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Entrevista al Doctor en filosofía Luis Castellanos, pionero en la investigación de la neurociencia en España
Los pensamientos
dirigen nuestra vida. Determinan
nuestras acciones, nuestras conductas y
nuestras actitudes. Sin embargo, apenas
dedicamos tiempo a descubrir cómo
funciona nuestra mente. Solemos dejar
que nuestros pensamientos fluyan por
inercia, sin ser conscientes del impacto
real que tienen en nuestra vida. En
demasiadas ocasiones nos convertimos en
esclavos de nuestra mente, incapaces de
dejar de pensar en ese asunto al que ya
hemos dado mil vueltas. No en vano,
nuestros pensamientos pueden llevarnos a
la extenuación y arrastrarnos al
malestar. De ahí la importancia de
aprender a gestionarlos de forma más
eficaz y sostenible.
Es una disciplina
que estudia la biología y el
funcionamiento del cerebro para
interpretar el comportamiento humano.
Nuestro objetivo es localizar en qué
partes concretas de nuestro cerebro se
encuentran las emociones, el lenguaje,
la memoria, la consciencia…en
definitiva, todo aquello que nos hace
humanos. Eso nos permitirá descubrir qué
pasa en nuestro cerebro cuando
aprendemos, qué conexiones neuronales se
activan cuando nos enfrentamos a una
experiencia nueva o de qué manera
influye nuestro lenguaje en nuestra
conducta, entre otras muchas cosas.
Esta disciplina
nos ha permitido demostrar que el
lenguaje positivo incide directamente
sobre nuestro rendimiento y nuestra
capacidad de superación. Gracias a la
tecnología hemos podido comprobar cómo
afectan las palabras a nuestro cerebro.
En función de si el lenguaje es neutro,
positivo o negativo se activan zonas que
influyen en nuestro comportamiento de
una forma diferente. Las palabras
positivas nos permiten percibir las
cosas con más rapidez y nos invitan a
actuar de forma más innovadora. De ahí
la importancia de trabajar sobre el
origen del lenguaje, nuestro
pensamiento, para poder reinventarnos a
nosotros mismos cada día.
Influye en nuestra
manera de interpretar la realidad, lo
que determina nuestra experiencia. Como
sociedad hemos heredado un patrón de
pensamiento, ligado a nuestra cultura.
Estamos rodeados de condicionantes y
limitaciones, pero tenemos la
oportunidad de educar nuestro propio
pensamiento. No es un reto fácil, pero
un magnífico comienzo es hacer más
consciente el lenguaje que utilizamos,
reflejo de lo que pasa por nuestra
mente.
Existe una
relación directa. Hace unos años se
realizó un estudio en EE.UU. que
posteriormente se publicó bajo el título
de '678 Monjas y un científico'. Al
parecer, estas mujeres contaban con una
esperanza de vida muy por encima de la
media, con apenas patologías derivadas
de su avanzada edad. Sus arrugadas
sonrisas parecían ocultar el secreto de
la felicidad. Se estudiaron sus
características fisiológicas y
neurológicas, y sus condiciones de vida,
para tratar de averiguar el por qué de
su longevidad y su alta calidad de vida.
Muchas de las
conclusiones obtenidas en este estudio
derivaron en consejos sobre
alimentación, deporte, etc. Pero la
conclusión más impactante se descubrió
casi por casualidad. Se analizaron las
autobiografías que dichas mojas habían
escrito al ingresar en la orden,
buscando en su lenguaje datos que
justificaran su feliz longevidad. Y la
sorpresa fue que las monjas que en sus
escritos habían expresado más palabras
positivas parecían vivir más años y con
mejor salud. Expresarse en positivo les
había, literalmente, otorgado una vida
más larga y plena.
Entrenando. Por lo
general, nuestro cerebro funciona por
inercia. Cuando la rutina domina nuestra
vida nos cuesta aprender cosas nuevas y
nos resistimos a cambiar. Sin embargo,
esta actitud pocas veces nos proporciona
un bienestar duradero. Y además, limita
severamente nuestro potencial. Si
queremos dejar de vivir estancados,
debemos empezar por preguntarnos qué
tiempo y cuánto esfuerzo dedicamos a ser
las personas que queremos ser. Para
cambiar nuestros hábitos de pensamiento
primero tenemos que ser capaces de
identificarlos, hacerlos conscientes. Un
buen ejercicio para lograrlo consiste en
prestar más atención a lo que decimos y
a cómo lo decimos. Si logramos modificar
nuestra manera de expresarnos, podremos
cambiar nuestra manera de pensar. Atrevernos a expresar en positivo en lugar de ser muchas veces tan descriptivos y neutros. El lenguaje que utilizamos puede convertirnos en víctimas o en protagonistas de una misma situación, y es una expresión de nuestro posicionamiento ante la vida. Debemos asumir la responsabilidad de lo que nos decimos y de lo que decimos a los demás. El lenguaje positivo nos ayuda a interpretar los acontecimientos del día a día de una forma más constructiva, nos lleva a dar lo mejor de nosotros mismos y crear un ambiente de salud para los demás. El optimismo crea futuro, y la curiosidad fomenta una feliz longevidad.
Fuente: lavanguardia.es |