discurso:

Día Internacional de Recordación del Holocausto

José Antonio Viera-Gallo
Secretario General de Gobierno

Agradezco la distinción “Luz y memoria” con reconocimiento y emoción.

El Holocausto – por sus características y dimensiones – se ha convertido en el paradigma de las violaciones de los derechos humanos en el siglo XX. Con temblor pronunciamos el concepto que lo define: el genocidio, o sea, la eliminación de un pueblo por el sólo hecho de ser tal. Lo más desconcertante es que no se trató del descontrol propio de una pugna racial, sino de un plan deliberado de limpieza étnica, que alcanzó su paroxismo cuando las SS tomaron el control de los campos de concentración y se implementó la llamada “solución final”.

A lo largo de su milenaria historia el pueblo judío ha vivido muchas persecuciones. A partir del decreto de Adriano prohibiendo a los judíos volver a Jerusalén, el exilio fue su norma de vida hasta después de la Segunda Guerra Mundial. El antisemitismo tuvo altos y bajos; hubo períodos de fructífera convivencia y otros de franca hostilidad. Pero en ninguna ocasión anterior se pretendió, como en la shoa, erradicar al pueblo judío de la faz de la tierra.

A lo largo de los siglos el pueblo judío ha mantenido su identidad en contacto con una historia cambiante apoyándose en la palabra, en la ley y en la tradición.

El recuerdo de una tragedia de estas características trae consigo la condena ética de lo ocurrido y el compromiso de trabajar para que no vuelva a repetirse. Por eso rechazamos en forma inapelable cualquier negación del holocausto o cualquier interpretación del mismo que apelando al contexto histórico, pretenda disminuir su significado.

El análisis de las circunstancias que provocan un fenómeno histórico de estas características – como ocurre con cualquier violación masiva de los derechos humanos – nunca puede servir para morigerar el rechazo ético ni menos para deslizar una suerte de justificación.

La pregunta resonará por siempre: ¿cómo pudo ser posible? ¿Por qué muchos callaron o cerraron sus puertas al perseguido? La perplejidad ante el mal ha sido común a intelectuales, historiadores, líderes políticos y religiosos. Personalidades como Norberto Bobbio y Hannah Arendt, por citar algunos, consideran al holocausto como un crimen excepcional, sin precedentes, pues se trata del exterminio como fin en sí mismo.

Quienes nos hemos acercado en circunstancias muy diferentes al horror de la persecución, sabemos que el ser humano en los momentos cruciales puede ser una criatura ruin o un héroe inesperado. Es cobarde la reacción humana cuando el mal se vuelve banal, una cosa de todos los días, cuando se acepta la teoría del enemigo objetivo que canaliza el odio público. Entonces, abandonados los criterios de razonabilidad, la sociedad se deja llevar por impulsos sin freno que desconocen la dignidad humana y se rompe la convivencia civilizada y republicana.

Lo más desconcertante – como dice Hannah Arendt – es que quienes perpetuaron el holocausto, eran seres humanos comunes y corrientes que actuaron obnubilados por una ideología fanática o como insensibles burócratas dentro de un sistema sin cuestionar las órdenes. Es el conocido “miedo a la libertad” al cual Eric Fromm dedicó un libro. Sea lo que fuere que contribuyó a comportamientos tan aberrantes, hay que tener siempre conciencia que de una forma o de otra pueden reaparecer las causas del horror.

La raíz del holocausto estuvo en el racismo, sin embargo, como dice el sobreviviente de los campos de concentración y Premio Nóbel de literatura Imre Kertész, Auschwitz no se explica sólo por la concepción vulgar, arcaica, clásica del antisemitismo. Auschwitz tiene un significado más profundo. En el proceso de Jerusalén, Eichmann afirmaba no ser antisemita ni tener nada que reprochar a los judíos. Para asesinar a millones de seres humanos, el totalitarismo no sólo recurrió a la ideología nazi, sino también tuvo necesidad de buenos organizadores, sumisos y eficientes productores de una matanza en serie.

Todos los totalitarismos se fundan en la discriminación, en la negación de la igualdad sustancial de los seres humanos y en la pretensión que algunos, como un cáncer, inoculan el mal en la sociedad, mientras otros serían seres superiores. Bajo el totalitarismo, la discriminación toma necesariamente la forma de la masacre, la matanza en masa.

El siglo veinte, más que el siglo del antisemismo, fue el siglo de Auschwitz, el siglo en que desde el Estado se organizó la muerte industrial.

Por eso es tan importante recordar. También para transmitir una experiencia y generar así una conciencia moral. Como afirma San Agustín al analizar la memoria, en ella no sólo se guardan recuerdos de todo tipo, sino también, inexorablemente, “las ilaciones que hago de todas estas especies, como las acciones futuras, los sucesos venideros y las esperanzas; todo lo cual lo considero y miro en la memoria como presente…y suelo decirme a mí mismo: yo he de hacer esto o aquello, y de aquí se seguirá esto o lo otro. ¡Ojalá que sucediera tal o cual cosa! ¡No quiera Dios que esto o aquello suceda! Todo esto lo digo en mi interior y, cuando lo digo, salen del tesoro de mi memoria…”.

Luego de visitar con una delegación parlamentaria chilena los campos de Auschwitz y Birkenau y de recorrer el Museo del Holocausto en Jerusalén surge natural el nexo entre la memoria y la promesa y la esperanza.

Según el sabio de Hipona incluso cuando deliberadamente olvidamos algo, si nos recordamos de haber olvidado, traemos a la memoria inevitablemente aquello que pretendíamos descartar. Porque, frente a ciertos hechos como el Holocausto, no hay olvido posible.

Nuestro país también ha vivido en el pasado remoto y en el pasado reciente circunstancias que estuvieron marcadas por la violación masiva de los derechos humanos. Así como el Holocausto contribuyó al establecimiento de las normas de protección de los derechos humanos en el derecho internacional, así también la tragedia chilena y el exilio de miles atizaron la conciencia sobre el valor de esas normas. Una generación entera se incorporó a la vida política sacudida por los acontecimientos chilenos, como antes lo habían hecho otras motivadas por la guerra civil española, la guerra de Argelia y Vietnam.

Nada es en vano. No hay dolor inútil, ni lágrima que no contribuya al florecimiento de la vida. Misterio insondable del que nos habla el Libro de Job: se puede maldecir el día en que se nace y añorar no haber muerto en el vientre de la madre, pero siempre la vida es más fuerte y hay razones suficientes para esperar tiempos mejores.

Es la impresión que muchas personas sienten al visitar el recientemente inaugurado Museo de la Memoria en Santiago. El pasado nos e borra, pero de la memoria surge la esperanza…

Que en esta ceremonia la comunidad judía de Chile traiga a la memoria nuevamente el Holocausto en un país ahora plenamente democrático, amante de sus libertades y de las instituciones que las garantizan, no puede sino ser interpretado como la voluntad de seguir luchando por la vigencia de los derechos humanos aquí y en el mundo entero.

Al recibir este reconocimiento hago mío ese noble propósito y reitero ante Uds. el empeño por preservar el equilibrio de lo razonable en la vida pública que sirve de sustento cultural a nuestra democracia. Y para lograrlo que mejor derrotero que hacer de la compasión el criterio de nuestra conducta.

Santiago, 27 de enero 2010