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Siria: La
crisis, un pulso entre dos corrientes del islam

Construida a
la sombra de los muros de la gran mezquita de los
Omeyas, el templo de Sayyeda Ruqayya brilla como corazón
de la presencia iraní en la tierra donde se gestó la
"gran tragedia" del chiismo.
El símbolo de una alianza entre Teherán y Damasco que
desafía a la propia historia del Islam y que se remonta
a la convulsa década de los pasados 80, en la que ambos
regímenes temían las ambiciones del entonces presidente
iraquí Sadam Husein.
Fue precisamente un califa Omeya, Yazid I, el que en el
año 680 perpetró la matanza del linaje de Husein, hijo
de Alí y nieto del Profeta Mahoma y perpetuó así lo que
los chiíes la "usurpación" suní, que llevan herrada a
fuego.
Quince años después, las protestas en contra del régimen
de Bashar al Asad -miembro de la corriente alauita,
considerada un desprendimiento chií- y la represión
policial pueden quebrar esta amistad y decantar el pulso
que desde hace más de tres décadas libran dos de las
principales potencias regionales: Irán y Arabia Saudita,
con el permiso de Turquía.
Así lo dio a entender también el propio secretario
general de la Liga Árabe, Nabil al Arabi, al advertir de
que el estallido final de una guerra civil "crearía
problemas en toda la región".
"Siria afronta dos cuestiones graves: el agravamiento de
la crisis interna y la posibilidad de una intervención
extranjera. Pero creo que el mayor peligro reside en que
el conflicto se internacionalice", explica una analista
sirio que por razones de seguridad prefiere no ser
identificado.
En 1987, Damasco y Teherán sellaron un pacto que no solo
les permitió cercar a Sadam Husein, sino que también
contribuyó de forma precisa a fortalecer a la comunidad
chií -y en particular al grupo libanés Hezbollah- en
plena guerra civil libanesa.
Pocos años después, las dos capitales bendijeron la
creación del grupo palestino Hamas, fundando así un eje
que desde entonces tratan de quebrar Israel, EEUU y su
principal aliado árabe Arabia Saudita.
"Cualquier sacudida o cambio en Siria afecta a la
estabilidad del Líbano", país que el Ejército sirio
ocupó entre 1976 y 2005, recuerda el analista.
En el pequeño estado vecino, las diferentes confesiones
viven bajo una atmósfera de tensa calma desde que hace
casi un año estallaran las protestas populares en
demanda de la renuncia de al Asad.
Hezbollah, ahora en el gobierno, ha expresado su apoyo
sin fisuras al presidente sirio y asumido como propias
la tesis de un complot internacional e islamista,
fomentado por Arabia Saudita y otros reinos del Pérsico,
para derrocar a su aliado.
El "Partido de Dios", que se sostiene sobre un poderoso
brazo armado, teme que la caída de Al Asad y una
eventual llegada al poder de los suníes apoyados por
Ankara y Riad, le deje acorralado y revitalice la
comunidad suní libanesa.
En caso de que este temor tuviera visos de concretarse,
Hezbollah podría optar por intervenir, quizá agitando la
frontera con Israel o retomando el enfrentamiento
confesional, aunque ambas opciones parecen ahora poco
probables, coinciden en advertir los expertos.
La misma tesis, la de un resurgir suní en Líbano, la
comparten algunos grupos de tendencia islamista salafí
libaneses, a los que Damasco acusa de propalar la
inestabilidad a través del tráfico de armas.
La hipotética caída del régimen baathista también
supondría un enorme revés para las aspiraciones
regionalistas de Irán, país que teme quedar aislado en
un momento crucial.
Además de ser su mayor aliado en la zona, el régimen
sirio constituye el nexo entre Teherán y sus dos grandes
pilares en la lucha contra Israel: Hezbollah y Hamás.
Su ruptura debilitaría la posición regional de la
República Islámica -cuya ancla se reduciría a sus lazos
con parte de la comunidad chií en Irak y Bahréin- en un
momento en el que los tambores de guerra o ataque a sus
controvertidas instalaciones nucleares vuelven a resonar
con fuerza.
Además, despejaría parte del camino para Arabia Saudita,
que desde hace más de dos décadas lidera el frente de la
Liga Árabe contra Siria.
Damasco ha acusado en numerosas ocasiones a Riad de
financiar a los grupos de oposición islamistas de
inspiración wahabí, una idea que ha calado hondo entre
el sector de la población siria que aún respalda a Al
Asad.
"Quienes agitan Siria no son sirios, forma parte de una
agenda extranjera. Son terroristas enviados por el jeque
Hamad de Qatar, de Turquía y de Estados Unidos",
explicaba Nour, una joven estudiante siria.
Ankara, que observa el estallido de las revueltas
populares como una oportunidad para recuperar el
liderazgo regional, ha devenido en el tercer actor en
discordia del "gran juego sirio", tras haber mantenido
una productiva relación comercial y estratégica con Al
Asad.
En su suelo se ha instalado tanto la oposición en el
exilio como el denominado "Ejército Libre Sirio", grupo
armado dirigido por un general desertor que se atribuye
el liderazgo de la lucha contra el régimen.
fuente:
www.aurora-israel.co.il
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