dejó sin comida y sin agua. Después de estos días, cuando subió para atenderlo, le dijo el padre: - "¿Qué te pasó, que durante tanto tiempo me dejaste sin comida y sin nada?" - Y el hijo le contó lo que el rey les mandó a hacer, bajo pena de prisión.

Le dijo el padre: -"¿Pero, es sólo eso? En el momento apropiado, te voy a explicar, cómo se hace el dique de arena."

Lleno de alegría, el muchacho corrió donde sus amigos y les dijo: - "Yo voy a mostrarles, cómo se hace un dique de arena."

A la hora cuando el Rey iba a recibir a los muchachos, subió el joven donde el padre y le dijo: - "¡Padre! ¿Cómo se puede hacer una represa de arena?"

"Hijo mío, tienen que preguntar al rey, ¿qué tipo de dique quiere?" - Y le dibujó la forma de un dique muy sencillo.

El hijo le contestó al padre: - "¿Eso es lo que me ibas a hacer? Si no lo sabías, ¿por qué me dijiste que me ibas a enseñar?"

Y el padre contestó: - "Tienes que decir eso al Rey. Verás, que eso bastará."

El hijo se fue con todos los muchachos delante del Rey y se escondió entre ellos, pero sus amigos empezaron a decirle: - "Pero tú dijiste que ya lo sabes. Dile tú al Rey, ¡cómo se hace el dique de arena!"

El joven, lleno de vergüenza, se acercó al rey y le dijo: - "Es verdad. Señor Rey, que mandaste a hacer un dique de arena, pero no nos dijiste, qué tipo de dique quieres."

Le contestó Salomón: - "¿Quién te dijo que me preguntes eso? Esta idea no viene de tí."

Le respondió el joven: - "Sabes, Rey mío, yo no expulsé a mi padre de la casa. Lo escondí en la mansarda y él me dio éste consejo."

"¡Ah! ¡Bravo!" - dijo el Rey - "Ven ustedes, cómo se necesitan a los viejos. Los muchachos jóvenes tienen la fuerza, y los viejos la sabiduría. Vayan y tráiganme a todos los viejos de los campos, pues ustedes los precisan mucho."

Todos los muchachos comprendieron que el Rey tenía razón, y trajeron a casa a sus padres.



Fuente: Veghazi.cl

 

Relato de Yom Kipur

Como el Sr. Zaks no estaba acostumbrado a viajar en avión, las horas de ese vuelo se le hicieron para él como tormentosos años.

Totalmente apretado en su asiento entre dos desconocidos, sin aire para respirar, sin espacio para estirar las piernas, con un niño tras él pateando su asiento y otro más llorando a todo pulmón. Decidió que necesitaba huir de ese lugar, así que se paró a caminar un poco, aunque sabía que no tenía muchas opciones a donde ir y que su destino ya estaba marcado.

Mas para su sorpresa, del otro lado de una cortina, se topó con la sección de primera clase: silencio y tranquilidad, asientos amplios y cómodos, y además estaban vacíos... ¡un sueño hecho realidad! Se sintió tan atraído que inmediatamente se sentó, estiró sus piernas como tanto quería, comenzó a leer su libro y al poco rato se quedó dormido. "Señor, usted no debe estar aquí"- fueron las palabras con las que la aeromoza le estropeó su delicioso sueño - "¡Debe regresar a su asiento en la clase de turista!". El Sr. Zaks con un tono de inocente le contestó: "Sabe, he decidido cambiar mi boleto, a partir de ahora quiero viajar en la primera clase y voy a pagar la diferencia". Todo con tal de no volver a las torturas de su anterior asiento.

La aeromoza le respondió: "Lo sentimos, pero la asignación de pasajes la efectuamos únicamente abajo en tierra, ¡no puede cambiar su lugar una vez que está acá arriba!". Aceptando su error, el Sr. Zaks tuvo que volver todo resignado a su asiento.

Sin embargo se dio cuenta de la importante lección que le han dado: "La asignación de nuestro lugar en el Mundo Venidero se realiza únicamente acá en este mundo, pase lo que pase no vamos a poder cambiar nuestro nivel una vez que estemos allá arriba".

Nadie de nosotros quiere tener que pasar la eternidad en un mendigo puesto. Por lo tanto sabemos que debemos dar en este mundo nuestro máximo esfuerzo de acercarse a Dios y su Torá. Sólo nos falta dar el primer paso y Yom Kipur es la mejor fecha para dar ese primer paso ¡hay que aprovecharlo!


QUE TENGAS UN AYUNO PRODUCTIVO Y GMAR JATIMA TOVA.

 

 

Fuente: hashavuabogota.com

 

 

El sonido del shofar

 

Una vez, un hombre estaba durmiendo en su casa justo el día de Rosh Hashaná, después de haber estado toda la mañana en el beit hakneset. De pronto, oyó un sonido brillante y profundo, era un sonido raro: era el sonido del shofar.
Inmediatamente se levantó, se vistió y se fue corriendo al beit hakneset. Pensó que se había quedado dormido, y que había soñado con lo que había sucedido a la mañana.
Cuando llegó al beit hakneset, vio que no había nadie, estaba vacío, sólo quedaba el Rebe en un rincón. El hombre se acercó y le dijo:
- Rabí, ¿usted tocó recién el shofar? ¿Usted me llamó?
- No, hijo – le respondió el Rabí – estarás confundido. Hace rato, a la mañana tocamos el shofar. ¿Por qué habría de tocarlo ahora?
Y el hombre volvió a acostarse y a dormir. Pero otra vez, el mismo sonido, el mismo shofar lo volvió a despertar.
Se levantó y fue corriendo más lejos todavía, a otro beit hakneset, para ver si provenía de ahí ese sonido tan profundo. Pero ocurrió lo mismo: - No, te has confundido – le dijo el Rabí – Yo no toqué el shofar, incluso nuestro baal tokea, la persona que lo toca, ya se fue a su casa.
Decepcionado, volvió a su casa y se acostó. Pero otra vez, ni bien se durmió, escuchó los sonidos del shofar, que cada vez eran más y más fuertes. Salió de su casa desesperado, decidido a encontrar de dónde provenía el sonido, que iba creciendo a cada minuto. Corrió por toda la ciudad, hasta que en un momento se detuvo frente a una persona muy pobre que le sonreía.
- Pasaste muchas veces sin verme, buen hombre – le dijo.
El hombre se dio cuenta de que el pobre necesitaba comer, y lo llevó a su casa, le dio ropa nueva, le sirvió comida festiva, y charlaron mucho tiempo. Luego se despidieron, y el hombre volvió a acostarse, pero esta vez, no escuchó los penetrantes sonidos del shofar, porque su misión, y la misión del shofar, había sido cumplida. Él había comprendido lo que el shofar con sus sonidos brillantes quería decirle:
- Despiértate, hay mucho que puedes arreglar en el mundo, hay mucha gente que necesita tu ayuda. No te duermas, escucha sus dolores y sus males, ayúdalos, ayúdalos.. Fuente: Banah.org

 

 

 

¿ CÓMO REB YANQUEL COMPRÓ EL VIENTO?



cuento adaptado por el rabino Esteban Veghazi

Cuando Reb Yanquel, quien era muy pobre y vivía en una aldea de Polonia, tuvo que pagarle la renta al dueño de su casa, se vió muy afligido. No sabía qué hacer y de dónde sacar el dinero. Temía que el propietario lo mandase a la cárcel y que su fam1l1a -que Dios no lo permita- pasaría hambre. En su desesperación, fue a ver al Rebe de Kotzk, en la ciudad vecina. Al llegar allí, le dijo:

"Rebe, tengo que pagar la renta anual y el dinero no me alcanza. ¿Qué puedo hacer?"

El Rebe pensaba y pensaba hasta que le dijo:

"Compra cualquier cosa que te ofrezcan en venta. Y Dios te ayudará. Excepto objetos robados, naturalmente."

Reb Yánquel se fue directamente donde el arrendador, para preguntarle si tenía algo que vender. Cuando llegó, había una gran fiesta, y éste se encontraba en el jardín rodeado de sus invitados. El dueño de la casa, al verlo, lo llamó, pero Yanquel se sintió incómodo y quiso retirarse.

El dueño de la casa, que quería burlarse de Yanquel, le pidió que se acercase y le dijo:

"Yanquel, ven acá. Quiero hacer negocios contigo."

Mientras le guiñaba el ojo a sus invitados.

"Pues, pues... quería preguntarle si tenía algo para vender" ­titubeó Yanquel.

"¡Claro que sí! Te venderé el viento."

En este momento todos los invitados que estaban rodeándolos, comenzaron a reír. Yanquel, muy avergonzado, le preguntó al dueño de la casa, cuánto costaba el viento; y él le respondió:

"Es una ganga para ti. Tan sólo cien denarios."

Yanquel. que sabía que sólo pretendía burlarse de él. prestó atención a las palabras de su apreciado Rebe. Así, decidió tratar el asunto como cualquier otro negocio.

"Bien, señor. ¿Cuáles son las condiciones de pago?" - preguntó Yanquel.

"Es muy simple: entre hoy y mañana, debes pagarme cinco denarios; y antes de cumplirse un año, los otro noventa y cinco."

"¿Firmaremos algún contrato?" - preguntó Yanquel.

"Por supuesto" - le contestó el dueño.

Llamaron a su escribano y le ordenó que redactase el contrato dónde debía decir que Zygmunt Polski le vendía al Judío Yanquel Rabinovich el viento por un plazo de diez años, contra pago de cien denarios anuales. Ambos firmaron el documento, y. sin tomar en cuenta las insistentes burlas de los invitados, Yanquel se retiró con respetuosos saludos.

Al llegar a su casa, le contó a su mujer lo sucedido. Ella pensó que se había vuelto loco su marido, pero él le explicó que había seguido el consejo del sabio Rebe.

Al día siguiente, Yanquel saltó de su cama con una idea maravillosa: decidió ir a reclamar la renta por el uso de su viento, pues él era el nuevo dueño, y todos los molinos que había en las propiedades vecinas, usaban el viento.

Tremenda sorpresa para los mol1neros. Les mostró el contrato y no pasó mucho tiempo hasta que Reb Yanquel pudo pagar los cien denarios por el viento y la renta anual de su casa. Así, esta vez el polaco rico ya no pudo burlarse de él.

El que ríe último, ríe mejor.

 

 

 

"COMÉ, O ME MUERO"

CUENTO MARAVILLOSO PARA MIS PAISANOS

 

Jorge Schuseim

Había una vez un schnorer que, durante una de sus giras de mendicidad profesional, fue convidado - en casa del millonario del pueblo - con un pedazo de torta. Tan extraordinario le resultó al schnorer este  nuevo y raro manjar que exigió, (los schnorers jamás piden, ya que están seguros del derecho que les asiste a ser mantenidos por los demás),  la receta de esa maravilla. Llegado que hubo a su casa, se entabló el  siguiente diálogo con su señora esposa:

 

- Iajne Dvoshe, quiero que cocines  la torta más rica del mundo. Esta es la receta: "Se toman seis  huevos..."

- Huevos hay uno sólo, Itzik...

- Uno, entonces, "y medio litro de crema fresca".

- ¿Crema? ¿Qué somos ahora? ¿Los Rotschild?

- Bueno, cuajada en vez de crema. "Y se agregan dos libras de harina de trigo y una de azúcar blanca".

- ¡Já!  ¡Harina de centeno y un poquito de azúcar morena es todo lo que hay en esta casa!

- "...y 200 gramos de pasas de Corinto y otro tanto de avellanas y un buen pedazo de manteca y mezclar bien y..."

Iajne Dvoshe agregó, en uno de sus escasos silencios, cuatro pasas medio apolilladas, unas nueces y un pedacito de margarina y revolvió todo y lo cocinó.

 

Y cuando Itzik probó su famosa torta bajo la variante Iajne Dvoshe, su único comentario fue:

 

-Francamente, no sé por qué les gusta tanto a los ricos esta porquería.

Tanto como judío, como aficionado a la comida, entiendo que la gracia que les causa a mis amigos no judíos este cuento parte de la no comprensión de la factibilidad de que algo así pase en la realidad, ya que como todo el mundo sabe, (el mundo idische), la cocina judía ha logrado producir exquisiteces justamente a partir de la carencia de elementos, o de la pobreza de ellos. Claro es que para que a un goi le salga una torta necesita crema, manteca y harina de trigo. En cambio, al judío le alcanza con un poquito de gehakte tzures para lograr un resultado  similar o mejor.

 

¿Cómo explicar si no el fenómeno cósmico que se produce cuando una madre judía toma una despreciada tripa gorda o un despojo del cogote de un pollo, los rellena con algo de matzemel, cebollita, gribalaj y consigue un dorado, perfumado y extraordinario kishke o hélzale relleno?

 

¿De qué forma, si no es con suspiros, quejas y bastante sufrimiento, mi suegra consigue transformar un pedazo de hígado, un huevo duro y una cebolla frita, en un gehakte leber digno de un paladar refinadísimo?

 

¿Cómo, si no es gracias a que "mi hijo SIEMPRE me dice cuando no le gusta, pero NUNCA me dice cuando sí le gusta" se podrían explicar las sensaciones voluptuosas que producen los latkes de simple y humilde papa rallada cuando pasan por mi garganta temblorosa de pasión gastronómica?

 

Toda la cocina judía se ha basado siempre en la pobreza y la escasez, en los suspiros y en la culpa. Y debe ser eso, nomás, lo que le da un sabor  incomparable.

 Dice mi amigo Arturo, (gentil con estómago id), que cualquiera es un buen cocinero con langosta, foie gras y caviar, pero muy pocos los capaces de satisfacer freezers y feinschmekers con ingredientes ordinarios.

 

Ennumero una serie de platos de los que no me voy a olvidar aunque quisiera: blintzes,  latkes,  kreplaj  y  knishes;  kneidlej,  cháchalaj,  kigl  y  kijalaj; mandeburchenik  y  humentashn;  beigalaj  y  koilich;  jolodetz,  pastron, berengenas picadas,  hering,  gefilte fish; queis-quijl, higado picado y para bajar todo y no enfermarse nunca y crecer sano y fuerte, la panacea universal, directamente de la fuente de judencia, la famosa penicilina idische: sopa de pollo.

 

Coma de todo y engorde sin culpa. Es un consejo de mis abuelas, de mis tías, de mi mamá y de mi suegra. Recuerde que:

 

       ¡¡  VIDA  HAY UNA SOLA, TALLAS DE ROPA, MUCHAS.....!!

 

 

 

 

EL PORTERO DEL PROSTÍBULO 

 

por  JORGE BUCAY

 

No había en el pueblo un oficio peor conceptuado y peor pago que el de portero del prostíbulo. Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre?

De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio. En realidad, era su puesto porque sus padres había sido portero de ese prostíbulo y también antes, el padre de su padre.

Durante décadas, el prostíbulo se pasaba de padres a hijos y la portería se pasaba de padres a hijos. Un día, el viejo propietario murió y se hizo cargo del prostíbulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el negocio.

Modificó las habitaciones y después citó al personal para darle nuevas instrucciones.

Al portero, le dijo: A partir de hoy usted, además de estar en la puerta, me va a preparar una planilla semanal. Allí anotará usted la cantidad de parejas que entran día por día. A una de cada cinco, le preguntará cómo fueron atendidas y qué corregirían del lugar. Y una vez por semana, me presentará esa planilla con los comentarios que usted crea convenientes.

El hombre tembló, nunca le había faltado disposición al trabajo pero.....

Me encantaría satisfacerlo, señor - balbuceó - pero yo... yo no sé leer ni escribir.

¡Ah! ¡Cuánto lo siento! Como usted comprenderá, yo no puedo pagar a otra persona para que haga esto y tampoco puedo esperar hasta que usted aprenda a escribir, por lo tanto...

Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida, también mi padre y mi abuelo...

No lo dejó terminar.

Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Lógicamente le vamos a dar una indemnización, esto es, una cantidad de dinero para que tenga hasta que encuentre otra cosa. Así que, lo siento. Que tenga suerte. Y sin más, se dio vuelta y se fue.

El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que podría llegar a encontrarse en esa situación. Llegó a sí casa, por primera vez desocupado. ¿Qué hacer?

Recordó que a veces en el prostíbulo, cuando se rompía una cama o se arruinaba una pata de un ropero, él, con un martillo y clavos se las ingeniaba para hacer un arreglo sencillo y provisorio. Pensó que esta podría ser una ocupación transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo.

Buscó por toda la casa las herramientas que necesitaba, sólo tenía unos clavos oxidados y una tenaza mellada.

Tenía que comprar una caja de herramientas completa.

Para eso usaría una parte del dinero recibido.

En la esquina de su casa se enteró de que en su pueblo no había una ferretería, y que debía viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano a realizar la compra.

¿Qué más da? Pensó, y emprendió la marcha. A su regreso, traía una hermosa y completa caja de herramientas. No había terminado de quitarse las botas cuando llamaron a la puerta de su casa. Era su vecino. Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para prestarme.

Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar... como me quedé sin empleo...

Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano.

Está bien.

A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta. Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?

No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería está a dos días de mula.

Hagamos un trato - dijo el vecino- Yo le pagaré a usted los dos días de ida y los dos de vuelta, más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece?.

Realmente, esto le daba un trabajo por cuatro días...

Aceptó. Volvió a montar su mula.

Al regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.

Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo?

Sí...

Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatros días de viaje, y una pequeña ganancia por cada herramienta. Usted sabe, no todos podemos disponer de cuatro días para nuestras compras.

El ex - portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue.

"...No todos disponemos de cuatro días para compras", recordaba. Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara a traer herramientas.

En el siguiente viaje decidió que arriesgaría un poco del dinero de la indemnización, trayendo más

herramientas que las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo de viajes.

La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje.

Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes.

Pronto entendió que si pudiera encontrar un lugar donde almacenar las herramientas, podría ahorrar más viajes y ganar más dinero. Alquiló un galpón. Luego le hizo una entrada más cómoda y algunas semanas después con una vidriera, el galpón se transformó en la primer ferretería del pueblo.

Todos estaban contentos y compraban en su negocio. Ya no viajaba, de la ferretería del pueblo vecino le enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente.

Con el tiempo, todos los compradores de pueblos pequeños más lejanos preferían comprar en su ferretería y ganar dos días de marcha.

Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricar para él las cabezas de los martillos.

Y luego, ¿por qué no? Las tenazas... y las pinzas... y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos.....

Para no hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez años aquel hombre se transformó con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de herramientas. El empresario más poderoso de la región.

Tan poderoso era, que un año para la fecha de comienzo de las clases, decidió donar a su pueblo una escuela.

Allí se enseñaría además de lectoescritura, las artes y loas oficios más prácticos de la época.

El intendente y el alcalde organizaron una gran fiesta de inauguración de la escuela y una importante cena de agasajo para su fundador. A los postres, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad y el intendente lo abrazó y le dijo:

Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primer hoja del libro de actas de la nueva escuela.

El honor sería para mí - dijo el hombre -. Creo que nada me gustaría más que firmar allí, pero yo no sé leer ni escribir. Yo soy analfabeto.

¿Usted? - dijo el intendente, que no alcanzaba a creerlo - ¿Usted no sabe leer ni escribir? ¿Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me pregunto, ¿qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir?

Yo se lo puedo contestar - respondió el hombre con calma -. Si yo hubiera sabido leer y escribir... sería portero del prostíbulo!.

 

 

 

A Fistele is a Fistele

Cuenta Rabi Najman de Breslav que en un lugar muy lejano existía un reino llamado el reino de la tristeza. Un buen día, decidió el rey pasear por su reino para ver si todos sus habitantes cumplían con la ley de reino y estaban tristes. El rey se disfrazó de un simple campesino y comenzó a peregrinar para averiguar si la gente cumplía la orden real, pues de ser así eso aumentaría su tristeza, lo cual era el objetivo de su vida y el motivo de la existencia de su reino.

Cierto día llego el rey a la casa de un señor muy pobre cuyo oficio era remendar. El rey vio que el remendero estaba muy contento comiendo su almuerzo, remendaba objetos rotos y hasta a veces remendaba aquellas personas cuyas corazones estaban partidos.

Este rey le preguntó el motivo de su alegría y él le contestó en yidish: “ A Fistele is a Fistele” un banquete es un banquete, tengo lo que comer con mi humilde trabajo, esto ya es un buen motivo para estar contento, no?.

El rey enojadísimo se va a su palacio y decreta al día siguiente que a partir de ahora estará prohibido ejercer el oficio de remendero.

Este pobre señor al escuchar la orden real de ninguna manera  se desesperó. Salió a la aldea y al encontrar allí a un cortador de leña que trabajaba duramente le propuso brindarle su ayuda a cambio de unas pocas monedas que le permitan mantenerse.

Este buen señor comenzó a trabajar con el leñador. A los pocos días el rey que continuaba en sus averiguaciones al ver que este señor en su casa su tristeza recibió una ALEGRÍA muy grande. Mas cuan gran fue su decepción cuando descubrió que junto al leñador muy contento se hallaba el antiguo remendero disfrutando cada pedazo de su humilde comida. El rey se acerca al antiguo remendero y le preguntó acerca del motivo de su alegría y este le contesta su tradicional respuesta “A Fistele is a Fistele”. El rey muy enojado se va a su palacio y decreta  que a partir de ahora esta prohibido cortar leña.

Mas, este pobre hombre no desespera y se va a buscar  a un limpiador y le ofrece sus servicios a cambio de algunas monedas por su ayuda, y ... como ustedes se imaginan viene el rey  y lo ve comiendo y le pregunta sobre su alegría y este le contesta: “ A Fistele is a Fistele”, tengo mi banquete diario, que mas se puede pedir. El rey se va a su palacio hirviendo de enojo y emite un decreto que a partir de ahora esta prohibido limpiar para los demás, cada uno solo puede limpiar lo suyo. Y luego que ya no quedaron mas oficios para mantenerse, el antiguo remendero piensa para si, no tengo opción sino enrolarme en el ejercito de rey.

Y este buen hombre se enrola y el rey le paga su sueldo mensual. El rey visita a su ejercito y ve que este hombre está comiendo muy contento su banquete privado. El rey disfrazado le preguntó el motivo de su alegría y este hombre le contesta que el ejercito le paga un pequeño sueldo y esto le alcanza para poder darse su fistele diario. Después de todo “A Fistele is a Fistele”. El rey ya sin saber lo que hacer se va a su palacio y decide emitir un decreto según el cual se le pagará a los soldados un sueldo una vez cada seis meses. Al escuchar este nuevo decreto y al habérsele acabado al remendero el último sueldo, este sabio hombre piensa hasta que se le ocurre una brillante idea y se dirige a ponerla en práctica. Va al negocio de un herrero y le vende el metal de su espada a cambio de una suma respetable de dinero y en lugar del metal colocó un pedazo de madera en vuelto en papel e aluminio.

El rey luego de unas semanas pensando que había vencido a este hombre, va nuevamente  a pasearse como ya es tradición disfrazado por el campamento militar y este aquí que le rey se acerca a este hombre y lo ve insólitamente disfrutando de su rico banquete privado.

El rey pregunta de donde  tiene dinero y l le cuenta en secreto lo que hizo con su espada y que gracias a D-os “A Fistele is a Fistele” y puede continuar dándose su diario banquete. El rey vuelve a su palacio y decidió poner fin a la vida de este hombre que ponía en grave peligro a el motivo de existencia de su reino.

Piensa y piensa hasta que se le ocurre una idea. En su reino hay una cárcel para criminales y entre ellos se encuentra un pobre hombre cuyo castigo era la pena de muerte.

El rey  decide obligar a nuestro remendero-leñador-limpiador-soldado en llevar acabo el sangriento veredicto. El rey trae al sentenciado y obliga a nuestro hombre a matarlo.

En el ejercito de aquel reino era sabido que aquel que pierde o le roban su espada su castigo es la muerte en la horca.

Nuestro remendero es traído para llevar a cabo el veredicto mas no se da rápidamente por vencido y grita en voz alta: “ Si este hombre es culpable que mi espada lo atraviese, mas si este buen hombre es inocente, que se transforme mi espada en una espada de madera”. Y al desenvainar su espada y ver el rey la forma creativa en que este hombre logró salir de la muerte segura, comenzó de a poco a reírse y la gente que estaba alrededor del rey al ver a su rey reírse perdieron el miedo a reírse y comenzaron a reírse junto al rey .

Así este reino, el reino de la tristeza se transforma en el nuevo reino de la alegría.

 

 

 

EL CIRCULO DEL 99

 

Había una vez un judío cortesano. Vivía en un gran castillo, lleno de habitaciones, grandes jardines y mucho lujo. Sin embargo, este hombre, como muchos otros, tenía un problema: no se sentía feliz.

 
A pesar de ser el cortesano del rey y tener mucha fortuna y gran prestigio sentía que le faltaba algo. Nunca estaba contento con lo que tenía.
 
En el castillo trabajaba un hombre que siempre estaba alegre; realizaba sus tareas con placer y en su rostro se dibujaba una eterna sonrisa.
Al encontrarse con él, el cortesano se preguntaba siempre cómo podía ser que un hombre así, tan pobre y con un trabajo tan humilde, se sienta feliz.
Un buen día, comentó el asunto con uno de sus consejeros: -"No entiendo cómo este obrero puede sentirse feliz. No lo he visto nunca enojado, en su cara siempre hay dibujada una sonrisa."
 
"Lo que sucede, mi señor, es que este hombre no ha ingresado al "círculo del 99": es por esto que él es feliz", contestó el consejero.
- "¿Y qué es el "círculo del 99"? - preguntó el cortesano. muy extrañado.
- "Se lo voy a demostrar." - dijo el consejero con firmeza. - "Hoy a la noche, cuando el obrero llegue a su casa, dejaremos en su puerta una bolsa con 99 monedas de oro. El resto lo comprobará Usted por su cuenta."
 
Y así sucedió. Por la noche, cuando el sirviente se encontraba en su humilde casa, feliz., con su esposa y sus hijos, el cortesano y el consejero golpearon en la puerta del pobre hombre y dejaron en el suelo la bolsa con las 99 monedas. Rápidamente se escondieron detrás de un árbol y observaron todo lo que sucedía en la casa.
 
El hombre abrió la puerta, miró hacia un lado y hacia el otro, pero no  vio a nadie. Sin embargo, encontró en el suelo una bolsa que parecía no pertenecer a nadie. La recogió del suelo y la llevó a su casa. Junto a su mujer y a sus hijos comenzó a abrirla, muy extra­ñado por lo que estaba sucediendo.
 
Al ver el contenido, comenzó a llorar de alegría, ¡una bolsa con monedas de oro! ¡Qué bien le venía este regalo! A partir de ese momento no tendrá más preocupaciones, sus hijos podrán vestir y comer como los ricos, y su mujer se comprará las mejores ropas. Irán de paseo todos los días, y serán aún más felices.
 
Pero en ese momento decidió contar las monedas, para saber cuán grande era su fortuna. Y comenzó con la cuenta: una, dos noventa y ocho, noventa y nueve...
El hombre se puso furioso,  no podía creer lo que estaba pasando.
"¡Me robaron una moneda!", - comenzó a gritar. - "¡No hay justicia en este mundo! ¡Alguien se llevó mi moneda!"
Y fue en ese instante cuando el hombre entró en el "círculo del 99".
 
La expresión de su cara cambió, la eterna sonrisa se transformó en una mueca de bronca y odio, y la sensación de felicidad desapareció para siempre.
En el trabajo, el pobre hombre ya no sonreía ni era amable con la gente, hasta con el cortesano se mostraba hostil.
 
Un buen día, el cortesano le preguntó qué le ocurría, ¿por qué andaba siempre con esa expresión tan triste en su cara?
"Y qué crees tú, ¿que debo andar siempre contento?" - dijo casi gruñendo. "Yo no soy tu bufón. Hago mi trabajo, y por eso me pagan, pero nadie puede obligarme a estar alegre."
Frente a esta contestación tan agresiva, el cortesano se ofendió mucho y pronto comprendió lo que significaba pertenecer al "círculo del 99". Ese pobre obrero vivió el resto de su vida creyendo que le faltaba una moneda para ser feliz. Y él, el cortesano con tantos recursos y tanto prestigio, vivía de la misma manera, creyendo que siempre le faltaría algo para sentirse completamente feliz.

 

FUENTE: cursodehebreo.com.ar

 

 

 

Cara de Ángel


por Elsa Bornemann

 

—Los que conocieron a mi nieta antes de la tragedia no pueden creer que se trate de la misma nena, profesora... —Es "otra"... —me dicen— "Otra..."

¡También!, ¿que quedó de aquella criatura que conquistaba a todo el mundo? Yo suponía... Bueno... que poco a poco iba a ir recuperándose del tremendo shock que sufrió al ver morir a sus padres, apenas a seis o siete metros de distancia... No; nunca se supo nada del desalmado que los atropelló mientras cruzaban la Avenida del Libertador... No sólo no respetó la luz roja del semáforo sino que ni siquiera detuvo su automóvil para socorrerlos, después de haberlos hecho volar por los aires... La nena se salvó de milagro: se les adelantaba andando en su bicicleta... Sí, sí, ya pasaron dos años... y Natalia sigue como ausente de todo. Lo peor es que no habla... Esteee... quiero decir... no habla como nosotros... Usa palabras que inventa. Ah... si por lo menos las empleara en algo así como un diálogo conmigo, una conversación, por rara que fuese... Nada. Habla sola en ese lenguaje disparatado, imposible de descifrar.

Me duele su soledad... su aislamiento... Además, ¡tiene diez años, profesora; no puede limitarse —únicamente— a mi compañía! Estoy desesperada. Sí, claro; la visitan una psicóloga, una maestra particular, un psiquiatra y una fonoaudióloga... pero sus empeños resultan inútiles... Natalia no traba relación con nadie. Vive como echada hacia adentro de sí misma. Por eso... yo pensé que —si usted la acepta en estas condiciones— mi nieta podría venir a su taller de juegos de lunes a viernes, durante las tardes... Al principio, una o dos veces y después se vería... No, no es agresiva. Su conducta es tranquila; demasiado... Sí, ya probé que reentablara relaciones con los hijos de nuestros vecinos pero —es lógico— los chicos se aburren con ella, se "pudren", dicen. Es que actúa como si no existiesen, como si ella se moviera en una realidad aparte, para su uso exclusivo... En cambio, aquí, rodeada de nenas y varones de su edad y bajo la supervisión y el estímulo de usted y sus colegas... y tratándose de juegos... Acaso... si Dios quiere...

La acongojada abuela se secó las lágrimas con un pañuelo que —gentil— le extendió la profesora a la que acababa de confiarle su drama. Enseguida, completó formularios, firmó registros, entregó documentación, respondió ciertas preguntas más y se marchó de regreso a su casa.

Natalia ingresó en la Escuela de Recreación de la mano de su "nonina", como la llamaba cuando estaba sanita. Le costó soltarla. Y no bien la observó alejarse hacia la calle, tomó una banqueta y se sentó en un rincón del florido patio. Allí se quedó quieta, con la mirada fija hacia delante.

Esa primera jornada de abril en el taller de juegos la dejó transcurrir así, en idéntica postura, aunque sus compañeros de grupo se le acercaron una y otra vez, le acariciaron el pelo e intentaron —en vano— conversar con ella.

Fue un rato antes de que vibrara en el atardecer la melodía que indicaba la salida cuando Lucién —un muchachito también de diez años— la vio gesticular levemente, mientras ladeaba la cabeza y movía los labios, como si charlara con alguien invisible. Lucién se le aproximó con delicadeza y se agachó a su lado.

Como las profesoras ya les habían contado a los alumnos cuál era el problema de Natalia, el chico permaneció callado y atento. Logró escuchar —entonces— lo que ella decía y se concentró mentalmente para entenderla. Pero ninguna de las palabras que pronunciaba su nueva compañera evocaba —ni por casualidad— alguna en castellano o en otro idioma identificable.

—Linarbolte da namador ogue saradil. Caldisén ratindai son fol daquindel. ¿Rastal? ¿Obe? Lerbin ornala, adel tros.

Lucién la oía perplejo. Natalia era capaz de hilvanar oraciones, pero las combinaciones de vocales y consonantes que hacía daban como resultado vocablos incomprensibles.

—Qué lástima... —pensó—. Tan dulce... linda... y tan encerrada; tan perdida... Parece un ángel caído en este patio... Eso, cara de ángel tiene... ¿Hablará en lengua angélica? ¿Dónde encontrar un traductor? Pobre "Cara de Ángel"...—. Y como "Cara de Ángel" empezaron todos a referirse a Natalia, cuando comentaban cosas acerca de ella. Hasta las profesoras.

Pasaron cinco meses. Natalia ya asistía al taller de juegos de lunes a viernes.

Dócil y desvalida como siempre, tomaba la banqueta y se sentaba en el patio casi todo el tiempo que permanecía allí. Retraída, largándose a monologar a través del rostro de cualquiera que se dirigiese a ella, como si la cara de su ocasional (y fracasado) interlocutor fuera transparente.

Sólo Lucién no se daba por vencido en su pretensión de comunicarse con la niña.

¿Un empecinado pichón de psicoanalista, acaso? ¿Un muchacho lleno de compasión por esa aislada compañera? ¿Un candidato a mártir?

No. Nada de eso. Aunque cueste creerlo, Lucién se había enamorado de Natalia y se había prometido no parar en sus intentos de conseguir una verdadera conversación. Ni caso que hacía de las bromas y burlas de los demás compañeros del grupo. El insistía cada semana y le hablaba a Natalia como si entendiera esos misteriosos sonidos que la chica persistía en pronunciar.

—¿Cómo estás, Naty? ¿Qué tal, Cara de Ángel?— le decía cada tarde, en el momento de volver a verla en el taller de juegos. Entonces, se sentaba a su lado en otra banqueta y le contaba lo que se le iba ocurriendo, a medida que la nena desgranaba su delirante discurso.

Por ejemplo:

Natalia: —Soot an mulbrat, luben tesimor fot. Tamar reti oela crut am tedisén. Meredesín daf ontés. Erolín quendel grus. ¿Lut? ¿Owalín?

Lucién: —-¿Estás segura, Naty? Yo opino que mejor vamos a andar en bici a la plaza, cuando salgamos de aquí. ¿Qué te parece?

Natalia: —Dabe amarandel nimasi, ¿ef? Bliguestal adenomo milum taí.

Lucién: —Es posible que tengas razón...

Natalia: —Mosawa ditorip. Oduit at. Dofe egimantel arcut nebesín. ¿Eol? ¿Og ie estale grespan inz risoc?

Lucién: —Sí, esa película es joya. Entonces, vamos al cine y otro día a la plaza.

Natalia: —Perjed orid, nume. Jumeb nosi otepofin. Abrud, nemole...

El colmo para los incrédulos amigos: Lucién anotaba cada una de las palabras que pronunciaba su extraño amorcito. En un cuaderno especial. Fue así como pudo escribir unas rimas con algunas de ellas, las que se le antojaba que Natalia reiteraba con bastante frecuencia.

Una tarde de noviembre se animó a leérselas, tras el acostumbrado saludo que Naty jamás devolvía. De mejillas coloradas y corazón al trote se las leyó.

La primera:

—Meredesí.
Amarandel.
Otefopín.
Egimantel.

La segunda:

—Erolín.
Tedisén.
Owalín.
Caldisén.

La tercera:

—Bliguestal.
Milum at.
Grus rastal.
An mulbrat.

De inmediato —en un impulso de almita enamorada— Lucién arrancó de su cuaderno la hoja donde las había escrito y la puso sobre la falda de la chica.

—Tomá, Naty... Son versos para vos, Cara de Ángel... En ellos te digo que te quiero mucho...

Ante el estupor generalizado de los que los rodeaban a pura risa, la nena giró lentamente la cabeza, despegó su mirada del vacío y la fijó en la claridad de los ojos del muchacho.

Unos lagrimones resbalaban por sus cachetes cuando —titubeante— silabeó: —Yo... tam...bién... te... quie...ro... Te... te... quie...ro... Lu...cién...



FUENTE: bamah.org

 

Cuentos anteriores:

SOÑANDO CON EL KOTEL HAMARAVI 

en la época que la ciudad de Jerusalem estaba dividida


Desde que Said ha llegado a Jerusalem, sus padres y sus amigos marroquíes no hacen mas que gemir y suspirar, como si estuvieran deplorando el haberse dejado seducir para trasladarse de Marruecos a Ierushalaim.

-Ciertamente Ierushalaim es la ciudad mas hermosa del mundo-dicen todos ellos - pero, como se puede soportar estar en la ciudad sagrada y no ver el Kotel Hamaravi? Estas palabras las oye Said cada Erev Shabat y Erev Iom Tov. Todos gimen y suspiran cuando tienen que ir al Beit Hakneset.Si el Kotel Hamaaravi no estuviera en la "Ciudad Vieja" podrían ir a rezar allí como lo hacían los Iehudim todos los anos desde que fue destruido el Beit Hamikdash. Said suspira igual que los adultos porque el quisiera ir a rezar al muro sagrado o al menos echar una mirada sobre lo único que ha quedado del Templo.

Pero grande se torna su añoranza al comenzar los nueve días, cuando el more comenzó a relatar a sus alumnos , los recién llegados marroquíes , acerca del Jurban Habait . Durante esos días, Said acostumbraba ir a diario , después del colegio , hasta el Har Tzion , desde cuya cima se puede ver la parte árabe de la ciudad de Ierushalaim .Alla lejos, muy lejos, por entre las construcciones de piedras y las casonas de la Ciudad Vieja se alza el añorado Kotel hacia el cual solían ir los judíos a elevar plegarias a Hashem, en todos los tiempos y en especial durante los nueve días y el 9 de Av. Durante esos días venían a Ierushalaim judíos de todo el mundo, para dirigirse al Kotel, sentarse allí a recitar Eija y llorar por la destrucción del Templo. Cuando Said piensa en lo que el More le contó acerca de las Kinot, junto al Kotel esta viéndose a si mismo, a sus compañeritos, a sus padres y a todos sus coterráneos de Marruecos, sentados, descalzos, recitando las plegarias y llorando. Tiene muchísimas ganas de ver al Kotel no solo mentalmente sino con sus propios ojos , tocar con sus manos el sagrado muro, acariciarlo y apretarse contra el mismo, con gran cariño y devoción.

Said había tomado una decisión en su interior : Pasar a la parte árabe y ver de cerca el muro .Desde luego, nadie debía enterarse , pues sus compañeritos se reirían de él y le dirían que tal cosa es un sueno imposible de realizar. La vieja ciudad de Ierushalaim esta muy custodiada, además hay alrededor de ella un alambrado de púas; en cada portón hay un severo guardián árabe, pero el alambrado y los guardias no lo asustan.

Sabe que ellos se van a comer y ese momento seria propicio para hacerse paso por el alambrado y penetrar al interior de la Ciudad Vieja; y si lo descubrirían tampoco le importaría ya que el sabe hablar árabe como un nativo y también tiene ropas árabe que conserva de Marruecos; se las pondría y de esa manera no despertaría ninguna sospecha. Es muy importante caminar tranquilo con una cesta en el hombro, no correr ni mirar para atrás.

Empezó a trazar planes de manera de llevar a cabo su aventura en la noche del 9 de Av. En ese momento todos los judíos están en el Beit Hakneset. Tendrá que ir allí con su padre, pero un poquito mas tarde se escaparía, iría a su casa, se cambiaria de ropa, tomaría el cesto sobre el hombro y se dirigiría hacia el alambrado de puas. Y así hizo. Al entrar a su casa, encontró allí muchas mujeres, jóvenes y ancianas, sentadas en el suelo. Todas estaban escuchando las kinot que una de ellas recitaba con vos llorosa. Cuando se hizo un poco de silencio, fue la señal que las mujeres ya se habían ido, Said se cambio y salió de su casa descalzo en puntas de pie.

No miraba hacia atrás sino que se dirigió directamente hacia el Kotel, habiendo partido desde el alambrado de púas que estaba muy agujereado, mucho mas de lo que el suponía. Felizmente los guardias no estaban. Su corazón comenzó a latir fuertemente, se le erizo el cabello, temblaba constantemente, pero seguía despacio hacia adelante. Ahí están ya las angostas callejuelas de la Ciudad Vieja, así como los maestros le habían contado. Las callejuelas ascienden mas y mas hacia el camino que lleva al Kotel, el que pronto se hizo ver. Pero es tan alto que llega hasta el cielo! Said tiene que levantar mucho la vista para poder contemplarlo. Se acerca y comienza a acariciarlo. El muro esta húmedo, seguro esta llorando, esta triste porque esta abandonado, nadie viene a visitarlo.

-Querido Kotel, balbuceo Said-,no llores, no se te ha olvidado, todos los Iehudim te extrañan, todos piensan en vos, desean verte, rezar junto a vos, inclusive besarte. Said se aferra fuerte contra el muro y percibe su humedad más aún.

Hay que dejarlo llorar, porque hoy es 9 de Av y los judíos de todo el mundo lloran la destrucción del Beit Hamikdash! Said siente que alguien tira de el, le arrancan la garganta. Son los guardianes árabes! ,pasa por su cabeza, me han sorprendido! A donde me llevan ? Que quieren hacer conmigo? Cual es mi pecado? Acaso no se puede estar junto al Muro de los Lamentos? Pero si es nuestro Muro Sagrado! Nuestro Kotel! Acaso he hecho mal a alguien con estar aquí junto a nuestro querido y sagrado Kotel?

_Hijo, hijito. Porque lloras? Te duele algo? Ante los ojos abiertos de Said estaba su mama que el tocaba la frente. Te has quedado dormido sin haberte sacado la ropa, hijito mío....Desvístete y anda a dormir. Mañana será para ti un día muy difícil ya que es la primera vez que ayunaras.

 

FUENTE: Masuah.org

 

 

EL ELEFANTE ENCADENADO

Jorge Bucay

Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que mas me gustaba de los circos eran los animales. También a mi como a otros, después me entere, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacia despliegue de tamaño, peso y fuerza descomunal... pero después de su actuación y hasta un rato antes volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.

Sin embargo, la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.

El misterio es evidente:
¿Que lo mantiene entonces?

¿Por que no huye?

Cuando tenia cinco o seis anos yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunte entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explico que el elefante no escapaba porque estaba amaestrado.

Hice entonces la pregunta obvia:

- Si esta amaestrado, ¿por que lo encadenan?

No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.

Con el tiempo me olvide del misterio del elefante y la estaca... y solo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

Hace algunos años descubrí que por suerte para mi alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:

El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.

Cerré los ojos y me imagine al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.

Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujo, tiro y sudo, tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo, no pudo.

La estaca era ciertamente muy fuerte para el.

Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía...

Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal acepto su impotencia y se resigno a su destino.

Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree - pobre- que NO PUEDE.

El tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer.

Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.

Jamás... jamás... intento poner a prueba su fuerza otra vez..

 

 

La Novia del Maharal

 
Hace unos 400 años vivía en Worms (Alemania) un adinerado judío de noble ascendencia llamado Shmuel ben Iaacov HaKatzin. Tenía una hija llamada Perl (Perla), quien, en verdad, brillaba como una joya con sus hermosas cualidades y encanto judío.
 Cuando Perl llegó a la edad de casarse (en aquellos días eso era entre los 13 y los 15 años), diferentes personas comenzaron a presentarse con propuestas. Una vino de una bien conocida y muy estimada familia que vivía en Posen, pero que originalment había vivido también en Worms. Tenían un brillante hijo llamado Iehuda Leib.
 A Reb Shmuel agradó lo que oyó acerca de Iehuda Leib y su padre Betzalel, así que decidió viajar a Posen para encontrarse personalmente con el joven y su familia. Una vez allá quedó muy bien impresionado por el muchacho y vio inmediatamente que se trataba de un brillante erudito de la Torá, además de sus demás cualidades personales. También lo hizo feliz ver que sus padres eran gente sumamente fina y muy admirada en la comunidad. Ambos padres se sintieron cálidamente atraídos unos a otros y gustosamente aceptaron dar lugar a la propuesta.
 Reb Shmuel se comprometio a tomar a su cargo los gastos del joven para que Iehuda Leib pudiera continuar estudiando Torá durante tres aסos en la Ieshiva (academia talmúdica) del famoso Gaón (genio talmúdico) Rabi Shlomo Luria (conocido como "el MaHarShaL"), que por aquel entonces estaba en Brisk (Lituania).
 Se decidió que cuando Iehuda Leib alcanzara la edad de 18 años, él y Perl se casarían y el padre de ella correría con los gastos de la joven pareja todo el tiempo que su yerno deseara continuar estudiando Torá.
 Reb Shmuel partió hacia su casa con corazón feliz. Iehuda Leib viajó a Brisk, donde se instaló en la Ieshivá del joven Gaón Shlomo Luria, entregándose al estudio de la Torá con gran fervor y entusiasmo.
 Todo hubiera marchado bien de no ser por algo desafortunado e inesperado que sucedió para estropear la agradable situación. La rueda de la fortuna gira, y los negocios del adinerado Reb Shmuel HaKatzin comenzaron a rodar cuesta abajo. En muy poco tiempo, el pudiente Reb Shmuel lo perdió todo y se convirtió en un hombre muy pobre. Su casa fue "limpiada" de todo lo que pudiera tener algún valor, a fin de pagar las deudas. Solo una única preciosa perla quedó en sus manos, y ésta era su amada, bella y joven hija, Perl.
 Cuando la fecha para la boda comenzó a acercarse, y la situación económica de Reb Shmuel no había mejorado, éste envió una carta a Iehuda Leib y, con corazón muy triste, le informó que, dado que su situación económica había cambiado dramáticamente y no podría cumplir su promesa de mantenerlo, él -Iehuda Leib- quedaba libre de su compromiso de casarse con Perl, y podía buscar esposa en cualquier otra parte. A esta carta agregó una nota pidiendo perdón y disculpa (mejila) de parte de Perl, de manera que también ella estuviera libre de toda obligación respecto de su compromiso.
 
Las inesperadas y tristes noticias, que cayeron como un rayo, trastornaron al joven Iehuda Leib terriblemente. Este escribió inmediatamente una carta llena de palabras de aliento y consuelo a Reb Shmuel HaKatzin, insistiendo en que no debía sentirse desanimado ni perder las esperanzas. También escribió que el Omnipotente podía mejorar su difícil situación en un abrir y cerrar de ojos. De todos modos, él, Iehuda Leib, no tenía reclamos sobre él o sobre su hija. Si resultara en beneficio de Perl quedar libre de su compromiso con él, ella podía buscar a otro para casarse. "En cuanto a mí", escribió Iehuda Leib, "sigo firme en mi confianza en el Omnipotente y espero Su ayuda".
 Iehuda Leib continuó estudiando todavía más intensamente que antes. A medida de que fue pasando el tiempo y el joven y brillante erudito seguía soltero, los casamenteros comenzaron a acercarse a él para hacerle propuestas matrimoniales. Pero a todos respondió de igual manera: "Ahora sólo me preocupa continuar estudiando Torá y no estoy preparado para considerar una pareja".
 En efecto, dedicó realmente todo su tiempo y emergías al estudio de la Torá. Todos sus amigos se casaron uno tras otro y dejaron la Ieshiva. Llegaron nuevos estudiantes, y Iehuda Leib seguía todavía con sus estudios, repasando todo el Talmud varias veces.
 "Leib, el Solterón", como lo llamó la gente, era alabado por todos los que lo conocían por su lucidez como erudito y su serena modestia. Pero no podían comprender por qué había quedado soltero tanto tiempo.
 La carta de Iehuda Leib afectó a Reb Shmuel muy hondamente. Le ayudó a hacer las paces con el hecho de que había perdido su riqueza. "Di-s dio y Di-s quitó", y Di-s podía devolverle su riqueza perdida. Pero no podía consolarse ante el hecho de haber perdido la posibilidad de lograr un yerno tan maravilloso. ¿Que sería ahora de su preciosa Perl?
 Perl había leído la carta de Iehuda Leib y se conmovió hasta las lágrimas, pero no se sintió desalentada. Al igual que Iehuda Leib, también ella confiaba en que el Omnipotente les ayudaría. Pero no tenía tiempo para lágrimas. Ahora era la única de la familia que podía hacer algo para mantener a sus padres y a sí misma.
 Además de todas sus finas cualidades, también era una excelente panadera. Cuando su hogar solía estar abierto a los  numerosos invitados que lo visitaban, todos admiraban las tartas, galletas, y jalot que horneaba. De modo que ahora aplicó sus talentos en la práctica. Abrió una pequeña panadería, algo que jamás imaginó que se vería obligada a hacer, y agradeció a Di-s el poder hacer algo para ganar dinero y no tener que pedir ayuda a otra gente.
 Sus amigos y vecinos acudían a su almacén y estaban más que contentos de poder comprar todas las delicias que ella horneaba.
 Perl tuvo éxito, pero no lo suficiente como para hacerla rica o para ahorrar el dinero necesario para una dote. A pesar de esto, un número bastante importante de casamenteros se le aproximó con propuestas matrimoniales de finas familias, pero Perl los rechazó a todos. En su interior sentía que su anterior jatan (novio) era el destinado a ser la pareja de su vida. Y, al igual que él, depositó su confianza en el Omnipotente y esperó Su ayuda.
 
Así pasaron diez años. Por esa época había mucha inquietud en el país. Los integrantes de la nobleza alemana peleaban entre sí, los católicos peleaban contra los protestantes, y los campesinos sublevados contra los amos que los habían esclavizado.
 La ciudad de Worms estaba en medio de toda la tormenta. La plaza del mercado y las calles estaban llenas de soldados que habían llegado de diferentes lugares, infantería y caballería de todo tipo.
 Y entonces sucedió que, por la calle donde Perl tenía su panadería, pasó un regimiento de caballería, y un joven funcionario se detuvo cerca de la panadería, donde, sobre una mesa, se exponían los diversos artículos que ella preparaba.
 El apetitoso aroma de las frescas jalot cosquilleaba en sus narices. El jinete sacó su espada, la clavó en una fresca jala y, saltando sobre su caballo, se alejó a todo galope.
 "¡Hey! ¡No has pagado!", gritó Perl. "¡Eso no es bonito de parte de un funcionario!"
 El funcionario detuvo su caballo, se volvió hacia Perl y se encogió de hombros mostrando sus manos vacías, dando a entender que no tenía dinero.
 Entonces bajó de su caballo, se dirigió hacia Perl, y le dijo:
 "¡Mil perdones! Lo siento, no tengo dinero pero no pude resistirme a tomar una fresca y tentadora hogaza. ¡No he comido nada tan fresco en tres días! Mira, toma esto en vez del dinero", y entonces extrajo una vieja bolsa que arroja hacia ella, de pie a la entrada de su panadería.
 Perl se fue adentro, comenzó a desplegar la pesada bolsa, pensando: "¿De qué me puede servir esta vieja y andrajosa bolsa?" Pero cuando la dio vuelta, monedas de oro comenzaron a rodar hacia afuera con un tintineante sonido.
 ¡Perl estaba aturdida y casi se desmaya de asombro! Una vez recuperada un poco decidió cerrar la panadería más temprano que de costumbre e ir a su casa. Contó a su padre lo que había sucedido y éste dijo:
 "Llevemos la bolsa y esperemos tres días, en caso de que el jinete regrese por ella. Entonces, naturalmente, se la devolveremos. Sin embargo, si no regresa, sabremos que el Omnipotente nos ha enviado Su salvación desde el Cielo".
 Cuando pasaron los tres días y el jinete no volvió, Reb Shmuel ben Iaacov HaKatzin escribió una carta a Iehuda Leib, informándole que el Omnipotente milagrosamente les había dado la oportunidad de cumplir todo lo que le había prometido en el acuerdo de compromiso y que, si lo deseaba, él y Perl ahora podían casarse.
 Cuán grande fue la alegría de los novios y sus padres cuando la boda tuvo lugar. Toda la comunidad de Worms se les unió en la gran celebración. Y desde el Cielo, también, resonó un cordial Mazal Tov, con los mejores deseos para la feliz pareja.
 
La fama de Rabi Iehuda Leib se extendió a lo lejos, llegando a su cumbre cuando se convirtió en el Superior Rabino de Praga, y su nombre, como "el MaHaRaL" de Praga, llegó a ser uno de los más famosos entre los extraordinarios líderes judíos de todos los tiempos.

 

FUENTE: MASUAH.ORG

 

 

Un tropel de médicos

por Ephraim Kishon

No hace mucho me desperté aproximadamente a media noche con un dolor de estómago desconocido hasta ahora en los anales del sufrimiento humano. Con la poca fuerza que me quedaba me arrastré hasta el teléfono y llamé al doctor Wasservogel, que vive en el departamento situado justamente encima del nuestro. La señora Wasservogel levantó el auricular y después de que le hube informado que el dolor me estaba destrozando, me comunicó que su marido no estaba en la casa. Me aconsejó que esperase media hora, y que si el dolor no cedía llamase al doctor Blaumilch.

Esperé media hora que duró un siglo y por la pantalla de mi mente desfilaron mi triste infancia, mis años de labor productiva en el campo de trabajos forzados y mi declinación periodística. Entonces telefoneé al doctor Blaumilch y su esposa me contestó que su marido no atendía enfermos en los días impares y que debía llamar al doctor Gruenbutter. Llamé a este médico, y la señora Gruenbutter levantó el auricular y lo depositó enseguida junto al teléfono.

Durante un rato me dediqué a arañar las paredes; a continuación redacté mi testamento y última voluntad y dejé una herencia de 250 libras para la construcción de un auditorio a mi nombre. Cuando estaba ya al borde del colapso, recordé que Yossi, el hijo de mi vecino, era un entusiasta de la radio. Para abreviar la historia: Yossi estableció contacto por onda corta con el aeropuerto de Lydda, y un avión de El Al levantó el vuelo rumbo a Chipre con un pedido de auxilio. El avión fue recibido allí por el correo especial del Consulado de Israel, que partió a toda velocidad en motocicleta rumbo a Luxemburgo y desde allí envió un cable de 500 palabras a Winston Churchill.

El anciano estadista británico puso su tren particular a disposición del corresponsal de Kol Israel, quien voló a Copenhague y desde allí difundió por radio un dramático llamado a la opinión pública. La judería canadiense despachó inmediatamente una ambulancia para Holanda. El jefe de policía de Rótterdam condujo la ambulancia por toda Europa y reunió 37 famosos profesores y cirujanos que llegaron aquí en un bombardero de retropropulsión de la Fuerza Aérea de Estados Unidos.

En el trayecto hacia Tel Aviv, se sumaron al convoy los participantes de la convención médica de Natania, y fue así como un total de 108 médicos llegaron a mi casa al amanecer. El doctor Wasservogel fue despertado por el estrépito de los ómnibus que se detenían junto a la acera, y bajó corriendo los escalones. Yo aproveché su presencia y le pregunté qué debía hacer para curarme el dolor de estómago. Me aconsejó que tuviese más cuidado con lo que comía.

Así fue como la solidaridad internacional me salvó la vida. Pero la próxima vez llamaré directamente a la Reina Isabel. No puedo perder tanto tiempo.

 

 

UN LUGAR EN EL BOSQUE

 

Rabi Baal Shem tov era muy conocido dentro de su comunidad porque todos decían que era un hombre tan piadoso, tan bondadoso, tan casto y tan puro que Dios escuchaba sus palabras cuando él hablaba. Se había creado una tradición en aquel pueblo: todos los que tenían un deseo insatisfecho o necesitaban algo que no habían podido conseguir, iban a ver al rabino. Baal Shem Tov se reunía con ellos una vez por año, en un día especial que el elegía. Y los levaba a todos juntos a un lugar único que él conocía, en medio del bosque. Y una vez allí, cuenta la leyenda, Baal Shem Tov encendia con ramas y hojas un fuego de una manera muy particular y muy hermosa, y entonaba después una oración en voz baja, como si fuera para si mismo.

Y dicen... Que a Dios le gustaban tanto aquellas palabras que Baal Shem Tov decia, se fascinaba tanto con el fuego encendido de aquella manera, amaba tanto aquella reunión de gente en aquel lugar del bosque... que no podía resistirse a la petición de Baal Shem Tov y concedía los deseos de todas las personas que allí estaban. Cuando el rabino murió, la gente se dio cuenta de que nadie conocía las palabras que Baal Shem Tov decia cuando iban todos juntos a pedir algo. Pero conocían el lugar del bosque y sabían cómo encender el fuego. Una vez al año, siguiendo la tradición que Baal Shem Tov habia instituido, todos los que tenían necesidades y deseos insatisfechos se reunían en aquel mismo lugar del bosque, prendían el fuego de la manera que habían aprendido del viejo rabino y, como no conocían sus palabras, cantaban cualquier canción o recitaban un salmo, o solo se miraban y hablaban de cualquier cosa en aquel mismo lugar alrededor del fuego. Y dicen... Que a Dios le gustaba tanto el fuego encendido, le gustaba tanto aquel lugar en el bosque y aquella gente reunida... que aunque nadie decía las palabras adecuadas, igualmente concedía los deseos a todos los que allí estaban. El tiempo a pasado y, de generación en generación, la sabiduría se ha ido perdiendo... Y aquí estamos nosotros. Nosotros no sabemos cuál es el lugar en el bosque. No sabemos cuales son las palabras... Ni si quiera sabemos cómo encender el fuego como lo hacía Baal Shem Tov.... Sin embargo, hay algo que si sabemos. Sabemos esta historia. Sabemos este cuento. Y dicen.... Que Dios adora tanto este cuento, que le gusta tanto esta historia, que basta que alguien la cuente y que alguien la escuche para que El, complacido, satisfaga cualquier necesidad y conceda cualquier deseo a todos los que están compartiendo este momento... Así sea...

 

 

El Espejo


En una pequeña ciudad vivía un hombre -Rev Abraham- muy piadoso y recto que cumplía casi con exactitud el dicho de nuestro sabios: Elu debarim sheen lahem shiur... hajnasat orjim (estas son las cosas que no tienen medida... hospitalidad).


Rev Abraham no se contaba entre los adinerados del lugar, todo lo contrario, era extremadamente pobre, pero a pesar de ello acostumbraba compartir su modesto pan y repartirlo entre los pobres, todos encontraban las puertas del Rev Abraham abiertas para satisfacer el hambre y su sed.


En cierta oportunidad llego a su casa un ilustre visitante, que era su rabino, Rav Yeshaiahu, conocido en la comarca por su sabiduría y bondad. El visitante se percato de inmediato de la gran hospitalidad de Rev Abraham quien llegaba a disminuir la alimentación de su familia para cumplir el precepto antes citado. Por este motivo no se fue de la casa hasta que no hubo bendecido a Rev Abraham para que tuviera la ayuda divina en toda empresa a la que se abocara. No pasaron muchos meses, hasta que se cumplieron las bendiciones de Rav Yeshaiahu, los negocios de Rev Abraham prosperaron increíblemente y llego a la categoría de los hombres mas ricos.
 

Desde ese momento no encontró Rev Abraham tiempo libre para ocuparse de los pobres de su ciudad por la forma en que lo absorbían sus negocios, y por supuesto tampoco podía ocuparse de los demás pobres provenientes de distantes lugares que venían a su casa (pues hasta ese entonces su fama de generoso había traspasado los limites de su ciudad). A pesar de esto no se puede decir que había abandonado por completo su bondadosa costumbre, ya que tenia a uno de sus sirvientes encargado de ocuparse de los pobres, y hasta de vez en cuando enviaba grandes sumas de dinero destinadas a las clases mas necesitadas, pero esto ya no era de todo corazón sino sin darle la menor importancia, hasta el punto que los pobres se apartaban de las puertas del nuevo rico. Y comentaban: "Desde el tiempo que fue bendecida con la riqueza es otra persona, antes era muy bondadoso".
 

Ocurrió que cuando Rav Yeshaiahu se estaba encargando de recolectar fondos para "Pidyon Shevuyim" (rescate de cautivos), envío a una persona a solicitar su contribución a Rev Abraham, pero como estaba muy ocupado, lo atendió uno de sus sirvientes, quien no le permitió pasar a conversar con su patrón.
 

Al enterarse de esto , Rav Yeshaiahu se entristeció mucho y dijo: "Quizás mi bendición se transformo en maldición". Prácticamente no se demoro ni un instante y partió hacia la casa de Rev Abraham para solucionar la situación.
 

Por intermedio de su Shamash, el Rav mando a avisar a Rev Abraham que deseaba verlo. Rav Yeshaiahu fue recibido por su alumno con mucha calidez y honor. Al entrar al salón principal de la mansión con una profunda mirada advirtió la magnificencia que lo rodeaba, sin embargo al momento se entristeció mucho, pues en ocasiones anteriores al visitarlo siempre había encontrado su casa llena de necesitados y en cambio en esta oportunidad estaba totalmente vacía. De repente el Rav se encamino hacia la ventana y mirando a la calle le pregunto a su alumno quien era la persona que pasaba con su hacha. Le contesto que era leñador y que iba al bosque a trabajar. Luego el Rav hizo lo propio con otros vecinos de su alumno y este le respondía visiblemente sorprendido. Acto seguido el Rav se aparto de la ventana y camino por la habitación hasta que al final se sitúo frente a un espejo.
 

-Por favor, acércate, le dijo a Rev Abraham, mira por el espejo.
-A quien ves? prosiguió el Rav, a lo que su alumno le respondió: "lógicamente que a mi mismo", muy sorprendido por preguntas tan simples.
 

El Rav prosiguió inquiriendo de que material estaban hechos los dos objetos a través de los cuales le había hecho observar, a lo que respondió Rav Abraham -cada vez mas sorprendido y confundido- que ambos estaban hechos de vidrio. Por ultimo el Rav añadio una pregunta más: -"Pues entonces por que a través del vidrio de la ventana ves a las demás personas, en cambio por el espejo solo puedes ver tu propia imagen?" -El motivo esta claro- contesto Rev Abraham- porque el vidrio de la ventana es transparente, sin nada entre medio, en cambio el vidrio del espejo tiene dentro una capa de plata, por eso pude ver mi propia imagen.
 

-Todo esto es muy lógico -dijo el Rav-, cuando el vidrio esta puro, sin plata de por medio, se puede apreciar a los demás, en cambio cuando el vidrio esta impregnado de plata, solo se puede apreciar la imagen de uno mismo.
 

Lagrimas afloraron en los ojos de Rev Abraham, había comprendido las palabras de su maestro, y supo que en un tiempo se asemejaba a un vidrio traslucido, a través del cual se interesaba por sus semejantes, pero ahora, en cambio, se había convertido en una persona que solo se veía a si misma.
 

El arrepentimiento surgió de Rev Abraham, quien decidió que desde ese momento se dedicaría personalmente al cumplimiento del precepto de Hajnasat Orjim, y se ocuparía de cada necesitado como en los primeros tiempos. Al día siguiente organizo una fiesta, invito a sus amigos y compañeros, y les contó lo que había sucedido.
 

Rev Abraham retiro del espejo parte de la plata que había en su interior para que quedara como recuerdo imperecedero, y a todo aquel que le preguntara por el motivo de su proceder, le contaría de que forma lo había ayudado el espejo para volver a la buena senda.


FUENTE: Masuah.org

 

Sueño Real

Rabino Iaacov Salomón

 

 Mi padre falleció en 1986. Él tenía 75 años, yo tenía 34. Decir que él era un hombre dulce, humilde y poco complicado sería algo evidente. Él no solamente personificaba esos términos, él los definía. Como oficio, el cortaba diamantes; como profesión, él amaba a su familia. Él tenía pocos amigos, menos pasatiempos, y detestaba el primer plano. Él era increíble, pero si te atrevías a decirle eso, la única respuesta que obtenías era un par de mejillas enrojecidas y un cambio de tema.

Él crió una pequeña familia en Polonia antes de la Guerra, pero ellos fueron asesinados por los Nazis. No sé prácticamente nada acerca de ellos. Milagrosamente, el sobrevivió seis años de tormentos en un campo de concentración y llegó a Estados Unidos en 1947. Aquí, volvió a casarse, tuvo dos hijos, y dedicó su vida a nosotros. Él nunca pronunció las palabras, “te quiero”. Él las vivió.

Cuando ingresó al hospital Mount Sinai para una cirugía de by-pass temprano por la mañana del lunes 24 de marzo de ese año, él estaba nervioso y pálido. Nueve horas después, el equipo de cirujanos había sorteado valientemente cinco arterias obstruidas, luego, ellos aparecieron en el pasillo y dijeron que la operación había sido un éxito. Haber imaginado que moriría en el hospital, seis meses más tarde, sin haber vuelto a casa, habría sido imposible. Como dice el dicho, “La operación fue un éxito, pero el paciente falleció”.

Mi madre, mi hermano y yo, hicimos todo lo que pudimos para devolverle la salud. Cada día nos reuníamos al lado de su cama, mirando los monitores que no comprendíamos, cantando canciones que sabíamos que él amaba, relatando historias que no podíamos ni siquiera saber si él escuchaba, rezando, esperando, frotando, persuadiendo, cepillando, prácticamente forzando a sus ojos a abrirse… pero nunca tuvimos realmente ninguna razón para esperar ninguna mejoría. Era tan triste.

Entonces, un día, a principios de septiembre, él se despertó. Así nada más. Repentinamente estaba conciente, lúcido y muy vivo. Los únicos más asombrados que nosotros eran sus doctores. Convoqué a todos mis hijos al hospital y él le habló a cada uno de ellos con cariño. Incluso discutimos la posibilidad distante de que regresara a casa.

Pero como la llama de una vela que se aviva, parpadeando, crujiendo y bailando con un vigor inverosímil segundos antes de ahogarse, Papá nos engañó a nosotros. Dos días después él se había ido. Sin advertencia. Sin premonición. Solamente la clásica y mórbida llamada telefónica del hospital que destruye la prisa de la mañana, “Lo siento, su padre falleció esta mañana”. Así nada más. La terrible experiencia había terminado.

Recuerdo mi discurso en su funeral. Lloré mientras lo daba, inconexo y casi incomprensible. Más tarde escuché que amigos estaban sorprendidos con mi declarada e intensa expresión de dolor.

“El hombre estuvo casi inconciente por seis largos meses”, reflexionaron ellos, “¿Por qué reaccionó como si no hubiese esperado esto? ¿Estaba en completa negación?”

Extrañaba tanto a Papá. Quería volver a verlo y sentir su silenciosa calidez y afecto.

Hay que admitir que era una buena pregunta. Pero quizás ellos no habían escuchado de la repentina y corta recuperación de Papá por dos días. Quizás ellos nunca habían experimentado personalmente el amor incondicional de un padre. O quizás ellos tan sólo no entendían que la muerte y el duelo no siguen ninguna regla.

Así que me encontré a mí mismo durante los meses siguientes extrañando mucho a Papá. No fue fácil. Quería volver a verlo y sentir su silenciosa calidez y afecto. La vida continuó, pero algo… algo muy especial faltaba.

Fue más de un año después cuando tuve El Sueño.

Era un día de invierno. Estaba caminando hacia mi sinagoga, que queda solamente a dos cuadras, cuando vi a Papá parado en la esquina. Él estaba solo. Se veía increíble. En la vida real él era bajo y fornido, pero en el sueño se veía alto. Su camisa blanca almidonada relucía en la brillante luz del sol y su larga corbata de puntos sobresalía, como siempre. Tenía puesto su abrigo gris y su mejor y más orgullosa sonrisa.

Estaba a una cuadra cuando lo vi por primera vez. En medio de mi euforia, me sentí confundido. ¿Él había regresado realmente para visitarme? ¿O quizás el nunca se murió después de todo? Nunca se me ocurrió que esto era solamente un sueño. No podía ser. Los detalles eran tan nítidos; la escena tan perfecta.

Comencé a correr hacia él. Él solamente esperó en la esquina a que yo llegara. Nos abrazamos. Yo estaba tan feliz.

“Caminemos”, dijo él.

Me dijo que las cosas estaban bien para él, donde sea que estaba, y que le habían permitido hacer una corta visita.

“¿Hacia dónde caminamos?”, pregunté.

“Vamos al banco”, sugirió él.

Yo no estaba sorprendido. El banco era uno de los lugares favoritos de Papá. Le encantaba ir ahí. Que sepas, no es que tuviera dinero. Quizás debido a su desconfianza en la autoridad él sentía que tenía que asegurarse de que los pocos dólares que tenía estuvieran aún allí, sanos y salvos. En esos días, los depositantes poseían libretas de ahorros en las que el cajero estampaba tu balance actual de cuenta luego de haber agregado el interés que se había acumulado desde tu última visita. A él le encantaba mirar los centavos crecer.

A Papá le gustaban los bancos grandes, con techos muy altos, mucho eco y arquitectura elaborada. Y si el banco tenía un nombre que sonaba seguro, eso ayudaba también.

Así que caminamos hacia un enorme banco, probablemente el más grande que yo había visto, y nos ubicamos en la larga fila. A diferencia de nosotros en la era de los cajeros automáticos, a Papá nunca le importó esperar en fila por las cosas. Era parte de su ritmo de vida paciente que nosotros amábamos tanto.

Había tanto que quería decirle, y así lo hice. Quería que él estuviera orgulloso de las cosas que estaba haciendo. Él escuchó. Él asintió. Él sonrió. Pero luego de unos cuantos momentos, metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó un periódico. Yo estaba sorprendido, pero sólo ligeramente. Después de todo, Papá amaba leer los periódicos - Idish, Inglés, diario, semanal - ese era su relajo principal luego de un día en el distrito de los diamantes.

Le pregunté que periódico traía consigo. Él lo dio vuelta para que yo pudiera ver por mí mismo. El titular decía, “Kol Yaakov (La Voz de Yaakov)”, no lo reconocí.

“¿Qué periódico es ese?”, le pregunté.

“Es tu periódico”, dijo él.

Él vio que yo estaba confundido así que me explicó un poco más.

“Puedes decirme todo acerca de ti, pero francamente, yo ya lo sabía”.

“Verás, donde estoy, ellos saben que queremos llevar el rastro de lo que está ocurriendo con nuestros seres queridos. Así que, cada día, este periódico personalizado, Kol Yaakov, me llega a mí. Es una completa descripción de todo lo que tú, querido Yaakov, estas haciendo aquí en esta Tierra. Me imagino que saben que me gustan los periódicos. Así que, puedes decirme todo acerca de ti, pero francamente, yo ya lo sabía”.

Me quedé en blanco mirando a Papá, sin estar seguro de que decir a continuación. Después de todo, lo que sea que pudiera decir, él ya lo sabía. Papá me miró de vuelta y luego me dio una palmada, tan dulcemente, en mi mejilla izquierda. Realmente pude sentirla.

Pude ver que estaba orgulloso.

Y luego se había ido. Nuevamente. Sin advertencia. Sin premonición. Él simplemente desapareció. Me quedé, parado solo, en la fila, en un enorme y extraño banco.

Me desperté con un ruido ensordecedor. Me senté en la cama. ¿Dónde había estado? La pregunta inundó mi repentina y abrupta conciencia.
“¿Dónde está Papá?”
“Si lo que vi fue real, ¿Por qué no estoy en el banco?”
“¿Estaba Papá realmente vivo?”
“¿Quizás su muerte fue un sueño?”
¿Qué hora es?”

A excepción del tiempo (casi estaba amaneciendo), no podía responder ninguna de las demás preguntas. La línea entre el estado de sueño y la realidad era tan borrosa en ese momento que me sentí forzado hacia una especie de mundo nebuloso. Fue realmente extraño. El vértigo duró por varios minutos.

Me sentí como un niño aterrado ahogándose en unos rápidos indomables, intentando agarrar frenéticamente el detalle de cada minuto de lo que había recién experimentado. Las imágenes se me estaban escapando rápidamente. “Quizás si cierro mis ojos muy fuerte, pueda volver al banco y ver a Papá otra vez”, reflexioné con desesperación. Pero, por supuesto, no había como volver. Me tomó algunos minutos, sentado en las sombras inmóviles, pero la realidad se asomó, no había ningún lugar al cual volver. Todo fue tan sólo un sueño.

Abatido, deje que mi cabeza se hundiera en mi sombría almohada, mientras miraba el inútil techo arriba mío. El primer rayo de luz del amanecer aparecería pronto a través de mi ventana. Un nuevo día se estaba acercando. Sería un día triste. No solamente otro día sin Papá, sino que el día después de que realmente pensé que estaba ahí, solamente para ser despertado por la descarnada realidad de que la visita fue solamente una ilusión.

“Un sueño que no ha sido interpretado, es como una carta que no ha sido leída”, dice el Talmud (Brajot 55a).

Yo estaba familiarizado con el dictamen de los Sabios de que el significado y augurio de un sueño es influenciado por la interpretación adscrita a él. Es difícil de entender, pero de alguna manera, a través de un elevado proceso de curso de acción, el significado de cada sueño es bastante dependiente de cómo es explicado.

“¡Pero este sueño no necesita interpretación!”, le discutí a la nada. No contenía ningún misterio, ningún simbolismo único o peculiar. Muchos, sino todos los sueños, contienen bizarras, o al menos, exageradas escenas o circunstancias. Algunos incluso parecen predecir o advertir de eventos que podrían ocurrir.

¡Mi sueño no! Este fue diferente. No hay necesidad de traer a Yosef aquí. A mí me parece que no hubo nada en mi sueño que requiera de un análisis o una explicación de ningún tipo. Papá vino, nos abrazamos, caminamos, conversamos, él me explicó como obtenía toda su información acerca de mí y se fue. Y fue hermoso.

Y luego me di cuenta. Quizás no fue un sueño después de todo. Quizás si fue realmente una visita, una visita nocturna. Que importa si yo estaba dormido cuando ocurrió. El hecho es que yo realmente lo vi, lo escuché, incluso lo sentí.

Una calma y una paz interna descendieron sobre mí. En vez de sentir decepción, me sentí privilegiado… afortunado… quizás honrado. Lo que pensé que era solamente una frustrante ilusión puede haber sido la más espectacular realidad. La enseñanza del Talmud nunca fue más cierta, descubrí el significado del sueño a través de mi propia interpretación.

Tantos de nosotros nos preguntamos si las almas que se han ido, tan cerca de nosotros, tienen aunque sea una noción de los eventos que ocurren en este mundo. De alguna manera, queremos creer que sí. Yo no me cuestiono más acerca de eso.

Pero más que eso, mi entendimiento de los sueños cambió ese día. Me parece que demasiado a menudo trazamos la línea entre la realidad y la imaginación con un lápiz demasiado ancho. Tendemos a ponerlas en recipientes totalmente distintos. Quizás no deberíamos. Los sueños - los de noche y los de día - son importantes. Ellos pueden ser una ventana para nuestros anhelos más íntimos y una oportunidad para alcanzar lo grandioso dentro de nosotros.

Solamente otra lección que Papá me enseñó.

 

 

  Si no más alto aún
 

   El Rabí de Nemirov había desaparecido. Eran los días entre Rosh Hashaná y Yom Kipúr, y los judíos se reunían en la madrugada para rezar las Selijot. Cada una de esas mañanas, tanto el Beit Hakneset como el Beit Hamidrash se encontraban repletos de gente.

   Sin embargo, el Rabí de Nemirov no se encontraba en ninguno de ellos. ¿Dónde estaba entonces el Rabí? Las personas se decían: Son los Yamim Noraim  (Días Reverenciales) y en unos días va a ser Yom Kipúr. Los judíos necesitamos sustento, paz, salud, bendición ... De seguro que en estos días el Rabí de Nemirov sube al cielo y reza allí por todo el pueblo de Israel ....

   En esa época, llegó a Nemirov un judío proveniente de la ciudad de Lita, quién  no creía en el poder espiritual del Rabí de Nemirov, y que al escuchar que éste subía al cielo, simplemente, no pudo hacer más que reírse.

   Les dijeron las personas que escucharon su risa: Si tu te ríes tanto, dinos entonces ¿dónde está el Rabí de Nemirov durante las Selijot?

   El hombre de Lita no contestó nada, y en su corazón se dijo a si mismo: iré yo mismo a ver qué hace el Rabí de Nemirov durante las Selijot””. En la misma noche, se dirigió el hombre a la casa del Rabí de Nemirov y se acostó debajo de su cama sin que nadie pudiera darse cuenta. Estuvo allí toda la noche, y una hora antes de las Selijot, escucho un fuerte suspiro del Rabí.

   Es sabido que los suspiros del Rabí de Nemirov estaban colmados de dolor ,y que todo aquel que los escuchaba no podía hacer más que llorar junto a él ...

   Los dos estaban recostados: el Rabí sobre su cama y el hombre de Lita debajo de ella.

   Al hacerse la hora de decir las Selijot, todas las personas de la casa del Rabí se levantaron de sus camas dirigiéndose al Beit Hakneset. Solamente se quedaron en la casa el Rabí de Nemirov y su huésped secreto ...

   Un gran temor se apoderó del hombre que llegó desde Lita, pues no era cosa pequeña estar a solas con un Justo de la altura  del Rabí de Nemirov.

   De pronto, se levantó el Rabí de Nemirov de su cama, tomó de su armario una ropa simple de campesino y se vistió con ella ....

   El hombre de Lita estaba sumamente sorprendido, y se preguntaba en su corazón: ¿Para qué se está vistiendo el Rabí de Nemirov con ropas de campesino? ¿Quizás esté soñando?. Sin embargo, aquello no era un sueño.

   El Rabí de Nemirov salió del cuarto, y el hombre de Lita marchó sigilosamente tras él.  Llegó a un cuarto en el fondo de la casa y tomó de allí un hacha.

   Pensó el hombre de Lita para sus adentros: Parece que el Rabí es un Justo durante el día, y un  ladrón durante la noche ... 

   El Rabí de Nemirov camino silenciosamente de calle en calle, y el hombre de Lita caminaba tras él. A veces se escuchaban los quejidos de algún enfermo dolorido, y otras veces se escuchaban las voces de los rezos de las Selijot provenientes de las sinagogas. El Rabí de Nemirov caminaba a la luz de la Luna, y el hombre de Lita caminaba secretamente tras él.

   El Rabino salió de la ciudad y se interno en un bosque cercano. Cuando encontró un árbol pequeño, le dio algunos hachazos hasta que el árbol cayó.  El hombre de Lita estaba parada a lo lejos y observaba como el Rabí de Nemirov cortaba a un gran árbol en pequeños pedazos. Tomó una cuerda y ató a dichos pedazos. Los colocó sobre su hombro y regresó a la ciudad.

   ¿Por qué hará esto el Rabí de Nemirov?, se preguntó para sus adentros el cada vez más sorprendido hombre de Lita ...

    El Rabí camino hasta llegar a una calle, se acercó a una pequeña casa y golpeó por la ventana. El hombre de Lita estaba parado detrás de un árbol observando lo que sucedía.

   “¿Quién está ahí? preguntó una voz desde el interior de la casa.

   “Yo dijo el Rabí de Nemirov en idioma ucraniano.

   “¿Y quién es yo? preguntó la mujer.

   El Rabí de Nemirov contestó Vasil.

   “¿Vasil?, ¿qué Vasil? ¿y qué quieres Vasil?.

   El Rabí de Nemirov contestó: Tengo algunas árboles para leña y quiero venderlos. Y sin esperar respuesta, abrió la puerta y entró a la casa ... Luego de lo cual entró secretamente el hombre de Lita tras él ...

   A la luz de la Luna, observó el hombre de Lita que aquella casa era una casa sumamente pequeña y pobre, y que había una mujer enferma acostada sobre la cama.

   La mujer dijo: ¿Con qué dinero voy a comprar la leña? No tengo dinero. Soy viuda y pobre.

   Le dijo el campesino” a la mujer: Yo solo pido seis centavos. Si no tiene dinero no se preocupe. Ya me pagará en otro momento ....

   No, no tomaré la leña, contestó la pobre mujer, pues no tengo ninguna esperanza de conseguir dinero para pagarle ... Luego de un instante, la mujer dijo lamentándose: ¿de dónde provendrá mi ayuda?.

   El Rabí de Nemirov apoyó la leña sobre el piso y dijo: ¡Tu eres una mujer que está enferma, y yo tengo confianza que me vas a poder pagar, y tu tienes un  D-s que es grande y bueno; ¿Acaso no crees que Él te va a poder ayudar para que te cures y puedas pagarme?!.  

   “¿Y quién va a encender la estufa? inquirió la mujer. Mi hijo trabaja toda la noche y quién sabe a qué hora vendrá.

   “Yo encenderé su estufa le contestó el Rabí de Nemirov, procediendo de inmediato a hacerlo .

    Cuando coloco la leña en el horno recitó el primer cántico de las Selijot. Cuando encendió el fuego recitó el segundo cántico. Cuando cerró la estufa recitó el tercer cántico.

   Desde aquel día, comenzó a amar el hombre de Lita al Rabí de Nemirov y a creer en lo elevado de su santidad ... Y cuando escuchaba que la gente comentaba que el Rabí de Nemirov subía al cielo durante los días de las Selijot, él ya no se reía como lo hacía antes, sino que agregaba a dicho comentario: ¡Y quién sabe si no sube mucho más alto aún!.

 

de "Inspiración" Cuentos Recopilados por el Rabino Richard Kaufmann

 

Un goy en Brooklyn

"Yo podía sentir la fría humedad que cubría mi cabeza y pensé que Shabat era la palabra judía para la nieve".

 
La nieve llegó a principios del invierno de 1933 cuando nuestra gran familia cubana se mudó a Williamsburg, en Brooklyn. Yo tenía diez años. Nosotros éramos los primeros de habla hispana en llegar al lugar, y nos acomodamos más o menos fácilmente en aquella vecindad multitudinaria y multicultural. Rápidamente comenzamos a aprender un poco de italiano, algunas palabras en griego y polaco, mucho idish y sin perder nuestro pronunciado acento en inglés. La primera vez que oí la expresión “Ya viene Shabat” fue cuando el Sr. Rosenthal rechazó abrir la puerta de su tienda de alimentos en la avenida Bedford. Mi madre me había enviado con una moneda de diez centavos para comprar un par de calcetines negros para mi padre.

En aquel tiempo, los hombres usaban sobre todo negro y azul marino. El marrón y el gris eran de algún modo especiales y costaban más. El Sr. Rosenthal estuvo de pie detrás de la puerta cerrada, de brazos cruzados, mirándome aireadamente a través del grueso vidrio mientras una nevada pesada y la oscuridad comenzaron a caer un viernes por la tarde. “Ya cerramos”, dijo el Sr. Rosenthal sacudiendo su cabeza, “¿Qué no ves que ya viene Shabat? ¡No insistas! ¡Vete a tu casa!”. Yo podía sentir la fría humedad que cubría mi cabeza y pensé que Shabat era la palabra judía para la nieve. Mi percepción errada acerca del Shabat no duró mucho tiempo, ya que la cultura dominante del área pronto se hizo evidente; los gentiles eran la minoría. De ahí en adelante, como Shabat venía con su regularidad inmutable y la tradición judía llenaba la vida de la vecindad, me di cuenta de cómo tantas actividades humanas, generalmente normales en cualquier día de la semana, cesaban, y un silencio palpable, una agradable tranquilidad, caía sobre todos nosotros. Fue entonces cuando las familias con alguna necesidad urgente en Shabat enviaban a alguien para “traer al muchacho de habla hispana lo más rápido posible”. Ese era yo. Justo a tiempo, dejé de ser anónimo y me hice llamar Yussel, a veces Yuss o Yussele.
Y así comenzó mi vida como un “goy” de Shabat, voluntariamente haciendo tareas para mis vecinos los viernes por la noche y los sábados: prendiendo las estufas, haciendo mandados, consiguiendo recetas médicas para los ancianos, alimentando calderas a carbón, prendiendo o apagando luces, y limpiando la nieve y el hielo de aceras resbaladizas. Haciendo todo lo que le fue prohibido al judío hacer en Shabat, por su código religioso.

(Gracias a mí, toda mi familia se había convertido en adicta a la pastelería judía) Las tardes del viernes eran especiales. Yo iba a pie a casa desde la escuela asaltado por el rico aroma que emanaba de las cocinas judías, que preparaban aquella tarde el menú especial para Shabat. Para ese entonces, yo había logrado una lista de “clientes” estables, de familias judías que dependían de mí. Las calderas, en particular, demandaban una atención permanente durante los inviernos helados de Brooklyn. Me estremezco recordando los vientos brutalmente fríos que soplaban desde el este. Las ansias subían a medida que pensaba en las comidas caseras calientes que yo traería a casa esa noche después de que mis rondas de Shabat terminaran. Gracias a mí, toda mi familia se había convertido en adicta a la pastelería judía. ¿Yo? Todavía soy adicto a la torta marmolada, la jalvá y a las cremas de huevo. Recuerdo como si fuera ayer cómo descubrí que los judíos eran las personas más inteligentes del mundo.
Como verás, en nuestra casa cubana a todos nosotros nos gustaban los extremos de los panes y, para mantener la paz, mi padre siempre decidía quien los obtendría. Una noche áspera de invierno fui recompensado por mis diligencias con un pedazo caliente de jalá de Shabat (nosotros le decimos “santa”) y me di cuenta de que ¡fui testigo de algo genial! ¿Quién más podría haber inventado un pan que maravillosamente tuviera finales por todas partes – y que alcanzara para cada uno de los integrantes de una familia numerosa? Había un aspecto “Internacional” en mis años de adolescente en Williamsburg. La familia Sternberg tenía dos hijos que habían luchado en la Brigada Abraham Lincoln en España. Cada vez que nosotros conseguíamos su atención, ellos nos hechizaban con cuentos de aventuras arriesgadas que pasaron en la Guerra Civil Española. Estos veteranos de guerra de aproximadamente 20 años de edad también nos mostraron una nueva forma de pensar, que incluía ideas humanas tales como “De cada cual según su capacidad y a cada cual según su necesidad”. En retrospectiva, esta exposición inocente a una filosofía diferente fue el punto de partida de un viaje que también incorporaría el concepto de Tzdaká en mi guía personal al mundo.
En la época que los historiadores más tarde llamarían la Gran Depresión, un níquel era mucho dinero y su poder económico podía comprar una nueva Spaldeen, el nombre local que le dábamos a una pelota de goma rosada que en ese entonces era producida por la Empresa Spalding. La famosa Spaldeen era crucial en nuestros juegos infinitos de la calle: pegarle con un palo como en el béisbol, con la mano contra la pared o simplemente con los pies. Una tarde de verano nuestras fantasías adolescentes convirtieron a nuestro barrio en un estadio repleto, y a uno de nosotros en el bateador estrella, bateando una pelota con efecto que ganó el campeonato. Realmente pensamos que ganamos, lo juro. Nuestros vecinos, mágicamente se transformaron en espectadores que alentaban desde sus ventanas de color marrón, y fueron testigos de una versión única de béisbol de las grandes ligas. Mi ocupación como Goy de Shabat llegó a su fin luego de Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941. Me retiré del Colegio de Brooklyn al día siguiente y me uní al ejército estadounidense. En junio de 1944, el cuerpo aéreo del ejército me embarcó a casa después de volar sesenta misiones de combate sobre Italia y los Balcanes. Yo estaba abrumado al enterarme de que varios de mis amigos judíos y vecinos habían puesto un lugar para mí en sus mesas cada Shabat a lo largo de toda mi ausencia, incluyéndome también en sus rezos. ¡Qué mitzvot! Mi regreso a casa fue acompañado por maravillosas invitaciones a cenar. ¿Puedes imaginarte el efecto luego de 22 meses de raciones de comida del ejército?
(Yo había aprendido el significado de la amistad, de la lealtad, del honor y del respeto.) A medida que mi vida de post Segunda Guerra Mundial se desarrolló, la naturaleza de la asociación que yo había tenido con las familias judías durante mis años de formación se hizo más clara. Yo había aprendido el significado de la amistad, la lealtad, el honor y el respeto. Descubrí la obediencia sin el servilismo. Y la preocupación por todos los seres vivos se había hecho tan natural en mi vida como la respiración. El valor de una ética de trabajo fuerte, con dedicación y sentido se hizo manifiesto. El amor por el estudio floreció y comencé a fijar metas más altas para el desarrollo de mis habilidades, y objetivos más elevados para futuras actividades y sueños. Nada de esto fue el resultado de una educación formal; mi escuela judía había sido la vecindad.
Aprendí estas cosas, las absorbí mejor dicho, por la asociación y los modelos a seguir, por haber hecho siempre una pregunta curiosa, y a través de lo que los educadores llaman “el estudio incidental” en el crisol de Williamsburg previo a la Segunda Guerra Mundial. Parece ser que las enseñanzas más importantes de la vida, se adquieren de esta manera. Mientras el hogar cubano de mis padres me abrigó con un cálido e íntimo afecto, y aseguró mi bienestar y mí autoestima, el grupo de familias judías que conocí y ayudé en el Williamsburg de los años 1930 fue una tribu adoptiva que incitó mi rito adolescente de paso a la adultez. Uno podría incluso decir que nosotros habíamos experimentado una clase especial de Bar-Mitzvá. Yo no podía explicar entonces el concepto de tikun olam, pero comprendí a medida que iba madurando cuan bien fui orientado, a través de la experiencia judía, a vivirlo y aplicarlo. Qué visión verdaderamente elevada de la vida te da el estar motivado “a reparar el mundo”.

En estos años de vejez cuando de vez en cuando le dicen a mi esposa “Tu marido es un hombre divertido”, soy consciente de que mi humor tiene sus raíces en el teatro idish de la Segunda Avenida, los comediantes judíos en los hoteles de verano, y sus muchos imitadores. Y, cuando discuto sobre temas de derechos humanos o civiles y me advertien de que pongo demasiado fervor, recuerdo como la jutzpá primero floreció sobre las aceras de Williamsburg, compitiendo por avellanas con fuertes niños que llevan peyes y kipot. A lo largo del camino jugué ajedrez y frontón, aprendí a practicar la esgrima, a escuchar a Rimsky-Korsakov, comí castañas tostadas, leí a Maimónides y estudié también a Saúl Alinsky. Estoy absolutamente agradecido por haber tenido la oportunidad de ser un Goy de Shabat.

 

 

 

LA NIEVE DE CHELM

 

Isaac Bashevis Singer

 

Chelm era una aldea de tontos: tontos jóvenes y tontos viejos. Una noche alguien espió a la Luna, que se reflejaba en un barril de agua. La gente de Chelm imagino que había caído allí. Sellaron el barril para que la Luna no se escapara. Cuando a la mañana se abrió el barril y la Luna no estaba alli, los aldeanos decidieron que había sido robada. Llamaron a la policía y cuando el ladrón no pudo ser hallado, los tontos de Chelm lloraron y gimieron.
De todos los tontos de Chelm, los mas famosos eran los siete ancianos. Como eran los mas viejos y los mas grandes tontos, gobernaban en Chelm. Tenían barbas blancas y frentes muy anchas, por pensar demasiado.
Una vez, durante una noche de Januca, la nieve cayo continuamente. Cubrió todo Chelm como un mantel de plata. La Luna brillo, las estrellas titilaron y la nieve relució como perlas y diamantes.
Esa noche los siete ancianos estaban sentados y reflexionando, mientras arrugaban sus frentes. La aldea necesitaba dinero, y no sabían donde obtenerlo. Repentinamente, el mas anciano de ellos, Gronam el Gran Tonto, exclamo:
- ¡La nieve es plata!
- ¡Veo perlas en la nieve!- grito otro.
- ¡Y yo veo diamantes!- agrego un tercero.
Para los ancianos de Chelm resultaba claro que había caído un tesoro del cielo.
Pero pronto comenzaron a preocuparse. A la gente de Chelm le gustaba caminar, y ciertamente terminarían por pisotear el tesoro. ¿Que se podía hacer? El tonto Tudras tuvo una idea.
- Enviemos un mensajero que golpee en todas las ventanas y comunique a todos que deben permanecer en sus casas hasta que se haya recogido la plata, las perlas y los diamantes.
Durante un rato, los ancianos quedaron satisfechos. Se restregaron las manos y aprobaron la astuta idea. Pero entonces Dopey Lekish hizo notar con aflicción:
- El mensajero mismo pisoteara el tesoro.
Los ancianos comprendieron que Lekish tenia razón y otra vez arrugaron las frentes en un esfuerzo para solucionar el problema.
- ¡Ya lo tengo! -exclamo Shmerel el Buey.
- ¡Dinos, dinos! -rogaron los ancianos.

- El mensajero no debe ir a pie. Debe ser transportado sobre una mesa, para que sus pies no toquen la preciosa nieve.
Todos quedaron encantados con la solución de Shmerel el Buey, y los ancianos, batiendo palmas, admiraron su propia sabiduría.
Los ancianos enviaron inmediatamente a alguien a la cocina a buscar a Gimpel, el chico de los recados, y lo pusieron sobre una mesa. ¿Y ahora quien habría de transportar la mesa? Fue una suerte que en la cocina estuvieran Treitle el cocinero, Berl el pelador de patatas, Yukel el mezclador de ensaladas y Yontel que cuidaba a la cabra de la comunidad. Se les ordeno a los cuatro que llevaran la mesa en la que Gimpel estaba de pie. Cada uno sostuvo una pata. Arriba estaba Gimpel con un martillo de madera, para golpear en las ventanas de los aldeanos. Salieron.
En cada ventana Gimpel golpeaba y decía:
- Nadie debe dejar su casa esta noche. Ha caído un tesoro del cielo y esta prohibido pisarlo.
La gente de Chelm obedeció a los ancianos y permaneció en sus casas durante toda la noche. Entretanto los propios ancianos se sentaron, tratando de imaginar como harían mejor uso del tesoro, una vez que lo recogieran.
El tonto Tudras propuso que lo vendieran y compraran una gansa que pusiera huevos de oro. Así la comunidad tendría un ingreso fijo.
Dopey Lekish tuvo otra idea. ¿Por que no comprar anteojos que hicieran parecer mas grandes todas las cosas a los habitantes de Chelm? Las casas, las calles y las tiendas parecerían mas grandes y desde luego, si Chelm parecía mas grande, pues entonces seria mas grande. Ya no seria una aldea, sino una gran ciudad.
Aparecieron otras ideas igualmente ingeniosas. Pero mientras los ancianos sopesaban sus diversos planes, llego la mañana y brillo el Sol. Miraron por la ventana y, caramba, vieron que la nieve había sido pisoteada. Las pesadas botas de los porteadores de la mesa habían destruido el tesoro.
Los ancianos de Chelm asieron sus blancas barbas y admitieron que habían cometido un error. ¿Quizás, razonaron, otras cuatro personas debían haber llevado a los cuatro hombres que llevaron la mesa en la que estaba Gimpel, el chico de los recados?
Tras largas deliberaciones los ancianos decidieron que, si durante el próximo Januca, llegaba a caer otro tesoro del cielo, eso era exactamente lo que habrían de hacer.
Aunque los aldeanos se quedaron sin tesoro, estaban llenos de esperanzas para el ano siguiente y elogiaron a los ancianos, con quienes sabían que se podía contar para encontrar una solución, por muy difícil que fuera el problema.
 

 


BAJO EL SIGNO DEL CRUCIGRAMA

Ephraim Kishon

No conozco un placer mayor que sentarme en la soleada arena de

la orilla del mar, con los ojos cubiertos con un periódico, rindiéndome

voluptuosamente a la ociosidad, sin pensar en nada de particular,

excepto en pasado mañana, cuando tengo que tomar parte en un

película, y que debo telefonear al señor Leicht y pedirle que escriba al

rabino Swed, que otra vez hay que pagar el impuesto sobre la renta de

las personas físicas, que mi mujer me ha ordenado que recoja la colada

de la lavandería, y pronto tendré que acudir al servicio militar de reserva,

que alguien me ha mangado mi bolígrafo y que los egipcios han

recibido de nuevo dos destructores de la URSS, y que mi oído ha

empezado a silbar extrañamente durante los dos últimos días, etc., etc.

En otras palabras, gozo del relax y el mundo deja de existir. Me

quedo solo al sol y al viento. Y a la pelota de tenis de la playa, que de

vez en cuando rebota en la cabeza. Y la arena. Y las moscas. Y una

multitud de rechonchos angelitos.

Realmente, en la actualidad la orilla del mar constituye una

auténtica ordalía. De manera que estaba sentado allí en una tumbona,

cuando uno de aquellos delincuentes juveniles revuelve la arena de

Oriente Medio, se llega hasta mí, me quita el periódico de delante de

los ojos y me dice:

— ¿Mutar?1

— Por favor... —respondí.

Un minuto después, un pequeñín pelirrojo me hace otra pregunta:

— ¡Eh, señor! ¿Podemos hacer el crucigrama?

Así, pues, se empiezan a pasar... No es suficiente con que me

hayan quitado mis anteojeras, sino que también quieren privarme de

esta pequeña diversión. Hacer crucigramas constituye un fascinante

deporte. ¿Por qué no lo habré practicado durante los pasados veinte

años?

— No toquéis el crucigrama —les respondo con firmeza, y

continúo adormeciéndome en mi tumbona.

Dos o tres minutos después me sobresalta el siguiente aullido:

— Cuatro letras, ¿no lo comprendes? ¡Cuatro letras!

Así que, después de todo, lo están haciendo. Les dije que no lo

hicieran, pero lo hacen. ¡Sabras! ¡Gamberros!

— Mamífero de cuatro patas, cuatro letras, tira de un carro —

repitió el pelirrojo que tenía en las manos el crucigrama.

Todos estaban gimiendo debido al esfuerzo intelectual.

— Al principio fue fácil, pero hacia el final se ha hecho

terriblemente difícil —observó una joven cosita.

Luego murmuró desesperanzado:

— Cuatro letras, tira de un carro... ¿Sabes qué es, Zvika?

— No —respondió Zvika con el ceño fruncido.

Y todos siguieron forzando el cacumen acerca de la imposible

pregunta, hasta que uno de ellos gritó triunfalmente:

— ¡Buey..!

Rápidamente, llenaron estas casillas, con el espíritu visiblemente

levantado.

La siguiente pregunta era más fácil. Solo tenían que citar a Amós

4, 3, y gritar al unísono: «Y honró su cabellera llena de telarañas.» (O

las palabras apropiadas al efecto.)

Pero el Tres vertical Constituyó una pregunta muy difícil:

«Héroe de Dostoievski, que se verá pronto en el “Teatro

Habimá”. Diez letras, la primera una alef. »

— ¿Panorama desde el puente? —graznó una muchachita, pero fue implacablemente silenciada: aquello tenía más de diez letras. Terrible concentración mental.

— ¿Macbeth?

— Estúpido... ¿No ves que tiene que empezar con una alef?

No pude soportar más aquella orgía de ignorancia. No es preciso

decir que, como exeuropeo y estudiante de Humanidades, me había

percatado, desde el principio, de que el caballero en cuestión era el inmortal héroe de Crimen y castigo, Raskólnikov, cuyo nombre en hebreo consiste exactamente en diez letras2.

Por lo tanto, me volví hacia los pequeños y les brindé el

RASKÓLNIKOV como si fuese la revelación de un secreto atómico

celosamente guardado.

Un temor reverencial cayó sobre el grupo, pero rápidamente estallaron alegres sonrisas.

— ¡Con una alef, señor, con una alef...!

Sentí que la reputación europea estaba en juego. Si no podía probar a aquella engreída chusma asiática mi absoluta superioridad literaria,

¿qué derecho tendría yo a mirar de arriba abajo a los sabra?

— Dejadme este crucigrama —les dije, con una sonrisa de

condescendencia en mis labios. ¿De dónde habéis sacado esa alef?

La alef procedía de la Cinco Vertical, que pedía el nombre de una capital sudamericana, y donde habían escrito AIRES (cuatro letras en hebreo).

— Habéis cometido un leve error, les dije. —Cambié los AIRES por RIMA (necesitaba lo de RIMA paraRASKÓLNIKOV).

— RIMA es la capital del Perú, muchachitos—. Cualquier niño

europeo de de educación básica sabe una cosa así.

— ¿Lima?3 —preguntó Zvika titubeante.

Pero los otros le acallaron diciéndole:

— Puedes confiar en este adon, que, obviamente, sabe lo que se hace.

Ahora tenía que comprobar los cambios que habían ocurrido

como resultado de la mutación AIRES - RIMA. El Siete Vertical, porejempló, CUBO se había convertido en PUBL.

— ¿PUBL? repitió el Pelirrojo—. ¿Está seguro?

— Claro que está seguro — dijeron las chicas—. Si sólo tuvieras

la mitad de sesera que él…

Sonreí halagado. El Ocho horizontal preguntaba Cenit, en plural, con aliteración.

Gracias a RIMA, la respuesta se convertía en JOCK, y aquello me causó cierta incomodidad. Ya no estaba tan orgulloso de mi erudición, especialmente cuando, en pos de JOCK, «Barco de placer estribor», se convertía en KIKI.

Honestamente, para entonces, de forma voluntaria, hubiera dejado todo aquel asunto, pero mi orgullo no me lo permitió.

— «Ave rapaz de México», cinco letras —leyó Zvika por encima de mi hombro, una de las pocas definiciones aún no resueltas. Primera

letra bet, última letra tet.

—Bis... bison... BISOT —dije entre risas y palmadas.

Escribí BISOT (que Dios se apiade de mi alma). Pero el Ocho horizontal, «Hecho por abogados», se convertía en FNUCO. Aquello no me dejaba muy contento. (¿Y por qué precisamente por abogados?). Pero no lo mostré.

Luego llegó «lápiz, en latín», que lo dejé simplemente en DEBER.

A partir de aquí todo fue fácil, puesto que una vez superadas las

dificultades iniciales, me percaté de que el refrán «Más vale maña que fuerza» no se aplicaba a los crucigramas.

He aquí unas cuantas posteriores definiciones:

Isla yugoslava en el Adriático: STOCKI.

P. M. R.: S. I. K.

Todo el mundo lo hace, al revés: LEVEL.

Jefe católico de la Guerra de los Treinta Años: VAFRANYOFL.

Cuando acabé, los jóvenes hebreos estaban a mis pies,

adorándome, pendientes de mis palabras.

A partir de entonces, mi prestigio ha subido por los cielos, desde

los altos de Galilea a las orillas de Ascalón.

Si algún día quieren yerme por Cala Gordon, a eso del mediodía,

no tienen más que preguntar por la Enciclopedia Andante. Estaré allí, en mi tumbona, haciendo crucigramas. Cinco o seis por hora.

Es sólo cuestión de resistencia.

 


1 Esto significa « ¿Puedo?». Pero si es preguntado por un sabra israelí,

aproximadamente significa: « ¡No fastidies!»

2 El crucigrama estaba, naturalmente, en hebreo, pero, para facilidad del lector
castellanoparlante, lo hemos traducido a su idioma.

En hebreo, cinco letras valen, aproximadamente, por diez, puesto que sólo

están señaladas las consonantes Y las vocales se añaden según la discreción del

lector. Esta escritura fue inventada por nuestros antiguos sacerdotes, para impedir

que la chusma aprendiese a leer, y esto sigue valiendo incluso hoy.

El lector español, quedará probablemente sorprendido de que hayamos

adoptado un método tan anticuado de escritura, en vez de adoptar el versátil

alfabeto romano (al que nosotros, bastante extrañamente, llamarnos alfabeto inglés), si mal no recuerdo, mi abuelo decía que la libra británica esta dividida en 12 pies, y cada pie en 37 pulgadas (1 pulgada equivale a 2,735832109201 centímetros), cinco pulgadas equivalen a 22,43 pintas, mientras que

cada doble pinta (tres pintas) contiene 14 gruesas y 3 weinbérgs (medida escocesa

para pesar calcetines). Y lo más intrigante, es que los británicos están secretamente

orgullosos de todas estas cosas tan caídas en desuso.

—Es realmente espantoso —me dijo Briton, de forma apenada pero

sonriéndose de placer —, ¿no es verdad?; cuando estuve allí la forma que tenían de

mezclar todo con nuestras originales y anticuadas formas...

— Oh, no sé —solía responderle en semejantes ocasiones—. No veo nada raro

en su forma de hacer las cosas. Tomemos, por ejemplo, la hora: la dividen en

sesenta minutos, como cualquier otra cosa más...

A partir de entonces, Briton se puso muy pálido. Y desarrolló un complejo de

inferioridad, porque la hora británica no estuviera dividida en 37,5 minutos... (Realmente,

¿por qué no?)

3 Si pensamos en ello..., ¿no será Lima?
 

 


La campaña de tsedaká


por Rabí Zevulún Weisberger



La campaña de tsedaká ("caridad") pronto va a empezar. ¿Qué clase pensas que va a ganar el concurso por juntar la mayor suma de dinero?- preguntó Janá Rabinowitz, alumna del último año de la secundaria en Bet Iaakob mientras entraba a la escuela.
-El año pasado ganamos, aunque las otras clases tuvieran más alumnas. Esperemos que podamos hacerlo otra vez -dijo Jaia.
Al entrar en la escuela, no pudieron evitar ver los pósters que anunciaban el comienzo del concurso de tsedaká 5754. El dinero se dividiría entre varias causas dignas. A la clase ganadora se le obsequiaría una fiesta y recibiría un reconocimiento especial en la asamblea escolar.
En clase, Rabí Grinbaum, el profesor, dijo:
-Chicas, estamos por dar comienzo a nuestro especial concurso anual de tsedaká. ¿Alguien conoce alguna historia insólita sobre tsedaká que quiera contarle a la clase?
Ribká Moscowitz, una niña que siempre rebosaba de entusiasmo, levantó la mano.
-Hace poco oí una hermosa historia -exclamó.
-Adelante, Ribká -dijo Rabí Grinbaum.
Ribká contó la historia.
Esto sucedió en Europa hace unos cien años, en una pequeña ciudad de Galicia. Había un rebe jasídico que siempre daba la bienvenida a todos, pero se lo notaba especialmente cálido con Berel, el sastre. Berel era un judío muy sencillo, que pasaba casi todo el tiempo trabajando en su oficio. No era un Talmid jajam (estudioso de la Torá) sin embargo, siempre que llegaba a la sinagoga el rebe lo recibía con una gran sonrisa y un cordial; ¡Shalom Alejem!
Los ojos del rebe brillaban con una calidez especial cuando veía a Berel. Los jasidim (seguidores del rebe) no se podían explicar este sentimiento especial del rebe. ¡Se sorprendían muchísimo sin embargo, cuando alguien le pedía una bendición al rebe y éste le sugería que fuera a lo de Berel, el sastre, a pedirle una bendición!
Un día, los jasidim tuvieron suficiente valor para preguntarle al rebe. Esto es lo que dijo el rebe:
-Un día, un padre vino a verme llorando porque el compromiso de su hija estaba a punto de romperse puesto que el hombre no tenía dinero para cumplir las promesas hechas a la familia del novio. No podía dirigirme a las personas que generalmente me ayudan porque justo había terminado de recaudar dinero para otras causas. Estaba a punto de abandonar todo cuando pensé en Berel. No es un hombre rico pero tiene un buen corazón y me ha ayudado con frecuencia.
Cuando le hablé, me contestó: -Rebe, todo lo que tengo es el dinero que estuve ahorrando para el casamiento de mi propia hija. Me llevó algunos años juntar este dinero, pero si lo necesita para salvar un casamiento, se lo daré. En cuanto a mi hija, HaShem ayudará.
Fue a otra habitación y volvió con un monedero. En realidad, estaba sonriendo cuando me lo dio, como si no se sintiera mal en absoluto. Dudé, sin saber si era correcto aceptar semejante sacrificio. Pero cuando recordé al padre desesperado y las lágrimas en sus ojos, decidí aceptar el dinero de Berel.
-Berel -le dije -que HaShem haga llover bendiciones sobre tí. Que tu parnasá (sustento) sea abundante para que siempre puedas ayudar a los demás y tengas suficiente para tu familia.
Berel sonrió como si acabara de ganar la lotería. Ahora entienden. Un hombre que se puede sacrificar así por otra persona tiene un mérito especial en el cielo.
Rabí Grinbaum dijo:
-Realmente es una historia especial. Gracias por contarla. Es una excelente manera de comenzar nuestra campaña.
-¡Oh! La historia no terminó -agregó Ribká.
Seis meses más tarde, la tía mayor de Berel falleció y le dejó una gran herencia. La hija de Berel pronto se comprometió y Berel ya no tuvo que preocuparse por ganarse el sustento.
-HaShem siempre recompensa a los que se sacrifican para ayudar a los demás -comentó Rabí Grinbaum. Pero niñas, quiero que sepan que uno no debe dar más de la quinta parte de lo que posee para tsedaká. Berel fue obviamente una persona excepcional con mucha fe en que HaShem lo cuidaría. Todos estamos obligados a ayudar pero no a dar todo lo que tenemos.
-Una cosa más, chicas. Sé que van a empezar la campaña esta noche pidiendo a sus padres que contribuyan. Eso está bien. Pero recuerden dos cosas. Primero: sus padres tienen muchas obligaciones financieras y hay recesión así que muchos padres no podrán dar todo lo que quisieran. Segundo: lo importante de la campaña es que nosotros demos de nuestros propios ahorros y que vayamos a recaudar de otras personas. Así que recuerden, sus padres están sólo para alentarlas.
Todas las niñas se conmovieron con la historia de Ribká y se sintieron alentadas por Rabí Grinbaum para participar en el concurso de tsedaká. Janá se sintió muy inspirada y decidió juntar dinero para la campaña. No tenía ahorros propios así que le pidió ayuda a su papá. ¡Qué grande fue su desilución cuando le dijo que no!
Le explicó:
-Tenés que darte cuenta, Jany, de que apenas tenemos suficiente para nuestras propias necesidades. Primero, tenemos que cuidarnos nosotros. Los tiempos son duros y no puedo darme el lujo de ayudarte.
Se sorprendió con su respuesta.
-Pero papi -dijo-, nosotros podemos arreglarnos. Baruj HaShem tenemos comida, casa y ropa. Hay tantos que ni siquiera tienen eso. ¡Necesitan nuestra ayuda!
-Bueno Jany, como dije, cuando las cosas mejoren y gane más, tendremos algún dinero extra para el concurso de tsedaká, hasta entonces no podemos dar nada.
Jany estaba deprimida. Era verdad que su familia estaba lejos de ser rica, pero muchas familias tenían aún menos. ¿Cómo podía convencer a su papá de participar, aunque sea un poco? Quizás debería contarle la historia de Berel. Pero no, hasta podría decir: "la caridad empieza por casa".
Al día siguiente, como siempre, el señor Rabinowitz el padre de Jany fue a su trabajo en la fábrica. "No es un muy buen trabajo, pero al menos paga las cuentas", pensó.
Al llegar vio a los hombres reunidos en grupos y con los rostros serios.
-¿Te enteraste de las malas noticias, Rabinowitz? -preguntó David Landsberg-. Oí que la compañía va a despedir a cinco de nosotros por la recesión. ¡Vaya uno a saber quién de nosotros va a recibir el sobre!
El señor Rabinowitz se puso pálido cuando de repente tomó conciencia de que su trabajo estaba en juego. "Si soy uno de los cinco ¿cómo mantendré a mi familia?" pensó preocupado.
El capataz entró a la habitación.
-Señores, como ya saben tengo que darles un doloroso anuncio. Las ganancias de la compañía han caído considerablemente debido a la escasez de pedidos. Nadie tiene la culpa. Es por la recesión. Me han ordenado despedir al menos a cinco trabajadores para reducir gastos y recuperar dinero. Lo lamento más todavía porque todos son mis amigos.
Luego el capataz entregó sobres a cinco empleados. Estos contenían el anuncio y un cheque con el sueldo de una semana. El señor Rabinowitz se puso pálido cuando le entregaron un sobre con las malas noticias.
-Pero mi familia mi familia -balbuceó en tono suplicante. Le cayeron lágrimas por las mejillas.
El capataz se mostró compasivo, pero no podía hacer nada. Morris Schwartz, un compañero de trabajo del señor Rabinowitz, fue testigo de la desgarradora escena. Lo habían despedido aún estado en la compañía durante muchos años. Puso su brazo sobre el hombro del señor Rabinowitz:
-No te preocupes, Jaim -dijo-. Estaba pensando en retirarme pronto y además soy soltero, sin familia que mantener. Voy a ofrecerme para retirarme antes y así salvar tu empleo.
El señor Rabinowitz quedó perplejo. Pensó: "¿Es verdad? ¿Este hombre está dispuesto a dejar su trabajo por mí?"
El señor Schwartz se dirigió a la oficina y pidió retirarse antes para salvar el puesto del señor Rabinowitz. El capataz quedó sorprendido e impresionado.
-Muy poca gente ofrecería sacrificar tanto por otro. Si está convencido, estoy dispuesto a hacer el cambio. No hay nada malo con el señor Rabinowitz como trabajador, simplemente tenía que despedir a cinco.
Cuando Janá llegó a la escuela al día siguiente, sus compañeras ya estaban trayendo sus contribuciones para el concurso de tsedaká.
-Es un buen comienzo -anunció Rabí Grinbaum- pero necesitaremos mucho más. Acabamos de recibir una llamada de Ierushaláim. El padre de diez niños falleció de repente y su viuda necesita desesperadamente dinero para mantener a su familia. Tenemos que ayudar a esta pobre familia. Así que niñas, necesitamos que cada una de ustedes, sin excepción, colabore y participe.
Janá se puso colorada al escuchar las palabras. Hasta ahora no tenía nada para dar. Imagínense la vergüenza si tuviera que decirle a su maestro que su papá no iba a contribuir porque "la caridad empieza por casa".
Mientras volvía a su casa, muchos pensamientos surgieron en su mente. Estaba equivocada en contar sólo con la donación de su papá. Después de todo, Rabí Grinbaum dijo que los padres estaban sólo para alentarlas. Conseguiría un empleo de niñera después de la escuela para ganar dinero para el concurso de tsedaká y le pediría a sus familiares y a los comerciantes del barrio que la ayudaran
Cuando llegó a su casa, su padre ya había vuelto. Estaba contándole a la familia sobre el despido, como ya había perdido su trabajo y había sido salvado sólo por la bondad de Morris Schwartz.
-Imagínense -dijo-, renució a su trabajo para que yo consevara el mío, semejante sacrificio, no sé cómo podré pagarle alguna vez.
Janá enseguida pensó en Berel, el sastre.
El señor Rabinowitz miró a su hija Janá y le dijo:
-Jany, hoy aprendí una lección. Es verdad que la caridad comienza por casa pero no termina allí. Así que, Jany, ahora me doy cuenta más que nunca que también tenemos que pensar en los demás. Voy a contribuir con un diez por ciento de mi ganancia para tu concurso de tsedaká.
 

 


La Cabra

Samuel Yosef Agnon

Había una vez en Polonia un viejo que sufría del corazón. Acudió al medico, que le ordeno beber leche de cabra. Fue y compro una cabra y la introdujo en su corral. No transcurrió mucho tiempo y la cabra desapareció. Salio a buscarla y no la encontró en el patio y tampoco en el huerto, sobre el techo del templo ni junto a la fuente en la montaña y tampoco en el bosque.

La cabra permaneció fuera varios días y volvió por si misma. Sus ubres estaban llenas de leche de un gusto paradisíaco, y así sucedió muchas veces. La cabra desaparecía, salían a buscarla pero no la encontraban. Y al volver sus ubres estaban llenas de una leche más dulce que la miel. Una vez dijo el viejo a su hijo: "Hijo mío, querría saber a donde va la cabra y de donde trae esa leche tan dulce a mi paladar y tan sana para mis huesos".

Díjole su hijo: "Padre, eso tiene solución". Fue el hijo y trajo una cuerda que ato al rabo de la cabra. Díjole el padre: ¿Que haces hijo mío? "Pues le ato y si siento que desea partir tomo la cuerda y voy tras ella." Movió el viejo su cabeza afirmativamente y dijo: "Tu inteligencia me alegra el corazón". Y sucedió que al percatarse de que la cabra deseaba partir, tomo el muchacho la cuerda entre sus manos y no la soltó. Y así fue tras de la cabra y después de mucho caminar llego a una cueva.

La cabra penetro en ella y el muchacho con la cuerda en la mano detrás. Así caminaron una hora o dos, o tal vez un día o dos, ya que debido a la novedad no se sentía el tiempo que transcurría. Agitaba la cabra su rabo y balaba. Finalmente salieron de la cueva. Vio montanas elevadas cubiertas de árboles frutales, y una fuente de agua cristalina apareció ante el. El viento le traía fragancias y perfumes. La cabra trepo a un algarrobo y comenzó a comer sus dulces frutos llenos de miel.

El muchacho se dirigió a los moradores del lugar diciéndoles: "¡Eh amigos! ¿Donde estoy, y cual es el nombre de este lugar?" Dijéronle: "Estas en la Tierra de Israel, cerca de Tzfat". Inmediatamente se lleno su corazón de amor y beso la tierra, luego levanto su rostro al cielo y dijo: "Bendito sea Dios que me trajo a Eretz Israel". Díjose el muchacho: "Hasta que alumbre un nuevo día y se dispersen las sombras, descansare aquí, bajo este árbol; luego volveré a mi hogar y traeré a Eretz Israel a mi padre y a mi madre.

Pero ese día era erev shabat. Estaba aun descansando cuando escucho: Venid, salgamos a recibir a la reina del sábado.

Vio el muchacho hombres envueltos en blancas túnicas como ángeles. Todas las casas estaban alumbradas por múltiples velas. Entendió que era sábado y era imposible emprender ahora el regreso. Arranco un tallito, lo mojo en tinta y escribió sobre un pedazo de papel una carta a su padre: He llegado felizmente a Eretz Israel y desde la ciudad santa de Tzfat, que me embriaga con su santidad, te escribo. No preguntes como he llegado aquí. Toma la cuerda atada al rabo de la cabra y ve tras ella. Así llegaras seguro a Eretz Israel.

Enrollo el muchacho el mensaje y lo coloco en la oreja de la cabra. Díjose a si mismo: cuando ella llegue, mi padre le acariciara la cabeza y ella moverá sus orejas; inmediatamente caerá el mensaje, padre lo leerá, tomara la cuerda e ira con ella a Israel.

Volvió la cabra a casa del viejo, pero no movió sus orejas y el mensaje no cayo. Al ver a la cabra volver sin el hijo, comenzó el viejo a llorar amargamente. Hijo mío, ¿donde estas? Hijo mío, ¡quien daría mi muerte en lugar de la tuya! Y cada vez que veía a la cabra decía: Ay del padre que desterró a su hijo, ay de esta que lo alejo del mundo. Y no se calmo el viejo hasta que llamo al matarife a que sacrifique a la cabra. Vino el matarife y al degollarla cayó el mensaje. Reconoció el viejo la escritura de su hijo, leyó y comenzó a golpearse la cabeza exclamando: --Desgraciado de mi, desgraciado del hombre que perdió su suerte por sus propias manos, desgraciado el hombre que retribuyó el mal por el bien. Apenóse mucho tiempo por la cabra y no podía consolarse: -Ay de mi, hubiera podido llegar a Eretz Israel de un solo salto, pero ahora acabare mis días en este galut.

Desde entonces esta oculta la entrada a la caverna y no existe mas el camino corto a Eretz Israel... ¿Y el muchacho? Si aun vive, seguro florece fresco y tranquilo en el mundo de la vida.

 

FUENTE: MUNDO JUDÍO

 

 


¿Cómo fue derrotado Napoleón Bonaparte?

 

Ephraim Kishon


Una mamá yiddish es la famosa canción que resume el amor sin límites de las madres judías hacia su progenie. No tenemos el menor tipo de quejas respecto de dicho amor. La pregunta es sólo la siguiente: ¿Qué hay acerca del papá de esa prole, es decir, del marido de la mamá? Tomemos, por ejemplo, a un ciudadano corriente: Napoleón Bonaparte


Mientras el sol sale sobre los campos de batalla, el emperador ya está inclinado sobre los mapas en el salón de palacio. Los fieles mariscales se amontonan alrededor de él, manteniendo un respetuoso silencio. El Mayor Jefe de Hombres está bosquejando sus planes finales para el decisivo encuentro contra los reyes de Europa. El exilio en Alba no ha dejado su huella en la seguridad del emperador; sólo su cabello se ha hecho más escaso y ha adquirido un tono plateado en las sienes. A la distancia, se oyen algunos cañonazos aislados: el ejército de Blücher avanza hacia el Norte, hacia los campos de Waterloo.
Las cortinas de seda son movidas por la brisa matinal. El mundo aguarda conteniendo la respiración.
–¡Napoleón, tu desayuno está servido!
En la puerta aparece Sara, la tercera esposa del emperador. Una agradable y devota mujer, con el pelo recogido con un pañuelo; en la mano lleva el trapo del polvo. El emperador se casó con ella en Alba. Se dice que procede de una de las mejores familias judías de la isla.
–Se te está enfriando la comida –le grita la emperatriz–. Ven a tomar el desayuno, Napoleón, tus amigos no se irán. Cada día la misma historia...
Sara explicó la situación a los mariscales mientras recogía cosas en el salón.
–Siempre le estoy diciendo: Napoleón; ¿quieres comer o no? Sólo tienes que decírmelo. Pero en cuanto la comida está preparada, siempre encuentra alguna cosa que hacer, y tengo que estar esperándole durante horas. No puedo calentar sin parar los platos, pues la criada se despidió anteayer, y estoy sola con el niño. Napoleón, ven a tomarte el desayuno.
–Un momento –murmura el Aguila, y traza en el mapa las líneas del despliegue de tropas–. Sólo un segundo...
El retumbar de los cañones aumenta más allá de las colinas. El mariscal Ney consulta su reloj, ligeramente preocupado: la artillería del duque de Wellington está poniéndose en el campo de tiro.

–Ya no me aguanto de pie –observó Sara–. Dejas caer las prendas desparramadas por todas partes, y no hago otra cosa que recogerlas y colgarlas en el armario. Y sácate la mano de la chaqueta; ya te he dicho que la ropa se arruga y no puedo conseguir que adopte su antigua forma. Mi marido tienen algunas costumbres que te vuelven loca. Vamos, tómate el desayuno, Napoleón...
–Ya voy –responde el emperador y, con el rostro tenso, se vuelve hacia sus oficiales de Estado Mayor–. Blücher y Wellington tratan de reunir sus fuerzas, sin importarles las pérdidas –explica, analizando la situación estratégica–. Nuestra misión será alzar una barrera entre ellos.
–La comida se está quedando helada...
–¡Atacaremos dentro de una hora!
Desde afuera se oye cómo se aproximan los fuertes pasos del ayudante. El general Cambron sube los escalones de mármol de tres en tres.
–Oh, no, usted no –dice Sara, deteniéndole en la puerta–. Quítese las botas, por favor... No puedo permitir que toda la casa se me llena de arena...
El general Cambron se saca las botas y se queda con los pies en calcetines, como todos los mariscales que se encuentran en el vestíbulo.
–Si tuviera una criada, no me importaría –observa Sara–, pero se fue anteayer. Ya le dicho a Napoleón que no me gustaba la cara de la chica, pero para él cualquier cosa es más importante que este hogar. Ahora estoy aquí sin criada para el fin de semana, y a causa de su tonta batalla no tendré tiempo de encontrar otra. Si se entera de alguna chica decente, que sepa cocinar y que sea voluntariosa para cuidarse del niño, dígamelo, por favor, pero que no sea corsa, si es posible; ésas hablan demasiado...
–Claro que sí, Su Alteza Imperial... El general Cambron saluda y tiende al emperador un mensaje urgente.
Napoleón lo mira y luego se queda pálido.
–Caballeros –murmura–, Fouché, al que nombré ministro de la Policía, se ha pasado al enemigo. ¿Qué debemos hacer?
–Ven y come –propone Sara–. Todo se está enfriando en la mesa.
La emperatriz se dirige a la estancia contigua para poner de nuevo el desayuno al fuego.
Napoleón imparte sus instrucciones finales.
–El destino del mundo se decide aquí...
Y señala con brío el mapa.
–Si el ataque principal procede del Sudeste, nos reagruparemos en los flancos...
–¡Napoleón!
El grito procede de la otra habitación.
–¿Quieres los huevos pasados por agua o revueltos?
–Como quieras...
–¿Revueltos?
–Sí.
–Entonces dilo...
El Aguila se pone sus botas altas y su sombrero de pico. Su faz expresa una voluntad de hierro de vencer la Batalla de las Naciones.
–¡Caballeros, por Francia!
–¡Por Francia! –gritan a voz en cuello los mariscales, desenvainando las espadas–. ¡Por el emperador!
–¡Napoleón!
Sara asoma la cabeza a través de la puerta.
–El niño te llama.
–Su Alteza Imperial –susurra el mariscal Murat–, el enemigo está ya a las puertas... –Soy yo la que tiene que estar todo el día al lado de ese gritón de niño, no usted, señor –replica Sara–. Napoleón se limita a darle un beso al niño antes de marcharse de casa...
–¿Dónde está el Aguilucho?
–Está haciendo pipí.
El emperador se marcha a la carrera a la otra habitación.
–No tengo criada –explicó Sara–. ¿Cómo puedo ocuparme yo sola de tres pisos? Ya les he pedido miles de veces que no dejen caer la ceniza en la alfombra, sólo tengo dos manos…
Napoleón se dirige a grandes pasos hacia la salida.
–¿Qué tengo que decir si alguien te busca? –le pregunta Sara.
–Diles que estoy en la Batalla de Waterloo.
–¿Cuándo volverás?
–No lo sé.
–Tengo que decirles algo, ¿no te parece? Confío que estés de regreso a la hora de la comida.
–Si puedo...
–¿Qué te gustaría comer?
–Cualquier cosa.
–¿Ganso relleno?
–Sí.
–Pues dilo...
El emperador se va.
–¡No te has terminado el desayuno! –le grita Sara por la ventana–. ¡Consígueme una criada! ¡No vuelvas tarde!
La noble figura del emperador se hace cada vez más pequeña, mientras avanza a través del estrecho barranco que conduce a los campos de Waterloo.
Sara se inclina y comienza a limpiar la arena que los militares han dejado. Lo hace todo por sí misma, sin la ayuda de una criada. El olor a pólvora entra a través de las abiertas ventanas y los destellos de los cañones se ven por todas partes.
Fue entonces cuando los ejércitos de Blücher y Wellington, al fin, consiguieron cerrar las pinzas.
Los dos vencedores, según los libros de Historia, habían acudido al campo de batalla dejando a sus fieles esposas muy lejos, en la retaguardia.
 

 


EL BRILLANTE

I.L. Peretz


Un jueves por la noche, lo recuerdo como si fuera hoy, hablábamos acerca de la religión y reformas.
Reb Schloime aprovecho esa oportunidad para relatarnos la historia del brillante.
Había una vez -contó- un agricultor. Era un extranjero y nadie se daba con él. Hablaba otro idioma y nadie le entendía ni quería entenderle.
Una vez encontró un brillante. Mucho no entendía de piedras preciosas, pero tampoco era un gallo para confundirlo con un grano de maíz. "Brilla y resplandece. Es un pequeño sol - pensó-. Debe valer fortuna".
Pero con una piedra preciosa entre gente desconocida, la vida corre peligro. Si se enteran del hallazgo, son capaces de asaltarlo esa misma noche, romper las ventanas y llevarse la piedra junto con su vida. Hay que guardar la piedra!
No le dijo siquiera a su mujer lo del brillante. La quiere mucho, pero es una mujer - cabellos largos e ingenio corto-, no sabrá guardar el secreto. Volvió a su casa y enterró el brillante en el jardín. Para poder encontrarlo luego, puso una gran piedra encima, pensando que cuando vinieran tiempos mejores, sin odios, iba a saber dónde estaba el tesoro, que entonces podría brillar a la luz del día.
La joven esposa noto la piedra. Era una pena el espacio que ocupaba: en su lugar podía crecer una cebollita o un pepino... una pena! Como no podía sacar sola la piedra, pidió ayuda a su marido. El se asusto:
- Dios nos libre! -exclamo-. No toques esa piedra!
- Por qué?
- Es una piedra milagrosa que nos trae suerte.
- Si es una piedra común!
- Ya lo ves!
Ella dudaba, sin estar segura de si el marido lo decía en serio o en broma. Lo miro a los ojos y los vio serios, casi duros, sin una chispa de alegría.
Bueno, ella quería al marido, lo consideraba inteligente y honrado, y además era una mujer! Una mujer es feliz si puede creer en algo, un milagro, una señal de arriba... Como no podía perder tiempo, puesto que había que sembrar en la quinta, obedeció y siguió trabajando.
Al día siguiente noto el hombre que había dos piedras en lugar de una.
La mujer sonrió. Durante la noche durmió mal... La luna penetraba tan maravillosamente en la habitación... Y se sintió mal, extraña, tenía miedo... No quiso despertar al marido y entonces bajo de la cama, fue al jardín y agrego otra piedra. Eso la tranquilizo.
Que iba a hacer el marido? Vaya uno a enojarse con una mujer cuando ella sonríe tan dulce e infantilmente y pone su mano blanca y pequeña sobre el hombro y acerca a la boca su frente de alabastro...
El besó con gusto la frente, busco en los ojos azules la respuesta a su inquietud de anoche... y callo. La joven mujercita considero el beso como un premio a su bondad y devoción. Y cada vez que quería un beso en la frente, colocaba otra piedra en el jardín. Cuando el no la besaba, aparecían lagrimas en sus ojos.
El matrimonio tuvo hijos - un varón y una mujer. La niña no se asombro, no pregunto y se limito a imitar a su madre. La madre colocaba piedras grandes, la hija, pequeñas; pero las piedritas crecían junto con ella.
El inteligente hijo pregunto:
- Que significa?
- Las piedras - contesto la madre, orgullosa de poder mostrar tantas, dan suerte, fortuna.
- ¿Por qué? - pregunto sorprendido el niño- ¿qué quiere decir suerte? Acaso puede tenerse más de lo que se gana trabajando?
La madre ya no comprendió esto.
- Pregúntale a tu padre.
- Cuando seas mayor comprenderás también esto - le dijo el padre.
Y cuando fue grande le conto el secreto del brillante. Y lo mismo ocurrió con muchas generaciones. Cada una entregaba el secreto a la siguiente.
En cada generación había uno que sabía lo del brillante y los demás creían que las piedras traían suerte, que cuanto más había, mejor era, y no cesaban de agregar piedras.
Los vecinos miraban admirados. Algunos reían a carcajadas; otros, por el contrario, sentían respeto por viejas costumbres que ellos habían encontrado así al llegar al mundo.
Más de uno pensaba que eso provenía de la época en que los ángeles subían al cielo por escaleras y los hombres lo veían. Otros vecinos querían demostrar cariño a la familia y entonces arrojaban al jardín piedras del camino.
En la familia misma, el arrojar piedras se convirtió en un culto, un rito sagrado, algo así como servir a Dios.
Los jóvenes protestaban; los viejos airados, amenazaban con sus puños huesudos. Los jóvenes hacían discursos acerca de las piedras y los viejos decían:
- Así como vivieron nuestros padres, viviremos también nosotros. Nuestros abuelos eran más inteligentes que nosotros y echaban piedras. Entonces tiene que ser así! El mundo no es nuestro como para que nosotros lo transformemos; un buen caballo camina por la huella y no se rompe las patas.
Y otras sentencias por el estilo, sobre las que descansa el mundo; es decir, nuestro mundo humano.
Y cuando un joven se oponía en algo, los viejos querían "romper los huevos, que quieren ser más inteligentes que las gallinas".
Y cada año se despedían los jóvenes con los ojos llenos de lagrimas del viejo hogar para buscar trabajo en lugares extraños: a comer pan de hornos extraños y a dormir bajo techos ajenos. Porque en casa ya era imposible seguir viviendo.
La montana de piedras iba creciendo día a día. Con el tiempo, las piedras sagradas cubrieron las puertas y ventanas.
- No importa! -decían. Y para entrar a la casa bajaban por la chimenea.
Faltaba aire, no importa! Cuando se come menos y se vive menos se necesita menos aire.
No había de que vivir. No había donde arar, donde sembrar: solo piedras y piedras.
- Dejen por lo menos -decían los jóvenes- agrupar las piedras; que crezcan hacia el cielo y ocupen menos lugar en la tierra. Que haya donde arar y sembrar!
- Herejes! -gritaban los ancianos-. Llegaran a las piedras por sobre nuestros cadáveres!
Reb Schloime quedo pensativo y luego saco su tabaquera.
Nosotros, que desde hacía un rato nos habíamos olvidado de todo y casi no respirábamos, respiramos ahora aliviados. Alguien pregunto:
- Y por que calla el que sabe el secreto del brillante y no trata de conciliar a los jóvenes con los viejos?
- La desgracia es, precisamente -dijo Reb Schloime- que con el tiempo olvidaron el brillante. Quizá alguien que murió repentinamente y no tuvo tiempo de dejar testamento... Quizá alguno no creyó a su propio padre y no quiso engañar a su hijo...
Basta. Olvidaron el brillante y jóvenes y viejos pelean por piedras.
Reb Schloime habia concluido su relato. Pero nosotros continuamos preguntándonos que sería del brillante.
 

 



Con la lengua trabada en Oslomfunf

Ephraim Kishon


Jamás habría ocurrido esto si Sulzbaum no hubiera descubierto que yo era el hombre ideal para el empleo. Hacía mucho tiempo que Sulzbaum estaba buscando a alguien con materia gris en quien pudiese depositar su confianza para ciertos asuntos; y ahora, después de las negociaciones que mantuvimos durante un tiempo, dio a entender de modo inequívoco que estudiaba seriamente la posibilidad de dejarme manejar el negocio.

En esa tarde fatal lo llamé por teléfono y me informó que quería cerrar el trato y que si no tenía inconveniente, me esperaría de inmediato en su casa. Las palabras no bastan para describir mi alegría. Después de todo, Sulzbaum es Sulzbaum, y esto es algo que nadie puede negar. Por lo tanto le pregunté sin más dilaciones dónde vivía, y él me informó:
-Calle Helsinfors 5.
-Estupendo –respondí-. Estaré con usted dentro de cinco minutos.
-Excelente…

Me puse en marcha en seguida, pero apenas había dado unos pocos pasos me hizo detener en seco algo más inexpugnable que una barrera: había olvidado por completo el nombre de la calle. Lo único que recordaba era que comenzaba con una ‘P’…
No me quedó otro recurso que entrar en una cabina telefónica y buscar su nombre en la guía. ¡En esta no figuraba ningún Sulzbaum! ¡Qué nombre! Para mayor seguridad, también lo busqué el a sección correspondiente a la ‘Z’. Nada. Me dije que debía tener un número nuevo. Por suerte lo había anotado en mi libreta, de modo que volví a llamarlo.

-En realidad es algo tan gracioso que no hay palabras para describirlo –le expliqué-, pero he olvidado el nombre de su calle.
-Helsingfors –respondió Sulzbaum-. Calle Helsingfors 5.
-Magnífico…

Ahora me había tornado más cauteloso, y no cesaba de repetirme: Helsingfors… Helsingfors… En un punto del extremo norte de la ciudad, detuve a un transeúnte.
-Disculpe, señor, ¿pero podría decirme dónde queda…?
-Lo lamento mucho –me interrumpió el hombre-, pero no soy de este barrio. Yo mismo estoy buscando la calle Uziel.
-La calle Uziel –murmuré-. Casualmente sé dónde queda. Siga derecho y doble en la segunda hacia la derecha.
-Muchas gracias –contestó el hombre, muy satisfecho-. Entre paréntesis, ¿qué calle busca usted?
-Yo… –dije-, bien… resulta que en realidad…

Créanlo o no, pero lo cierto es que la charla de ese individuo me había hecho olvidar una vez más del nombre de la calle. Lo único que podía haber jurado era que empezaba con ‘S’ y que el número era 9 o 19.

Para ser sincero, confesaré que me daba un poco de vergüenza volver a llamar a Sulzbaum, por temor a que me tomase por una persona con tendencia a olvidar los nombres de las calles. Forcé mi cerebro para recordar el nombre, pero por experiencia personal sabía que mi intelecto siempre rechaza las tareas que le son impuestas por la fuerza. En consecuencia, me senté en un café y me serené con la esperanza de que la inspiración se presentase súbitamente. Pero la única calle cuyo nombre volvió a mi memoria fue Shmaryahu Levin (que hasta entonces nunca había podido recordar, no sé por qué motivo). Yo sabía que indudablemente el nombre que estaba buscando no era Shmaryahu Levin, sino un nombre extranjero, y que de todos modos empezaba con ‘L’.

De modo que llamé a Sulzbaum.

-Hola –saludé-. Estoy en camino hacia allí. Quizá podría decirme cuál es el medio más rápido para llegar a su casa.
-¿Dónde se encuentra ahora?
-En la calle Ben Yehuda.
-Bien, eso no queda lejos de mi casa. Lo mejor que podrá hacer será preguntarle a alguien que pase por allí.
-Muy bien –asentí-. Y a propósito… ¿cómo se escribe el nombre?
-Tal como se pronuncia. ¿Por qué?
-Tengo la impresión de que aquí la gente no lo conoce. ¡Se trata de una calle nueva?
-No mucho.
-De todos modos, un nombre tan largo… -insistí.
-¿Por qué? –respondió Sulzbaum-. Hay otros mucho más largos, como los de la ‘calle del Sacerdote Matityahu’ o la ‘calle de las Puertas de Nicanor’, o la ‘calle Akiba Kolnomicerko’…
-Es cierto. Pero el nombre de su calle es un verdadero trabalenguas.
-Vamos, vamos. Uno se puede acostumbrar a él. ¡Pero por qué está tan preocupado de pronto por el nombre de mi calle?
-Oh, por nada en particular. Simplemente pensé…
-¿Viene para acá?
-Sí. Llegaré dentro de cinco minutos.
-Muy bien…

Y colgó el auricular. Yo permanecí en la cabina. Quizá esos fueron los momentos más difíciles de mi vida. A partir de ese instante los nombres ‘Sacerdote Matityahu’, ‘Puertas de Nicanor’ y ‘Akiba Kolnomicerko’ quedaron grabados de forma indeleble en mi memoria, a pesar de que no tenían ningún interés particular para mí. Después de un rato, con movimientos lentos pero deliberados, disqué la ‘S’ de Sulzbaum.

-Hola –susurré roncamente-. ¿Cómo se llama su calle?
-Helsingfors –siseó Sulzbaum con tono helado-. ¿Qué le parece si lo anota?

Busqué mi bolígrafo, pero naturalmente no estaba en su lugar. Antes de que pudiese informarle a Sulzbaum que estaría con él dentro de los próximos cinco minutos, ya había cortado la comunicación. Pero no repetí los errores del pasado, y esta vez recurrí a la mnemotécnica.

‘Helsingfors’ –musité para mis adentros, analizando el nombre-. ‘La primera parte recuerda a la capital de Finlandia, Helsinki, en tanto que la segunda es casi idéntica a la palabra inglesa fourth (cuatro), y las dos están conectadas por una ‘g’, la séptima letra del abecedario’.
Era muy sencillo: ‘Helsin/ki/-g-fourth, número 5’.
Llamé un taxi y le espeté al conductor:
-Calle Helsingfors, número 5.
-Helsingfors 5, repitió el chofer, y arrancó.

Yo me recosté contra el respaldo del asiento y pensé en lo extraño que era que un intelectual de mi talla, que todavía recuerda las respuestas que dio en su examen de bachillerato, como por ejemplo ‘la capital de la antigua Dacia era Sarmisegetuza’, que tal hombre, insisto, cuyo cerebro es prácticamente electrónico, pueda olvidar un nombre tan sencillo como… como…

-Discúlpeme –intervino el conductor, volviéndose hacia mí-. ¿Cómo dijo que se llama la calle?

La desesperación más angustiosa me invadió cuando descubrí que había vuelto a olvidar ese maldito nombre. Lo único que recordaba era ‘Sarmisegetuza’. Busqué la solución más fácil y empecé a increpar al conductor, pero éste juró que en la esquina de la calle Frishman aún lo sabía.
-Muy bien, no tiene importancia –mascullé, haciendo un esfuerzo supremo por mantener la calma. Tratemos de reconstruir el nombre de la calle. Pensemos con tranquilidad. ¿Qué es lo que usted recuerda?
-Nada –respondió el granuja-, excepto que el número de la casa era 173.
-¡Concéntrese, hombre, concéntrese!
-Calle Zingman…Zeligberg…Zalmanovzki… algo parecido a eso…

¡De pronto recordé la meme… menmo… mnemotécnica! Estaba salvado. ¿Cómo era la fórmula? La capital de Noruega, o sea ‘Oslo’, ‘g’ en el medio, y después un cinco en alemán, o sea ‘funf’…

-¡Calle Oslogfunf 7! –grité al idiota.
Reanudó la marcha y aceleró hacia el sur. Después de tres cuadras frenó y dijo:
-Lo lamento, pero esa calle no existe.
Sinceramente, yo había intuido desde el primer momento que esa calle no existía, pero la partida apresurada del conductor me desconcertó. Incluso sabía dónde me había equivocado. No había una ‘g’ en el medio. Veamos: ‘Oslorfunf’… ‘Oslomfunf’, no…
-¿Y bien? –Preguntó el chofer-. ¿Qué hacemos ahora?
Le arrojé una mirada cargada de rencor y un billete de una libra, y me apeé. Llamé a Sulzbaum desde una cabina telefónica cercana.
-Hola –exclamé-. Estaré con usted dentro de un momento. Me ha sucedido algo verdaderamente fantástico…
-¡¡¡H-e-l-s-i-n-g-f-o-r-s!!! –Rugió Sulzbaum-. Pero no es necesario que venga.
Y cortó la comunicación.
¿Y a mí que me importa? Prefiero no tener ninguna relación con semejante persona. Al salir de la cabina descubrí que me encontraba en la calle Helsingfors, pero eso tampoco me turbó. Evidentemente no estaba yo destinado a trabajar para Sulzbaum. Pero me parece que no votaré a favor de la municipalidad actual. ¡Qué falta de tacto cometieron al designar una calle… eh… ejem… maldición…!
 

 

EL SASTRE

 

I.L.Peretz

 

Víspera de Iom kipur en la sinagoga de Berdichev, al anochecer.

Los ancianos concluyeron de enunciar su plegaria y regresaron a sus sitios. El rabino Leivi Itsjoc estaba de pie ante el atril. Tenía que entonar el Kol Nidre.

Todas las miradas estaban fijas en su espalda. Reinaba un silencio profundo en toda la sala; como la calma que precede a la tempestad. El público estaba pendiente de la voz del rabino. Probablemente comenzaría, como solía hacerlo, con un exordio. Haría una discusión previa con Dios; mano a mano.

El rabino callaba. Envuelto en el camisón y el talit, seguía en pie delante del pupitre, y guardaba silencio.

¿Qué significaba aquello?

¿Estarían aún cerrados  los portones de entrada de las plegarias al cielo? ¿A esa hora?

Rab Leivi Itsjoc permanecía inmóvil, con la cabeza inclinada hacia un costado, como si escuchara. ¿Estaría tratando de oír el ruido de los cerrojos?

De pronto se dio vuelta y llamo:

- ¡Shames!

El ayudante de la sinagoga acudió corriendo.

- ¿Llego Berel, el sastre? - le pregunto el rabino.

El publico quedo estupefacto.

- No se... - tartamudeo el Shames.

Comenzó a buscarlo con la mirada entre la concurrencia. El rabino hizo lo mismo.

- ¡No! - dijo finalmente-. Se quedo en su casa. Vete a buscarlo. Dile que lo llamo yo, el rabino.

El ayudante salió. Berel vivía cerca, en la misma callejuela de la sinagoga. Al poco rato llego, sin camisón ni talit, vestido con su capote de todos los días, la cara estirada, los ojos entre enojados y asustados. El sastre se aproximo al rabino.

- Usted me llamo, rabino; vine a verlo a usted - dijo, subrayando las últimas palabras.

Rab Leivi Itsjoc sonrió.

- Dime, Berele, ¿a qué se debe que se hable tanto de ti allá arriba? Por todo el dominio celeste resuena constantemente tu nombre. ¿Qué has hecho?

- ¡Aja! - exclamo el sastre con acento triunfal.

- ¿Tienes alguna queja?

- ¡Es claro que sí! - repuso Berel.

- ¿Contra quién?

- ¡Contra Dios!

El público se movió agitado pronto a lanzarse contra el sastre para destrozarlo. Rab Leivi Itsjoc dejo ver una sonrisa más amplia.

- ¿Por qué no me cuentas, Berel, lo que sucede?

- ¡Cómo no, rabino! Se lo voy a contar. Le voy a presentar mi caso. ¿Puedo hablar?

- Habla.

- Me pase todo el verano sin trabajar, sin recibir ni un solo encargo, de nadie, ni de los judíos de la ciudad, ni de los campesinos. Era desesperante...

- Bah... - dijo, incrédulo, el rabino-. Los hijos de Israel son campesinos. Te hubiera confiado...

- No, eso no, rabino. Yo no pido ni recibo favores de ningún hombre. Tengo tanto derecho al favor de Dios como cualquiera. Lo único que hice fue enviar a mi hija a otra ciudad, a servir. Yo me quede en casa, esperando la decisión de Dios.

"Poco antes de Sucot, la Fiesta de las Cabañas, se abrió de pronto la puerta. ¡Por fin! Un cliente. En efecto; era un enviado del terrateniente que me mandaba llamar para revestir una pelliza."

"¡Muy bien! Dios provee de alimento a sus criaturas. Me trasladé al palacio, donde me llevaron a una salita y me dieron el género y las pieles."

"¡Hubiera visto que pieles, rabino, que pieles, rabino, que zorros!

Era la hora del Kol Nidre, y el rabino lo apremio.

- Bueno, cosiste la pelliza; cumpliste honestamente tu encargo, ¿Luego, que paso?

- Casi nada es lo que paso: sobraron tres pieles.

- ¿Te las llevaste?

- No tan fácilmente, rabino. En el portón del palacio hay un guardián receloso que revisa a todos los que salen. Hay que sacarse hasta las botas. Y si a uno le encuentran algo... El terrateniente tiene perros, y tiene látigos...

- Pues bien, ¿qué hiciste?

- Yo no soy un cualquiera. ¡Soy Berel, el sastre! Me fui a la cocina, rabino, y pedí que me dieran un pan, para llevármelo.

- ¿Pan no kasher, Berel?

- ¡No era para comerlo, rabino, Dios me libre! Me dieron un pan enorme. Volví al cuarto de costura, abrí el pan, le saque la miga, la amase con las manos, hasta que se empapo de sudor, y tire la masa al perro que estaba en el cuarto. A los perros les gusta el sudor de los hombres. Luego metí las tres pieles dentro del pan ahuecado, y salí.

"Al llegar al portón me detuvo el guardián."

"- ¿Que llevas ahí, judío, bajo el brazo?"

"- Un pan - dije, y se lo mostré.

"Me dejo pasar, y en cuanto me aleje un poco, apreté el paso, tomando, no por el camino, sino a campo traviesa, por los matorrales. Caminaba alegremente, casi bailando. ¡Qué pieles! Me alcanzaría para una cidra, una rama de palmera....

"De pronto sentí que me temblaba la tierra bajo los pies. Inmediatamente reconocí el temblor. Detrás de mi venia corriendo un caballo. ¡Me perseguían! Se me corto la leche que había mamado después de nacer. Habrán contado las pieles, pensé. Como primera medida, arroje el pan entre las malezas, y deje una señal para reconocer el sitio. Luego me detuve, aguardando a que llegara el jinete. Al rato:

"- ¡Berco! - gritaron-. ¡Eh, Berco!

"Era el cosaco del terrateniente. Le conocía la voz. Por dentro temblaba, rabino, se lo aseguro. El alma se me había ido a los tobillos. Pero Berel no se acobarda así nomas. Me di vuelta, poniendo cara de inocente."

"Fue un susto sin motivo  me había olvidado de coserle el colgador a la pelliza. El cosaco me hizo subir al caballo y me llevo de vuelta al palacio. Dando gracias a Dios por mi salvación, cosí el colgador, y partí de nuevo. Llegue al lugar donde había dejado la señal: ¡Ni huellas del pan!"

"No era época de cosecha. Por aquel campo no pasaba nunca un alma. Ningún pájaro del mundo podría levantar ese peso. Comprendí en seguida quien había sido...

- ¿Quien? - pregunto Rab Leivi Itsjoc.

- ¡El! - replico el sastre, señalando con el dedo hacia arriba-. ¡Dios! Fue cosa de Él, rabino. ¿Y sabe por qué? El gran señor del universo no quiere que yo, su siervo, Berel el sastre, hurte los sobrantes...

- Es claro - repuso Rab Leivi Itsjoc amablemente -, dice la ley...

- ¡La ley, la ley! Bien sabe Dios que la costumbre cambia las leyes. Y yo no invente eso de los sobrantes. ¡Es una costumbre que viene de muy antiguo!

- Además - prosiguió argumentando el sastre-, si Dios es un señor tan grande y tan altivo, y no quiere que Berel el sastre, el más humilde de sus siervos, hurte sobrantes, ¡Pues, que le de trabajo, como hacen todos los señores! ¡Pero Él no quiere darme ni una cosa ni la otra! Por lo tanto, no quiero rendirle culto. He hecho un voto: ¡No le rezo más!

Los asistentes a la sinagoga dejaron oír un sordo bramido. Varios brazos se alzaron en dirección al sastre. El rabino los detuvo.

- ¡Silencio!

El público se aquieto.

- ¿Y luego, Berel? - pregunto el rabino suavemente.

- ¡Nada! - replico Berel-. Volví a casa y no me lave; comí sin lavarme. Mi mujer quiso que le contara que pasaba, ¡le descargue un sopapo! Me acosté sin pronunciar las oraciones. Los labios quisieron moverse para decirlas, pero los apreté con los dientes. A la mañana siguiente no dije las bendiciones, ni rece, ni me puse el talit ni las filacterias. Grite a mi mujer "¡Dame de comer!". Salió corriendo de casa y se fue a la aldea, a la casa de su padre, el arrendatario de la posada. Me quede sin esposa. ¡Mejor! Ella es una mujer débil. Es preferible que no intervenga en esto. Yo seguí con lo mío. No instale la Sucá. No traje la cidra. Nada de ramas de palmera. Los días de fiesta no dije la bendición del vino. En Simjat Tora hice lo que Mardoqueo después del decreto, me puse una bolsa en la cabeza.

"En la epoca de las slijot me sentí un poco triste, abatido. El shames llamo a la puerta y a mí me llamaba el corazón. Pero yo soy Berel el sastre. Soy un hombre de palabra. Me tape la cabeza. ¡Aguante! ¡No fui! Llego la fiesta de Rosh Hashaná, ¡yo no me moví! Cuando soplaron el shofar, me tape los oídos con algodón. Sufro, siento repugnancia de mi mismo. Ando sucio. Tengo un espejito en la pared: lo di vuelta, no quiero verme la cara. Todo el mundo fue a la procesión."

El sastre se interrumpió, hizo una pausa y volvió a decir impetuosamente:

- ¡Pero yo tengo razón, rabino! ¡Y no voy a ceder sin alguna compensación!

 Leivi Itsjoc quedo un instante pensativo.

- ¿Y qué es lo que quieres, Berel? - pregunto luego - ¿Sustento?

Berel se ofendió.

- ¡Sustento de mezquindad! ¡Sustento me hubiera dado antes! Por otra parte, todo el mundo tiene derecho al sustento. El pájaro del aire, el gusano de la tierra... El sustento es lo corriente. ¡Ahora quiero algo más!

- Di, Berele, ¿Que quieres?

Berel hizo una pausa.

- En Iom Kipur - dijo luego- quedan perdonados los pecados cometidos por el hombre contra Dios, ¿verdad, rabino?

- Verdad.

- ¿Y los pecados cometidos por el hombre contra el hombre?

- No.

Berel se irguió como un poste, y dijo con voz alta y firme:

 

- Pues bien; yo, Berel el sastre, no me rendiré, no volveré al servicio del señor hasta que Dios no perdone este año, por mi, esos pecados también. ¿Tengo razón, rabino?

- Tienes razón - respondió Rab Leivi Itsjoc, y no cedas. Tendrán que aceptar tus condiciones.

El rabino se volvió hacia el aron hakodesh, miro hacia arriba, inclino la cabeza a un costado, escucho un instante, y luego informo:

- ¡Lo conseguiste, Berel! Vete a buscar el camisón y el talit 

 

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