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Dirigencia nueva para un judaísmo antiguo
por
Tiberio Yosif Klein
Mucha gente
cree que los judíos llegaron a Chile inmediatamente
antes de la segunda guerra mundial, o poco después de
esa los que sobrevivieron a la masacre del Holocausto.
Pero eso no es así. Los judíos no sólo llegaron mucho
antes sino que tomaron parte en la formación del estado
mismo.
Entre las tropas de Diego de Almagro que en 1535 pisaron
por primera vez el suelo de lo que sería Chile figuraban
muchos judíos conversos o anusim, que habían logrado
llegar al nuevo mundo a pesar de la prohibición real de
permitírselo a los “cristianos nuevos”. Entre estos se
encontraba el Teniente General de esa expedición,
Rodrigo de Orgoños, hijo de un zapatero judío llamado
Alonso Jiménez y de la judía Beatriz Dueñas.
En la expedición que realizó después Pedro de Valdivia
en 1540, ya que Almagro se había devuelto, decepcionado
por lo que consideró la pobreza del territorio, se
contaba con ciento cincuenta soldados. De estos sólo se
conoce el pueblo o ciudad natal de cuarenta, y entre
ellos habían también portugueses, italianos, alemanes,
eslavos y griegos, aventureros de procedencia
desconocida.
El mismo Pedro de Valdivia era hijo de un hidalgo
portugués, Pedro Oncas de Melo, pero había adoptado el
nombre de su madre.
No se sabe mucho al respecto, pero en esa época muchos
portugueses eran judíos conversos. También era de origen
judío el poeta Alonso de Ercilla y Zúñiga que acompañó a
mediados del siglo XVI al Gobernador Hurtado de Mendoza,
y que escribió su conocida obra en verso “La Araucana”.
Entre los expedicionarios del grupo de Valdivia
destacaba Francisco de Villagra, conquistador y
Gobernador del Reino de Chile, que era nieto de una
judía de nombre Isabel Mudarra. Y también estaba entre
ellos otro personaje importante, Diego García de
Cáceres, que también fue Gobernador Interino, cuyo
origen judío quedó consignado en un expediente de la
Inquisición después de su muerte. Entre los
descendientes de García de Cáceres figuran José Miguel
Carrera (1785-1821) y sus hermanos, y Diego Portales
(1793-1837), ministro y hombre fuerte de su época.
El historiador Luís Thayer Ojeda escribió en 1916 su
revisión de los apellidos de las familias chilenas
antiguas, encontrando entre ellas 446 apellidos que
según su estudio corresponden a familias de ascendencia
judía que están diseminados ya entre todas las clases
sociales.
El escritor Larraín de Castro, que no era en ningún caso
amante de los judíos, en el “Boletín de la Academia
Chilena de la Historia” (1943, año X, N° 27), mencionó a
muchos de los judíos y descendientes de ellos con
nombres y apellidos, de manera no muy amistosa. Entre
ellos especificaba algunos como Saa, que es contracción
de Salomón, o tantos otros apellidos de origen judío,
como todos aquellos relacionados con la iglesia
católica, como para reafirmar su conversión (Santa Cruz,
nombre tomado originalmente por un rabino del siglo
catorce que se convirtió para evitar ser quemado; todos
los Cruz, Iglesia e Iglesias, Santa María, etc.)
En épocas más reciente, desde la segunda mitad del siglo
XIX comenzaron a llegar judíos de Alemania, Inglaterra y
Francia, cuyos descendientes terminaron por convertirse
al catolicismo después de casarse fuera de su religión.
Así es como muchos de los alemanes que llegaron al sur
con la inmigración traída por la gestión de Phillipi y
Vicente Pérez Rosales eran judíos. Como también los
hermanos Braun de Punta Arenas, Manuel de Lima, fundador
de la masonería chilena, Julio Berstein, industrial
azucarero, y tantos otros. De manera que la
participación judía en el país es más fundacional de lo
que los mismos judíos conocen.
Sin embargo la falta de comunicación entre esos
primeros, que intentaban ocultar sus orígenes para no
ser asesinados por la Inquisición, o discriminados por
la población constantemente azuzada por las prédicas
católicas antisemitas, hizo que la mayoría desapareciera
entre la multitud, olvidando sus orígenes.
No pocas familias tradicionales chilenas mantienen
libros de rezos en hebreo, candelabros que acostumbran
encender los viernes, e incluso mezuzot que ponen en sus
puertas, lo que consideran una costumbre familiar que no
saben de que se trata ni de donde proviene.
La mayor cantidad de judíos llegados el siglo XX les
permitió crear las instituciones y sinagogas que
ayudarían a que se pudieran reunir y conocer, evitando
así la asimilación.
A pesar de que nunca se llegó a una cantidad
significativa, de a poco individuos judíos fueron
tomando parte en la institucionalidad del país. Con el
temor del recuerdo de la persecución de sus países de
origen, no fueron muchos los que dedicaron sus vidas a
la política, a pesar de lo que si hubo algunos que lo
hicieron, como los recordados senadores Faivovich y
Shaulsohn más algunos otros, como en la comuna de
Providencia el recordado alcalde Litvak.
La generación que creó esas instituciones que hoy en día
dan cabida a los miembros de la comunidad envejeció y
desapareció. Muchos otros, que mantuvieron viva la
esencia nacional del pueblo judío con su participación
en los movimientos sionistas, semillero de jóvenes
comprometidos con la causa nacional, crecieron y hoy en
día son padres y abuelos.
Pero hubo cambios de paradigmas. Los diecisiete años de
la dictadura militar, durante la cual se anuló la
posibilidad de participación política y desarrollo más
allá de lo permitido por el régimen, hizo que una
generación de jóvenes dejaran de lado su creatividad
comunitaria, y que al igual que sus pares gentiles se
dedicara sólo a su desarrollo personal de estudio y
trabajo. Cuando se trataba de defender las causas de
Israel y del pueblo judío cuestionado de alguna manera,
era sólo un puñado el que salía a las calles o a los
medios a poner su cara.
Era la época del fin de las ideologías, cuando el muro
de Berlín y el comunismo había caído, lo que hizo que la
llamada guerra fría dejara de ser, y por lo tanto lo
mismo sucedía con las militancias en general.
Pero el tiempo pasó y se ha vuelto a la normalidad
política y social en el país, lo que ha hecho resurgir
una nueva generación de jóvenes judíos que irrumpe con
fuerza incontenible en el escenario comunitario y
nacional. Sin necesidad de protestas, están tomándose
los directorios de las comunidades, haciendo que los
antiguos dirigentes se hagan a un lado, ya sea porque
les dejan el espacio para hacerlo, o porque no les queda
más remedio ante la arremetida juvenil; y también están
haciéndose espacio entre los movimientos políticos y
sociales nacionales.
Tienen otra visión de lo que debe ser la comunidad
gracias a que son la generación del siglo XXI. Manejan
la información y la tecnología como toda su generación,
y están cambiando de a poco lo que es y debe ser la
comunidad en el futuro. No son los hijos de los
inmigrantes escapados de las persecuciones, por el
contrario, generalmente son la tercera o más generación
nacida en el país, lo que les proporciona las redes
sociales que sus abuelos no tenían. Eso les hace moverse
con soltura entre los códigos de la sociedad chilena,
por lo que lograrán en poco tiempo mucho más de lo que
pudieron hacer sus antepasados cercanos con mucho más
esfuerzo.
El compromiso y capacidad que la nueva generación de
dirigentes tiene hace que el futuro comunitario se vea
promisorio. Llegó entonces el momento en que los viejos
tercios se hagan a un lado y se dediquen sólo a
apuntalar los esfuerzos de los nuevos dirigentes.
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